28 febrero 2019

Siestas

Por EVA BLANCH
Salvador Dalí prefería una cucharilla. Después de comer, se sentaba erguido, expresamente incómodo, a esperar que la somnolencia le indujera al estado de duermevela. Cuando la cucharilla que tenía en las manos impactaba con el suelo, el estallido lo despertaba. Y así, el genio ampurdanés corría regocijado a anotar las imágenes surrealistas -nunca mejor dicho- que habían inundado su mente y aún estaba a tiempo de recordar. A Dalí el duermevela lo extasiaba. Lo dijo y lo dejó escrito. Decía que era un monumento absolutamente mágico, de lo más creativo.

Llevo años irrumpiendo en bibliotecas, estudios, salones, pisos, talleres, a la búsqueda de siestas. Siestas de personas que me gustan, que me atraen, que me interesan, de las que quiero absorber un pellizco de su mundo. Quizá haya llegado a ello como consecuencia de mi pavor al retrato convencional, una huida de ese temido momento en que el retratado te pregunta: "¿Qué hago?" y tu te tensiones más que él.

Bendigo esta costumbre sureña por haberme brindado la solución a ese problema. Gracias a mis siestas -me vale cualquier modalidad: larga, corta, en pijama, batín, traje-, el protagonista de mi foto se relaja en la posición que él escoge -yo prefiero que sea bien cómoda- en un lugar familiar, cotidiano, confortable, y se olvida de mí. Queda rodeado de objetos que ama o que ha olvidado, objetos que cobran vida, casi como los juguetes de Toy Story. Así lo percibo al revelarlos digitalmente, cuando los miro y remiro y siento que cobran voz y hablan de mi personaje, del tiempo que llevan allí, reclamando un rol más secundario.

Encuentro maravillas en la siesta. Sensualidad y abandono. Que sea diurna y pueda inmortalizarla con luz natural de tarde, algo que aprecio sobremanera como fotógrafa. Pero hasta su morfología me encanta: siesta es una palabra tan universal como amigo o fiesta -¡solo una letra la diferencia de esta última!-. Sustantivo de origen romano que denomina la sexta hora de luz solar y que corresponde al mediodía, cuando el estómago está lleno y nos incita al relajo. Curioso que apenas utilicemos su verbo, sestear. Quizá nos avergüence reconocer que sesteamos entre semana, porque no hemos superado el topicazo de que dormir tras comer es un vicio del sur, de perezosos que se niegan a seguir el modelo norteño de comidas ligeras y horarios intensivos. Pero, a estas alturas, ¿quién pone en duda que nuestro estilo de vida es mucho más sano y recomendable?

No faltan datos que avalen la siesta como remedio de enfermedades asociadas a los tiempos frenéticos que nos ha tocado vivir. Previene cardiopatías, estimula el sistema inmunológico, reduce la tensión arterial, adelgaza y repara músculos. Pero también proporciona beneficios intelectuales. Dalí lo sabía. Aumenta la creatividad, facilita la concentración y el aprendizaje, estimula la conexión entre neuronas. Probablemente, gracias a ella, muchas mentes privilegiadas lo sean aún más. Ese apagón es un relámpago de energía que revitaliza el cerebro. Sesteemos más, por favor. Sin culpas. Al calor de la digestión. Como el animal inteligente que se supone que somos.

Escribí las primeras líneas de este artículo en el asiento 3A, ventanilla, del vuelo VY8018, dirección París-Orly, camino de mi ansiada segunda siesta con Luisa Valls.
Fasion & Arts, febrero 2019

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