30 julio 2026

¿Quiere vivir mejor? Póngase a bailar

Por NAZARETH CASTELLANOS

El País, 30 de julio de 2026

Photo: Martin Parr

“Alzo una rosa y todo se ilumina. Como no hace la luna ni el sol puede: serpiente de luz ardiente y enroscada. O viento de cabellos que se mueve”. Así comienza el poema Ergo uma rosa, del escritor José Saramago. Con sus palabras canta una oda a la creatividad, la belleza frente al dolor. El movimiento frente a lo efímero de la vida. Alza una rosa extendiendo los brazos, inundando el espacio con el cuerpo, permitiendo que las piernas actúen de eje de rotación. Mientras Saramago lee su poema, la bailaora María Pagés crea con su cuerpo un poema visual. Ambos son poetas, uno del verbo y la otra del espacio. María, una sevillana que ha recorrido el mundo bailando, ha ganado los más prestigiosos premios como coreógrafa y bailarina. Es, sobre todo, una bailaora flamenca. Verla bailar, verla moverse, verla expresarse y verla sentir es una experiencia que te acerca a aquello que llaman perfección, y que va de la mano de la hermosura. Hoy María dirige el Centro de Danza Matadero. Un teatro para la danza en Madrid. Allí, hace unos meses, esta bailaora organizó un congreso pionero, bajo el título La danza, ¿el arte olvidado de la medicina? En ese congreso, bailarines, médicos, neurocientíficas y psicólogos dialogamos sobre la necesidad de un mayor cuidado físico y psíquico de los bailarines, un campo que se debate entre el deporte y el arte, quedando un tanto huérfano en ambos lados. Pero también debatimos sobre el papel que podría desempeñar la danza en la medicina.
Bailar es innato al ser humano. En el año 2009, el investigador Winkler, de la Academia Húngara de las Ciencias, mostró con sus experimentos que las personas nacemos con un sentido rítmico que nos incita a sincronizarnos con la música. Eso ya lo conocía la antropología que lleva tantos años estudiando las danzas tradicionales, presentes en todas las culturas, como vehículo para construir la identidad étnica, para cohesionar a los pueblos y para transmitir conocimiento que va desde lo religioso o iniciático hasta lo más mundano como la higiene. Pero solo recientemente comenzamos a comprender la danza desde lo científico, y lo clínico en particular.
Acudir a un espectáculo de danza va mucho más allá de lo cultural. Ver bailar supone un aprendizaje para el cerebro. Según un estudio de la Universidad de Colorado, observar a otras personas bailar activa las regiones cerebrales de aprendizaje motor. Esta observación no es solo valiosa para aquellos que ejercen el baile como profesión y quieren mejorar. Diversos estudios apuntan a la observación del baile como soporte para poblaciones de pacientes con problemas de movimiento. Pero aún es mejor, cuando se pueda, bailar. La danza sirve como complemento a la medicina en trastornos neurológicos, como en las primeras fases de la enfermedad de Alzheimer o en la de Parkinson, y también como escudero en la medicina preventiva para un envejecimiento sano.
En el año 2019, diversas universidades de Canadá estudiaron el impacto de la práctica del baile en la población madura. Su evaluación concluyó que bailar de forma regular se asociaba a un mantenimiento y mejora cognitiva, suponiendo un impacto positivo en la salud mental general. Pero la danza es beneficiosa a cualquier edad. Bailar es uno de los mejores regalos que podemos hacer a un niño o niña, así lo aseguran estudios sobre danza y neurodesarrollo. En el año 2010, el Centro de Antropología del Instituto Max Planck reclutó a un grupo de niños de cuatro años para que bailaran un rato juntos. Al acabar, el equipo se mostró significativamente más altruista y cooperativo.
Bailar coordina una amplia y compleja red de áreas cerebrales. Por una parte, la vermis coordina los pasos, el putamen controla la secuencia de movimientos y el precúneo diseña un mapa de nuestro cuerpo. Esa parte motora, espacial, se fusiona con lo que sentimos, con la consciencia de nuestro cuerpo y del otro. Bailar nos enseña a habitar el cuerpo y el espacio. Y sí, no es algo que sepamos por defecto. Es algo que se nos va olvidando y que conviene recordar. La relación con nuestro propio cuerpo es una de las bases para una salud mental sólida. Pero también es la base para la salud social. Un estudio realizado en personas mayores observó que la danza, bailar juntos, disminuye la sensación de soledad y mejora la calidad de vida. El movimiento sincronizado con otras personas favorece la comunicación entre los cuerpos, la coordinación entre cerebros y corazones, y ello se relaciona hasta con una atenuación del dolor.
Aquel congreso que organizó María Pagés fue innovador e inspirador porque todavía se infravalora la danza, el baile, como medicina. Bailar reduce el estrés, mejora la flexibilidad cognitiva y el estado de ánimo, aminora la ansiedad y favorece las conexiones sociales. Estos beneficios se observan cuando bailamos de forma regular, es decir, con una razonable frecuencia. Pero también se observan cuando bailamos de forma ocasional, es decir, que no hace falta llegar a ser María Pagés. No hay que bailar porque sea una medicina, pero también podría ser este un motivo para comenzar a hacerlo. Eso sí, el ingrediente fundamental es sentirlo, estar presente y disfrutar. El poema de Saramago finaliza así: “Alzo una rosa, y dejo, y abandono cuanto me duele de penas y de asombros. Alzo una rosa, sí, y oigo la vida. En este cantar de las aves en mis hombros”.

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