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01 junio 2026

Para nunca volver

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El País, 29 de junio de 1996

Hace unos años participé lateralmente en una tentativa de traer de vuelta a España al gran Miguel de Molina, que llevaba medio siglo viviendo en Buenos Aires, en una casa del barrio de San Telmo de la que cuentan quienes la visitaron que era un museo y un mausoleo barroco a la memoria de su dueño, un delirio kitsch de recuerdos de la canción española. Había un proyecto de traer de vuelta a aquel exiliado que no quiso volver cuando volvieron casi todos, de rendirle un gran homenaje y de publicar sus memorias, pero al final todo aquello quedó en nada, y no sólo por el motivo irreparable de que Miguel de Molina se murió, sino porque se notaba mucho que no estaba nada seguro de volver, que seguía sin fiarse del país del que había tenido que irse después de que unos violentos señoritos fascistas lo apalearan hasta casi matarlo por el doble delito de ser republicano y homosexual.

España, según su historia, es una madrastra cruel que de vez en cuando expulsa a sus hijos, pero que también sabe maltratarlos y renegar de ellos cuando sus hijos sobreviven y vuelven. A principios de los años sesenta, la actriz Margarita Xirgu, que había sido el alma de la renovación del teatro español durante la República y había estrenado a García Lorca, a los Machado y a Manuel Azaña, quiso volver del Uruguay, donde había recibido durante mucho tiempo la hospitalidad incondicional y generosa de los montevideanos, y cuando estaba a punto de conseguir el pasaporte español, César González-Ruano, con toda su bilis vengativa de gángster fascista, escribió un artículo infame en el que la llamaba "La Roja", y en el que pedía que no se le permitiera volver a España. Tuvo éxito, y Margarita Xirgu no volvió, y murió y fue enterrada en Montevideo, que es una de las ciudades más hospitalarias y habitables que uno puede visitar, y al morir allí cumplió exactamente lo que dice un verso de guerra de Antonio Machado: "Sólo la tierra en que se muere es nuestra".

Parece que hay una mala leche netamente española, una voluntad de hacer daño que se ceba en los que han perdido o en los que no pueden defenderse o en los que simplemente tienen demasiada educación como para enredarse en las diatribas tabernarias que aquí pasan por polémicas intelectuales. Miguel de Molina, que es uno de los grandes maestros de la cultura popular española, que cantaba con una modernidad a la que jamás se aproximaron ni Concha Piquer ni Antonio Molina (por no hablar de ciertas momias franquistas que todavía aparecen dando tumbos, embalsamadas y operadas, en los programas más impresentables de la televisión), había sufrido demasiado en España como para fiarse de las buenas palabras, así que prefirió quedarse a morir majestuosamente en Buenos Aires, solitario en su mausoleo magnífico del barrio de San Telmo, con sus sortijas de oro, sus camisas bordadas y sus programas ajados de glorias antiguas, inaccesible a la mala leche de sus peores paisanos. Uno puede pensar que exageraba en su desconfianza, que España ha cambiado mucho en los últimos años, pero a veces se leen o se escuchan cosas que me hacen darle amargamente la razón: un conocido premio Nobel gustaba de hacer bromas en público sobre la enfermedad que llevó a la muerte a Jaime Gil de Biedma, y el otro día, un columnista señorito y sevillano de la escuela de la gracia venenosa de González-Ruano, escribía en un periódico, con su conocido gracejo, que en estos tiempos, para ser poeta ya no hacía falta ganar el premio Adonáis, que ahora lo que se necesita es "coger un sidazo" (sic).

Esta claro que a un país así no se puede volver, y desde luego es muy dudoso que en él se pueda vivir. Si alguien puede reírse groseramente en público de los enfermos, o de los homosexuales, o de quienes padecen una minusvalía física --hay columnistas cuya máxima gracia es llamar jorobado a Ludolfo Paramio, por ejemplo--, entonces hay que darles la razón a los que se fueron y nunca quisieron volver. Hace unos años, cuando unas cuantas personas bienintencionadas se empeñaron en traerlo de vuelta a España, Miguel de Molina les dijo tenaz y educadamente que no, y poco tiempo después confirmó su negativa con el gesto soberano de morirse. Ahora, en su barrio natal, se está intentando erigirle un monumento a Miguel de Molina, y según se cuenta en estas páginas la suscripción popular para costearlo asciende por ahora nada menos que a 2.000 pesetas. Llevaba razón Machado: sólo la tierra en que se muere es nuestra. La otra tierra, aquella que nos ha expulsado, sólo acaba de admitir el regreso cuando se vuelve callado y a ser posible muerto. Si para su gloria póstuma sólo se han recaudado 2.000 pesetas, Miguel de Molina hizo muy bien en querer morirse en Buenos Aires. 

Vídeo relacionado: 
Exposición Vestuario de Miguel de Molina, Bienal de Flamenco de Sevilla, 2012

31 mayo 2026

España entre sol y sombra


Por MANUEL VICENT

El País, 12 de mayo de 2024

Al matador de toros se le llama diestro porque su oficio se basa en la destreza, no en el arte, a menos que se llame arte al hecho de matar al toro sin degollarlo y acertar con el descabello a la primera. Eso también lo hacen los buenos matarifes en el matadero y nadie les llama artistas. La corrida posee una estética singular que se apoya en la crueldad con que se trata a un animal. Sobre esto no hay discusión. El festejo taurino termina siempre convirtiendo la belleza del toro en un estofado sangriento. A algunos españoles les gusta, pero a la inmensa mayoría no les gusta. El taurino no ve la crueldad porque, debido a la costumbre, contempla esta tortura como algo natural y necesario para la lidia, hasta el punto que puede bostezar mientras sucede la carnicería; en cambio, el antitaurino, al comprobar que con el primer rejón la sangre del toro le llega hasta la pezuña, se niega a seguir y deja las verónicas y los pases de pecho para quienes se los quieran tragar. Ortega y Gasset decía que sin la fiesta de los toros no se podía entender la historia de España. Cierto. Tampoco se podría entender sin la Inquisición, sin el hambre y el analfabetismo secular, sin el grito de ¡vivan las cadenas!, sin el bandolerismo, sin la pareja de la Guardia Civil decimonónica, cuya silueta con el capote, el tricornio y el fusil naranjero al hombro causaba pavor en los caminos polvorientos de aquella España negra. Quede claro que Goya era antitaurino y en el Guernica de Picasso alienta una inspiración goyesca porque en el fondo ese cuadro es una tauromaquia unida a los desastres de la guerra. Hasta hace poco la afición a los toros no tenía ideología. Siempre ha habido taurinos de izquierdas y de derechas, solo que hoy la fiesta, ya en plena agonía, ha sido asumida por la derecha castiza como un arma de ataque y resistencia política a cara de perro. Llega San Isidro y en la plaza de Las Ventas empieza la hecatombe con un ruedo ibérico partido en dos, como el país, en sol y sombra.


23 mayo 2026

España está ‘fabricada’ para menos personas: un país con las costuras estalladas

Por JOAQUÍN ESTEFANÍA, El País, 17.05.26

Cuánto de lo que ha sucedido, o va a suceder, en las elecciones andaluzas, extremeñas, aragonesas o de Castilla y León tiene que ver con las condiciones materiales de sus ciudadanos, y cuánto con cuestiones de identidad. Es plausible que lo mismo se ande preguntando Keir Starmer, el hasta ahora líder del laborismo británico, que ha descendido a velocidad de vértigo desde la mayoría absoluta a los abismos electorales en las elecciones municipales y autonómicas del Reino Unido. Salarios bajos, contratos a tiempo parcial no por voluntad propia o fijos discontinuos, un coste de la vida cada vez más elevado, la precariedad laboral (los trabajadores pobres), la búsqueda de ingresos extra para ahorrar, afrontar gastos imprevistos o pagar la vivienda (en propiedad o alquiler). Por qué un país es capaz de soportar un paro del 20% de su población activa o un desempleo juvenil del 50%, como se repitió en otras épocas, y no aguanta tasas de inflación de dos dígitos, ni siquiera de un 4%, 5%, 6%, etcétera.

España es el país que más crece y más empleo crea entre los grandes de Occidente. Sus cifras proporcionan una radiografía bastante equilibrada y exitosa de 49,68 millones de habitantes, un índice de precios al consumo del 3,2%, un producto interior bruto que crece al 2,7% en medio de todas las dificultades, y una tasa de actividad del 58,86%. Luego está el reparto de ese crecimiento, que es un poco menos desigual cada ejercicio, pero que todavía describe situaciones lacerantes: más de una cuarta parte de la población está en riesgo de pobreza o de exclusión social; ocho de cada 100 españoles se encuentra en situación de carencia material y social severa, y hay el mismo porcentaje de familias que llegan a final de mes con dificultades; más del 36% de los ciudadanos tiene problemas para afrontar gastos imprevistos (cambiar de frigorífico, afrontar la primera comunión de un hijo o una boda…); finalmente, más de una tercera parte de la población es incapaz de salir de vacaciones al menos una semana al año. ¿Votan estas cohortes de población?, y si lo hacen, ¿a quién depositan su voto?

Si las guerras de Ucrania y de Irán y el bloqueo continuado del estrecho de Ormuz no lo impiden —esto es, si la geopolítica no interrumpe la tendencia—, este año podemos juntarnos en territorio español alrededor de 150 millones de personas, en caso de que coincidiésemos todos: los 50 millones de autóctonos a los que nos aproximamos y los 100 millones de turistas que llegarán del exterior. ¿Hay infraestructuras para todos?, ¿carreteras, aviones con queroseno, agua, servicios sociales como los de la sanidad pública, etcétera? Este país está “fabricado” para menos gente. El incremento de población se ha producido en muy pocos años, y el aumento y la mejora de las infraestructuras y los servicios sociales no lo acompañan al mismo ritmo.

¿Tendrá ello que ver con las obsolescencias, averías o pérdidas de eficiencia como las que se han explicitado en los últimos tiempos en forma de consecuencias de danas, trenes detenidos o a menos velocidad, apagones…? El sentimiento de una parte de la población es que sus condiciones de vida empeoran. Según la OCDE, el salario medio español está prácticamente estancado desde hace tres décadas. El PIB dividido por la población se mantiene prácticamente inmóvil, y los bajos salarios son la consecuencia directa de esa realidad.

Administrar para 150 millones de personas supera anteriores dificultades. La respuesta al “¡que España funcione!” de hace más de cuatro décadas es más complicada y tiene diferentes componentes. Cualquiera que gane las elecciones generales y haya de gobernar deberá tener en cuenta una demografía que contempla, al mismo tiempo, la baja natalidad estructural, el envejecimiento acelerado, la creciente dependencia de los flujos migratorios para sostener el mercado laboral y las pensiones públicas, etcétera. En una sociedad democrática habrá que desviar hacia las nuevas realidades las mejoras graduales después de un ciclo que está agotándose porque la sociedad es distinta.

05 abril 2026

Quieren tradición

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El letrero aparecía en un lugar prominente en cuanto se entraba en la página web del periódico, con esa pulsación de apetencia ansiosa que gusta tanto a los publicitarios: “Quiero tradición”, “Quiero Semana Santa”. Era un anuncio turístico de la Xunta de Galicia, pero cuando esas dos frases aparecían sin previo aviso era también una afirmación de visceralidad muy propia de estos tiempos: por una parte, la visceralidad de los deseos urgentes del consumo; por otra, la del apego a lo propio, a lo originario, y, en último extremo, a lo religioso, en su versión más exterior y contrarreformista, más enraizada en el predominio de tantos siglos de la Iglesia católica sobre la vida española, a costa siempre del pluralismo político y la soberanía de los poderes públicos.
Cuando yo era joven la palabra “tradición” tenía un sentido negativo para las personas progresistas, porque venía asociada a lo peor de nuestra historia. Tradición significaba dictadura, oscurantismo, conformidad con lo establecido, atraso. Tradición eran los coros y danzas y los tronos de Semana Santa custodiados por la Guardia Civil en uniforme de gala y los quelonios franquistas desfilando lentamente junto a los clérigos en las procesiones. Tradición era el reverso de todo lo que ansiábamos: era el apego a lo peor del pasado, y lo que nosotros queríamos era el porvenir; era el fanatismo de lo autóctono, cuando nosotros aspirábamos a que nuestro país se abriera al mundo y abrazara las libertades que eran comunes más allá de nuestra frontera; tradición era borrar la historia real y sustituirla por fábulas patrioteras de conquistas gloriosas y resistencia al enemigo exterior; tradición era identificar lo español con lo católico.
Queríamos, y algunos de nosotros lo queremos aún, romper con aquellas tradiciones escleróticas para adherirnos a la gran tradición ilustrada de la libertad de expresión, el pensamiento crítico, el debate abierto y libre, el gobierno de las mayorías, el imperio de la ley, el respeto y la protección a las minorías y a los derechos individuales. El laicismo y la educación pública estaban arraigados desde hacía al menos un siglo en otros lugares del mundo, pero para nosotros, en los años setenta del siglo pasado, eran reclamaciones urgentes, sueños que parecían más prácticos precisamente porque se correspondían con lo habitual en otros países.
Hace 40 años justos, en el gran clamor festivo de las primeras elecciones libres, todo esto parecía accesible. Ahora comprobamos, no sin desolación, que en gran parte seguimos en las mismas, con la diferencia de que ya no hay ninguna fuerza política ni medio de comunicación que reivindique abiertamente los ideales ilustrados y laicos, y de que defenderlos a cuerpo limpio se ha vuelto más difícil y más arriesgado que en cualquier otro momento de las últimas décadas.
Viajo por Andalucía y una lectora veterana me recuerda artículos que yo publicaba en la edición regional de este periódico hace más de 20 años, cuando la dirigía Soledad Gallego-Díaz. En esa época los socialistas llevaban gobernando en España y en Andalucía más de 10 años (en Andalucía eso no ha cambiado). Yo solía escribir aquellas columnas en un estado de estupor que con frecuencia se convertía en abierta indignación. Me causaba estupor y me provocaba cada vez más indignación que las tradiciones más decrépitas del folclorismo y el oscurantismo, en vez de disiparse poco a poco, cobraran más fuerza que nunca convertidas ahora en rasgos obligatorios de una identidad andaluza inventada a toda prisa, e impuesta por la televisión oficial con un gasto de dinero público que se escatimaba para tareas de verdad necesarias, como la dignidad de la enseñanza pública. Me parecía inaceptable que por beatería, conformismo o cinismo electoral las autoridades democráticas desfilaran en las procesiones de Semana Santa con la misma reverencia con que lo habían hecho los mandamases franquistas. Mi lectora se acuerda de un artículo que publiqué en 1996, Andalucía obligatoria. Lo escribí al enterarme de que entre los cursos de capacitación del profesorado que programaba la Consejería de Educación de la Junta había uno consagrado al “espíritu rociero”. Nunca he escrito nada que provocara reacciones más agresivas. Eran tiempos anteriores a las redes sociales, pero ya abundaban las unanimidades ultrajadas: el periódico publicó una carta furiosa firmada contra mí por sesenta y tantos usuarios de los cursos de espíritu rociero, entre ellos un obispo.
Han pasado 21 años desde entonces. Hay cosas que uno escribe y que aspira a que puedan durar, en la medida incierta en que duran las cosas humanas. Hay otras que preferiría que se quedaran obsoletas, que sirvieran si acaso para atestiguar rebeldías que lograron sus objetivos, causas dignas que ya no es preciso seguir defendiendo. Viajando por Andalucía y escuchando a personas razonables que me dicen en privado lo que ya no se atreven a decir en público y ni siquiera en voz muy alta, me doy cuenta de que lo más triste de todo no es que un artículo escrito hace más de 20 años siga teniendo actualidad: es que las cosas, en Andalucía y en cualquier otro sitio de España, probablemente han ido a peor. Lo que hace 20 años fueron unas cuantas cartas al director y algunos anónimos enviados por correo sería ahora un acoso asfixiante en las redes sociales. En 40 años de democracia no ha arraigado ninguna de las tradiciones democráticas que hubieran debido sembrarse desde del principio. Para lo que ha servido el paso del tiempo ha sido para fortalecer prejuicios, no para suavizarlos o borrarlos. En vez del pensamiento crítico, que por naturaleza es individual y tiende a la disidencia, se han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime. Cuanta menos historia se enseña y mayor es la ignorancia del pasado inmediato, más fuerza tienen los orgullos identitarios: cuanto más sagrada es una tradición, más innecesario y hasta peligroso se vuelve el conocimiento verdadero. Sociedades clientelares y estancadas que necesitarían el flujo vivificador de la crítica y el debate abierto se sumen en una conformidad paralizadora, muy adecuada para el mantenimiento de privilegios sociales y hegemonías políticas, en un miedo al arcaico “qué dirán” que es tan dañino para la conciencia como para el despliegue provechoso de las capacidades y las iniciativas que favorecen la prosperidad. No callar es más arriesgado ahora que en 1996, pero es igual de necesario; aunque uno sospeche que, visto lo visto, también es superfluo. EL PAIS, 29.04.2017

25 marzo 2026

Machistas y orgullosos de serlo.

Jóvenes machistas a cara descubierta, cantando a gritos, a la puerta de una iglesia, tras haber votado mayoritariamente en contra de admitir a mujeres en su procesión de penitencia porque "la tradición es la tradición". España 2026. El fascismo se extiende como una mancha, como un tufo de aceite.

Tienen las de perder, pues ya hay jurisprudencia al respecto tras la denuncia de una mujer en Tenerife. En esta ocasión, el Estado actuará de oficio y los llevará a los Tribunales.

Desde un análisis semiótico, la foto es un filón: fíjense en las caras, las posturas, los uniformes, las varas con cruces que más bien parecen armas en forma de lanzas... Parecen célibes involuntarios (incels), de esos que follan poco, pero joden mucho. Esa misoginia...

Alguien debería explicarles cuántas tradiciones hubo que acabaron desapareciendo, como quemar mujeres, someterlas a la ablación, o tirar cabras desde un campanario.

En Sevilla y en otras ciudades, afortunadamente, las procesiones son inclusivas desde hace mucho tiempo. cmg2026

12 marzo 2026

Muertes, abusos y suicidios silenciados: la memoria más oscura de la ‘mili’

Los socios de investidura del presidente Sánchez demandan en el Congreso de los Diputados una investigación sobre los casos de maltratos, vejaciones y muertes no aclaradas en las décadas de los 80 y los 90 durante el servicio militar obligatorio, de cuya abolición se cumplen hoy 25 años.

Por Joseba Fonseca,  Diario Deia, Bilbao, 9 de marzo de 2026

Este lunes 9 de marzo se cumplen 25 años de la aprobación por el Consejo de Ministros del Gobierno que presidía José María Aznar del decreto que establecía el 31 de diciembre de 2001 como fecha para la suspensión definitiva del servicio militar obligatorio. Aquella iniciativa en realidad adelantaba en un año el plazo marcado anteriormente por la Ley 17/1999, de 18 de mayo, de Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas. Aquello supuso una enorme liberación para centenares de miles de jóvenes de todo el Estado que veían en la mili una absurda pérdida de tiempo y un paréntesis inoportuno en un momento clave ya fuera para sus estudios o para el desarrollo de su vida personal y profesional. Pero para muchos de ellos suponía bastante más. La adaptación a la paranoica disciplina castrense que imperaba en los cuarteles de un ejército español impregnado aún de franquismo por sus cuatro costados les resultaba una experiencia insoportable, que a menudo venía acompañada de vejaciones y malos tratos propiciados por oficiales y suboficiales superiores o por otros reclutas. Una tortura de la que buscaban evadirse de cualquier modo. Y no pocos eligieron el suicidio como vía de escape. La cuestión ha llegado al Congreso de los Diputados, donde varios grupos políticos socios del Gobierno, incluido el de Sumar, que cuenta con carteras en él, registraron recientemente una proposición no de ley para pedir que se abra una investigación sobre los abusos, vejaciones y casos de suicidio que afectaron a miles de jóvenes mientras prestaban el servicio militar en las décadas de los 80 y los 90. Es otra parte de esa memoria histórica que tantas lagunas continúa exhibiendo pese al paso de los años.

Existen investigaciones que cifran en unos 1.900 los reclutas que murieron haciendo la mili obligatoria en el período democrático -desde mediados de los 70 al inicio del nuevo milenio- en el que esta fórmula estuvo vigente. De ellas, el Ministerio de Defensa reconoce en base a sus datos oficiales que más de 300 son atribuibles a casos documentados de suicidio. Sin embargo, esta cifra podría quedarse pequeña. Como se recoge en la propuesta de creación de una Comisión de Investigación en el Congreso para abordar esta cuestión, ciertas “investigaciones periodísticas y testigos de los familiares apuntan que la cifra podría ser superior, especialmente si se tienen en cuenta las defunciones calificadas en su momento como accidentales”. Y es que, según sus promotores, “diversas familias han conocido años después que la muerte de sus hijos había sido un suicidio vinculado a los abusos y vejaciones sufridos” en los cuarteles.

Esta iniciativa, que también emplaza al Defensor del Pueblo a tomar cartas en el asunto y que cuenta con la firma del PNV y de Bildu, además de con las de Sumar, Junts, ERC, Podemos, Compromís y BNG, llega a Madrid un mes después de que este mismo asunto accediera a la agenda política en Catalunya. Allí, de nuevo Junts y ERC, en este caso con el respaldo de la CUP y los Comuns, instaron al Sindic de Greuges -el equivalente catalán al Ararteko- a actuar de oficio en estos casos. Una semana antes, a través de una declaración institucional, el Parlament expresó su apoyo a las familias afectadas por estos hechos, organizadas en el Grupo de Apoyo de Familias de Víctimas de la Mili (veu.victimesmili@gmail.com)  con el objetivo de buscar justicia y reparación.

Algunas de ellas son las protagonistas de un documental emitido por TV3 y 3Cat que ha sacudido muchas conciencias en Catalunya: Et faran un home. Morts silenciades (Te harán un hombre. Muertes silenciadas). Centrado en los centenares de jóvenes que perdieron la vida o se suicidaron haciendo la mili, es la continuación de Et faran un home, trabajo de 2024 también dirigido por Mireia Prats y Joan Torrents que denunció vejaciones, abusos y violaciones durante la mili en los primeros años de la democracia.  En la segunda parte se reúnen testimonios estremecedores como los de Francesc Robelló, cuyo hermano Narcís fue hallado en 1980 en un despacho del cuartel de Ceuta donde cumplía el servicio militar con un abrecartas clavado en el corazón. Nunca ha creído que se quitara la vida, como aseguraba la versión oficial ofrecida por el ejército. “A mi hermano le asesinaron”, dice convencido Francesc, recordando la carta que, pocos días antes de morir, les envió ilusionado por el permiso que le habían concedido para visitar a los suyos y pidiéndoles que le mandaran fuet. Una orden de capitanía prohibía hablar a los soldados de la muerte de Narcís bajo amenaza de arresto. Su hermano sospecha que, al estar destinado en la Comandancia General de Ceuta, pudo enterarse de alguna información relacionada con la trama golpista que, cuatro meses después, desembocaría en el asalto al Congreso de los Diputados liderado por el recién fallecido Antonio Tejero en 23 de febrero de 1981.

También se recogen las vivencias de personas que hicieron la mili y aseguran que los militares ocultaban casos de autolisis manipulando informes y certificados médicos. O de familiares de jóvenes a los que su paso forzado por el ejército les traumatizó de tal modo que acabarían suicidándose un tiempo después de licenciarse, como ocurrió con Martí Muntada. Su hermana Mónica tiene la convicción de que le maltrataron y le violaron en el cuartel de Berga (Barcelona) al que fue destinado en 1983. “Ya no volvió a ser el mismo. Se cerró en sí mismo, entró en enfermedad mental y en 1989, con 26 años, se suicidó en la cama de su habitación”, rememora.

Morts silenciades surge como respuesta al aluvión de denuncias recogidas por 3Cat tras la emisión en diciembre de 2024 de Et faran un homeCausaron conmoción episodios como los narrados en este documental por Àlex Gorina, reconocido periodista y crítico de cine catalán, quien confesó haber sido violado por tres sargentos en la sala de armas. El revuelo generado por este trabajo audiovisual llevó a ERC a presentar en noviembre del año pasado en el Congreso una primera proposición no de ley para reconocer, investigar y reparar los casos de malos tratos y vejaciones producidos en el ámbito del servicio militar. Su iniciativa fue rechazada con los votos en contra de PP, Vox y UPN y la abstención del PSOE.

Propuesta de ERC
Unos pocos meses después de aquello, el estreno en el pasado enero de Morts silenciades ha aportado más munición para la causa y, en esta ocasión, a ERC se le han sumado más grupos para abanderar esta cuestión.  En la nueva propuesta, fundamentada en unos “hechos que no responden a episodios aislados, sino que apuntan a una dinámica estructural de impunidad y negligencia institucional”, se considera “necesario activar formalmente los mecanismos institucionales para contribuir al esclarecimiento” de los mismos, así como “al reconocimiento de las víctimas y al impulso de medidas de reparación”. Para ello solicitan la puesta en marcha de una comisión de investigación que tiene como objeto “la recopilación sistemática de datos sobre suicidios, muertes en circunstancias no aclaradas y denuncia de avisos” ligados a la mili; el “análisis de posibles responsabilidades institucionales, políticas y militares”; el “reconocimiento público de las víctimas” y el “establecimiento de mecanismos de reparación moral, simbólica y económica”.

Descenso paulatino
En el artículo Suicidios en soldados de las Fuerzas Armadas de España en la última década del servicio militar obligatorio (1991-2001), los investigadores Fernando Miralles y Antonio Cano apuntaban a la “constante depresión de aquel que se siente solo en un ambiente que le parece hostil” como una de las causas desencadenantes de los “trastornos adaptativos” que podían llevar a un desenlace tan trágico como el de optar por quitarse la vida. Constataban también que, entre 1979 y 1986, la tasa de suicidios de soldados en el Ejército de Tierra era de 10,11 por cada 100.000 y que la de tentativas de autolisis en este colectivo aumentaba hasta el 20,2 por cada 100.000. Esos índices estaban muy por encima de las cifras entre la población civil, que rondaban los 6,5. Con el paso de los años, esa tendencia fue menguando. Así, desde los 19 suicidios consumados de 1990, según datos ofrecidos por el Ministerio de Defensa, el número fue descendiendo paulatinamente -salvo el pico sufrido en 1994 con 27 decesos por ese motivo- hasta no registrarse ninguno en 2000 y 2001, los dos últimos años en los que estuvo vigente la miliEn sus conclusiones, señalan como factores de esta disminución el “esfuerzo” realizado por Defensa para “poder adaptar al joven soldado a sus Fuerzas Armadas” en un contexto de creciente contestación al servicio militar; la existencia de “equipos de psicólogos y psiquiatras en los cuarteles y la propia posibilidad de poder declararse objetor de conciencia, lo que propiciaba una “autoselección” en la que se quedaban sin incorporar “jóvenes con predisposiciones negativas” hacia el ejército.

Un muro de silencio
Un cuarto de siglo después de que aquella inmensa marea de jóvenes objetores e insumisos obligara al Gobierno de José María Aznar a hincar la rodilla y acabar con el servicio militar obligatorio, se busca reparar las heridas más profundas que aquella absurda práctica dejó en muchas personas. Pero, como se acaba de comprobar con la decepcionante desclasificación de los papeles secretos del 23-F, sigue siendo muy complicado arrojar luz sobre hechos que implican a las altas esferas del poder en el Estado españolMontse Bailac, documentalista en TV3 desde 1986 y encargada de dicha labor en Morts Silenciades, aseguraba con motivo de su estreno que nunca en sus 40 años de experiencia se había encontrado con tantas trabas para recabar datos. Crítica con la “opacidad” a la que han tenido que hacer frente, que incluía “ilegalidades” como el no darles acceso a determinada documentación sin el visto bueno del coronel correspondiente, lamenta que nunca se podrá saber exactamente cuántos jóvenes murieron haciendo la mili ya en tiempos de democracia. Tras batallar contra unos registros cambiantes y realizados de forma aleatoria, sin poder discernir a ciencia cierta si se trataba de suicidios, accidentes u homicidios encubiertos, Bailac y su equipo solo han podido confirmar esas 1.900 muertes de reclutas tras la muerte de Franco. Narcís Robelló era uno de ellos y su hermano Francesc sigue con su lucha en busca de la verdad. Una dura contienda, porque como dice, “45 años después, el muro de silencio del Estado sigue existiendo”.

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El Grupo de Apoyo de Familiares y Víctimas de la Mili somos ahora la Plataforma Rompiendo el Silencio/Trencant el Silenci. Nuestro objetivo es conseguir que se forme una Comisión de Investigación en el Congreso de Diputados.

Danos tu apoyo cumplimentando el Formulario de Adhesión en este ENLACE.

Queremos ser un punto de contacto para acoger, escuchar y compartir casos de familias que perdimos a un familiar durante el servicio militar y también de hombres que sufrieron abusos y/o malos tratos durante el servicio militar. Muchos hemos vivido el silencio durante años. El silencio forma parte del crimen.

Nuestro objetivo inicial es recoger todos los casos, con la voluntad de que no nos sintamos solos y de dar voz a una realidad que durante demasiado tiempo ha quedado escondida.

Si con los documentales del Sense Ficció de 3Cat "Te harán un hombre" y "Te harán un hombre. Muertes Silenciadas" te has sentido interpelado/interpelada o si eres víctima y quieres explicarnos tu caso, rellena por favor este formulario. Gracias por participar y ofrecer tu voz. Más adelante contactaremos con todos los que registren su caso. 


08 enero 2026

Beatería y maldad

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

En cierta ocasión escuché al escritor Juanjo Millás afirmar que la beatería y la maldad son las dos caras de una misma moneda. Preguntado por qué les atormenta más a las personas que acuden a su confesionario, el joven sacerdote misionero Damián Montes (Granada, 1987) responde que quienes más le sorprenden son quienes confiesan pecados de tipo afectivo y sexual: “Es increíble escuchar a tanto adulto arrastrando ese peso. Es una crítica que me hago a mí y a la institución: ¿qué conciencia hemos creado para que a la gente le genere malestar eso, y no robar, mentir o abusar?” “Algo habrán hecho ustedes,” le sugiere la entrevistadora. Entonces el cura le responde con una honestidad inaudita: “Creo que unir sexo y pecado ha sido el pecado de la Iglesia.” El puritanismo sexual ha tarado a generaciones de hombres y mujeres en España, quienes han vivido su sexualidad con vergüenza y culpa. La obsesión con la virginidad (celebrada incluso con fiesta oficial en el calendario) es lo que tiene.

Al igual que otras religiones, como el judaísmo ultraortodoxo, el islam, o el cristianismo evangelista, la Iglesia católica ha sido siempre profundamente homófoba. Nunca fue esto más evidente como cuando la epidemia de vih/sida mató a millones de hombres en todo el mundo en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Estos enfermos terminales fueron considerados por muchos religiosos víctimas de un castigo divino, y llegaron a tildar de cáncer rosa lo que era una infección vírica letal, desconocida por aquel entonces, que se contraía por contacto sexual. Sumaron la estigmatización social al dolor inenarrable de las víctimas desamparadas, indefensas tras la pérdida de su sistema inmunológico. ¿Dónde estaba la caridad cristiana entonces? ¿Cuándo van a pedir perdón por aquel dolor añadido, por tanta maldad para con los necesitados de comprensión y alivio ante la muerte inminente? ¿Por qué a las religiones en general les cuesta tanto convivir con la diversidad afectivo-sexual? Deberían meditarlo, y, de paso, pedir perdón público por sus pecados (los niños esclavos del franquismo por ser hijos de rojos, los robos de bebés cometidos por monjas enfermeras en hospitales de maternidad durante la dictadura, los abusos sexuales a menores en sus instituciones, o las inmatriculaciones ilegales de inmuebles de dominio público), para de este modo contribuir a la convivencia entre diferentes. Tal vez así encuentren explicación a la falta de vocaciones.

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. 

La sociedad española asiste estos días horrorizada al escándalo por la publicación en cadena de casos de niños que fueron víctimas de abusos sexuales en colegios religiosos, sobre todo durante la dictadura. Lo que sabemos hasta ahora no es más que la punta del iceberg, a la espera de lo que está por venir tras la creación y puesta en funcionamiento por fin de la anunciada Comisión Estatal para la Investigación de Abusos en la Infancia que garantice que se haga justicia, se depuren las responsabilidades y se repare a las víctimas.

En uno de sus Episodios de una Guerra Interminable, Almudena Grandes escribe que la dictadura de Franco convertía en mierda todo lo que tocaba. A mí me tocó vivir parte de mi adolescencia entre sus garras. En aquel internado de religiosos que se ensañó conmigo se respiraba una devoción fanática. El poder que los curas ejercían sobre nosotros se sustentaba en adoctrinarnos para no pensar, para aceptar dogmas sin dudar, sin hacernos preguntas, en definitiva, para soportar lo que nos tocara y a quien nos tocara. Debíamos renegar de la duda, no osar hacer preguntas y, por tanto, abstenernos de poner en duda la moralidad de lo que nos pasara; debíamos dejarnos hacer. La impunidad de aquellos crímenes contra menores en colegios religiosos era prueba del poder omnipotente que la Iglesia católica y el Estado franquista extraían de su íntima unión. 

Ya de mayor, y tras haber sobrevivido a aquellos depredadores, comprobé que aquella obsesiva/rancia enseñanza religiosa, aquella mala educación de los colegios católicos me vacunó contra la superstición y contra el adoctrinamiento en mi trabajo como educador. Galileo llevaba razón cuando señaló que la ignorancia es la madre de la maldad y de todos los demás vicios. Amén. cmg2022 

20 diciembre 2025

Dentro del armario del franquismo

De la colonia penitenciaria de Tefía a las terapias aversivas de los setenta, nuevos ensayos, novelas, cómics, películas y series investigan la brutal persecución y represión del colectivo LGTBI durante la dictadura. 

Por ALEX VICENTE, El País, 20/12/25

Durante décadas, el franquismo convirtió el deseo homosexual en delito, la intimidad en expediente psiquiátrico y la diferencia sexual en sinónimo de peligrosidad pública. Hubo redadas, centros de clasificación como el de Carabanchel y cárceles como la de Badajoz, donde se separaba a activos y pasivos, tras examinar la anatomía más íntima de los detenidos, para impedir cualquier posibilidad de penetración. Existieron colonias penitenciarias como la de Tefía, donde se encerraba a los invertidos que se atrevían a salirse de la norma. Y, ya casi en los setenta, algunos médicos se empeñaron en corregir la desviación a golpe de electroshock. Cuando el régimen empezó a resquebrajarse, esa violencia no se evaporó. Cambió de forma, se desplazó a nuevas instituciones y, pese a los avances legislativos, dejó una estela de miedo y silencio que se alargó hasta no hace tanto, si es que ya ha terminado.

Desde que el debate sobre la memoria histórica entró en la conversación pública hace un par de décadas, ese mutismo se ha ido reduciendo. En los últimos tiempos, hemos visto llegar una ola de novelas, ensayos, cómics, películas y series que narran e investigan la persecución y la represión de la población LGTBI durante la dictadura, así como su prolongación en el periodo democrático. No son solo testimonios, sino también gestos de restitución, que devuelven la dignidad a quienes el régimen redujo a la categoría de “vagos y maleantes” y obligan a observar el engranaje que hizo posible esa brutal cacería. El fenómeno dialoga con las políticas contemporáneas de memoria y con el nuevo interés social por los relatos de reparación. Pero también funciona como advertencia: si ya ocurrió una vez, puede regresar de formas menos ostentosas, pero igual de eficaces.

En el reciente ensayo Sexo en el franquismo (Almuzara), que recorre las costumbres eróticas de los españoles durante cuatro décadas de dictadura, el sociólogo Manuel Espín accede al asunto por un umbral original: el escaparate de la camaradería viril, esos espacios exclusivos para hombres, del cuartel al gimnasio, donde el culto a la hombría dejaba entrever un evidente homoerotismo.

“Los regímenes fascistas exaltan el cuerpo masculino y la disciplina física, pero ese mismo ideal de virilidad termina generando una tensión que se niega a sí misma”, explica Espín. Mientras tanto, el régimen perseguía con ferocidad a los homosexuales, tildados de “viciosos y pervertidos”, que se exponían a detenciones, fichas policiales, encarcelamientos e incluso al internamiento en correccionales. Aunque, más que la sanción administrativa, pesaba el estigma social que la acompañaba. “En el Reino Unido la homosexualidad estuvo prohibida hasta los años cincuenta, pero existían niveles de tolerancia. En Francia, también hubo cierta permisividad. En España eso no se da, porque la represión social es mayor. La gente no temía tanto la multa o la noche en la cárcel como la vergüenza. Que una persona fuera señalada en una de estas situaciones suponía la muerte social en vida”.

La condena moral, con la Iglesia católica como sostén doctrinal del régimen, acabó convertida en texto legislativo. En 1954, Franco firmó una reforma de la Ley de Vagos y Maleantes que incorporaba a los homosexuales en la lista de individuos peligrosos para la sociedad, junto a mendigos, proxenetas o rufianes. El texto permitía su reclusión en cárceles o colonias “de trabajo” por un periodo de hasta cinco años prorrogables y la imposición de oscuras medidas de “vigilancia especial”. Ya en el tardofranquismo, las descargas eléctricas y otros tratamientos que prometían erradicar la homosexualidad fueron avalados por Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos del Ejército franquista, o Juan José López Ibor, referente de la psiquiatría nacionalcatólica, convencidos de que se trataba de un trastorno corregible.

El historiador Javier Fernández Galeano, profesor de la Universidad de Valencia, lleva casi dos décadas investigando la represión del colectivo. En 2025, ha publicado dos ensayos sobre la cuestión: Obscenidad queer (Bellaterra), donde sigue el rastro de lo que el régimen consideraba indecente en expedientes judiciales e informes de censura, y Gestos en la noche (PUV), a partir de los expedientes de peligrosidad social en la Comunidad Valenciana. “Al principio costó tratarlo como un tema de investigación, porque se consideraba una experiencia muy minoritaria y no se veía como un asunto legítimo”, afirma el profesor, que hizo su doctorado en la Universidad de Brown, uno de los centros de la prestigiosa Ivy League, porque nadie en España se interesaba por el asunto. Por eso, los primeros estudios llegaron desde el periodismo y no desde la academia: ahí está El látigo y la pluma, de Fernando Olmeda, ensayo ya clásico de comienzos de los dos mil, que Dos Bigotes, sello especializado en temas queer, reeditó en 2023.

Para Fernández Galeano, el punto de inflexión llegó con la apertura de los archivos, medio siglo después de los delitos. El historiador descubrió en ellos un catálogo de represión, pero también una huella involuntaria de la existencia de una profusa subcultura homosexual y transgénero. “Por un lado, es esencial conservarlos para denunciar una política sistemática de penalización de la disidencia sexual, que imponía una imagen distorsionada del colectivo”, dice Fernández Galeano. “Y, al mismo tiempo, aunque la burocracia actuara con violencia y humillación, esa tenacidad al documentar sus vidas recogió trazos materiales que de otra forma se habrían perdido: cartas, fotos, testimonios… Hay que aprender a leer entre líneas, a escuchar los susurros de lo que se dice sin decir. Como decía Foucault, la represión saca a la superficie relaciones que de otra manera permanecerían invisibles”. De esos documentos en archivos municipales y regionales emerge una cartografía de lugares de encuentro, rituales de identificación e iconos culturales y eróticos.

En España, el control de la población LGTBI tuvo una rigidez particular, porque la persecución se manifestaba también en el día a día. “Existía un entramado institucional dirigido a asegurar la conformidad social. Cuando se detenía a un homosexual, testificaban el párroco, el alcalde, la Guardia Civil, la policía, el empleador y los vecinos”, subraya Fernández Galeano. La vigilancia se ensañó con transexuales y travestis, que se empezaron a identificar con ese nombre a finales de los sesenta. “La pluma era la alerta que llamaba la atención de la policía, sobre todo en ciudades como Barcelona o Madrid, en conexión con el mundo del espectáculo y el trabajo sexual”, explica el historiador. Ahí se concentraban las detenciones, cortando las redes de solidaridad que empezaban a tejerse: “El objetivo era claro: evitar que se consolidara una cultura propia, basada en el apoyo mutuo y la aceptación social”.

En los últimos años, el estudio de esa represión se ha ido filtrando en la ficción, convirtiendo en más accesible un material áspero por definición. Sin ser el tema principal del libro, dos de los personajes de La península de las casas vacías (Siruela), José y Jacobo, primos y soldados en el bando republicano, vivían una historia de amor clandestina. Mientras tanto, Nando López relata en Los elegidos (Destino) la historia de Santos, un joven bibliotecario y director de un grupo de teatro universitario, y Asun, una cantante de copla que renuncia a los escenarios para casarse con él. Tras esa fachada de matrimonio convencional se esconde una verdad clandestina: Santos es homosexual y ese matrimonio, en pleno franquismo, es su manera de sobrevivir justo cuando la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes convierte a los hombres de su condición en delincuentes.

Para el autor, la proliferación de relatos sobre el colectivo LGTBI en tiempos de dictadura también habla de las ansiedades del presente. “Antes de escribirlo, sentí que había derechos conquistados que volvían a peligrar, con el auge de la extrema derecha, y comprendí que parte de esa vulnerabilidad venía del desconocimiento de la historia”, afirma López, escritor y dramaturgo nacido en 1977. Por eso, más que recrearse en el aparato represivo, la novela habla de los mecanismos cotidianos de control. “Para algunos fue peor el estigma que la represión física”, dice el escritor, que quiso sacar su relato de un nicho de mercado para llegar a un público muy amplio. “Si solo nos contamos nuestras historias entre nosotros, caemos en la endogamia. Igual que durante años el colectivo tuvo que reflejarse en historias heterosexuales, ahora me gustaría que los lectores heterosexuales se reflejaran en las nuestras”. La novela ya va por su quinta edición y se prepara una adaptación al cine.

En Una luz tímida (Seix Barral), Àfrica Alonso rescata del silencio la historia de Isabel y Carmen, dos maestras que vivieron su amor en la clandestinidad durante el franquismo. La novela, inspirada en su propia obra teatral de 2020, surge de una necesidad. “No encontraba este tipo de historias en la cartelera. Sentí la urgencia de dar voz a quienes murieron sin que nadie conociera su historia”, sostiene Alonso, que se basó en una historia ­real que tuvo lugar en Catarroja, cerca de Valencia.

Las mujeres lesbianas padecieron un tipo específico de represión. Apenas aparecían citadas en las leyes, sobrevivían camufladas en la amistad y el sigilo, se reconocían con claves mínimas (“¿eres librera?”), y solo asomaban con más nitidez en los márgenes de ciertos círculos culturales. Si la homosexualidad masculina se interceptaba en el espacio público y se castigaba con palizas y penas de cárcel, la represión de las mujeres llegaba a través del aparato doméstico. Ahí se sitúa Una luz tímida, que describe una violencia de puertas adentro que lleva al entorno de una de las protagonistas a internarla en un hospital. Cuando logra salir, deberá convivir toda la vida con una herida profunda: tener que renunciar a su familia por su sexualidad. Alonso, nacida en 1995, cree que el mutismo respecto a este trauma colectivo ha tenido efectos nefastos. “Hemos creído que el silencio reparaba, cuando solo repara la palabra”, opina. “No lo hemos transmitido a las generaciones jóvenes, y mientras tanto la extrema derecha ha tenido un acceso directo a sus cabezas”, dice.

Otras disciplinas se han sumado a esta ola. En 2018, el cómic El Violeta (Drakul) fue de los primeros en convertir en relato gráfico los métodos de castigo contra la disidencia sexual. Más recientemente, Que no se olvide (Salamandra) ha retomado esa memoria a partir del testimonio de represaliados. El documental Un hombre libre recupera la figura del escritor Agustín Gómez Arcos, víctima de una doble condena por ser homosexual y crítico con el régimen. Y la película Els mals noms, premiada en el pasado festival de Sevilla pero aún pendiente de distribución, desmonta la leyenda negra de La Pastora, nombre con el que fue conocido Florencio Pla Meseguer, persona intersexual y uno de los últimos maquis valencianos, que sufrió un acoso continuo. “Hay más casos que el de Lorca o el Grupo Cántico, muchas historias que aún no se han contado”, dice su director, Marc Ortiz Prades. “Es importante ver cómo esa represión llegaba al pueblo más pequeño, al sitio más recóndito. Entender esto nos ayuda a entender cómo somos como sociedad”.

Ese impulso lo comparte también la serie Las noches de Tefía (Atresplayer), que en 2023 puso en primer plano un episodio todavía desconocido para muchos: la colonia penitenciaria de Fuerteventura donde el franquismo confinó a centenares de homosexuales. “Es esa ley del silencio que impuso el franquismo. Y esa ignorancia no es inocente: a algunos les interesa que siga existiendo”, dice su creador, el dramaturgo Miguel del Arco, que se inspiró en Viaje al centro de la infamia, de Miguel Ángel Sosa Machín, novela de 2006 sobre un grupo de jóvenes reclusos.

En la serie, que alterna los años sesenta y la actualidad, el pasado no aparece conservado en formol, sino reflejado en el presente. “Me dio miedo que lo quisieran convertir en un Élite ambientado en un campo de concentración”, ironiza Del Arco. “Al final, no tuve una sola línea roja. En el capítulo seis, me cargué a Franco en una ucronía asumida: necesitaba incorporar una brizna de luz”. Ese gesto conecta con el contexto actual. “Nos encontramos en medio de un viraje ideológico en el que muchos ya no saben ver al otro o lo miran con una absoluta falta de empatía”. Por eso estas obras importan: no solo cuentan lo que pasó, sino que aspiran a educar la mirada para que no vuelva a pasar.