Acto de conmemoración del 42 aniversario de la promoción 1975 -1980 de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, celebrado el viernes 20 de mayo de 2022
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25 mayo 2022
02 marzo 2020
Nomofobia
Investigadores de la
Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) lideran, junto con la Universidad
de Deusto, el primer trabajo instrumental en español sobre nomofobia.
Existe en la sociedad un
miedo creciente, impulsado por contenidos culturales como la serie Black
Mirror, de que el mal uso de la tecnología pueda provocar que ésta
controle cada aspecto de nuestra vida. Esta representación ficticia de una
sociedad futura pone el foco en uno de los problemas relacionados con el uso de
las tecnologías que más preocupan. En un contexto de navegación permanente
y mensajería instantánea, una nueva psicopatología ha cobrado mucha fuerza: la
nomofobia (de la expresión en inglés no mobile phone phobia) es
el temor a ser incapaz de comunicarse a través del teléfono móvil o de otros
aparatos tecnológicos.
Los comportamientos más
frecuentes que presentan los afectados son la obsesión por tener el teléfono
siempre cargado y la ansiedad ante
el pensamiento de no poder utilizarlo por cualquier motivo (datos, cobertura…),
evitando a toda costa situaciones en las que vaya a vivir esta circunstancia y
dificultando, por tanto, el desarrollo de una vida normal.
Las estadísticas muestran
que los adolescentes y los jóvenes son el sector más vulnerable, como indica Joaquín
Manuel González-Cabrera, director del grupo de investigación Cyberbullying-OUT de
la UNIR y primer autor del trabajo. El estudio, publicado en Actas
Españolas de Psiquiatría, supone la primera herramienta en nuestro
país que cumple ciertos indicadores de fiabilidad y validez para la evaluación
del problema.
Aunque existe una amplia
literatura sobre aspectos relativos a un uso problemático de Internet, la
nomofobia pone el foco en el miedo que desencadena perder el acceso a la información
y a la red de contactos sociales. Es necesaria, por tanto, la elaboración de
estudios específicos que recojan el amplio abanico de situaciones relacionadas
con la necesidad de control del individuo sobre su autonomía y conectividad.
Para analizar el patrón
de uso problemático nomofóbico, los investigadores han adaptado y validado un
cuestionario para evaluar 4 dimensiones y 20 ítems. A través de ellos se han
establecido los perfiles de usuario ocasional, usuario en riesgo y usuarios con
problemas. “Un dato de gran interés es que casi el 25% podría considerarse usuario de riesgo, y ello creemos puede tener consecuencias a medio-largo
plazo. Serán necesarios más estudios, especialmente de seguimiento temporal,
para evaluar su impacto en nuestros adolescentes”, afirma González-Cabrera. El
investigador también destaca que la franja de edad con mayor prevalencia está
comprendida entre los 14 y 16 años, y que las chicas, al igual que en el resto
de la literatura al respecto, presentan puntuaciones más altas que los chicos.
Los investigadores han
contado con la dificultad añadida de la complejidad del término, aun no
incorporado en los manuales de diagnóstico, como el DSM-V. Para ellos, la
nomofobia podría situarse dentro de las fobias específicas, que, según el
DSM-V, son el miedo excesivo e irracional a una determinada situación u objeto,
como es no poder utilizar un teléfono móvil. Esta opción sería posible asumirla
siempre que no pueda explicarse con síntomas de otro trastorno como la ansiedad
social.
El equipo de
investigación de la UNIR está llevando a cabo también el desarrollo y
validación instrumental de otros problemas como el MAPA (miedo a perderse
algo), también intrínseco a un estilo de vida hiperconectado, o el estudio del
posible uso patológico de los videojuegos (Internet Gaming Disorder), sobre
todo de juegos tipo MOBA (Multiplayer Online Battle Arena, o campo
de batalla multijugador), como el League of Legends.
El uso del teléfono inteligente no es
de por sí negativo, pero los expertos de la UNIR están convencidos de que no es
inocuo, por lo que es necesario abordar una educación integral de las personas
que las prepare para ser ciudadanos digitales. Beneficiarnos de las infinitas posibilidades que
nos ofrece la tecnología y ser capaces de afrontar los riesgos debe ser un
objetivo social y educativo primordial para que Black Mirror no
llegue a nuestra vida.
07 junio 2017
Los cineclubes de Sevilla
Por ALFREDO VALENZUELA
El País, 16 de enero de 1987
Al cineclub se va como se va a misa. Desde luego, el que acude al cineclub es porque comulga con la séptima de las artes, de eso no hay duda. ¿Quién si no organizaría una esperada tarde de fin de semana en función del horario de un cineclub concreto? (la mayoría de ellos sólo tienen una sesión diaria, en sábados y domingos). ¿Quién si no prefiere la butaca de un vetusto salón de actos universitario a otra butaca cualquiera? ¿Quién está dispuesto a encontrarse de antemano con las mismas caras de siempre?, porque, no lo olvidemos, al cineclub, como a misa, siempre van los mismos.
Claro está que se trata de algo más que un rito. Hoy por hoy es el mejor modo de encontrar la añorada reposición. O mejor dicho, el único, al menos en una ciudad como Sevilla, donde las salas cinematográficas de reestreno desaparecen como víctimas de una conjura secreta. Es también una manera de recordar que cualquier tiempo pasado fue mejor. De ver cine barato. De no echar de menos las poco rentables salas de arte y ensayo. O de pasar la tarde del sábado si a nadie se le ha pasado por la cabeza marcar tu número de teléfono.
El cineclub, además de ser una de las manifestaciones socioculturales que aún perviven con un aire progre, es eminentemente estudiantil. Su actividad arranca con el curso escolar y muere con la convocatoria de junio. Sus días útiles coinciden con los no lectivos. Y, fundamentalmente, con el precio de la entrada de un cine de estreno cualquier aficionado puede acudir a dos sesiones de cineclub o, si se prefiere, como es la mayoría de los casos, ver una sola película y luego tomar unas cañas en un local cercano y acogedor, donde comparar opiniones y lamentarse por el pobre estado de la cinta.
Estas protestas también forman parte del protocolo, puesto que nadie recuerda de nadie que alguna vez viera una buena copia en un cineclub. Otros, haciendo gala de tener una memoria de universitario por licenciar, enumeran con todo lujo de detalles las siete veces que han visto la película y con quién fueron a verla cada una de ellas.
Otra prueba de la vocación estudiantil de este espectáculo, al menos en Sevilla, son los famosos maratones o sesiones de cine más o menos monográfico, de 24 horas de duración. Estas proyecciones gigantes se realizan en marzo, una vez concluido el amargo sorbo de la convocatoria de febrero y cuando la primavera ya despunta en la ciudad. Requisitos imprescindibles, ya que el maratón se plantea como una fiesta más a celebrar durante el curso. Es más, la razón de vida de algunos cineclubes no es otra que el viaje de fin de curso o del paso del ecuador de alguna promoción. Prueba ésta de que el cine podría seguir siendo un espectáculo rentable, principio que tanto público como empresarios se empeñan en desmentir en los tiempos que corren.
Del regusto progre sí queda mucho todavía. La mayoría de de los cineclubes conservan el encanto de ofrecer varios intermedios, el número de éstos es variable y depende de los rollos que tiene cada película. Los pocos minutos de estos intermedios, que hoy por hoy sólo conservan los cines de verano y algunos de pueblo, se aprovechan para estirar las piernas —recordemos las butacas de un vetusto salón de actos universitario—, echar un cigarro y comenzar una apasionada conversación en torno a la película.
Estas breves tertulias, que luego se pueden continuar a la salida, mientras se toman unas cañas para completar el presupuesto hasta lo que podría haber sido el pase de una sala de estreno, son parte de los últimos vestigios de otras décadas más prodigiosas. Hubo un tiempo en que la tertulia fue al cineclub lo que la charla de salón al teatro burgués, es decir, incluso más importante aún que el propio espectáculo, el elemento central que le dotaba de razón de existir.
Sevilla es una ciudad de honda tradición para el cineclub. El Vida, próximo a los jesuitas, y el Universitario, que hoy no funciona pero que aún está inscrito en los registros del Ministerio de Cultura, pueden alcanzar una edad de no menos de 20 años.
Muchos son los que recuerdan que entonces, creyéndose hacer la revolución, elegían el ámbito del cineclub para sus conspiraciones políticas y, por qué no, para irse a la cama en caliente, eso sí, sin dejar de discutir ni un momento sobre la moral reaccionaria que no les permitía ver algunos de los largometrajes que hacían furor en el extranjero.
Por aquel entonces, las salas se mantenían con los socios y los pases de cada sesión. Hoy, la media de 300 personas que cada fin de semana acude al cineclub no deja una cantidad suficiente para los gastos que comporta, la gran mayoría de ellos motivados por los alquileres de las películas. Así, la Federación Andaluza de Cineclubes, alma de la media docena de ellos que aun perviven en la ciudad, recibe ayuda económica de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
No se puede olvidar que la actividad cultural de la Universidad de Sevilla encuentra su máximo exponente en estos cineclubes. Al margen de lo puramente académico, las aulas de cultura son prácticamente inexistentes y las actividades culturales dejan mucho que desear, al menos en lo que se refiere a organización y participación estudiantil, y a cantidad y variedad de los programes ofertados por la propia institución.
Alfredo Valenzuela (Jaén, 1962) es redactor cultural de la agencia Efe en Sevilla, crítico literario, autor de una biografía sobre el rockero Silvio y coautor de una historia sobre la Cartuja sevillana.
Artículos relacionados:
Manuel Gómez, el caballero del cineclub
Apasionados por el séptimo arte
El País, 16 de enero de 1987
![]() |
| Cineclub de Arquitectura El Cinematógrafo. Foto: Pérez Cabo1987 |
Al cineclub se va como se va a misa. Desde luego, el que acude al cineclub es porque comulga con la séptima de las artes, de eso no hay duda. ¿Quién si no organizaría una esperada tarde de fin de semana en función del horario de un cineclub concreto? (la mayoría de ellos sólo tienen una sesión diaria, en sábados y domingos). ¿Quién si no prefiere la butaca de un vetusto salón de actos universitario a otra butaca cualquiera? ¿Quién está dispuesto a encontrarse de antemano con las mismas caras de siempre?, porque, no lo olvidemos, al cineclub, como a misa, siempre van los mismos.
Claro está que se trata de algo más que un rito. Hoy por hoy es el mejor modo de encontrar la añorada reposición. O mejor dicho, el único, al menos en una ciudad como Sevilla, donde las salas cinematográficas de reestreno desaparecen como víctimas de una conjura secreta. Es también una manera de recordar que cualquier tiempo pasado fue mejor. De ver cine barato. De no echar de menos las poco rentables salas de arte y ensayo. O de pasar la tarde del sábado si a nadie se le ha pasado por la cabeza marcar tu número de teléfono.
El cineclub, además de ser una de las manifestaciones socioculturales que aún perviven con un aire progre, es eminentemente estudiantil. Su actividad arranca con el curso escolar y muere con la convocatoria de junio. Sus días útiles coinciden con los no lectivos. Y, fundamentalmente, con el precio de la entrada de un cine de estreno cualquier aficionado puede acudir a dos sesiones de cineclub o, si se prefiere, como es la mayoría de los casos, ver una sola película y luego tomar unas cañas en un local cercano y acogedor, donde comparar opiniones y lamentarse por el pobre estado de la cinta.
Estas protestas también forman parte del protocolo, puesto que nadie recuerda de nadie que alguna vez viera una buena copia en un cineclub. Otros, haciendo gala de tener una memoria de universitario por licenciar, enumeran con todo lujo de detalles las siete veces que han visto la película y con quién fueron a verla cada una de ellas.
Otra prueba de la vocación estudiantil de este espectáculo, al menos en Sevilla, son los famosos maratones o sesiones de cine más o menos monográfico, de 24 horas de duración. Estas proyecciones gigantes se realizan en marzo, una vez concluido el amargo sorbo de la convocatoria de febrero y cuando la primavera ya despunta en la ciudad. Requisitos imprescindibles, ya que el maratón se plantea como una fiesta más a celebrar durante el curso. Es más, la razón de vida de algunos cineclubes no es otra que el viaje de fin de curso o del paso del ecuador de alguna promoción. Prueba ésta de que el cine podría seguir siendo un espectáculo rentable, principio que tanto público como empresarios se empeñan en desmentir en los tiempos que corren.
Del regusto progre sí queda mucho todavía. La mayoría de de los cineclubes conservan el encanto de ofrecer varios intermedios, el número de éstos es variable y depende de los rollos que tiene cada película. Los pocos minutos de estos intermedios, que hoy por hoy sólo conservan los cines de verano y algunos de pueblo, se aprovechan para estirar las piernas —recordemos las butacas de un vetusto salón de actos universitario—, echar un cigarro y comenzar una apasionada conversación en torno a la película.
Estas breves tertulias, que luego se pueden continuar a la salida, mientras se toman unas cañas para completar el presupuesto hasta lo que podría haber sido el pase de una sala de estreno, son parte de los últimos vestigios de otras décadas más prodigiosas. Hubo un tiempo en que la tertulia fue al cineclub lo que la charla de salón al teatro burgués, es decir, incluso más importante aún que el propio espectáculo, el elemento central que le dotaba de razón de existir.
Sevilla es una ciudad de honda tradición para el cineclub. El Vida, próximo a los jesuitas, y el Universitario, que hoy no funciona pero que aún está inscrito en los registros del Ministerio de Cultura, pueden alcanzar una edad de no menos de 20 años.
Muchos son los que recuerdan que entonces, creyéndose hacer la revolución, elegían el ámbito del cineclub para sus conspiraciones políticas y, por qué no, para irse a la cama en caliente, eso sí, sin dejar de discutir ni un momento sobre la moral reaccionaria que no les permitía ver algunos de los largometrajes que hacían furor en el extranjero.
Por aquel entonces, las salas se mantenían con los socios y los pases de cada sesión. Hoy, la media de 300 personas que cada fin de semana acude al cineclub no deja una cantidad suficiente para los gastos que comporta, la gran mayoría de ellos motivados por los alquileres de las películas. Así, la Federación Andaluza de Cineclubes, alma de la media docena de ellos que aun perviven en la ciudad, recibe ayuda económica de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
No se puede olvidar que la actividad cultural de la Universidad de Sevilla encuentra su máximo exponente en estos cineclubes. Al margen de lo puramente académico, las aulas de cultura son prácticamente inexistentes y las actividades culturales dejan mucho que desear, al menos en lo que se refiere a organización y participación estudiantil, y a cantidad y variedad de los programes ofertados por la propia institución.
Alfredo Valenzuela (Jaén, 1962) es redactor cultural de la agencia Efe en Sevilla, crítico literario, autor de una biografía sobre el rockero Silvio y coautor de una historia sobre la Cartuja sevillana.
Artículos relacionados:
Manuel Gómez, el caballero del cineclub
Apasionados por el séptimo arte
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21 mayo 1980
Filología Inglesa. Promoción 1975-1980, Universidad de Sevilla
Lista de clase:🅰🆉
💛👭♥📎✋👋💜💥🔻➜❌➕❎➕🍄➖➗❌✅🆐📌📎📘📁💙✊👬💟💢💕🍏🍦🌳☕🌷✅✔🌵🐞💪❌✌👬💚
- Acosta Sanjuán, Antonio
- Amador López de la Calle, Isabel
- Arauz Moreno, María del Pilar
- Arévalo Barcuero, Laura
- Ballesteros Cuevas, Remedios
- Barbadillo Rank, Susana
- Caballero Aguilar, Mercedes
- Calzado Higueras, María José
- Casado Rodrigo, Concepción
- Castro Sueiro, Ana María
- Cívico Rodríguez, Inmaculada
- Cobos Yuste, Virginia
- Crespo Cerván, Francisco Javier
- Del Pino Pino Jiménez, Leonor
- Díaz del Barrio, Regla
- Díaz Salcedo, Ana María
- Diéguez Isbert, Luz
- García Almozara, Antonio
- Gómez Gómez, Esther
- Gómez Lara, Manuel
- González Luna, José Francisco
- González Repiso, María Luisa
- Geuer Draeger, Claudia
- Hermida Álvarez, Fernando
- Hernández de Troya, Carmen
- Jiménez López, Rosario
- López García, Inés Teresa
- Malia Carpo, Leonor
- Martín Gaebler, Carlos☺
- Martínez Sánchez, Isidoro
- Montemayor Cortés, Ernesto
- Moreno Gómez, José Pablo
- Muñiz Aguilar, Evangelina
- Noya Gallardo, Carmen
- Pérez Roldán María Dolores
- Portela Pérez, María Nelly
- Prieto Pablos, Juan Antonio
- Puro Morales, Ángeles
- Redondo Cerezo, Rufino
- Rodríguez Diana, Antonio
- Rodríguez Galadí, Teresa
- Rodríguez Gutiérrez, Magdalena
- Rodríguez Pantoja-Márquez, Reyes
- Roldán Riejos, Ana María
- Rubio Cuenca, Francisco
- Sánchez Gaviño, Juan Antonio
- Sánchez Jiménez, Gloria
- Tapia Cubiles, Eugenio
- Utrera Mena, Rafael
- Vargas Cabrera, Ana María
- Zambrano Pérez, Juan Antonio
- Francisco García Tortosa
- Jesús Díaz
- Francisco Garrudo
- José Luis Guijarro
- Pilar Marín
- Rafael Portillo
- Fernando Toda
- Klaus Wagner
- William Heath
- John King
- Louis Biggie
💛👭♥📎✋👋💜💥🔻➜❌➕❎➕🍄➖➗❌✅🆐📌📎📘📁💙✊👬💟💢💕🍏🍦🌳☕🌷✅✔🌵🐞💪❌✌👬💚
Queridos compañeros y compañeras, con motivo de la celebración del 40 aniversario de nuestra promoción filológica 1975-1980, os mando un nostálgico saludo desde mi blog personal, adjuntando estas fotos tomadas el 21 de mayo de 1980, nuestro último día de clase en la Universidad de Sevilla. Teclear digitalmente la lista de clase ha sido como viajar por el túnel del tiempo. Gracias a la comisión organizadora por el esmero y la entrega que han dedicado a la celebración de este aniversario. CARPE DIEM
Abrazos a todas y a todos,
Carlos Martín Gaebler 😊
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