25 junio 2015

Por un país más decente


Hoy se cumplen 10 años de la aprobación de la ley que permite el matrimonio igualitario en España.

18 junio 2015

Lea El Quijote

Un grupo de 100 escritores de 54 países han elegido El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha como la mejor obra de ficción de la historia de la humanidad, según una encuesta realizada en su día por el Instituto Nobel y el Club del Libro Noruego.

La novela que Miguel de Cervantes escribió en el siglo XVII se colocó cómodamente por delante, con un 50% más de votos, de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, que fue la segunda más votada, y eclipsó a obras maestras que van desde las grandes clásicas de Homero a las novelas de Tólstoi, Dostoievski, Kafka, William Faulkner o García Márquez.

Cada uno de los cien escritores encuestados, entre los que están el español Félix de Azúa, el mexicano Carlos Fuentes, Salman Rushdie, Milan Kundera, John Le Carré, Norman Mailer y varios premios Nobel, como VS Naipul, Wole Soyinka y Nadine Gordimer, debía mencionar diez títulos como respuesta a la pregunta: ¿Cuáles cree que son las obras mejores y más importantes de la literatura mundial?, para contribuir a la creación de una Biblioteca de la Literatura Universal con 100 títulos, dentro de un proyecto contra las crecientes amenazas a la lectura desde la televisión, los videojuegos y la red.

En la lista de los cien mejores también aparece el Romancero gitano, de Federico García Lorca, mientras que Hispanoamérica está representada con Ficciones, del argentino Jorge Luis Borges; Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo, y Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, del colombiano Gabriel García Márquez. El autor que tiene más obras seleccionadas en la lista es el ruso Fedor Dostoievski con Crimen y castigo, El idiota, Los hermanos Karamazov y Los demonios. Franz Kafka, William Shakespeare y León Tólstoi tienen tres títulos en la lista, y Flaubert, Homero, William Faulkner, García Márquez y Virginia Wolf, dos cada uno. Marcel Proust está presente con las siete noveles que componen En busca del tiempo perdido.

Doris Lessing, que figura en la lista con El cuaderno dorado, se mostró 'algo perpleja' cuando se le habló del proyecto, pero quiso participar para difundir el interés por la literatura entre las generaciones jóvenes, que, según ella, a pesar de los altos niveles de educación, 'podrían llamarse bárbaros educados'.


El escritor nigeriano Ben Okri, autor de la introducción a una nueva traducción al noruego de la novela de Cervantes, afirmó en la rueda de prensa en el Instituto Nobel en la que se presentó la colección: 'Si hay una novela que hay que leer antes de morir, es El Quijote; es una historia maravillosa y muy elaborada y, sin embargo, es sencilla'.

Las Musarañas_ficción

JUAN BONILLA

Sonó el teléfono a las tres de la madrugada. Una voz grave me preguntó si me despertaba. Quién es, le pregunté. Hace tres noches de esto y no he podido volver a dormir desde entonces. Estoy esperando que vuelva a sonar el teléfono de madrugada y sea aquel hombre. Llamaba porque no podía dormir, me dijo. Hacía seis meses que no podía dormir. Tampoco lo procuraba: dormir no es indispensable, pero sí lo es no aburrirse, y uno acaba aburriéndose por las noches sin hablar con nadie. Eso me dijo. Así que se le había ocurrido llamar a cualquiera, llevaba unas semanas haciéndolo, se pasaba las noches hablando con desconocidos, despertándolos. Muchos reaccionaban mal, le colgaban después de insultarle. Otros le atendían generosamente como si fueran presentadores de un programa nocturno de radio. Para elegir a quién llamaba abría la guía por una página y el número que señalaba su dedo, ése marcaba. Luego, cuando había hablado con el desconocido, lo tachaba si éste había sido amable para impedir que la suerte le obligase a volver a molestarlo. Había ido al médico al principio, para saber por qué no conseguía dormir, hasta que se dio cuenta de que el médico trataba de derivar el asunto y convertir la terapia en psicoanálisis. Lo dejó. Además, ya no se preocupaba. Disponía de mucho tiempo. Más del que podía ocupar. Leía, oía música, veía televisión, y aún le sobraban horas que necesitaba ocupar con llamadas nocturnas. Me hizo la cuenta de cuántas horas perdemos durmiendo en nuestra vida. Ocho cada día por trescientos sesenta y cinco días al año por unos cincuenta años de vida, por ejemplo. Supuse que ésa era su edad. También me refirió no sé qué idea de formar una banda de insomnes que se encargara de mantener despierta constantemente la ciudad con llamadas telefónicas. Dormir es reaccionario, me dijo. El mundo sigue girando y es de los que no duermen. Hay que combatirlos con sus mismas armas. El nombre de la banda sería Las Musarañas. Pregunté por qué, y me dijo que porque las musarañas son los únicos animales que no dormían nunca. Dormir no estaba  entre sus capacidades. Luego suplió la palabra capacidades por defectos. Además, la única manera de descansar que tenían los insomnes como él era precisamente la de mirar las musarañas: perderse, trasponerse en un punto indeterminado en que la percepción personal del tiempo queda anulada, en la que el tiempo muere, y sólo cobramos conciencia de que lo hemos matado cuando resucita, cuando volvemos a ser esclavos de su transcurrir. Se había aficionado tanto a hablar con desconocidos por teléfono, que quizá se atreviera a experimentar con los países en los que es de noche cuando aquí es de día, porque no sólo se trataba de hablar por teléfono: era el hecho de despertar a alguien lo que ansiaba, de librar de la cadena del sueño a un desconocido. Me dijo que una moto a escape libre que cruzara la ciudad sin detenerse despertaría a ciento cincuenta mil personas. Era otro de los proyectos para la banda de insomnes Las Musarañas. Le dije que me parecía una buena idea. No sé cuánto tiempo estuvimos hablando. Al final le pedí que no tachara mi nombre de la guía: concedámosle a la suerte la decisión de ser elegido de nuevo por su dedo, convine. Él aceptó con agradecimiento. Cuando colgó ya no pude dormirme. Cogí la guía, la abrí y señalé un número. Lo marqué y comunicaba. Pensé que tal vez era el del hombre que me había llamado. Luego repetí el ejercicio. Esta vez sí desperté a alguien: una mujer. No me atrevía a decirle nada y colgué cuando insistió preguntando quién era. No sé qué me pasa que no puedo dormir desde entonces. Tampoco me preocupo porque aún no acuso cansancio. Sólo se cierne sobre mí la sombra del aburrimiento. Leo, oigo música y veo televisión, pero aún restan varias horas hasta que el sol limpie de sombras por completo el cielo. Sé que en cualquier momento volverá a sonar el teléfono y será ese hombre al que yo le diré: sí, quiero formar parte de Las Musarañas, comenzaré a despertar a desconocidos para decirles: el mundo sigue girando, despiértate, no vuelvas a dormirte.

Del libro El que apaga la luz ©Editorial Pretextos 1994

09 junio 2015

Pedro Zerolo, in memoriam

Por JUAN CRUZ
Desde hace algunos meses, Pedro Zerolo está enfermo de cáncer y él fue el primero en decirlo. Evitó que en los mentideros, tan propicios a deducir, empezaran las interrogantes sobre sus ausencias. Y dejó dicho que lo suyo no solo era grave, sino crucial, y que se aprestaba a una lucha denodada contra un mal que iba a ser complicado de sobrellevar; pero estaba preparado para la lucha. Dejó a un lado, pues, el rumor y se enfrascó en la lucha.
Ahora, con las consecuencias visibles de esa guerra contra el mal que lo aqueja, ha sido visto en varias ocasiones, y los periódicos nos hemos ocupado de él, y de lo que hace o lo que dice, con una atención que antes me parece que no obtenía de igual manera. Así somos los periodistas, y él lo sabe; en medio de las luchas que ahora le celebramos (con premios muy merecidos, por su defensa de la igualdad), él se quejaba en sus tiempos de que solo hacíamos caso a lo que defendía cuando había incidentes, mayores o menores, en acontecimientos que él mismo puso en marcha para darle visibilidad a su movimiento de apoyo a los gais.
En uno de esos premios que recibió, Zerolo, que es socialista casi desde que nació en Caracas, invocó los valores republicanos por los que su propia familia (el padre, Pedro González, es un gran pintor canario; su tío Antonio González fue uno de los grandes científicos internacionales de nuestro país) sufrió persecución cuando a España le pasó por encima la Guerra Civil. No es, pues, accidental ni fabricado por la ideología ni por la aspiración política el genio que Zerolo le ha aplicado a su defensa de la igualdad y de la libertad.Fue fundamental, cerca de la Administración de Zapatero, para conseguir una ley trascendental por la que ahora se ha premiado al propio expresidente. Y ahí lo hemos visto otra vez, celebrando con otros compañeros de la misma singladura, recordándole a la sociedad española que, al menos en este ámbito, somos mejores que muchos otros lugares del mundo donde todavía el amor entre hombres o entre mujeres, o el respeto a los que quieren cambiar de sexo, está en el lado oscuro del alma y ha de ser observado como un afecto o un deseo clandestino.
Ahora que estamos en un periodo incierto del trabajo social en la política como idea de servicio público, merece la pena observar su trayectoria y lo que defiende para que establezcamos el contraste, no solamente mediático, entre lo que se decía de él cuando estaba más solo que la una en la defensa de estos asuntos y lo que ahora es aquello por lo que se batió el cobre.
Ahora le costará a cualquier Gobierno reaccionario Dios y ayuda (sobre todo, Dios y ayuda) levantarle a la sociedad la solidez de esos cimientos que puso Pedro Zerolo. Ni los gais son ya mirados, en la sociedad y también en la Administración, como partes clandestinas de la dinámica social, ni eso va a ocurrir nunca más. Tendría que pasar un cataclismo social, político (y mediático, por cierto) para que el reaccionarismo que él ha combatido interrumpa esos logros y España quede otra vez a merced de las catacumbas.
Porque eso es así, me emociona ahora cada vez que lo veo recoger un premio, recibir el agasajo de los que trabajan con él en España por defender la igualdad que antes parecía que había que ganarse hablando en voz baja en los bares oscuros. Esa luz que se encendió la encendió sobre todo Zerolo, y yo tenía ganas de decirlo. 
El País, 27 de abril de 2014

Pedro Zerolo, a quien yo admiraba profundamente por su valentía y humanismo, ha fallecido hoy en Madrid víctima de un cáncer de páncreas. Nuestro país está hoy de luto y huérfano por haber perdido a un compatriota tan honesto y luchador. Siempre estarás con nosotros y con nuestra democracia. Gracias por todo, compañero de luchas y de pancartas. Descansa en paz, Pedro.