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12 julio 2026

Grindr, ¿privilegio o condena?

Por LUISGÉ MARTÍN
SE LEE EN 3 MINUTOS


Hace unos días, un amigo gay veinteañero volvió a manifestarme su desasosiego por el modo de vida Grindr. Mi amigo usa la aplicación con el propósito –sincero– de encontrar un novio, pero solo encuentra sexo libertino y abundante.

No se queja solo de los demás, sino de sí mismo. “Es tan fácil y tan fantástico follar”, dice con gesto melancólico, “que uno no tiene fuerzas para dejar de hacerlo. Luego sientes arrepentimiento y dices que a partir de mañana vas a sentar cabeza, pero al día siguiente se ha esfumando el arrepentimiento y Grindr en cambio sigue allí, en el teléfono móvil”.

Mi amigo es resultón, pero no es un modelo de pasarela. Tampoco es un chico fácil: es exigente con sus amantes, los selecciona. Es decir, su ritmo frenético no tiene que ver con la belleza ni con la docilidad, sino con el sistema mismo. Este amigo ya me había contado antes sus penalidades sentimentales, pero no ha sido ni mucho menos el único.

A varios gays de entre veinte y cuarenta años les he escuchado reiteradamente contar lo mucho que necesitan el amor y lo complicado que les resulta conseguirlo en tiempos de Grindr por su propia incontinencia. Yo, que estoy ya cómodo en mi papel de anciano precoz, reacciono primero con una cierta indignación y luego, ya calmado, me pongo a filosofar.

La indignación tiene que ver con la historia de mi generación. Me pasa cuando me cuentan esto como le pasaba a mi abuelo cuando yo dejaba en el plato las verduras o el pescado que no me gustaba. “Con el hambre que pasé yo en la guerra”, me decía. Y eso les digo yo a mis amigos: “Con el hambre que pasé yo en la adolescencia, ¿cómo os podéis quejar de follar mucho?”.

Internet –y sus chats– empezaron a funcionar, de forma muy rudimentaria, cuando yo tenía treinta años. En aquellos tiempos, si chateabas se cortaba la línea telefónica: o usabas datos o usabas voz. Antes de eso, solo estaba el desierto: anuncios por palabras en revistas, a los que había que contestar por correo postal, o bares de ambiente. Los teléfonos inteligentes y las aplicaciones nacieron mucho después.

Grindr cumple en este mes de marzo [de 2019] diez años, y su función consistió en hacerlo todo mucho más fácil. Rápido, inmediato, cercano. En tu barrio o en la ciudad más remota del mundo, si viajas. A las tres de la tarde o a las cinco de la madrugada. A mí me daba rabia no haber tenido Grindr en mis noches juveniles de soledad. Sentía envidia de esa simplicidad con la que se puede llegar al sexo feliz, pero también a la compañía, a la aventura, a la tentación.

Cuando me pongo a filosofar, las confesiones de mis amigos me hacen dudar de si Grindr –o Scruff, o Wapo, o Hornet, o Tinder– son un privilegio o una condena. El arquitecto Mies van der Rohe acuñó una sentencia muy sabia que a veces es difícil de aceptar: “Menos es más”. Él hablaba de edificios, de minimalismo, de sencillez estética, pero vale para casi cualquier orden de la vida. Cuando las cosas son exuberantes, cuando son extremadamente fáciles, se pierde el placer de conseguirlas y hasta el goce jubiloso que proporcionan. Y esa es la penalidad mayor del ser humano: lo que es fácil, lo disfrutamos menos; lo que es difícil, en cambio, nos parece una delicia. Somos seres enfermos, no cabe duda.

Mi amigo veinteañero y yo estuvimos buscando soluciones a este desafío. Y encontramos una solución casi estalinista, pero seguramente eficaz. Los gobiernos, a nuestro juicio, deberían legislar para que las aplicaciones tuvieran un único mes de validez y luego un año entero de barbecho. Es decir, durante un mes puedes usarla libremente, pero al final de ese plazo empieza una cuarentena larga.

De ese modo, los que buscan promiscuidad perderían derechos civiles, sin duda, pero los que buscan amor tendrían por fin la oportunidad de encontrarlo. Yo, por si las dudas, y por si la reencarnación existe, prefiero tener Grindr a los veinte años. Es probable que la felicidad no mejore todo lo que uno es capaz de imaginar, pero el funcionamiento hormonal será sin duda mucho más saludable.

Publicado en la revista Shangay nº 507, el 22 de febrero de 2019

Lecturas relacionadas:
Foto por privado, Simon Chevrier
Analog (Cruising), Leo Herrera

04 julio 2026

Lo queer explicado

Por SATO DÍAZ

elpublico.es, 4 de julio de 2026

Las letras esperan cociéndose en la sopa de letras para ser elegidas y formar palabras. Y las palabras cuentan sueños, recuerdos, objetos, personas, sentimientos, revoluciones. Pocas veces las letras adquieren significado y derrumban muros por sí mismas. Esto acontece, sin embargo, con una fuerza sobrehumana en la coalición de iniciales LGTBIQ+. Cada letra es un símbolo, un colectivo de personas, un mar de opresiones, de rebeliones, sentimientos...

"Cada vez me inquieta más lo larga que se va haciendo la lista: LGTBI no sé qué y al final, como no cabe, plus". Estas palabras no las pronunciaba Santiago Abascal, ni siquiera Isabel Díaz Ayuso, ni Viktor Orbán, ni Donald Trump. Parece que Felipe González ya no entiende el mundo en el que vive, y ansía que la realidad se acomode a su nivel de comprensión y se simplifique. Las reivindicaciones de lesbianas, gays, trans, bisexuales e intersexuales le resultan inquietantes a un expresidente del Gobierno que incomprensiblemente sigue militando en un partido socialista y progresista. 

González evita citar la letra 'Q', que sería la siguiente en esa "larga lista". La 'Q' de queer. El PSOE también eliminó la letra 'Q' de sus documentos en el 41 Congreso Federal celebrado en Sevilla a finales de 2024. La corriente de las llamadas "feministas radicales" o "TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist) del partido, representadas por figuras como la ex vicepresidenta Carmen Calvo, impuso la orientación política oficial de esta formación. Los sectores LGTBIQ+ perdieron una contienda que se votó de noche y pilló a algunos por sorpresa. Lo relacionado con la teoría queer quedaba fuera de la nomenclatura y de la línea de acción política oficial. Así, Víctor Gutiérrez es secretario de Políticas LGTBI del PSOE, sin 'Q', ni queers, ni nada que se le parezca.

Lo queer es una corriente de pensamiento que rechaza las categorías fijas de género y sexualidad, defendiendo que tanto la identidad de género como la orientación sexual son fluidas y constructos sociales, nada predeterminado. Lo queer es, por tanto, un cuestionamiento constante de la norma, que nace de aquellos colectivos oprimidos que eran nombrados así como un insulto: raro, excéntrico, extraño, maricón... Lo queer es, sin lugar a dudas, revolución.  

El periodista, escritor, guionista y referente del movimiento LGTBIQ+ Paco Tomás, colaborador de Público, definía lo queer en el programa emitido por este periódico con motivo del Orgullo y se refería así: "La 'Q' de queer es pensamiento". Hay lesbianas que son lesbianas pero no son queer, hay gays que tampoco son queer, ni bisexuales... Ser queer o identificarse con esta corriente es una posición política que trasciende, como decimos, la identidad de género y la orientación sexual propia. Ser queer implica un posicionamiento político, situarse en un lugar en el mundo para convertir los márgenes y las periferias en el centro y derribar el poder establecido.  

Queer es, por tanto, criticar el orden mundial en el que vivimos y somete a pueblos enteros, condenar el genocidio en Palestina o la ocupación marroquí del Sáhara Occidental, disentir del militarismo rampante que solo tiene la guerra como horizonte, asumir la conciencia de clase, disputar siempre a los de arriba y nunca a los de abajo, llenar de agujeros las fronteras, integrar el antirracismo como práctica diaria, adoptar una posición transfeminista para afrontar la vida, visualizar un mundo en el que la diversidad de los cuerpos sea una riqueza y no un motivo de exclusión...  

El oprimido colectivo LGTB lleva décadas luchando por obtener los mismos derechos que las personas que han habitado plácidamente en la heternorma. Normalizar orientaciones sexuales e identidades de género y la transexualidad ha sido el leitmotiv de estas luchas de liberación, un objetivo justo y loable. Normalizar. Y en este sentido, logros como la consecución del matrimonio de personas del mismo sexo hace ya 21 años en España deben seguir siendo motivo de reivindicación y celebración. El fantasma reaccionario que sacude el mundo coloca a la comunidad LGTBIQ+, precisamente, como uno de sus principales  objetivos a batir. Pero, ¿es suficiente normalizar?   

En un mundo trastornado en el que la ultraderecha cada vez gana más poder e impone su mirada violenta, unificadora, clasista, racista, machista y opresora, la lucha por la normalización pierde sentido. Y entonces surge la necesidad de construir una alternativa, a todas luces, alejada de la realidad que se está imponiendo. En otras palabras hackear el sistema, hackear la norma que, pese a ser norma, va perdiendo el sentido común.      

En este contexto, la 'Q' adquiere una especial relevancia. Lo queer es pensamiento, lo queer es revolución. Lo queer es un lugar desde el cual boicotear el panorama que se va imponiendo e imaginar otros mundos posibles, otras relaciones posibles, otras familias posibles, otro sexo posible, otros trabajos posibles, otras ciudades posibles, otras personas posibles, otros hábitos posibles, otras lecturas posibles, otros amores posibles, otros Estados posibles, otras policías posibles, otra geopolítica posible, otro consumo posible...  

Feliz Orgullo 'Q'. Feliz revolución queer.

03 julio 2026

Por qué los maricas necesitamos amigos maricas

La homofobia y las normas de género nos dificultan tejer amistades estrechas entre nosotros, pero cuando lo logramos mejora nuestra salud y nuestro bienestar

Por Jaime Sevilla Lorenzo

eldiario.es 2 de julio de 2026

Podemos acabar creyéndonos parte de esa imagen estereotipada que la homofobia genera sobre nuestro propio colectivo. Y eso nos aleja de él. Fotograma de la serie 'Looking' (HBO)

Cuando empecé a salir del armario en mi adolescencia, las primeras personas con las que me abrí a manifestar quién soy se llamaban Míriam y Ángela. Las primeras amistades que hice al llegar a la universidad, Virginia y Sandra. ¿La primera persona con la que cogí confianza en el trabajo que tuve durante más de ocho años? Cristina. Si todos estos nombres son femeninos, no es casualidad.

A lo largo de mi vida, he tenido mucha más facilidad para hacer amigas que para hacer amigos. No me pasa solo a mí: diría que es un patrón bastante habitual entre los maricas. ¿Por qué ocurre? Cuando se lo pregunto a Carlos Soto, experto en psicología afirmativa LGTBIQ+, hace lo que hacen a menudo los psicólogos: llevarnos a nuestra infancia. “Imagínate a tu niño del colegio o del instituto. Los primeros insultos que recibimos, el primer insulto de ‘maricón’, no suelen venir de las niñas. Suelen venir de los chicos heterosexuales”, analiza. “Tiene todo el sentido del mundo que nos sintamos más cómodos con las chicas, que es donde nos terminamos refugiando porque suelen aceptarnos mejor desde que somos pequeñitos”, añade.

Así que desde la infancia nos rodeamos de chicas para protegernos del rechazo y de la violencia. Y cuando nos hacemos mayores, supongo, aún tenemos interiorizado que ellas en general van a ser un espacio seguro, mientras que a ellos los podemos percibir como una amenaza.

Reconozco que a mí me ha costado un poco aprender a relacionarme con hombres heterosexuales, y no sé hasta qué punto lo he conseguido. A menudo, cuando conocía a uno, inconscientemente partía de cierto miedo a que fuera homófobo y me ponía a la defensiva hasta que me demostrase que no lo era. Lo que yo llamo presunción de homofobia. E incluso ahora, cuando los conozco más y rebajo esas barreras al constatar que no hay ese rechazo, no me resulta fácil desarrollar amistades profundas. Quizá no termino de sentir que los hombres heteros y yo hablemos el mismo idioma.

¿Y con los que no son heteros? Hasta pasados los treinta, tampoco tuve apenas amigos maricas. Hay quienes sí, desde muy jóvenes, forman grupos con otros chicos del colectivo con los que comparten sus vidas y salen por sitios de ambiente, pero no fue mi caso. Pregunto a Gabriele, uno de los amigos que sí tengo ahora, y me responde que le ha pasado lo mismo: siempre se ha relacionado más con mujeres. Me cuenta que en el pueblo pequeño del norte de Italia en el que se crió “no había otros maricas, que se supiera”. Después, en la universidad, sí conoció a otras personas LGTBIQ+, pero con ninguna de ellas desarrolló una amistad estrecha. En torno a los 25 años, se acercó a un grupo de gente del colectivo, pero no terminó de encajar con ellos: “Solo se juntaban para salir de fiesta. No eran mi rollo, no me aportaban mucho, así que me alejé un poco. Nunca les consideré de verdad como amigos”.

Por la consulta de Carlos Soto pasan a menudo chicos maricas que no tienen amigos como ellos. El psicólogo lo relaciona con los prejuicios que existen sobre el colectivo, que a veces calan en nosotros mismos: “Desde pequeño no tienes referentes, no conoces a muchos chicos gays. Entonces vas desarrollando las creencias falsas y negativas que te mete la sociedad, como que son todos unos guarros, que solo buscan sexo, que no pueden formar familias…”. Nos podemos acabar creyendo parte de esa imagen estereotipada que la homofobia genera sobre nuestro propio colectivo. Y eso nos aleja de él.

También ocurre a veces que, aunque hagamos amigos maricas con los que salir y hacer planes, nos cuesta desarrollar con ellos vínculos más profundos. Pese a que no seamos heteros, los problemas que implica la masculinidad nos atraviesan. Hemos crecido en un contexto social en el que, mientras a las mujeres se les exige que sean empáticas y cuiden a los demás, a los hombres se nos dice que nos mostremos fuertes o que no lloremos. Se nos educa más en la agresividad que en el cariño. Y aunque al aceptar nuestra orientación sexual y construir nuestra identidad podemos romper poco a poco con buena parte de las normas de género que nos han impuesto, seguramente hay cosas que están grabadas en lo más profundo de nuestra mente y aún nos queda trabajo para deconstruirlas. Quizá ese es uno de los motivos por los que nos resulta más difícil construir amistades estrechas entre nosotros: se nos ha preparado para ser menos cuidadores.

Mi sensación es que a las mujeres lesbianas no les ocurre tanto esto. Tienen otros problemas: la lesbofobia combina machismo y homofobia en un cóctel explosivo que no suma estas discriminaciones, sino que las multiplica. Pero creo que, al menos, haber recibido una educación que les empuja más hacia los cuidados y hacia la inteligencia emocional les puede ayudar a desarrollar redes de sororidad más fuertes.

Otro obstáculo para establecer vínculos profundos es la propia homofobia, que a veces nos lleva a construirnos un caparazón que luego nos cuesta romper. Carlos Soto me explica que, al sentirnos diferentes a los demás y sufrir rechazo o incluso acoso, tendemos a desarrollar “una baja autoestima y un miedo muy intenso a mostrarnos vulnerables”. “Y claro, ¿cómo voy a generar una intimidad si me da miedo mostrarme vulnerable? La base de la intimidad es la vulnerabilidad. Si he aprendido desde pequeño que al mostrarme vulnerable y ser quien soy me agreden, me pongo una capa de protección para evitar todo eso”, analiza.

Esa barrera que nos hemos construido dificulta que, cuando ya somos adultos, desarrollemos vínculos sanos: “No soy capaz de mostrarme como soy y empiezo a hacer un montón de estrategias para que no me dejen, para mostrarme superseguro... Entonces no se termina de generar esa intimidad real y las relaciones son más superficiales”, valora el psicólogo. Imagino que esto sí nos puede ocurrir a toda la comunidad LGTBIQ+ y no solo a los maricas.

Eso no quiere decir que estemos condenados a no tener amigos cercanos. “Que arrastremos esas heridas desde la infancia no significa que no se pueda trabajar ni que esto sea para toda la vida”, defiende el especialista. Pone en valor que “dentro del colectivo hay mucha resiliencia y mucha introspección”. Y destaca que “haber vivido todo lo que hemos vivido nos lleva a no ir por la vida sin cuestionarnos las cosas” y a “una introspección a la que a lo mejor alguien heterosexual a quien le han dado todo en la vida no llega”.

En mi caso, mi falta de amigos maricas ha cambiado en los últimos dos años. Tras una crisis de los 30 bastante significativa, empecé a quedar mucho con un amigo de una amiga. Comenzamos a ir juntos a shows drags, a compartir viajes… pero también a escucharnos, a apoyarnos, a acompañarnos en los bajones. Ahora es una de las personas más importantes para mí. También en esa época decidí apuntarme a una escuela de bachata y salsa sin roles de género, orientada a la comunidad LGTBIQ+. Unos meses después, ya había hecho ahí un grupo de amigos maricas que compartimos el disfrute de bailar y que, a la vez, nos cuidamos.

Para Gabriele, que es parte de ese grupo, también es la primera vez que desarrolla amistades estrechas con otros chicos gays, y es algo que necesitaba: “En los últimos años, empecé a pensar que hay muchas cosas de mi vida que, al compartirlas con otras personas, no las pueden entender de verdad porque no las viven. Si las comparto con mis amigas chicas, me van a dar apoyo, pero no conocen las dinámicas”, me explica. 

Y me recuerda un momento que vivimos hace poco algunos de esos amigos, en un largo viaje en coche en el que volvíamos de pasar un fin de semana bailando juntos en un festival de bachata y salsa. Ahí tuvimos una conversación profunda sobre problemas que vivimos específicamente los maricas. A todos nos reconfortó poder hablar de eso con gente a la que le pasan cosas parecidas. Gabriele lo agradece así: “Al encontrar a gente como vosotros me di cuenta de que es posible tener amistades verdaderas y compartir aficiones que no sean tóxicas con gente del colectivo. Es algo nuevo que descubrí y que no sé si veía posible, pero no lo daba por hecho o lo veía como algo difícil”.

Que estas amistades son importantes no solo lo pensamos Gabriele y yo: también lo dice la ciencia. “En la psicología, tener amigos del colectivo se define como un factor protector: algo que es beneficioso para nuestra salud, como hacer deporte o comer saludable”, me explica Carlos Soto. Señala que “hay estudios que demuestran que favorece nuestra salud de muchas formas”. Una de ellas es que “reducimos la homofobia interiorizada”, ya que conocer de cerca la realidad de otras personas ayuda a desmontar los prejuicios que nos crearon sobre las personas LGTBIQ+. Otra es que esas amistades contribuyen a proteger nuestra salud sexual: “Cuantos más amigos del colectivo, más acceso a información sexual”.

El psicólogo también destaca que esas otras personas “han vivido lo mismo que tú”, en referencia a procesos como la salida del armario, el miedo a contarle a tu familia quién eres o a perder amistades, el rechazo o el bullying. Apunta que compartir esas vivencias “genera una sensación de validación muy potente que no te puede generar alguien que no pertenece al colectivo y no lo ha vivido”. Y añade más beneficios psicológicos de tener amigos del colectivo: la existencia de referentes diversos que te abren la mente a imaginar diferentes maneras de vivir, que es “importante para la autoestima”; el sentimiento de pertenencia a una comunidad, algo que “todos los seres humanos necesitamos”; y la sensación de “poder ser tú mismo y expresarte como quieras sin ser juzgado ni seguir arrastrando esa fachada desde la adolescencia, lo cual se traduce en un mejor autoconcepto”.

Yo no conocía esos estudios científicos, pero sí he descubierto con mi propia experiencia que la llegada de estos amigos maricas a mi vida la ha mejorado sin duda. No sustituyen a mis amigas mujeres, esas mariliendres a las que intento cuidar tanto como me cuidan a mí y que siguen siendo una parte esencial de mi círculo. Más bien las complementan. Me permiten compartir risas, dramas y vivencias con quienes son como yo, hacen lo que yo y les pasa lo que a mí.

28 junio 2026

Por qué no existe el orgullo hetero


Por ARTURO GIL BORDÉS

Si es que no falla. Cuando llegan estas fechas, siempre hay alguien que hace la pregunta ¿Para cuándo el orgullo hetero? Y aquí va mi respuesta a todas esas personas. ¿A ti te han insultado o te han pegado por ser hetero? ¿te han hecho bullying en el colegio? ¿o te han echado de casa por ser hetero? ¿has tenido miedo a que tu familia descubriera que eres hetero? ¿has ocultado a tu pareja o te han dicho “es una fase”? ¿te han tratado como si fueses un enfermo? ¿te han llevado a terapia o te han negado derechos por ser hetero? ¿has sentido miedo al coger a tu pareja de la mano por la calle? ¿te han hecho sentir vergüenza por ser hetero? ¿te han obligado a vivir una doble vida o has crecido sin referentes porque no se mostraban como tú eres? Pues ahí tienes la diferencia. Por eso existe el Orgullo, no para celebrar que somos diferentes, sino para recordar que nadie debe ser castigado por serlo. No hay más preguntas, señoría. 

10 junio 2026

Primera sesión de cortos en la Asociación Adriano Antinoo (enlaces)

Cinco cortometrajes y una propina seleccionados 
por Carlos Martín Gaebler

1. El tren nocturno, SWE, Jerry Carlsson, 2020. 15 min. YouTube. Oskar viaja en un tren nocturno de regreso a casa tras una entrevista de trabajo en Estocolmo. Mientras le cuenta a su madre por teléfono cómo le fue…

2. Versátil, ESP, Carlos Ocho, 2017. 14 min. YouTube. A veces, el amor no es suficiente…

3. La teoría de la pluma, ESP, Roberto Pérez Toledo, 2021. 6 min. YouTube. La pluma explicada y aceptada (entre dos)…

4. Taras, ESP, Roberto Pérez Toledo, 2017. 3 min. YouTube. Todos tenemos, en mayor o en menor medida, nuestras propias taras…

5. Antes de la erupción, ESP, Roberto Pérez Toledo, 2021. 9 min. YouTube. Aunque una erupción volcánica puede ocurrir sin ninguna señal previa, lo más probable es que los volcanes emitan diferentes tipos de advertencias antes de que comience la erupción...

6. Striker es un espectacular y voluptuoso anuncio holandés de 1999. 3 min. Una pieza muy visual que apenas necesita subtítulos y se articula en torno a un temazo musical de Shirley Bassey de 1968, “This Is My Life.” [Subtitulado en inglés y publicado en www.culturepub.fr]

08 junio 2026

28 de junio

Por VICENTE MOLINA FOIX

El País, 25 de junio de 1994

El gran problema gay son los heterosexuales. "Problema homosexual" (que decían los psiquiatras antiguos) yo no veo. Veo un rebaño de cafres repartidos por el mundo, que en España son más y más obtusos, pues aún usan vocablos como "aberración contranatura".

Celebrar el día del orgullo gay, celebrar el ser gay, celebrar, sin más, poder ser gay en casa de tus padres o en el trabajo, podrá parecer a la gente educada ostentoso y hasta publicitario. A mí me lo parecería siempre que usted, querido lector heterosexual, fuese un ser sano. Y usted quizás lo sea, pero, ¿y usted, vecino del cuarto? Millones de personas que aman y fornican naturalmente con los de su sexo sufren silenciosos o salen a la calle a gritos porque muchísimos millones más a su lado tienen sin resolver un síndrome de intolerancia.

Un caso grave de ese síndrome es el de [la periodista de ABC] Pilar Urbano, cuyo gusto sexual no conozco (¡ni ganas!). En un debate de [la revista] Elle sobre la adopción por homosexuales, Urbano Sexto (que así la llamaré, por papista y por el mandamiento que más le turba) escribe: "Dos homosexuales podrían ser un par, por aquello de ser dos, como las alpargatas. Pero nunca serán una pareja", advirtiéndonos contra "el ambiente enrarecido, enfermizo, deformante, vicioso y tarado de un par de maricones o de lesbianas que fingen ser lo que no son, hacer lo que no hacen y dar lo que no tienen" (qué mal informada Urbano Sexto, ¿verdad?, que ignora lo mucho que dos lesbianas pueden hacer en la cama, lo mucho que los gays tienen ⎯de lo que hay que tener⎯ y lo muchísimo que dan). Esta delincuencia verbal queda impune en nuestro país, bendecida por los obispos, que mañana dirán en las iglesias que un instinto básico como el de los homosexuales es atracción fatal, que debería llevarles a todos a la cárcel como picapiedras.

01 junio 2026

Para nunca volver

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El País, 29 de junio de 1996

Hace unos años participé lateralmente en una tentativa de traer de vuelta a España al gran Miguel de Molina, que llevaba medio siglo viviendo en Buenos Aires, en una casa del barrio de San Telmo de la que cuentan quienes la visitaron que era un museo y un mausoleo barroco a la memoria de su dueño, un delirio kitsch de recuerdos de la canción española. Había un proyecto de traer de vuelta a aquel exiliado que no quiso volver cuando volvieron casi todos, de rendirle un gran homenaje y de publicar sus memorias, pero al final todo aquello quedó en nada, y no sólo por el motivo irreparable de que Miguel de Molina se murió, sino porque se notaba mucho que no estaba nada seguro de volver, que seguía sin fiarse del país del que había tenido que irse después de que unos violentos señoritos fascistas lo apalearan hasta casi matarlo por el doble delito de ser republicano y homosexual.

España, según su historia, es una madrastra cruel que de vez en cuando expulsa a sus hijos, pero que también sabe maltratarlos y renegar de ellos cuando sus hijos sobreviven y vuelven. A principios de los años sesenta, la actriz Margarita Xirgu, que había sido el alma de la renovación del teatro español durante la República y había estrenado a García Lorca, a los Machado y a Manuel Azaña, quiso volver del Uruguay, donde había recibido durante mucho tiempo la hospitalidad incondicional y generosa de los montevideanos, y cuando estaba a punto de conseguir el pasaporte español, César González-Ruano, con toda su bilis vengativa de gángster fascista, escribió un artículo infame en el que la llamaba "La Roja", y en el que pedía que no se le permitiera volver a España. Tuvo éxito, y Margarita Xirgu no volvió, y murió y fue enterrada en Montevideo, que es una de las ciudades más hospitalarias y habitables que uno puede visitar, y al morir allí cumplió exactamente lo que dice un verso de guerra de Antonio Machado: "Sólo la tierra en que se muere es nuestra".

Parece que hay una mala leche netamente española, una voluntad de hacer daño que se ceba en los que han perdido o en los que no pueden defenderse o en los que simplemente tienen demasiada educación como para enredarse en las diatribas tabernarias que aquí pasan por polémicas intelectuales. Miguel de Molina, que es uno de los grandes maestros de la cultura popular española, que cantaba con una modernidad a la que jamás se aproximaron ni Concha Piquer ni Antonio Molina (por no hablar de ciertas momias franquistas que todavía aparecen dando tumbos, embalsamadas y operadas, en los programas más impresentables de la televisión), había sufrido demasiado en España como para fiarse de las buenas palabras, así que prefirió quedarse a morir majestuosamente en Buenos Aires, solitario en su mausoleo magnífico del barrio de San Telmo, con sus sortijas de oro, sus camisas bordadas y sus programas ajados de glorias antiguas, inaccesible a la mala leche de sus peores paisanos. Uno puede pensar que exageraba en su desconfianza, que España ha cambiado mucho en los últimos años, pero a veces se leen o se escuchan cosas que me hacen darle amargamente la razón: un conocido premio Nobel gustaba de hacer bromas en público sobre la enfermedad que llevó a la muerte a Jaime Gil de Biedma, y el otro día, un columnista señorito y sevillano de la escuela de la gracia venenosa de González-Ruano, escribía en un periódico, con su conocido gracejo, que en estos tiempos, para ser poeta ya no hacía falta ganar el premio Adonáis, que ahora lo que se necesita es "coger un sidazo" (sic).

Esta claro que a un país así no se puede volver, y desde luego es muy dudoso que en él se pueda vivir. Si alguien puede reírse groseramente en público de los enfermos, o de los homosexuales, o de quienes padecen una minusvalía física --hay columnistas cuya máxima gracia es llamar jorobado a Ludolfo Paramio, por ejemplo--, entonces hay que darles la razón a los que se fueron y nunca quisieron volver. Hace unos años, cuando unas cuantas personas bienintencionadas se empeñaron en traerlo de vuelta a España, Miguel de Molina les dijo tenaz y educadamente que no, y poco tiempo después confirmó su negativa con el gesto soberano de morirse. Ahora, en su barrio natal, se está intentando erigirle un monumento a Miguel de Molina, y según se cuenta en estas páginas la suscripción popular para costearlo asciende por ahora nada menos que a 2.000 pesetas. Llevaba razón Machado: sólo la tierra en que se muere es nuestra. La otra tierra, aquella que nos ha expulsado, sólo acaba de admitir el regreso cuando se vuelve callado y a ser posible muerto. Si para su gloria póstuma sólo se han recaudado 2.000 pesetas, Miguel de Molina hizo muy bien en querer morirse en Buenos Aires. 

Vídeo relacionado: 
Exposición Vestuario de Miguel de Molina, Bienal de Flamenco de Sevilla, 2012

03 mayo 2026

Ni a mujeres, ni a gais: ¿a quién le gustan exactamente los cuerpos musculados de ‘bro de gimnasio’?

Por KARELIA VÁZQUEZ, Revista ICON, 03.05.26

Los centros de ‘fitness’ están cada vez más llenos y los cuerpos musculados sin una gota de grasa triunfan en las redes sociales, ¿pero quién ha fetichizado ese tipo de figura y a quién le atrae sexualmente?

No es una pregunta retórica. Después de hablar con varias personas, hombres y mujeres, de diferentes tendencias sexuales, ninguno supo responder para quién trabajan exactamente aquellos que se musculan hasta la hipertrofia en el gimnasio, o los que cuentan por cientos los ejercicios abdominales para sacar un six pack (o tableta de chocolate) debajo de los mínimos gramos de grasa que aún conserven en el abdomen.

“Croissants”, los llama Miriam Riol. Los ve cada mañana en el gimnasio a las siete de la mañana, y comprueba que sus cuerpos trapezoidales y morenos no le resultan nada atractivos. A Irene Gonzáles los cuerpos “tan pulidos” la echan para atrás. “Me generan inseguridad, pienso que un chico así me va a juzgar porque yo nunca voy a estar tan buena como él. Desde el punto de vista estético me resulta más interesante cómo se viste que su cuerpo”. “A mí me gustan healthy  (de aspecto saludable), pero no tan trabajaditos, medidos y obsesivos. Puestos a pedir prefiero que vaya al dentista una vez al año”, afirma Malintxi Lobete.

Tampoco es que ellos se esfuercen en gustar o en interactuar con alguien que no sea otro hombre o, en la jerga digital para definir a un hombre que esculpe su cuerpo en el gimnasio para mostrarlo y compararlo con el de otros hombres, un bro. Es una verdad establecida que los bros tienen el cuerpo que les resulta atractivo a otros como ellos, en un juego de espejos donde la condición sexual no parece tener relevancia alguna y la mirada fetichizadora es la de uno mismo ante el espejo. Dante G lo comprueba en Grindr. “Al principio te hace gracia, pero luego la sucesión de fotos sacando músculo frente al espejo aburre”.

El debate y los defensores de cada flanco quedaron muy bien resumidos en un tuit del psicólogo William Costello, que juntó dos imágenes del cantante británico Olly Murs. Una era el antes de que Murs se sometiese a una dieta espartana y un duro entrenamiento de gimnasio. Murs ya lucía entonces un cuerpo envidiable, normativo y fuerte, pero con algo de grasa en el abdomen. La otra era el después, con Murs mostrando su cuerpo musculado sin un ápice de grasa corporal y una tableta bien visible en el abdomen.

Preguntó a sus seguidores qué imagen encontraban más deseable. La respuesta fue sintomática: las mujeres, el antes. Los hombres, el después. O sea, el primer cuerpo respondía al deseo. El segundo, a la aspiración. Ocurre a menudo en anuncios de entrenadores en redes sociales: muestran a un hombre de aspecto sano y cuerpo fuerte y prometen convertirlo en un cuerpo aún más fuerte. Los comentarios que más abundan son del tipo: “¡Pero si estaba mejor antes!“.

Sergio López López, fisioterapeuta y preparador físico y director técnico en Elena Valiente Salud constata que sus clientes piensan que cuando la musculatura se pone “grande” los miran ellos más que ellas. “Para una mujer promedio el hombre atractivo no tiene muchísima masa muscular”, dice. Es lo que han comprobado también varios estudios que describen el cuerpo masculino atractivo con un 15% de grasa corporal. “Es un nivel bajo de grasa, un cuerpo que puede estar trabajado en el gimnasio pero con un aspecto natural, quizás sin mucho abdomen”, precisa López.

El doctor Rafael Navas, experto en hormonal en SHA Spain explica que para los hombres un rango orientativo saludable suele estar entre un 10% y un 20% de grasa corporal, pero con una buena masa muscular y sin acumulación central marcada. “En la práctica, una cintura contenida, buena energía y analíticas estables (glucosa, triglicéridos, inflamación) nos dan mucha más información sobre la salud que un físico extremadamente definido”, afirma.

En su consulta ve cada vez más a “hombres muy definidos, con buena imagen física, pero con cierto desgaste a nivel hormonal o metabólico”, y se explica: “Abunda el síndrome de Deficiencia Energética Relativa en el Deporte (RED-S). Son perfiles con un desequilibrio entre lo que el cuerpo gasta y lo que recibe, y eso acaba pasando factura en forma de fatiga, bajada de testosterona, un peor descanso y una menor capacidad de recuperación”.

Los resultados de la encuesta The Ideal Male Body Type According To Women realizada entre cientos de mujeres por Shane Duquette, coach certificado por la York University de Toronto y fundador de la plataforma Bony to Bombshell, mostraron que ellas preferían los cuerpos atléticos por encima de los extremadamente musculosos. Duquette esperaba que su encuesta replicara los resultados de un estudio de 2017 firmado por el Dr. Aaron Sell que había encontrado una relación lineal entre la fuerza masculina y el atractivo, así que le escribió varios correos electrónicos al doctor para intentar entender la discrepancia en los resultados.

Sell contestó varias cosas, la primera que las mujeres suelen asumir que “los hombres muy musculados son vanidosos”. Luego argumentó que la población de su estudio se componía de universitarios que por edad probablemente no hubieran alcanzado aún todo su potencial muscular genético y eso explicaría que fueran menos “grandes” que, por ejemplo, los influencers del fitness. Por último, añadió otra razón: “actualmente algunos hombres pueden alcanzar grados de musculatura que en la década del 40 no tenían ni los culturistas de élite, sobre todo los que consumen esteroides o testosterona”. En resumen, que los hombres musculosos de su estudio quizás no lo fueran tanto.

En cuanto al asunto del six pack en la encuesta las mujeres prefirieron a los hombres con un porcentaje de grasa corporal cercano al 13%, que suele ser saludable y, sobre todo, sostenible. Para tener los abdominales marcados todo el año, dice Duquette, hay mantener la grasa corporal entre un 8% y un 10%, algo que indica más predisposición genética a un vientre plano que esfuerzo descomunal de entrenamiento y dieta.

“Muchos cuerpos hipermusculados masculinos no se construyen tanto para resultar más atractivos a las mujeres como para responder a mandatos de estatus, competencia entre hombres y gestión de inseguridades”, apunta la sexóloga Ana Sierra. En su opinión, ese cuerpo funciona más como “armadura, credencial o símbolo de pertenencia que como herramienta de seducción”.

La atracción parece ser un asunto de proporciones. Según Duquette, cuando las mujeres imaginan brazos musculados piensan en los brazos de 35 centímetros de Cristiano Ronaldo y el hombre, en los de 38 centímetros de Brad Pitt en El club de la lucha. “A todos les gustan los brazos definidos y con músculos. Simplemente discrepan en el tamaño”. Su conclusión es que a las mujeres suelen gustarle más los cuerpos que no son “imposibles de conseguir”.

La plataforma Illicit Encounters, diseñada para juntar a gente casada que busca relaciones secretas, preguntó a más de 2000 personas, qué tipo de cuerpo masculino les resultaba más atractivo y les dio a elegir entre Seth Rogen, el actual Leonardo DiCaprio y Cristiano Ronaldo. El 58% de las mujeres prefirieron el “dad body” (cuerpo de papá) de Rogen y DiCaprio. Un 22% escogió a Cristiano Ronaldo y solo un 10% prefirió la silueta delgada de Mick Jagger y Jarvis Cocker. El cuerpo de Jack Black solo fue escogido por el 6% de las encuestadas. La conclusión de la coach de relaciones Jessica Leoni al respecto indica que las mujeres prefieren cuerpos imperfectos porque son “menos intimidantes”. Cuerpos similares fueron también los que más éxito tuvieron en otra encuesta de 2021 del sitio de citas Dating.com. Su vicepresidenta explicó que, aunque en teoría los cuerpos pulidos y perfectos parecían ideales para la mayoría de las personas, no los elegían cuando se trataba de buscar una pareja para la vida real.

“En muchos casos esos músculos no buscan despertar el deseo de mujeres o de los hombres, sino la validación social externa en otros ámbitos. Se podría decir que estamos ante un caso de masculinidad performativa”, opina Sierra, que también matiza que cada caso habría que estudiarlo por separado. “Hay chicos que sufrieron experiencias de bullying o acoso, ya no solo en primera persona sino vista en otros chicos por su aspecto enclenque, y eso puede desarrollar una ansiedad que puede ser un detonante para tomar decisiones sobre el cuerpo”.

Y, por supuesto hay también una cuestión hedonista. “Hay autoplacer, se gustan cuando se ven así. Existe un entramado cultural de presión estética que con determinado físico les devuelve un sentimiento muy agradable de pertenencia al grupo. El músculo aún está muy asociado a la potencia, al poder, a la disciplina y el autocontrol”, expone la sexóloga.

Ahora, además, los cuerpos pulidos y perfectos se asocian al éxito económico. En consecuencia, los cuerpos con exceso de grasa y sobrepeso pertenecen a personas sin fuerza de voluntad e ignorantes en temas de nutrición. En definitiva, perdedores y vagos. “El mundo está diseñado para que seas gordo, empleado y dependas del gobierno”, según la filosofía vital de Amadeo Llados, el gurú de los burpees al que siguen decenas de miles de personas.

Así que la respuesta a la pregunta ¿a quién le gustan los bro de gimnasio? es corta. A ellos mismos, en primer lugar; y a los que son como ellos, en segundo. Y lo que pensemos el resto les importa poquísimo. Como debe ser, por otra parte.

09 abril 2026

Memoria fotográfica del ligoteo gay en el Nueva York de 1969

El fotógrafo Arthur Tress recupera la memoria del cruising en el Nueva York de 1969: “Era una forma de socialización

El neoyorquino publica ‘The Ramble, NYC 1969’, un libro que ha necesitado seis décadas para ver la luz y que rescata las imágenes en blanco y negro que tomó en sus visitas a una de las zonas más salvajes de Central Park. Por TONI GARCÍA, El País, 27 de febrero de 2026

Fotografía tomada por Arthur Tress en Central Park en 1969 y que está incluida en su nuevo libro.
arthur Tress (Ed. Stanley/Barker)
En 1969, Arthur Tress (Nueva York, 85 años) vivía en la calle 72 con Riverside Drive, a dos calles de Central Park. Tenía 29 años y trabajaba en un proyecto sobre la creación de pequeños parques en la ciudad de Nueva York, llamado Open Space in the Inner City, que se centraba en zonas de la periferia que habían sido descuidadas. “En la década de 1890, Frederick Law Olmsted construyó Central Park con todas sus lagunas y muros, pero dejó 32 hectáreas destinadas a una zona más salvaje: el Ramble, un lugar donde la gente podía ir y perderse. Era totalmente artificial, con rocas gigantescas y pequeños muros, pero parecía una zona selvática en medio de la ciudad”, cuenta Tress a EL PAÍS.

Nueva York atravesaba una crisis financiera en 1969, así que muchos parques fueron descuidados. Así fue como el Ramble, que ya era una zona salvaje, se deterioró aún más. “Desde la década de los veinte, los hombres gais lo utilizaban para ligar. Era como un pequeño islote gay. Yo iba allí para rodearme de un poco de naturaleza y silencio en medio de la ciudad, pero también para hacer cruising. Un día empecé a llevar mi cámara. Al principio fotografiaba a la gente desde lejos, entre los árboles. Luego comencé a acercarme a personas sentadas en rocas o bancos para hacer retratos. Por supuesto, muchos me dijeron que no. En ese momento ser gay era ilegal; podían estar casados o ser profesores. Nadie quería arriesgarse demasiado. Sin embargo, muchos otros se interesaron por el proyecto”, recuerda el fotógrafo durante la conversación.

Tress tenía muy claro que el uso del blanco y negro era clave para su trabajo, y el Ramble es uno de los mejores ejemplos de una de las señas de identidad de este artista con una carrera que abarca más de 60 años: “Me parecía más gráfico y captaba mejor la atmósfera que quería expresar. Además, en aquel momento, muchos trabajos que ejercían el rol de comentario social en el mundo de las artes gráficas eran en blanco y negro”, explica al respecto.

“Sumaba que cuando empecé con este proyecto era pleno invierno, los árboles estaban sin hojas y el lugar parecía un bosque gótico, casi como una película de Ingmar Bergman. Eso se convirtió en una metáfora de la alienación de las personas gais en ese momento y creo que no eran simples instantáneas: intentaba evocar una emoción”.
El neoyorquino sonríe cuando se le recuerda el tiempo que ha necesitado para ver publicadas esas fotografías en el libro The Ramble, NYC 1969, y la dificultad que conllevaba en su momento tratar de convencer a las grandes revistas. Tress recuerda perfectamente quién rompió el tabú: “Creo que el mérito es de Jim Gantz. Cuando fue nombrado conservador en el museo Getty, pensó que mi trabajo había sido un poco olvidado y se convirtió en una especie de defensor de mi obra. Hicimos un libro juntos titulado San Francisco 1964, sobre el verano que pasé allí fotografiando gente”. “Años más tarde”, recuerda, “mientras revisábamos las hojas de contacto del proyecto Open Space, él descubrió las fotos del Ramble. Me preguntó qué eran. Le expliqué que había fotografiado a hombres gais en 1969, pero que nunca pude publicarlas. Life y Time no iban a hacerlo. Así que habían permanecido en una caja. Él fue el primero que publicó esas fotos como parte del catálogo de Getty”.

La editorial británica Stanley/Barker ha completado la misión: “Les encantó la serie del Ramble y decidieron hacer este libro, que presentaron en Paris Photo. Resultó ser uno de los primeros documentos gráficos sobre el cruising gay que retrata, además, un momento muy particular en la evolución del movimiento, porque fue solo unos meses antes de los disturbios de Stonewall, que supusieron un cambio total. Los hombres que conocí en el Ramble, y yo mismo, vivíamos muy ocultos. Tenían miedo de ser descubiertos; podías perder tu trabajo”, dice Tress.

En casa tampoco fue fácil: “Mi hermana es activista, diez años mayor que yo. Cuando le dijo a mi madre que era gay, mi madre nunca volvió a hablarle. Venimos de una familia religiosa. Eso era muy típico, y sigue ocurriendo. Le dije a mi padre que era gay cuando tenía 17 años y pensó que debía ver a un psiquiatra. La Asociación Americana de Psiquiatría consideraba la homosexualidad una enfermedad mental. Todos los psiquiatras tenían ese manual en su mesa. Decían que era ilegal y antinatural: necesitamos 20 años de protestas para hacerles cambiar de opinión”, afirma mientras sonríe.

“Con The Ramble quería mostrar que el cruising también era una forma de socialización, casi como el instituto: había pequeños grupos. Parte de ello tenía que ver con la búsqueda de amantes de fantasía. Muchas personas atractivas participaban en ese juego; las cosas han cambiado y hoy mucha gente ha encontrado formas alternativas de relacionarse. Tengo muchos amigos gais casados o en pareja en San Francisco. Me parece maravilloso que esa situación exista, al menos por ahora”, dice el fotógrafo, que recuerda bien la época que ilustra su libro: “Si conocías a alguien en el Ramble, incluso si tenías sexo con él, no podías mirarlo a la cara ni darle tu nombre. Quizá podías intercambiar el teléfono, pero la mayoría de los encuentros eran de una sola noche, totalmente casuales. Eso tenía un coste emocional. La mayoría de las personas buscan amor y conexión, y esa dinámica creaba una atmósfera de tensión y frustración. Creo que eso se percibe en algunas partes del libro”.
Retrato de un  joven gay valiente.  foto: ARTHUR TRESS, 1969 (ED. STANLEY/BARKER)
La revuelta de Stonewall es otro de los referentes de Tress. El Stonewall Inn era un bar de Greenwich Village, un barrio de Nueva York, muy frecuentado por la comunidad gay de la Costa Este. Cansados del acoso de la policía y de sus frecuentes redadas por motivos puramente homófobos, la madrugada del 28 de junio de 1969, docenas de clientes atacaron a diversos agentes en una serie de incidentes que se alargaron durante seis días y que se consideran la génesis de un cambio radical en la autopercepción del colectivo. “Después de Stonewall, los hombres gais empezaron a buscar otras formas de conectarse. Antes solo podían encontrarse en bares llenos de humo, ruido y alcohol. Surgieron clubes de senderismo, teatro, cenas, equipos de béisbol, grupos de terapia. Yo asistí a algunos grupos donde se hablaba de cómo formar relaciones. No sabíamos cómo hacerlo”, confiesa.

El neoyorquino sigue usando la misma cámara, una Hasselblad, no trabaja en digital y continúa fotografiando en blanco y negro. Ha trabajado como editor educativo sobre pueblos indígenas: los mayas, los Toto en la India, los lapones en Suecia. “Escribía sobre sus ceremonias, tabúes y culturas. Siempre me han interesado los arquetipos de comportamiento que existen incluso en nuestro mundo contemporáneo. De eso va The Ramble. Al fotografiar a los homosexuales, a los maricones —como se les llamaba entonces— en Central Park, yo formaba parte de esa tribu. Tenía una comprensión profunda de lo que estaba ocurriendo precisamente por eso: los gais eran mi tribu”, concluye el fotógrafo.


Related article: A Tour Through Central Park's Cruising Grounds (The New Yorker)

27 marzo 2026

El silencio mata

En estos tiempos oscuros de amnesia colectiva que vivimos/sufrimos, convendría rescatar aquella célebre cita del pastor luterano Martin Niemöller, erróneamente atribuida al escritor Bertold Brecht, que decía: "Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, no dije nada, pues yo no era comunista.
Cuando vinieron a por los socialistas y los sindicalistas, no dije nada, pues no era ni lo uno ni lo otro.
Cuando vinieron a por los judíos, no dije nada, pues yo no era judío.
Cuando vinieron a por mí, ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí."

Hoy en día, cuando los fascistas racistas salen de caza a apalear a inmigrantes indefensos, hay quienes no dicen nada, miran para otro lado, y se dicen que ellos no son inmigrantes. Cuando fascistas machistas violan o matan a una mujer cada semana en España, muchos callan porque ellos no son mujeres. Cuando una manada de fascistas homófobos asesinan a un gay al grito de maricón de mierda, algunos gays callan y no dicen nada, pues ellos no son públicamente maricones, y si lo son, prefieren callar y permanecer ocultos en el ciberarmario. Cuando fascistas tránsfobos le desfiguran la cara a una chica trans, incluso hombres homosexuales son incapaces de teclear su indignación/condena en un grupo de Whatsapp, y optan por mirar para otro lado porque ellos no son trans y no se sienten interpelados. Cuando los neonazis vengan a por ellos o a por usted, ya no quedará nadie que pueda hablar por ellos, ni por usted. El silencio mata, y la falta de empatía con nuestros semejantes (aunque sea por escrito) nos hace cómplices del odio y del miedo que nos rodean. cmg2026

08 marzo 2026

Los amantes astronautas: homoilustración y comedia


Por Carlos Martín Gaebler

En su nueva película, Los amantes astronautas, Marco Berger nos regala un amplio surtido de deliciosos y divertidos juegos de palabras, sobreentendidos, malentendidos y dobles sentidos entre ambos protagonistas, interpretados con solvencia por el argentino Lautaro Bettoni y el español Javier Orán, que escenifican la feliz convivencia del acento porteño con la pronunciación peninsular. Relinda riqueza del poliespañol de nuestros días. 

Los diálogos entre Maxi y Pedro, los "amantes astronautas", van escalando desde la broma a la ternura y finalmente hasta el amor. Surge química entre los protagonistas masculinos desde la primera escena.

Berger escribe un guion coherente, impecable, que pone en boca de sus actores para reflexionar lúdicamente sobre qué es lo gay, qué es lo hetero, la bisexualidad y los roles sexo-afectivos que fluyen. Homoilustración servida con mucha comicidad. 

Marco Berger es un maestro escribiendo diálogos ingeniosos (como el picante cara a cara en el videoclub, o el inteligente oxímoron a partir de la nariz de Pinocho). En esta ocasión, el director argentino logra sorprender de nuevo trazando un planteamiento argumental originalísimo, que prefiero no desvelar. Una película divertida, dialéctica y locuaz para ver una y otra vez. Ojalá se filmaran más películas conjuntas entre ambos lados del Atlántico. 

Me parece un milagro que esta cinta sea una realidad (se estrenó en BsAs en 2024, aunque aún no ha llegado a salas de cine en España) dado el oscuro panorama actual del cine argentino, amenazado por el monstruo de la motosierra. 115 min.

Artículo relacionado: Marco Berger sobre su cine

17 febrero 2026

“No latinos, no asiáticos, no gordos, no pluma... hay gente en Grindr que hace mucho daño”: cómo una ‘app’ moldeó la vida sexual de una generación.

Diversos artículos, ensayos y usuarios se quejan de que la popular aplicación de citas para gente ‘queer’ ha cambiado, para mal, las relaciones sexuales. Pero otras voces señalan que la tecnología solo refleja la sociedad.

Por MARITA ALONSO

ICON, 17 de febrero de 2026

Grindr

Mientras que la caída de suscriptores, descargas y valor de Tinder o Bumble indica que las aplicaciones de citas se encuentran en un momento delicado, Grindr, la aplicación basada en geolocalización creada en 2009 por el empresario Joel Simkhai para conectar a la comunidad LGTB, vive un gran momento, aunque sus usuarios lleven meses quejándose de que su versión gratuita es un infierno de usabilidad. Así lo indica un análisis de GfK DAM, medidor oficial del consumo digital en España, que señala que Grindr congrega a 635.600 visitantes mensuales, un 30% más que el año anterior. “Aunque no lidere en usuarios únicos, el uso de Grindr es muy intensivo, siendo el sitio donde más tiempo pasan los usuarios: 10 horas y 12 minutos mensuales por persona”, apostillan.

Toda una generación de hombres queer ha comenzado a explorar su vida emocional y sexual a través de la aplicación, y son muchos los famosos que han hablado acerca de sus experiencias con ella. (...) Precisamente en Le Monde Alice Raybaud escribió recientemente un reportaje sobre cómo Grindr moldea la sexualidad de los jóvenes homosexuales y cómo cuestionan la influencia que la plataforma y sus normas machistas tuvieron en su desarrollo emocional.

“En el mundo gay, el cuerpo es una moneda. Todo gira en torno a la carne: torsos, filtros, roles. La validación se mide en miradas, matches y metros de distancia. Nos educaron para competir por deseo, no por ternura. En el mercado del cuerpo, pedir afecto suena a fallo del sistema”, señalan desde Untoxic Mag. “Como si la necesidad emocional fuera una grieta que hay que ocultar. Pero el cuerpo también tiene memoria, y lo que pide no siempre es placer: a veces es calor, cuidado, presencia. No hay algoritmo que sustituya esto”, dicen.

Matías C, cirujano, comenta a ICON que Grindr es una aplicación en la que se ha normalizado la violencia. “Te preguntan sin decir ‘hola’ cuál es tu nacionalidad, cuánto te mide el pene y si eres activo o pasivo. Recibir vídeos de gente follando o fotos pornográficas de primeras, sin haberte siquiera saludado, es violento”. Las normas de Grindr, eso sí, piden a sus usuarios que solo envíen este tipo de material cuando hay consentimiento y la otra persona las ha pedido o ha aceptado verlas. Otra cosa, claro, es que las normas se cumplan.

“Me considero muy sexual, pero esto no tiene nada que ver con la libertad”, continúa Matías C. “Este no es un mensaje moralista: me encanta el sexo y me gusta disfrutar de él activamente. Pero para follar, necesito unos mínimos. Me interesa saber el nombre de esa persona y asegurarme de que me voy a sentir cómodo y de que voy a un espacio seguro”.

Añade que, como todas las aplicaciones, Grindr es una factoría de crear necesidades. “Todo el mundo habla de morbo y de fetiches pero en realidad, son cadenas y necesidades creadas por el patriarcado. Por descontado, los cuerpos que abundan en la aplicación son normativos y se hace apología de ellos. ¿Qué maricón no tiene un entrenador o está apuntado al gimnasio hoy por hoy?”, se pregunta.

17 años después de su lanzamiento, la aplicación se ha convertido en un fenómeno tan cotidiano como polémico. Grindr ha cambiado la manera de encontrarse y de desear en la era digital, pero junto al éxito está presente el debate: muchos le atribuyen haber impulsado una cultura de lo inmediato, donde los encuentros casuales se volvieron norma y las reglas del juego cambiaron para siempre. Publicaciones como Dazed se llegaron a preguntar, en 2024, si más que cambiar el sexo entre hombres, lo había arruinado para siempre. Al mismo tiempo, las críticas señalan que la plataforma no ha escapado a las tensiones del mundo real: dinámicas de poder, estereotipos y desigualdades —ya sean patriarcales, raciales o de clase— también encontraron allí su reflejo. En ese cruce entre libertad, tecnología y controversia, la aplicación sigue marcando el pulso de una generación.

“Hemos sido educados con la idea de que podemos escoger lo que queramos cuándo queramos y cómo queramos”, explica otro usuario llamado Javier, que se dedica al periodismo. “Y por eso al final el uso que se hace mayoritariamente de Grindr es el de una hookup application [aplicación para un polvo], pero no nació en principio para eso, sino porque vivíamos en una situación de estigma. Se ha convertido en una aplicación en la que los hombres nos olvidamos de que estamos hablando con un ser humano que tiene sentimientos, que puede buscar cosas diferentes o que tiene necesidades mucho más amplias que el sexo rápido y superficial”. Alude también a los mensajes que muchos usuarios escriben en sus biografías. “Ponen textos que pueden hacer sentir mal a la gente. Yo estoy seguro de mí mismo: sé lo que tengo y lo que no tengo, pero hay perfiles en los que ponen mensajes como ‘no latinos’, ‘no asiáticos’... Pueden estar haciendo daño a mucha gente que puede estar viviendo un drama o tener complejos”, asegura.

Manuel J. Romero, periodista, añade entonces que quien no tenga un cuerpo normativo, ha de estar “muy preparado mentalmente para entrar en Grindr”. “Estás dando el paso adelante de intentar conocer a alguien cuando ya de por sí, con tu físico, es complicado en la vida real. Abres Grindr y te encuentras un sitio hostil. Pero no solo hostil ante tu ejecución: ocurre que le escribes a alguien y te responde ‘no, gordo’; sino que incluso te atacan sin venir a cuento”, comenta a ICON. “He recibido muchos mensajes peyorativos de gente que sin decir ni hola, te envía mensajes desagradables. Desde el pasivo agresivo ‘qué lástima; si perdieras unos kilos, serías guapísimo’, hasta de forma muy directa: ‘no sé qué haces aquí, estás ocupando espacio para que me salga otro que no esté gordo’ o directamente, cosas como ‘qué asco de gordo’. Aprendes a no darle importancia con los años, pero te mina la moral. Yo hace años que no me atrevo a quedar con nadie sin decirle antes y de forma muy concreta mi tipo de cuerpo”, confiesa.

Jordi S., informático, señala que que aunque la aplicación promueve ciertos estereotipos, es algo que se ha convertido en una dinámica del colectivo más allá de las pantallas. “Los comentarios no han sido mi problema particularmente. En Grindr suele reinar la ley del silencio si no entras dentro del gusto de otra persona. Pero es cuestión de tiempo darte cuenta de que te conviertes en un kink [un fetiche]. Si alguien te habla es porque tu condición es el fetiche de esa persona, no por la persona que eres. Y la sensación acaba siendo de conformidad. Si no eres normativo, tienes que conformarte con quien te decida hablar. No hablemos ya de que al convertirte en fetiche, es raro que alguien decida mantener contacto después de que pase algo. Satisfecho el fetiche, no aportas más a esa persona”, explica.

Javier alude también a los perfiles en los que se especifica que no se buscan hombres con pluma. “Nos han inculcado tanto que tenemos que ser machos alfa, que se castiga la feminidad. También es habitual que te pregunten cuánto te mide el pene antes de quedar. Pues cariño, no lo sé, no tengo 15 años, no me lo mido…”, asegura.

El escritor Nando López indica que la plumofobia no es más que una forma lamentablemente extendida de machismo y de homofobia. “Por desgracia, está presente también dentro del colectivo. Lo único que sucede en Grindr es que, con la falsa coartada de los gustos sexuales, hay quien expresa de manera explícita esos prejuicios que, en su discurso habitual, no verbalizaría. Pero no creo que la plataforma fuerce una mentalidad, solo la transcribe. Es a nosotros a quienes nos corresponde cambiarla”, dice.

Thibault Lambert, autor de Ce que Grindr a fait de nous (JC Lattès, 2025) (Lo que Grindr nos ha hecho), asegura que al escribir el ensayo y hablar con profesionales de la salud, médicos, psicólogos y sexólogos sobre la aplicación, todos le comentaron que Grindr era un asunto omnipresente en sus consultas. “Tanto, que parecía que fuera un paciente más”, dice.

Nando López quiere remarcar que las plataformas no son más que un vehículo cuyo funcionamiento depende del uso que les damos y, en la actualidad, la cosificación y la hipersexualización son dos problemas que afectan a nuestra manera de generar vínculos dentro y fuera de Grindr. “No basta con atribuir a una app el problema de la deshumanización en nuestras relaciones, algo que no solo afecta al colectivo, sino que está presente en todas las orientaciones sexo-afectivas. Debemos hacer un análisis mucho más profundo, pues esas apps nacen de una sociedad en la que hasta el afecto y el sexo se viven desde una perspectiva ultracapitalista, en la que consumimos cuerpos como si fueran otro objeto más. Y eso responde a una dinámica y a un modelo de pensamiento mucho más complejo y profundo en el que apps como Grindr o Tinder no dejan de ser un engranaje de ese sistema”, añade.

Lambert comenta que el objetivo no es que los hombres se desinstalen en masa Grindr, sino intentar emplear la aplicación de forma razonable, sin sufrir por ello. “No debemos olvidar que Grindr puede ser una gran herramienta para conocer gente, especialmente cuando eres joven en un entorno donde la homosexualidad no es habitual o donde conocer gente no es fácil”, asegura. “Es cierto que muchas veces se nos olvida que no todo el mundo dentro del colectivo vive en espacios visibles y seguros, de modo que la existencia de este tipo de aplicaciones les permite conocer gente en entornos donde esa visibilidad no es una realidad absoluta”, matiza López.

Lambert considera que lo interesante sería intentar comprender por qué esta aplicación, esencial para muchos hombres, causa al mismo tiempo tanto sufrimiento. “Me parece un poco utópico esperar un Grindr mejor en un futuro próximo. Grindr tiene todo el interés en no moderar excesivamente el contenido, porque eso es precisamente lo que hace atractiva a la plataforma. Hay cierta libertad de tono y existe la posibilidad de mostrar búsquedas muy precisas e incluso casi intransigentes. Sigue siendo responsabilidad de los propios usuarios denunciar comentarios ofensivos o hasta ilegales”, explica. “No habrá un Grindr mejor hasta que haya un cuestionamiento comunitario e individual de nuestra concepción de la masculinidad, de lo que es un cuerpo deseable y de la fetichización que opera en nuestras dinámicas deseadas. Necesitamos cuestionar nuestros deseos y cómo afectan a nuestros encuentros”.