30 noviembre 2014

¡Encubrir también es delito!

Por CONCHA CABALLERO

Eso afirman algunos de los religiosos granadinos indignados con la actitud del arzobispo Francisco Javier Martínez, a quien corresponde este glorioso marcador: número de miembros retirados por él de las tareas religiosas, tres; número de miembros citados por los tribunales de justicia 12, 10 de ellos religiosos y otros dos laicos.

Se autodenominan Club de los Romanones y viven varios días a la semana juntos, en alguna de sus propiedades o, en otras que la Iglesia atesora en la provincia de Granada, alguna de las cuales proviene de donaciones particulares para que esta institución religiosa atienda situaciones de pobreza o desamparo pero que ellos convirtieron en clubs privados para sus andanzas sexuales o su disfrute particular. Casi todos ellos son de educación selecta, con grandes contactos en las escalas más altas de la sociedad granadina. Uno de ellos pertenece, incluso, a la curia diocesana, el máximo rango religioso de la Iglesia en la provincia.

Estas alas sociales son las que determinan que el arzobispo granadino, ante el propio denunciante, insistiera en la idea de que “sólo daba crédito a la participación de tres religiosos y que el resto podía encontrarse en una situación parecida a la del propio joven”, algo que humilló al denunciante y que lo decidió a exponer ante los tribunales ordinarios el crimen cometido por todos ellos.

Pero merece la pena comprobar su recorrido. El denunciante tiene ahora 23 años y se ha atrevido, por primera vez, a revelar unos hechos que empezaron hace casi 10 años, lo que supone una década de silencio, de intentos de olvido, de asumir en solitario las violaciones de las que había sido víctima. Silencio total hasta que el nuevo Papa, de nombre español, le animó a acudir a los tribunales y a romper el silencio impuesto por la propia iglesia.

En España ha sido excesivo el silencio respecto a los abusos sexuales cometidos por miembros de la comunidad eclesiástica. La propia Iglesia ha sido absolutamente hábil en ocultar, desviar y hacer callar los centenares o miles de casos que se han producido a cambio de unas actuaciones internas que siempre han sido insuficientes o completamente irrelevantes. Para la Iglesia española, la autoridad civil en materia de abusos sexuales, ha sido siempre inexistente. Las jerarquías locales, con alguna excepción, han laminado la posibilidad de que sus miembros sean castigados por estos crímenes. En algunos casos, los violadores de niños han sido reconvenidos o censurados; en otras, ni siquiera eso, han cerrado los ojos ante esta “debilidad humana” difícil de evitar, en su opinión.

En España y, especialmente en Andalucía, hay muy pocas denuncias vivas que afecten a la comunidad eclesiástica. El miedo a esta gran institución y a su poder de persuasión o de disuasión, parecen ser la causa. Pero este tiempo parece haberse cerrado por parte incluso de su máxima autoridad, el papa Francisco. Por eso, sería hoy muy conveniente que todas las personas afectadas por estos delitos los denuncien sin reparos ante las autoridades civiles. Sólo de esta forma se conseguirá limpiar esta institución y librarla de su oscuro pasado en este tema tan repugnante. Y, sobre todo, no dejar solos a quienes, tras muchos años de silencio, se han atrevido a levantar la voz. El País, 30.11.14 @conchacaballer

26 noviembre 2014

Deprimidos con causa


A pesar del uso continuado del término recuperación, los más afectados por la crisis no acaban de percibir grandes mejoras en la situación económica. La recesión pasada —que, medida como caída del PIB, ha sido gravísima— no solo ha destruido rentas, sino que ha enraizado un malestar persistente en la percepción de los ciudadanos.

La zozobra y la desesperación se pueden medir. Seis de cada 10 jóvenes españoles (entre 18 y 30 años) se proponen emigrar a otros países en busca de empleo; tres de cada cuatro considera que las oportunidades laborales son mejores en el extranjero que en España y 7 de cada 10 asumen que vivirán peor que sus padres. Este es el retrato de la juventud española, la más pesimista de Europa junto con la italiana, tal como queda pintado por la encuesta del Instituto para la Sociedad y las Comunicaciones realizada en seis países de Europa. Contraste: en Alemania solo dos de cada 10 se propone trabajar en el extranjero y cuatro de cada 10 pronostica que vivirá peor que sus padres.

No es difícil rastrear las causas de este pesimismo. Los jóvenes tienen una tasa de paro que supera el 40%, un drama laboral que solo tiene parangón en la desdichada tasa de paro en los mayores de 45 años o sin empleo anterior. La tasa de rotación del empleo, agravada por la dualidad del mercado (contratos fijos con plenos derechos frente a contratos por días, o por horas, sin derechos), impide que se renueven las plantillas en buenas condiciones para los asalariados; y la retribución media de los jóvenes que acceden a un infracontrato impide cualquier expectativa de futuro, para los trabajadores y para las empresas.


Quien pretenda ofrecer una recuperación económica de verdad y no un cliché verbal tendrá que romper esta espiral de fatalidad. El Banco de España asegura que ya es hora de que las empresas rentables empiecen a subir los salarios. También es hora de una reforma laboral que acabe con la precariedad; y de que desaparezca el error pertinaz de que la rentabilidad es inversamente proporcional al nivel salarial. Como estos encadenamientos perversos no se rompan pronto, va a haber muchos devorados por la depresión; pero la depresión moral. El País

21 noviembre 2014

Diez minutos_cortometraje


"Diez minutos", de Alberto Ruiz Rojo, con más de 85 premios en festivales nacionales e internacionales, incluido el Goya al Mejor Cortometraje de Ficción en 2005, es el corto más premiado de la historia del corto en España.

Sinopsis
"Diez minutos" cuenta la historia de una persona que llama al servicio de atención al cliente de su teléfono móvil para solicitar una información, de ello depende que pueda recuperar a su chica. Pero se encuentra con la inflexibilidad e impersonalidad de la operadora que sistemáticamente se niega a ayudarle. El corto es un toque de atención del modelo de sociedad al que nos dirigimos, donde la frialdad de normas absurdas se impone a la humanidad y el sentido común.

Notas del director
"La clave del éxito del corto está en la identificación tan absoluta del espectador con la historia, (todo el mundo me dice que le ha pasado) y en el acierto de haber creado una historia universal que no pertenece a ningún lugar especifico ni habla de una edad o gente determinada".

"Al final responde al argumento clásico del hombre contra el sistema, como miles de historias. Lo importante es haber conseguido estructurarlo de tal forma que el espectador se enganche y se mantenga con ganas de saber cómo acaba todo esto al final".

"Creo que otro gran valor del corto es el maravilloso trabajo que han hecho los actores Gustavo Salmerón y Eva Marciel. Este es un corto sin explosiones, donde lo único que hay es lo que dos personas, cada uno en un lugar, se dicen por teléfono. Desde luego era muy arriesgado hacer un corto bajo esta premisa".

"Personalmente lo que más me gusta del corto es como juega con la paradoja de la comunicación. Justo cuando la operadora calla es cuando comienzan a comunicarse. Al final, la única forma de entenderse es con el silencio".

"Diez minutos es una crítica al tipo de sociedad hacia donde nos dirigimos. Un mundo donde se supone prima la comunicación y el entendimiento y que, sin embargo, levanta continuas barreras invisibles de incomunicación que nos impiden el contacto directo con las personas".

"En la historia que presentamos, nuestro protagonista lucha desesperadamente por hacer valer el sentido común, la flexibilidad, el entendimiento, la humanidad... Pero la frialdad y rigidez de normas absurdas se antepone al más mínimo brote de comprensión".

"La historia del mundo de la atención telefónica, donde habitualmente tenemos que hablar con ordenadores o, lo que es aún mucho peor, personas que han sido enseñadas a hablar, razonar y comportarse como ordenadores, no es más que una muestra de las dos caras de este progreso".

"A la vez que la vida se nos hace más cómoda y accesible, gracias al teléfono, internet, etc., también perdemos el contacto directo con las personas. ¿Quién no echa de menos, de vez en cuando, a ese viejo tendero que nos escuchaba, que entendía de lo que hablaba, que estaba dispuesto a ser flexible?".

"En muchos casos, (como curiosamente ocurre en las empresas de telefonía y comunicación) ya no existe un sitio físico donde uno pueda ir a reclamar sus derechos o sus demandas. Esto evita multitud de problemas a las empresas, les ayuda a evadir miles de responsabilidades, haciendo desesperar o desistir al pobre consumidor, que se vuelve loco, en un laberinto de contestadores, menús, teleoperadores y llamadas cortadas. ¿Qué pasará cuando esto se trasplante a las instituciones?".

"Después de todo, nuestra historia deja abierta una puerta a la esperanza. Por encima de todas las normas aprendidas, por encima de las amenazas de despido si se quebrantan, por encima de todo, está nuestra verdad y todos tenemos un lado humano, que puede aparecer, aunque a veces parezca imposible. Al menos eso quiero creer yo".

17 noviembre 2014

VO: La voz humana

CARLOS MARTÍN GAEBLER

Uno de las prácticas más nefastas de la dictadura franquista era el doblaje de películas extranjeras, lo que ayudaba a censurar convenientemente cualquier diálogo considerado incorrecto por el régimen nacionalcatólico. La consecuencia de este hábito inculto produjo un empobrecimiento idiomático progresivo en los españoles, circunstancia que tristemente hemos arrastrado hasta la actualidad. Y así, mientras nuestros vecinos portugueses se manejan con soltura en inglés o en francés, los españoles que pretenden hablar un idioma distinto al suyo materno se han de enfrentar a una desventaja de partida: no tienen hecho el oído a escuchar lenguas extranjeras porque ni las televisiones ni la mayoría de los cines respetan la versión original de las películas de ficción. Sólo en los últimos años se ha extendido la buena costumbre de ver y escuchar películas en VO (subtituladas en español) en diversas ciudades españolas, privilegio hace no mucho únicamente de Madrid y Barcelona. Una generación de cinéfilos reclama su derecho a disfrutar del cine como un acto de cultura humanista.

Pero hay más consideraciones que hacer. Escuchar una película doblada es equiparable a escuchar una sinfonía de Beethoven interpretada por una orquesta de música ligera, o leer un poema de Lorca traducido a otro idioma. La voz humana es una riqueza en sí misma; suplantarla es como dejar que el espectador simplemente vea el filme pero no lo oiga como fue originalmente creado. Este flagrante atentado contra la obra artística priva al espectador del placer de la palabra dicha, de la interpretación completa (acto + texto) de los actores y actrices del celuloide y ahora del soporte digital. Gozar con las voces de otros nos enriquece como personas. Si bello es escuchar recitar un poema con duende, igualmente gozoso es oír la cadencia de una escena cinematográfica emotiva. Y a mi memoria vienen las voces llenas de matices y de empaque de Joan Crawford, Marlon Brando, Gerard Depardieu, Marcello Mastroianni, Emma Thompson, Juliette Binoche, Javier Bardem o Paco Rabal, por citar sólo a algunos.

Hoy en día, la técnica del subtitulado simultáneo permite seguir los diálogos de cualquier película sin demasiado menoscabo de la experiencia fílmica. El espectador poco habituado a leer mientras ve tardará poco en poder simultanear ambos actos; y, casi sin darse cuenta, empezará a disfrutar de la autenticidad de las voces originales, que, no olvidemos, representan el 50% de toda película hablada. Una vez despertado el gusanillo, se preguntará cómo pudo alguna vez escuchar películas dobladas. ¡Pasen y oigan!

03 noviembre 2014

Los verdaderos antisistema

Por ELVIRA LINDO
No aprenden nada. Y de ese su no aprender vamos a salir perdiendo todos. No aprenden. Son una bomba para el sistema que dicen defender. Más complejo aún: son una bomba para el sistema que a ellos mismos les conviene. Una bomba que lleva ya unos cuantos años a punto de estallar, tan a punto está de pegar el petardazo que hay mañanas en que una se levanta y no se atreve a conectar la radio por si lo que siente de pronto es un tremendo silencio. No aprenden. Piden perdón y pretenden que eso toque alguna fibra sensible, pero el corazón de quienes les escuchan ya está completamente endurecido. Perdón y qué, ¿y tres padrenuestros? Esto no es una escuela, ni un confesionario, esto es un país de ciudadanos que de la indignación pasaron esta semana al temor, al temor al futuro, que pinta negro.

¿Perdón? Es que no hay perdón que valga, muchas de esas marrullerías, chorizadas, delitos fiscales, billetes a Suiza, concesiones irregulares de obras, comisiones bajo manga, negocietes a cuenta del dinero público tuvieron lugar cuando ya sabíamos que éramos un país casi en quiebra, casi a punto del rescate. Fue cuando ya no existía el respaldo de la bonanza y habíamos perdido la fe en nosotros mismos. Unos robaron a un país asfixiado; los otros consintieron. Y gran parte del pueblo siguió votando a los corruptos. No aprenden, insisto. Les falta la empatía necesaria para saber que hace ya años que se les está exigiendo una catarsis que ponga freno a este desatino, para que no haya un “y tú más” que valga, y veamos de una vez por todas una depuración real, dimisiones, compromiso con la justicia, castigo a los culpables. No aprenden. ¿Y nosotros, hemos aprendido? ¿Hemos aprendido a no admitir conductas corruptas, a no votar como borregos a quien abusa del cargo, a quien ostenta el poder para ejercerlo ilegítimamente en todos los aspectos de la vida ciudadana? ¿Entendemos ya que sólo una Administración de funcionarios implacables podría contener las malas prácticas de quienes caen en la tentación de enriquecerse o de enriquecer a su familia? No aprenden.

Qué falta de sensibilidad contemplar cómo se mofaron en el debate de los Presupuestos cuando el líder socialista trajo a cuento la pobreza infantil en España. Sánchez se hacía eco del estudio de Unicef que ha visto la luz esta semana, y que cifra en 2.700.000 los niños españoles que están en riesgo de exclusión social. Hubo un rumorcillo burlesco y no llegó a escucharse que nuestra protección a la infancia en comparación con otros países desarrollados es ridícula, que los porcentajes de abandono escolar son alarmantes, que la caída de la natalidad refleja una situación que se resume en lo siguiente: tener hijos hoy en España es un lastre. Dicho estudio ocupó un lugar en las primeras planas, pero al día siguiente desapareció; todo el espacio fue ocupado por las detenciones de unos cuantos colegas de los que se mofaron del asunto. Cincuenta y un individuos que nunca encontrarán relación entre el enriquecimiento ilícito y el número de criaturas que en nuestro país crece ya con un futuro lastrado. No aprenden ni entienden que los ciudadanos, al enfrentarnos a este circo diario, sí que relacionamos la corrupción y el que haya un número creciente de jóvenes que no se atreven a tener hijos o que los tienen sin poder ofrecerles todo aquello que los niños precisan para ser iguales a los demás, que se suponía que era la base del sistema.

Ah, el sistema. Tanto que han hablado los señores diputados del peligroso acecho de los antisistema, tanto que han querido blindar plazas y avenidas para disolverlos, tanto que han alertado en sus tertulias contra el perroflautismo, y han resultado ser ellos los que cucamente y con el nudo de la corbata bien ajustado socavaban el sistema desde dentro, vulnerando las instituciones que debían proteger al ciudadano del mangoneo y saltándose la legalidad que decían defender. Cómo imaginar que andaban dinamitando el sistema desde dentro.

Y entonces asistimos esta semana a la emotiva ceremonia de los perdones. El primero fue el de Esperanza Aguirre, que no estaría de más pensar que, fiel a su estilo, quisiera adelantarse al perdón de su jefe. Pero han llegado tarde los dos con las disculpas. Lo que se percibe es que la realidad no consigue cambiarles, pegarles un meneo, son rocosos en su manera de hacer política: piden perdón y en cuanto se calienta el debate exigen al del partido de enfrente que pida perdón también, para que nadie pueda creer que asumen en solitario todas las culpas. Hablo en plural aun a sabiendas de que hay políticos honrados, reconociendo también que esto no surge en cualquier país, sino que ha brotado del nuestro y que no es casualidad, que será por algo. No aprenden, aunque esta semana les hayamos notado un ligero temblor en sus discursos y un tono más pálido en la piel. No saben que hay algo que estamos esperando hace tiempo, algo que no sé nombrar, pero que comparto con ciudadanos que, creyentes en el sistema democrático, han concluido esta semana que hay que jubilar a estos antisistema que han malbaratado la democracia, que quieren arrebatarnos lo público para beneficiarse ellos; que nos roban, ante todo, la confianza en el futuro. Y eso no tiene perdón.
El País, domingo 2 de noviembre de 2014