31 julio 2016

Futbolización


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER


En los últimos años venimos asistiendo, impávidos, al avance imparable de una nueva religión pagana que glorifica el deporte y el negocio del balompié y cuyos fieles seguidores (hombres casi siempre) piensan, sueñan, hablan y ven sólo fútbol. Los protagonistas de esta futbolización social y televisada son los fanáticos de un nuevo fenómeno de masas que, a modo de sarpullido alienante, le ha salido a nuestro estado de bienestar. Joan Brossa ya fue capaz de visualizar el fenómeno en uno de sus sugerentes poemas-objeto: un balón de fútbol que, cual cabeza, aparece tocado con una peineta, y que tituló País.


Nicolás Sartorius advirtió en su día que las programaciones de las televisiones están provocando el mayor proceso de desculturización de la historia de España. Hoy, una década después, Juan Goytisolo lo ha confirmado alto y claro: en lo cultural, vamos a menos. Gran Hermano, pobre país. Si antes era pan y circo, ahora el fútbol y la televisión, o mejor dicho, la telebasura, parecen ser los nuevos narcóticos sociales.

Durante nuestra transición a la democracia se perdió la oportunidad histórica de abrir la sociedad española a la curiosidad por conocer las culturas periféricas. El creciente ombliguismo cultural es una de las herencias más perversas y empobrecedoras del Estado de las autonomías. Hoy constatamos tristemente que muchos españoles carecen de una cultura plural que les haga sentir como suyos tanto a Mª del Mar Bonet como a Enrique Morente, tanto a Chillida como a Barceló. Sin embargo, una canción de Lluis Llach puede contribuir más al entendimiento entre los pueblos que un Madrid-Barça.

Hay una mayoría de jóvenes españoles que llega a la universidad con muy escasa curiosidad intelectual y un pobre bagaje cultural, pero, eso sí, con el Marca bajo el brazo; apenas han leído libros y se expresan en un español de mil palabras. Sin embargo, mencione el profesor la palabra “fútbol” en un aula y a muchos varones se les dibujará un sonrisa de oreja a oreja pues habrán creído oír música celestial.

El Gobierno nos anuncia ahora su intención de invertir 23.000 millones de pesetas (138 millones de euros) para fomentar la lectura (el 43% de los españoles no lee o no ha leído nunca un libro). ¿Pero es que ya nadie se acuerda de que hace unos años un vicepresidente de ese mismo gobierno, y en plena batalla mediático-digital, declaró el fútbol asunto de interés general? Siembra vientos y recoge tempestades.

La omnipresente futbolización está desempolvando viejas rencillas localistas que creíamos ya desterradas en nuestro país. Se está animando a odiar al otro, al diferente. El contrario es ahora el enemigo y no el adversario. Cualquier fin justifica los medios menos escrupulosos. En una viñeta del lúcido El Roto, un jugador le espetaba a otro en pleno partido “pásame la pelota rápido que si no pierdo dinero”. Hay un enorme déficit democrático en nuestros estadios, que se han convertido en el caldo de cultivo de comportamientos racistas, machistas y homófobos, cuando no simplemente intransigentes.

En la España futbolizada ha desaparecido la ética deportiva, pues todo es negocio y lo que prima es el puñetazo, la zancadilla, la compra de partidos, el fraude en las fichas federativas, el dopaje, el lenguaje seudobelicista de ciertos medios, la obscenidad de sueldos multimillonarios, jugadores endiosados, y la total impunidad de unos directivos de empresas futbolísticas que parecen desconocer por completo las reglas básicas de la democracia y de la transparencia contable. El espíritu de la transición nunca llegó al mundo del fútbol. Y lo peor es que este viciado modus vivendi de payasos, corruptos y violentos es admirado e imitado por muchos jóvenes y adultos que lo adoptan como modelo de comportamiento. Y así nos luce. Los niños españoles quieren ser futbolistas.

Esta columna puede parecerle políticamente incorrecta y ciertamente molesta a más de un progre futbolero, pero esto es lo que hay. La educación que laboriosa y pacientemente aporta un maestro la puede deshacer la telebasura en poco tiempo. A los educadores se nos pide que eduquemos en valores, como se dice ahora; pues manos a la obra. Iniciemos el contraataque, pero no con los pies sino con la palabra, para avanzar en la regeneración ética de la sociedad española.

José Ortega Díaz, fotógrafo del campo

José Ortega Díaz (Calañas, Huelva, 1987) es un joven aficionado a la fotografía natural de la Sierra del Andévalo onubense. Mientras realiza labores campestres se vale de la cámara de su teléfono móvil para captar encuadres sugerentes, de una inteligencia poética. Al fotografiar su hábitat natural, logra transmitir la quietud de un entorno en armonía consigo mismo. Campero de pocas palabras, sabe, sin embargo, expresarse con imágenes rebosantes de lirismo. Entre faena y faena, consigue aliviar la monótona soledad del hombre de campo echando mano de la cámara y plasmando paisajes de una belleza inaudita, sobrecogedora.


















La tuba, la partitura y la diosa. 2017