17 marzo 2026
El encapuchado abuso
05 junio 2024
Monstruos del Rocío
El Mundo (Edición de Andalucía), 7 de mayo de 2001
![]() |
| Foto: Antonio Pérez |
“Y a ti, ¿qué más te da?”, me dicen. Frustración intelectual. Sufrimiento humanista. Se me parte por dentro un tronco de positivismo, que cruje como una costilla. El positivismo, ya estamos. ¿Se puede seguir siendo positivista? ¿Es que existe el progreso, aparte de en la electrónica? Qué más me da a mí lo que hace esa gente. Pero hay una humanidad zumbadora y bosquimana que sigue adorando a las piedras y me deja una extrañeza de explorador y una decepción de especie. Paisanos como afganos, gente descalza con el ganado, vino sudado y la lágrima seca de una madre postiza colgando del cuello como un diente. El Rocío, ese africanismo de las multitudes. Van a adorar a una diosa, pero su religión y su emoción son ellos mismos, su multitud y su sincronía. No puedo comprenderlos y se me ahoga todo lo humano como un buey muy cansado.
Tengo que hacer mi artículo del Rocío, pasadas todas las crecidas de la gente y sus lloros, no por costumbre, como decía el otro día Umbral, sino por un campanazo triste de desencanto. El Rocío me desencanta con esa ternura que tienen los monstruos de uno. Hablo, ahora, de mis monstruos, congregados todos en el Rocío.
Primer monstruo: la religiosidad popular, peor que todas las teodiceas de la filosofía. Ya distinguía Hume entre esa religiosidad del pueblo, que viene de milenios de cosechas, muertos y menstruos de las mujeres, y el armazón metafísico que sostiene a todas las iglesias sobre su légamo de miedo y poder. Nada tiene que ver el Rocío con el cristianismo, pese a que la Iglesia Católica intente domar tanto gentío para adoptarlo en sus números. La religiosidad popular es anterior a toda forma de filosofía y episteme. Es la infancia mítica. La teología puede ser ingenua, equivocada, simple. Pero aún tiene a Aristóteles. La religiosidad popular es una antorcha en la cueva, una piel de bisonte para echarse por los hombros, rezarle a la luna. Virgen del Rocío. Artemisa. Isis. Diosa virgen, diosa madre, fertilidad, mitos de cultivadores y paridoras. Primitivismo, más la unión inconsciente de lo femenino con lo emotivo, el pathos del pueblo (Jung).
Segundo monstruo: tradición. Sacralización de la repetición. El peso de una opinión o de una conducta no viene de su bondad, de su razón o de su belleza, sino de la insistencia del tiempo y la periodicidad. Las cosas se hacen así porque se han hecho siempre, y basta. Nada existe si no se repite (eterno retorno nietzscheano). Corolario: es suficiente que algo se repita para declararlo verdad. Insulto a la inteligencia humana, automatismo que nos convierte en una biela.
Tercer monstruo: kitsch. Horterada. Vulgaridad de bestias y personas con florones, exaltación de musiquillas horrendas. Cuarto monstruo: etnocentrismo, chauvinismo. Toda la cultura humana muere en la plaza del pueblo. El ser humano se amadeja en su ombligo y en su barrio. No hay más arte ni más pensamiento que el de la vecina y el barbero. Se extirpa el resto del mundo como un ojo ciego y feo. Quinto monstruo: el grupo. La persona sólo toma sentido en cuanto a que pertenece al grupo. Individualidad anulada, aborregamiento, uniformidad. Más la creación de una falsa moral: eres mejor persona, y hasta mejor andaluz, si perteneces a este grupo. La disidencia es inmoralidad y traición. Sexto monstruo: hipocresía. Excusas vergonzantes para el placer y la fiesta, que no necesitan excusas. Mentirosa fraternidad de señoritos a caballo, escalafones de vanidad en todos sus grupúsculos, violencias y odios entre sectas.
Todos mis monstruos están ahí, en el Rocío. Tenía que sacarlos, orearlos de cielo y razón, hacer exorcismo de esta tristeza. Han regresado ya todos mis monstruos, fatigados y sucios con la gente. Pero no pierden, nunca, su horror.
+ Vídeo completo del documental Rocío, de Fernando Ruiz Vergara, 1980
06 febrero 2024
¿Y qué hace ahí esa cruz?
Nada más arribar a Cáceres, el viajero recibe una bofetada en forma de cruz a los caídos erigida en una plaza céntrica, supuestamente a los muertos católicos en la Cruzada contra el estado democrático de 1936. Una cruz de ominoso granito se alza en medio de una glorieta muy transitada, desafiando la vigente Ley de Memoria Democrática, que prohibe cualquier monumento que enaltezca el golpismo y el régimen nacional-católico surgido del golpe de estado franquista. Esa ley fue aprobada por la mayoría del parlamento de la nación y es de obligado cumplimiento en cualquier ciudad o pueblo de España, incluido Cáceres. Si con dicha cruz pretenden homenajear también a los no creyentes, que dieron su vida por la democracia y por las libertades (incluida la de culto), entonces la falta de respeto a su memoria es indecente. En otras ciudades sí existe un monumento a TODAS las personas que dieron su vida por España, pero no es una cruz sino un monolito neutro y aconfesional, como el situado junto a una llama eterna en el Paseo del Prado. Al preguntar a los lugareños por este monumento, obtuve reacciones contrastadas: los varones respondían de forma visceral y furibunda: “cruces así las hay en todos los pueblos, es un símbolo de Cáceres”; sin embargo, cuando les comenté mi desconcierto y estupor a varias mujeres, éstas se mostraron más conciliadoras y comprensivas. Esa cruz rancia y vetusta me parece una puñalada a cualquier español de bien porque atenta contra la reconciliación (contaminó mi visita a la ciudad extremeña), y espero que pronto la retiren o trasladen a otro lugar, como un cementerio católico, por ejemplo, aunque, según me contaron, ningún alcalde se haya atrevido a ello aún. Deberían hacérselo mirar. cmg2024
26 marzo 2023
Religión fuera de la escuela: respetar la libertad de conciencia de los menores
Por ENRIQUE JAVIER DÍEZ GUTIÉRREZ
El País, 25 de marzo de 2023
Es incomprensible cómo los distintos gobiernos en España siguen manteniendo los acuerdos posfranquistas con el Vaticano, la enseñanza confesional en la escuela y no frenan las inmatriculaciones de bienes públicos por parte de la iglesia católica, dejando que pervivan e incluso resurjan y se expandan muchos restos del nacionalcatolicismo de la dictadura en España. Como católico practicante coincido con el reconocido teólogo Juan José Tamayo quien analiza en su libro La Internacional del Odio el cristoneofascismo, la alianza entre el neofascismo legitimado por el capitalismo y el fundamentalismo integrista religioso apoyado por una parte de la jerarquía eclesiástica española.
Este impulso del cristoneofascismo hispano coincide con la acelerada expansión de las iglesias evangélicas neopentecostales. Sus pastores y telepredicadores, a través de emisoras de radio y televisión, son promotores del “voto evangélico” ultraconservador. En Latinoamérica, donde llevan años expandiéndose, se han situado en cargos legislativos y locales, vinculados casi siempre a espacios de derecha y ultraderecha, para combatir la ampliación de derechos como la interrupción voluntaria del embarazo o el matrimonio igualitario e impulsar una agenda claramente neofascista. Sus postulados, de hecho, coinciden con buena parte de la ideología neofascista más reaccionaria del nacionalcatolicismo español.
España, un país que desde la Constitución de 1978 es aconfesional, la jerarquía católica española no solo tiene el privilegio de sus púlpitos y sus parroquias para expandir su doctrina, sino que ha impuesto la exigencia, a través de un acuerdo del final de la dictadura con un Estado extranjero (el Vaticano), para que todo centro público educativo se vea obligado a impartir su adoctrinamiento religioso mediante la oferta obligada de la asignatura de religión en todas las etapas escolares. Un país extranjero (quien lo reconozca como tal) impone a nuestro Estado cómo y con qué contenidos educar a la población. A pesar estar consagrada la aconfesionalidad en la propia Constitución española, que es la legislación máxima a la cual deben estar sometidas las demás, ningún gobierno la ha aplicado derogando esos acuerdos anticonstitucionales con el Vaticano.
Cuestiona la convivencia y provoca segregación
La introducción de cualquier asignatura confesional en la escuela supone una grave vulneración de los Derechos de la Infancia y el Derecho a la libertad de conciencia, como recoge la Declaración de los Derechos del Niño y de la Niña de 1959 y la Convención de 1989, que rechazan el adoctrinamiento y el proselitismo religioso. Además, al separar a las niñas y a los niños que comparten toda la jornada escolar y sacar de su clase a quienes no reciben religión, se dificulta su convivencia, entendimiento y cohesión social.
La presencia de una religión en la escuela sea la que sea, de su enseñanza y sus símbolos, constituye un obstáculo para construir solidaridad en la diversidad, el mestizaje y la multiculturalidad. Y no se trata sólo de favorecer las buenas relaciones entre la diversidad de creencias sino de garantizar el respeto y la pluralidad también con las personas que no tienen religión, que no creen en ningún dios. Puesto que también podrían demandar que haya una asignatura evaluable de “ateísmo científico” desde infantil, con dos horas semanales como la de religión, y que para quienes no quisieran cursar ateísmo científico se imparta, como alternativa, la asignatura de agnosticismo.
Frente a ello, lo que parece lógico es que tanto las personas creyentes como las ateas y las agnósticas opten por vivir en la privacidad sus propias creencias, aplicando en todos los ámbitos la separación entre iglesia y estado.
Catequesis y dogmas
Habría que preguntarse por el empeño de la jerarquía católica en exigir una asignatura específica en todas las escuelas dedicada a su catequesis. Porque es indudable que el currículum de la enseñanza de la religión católica centrado en dogmas religiosos, diseñado por la conferencia episcopal, convierte la clase de religión en catequesis, pese a que explícitamente afirme que huye de “la finalidad catequética o del adoctrinamiento”. Enseñar dogmas religiosos no solo va en contra del pensamiento crítico y de la autonomía personal, sino que hay contenidos que entran en franca contradicción con la razón, la ciencia y con derechos humanos, como la libertad de orientación sexual y la igualdad y la libertad de las mujeres, entre otros.
No tenemos más que mirar los libros de texto aprobados en esa asignatura para cuestionarnos la constitucionalidad de algunas de sus enseñanzas. No aceptan la realidad de los nuevos modelos familiares y se empecinan en su retrógrada concepción de la sexualidad humana, negando la diversidad sexual reconocida ya por la legislación, o el derecho al propio cuerpo, a la libertad sexual y a la anticoncepción. Introducen enseñanzas que cuestionan la educación en igualdad entre hombres y mujeres y siguen defendiendo un modelo de familia patriarcal en la que los roles y estereotipos de mujeres y hombres nos recuerdan a épocas pasadas. El teólogo Juan José Tamayo constata que: “los contenidos son en su totalidad catequéticos con tendencia al fundamentalismo; el pensamiento que se transmite es androcéntrico; el lenguaje, patriarcal; la concepción del cristianismo, mítica; el planteamiento de la fe, dogmático; la exposición, anacrónica”.
Sin olvidar, por otra parte, que esas clases de religión están a cargo de una legión de catequistas. Han sido nombrados “a dedo” por la jerarquía eclesiástica según su fidelidad a la doctrina, pero con el mismo sueldo financiado públicamente (680 millones de euros al año) que un profesor o profesora que ha debido cursar una carrera y aprobar una prueba selectiva basada en los principios de igualdad, mérito y capacidad. Además, la jerarquía católica puede despedirlos cuando quiera y por razones ajenas completamente a su labor docente. Mientras en las demás asignaturas se fomenta el respeto a todas las personas al margen de su estado civil, la jerarquía católica despide, por ejemplo, a sus profesoras de religión porque se divorcian.
Más de quince mil verdaderos “delegados diocesanos” figuran como personal laboral en los centros escolares de titularidad pública (así lo estableció la ley educativa LOE y lo han mantenido las siguientes leyes). Además, no se limitan a impartir catecismo a los escolares que asisten a religión, sino que suelen hacer proselitismo católico en ocasiones muy integrista.
Pedagogía laica
Debemos abogar por una educación plenamente laica. La laicidad de las instituciones públicas es la mejor garantía para una convivencia plural en la que todas las personas sean acogidas en igualdad de condiciones, sin privilegios ni discriminaciones. Tanto las católicas como las musulmanas, las ateas, las agnósticas o las protestantes, etc.
La actitud laica tiene dos componentes: libertad de conciencia y neutralidad del Estado en materia religiosa. Cada persona es libre de ser o no religiosa y de abrazar la religión que quiera, mientras que el Estado debe abstenerse y mantenerse al margen de estas creencias y prácticas personales. En este sentido, el laicismo busca separar esferas (el saber de la fe, la política de la religión, el estado de las iglesias), para garantizar la libertad de conciencia y posibilitar la convivencia entre quienes no tienen las mismas convicciones.
La religión fuera de la escuela
Todas las religiones, incluida la católica, deben ocupar el lugar que les corresponde en democracia: la sociedad civil, no la escuela; que debe quedar libre de cualquier proselitismo religioso. El espacio adecuado para cultivar la fe en una sociedad en la que hay libertad religiosa son los lugares de culto: parroquias, mezquitas, sinagogas u otros.
La Escuela ha de ser laica para ser de todos y todas, para que en ella todas las personas nos reconozcamos, al margen de cuáles sean nuestras creencias, que son un asunto privado. Por eso, la religión no debe formar parte del currículo. No por motivos antirreligiosos, sino desde un planteamiento pedagógico y social beneficioso para el desarrollo de la racionalidad del menor de edad, de su independencia y autonomía personal, para la que debe ser educado libremente sin que le enseñen creencias que predispongan su mente a comportamientos o dogmas que condicionen su personalidad desde la infancia.
Además, la religión ya se explica e imparte en la mayor parte de las materias que se estudian a lo largo de la escolaridad (la católica en España y Latinoamérica, la judía en su zona de influencia, igual que la musulmana o la budista). En el currículum español, por ejemplo, se referencia y se explica la religión católica para analizar el estilo arquitectónico de un templo, para explicar el Camino de Santiago medieval o un cuadro de Velázquez o una partitura de Bach, para adentrarse en la literatura del siglo de oro o el origen de la lengua castellana y, sobre todo, para comprender la mayor parte de la historia de este país.
La religión católica actualmente tiene una carga horaria superior a la de contenidos tan importantes como la educación física o la educación artística. Es más, las clases de religión restan muchísimas horas lectivas a las demás asignaturas, que sí son importantes y acordadas por toda la comunidad educativa y social.
En un Estado aconfesional como el que hemos adoptado en la Constitución española, con libertad de culto, se debería impulsar y fortalecer una escuela laica, como instrumento plural, defensor de los derechos humanos y libertades. En todo caso el art. 27.3 de la Constitución española recoge el derecho de las familias a que sus hijas e hijos «reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones». Pero no a que esta formación sea impartida en los centros educativos, y menos financiada por el Estado.
Las familias que quieran que sus hijas e hijos reciban formación de religiosa son muy libres de hacerlo, pero evidentemente al margen del sistema educativo. Para eso están las parroquias, las mezquitas y los espacios de las diferentes religiones donde pueden recibir esa formación religiosa y moral y practicarla.
En definitiva, la Escuela debe superar esta forma de adoctrinamiento y ser el lugar para educar en conocimientos científicos universales, en valores cívicos y universales. Cada religión, que es una creencia entre otras muchas, debe difundirse en todo caso en el ámbito privado de la familia y los lugares de culto. Necesitamos una escuela laica, donde se sientan cómodos tanto las personas no creyentes como las creyentes. Por eso debemos negarnos a que con el dinero público se financie ningún tipo de adoctrinamiento religioso. La escuela un lugar para razonar y no para creer.
Enrique Javier Díez Gutiérrez es profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de León.
28 abril 2022
¿Que qué fue de los cantautores?
¿Que qué fue de los cantautores? El gran Luis Pastor nos lo recuerda con este bendito recitado, que merece la pena volver a escuchar de cuando en cuando.
31 enero 2022
Henri Peña-Ruiz. “La bandera actual de España es anticonstitucional. Tiene una cruz”
Este catedrático de filosofía francés, hijo de inmigrantes españoles y gran teórico de la laicidad, argumenta que la Constitución dice que ninguna religión debe tener carácter estatal
Por Marc Bassets
El País, 25.03.22
Henri Peña-Ruiz (Le Pré-Saint-Gervais, 72 años), hijo de inmigrantes españoles en Francia, es catedrático de filosofía y republicano. Lo es en un sentido amplio del término: apegado a la República francesa y a la española, cuya bandera ondea en su casa. Es de izquierdas, muy de izquierdas y, de acuerdo con esta tradición, también muy laico. Pero en la izquierda algunos le miran con desconfianza, porque el profesor Peña-Ruiz, autor entre otros libros de Dios y Marianne. Filosofía de la laicidad, cree que hay que aplicar a todos, también al islam, los principios de la laicidad.
PREGUNTA. ¿Qué es la laicidad?
RESPUESTA. Hay que quitarse de la cabeza el prejuicio que dice que la laicidad es antirreligiosa. Es sencillo: las leyes que organizan la coexistencia de los ciudadanos no han de depender de una cosmovisión particular. La Unión Soviética era antilaica: un Estado laico no es antirreligioso ni antiateo, sino neutral desde el punto de vista de la opción espiritual. No da privilegios a la religión ni con un reconocimiento oficial ni con dinero. La laicidad reposa sobre tres elementos. Primero, la libertad de conciencia, que no es solo la libertad religiosa. Se trata de la libertad de elegir una opción espiritual, sea la del creyente, el ateo o el agnóstico. Segundo, la igualdad de trato de todas las personas sea cual sea su opción espiritual, lo que debe impedir los privilegios para la Iglesia y para los ateos. Y tercero, la orientación del poder público únicamente por el interés común: no corresponde a un Estado laico financiar lugares de culto, sino lo público, hospitales, por ejemplo.
P. ¿Es España un Estado laico?
R. Es un híbrido. Hay rasgos evidentes de laicidad. La Constitución de 1978 dice: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Y está muy bien. Pero esto entra en contradicción con las atenciones particulares, reconocidas por la misma Constitución, a la Iglesia católica, diciendo que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”. ¿Por qué no mencionar a los ateos o agnósticos? Además, la bandera actual de España es anticonstitucional. Si el artículo 16 dice que ninguna religión tendrá carácter estatal, ¿por qué la cruz está encima de la corona? Esta bandera pone de relieve el cristianismo. Cuando la Constitución dice que todos los españoles serán reconocidos en igualdad de derechos, lo siento, pero el ateo no tiene los mismos derechos que el cristiano porque no se le reconoce un símbolo particular en la bandera. También se podría hablar de las escuelas concertadas, aunque en esto Francia no puede dar lecciones a España: la ley Debré de 1959 instala la financiación pública de las escuelas religiosas, y esto es antilaico.
P. ¿Qué amenaza hoy a la laicidad en Francia?
R. No me gusta hablar de laicidad francesa. La laicidad es universal, buena para todos los pueblos. El ideal-tipo puro, por hablar como Max Weber, no existe en ninguna parte, pero cada paso hacia este ideal es bueno. La laicidad en Francia tiene dos enemigos. Por una parte, la derecha identitaria, que quisiera restablecer a Francia como “hija mayor de la Iglesia”. Esas personas son laicas solamente contra los musulmanes. Por otra parte, está la transformación del islam en identidad colectiva, que, por ejemplo, impone el velo a la mujer. Hoy incluso hay una parte de la izquierda que no es tan laica como debería. Nadie admite los atentados terroristas, pero hay personas que les ven circunstancias atenuantes, que sienten compasión por estos musulmanes, que serían víctimas del racismo. Yo defiendo que hay racismo cuando se rechaza a las personas, pero no cuando se rechaza a una religión, porque ninguna persona se reduce a su opción espiritual. Si no, significa que solo la versión fanática de la religión es auténtica. Como decía Montaigne, “no hay que confundir la piel con la camisa”.
P. ¿Se siente incomprendido en la izquierda actual en su defensa de la laicidad ante el islamismo?
R. Hasta una época reciente la izquierda estaba de acuerdo con mi punto de vista. Pero ha surgido algo nuevo. Una parte de la extrema izquierda es indulgente con el islamismo. Considera que los inmigrantes y especialmente los inmigrantes de origen musulmán están más explotados, perseguidos y discriminados que los demás. Quizá sea verdad. Pero de esto yo no saco la misma conclusión que ellos, según la cual la laicidad participa de esta persecución. Primero, porque la laicidad impone reglas iguales para todas las religiones. Insisto mucho en recordar lo que hicieron los católicos con la Inquisición, no para relativizar, sino para mostrar que las exigencias que se impusieron a los católicos con la ley de la separación de las iglesias y el Estado deben imponerse a todas las religiones.
P. ¿Usted es creyente? ¿Ateo? ¿Agnóstico?
R. Por convicción laica, me incomoda responder. Le contaré una anécdota. Yo di clases de Filosofía durante 42 años. A veces los alumnos me preguntaban: “Señor Peña-Ruiz, ¿usted cree en Dios o no?”. Yo les contestaba: “No les voy a responder. Pero filosóficamente les explicaré por qué. Primero, es asunto mío, de la misma manera que nunca les preguntaré a ustedes si creen en Dios. El respeto de la esfera privada es un principio de la laicidad. Segundo, mi República francesa no me paga un salario para que exponga mi convicción personal. Estoy aquí para enseñarles a pensar. Un día leeré una página de san Agustín, otro de Marx, pero no significará que soy cristiano ni marxista, sino que quiero darles a conocer pensamientos importantes en la historia humana. Debo ser neutral. Y tercero, no responderé a la pregunta sobre si soy creyente o no, pero estoy muy contento de que me la hagan”. Y los alumnos me decían: “¿Por qué?”. Y les respondía: “Porque significa que nada en mi enseñanza les permite saber si soy creyente o ateo y que, por tanto, he respetado la neutralidad que supone la laicidad”.
15 enero 2022
Cutrespaña
26 octubre 2020
TOUT ÇA, POUR ÇA
06 abril 2019
Las monedas de Judas
El Periódico de Huelva, 11 de abril de 2014
¿La comprensión, la clemencia, la comprensión... no forman parte de la médula espinal del católico? ¿Cómo es posible que gente que se autocalifica de "cofrade" y de "católica" siga rezumando odio por los cuatro costados? Demasiadas veces los estatutos de las hermandades son letra muerta que no les dice nada. Por eso abundan los cofrades que sólo acuden para vestirse de nazarenos un día o dos al año y, todo el tiempo restante, pasan de Dios, de la Iglesia y hasta de los cultos de su propia cofradía. Se debe empezar por el ejemplo de uno mismo, no dar la sensación de que somos "sepulcros blanqueados". No basta con encenderle a Dios una vela en Semana Santa y cien al diablo en los restantes días del año.
Me quedo, sin más pretensiones, con la fiesta pagana que favorece el turismo y llena la caja de los bares y tabernas, la música escandalosa y bullanguera, el espectáculo frívolo y algún que otro espíritu puro. Pero ya está. No me vendáis la burra de la religiosidad profunda, de los llantos sentidos por el prójimo que sufre, que rellenan la boca con vivas y olé vacuos. No nos engañemos, las procesiones de Semana Santa son desfiles de vanidad rancio populismo cultural, rescatadas de la historia medieval como espectáculo incluso tenebroso. Nada tienen que ver con lo que dicen representar. Son una exitosa puesta en escena turística y una penosa demostración de la necesidad que tiene la gente de "pan y circo". Un entretenimiento de la plebe, devotos que confunden la religión con el protagonismo. Tribuna, escaparate, hoguera de las vanidades. Gente que se autoinflige castigos y se destroza la columna por cargar a cuestas enormes trozos de madera decorada con costosos vestidos, ofreciendo un inútil sufrimiento propio, como si con ese absurdo acto se eximieran de sus pecados y se convirtieran, de la noche a la mañana, en mejores personas.
La semana de los sueños de la virtud, de la familia cristiana ideal, con todos bien avenidos, la semana en la que se venden en oferta los grandes cristianos, los hermanos en Cristo. Cuando lleguen a casa y se despojen de sus exquisitas vestiduras, volverán al lado oscuro. Cada mentira es conveniente y necesaria, hace más llevadera la espantosa imagen que nos devuelve el espejo cada día. Esos que empuñan la luz como un cuchillo, o la paz como un fusil. Esos que van por el mundo sumando ofensas, en guerra fría y sucia con los otros. Siempre a la defensiva, con hostilidad. Transformando cualquier hecho en una tensa batalla. Inseguros, insatisfechos, acaparadores, iracundos, celosos y maltratadores. En crispación permanente. La culpa siempre es del otro. Mejor la venganza que la reconciliación o el perdón.
Me quedo con los que quisieron dar todos sus versos por un hombre en paz. Porque la paz de cada día la construimos cada uno, descubriendo todo lo que nos une a los demás por encima de lo que nos separa, respetando todas las vidas y la dignidad sin prejuicios, rechazando la violencia, con generosidad, aceptando, escuchando, disfrutando.
El hombre sagrado para el hombre. Esa es mi religión. Lo sagrado, la espiritualidad íntima auténtica de un amanecer tranquilo y hermoso, o tal vez contemplando los ojos aterradores del dolor, o lo incomprensible del amor. La mirada perdida de tu ser más preciado en largas tardes de caricias, besos y canciones; cuando el tiempo, la voz, y la memoria no existen porque se perdieron irremediablemente. Ya qué importa, si todo se ilumina como su nombre. Es ese instante en el que todo parece encajar y te sientes formar parte del mundo, de todo. No cuando me intentan imponer un dios público, único y verdadero, conveniente social y políticamente, con madre virgen o vírgenes, según el gusto o el color de cada ocasión. No puedo luchar contra los civilizados e iluminados con mi pobre espiritualidad. Con los grandes hombres inflados de autoestima piadosa a punto de reventar, especialistas en maquillar sus sombras ocultas tras una máscara o un capirote.
Por ello, para sobrevivir a cada semana fantástica de la virtud y la doble moral, suelo escaparme a otros mundos donde no haya ni un rastro de olor a incienso. Cruzando el mar hacia las tierras impías y herejes del otro lado del Atlántico, para no convertirme en una más de esos cínicos desmemoriados, para no olvidar que todos somos mestizos, que fuimos, afortunadamente, parte de esa espléndida, avanzada y culta civilización árabe.
O, como este año, a Madrid, para disfrutar de teatro, arte y amistad. De los de verdad, de los buenos. Del auténtico teatro, no de la farsa de la hipócrita representación en palcos e iglesias. Del arte de las calles y de los museos. De siglos de cultura, creatividad e ingenio. De la amistad que no conoce de tiempos ni distancias, perdurable, sin favores ni intereses ocultos, la de las almas gemelas que se encuentran y siguen conectadas.
En mi deslumbrada ignorancia, mi palabra es de interrogación y de prueba, para no obedecer lo correcto o predestinado. Desconfío de los que se erigen en nombre de dios, de los que actúan por algo que "está por encima", porque siempre estarán dispuestos a traicionarte y sacrificarte en cualquier momento. Las monedas de Judas pasando de mano en mano hasta el fin de los tiempos. Amén.
Rocío Ruiz Domínguez es profesora de instituto en excedencia y actual Consejera de Igualdad y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía.
14 noviembre 2017
18 abril 2017
La primera tentación de los cristianos
24 marzo 2017
01 enero 2017
Europa y la novela, por Javier Cercas
24 marzo 2016
¡Porompompón!
Me lo dijo el poeta Antonio Gamoneda volviendo en avión de Israel, a donde habíamos acudido para participar en unas lecturas de poesía en Jerusalén. Hablábamos de León, la ciudad que nos une y nos separa a la vez (él vive en ella y yo fuera, pero los dos la amamos y la sufrimos) y le preguntaba yo la razón de que nuestros paisanos sean tan conservadores y si, en su opinión, eso cambiará algún día. “Pero Julio… —me contestó Gamoneda con condescendencia, casi con compasión por mi ingenuidad—, ¿tú qué puedes esperar de una ciudad en la que la mitad de la población se pasa el año esperando a que llegue la Semana Santa para tocar el tambor y marcar el paso?”.






