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03 julio 2026

Por qué los maricas necesitamos amigos maricas

La homofobia y las normas de género nos dificultan tejer amistades estrechas entre nosotros, pero cuando lo logramos mejora nuestra salud y nuestro bienestar

Por Jaime Sevilla Lorenzo

eldiario.es 2 de julio de 2026

Podemos acabar creyéndonos parte de esa imagen estereotipada que la homofobia genera sobre nuestro propio colectivo. Y eso nos aleja de él. Fotograma de la serie 'Looking' (HBO)

Cuando empecé a salir del armario en mi adolescencia, las primeras personas con las que me abrí a manifestar quién soy se llamaban Míriam y Ángela. Las primeras amistades que hice al llegar a la universidad, Virginia y Sandra. ¿La primera persona con la que cogí confianza en el trabajo que tuve durante más de ocho años? Cristina. Si todos estos nombres son femeninos, no es casualidad.

A lo largo de mi vida, he tenido mucha más facilidad para hacer amigas que para hacer amigos. No me pasa solo a mí: diría que es un patrón bastante habitual entre los maricas. ¿Por qué ocurre? Cuando se lo pregunto a Carlos Soto, experto en psicología afirmativa LGTBIQ+, hace lo que hacen a menudo los psicólogos: llevarnos a nuestra infancia. “Imagínate a tu niño del colegio o del instituto. Los primeros insultos que recibimos, el primer insulto de ‘maricón’, no suelen venir de las niñas. Suelen venir de los chicos heterosexuales”, analiza. “Tiene todo el sentido del mundo que nos sintamos más cómodos con las chicas, que es donde nos terminamos refugiando porque suelen aceptarnos mejor desde que somos pequeñitos”, añade.

Así que desde la infancia nos rodeamos de chicas para protegernos del rechazo y de la violencia. Y cuando nos hacemos mayores, supongo, aún tenemos interiorizado que ellas en general van a ser un espacio seguro, mientras que a ellos los podemos percibir como una amenaza.

Reconozco que a mí me ha costado un poco aprender a relacionarme con hombres heterosexuales, y no sé hasta qué punto lo he conseguido. A menudo, cuando conocía a uno, inconscientemente partía de cierto miedo a que fuera homófobo y me ponía a la defensiva hasta que me demostrase que no lo era. Lo que yo llamo presunción de homofobia. E incluso ahora, cuando los conozco más y rebajo esas barreras al constatar que no hay ese rechazo, no me resulta fácil desarrollar amistades profundas. Quizá no termino de sentir que los hombres heteros y yo hablemos el mismo idioma.

¿Y con los que no son heteros? Hasta pasados los treinta, tampoco tuve apenas amigos maricas. Hay quienes sí, desde muy jóvenes, forman grupos con otros chicos del colectivo con los que comparten sus vidas y salen por sitios de ambiente, pero no fue mi caso. Pregunto a Gabriele, uno de los amigos que sí tengo ahora, y me responde que le ha pasado lo mismo: siempre se ha relacionado más con mujeres. Me cuenta que en el pueblo pequeño del norte de Italia en el que se crió “no había otros maricas, que se supiera”. Después, en la universidad, sí conoció a otras personas LGTBIQ+, pero con ninguna de ellas desarrolló una amistad estrecha. En torno a los 25 años, se acercó a un grupo de gente del colectivo, pero no terminó de encajar con ellos: “Solo se juntaban para salir de fiesta. No eran mi rollo, no me aportaban mucho, así que me alejé un poco. Nunca les consideré de verdad como amigos”.

Por la consulta de Carlos Soto pasan a menudo chicos maricas que no tienen amigos como ellos. El psicólogo lo relaciona con los prejuicios que existen sobre el colectivo, que a veces calan en nosotros mismos: “Desde pequeño no tienes referentes, no conoces a muchos chicos gays. Entonces vas desarrollando las creencias falsas y negativas que te mete la sociedad, como que son todos unos guarros, que solo buscan sexo, que no pueden formar familias…”. Nos podemos acabar creyendo parte de esa imagen estereotipada que la homofobia genera sobre nuestro propio colectivo. Y eso nos aleja de él.

También ocurre a veces que, aunque hagamos amigos maricas con los que salir y hacer planes, nos cuesta desarrollar con ellos vínculos más profundos. Pese a que no seamos heteros, los problemas que implica la masculinidad nos atraviesan. Hemos crecido en un contexto social en el que, mientras a las mujeres se les exige que sean empáticas y cuiden a los demás, a los hombres se nos dice que nos mostremos fuertes o que no lloremos. Se nos educa más en la agresividad que en el cariño. Y aunque al aceptar nuestra orientación sexual y construir nuestra identidad podemos romper poco a poco con buena parte de las normas de género que nos han impuesto, seguramente hay cosas que están grabadas en lo más profundo de nuestra mente y aún nos queda trabajo para deconstruirlas. Quizá ese es uno de los motivos por los que nos resulta más difícil construir amistades estrechas entre nosotros: se nos ha preparado para ser menos cuidadores.

Mi sensación es que a las mujeres lesbianas no les ocurre tanto esto. Tienen otros problemas: la lesbofobia combina machismo y homofobia en un cóctel explosivo que no suma estas discriminaciones, sino que las multiplica. Pero creo que, al menos, haber recibido una educación que les empuja más hacia los cuidados y hacia la inteligencia emocional les puede ayudar a desarrollar redes de sororidad más fuertes.

Otro obstáculo para establecer vínculos profundos es la propia homofobia, que a veces nos lleva a construirnos un caparazón que luego nos cuesta romper. Carlos Soto me explica que, al sentirnos diferentes a los demás y sufrir rechazo o incluso acoso, tendemos a desarrollar “una baja autoestima y un miedo muy intenso a mostrarnos vulnerables”. “Y claro, ¿cómo voy a generar una intimidad si me da miedo mostrarme vulnerable? La base de la intimidad es la vulnerabilidad. Si he aprendido desde pequeño que al mostrarme vulnerable y ser quien soy me agreden, me pongo una capa de protección para evitar todo eso”, analiza.

Esa barrera que nos hemos construido dificulta que, cuando ya somos adultos, desarrollemos vínculos sanos: “No soy capaz de mostrarme como soy y empiezo a hacer un montón de estrategias para que no me dejen, para mostrarme superseguro... Entonces no se termina de generar esa intimidad real y las relaciones son más superficiales”, valora el psicólogo. Imagino que esto sí nos puede ocurrir a toda la comunidad LGTBIQ+ y no solo a los maricas.

Eso no quiere decir que estemos condenados a no tener amigos cercanos. “Que arrastremos esas heridas desde la infancia no significa que no se pueda trabajar ni que esto sea para toda la vida”, defiende el especialista. Pone en valor que “dentro del colectivo hay mucha resiliencia y mucha introspección”. Y destaca que “haber vivido todo lo que hemos vivido nos lleva a no ir por la vida sin cuestionarnos las cosas” y a “una introspección a la que a lo mejor alguien heterosexual a quien le han dado todo en la vida no llega”.

En mi caso, mi falta de amigos maricas ha cambiado en los últimos dos años. Tras una crisis de los 30 bastante significativa, empecé a quedar mucho con un amigo de una amiga. Comenzamos a ir juntos a shows drags, a compartir viajes… pero también a escucharnos, a apoyarnos, a acompañarnos en los bajones. Ahora es una de las personas más importantes para mí. También en esa época decidí apuntarme a una escuela de bachata y salsa sin roles de género, orientada a la comunidad LGTBIQ+. Unos meses después, ya había hecho ahí un grupo de amigos maricas que compartimos el disfrute de bailar y que, a la vez, nos cuidamos.

Para Gabriele, que es parte de ese grupo, también es la primera vez que desarrolla amistades estrechas con otros chicos gays, y es algo que necesitaba: “En los últimos años, empecé a pensar que hay muchas cosas de mi vida que, al compartirlas con otras personas, no las pueden entender de verdad porque no las viven. Si las comparto con mis amigas chicas, me van a dar apoyo, pero no conocen las dinámicas”, me explica. 

Y me recuerda un momento que vivimos hace poco algunos de esos amigos, en un largo viaje en coche en el que volvíamos de pasar un fin de semana bailando juntos en un festival de bachata y salsa. Ahí tuvimos una conversación profunda sobre problemas que vivimos específicamente los maricas. A todos nos reconfortó poder hablar de eso con gente a la que le pasan cosas parecidas. Gabriele lo agradece así: “Al encontrar a gente como vosotros me di cuenta de que es posible tener amistades verdaderas y compartir aficiones que no sean tóxicas con gente del colectivo. Es algo nuevo que descubrí y que no sé si veía posible, pero no lo daba por hecho o lo veía como algo difícil”.

Que estas amistades son importantes no solo lo pensamos Gabriele y yo: también lo dice la ciencia. “En la psicología, tener amigos del colectivo se define como un factor protector: algo que es beneficioso para nuestra salud, como hacer deporte o comer saludable”, me explica Carlos Soto. Señala que “hay estudios que demuestran que favorece nuestra salud de muchas formas”. Una de ellas es que “reducimos la homofobia interiorizada”, ya que conocer de cerca la realidad de otras personas ayuda a desmontar los prejuicios que nos crearon sobre las personas LGTBIQ+. Otra es que esas amistades contribuyen a proteger nuestra salud sexual: “Cuantos más amigos del colectivo, más acceso a información sexual”.

El psicólogo también destaca que esas otras personas “han vivido lo mismo que tú”, en referencia a procesos como la salida del armario, el miedo a contarle a tu familia quién eres o a perder amistades, el rechazo o el bullying. Apunta que compartir esas vivencias “genera una sensación de validación muy potente que no te puede generar alguien que no pertenece al colectivo y no lo ha vivido”. Y añade más beneficios psicológicos de tener amigos del colectivo: la existencia de referentes diversos que te abren la mente a imaginar diferentes maneras de vivir, que es “importante para la autoestima”; el sentimiento de pertenencia a una comunidad, algo que “todos los seres humanos necesitamos”; y la sensación de “poder ser tú mismo y expresarte como quieras sin ser juzgado ni seguir arrastrando esa fachada desde la adolescencia, lo cual se traduce en un mejor autoconcepto”.

Yo no conocía esos estudios científicos, pero sí he descubierto con mi propia experiencia que la llegada de estos amigos maricas a mi vida la ha mejorado sin duda. No sustituyen a mis amigas mujeres, esas mariliendres a las que intento cuidar tanto como me cuidan a mí y que siguen siendo una parte esencial de mi círculo. Más bien las complementan. Me permiten compartir risas, dramas y vivencias con quienes son como yo, hacen lo que yo y les pasa lo que a mí.

29 octubre 2025

Lagun mina (Amigo íntimo)_cortometraje

Ekaitz y Román se conocen en un albergue durante unas vacaciones, y se prometen amistad para toda la vida. Pero algo falla. O su vida es demasiado larga, o su promesa excesivamente débil. Ahora tendrán que asumirlo. 

Cortometraje dirigido por Jose Mari Goenaga, escrito por Aitor Arregi y producido por Moriarti Produkzioak y Pressure Filmak. Protagonizado por Eriz Alberdi y Diego Santos. Obtuvo el Premio al Mejor Actor en el Festival de Cortos de Paracuellos del Jarama, ex aequo para ambos protagonistas del corto. (Versión internacional en euskera y castellano con subtítulos en inglés.) 13 min. 

27 septiembre 2024

“A ver si quedamos” y otros síntomas de que una amistad está acabada

Por EVA MACHÓN
El País, 27 de septiembre de 2024

El cambio de prioridades, la asunción de nuevos roles y el desarrollo de la vida profesional a menudo hacen que los lazos afectivos se debiliten. Además, las redes sociales dan una falsa sensación de cercanía con viejos amigos a los que ya ni siquiera vemos. Pero, ¿se puede revivir una relación? 

Pongamos que dos viejos conocidos —Lucas (32 años) y Lucía (33)— se encuentran de manera casual mientras esperan sus respectivos turnos en una sala de espera. Están sentados en asientos diferentes, pero bastante próximos, lo suficiente para que alcancen a verse y se acaben saludando: “Hola Lucas, ¿cómo estás? ¿Has vuelto de Londres? Ya he visto que has estado viviendo allí una temporada”. A lo que Lucas responde algo así como: “¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás? Sí, me mudé un año por trabajo, pero ya estoy de vuelta. ¿Sigues trabajando en la clínica?”. La conversación continúa, aunque no se dilata mucho en el tiempo, comentan algunos aspectos superfluos de su vida reciente sin dar más información de la estrictamente necesaria. Para terminar, uno de los dos entona eso de “bueno, pues a ver si quedamos”, una frase que, más que reflejar una intención real de volver a verse pronto, es una manera de despedirse amablemente.

Lucas y Lucía fueron muy amigos durante varios años. Se conocieron en la universidad, compartían grupo de amigos, quedaban habitualmente y hablaban a diario. Tras graduarse, siguieron manteniendo vivo ese vínculo de amistad, pero conforme pasaron los años, sin existir conflicto de por medio, fueron perdiendo el contacto poco a poco. Hoy en día se siguen por redes sociales, se felicitan el cumpleaños, y poco más. No hablan, pero, sin embargo, tienen la sensación de saber mucho el uno del otro, de que la relación no se ha perdido. Los dos son activos en redes y más o menos se siguen los pasos. Si se le pregunta a cualquiera de los dos qué considera que es el otro, ambos dirían: amigos. Pero, ¿pueden sostener las redes sociales una amistad?

En la actualidad, una de cada cinco personas en España se siente sola, así lo confirma un reciente estudio promovido por la Fundación ONCE y la Fundación AXA. Este dato significa que un 20% de la población española sufre lo que se denomina soledad no deseada. Curiosamente, en un mundo en el que vivimos más conectados que nunca gracias al entorno digital, son especialmente los adultos jóvenes —entre los 18 y 24 años— los que más sensación de soledad sienten. La gravedad de esta situación es que en muchos casos se está cronificando en el tiempo, lo que influye directamente en el carácter y en la forma de relacionarse del individuo que la sufre que, a largo plazo, se vuelve más introvertido. De dicho estudio también se extrae que de los jóvenes adultos que no se sienten solos, el 36,6% considera que sí ha pasado por esa situación. En este contexto, se podría pensar que, en general, no estamos para perder amigos y, sin embargo, esto es un hecho que se produce de manera muy habitual.

“En la actualidad, las redes sociales han transformado significativamente la manera en que nos relacionamos y mantenemos el contacto con las personas. A través de nuestros perfiles, nos vemos expuestos a las vidas de gente que quizás ya no forman parte activa de la nuestra. Esto puede generarnos la sensación de que seguimos siendo cercanos a ellas, aunque en la práctica la conexión emocional y el vínculo de amistad se hayan debilitado”, explica a EL PAÍS la doctora Celia Incio del Río, psicóloga especialista en relaciones sociales, autoestima y desarrollo personal.

Esa exposición constante a la vida de otros no reemplaza la cercanía emocional, sino que incluso alimenta las sensaciones de soledad y frustración. Pero no solamente se puede culpar a la sobreexposición en este tipo de plataformas de ese vacío emocional palpable — sobre todo en los adultos más jóvenes—, también es justo señalar que la conciliación entre la vida personal y profesional no lo pone demasiado fácil a la hora de reavivar lazos de amistad o evitar perder los existentes. En este sentido, la psicóloga y miembro de Top Doctors, argumenta: “En la adultez, retomar una relación de amistad rota se vuelve más difícil por varios factores. Primero, las responsabilidades personales y profesionales se acumulan, dejando poco espacio para cultivar o revitalizar amistades. La vida adulta tiende a fragmentar el tiempo disponible, y la energía emocional se invierte más en la familia, el trabajo y otras obligaciones”. En segundo lugar, añade: “Muchas veces cargamos con la sensación de que si una relación se debilitó es porque, de alguna manera, ya no cumple un propósito en nuestras vidas. Esto nos lleva a postergar los esfuerzos por reavivar una amistad, hasta que, finalmente, esa idea queda relegada a frases sin compromiso real”.

Decir cosas como “a ver si quedamos” o “nos vemos cuando quieras” son claramente un síntoma de que una relación está prácticamente acabada. Muchas veces esa vaga intención de retomar lazos solo esconde ciertas inseguridades sobre si la otra persona estaría realmente receptiva a la propuesta. En un contexto en el que muchas personas se sienten solas en España, carentes de lazos de afectivos, es común que la falta de confianza en uno mismo suponga una barrera para tomar este tipo de iniciativas.

Estos distanciamientos sociales se dan generalmente sin que haya existido un conflicto o malentendido de por medio y ocurren más bien por la falta de puntos comunes en la relación afectiva que hace que esta se vaya debilitando. Las personas evolucionan a lo largo del tiempo y son sus experiencias vitales y la adquisición de nuevos intereses lo que va transformando sus prioridades, valores o puntos de vista.

A veces, en los individuos con ciertos rasgos de egocentrismo en su personalidad, subyace el pensamiento de que la responsabilidad de retomar una relación debería recaer en la otra persona. La famosa frase de “quien te quiere, te busca” se ha repetido de forma tan recurrente que, aunque su aplicación original se asocie a las relaciones de pareja, muchos individuos lo han llevado a todo tipo de relaciones, incluso a las familiares. Esta idea se contrapone a lo que verdaderamente significa mantener viva una amistad, es decir, mantener un afecto personal, puro y desinteresado, de igual a igual con otra persona con la que se comparte una responsabilidad afectiva.

¿Cuál es el antídoto para revivir una relación de amistad?
Si se tiene una intención real de recuperar una relación de amistad es fundamental no dejar recaer la responsabilidad de dar el primer paso en la otra persona. Según la doctora especialista Incio del Río, “la clave, si se desea realmente retomar una amistad, es la autenticidad: dejar a un lado las frases vacías y, en su lugar, apostar por conversaciones honestas sobre lo que esa relación ha significado y cómo nos gustaría que evolucionara en el futuro. Las amistades, como cualquier otro tipo de relación, requieren tiempo y voluntad. Aunque en la adultez el contexto sea más complejo, no es imposible recuperar esos vínculos, pero solo si hay un deseo genuino de ambas partes de reconstruir el camino perdido”.

20 agosto 2022

Antes de la erupción_corto

 

Antes de la erupción fue rodado en localizaciones naturales de Lanzarote, la isla natal del cineasta Roberto Pérez Toledo. Protagonizado por Pablo Capuz, Javier Orán, Javier Morgade, Edgar Córcoles y Jorge Alcocer, cuenta la historia de un grupo de amigos que deciden hacer un viaje soñado para recuperar su amistad tal y como la vivían cuando eran más pequeños. Este cortometraje es una postal sobre esos primeros días en los que su protagonista suelta lastre y cuenta quién es realmente a sus mejores amigos, mientras llevan a cabo ese viaje a Lanzarote con el que soñaban desde tiempo atrás,” explica Pérez Toledo. La identidad es el gran tema de base del cortometraje: la necesidad imperiosa de encontrar tu pequeño lugar en el mundo y ocuparlo. No fue casual que Pérez Toledo decidiese rodar este corto en Lanzarote. “De pronto me imaginé a estos personajes entre volcanes. Y luego entendí por qué: porque nuestra identidad, lo que somos, es como un volcán que erupciona arrasando con todo. Puedes intentar que el volcán permanezca dormido, pero tu identidad acaba brotando, como la lava. Porque no puedes silenciar ni aplacar lo que eres.