10 enero 2017

Zygmunt Bauman dijo


El sociólogo y filósofo polaco-británico Zygmunt Bauman falleció ayer lunes 9 de enero de 2017 a los 91 años de edad en la ciudad inglesa de Leeds. Era el creador del concepto de "modernidad líquida" y fue uno de los intelectuales clave del siglo XX. Cuestionó los cimientos del consumismo y definió la inestabilidad del mundo contemporáneo. Se mantuvo activo y trabajando hasta sus últimos momentos de vida. Sus pensamientos son un valioso legado para entender nuestro tiempo. He aquí algunos de los más lúcidos:

"Las redes sociales son una trampa."

“El viejo límite sagrado entre el horario laboral y el tiempo personal ha desaparecido. Estamos permanentemente disponibles, siempre en el puesto de trabajo.”

“Todo es más fácil en la vida virtual, pero hemos perdido el arte de las relaciones sociales y la amistad.”

"Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos.”

“El 15-M es emocional, le falta pensamiento.”

"Las pandillas de amigos o las comunidades de vecinos no te aceptan porque sí, pero ser miembro de un grupo en Facebook es facilísimo. Puedes tener más de 500 contactos sin moverte de casa, le das a un botón y ya.”

"Ha sido una catástrofe arrastrar la clase media al precariado. El conflicto ya no es entre clases, sino de cada uno con la sociedad.”

"Las desigualdades siempre han existido, pero desde hace varios siglos se cree que la educación podía restablecer la igualdad de oportunidades. Ahora, el 51% de los jóvenes titulados universitarios están en el paro y los que tienen trabajo, tienen un empleo muy por debajo de sus cualificaciones. Los grandes cambios de la historia nunca llegaron de los pobres de solemnidad, sino de la frustración de gentes con grandes expectativas que nunca llegaron."

“En el mundo actual, todas las ideas de felicidad acaban en una tienda.”


“La posibilidad de que el Reino Unido funcione sin Europa es mínima,” dijo en 2011.

03 enero 2017

Vídeocarta de un profesor a sus alumnos suspendidos

Pablo Poó Gallardo. Así se llama el profesor sevillano de Secundaria que ha dado una lección de vida a sus alumnos suspendidos vía Youtube. En menos de cinco minutos de grabación, Poó explica a sus estudiantes más rezagados el porqué es tan importante estudiar.

“No sabéis nada de la vida. La vida es una putada. La vida no te espera, no te comprende, no te hace recuperaciones. Vosotros ahora vivís muy bien. Vuestra única obligación es estudiar, y no la cumplís mucho”, explica el profesor.



Poó pone el acento en le hecho de que la vida que viven ahora mismo sus alumnos, en nada se parece a lo que se van a encontrar en un futuro. “Llegáis a casa y os pagan vuestra comida, vuestros padres os pagan la ropa y vuestros móviles, a los que rompéis la pantalla cada dos por tres. Os pagan hasta vuestros botellones, puta madre todo. Pero es que la vida no es esta burbuja en la que vosotros vivís durante los cuatro años de la ESO”.

Y pone el acento en que no es una cuestión de capacidades. “No es que no podáis, es que no queréis. Tenéis capacidad de sobras, lo sabéis, os lo digo todos los días. Vuestro problema no es de capacidad, sino de esfuerzo. Sois unos vagos, lo decimos en clase y hasta os reís, porque lo reconocéis. Pero cuando salgáis de aquí, la vida os va a poner en vuestro sitio a bofetadas. Y eso es lo que realmente os quiero ahorrar”.

Con su discurso, este profesor sevillano intenta abrirles lo ojos a sus alumnos. “Imagina cuando salgas de aquí. ¿Tú crees que si no tienes la nota media suficiente vas a entrar en el ciclo ese que quieres entrar? No vas a entrar, no le vas a dar pena absolutamente a nadie. Entonces qué, otra vez a casa a lamentarte, a comerte con patatas el título de la ESO”

Su obsesión es que estén preparados para los que se les avecina. ’’Pero maestro, yo para qué quiero saber el romanticismo, a mí eso me da igual’. No tenéis referentes culturales, no entendéis los textos que leemos (…). Cuando vayas a firmar un contrato, a lo mejor estás poniendo tu firma sobre un sueldo de mierda, o sobre una jornada laboral que es eterna, y ni te has dado cuenta, y se aprovecharán de vosotros”, advierte.

Y prosigue: “No tenéis herramientas, no tenéis sentido crítico… ¿Tú no sabes que hace 200 años unos románticos intentaron romper con todo y mandar el sistema a tomar por saco? ¿Qué pasa? ¿Te vas a creer que hay cosas imposibles? ¿Que nunca se podrá ir en contra de lo establecido? Como tú no tienes idea de nada, no sabrás que otros han conseguido ya lo que tú pensabas que era imposible. Parece mentira, pero en las mentes abiertas es más difícil entrar. Una mente cerrada se conquista con mucha facilidad, sólo tiene una puerta”.

“El conocimiento os hará libres. La libertad es fundamental en el día de hoy. Para que no escuchéis la tele y os creáis todos lo que os dicen desde un atril, desde un mitin, para que después vayas al bar y repitas lo que ellos quieren que repitas. Y bueno, con el paro y las chapucillas que vayas haciendo irás tirando. Pero es que hay una vida maravillosa mucho más allá de lo que vosotros os pensáis. Y sólo se va a ganar con esfuerzo. Y lo tenéis que empezar a demostrar desde ahora”, esgrime Poó.

Por todo ello, este maestro pide a sus alumnos que a partir de enero se dejen de “tonterías”. “Vamos a poner ganas porque algunos, los que quieren que seáis felices desde los doce hasta los 16 años les importáis sólo hasta que termináis la ESO. Y yo he firmado con vosotros un contrato de por vida”, concluye.
La Vanguardia, 29 de diciembre de 2016

Pablo Poó Gallardo es autor del libro La mala educación.

01 enero 2017

Europa y la novela, por Javier Cercas

En primer lugar quiero dar las gracias de todo corazón al jurado que me ha concedido este premio. Y en segundo lugar quiero decir que es un premio muy importante para mí, porque lo concede la Unión Europea.

Durante siglos, Europa ha constituido la gran ilusión de muchos españoles; conscientes de vivir desde principios del siglo XVII en un país cada vez más aislado, cada vez más sumido en la pobreza, la incultura, la falta de libertades, el oscurantismo y la ficción del Imperio, desde mediados del siglo XVIII los mejores de mis antepasados sintieron que Europa era una promesa realista de modernidad, de prosperidad y de libertad. Hoy la inmensa mayoría de nosotros seguimos sintiéndolo, y por eso España no ha dejado de ser uno de los países más europeístas de la Unión. Mucho me temo que ahora mismo no sobran motivos para sentirse orgulloso de ser español, pero ese es uno de ellos. Alguna vez he escrito que la idea de una Europa unida es la única utopía razonable que hemos acuñado los europeos; utopías atroces —paraísos teóricos convertidos en infiernos prácticos— hemos acuñado unas cuantas; pero utopías razonables, que yo sepa, sólo esa: una utopía que, como acaba de recordar Michel Serres, ha permitido que tras la II Guerra Mundial los europeos hayamos vivido “la época de paz y prosperidad más larga desde la guerra de Troya”. Dicho esto, añadiré que la novela moderna es no sólo uno de los frutos más valiosos de esa utopía, sino también el que más se parece a ella, su emblema perfecto; la prueba es que sus dos rasgos quizá más sobresalientes son los dos rasgos definitorios de la Europa unida: su carácter híbrido, mestizo, y su naturaleza antidogmática.

La novela moderna fue el invento absolutamente genial de un español, Miguel de Cervantes, pero no fueron los españoles sino determinados ingleses, como Laurence Sterne y Henry Fielding, quienes primero aprendieron a fondo las enseñanzas de Cervantes y aseguraron la continuidad de su invención; y no fueron los españoles ni los ingleses sino un francés, Gustave Flaubert, quien asumió la tarea descomunal de elevar a la categoría de un arte noble lo que hasta entonces había sido para casi todos poco más que un entretenimiento; y es un hecho que nadie asimiló mejor a Flaubert que James Joyce, un irlandés que escribía en inglés y vivió casi siempre en el exilio continental, y que un checo que escribía en alemán y se llamaba Franz Kafka, igual que es un hecho que pocos escritores actuales han sido tan fieles al legado de Kafka y de Joyce como Milan Kundera, un checo que empezó escribiendo en checo y ha terminado escribiendo en francés. La novela moderna es un género mestizo no sólo porque Cervantes la engendrara así —como un género donde caben todos los géneros, y que se alimenta de todos—, sino porque su historia es la historia de un fecundo mestizaje de lenguas y culturas. Pero la novela moderna también es un género antidogmático. Lo es porque sus verdades no son claras, unívocas y taxativas, sino ambiguas y equívocas, esencialmente irónicas. Don Quijote, no hay duda, está loco, loco de atar, loco como una cabra, pero al mismo tiempo es el hombre más lúcido y más sensato del mundo; Don Quijote, no hay duda, es un personaje risible, cómico, grotesco, pero al mismo tiempo es un personaje noble y heroico, el “rey de los hidalgos, señor de los tristes” que cantó un gran poeta nicaragüense: Rubén Darío. Esas son las verdades de la novela: verdades contradictorias, plurales, poliédricas y paradójicas, esencialmente irónicas. Y, al crear un género de enorme éxito basado en esa clase de verdades, Cervantes creó una auténtica arma de destrucción masiva contra la visión dogmática, monista, cerrada y totalitaria de la realidad.

Contra esa visión nació la Europa moderna, la Europa de la razón, la libertad, el bienestar y el progreso; contra esa visión —y contra los totalitarismos y los nacionalismos puristas o antimestizos que anegaron de sangre el siglo XX— nació la Europa unida. Esa visión, más vale que no nos engañemos, es la que amenaza con volver ahora, o la que está volviendo, como si quisiéramos darle la razón a Bernard Shaw, quien escribió: “Lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia”. Porque, contra lo que solemos pensar, la historia se repite siempre, sólo que se repite de formas tan distintas que a veces es difícil reconocerla. Ahora ni siquiera es difícil: ahora, sobre todo después de que los británicos hayan cometido el disparate de aislarse de Europa, como si fueran españoles del siglo XVII, y después de que los norteamericanos le hayan entregado el poder a un demagogo siniestro, casi se ha convertido en un cliché comparar nuestra época con la de los años treinta, hasta el punto de que algunos historiadores se han sentido obligados a recordar las diferencias entre ambas. Me parece bien. Pero me parece mal —mejor dicho: me parece temerario— olvidar las similitudes entre aquella época terrible y la nuestra: una tremenda crisis económica, el profundo desprestigio de las élites y las instituciones democráticas y la generalizada rebelión antisistema, el retorno de los nacionalismos y los totalitarismos bajo la forma más o menos suavizada de los populismos de derecha e izquierda, el cambio de una política racional y prosaica por una política épica y sentimental, el uso político de la mentira en dosis masivas. Cabría incluso ir más allá. Cabría temer que, tras 60 años de paz y prosperidad, se esté incubando en Occidente —no sólo en Europa— una especie de gran ennui semejante al que, según recuerda George Steiner, se incubó tras los 100 años de paz y prosperidad relativas que se dieron a partir del fin de las guerras napoleónicas, un estado de ánimo que produjo un anhelo de intensidad colectiva y un secreto deseo de destrucción y muerte, tan visible en el arte de la época (“¡Plutôt la barbarie que l’ennui!”, exclamó Théophile Gautier), que acabó siendo el carburante ideal para las dos guerras mundiales que destruyeron Europa cuando tanta gente pensaba que otra guerra en Europa ya era casi imposible… Pero quizá exagero; quizá me estoy dejando llevar por el pesimismo: al fin y al cabo todavía estamos a tiempo de desmentir a Bernard Shaw y de hacer caso a Cervantes, quien escribió que la historia debe ser “ejemplo y aviso de lo presente” y “advertencia de lo porvenir”. En todo caso, hay una cosa que me parece segura, y es que, en estos tiempos sombríos, la Unión Europea no sólo sigue siendo el proyecto político más ambicioso del siglo XXI, nuestra única utopía razonable, sino, lisa y llanamente, la gran esperanza de la democracia en el mundo. Es verdad que, tal y como funciona en la actualidad, la Unión Europea no puede satisfacer a nadie, que sus defectos e insuficiencias son enormes y sus problemas descomunales, pero eso sólo significa que nos queda mucho trabajo por delante. Nosotros, los novelistas europeos, debemos hacer el nuestro, que consiste en seguir el ejemplo de Cervantes; pero ustedes, los políticos europeos, también deben hacer el suyo, que bien pensado consiste básicamente en lo mismo: en construir una Europa más cervantina, es decir, más antidogmática y más mestiza; es decir, más libre, más próspera, más fuerte y más unida. Por la cuenta que nos trae a todos, les deseo suerte. Muchas gracias.


Discurso pronunciado en el Parlamento Europeo el 7 de diciembre con motivo de la entrega del Premio al Libro Europeo a Javier Cercas por ‘El impostor’.

26 diciembre 2016

La pintura de Aurora Romera



Prefiere su jardín

   Aurora Romera vive en plena selva, al sol y con la mar cercana. La selva la cobija, envuelve y no sólo la acaricia sino que la violó de niña, la penetró por todos los resquicios, anidó en sus entrañas y permanece en ella. La dejó para siempre anegada de adelfas, buganvillas, helechos, celindas, hibiscus, petunias, azaleas, lagartijas y pájaros. Aurora mira los caracoles que pasean por las hojas de la hiedra como miramos los pintores, con los ojos entornados a modo de persianas al sol.

    Sin embargo, igual que si estuviera ante un espejo, la selva que prefiere pintar es la que lleva dentro. Por eso cuando pinta no es que observe sino que pare, que da a luz, que inventa.

   Prestidigitadora, se saca de la manga tonos de terciopelo gastado para los filodendros o morados de «Las Siete Palabras».

  Parece que prefiere su jardín interior porque conserva mejor que los de fuera la humedad del rocío, el temblor, el olor de la yerba, o esa cosa inefable que tienen los tapices de floresta cuando se nos vienen encima. Aurora sabe mucho de esto y lo cuenta muy bien.

  Es gacela con el olfato fino y la sabiduría vieja de las gentes del sur. Por eso, en la aparente dulzura de sus cuadros hay siempre un hilo de amargura.  Santiago del Campo


La artista de describe

Me gusta pintar lo que me sale del alma, soy autodidacta, pinto desde hace 20 años expresionismo y abstracción. Me gusta el color y la forma, vivo en el campo, me gusta pintar cuadros grandes, la medida que sea.

Me preguntan por qué pinto con un estilo expresionista y abstracto. Para mí, el arte abstracto surgió como una necesidad de prescindir de todos los elementos figurativos, para así concentrar la fuerza expresiva en formas y colores sin ninguna relación con la realidad visual.

Sorprende el dibujo, imprescindible en todas las pinturas, igualmente en la abstracción. Las formas, colocación de colores, la fuerza que quieres imponer, los sentimientos, al fin, la sensibilidad.


Siento a veces deseos de expresar las formas que tiene una hoja, un pez con sus movimientos y el color. La esencia del color, no sé si lo conseguiré, es un factor importante en mi pintura. He estudiado a muchos pintores. Hay un cuadro de Goya que me cautiva -pintura negra-, se llama Perro semihundido, es maravilloso y hermético. La pintura es para mí una forma de ver y sentir, de meterme en la entonación. Aurora Romera Ojeda (Alcalá de Guadaira, 1937-Sevilla 2016) 



Obra pictórica
Exposición antológica, Alcalá de Guadaira, 2010
Vídeo de la artista en Grecia

La pintora retratada junto a uno de sus cuadros en junio de 2016.

23 diciembre 2016

La velocidad a la que circulan los mensajes nos deja indefensos


A veces se hace necesario echar mano del estoicismo para coexistir con todo lo que sucede a nuestro alrededor. Y esto se debe a que, más que otra corriente filosófica, el estoicismo es un modo de existir. Vivimos tiempos preocupantes, muy difíciles de asumir políticamente. La victoria de Donald Trump en EEUU, por ejemplo, casi no se puede digerir porque demuestra que lo importante no es lo que la gente haga, sino no dejar de insistir en los argumentos oportunos, ya sean verdaderos o falsos. Hace no mucho parecía imposible que algo así pudiera llegar a suceder, pero me inquieta que la velocidad de la información sea la última la razón, la que lo determine todo. La velocidad se alimenta del olvido, lo que pasa hoy ya no significa nada dentro de tres días. Nada más llegar al poder, Trump ya consiguió que se dejara de hablar de algunas barbaridades que había prometido en la campaña electoral. La velocidad de las ideas es ya más importante que su profundidad. Y esto nos deja indefensos. Gonçalo Tavares, escritor portugués

22 diciembre 2016

La Movida madrileña de los años ochenta

CARLOS MARTÍN GAEBLER


La restauración de la democracia en España tras las elecciones generales de 1977 trajo consigo profundas transformaciones sociales. Las libertades reconquistadas se hicieron notar especialmente en el mundo artístico. Así, al comenzar la década de los 80, se iba a iniciar un auténtico renacimiento cultural que se extendería a lo largo y ancho de la geografía hispana pero cuyo epicentro sería la ciudad de Madrid. Estaba naciendo lo que más tarde, y con el paso del tiempo, se conocería como la Movida madrileña. Artistas provenientes de diversas disciplinas coincidieron en el tiempo y en el espacio e hicieron de la capital del Reino una de las ciudades culturalmente más ricas de Europa.



Esta generación de creadores, que se caracterizó principalmente por un desenfadado espíritu hedonista y una actitud abiertamente contestataria, abarcó desde cineastas, rockeros y cantantes hasta pintores, fotógrafos y diseñadores. Sin quizás proponérselo  conscientemente, estos jóvenes españoles iban a cambiar profundamente la imagen típica y tópica que España, aún por esas fechas, proyectaba hacia el exterior para sustituirla por la de una sociedad emergente, enormemente creativa e innovadora y con mucho que aportar al patrimonio cultural de la Europa de finales del siglo XX.


La Movida estuvo protagonizada, entre otros, por cineastas como Pedro Almodóvar, cuyas películas Laberinto de pasiones o La ley del deseo retratan el espíritu hedonista de esos años; por grupos de pop-rock, como Radio Futura, Gabinete Caligari, Alaska y los Pegamoides, los gallegos Golpes Bajos o el barcelonés Loquillo y los Trogloditas; por artistas plásticos, como Ceesepe, Oscar Mariné, o los gaditanos Costus; por fotógrafos, como Alberto García Alix o Ouka Leele; por revistas, como La luna de Madrid; salas de conciertos como la mítica Rock-Ola; por ferias de arte contemporáneo, como la madrileña ARCO; o difundida por programas de televisión, como el legendario La edad de oro de Paloma Chamorro en La 2, o de radio, como el Diario pop dirigido por Jesús Ordovás en Radio 3. 


Todos estos creadores y todos estos escenarios produjeron una generación cultural equiparable en importancia a la Generación de 1927. Si ésta fue primordialmente un movimiento poético y literario, la Movida fue eminentemente audiovisual y mediática. Los medios de comunicación propagaron el espíritu de la Movida por todo el país hasta hacerlo extensivo a toda una generación de jóvenes españoles que accedieron a las libertades bailando a sus ritmos, cantando sus letras, leyendo sus textos, luciendo su moda y sus peinados, o identificándose con sus películas. Para mi generación, los ochenta fueron, lisa y llanamente, la alegría de vivir.


Hoy en día, y con la obligada perspectiva histórica, se puede afirmar que la Movida madrileña de los 80 y la Generación poética del 27 representan los momentos de mayor lucidez creativa del siglo XX español y son la gran aportación de la modernidad española a la cultura occidental.

18 diciembre 2016

ABUSOS SEXUALES Y DEPORTE

ABUSOS SEXUALES Y DEPORTE

Antonio Peñalver: “Cuando abracé a Millán al ganar la medalla, pensé ¿qué mierda estoy haciendo?”

El subcampeón olímpico de Barcelona 92 relata por primera vez los abusos sexuales que sufrió a manos de su entrenador y que marcaron su vida y su carrera



Antonio Peñalver saluda al Rey en presencia de Millán tras lograr la plata en Barcelona 92. RICARDO GUTIÉRREZ
Antonio Peñalver Asensio (Alhama de Murcia, 1968) es APA para todos sus amigos del pueblo, las iniciales de su nombre y apellido que imprimió en su camiseta de fútbol sala antes de hacerse atleta. Antonio Peñalver es para todo el mundo, Superpeñalver, el decatleta español que ganó una medalla de plata en Barcelona 92, 1,93m, 90 kilos, la perfección del cuerpo. Y para todo el mundo, Peñalver es también el producto de la magia de un gran entrenador, Miguel Ángel Millán, que le sacó de la nada de un pueblo perdido. Esto era así hasta hace unos días, hasta que la policía detuvo a Millán en Tenerife después de que un joven lo denunciara por abuso sexual. Aquel día, el lunes pasado, comenzó a conocerse la historia verdadera, la que Antonio Peñalver cuenta por primera vez, la que le permite decir, por fin, “todo fue una mentira”.



—Mi historia es la misma que podría contar cualquiera de mis compañeros. Cuando eres víctima no tienes escapatoria posible. El proceso anterior está perfectamente planificado, y es muy cuidadoso. Antes de atacar, él te deja absolutamente aislado. Tus compañeros son enemigos. Como yo iba a ser bueno, como yo prometía y era especial... Eso es lo que todos los elegidos se creían. A mí me hizo sentir así, lo mío se podía aplicar a cualquiera, pero, claro, lo que pasa es que yo seguí después y, mira tú, llegué a ser subcampeón olímpico. Te desarraiga de tu familia, lo que en mi caso fue fácil porque este, Miguel Ángel Millán, sabe perfectamente lo que hace. Yo soy hijo de campesinos y, claro, las inquietudes que yo podía tener a los 13 o 14 años estaban como a una galaxia de distancia de lo que podían entender mi padre y mi madre. ‘Pobrecitos’, me decía, ‘es que ellos no entienden’. Era una forma de hacerse mi padre, mi consejero, mi amigo, todo. Todo. Y los otros compañeros eran solo gente que quería llevarme de fiesta porque, claro, yo era la envidia. Mi única solución era dedicarme solo al entrenamiento. Y el tiempo libre era estar en su casa, compartir la media vida, películas, todo eso, como si fuera yo uno más de la familia. Hasta que llega el momento en el que, de repente, una noche te está tocando.
—¿Qué edad tendría entonces? ¿14, 15 años?
—Yo tenía 13 años largos, fue del invierno a la primavera de 1982 a 1983. Se repitió varias veces, pero no puedo precisar cuántas porque esas cosas, supongo que será por un mecanismo de defensa, se borran de la memoria, hasta que, en un momento dado... Yo intentaba evitarlo, me acostaba boca abajo, pero no sé por qué, al final, siempre había un sitio reservado a su lado y te despertabas con él encima. Justo cuando ya te vencía el sueño, porque, claro, siempre intentaba no quedarme dormido.


"Intentaba evitarlo, pero siempre había un sitio reservado a su lado"

—Esto, ¿dónde ocurría?
—Esto ocurría en Sierra Espuña, aquí cerca, en la casa. Al principio los sábados subíamos a hacer algo de entrenamiento, que luego se convirtió en acampada, y luego este hombre se compró una casa casi caída y los niños íbamos ahí a entrenar y también a restaurar la casa. Hacíamos de peones de albañil, críos de 14 años. Esto muestra el poder y la imagen que tenía en el pueblo como para que un montón de chavales estuviéramos allí, conscientes los padres de que estábamos con un señor que era un puñetero Dios, de imagen intachable, esa de ayudar a los pobrecitos con necesidades económicas, ayudar a los chicos con problemas para que el deporte los reconvirtiera, los alejara de los vicios... Hasta que desaparecían. Sospecho que los que desaparecían era por lo mismo.
Por esa época yo era un chaval que saltaba altura. Mi desarrollo hormonal fue muy tardío. No me llegó la testosterona hasta que no tuve 15, casi 16 años. Era alto, desgarbado, malo. Saltaba poco pero prometía porque era muy alto. En el momento en que se produjeron los abusos no entiendes lo que está pasando. Solo la primera vez me dirigió la palabra, y yo contesté que no, pero siguió, por supuesto. Se repitió unas cuantas veces, no sé cuántas, durante unos meses. No era todas las semanas. Fueron varias excursiones a la sierra. Después de trabajar y entrenar, nos acostábamos en una habitación de unos 15-20 metros cuadrados. En el suelo dormíamos sobre esterillas o jarapas uno al lado de otro... Y te despiertas con, con... ¿Qué haces? ¿Gritas? No puedes hacer nada. Al menos, entonces, yo no pude hacer nada. Ni los compañeros. Estaba a 15 centímetros del de al lado. ¿Qué haces?


"Al final te vencía el sueño y te despertabas con él encima"

Cuando eso se repitió cinco o seis veces, dejé de ir a las excursiones, y entonces me convertí en invisible. Otra gente que conozco y que sufrió los abusos, ¿qué hacía?, desaparecía para siempre de ahí. Se iban y ya está. Yo, seguramente, porque en ese momento no tenía donde ir, no tenía amigos... ¿A quién se lo cuento? ¿A mi padre? Es que ni se me pasó por la cabeza. Yo seguía yendo a la pista de atletismo todos los días a mendigar un poquito de afecto. Esa es la cuestión. Te pasas media vida intentando hacer ver que eres el mismo, recuperar lo anterior, recuperar al segundo padre, al amigo, al consejero espiritual, al que te ha dicho que tú eres la hostia y que el mundo es maravilloso...
—No sé, y no pudo ir al cura del pueblo...
—No he estado yo en contacto con la Iglesia ni con nadie, absolutamente con nadie. Era mi vida y mi religión en esos momentos era el atletismo, y Miguel Ángel Millán. No tenía dónde ir que no fuera la pista de atletismo. No había otra cosa. Yo iba allí como un zombie y hacía las cosas por mi cuenta, libremente. Era un crío de 14 años haciendo los entrenamientos que veía hacer a los otros, pero después de unos meses, de pronto me dirigió la palabra. Oye, que a partir de ahora vamos a entrenar otra vez en serio, bien. Yo respondí entusiasmado. Mi vida volvía a tener sentido. Millán es buen técnico cuando quiere...




Miguel Angel Millan en una imagen reciente.


—¿Se había acabado ya el acoso?
—No volvió a tocarme jamás. O tenía otro o pensó que yo ya no era seguro, no sé. Con el paso del tiempo ya pude sospechar que podría haber otro, pero entonces, para nada. Yo pensé que había sido el único hasta el año 92. Y todos pensaban también que habían sido los únicos. Empecé a entrenar otra vez y esa buena relación entrenador-atleta se prolongó hasta que llegó la oportunidad de que la federación le pagara para entrenarme solo a mí y al grupo de atletismo, y a partir de entonces, también de repente, empezó a estar desaparecido. No quiero decir que el motivo económico fuera básico, seguramente coincidió con que despareció mucha gente de allí y quizás necesitaba una punta de lanza para volver a recuperar el cartel... Y este ha sido exactamente el mismo proceso que ha repetido en Canarias, construirse una imagen estupenda, maravillosa y en cuanto ha tenido el mismo poder y control ha vuelto a ejecutar los mismos planes. Cuando desapareció de la pista, sencillamente nos pasaba los planes de entrenamiento a los buenos, y estaba a otras cosas, con la escuela de atletismo de los pequeños...


"Yo seguía mendigando afecto. Otros que conocía desaparecieron"

—Y tardó usted en darse cuenta de por qué...
—Después del 92 lo pensé y lo vi claro, e incluso intenté hacer algo pero me lo desaconsejaron legalmente por las consecuencias que podía tener contra mí... Y ese es otro peso que llevo encima.
Pero para seguir con el relato, los entrenamientos que nos ponía eran vejatorios. Creo que lo hacía para mostrar su poder y, esto lo supimos por conversaciones con los que entonces eran críos, incluso se jactaba de ello. ‘Estos son unos fiesteros gandules que no pueden hacer lo que les pido’, les decía. ‘Yo estoy con vosotros, que vosotros sí que merecéis la pena, y no estos furufallas...’ Fue una sensación extraña y surrealista que aceptábamos como si fuese normal. Pero fue eso, despareció. Estaba por allí, pero yo me entrené solo media vida. Es todo una mentira todo eso de que él me llevó a la medalla del 92. Una puñetera mentira.
—Y nunca dijo nada.
—Es algo que llevo encima. Llegué a ser subcampeón olímpico porque entre nosotros nos ayudábamos y nos convertimos en pequeños autoentrenadores. Los hermanos Benet, por ejemplo, me enseñaron a pasar las vallas. Él me cargaba tanto que destrozó mi zancada. Pero la cuestión deportiva solo tiene relevancia por el efecto de manipulación que tuvo durante muchos años. Me acuerdo incluso que en el invierno 91-92 la única vez que me dirigió la palabra fue la víspera de que nos fuéramos a Estados Unidos. Y luego, en las concentraciones, ¿cómo ibas a llevarle la contraria? Se mostraba tan cercano, tan amigo, ante otros atletas y los demás entrenadores, como si fuéramos amigos, cuando a lo mejor hacía meses que no me hablaba. No tuve fuerza contra esa imagen tan perfecta de superentrenador, superamigo y súper de todo. Yo no fui capaz de decirle a nadie en su momento que todo era mentira, tanto en lo personal como en lo deportivo. En todo. Todo era mentira. Jugaba con mi hambre permanente de querer recuperar esa situación idílica de antes dándome como píldoras de afecto. En el año 92, y ya tenía 23 años, aún antes de tomar decisiones que iban a afectar al resto de mi vida, me preguntaba si hacer esto o lo otro le iba a gustar al señor Millán o no. Empecé entonces a ser consciente de que algo me estaba pasando. El momento más amargo fue, de hecho, aquel puñetero abrazo que le di cuando gané la medalla. En aquel mismo momento, lo juro, estaba yo diciéndome ‘pero qué mierda estoy haciendo, qué mierda estoy haciendo’...


"Siempre me afectará esto. Sin saberlo, estuve 20 años con depresión"

Volvimos a Alhama y me prohibió ir a la pista hasta el 1 de noviembre. Era una locura. Dos meses y medio sin hacer nada, después de los Juegos... Cuando volvimos a entrenar el 1 de noviembre, tras 10 semanas parados, él pudo hacer ver a ojos de los demás que yo no era el subcampeón olímpico, yo era el gandul de mierda que no había podido ser campeón olímpico por mi culpa. En diciembre del 92, y no sé cuál fue el detonante, no sé quién empezó a hablar, no lo recuerdo. Alguien que no recuerdo quién fue, me pregunta, ¿oye? ¿a ti te ha pasado algo con Miguel Ángel cuando eras crío? ¿hubo abusos? Entonces se descubrió y descubrí que yo no era el único, que había mucha gente, 20-30, por ahí... En ese momento entré en estado de shock absoluto, estuve dos meses o tres encerrado en mi casa, perdí 13 kilos, y solo me preguntaba, ¿qué hago? Millán se fue del pueblo, pero yo no sabía cómo enfrentarme a su imagen. Esa imagen todavía pesa. Aún hay mucha gente por ahí que defendería a este individuo.
—¿Cómo salió de la depresión? ¿Fue al psicólogo? ¿Le ayudó la federación?
—No es ninguna pose, pero no recuerdo con quien hablé. Ni siquiera recuerdo si llegué a contar lo que estoy contando ahora, lo que me pasó exactamente. Con la federación hablé para reconducir mi carrera deportiva. Empecé a ir a Madrid a entrenar, estuve con José Luis Martínez. Estuve mucho tiempo con un psicólogo que no recuerdo el nombre, pero me valió para ordenar las cosas en mi cabeza un tiempo. Y cuando volvía a estar atléticamente bien, fue cuando me rompí el dedo en el 93. Ya creía que me estaba recuperando personalmente y recibí otro puntapié. Fue entonces cuando hubo reuniones para intentar poner una denuncia que no se puso porque dijeron que había prescrito, pero es todo borroso... De vez en cuando podía tener un flash de luz, pero enseguida se me venía todo encima, toda la mentira de todo, desde el principio hasta el final. En el 92, yo era un puñetero héroe que no podía gestionar mi vida. Yo sentía que estaba engañando a la gente... Sin saberlo quizás estuve en depresión 20 años, no sé. Encima, aquí en el pueblo crearon la impresión de que yo me había vuelto un señorito y había destrozado a Millán, le había deprimido y se había tenido que marchar, pobrecito... Encima. Y hasta se decía que es que éramos pareja y nos habíamos peleado. ¿Y qué más? De todo. Me han puesto aquí en Murcia de homosexual, de cocainómano, de todo... La gente busca respuestas y cuando no las encuentra se las inventa.


"Años después me pidió perdón. Le dije que se perdonase él si podía hacerlo"

—Siempre me afectará esto. He tenido muchas depresiones y terapias. Me he sentido alejado del mundo. Las relaciones personales quedan marcadas para siempre. Mis relaciones de confianza nunca han sido normales con nadie. Nunca tienes la plena confianza con nadie. Siempre hay dudas, no se estrechan lazos. Es inconsciente pero eso existe. Lo tendrían que explicar los psicólogos o psiquiatras. ¿Cómo puede ocurrir que durante 25 años esté alguien callado? Aunque nunca estuve seguro de todo, yo supuse que todo había acabado con la salida de Alhama de Millán. Se suponía que donde fuera iba a haber prevención y vigilancia.
—¿Volvió a ver a Millán después del 92?
—Hacia 2002 o 2003 yo lanzaba solo peso y bastante, y un día en la pista de Elche estaba él con su hijo Germán y se me acercó a pedirme perdón. Es la única vez que hemos hablado. Le dije que se perdonara él si podía. Y él me contestó, con su soberbia habitual, veo que sigues siendo el mismo niño que has sido siempre. Por supuesto, pensé, el niño que había sido jamás lo podría ser, por su culpa. Es la única vez que he tenido la entereza de no salir huyendo. Porque perfectamente podría haber salido huyendo con todos mis 35 años y mi fuerza. Estuve tranquilo y luego pensé que simplemente me estaba tanteando a ver si yo iba a poner alguna objeción porque estaba volviendo al cuadro técnico de la federación española. Y podía haber pensado que si volvía a la federación era porque estaba todo controlado. La sensación de culpa y la sensación de intentar denunciarlo y no hacerlo porque un abogado me dijo que si lo hacía hasta mis nietos podían estar pagando demandas fue otro golpe fuerte. Y todo deja rastro.
—¿Siente que no hizo nunca lo que tenía que haber hecho?
—Pues sí. Entonces no pude, pero ahora humanamente no puedo quedarme quieto para que esto no vuelva a pasar bajo ningún concepto a nadie más. Yo ya entiendo después de mucho tiempo, y puedo vivir con ello, que pasara lo que pasó en mis tiempos. Pero el quedarme quieto ahora no podía ir conmigo. No podemos permitir ya más. Nunca más. Ni una sola persona más.