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17 marzo 2026

El encapuchado abuso

Por Javier Marías, El País Semanal, 14 junio 2003

El pasado Jueves Santo, hacia las seis de la tarde, vi desde mis balcones en el Madrid de los Austrias, donde alquilo un estudio, como varias calles eran cortadas y empezaban a agolparse en ellas católicos impacientes. Había quedado a cenar a las nueve y media en un restaurante cercano, de la Cava Baja. Pensé que para entonces la procesión de turno habría acabado y que podría llegar allí a pie, en menos de diez minutos. Pero cuando salí a las nueve y cuarto, el aquelarre estaba aun en su apogeo. De hecho, abrí el portal y me encontré bloqueado por los desconsiderados devotos que se apoyaban en él y que no hicieron el menor ademán de apartarse un poco para permitirme el paso. A duras penas y semiasfixiado, alcancé un callejón por el que confié en acortar el trayecto (estos fervorosos son unos exhibicionistas y sólo desfilan por las principales vías). Pero la calle de Segovia, que debía cruzar, se hallaba también invadida por las hordas procesionales, así que hube de dar un rodeo para poder pasar a la acera adecuada por un punto menos abarrotado. Y entonces, hasta llegar a la bocacalle buscada (la misma Cava Baja), no me quedó más remedio que caminar un trecho en la misma dirección que los fieles, a su paso de tortuga y atrapado y aplastado por ellos. Es decir: durante unos cinco o siete minutos me tuve que insertar en la procesión, mientras miraba con ansia la bocacalle salvadora, tan cercana y tan lejana. "Hostia", pensé (quizá nunca tan adecuadamente), "cómo me vea ahora alguien conocido, me va a tomar por feligrés ferviente y seré el hazmerreír del gremio, y aun el del barrio."

De hecho había quedado con mi colega Pérez-Reverte, al que hacía siglos que no veía, y rogué al Purgatorio --la verdad, no iba a rogarle al Cielo en ese día-- que él estuviera ya en la mesa esperándome. "Como me vea el Capitán Alatriste procesionando a mis años, voy listo: no tendrá piedad de mí, creerá que desde que no nos vemos me he iluminado y me he convertido; yo, que hace sóło unos meses me largué de la publicación en la que colaboraba porque me prohibieron una columna sobre la Iglesia Católica precisamente. Creerá que he sufrido el síndrome de Estocolmo, y el de Oslo y el de Helsinki". Y cuando tres horas después ambos salimos del restaurante, los encapuchados seguían con la ciudad tomada.

A la noche siguiente tenía otra cena, en la lejana casa de unos amigos, sólo a tiro de taxi. Todo cortado de nuevo cuando salí, la calle más cercana otra vez rebosante de los ku-klux-klanes patrios y de su fanática e insaciable tropa. Preví que habría de caminar un buen trecho hasta dar con una zona libre de capirotes y por lo tanto con coches. Y como no estaba dispuesto a verme encajonado por la grey civil (en teoría: muchos se consideran legionarios), decidí avanzar rápido por la calzada antes de su llegada en masa, es decir, me metí entre las filas de siniestros embozados que aporreaban tambores como si fueran los almorávides que sitiaron al Cid en Valencia, y así adelanté junto a ellos, aterrado por su insistente coloración morada. Y aunque la cosa duró menos, padecí el atormentador pensamiento: "Hostia. Como me vea ahora alguien, mezclado con estos tíos disfrazados de verdugos". Para qué seguir, aún quedaban sábado y domingo, y en Madrid ha habido diecinueve procesiones --diecinueve-- durante esta Semana Santa. La mayoría por el centro, que ha quedado impracticable --prohibido-- para automóviles y peatones a lo largo de horas y horas.

Así, la capital de un Estado aconfesional y europeo ha sido demencial y abusivamente ocupada por una sola iglesia, con permiso y entusiasmo del Ayuntamiento y de la Delegación del Gobierno, que tanto denostaron las manifestaciones contra la guerra de Irak, y les pusieron impedimentos porque ocasionaban molestias a quienes no tomaban parte. Sólo que en ellas participaron cientos de miles, y en las procesiones una minoría tan sólo, una cuasi secta que además exhibe una iconografía de espanto. Hoy, en que
tanto se cuidan los católicos de lo que ven en televisión los niños, los obsequian durante varios días con un incesante espectáculo de terror en vivo: ejércitos de tenebrosos encapuchados; estruendosos trompeteos sórdidos; ominosas tamborradas; beatas ennegrecidas; masoquistas con cadenas en los tobillos; tétricas y lacrimosas estatuas bien paseadas; algún torso desnudo, flagelado y sanguinolento; pies descalzos y torturados. Imaginen que cualquier otra fe pretendiera tomar así nuestras calles, cuatro días enteros. Sólo confío en que tras las inminentes elecciones municipales, nuestros nuevos alcaldes o alcaldesas, del partido que sean, se sepan la Constitución algo mejor que los actuales y pongan freno a este increíble abuso y a la imposición desmedida de estas huestes encapirotadas.




05 junio 2024

Monstruos del Rocío

Por LUIS MIGUEL FUENTES

 El Mundo (Edición de Andalucía), 7 de mayo de 2001

Foto: Antonio Pérez

“Y a ti, ¿qué más te da?”, me dicen. Frustración intelectual. Sufrimiento humanista. Se me parte por dentro un tronco de positivismo, que cruje como una costilla. El positivismo, ya estamos. ¿Se puede seguir siendo positivista? ¿Es que existe el progreso, aparte de en la electrónica? Qué más me da a mí lo que hace esa gente. Pero hay una humanidad zumbadora y bosquimana que sigue adorando a las piedras y me deja una extrañeza de explorador y una decepción de especie. Paisanos como afganos, gente descalza con el ganado, vino sudado y la lágrima seca de una madre postiza colgando del cuello como un diente. El Rocío, ese africanismo de las multitudes. Van a adorar a una diosa, pero su religión y su emoción son ellos mismos, su multitud y su sincronía. No puedo comprenderlos y se me ahoga todo lo humano como un buey muy cansado.

Tengo que hacer mi artículo del Rocío, pasadas todas las crecidas de la gente y sus lloros, no por costumbre, como decía el otro día Umbral, sino por un campanazo triste de desencanto. El Rocío me desencanta con esa ternura que tienen los monstruos de uno. Hablo, ahora, de mis monstruos, congregados todos en el Rocío.

Primer monstruo: la religiosidad popular, peor que todas las teodiceas de la filosofía. Ya distinguía Hume entre esa religiosidad del pueblo, que viene de milenios de cosechas, muertos y menstruos de las mujeres, y el armazón metafísico que sostiene a todas las iglesias sobre su légamo de miedo y poder. Nada tiene que ver el Rocío con el cristianismo, pese a que la Iglesia Católica intente domar tanto gentío para adoptarlo en sus números. La religiosidad popular es anterior a toda forma de filosofía y episteme. Es la infancia mítica. La teología puede ser ingenua, equivocada, simple. Pero aún tiene a Aristóteles. La religiosidad popular es una antorcha en la cueva, una piel de bisonte para echarse por los hombros, rezarle a la luna. Virgen del Rocío. Artemisa. Isis. Diosa virgen, diosa madre, fertilidad, mitos de cultivadores y paridoras. Primitivismo, más la unión inconsciente de lo femenino con lo emotivo, el pathos del pueblo (Jung).

Segundo monstruo: tradición. Sacralización de la repetición. El peso de una opinión o de una conducta no viene de su bondad, de su razón o de su belleza, sino de la insistencia del tiempo y la periodicidad. Las cosas se hacen así porque se han hecho siempre, y basta. Nada existe si no se repite (eterno retorno nietzscheano). Corolario: es suficiente que algo se repita para declararlo verdad. Insulto a la inteligencia humana, automatismo que nos convierte en una biela.

Tercer monstruo: kitsch. Horterada. Vulgaridad de bestias y personas con florones, exaltación de musiquillas horrendas. Cuarto monstruo: etnocentrismo, chauvinismo. Toda la cultura humana muere en la plaza del pueblo. El ser humano se amadeja en su ombligo y en su barrio. No hay más arte ni más pensamiento que el de la vecina y el barbero. Se extirpa el resto del mundo como un ojo ciego y feo. Quinto monstruo: el grupo. La persona sólo toma sentido en cuanto a que pertenece al grupo. Individualidad anulada, aborregamiento, uniformidad. Más la creación de una falsa moral: eres mejor persona, y hasta mejor andaluz, si perteneces a este grupo. La disidencia es inmoralidad y traición. Sexto monstruo: hipocresía. Excusas vergonzantes para el placer y la fiesta, que no necesitan excusas. Mentirosa fraternidad de señoritos a caballo, escalafones de vanidad en todos sus grupúsculos, violencias y odios entre sectas.

Todos mis monstruos están ahí, en el Rocío. Tenía que sacarlos, orearlos de cielo y razón, hacer exorcismo de esta tristeza. Han regresado ya todos mis monstruos, fatigados y sucios con la gente. Pero no pierden, nunca, su horror.

+ Vídeo completo del documental Rocío, de Fernando Ruiz Vergara, 1980

06 febrero 2024

¿Y qué hace ahí esa cruz?

Nada más arribar a Cáceres, el viajero recibe una bofetada en forma de cruz a los caídos erigida en una plaza céntrica, supuestamente a los muertos católicos en la Cruzada contra el estado democrático de 1936. Una cruz de ominoso granito se alza en medio de una glorieta muy transitada, desafiando la vigente Ley de Memoria Democrática, que prohibe cualquier monumento que enaltezca el golpismo y el régimen nacional-católico surgido del golpe de estado franquista. Esa ley fue aprobada por la mayoría del parlamento de la nación y es de obligado cumplimiento en cualquier ciudad o pueblo de España, incluido Cáceres. Si con dicha cruz pretenden homenajear también a los no creyentes, que dieron su vida por la democracia y por las libertades (incluida la de culto), entonces la falta de respeto a su memoria es indecente. En otras ciudades sí existe un monumento a TODAS las personas que dieron su vida por España, pero no es una cruz sino un monolito neutro y aconfesional, como el situado junto a una llama eterna en el Paseo del Prado. Al preguntar a los lugareños por este monumento, obtuve reacciones contrastadas: los varones respondían de forma visceral y furibunda: “cruces así las hay en todos los pueblos, es un símbolo de Cáceres”; sin embargo, cuando les comenté mi desconcierto y estupor a varias mujeres, éstas se mostraron más conciliadoras y comprensivas. Esa cruz rancia y vetusta me parece una puñalada a cualquier español de bien porque atenta contra la reconciliación (contaminó mi visita a la ciudad extremeña), y espero que pronto la retiren o trasladen a otro lugar, como un cementerio católico, por ejemplo, aunque, según me contaron, ningún alcalde se haya atrevido a ello aún. Deberían hacérselo mirar. cmg2024

26 marzo 2023

Religión fuera de la escuela: respetar la libertad de conciencia de los menores

Por ENRIQUE JAVIER DÍEZ GUTIÉRREZ

El País, 25 de marzo de 2023

Es incomprensible cómo los distintos gobiernos en España siguen manteniendo los acuerdos posfranquistas con el Vaticano, la enseñanza confesional en la escuela y no frenan las inmatriculaciones de bienes públicos por parte de la iglesia católica, dejando que pervivan e incluso resurjan y se expandan muchos restos del nacionalcatolicismo de la dictadura en España. Como católico practicante coincido con el reconocido teólogo Juan José Tamayo quien analiza en su libro La Internacional del Odio el cristoneofascismo, la alianza entre el neofascismo legitimado por el capitalismo y el fundamentalismo integrista religioso apoyado por una parte de la jerarquía eclesiástica española.

Este impulso del cristoneofascismo hispano coincide con la acelerada expansión de las iglesias evangélicas neopentecostales. Sus pastores y telepredicadores, a través de emisoras de radio y televisión, son promotores del “voto evangélico” ultraconservador. En Latinoamérica, donde llevan años expandiéndose, se han situado en cargos legislativos y locales, vinculados casi siempre a espacios de derecha y ultraderecha, para combatir la ampliación de derechos como la interrupción voluntaria del embarazo o el matrimonio igualitario e impulsar una agenda claramente neofascista. Sus postulados, de hecho, coinciden con buena parte de la ideología neofascista más reaccionaria del nacionalcatolicismo español.

España, un país que desde la Constitución de 1978 es aconfesional, la jerarquía católica española no solo tiene el privilegio de sus púlpitos y sus parroquias para expandir su doctrina, sino que ha impuesto la exigencia, a través de un acuerdo del final de la dictadura con un Estado extranjero (el Vaticano), para que todo centro público educativo se vea obligado a impartir su adoctrinamiento religioso mediante la oferta obligada de la asignatura de religión en todas las etapas escolares. Un país extranjero (quien lo reconozca como tal) impone a nuestro Estado cómo y con qué contenidos educar a la población. A pesar estar consagrada la aconfesionalidad en la propia Constitución española, que es la legislación máxima a la cual deben estar sometidas las demás, ningún gobierno la ha aplicado derogando esos acuerdos anticonstitucionales con el Vaticano.

Cuestiona la convivencia y provoca segregación

La introducción de cualquier asignatura confesional en la escuela supone una grave vulneración de los Derechos de la Infancia y el Derecho a la libertad de conciencia, como recoge la Declaración de los Derechos del Niño y de la Niña de 1959 y la Convención de 1989, que rechazan el adoctrinamiento y el proselitismo religioso. Además, al separar a las niñas y a los niños que comparten toda la jornada escolar y sacar de su clase a quienes no reciben religión, se dificulta su convivencia, entendimiento y cohesión social.

La presencia de una religión en la escuela sea la que sea, de su enseñanza y sus símbolos, constituye un obstáculo para construir solidaridad en la diversidad, el mestizaje y la multiculturalidad. Y no se trata sólo de favorecer las buenas relaciones entre la diversidad de creencias sino de garantizar el respeto y la pluralidad también con las personas que no tienen religión, que no creen en ningún dios. Puesto que también podrían demandar que haya una asignatura evaluable de “ateísmo científico” desde infantil, con dos horas semanales como la de religión, y que para quienes no quisieran cursar ateísmo científico se imparta, como alternativa, la asignatura de agnosticismo.

Frente a ello, lo que parece lógico es que tanto las personas creyentes como las ateas y las agnósticas opten por vivir en la privacidad sus propias creencias, aplicando en todos los ámbitos la separación entre iglesia y estado.

Catequesis y dogmas

Habría que preguntarse por el empeño de la jerarquía católica en exigir una asignatura específica en todas las escuelas dedicada a su catequesis. Porque es indudable que el currículum de la enseñanza de la religión católica centrado en dogmas religiosos, diseñado por la conferencia episcopal, convierte la clase de religión en catequesis, pese a que explícitamente afirme que huye de “la finalidad catequética o del adoctrinamiento”. Enseñar dogmas religiosos no solo va en contra del pensamiento crítico y de la autonomía personal, sino que hay contenidos que entran en franca contradicción con la razón, la ciencia y con derechos humanos, como la libertad de orientación sexual y la igualdad y la libertad de las mujeres, entre otros.

No tenemos más que mirar los libros de texto aprobados en esa asignatura para cuestionarnos la constitucionalidad de algunas de sus enseñanzas. No aceptan la realidad de los nuevos modelos familiares y se empecinan en su retrógrada concepción de la sexualidad humana, negando la diversidad sexual reconocida ya por la legislación, o el derecho al propio cuerpo, a la libertad sexual y a la anticoncepción. Introducen enseñanzas que cuestionan la educación en igualdad entre hombres y mujeres y siguen defendiendo un modelo de familia patriarcal en la que los roles y estereotipos de mujeres y hombres nos recuerdan a épocas pasadas. El teólogo Juan José Tamayo constata que: “los contenidos son en su totalidad catequéticos con tendencia al fundamentalismo; el pensamiento que se transmite es androcéntrico; el lenguaje, patriarcal; la concepción del cristianismo, mítica; el planteamiento de la fe, dogmático; la exposición, anacrónica”.

Sin olvidar, por otra parte, que esas clases de religión están a cargo de una legión de catequistas. Han sido nombrados “a dedo” por la jerarquía eclesiástica según su fidelidad a la doctrina, pero con el mismo sueldo financiado públicamente (680 millones de euros al año) que un profesor o profesora que ha debido cursar una carrera y aprobar una prueba selectiva basada en los principios de igualdad, mérito y capacidad. Además, la jerarquía católica puede despedirlos cuando quiera y por razones ajenas completamente a su labor docente. Mientras en las demás asignaturas se fomenta el respeto a todas las personas al margen de su estado civil, la jerarquía católica despide, por ejemplo, a sus profesoras de religión porque se divorcian.

Más de quince mil verdaderos “delegados diocesanos” figuran como personal laboral en los centros escolares de titularidad pública (así lo estableció la ley educativa LOE y lo han mantenido las siguientes leyes). Además, no se limitan a impartir catecismo a los escolares que asisten a religión, sino que suelen hacer proselitismo católico en ocasiones muy integrista.

Pedagogía laica

Debemos abogar por una educación plenamente laica. La laicidad de las instituciones públicas es la mejor garantía para una convivencia plural en la que todas las personas sean acogidas en igualdad de condiciones, sin privilegios ni discriminaciones. Tanto las católicas como las musulmanas, las ateas, las agnósticas o las protestantes, etc.

La actitud laica tiene dos componentes: libertad de conciencia y neutralidad del Estado en materia religiosa. Cada persona es libre de ser o no religiosa y de abrazar la religión que quiera, mientras que el Estado debe abstenerse y mantenerse al margen de estas creencias y prácticas personales. En este sentido, el laicismo busca separar esferas (el saber de la fe, la política de la religión, el estado de las iglesias), para garantizar la libertad de conciencia y posibilitar la convivencia entre quienes no tienen las mismas convicciones.

La religión fuera de la escuela

Todas las religiones, incluida la católica, deben ocupar el lugar que les corresponde en democracia: la sociedad civil, no la escuela; que debe quedar libre de cualquier proselitismo religioso. El espacio adecuado para cultivar la fe en una sociedad en la que hay libertad religiosa son los lugares de culto: parroquias, mezquitas, sinagogas u otros.

La Escuela ha de ser laica para ser de todos y todas, para que en ella todas las personas nos reconozcamos, al margen de cuáles sean nuestras creencias, que son un asunto privado. Por eso, la religión no debe formar parte del currículo. No por motivos antirreligiosos, sino desde un planteamiento pedagógico y social beneficioso para el desarrollo de la racionalidad del menor de edad, de su independencia y autonomía personal, para la que debe ser educado libremente sin que le enseñen creencias que predispongan su mente a comportamientos o dogmas que condicionen su personalidad desde la infancia.

Además, la religión ya se explica e imparte en la mayor parte de las materias que se estudian a lo largo de la escolaridad (la católica en España y Latinoamérica, la judía en su zona de influencia, igual que la musulmana o la budista). En el currículum español, por ejemplo, se referencia y se explica la religión católica para analizar el estilo arquitectónico de un templo, para explicar el Camino de Santiago medieval o un cuadro de Velázquez o una partitura de Bach, para adentrarse en la literatura del siglo de oro o el origen de la lengua castellana y, sobre todo, para comprender la mayor parte de la historia de este país.

La religión católica actualmente tiene una carga horaria superior a la de contenidos tan importantes como la educación física o la educación artística. Es más, las clases de religión restan muchísimas horas lectivas a las demás asignaturas, que sí son importantes y acordadas por toda la comunidad educativa y social.

En un Estado aconfesional como el que hemos adoptado en la Constitución española, con libertad de culto, se debería impulsar y fortalecer una escuela laica, como instrumento plural, defensor de los derechos humanos y libertades. En todo caso el art. 27.3 de la Constitución española recoge el derecho de las familias a que sus hijas e hijos «reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones». Pero no a que esta formación sea impartida en los centros educativos, y menos financiada por el Estado.

Las familias que quieran que sus hijas e hijos reciban formación de religiosa son muy libres de hacerlo, pero evidentemente al margen del sistema educativo. Para eso están las parroquias, las mezquitas y los espacios de las diferentes religiones donde pueden recibir esa formación religiosa y moral y practicarla.

En definitiva, la Escuela debe superar esta forma de adoctrinamiento y ser el lugar para educar en conocimientos científicos universales, en valores cívicos y universales. Cada religión, que es una creencia entre otras muchas, debe difundirse en todo caso en el ámbito privado de la familia y los lugares de culto. Necesitamos una escuela laica, donde se sientan cómodos tanto las personas no creyentes como las creyentes. Por eso debemos negarnos a que con el dinero público se financie ningún tipo de adoctrinamiento religioso. La escuela un lugar para razonar y no para creer.

Enrique Javier Díez Gutiérrez es profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de León.


28 abril 2022

¿Que qué fue de los cantautores?


¿Que qué fue de los cantautores? El gran Luis Pastor nos lo recuerda con este bendito recitado, que merece la pena volver a escuchar de cuando en cuando. 

31 enero 2022

Henri Peña-Ruiz. “La bandera actual de España es anticonstitucional. Tiene una cruz”

Este catedrático de filosofía francés, hijo de inmigrantes españoles y gran teórico de la laicidad, argumenta que la Constitución dice que ninguna religión debe tener carácter estatal

Por Marc Bassets

El País, 25.03.22


Henri Peña-Ruiz (Le Pré-Saint-Gervais, 72 años), hijo de inmigrantes españoles en Francia, es catedrático de filosofía y republicano. Lo es en un sentido amplio del término: apegado a la República francesa y a la española, cuya bandera ondea en su casa. Es de izquierdas, muy de izquierdas y, de acuerdo con esta tradición, también muy laico. Pero en la izquierda algunos le miran con desconfianza, porque el profesor Peña-Ruiz, autor entre otros libros de Dios y Marianne. Filosofía de la laicidad, cree que hay que aplicar a todos, también al islam, los principios de la laicidad.


PREGUNTA. ¿Qué es la laicidad?


RESPUESTA. Hay que quitarse de la cabeza el prejuicio que dice que la laicidad es antirreligiosa. Es sencillo: las leyes que organizan la coexis­tencia de los ciudadanos no han de depender de una cosmovisión particular. La Unión Soviética era antilaica: un Estado laico no es antirreligioso ni antiateo, sino neutral desde el punto de vista de la opción espiritual. No da privilegios a la religión ni con un reconocimiento oficial ni con dinero. La laicidad reposa sobre tres elementos. Primero, la libertad de conciencia, que no es solo la libertad religiosa. Se trata de la libertad de elegir una opción espiritual, sea la del creyente, el ateo o el agnóstico. Segundo, la igualdad de trato de todas las personas sea cual sea su opción espiritual, lo que debe impedir los privilegios para la Iglesia y para los ateos. Y tercero, la orientación del poder público únicamente por el interés común: no corresponde a un Estado laico financiar lugares de culto, sino lo público, hospitales, por ejemplo.


P. ¿Es España un Estado laico?


R. Es un híbrido. Hay rasgos evidentes de laicidad. La Constitución de 1978 dice: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Y está muy bien. Pero esto entra en contradicción con las atenciones particulares, reconocidas por la misma Constitución, a la Iglesia católica, diciendo que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”. ¿Por qué no mencionar a los ateos o agnósticos? Además, la bandera actual de España es anticonstitucional. Si el artículo 16 dice que ninguna religión tendrá carácter estatal, ¿por qué la cruz está encima de la corona? Esta bandera pone de relieve el cristianismo. Cuando la Constitución dice que todos los españoles serán reconocidos en igualdad de derechos, lo siento, pero el ateo no tiene los mismos derechos que el cristiano porque no se le reconoce un símbolo particular en la bandera. También se podría hablar de las escuelas concertadas, aunque en esto Francia no puede dar lecciones a España: la ley Debré de 1959 instala la financiación pública de las escuelas religiosas, y esto es antilaico.


P. ¿Qué amenaza hoy a la laicidad en Francia?


R. No me gusta hablar de laicidad francesa. La laicidad es universal, buena para todos los pueblos. El ideal-tipo puro, por hablar como Max Weber, no existe en ninguna parte, pero cada paso hacia este ideal es bueno. La laicidad en Francia tiene dos enemigos. Por una parte, la derecha identitaria, que quisiera restablecer a Francia como “hija mayor de la Iglesia”. Esas personas son laicas solamente contra los musulmanes. Por otra parte, está la transformación del islam en identidad colectiva, que, por ejemplo, impone el velo a la mujer. Hoy incluso hay una parte de la izquierda que no es tan laica como debería. Nadie admite los atentados terroristas, pero hay personas que les ven circunstancias atenuantes, que sienten compasión por estos musulmanes, que serían víctimas del racismo. Yo defiendo que hay racismo cuando se rechaza a las personas, pero no cuando se rechaza a una religión, porque ninguna persona se reduce a su opción espiritual. Si no, significa que solo la versión fanática de la religión es auténtica. Como decía Montaigne, “no hay que confundir la piel con la camisa”.


P. ¿Se siente incomprendido en la izquierda actual en su defensa de la laicidad ante el islamismo?


R. Hasta una época reciente la izquierda estaba de acuerdo con mi punto de vista. Pero ha surgido algo nuevo. Una parte de la extrema izquierda es indulgente con el islamismo. Considera que los inmigrantes y especialmente los inmigrantes de origen musulmán están más explotados, perseguidos y discriminados que los demás. Quizá sea verdad. Pero de esto yo no saco la misma conclusión que ellos, según la cual la laicidad participa de esta persecución. Primero, porque la laicidad impone reglas iguales para todas las religiones. Insisto mucho en recordar lo que hicieron los católicos con la Inquisición, no para relativizar, sino para mostrar que las exigencias que se impusieron a los católicos con la ley de la separación de las iglesias y el Estado deben imponerse a todas las religiones.


P. ¿Usted es creyente? ¿Ateo? ¿Agnóstico?


R. Por convicción laica, me incomoda responder. Le contaré una anécdota. Yo di clases de Filosofía durante 42 años. A veces los alumnos me preguntaban: “Señor Peña-Ruiz, ¿usted cree en Dios o no?”. Yo les contestaba: “No les voy a responder. Pero filosóficamente les explicaré por qué. Primero, es asunto mío, de la misma manera que nunca les preguntaré a ustedes si creen en Dios. El respeto de la esfera privada es un principio de la laicidad. Segundo, mi República francesa no me paga un salario para que exponga mi convicción personal. Estoy aquí para enseñarles a pensar. Un día leeré una página de san Agustín, otro de Marx, pero no significará que soy cristiano ni marxista, sino que quiero darles a conocer pensamientos importantes en la historia humana. Debo ser neutral. Y tercero, no responderé a la pregunta sobre si soy creyente o no, pero estoy muy contento de que me la hagan”. Y los alumnos me decían: “¿Por qué?”. Y les respondía: “Porque significa que nada en mi enseñanza les permite saber si soy creyente o ateo y que, por tanto, he respetado la neutralidad que supone la laicidad”.

15 enero 2022

Cutrespaña


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Diario de Sevilla, 28 de agosto de 2017

No escribo esta columna para glosar la calidad de vida en España, nuestra alegría vital, nuestro altruismo donante para salvar vidas, nuestra bendita propensión a besarnos y tocarnos; tampoco para reivindicar la riqueza multinacional y plurilingüe del Reino, o para constatar la satisfacción que sentimos cuando, tras una larga estancia en un destino lejano, aterrizamos en Barajas y volvemos a nuestra zona de confort. Hoy, quiero reflexionar, desde el civismo ilustrado, sobre la podredumbre social y ética de nuestro país, y desentrañar los modos y pensamientos del español rancio, del español/español.

Somos un país que no ha sido capaz de mirarse en el espejo de su pasado. Los españoles padecemos una amnesia histórica colectiva. Hay una España a la que las películas sobre la guerra civil le parecen todas tendenciosas, una España que nunca ha condenado el golpe de estado de 1936 (y otra España inmadura que no condena la dictadura venezolana), una España nacionalista que hace alarde de su idea patrimonialista de la patria de todos. Ante este escenario se hace necesaria una nueva transición, una que transite hacia una regeneración de nuestra democracia. Necesitamos reiniciar España.

Señala Manuel Rivas que los españoles tenemos la sensación de vivir empantanados en esa posdictadura que es la corrupción sistémica. Vivimos en un país de corruptos y chorizas impunes que siempre se salen con la suya. Un país que convierte la actividad futbolístico-comercial en Marca España. Luis García Montero suele afirmar que vivimos en un país de chiste, pero sin ninguna gracia.

Nuestra ancestral chulería/picardía va desde el aparco y fumo donde me da la gana hasta preguntar a un cliente si quiere pagar la factura “con IVA o sin IVA” para seguir engordando la economía sumergida. El españolazo gusta de decir coño y cojones (cuando no maricón) cada dos por tres. Durante demasiado tiempo, en lugar de educar en el respeto entre iguales, hemos insistido en educar solo en la tolerancia (se tolera desde una posición de superioridad moral). Y así nos ha ido. Por otro lado, siempre me ha llamado la atención que el castellano no tenga un término propio para el adjetivo inglés “law-abiding” (que cumple las leyes), aunque sí hay innumerables sinónimos de pícaro.

La telebasura que consumen a diario muchos conciudadanos es también responsable de la conformación de esta sociedad maleducada. Ante el tsunami audiovisual, leer hoy en día en España se ha convertido en una heroicidad de minorías. Parece que vivamos en un país compuesto por una clase televidente y otra leyente, a modo de una nueva versión de las dos Españas. A partir de ahora, nuestros adolescentes podrán obtener el título de la ESO con dos asignaturas suspendidas. El listón cultural cada vez más bajo. ¿Les suena de algo?

Este año se cumplen 40 años desde la restauración de la democracia y seguimos sin entendernos. España es un país ingobernable porque es autodestructivo. Un ejemplo de nuestra proverbial aversión al consenso es la incapacidad para reformar la tauromaquia de modo que no sea necesario matar a un toro ante una multitud que ha pasado antes por caja. Se requiere imaginación para dar con la fórmula de torear sin torturar. No creo que ser español sea aplaudir por ver asesinar a un animal después de haber pagado por ello.

Por otra parte, el español/español es poco autocrítico. Un ejemplo: hace unos años, en Irlanda un país mayoritariamente católico como España se constituyó una comisión nacional para sacar a la luz los 30.000 casos documentados de abusos a menores. Si en una población de 12 millones se habían llegado a contabilizar tal número de casos, ¿cuántos abusos sexuales habrá habido en España, un país que casi cuadruplica la población de Irlanda? ¿Ha creado el Estado español una comisión para desenmascarar y condenar a los culpables (aunque muchos de esos crímenes hayan prescrito) y reparar el daño a las víctimas? No. Somos cutres de verdad porque no sabemos limpiar las heridas infectadas de pus de nuestro pasado. Pobre España.

Recientemente el Instituto Elcano ha atribuido la ausencia actual de un partido fascista en España (eufemísticamente lo llaman populismo de derecha) al estilo de los surgidos en varios países occidentales a la debilidad de nuestra identidad nacional, factor este que, a mi entender, nos lastra para vertebrar nuestro país. Mariano Barroso, vicepresidente de la Academia de Cine, sostiene que la ausencia clamorosa de un concepto de “lo colectivo” y del “bien común” nos limita y nos impide crecer como colectividad. Además, el proceso secesionista catalán está impidiendo el ineludible proceso reformista español. Los árboles de un territorio no nos están dejando ver el bosque del resto del Estado. A propósito, ¿no se le ha ocurrido a nadie preguntarse si este dolorosísimo desgarramiento territorial que estamos sufriendo se habría producido de ser España un país cívico, sensato y vertebrado? ¿Es acaso la negativa a contribuir económicamente a la solidaridad interterritorial la única razón que mueve a los secesionistas? Nos convendría formularnos estas preguntas y respondérnoslas.

Si alguien acusa a este heterodoxo de antipatriota por escribir esta amarga columna, entonces no se ha enterado de nada. Escribir es una forma de hacer país. Otra España es posible. cmg2017

26 octubre 2020

TOUT ÇA, POUR ÇA



Casi tres centenares de personas han muerto en Francia en la última década en atentados de inspiración islamista radical. Los últimos han tenido como víctimas a tres ciudadanos asesinados ayer en la basílica de Notre Dame de Niza por un atacante armado con un cuchillo. Este tipo de actuación individual representa una modalidad diferente de la de los grandes atentados de hace años. El Estado Islámico —la última gran organización en la que se vertebró este tipo de terrorismo, por lo demás antiguo— ha perdido su base territorial y la gran mayoría de sus militantes han sido detenidos o neutralizados. Pero sigue irradiando sus ideas destructivas, compartidas por parte del islamismo radical, y sustentadas además por quienes muestran comprensión ante la violencia bajo la excusa de las pretendidas ofensas a la religión islámica. No hay gran novedad en tales operaciones, conocidas desde 1989, cuando el ayatolá Jomeini profirió su fatua contra Salman Rushdie. El objetivo es conseguir el retroceso de la libertad y de los valores ilustrados por desistimiento y por autocensura. Bajo la excusa de la islamofobia, el terrorismo pretende encontrar escudos legales que erosionen el patrimonio de la libertad de conciencia, de creación y de expresión característico de la tradición cultural europea.

El laicismo francés, que protege tanto la práctica de las religiones como el derecho a la crítica, es una bandera que los europeos no podemos arriar para apaciguar a quienes pretenden sentirse ofendidos por unos dibujos o textos literarios. La caricatura de figuras sagradas o de profetas no atenta contra ningún derecho ni limita ninguna libertad. No valen excusas ni coartadas ante estas acciones repugnantes. El presidente turco, Tayyip Erdogan, se ha puesto a la cabeza de una ofensiva contra Macron con una distorsionada interpretación de su defensa de los valores republicanos y europeos. No cabe retroceder ni un milímetro en ese esfuerzo. Hay que hacerlo con inteligencia —para no prestar nunca el flanco a sujetos que buscan fomentar la agitación y la polarización sectaria—, firmeza y máxima unidad europea.

06 abril 2019

Las monedas de Judas

Por ROCÍO RUIZ DOMÍNGUEZ
El Periódico de Huelva, 11 de abril de 2014

¿La comprensión, la clemencia, la comprensión... no forman parte de la médula espinal del católico? ¿Cómo es posible que gente que se autocalifica de "cofrade" y de "católica" siga rezumando odio por los cuatro costados? Demasiadas veces los estatutos de las hermandades son letra muerta que no les dice nada. Por eso abundan los cofrades que sólo acuden para vestirse de nazarenos un día o dos al año y, todo el tiempo restante, pasan de Dios, de la Iglesia y hasta de los cultos de su propia cofradía. Se debe empezar por el ejemplo de uno mismo, no dar la sensación de que somos "sepulcros blanqueados". No basta con encenderle a Dios una vela en Semana Santa y cien al diablo en los restantes días del año.

Me quedo, sin más pretensiones, con la fiesta pagana que favorece el turismo y llena la caja de los bares y tabernas, la música escandalosa y bullanguera, el espectáculo frívolo y algún que otro espíritu puro. Pero ya está. No me vendáis la burra de la religiosidad profunda, de los llantos sentidos por el prójimo que sufre, que rellenan la boca con vivas y olé vacuos. No nos engañemos, las procesiones de Semana Santa son desfiles de vanidad rancio populismo cultural, rescatadas de la historia medieval como espectáculo incluso tenebroso. Nada tienen que ver con lo que dicen representar. Son una exitosa puesta en escena turística y una penosa demostración de la necesidad que tiene la gente de "pan y circo".  Un entretenimiento de la plebe, devotos que confunden la religión con el protagonismo. Tribuna, escaparate, hoguera de las vanidades. Gente que se autoinflige castigos y se destroza la columna por cargar a cuestas enormes trozos de madera decorada con costosos vestidos, ofreciendo un inútil sufrimiento propio, como si con ese absurdo acto se eximieran de sus pecados y se convirtieran, de la noche a la mañana, en mejores personas. 

La semana de los sueños de la virtud, de la familia cristiana ideal, con todos bien avenidos, la semana en la que se venden en oferta los grandes cristianos, los hermanos en Cristo. Cuando lleguen a casa y se despojen de sus exquisitas vestiduras, volverán al lado oscuro. Cada mentira es conveniente y necesaria, hace más llevadera la espantosa imagen que nos devuelve el espejo cada día. Esos que empuñan la luz como un cuchillo, o la paz como un fusil. Esos que van por el mundo sumando ofensas, en guerra fría y sucia con los otros. Siempre a la defensiva, con hostilidad. Transformando cualquier hecho en una tensa batalla. Inseguros, insatisfechos, acaparadores, iracundos, celosos y maltratadores. En crispación permanente. La culpa siempre es del otro. Mejor la venganza que la reconciliación o el perdón.

Me quedo con los que quisieron dar todos sus versos por un hombre en paz. Porque la paz de cada día la construimos cada uno, descubriendo todo lo que nos une a los demás por encima de lo que nos separa, respetando todas las vidas y la dignidad sin prejuicios, rechazando la violencia, con generosidad, aceptando, escuchando, disfrutando.

El hombre sagrado para el hombre. Esa es mi religión. Lo sagrado, la espiritualidad íntima auténtica de un amanecer tranquilo y hermoso, o tal vez contemplando los ojos aterradores del dolor, o lo incomprensible del amor. La mirada perdida de tu ser más preciado en largas tardes de caricias, besos y canciones; cuando el tiempo, la voz, y la memoria no existen porque se perdieron irremediablemente. Ya qué importa, si todo se ilumina como su nombre. Es ese instante en el que todo parece encajar y te sientes formar parte del mundo, de todo. No cuando me intentan imponer un dios público, único y verdadero, conveniente social y políticamente, con madre virgen o vírgenes, según el gusto o el color de cada ocasión. No puedo luchar contra los civilizados e iluminados con mi pobre espiritualidad. Con los grandes hombres inflados de autoestima piadosa a punto de reventar, especialistas en maquillar sus sombras ocultas tras una máscara o un capirote. 

Por ello, para sobrevivir a cada semana fantástica de la virtud y la doble moral, suelo escaparme a otros mundos donde no haya ni un rastro de olor a incienso. Cruzando el mar hacia las tierras impías y herejes del otro lado del Atlántico, para no convertirme en una más de esos cínicos desmemoriados, para no olvidar que todos somos mestizos, que fuimos, afortunadamente, parte de esa espléndida, avanzada y culta civilización árabe.

O, como este año, a Madrid, para disfrutar de teatro, arte y amistad. De los de verdad, de los buenos. Del auténtico teatro, no de la farsa de la hipócrita representación en palcos e iglesias. Del arte de las calles y de los museos. De siglos de cultura, creatividad e ingenio. De la amistad que no conoce de tiempos ni distancias, perdurable, sin favores ni intereses ocultos, la de las almas gemelas que se encuentran y siguen conectadas. 

En mi deslumbrada ignorancia, mi palabra es de interrogación y de prueba, para no obedecer lo correcto o predestinado. Desconfío de los que se erigen en nombre de dios, de los que actúan por algo que "está por encima", porque siempre estarán dispuestos a traicionarte y sacrificarte en cualquier momento. Las monedas de Judas pasando de mano en mano hasta el fin de los tiempos. Amén.

Rocío Ruiz Domínguez es profesora de instituto en excedencia y actual Consejera de Igualdad y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía.

14 noviembre 2017

18 abril 2017

La primera tentación de los cristianos

Por Víctor Lapuente Giné

¿Por qué los cristianos fundamentalistas americanos votaron masivamente a un profeta del materialismo, el hedonismo y el narcisismo como Trump? ¿Por qué los católicos italianos apoyaron a Berlusconi? ¿Por qué tantas voces religiosas en la Europa oriental corean a déspotas oportunistas?
Parece una contradicción. Los votantes moralmente más intransigentes se alían con los líderes más inmorales. Pero, si analizamos la particular moral que defienden los fundamentalistas, la contradicción desaparece.
El historiador y pastor baptista Wayne Flynt señalaba en Financial Times que ha habido un giro en la moral de cabecera de los cristianos evangélicos. En la actualidad, se movilizan contra aquellos “pecados” que no quieren o no pueden cometer, como la homosexualidad o el aborto. Para un varón heterosexual y de mediana edad es más cómodo aceptar la primacía moral de las prescripciones contra la homosexualidad y el aborto que los preceptos contra, por ejemplo, la avaricia, omnipresente en la vida cotidiana de cualquiera.
Es la primera tentación de los religiosos, como ya denunció Jesús. En lugar de cuestionar nuestro comportamiento, tratando de controlar impulsos que pueden ser dañinos para nosotros mismos o para la comunidad, juzguemos la conducta de los demás.
La tentación ha existido siempre, pero ahora se le han sumado unos estímulos económicos y políticos. El mercado de las ideas religiosas se ha globalizado. Los predicadores que antes sermoneaban en sus parroquias tienen altavoces —de las radios a las redes sociales— con los que llegan a una audiencia sin fronteras. Pueden tentar a un mayor número de seguidores con su reconfortante mensaje: la salvación no está tanto en cambiar vuestras vidas como en modificar las de otros mediante leyes represoras.
Y han surgido políticos que se postulan como los guardianes idóneos de esa moral de conveniencia. A escala individual, Trump, Berlusconi y algunos autócratas del este de Europa son una parodia de los valores cristianos, pero ofrecen castigos colectivos a los grupos supuestamente pecadores.
Odia al prójimo tanto como te amas a ti mismo. @VictorLapuente
El País, 18.04.17

01 enero 2017

Europa y la novela, por Javier Cercas

En primer lugar quiero dar las gracias de todo corazón al jurado que me ha concedido este premio. Y en segundo lugar quiero decir que es un premio muy importante para mí, porque lo concede la Unión Europea.

Durante siglos, Europa ha constituido la gran ilusión de muchos españoles; conscientes de vivir desde principios del siglo XVII en un país cada vez más aislado, cada vez más sumido en la pobreza, la incultura, la falta de libertades, el oscurantismo y la ficción del Imperio, desde mediados del siglo XVIII los mejores de mis antepasados sintieron que Europa era una promesa realista de modernidad, de prosperidad y de libertad. Hoy la inmensa mayoría de nosotros seguimos sintiéndolo, y por eso España no ha dejado de ser uno de los países más europeístas de la Unión. Mucho me temo que ahora mismo no sobran motivos para sentirse orgulloso de ser español, pero ese es uno de ellos. Alguna vez he escrito que la idea de una Europa unida es la única utopía razonable que hemos acuñado los europeos; utopías atroces —paraísos teóricos convertidos en infiernos prácticos— hemos acuñado unas cuantas; pero utopías razonables, que yo sepa, sólo esa: una utopía que, como acaba de recordar Michel Serres, ha permitido que tras la II Guerra Mundial los europeos hayamos vivido “la época de paz y prosperidad más larga desde la guerra de Troya”. Dicho esto, añadiré que la novela moderna es no sólo uno de los frutos más valiosos de esa utopía, sino también el que más se parece a ella, su emblema perfecto; la prueba es que sus dos rasgos quizá más sobresalientes son los dos rasgos definitorios de la Europa unida: su carácter híbrido, mestizo, y su naturaleza antidogmática.

La novela moderna fue el invento absolutamente genial de un español, Miguel de Cervantes, pero no fueron los españoles sino determinados ingleses, como Laurence Sterne y Henry Fielding, quienes primero aprendieron a fondo las enseñanzas de Cervantes y aseguraron la continuidad de su invención; y no fueron los españoles ni los ingleses sino un francés, Gustave Flaubert, quien asumió la tarea descomunal de elevar a la categoría de un arte noble lo que hasta entonces había sido para casi todos poco más que un entretenimiento; y es un hecho que nadie asimiló mejor a Flaubert que James Joyce, un irlandés que escribía en inglés y vivió casi siempre en el exilio continental, y que un checo que escribía en alemán y se llamaba Franz Kafka, igual que es un hecho que pocos escritores actuales han sido tan fieles al legado de Kafka y de Joyce como Milan Kundera, un checo que empezó escribiendo en checo y ha terminado escribiendo en francés. La novela moderna es un género mestizo no sólo porque Cervantes la engendrara así —como un género donde caben todos los géneros, y que se alimenta de todos—, sino porque su historia es la historia de un fecundo mestizaje de lenguas y culturas. Pero la novela moderna también es un género antidogmático. Lo es porque sus verdades no son claras, unívocas y taxativas, sino ambiguas y equívocas, esencialmente irónicas. Don Quijote, no hay duda, está loco, loco de atar, loco como una cabra, pero al mismo tiempo es el hombre más lúcido y más sensato del mundo; Don Quijote, no hay duda, es un personaje risible, cómico, grotesco, pero al mismo tiempo es un personaje noble y heroico, el “rey de los hidalgos, señor de los tristes” que cantó un gran poeta nicaragüense: Rubén Darío. Esas son las verdades de la novela: verdades contradictorias, plurales, poliédricas y paradójicas, esencialmente irónicas. Y, al crear un género de enorme éxito basado en esa clase de verdades, Cervantes creó una auténtica arma de destrucción masiva contra la visión dogmática, monista, cerrada y totalitaria de la realidad.

Contra esa visión nació la Europa moderna, la Europa de la razón, la libertad, el bienestar y el progreso; contra esa visión —y contra los totalitarismos y los nacionalismos puristas o antimestizos que anegaron de sangre el siglo XX— nació la Europa unida. Esa visión, más vale que no nos engañemos, es la que amenaza con volver ahora, o la que está volviendo, como si quisiéramos darle la razón a Bernard Shaw, quien escribió: “Lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia”. Porque, contra lo que solemos pensar, la historia se repite siempre, sólo que se repite de formas tan distintas que a veces es difícil reconocerla. Ahora ni siquiera es difícil: ahora, sobre todo después de que los británicos hayan cometido el disparate de aislarse de Europa, como si fueran españoles del siglo XVII, y después de que los norteamericanos le hayan entregado el poder a un demagogo siniestro, casi se ha convertido en un cliché comparar nuestra época con la de los años treinta, hasta el punto de que algunos historiadores se han sentido obligados a recordar las diferencias entre ambas. Me parece bien. Pero me parece mal —mejor dicho: me parece temerario— olvidar las similitudes entre aquella época terrible y la nuestra: una tremenda crisis económica, el profundo desprestigio de las élites y las instituciones democráticas y la generalizada rebelión antisistema, el retorno de los nacionalismos y los totalitarismos bajo la forma más o menos suavizada de los populismos de derecha e izquierda, el cambio de una política racional y prosaica por una política épica y sentimental, el uso político de la mentira en dosis masivas. Cabría incluso ir más allá. Cabría temer que, tras 60 años de paz y prosperidad, se esté incubando en Occidente —no sólo en Europa— una especie de gran ennui semejante al que, según recuerda George Steiner, se incubó tras los 100 años de paz y prosperidad relativas que se dieron a partir del fin de las guerras napoleónicas, un estado de ánimo que produjo un anhelo de intensidad colectiva y un secreto deseo de destrucción y muerte, tan visible en el arte de la época (“¡Plutôt la barbarie que l’ennui!”, exclamó Théophile Gautier), que acabó siendo el carburante ideal para las dos guerras mundiales que destruyeron Europa cuando tanta gente pensaba que otra guerra en Europa ya era casi imposible… Pero quizá exagero; quizá me estoy dejando llevar por el pesimismo: al fin y al cabo todavía estamos a tiempo de desmentir a Bernard Shaw y de hacer caso a Cervantes, quien escribió que la historia debe ser “ejemplo y aviso de lo presente” y “advertencia de lo porvenir”. En todo caso, hay una cosa que me parece segura, y es que, en estos tiempos sombríos, la Unión Europea no sólo sigue siendo el proyecto político más ambicioso del siglo XXI, nuestra única utopía razonable, sino, lisa y llanamente, la gran esperanza de la democracia en el mundo. Es verdad que, tal y como funciona en la actualidad, la Unión Europea no puede satisfacer a nadie, que sus defectos e insuficiencias son enormes y sus problemas descomunales, pero eso sólo significa que nos queda mucho trabajo por delante. Nosotros, los novelistas europeos, debemos hacer el nuestro, que consiste en seguir el ejemplo de Cervantes; pero ustedes, los políticos europeos, también deben hacer el suyo, que bien pensado consiste básicamente en lo mismo: en construir una Europa más cervantina, es decir, más antidogmática y más mestiza; es decir, más libre, más próspera, más fuerte y más unida. Por la cuenta que nos trae a todos, les deseo suerte. Muchas gracias.


Discurso pronunciado en el Parlamento Europeo el 7 de diciembre con motivo de la entrega del Premio al Libro Europeo a Javier Cercas por ‘El impostor’.

24 marzo 2016

¡Porompompón!

Por JULIO LLAMAZARES

Me lo dijo el poeta Antonio Gamoneda volviendo en avión de Israel, a donde habíamos acudido para participar en unas lecturas de poesía en Jerusalén. Hablábamos de León, la ciudad que nos une y nos separa a la vez (él vive en ella y yo fuera, pero los dos la amamos y la sufrimos) y le preguntaba yo la razón de que nuestros paisanos sean tan conservadores y si, en su opinión, eso cambiará algún día. “Pero Julio… —me contestó Gamoneda con condescendencia, casi con compasión por mi ingenuidad—, ¿tú qué puedes esperar de una ciudad en la que la mitad de la población se pasa el año esperando a que llegue la Semana Santa para tocar el tambor y marcar el paso?”.

El descorazonador diagnóstico de Gamoneda era para León, pero vale también para España entera ¿Qué se puede, en efecto, esperar de un país que, pese a su despresurización religiosa de estos años últimos, se lanza a las calles en masa cuando llegan las fiestas de Semana Santa para portar crucificados y vírgenes a cuestas, tocar tambores hasta sangrar y procesionar día y noche durante días como si el fin del mundo fuera a llegar en cualquier momento? Porque una cosa es que lo hagan las personas religiosas, esas que creen que Cristo resucita en estos días cada año, y otra distinta las que, sin creer en Dios, ni en la Virgen, ni en la resurrección de nadie que no sea su equipo de fútbol o la economía, como el Gobierno, desfilan por su ciudad llevando a hombros pasos de seis toneladas con un fervor sorprendente en personas a las que si su mujer les demanda luego que bajen del desván una mesita montan en cólera. Uno respeta las aficiones de los demás, pero también valora la coherencia en el comportamiento de sus semejantes.

Y es que, por lo que parece, desde hace tiempo el número de procesiones y de españoles procesionantes está aumentando en la misma proporción en la que la Iglesia católica pierde adeptos, como demuestran todas las estadísticas. Incluso el ¡porompompón! que acompaña a las procesiones suena más ensordecedor cuantos menos católicos practicantes hay entre los nazarenos. Como uno no cree en la casualidad e intuye que alguna explicación hay para que eso ocurra, con perdón de la Iglesia católica y de Íker Jiménez, he comenzado a pensar que Gamoneda tenía razón y que lo que de verdad les gusta a los españoles de la Semana Santa es echarse a la calle a marcar el paso, más allá de devociones, tradiciones, pasión por lo popular o lo pintoresco, sobrecogimientos artísticos y musicales y demás explicaciones simbolistas.

¡Qué miedo!

El País, 24 de marzo de 2016

16 febrero 2016

Curas pederastas


Por XAVIER VIDAL-FOLCH

Si queréis seguir la invitación evangélica de que los niños se acerquen a Él, impedid que los niños se acerquen a “ellos”


El escándalo de pederastia en un colegio barcelonés de los Hermanos Maristas es singular. Porque involucra a profesores seglares, ya no solo curas. Porque evidencia un fallo administrativo múltiple —del Departamento de Enseñaza, los Mossos, la Justicia...— pues había sido denunciado, sin éxito, hace tiempo. Por sus ramificaciones, pues uno de los abusadores fue luego protegido por el Obispado de Girona. Por el alcance del síndrome de Estocolmo —el que que afecta a los secuestrados, que se entregan sentimentalmente al secuestrador—, pues algunos padres se han manifestado en la calle, en defensa del colegio.

Para explicar tanto desmán, conviene a veces mirar lejos. Miremos los casos descubiertos por The Boston Globe en 2002, magníficamente relatados en Spotlight, un filme de bandera.

No eran casos aislados, sino hasta 87, un 6% del clero local. No se trata pues de alguna excepción aislada, sino de un problema sistémico. Que se ceba sobre las familias más débiles, desestructuradas, necesitadas de apoyo para sobrevivir, de un clavo ardiente para ascender. Que se basa en la confianza que inspiran los representantes de la divinidad (“no vas a negar algo a Dios...”). Que se propaga favoreciendo una indebida presunción de inocencia, en favor de los culpables reconocidos, desde la sociedad (“o sea, que esto funciona así: uno presiona otro y este a otro hasta que toda la ciudad mira hacia otro lado...”).

Esa complacencia llegó hasta el Vaticano, cuando el Papa polaco, conocedor de tanto delito, buscó un retiro dorado en Roma al cardenal Law, sabedor de tanto delito en su diócesis. Delito, prescrito o no: eso que ellos llaman pecado.

Algunos expertos sostienen que la epidemia de pederastia florece gracias al celibato. Al ser la castidad obligatoria, la naturaleza inclinaría a muchos a conculcarla (con adultos/as), y ese clima de transgresión clandestina favorecería también abusar de niños. En favor de esa tesis milita el hecho de que en la escuela francesa (pública, laica) o la ortodoxa (donde los popes no se obligan al celibato) no se ha detectado esta plaga.

De modo que si queréis seguir la invitación evangélica de que los niños se acerquen a Él, impedid que los niños se acerquen a “ellos”. O lo evita la Iglesia (católica). O lo imponemos por ley.
El País, 16.02.2016

19 noviembre 2015

ISIS, You Can't Win!

Michel Hazanavicius, the helmer of Oscar-winning “The Artist,” “OSS 117” and “The Search,” is a leading figure of the French film industry, as well as an outspoken advocate for social/political issues and civic liberties. Hazanavicius, who has a taste for burlesque comedy and provocative satire,  penned the following razor-sharp open letter to ISIS explaining it can’t defeat France’s epicurean lifestyle and values. Here is the English translation:

Daechois, Daechoises (Daech is a word for ISIS):

So that’s it, it’s official, you are at war against us. What’s frustrating is that you wear no uniform or distinctive sign so we don’t know how to identify you, and we therefore have no one to fight against. Frustration which I hope won’t lead to wrong accusations.

Even if every death represents for you a victory, you must know that you will not win any time soon. In reality, it’s even impossible. Because no matter what you do, you will not win. Here in France, what we love is Life. And all the pleasures that go with it.

For us, between being born and dying the oldest as possible, the idea is mainly to have sex, laugh, eat, play, have sex, drink, nap, have sex, discuss, eat, argue, paint, have sex, walk, garden, read, have sex, offer, argue, sleep, watch movies, scratch our balls, fart to make friends laugh, but more than anything have sex. We are the country of pleasure more than morale.

We like doing what we want. We try not to disturb others, that’s the idea, but we don’t like it very much when we’re told too loud what we must or must not do. That’s called freedom. Remember this word because deep inside that’s what you don’t like about us. It’s not about being French, caricaturists, Jewish, clients of cafes or fans of rock and soccer, it’s the freedom.

The second thing is that by killing that way, blindly, you run into the risk of killing French folks who are increasingly more representative of France. At least by killing only Jews or cartoonists, the non-Jews who didn’t how to draw could always find you excuses or feel like strangers in this war, but now it’s going to be more and more difficult. Because by hurting a sample which is so representative of France, you’re going to hit the core of who we really are. So who are we, really? Well, that’s the beauty of it. We are many things. Of course there are some French French French. But there are also French Italians, French Spanish, French Arabs, French Polish, French Chinese, French Rwandais, French Senegalese, French Algerians, French Berbers, French Ukrainians … French Catholics, French Jews, French Muslims, French Taoists; French buddhists, French atheists … left-wing French, right-wing French, Far-Right-wing French, there might even be French jihadists or even future French terrorists who you might killed.

The list could go on and on indefinitely. There are even people who are not French because since France is so beautiful, there are always and constantly a portion of our population that’s made up of tourists. That without counting the clandestines, who may not be officially French but who live here so technically you could kill them too. That’s what’s called equality.

When it comes to death, you can target whatever you want, you will hurt all of us. And we understand what you’re attacking. Our values. Simple. The ones that make life here the way it is. Imperfect, granted, with its injustices, that’s true, but there are the values that allow us to live here in the most dignified way as possible.

It’s the country that our fathers, the fathers of our fathers, and the fathers before them chose to live in and for which many before them fought for. And what’s going to happen, at one point or another, is that we’re going to act in solidarity, thanks to you. We’re going to understand that these values are in danger. And we’re going to cherish them even more. Together. That’s called fraternity.

That’s why you can’t win. You will cause deaths, yes. But in the eye of history, you will be nothing but the abject symptoms of a sick ideology. Of course we won’t win either. People will die, for no reason. Others will vote for Le Pen (s), Assad (s) or Putin (s) to get rid of you, and we might lose twice. But you will not win. And the ones who will remain alive will continue to have sex, drink, have dinner together, remember those who die, and have sex again.