25 diciembre 2017

Un mundo distraído, o el efecto Internet

Un mundo distraído

BÁRBARA CELIS
29/01/2011

La tercera parte de la población mundial ya es 'internauta'. La revolución digital crece veloz. Uno de sus grandes pensadores, Nicholas Carr, da claves de su existencia en el libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestra mente? El experto advierte de que se "está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma".
El correo electrónico parpadea con un mensaje inquietante: "Twitter te echa de menos. ¿No tienes curiosidad por saber las muchas cosas que te estás perdiendo? ¡Vuelve!". Ocurre cuando uno deja de entrar asiduamente en la red social: es una anomalía, no cumplir con la norma no escrita de ser un voraz consumidor de twitters hace saltar las alarmas de la empresa, que en su intento por parecer más y más humana, como la mayoría de las herramientas que pueblan nuestra vida digital, nos habla con una cercanía y una calidez que solo puede o enamorarte o indignarte. Nicholas Carr se ríe al escuchar la preocupación de la periodista ante la llegada de este mensaje a su buzón de correo. "Yo no he parado de recibirlos desde el día que suspendí mis cuentas en Facebook y Twitter. No me salí de estas redes sociales porque no me interesen. Al contrario, creo que son muy prácticas, incluso fascinantes, pero precisamente porque su esencia son los micromensajes lanzados sin pausa, su capacidad de distracción es enorme". Y esa distracción constante a la que nos somete nuestra existencia digital, y que según Carr es inherente a las nuevas tecnologías, es sobre la que este autor que fue director del Harvard Business Review y que escribe sobre tecnología desde hace casi dos décadas nos alerta en su tercer libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestra mente? (Taurus).
"Aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro"
Cuando Carr (1959) se percató, hace unos años, de que su capacidad de concentración había disminuido, de que leer artículos largos y libros se había convertido en una ardua tarea precisamente para alguien licenciado en Literatura que se había dejado mecer toda su vida por ella, comenzó a preguntarse si la causa no sería precisamente su entrega diaria a las multitareas digitales: pasar muchas horas frente a la computadora, saltando sin cesar de uno a otro programa, de una página de Internet a otra, mientras hablamos por Skype, contestamos a un correo electrónico y ponemos un link en Facebook. Su búsqueda de respuestas le llevó a escribir Superficiales... (antes publicó los polémicos El gran interruptor. El mundo en red, de Edison a Google y Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva?), "una oda al tipo de pensamiento que encarna el libro y una llamada de atención respecto a lo que está en juego: el pensamiento lineal, profundo, que incita al pensamiento creativo y que no necesariamente tiene un fin utilitario. La multitarea, instigada por el uso de Internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión y contemplación, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en esa información y al hacerlo no solo nos deshumanizan un poco sino que nos uniformizan". Apoyándose en múltiples estudios científicos que avalan su teoría y remontándose a la célebre frase de Marshall McLuhan "el medio es el mensaje", Carr ahonda en cómo las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad: la creación de la cartografía, del reloj y la más definitiva, la imprenta. Ahora, más de quinientos años después, le ha llegado el turno al efecto Internet.
Pero no hay que equivocarse: Carr no defiende el conservadurismo cultural. Él mismo es un usuario compulsivo de la web y prueba de ello es que no puede evitar despertar a su ordenador durante una breve pausa en la entrevista. Descubierto in fraganti por la periodista, esboza una tímida sonrisa, "¡lo confieso, me has cazado!". Su oficina está en su residencia, una casa sobre las Montañas Rocosas, en las afueras de Boulder (Colorado), rodeada de pinares y silencio, con ciervos que atraviesan las sinuosas carreteras y la portentosa naturaleza estadounidense como principal acompañante.
PREGUNTA. Su libro ha levantado críticas entre periodistas como Nick Bilton, responsable del blog de tecnología Bits de The New York Times, quien defiende que es mucho más natural para el ser humano diversificar la atención que concentrarla en una sola cosa.
RESPUESTA. Más primitivo o más natural no significa mejor. Leer libros probablemente sea menos natural, pero ¿por qué va a ser peor? Hemos tenido que entrenarnos para conseguirlo, pero a cambio alcanzamos una valiosa capacidad de utilización de nuestra mente que no existía cuando teníamos que estar constantemente alerta ante el exterior muchos siglos atrás. Quizás no debamos volver a ese estado primitivo si eso nos hace perder formas de pensamiento más profundo.
P. Internet invita a moverse constantemente entre contenidos, pero precisamente por eso ofrece una cantidad de información inmensa. Hace apenas dos décadas hubiera sido impensable.
R. Es cierto y eso es muy valioso, pero Internet nos incita a buscar lo breve y lo rápido y nos aleja de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa. Lo que yo defiendo en mi libro es que las diferentes formas de tecnología incentivan diferentes formas de pensamiento y por diferentes razones Internet alienta la multitarea y fomenta muy poco la concentración. Cuando abres un libro te aíslas de todo porque no hay nada más que sus páginas. Cuando enciendes el ordenador te llegan mensajes por todas partes, es una máquina de interrupciones constantes.
P. ¿Pero, en última instancia, cómo utilizamos la web no es una elección personal?
R. Lo es y no lo es. Tú puedes elegir tus tiempos y formas de uso, pero la tecnología te incita a comportarte de una determinada manera. Si en tu trabajo tus colegas te envían treinta e-mails al día y tú decides no mirar el correo, tu carrera sufrirá. La tecnología, como ocurrió con el reloj o la cartografía, no es neutral, cambia las normas sociales e influye en nuestras elecciones.
P. En su libro habla de lo que perdemos y aunque mencione lo que ganamos apenas toca el tema de las redes sociales y cómo gracias a ellas tenemos una herramienta valiosísima para compartir información.
R. Es verdad, la capacidad de compartir se ha multiplicado aunque antes también lo hacíamos. Lo que ocurre con Internet es que la escala, a todos los niveles, se dispara. Y sin duda hay cosas muy positivas. La Red nos permite mostrar nuestras creaciones, compartir nuestros pensamientos, estar en contacto con los amigos y hasta nos ofrece oportunidades laborales. No hay que olvidar que la única razón por la que Internet y las nuevas tecnologías están teniendo tanto efecto en nuestra forma de pensar es porque son útiles, entretenidas y divertidas. Si no lo fueran no nos sentiríamos tan atraídos por ellas y no tendrían efecto sobre nuestra forma de pensar. En el fondo, nadie nos obliga a utilizarlas.
P. Sin embargo, a través de su libro usted parece sugerir que las nuevas tecnologías merman nuestra libertad como individuos...
R. La esencia de la libertad es poder escoger a qué quieres dedicarle tu atención. La tecnología está determinando esas elecciones y por lo tanto está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma. Google es una base de datos inmensa en la que voluntariamente introducimos información sobre nosotros y a cambio recibimos información cada vez más personalizada y adaptada a nuestros gustos y necesidades. Eso tiene ventajas para el consumidor. Pero todos los pasos que damos online se convierten en información para empresas y Gobiernos. Y la gran pregunta a la que tendremos que contestar en la próxima década es qué valor le damos a la privacidad y cuánta estamos dispuestos a ceder a cambio de comodidad y beneficios comerciales. Mi sensación es que a la gente le importa poco su privacidad, al menos esa parece ser la tendencia, y si continúa siendo así la gente asumirá y aceptará que siempre están siendo observados y dejándose empujar más y más aún hacia la sociedad de consumo en detrimento de beneficios menos mensurables que van unidos a la privacidad.
P. Entonces... ¿nos dirigimos hacia una sociedad tipo Gran Hermano?
R. Creo que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984. Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones.
P. Wikipedia es un buen ejemplo de colaboración a gran escala impensable antes de Internet. Acaba de cumplir diez años...
R. Wikipedia encierra una contradicción muy clara que reproduce esa tensión inherente a Internet. Comenzó siendo una web completamente abierta pero con el tiempo, para ganar calidad, ha tenido que cerrarse un poco, se han creado jerarquías y formas de control. De ahí que una de sus lecciones sea que la libertad total no funciona demasiado bien. Aparte, no hay duda de su utilidad y creo que ha ganado en calidad y fiabilidad en los últimos años.
P. ¿Y qué opina de proyectos como Google Books? En su libro no parece muy optimista al respecto...
R. Las ventajas de disponer de todos los libros online son innegables. Pero mi preocupación es cómo la tecnología nos incita a leer esos libros. Es diferente el acceso que la forma de uso. Google piensa en función de snippets, pequeños fragmentos de información. No le interesa que permanezcamos horas en la misma página porque pierde toda esa información que le damos sobre nosotros cuando navegamos. Cuando vas a Google Books aparecen iconos y links sobre los que pinchar, el libro deja de serlo para convertirse en otra web. Creo que es ingenuo pensar que los libros no van a cambiar en sus versiones digitales. Ya lo estamos viendo con la aparición de vídeos y otros tipos de media en las propias páginas de Google Books. Y eso ejercerá presión también sobre los escritores. Ya les ocurre a los periodistas con los titulares de las informaciones, sus noticias tienen que ser buscables, atractivas. Internet ha influido en su forma de titular y también podría cambiar la forma de escribir de los escritores. Yo creo que aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro.
P. ¿Cuánto falta para eso?
R. Creo que tardará entre cinco y diez años.
P. Pero aparatos como el Kindle permiten leer muy a gusto y sin distracciones...
R. Es cierto, pero sabemos que en el mundo de las nuevas tecnologías los fabricantes compiten entre ellos y siempre aspiran a ofrecer más que el otro, así que no creo que tarden mucho en hacerlos más y más sofisticados, y por tanto con mayores distracciones.
P. El economista Max Otte afirma que pese a la cantidad de información disponible, estamos más desinformados que nunca y eso está contribuyendo a acercarnos a una forma de neofeudalismo que está destruyendo las clases medias. ¿Está de acuerdo?
R. Hasta cierto punto, sí. Cuando observas cómo el mundo del software ha afectado a la creación de empleo y a la distribución de la riqueza, sin duda las clases medias están sufriendo y la concentración de la riqueza en pocas manos se está acentuando. Es un tema que toqué en mi libro El gran interruptor. El crecimiento que experimentó la clase media tras la II Guerra Mundial se está revirtiendo claramente.
P. Internet también ha creado un nuevo fenómeno, el de las microcelebridades. Todos podemos hacer publicidad de nosotros mismos y hay quien lo persigue con ahínco. ¿Qué le parece esa nueva obsesión por el yo instigado por las nuevas tecnologías?
R. Siempre nos hemos preocupado de la mirada del otro, pero cuando te conviertes en una creación mediática -porque lo que construimos a través de nuestra persona pública es un personaje-, cada vez pensamos más como actores que interpretan un papel frente a una audiencia y encapsulamos emociones en pequeños mensajes. ¿Estamos perdiendo por ello riqueza emocional e intelectual? No lo sé. Me da miedo que poco a poco nos vayamos haciendo más y más uniformes y perdamos rasgos distintivos de nuestras personalidades.
P. ¿Hay alguna receta para salvarnos'?
R. Mi interés como escritor es describir un fenómeno complejo, no hacer libros de autoayuda. En mi opinión, nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad. La ciencia habla claro en ese sentido: la habilidad de concentrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad. Incluso las emociones y la empatía precisan de tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, nos deshumanizamos cada vez más. Yo simplemente me limito a alertar sobre la dirección que estamos tomando y sobre lo que estamos sacrificando al sumergirnos en el mundo digital. Un primer paso para escapar es ser conscientes de ello. Como individuos, quizás aún estemos a tiempo, pero como sociedad creo que no hay marcha atrás.

16 diciembre 2017

La belleza cruda

El canon de belleza masculina ha cambiado sustancialmente desde finales del siglo XX hasta nuestros días. En la actualidad, imperan los cuerpos masculinos depilados, tatuados o perforados (cuando no hipermusculados), las cejas perfiladas, la piel sobrebronceada. Hay, además, un trasfondo exhibicionista/narcisista innegable (algunos se miran y remiran en espejos varios). En playas, gimnasios, saunas o en perfiles de contactos ya apenas se observa la belleza cruda de antaño: hombres naturales de la cabeza a los pies, sin cosmetizar, en armonía con sus atributos. En los años 80 y 90 los varones lucían sus axilas sin afeitar, su pubis poblado, sus piernas y brazos peludos, su vello corporal tal cual. Hoy en día, el modelo de belleza se ha visto transformado/manipulado por la presión grupal y por la homogeneizante insistencia publicitaria, que ha creado cuerpos feminizados, desprovistos de rasgos varoniles. Los depilados parecen zombis de la moda. La única excepción a este desierto piloso son las sensuales barbas recortadas que algunos se dejan crecer. Alguien ha llamado a este fenómeno, con acierto y con retranca, la venganza del travesti. Aunque, a juzgar por lo que muestra el hombre del autorretrato, no todo está perdido. ¡Ojalá pase pronto esta moda tan globalizada como absurda y los hombres vuelvan a parecer hombres! Donde hay pelo hay alegría, y mariconadas, las justas. Saludos peludos. cmg2017



Simon Porte Jacquemus, hombre de belleza cruda

Antonio Navas retratado por Xevi Muntanè




12 diciembre 2017

Machismo homosexual (No hay pelotas)



Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

El machismo, que no cesa, adopta múltiples formas. Una de las que menos se escribe o habla es el machismo homosexual. El machista homosexual es aquel que se las ve y se las desea para mantener una apariencia de heterosexualidad. En la red se anuncian como presuntos heterosexuales (“tío hetero con novia buscando similar”), obsesionados por hacerse pasar por lo que no son. Así, en las aplicaciones de contactos o en los chats, se presentan “decapitados”, sin dar la cara. Se autoengañan creyéndose libres cuando tienen que gestionar la clandestinidad de una doble vida que deben mantener secreta entre su círculo de familiares, amigos y colegas, por lo que no son libres para actuar con naturalidad, léase, por ejemplo, pasear junto a otro homosexual por la calle de la ciudad donde residen.

La visibilidad amenaza su tapadera. Urden mil estratagemas para no verse expuestos. Las principales víctimas de este montaje de engaños y ocultación son, una vez más, las mujeres, esposas y novias que ignoran la doble vida de su pareja. Entre los deportistas homosexuales abundan todavía quienes viven escondidos detrás de una careta machista  (HetSport37: "Tío con vida hetero deportista busca similar"). Muchos matrimonios y relaciones están basados en la mentira y el engaño porque algunos no tienen lo que hay que tener. El cine occidental ha reflejado este drama familiar en películas como Brokeback Mountain o Freier Fall (Caída libre).

Como ya expliqué cuando abordé la diferencia entre Los gays y los homosexuales, discreción es el eufemismo que estos últimos usan para referirse a su invisibilidad. Pululan por el ciberarmario que para ellos es internet exigiendo discreción para esconder su orientación sexual, no dan el teléfono (a veces ni siquiera el nombre), suelen proporcionar una dirección falsa o ninguna, habituados a engañar continuamente para mantener la ficción de su doble vida y por el miedo constante a verse expuestos y parecer maricones. Viven en tensión para no desvelar datos o fotografías comprometedoras. Algunos no besan ni acarician con tal de mantener una pose de duros o machos que actúe como tapadera de su homosexualidad furtiva. Son esclavos de sí mismos.

El machista homosexual es preso de su ignorancia. Alberga en su mente la idea de que, entre dos hombres, uno adopta el rol “de hombre” y el otro el “de mujer”, de que uno solo da y el otro solo recibe. Alguno incluso se cree más masculino que otros por ser cien por cien activo. Eso tal vez explique que algunos rechacen explorar otros aspectos de su sexualidad. Además, desde su mentalidad primitiva tienden a equiparar heterosexualidad con masculinidad, y homosexualidad con afeminamiento (“plumas no”).

El machismo es lo más opuesto a la ternura de ir cogidos de la mano o abrazados por la cintura. El homosexual machista (“yo no beso”) nunca es tierno, va de duro por la vida. Cuando interactúan con otros hombres, tienden a mostrarse inflexibles y mandones (“yo eso no lo hago”). Si la ternura es seña de identidad de la nueva masculinidad, estos tipos aún no se han enterado. Al igual que el machista heterosexual, el machista homosexual reproduce patrones de masculinidad obsoletos. Por su disfuncionalidad, el homosexual armarizado y/o machista sufre un trastorno psicosocial ya que no es, o no ha aprendido a ser, un gay normal.


Dicen las encuestas que el machismo ha prendido entre los jóvenes. En tiempos de crisis, no sólo arraigan el racismo, el nacionalismo o el fanatismo religioso. También se recrudecen las actitudes homófobas y machistas. Erradiquemos la ignorancia para acabar con el machismo. Pásalo. cmg2015

29 noviembre 2017

24 noviembre 2017

Daniel Canogar, el artista tecnológico

Del 29 de noviembre 2017 al 28 de febrero 2018 la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid presenta la exposición Fluctuaciones de Daniel Canogar, una reflexión sobre los paradigmas de la sociedad de datos y las transiciones entre el mundo virtual y el mundo real.
La exposición, comisariada por Sabine Himmelsbach, se articula en torno al cambio tecnológico, presentando gráficamente la complejidad del mundo digital de hoy. Canogar (Madrid, 1964) utiliza medios tecnológicos, poniéndolos al servicio de una experiencia artística novedosa y entablando, al mismo tiempo, un diálogo estético con los entornos digitales.

En las grandes instalaciones y vídeo-animaciones generativas de la exposición, el artista aborda el impacto de las tecnologías en la sociedad, visibilizando el paso de los sistemas electromecánicos a los digitales e indagando en la posición que ocupa el individuo en una era interconectada tecnológicamente. Entre estas piezas destaca Sikka Ingentium, la culminación hasta la fecha de las reflexiones de Canogar sobre el cambio tecnológico y las bibliotecas rotas de nuestra memoria cultural.


Fluctuaciones” muestra un mundo en tránsito, de memorias pasajeras y fugaces, de cambios tecnológicos y de flujo de datos en constante crecimiento, evidenciando las inevitables transformaciones que las tecnologías continúan aportándonos.

"Fluctuations" explores the paradigm of our data society and reflects a world of changing media. Technological artist Canogar creates large-scale installations and generative video animations to investigate the interfaces and transitions between virtual and real worlds. Fluctuations stands for a world in flux -a world of transient, fleeting memories, shifting media and continuously increasing data streams- and searches for the individual person's impact and position in this hyperconnectivity.

Hay otros mundos, pero están en éste



Por JOSÉ ANDRÉS ROJO

La manada, la tribu, la nación, el pueblo. Hay verdadero pavor en los últimos años a desengancharse del grupo, y a perderse en las cosas de cada uno. Así que lo habitual es tirar el ancla para fijarla de manera firme en algún lugar que dé calor y que sirva para confirmar que sí, que eres de los nuestros. Los expertos suelen referirse a la globalización para entender esa querencia: la gente busca afinidades para no extraviarse en esa vaga nebulosa donde existe tanta diversidad. Hay otros que entienden que son conductas provocadas por la crisis económica, y es que si no fuera por los más próximos podrías haber sido fulminado. Otra interpretación más: Internet te abre a un mundo tan vasto y ajeno que más vale buscar ahí a tus afines y darle al “me gusta”.

La peste de las identidades está a la orden del día. Es necesario y urgente pertenecer a algo, vestir las mismas camisetas, levantar las mismas banderas, aspirar a una pureza intachable, ser auténticamente de izquierdas, tener raíces, no cometer traición. De lo que se trata, antes que nada, es de compartir unas señas de identidad y de tener localizado al enemigo. Cuando reflexiona sobre los afanes de tantos por legitimar la propia causa en su último libro, La flecha (sin blanco) de la historia, el filósofo Manuel Cruz cita unas observaciones de un artículo de Tzvetan Todorov publicado en estas páginas: “Cuando uno atribuye todos los errores a los otros y se cree irreprochable, está preparando el retorno de la violencia, revestida de un vocabulario nuevo, adaptada a unas circunstancias inéditas. Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él”.

Nada más alejado de la corriente que hoy se impone, donde lo que sobre todo importa es ser de la manada, de la tribu, de la nación, del pueblo. Hay, sin embargo, otros mundos y, por extraño que parezca, están en este.

Por ejemplo, William Morris. Vivió en la Inglaterra victoriana y tuvo tiempo para hacer de todo. Fue diseñador, artesano, empresario, poeta, ensayista traductor, bordador, tejedor, impresor, tipógrafo, editor, agitador político, etcétera. Una exposición recoge una amplia muestra de su obra en la Fundación Juan March de Madrid, y en su sala de conferencias recordó el escritor Ignacio Peyró hace unos días que uno de los caminos que exploró para forjar sus derroteros espirituales fue el de regresar al medievo. En la Inglaterra cargada de humo y manchada con el hollín de las fábricas de la era industrial, Morris eligió el lustre de los ideales caballerescos y el esplendor de las catedrales góticas.

Procedía de una buena familia, jamás tuvo dificultades económicas, tenía las antenas puestas para atrapar cuanto contribuyera a conquistar más belleza. Pero las injusticias lo exasperaban. Así que se metió en política, entregado a difundir la causa socialista. Hay otros mundos, sí, pero están en este. Y frente a cuantos reclaman las identidades sin mácula, confirman que las cosas son más complejas, que somos mestizos y que, ay, también llevamos al enemigo dentro.

14 noviembre 2017

Las manadas de animales son más humanas

Por BERNA GONZÁLEZ HARBOUR

Visto con ojos humanos, los delfines machos violan a las hembras en manada, cierto, pero, en general, la palabra “manada” sirve para definir un rebaño de ganado que está al cuidado de un pastor o un conjunto de animales de la misma especie que andan por ahí reunidos. En ganadería resulta práctico para el dueño y, en la naturaleza salvaje, para los animales, porque se agrupan para cazar, jugar, convivir y organizarse ante los depredadores. Es natural.

Cualquier parecido de todo esto con los violadores de San Fermín podría ser pura coincidencia, pues se diría que en la mayoría de las especies animales los machos respetan a las hembras más que estos cinco amiguetes —uno de ellos soldado y otro guardia civil— que ya se sientan ante la justicia en Pamplona. Pero ellos se hacían llamar “la manada” y si nos paramos aquí a analizarlos es porque pueden ser ejemplares representativos de una subespecie humana de gran recorrido: los hombres que ejercen la violencia contra las mujeres. Se caracterizan por considerar a la hembra parte de su propiedad, por castigarla si no se somete a ellos e incluso matarla a ella o a sus propios cachorros si son contrariados. Documentemos algunos casos: Los cinco acusados de violación, robo con intimidación y delito contra la intimidad en Pamplona hicieron supuestamente algo aún peor que violar a una mujer indefensa. Y fue hacerlo colectivamente, grabarlo, compartir los vídeos y jactarse de ello en WhatsApp. “Follándonos a una los cinco”, “puta pasada de viaje”, relataba uno de ellos en su chat La Manada. “Cabrones, os envidio. Esos son los viajes guapos”, jaleaba un amigo desde Sevilla en el grupo Disfrutones SFC. Los cinco ejemplares analizados podrían haber reflexionado en el largo año que llevan en la cárcel para presentarse al juicio con algún resquicio de decencia. Pero además alegan que la chica de 18 años que solo pasaba por allí había dado su consentimiento, aunque quienes la encontraron llorando desconsoladamente, tumbada en posición fetal y con lesiones relataron una versión diferente. Aún sufre estrés postraumático.

En esta improvisada definición aparecen otros machos curiosos de los que no nos olvidamos: David Oubel mató a sus hijas, Amaia y Candela, de 4 y 9 años, con una sierra radial. Fue en Moraña (Pontevedra) en 2015 y él mismo reconoció los hechos. Al día siguiente tenía que devolvérselas a su madre, de la que se había separado, y claro. Un hombre degolló este fin de semana a su hija de dos años en Alzira (Valencia) tras una pelea con la madre. Otro asesinó a su expareja Jessica Bravo la semana pasada en presencia de su hijo de tres años ante su colegio en Elda. Después de suicidó. Ya son 23 los menores huérfanos por la violencia de género en lo que va de año en España.

Violadores, asesinos de mujeres, de sus hijos o de ambos. Hombres incapaces de afrontar la frustración, de aceptar la libertad de la mujer y que se creen sus dueños. En manada o en solitario. Es la triste definición nada científica de la subespecie humana que hoy nos ocupa, mucho más cavernaria que la animal.
El País, 14 de noviembre de 2017

Creencias que separan


13 noviembre 2017

Nomofobia


Investigadores de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) lideran, junto con la Universidad de Deusto, el primer trabajo instrumental en español sobre nomofobia.

Existe en la sociedad un miedo creciente, impulsado por contenidos culturales como la serie Black Mirror, de que el mal uso de la tecnología pueda provocar que ésta controle cada aspecto de nuestra vida. Esta representación ficticia de una sociedad futura pone el foco en uno de los problemas relacionados con el uso de las tecnologías que más preocupan. En un contexto de navegación permanente y mensajería instantánea, una nueva psicopatología ha cobrado mucha fuerza: la nomofobia (de la expresión en inglés no mobile phone phobia) es el temor a ser incapaz de comunicarse a través del teléfono móvil o de otros aparatos tecnológicos.

Los comportamientos más frecuentes que presentan los afectados son la obsesión por tener el teléfono siempre cargado y la ansiedad ante el pensamiento de no poder utilizarlo por cualquier motivo (datos, cobertura…), evitando a toda costa situaciones en las que vaya a vivir esta circunstancia y dificultando, por tanto, el desarrollo de una vida normal.

Las estadísticas muestran que los adolescentes y los jóvenes son el sector más vulnerable, como indica Joaquín Manuel González-Cabrera, director del grupo de investigación Cyberbullying-OUT de la UNIR y primer autor del trabajo. El estudio, publicado en Actas Españolas de Psiquiatría, supone la primera herramienta en nuestro país que cumple ciertos indicadores de fiabilidad y validez para la evaluación del problema.

Aunque existe una amplia literatura sobre aspectos relativos a un uso problemático de Internet, la nomofobia pone el foco en el miedo que desencadena perder el acceso a la información y a la red de contactos sociales. Es necesaria, por tanto, la elaboración de estudios específicos que recojan el amplio abanico de situaciones relacionadas con la necesidad de control del individuo sobre su autonomía y conectividad.

Para analizar el patrón de uso problemático nomofóbico, los investigadores han adaptado y validado un cuestionario para evaluar 4 dimensiones y 20 ítems. A través de ellos se han establecido los perfiles de usuario ocasional, usuario en riesgo y usuarios con problemas. “Un dato de gran interés es que casi el 25% podría considerarse usuario de riesgo, y ello creemos puede tener consecuencias a medio-largo plazo. Serán necesarios más estudios, especialmente de seguimiento temporal, para evaluar su impacto en nuestros adolescentes”, afirma González-Cabrera. El investigador también destaca que la franja de edad con mayor prevalencia está comprendida entre los 14 y 16 años, y que las chicas, al igual que en el resto de la literatura al respecto, presentan puntuaciones más altas que los chicos.

Los investigadores han contado con la dificultad añadida de la complejidad del término, aun no incorporado en los manuales de diagnóstico, como el DSM-V. Para ellos, la nomofobia podría situarse dentro de las fobias específicas, que, según el DSM-V, son el miedo excesivo e irracional a una determinada situación u objeto, como es no poder utilizar un teléfono móvil. Esta opción sería posible asumirla siempre que no pueda explicarse con síntomas de otro trastorno como la ansiedad social.

El equipo de investigación de la UNIR está llevando a cabo también el desarrollo y validación instrumental de otros problemas como el MAPA (miedo a perderse algo), también intrínseco a un estilo de vida hiperconectado, o el estudio del posible uso patológico de los videojuegos (Internet Gaming Disorder) sobre todo de juegos tipo MOBA (Multiplayer Online Battle Arena, o campo de batalla multijugador) como el League of Legends.

El uso del teléfono inteligente no es de por sí negativo, pero los expertos de la UNIR están convencidos de que no es inocuo, por lo que es necesario abordar una educación integral de las personas que las prepare para ser ciudadanos digitales. “El grupo de investigación que dirijo”, afirma González-Cabrera, “ha solicitado varios proyectos a convocatorias privadas para la realización de un plan de prevención e intervención en esta línea”. Beneficiarnos de las infinitas posibilidades que nos ofrece la tecnología y ser capaces de afrontar los riesgos debe ser un objetivo social y educativo primordial para que Black Mirror no llegue a nuestra vida.

27 septiembre 2017

WALTER Peluquería de señoras

Aunque nunca llegué a conocer a mi abuelo alemán, que murió dieciocho meses antes de que yo naciera, guardo innumerables recuerdos de la peluquería de señoras que regentaba en el número 17 de la calle Rioja de Sevilla, y que solía frecuentar de niño cuando visitaba a mi abuela María y a mis tíos Fernando y Pepi, quienes habían heredado la empresa familiar.

Mi abuelo Walter Gaebler nació en 1889 en la localidad de Eisleben, ciudad natal de Martín Lutero, un pequeño pueblo rural al este de Alemania. Tras la hecatombe económica que para Alemania supuso la primera guerra mundial, se produjo una masiva emigración de alemanes que huían de la hiperinflación del periodo de la república de Weimar y de la depresión económica causada en parte por las ingentes deudas que, en el Tratado de Versalles, Alemania fue obligada a pagar por las potencias vencedoras como compensación por los daños causados por la guerra. Mi abuelo Walter fue uno de tantos que buscaron suerte más allá de su tierra natal embarcándose en la marina mercante. Me contaron que tuvo que tirarse al mar desde un barco huyendo de los ingleses, llegando a nado hasta el puerto de Vigo. Después, durante los años veinte, vivió una temporada en Portugal, más tarde se trasladó a Madrid, y recaló finalmente en Sevilla, donde conoció a mi abuela y montó el salón Walter, que con el tiempo sería el más afamado de su época entre las damas de la alta sociedad. Walter podía presumir de haber peinado a Cayetana de Alba el día de su boda con Luis Martínez de Irujo en 1947.




La peluquería, que, según rezaba su publicidad, estaba especializada en "ondulación permanente, aplicación de tinturas y de henné legítimo, manicura y masaje," se hallaba ubicada en la entreplanta de un hermoso edificio regionalista que el arquitecto Aníbal González había construido entre 1917 y 1919 para la familia Sánchez Dalp, justo encima del legendario café Gran Britz, como puede observarse en una postal de aquella época. Hacía esquina entre las calles Rioja y Tetuán. Mi abuelo era muy aficionado a asistir, sombrero en mano, a las tertulias que allí tenían lugar. 


Mi abuelo Walter Gaebler, mi abuela María Ojeda y su hija María Luisa en el salón hacia 1934.
De él me contaron que había sido un consumado políglota pues, como hacía saber en su tarjeta profesional, hablaba alemán, inglés, francés, portugués, y castellano con un fuerte acento germano del que nunca consiguió deshacerse. Era emprendedor, meticuloso y ordenado, como buen alemán, y tenía fama de cascarrabias. Era protestante, pero los fascistas españoles (concretamente unos falangistas amigos suyos) le obligaron a convertirse al catolicismo y a ponerse el, al parecer, nada "pecaminoso" nombre de Francisco. No obstante, en su tarjeta personal optó por enmascararlo haciendo imprimir  simplemente "F. WALTER GAEBLER".


En el hall de entrada a la peluquería y en otras estancias de la casa de mis abuelos, había colgados numerosos cuadros de Baldomero Romero-Ressendi, pintor costumbrista muy amigo de la familia. Resulta que mi abuelo Walter solía comprarle lienzos y pintura para que éste pintara sus obras. Confieso que las obras de Ressendi que atesoraba mi familia, aunque pintadas con virtuosismo y gran técnica expresionista, nunca me encandilaron de niño porque me parecía que retrataban un mundo sórdido, y porque reflejaban la España oscura y tenebrista en la que fueron creados. Sin embargo, como ocurre siempre, hubo una excepción. En diciembre de 1960 Ressendi pintó una acuarela singular para felicitarles a mis padres la Navidad y desarles próspero año nuevo de una forma harto simpática: sentados bajo sendos secadores de pelo aparecemos mis padres y yo de niño en lo que constituye el único recuerdo (pues no se conservan fotos tras la reforma del salón) de aquellos secadores de casco verde agua (aquí pintados recordando la tetilla de un biberón) que en mi imaginación infantil yo asociaba con las escafandras de los astronautas que iban al espacio durante aquella década prodigiosa. 


El salón de la peluquería que yo conocí tras la reforma que hizo mi tío Fernando era un espacio rectangular diáfano, con varias ventanas que daban a la calle Rioja, enlosado con un  sencillo diseño hidráulico de tablero de ajedrez (que perduró tras la reforma). En el centro de la estancia, mi tío que, como dije, ya regentaba el negocio en los años 60, tenía colocado un hermoso macetero antiguo de hierro forjado pintado de blanco en cuyos múltiples brazos estaban colocados helechos de distintos rizos. Este macetero, que semejaba a un árbol con ramas, era la joya del salón. Mi tío los mimaba y vaporizaba él mismo con un mimo exquisito. 

En una esquina se situaba un buró donde mi tío guardaba el efectivo y el libro de citas, que cogía con su característica letra minúscula. Separados por un biombo del resto del salón, se situaban los tres lavaderos, en los que de pequeño a veces me lavaban el pelo (recuerdo sobre todo la ternura de mi tía Pepi al hacerlo). Frente a los cinco secadores había una pequeña mesita con revistas ilustradas; me encantaba hojear los ejemplares de Schöner Wohnen, La actualidad española y Sábado Gráfico, estas últimas con noticias y fotos de los Beatles y de la carrera espacial. Sobre todo me fascinaban las pequeñas jarras de cerámica antiguas que mi tío (aficionado al mercadillo del Jueves) coleccionaba y que tenía colocadas minuciosamente, de menor a mayor, en una hermosa estantería transparente, junto a bellísimas reproducciones de ídolos aztecas que adquiría en la Feria de Muestras Iberoamericana que tenía lugar cada primavera en Sevilla, una de las cuales aún conservo.

La música constante de la cantautora norteamericana Joan Baez, que mi tío tenía grabada en enormes cintas magnetofónicas, hacía las veces de banda sonora de la peluquería. Aquella música que mi tío adoraba y reproducía una y otra vez fue entrando paulatinamente en mis oídos hasta que de mayor me di cuenta que formaba ya parte de mi memoria acústica. De hecho, en mi segundo viaje de estudios a Alemania me gasté todos mis ahorros en comprar el doble elepé, Blessed Are..., que la cantante acababa de publicar ese verano de 1971. Debió de ser uno de mis primeros contactos con la cultura popular norteamericana (y por ende con la lengua inglesa) durante mi adolescencia. Finalmente, en mi memoria olfativa perdura el recuerdo del maravilloso olor a la alhucema que ardía sobre los calentadores de petróleo que calentaban el salón en invierno (además del olor a los tintes y a la laca Elnett de Loreal que allí se usaban)… cmg2017


Puerta de la antigua Peluquería Walter. 

01 septiembre 2017

Cutrespaña


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Diario de Sevilla, 28 de agosto de 2017

No escribo esta columna para glosar la calidad de vida en España, nuestra alegría vital, nuestro altruismo donante para salvar vidas, nuestra bendita propensión a besarnos y tocarnos; tampoco para reivindicar la riqueza multinacional y plurilingüe del Reino, o para constatar la satisfacción que sentimos cuando, tras una larga estancia en un destino lejano, aterrizamos en Barajas y volvemos a nuestra zona de confort. Hoy, quiero reflexionar, desde el civismo ilustrado, sobre la podredumbre social y ética de nuestro país, y desentrañar los modos y pensamientos del español rancio, del español/español.

Somos un país que no ha sido capaz de mirarse en el espejo de su pasado. Los españoles padecemos una amnesia histórica colectiva. Hay una España a la que las películas sobre la guerra civil le parecen todas tendenciosas, una España que nunca ha condenado el golpe de estado de 1936 (y otra España inmadura que no condena la dictadura venezolana), una España nacionalista que hace alarde de su idea patrimonialista de nuestra patria. Ante este escenario se hace necesaria una nueva transición, pero una que transite hacia una regeneración de nuestra democracia. Necesitamos reiniciar España.

Señala Manuel Rivas que los españoles tenemos la sensación de vivir empantanados en esa posdictadura que es la corrupción sistémica. Vivimos en un país de corruptos y chorizas impunes que siempre se salen con la suya. Un país que hace Marca España de la actividad futbolístico-comercial. Luís García Montero suele afirmar que vivimos en un país de chiste, pero sin ninguna gracia.

Nuestra ancestral chulería/picardía va desde el aparco y fumo donde me da la gana hasta preguntar a un cliente si quiere pagar la factura “con IVA o sin IVA” para seguir engordando la economía sumergida. El españolazo gusta de decir coño y cojones (cuando no maricón) cada dos por tres. Durante demasiado tiempo, en lugar de educar en el respeto entre iguales, hemos insistido en educar solo en la tolerancia (se tolera desde una posición de superioridad moral). Y así nos ha ido. Por otro lado, siempre me ha llamado la atención que el castellano no tenga un término propio para el adjetivo inglés “law-abiding” (que cumple las leyes), aunque sí hay innumerables sinónimos de pícaro.

La telebasura que consumen a diario muchos conciudadanos es también responsable de la conformación de esta sociedad maleducada. Ante el tsunami audiovisual, leer hoy en día en España se ha convertido en una heroicidad de minorías. Parece que vivamos en un país compuesto por una clase televidente y otra leyente, a modo de una nueva versión de las dos Españas. A partir de ahora, nuestros adolescentes podrán obtener el título de la ESO con dos asignaturas suspendidas. El listón cultural cada vez más bajo. ¿Les suena de algo?

Este año se cumplen 40 años desde la restauración de la democracia y seguimos sin entendernos. España es un país ingobernable porque es autodestructivo. Un ejemplo de nuestra proverbial aversión al consenso es la incapacidad para reformar la tauromaquia de modo que no sea necesario matar a un toro ante una multitud que ha pasado antes por caja. Se requiere imaginación para dar con la fórmula de torear sin torturar. No creo que ser español sea aplaudir por ver asesinar a un animal después de haber pagado por ello.

Por otra parte, el español/español es poco autocrítico. Un ejemplo: hace unos años, en Irlanda un país mayoritariamente católico como España se constituyó una comisión nacional para sancionar/condenar los 30.000 casos documentados de abusos a menores. Si en una población de 12 millones se habían llegado a contabilizar tantos casos, ¿cuántos abusos sexuales habrá habido en España, un país que casi cuadruplica la población de Irlanda? ¿Ha creado el Estado español una comisión para desenmascarar y condenar a los culpables (aunque muchos de esos crímenes hayan prescrito) y reparar el daño a las víctimas? No. Somos cutres de verdad porque no sabemos limpiar la podredumbre de nuestro pasado.

Recientemente el Instituto Elcano ha atribuido la ausencia actual de un partido fascista en España (eufemísticamente lo llaman populismo de derecha) al estilo de los surgidos en varios países occidentales a la debilidad de nuestra identidad nacional, factor este que, a mi entender, nos lastra para vertebrar nuestro país. Mariano Barroso, vicepresidente de la Academia de Cine, sostiene que la ausencia clamorosa de un concepto de “lo colectivo” y del “bien común” nos limita y nos impide crecer como colectividad. Además, el proceso secesionista catalán está impidiendo el ineludible proceso reformista español. Los árboles de un territorio no nos están dejando ver el bosque del resto del Estado. A propósito, ¿no se le ha ocurrido a nadie preguntarse si este dolorosísimo desgarramiento territorial que estamos sufriendo se habría producido de ser España un país cívico, sensato y vertebrado? ¿Es acaso la negativa a contribuir económicamente a la solidaridad interterritorial la única razón que mueve a los secesionistas? Nos convendría formularnos estas preguntas y responderlas.

Si alguien acusa a este heterodoxo de antipatriota por escribir esta amarga columna, entonces no se ha enterado de nada. Escribir es una forma de hacer país. Otra España es posible.