25 julio 2019
21 julio 2019
El Prado animado
Para celebrar el bicentenario del Museo del
Prado, el artista multimedia italiano Rino Stefano ha realizado un relato en
vídeo, producido por El País Semanal, animando una treintena de cuadros de la
pinacoteca. Tecnología digital y arte pictórico de la mano en un vídeo
hipnótico. Sencillamente espectacular. Una experiencia visual alucinante.
11 julio 2019
Rebelión de las masas
Por ALBERTO GONZÁLEZ
TROYANO
Diario de Sevilla,14 de noviembre de 2016
Diario de Sevilla,14 de noviembre de 2016
No estamos acostumbrados
a aceptar que un pensador español tuviera, en su momento, la lucidez de intuir,
el primero, los cambios sociales que se avecinaban en Occidente. Ya que existe
un escepticismo casi congénito acerca del escaso valor de las ideas sociales
elaboradas dentro de nuestras fronteras. Escepticismo que estuvo justificado
casi siempre, menos en un caso: en el de Ortega y Gasset. Este filósofo y
ensayista ha sido el escritor hispano más luminoso del siglo pasado y, si lo
leyéramos más, aún continuaría alumbrando muchas de las circunstancias
actuales. Basta recurrir a un libro suyo, publicado en 1930, para comprobar
hasta qué punto puede ser penetrante y profética una teoría cuando es
consecuencia de la mejor fusión de inteligencia y sabiduría. Ese libro, La
rebelión de las masas, está escrito desde la perspectiva, elitista y
nietzscheana, que condicionaba por aquel entonces su forma de pensar, pero
despertó gran admiración en Europa, y quizás haya sido el ensayo español mejor
acogido y más traducido.
En unos años en los que estalinismo, nazismo,
fascismo y restantes movimientos nacionalistas se adueñaban de la turbulenta
vida política europea, Ortega supo rastrear los orígenes y explicar el porqué
de unos desbordamientos populistas que, instrumentalizados astutamente por
personajes sin escrúpulos, condujeron a las decenas de millones de muertos de
la II Guerra Mundial. Aquel libro se lee ya poco, a pesar de ser, tal vez, su título
más conocido y editado. Para muchos habrá quedado un tanto envejecido; sin
embargo, la misma clarividencia que mostró Ortega en 1930 se mantiene viva,
cuando tan necesario es contar con reflexiones que ayuden a comprender los
fenómenos políticos, interiores y exteriores, que nos acucian. Porque la clave
del problema no estuvo entonces en Stalin, Hitler o Mussolini, ni ahora en los
Putin, Trump o Le Pen y otros tantos manipuladores dispuestos a fabricar
enemigos y a subirse a las olas de los descontentos, sino en la existencia de
unas muchedumbres que, como decía García Calvo, han sido formadas para eso:
para ser masas. La clave reside, pues, en haber convertido, por activa o por
pasiva, a la gente normal en simples masas, a la espera de alguien que las
utilice y maneje. El problema no es, por tanto, el Trump que surge en cada
momento histórico, sino la triste predisposición de una parte de la población
para dejarse convencer, solo empujada por la demagogia y el sentimentalismo más
tóxico.
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Educación para la Ciudadanía,
ilustración
24 junio 2019
05 junio 2019
Los años felices (guión)
Entre los
años 1966 y 1971, mi padre rodó numerosas películas de nuestra familia en Súper 8mm. Un
día tuvo la feliz idea de pasarlas todas a formato VHS, lo que ha permitido que
llegaran en buen estado hasta nuestros días. El resultado son 120 minutos que
muestran a mis hermanas Marta, Olga y Macarena bailando sevillanas en la Feria de Abril, en la azotea
del piso de mi abuela Librada, en la calle, o actuando en la fiesta de fin de curso del
Colegio Alemán; a Olga aprendiendo a montar a caballo en Tablada; a Carlos
pedaleando en su primera bicicleta, una BH plegable, en Artola; a nuestros tíos tocando la
guitarra y cantando, y a nosotros jugando a nuestras anchas en la inmensidad de
la finca arrocera de nuestro tío Carlos en Isla Mayor; a la gran familia
Gaebler Ojeda de excursión en los Lagos del Serrano; a mi madre sonriendo
siempre y luciendo estupenda la moda de los años 60; las despedidas en el viejo
y rudimentario aeródromo sevillano antes de partir, a bordo de un avión DC-9 de
Iberia, rumbo al internado del Deutsches Kinderheim en Casteldefells,
Barcelona; a mis hermanas de excursión con nuestros vecinos y amigos María,
Pablo y Álvaro González Taltabul en el castillo de dicha localidad; a mi
hermana Marta, a mis padres y a mí visitando Córdoba; a mis padres paseando
entre pirámides casi desiertas en Chichen-Itza, México; a mi adorable padrino
Carlos Kirn (de quien heredé el nombre) junto a sus dos sobrinitas mejicanas en la Plaza de las Tres Culturas de
DF; a mis padres de viaje por Baviera; a
Carlos junto a los Kiessling, la familia alemana con la que conviví en
Puchheim, Munich, durante el verano de 1971; las fabulosas autopistas alemanas
grabadas desde un vehículo en movimiento; nuestros primeros ritos de iniciación
a una religión con la que más tarde muchos dejaríamos de comulgar; imágenes
veladas de mis padres en su solemne visita a la tumba del soldado desconocido en el
cementerio de Arlington, Washington, DC, que con tanta emoción nos narraron al
volver a finales de 1968; a todos jugando con los regalos de Reyes junto a
mi abuela María (mi adorada yaya) en la espléndida terraza del añorado piso de
la calle Virgen de la Antigua de Sevilla; a mis hermanas y a mí nadando en la alberca de
Los Patios; a nosotros ya de niños comiendo en la vajilla Duralex, que ha llegado en perfecto estado hasta nuestros días; el interior mágico de la primera decoración de la casa de la playa;
el paisaje natural sin urbanizar de la Costa del Sol, antes del brutal
desarrollismo, y consiguiente sobrepoblación, que se inició a partir de los años 70; la
sencillez captada de las distracciones de aquel tiempo (como un manojo de
simples globos de colores, carentes de la sofisticación actual); a mi padre grabado por mi madre y a mi madre saludando con gracejo a la cámara; y besos,
muchos besos entre todos en aquellos años felices. Gracias, papá, por filmarlos
con tanto cariño y por dejarnos este legado ahora digitalizado. cmg2014
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Memorias
18 mayo 2019
28 abril 2019
La postal coloreada / Das farbige Postkarte
Nada más cumplir siete años, mis padres empezaron a enviarme cada verano a mi hermana Marta (que sólo tenía entonces cinco años) y a mí a pasar dos meses (que se nos hacían interminables) al Deutsches Kinderheim, un internado de inmersión en la lengua alemana situado en la localidad costera de Castelldefels, Barcelona. Al poco de llegar, en julio de 1965, nos dieron unas postales impresas en Alemania para colorear a mano, que luego la directora enviaba a nuestros padres tras consignar, en el anverso, la dirección y añadir un breve texto en mi nombre: "Muchos recuerdos y besos, Carlos". Llevaban el tampón del colegio con la dirección (Paseo Marítimo s/n), e iban franqueadas con un sello anaranjado de 1 peseta con la cara rancia y cansina del dictador. Mi padre conservó esta postal, fechada el 6 de julio, guardada en su diario. cmg2018
Kurz nach meinem 7. Lebensjahr, haben uns meine Eltern meine Schwester Marta (sie war damals nur 5) und mich jeden Sommer für zwei unendlichen Monaten zum Deutsches Kinderheim geschickt. Es handelte sich um einen deutschsprachigen Internat in Castelldefels, an der Küste von Barcelona. Gleich nach dem Ankunf in Juli 1965, haben wir abgedrückte Postkarten aus Deutschland bekommen, um sie bunt zu bemahlen und 'Viele Grüsse und Küsse, Carlos' drauf zu schreiben. Anschliessend hat die Leiterin mit dem Schulstempel und Adresse (Paseo Marítimo, s/n), einer orangen Briefmarke von 1 Peseta mit dem ranzigen und übermüdeten Gesichts des Diktators unseren Eltern geschickt. Mein Vater hat diese Postkarte vom 6. Juli in seinem Tagebuch aufbewahrt.cmg2018
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06 abril 2019
Las monedas de Judas
Por ROCÍO RUIZ DOMÍNGUEZ
El Periódico de Huelva, 11 de abril de 2014
¿La comprensión, la clemencia, la comprensión... no forman parte de la médula espinal del católico? ¿Cómo es posible que gente que se autocalifica de "cofrade" y de "católica" siga rezumando odio por los cuatro costados? Demasiadas veces los estatutos de las hermandades son letra muerta que no les dice nada. Por eso abundan los cofrades que sólo acuden para vestirse de nazarenos un día o dos al año y, todo el tiempo restante, pasan de Dios, de la Iglesia y hasta de los cultos de su propia cofradía. Se debe empezar por el ejemplo de uno mismo, no dar la sensación de que somos "sepulcros blanqueados". No basta con encenderle a Dios una vela en Semana Santa y cien al diablo en los restantes días del año.
Me quedo, sin más pretensiones, con la fiesta pagana que favorece el turismo y llena la caja de los bares y tabernas, la música escandalosa y bullanguera, el espectáculo frívolo y algún que otro espíritu puro. Pero ya está. No me vendáis la burra de la religiosidad profunda, de los llantos sentidos por el prójimo que sufre, que rellenan la boca con vivas y olé vacuos. No nos engañemos, las procesiones de Semana Santa son desfiles de vanidad rancio populismo cultural, rescatadas de la historia medieval como espectáculo incluso tenebroso. Nada tienen que ver con lo que dicen representar. Son una exitosa puesta en escena turística y una penosa demostración de la necesidad que tiene la gente de "pan y circo". Un entretenimiento de la plebe, devotos que confunden la religión con el protagonismo. Tribuna, escaparate, hoguera de las vanidades. Gente que se autoinflige castigos y se destroza la columna por cargar a cuestas enormes trozos de madera decorada con costosos vestidos, ofreciendo un inútil sufrimiento propio, como si con ese absurdo acto se eximieran de sus pecados y se convirtieran, de la noche a la mañana, en mejores personas.
La semana de los sueños de la virtud, de la familia cristiana ideal, con todos bien avenidos, la semana en la que se venden en oferta los grandes cristianos, los hermanos en Cristo. Cuando lleguen a casa y se despojen de sus exquisitas vestiduras, volverán al lado oscuro. Cada mentira es conveniente y necesaria, hace más llevadera la espantosa imagen que nos devuelve el espejo cada día. Esos que empuñan la luz como un cuchillo, o la paz como un fusil. Esos que van por el mundo sumando ofensas, en guerra fría y sucia con los otros. Siempre a la defensiva, con hostilidad. Transformando cualquier hecho en una tensa batalla. Inseguros, insatisfechos, acaparadores, iracundos, celosos y maltratadores. En crispación permanente. La culpa siempre es del otro. Mejor la venganza que la reconciliación o el perdón.
Me quedo con los que quisieron dar todos sus versos por un hombre en paz. Porque la paz de cada día la construimos cada uno, descubriendo todo lo que nos une a los demás por encima de lo que nos separa, respetando todas las vidas y la dignidad sin prejuicios, rechazando la violencia, con generosidad, aceptando, escuchando, disfrutando.
El hombre sagrado para el hombre. Esa es mi religión. Lo sagrado, la espiritualidad íntima auténtica de un amanecer tranquilo y hermoso, o tal vez contemplando los ojos aterradores del dolor, o lo incomprensible del amor. La mirada perdida de tu ser más preciado en largas tardes de caricias, besos y canciones; cuando el tiempo, la voz, y la memoria no existen porque se perdieron irremediablemente. Ya qué importa, si todo se ilumina como su nombre. Es ese instante en el que todo parece encajar y te sientes formar parte del mundo, de todo. No cuando me intentan imponer un dios público, único y verdadero, conveniente social y políticamente, con madre virgen o vírgenes, según el gusto o el color de cada ocasión. No puedo luchar contra los civilizados e iluminados con mi pobre espiritualidad. Con los grandes hombres inflados de autoestima piadosa a punto de reventar, especialistas en maquillar sus sombras ocultas tras una máscara o un capirote.
Por ello, para sobrevivir a cada semana fantástica de la virtud y la doble moral, suelo escaparme a otros mundos donde no haya ni un rastro de olor a incienso. Cruzando el mar hacia las tierras impías y herejes del otro lado del Atlántico, para no convertirme en una más de esos cínicos desmemoriados, para no olvidar que todos somos mestizos, que fuimos, afortunadamente, parte de esa espléndida, avanzada y culta civilización árabe.
O, como este año, a Madrid, para disfrutar de teatro, arte y amistad. De los de verdad, de los buenos. Del auténtico teatro, no de la farsa de la hipócrita representación en palcos e iglesias. Del arte de las calles y de los museos. De siglos de cultura, creatividad e ingenio. De la amistad que no conoce de tiempos ni distancias, perdurable, sin favores ni intereses ocultos, la de las almas gemelas que se encuentran y siguen conectadas.
En mi deslumbrada ignorancia, mi palabra es de interrogación y de prueba, para no obedecer lo correcto o predestinado. Desconfío de los que se erigen en nombre de dios, de los que actúan por algo que "está por encima", porque siempre estarán dispuestos a traicionarte y sacrificarte en cualquier momento. Las monedas de Judas pasando de mano en mano hasta el fin de los tiempos. Amén.
Rocío Ruiz Domínguez es profesora de instituto en excedencia y actual Consejera de Igualdad y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía.
El Periódico de Huelva, 11 de abril de 2014
¿La comprensión, la clemencia, la comprensión... no forman parte de la médula espinal del católico? ¿Cómo es posible que gente que se autocalifica de "cofrade" y de "católica" siga rezumando odio por los cuatro costados? Demasiadas veces los estatutos de las hermandades son letra muerta que no les dice nada. Por eso abundan los cofrades que sólo acuden para vestirse de nazarenos un día o dos al año y, todo el tiempo restante, pasan de Dios, de la Iglesia y hasta de los cultos de su propia cofradía. Se debe empezar por el ejemplo de uno mismo, no dar la sensación de que somos "sepulcros blanqueados". No basta con encenderle a Dios una vela en Semana Santa y cien al diablo en los restantes días del año.
Me quedo, sin más pretensiones, con la fiesta pagana que favorece el turismo y llena la caja de los bares y tabernas, la música escandalosa y bullanguera, el espectáculo frívolo y algún que otro espíritu puro. Pero ya está. No me vendáis la burra de la religiosidad profunda, de los llantos sentidos por el prójimo que sufre, que rellenan la boca con vivas y olé vacuos. No nos engañemos, las procesiones de Semana Santa son desfiles de vanidad rancio populismo cultural, rescatadas de la historia medieval como espectáculo incluso tenebroso. Nada tienen que ver con lo que dicen representar. Son una exitosa puesta en escena turística y una penosa demostración de la necesidad que tiene la gente de "pan y circo". Un entretenimiento de la plebe, devotos que confunden la religión con el protagonismo. Tribuna, escaparate, hoguera de las vanidades. Gente que se autoinflige castigos y se destroza la columna por cargar a cuestas enormes trozos de madera decorada con costosos vestidos, ofreciendo un inútil sufrimiento propio, como si con ese absurdo acto se eximieran de sus pecados y se convirtieran, de la noche a la mañana, en mejores personas.
La semana de los sueños de la virtud, de la familia cristiana ideal, con todos bien avenidos, la semana en la que se venden en oferta los grandes cristianos, los hermanos en Cristo. Cuando lleguen a casa y se despojen de sus exquisitas vestiduras, volverán al lado oscuro. Cada mentira es conveniente y necesaria, hace más llevadera la espantosa imagen que nos devuelve el espejo cada día. Esos que empuñan la luz como un cuchillo, o la paz como un fusil. Esos que van por el mundo sumando ofensas, en guerra fría y sucia con los otros. Siempre a la defensiva, con hostilidad. Transformando cualquier hecho en una tensa batalla. Inseguros, insatisfechos, acaparadores, iracundos, celosos y maltratadores. En crispación permanente. La culpa siempre es del otro. Mejor la venganza que la reconciliación o el perdón.
Me quedo con los que quisieron dar todos sus versos por un hombre en paz. Porque la paz de cada día la construimos cada uno, descubriendo todo lo que nos une a los demás por encima de lo que nos separa, respetando todas las vidas y la dignidad sin prejuicios, rechazando la violencia, con generosidad, aceptando, escuchando, disfrutando.
El hombre sagrado para el hombre. Esa es mi religión. Lo sagrado, la espiritualidad íntima auténtica de un amanecer tranquilo y hermoso, o tal vez contemplando los ojos aterradores del dolor, o lo incomprensible del amor. La mirada perdida de tu ser más preciado en largas tardes de caricias, besos y canciones; cuando el tiempo, la voz, y la memoria no existen porque se perdieron irremediablemente. Ya qué importa, si todo se ilumina como su nombre. Es ese instante en el que todo parece encajar y te sientes formar parte del mundo, de todo. No cuando me intentan imponer un dios público, único y verdadero, conveniente social y políticamente, con madre virgen o vírgenes, según el gusto o el color de cada ocasión. No puedo luchar contra los civilizados e iluminados con mi pobre espiritualidad. Con los grandes hombres inflados de autoestima piadosa a punto de reventar, especialistas en maquillar sus sombras ocultas tras una máscara o un capirote.
Por ello, para sobrevivir a cada semana fantástica de la virtud y la doble moral, suelo escaparme a otros mundos donde no haya ni un rastro de olor a incienso. Cruzando el mar hacia las tierras impías y herejes del otro lado del Atlántico, para no convertirme en una más de esos cínicos desmemoriados, para no olvidar que todos somos mestizos, que fuimos, afortunadamente, parte de esa espléndida, avanzada y culta civilización árabe.
O, como este año, a Madrid, para disfrutar de teatro, arte y amistad. De los de verdad, de los buenos. Del auténtico teatro, no de la farsa de la hipócrita representación en palcos e iglesias. Del arte de las calles y de los museos. De siglos de cultura, creatividad e ingenio. De la amistad que no conoce de tiempos ni distancias, perdurable, sin favores ni intereses ocultos, la de las almas gemelas que se encuentran y siguen conectadas.
En mi deslumbrada ignorancia, mi palabra es de interrogación y de prueba, para no obedecer lo correcto o predestinado. Desconfío de los que se erigen en nombre de dios, de los que actúan por algo que "está por encima", porque siempre estarán dispuestos a traicionarte y sacrificarte en cualquier momento. Las monedas de Judas pasando de mano en mano hasta el fin de los tiempos. Amén.
Rocío Ruiz Domínguez es profesora de instituto en excedencia y actual Consejera de Igualdad y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía.
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09 marzo 2019
La mirada del viajero_A Traveller's Eye
Esta exposición (largamente pospuesta) de una selección de mis fotografías viajeras se torna ahora en un homenaje póstumo a mi madre, la pintora María Luisa Gaebler, quien me enseñó a mirar el mundo, y me transmitió la capacidad para captar la belleza, o la singularidad de una escena. Muestro estas treinta imágenes cosmopolitas, que surgen de la mirada de un trotamundos irreductible, en el café al que me gustaba llevarla para merendar, disfrutar de un roibos y un trozo de tarta exquisitos, y mirarnos a los ojos. Carpe Diem.
Café del Valle, Virgen del Valle, 8. 41011 Sevilla. Horario: lunes a viernes de 9 a 12.30, y de 16 a 21 horas. Sábados y domingos de 16 a 21 horas. Metro: Plaza de Cuba
Café del Valle, Virgen del Valle, 8. 41011 Sevilla. Horario: lunes a viernes de 9 a 12.30, y de 16 a 21 horas. Sábados y domingos de 16 a 21 horas. Metro: Plaza de Cuba
28 febrero 2019
Siestas
Por EVA BLANCH
Salvador Dalí prefería una cucharilla. Después de comer, se sentaba erguido, expresamente incómodo, a esperar que la somnolencia le indujera al estado de duermevela. Cuando la cucharilla que tenía en las manos impactaba con el suelo, el estallido lo despertaba. Y así, el genio ampurdanés corría regocijado a anotar las imágenes surrealistas -nunca mejor dicho- que habían inundado su mente y aún estaba a tiempo de recordar. A Dalí el duermevela lo extasiaba. Lo dijo y lo dejó escrito. Decía que era un monumento absolutamente mágico, de lo más creativo.
Llevo años irrumpiendo en bibliotecas, estudios, salones, pisos, talleres, a la búsqueda de siestas. Siestas de personas que me gustan, que me atraen, que me interesan, de las que quiero absorber un pellizco de su mundo. Quizá haya llegado a ello como consecuencia de mi pavor al retrato convencional, una huida de ese temido momento en que el retratado te pregunta: "¿Qué hago?" y tu te tensiones más que él.
Bendigo esta costumbre sureña por haberme brindado la solución a ese problema. Gracias a mis siestas -me vale cualquier modalidad: larga, corta, en pijama, batín, traje-, el protagonista de mi foto se relaja en la posición que él escoge -yo prefiero que sea bien cómoda- en un lugar familiar, cotidiano, confortable, y se olvida de mí. Queda rodeado de objetos que ama o que ha olvidado, objetos que cobran vida, casi como los juguetes de Toy Story. Así lo percibo al revelarlos digitalmente, cuando los miro y remiro y siento que cobran voz y hablan de mi personaje, del tiempo que llevan allí, reclamando un rol más secundario.
Encuentro maravillas en la siesta. Sensualidad y abandono. Que sea diurna y pueda inmortalizarla con luz natural de tarde, algo que aprecio sobremanera como fotógrafa. Pero hasta su morfología me encanta: siesta es una palabra tan universal como amigo o fiesta -¡solo una letra la diferencia de esta última!-. Sustantivo de origen romano que denomina la sexta hora de luz solar y que corresponde al mediodía, cuando el estómago está lleno y nos incita al relajo. Curioso que apenas utilicemos su verbo, sestear. Quizá nos avergüence reconocer que sesteamos entre semana, porque no hemos superado el topicazo de que dormir tras comer es un vicio del sur, de perezosos que se niegan a seguir el modelo norteño de comidas ligeras y horarios intensivos. Pero, a estas alturas, ¿quién pone en duda que nuestro estilo de vida es mucho más sano y recomendable?
No faltan datos que avalen la siesta como remedio de enfermedades asociadas a los tiempos frenéticos que nos ha tocado vivir. Previene cardiopatías, estimula el sistema inmunológico, reduce la tensión arterial, adelgaza y repara músculos. Pero también proporciona beneficios intelectuales. Dalí lo sabía. Aumenta la creatividad, facilita la concentración y el aprendizaje, estimula la conexión entre neuronas. Probablemente, gracias a ella, muchas mentes privilegiadas lo sean aún más. Ese apagón es un relámpago de energía que revitaliza el cerebro. Sesteemos más, por favor. Sin culpas. Al calor de la digestión. Como el animal inteligente que se supone que somos.
Escribí las primeras líneas de este artículo en el asiento 3A, ventanilla, del vuelo VY8018, dirección París-Orly, camino de mi ansiada segunda siesta con Luisa Valls.
Fasion & Arts, febrero 2019
Salvador Dalí prefería una cucharilla. Después de comer, se sentaba erguido, expresamente incómodo, a esperar que la somnolencia le indujera al estado de duermevela. Cuando la cucharilla que tenía en las manos impactaba con el suelo, el estallido lo despertaba. Y así, el genio ampurdanés corría regocijado a anotar las imágenes surrealistas -nunca mejor dicho- que habían inundado su mente y aún estaba a tiempo de recordar. A Dalí el duermevela lo extasiaba. Lo dijo y lo dejó escrito. Decía que era un monumento absolutamente mágico, de lo más creativo.
Llevo años irrumpiendo en bibliotecas, estudios, salones, pisos, talleres, a la búsqueda de siestas. Siestas de personas que me gustan, que me atraen, que me interesan, de las que quiero absorber un pellizco de su mundo. Quizá haya llegado a ello como consecuencia de mi pavor al retrato convencional, una huida de ese temido momento en que el retratado te pregunta: "¿Qué hago?" y tu te tensiones más que él.
Bendigo esta costumbre sureña por haberme brindado la solución a ese problema. Gracias a mis siestas -me vale cualquier modalidad: larga, corta, en pijama, batín, traje-, el protagonista de mi foto se relaja en la posición que él escoge -yo prefiero que sea bien cómoda- en un lugar familiar, cotidiano, confortable, y se olvida de mí. Queda rodeado de objetos que ama o que ha olvidado, objetos que cobran vida, casi como los juguetes de Toy Story. Así lo percibo al revelarlos digitalmente, cuando los miro y remiro y siento que cobran voz y hablan de mi personaje, del tiempo que llevan allí, reclamando un rol más secundario.
Encuentro maravillas en la siesta. Sensualidad y abandono. Que sea diurna y pueda inmortalizarla con luz natural de tarde, algo que aprecio sobremanera como fotógrafa. Pero hasta su morfología me encanta: siesta es una palabra tan universal como amigo o fiesta -¡solo una letra la diferencia de esta última!-. Sustantivo de origen romano que denomina la sexta hora de luz solar y que corresponde al mediodía, cuando el estómago está lleno y nos incita al relajo. Curioso que apenas utilicemos su verbo, sestear. Quizá nos avergüence reconocer que sesteamos entre semana, porque no hemos superado el topicazo de que dormir tras comer es un vicio del sur, de perezosos que se niegan a seguir el modelo norteño de comidas ligeras y horarios intensivos. Pero, a estas alturas, ¿quién pone en duda que nuestro estilo de vida es mucho más sano y recomendable?
No faltan datos que avalen la siesta como remedio de enfermedades asociadas a los tiempos frenéticos que nos ha tocado vivir. Previene cardiopatías, estimula el sistema inmunológico, reduce la tensión arterial, adelgaza y repara músculos. Pero también proporciona beneficios intelectuales. Dalí lo sabía. Aumenta la creatividad, facilita la concentración y el aprendizaje, estimula la conexión entre neuronas. Probablemente, gracias a ella, muchas mentes privilegiadas lo sean aún más. Ese apagón es un relámpago de energía que revitaliza el cerebro. Sesteemos más, por favor. Sin culpas. Al calor de la digestión. Como el animal inteligente que se supone que somos.
Escribí las primeras líneas de este artículo en el asiento 3A, ventanilla, del vuelo VY8018, dirección París-Orly, camino de mi ansiada segunda siesta con Luisa Valls.
Fasion & Arts, febrero 2019
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12 febrero 2019
Adiós, mamá
María Luisa Gaebler Ojeda
Sevilla, 30 de mayo de 1928 - 11 de febrero de 2019
Gracias por todo, madre. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
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11 febrero 2019
La rebelión de los patriotas
Por VÍCTOR LAPUENTE
Los que no acudimos a la concentración de Colón queremos manifestarnos. Hablo en mi nombre, pero creo que comparto la opinión de cientos de miles de catalanes, y de otros muchos españoles, que no nos sentimos identificados ni con la deriva soberanista ni con el nacionalismo de golpes en el pecho que vimos el domingo en Madrid. Se nos acusa de permanecer silenciosos, pero nos sentimos silenciados. Si vives en Sevilla, Burgos o la Huesca de mi infancia, sacar la rojigualda al balcón no tiene costes. Si eres un empresario de Vic, un funcionario de Barcelona o un empleado de Tarragona, te juegas el negocio, las posibilidades de promoción o la estima de tus colegas y amigos. Unas perspectivas de vida amenazadas por la posibilidad, pequeña y lejana en el tiempo, de secesión de Cataluña, y por la probabilidad, grande y cercana, de conflicto social en esta hermosa tierra.
Nuestra voz no está representada por ningún partido político. Y está manipulada por casi todos. No, no somos equidistantes entre los dos nacionalismos. Somos españoles, porque lo dicen el DNI y todos los ordenamientos jurídicos, nacionales e internacionales, habidos y por haber. Y nos sentimos españoles, porque compartimos lazos afectivos y de sangre con el resto de españoles. Y no es porque los apellidos más frecuentes en Cataluña sean todos de origen español —a diferencia de lo que ocurre en Noruega, cuya independencia de Suecia es un ejemplo para los independentistas catalanes, y donde los apellidos eran y son… noruegos—, sino porque compartimos la misma cotidianidad y maneras de vivir. Nos compungimos con las mismas tragedias, como el accidente de Utrera, y nos elevamos con las mismas heroicidades, como tener el sistema de donación de órganos más alabado del mundo. O el gol de Iniesta, que culés y periquitos celebramos con idéntica pasión.
También en Cataluña vemos Dónde estabas..., el programa de La Sexta. No vemos Où étiez-vous... en la televisión francesa o Where were you... en la inglesa. Nuestro marco de referencia es España. Cada jueves noche, españoles de dentro y fuera de Cataluña compartimos la melancolía de los veranos en los que bailábamos las mismas canciones, el orgullo de los avances en el reconocimiento de las minorías sexuales o la vergüenza por el tratamiento mediático del crimen de Alcàsser. Y recordamos, con estupefacción, cómo, desde la llegada de la democracia, hemos pasado de la retaguardia a la vanguardia del mundo avanzado en casi cualquier indicador de calidad de vida.
Pero también nos sentimos catalanes. De una Cataluña que es parte de España. Una parte mestiza, no pura. Los catalanes queremos que niños y niñas aprendan catalán, la historia de España y la propia de Cataluña, que conozcan las canciones de Serrat, pero también las de Llach. Muchos vivimos en Barcelona, una de las urbes más cosmopolitas, y uno de los destinos turísticos más deseados, del planeta. Pero disfrutamos también de la Cataluña rural, ascendemos sus montañas mágicas y honramos sus tradiciones, de los castellers al derecho matrimonial catalán, nos casemos en Montserrat o en un juzgado de El Prat. Cataluña es mestiza. Y, defendiendo ese mestizaje, reivindicamos también la España mestiza.
No somos equidistantes. Somos patriotas. Y ser patriota no es una aséptica adhesión a la Constitución, sino una emoción. Pero una emoción que busca la unión, no la confrontación. Y, en estos momentos, en el debate público español tenemos demasiados salvadores de la patria y pocos patriotas. Si algo aprendimos en el siglo XX es que los salvadores de la patria son quienes destruyen las patrias. No queremos más redentores ni tampoco destructores de la patria o “salteadores de la nación”, como llamó Alfonso Guerra a los independentistas. Estamos empachados de ambos.
Estamos hartos de que los independentistas hayan utilizado el procés para poner bajo la alfombra los problemas reales de los catalanes, de una sanidad pública que exige reformas inaplazables a una política de movilidad urbana que, de momento, ha dejado la ciudad organizadora del Mobile World Congress sin Uber ni Cabify. Un ejemplo palmario de negligencia es la escasa discusión sobre el modelo educativo, más allá, claro está, de los aspavientos de unos y otros sobre el “adoctrinamiento” o la “nostra llengua”.
En estos momentos se está produciendo un debate académico interesante sobre los efectos de la inmersión lingüística sobre lo que de verdad importa a los padres y madres catalanas: ¿cuánto aprenden sus hijos? Y lo que debería importar a políticos y analistas: ¿tenemos un sistema educativo que garantiza la igualdad de oportunidades de todos los niños, o beneficia a quienes tienen más recursos o hablan un determinado idioma en casa? Empieza a haber estudios empíricos, unos mostrando los efectos negativos, y otros los positivos, de la inmersión lingüística. Son estos datos, y la necesidad de elaborar más, y más rigurosos, estudios, lo que debería hacer pivotar la discusión política.
Y estamos hartos de exaltaciones nacionalistas como las de la plaza de Colón. Quienes, en Girona, Barcelona, Lleida o Tarragona, padecemos el desgobierno en Cataluña, quienes somos acusados de traidores y botiflers, quienes vivimos en una burbuja donde tienes que vigilar tus palabras en cada conversación, trivial o profesional, quienes sufrimos en nuestras carnes lo que otros observan desde fuera con la comodidad de los espectadores de un evento deportivo (y la irresponsabilidad de los hooligans), sabemos que manifestaciones como la del domingo, que inevitablemente desatan las pasiones más rancias, son el mejor combustible para el independentismo.
La evidencia está ahí. Cuando el PP recogía firmas contra el Estatut hubo desaprensivos que, a preguntas de periodistas, contestaban algo del tipo “estoy aquí para firmar contra los catalanes”. Y estas expresiones fueron, y siguen siendo, instrumentalizadas por los independentistas: “¿Veis? No nos quieren en España. Tenemos que irnos”. La base del argumentario independentista reposa, en el fondo, sobre la premisa de que los españoles son catalanófobos.
La intención de quienes convocaron la manifestación, y de muchos de los que, con buen espíritu, acudieron a la llamada, no era desatar la catalanofobia. Pero en política no cuentan las intenciones, sino los resultados, que serán los mismos que los de la infausta recogida de firmas contra el Estatut: azuzar el fuego independentista.
Espero que cuando en 2039 veamos ¿Dónde estabas en 2019? nos avergoncemos de la locura nacionalista de unos y otros. Los patriotas debemos rebelarnos. (El País, 21.02.19)
Víctor Lapuente es catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Gotemburgo.
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