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05 abril 2026

Quieren tradición

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El letrero aparecía en un lugar prominente en cuanto se entraba en la página web del periódico, con esa pulsación de apetencia ansiosa que gusta tanto a los publicitarios: “Quiero tradición”, “Quiero Semana Santa”. Era un anuncio turístico de la Xunta de Galicia, pero cuando esas dos frases aparecían sin previo aviso era también una afirmación de visceralidad muy propia de estos tiempos: por una parte, la visceralidad de los deseos urgentes del consumo; por otra, la del apego a lo propio, a lo originario, y, en último extremo, a lo religioso, en su versión más exterior y contrarreformista, más enraizada en el predominio de tantos siglos de la Iglesia católica sobre la vida española, a costa siempre del pluralismo político y la soberanía de los poderes públicos.
Cuando yo era joven la palabra “tradición” tenía un sentido negativo para las personas progresistas, porque venía asociada a lo peor de nuestra historia. Tradición significaba dictadura, oscurantismo, conformidad con lo establecido, atraso. Tradición eran los coros y danzas y los tronos de Semana Santa custodiados por la Guardia Civil en uniforme de gala y los quelonios franquistas desfilando lentamente junto a los clérigos en las procesiones. Tradición era el reverso de todo lo que ansiábamos: era el apego a lo peor del pasado, y lo que nosotros queríamos era el porvenir; era el fanatismo de lo autóctono, cuando nosotros aspirábamos a que nuestro país se abriera al mundo y abrazara las libertades que eran comunes más allá de nuestra frontera; tradición era borrar la historia real y sustituirla por fábulas patrioteras de conquistas gloriosas y resistencia al enemigo exterior; tradición era identificar lo español con lo católico.
Queríamos, y algunos de nosotros lo queremos aún, romper con aquellas tradiciones escleróticas para adherirnos a la gran tradición ilustrada de la libertad de expresión, el pensamiento crítico, el debate abierto y libre, el gobierno de las mayorías, el imperio de la ley, el respeto y la protección a las minorías y a los derechos individuales. El laicismo y la educación pública estaban arraigados desde hacía al menos un siglo en otros lugares del mundo, pero para nosotros, en los años setenta del siglo pasado, eran reclamaciones urgentes, sueños que parecían más prácticos precisamente porque se correspondían con lo habitual en otros países.
Hace 40 años justos, en el gran clamor festivo de las primeras elecciones libres, todo esto parecía accesible. Ahora comprobamos, no sin desolación, que en gran parte seguimos en las mismas, con la diferencia de que ya no hay ninguna fuerza política ni medio de comunicación que reivindique abiertamente los ideales ilustrados y laicos, y de que defenderlos a cuerpo limpio se ha vuelto más difícil y más arriesgado que en cualquier otro momento de las últimas décadas.
Viajo por Andalucía y una lectora veterana me recuerda artículos que yo publicaba en la edición regional de este periódico hace más de 20 años, cuando la dirigía Soledad Gallego-Díaz. En esa época los socialistas llevaban gobernando en España y en Andalucía más de 10 años (en Andalucía eso no ha cambiado). Yo solía escribir aquellas columnas en un estado de estupor que con frecuencia se convertía en abierta indignación. Me causaba estupor y me provocaba cada vez más indignación que las tradiciones más decrépitas del folclorismo y el oscurantismo, en vez de disiparse poco a poco, cobraran más fuerza que nunca convertidas ahora en rasgos obligatorios de una identidad andaluza inventada a toda prisa, e impuesta por la televisión oficial con un gasto de dinero público que se escatimaba para tareas de verdad necesarias, como la dignidad de la enseñanza pública. Me parecía inaceptable que por beatería, conformismo o cinismo electoral las autoridades democráticas desfilaran en las procesiones de Semana Santa con la misma reverencia con que lo habían hecho los mandamases franquistas. Mi lectora se acuerda de un artículo que publiqué en 1996, Andalucía obligatoria. Lo escribí al enterarme de que entre los cursos de capacitación del profesorado que programaba la Consejería de Educación de la Junta había uno consagrado al “espíritu rociero”. Nunca he escrito nada que provocara reacciones más agresivas. Eran tiempos anteriores a las redes sociales, pero ya abundaban las unanimidades ultrajadas: el periódico publicó una carta furiosa firmada contra mí por sesenta y tantos usuarios de los cursos de espíritu rociero, entre ellos un obispo.
Han pasado 21 años desde entonces. Hay cosas que uno escribe y que aspira a que puedan durar, en la medida incierta en que duran las cosas humanas. Hay otras que preferiría que se quedaran obsoletas, que sirvieran si acaso para atestiguar rebeldías que lograron sus objetivos, causas dignas que ya no es preciso seguir defendiendo. Viajando por Andalucía y escuchando a personas razonables que me dicen en privado lo que ya no se atreven a decir en público y ni siquiera en voz muy alta, me doy cuenta de que lo más triste de todo no es que un artículo escrito hace más de 20 años siga teniendo actualidad: es que las cosas, en Andalucía y en cualquier otro sitio de España, probablemente han ido a peor. Lo que hace 20 años fueron unas cuantas cartas al director y algunos anónimos enviados por correo sería ahora un acoso asfixiante en las redes sociales. En 40 años de democracia no ha arraigado ninguna de las tradiciones democráticas que hubieran debido sembrarse desde del principio. Para lo que ha servido el paso del tiempo ha sido para fortalecer prejuicios, no para suavizarlos o borrarlos. En vez del pensamiento crítico, que por naturaleza es individual y tiende a la disidencia, se han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime. Cuanta menos historia se enseña y mayor es la ignorancia del pasado inmediato, más fuerza tienen los orgullos identitarios: cuanto más sagrada es una tradición, más innecesario y hasta peligroso se vuelve el conocimiento verdadero. Sociedades clientelares y estancadas que necesitarían el flujo vivificador de la crítica y el debate abierto se sumen en una conformidad paralizadora, muy adecuada para el mantenimiento de privilegios sociales y hegemonías políticas, en un miedo al arcaico “qué dirán” que es tan dañino para la conciencia como para el despliegue provechoso de las capacidades y las iniciativas que favorecen la prosperidad. No callar es más arriesgado ahora que en 1996, pero es igual de necesario; aunque uno sospeche que, visto lo visto, también es superfluo. EL PAIS, 29.04.2017

15 noviembre 2025

50 años sin Franco

La democracia española no solo tiene el derecho sino la obligación de explicar a los jóvenes qué fue el franquismo



Este miércoles el Gobierno pone en marcha el programa de actos destinado a conmemorar los 50 años de la muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975 y el reestreno de las libertades en nuestro país. Acertarán los organizadores si las actividades conmemorativas ponen en valor la trascendencia de nuestra democracia y la desgraciada condición histórica previa: la desaparición de un general del Ejército que ejerció el poder dictatorial hasta el final, incluidas cinco penas de muerte firmadas dos meses antes de morir. Errarán si los actos del aniversario se utilizan para la lucha partidista o para acrecentar la polarización.


Desde la victoria en la Guerra Civil, en 1939, Franco mantuvo bajo sus manos la dirección del poder ejecutivo, legislativo y judicial ajeno a cualquier forma de control político o democrático de las instituciones del Estado: una dictadura unipersonal con la existencia de un único partido tolerado, el de los vencedores de la guerra: primero Falange, después renombrado como Movimiento Nacional. Esa fue toda la libertad política de la que disfrutaron los españoles durante las cuatro décadas del franquismo. Un régimen que aprendió a adaptarse a las circunstancias históricas cambiantes y apenas se vio dañado por las actividades clandestinas de los distintos grupos de la oposición política y el exilio, pese a la perseverancia en la lucha de muchos de ellos a lo largo de décadas, sin rendirse ante la persecución sufrida con el ensañamiento propio de dictaduras militares y con una prensa literalmente amordazada.


Recordar medio siglo después de la muerte del dictador cosas tan obvias no es una redundancia ni debería provocar división alguna entre los españoles, que son hoy, muy mayoritaria y felizmente, conscientes de su ciudadanía democrática. Recordarlo constituye un deber democrático en particular hacia aquellas generaciones que ni conocieron ni tienen por qué conocer el origen complejísimo de la democracia que hoy habitan. Los inquietantes datos de las últimas encuestas, tanto del CIS como la de 40dB., muestran una creciente tolerancia de los jóvenes a regímenes autoritarios —como lo fue la dictadura aquí— y una cierta banalización de lo que significó el franquismo.


Entre los jóvenes, más del 20% tiene como opción preferible a Vox, un partido político que definió en las Cortes al franquismo como una etapa de progreso y reconciliación. El régimen que impuso Franco a partir 1939 y hasta su muerte en 1975 extinguió la libertad de prensa y la libertad de expresión —prohibidas por ley—, situó a la mujer en un lugar subsidiario en la sociedad, asfixió cultural y lingüísticamente a las comunidades con una lengua distinta del español, persiguió con ferocidad cualquier alternativa a la heterosexualidad, canceló la vida civil y profesional de los derrotados que sobrevivieron a la victoria franquista en el interior y mantuvo en el exilio a decenas de miles de españoles bajo la acusación de ser antiespañoles, mientras la enseñanza estuvo monopolizada por el catolicismo más preilustrado de la Europa contemporánea.


Ante la corriente autoritaria que vuelve a recorrer el mundo occidental usando las reglas de la democracia para dinamitarla desde dentro, es una obligación propiamente democrática la explicación veraz de las condiciones de existencia bajo la dictadura franquista. La añoranza que expresan los líderes de Vox o el blanqueamiento tentativo que otras derechas operan sobre el franquismo constituye una carcoma civil que desdibuja a un régimen que puso por encima de cualquier cosa su perpetuación a través de la persecución, el encarcelamiento y el asesinato de quienes aspiraban a restituir en España unas libertades homologables con la Europa que surgió de la posguerra mundial y como las que hoy disfrutamos.


Las críticas iracundas a una conmemoración tan redonda en cifra, y tan desgraciadamente necesaria dado el contexto global, son puro oportunismo partidista. Recordar el franquismo les viene mal ahora a los aspirantes a La Moncloa y a sus sherpas mediáticos porque los resultados electorales y todas las encuestas anticipan que el PP necesitará de Vox para gobernar, y Vox no condena el franquismo. Editorial de El País, miércoles 8 de enero de 2024


Ilustración de Pedro Vera en el libro “Francofacts” (Pasado & Presente, 2025)


04 agosto 2024

Animales líquidos: por qué meternos en el agua nos sienta tan bien

Por MAR PADILLA, El País, 4 de agosto de 2024

Una mujer nada durante un chubasco el día de su cumpleaños, en la Costa de Bohuslän, en Suecia, en 2023.Jonas Bendiksen (Magnum Photos /Contacto)

Hace milenios que los humanos intuíamos los beneficios del líquido elemento, pero hasta hace muy poco la ciencia no lo había estudiado detenidamente.


No sabemos por qué, pero nos gusta sentirnos inundados por la idea del agua y su extraña —casi mágica— compañía. A veces no hace falta ni tocarla, con recordarla nos basta. “Quiero volver a tierras niñas, llévenme a un blando país de aguas”, escribió Gabriela Mistral.


Todos tenemos recuerdos acuáticos. Una investigación de la Universidad de Sussex pidió a 20.000 personas que registraran sus sentimientos en diferentes momentos a lo largo de su vida, y el resultado fue que una inmensa mayoría relacionaba sus momentos más felices con el agua. El asombro infantil ante la playa amarilla y azul, aquellas risas sazonadas con miedo ante los devaneos de una barca en alta mar, esos besos acuáticos, al punto de sal, o aquel camino ante un mar oscuro como nuestro pesar. “Di un paseo por el océano, comencé a nadar y perdí de vista la tierra; mi tiempo se acaba”, canta la banda de punk australiano Radio Birdman en Descent into the Maesltrom, basada en el cuento casi homónimo de Edgar Allan Poe.


Son retazos en carne viva que rememoramos ante viejas costas o en nuevos paisajes marítimos, al contemplar la playa de Agua Amarga, en Almería, junto al malecón habanero, paseando en los arenales daneses frente al Báltico de Nykobing o sumergiéndonos en la dulce ría de Arousa. Frente al mar, somos ya otros.


Dicen que nuestra vieja historia de amor con el agua tiene mucho que ver con el recuerdo del refugio amniótico, en el útero de nuestra madre. Y también por la indeleble huella del primer organismo unicelular de hace millones de años. Nos lo advirtió el filósofo británico Alan Watts: “No viniste a este mundo. Saliste de él, como una ola del océano. No eres un extraño aquí”. Entre el cielo y la tierra somos criaturas fronterizas que, de asombro en asombro, se sienten hermanadas en las infinitas transmutaciones “del mar vivo del gran mundo”, leemos en El libro del agua y el fuego: El enigma de Louis Cattiaux, de Raimon Arola (Herder, 2022).

Nos creemos criaturas de campo, montaña o ciudad, pero el agua es también nuestro territorio. En el agua “te sumerges en otra dimensión donde rigen otros valores más elementales. Y mientras nos esforzamos por mantenernos a flote, recuperamos nuestra olvidada condición de animales”, explica por teléfono María Belmonte, autora de El murmullo del agua (Acantilado, 2024).

Sangre y sodio

Somos una de las muchas formas del agua, y asumirlo es una purificante bendición. “Cada uno de nosotros llevamos en nuestras venas la corriente salina de nuestra sangre, en la cual el sodio, el potasio y el calcio se hallan en proporciones muy semejantes a las que existen en el agua del mar”, explicó la bióloga marina estadounidense Rachel Carson en El mar que nos rodea, publicado en 1951.


De los océanos venimos y “por eso sumergirnos nos restaura”, afirma por videollamada Easkey Britton, doctora en Medio Ambiente y Sociedad por la Universidad Nacional de Irlanda. “Al meternos en el agua, especialmente si es fría, nos sentimos muy bien. Nos ayuda a conectar con otros y con nosotros mismos”, añade. Después de un baño de mar estamos más presentes, menos distraídos. “Vivimos una especie de reset del sistema nervioso”, según Britton, autora de Ebb and Flow (Flujo y reflujo, sin edición en español; Watkins, 2023).


Nuestra salud, tanto física como mental, está intrínsecamente ligada a la naturaleza. Hace milenios que el humano conoce el poder curativo del agua, pero hasta hace poco la ciencia occidental no lo había estudiado detenidamente. Ahora, la pérdida de interacción entre el ser humano y los espacios abiertos se relaciona con los trastornos mentales. Y nuevas investigaciones demuestran que pasar tiempo cerca del agua —dentro, frente o sobre ella, en alta mar, en la costa, en un río, un lago o un estanque— es un gran reconstituyente. El simple hecho de contemplar el agua reduce la presión arterial, la frecuencia cardiaca, y provoca rápidos cambios psicológicos y fisiológicos beneficiosos en el cortisol salival, el flujo sanguíneo y la actividad cerebral.


Esos estudios desarrollados por Britton y otros investigadores confirman que ante la presencia del agua disminuye el estrés, la ansiedad y la depresión. “El agua nos ayuda a mejorar nuestro estado físico y mental. De alguna manera nos devuelve a la conciencia de nuestro cuerpo”, explica Easkey, que también es una de las mejores surfistas de Europa —su padre le regaló su primera tabla con cuatro años—, cuyo nombre significa algo así como “pescado abundante” en gaélico.

El agua nos calma. En contacto con ella, nuestras conexiones neuronales reaccionan llevándonos a un estado de sedación que el biólogo marino Wallace J. Nichols denomina “azul”, según detalla en su libro Blue Mind (Mente azul, sin edición en español; Back Bay Books, 2015). Ante el agua, nuestros neurotransmisores para sentirnos bien se disparan: las endorfinas nos dan sentimiento de euforia; la dopamina nos ofrece sensación de novedad y recompensa; la oxitocina nos aporta la sensación de confianza y calidez, y la serotonina nos da un chute de relajación y satisfacción. Es el concepto de la terapia azul, la idea de sumergirnos en espacios azules. Pasar tiempo en ese tipo de espacios también nos beneficia porque incita a la actividad física, a socializar, a mejorar nuestra creatividad y nuestra autoconciencia.

Por eso después de un buen chapuzón sentimos paz y una maravillosa sensación de unidad con el entorno. Y, a la vez, nos sentimos tonificados, con una renovada energía.

Es como si hubiéramos restaurado nuestro cuerpo y nuestra mente, como si viviéramos un nuevo comienzo, como si estrenaras una nueva piel. “El mar ahoga el rastro”, escribe Herman Melville en Moby Dick.

Dinosaurios bajo la lluvia

No es fácil desentrañar el misterio acuático. Por la ciencia sabemos que desde hace cuatro millones de años hay la misma cantidad de agua en el planeta Tierra. Y esa “misma” agua se refiere también a que es exactamente el mismo elemento que ya llovió sobre los lomos de los dinosaurios.


Lo que no sabemos es cómo el agua llegó a nuestro planeta. Quizás fue un meteorito, o tal vez porque hace miles de millones de años el planeta se enfrió tanto que el vapor acabó condenándose en forma de agua. Lo que sí se sabe es que a lo largo de siete octavas partes de la historia de la vida en nuestro planeta ha existido y se ha desarrollado exclusivamente en el mar, donde surgieron esponjas, gusanos, medusas, corales y artrópodos. Y que no fue hasta hace menos de 600 millones de años cuando los primeros organismos, por alguna razón, dejaron el agua y empezaron a poblar la tierra.


“Los ancestros de las ballenas estuvieron viviendo en la tierra y otros animales también. Pero después de un tiempo, muchos acabaron volviendo al océano. Es algo científico. Pero también es una imagen muy poética, ¿verdad? Demuestra la extraordinaria atracción del mar”, comenta por teléfono Patrik Svensson, escritor sueco y autor de Un inmenso azul (Libros del Asteroide, 2024).


El mar y la vida en la Tierra tienen una historia de 4.000 millones de años, mientras el ser humano racional nació hace aproximadamente 200.000 años. Para hacernos una idea, “si el globo terrestre tuviera un solo día de vida, el Homo sapiens habría existido 4 segundos”, detalla Svensson. Por eso la influencia del agua en nosotros es totémica. Porque venimos de ella y vivimos rodeados de ese elemento. Queda claro en la famosísima foto de la NASA publicada en la Navidad de 1972. La primera imagen del planeta visto desde el exterior —la fotografía más reproducida del mundo— es una pequeña canica azul, cálida, iridiscente y viva, flotando en un manto de oscuridad y frío espacial. “El nuestro es un planeta llamado de forma inapropiada Tierra, porque es claramente un océano”, observó el escritor Arthur C. Clarke.


Lo cierto es que vivimos en un gran contenedor de H₂O, repleto de vegetales y animales mutantes que son a la vez —en multitud de formas y tamaños— contenedores de agua. Como nosotros mismos. En un porcentaje muy alto, estamos hechos de ese material que tanta calma nos da. Al nacer, el 80% de nuestro cuerpo contiene agua, hasta disminuir al 60% en la edad adulta; nuestra agua corporal está distribuida en un 60% en las células, un 20% alrededor de ellas, un 10% en la sangre y otro 10% en los órganos. Y están hechos de agua el 95% de nuestros ojos, entre el 80% y el 90% de nuestra sangre, entre el 70% y un 85% de nuestro corazón, pulmones, riñones e hígado, el 75% de nuestra piel y el 22% de nuestros huesos. Tal vez por eso, al nadar y sumergirnos en la costa, cerca de una playa, nos sentimos completos.


“Investigando sobre el mar me he dado cuenta de lo vulnerable que es el océano. Yo también pensaba que el mar era un recurso infinito, tan poderoso y grande que nada lo puede afectar. Pero eso no es cierto. Hay que cuidarlo”, reflexiona Svensson desde las costas de Mälmo, en Suecia.


Se calcula que anualmente se matan entre dos y tres billones de peces, de los que solo una pequeña proporción llega a la mesa, porque la inmensa mayoría se pesca para transformarlos en pienso para alimentar otros animales. Hay que prestar atención a lo que queremos y preservar de la explotación salvaje lo que nos aporta tantos beneficios físicos y mentales.

Hay que proteger costas, playas y océanos, y no solo por el ecosistema en sí, sino por todo lo que nos ofrece y aporta en el terreno personal y social. Estos días de descanso, sumergidos en el agua, entre baño y baño, contemplando playas, ríos y lagos, quizás entendamos un poco mejor al poeta inglés Philip Larkin cuando dijo que si tuviera que crear una religión, sería una que idolatraría el agua.

27 julio 2024

Por qué los españoles no somos felices

Por ALEJANDRO CENCERRADO

El País, 27 de julio de 2024

Sin darnos cuenta, la confianza en los demás permea cada estrato de nuestra sociedad. En los países más felices del mundo la gente confía más en los demás y esto tiene peso en la fortaleza de nuestro estado de bienestar.

Pasé nueve años en Dinamarca tratando de entender por qué era el país más feliz del mundo. No lo entendí. Luego estuve siete años analizándolo de forma científica desde el Instituto de la Felicidad de Copenhague. Tampoco me ayudó demasiado. Finalmente, hace unos años encontré entre los datos una correlación que nunca había visto con tanta claridad entre dos variables subjetivas, la felicidad y la confianza. En los países más felices del mundo la gente dice confiar en los demás, y en los más infelices ocurre justo lo contrario.

En Dinamarca, el 74% de la población contesta afirmativamente cuando se le pregunta si cree que los demás son de fiar; en España ese porcentaje baja al 41%. Y resulta que estos porcentajes concuerdan a la perfección con los valores que ambos países reportan en satisfacción con la vida, según el informe de la Felicidad de las Naciones Unidas. Todos los países del mundo siguen esta misma tendencia.

Pasé mucho tiempo ignorando esta correlación porque no la entendía, ¿cómo va a ser la confianza la razón por la que los daneses son tan felices, con lo solo y aislado que me sentí allí por años? Sin embargo, con el tiempo he ido entendiendo que la confianza en los demás permea cada estrato de nuestra sociedad sin darnos cuenta.

Casi una década después, decidí volver de mi odisea nórdica a España. Nada más llegar a Madrid, la casera que me alquiló el piso me pidió la nómina y no sé cuántos meses de fianza y depósito. Nunca habían desconfiado tanto de mí en ninguno de los pisos que alquilé en Copenhague, y eso que allí yo era “el de fuera”. Un año y medio después, dejé aquel piso y la misma casera no tuvo problema en quitarme 150 euros en concepto de limpieza, aunque el piso había quedado impoluto cuando nos fuimos; hasta nos tomamos hasta la molestia de limpiar los cristales por dentro y por fuera. Por lo que me contaron después, llevarse demasiado dinero de la fianza es algo tan común en España que muchos inquilinos dejan de pagar el alquiler un mes antes para evitar quedarse indefensos si les ocurre.

Este aterrizaje turbulento en España me hizo ver algo de lo que me había olvidado tras tantos años en Dinamarca; que hay que andarse con cuidado. Probablemente, el que tienes al lado en la fila puede que se intente colar y esa comisión del banco seguramente no estaba en el contrato. Esta pillería me ha cambiado un poco el carácter, porque ahora me siento el único tonto que paga impuestos y que no está aprovechándose del sistema de alguna manera.

Durante la segunda ola del coronavirus, una amiga me contaba que en su empresa en Barcelona les habían hecho volver a la oficina, a pesar de que llevaban meses trabajando desde casa, porque los jefes no se fiaban realmente de que la gente estuviera trabajando. Mis colegas en Copenhague no salían de su asombro, ya que el teletrabajo era una práctica habitual allí mucho antes de que la pandemia lo pusiera de moda; e ir al trabajo estando malo ha sido siempre algo muy mal visto entre compañeros y jefes, ya que infectar a los demás con tu virus puede significar serias pérdidas para toda la empresa. ¿Qué sentido tenía hacer volver a la gente a la empresa con el riesgo que había de infectarse? La respuesta, incomprensible para un danés, es la desconfianza.

La desconfianza nos afecta de múltiples maneras, desde los inversores que no invierten en startups que podrían crear riqueza y empleo, pasando por jóvenes que no emprenden por no complicarse la vida, hasta políticos que no se ponen de acuerdo con los de enfrente o instituciones que te piden mil papeles para todo. En Dinamarca, por cierto, hacerse autónomo o divorciarse es tan fácil como abrirse una cuenta en Netflix. ¿Por qué es tan complicado aquí? Porque desconfiamos.

Pero si en algún lugar la confianza tiene peso, es en la fortaleza de nuestro estado de bienestar. Nueve de cada diez daneses dicen estar felices de pagar impuestos. No son más altruistas que nosotros, realmente no lo creo, es simplemente que confían en sus gestores. Gracias a esta buena disposición, los daneses tienen beneficios sociales enormes como universidad gratuita, másteres gratuitos y hasta una paga de 900 euros mensuales a todos los jóvenes hasta que superan la mayoría de edad, algo que alivia la incertidumbre de sus padres sobre si podrán financiar los estudios de sus hijos. A pesar de ser un país pequeño y sin recursos naturales, Dinamarca es muy rico porque ha sabido explotar como nadie su recurso más valioso, el capital humano. Múltiples investigadores han demostrado que la razón por la que los daneses son tan felices es precisamente su estado de bienestar.

Honestamente, no sé cómo podemos hacer los españoles para llegar a ese nivel de confianza. La confianza no es algo que venga solo, es necesario ganársela, y entre todos estamos consiguiendo hundirla. Vivimos en un país maravilloso al que todos los que hemos vivido fuera queremos volver; pero ojalá algún día consigamos esta última pieza que nos falta para lograr la excelencia.

23 diciembre 2023

Madrid, quién te ha visto y quién te ve

Por Carlos Martín Gaebler

Vecinos funcionarios que retiran placas en el cementerio de la Almudena con los nombres de los represaliados por el franquismo; vecinos universitarios de un colegio mayor que insultan a sus compañeras de la residencia de enfrente al grito de “Sois unas putas”; vecinos homófobos que gritan por las calles “Maricas, fuera de nuestros barrios”; vecinos ultras que le gritan a un ministro “Marlaska, maricón”; vecinos LGTB que ven recortados sus derechos; vecinos pijos que reclaman la libertad de tomarse una cerveza en un bar a la hora que les plazca durante un pandemia mortal; vecinos incultos y rencorosos que no se suman al duelo por la pérdida de la mejor escritora local y española en todo un siglo; vecinos conductores que reclaman su derecho a contaminar circulando por zonas de acceso restringido; vecinos al volante poco o nada amables con los ciclistas; vecinos futboleros que blanden en estadios la bandera nacional contra los aficionados de otro equipo español; racistas madrileños que insultan desde la grada a futbolistas negros por el color de su piel; vecinos integristas que cortan el tráfico de una calle rosario en mano; vecinos nazis que muestran la esvástica en concentraciones de extrema derecha; vecinos militares que acuden a concentraciones políticas con un arma al cinto; vecinos machistas que no condenan la violencia contra las mujeres o se desmarcan de los minutos de silencio por las víctimas; vecinos ultras que, para hacerse oír, increpan a mujeres que van a abortar; y ayer, un vecino concejal agredió a otro concejal con intención intimidatoria durante el pleno del Ayuntamiento, y a esta hora aún no ha dimitido. Madrid, caverna de fascistas impunes, quién te ha visto y quién te ve. cmg2023

Esta columna fue publicada el 9 de enero de 2024 en elDiario.es. Puedes leerla aquí.

14 abril 2023

Porque la República está en la naturaleza de las cosas


Por Vicente Verdú + El Roto

La República se ha convertido en un parque natural de la política española. Se trata de un espacio de la memoria colectiva, que habría que preservar como se hace con un paisaje muy singular o con las especies biológicas en peligro de extinción. Puede que los ciudadanos que vivieron aquel episodio nacional lo recuerden con la nostalgia de un sueño de libertad, igualdad y fraternidad o con el horror de un mal parto, que terminó en la tragedia de una guerra civil. Para muchos españoles que no conocimos aquel tiempo sino a través de libros y relatos melancólicos o envenenados, más allá de los tópicos en que ha llegado hasta nosotros, la República es ese futuro irreal e incontaminado al que, de momento, solo se puede llegar por el camino del romanticismo. Los más profundos poemas de amor se deben a poetas que han experimentado amores frustrados o prohibidos. Las mejores novelas de aventuras han sido escritas en la mesa camilla imaginando piratas en el ventanuco del patio de luces y, por supuesto, las pasiones más morbosas suelen proceder de escritores de vida funcionarial, muy ordenada. Probablemente la República hoy sería otra cosa si se hubiera proclamado un día de invierno con niebla, pero llegó un 14 de abril bajo la flor de las acacias y en el sentimiento popular está asociada a la primavera y a la Niña Bonita, el número mágico en la rueda de la fortuna. En las manifestaciones de protesta en la calle se ve crecer cada vez más alta la marea de banderas republicanas enarboladas por jóvenes, que sueñan con una primavera política, que limpie la suciedad de estos tiempos en que vivimos. La crisis económica unida a la basura de la corrupción, cuyo hedor no cesa de apoderarse de la sociedad, sin respetar siquiera la escalinata de la casa real, hace que, en medio del aire irrespirable, la República se haya convertido en ese parque natural que es necesario proteger, aunque solo sea para purificar la mente de los ciudadanos. No todo está perdido. En medio de la frustración, cada año, cuando se acerca el 14 de abril, muchos españoles divisan un espacio limpio por donde asoma el gorro frigio de aquella Niña Bonita con un mensaje de armonía y libertad. Tal vez se trata solo de un sentimiento, pero ahí está, creciendo más cada día. El País


Dibujo realizado por alumnos de un colegio público para su profesor como despedida del curso.

In memoriam: Días sin Verdú.

28 diciembre 2022

04 julio 2022

Vulnerables

Por LUIS GARCÍA MONTERO
 El País, 4 de julio de 2022

El orgullo que tomará las calles de Madrid el próximo sábado 9 de julio no tiene que ver con la prepotencia, sino con la reivindicación de que el bien común sólo es posible con el respeto a la diversidad.

La diferencia es un bien común. Lo que nos reúne para convivir no es la prepotencia sino la vulnerabilidad. Una conversación, un abrazo, un contrato social logran su mejor sentido cuando nacen de la conciencia de que necesitamos cuidar y ser cuidados. En estos días calurosos de verano, cuando el dios Marte ha subido los termómetros con su fuego y su virilidad, es una alegría llegar a casa, abrir las ventanas y dejar que el aire más compasivo del final de la tarde o de la noche entre en nosotros. Las calles de España también han abierto sus ventanas desde que se celebró el 28 de junio pasado el Día Internacional del Orgullo, una cumbre de libertad que culminará el próximo sábado en la manifestación convocada en Madrid.

Este orgullo tiene más que ver con la resistencia y la solidaridad que con la soberbia. Entre los objetos legados por Eduardo Mendicutti en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, está el original de su primera novela, Tatuaje. Nunca llegó a publicarse. Primero fue la censura franquista, pero después el propio Eduardo decidió no editarla. Comprobó que en sus páginas se había colado una homofobia interiorizada, una factura íntima de mala conciencia impuesta por la sociedad en la que había vivido. Vencer esa represión íntima resultó necesario para que brotasen la alegría, el humor, la libertad y el activismo colectivo que caracterizan la literatura de Eduardo Mendicutti desde Una mala noche la tiene cualquiera (1982).

El orgullo que tomará las calles de Madrid el próximo día 9 de julio no tiene que ver con la prepotencia, sino con la reivindicación de que el bien común sólo es posible con el respeto a la diversidad. Y más aún: la certeza de que el respeto al bien común necesita identidades libres que se reúnan, se reconozcan y se abracen. No sectarismos que se uniformen para fragmentar la convivencia.

31 enero 2022

Henri Peña-Ruiz. “La bandera actual de España es anticonstitucional. Tiene una cruz”

Este catedrático de filosofía francés, hijo de inmigrantes españoles y gran teórico de la laicidad, argumenta que la Constitución dice que ninguna religión debe tener carácter estatal

Por Marc Bassets

El País, 25.03.22


Henri Peña-Ruiz (Le Pré-Saint-Gervais, 72 años), hijo de inmigrantes españoles en Francia, es catedrático de filosofía y republicano. Lo es en un sentido amplio del término: apegado a la República francesa y a la española, cuya bandera ondea en su casa. Es de izquierdas, muy de izquierdas y, de acuerdo con esta tradición, también muy laico. Pero en la izquierda algunos le miran con desconfianza, porque el profesor Peña-Ruiz, autor entre otros libros de Dios y Marianne. Filosofía de la laicidad, cree que hay que aplicar a todos, también al islam, los principios de la laicidad.


PREGUNTA. ¿Qué es la laicidad?


RESPUESTA. Hay que quitarse de la cabeza el prejuicio que dice que la laicidad es antirreligiosa. Es sencillo: las leyes que organizan la coexis­tencia de los ciudadanos no han de depender de una cosmovisión particular. La Unión Soviética era antilaica: un Estado laico no es antirreligioso ni antiateo, sino neutral desde el punto de vista de la opción espiritual. No da privilegios a la religión ni con un reconocimiento oficial ni con dinero. La laicidad reposa sobre tres elementos. Primero, la libertad de conciencia, que no es solo la libertad religiosa. Se trata de la libertad de elegir una opción espiritual, sea la del creyente, el ateo o el agnóstico. Segundo, la igualdad de trato de todas las personas sea cual sea su opción espiritual, lo que debe impedir los privilegios para la Iglesia y para los ateos. Y tercero, la orientación del poder público únicamente por el interés común: no corresponde a un Estado laico financiar lugares de culto, sino lo público, hospitales, por ejemplo.


P. ¿Es España un Estado laico?


R. Es un híbrido. Hay rasgos evidentes de laicidad. La Constitución de 1978 dice: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Y está muy bien. Pero esto entra en contradicción con las atenciones particulares, reconocidas por la misma Constitución, a la Iglesia católica, diciendo que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”. ¿Por qué no mencionar a los ateos o agnósticos? Además, la bandera actual de España es anticonstitucional. Si el artículo 16 dice que ninguna religión tendrá carácter estatal, ¿por qué la cruz está encima de la corona? Esta bandera pone de relieve el cristianismo. Cuando la Constitución dice que todos los españoles serán reconocidos en igualdad de derechos, lo siento, pero el ateo no tiene los mismos derechos que el cristiano porque no se le reconoce un símbolo particular en la bandera. También se podría hablar de las escuelas concertadas, aunque en esto Francia no puede dar lecciones a España: la ley Debré de 1959 instala la financiación pública de las escuelas religiosas, y esto es antilaico.


P. ¿Qué amenaza hoy a la laicidad en Francia?


R. No me gusta hablar de laicidad francesa. La laicidad es universal, buena para todos los pueblos. El ideal-tipo puro, por hablar como Max Weber, no existe en ninguna parte, pero cada paso hacia este ideal es bueno. La laicidad en Francia tiene dos enemigos. Por una parte, la derecha identitaria, que quisiera restablecer a Francia como “hija mayor de la Iglesia”. Esas personas son laicas solamente contra los musulmanes. Por otra parte, está la transformación del islam en identidad colectiva, que, por ejemplo, impone el velo a la mujer. Hoy incluso hay una parte de la izquierda que no es tan laica como debería. Nadie admite los atentados terroristas, pero hay personas que les ven circunstancias atenuantes, que sienten compasión por estos musulmanes, que serían víctimas del racismo. Yo defiendo que hay racismo cuando se rechaza a las personas, pero no cuando se rechaza a una religión, porque ninguna persona se reduce a su opción espiritual. Si no, significa que solo la versión fanática de la religión es auténtica. Como decía Montaigne, “no hay que confundir la piel con la camisa”.


P. ¿Se siente incomprendido en la izquierda actual en su defensa de la laicidad ante el islamismo?


R. Hasta una época reciente la izquierda estaba de acuerdo con mi punto de vista. Pero ha surgido algo nuevo. Una parte de la extrema izquierda es indulgente con el islamismo. Considera que los inmigrantes y especialmente los inmigrantes de origen musulmán están más explotados, perseguidos y discriminados que los demás. Quizá sea verdad. Pero de esto yo no saco la misma conclusión que ellos, según la cual la laicidad participa de esta persecución. Primero, porque la laicidad impone reglas iguales para todas las religiones. Insisto mucho en recordar lo que hicieron los católicos con la Inquisición, no para relativizar, sino para mostrar que las exigencias que se impusieron a los católicos con la ley de la separación de las iglesias y el Estado deben imponerse a todas las religiones.


P. ¿Usted es creyente? ¿Ateo? ¿Agnóstico?


R. Por convicción laica, me incomoda responder. Le contaré una anécdota. Yo di clases de Filosofía durante 42 años. A veces los alumnos me preguntaban: “Señor Peña-Ruiz, ¿usted cree en Dios o no?”. Yo les contestaba: “No les voy a responder. Pero filosóficamente les explicaré por qué. Primero, es asunto mío, de la misma manera que nunca les preguntaré a ustedes si creen en Dios. El respeto de la esfera privada es un principio de la laicidad. Segundo, mi República francesa no me paga un salario para que exponga mi convicción personal. Estoy aquí para enseñarles a pensar. Un día leeré una página de san Agustín, otro de Marx, pero no significará que soy cristiano ni marxista, sino que quiero darles a conocer pensamientos importantes en la historia humana. Debo ser neutral. Y tercero, no responderé a la pregunta sobre si soy creyente o no, pero estoy muy contento de que me la hagan”. Y los alumnos me decían: “¿Por qué?”. Y les respondía: “Porque significa que nada en mi enseñanza les permite saber si soy creyente o ateo y que, por tanto, he respetado la neutralidad que supone la laicidad”.

15 enero 2022

Cutrespaña


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Diario de Sevilla, 28 de agosto de 2017

No escribo esta columna para glosar la calidad de vida en España, nuestra alegría vital, nuestro altruismo donante para salvar vidas, nuestra bendita propensión a besarnos y tocarnos; tampoco para reivindicar la riqueza multinacional y plurilingüe del Reino, o para constatar la satisfacción que sentimos cuando, tras una larga estancia en un destino lejano, aterrizamos en Barajas y volvemos a nuestra zona de confort. Hoy, quiero reflexionar, desde el civismo ilustrado, sobre la podredumbre social y ética de nuestro país, y desentrañar los modos y pensamientos del español rancio, del español/español.

Somos un país que no ha sido capaz de mirarse en el espejo de su pasado. Los españoles padecemos una amnesia histórica colectiva. Hay una España a la que las películas sobre la guerra civil le parecen todas tendenciosas, una España que nunca ha condenado el golpe de estado de 1936 (y otra España inmadura que no condena la dictadura venezolana), una España nacionalista que hace alarde de su idea patrimonialista de la patria de todos. Ante este escenario se hace necesaria una nueva transición, una que transite hacia una regeneración de nuestra democracia. Necesitamos reiniciar España.

Señala Manuel Rivas que los españoles tenemos la sensación de vivir empantanados en esa posdictadura que es la corrupción sistémica. Vivimos en un país de corruptos y chorizas impunes que siempre se salen con la suya. Un país que convierte la actividad futbolístico-comercial en Marca España. Luis García Montero suele afirmar que vivimos en un país de chiste, pero sin ninguna gracia.

Nuestra ancestral chulería/picardía va desde el aparco y fumo donde me da la gana hasta preguntar a un cliente si quiere pagar la factura “con IVA o sin IVA” para seguir engordando la economía sumergida. El españolazo gusta de decir coño y cojones (cuando no maricón) cada dos por tres. Durante demasiado tiempo, en lugar de educar en el respeto entre iguales, hemos insistido en educar solo en la tolerancia (se tolera desde una posición de superioridad moral). Y así nos ha ido. Por otro lado, siempre me ha llamado la atención que el castellano no tenga un término propio para el adjetivo inglés “law-abiding” (que cumple las leyes), aunque sí hay innumerables sinónimos de pícaro.

La telebasura que consumen a diario muchos conciudadanos es también responsable de la conformación de esta sociedad maleducada. Ante el tsunami audiovisual, leer hoy en día en España se ha convertido en una heroicidad de minorías. Parece que vivamos en un país compuesto por una clase televidente y otra leyente, a modo de una nueva versión de las dos Españas. A partir de ahora, nuestros adolescentes podrán obtener el título de la ESO con dos asignaturas suspendidas. El listón cultural cada vez más bajo. ¿Les suena de algo?

Este año se cumplen 40 años desde la restauración de la democracia y seguimos sin entendernos. España es un país ingobernable porque es autodestructivo. Un ejemplo de nuestra proverbial aversión al consenso es la incapacidad para reformar la tauromaquia de modo que no sea necesario matar a un toro ante una multitud que ha pasado antes por caja. Se requiere imaginación para dar con la fórmula de torear sin torturar. No creo que ser español sea aplaudir por ver asesinar a un animal después de haber pagado por ello.

Por otra parte, el español/español es poco autocrítico. Un ejemplo: hace unos años, en Irlanda un país mayoritariamente católico como España se constituyó una comisión nacional para sacar a la luz los 30.000 casos documentados de abusos a menores. Si en una población de 12 millones se habían llegado a contabilizar tal número de casos, ¿cuántos abusos sexuales habrá habido en España, un país que casi cuadruplica la población de Irlanda? ¿Ha creado el Estado español una comisión para desenmascarar y condenar a los culpables (aunque muchos de esos crímenes hayan prescrito) y reparar el daño a las víctimas? No. Somos cutres de verdad porque no sabemos limpiar las heridas infectadas de pus de nuestro pasado. Pobre España.

Recientemente el Instituto Elcano ha atribuido la ausencia actual de un partido fascista en España (eufemísticamente lo llaman populismo de derecha) al estilo de los surgidos en varios países occidentales a la debilidad de nuestra identidad nacional, factor este que, a mi entender, nos lastra para vertebrar nuestro país. Mariano Barroso, vicepresidente de la Academia de Cine, sostiene que la ausencia clamorosa de un concepto de “lo colectivo” y del “bien común” nos limita y nos impide crecer como colectividad. Además, el proceso secesionista catalán está impidiendo el ineludible proceso reformista español. Los árboles de un territorio no nos están dejando ver el bosque del resto del Estado. A propósito, ¿no se le ha ocurrido a nadie preguntarse si este dolorosísimo desgarramiento territorial que estamos sufriendo se habría producido de ser España un país cívico, sensato y vertebrado? ¿Es acaso la negativa a contribuir económicamente a la solidaridad interterritorial la única razón que mueve a los secesionistas? Nos convendría formularnos estas preguntas y respondérnoslas.

Si alguien acusa a este heterodoxo de antipatriota por escribir esta amarga columna, entonces no se ha enterado de nada. Escribir es una forma de hacer país. Otra España es posible. cmg2017