13 octubre 2021

Iglesia católica y pederastia: ¿a qué espera España?

 El Estado es el instrumento para investigar los casos de abusos que se niega a abordar la Conferencia Episcopal

Pese a preservar el secreto de confesión, la Iglesia católica francesa ha actuado de forma enérgica para abordar el dramático agujero negro de la pederastia en su seno. Por contraste, hace más insostenible todavía la actitud de otras jerarquías eclesiásticas, como la española, que se resisten a reconocer su responsabilidad directa en los daños causados. Por propia iniciativa, la Conferencia Episcopal francesa encargó una investigación a una comisión independiente que ha podido trabajar sin cortapisas. Los datos del informe emitido son abrumadores: al menos 216.000 menores fueron víctima de abusos o violencia sexual entre 1950 y 2020 por parte de más de 3.300 sacerdotes y religiosos, pero la cifra se eleva hasta 330.000 si se cuentan los cometidos por personas laicas que colaboraban con sus instituciones.

Nada permite pensar que la situación en España pudiera haber sido distinta durante los años en los que la Iglesia tuvo un papel determinante y omnipresente en la educación. Desde que en 2002 el diario The Boston Globe destapó el primer gran escándalo de pederastia en la Iglesia de Estados Unidos, se han sucedido las revelaciones y las investigaciones. En algunos casos, como Francia o Alemania, han sido las propias conferencias episcopales las que han iniciado las investigaciones. En Bélgica ha sido iniciativa del Parlamento, y en otros, como Australia o Irlanda, del Gobierno. España es, junto a Italia y Portugal, el país donde mayor resistencia muestra la Iglesia a esclarecer la verdad. Tampoco el Estado ha hecho nada hasta ahora para que se investigue de forma más rápida y segura.

Según los datos disponibles, la proporción de sacerdotes o religiosos implicados en abusos oscila entre el 4% y el 7% del total. La simple extrapolación de esas investigaciones a España predice un panorama de impunidad del que solo ha salido a la luz una ínfima parte. La actitud de la Conferencia Episcopal ha sido siempre tan negacionista como obstruccionista. No solo perpetúa así la vejación sufrida por las víctimas, sino que también desobedece el mandato del papa Francisco. Sus instrucciones de colaboración y transparencia fueron muy precisas y ha vuelto a señalar de forma reciente su vergüenza por “la larga incapacidad de la Iglesia” para afrontar esta cuestión. Salvo algunos obispados y unas pocas órdenes religiosas, la máxima jerarquía española sigue sin querer ver y escuchar, haciendo ostentación de una indiferencia profunda y cruel.

Al permitir y en muchos casos encubrir los abusos, la Iglesia católica traiciona la confianza de las familias que han puesto una parte de la vida de sus hijos en sus manos, y también ha traicionado la confianza del Estado, que le ha concedido el privilegio de intervenir en su educación. El resarcimiento en estos casos no existe ni el daño puede cuantificarse de ningún modo: nada reparará el dolor causado, pero es indispensable la investigación de una herida colectiva que sigue ahí y que nadie ha querido abordar de forma clara y persistente. Lo merecen las víctimas y solo el Estado puede ser su auxilio. El informe emitido en Francia contiene cuarenta y cinco recomendaciones. Es un ejemplo de conducta independiente y rigurosa que sin duda animará a rectificar la desidia con la que en nuestro país se ha abordado ese sangrante problema. (El País, 13 de octubre de 2021)

31 julio 2021

¿LIBERTAD?

 

Libertad para ver matar a seis toros (algunos con nombres como Feminista o Nigeriano) como espectáculo. Libertad para tomarse unas cañas en la barra de un bar sin guardar las distancias. Libertad para no encontrarte con tu ex pareja por la calle. Libertad para conducir por la Gran Vía. Libertad para adoctrinar en la superstición a niños y niñas. Libertad para matar a 26 millones de rojos por hijos de puta. Libertad para seguir denominando ejército nacional al ejército sublevado (contra la democracia). Libertad para decirle al adversario que se largue. Libertad para negarse a compartir la memoria colectiva. Libertad para hacer chistes de mariquitas. Libertad para agredir y asesinar al grito de maricón de mierda. Libertad para destrozar la convivencia. Libertad para quedarse sin argumentos. cmg2021

25 julio 2021

Hacer las paces con el pasado

Por GUILLERMO ALTARES

El País, 25 de julio de 2021

Algunos países parecen atrapados por su historia y no precisamente de forma positiva. Da la sensación de que temen que reconocer los horrores del pasado condicione su presente y afecte a la visión que los ciudadanos tienen de sí mismos. El Gobierno polaco se niega a reconocer el antisemitismo antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial; una parte cada vez más significativa de la derecha española sonríe mientras la ultraderecha explica que no hubo golpe de Estado en 1936 –o peor incluso, que estaba justificado– y llama “hurgar en el pasado” a dar una digna sepultura a miles de represaliados que siguen enterrados en fosas comunes; mientras Turquía convierte en afrenta contra el Estado el reconocimiento del genocidio armenio o la Rusia de Putin blanquea sin complejos los crímenes del estalinismo.

En todos los casos, existe un consenso entre los historiadores serios sobre lo que ocurrió, millones de documentos que lo prueban, miles de libros indiscutibles de testigos y de investigadores… Pero no importa: la ceguera ante la historia responde a la vieja frase de Groucho Marx: “¿A quién va a creer? ¿A mí o a lo que ven sus ojos?”. Esta tendencia a falsear el pasado se ha instalado en EEUU, donde cinco Estados han aprobado leyes que dificultan la enseñanza en la escuela de la esclavitud o del trato discriminatorio que los ciudadanos negros han recibido a lo largo de la historia.

Los argumentos esgrimidos, como señalaba el investigador Timothy Snyder en un artículo titulado ‘La guerra contra la historia es una guerra contra la democracia’, son que estas enseñanzas pueden provocar malestar entre los alumnos. “La historia no es una terapia y el malestar forma parte del proceso de crecer”, escribe Snyder. La dificultad para admitir el pasado esclavista y segregacionista por parte de la sociedad estadounidense es uno de los temas del libro de Susan Neiman titulado Learning from the Germans (Aprendiendo de los alemanes), en el que comparaba la forma en que Alemania se enfrentó al pasado nazi y EEUU a las huellas de la esclavitud, que persisten en forma de racismo institucionalizado en muchos aspectos de la vida civil. Neiman, estadounidense asentada en Berlín, sostenía que en inglés no existe una palabra similar al Vergangenheitsbewältigung alemán, que quiere decir algo así como “hacer las paces con el pasado”. En castellano, de hecho, no ha prosperado ninguna expresión similar.

“El mal es lo que hacen otras personas. Nuestra gente siempre es muy buena gente”, escribe Neiman para ilustrar hasta qué punto resultar difícil lidiar con el pasado. Y ese es precisamente el problema: detrás de todos estos esfuerzos para falsificar la historia –en el fondo no se trata de otra cosa– se esconde de forma indisimulada la voluntad de dividir a la sociedad entre ellos y nosotros, entre los ciudadanos de bien y los demás, entre los patriotas y los traidores. Al final, solo la verdad, la investigación sincera de la historia y el reconocimiento de los crímenes del pasado y su repercusión en el presente es lo único que puede unir a una sociedad. Todas esas falsificaciones no son solo una mentira, son, como sostiene Snyder, un ataque contra la democracia.

20 julio 2021

Picasso llega al Prado


El formidable cuadro Buste de Femme 43, de Pablo Picasso, ha sido donado por la fundación American Friends of the Prado, y colgado junto a cuatro retratos de El Greco. Todos parecen conversar en armonía pictórica. Los clásicos se nutren entre sí.

29 junio 2021

Los gays y los homosexuales

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

¿Son los términos “gay” y “homosexual” realmente sinónimos? Todos los gays son homosexuales, pero no todos los homosexuales pueden también definirse como gays. La homosexual es simplemente una orientación sexual, lo gay es un hecho cultural, es decir, la opción de vivir en libertad y sin miedo una sexualidad no mayoritaria. El homosexual nace, mientras que el gay se hace. O, dicho en términos más coloquiales, la tendencia homosexual viene de serie, pero ser gay hay que currárselo.

El hombre homosexual se conforma con vivir su sexualidad con mucha discreción (palabra predominante en su vocabulario), sin que “se le note”, y conservando el status quo de su invisibilidad (suele confundir la visibilidad con “ir predicándolo a los cuatro vientos”); por contra, el hombre gay reivindica su derecho a mostrarse tal como es, a visibilizarse, y a no reprimir, por ejemplo, sus muestras de afecto hacia su pareja o sus amigos en público. Si al homosexual le preocupa que le puedan percibir como tal (por la vergüenza que le produce su propia homofobia interiorizada), al gay no le importa. El hombre gay, por tanto, ha debido recorrer un duro camino para aprender a convivir con la homofobia circundante de miradas, insultos y agresiones, y es feliz actuando con naturalidad y sintiéndose libre. (Conviene señalar que precisamente el vocablo “gay” significaba originariamente en inglés y en el antiguo provenzal “alegre/feliz”.)

Aquí reside la motivación del denominado orgullo gay: lo que los gays celebramos cada 28 de junio en todo el mundo no es el ser gays, sino el haber conquistado la libertad para poder serlo, y este importante matiz parecen ignorarlo quienes se preguntan por qué no celebrar también un día del orgullo heterosexual o del macho ibérico. El orgullo gay es totalmente ajeno a muchos hombres, que son simplemente homosexuales y prefieren permanecer semiarmarizados (o armarizados del todo y con doble vida) pues no se sienten identificados con esta celebración, ya que sencillamente no han hecho nada de lo que sentirse orgullosos, y uno sólo puede sentirse orgulloso de aquello de lo que es responsable. Pero los festejos callejeros del orgullo gay no surgen, en ningún caso, por afán exhibicionista, sino que pretenden ser una celebración de la diversidad social y afectiva. Hacemos de la reivindicación una fiesta, y de la fiesta una reivindicación. De alguna manera, se trata de una versión del eterno dilema humano entre realidad o apariencia, entre ser o parecer, o, en este caso, no parecer.

Aunque para algunos hablantes parezcan sinónimos, estos adjetivos son semánticamente diferentes, además de que uno incluya al otro, como señalé al inicio de esta reflexión filológica. Varios prototipos de la ficción contemporánea ilustran la diferencia. Brokeback Mountain es, en puridad, una oscura historia de amor homosexual. Ennis del Mar y Jack Twist, los vaqueros de la América profunda de los años 60, personifican a unos hombres homosexuales atormentados por su diferencia biológica. Sin embargo, en la ficción televisiva Física o química, el personaje de Fer vive con naturalidad, y a la vista de todos, una historia de amor y desamor gay con su novio David en los pasillos de su instituto de bachillerato.

Cuarenta años “distancian” a unos personajes de otros, cuarenta años desde que una noche de junio de 1969, en el bar Stonewall de Nueva York, un grupo de “locazas” con muchos reaños dejaran de poner la otra mejilla y comenzara así la liberación gay para generaciones posteriores de hombres y mujeres homosexuales. ¿Puede alguien a estas alturas poner en duda que este momento fundacional no sea motivo de orgullo y celebración? cmg2009

26 junio 2021

Por qué merece la pena seguir viajando

Por GUILLERMO ALTARES,  El País, 26 de junio de 2021

La pandemia llegó en un momento en el que se estaba produciendo un debate sobre el sentido del turismo, tanto por la necesidad de ser más sostenible como de proteger entornos únicos. Lentamente, las fronteras se abren de nuevo, lo que es una buena noticia porque sin los viajes la humanidad sería peor


Annie Hall culmina con uno de los finales más emocionantes de la historia del cine. Alvy Singer, el personaje que interpreta Woody Allen, trata de explicar sus sentimientos tras reencontrarse con su antiguo amor. “Recordé aquel viejo chiste del tipo que va al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina’. El doctor contesta: ‘¿Por qué no lo interna?’. Y el tipo le dice: ‘Lo haría, pero necesito los huevos’. Pues eso, más o menos, es lo que pienso sobre las relaciones humanas: son irracionales y locas, y absurdas, pero… supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos”. De alguna forma, esta misma frase podría aplicarse a los viajes de placer: pueden ser inseguros, hace calor (o frío), la comida es rara, incluso mala, los aviones son un martirio y contaminan, los retrasos exasperantes, la habitación no es la que esperábamos, no hay forma de encontrar un hueco en la playa, ni una mesa para comer… Pero todos necesitamos los huevos y, además, sin ellos la humanidad sería mucho peor.

Vista de la ciudad de Menton, en la Costa Azul.
Vista de la ciudad de Menton, en la Costa Azul.  GETTY IMAGES

Después de un año y medio de pandemia, las vacunas y los pasaportes sanitarios vuelven a abrir la posibilidad de desplazarse. Lentamente, las fronteras se abren y el mundo vuelve a hacerse grande. Los viajes son de nuevo una esperanza y un desafío. Pocos textos literarios expresan con tanta certeza nuestra relación con el turismo como La vuelta al mundo de un novelista, de Vicente Blasco Ibáñez. Publicado por primera vez en 1924, se trata de un gran clásico de la literatura de viajes en castellano —el reportero Manu Leguineche estaba entre sus fans— en el que el escritor valenciano, que entonces era seguramente el novelista más famoso y mejor pagado del mundo, relata su periplo alrededor de la Tierra en el lujoso crucero Franconia. El autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis explica que se encontraba en el jardín de su villa de la Costa Azul, en Menton, y, cuando se acerca el momento de emprender la larga aventura, una voz interior comienza a poner pegas. “Quédate —dice la orquesta murmurante del jardín—; vas a perder nuestras flores y nuestros frutos, los dulces atardeceres del otoño, la compañía serena y luminosa de los libros”, escribe. “Perderás también las fiestas invernales de la Costa Azul, que atraen a los felices de la tierra: el Carnaval de Niza, las óperas y conciertos de Montecarlo, las regatas, los bailes en hoteles enormes como alcázares de leyenda, las batallas de flores. Vas a renunciar a las dulces horas vespertinas en tu biblioteca…”. Sin embargo, Blasco Ibáñez elige el viaje, como lleva haciendo la humanidad desde la noche de los tiempos.

“El turismo es una clarísima señal de progreso”, explica José María Faraldo, profesor de la Universidad Complutense y coautor, junto a Carolina Rodríguez-López, de Introducción a la historia del turismo (Alianza Editorial). “La turismofobia siempre me ha parecido un sentimiento bastante absurdo. Al principio viajaban los que podían hacerlo, los que tenían dinero y, sobre todo, tiempo. Mucha gente no tenía tiempo. Cuando la mayoría de la población trabajaba en el campo de sol a sol, no se podía ir más allá de la verbena del pueblo de al lado. Todo el mundo tiene derecho a viajar. Poner trabas a que la gente lo haga es siempre negativo”.

Máscaras venecianas en el Carnaval de Venecia.
Máscaras venecianas en el Carnaval de Venecia. GETTY IMAGES

La pandemia llegó en un momento en el que se estaba produciendo un debate mundial sobre el sentido de los viajes y cuando la turismofobia se estaba convirtiendo en una palabra de moda en algunas ciudades, como Barcelona o Venecia, que habían sido tomadas al asalto por masas de visitantes, desplazando a sus vecinos. La llamada gentrificación, la pesadilla de los pisos turísticos, que disparan los alquileres y convierten los barrios en parques temáticos, se sumó a un concepto que popularizó la joven activista climática Greta Thunbergflygskam: tener vergüenza de volar por la huella de carbono que produce la aviación comercial. “El futuro del turismo será ecológico o no será”, explica Faraldo, quien cree que el porvenir de los viajes pasa por establecer una relación “menos agresiva con el medio ambiente”. Eso no significa renunciar a ellos, sino que los desplazamientos se organicen y racionalicen de forma que las exigencias ecológicas sean mucho más elevadas.

Se trata de algo en lo que ya está trabajando la Organización Mundial del Turismo, un organismo dependiente de Naciones Unidas, para evitar que se cumplan sus propias previsiones: si no se hace nada, calcula que para 2030 las emisiones relacionadas con los viajes de placer aumentarán un 30%. La idea no es parar el mundo y bajarse, sino buscar fórmulas para que la huella de carbono se reduzca drásticamente, desde evitar el uso de plásticos desechables hasta cambiar los medios de transporte para desplazamientos cortos. Y lo mismo ocurre con los problemas derivados de la alta concentración de turistas en algunos lugares del mundo. Ciudades como Ámsterdam o Berlín están llevando a cabo políticas muy activas contra los pisos turísticos y para proteger el comercio local.

Visitantes ante 'La Gioconda', en el Louvre (París)
Visitantes ante 'La Gioconda', en el Louvre (París)  GETTY IMAGES

Lugares que enriquecen

Sin embargo, hay ciudades en las que la presencia masiva de viajeros tiene difícil arreglo. Resultará inevitable que barrios de París, Barcelona, Madrid, Venecia, Berlín, Nueva York, Ámsterdam, Marraquech, Túnez, Buenos Aires, Cartagena de Indias o Londres vuelvan con los meses a llenarse de turistas por un motivo insoslayable: son únicos, han enriquecido a millones de personas desde los tiempos del Gran Tour, de los siglos XVII y XVIII, o incluso antes. Son ciudades globales y maravillosas que han mejorado el mundo.

El centro de Roma es incómodo, deslavazado, lleno de centuriones de cartón piedra, de palos de selfi y de pizzerías dudosas. Da igual: visitarlo es una experiencia tan intensa que hasta puede provocar el llamado síndrome de Stendhal, desatado por el exceso de belleza. Los museos del Prado, Orsay, Van Gogh, Metropolitan, El Cairo o el Louvre pueden llenarse de visitantes que se apelotonan para contemplar Las meninas, La Gioconda o los impresionistas del siglo XIX. Pero son espacios que albergan la memoria de la humanidad, que atesoran toda la belleza del mundo.

Las ruinas de la antigua ciudad inca de Machu Picchu, en Perú.
Las ruinas de la antigua ciudad inca de Machu Picchu, en Perú. GETTY IMAGES

Algunos sitios, en cambio, resultan especialmente frágiles y su conservación para el futuro plantea dudas y debates. Que siga aumentando de forma exponencial el número de turistas en ruinas como Pompeya o las tumbas del Valle de los Reyes no resulta sostenible. De alguna manera será necesario establecer cupos, como ocurre, por ejemplo, en las cuevas con arte parietal: la mayoría de las grutas con dibujos prehistóricos que pueden visitarse los tienen. Machu Picchu también, aunque desde el pasado diciembre se incrementó su capacidad de admisión de 675 a 1.116 visitantes diarios (que deben realizar una reserva previa). Eso sí, tampoco tiene sentido hurtar a las generaciones del futuro (y del presente) yacimientos que nos permiten entender mejor nuestro pasado y que, por encima de todo, proporcionan una experiencia estética y humana enriquecedora y única.

La profesora de Cambrid­ge y clasicista Mary Beard, siempre divertida, polémica y acertada, provocó un cierto escándalo cuando declaró a la prensa británica que tal vez la destrucción de Pompeya sea inevitable, pero que sería mucho peor privar al mundo de la posibilidad de poder visitar la ciudad romana. “Tengo una opinión bastante sólida sobre el daño que el turismo ha hecho a Pompeya y sobre cómo deberíamos gestionarlo”, escribió en su blog. “Hacemos lo que podemos razonablemente para preservar el sitio (y no, no apruebo —como algunos pensaron que estaba diciendo— que cualquier visitante saque lo que le apetece). Pero tenemos que aceptar que las ruinas son ruinas, y la regla es que se arruinarán más, especialmente cuando fueron destruidas por un volcán en el año 79 de la era cristiana y, no lo olvidemos, bombardeadas seriamente por los aliados en la II Guerra Mundial”. “Lo bueno de Pompeya es que un tercio de la ciudad está sin excavar, a salvo bajo tierra; y todo el mundo, hasta donde yo sé, se ha comprometido a dejarla allí para que las generaciones futuras la exploren y analicen”, proseguía Mary Beard. “El resto es inevitablemente frágil y podemos retrasar su eventual colapso, pero no evitarlo. Mientras tanto, creo que debemos decir que nos corresponde estudiarlo, explorarlo, disfrutarlo y compartirlo. Si tenemos una responsabilidad con el pasado, esa es”.

Una curtiduría en Fez (Marruecos).
Una curtiduría en Fez (Marruecos).  GETTY IMAGES

El turismo seguirá aumentando en un mundo global con más conexiones áreas que nunca, en el que cada vez más personas tienen la posibilidad de viajar, con el surgimiento de clases medias en los dos países más poblados del mundo, China y la India, y en el que la tecnología limita el impacto de barreras que antes resultaban disuasorias (como orientarse en una ciudad desconocida o incluso poder comunicarse sin hablar un idioma). Además, parar ese movimiento universal es insostenible desde un punto de vista económico. Basta con constatar el daño que la ausencia de turistas por la pandemia ha hecho a la economía española: el sector pasó de representar el 14,1% del PIB en 2019 al 5,9% en 2020, de acuerdo con el informe anual de impacto económico del Consejo Mundial de Viajes y Turismo, un organismo internacional que aglutina a 200 compañías.

Según un informe de la Organización Mundial de Turismo, entre enero y marzo de 2021, los destinos del mundo recibieron 180 millones menos de llegadas de turistas internacionales en comparación con el primer trimestre del pasado año. Asia y el Pacífico siguieron mostrando los niveles más bajos de actividad, con una caída del 94%. Europa registró la segunda mayor caída (-83%), seguida de África (-81%), Oriente Próximo (-78%) y América (-71%). Esos datos se traducen en pérdidas de empleos, en personas que no pueden ganarse la vida, pero, sobre todo, describen un mundo mucho más pequeño y pobre.

The Edge, un mirador en Nueva York.
The Edge, un mirador en Nueva York.  GETTY IMAGES

Viajar no es solo una cuestión económica, es una cuestión vital. “Mi vida ha sido un cruzar constante de fronteras, tanto físicas como metafísicas. Ese es para mí el verdadero sentido de la vida”, explicó el gran reportero y viajero polaco Ryszard Kapuscinski en una entrevista con Ramón Lobo en este diario cuando se publicó su libro Viajes con Heródoto (Anagrama), una reflexión sobre su existencia como trotamundos. “Hay que aventurarse en lo desconocido, dejarse guiar por la magia de viajar que actúa como una droga y en la que el camino es el tesoro”, escribió el reportero polaco.

Antes de que se inventase la palabra turismo —a principios del siglo XIX en el Reino Unido y Francia, aunque no llegó al Diccionario de la Real Academia Española hasta 1925 para definir la “afición a viajar por gusto de recorrer un país”—, los viajes de placer ya eran muy intensos. José María Faraldo y Carolina Rodríguez-López explican en su Introducción a la historia del turismo que “la palabra usada en el castellano clásico para viajero era la de peregrino, que tenía un sentido mucho más amplio que el que le damos hoy. Esta palabra provenía del término latino peregrare, que significaba simplemente ‘viajar por el mundo’. San Agustín de Hipona escribía en el siglo IV después de Cristo que todos somos peregrinos, gente de paso en el mundo, y su metáfora del mundo como viaje ha llegado hasta nuestros días”.

Jeroglíficos en una tumba del Valle de los Reyes (Egipto).
Jeroglíficos en una tumba del Valle de los Reyes (Egipto). GETTY IMAGES

‘Wanderschaft’, una palabra clave

En su último libro, El hilo de oro (Ariel), el profesor de Clásicas de la Complutense y escritor David Hernández de la Fuente describe la larga época, antes de la I Guerra Mundial, en la que Europa vivía sin fronteras a través de una palabra, Wanderschaft, “de origen medieval, fervor romántico y aún vigente: son años errantes que los aprendices de un oficio deben pasar sin residencia fija, con una vestimenta especial de su gremio y un pasaporte que les abre las casas, las ciudades y los saberes de su especialidad”. Sin esta institución que permitió viajar a los artesanos no hubiesen existido ni las catedrales, ni las universidades, ni los saberes comunes que hacen de Europa lo que es.

Mucho antes, Heródoto pudo realizar sus viajes porque los antiguos griegos, cuenta Kapuscinski, crearon la figura del proxenos, “el amigo del huésped, una institución al uso en aquellos tiempos, una especie de cónsul que, por voluntad propia o por encargo remunerado, se ocupaba de los viajeros llegados a la polis de la que él era originario”. Es una figura más profunda que la de nuestros guías turísticos porque, como explica Hernández de la Fuente, “hay que recordar aquel viejo proverbio entre los griegos que decía que ‘de Zeus vienen los extranjeros’ (Homero, la Odisea). Bajo el calificativo de xenios, el ‘protector de los extranjeros’, gobernaba el próvido dios del Olimpo las relaciones humanas cuidando de la fidelidad entre huésped y anfitrión como sagrada ley”.

La historia humana solo se puede explicar como un largo viaje, que empieza hace millones de años en África, de donde salió en diferentes oleadas un homínido que acabó poblando el planeta: el Homo sapiens, nosotros. De todas las hazañas de la prehistoria, la más extraña y desafiante es la llegada del hombre moderno a Australia, un continente que siempre fue una isla. En algún momento, hace unos 60.000 años, un grupo de Homo sapiens llegó a una playa, miró hacia el mar inmenso y desconocido y, de algún modo que ignoramos porque no sabemos cómo se navegaba entonces y mucho menos cómo se orientaba alguien en mar abierto, decidió seguir adelante y continuó viajando para poblar un continente hasta entonces deshabitado. Es sorprendente que llegase a Australia 20.000 años antes que a Europa, mucho más cercana a África. Solo una pandemia ha logrado parar durante unos meses ese viaje interminable que nos convierte en humanos. Ahora toca volver a empezar.

16 junio 2021

Cómo ser un buen español

 


Por JOSÉ A. PÉREZ LEDO, eldiario.es, 15 de junio de 2021

Si bien cualquiera puede ser español, ser un buen español no es tarea sencilla. Para empezar, uno debe ser políticamente independiente, esto es, de derechas.

El buen español puede ser de cualquier raza siempre y cuando piense como un blanco. También puede ser homosexual, a condición de que no exhiba públicamente su desviación, tal y como ejemplarmente han hecho y siguen haciendo tantos futbolistas.

Un buen español puede ser de sexo femenino, solo que, en ese caso, no será un buen español, sino la esposa de un buen español, la mujé (la jota es muda en algunas subculturas) o la parienta.

Un buen español deja de llorar tras el periodo de lactancia, porque sabe que el mercado no premia a los quejicas. Desde muy pequeño, asume que las cosas se consiguen con cojones, concepto tributario de la idea de voluntad de Schopenhauer aderezado con aportaciones teóricas de Jiménez Losantos y Hermann Tertsch (casi todas las consonantes son mudas).

Un buen español rechaza los marcos cognitivos impuestos por el totum revolutum de feministas, lesbianas, negros y rastafaris. No usa los contenedores de colores porque el cambio climático es un ciclo natural, y no paga Disney+ porque adoctrina (si bien se descarga ilegalmente las de Marvel).

Un buen español sabe que no existe brecha salarial entre hombres y mujeres. Hay diferencia, sí, porque las mujeres mueven menos peso y, además, prefieren trabajos sencillos para estar en casa más rato. Se llama libertad.

Un buen español sabe que la prensa está secuestrada por intereses políticos y financieros, mientras que los JPG que pone el cuñado en Facebook son verdad.

Un buen español está orgulloso de toda la historia de nuestro Imperio, especialmente de la conquista de América. Los conquistadores, en un desinteresado esfuerzo pedagógico, mostraron a los indios la magnanimidad de Dios y, como prueba, los mandaron con Él. Ninguno volvió para quejarse.

Un buen español defiende la lidia porque sin ella los toros se extinguirían, forzando a Osborne a hacer un rediseño de su identidad corporativa que alteraría dramáticamente el skyline de nuestros más icónicos secarrales.

Un buen español no necesita saber idiomas porque con el español vas a cualquier parte. De todos modos y, como plan B, todo buen español domina la expresión corporal para, llegado el caso, poder imitar a un pollo en un restaurante de París. El desabrido carácter de los parisinos, sin embargo, no garantiza una comanda exitosa.

Pero, por encima de todo, el buen español ama España y todo lo que ha decidido que la representa. Asume que nuestro país es un crisol de identidades diversas, la madrileña, la de Castilla-La Mancha, la de Castilla y León y la andaluza, y celebra sin complejos sus diferencias. Y, por último, un buen español no se arrepiente de nada salvo quizás de no serlo suficiente.