31 julio 2016

Futbolización


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER


En los últimos años venimos asistiendo, impávidos, al avance imparable de una nueva religión pagana que glorifica el deporte y el negocio del balompié y cuyos fieles seguidores (hombres casi siempre) piensan, sueñan, hablan y ven sólo fútbol. Los protagonistas de esta futbolización social y televisada son los fanáticos de un nuevo fenómeno de masas que, a modo de sarpullido alienante, le ha salido a nuestro estado de bienestar. Joan Brossa ya fue capaz de visualizar el fenómeno en uno de sus sugerentes poemas-objeto: un balón de fútbol que, cual cabeza, aparece tocado con una peineta, y que tituló País.


Nicolás Sartorius advirtió en su día que las programaciones de las televisiones están provocando el mayor proceso de desculturización de la historia de España. Hoy, una década después, Juan Goytisolo lo ha confirmado alto y claro: en lo cultural, vamos a menos. Gran Hermano, pobre país. Si antes era pan y circo, ahora el fútbol y la televisión, o mejor dicho, la telebasura, parecen ser los nuevos narcóticos sociales.

Durante nuestra transición a la democracia se perdió la oportunidad histórica de abrir la sociedad española a la curiosidad por conocer las culturas periféricas. El creciente ombliguismo cultural es una de las herencias más perversas y empobrecedoras del Estado de las autonomías. Hoy constatamos tristemente que muchos españoles carecen de una cultura plural que les haga sentir como suyos tanto a Mª del Mar Bonet como a Enrique Morente, tanto a Chillida como a Barceló. Sin embargo, una canción de Lluis Llach puede contribuir más al entendimiento entre los pueblos que un Madrid-Barça.

Hay una mayoría de jóvenes españoles que llega a la universidad con muy escasa curiosidad intelectual y un pobre bagaje cultural, pero, eso sí, con el Marca bajo el brazo; apenas han leído libros y se expresan en un español de mil palabras. Sin embargo, mencione el profesor la palabra “fútbol” en un aula y a muchos varones se les dibujará un sonrisa de oreja a oreja pues habrán creído oír música celestial.

El Gobierno nos anuncia ahora su intención de invertir 23.000 millones de pesetas (138 millones de euros) para fomentar la lectura (el 43% de los españoles no lee o no ha leído nunca un libro). ¿Pero es que ya nadie se acuerda de que hace unos años un vicepresidente de ese mismo gobierno, y en plena batalla mediático-digital, declaró el fútbol asunto de interés general? Siembra vientos y recoge tempestades.

La omnipresente futbolización está desempolvando viejas rencillas localistas que creíamos ya desterradas en nuestro país. Se está animando a odiar al otro, al diferente. El contrario es ahora el enemigo y no el adversario. Cualquier fin justifica los medios menos escrupulosos. En una viñeta del lúcido El Roto, un jugador le espetaba a otro en pleno partido “pásame la pelota rápido que si no pierdo dinero”. Hay un enorme déficit democrático en nuestros estadios, que se han convertido en el caldo de cultivo de comportamientos racistas, machistas y homófobos, cuando no simplemente intransigentes.

En la España futbolizada ha desaparecido la ética deportiva, pues todo es negocio y lo que prima es el puñetazo, la zancadilla, la compra de partidos, el fraude en las fichas federativas, el dopaje, el lenguaje seudobelicista de ciertos medios, la obscenidad de sueldos multimillonarios, jugadores endiosados, y la total impunidad de unos directivos de empresas futbolísticas que parecen desconocer por completo las reglas básicas de la democracia y de la transparencia contable. El espíritu de la transición nunca llegó al mundo del fútbol. Y lo peor es que este viciado modus vivendi de payasos, corruptos y violentos es admirado e imitado por muchos jóvenes y adultos que lo adoptan como modelo de comportamiento. Y así nos luce. Los niños españoles quieren ser futbolistas.

Esta columna puede parecerle políticamente incorrecta y ciertamente molesta a más de un progre futbolero, pero esto es lo que hay. La educación que laboriosa y pacientemente aporta un maestro la puede deshacer la telebasura en poco tiempo. A los educadores se nos pide que eduquemos en valores, como se dice ahora; pues manos a la obra. Iniciemos el contraataque, pero no con los pies sino con la palabra, para avanzar en la regeneración ética de la sociedad española.

José Ortega Díaz, fotógrafo del campo

José Ortega Díaz es un joven aficionado a la fotografía natural de la Sierra del Andévalo onubense. Utiliza su teléfono inteligente para captar imágenes de una inteligencia casi poética mientras realiza labores campestres. Al fotografiar su hábitat natural, logra transmitir la quietud de un entorno en armonía consigo mismo. Entre faena y faena, consigue aliviar la monótona soledad del hombre de campo echando mano de la cámara y plasmando paisajes de una belleza inaudita, sobrecogedora.
















27 junio 2016

Desintoxicación Digital / Digital Detox

Aparque su móvil y recójalo al salir

Un campamento de verano para adultos, con actividades, talleres, baile… y sin ningún dispositivo a mano. Cada vez surgen más propuestas para desintoxicarnos de lo digital. Al menos por un rato.

Por EVA CATALÁN

Nada más llegar a Camp Grounded (algo así como Campamento para castigados), un conjunto de cabañas en el bosque de Mendocino, a 250 kilómetros al norte de San Francisco, un puesto de desintoxicación tecnológica recibe a los visitantes. Allí, dos personas vestidas con un mono blanco "confiscan" móviles y dispositivos varios. Desprovistos de aparatos electrónicos, sin poder decir su nombre real o hablar de sus profesiones, los campistas se encuentran con una increíble variedad de actividades analógicas con las que pasar los cuatro días de estancia, por los que han pagado 600 dólares. Talleres de origami, tiro con arco, fabricación de velas, bordado, lecciones de hip-hop o baile de salón, cuerda floja, ukelele… Camp Grounded es una especie de paraíso hippy en el que olvidarse del continuo ruido de las redes sociales, los correos electrónicos y los mensajes instantáneos, donde desconectarse para reconectar, como reza su lema. O una pesadilla para los aquejados de mapa, individuos con miedo a perderse algo en las redes (FOMO en inglés, Fear Of Missing Out). 

 
Zona libre de dispositivos

"La idea no es sólo dejar la tecnología por unos días, sino aprender a estar en el momento. No puedes usar el móvil para rellenar un silencio incómodo, o hablar de tu trabajo, o dar tu nombre, porque no queremos que el campamento se use para relacionarse o trabajar en la red. Tampoco se puede beber alcohol ni consumir drogas," explica Kelsey Freeman, de Digital Detox, la organización que pone estos campamentos en marcha. "Puedes estar hablando con el presidente de una compañía, o con un artista… y no lo sabes. Puedes ser tú mismo, sin muletas de ningún tipo."

Mark Koberg, productor televisivo de Los Angeles en la treintena, descubrió su dependencia de esas muletas hace siete años. Atravesaba un momento tan intenso en su trabajo que perdió la vista en un ojo. Para rebajar el estrés, acudió a un retiro de meditación que exigía prescindir de todo dispositivo. "Me ayudó a percibir ese impulso, totalmente involuntario, de mirar a mi pantalla, a reflexionar sobre por qué lo hacía y por qué me sentía tan mal sin poder hacerlo. La mayoría de la gente no es consciente de lo que nos hace la tecnología hasta que no se da cuenta de cómo la echa de menos." Gracias a la meditación, Mark se recuperó del ojo. Hoy da clases de Medios Digitales en la Universidad del Sur de California, y a sus alumnos les propone todos los años un "ayuno" de dispositivos de cinco horas. "Muchos no son capaces de cumplir el plazo," asegura.

"Yo ya había hecho mi propio proceso de desintoxicación, eliminando todas las aplicaciones de redes sociales por un tiempo," explica Katie Scoggins, terapeuta de San Diego de 25 años. Acudió a Camp Grounded con ganas de unas vacaciones divertidas y se encontró con "la experiencia curativa más intensa de mi vida." Lo de no poder usar el móvil fue lo de menos. "Había tanta actividades y gente por conocer que casi ni me acordé del teléfono." Solo en un par de ocasiones sintió el impulso de buscar algo en Google. "estamos tan acostumbrados a tenerlo en la palma de la mano que es realmente extraño tener que acortarte de algo por ti mismo," coincide Christopher Williamson, un profesor de informática de 46 años que participó en Camp Grounded el otoño pasado. "Como no hay relojes ni horarios, a veces es complicado organizarte", explica. Aunque no se considera adicto ("soy una de esas personas que tarda un día en contestar un mensaje de texto"), le apetecía estar rodeado de personas que estuvieran totalmente presentes. "No soporto la gente que es incapaz de tener una conversación sin mirar el móvil. Tengo una hija de 15 años y a veces es muy frustrante competir con el aparato por su atención."
Tanto ha aumentado la demanda de desconexión, de una vida más lenta, y tan difícil es poder hacerlo durante el día a día, que cada vez más, nuestros destinos vacacionales usan como reclamo no tener cobertura. Existen buscadores específicos de lugares sin internet, como digitaldetoxholidays.com. La oferta es amplia: desde aventuras en velero por la costa de Maine hasta cabañas en el desierto de Arizona, desde establecimientos de cuidada arquitectura y oferta gastronómica hasta refugios más rústicos y espirituales.

La compañía Digital Detox, que que empezó con grupos de 10 personas, organiza ya campamentos en cuatro estados norteamericanos, California, Tejas, Carolina del Norte y Nueva York, que reúnen a unos 300 participantes de media. Mark está a punto de marcharse a uno de ellos; todos los años dedica unos días a desintoxicarse. Christopher piensa repetir. Ninguno pretende deshacerse definitivamente de sus teléfonos, pero estas curas intermitentes les ayudan a llevarse mejor con ellos. "Realmente te animan a ser más humano", reflexiona Katie, que ya va por su tercer campamento. Desconectarse para reconectar: la gran paradoja de nuestro tiempo.
El País Tentaciones, nº 14, julio 2016


16 junio 2016

Peligro: Homofobia

El atentado de Orlando es la expresión de un odio al que muchos contribuyen

El terrible asesinato de 49 personas en un club gay en Orlando (Estados Unidos) ha puesto de manifiesto hasta qué punto el colectivo homosexual se encuentra amenazado incluso en sociedades que se consideran avanzadas en materia de libertades y derechos civiles. Aunque en los últimos años se han producido progresos importantes, con el reconocimiento del matrimonio homosexual en varios países y la aprobación de leyes que castigan las conductas discriminatorias, el colectivo formado por gais, lesbianas, transexuales y bisexuales vive todavía en muchos lugares bajo la amenaza de la homofobia, que lejos de retroceder cobra ahora nuevos bríos con el impulso del radicalismo islamista.

Cualquiera que fuera la motivación íntima que llevó a Omar Mateen a disparar, no hay ninguna duda de que la salvaje matanza, reivindicada por el Estado Islámico, forma parte de la batalla que el islamismo radical mantiene por imponer su retrógrada visión del mundo. Esta manifestación extrema de odio y homofobia forma parte de una realidad en la que aún hay 74 países en el mundo que castigan las relaciones homosexuales con penas de prisión y 13 con la pena de muerte por imposición de la sharía o ley islámica.

El Estado Islámico se ha mostrado especialmente cruel y ha convertido la homofobia en arma propagandística. Pero conviene no olvidar la responsabilidad que en este estado de cosas tiene un país como Arabia Saudí, con el que Occidente mantiene excelentes relaciones, como financiador y difusor de la corriente más rigorista del islam que promueve este tipo de persecuciones. Hay también otros países, como Rusia, en los que no se llega a ese extremo, pero donde los homosexuales viven aterrorizados bajo un régimen de desprecio y rechazo alentado por las propias instituciones. El conjunto dibuja un panorama desolador.

Tampoco las sociedades occidentales avanzadas están libres de culpa. En ellas aparecen comportamientos y mensajes que alimentan la homofobia y contribuyen a expandirla como una conducta normalizada y hasta legítima. Cuando el Vaticano, a pesar del discurso aperturista del Papa, rechaza al embajador que había propuesto Francia por ser homosexual, contribuye a la homofobia. Y también lo hace el Gobierno de François Hollande cuando acepta este veto sin oponer resistencia. El cardenal Cañizares es libre de defender cuanto quiera a la familia tradicional católica, pero cuando culpa del asedio que en su opinión sufre a “la acción del imperio gay”, está alimentando sentimientos homofóbicos. Este tipo de manifestaciones forma el sustrato que más tarde se manifiesta en forma de agresiones a homosexuales como las que se han vivido recientemente en Madrid.

No es cuestión de tradiciones culturales o mentalidades retrógradas. Tampoco de tolerancia: se tolera lo que no se acaba de aceptar. Es cuestión de derechos individuales. Si un ciudadano se siente perseguido, no puede decirse que sea libre. Algunos parlamentos autonómicos han aprobado leyes de diferente alcance contra la homofobia. Sería bueno que el próximo Gobierno promoviera una legislación estatal que proteja a este colectivo.
El País, jueves 16 de junio de 2016
Artículo relacionado: Cuidado con las crisis: engordan a las bestias

05 junio 2016

La publicidad española, en español.

La RAE alerta sobre la rendición de la publicidad en España a los anglicismos con una magnífica campaña




La experiencia es un grado. Y eso todo el mundo lo sabe. Por eso la campaña que ha lanzado la Real Academia Española de la Lengua en colaboración con la Academia de la Publicidad debería calar muy hondo. Por varias razones: porque, como bien bien recuerda en el vídeo, la RAE, no es una start-up y tiene más de 3 siglos de experiencia, y de grados; porque el argumentario de la campaña, que sostiene la tesis de que el uso del inglés en la publicidad esta ahogando al español, es sólido como las aspas de un molino de Catilla-La Mancha; y sobre todo porque el español no tiene nada que envidiarle al inglés.


Eco-friendly, light o cleaning power. Son solo algunos de los anglicismos más utilizados en la publicidad como reclamo para los consumidores. La RAE y la Academia de la Publicidad se han propuesto luchar contra su uso excesivo mediante un anuncio propio, que evidencia la profusión del léxico procedente del inglés en los anuncios publicitarios. Un coche con direct-assist no se desliza mejor que uno con dirección asistida. Entregar un report en el trabajo no es más productivo que entregar un informe. O una crema anti-age no rejuvenece más que una antiedad. Bueno, quizás en este caso tanto uno como otro no cumplen su enunciado a rajatabla. Una lavadora con detergente new formula no lavará mejor que uno con nueva fórmula. Pero sobre todo, unas gafas de sol blind effect, por muy bonito y elegante que suene el apodo, no sirven para nada. Sí, la permeabilidad de las lenguas siempre ha existido de forma natural en cualquier idioma, pero hace falta darse cuenta de que el español es nuestro patrimonio y nuestra lengua materna. Y “lengua madre no hay más que una”.
PD: Y a una tableta no hay que llamarla table.

13 mayo 2016

Los adoradores



Los adoradores salen a las calles de nuestras ciudades para arropar a sus ídolos o celebrar un título tras otro. Los adoradores piensan que sus clubes deportivos son la auténtica marca España, que el negocio de empresas futbolísticas privadas debería ser subvencionado con fondos públicos, como el cine patrio, dicen, cuando olvidan que la mano de obra, o, mejor en este caso, el pie de obra, es mayormente de origen extranjero. Idolatran a unos deportistas multimillonarios (y, a menudo, endiosados) con sueldos obscenos. Los fanáticos del balompié, protagonistas de la Futbolización que nos rodea, oficiantes de esta liturgia pagana, viven su pasión como una experiencia religiosa.

Para satisfacer a los adoradores, la televisión pública abre los Telediarios de máxima audiencia emitiendo un minuto de titulares deportivos (como anticipo a una extensa cobertura al final de cada noticiario), concediéndoles el mismo rango que cualquier otra noticia de relevancia nacional o internacional, porque el fútbol, como dijo aquél, se ha convertido en España en un asunto de estado. Incluso las cadenas de radio privadas interrumpen la programación habitual para retransmitir encuentros. El fútbol genera la mayor audiencia y el Marca sigue siendo el periódico de mayor tirada.

Definitivamente, visto lo visto, los éxitos deportivos de una excepcional generación de futbolistas se les han subido a la cabeza a muchos compatriotas, los adoradores y las adoratrices del becerro de oro de nuestro tiempo.• cmg

29 abril 2016

Localismos y aprendizaje de idiomas

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

La curiosidad por conocer al otro, la cultura del otro, la lengua del otro es requisito imprescindible para el aprendizaje de un idioma diferente al nuestro materno.  Una visión cosmopolita de nuestro entorno facilita la adquisición de habilidades idiomáticas diferentes de las propias. A la inversa, sucede que cuanto mayor sea el apego por la cultura local menor será el interés por conocer una lengua extranjera. Tras tres décadas dedicado a la enseñanza de idiomas, he podido constatar que, cuando un individuo está involucrado únicamente en su cultura autóctona, éste se ve incapaz de adquirir destreza en el uso de una lengua extranjera. Se trata de una relación causa efecto. Sin embargo, aquellos individuos que viajan a otros lugares, ven y escuchan películas de otras partes del mundo, o leen sobre otros asuntos además de sobre su cultura local, muestran una disposición natural al aprendizaje de una lengua extranjera, pues consideran que ésta les enriquece como personas y les hace sentirse ciudadanos del mundo, sentimiento que no ansían quienes, en su obsesión identitaria, sólo se enorgullecen de una cultura autóctona que, por su riqueza y omnipresencia en la vida colectiva, perciben como autosuficiente.

Por lo general, quienes simplemente se conforman con sus tradiciones, con la foto fija de liturgias locales, siempre idénticas y periódicas, carecen de la curiosidad por ver, a través de la ventana del cine, imágenes en movimiento de historias multiculturales localizadas en otras latitudes de la sociedad global. En su narcisismo no son capaces de apreciar otros acentos, otros idiomas, ni sienten la necesidad de aprenderlos. Dice Antonio Muñoz Molina que una cultura personal se adquiere con mucho tesón y esfuerzo a lo largo de la vida, igual que se adquiere la destreza para hablar un idioma extranjero; una cultura autóctona se posee tan solo por nacer en ella. Sentirse exageradamente orgulloso de haber nacido en tal o cual sitio es un acto empobrecedor y ridículo, como lo es también creerse el ombligo del mundo. El localismo es una forma primigenia de nacionalismo, o, como dijo Karl Popper, una regresión a la tribu.


Estudiar y escuchar un idioma extranjero requiere un esfuerzo intelectual que es incompatible con la práctica de cualquier forma de fanatismo. Algunos se ven incapaces de abandonar su zona de confort, fascinados de por vida por la contemplación de la patrona local, una pequeña estatua articulada de madera a la que adoran, entre otros motivos, porque representa a una mujer que, dicen, "engendró" sin sexo previo.

Una vez conocí a un universitario de una ciudad del sur de España, narcisista como ninguna otra, que confesaba que sólo le interesaban los arquitectos nacidos en su ciudad y no entendía el entusiasmo que sus compañeros de la Escuela de Arquitectura sentían tras anunciarse un taller que iba a ser impartido por dos reputados arquitectos portugueses. A quienes durante gran parte del año ocupan su pensamiento en perpetuar las tradiciones locales o nacionales poco tiempo les queda para ocuparse de estudiar una lengua extranjera que ven ajena a su propio grupo social, no creen necesitar y a la que consideran una asignatura maría. Un estudiante de secundaria me confesó en cierta ocasión que, en lugar de irse de crucero en el viaje de fin de curso con sus compañeros para conocer el Mediterráneo esa primavera, había preferido peregrinar al Rocío, ¡por décimo año consecutivo! Ninguno de los dos habla una segunda lengua. 

18 abril 2016

Estampa universitaria en la era digital

11.35h. Un día lectivo. A través del pequeño ventanal circular de la puerta del aula se podía contemplar la siguiente escena: unos quince o veinte  alumnos están sentados en las filas traseras mientras la profesora imparte su docencia. Dos parejas de chicas charlan animadamente entre risitas; unos seis o siete alumnos, con el cuello inclinado hacia abajo, wasapean compulsivamente; otro estudiante se divierte con un videojuego de fútbol que tiene abierto en la pantalla de su portátil. 
Evasión en el aula. El tiempo de ocio se superpone al tiempo de formación sin solución de continuidad. El espacio académico es ahora, para algunos estudiantes universitarios, la prolongación del espacio de diversión. Las omnipresentes pantallas actúan como elementos de distracción. Parece que la predicción de Einstein ha terminado por cumplirse. La escena merecía una foto, pues la imagen dice más que mil palabras, pero no tenía una cámara a mano. • cmg

11 abril 2016

Educación electrónica

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER


Hoy en día, cualquiera que tenga en sus manos un dispositivo electrónico de telecomunicación sabe cómo usarlo, tan intuitivos son, pero no existe manual de instrucciones alguno que le enseñe cuándo usarlo y cuándo no. En esta columna pretendo reflexionar sobre nuestra forma actual de comunicarnos y relacionarnos socialmente.

Si bien es comprensible el uso simultáneo de sistemas de telecomunicación en momentos de ocio al aire libre, mientras cocinamos o hacemos alguna tarea del hogar, hay otros momentos en los que nuestro interlocutor requiere de nuestra atención en exclusiva, como cuando almorzamos con un amigo o familiar al que hace tiempo que no vemos, cuando ejercemos un trabajo de vigilancia o supervisión, cuando asistimos a una obra de teatro, escuchamos una orquesta de música clásica o prestamos atención a un profesor en el aula. Es una cuestión de respeto.

Una familia empantallada
Está desapareciendo entre muchos jóvenes la capacidad de concentrarse en algo durante un tiempo, y esto los docentes lo percibimos a diario. Muchos usuarios de la red, en su dispersión, no pueden fijar la atención. Algunas nuevas tecnologías producen, de hecho, una pérdida de tiempo pues nos hacen excesivamente dependientes de lo inmediato. Los psicólogos hablan ya de la ansiedad producida por el miedo a perderse algo (MAPA) en el whatsapp. ¡Qué difícil nos resulta prescindir del control de nuestro entorno y zafarnos del yugo de la conectividad permanente! Viven algunos enchufados, o empantallados, como diría Elvira Lindo, sin prestar atención a lo que ocurre a su alrededor ni a las personas que les rodean cuando comen o viajan, por ejemplo. Las compañías de telefonía móvil han conseguido finalmente que hayamos aprendido a vivir sin saber esperar y nos han creado la necesidad de consumir productos con los que se lucran.

No prestamos atención a la realidad circundante cuando vamos en el autobús o en el metro, y así no tenemos que pensar en la sociedad injusta y defectuosa que nos rodea. Pensar es necesario para construir un mundo mejor. Y cuanto menos pensemos mejor para el poder establecido. Caminamos por la calle distraídos, sin alzar la vista, cual autómatas, absorta nuestra mirada en una minúscula pantallita centelleante de letras animadas en continuo movimiento. Nos sentimos frustrados porque nuestro interlocutor no nos preste la atención que merecemos. Vivimos en la era de la distracción.

Vivimos hipercomunicados a distancia con otras personas, pero desconectados de nosotros mismos. Nos conformamos con una interacción de bajo coste, tanto emocional como lingüístico. Predomina la telecomunicación frente a lo que me gusta llamar cercacomunicación. Se chatea o teclea para evitar hablar por teléfono o ver cara a cara mediante videoconferencia.

¡PARE DE TECLEAR!
A su vez, esta sobreutilización de las tecnologías de la telecomunicación ha producido una evidente degradación de muchos oficios. A diario vemos cómo, por ejemplo, socorristas, vigilantes de museos, conductores de autobuses, ambulancias o taxis, policías de patrulla, obreros de la construcción, dependientes de tiendas, cuidadores de ancianos, etc. no tienen reparo en mantener teleconversaciones textuales privadas con amigos o familiares durante su horario laboral o mientras conducen un vehículo. Parece haberse perdido también la paciencia contemplativa, fenómeno este que se observa sobre todo en museos, en exposiciones o en cines.

Quienes me conocen saben que no soy ningún tecnófobo pues me sirvo a diario de las tecnologías de la telecomunicación tanto en mi vida personal como profesional. Pero no me considero un esclavo de las mismas. Afortunadamente, vivo el día a día desenchufado y con la mirada atenta a lo que ocurre a mi alrededor y a las personas que me rodean. No considero la tecnología como la panacea para resolverlo todo, como ocurría en la pesadilla orwelliana.


Precisamos buenos modales tecnológicos. Un ejemplo ha sido la reciente conversión de algunos vagones del AVE en espacios silenciosos o la prohibición de conducir hablando o tecleando por el móvil. Estos días se publican libros sobre la dieta digital para no caer en excesos tecnológicos o vídeos que nos animan a levantar la mirada del teléfono móvil para apreciar la realidad circundante. 

Luis Aragonés le espetó un día al jugador Sergio Ramos en un entrenamiento de La Roja:“¡Haga usted el favor de dejar el móvil de los cojones y hable con sus compañeros!” La telecomunicación ha llegado para quedarse, de acuerdo, pero, ¿le estamos dando el mejor de los usos? ¿Tendrá algo que ver la desaparición de la asignatura Educación para la Ciudadanía con este no saber estar de algunos? ¿Quién nos educa para no abusar de la tecnología?

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10 abril 2016

De aquellos barros, estos lodos


Sostengo la teoría de que la prevalencia de las prácticas corruptas entre los españoles es (también) atribuible a la impunidad que gozaba cualquier arbitrariedad cometida durante la dictadura franquista. Durante cuatro décadas muchos, sabiéndose impunes, interiorizaron que el que la hace NO la paga, y esta premisa se fue incorporando sutilmente al subconsciente colectivo hasta llegar a nuestros días. Evidentemente, esta conducta, ya endémica, no es privativa de las personas de derechas o de los herederos sociológicos del franquismo, sino que afecta también a personas que se califican de progresistas, para las que el fin justifica los medios. Y, si no, remitámonos a la realidad circundante de nuestro país, salpicada de casos de corrupción por doquier. Ahora se demuestra que fue un error olvidar, mirar para otro lado y no depurar responsabilidades cuando se inició la Transición a esta democracia frágil y endeble. De aquellos barros, estos lodos. cmg

Franquismo residual



Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

Dedicado a los maestros y maestras de la República Española

De forma periódica, escucho decirlo a mis mayores: este país todavía huele a Franco. Lo sentenciaba el gran Paco Rabal antes de morir. En actitudes y hábitos, parece como si no acabáramos de desprendernos de esa costra casposa de efecto retardado que nos inoculó a los españoles la larga noche del franquismo. El franquismo dura ya demasiado tiempo.

En su día escuché a Albert Boadella señalar que la peor herencia de la dictadura franquista fue imponer un desdén por las cosas bien hechas, una cierta indolencia en el trabajo y en la vida cotidiana. Me atrevo a añadir que este rasgo se manifiesta también en la baja calidad de nuestra democracia. En España no se ha instalado aún lo que a mí me gusta llamar la democracia de la calle, que antes se denominaba civismo, un valor que cada vez echo más en falta a mi vuelta de cualquier viaje por Europa. Educar en valores cívicos es la asignatura pendiente de la sociedad española, y, en este sentido, toda una generación de padres ha fracasado.


El escritor gallego Suso de Toro, al echar la vista atrás, reconoce ahora que las movilizaciones contra la gestión medioambiental del desastre del Prestige no pasaron factura electoral a los responsables en Galicia porque “nuestra historia familiar y nuestra cultura personal y cívica, están troqueladas por el franquismo. Vivimos en una sociedad educada para unas relaciones políticas sadomasoquistas y que tolera comportamientos que no toleraría una sociedad con una cultura democrática más profunda.” Esto es el franquismo sociológico del estás conmigo o contra mí.

El maestro Eduardo Haro Tecglen va incluso más lejos: “Siempre Franco; sin él no se entiende este país de hoy.” Y Juan Luis Cebrián piensa que Franco es una consecuencia de ver, entender y hacer España que todavía está viva y coleando. Hoy, muchos de nuestros jóvenes no conocen en qué medida el franquismo afectó a la vida de los españoles. La España actual no se puede entender sin saber qué fue el franquismo, una etapa muy compleja que duró cuarenta años y concluyó con el dictador muerto en la cama, una metáfora que significa que no pudimos echarlo ni eliminarlo.


De aquella España negra quedan los rescoldos del sempiterno odio cainita, el machismo asesino, el nacionalismo patriotero y trasnochado que afecta a algunos sectores de nuestra sociedad, la generalización de la corrupción y del fraude fiscal, la ausencia de una ética social, la chulería individualista provocada por tantos años de autarquía, y, sobre todo, el preocupante desprecio por la educación. Pienso que es urgente poner en marcha una socialización o educación política en democracia; podríamos empezar por universalizar la educación medioambiental y sexual.


Para Ana María Moix, una de las tragedias de la Guerra Civil de nuestros abuelos fue la extinción de un espíritu que consistía, entre otras cosas, en saber, creer de verdad, y enseñar algo muy simple: que hay cosas que no se hacen. Tras unos años en que, dada la imagen, la actitud, los hechos y el discurso de cierta clase política, los ciudadanos no prestan ningún crédito a quienes se ocupan de la cosa pública, es imprescindible que existan personas que sepan y enseñen que hay cosas que no se hacen. Siempre me ha llamado poderosamente la atención la enorme permisividad de muchos de nuestros conciudadanos con los comportamientos incívicos.


Alejandro Pizarro, profesor del la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Complutense asegura que, en España, las élites culturales tenían más peso e influencia antes de la Guerra Civil que ahora. Estamos pagando el precio de cuarenta años de fascismo y la pérdida de esa oportunidad de oro para levantar el listón medio de cultura y civismo que fueron los 13 años de gobierno socialista para haber entroncado con la tradición ilustrada de instrucción pública de la Segunda República. Se podría decir que España es un país analfabeto funcional porque hemos logrado, afortunadamente, niveles de democracia (vamos a ser el quinto país del mundo en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo), de desarrollo económico y de infraestructuras semejantes a los países de nuestro entorno, pero no ocurre lo mismo con los niveles de cultura y civismo. Una sociedad que no lee es una sociedad enferma.


Por muy simplista que suene, estoy con Ortega cuando dijo aquello de si España es el problema, Europa es la solución. No se puede decir más con menos. Hoy en día, Europa es el respeto al otro, la civilización de la convivencia. Por eso, necesitamos más Europa. Con todo, seamos optimistas pues los europeos nos aprestamos a refrendar la primera constitución genuinamente laica por la que se va a regir este país (estoy seguro de que Azaña votaría sí). 
Publicado el 29 de octubre de 2004 en el número 3.830 de la revista El Faro.