16 febrero 2022

Beatería y maldad

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

En cierta ocasión escuché al escritor Juanjo Millás afirmar que la beatería y la maldad son las dos caras de una misma moneda. Preguntado por qué les atormenta más a las personas que acuden a su confesionario, el joven sacerdote misionero Damián Montes (Granada, 1987) responde que quienes más le sorprenden son quienes confiesan pecados de tipo afectivo y sexual: “Es increíble escuchar a tanto adulto arrastrando ese peso. Es una crítica que me hago a mí y a la institución: ¿qué conciencia hemos creado para que a la gente le genere malestar eso, y no robar, mentir o abusar?” “Algo habrán hecho ustedes,” le sugiere la entrevistadora. Entonces el cura le responde con una honestidad inaudita: “Creo que unir sexo y pecado ha sido el pecado de la Iglesia.” El puritanismo sexual ha tarado a generaciones de hombres y mujeres en España, quienes han vivido su sexualidad con vergüenza y culpa. La obsesión con la virginidad (celebrada incluso con fiesta oficial en el calendario) es lo que tiene.

Al igual que otras religiones, como el judaísmo ultraortodoxo, el islam, o el cristianismo evangelista, la Iglesia católica ha sido siempre profundamente homófoba. Nunca fue esto más evidente como cuando la epidemia de vih/sida mató a millones de hombres en todo el mundo en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Estos enfermos terminales fueron considerados por muchos religiosos víctimas de un castigo divino, y llegaron a tildar de cáncer rosa lo que era una infección vírica letal, desconocida por aquel entonces, que se contraía por contacto sexual. Sumaron la estigmatización social al dolor inenarrable de las víctimas desamparadas, indefensas tras la pérdida de su sistema inmunológico. ¿Dónde estaba la caridad cristiana entonces? ¿Cuándo van a pedir perdón por aquel dolor añadido, por tanta maldad para con los necesitados de comprensión y alivio ante la muerte inminente? ¿Por qué a las religiones en general les cuesta tanto convivir con la diversidad afectivo-sexual? Deberían meditarlo, y, de paso, pedir perdón público por sus pecados (los niños esclavos del franquismo por ser hijos de rojos, los robos de bebés cometidos por monjas enfermeras en hospitales de maternidad durante la dictadura, las inmatriculaciones ilegales de inmuebles de dominio público, o los abusos sexuales a menores en sus instituciones) para de este modo contribuir a la convivencia entre diferentes. Tal vez así encuentren explicación a la falta de vocaciones.

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. 

La sociedad española asiste estos días horrorizada al escándalo por la publicación en cadena de casos de niños que fueron víctimas de abusos sexuales en colegios religiosos, sobre todo durante la dictadura. Lo que sabemos hasta ahora no es más que la punta del iceberg, a la espera de lo que está por venir tras la creación y puesta en funcionamiento por fin de la anunciada Comisión Estatal para la Investigación de Abusos en la Infancia que garantice que se haga justicia, se depuren las responsabilidades y se repare a las víctimas.

En uno de sus Episodios de una Guerra Interminable, Almudena Grandes escribe que la dictadura de Franco convertía en mierda todo lo que tocaba. A mí me tocó vivir parte de mi adolescencia entre sus garras... En aquel colegio de religiosos que se ensañó conmigo se respiraba una devoción fanática. El poder que los curas ejercían sobre nosotros se sustentaba en adoctrinarnos para no pensar, para aceptar dogmas sin dudar, sin hacernos preguntas, en definitiva, para soportar lo que nos tocara y a quien nos tocara. Debíamos renegar de la duda, no osar hacer preguntas y, por tanto, abstenernos de poner en duda la moralidad de lo que nos pasara; debíamos dejarnos hacer. La impunidad de aquellos crímenes contra menores en colegios religiosos era prueba del poder omnipotente que la Iglesia católica y el Estado franquista extraían de su íntima unión. 

Ya de mayor, y tras haber sobrevivido a aquellos depredadores, comprobé que aquella obsesiva/rancia enseñanza religiosa, aquella mala educación de los colegios católicos me vacunó contra la superstición y contra el adoctrinamiento en mi trabajo como educador. Galileo llevaba razón cuando señaló que la ignorancia es la madre de la maldad y de todos los demás vicios. Amén. cmg2022