Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
El País, 29 de junio de 1996
Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
El País, 29 de junio de 1996
Por JOAQUÍN ESTEFANÍA, El País, 17.05.26
Cuánto de lo que ha sucedido, o va a suceder, en las elecciones andaluzas, extremeñas, aragonesas o de Castilla y León tiene que ver con las condiciones materiales de sus ciudadanos, y cuánto con cuestiones de identidad. Es plausible que lo mismo se ande preguntando Keir Starmer, el hasta ahora líder del laborismo británico, que ha descendido a velocidad de vértigo desde la mayoría absoluta a los abismos electorales en las elecciones municipales y autonómicas del Reino Unido. Salarios bajos, contratos a tiempo parcial no por voluntad propia o fijos discontinuos, un coste de la vida cada vez más elevado, la precariedad laboral (los trabajadores pobres), la búsqueda de ingresos extra para ahorrar, afrontar gastos imprevistos o pagar la vivienda (en propiedad o alquiler). Por qué un país es capaz de soportar un paro del 20% de su población activa o un desempleo juvenil del 50%, como se repitió en otras épocas, y no aguanta tasas de inflación de dos dígitos, ni siquiera de un 4%, 5%, 6%, etcétera.
España es el país que más crece y más empleo crea entre los grandes de Occidente. Sus cifras proporcionan una radiografía bastante equilibrada y exitosa de 49,68 millones de habitantes, un índice de precios al consumo del 3,2%, un producto interior bruto que crece al 2,7% en medio de todas las dificultades, y una tasa de actividad del 58,86%. Luego está el reparto de ese crecimiento, que es un poco menos desigual cada ejercicio, pero que todavía describe situaciones lacerantes: más de una cuarta parte de la población está en riesgo de pobreza o de exclusión social; ocho de cada 100 españoles se encuentra en situación de carencia material y social severa, y hay el mismo porcentaje de familias que llegan a final de mes con dificultades; más del 36% de los ciudadanos tiene problemas para afrontar gastos imprevistos (cambiar de frigorífico, afrontar la primera comunión de un hijo o una boda…); finalmente, más de una tercera parte de la población es incapaz de salir de vacaciones al menos una semana al año. ¿Votan estas cohortes de población?, y si lo hacen, ¿a quién depositan su voto?
Si las guerras de Ucrania y de Irán y el bloqueo continuado del estrecho de Ormuz no lo impiden —esto es, si la geopolítica no interrumpe la tendencia—, este año podemos juntarnos en territorio español alrededor de 150 millones de personas, en caso de que coincidiésemos todos: los 50 millones de autóctonos a los que nos aproximamos y los 100 millones de turistas que llegarán del exterior. ¿Hay infraestructuras para todos?, ¿carreteras, aviones con queroseno, agua, servicios sociales como los de la sanidad pública, etcétera? Este país está “fabricado” para menos gente. El incremento de población se ha producido en muy pocos años, y el aumento y la mejora de las infraestructuras y los servicios sociales no lo acompañan al mismo ritmo.
¿Tendrá ello que ver con las obsolescencias, averías o pérdidas de eficiencia como las que se han explicitado en los últimos tiempos en forma de consecuencias de danas, trenes detenidos o a menos velocidad, apagones…? El sentimiento de una parte de la población es que sus condiciones de vida empeoran. Según la OCDE, el salario medio español está prácticamente estancado desde hace tres décadas. El PIB dividido por la población se mantiene prácticamente inmóvil, y los bajos salarios son la consecuencia directa de esa realidad.
Administrar para 150 millones de personas supera anteriores dificultades. La respuesta al “¡que España funcione!” de hace más de cuatro décadas es más complicada y tiene diferentes componentes. Cualquiera que gane las elecciones generales y haya de gobernar deberá tener en cuenta una demografía que contempla, al mismo tiempo, la baja natalidad estructural, el envejecimiento acelerado, la creciente dependencia de los flujos migratorios para sostener el mercado laboral y las pensiones públicas, etcétera. En una sociedad democrática habrá que desviar hacia las nuevas realidades las mejoras graduales después de un ciclo que está agotándose porque la sociedad es distinta.
Jóvenes machistas a cara descubierta, cantando a gritos, a la puerta de una iglesia, tras haber votado mayoritariamente en contra de admitir a mujeres en su procesión de penitencia porque "la tradición es la tradición". España 2026. El fascismo se extiende como una mancha, como un tufo de aceite.
Tienen las de perder, pues ya hay jurisprudencia al respecto tras la denuncia de una mujer en Tenerife. En esta ocasión, el Estado actuará de oficio y los llevará a los Tribunales.
Desde un análisis semiótico, la foto es un filón: fíjense en las caras, las posturas, los uniformes, las varas con cruces que más bien parecen armas en forma de lanzas... Parecen célibes involuntarios (incels), de esos que follan poco, pero joden mucho. Esa misoginia...
Alguien debería explicarles cuántas tradiciones hubo que acabaron desapareciendo, como quemar mujeres, someterlas a la ablación, o tirar cabras desde un campanario.
En Sevilla y en otras ciudades, afortunadamente, las procesiones son inclusivas desde hace mucho tiempo. cmg2026
Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
De la colonia penitenciaria de Tefía a las terapias aversivas de los setenta, nuevos ensayos, novelas, cómics, películas y series investigan la brutal persecución y represión del colectivo LGTBI durante la dictadura.
Por ALEX VICENTE, El País, 20/12/25
Durante décadas, el franquismo convirtió el deseo homosexual en delito, la intimidad en expediente psiquiátrico y la diferencia sexual en sinónimo de peligrosidad pública. Hubo redadas, centros de clasificación como el de Carabanchel y cárceles como la de Badajoz, donde se separaba a activos y pasivos, tras examinar la anatomía más íntima de los detenidos, para impedir cualquier posibilidad de penetración. Existieron colonias penitenciarias como la de Tefía, donde se encerraba a los invertidos que se atrevían a salirse de la norma. Y, ya casi en los setenta, algunos médicos se empeñaron en corregir la desviación a golpe de electroshock. Cuando el régimen empezó a resquebrajarse, esa violencia no se evaporó. Cambió de forma, se desplazó a nuevas instituciones y, pese a los avances legislativos, dejó una estela de miedo y silencio que se alargó hasta no hace tanto, si es que ya ha terminado.
Desde que el debate sobre la memoria histórica entró en la conversación pública hace un par de décadas, ese mutismo se ha ido reduciendo. En los últimos tiempos, hemos visto llegar una ola de novelas, ensayos, cómics, películas y series que narran e investigan la persecución y la represión de la población LGTBI durante la dictadura, así como su prolongación en el periodo democrático. No son solo testimonios, sino también gestos de restitución, que devuelven la dignidad a quienes el régimen redujo a la categoría de “vagos y maleantes” y obligan a observar el engranaje que hizo posible esa brutal cacería. El fenómeno dialoga con las políticas contemporáneas de memoria y con el nuevo interés social por los relatos de reparación. Pero también funciona como advertencia: si ya ocurrió una vez, puede regresar de formas menos ostentosas, pero igual de eficaces.
En el reciente ensayo Sexo en el franquismo (Almuzara), que recorre las costumbres eróticas de los españoles durante cuatro décadas de dictadura, el sociólogo Manuel Espín accede al asunto por un umbral original: el escaparate de la camaradería viril, esos espacios exclusivos para hombres, del cuartel al gimnasio, donde el culto a la hombría dejaba entrever un evidente homoerotismo.
“Los regímenes fascistas exaltan el cuerpo masculino y la disciplina física, pero ese mismo ideal de virilidad termina generando una tensión que se niega a sí misma”, explica Espín. Mientras tanto, el régimen perseguía con ferocidad a los homosexuales, tildados de “viciosos y pervertidos”, que se exponían a detenciones, fichas policiales, encarcelamientos e incluso al internamiento en correccionales. Aunque, más que la sanción administrativa, pesaba el estigma social que la acompañaba. “En el Reino Unido la homosexualidad estuvo prohibida hasta los años cincuenta, pero existían niveles de tolerancia. En Francia, también hubo cierta permisividad. En España eso no se da, porque la represión social es mayor. La gente no temía tanto la multa o la noche en la cárcel como la vergüenza. Que una persona fuera señalada en una de estas situaciones suponía la muerte social en vida”.
La condena moral, con la Iglesia católica como sostén doctrinal del régimen, acabó convertida en texto legislativo. En 1954, Franco firmó una reforma de la Ley de Vagos y Maleantes que incorporaba a los homosexuales en la lista de individuos peligrosos para la sociedad, junto a mendigos, proxenetas o rufianes. El texto permitía su reclusión en cárceles o colonias “de trabajo” por un periodo de hasta cinco años prorrogables y la imposición de oscuras medidas de “vigilancia especial”. Ya en el tardofranquismo, las descargas eléctricas y otros tratamientos que prometían erradicar la homosexualidad fueron avalados por Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos del Ejército franquista, o Juan José López Ibor, referente de la psiquiatría nacionalcatólica, convencidos de que se trataba de un trastorno corregible.
El historiador Javier Fernández Galeano, profesor de la Universidad de Valencia, lleva casi dos décadas investigando la represión del colectivo. En 2025, ha publicado dos ensayos sobre la cuestión: Obscenidad queer (Bellaterra), donde sigue el rastro de lo que el régimen consideraba indecente en expedientes judiciales e informes de censura, y Gestos en la noche (PUV), a partir de los expedientes de peligrosidad social en la Comunidad Valenciana. “Al principio costó tratarlo como un tema de investigación, porque se consideraba una experiencia muy minoritaria y no se veía como un asunto legítimo”, afirma el profesor, que hizo su doctorado en la Universidad de Brown, uno de los centros de la prestigiosa Ivy League, porque nadie en España se interesaba por el asunto. Por eso, los primeros estudios llegaron desde el periodismo y no desde la academia: ahí está El látigo y la pluma, de Fernando Olmeda, ensayo ya clásico de comienzos de los dos mil, que Dos Bigotes, sello especializado en temas queer, reeditó en 2023.
Para Fernández Galeano, el punto de inflexión llegó con la apertura de los archivos, medio siglo después de los delitos. El historiador descubrió en ellos un catálogo de represión, pero también una huella involuntaria de la existencia de una profusa subcultura homosexual y transgénero. “Por un lado, es esencial conservarlos para denunciar una política sistemática de penalización de la disidencia sexual, que imponía una imagen distorsionada del colectivo”, dice Fernández Galeano. “Y, al mismo tiempo, aunque la burocracia actuara con violencia y humillación, esa tenacidad al documentar sus vidas recogió trazos materiales que de otra forma se habrían perdido: cartas, fotos, testimonios… Hay que aprender a leer entre líneas, a escuchar los susurros de lo que se dice sin decir. Como decía Foucault, la represión saca a la superficie relaciones que de otra manera permanecerían invisibles”. De esos documentos en archivos municipales y regionales emerge una cartografía de lugares de encuentro, rituales de identificación e iconos culturales y eróticos.
En España, el control de la población LGTBI tuvo una rigidez particular, porque la persecución se manifestaba también en el día a día. “Existía un entramado institucional dirigido a asegurar la conformidad social. Cuando se detenía a un homosexual, testificaban el párroco, el alcalde, la Guardia Civil, la policía, el empleador y los vecinos”, subraya Fernández Galeano. La vigilancia se ensañó con transexuales y travestis, que se empezaron a identificar con ese nombre a finales de los sesenta. “La pluma era la alerta que llamaba la atención de la policía, sobre todo en ciudades como Barcelona o Madrid, en conexión con el mundo del espectáculo y el trabajo sexual”, explica el historiador. Ahí se concentraban las detenciones, cortando las redes de solidaridad que empezaban a tejerse: “El objetivo era claro: evitar que se consolidara una cultura propia, basada en el apoyo mutuo y la aceptación social”.
En los últimos años, el estudio de esa represión se ha ido filtrando en la ficción, convirtiendo en más accesible un material áspero por definición. Sin ser el tema principal del libro, dos de los personajes de La península de las casas vacías (Siruela), José y Jacobo, primos y soldados en el bando republicano, vivían una historia de amor clandestina. Mientras tanto, Nando López relata en Los elegidos (Destino) la historia de Santos, un joven bibliotecario y director de un grupo de teatro universitario, y Asun, una cantante de copla que renuncia a los escenarios para casarse con él. Tras esa fachada de matrimonio convencional se esconde una verdad clandestina: Santos es homosexual y ese matrimonio, en pleno franquismo, es su manera de sobrevivir justo cuando la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes convierte a los hombres de su condición en delincuentes.
Para el autor, la proliferación de relatos sobre el colectivo LGTBI en tiempos de dictadura también habla de las ansiedades del presente. “Antes de escribirlo, sentí que había derechos conquistados que volvían a peligrar, con el auge de la extrema derecha, y comprendí que parte de esa vulnerabilidad venía del desconocimiento de la historia”, afirma López, escritor y dramaturgo nacido en 1977. Por eso, más que recrearse en el aparato represivo, la novela habla de los mecanismos cotidianos de control. “Para algunos fue peor el estigma que la represión física”, dice el escritor, que quiso sacar su relato de un nicho de mercado para llegar a un público muy amplio. “Si solo nos contamos nuestras historias entre nosotros, caemos en la endogamia. Igual que durante años el colectivo tuvo que reflejarse en historias heterosexuales, ahora me gustaría que los lectores heterosexuales se reflejaran en las nuestras”. La novela ya va por su quinta edición y se prepara una adaptación al cine.
En Una luz tímida (Seix Barral), Àfrica Alonso rescata del silencio la historia de Isabel y Carmen, dos maestras que vivieron su amor en la clandestinidad durante el franquismo. La novela, inspirada en su propia obra teatral de 2020, surge de una necesidad. “No encontraba este tipo de historias en la cartelera. Sentí la urgencia de dar voz a quienes murieron sin que nadie conociera su historia”, sostiene Alonso, que se basó en una historia real que tuvo lugar en Catarroja, cerca de Valencia.
Las mujeres lesbianas padecieron un tipo específico de represión. Apenas aparecían citadas en las leyes, sobrevivían camufladas en la amistad y el sigilo, se reconocían con claves mínimas (“¿eres librera?”), y solo asomaban con más nitidez en los márgenes de ciertos círculos culturales. Si la homosexualidad masculina se interceptaba en el espacio público y se castigaba con palizas y penas de cárcel, la represión de las mujeres llegaba a través del aparato doméstico. Ahí se sitúa Una luz tímida, que describe una violencia de puertas adentro que lleva al entorno de una de las protagonistas a internarla en un hospital. Cuando logra salir, deberá convivir toda la vida con una herida profunda: tener que renunciar a su familia por su sexualidad. Alonso, nacida en 1995, cree que el mutismo respecto a este trauma colectivo ha tenido efectos nefastos. “Hemos creído que el silencio reparaba, cuando solo repara la palabra”, opina. “No lo hemos transmitido a las generaciones jóvenes, y mientras tanto la extrema derecha ha tenido un acceso directo a sus cabezas”, dice.
Otras disciplinas se han sumado a esta ola. En 2018, el cómic El Violeta (Drakul) fue de los primeros en convertir en relato gráfico los métodos de castigo contra la disidencia sexual. Más recientemente, Que no se olvide (Salamandra) ha retomado esa memoria a partir del testimonio de represaliados. El documental Un hombre libre recupera la figura del escritor Agustín Gómez Arcos, víctima de una doble condena por ser homosexual y crítico con el régimen. Y la película Els mals noms, premiada en el pasado festival de Sevilla pero aún pendiente de distribución, desmonta la leyenda negra de La Pastora, nombre con el que fue conocido Florencio Pla Meseguer, persona intersexual y uno de los últimos maquis valencianos, que sufrió un acoso continuo. “Hay más casos que el de Lorca o el Grupo Cántico, muchas historias que aún no se han contado”, dice su director, Marc Ortiz Prades. “Es importante ver cómo esa represión llegaba al pueblo más pequeño, al sitio más recóndito. Entender esto nos ayuda a entender cómo somos como sociedad”.
Ese impulso lo comparte también la serie Las noches de Tefía (Atresplayer), que en 2023 puso en primer plano un episodio todavía desconocido para muchos: la colonia penitenciaria de Fuerteventura donde el franquismo confinó a centenares de homosexuales. “Es esa ley del silencio que impuso el franquismo. Y esa ignorancia no es inocente: a algunos les interesa que siga existiendo”, dice su creador, el dramaturgo Miguel del Arco, que se inspiró en Viaje al centro de la infamia, de Miguel Ángel Sosa Machín, novela de 2006 sobre un grupo de jóvenes reclusos.
En la serie, que alterna los años sesenta y la actualidad, el pasado no aparece conservado en formol, sino reflejado en el presente. “Me dio miedo que lo quisieran convertir en un Élite ambientado en un campo de concentración”, ironiza Del Arco. “Al final, no tuve una sola línea roja. En el capítulo seis, me cargué a Franco en una ucronía asumida: necesitaba incorporar una brizna de luz”. Ese gesto conecta con el contexto actual. “Nos encontramos en medio de un viraje ideológico en el que muchos ya no saben ver al otro o lo miran con una absoluta falta de empatía”. Por eso estas obras importan: no solo cuentan lo que pasó, sino que aspiran a educar la mirada para que no vuelva a pasar.