21 julio 2024

La vida sin cuerpo

Las nuevas tecnologías sirven para facilitar la comunicación entre las personas, pero pueden terminar quitándole toda su complejidad y misterio hasta convertirla en un liso intercambio de palabras.

Por JORDI SOLER
El País, 27 de septiembre de 2014

En su viaje poético entre la carne y el espíritu, Jaime Gil de Biedma llegó a una interesante ecuación a la hora de jerarquizar los elementos del amor: “Que sus misterios, como dijo el poeta, son del alma, pero un cuerpo es el libro en que se leen”. La idea no es original pero es bellísima, y tiene que ver con esa otra idea de raigambre presocrática que dice que el cuerpo también piensa, que el pensamiento tiene una dimensión física y que dividirnos en cuerpo y alma es una arbitrariedad pues somos, en realidad, una unidad que siente y piensa y que, abusando de los versos del poeta, el cuerpo es el libro en que se leen, no solo los misterios del amor, sino cualquier capítulo de la historia personal de cada uno.

La idea no es original, como digo, hasta el gran Bob Dylan la dice, a su manera, en una de sus canciones: “Si no crees que este dulce paraíso tiene un precio, recuérdame que te enseñe mis cicatrices”. Pensando en esto, y en aquel momento de la leyenda de Edipo Rey, que está en la misma frecuencia de la canción de Dylan, en que los personajes confirman su identidad observando las cicatrices de su cuerpo (Edipo quiere decir, en griego, “que tiene los tobillos perforados”), asistí antes de la pausa del verano a la Copa Barcelona, un torneo infantil de baloncesto en el que jugaba un equipo mexicano, de Oaxaca, contra uno francés, de Toulouse. Era un partido internacional, que jugaban niños de doce y trece años, en un polideportivo junto al mar, que tenía la particularidad de que la mayoría de los mexicanos jugaban sin zapatos, descalzos, frente a los niños franceses que iban equipados con unas Nike, diseñadas por especialistas en la dinámica del pie humano, específicamente para jugar al baloncesto. Contra todo pronóstico los niños del equipo mexicano ganaron el partido. ¿Cuál es el valor de ese calzado ultra sofisticado, diseñado específicamente para jugar al baloncesto, si te gana el partido un equipo de niños descalzos? Entre el pie descalzo de un equipo y el Nike del otro, hay un recorrido en el que deberíamos reflexionar: de tanto perfeccionar el zapato nos hemos olvidado del pie.

Los niños mexicanos pertenecen a una comunidad paupérrima de Oaxaca, son un equipo que gana todos los torneos internacionales, incluso en Estados Unidos que es la cuna del baloncesto, y van descalzos porque así aprendieron a jugar, los zapatos son un estorbo para ellos, son una prótesis que les resta velocidad, elasticidad y agarre en el momento de disputarse la pelota.

Esto no es, desde luego, una invitación a que nos quitemos los zapatos y nos echemos a andar descalzos por el mundo, más bien se trata de ver, en esos pies descalzos, lo que hemos perdido de vista al entregarnos al aditamento que nos facilita la vida, porque además resulta que, según han comprobado los especialistas en la materia, el confort que provee el calzado deportivo, no necesariamente colabora con los músculos y las articulaciones que están, naturalmente, hechos a la medida, a los movimientos y a los apoyos del pie descalzo.
El Roto
Para poder llevar esta reflexión hasta el punto que desde esta línea veo todavía a lo lejos, estoy pasando por alto la gran enseñanza, muy estimulante para estos tiempos de crisis, que nos han regalado estos niños de Oaxaca, y es tan grande que no me queda más remedio que anotarla, antes de regresar a la reflexión oblicua, que es el verdadero objetivo de estos párrafos: estos niños paupérrimos, que estaban condenados a vivir en una de las zonas más pobres de Latinoamérica (con unos índices de pobreza que un europeo no puede, siquiera, imaginar) sin más armas que su esfuerzo y su deseo de salir adelante, han conseguido revertir el destino de generaciones y generaciones de niños, convirtiéndose en campeones internacionales de baloncesto. La decisión y la fortaleza de carácter de estos niños están representadas en sus pies descalzos; a pesar de que juegan todo el tiempo en canchas profesionales, no renuncian a su forma de ser, a su identidad, a su esencia y esto es, seguramente, uno de los fundamentos de su éxito.

Ahora regreso a la reflexión oblicua, a la cicatrices de Dylan y el rey Edipo, ¿cuál es el valor de ese calzado ultra sofisticado, diseñado específicamente para jugar al baloncesto, si te gana el partido un equipo de niños descalzos?, preguntaba más arriba, pensando en la serie de aditamentos que nos impone el mundo contemporáneo y que usamos quizá solo porque están ahí, no porque los necesitemos.

Cuando se escribe a mano se dejan en la hoja de papel un montón de elementos muy valiosos como, por ejemplo, la calidad del trazo, las dudas que ha tenido quién escribe, los pasos atrás, las correcciones, la forma en que va avanzando por la página el flujo de palabras y el dibujo final de la hoja completamente escrita; todos estos elementos nos hablan de la persona que escribe, son un relato paralelo de lo que el escritor nos va contando, y todo esto se pierde cuando se escribe directamente en el ordenador, que de inmediato establece un orden aparente en la pantalla, un texto cuya limpieza visual no siempre se corresponde con la calidad de lo que está escrito, y en cambio, cuando se escribe a mano, se tiene el efecto contrario: el desorden visual de la escritura en la hoja de papel, nos obliga a redoblar la atención sobre lo que se está diciendo.

Pero en el siglo XXI se escribe así, a través de un vehículo que nos uniforma, nos quita los rasgos distintivos, e inconfundibles, de la escritura de cada quién; nuestro teclado equivale a las Adidas que los niños de Oaxaca no se han querido poner, y si pensamos que la enorme mayoría de las comunicaciones interpersonales se hacen hoy desde un teclado (mail, SMS, whatsapp, hangouts, twitter y un largo etcétera), podremos hacernos una idea de todo lo que del otro nos perdemos, todo un flanco de la expresión escrita, ha sido amputado de la sociedad en favor de la expansión de las nuevas tecnologías.

Esta nueva vía de comunicación no ofrece matices, es demasiado transparente: transmite ideas desnudas sin los velos que ofrece el cuerpo que las dice y, por esto, empobrece las conversaciones; quien se comunica por chat, o por SMS, prescinde de eso que, cuando uno habla con otra persona dice también el cuerpo o, en su caso, dice la carta escrita a mano, que lleva en su caligrafía el rastro, el fantasma, la impronta de quien la ha escrito.

Los ordenadores y los teléfonos, que sirven para facilitar la comunicación entre las personas, también nos simplifican esa comunicación, le restan complejidad y misterio, liman las rugosidades y lo que queda es un intercambio liso de palabras; se trata, desde luego, de un intercambio preciso y eficaz, pero sin temperatura, demasiado expuesto, sin rastro, sin cicatriz, sin cuerpo. “Lo bello no es ni la envoltura ni el objeto encubierto, sino el objeto en su velo”, escribió Walter Benjamin.

¿Prescindimos de ordenadores y teléfonos y nos quitamos los zapatos? Por supuesto que no, el teléfono inteligente y las tabletas son un milagro del cual sería insensato prescindir, pero deberíamos evitar que estos aparatos borren la evolución objetual que los precede, que el teclado no sepulte al lápiz ni el zapato al pie descalzo, hay que dejar un rastro que no se borre con un apagón tecnológico, hay que despojarse de los aditamentos y coleccionar cicatrices, hay que matizar el nuevo platonismo, la vida sin cuerpo que nos impone la tecnología, y convertirnos en ese libro que proponen, al principio de estas líneas, los versos del poeta: el cuerpo en donde el otro pueda leer nuestros misterios. 

Jordi Soler es escritor. @jsolerescritor

17 julio 2024

Deportistas de élite siguen visibilizando la diversidad [Datos actualizados]

Por ENRIC TRIAS

La Vanguardia, 17.07.24

Ralf Schumacher, ex piloto de Fórmula 1 y hermano de Michael Schumacher, se ha sumado esta semana a la lista cada vez más numerosa de deportistas y ex deportistas de élite que salen del armario pese al estigma que todavía supone, especialmente en las categorías masculinas.

Señal de que la sociedad y el deporte avanzan de manera muy dispar y que declararse homosexual en el sistema de deporte masculino sigue siendo un tabú es que cuando un deportista, conocido o no, revela que es gay la noticia causa un impacto mundial.

Ralf Schumacher presentó a su novio en redes sociales y recibió el apoyo público de su hijo. En su mensaje al mundo, Schumacher aseguró que “lo más hermoso de la vida es cuando tienes a tu lado a la pareja adecuada” y los mensajes de apoyo de allegados y fans no tardaron en llegar. Incluso su hijo David, también piloto, fruto de su matrimonio con Cora Brinkmann, felicitó a su padre por sincerarse: “Me alegro mucho de que por fin hayas encontrado a alguien con quien realmente sientas que estás muy cómodo y seguro… Te apoyo al 100% papá, y te deseo todo lo mejor y felicidades”.

Otro síntoma de que la percepción hacia los deportistas masculinos tiene que evolucionar con el tiempo fueron los comentarios homófobos que sufrió el mes pasado Dennis González al proclamarse campeón de Europa en natación artística. El nadador no quiso dejarlos pasar pues “sé que un niño que está empezando en natación artística, si recibe comentarios así, le va a afectar”.

Quizá en el mundo del fútbol sea donde el tabú todavía es más evidente, y más en España, donde hay algunos rostros conocidos que sus motivos tendrán para no promocionarse como futbolistas gays. De momento, ningún jugador de LaLiga ha reconocido ser homosexual. El primer futbolista propiedad de un club español en salir del armario fue el checo Jakub Jankto en febrero del 2023, cuando estaba cedido al Sparta de Praga por el Getafe. Solo participó en quince encuentros en Madrid y al acabar la cesión se fue a Italia tras fichar por el Cagliari Calcio.

El estadounidense Collin Martin, el inglés Jake Daniels, el sueco Anton Hysén o el australiano Josh Cavallo, son también de los pocos jugadores del deporte estrella en activo que han reconocido ser homosexuales. Cavallo fue un paso más allá al pedirle matrimonio a su ahora prometido el pasado mes de marzo en el estadio de su club. “Gracias Adelaide United Football Club por ayudar a preparar esta sorpresa”, agradeció en Instagram el futbolista al anunciar su compromiso..

La semana pasada el atleta estadounidense Trey Cunningham, subcampeón del Mundial de Atletismo de 2022 en la prueba de 110 metros vallas, reconoció que “me gusta besar a chicos” en una entrevista en The New York Times . Aunque a sus 25 años estuvo a punto de dar visibilidad al colectivo en los Juegos Olímpicos de París, finalmente no formará parte del equipo estadounidense tras los resultados de las pruebas olímpicas.

Quien sí estará en la capital francesa a partir del 24 de julio es el veterano clavadista Tom Daley, quien será el primer saltador británico en participar en cinco Juegos Olímpicos. El campeón fue toda una celebridad en los juegos de Londres del 2012 y pasó a ser un referente LGTBI al hablar de su sexualidad un año después.

También olímpico declarado gay fue el waterpolista Víctor Gutiérrez, quien fue el primer deportista español de un deporte en equipo en hablar abiertamente de su homosexualidad. Posicionarse como defensor de los derechos del colectivo le valió un escaño en el Congreso de los Diputados y el puesto de Secretario de Políticas LGTBI del Partido Socialista.

El primer deportista de élite español en declararse homosexual fue Kike Sarasola en 2003 en la portada de la revista Zero. Como contó años después, lo hizo “porque al hijo de una amiga le estaban haciendo un bullying horroroso en el colegio”.

12 julio 2024

Las bicicletas, la salud y el capitalismo feroz

Un ciclista es un desastre para la economía de cualquier país. No compra automóviles y, por consiguiente, no solicita créditos al banco para comprarlo. No paga pólizas de seguro. No compra ni consume combustible, no debe hacer frente al mantenimiento del coche ni a las reparaciones que surjan. No paga por estacionar ni por una plaza de aparcamiento. No causa accidentes graves ni costosos. No requiere carreteras de varios carriles.

Las personas que utilizan la bicicleta como medio de transporte son sanas y están en buen estado físico. Esas personas no compran medicinas. No van a hospitales ni a médicos con tanta frecuencia. No necesitan acudir a nutricionistas ni someterse a costosas dietas.

En resumen, los ciclistas no aportan nada al PIB de un país. Por el contrario, cada nuevo restaurante McDonald’s crea al menos 30 puestos de trabajo, además de dar trabajo indirectamente a 10 cardiólogos, 10 dentistas, 10 expertos en nutrición y, obviamente, los puestos de trabajo para las personas que trabajan en el restaurante.

PD: Caminar es aún peor. Ni siquiera compran bicicleta. 

Félix Talego Vázquez, profesor de Antropología de la Universidad de Sevilla

11 julio 2024

La gran recesión sexual

Por MIQUEL ECHARRI

El País, 02.06.2023

Es sorprendente que esta edad de oro de la sexualidad “intensa” o fetichista que vivimos coincide en el tiempo con lo que algunos expertos describen como “la gran recesión sexual”. Kate Julian, redactora de The Atlantic, lo resume de manera descarnada: “El porcentaje de menores de 30 años que tiene una vida sexual activa no deja de descender en Estados Unidos desde 1991″. Los alumnos de instituto (entre 14 y 18 años) que ya habían tenido relaciones sexuales completas suponían por entonces el 54% del total hace 30 años y hoy son apenas el 40%.

Julian se pregunta por qué esta pérdida de precocidad y de actividad sexual asidua se está produciendo precisamente ahora, en un periodo en que las sociedades occidentales “disponen de medidas anticonceptivas gratuitas y más eficaces que nunca, toleran con naturalidad creciente el sexo informal y recreativo, han reducido la incidencia de las enfermedades de transmisión sexual (empezando por la más dramática, el VIH/SIDA), consumen cantidades crecientes de pornografía, disponen de plataformas online y redes en las que el contenido sexual es hegemónico…”. En otras palabras, que el sexo ha colonizado múltiples espacios y derribado la mayoría de las barreras tradicionales que obstaculizaban su práctica. Y, pese a todo, cada vez se practica menos, o se limita a telepajas anónimas. ¿Analfabetismo sexual?

Jean M. Twenge, psicóloga de la Universidad de San Diego, atribuye esta paradoja a múltiples razones, pero una muy en particular: “Las relaciones entre seres humanos se están virtualizando a marchas forzadas”. Ya en 2016, argumenta Twenge, “se constató que la de los nacidos entre 1980 y 1990 se estaba convirtiendo en una de las generaciones más célibes de la historia, con cifras de abstinencia sexual pasados los 18 años mucho más altas que las que presentaban los llamados baby boomers a su edad”.

La tendencia ha seguido aumentando desde entonces, a medida que los nativos digitales empezaban a acceder a la vida adulta. Un estudio publicado en 2020 por la Universidad de Albany afirma que “las sucesivas promociones de jóvenes adultos llevan décadas practicando menos sexo que las generaciones que les precedieron”, por motivos que no se han identificado con exactitud, pero que cabría atribuir a “una menor tendencia a establecer relaciones sentimentales desde edades tempranas, la caída en el consumo de alcohol entre los jóvenes y la sustitución gradual del ocio presencial por alternativas online”. Es decir, un siniestro cóctel de virtualidad, sobriedad e inhibición emocional estaría conspirando contra el sexo real. 

Artículo relacionado: Recesión sexual: por qué los mileniales tienen falta de deseo

Documental relacionado: ¿Por qué tenemos menos sexo? Documental en abierto de ARTE: https://www.arte.tv/es/videos/115510-004-A/42-la-respuesta-a-casi-todo/

09 julio 2024

D'argent et de sang (Dinero y sangre)_serie

 

Acabo de terminar de ver, casi boquiabierto, la segunda y última temporada de la serie francesa D'argent et de sang (Dinero y sangre), una ficción para amantes de emociones fuertes sobre monumentales estafas medioambientales, corrupción a gran escala, optimización fiscal, lujo obsceno, y, primordialmente, sobre la defensa de los valores de la democracia social y el estado de derecho, personificados en el magistrado interpretado por un inmenso Vincent Lyndon, en el que es posiblemente la mejor interpretación de su larga carrera actoral. La trama transcurre trepidante entre el exquisito arrondissement 16 parisino, el banlieue de Belleville (menudo efuemismo) y Tel Aviv. Por su incesante despliegue de emociones, me ha recordado a la excepcional serie danesa Cuando el polvo se asienta, una formidable historia coral y ciudadana en torno a una adversidad diferente, que ya te recomendé en su día. Tiene el sello de calidad de la factoría de ficciones de CANAL PLUS, y puede verse en Filmin. Quien no esté abonado a esta plataforma, la mejor opción para ver los doce episodios es simplemente suscribirse un mes por 9,99€ (el precio de una entrada al cine en Madrid). Crois-moi, ça vaut la peine.


05 julio 2024

Machismo homosexual, el otro lado de la masculinidad tóxica



Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

El machismo, que no cesa, adopta múltiples formas en la vida cotidiana. Una de las que menos se escribe o habla es el machismo homosexual. El machista homosexual es aquel que se las ve y se las desea para mantener una apariencia de heterosexualidad. En la red se anuncian como presuntos heterosexuales (“tío hetero con novia buscando similar”), obsesionados por hacerse pasar por lo que no son. Así, en las aplicaciones de contactos o en los videochats, se presentan “decapitados”, sin dar la cara. Se autoengañan creyéndose libres cuando tienen que gestionar la clandestinidad de una doble vida que deben mantener secreta entre su círculo de familiares, amigos y colegas, por lo que no son libres para actuar con naturalidad, léase, por ejemplo, pasear junto a otro homosexual por la calle en la ciudad donde residen.

La visibilidad amenaza su tapadera. Urden mil estratagemas para autoengañarse y no verse expuestos. Las principales víctimas de este montaje de engaños y ocultación son, una vez más, las mujeres, esposas y novias que ignoran la doble vida de su pareja, pero también los gays normalizados que intentan interactuar con ellos. Entre los deportistas homosexuales abundan todavía quienes viven escondidos detrás de la careta machista de un apodo imposible: "HetSport37: Tío con vida hetero deportista busca similar", "Het-bi: fibrado, deportista, fútbol. Solo tíos que lleven vida hetero. Discreción!", "heterobasic", o "hetero y masc". Algunos deberían revisar la definición del sufijo griego "hetero" en el diccionario. Otros buscan a hombres "rollo hetero o casados". Muchos matrimonios y relaciones están basados en la mentira y el engaño porque algunos no tienen lo que hay que tener. El cine occidental ha reflejado este drama familiar en películas como Brokeback Mountain o Freier Fall (Caída libre). 

Como ya expliqué cuando abordé la diferencia entre gays y homosexuales, discreción es el eufemismo que estos últimos usan para referirse a su invisibilidad. Pululan por el ciberarmario que para ellos es internet exigiendo discreción para esconder su orientación sexual, no dan el teléfono (a veces ni siquiera el nombre), suelen proporcionar una dirección falsa o ninguna, habituados a engañar continuamente para mantener la ficción de su doble vida y por el miedo constante a verse expuestos y parecer maricones. Viven en tensión para no desvelar datos o fotografías comprometedoras. Esclavos de sí mismos, algunos no besan ni acarician con tal de mantener una pose de duros o machos que actúe como tapadera de su homosexualidad furtiva. Son individuos de una masculinidad tóxica y supremacista, ajenos a la nueva masculinidad sana e igualitaria que intenta abrirse paso en nuestro tiempo.

El machista homosexual es preso de su ignorancia. Alberga en su mente la idea de que, entre dos hombres, uno adopta el rol “de hombre” y el otro el “de mujer”, de que uno solo da y el otro solo recibe. Alguno incluso se cree más masculino que otros por ser cien por cien activo. Eso tal vez explique que algunos rechacen explorar otros aspectos de su sexualidad. Además, desde su mentalidad primitiva tienden a equiparar heterosexualidad con masculinidad, y homosexualidad con afeminamiento (“plumas no”). Vamos, un cacao mental.

El machismo es lo más opuesto a la ternura de ir cogidos de la mano o abrazados por la cintura. El homosexual machista (“yo no beso”) nunca es tierno, va de duro por la vida (y si, requerido con insistencia, proporciona una imagen de su rostro, esconde los ojos tras unas gafas de sol y cierra los labios para no esbozar una sonrisa). Cuando interactúan con otros hombres, tienden a mostrarse egoístas, inflexibles y mandones (“yo eso no lo hago”). Si la ternura es seña de identidad de la nueva masculinidad, estos tipos aún no se han enterado. Al igual que el machista heterosexual, el machista homosexual reproduce patrones de masculinidad obsoletos. Por su disfuncionalidad, el homosexual armarizado y/o machista sufre un trastorno psicosocial ya que no es, o no ha aprendido a ser, un gay normal.

Dicen las encuestas que el machismo ha prendido entre los jóvenes. En tiempos de crisis, no sólo arraigan el racismo, el nacionalismo o el fanatismo religioso. También se recrudecen las actitudes homófobas y machistas. Erradiquemos la ignorancia para acabar con cualquier forma de machismo. Pásalo. cmg2015

Artículo relacionado: Cómo se manifiesta el machismo en las relaciones homosexuales

11 junio 2024

¿Qué saben los nativos digitales?

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Diario de Sevilla, 21 de febrero de 2017

Se nos dice a menudo que nuestros jóvenes son la generación mejor formada de la historia de nuestro país. Como educador, yo añadiría una matización importante: la generación mejor preparada tecnológicamente. Quienes me conocen saben sobradamente que no soy ningún tecnófobo, pero, a ver, ¿saben los nativos digitales distinguir entre “haber” y “a ver”, entre “sino” y “si no”? ¿Saben quienes están constantemente conectados a la red acentuar palabras, usar comas y puntos, y deletrear correctamente su propio idioma? ¿Leen textos elaborados? ¿Conocen el rico vocabulario de su lengua materna? ¿Saben los nativos digitales elaborar una opinión o un pensamiento con más de 140 caracteres? ¿Saben discernir entre información e infoxicación? ¿Han leído algún poema de Lorca o algún capítulo de El Quijote? ¿Han estado siquiera cinco minutos delante del Guernica o de Las meninas mirándolos al natural? ¿Saben mirar un cuadro, y no simplemente fotografiarlo? ¿Han escuchado a Camarón o a Golpes Bajos? ¿Conocen los nombres de las plantas y de los árboles de su pueblo o de su ciudad? Inmersos como están en la cultura audiovisual imperante, ¿les suena el nombre de Luis Buñuel? ¿Saben distinguir entre telebasura y televisión de calidad? ¿Entre Sálvame y Salvados?



Cabría también hacer preguntas de otra índole. ¿Saben los nativos tecnológicos mantener la mirada cuando hablan con su interlocutor? ¿Saben atender al otro cuando les hablan, ya sea un profesor, un paciente, un cliente o su propia pareja? ¿Saben decir buenos días, gracias o por favor cuando interactúan oralmente con otro humano (y no con una pantalla)? ¿Saben prestar atención durante una conversación sin sentir la necesidad de chequear su móvil a cada rato? ¿Saben ver una película en el cine sin encender repetidamente la pantalla lumínica de su teléfono? ¿Saben ponerse en el lugar del otro y respetar los momentos cuando no hay que activar un dispositivo electrónico? ¿Saben disfrutar de un paseo en bicicleta sin que les asalte el miedo a perderse algo (MAPA) en su red de contactos o a verse sin móvil (nomofobia)? ¿Saben conducir un vehículo sin desviar la mirada de la carretera para mirar o teclear simultáneamente un mensaje en su regazo? ¿Saben simplemente levantar la mirada de la pantalla para ver la vida pasar?

Por otro lado, ¿asesoran los padres y madres a sus hijos e hijas hipertecnologizados sobre cuándo estar conectados y cuándo no? ¿Saben moverse por el mundo físico sin confiar ciegamente en un GPS que no siempre es fiable? ¿Saben preguntar por una dirección a otro humano por la calle? ¿Saben disfrutar de una comida sin estar empantallados (feliz expresión de la escritora Elvira Lindo), sin mirar constantemente una pantalla? ¿Saben los nativos digitales salir del nuevo armario que para algunos es el ciberespacio? ¿Saben quién fue, qué hizo y que dejó de hacer Franco? ¿Saben los nativos digitales cómo superar su pánico a sentirse desconectados por un rato? ¿Saben los nativos digitales, esclavos mudos de la dictadura de las pantallas hasta en la camaprescindir de la tecnología, cuando toca hacerlo? Y, por último, ¿saben esperar?


Me hago esta última pregunta porque, hoy en día, en estos tiempos líquidos que nos ha tocado vivir, que diría Zygmunt Bauman, la velocidad del mensaje parece importar más que el mensaje mismo. La incesante proliferación de informaciones sin contrastar que circulan por la red es cada vez más preocupante. Una reciente viñeta de El Roto muestra a un individuo mirando pasmado informaciones en una pantalla destelleante. La leyenda que acompaña a la viñeta reza: “Todas son mentiras, ¡pero son gratis!” Estamos ante un circulo vicioso que es necesario romper: no se lee con sosiego porque se ha perdido la paciencia para esperar, y no se sabe esperar porque no se sabe leer de forma sosegada. En otro ámbito, los modales interpersonales de los veinteañeros digitales, ya sea por su comportamiento en red como presencial, dejan mucho que desear. 

En la emocionante videocarta que el joven profesor sevillano de Enseñanza Secundaria Pablo Poó Gallardo ha publicado recientemente en YouTube (y que no tardó en hacerse viral) éste les decía a sus alumnos suspendidos que una mente cerrada es muy fácil de manipular porque sólo tiene una puerta, y les reprochaba su desinterés por ilustrarse y que carecieran de referentes culturales para comprender el mundo en el que viven, lo que lastra, entre otras, su capacidad de comprensión lectora. Las nuevas tecnologías de la telecomunicación que tenemos a nuestro alcance son herramientas maravillosas, pero la tecnodependencia adictiva está demostrando ser un factor de desculturización creciente. cmg2017

05 junio 2024

Monstruos del Rocío

Por LUIS MIGUEL FUENTES

 El Mundo (Edición de Andalucía), 7 de mayo de 2001

Foto: Antonio Pérez

“Y a ti, ¿qué más te da?”, me dicen. Frustración intelectual. Sufrimiento humanista. Se me parte por dentro un tronco de positivismo, que cruje como una costilla. El positivismo, ya estamos. ¿Se puede seguir siendo positivista? ¿Es que existe el progreso, aparte de en la electrónica? Qué más me da a mí lo que hace esa gente. Pero hay una humanidad zumbadora y bosquimana que sigue adorando a las piedras y me deja una extrañeza de explorador y una decepción de especie. Paisanos como afganos, gente descalza con el ganado, vino sudado y la lágrima seca de una madre postiza colgando del cuello como un diente. El Rocío, ese africanismo de las multitudes. Van a adorar a una diosa, pero su religión y su emoción son ellos mismos, su multitud y su sincronía. No puedo comprenderlos y se me ahoga todo lo humano como un buey muy cansado.

Tengo que hacer mi artículo del Rocío, pasadas todas las crecidas de la gente y sus lloros, no por costumbre, como decía el otro día Umbral, sino por un campanazo triste de desencanto. El Rocío me desencanta con esa ternura que tienen los monstruos de uno. Hablo, ahora, de mis monstruos, congregados todos en el Rocío.

Primer monstruo: la religiosidad popular, peor que todas las teodiceas de la filosofía. Ya distinguía Hume entre esa religiosidad del pueblo, que viene de milenios de cosechas, muertos y menstruos de las mujeres, y el armazón metafísico que sostiene a todas las iglesias sobre su légamo de miedo y poder. Nada tiene que ver el Rocío con el cristianismo, pese a que la Iglesia Católica intente domar tanto gentío para adoptarlo en sus números. La religiosidad popular es anterior a toda forma de filosofía y episteme. Es la infancia mítica. La teología puede ser ingenua, equivocada, simple. Pero aún tiene a Aristóteles. La religiosidad popular es una antorcha en la cueva, una piel de bisonte para echarse por los hombros, rezarle a la luna. Virgen del Rocío. Artemisa. Isis. Diosa virgen, diosa madre, fertilidad, mitos de cultivadores y paridoras. Primitivismo, más la unión inconsciente de lo femenino con lo emotivo, el pathos del pueblo (Jung).

Segundo monstruo: tradición. Sacralización de la repetición. El peso de una opinión o de una conducta no viene de su bondad, de su razón o de su belleza, sino de la insistencia del tiempo y la periodicidad. Las cosas se hacen así porque se han hecho siempre, y basta. Nada existe si no se repite (eterno retorno nietzscheano). Corolario: es suficiente que algo se repita para declararlo verdad. Insulto a la inteligencia humana, automatismo que nos convierte en una biela.

Tercer monstruo: kitsch. Horterada. Vulgaridad de bestias y personas con florones, exaltación de musiquillas horrendas. Cuarto monstruo: etnocentrismo, chauvinismo. Toda la cultura humana muere en la plaza del pueblo. El ser humano se amadeja en su ombligo y en su barrio. No hay más arte ni más pensamiento que el de la vecina y el barbero. Se extirpa el resto del mundo como un ojo ciego y feo. Quinto monstruo: el grupo. La persona sólo toma sentido en cuanto a que pertenece al grupo. Individualidad anulada, aborregamiento, uniformidad. Más la creación de una falsa moral: eres mejor persona, y hasta mejor andaluz, si perteneces a este grupo. La disidencia es inmoralidad y traición. Sexto monstruo: hipocresía. Excusas vergonzantes para el placer y la fiesta, que no necesitan excusas. Mentirosa fraternidad de señoritos a caballo, escalafones de vanidad en todos sus grupúsculos, violencias y odios entre sectas.

Todos mis monstruos están ahí, en el Rocío. Tenía que sacarlos, orearlos de cielo y razón, hacer exorcismo de esta tristeza. Han regresado ya todos mis monstruos, fatigados y sucios con la gente. Pero no pierden, nunca, su horror.

+ Vídeo completo del documental Rocío, de Fernando Ruiz Vergara, 1980

02 junio 2024

Te falta calle

Por ENRIQUE ALPAÑÉS, El País, 02.06.24

Unos niños juegan a las chapas en un barrio de Leganés (Madrid), en mayo de 1978. BERNARDO PÉREZ

Algo se empezó a torcer a partir de 2010. Las tasas de depresión y ansiedad entre adolescentes se dispararon un 50%. Las de suicidio lo hicieron en un 32%. Los miembros de la generación Z —nacidos a partir de 1996— empezaron a padecer ansiedad, depresión y otros trastornos mentales, alcanzando niveles más altos que cualquier otra generación en la historia. Uno de cada 10 niños y jóvenes —o lo que es lo mismo, 293 millones en todo el mundo— empezaron a desarrollar un trastorno mental, según un estudio publicado en la revista JAMA Psychiatry. Los datos son claros, los motivos no tanto.

La década de los diez fue aquella en la que los adolescentes de los países desarrollados cambiaron sus teléfonos por smartphones y trasladaron gran parte de su vida social a internet. La coincidencia de ambos fenómenos hizo que muchos autores los relacionaran. Diversos estudios han refrendado esta idea, acusando a las redes sociales de empeorar la salud mental de la población, fomentando un debate social y cierta desconfianza hacia la tecnología. El último autor en hacerlo ha sido Jonathan Haidt en su libro La generación ansiosa (Editorial Deusto). Pero su éxito ha despertado a la vez un debate, académico y social, de quienes ponen en tela de juicio una idea que se había convertido en mantra.


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Candice L. Odgers, profesora de psicología de la Universidad de California, publicó una crítica en Nature el pasado marzo, argumentando que culpar únicamente a los teléfonos es una idea muy sugerente, pero que “no está respaldada por la ciencia. Peor aún, (...) esta creciente histeria podría distraernos y hacer que no abordáramos las causas reales de la actual crisis de salud mental entre los jóvenes”, explicaba. Un estudio de la universidad Dragvoll de Noruega, realizado en 800 menores de 10 a 16 años, señalaba en la misma dirección. “La prevalencia de la ansiedad y la depresión ha aumentado. También lo ha hecho el uso de las redes sociales. Por eso mucha gente cree que tiene que haber una correlación. Pero este estudio indica que no es así”, afirmaba su autora principal, Silje Steinsbekk.


También hay mucha literatura científica que sugiere justo lo contrario. Las evidencias de un lado y de otro parecen multiplicarse, y solo hay un punto en el que toda la comunidad científica parece ponerse de acuerdo: la tecnología y las redes sociales tienen un efecto negativo cuando sustituyen al juego y las actividades al aire libre. No es el exceso de móvil, es la falta de calle.


Según un estudio de OnePoll, solo el 27% de los niños juegan regularmente en la calle. El dato es llamativo, pero cobra otra dimensión al compararlo con el de sus padres y sus abuelos. El 71% de los babyboomers (las personas nacidas entre 1946 y 1964) jugaban en la calle regularmente cuando tenían su edad. Además, los adultos que aseguraron haber jugado en la calle en su infancia tenían una salud mental autopercibida considerablemente mejor, según el estudio. “En la actualidad hay una sensación de peligro que, aunque no sea real, hace que los niños utilicen poco la calle. Hemos retirado a los niños y niñas de la ciudad para meterlos en las casas o en urbanizaciones cerradas”, explica Inma Marin, licenciada en magisterio y autora del libro Jugar (editorial Paidos). Así, los padres que en su momento jugaron al aire libre, prohíben ahora a sus hijos hacerlo sin supervisión. Las cosas han cambiado, argumentan, y tienen razón.


Las calles son mucho más seguras hoy en España que hace 30 años. Los asesinatos y homicidios han descendido un 30% (son cerca de 300 al año), la mortalidad vial se ha desplomado un 80% (1145 fallecidos en 2023) y los secuestros de menores permanecen como un fenómeno muy raro. En 2021, según la asociación ANAR, especializada en estos casos, hubo 18 en toda España. El año anterior fueron ocho. Pero la percepción es diferente. Un declive del capital social —el grado en que la gente conoce y confía en sus vecinos e instituciones— ha exacerbado los temores de los padres. Las redes sociales virtuales han ido cogiendo fuerza a medida que las redes sociales reales, las que nos vinculaban con el barrio y la ciudad, la perdían. La calle se ha empezado a ver como un lugar peligroso y se ha vaciado de niños.


Las nuevas urbanizaciones se construyeron con esta idea en mente, añadiendo un espacio de juego acotado y cerrado. Empezaron a popularizarse las actividades extraescolares para proporcionar un ocio productivo y seguro a los niños. En la década de 1990, los padres empezaron a meter a sus hijos en casa o en el polideportivo. Un informe del Ministerio de Cultura ya estableció en 2009 que el 90% de los alumnos de primaria (6-12 años) dedicaba sus tardes a actividades deportivas, idiomas, música o baile.

Un grupo de seis niños saltan a la comba en una foto de archivo de Chicago en los años sesentaUn grupo de seis niños saltan a la comba en una foto de archivo de Chicago en los años sesenta ROBERT NATKIN (GETTY IMAGES)
No fue un cambio positivo. “La privatización de los espacios no favorece tanto los vínculos y las relaciones”, explica Marín sobre esta nueva realidad. Las amistades son más homogéneas y la posibilidad de hacer nuevos amigos es mucho más limitada que en un espacio público. Las clases extraescolares pueden ser divertidas y positivas para el desarrollo del niño, pero en ningún caso son un sustituto del juego. “Este tiene que ser libre. Puede haber reglas, los adultos podemos proponerlas, pero los niños deberían someterse libremente a ellas, el juego no puede ser una imposición”, señala la experta.
La sobreprotección a la infancia hace que se perciba como una rareza ver a niños jugando solos en la calle, cuando no una imprudencia. En 2015, el Pew Research Center de EE UU señaló que los padres, de media, creían que los niños debían tener al menos 10 años para jugar sin supervisión delante de su casa, y que no deberían hacerlo en un parque público hasta los 14 años. Es decir, hasta que ya no tienen edad de ir al parque.
En todo este proceso, la tecnología ha jugado un papel relevante, convirtiéndose en el sustituto perfecto de unas calles cada vez más vacías. La televisión hace 30 años ofrecía un tiempo limitado de programación infantil, pero eso fue cambiando con la TDT, el streaming, los vídeos y DVDs. Internet se hizo ubicuo y los videojuegos, cada vez más populares. La alternativa a las calles se hizo más atractiva, pues parecía más segura. Pero era una falsa percepción.
“Somos muy miedosos en la calle, pero no tanto en el espacio digital, que es donde los menores necesitan más acompañamiento. Da la sensación de que el niño está quieto delante de la pantalla y parece por ello que está controlando, pero tiene muchos más estímulos ahí que en el mundo real”, opina Silvia Sánchez Serrano, profesora en la Universidad Complutense de Madrid en el departamento de estudios educativos y miembro del grupo de investigación Cultura Cívica.
De la calle a experiencias virtualesSánchez no estigmatiza las pantallas, como tampoco lo hace Marín. Ambas creen que los videojuegos son formas de juego lícitas, enriquecedoras y divertidas. Pero advierten del peligro que supone que estos sustituyan al juego físico. “Hay que hacer cierta pedagogía digital”, explica Sánchez. “No se les tiene que prohibir el uso de la pantalla, se les tiene que ofrecer alternativas, porque ese impulso del juego es innato, lo van a querer”.
Pero no es eso lo que ha venido pasando en los últimos años. “Yo crecí jugando en la calle y no en casa, a menos que el tiempo fuera realmente horrible”, explica Jennifer, profesora de inglés de 50 años. “Pero mis chicos [tiene dos hijos, de 14 y 20] siempre están dentro a menos que tengan un partido o algo así”. Jennifer da clase a chavales de secundaria y sabe por eso que lo que pasa en su casa no es una excepción. “Creo que todo el mundo puede ver esta tendencia con los niños. Nunca se aburren, nunca están fuera, a menos que sea en unas clases extraescolares. Se pasan el día con las pantallas”. Ella obligaba a sus hijos a pasar tiempo en el parque cuando eran más pequeños, pero al final, también a ella, le costaba un esfuerzo extra. Cuando sus hijos tuvieron 12 o 13 años claudicó.
No es solo que los padres hayan limitado el acceso a la calle. Es que a sus hijos, por otro lado, cada vez les resulta más fácil y atractivo pasar la tarde en casa, encerrados y solos en sus habitaciones. Con el tiempo, las empresas tecnológicas han conseguido acceso a los niños, niñas y adolescentes casi en todo momento. Han desarrollado emocionantes actividades virtuales, diseñadas para liberar dopamina en grandes cantidades y crear adicción.
Las experiencias virtuales se han ido diferenciando cada vez más de las reales. Y esto ha tenido un impacto en los jóvenes cerebros de los menores: “Los años de infancia y adolescencia son aquellos en los que el cerebro está más pendiente de adquirir los conocimientos, sobre todo de tipo socioemocional. Esto implica el imitar lo que ven, el experimentar junto con los demás. Y eso significa presencia física”, explica David Bueno, profesor de biología en la Universidad de Barcelona especializado en la genética del desarrollo.
Bueno explica que el cerebro del niño sufre ciertos cambios para convertirse en adulto. Que las conexiones que se crean en esta época determinan el tipo de persona que será. Y señala como una parte de estas conexiones vienen determinadas por la biología y la genética, pero no todas: “El ambiente es lo que termina de favorecer unas conexiones u otras. Y este ambiente lo conforman las experiencias que tienen en su día a día. El sistema educativo. Cómo se relacionan con sus padres, entre ellos y con su entorno. Y esto es lo que conecta con la importancia de salir a la calle”.
Un grupo de adolescentes usando el móvilUn grupo de adolescentes usando el móvil SANTI BURGOS
El juego es el trabajo de la infancia, y todos los mamíferos jóvenes trabajan a destajo: de esta forma conectan sus cerebros jugando, practicando los movimientos y habilidades que necesitarán de adultos. Los gatos arañan y trepan. Los perros persiguen la pelota como si fuera una presa. Los leones se pelean entre ellos. Esto no es muy diferente en los humanos. Los niños y niñas juegan para practicar sus habilidades físicas, los adolescentes lo hacen mediante el deporte, aumentando la competitividad e introduciendo interacciones sociales: flirtean, son muy físicos y desarrollan chistes internos que unen a los amigos. Muchos estudios demuestran cómo los mamíferos —desde los ratones hasta los monos— se deprimen cuando se les priva del juego. Nada hace pensar que esto sea diferente en los humanos.
Sustituir el juego físico por un juego virtual, y quedar con los amigos en la calle por chatear con ellos e interactuar en redes sociales no parece la mejor de las opciones. Pero es exactamente lo que está sucediendo. Según un informe de API Report en menos de una década ha aumentado en un 50% el tiempo que los niños pasan frente a una pantalla, vinculando este fenómeno con la inactividad de los menores. Su autor, Aric Sigman, afirma en un editorial asociado que este informe “confirma lo que la mayoría de los padres ya saben: que el tiempo de pantalla (...) recreativo está ocupando horas de su día, y ha sustituido al juego al aire libre”. Este sería el principal problema. Tal y como reflexiona Bueno, “el juego físico, el real, implica la activación simultánea de todos los sentidos, mientras que el mundo virtual solo se usan dos, la vista y el oído. Además, en las relaciones físicas tratamos con personas reales que tienen virtudes y defectos. La pantalla solo nos muestra las virtudes de los demás”.
Crecer encerrado en casa y socializando menos en la calle puede tener sus consecuencias, advierten los expertos. Y estas se empiezan a reflejar en multitud de estudios. Las encuestas muestran que los miembros de la generación Z son más tímidos y tienen más aversión al riesgo que las generaciones anteriores. Son un grupo serio, menos dado a trasnochar, a las borracheras y a la promiscuidad que sus mayores. Socializan menos en persona y son más propensos a sentirse solos. Están más concienciados, pero tienen más problemas de salud mental.
Hay estudios que refrendan estas ideas, pero es arriesgado convertirlas en un mantra. Para cada generación existe una narrativa sencilla y reduccionista. Para los miembros de esta, los centennials, la opinión popular es que los teléfonos inteligentes les han hecho desgraciados y frágiles, que las redes sociales han exacerbado sus problemas de autoestima. Pero distintos estudios empiezan a poner en tela de juicio estas ideas. O a matizarlas. Es fácil y tentador echar la culpa a un factor externo y malvado. Demonizar a Mark Zuckerberg, a Silicon Valley o a los excesos del capitalismo tecnológico y convertirlos en únicos responsables de la pandemia de ansiedad y depresión que afecta a los más jóvenes. Pero puede que esto sea solo parte de un problema más complejo que empieza en casa. Y se soluciona en la calle.

30 abril 2024

Los jóvenes marchitos

SE LEE EN 1 MINUTO
¡Ay, jóvenes marchitos que no conocéis el gozo de acariciar otros cuerpos ni de besar otros labios! Los jóvenes marchitos de la era digital viven atenazados por el miedo. Su dificultad para interactuar físicamente con otros muchachos tiene su raíz en el miedo. El miedo, como señaló Anthony de Melo, desaparece gracias al amor, pero el amor les da miedo. Anhelantes de sexo tangible, aunque vírgenes aún a los treinta, empollan y empollan, pero no pillan cacho. Muchachos líquidos e hiperaislados, carentes de educación sexual o sentimental, a los que les resulta difícil expresarse con ternura. A veces se muestran descabezados, a veces mudos, nunca van más allá de una telepaja. Hacerse pajas está muy bien, pero follando se conoce gente. Follar con humanos es beneficioso para la salud mental y física. El Sistema Nacional de Salud debería ayudar a los jóvenes armarizados a florecer como gays normales para evitarles tanto aislamiento y sufrimiento.

Quienes nos criamos en la época analógica no vivíamos distraídos por pantallas en línea, y ligábamos cara a cara, al calor del amor en un bar, como decía la canción de Gabinete Caligari. Hoy, los chavales marchitos, enredados en los videochats del ciberarmario, son tímidos que ni quedan, ni follan, ni han bailado nunca al son de A quién le importa en ningún Orgullo porque les importa, y mucho, el qué dirán. ¿Alternativa? Apagad el ordenador, salid de de la oscuridad de vuestra habitación, cuya puerta no os atrevéis a cerrar con llave por miedo a qué dirán los papis o los compis de piso, respirad el aire fresco de la calle, y buscad el cuerpo a cuerpo, nunca mejor dicho. Ahí fuera hay una peña de carne y hueso con muy buen rollo. Carpe Diem. 
PD: Estos apuntes de psikología marika están basados en casos reales. • cmg2018