31 agosto 2026

Paris, j'adore.

En el verano de 2006 realicé uno de mis muchos viajes a París, y redacté mis impresiones para compartirlas por correo con mis amigos. Veinte años después, la capital de Francia me sigue fascinando:

Un recuerdo de mi infancia me ha venido a la memoria estos días. Cuando el nombre de esta ciudad surgía en alguna conversación, mi madre, esbozando una nostálgica sonrisa, solía decirme en su dulce alemán: "Paris, du bist die schönste Stadt der Welt." Creo que fue aquella concisa pero solemne referencia a la ciudad más bella del mundo la que provocó mi eterna fascinación por París y propició mis muchas estancias en la capital de Francia. Ahora me faltan adjetivos para describirte lo que veo y siento estos días en Paris. Pero soy muy feliz aquí y te mando estas reflexiones para compartir este viaje contigo.

Definitivamente París es el corazón de Europa. Aquí se percibe el modelo social europeo en su plenitud: una sociedad multirracial, integrada, cosmopolita, civilizada, educada y laica. La revolución francesa no se hizo en vano y los frutos aún perduran (a pesar de las justas revueltas en los barrios degradados de la periferia).

He aprovechado estos 4 días para ver algunas novedades, como el recién inaugurado Museo du Quai Branly y la Grand Arche de la Defense. El primero es un museo soberbio sobre todas las artes no europeas cuya visión nos ayuda a reducir nuestro complaciente eurocentrismo y a maravillarnos con la destreza y el ingenio de unos pueblos que hasta hace dos días llamábamos primitivos. Cuánto debió aprender Picasso de esas máscaras precubistas y cómo se intuye el minimalismo en muchos de los diseños. Además, el edificio de Jean Nouvel aporta una buena dosis de espectacularidad a la sombra de la Torre Eiffel.

Después de muchos años, por fin pude volver a visitar los rascacielos de La Defense; la impresionante Grand Arche levantada por Mitterrand parece una catedral sin dios. Subir sus escaleras blancas es como ascender por una pirámide egipcia. Sus dimensiones sobrecogen y nos recuerdan nuestra insignificancia (aunque la subida al mirador exterior no merece la pena).  Mejor vista hay desde el restaurante de la sexta planta del Centro Pompidou (no te lo pierdas).

Y, por último, déjame contarte sobre uno de los mayores encantos de París: la negritud. Por todos lados negros y negras bellísimos; mezclados tras generaciones, son europeos africanos o africanos europeizados, tanto monta, que pasean su sofisticada belleza por todo París. Ahora entiendo que a Lorca le llamaran tanto la atención los negros de Cuba y de Manhattan. Aquí ellas lucen unos tocados espectaculares, unos andares sensuales y ellos unas maneras exquisitas cuando te hablan. Son franceses, bien sure.

En fin, me voy maravillado de este país culto y educado. Estos días me han sabido a poco y seguro que volveré pronto para seguir mejorando mi francés (he descubierto la joya hedonista de la revista TETU). Sueño con una semana de primavera en la Provenza con un grupo de amigos, ¿te apuntas? Cuando estoy en Francia entiendo por qué siempre me he considerado un español afrancesado. Y a mucha honra. Joder, ¡cuánto juego da una revolución bien hecha!

I wish u were here (avec moi).
Je t'embrasse,
Carlos
05.08.2006

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