19 septiembre 2015

Yonquis del móvil


Por ANDRÉS AGUAYO
El País, 24 de junio de 2015

“Durante los próximos cuatro días solo estaremos nosotros y los árboles”. Este cartel, en medio de un bosque en Mendocino, California (EE UU), delimita la frontera de Camp Grounded, un campamento para adultos adictos a la tecnología. Nada más llegar los participantes depositan sus móviles, tabletas y ordenadores en una cabaña. Sólo se permiten cámaras analógicas o Polaroids. Para entretenerse practican yoga, tiro con arco, hacen pan o participan en un taller de escritura… con máquinas de escribir. Desde 2013 han celebrado 17 que atraen a unas 300 personas por edición. Su lema: “Desconectar para reconectar”.

Tras la aparición de los teléfonos inteligentes, en 2007, se acuñó el término phubbing (al juntar phone y snubbing), ignorar a alguien por mirar el móvil. Otra palabra de nuevo cuño es nomofobia, el miedo a estar sin el móvil. En promedio, revisamos el smartphone unas 150 veces al día. El 87% de los españoles lo tiene al lado las 24 horas y un 80% confiesa que lo primero que hace al despertar es mirar el teléfono, según el informe de la Sociedad de la Información en España de Telefónica. “Los norteamericanos ya han descrito un síndrome de abstinencia para el móvil”, explica Sergi Vilardell, director terapéutico de la Clínica Cita. “La reacción fisiológica del cuerpo de un adicto cuando no tiene el móvil es similar a la de quien necesita droga o ir al casino: Nervios, taquicardia, sudor”, añade Viladrell, quien considera que iniciativas como Camp Grounded “sirven para descansar un poco, pero no resuelve el problema de fondo”.

“Si tienes necesidad de subir una foto a Instagram, haz un dibujo. Si quieres tuitear, compártelo con quienes están a tu alrededor”, son algunos de los consejos que brinda Camp Grounded a los participantes que duermen en tiendas de campaña o en cabañas separados por sexos, como en un campamento infantil. El fundador de Camp Grounded, Levi Felix, era vicepresidente de una startup californiana hasta que terminó en el hospital por extenuación. Se tomó un año sabático, sin portátiles ni móviles, para recorrer el mundo con su pareja. Durante dos años y medio visitaron 15 países y montaron casas de huéspedes en una isla de Camboya donde les quitaba el móvil a los visitantes. De vuelta a California, montaron Digital Detox. Actualmente asisten unas 300 que pagan entre 500 y 650 dólares.

España está a la cabeza de la Unión Europea en número de smartphones (23 millones). Solo el 24% de los españoles prefiere comunicarse en persona; el 35% opta por la mensajería instantánea; y el 33,5% llama por teléfono. A pesar de ello, el movimiento de desintoxicación digital ha encontrado poco eco. En Mallorca, Melissa del Cerro y Miguel Lluis Mestre pusieron en marcha desintoxicación-digital.com en 2014. “Hoy en día, cuando llega el fin de semana o las vacaciones, muchos de nosotros seguimos hiperconectados. La desintoxicación implica apagar unos días, recargar las pilas y hacer más productiva la vuelta al mundo digital,” explican.

Dos cadenas de hoteles españolas ofrecen packs de desintoxicación digital en los que se deja el teléfono móvil bajo llave en recepción. En el Barceló Santi Petri de Chiclana (Cádiz) proponen una estancia de 7 noches. “El 90% culmina su estancia sin revisar el móvil, pero un 10% no aguanta y termina pidiendo la llave que resguarda sus gadgets,” explica María Casado, empleada del hotel. Mientras que la cadena Vincci, tiene dos opciones de desintoxicación digital en Marbella (tres noches, 359 euros) y Tenerife (120 euros por noche).

14 septiembre 2015

PAREN EL TORO DE LA VEGA


Las tradiciones forman parte del patrimonio, pero algunas resultan claramente incompatibles con los valores que deben presidir una sociedad civilizada. Afortunadamente ha aumentado la conciencia de que hay que respetar el entorno en el que viven los seres humanos, lo cual excluye la violencia contra los animales con el único propósito de divertir.

El maltrato a los animales estaba ampliamente aceptado hasta hace apenas unas décadas. Ahora resulta cada vez más insoportable y la sociedad ha ido estableciendo normas de protección. Al mismo tiempo, muchas tradiciones crueles han sido abolidas o abandonadas, como la costumbre de arrojar a una cabra desde un campanario para que los espectadores contemplaran cómo se estrellaba contra el suelo. Ahora hay que superar también comportamientos como el de acosar a un animal hasta matarlo a lanzadas, como se pretende con el Toro de la Vega, un acto de inhumanidad que coloca a esta fiesta fuera de los valores de una sociedad avanzada. Y por supuesto, eliminar cualquier ayuda pública a ese tipo de festejos.

Cada vez resulta más inaceptable no solo la inhibición de las autoridades, sino su apoyo para que se mantenga una tradición bárbara con el pretexto de la presión vecinal y alegando que no está prohibido, como hace el alcalde de Tordesillas, un socialista indiferente a la opinión del líder de su propio partido y que ignora las 120.000 firmas contrarias al acto aportadas por el Partido contra el Maltrato Animal (Pacma). Enrocado en esa posición, el Ayuntamiento de la ciudad castellana da curso, año tras año, a una exhibición de sadismo en la que se persigue y alancea a un toro hasta matarlo. No es el único lugar de España donde se maltrata por diversión. Ocurre también en los correbous de Tarragona —en los que no se persigue la muerte del animal pero este sufre igualmente— y otros festejos de ese porte.

Contra lo que sus defensores pretenden, el Toro de la Vega no es un asunto meramente local. Se ha convertido en el símbolo de una brutalidad repugnante y en el residuo de un pasado en trance de superación. Los organizadores del acto previsto para mañana en Tordesillas deberían suspenderlo, porque el maltrato por diversión de un animal hasta provocarle la muerte no es una tradición digna de mantenerse y ofrece una imagen deplorable de España.
El País, 14 de septiembre de 2015

03 septiembre 2015

La tradición

Por JULIO LLAMAZARES

Si en apenas dos meses, los que van del verano, que continúa, en España hubieran muerto 12 boxeadores, 12 ciclistas corriendo competiciones, 12 policías dirigiendo el tráfico o 12 bomberos apagando fuegos habría habido ya un gran debate nacional sobre la conveniencia o no de la práctica de tales deportes o sobre la seguridad de esas profesiones y el país entero estaría alarmado por la tragedia. Pero, como los 12 muertos (y los que aún pueden producirse: el verano continúa con sus fiestas) han tenido lugar en el cumplimiento de una tradición, la de los juegos de toros, se dan por bien empleados, puesto que la tradición, que es sagrada, está por encima de cualquier cosa y lo justifica todo.

En el nombre de la tradición, en este país se han hecho y siguen haciéndose barbaridades sin fin, la mayoría utilizando al toro para ellas, pero también a otros animales, aunque también las hay presuntamente más inocentes por la ausencia de sangre, que no de violencia y mal gusto: tirarse toneladas de tomates unos a otros hasta acabar irreconocibles y rodando por el suelo, llevar a hombros imágenes religiosas a pleno sol durante kilómetros después de un año de no entrar en la iglesia ni de visita, pegarse con los del pueblo vecino por un quítame allá esa Virgen, competir entre los del propio a ver quién come el mayor número de butifarras o huevos duros sin beber agua o demostrar la hombría explotando pólvora y la testosterona saltando o emborrachándose hasta caer al suelo. Si, como dice la antropología, la tradición es la cultura de un pueblo, a uno le da hasta miedo saberse parte de un pueblo capaz de hacer todas estas cosas y, además, enorgullecerse de ellas.

Se acerca el toro de Tordesillas, que llenará las páginas de los periódicos de comentarios un año más, pero ya que los animales no alcanzan a despertar la compasión de esos españoles aficionados a torturarlos y a asesinarlos por diversión ni consiguen que reaccionen unas autoridades que en numerosos casos tienen miedo a sus vecinos (los alcaldes de los pueblos) o a las consecuencias electorales de su decisión, por lo que no se atreven a coger el toro de la tradición por los cuernos, nunca mejor dicho, detengan por los menos esa sangría de vidas humanas que, como si se tratara de sacrificios a un dios impío, se producen cada año en un país en el que la tradición y la barbarie se confunden muchas veces, lo que muestra su retraso cultural evolutivo. Viendo y oyendo manifestarse a algunos participantes en esas fiestas, uno se afirma en su convicción de que no sólo el hombre desciende del mono sino que muchos no han descendido aún. (El País, 3 de septiembre de 2015)

17 julio 2015

06 julio 2015

La venganza del travesti

Desde tiempo inmemorial, a muchos heterosexuales que van de machitos les ha dado por reírse de las maneras y formas afeminadas de los travestis. Pero, de un tiempo a esta parte, muchos de esos mismos machitos adoptan algunas de las características que definen la apariencia de aquellos. Se depilan las cejas, el vello de las piernas y de las axilas, se colocan brillantes en las orejas, se hiperbroncean (CR7 hasta se pinta las uñas de los pies), en fin, que acaban pareciéndose a aquellos mismos travestis de los que ellos se mofaban desde su ignorancia heterosexista, una ignorancia que, además, les lleva a equiparar heterosexualidad con masculinidad y homosexualidad con afeminamiento. Un joven ilustrado y progresista, opositor a maestro de Primaria, que me presentaron en una marcha del Orgullo Gay en Sevilla, ha bautizado este fenómeno como la venganza del travesti. Cuando me lo explicó, me pareció un caso felicísimo de justicia poética. cmg2015

25 junio 2015

Por un país más decente


Hoy se cumplen 10 años de la aprobación de la ley que permite el matrimonio igualitario en España.

18 junio 2015

Las Musarañas_ficción

JUAN BONILLA

Sonó el teléfono a las tres de la madrugada. Una voz grave me preguntó si me despertaba. Quién es, le pregunté. Hace tres noches de esto y no he podido volver a dormir desde entonces. Estoy esperando que vuelva a sonar el teléfono de madrugada y sea aquel hombre. Llamaba porque no podía dormir, me dijo. Hacía seis meses que no podía dormir. Tampoco lo procuraba: dormir no es indispensable, pero sí lo es no aburrirse, y uno acaba aburriéndose por las noches sin hablar con nadie. Eso me dijo. Así que se le había ocurrido llamar a cualquiera, llevaba unas semanas haciéndolo, se pasaba las noches hablando con desconocidos, despertándolos. Muchos reaccionaban mal, le colgaban después de insultarle. Otros le atendían generosamente como si fueran presentadores de un programa nocturno de radio. Para elegir a quién llamaba abría la guía por una página y el número que señalaba su dedo, ése marcaba. Luego, cuando había hablado con el desconocido, lo tachaba si éste había sido amable para impedir que la suerte le obligase a volver a molestarlo. Había ido al médico al principio, para saber por qué no conseguía dormir, hasta que se dio cuenta de que el médico trataba de derivar el asunto y convertir la terapia en psicoanálisis. Lo dejó. Además, ya no se preocupaba. Disponía de mucho tiempo. Más del que podía ocupar. Leía, oía música, veía televisión, y aún le sobraban horas que necesitaba ocupar con llamadas nocturnas. Me hizo la cuenta de cuántas horas perdemos durmiendo en nuestra vida. Ocho cada día por trescientos sesenta y cinco días al año por unos cincuenta años de vida, por ejemplo. Supuse que ésa era su edad. También me refirió no sé qué idea de formar una banda de insomnes que se encargara de mantener despierta constantemente la ciudad con llamadas telefónicas. Dormir es reaccionario, me dijo. El mundo sigue girando y es de los que no duermen. Hay que combatirlos con sus mismas armas. El nombre de la banda sería Las Musarañas. Pregunté por qué, y me dijo que porque las musarañas son los únicos animales que no dormían nunca. Dormir no estaba  entre sus capacidades. Luego suplió la palabra capacidades por defectos. Además, la única manera de descansar que tenían los insomnes como él era precisamente la de mirar las musarañas: perderse, trasponerse en un punto indeterminado en que la percepción personal del tiempo queda anulada, en la que el tiempo muere, y sólo cobramos conciencia de que lo hemos matado cuando resucita, cuando volvemos a ser esclavos de su transcurrir. Se había aficionado tanto a hablar con desconocidos por teléfono, que quizá se atreviera a experimentar con los países en los que es de noche cuando aquí es de día, porque no sólo se trataba de hablar por teléfono: era el hecho de despertar a alguien lo que ansiaba, de librar de la cadena del sueño a un desconocido. Me dijo que una moto a escape libre que cruzara la ciudad sin detenerse despertaría a ciento cincuenta mil personas. Era otro de los proyectos para la banda de insomnes Las Musarañas. Le dije que me parecía una buena idea. No sé cuánto tiempo estuvimos hablando. Al final le pedí que no tachara mi nombre de la guía: concedámosle a la suerte la decisión de ser elegido de nuevo por su dedo, convine. Él aceptó con agradecimiento. Cuando colgó ya no pude dormirme. Cogí la guía, la abrí y señalé un número. Lo marqué y comunicaba. Pensé que tal vez era el del hombre que me había llamado. Luego repetí el ejercicio. Esta vez sí desperté a alguien: una mujer. No me atrevía a decirle nada y colgué cuando insistió preguntando quién era. No sé qué me pasa que no puedo dormir desde entonces. Tampoco me preocupo porque aún no acuso cansancio. Sólo se cierne sobre mí la sombra del aburrimiento. Leo, oigo música y veo televisión, pero aún restan varias horas hasta que el sol limpie de sombras por completo el cielo. Sé que en cualquier momento volverá a sonar el teléfono y será ese hombre al que yo le diré: sí, quiero formar parte de Las Musarañas, comenzaré a despertar a desconocidos para decirles: el mundo sigue girando, despiértate, no vuelvas a dormirte.

Del libro El que apaga la luz ©Editorial Pretextos 1994

18 mayo 2015

No se os puede dejar solos

Forges

15 mayo 2015

Julián Iñesta Mena, in memóriam

Carta a la madre del amigo amado (y perdido)

Estas líneas pretenden ser un homenaje a Julián, a su trayectoria como hombre y como amigo durante estos últimos ocho años en los que fue erigiéndose en mi compañero del alma. Julián y yo éramos como hermanos en esa nuestra particular familia, aquella que los hombres como nosotros vamos construyendo con el paso de los años y cuyos miembros elegimos para que nos acompañen para siempre.


Mi dolor por su ausencia es tal que no encuentro palabras para describirlo… Y, además, ¿quién soy yo para hablarte a ti, precisamente a ti, de pena y desolación? No, estas líneas ansían ser la glosa de un hombre singular. Su padre y tu me lo criasteis e hicisteis de él un hombre de bien; luego yo tuve la inmensa fortuna de encontrármelo en mi camino una noche de la primavera de 1984 y de formar parte de su vida desde entonces. Doy gracias a la vida por ello y me siento tan afortunado como el que más. Hoy puedo entonar con orgullo un castizo ¡que me quiten lo bailao!

Aunque su presencia física me falte, mi amor hacia él no puede extinguirse porque es eterno y durará hasta que yo me vaya. Julián y yo hemos compartido muchos momentos bellos y a ambos nos gustaba rodearnos de las cosas hermosas de la vida. Ahora nos corresponde a todos nosotros, los que aún quedamos aquí, seguir disfrutando vicariamente de esos mismos momentos, porque a él le gustaría que así fuera. Él desea vernos alegres cuando, por ejemplo, escuchemos un concierto de Mozart, veamos danzar a Michael Clark, nos descojonemos de risa con Martes y 13, admiremos un cuadro de Barceló o una fotografía de Mapplethorpe, bailemos al son de los Pet Shop Boys, o sintamos los rayos del sol en la piel. A él le gustaba disfrutar intensamente de la vida y nosotros debemos seguir haciéndolo por él.


Todo lo que yo os puedo decir de vuestro hijo es grande y hermoso porque, como escribió el poeta, "No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada, ni corazón tan de veras." Por eso, Sevilla, que acude estos días a su cita ritual con la primavera luciendo una belleza casi obscena, se siente, sin embargo, sola y vacía sin su príncipe predilecto, pues Julián la habitaba con la esbeltez de su talle de nardo y la alegría de su sonrisa omnipresente. ¡Qué goce urbano era toparse con Julián, con el valiente Julián, en cualquier esquina! En este escenario del Sur, tu hijo, Claudia, ha sembrado una familia de amigos que nunca podrán olvidar la hondura, la ternura y la grandeza de un extremeño de bien que supo hacer felices y dichosos a los que le eligieron como amigo...


En la ciudad de Sevilla, el 19 de marzo de 1992.


Mi amigo Julián Iñesta Mena murió en Sevilla el 4 de marzo de 1992, a los 27 años de edad. 

13 mayo 2015

SOMOS. Manifiesto fundacional


SomoS 
Plataforma Gay y Lesbiana de Sevilla

Quienes SOMOS  y por qué estamos cabreados/cabreadas 


     Somos SOMOS, la Plataforma Gay y Lesbiana de Sevilla. Somos hombres y mujeres homosexuales que vivimos, amamos y sufrimos en Sevilla. SOMOS españolitos/as de todas las Españas, creyentes y no creyentes, empresarios/empresarias y personas desempleadas, docentes y estudiantes, deportistas y fumadores. SOMOS de baja estatura y de alta estatura. SOMOS gente corriente y variopinta cuya particularidad es que nos relacionamos emocional y eróticamente con personas de nuestro propio sexo. Nada más que eso y nada menos. Es nuestra circunstancia natural y aquí estamos para pregonarlo a los cuatro vientos desde esta atalaya plural que hemos fundado a la vera de la Giralda.

     Nos proponemos fomentar un asociacionismo altruista entre gays y lesbianas para contribuir a vertebrar la Sociedad hOMOsexual Sevillana de finales de siglo con la esperanza de que, en lo venidero, todos y todas lo tengamos más fácil.

     Porque el gueto se nos ha quedado pequeño, SOMOS ambiciosos y queremos ser lo que SOMOS en cualquier lugar y circunstancia. SOMOS una generación de gays y lesbianas que queremos modernizar la inmovilista sociedad sevillana, nuestro habitat natural. Reivindicamos nuestro derecho a ser como SOMOS en las calles de esta Híspalis milenaria, unas calles que, como nuestra Constitución, son de todos y de todas.

     Y estamos aquí para luchar contra la secular homofobia de nuestra sociedad, contra los roles machistas, contra la caverna periódica de esta ciudad, contra las iglesias que hieren nuestra dignidad y contra cualquier tipo de integrismo, contra los chistes de mariquitas y contra la imagen estereotipada que algunos medios todavía ofrecen de nosotras y de nosotros, contra tanta ignorancia acumulada y tanta desinformación interesada. Si tú también estás cabreado o cabreada porque te pisan tu dignidad y te niegan igualdad de derechos con las personas heterosexuales, arrima el hombro y únete a nuestro proyecto. Así SOMOS más.

CMG

Manifiesto fundacional de la Asociación SomoS publicado en el primer número de la revista X TI en enero de 1995.

26 abril 2015

MARE MORTUM: Una tragedia a la deriva


Rescate por las autoridades italianas de una barcaza repleta de inmigrantes que huyen de África. Foto MASSIMO SESTINI (NEWS PICTURES)

20 abril 2015

El poder de la blasfemia

Por MARIO VARGAS LLOSA

Ayaan Hirsi Ali prosigue su campaña contra el fanatismo y la estupidez que envilecen nuestro tiempo y lo llenan de cadáveres, convencida de que la sensatez y la razón terminarán por imponerse.

Es poco menos que un milagro que Ayaan Hirsi Ali, una de las heroínas de nuestro tiempo, esté todavía viva. Los fanáticos islamistas han querido acabar con ella y no lo han conseguido, y no es imposible que lo sigan intentando, pues se trata de uno de los más articulados, influyentes y valerosos adversarios que tienen en el mundo. Acaso tanto como sus ideas y su coraje, sea su ejemplo lo que atiza el odio contra ella de los militantes de Al Qaeda, el Estado Islámico y demás sectas fundamentalistas del Próximo Oriente y del África. Porque Ayaan Hirsi Ali es una demostración viviente de que, no importa cuán estrictos sean el adoctrinamiento y la opresión que se ejerza sobre un ser humano, el espíritu rebelde y libertario siempre es capaz de romper las barreras que se empeñan en sojuzgarlo.

Hirsi Ali nació en Somalia, en una familia conservadora, padeció la mutilación genital en la pubertad, y fue educada en Arabia Saudí y en Kenia dentro de la más severa observancia musulmana: llevó el hiyab, celebró la fatua que condenaba a muerte a Salman Rushdie, pero, cuando sus padres quisieron casarla con un lejano pariente en contra de su voluntad, se atrevió a huir y pidió asilo en Holanda. Allí aprendió el holandés, llegó a ser diputada por el partido liberal, y desde entonces comenzó una campaña, en la que no ha cesado hasta ahora, contra todo lo que hay de violento, intolerante y discriminatorio hacia la mujer en el islam. En sus tres primeros libros se servía mucho de su propia autobiografía para mostrar los extremos de crueldad y ceguera a que podía conducir el fanatismo musulmán y a explicar las razones de su apostasía y ruptura con la religión de su familia.

En el que acaba de publicar en Estados Unidos, Heretic Why Islam Needs a Reformation Now. (que será editado en España por Galaxia Gutenberg con el título de Reformemos el islam), critica, con su franqueza habitual, a los Gobiernos occidentales que, para no apartarse de la corrección política, se empeñan en afirmar que el terrorismo de organizaciones como Al Qaeda y el Estado Islámico es ajeno a la religión musulmana, una deformación aberrante de sus enseñanzas y principios, algo que, afirma ella, es rigurosamente falso. Su libro sostiene, por el contrario, que el origen de la violencia que aquellas organizaciones practican tiene su raíz en la propia religión y que, por ello, la única manera eficaz de combatirla es mediante una reforma radical de todos aquellos aspectos de la fe musulmana incompatibles con la modernidad, la democracia y los derechos humanos.

Esta transformación, que Hirsi Ali compara con lo que significaron para el cristianismo las críticas de Voltaire y la reforma de Lutero, consistiría en modificar cinco conceptos que, a su juicio, mantienen al islam detenido en el siglo séptimo: 1) la creencia de que el Corán expresa la inmutable palabra de Dios y la infalibilidad de Mahoma, su vocero; 2) la prelación que concede el islam a la otra vida sobre la de aquí y ahora; 3) la convicción de que la sharía constituye un sistema legal que debe gobernar la vida espiritual y material de la sociedad; 4) la obligación del musulmán común y corriente de exigir lo justo y prohibir lo que considera errado, y 5) la idea de la yihad o guerra santa. A quienes se preguntan qué quedaría del islam si éste renunciara a esos cinco pilares de su fe, Hirsi Ali responde que el cristianismo, antes de la reforma protestante, no era menos sectario, intolerante y brutal, y que sólo a partir de esta escisión la religión cristiana inició el proceso que la llevaría a separarse del Estado y a la coexistencia pacífica con otras creencias, gracias a lo cual prosperaron las libertades y los derechos civiles en el mundo occidental.

Más todavía, en los últimos capítulos de su libro, Hirsi Ali ofrece un detallado registro de reformadores —clérigos, profesores, intelectuales, políticos, periodistas— que, tanto dentro como fuera de los países musulmanes, según ella, han puesto ya en marcha esa reforma. Ella contaría con la callada solidaridad de gran número de creyentes —entre ellos, muchísimas mujeres— conscientes de que sólo gracias a esa puesta al día de su religión, podrían sus países abrazar la modernidad y salir del atraso medieval que significa, en pleno siglo XXI, seguir lapidando a las adúlteras, cortando las manos a los ladrones, decapitando a los impíos y apóstatas y considerando que, ante la ley, el testimonio de una mujer vale sólo la mitad que el de un hombre. Con mucha razón, Hirsi Ali exhorta a los Gobiernos y a las dirigencias políticas de los países democráticos a dar su apoyo a quienes, arriesgando sus vidas, libran esa difícil batalla religiosa y cultural, en vez de, por razones de Estado, amparar a regímenes despóticos como el de Arabia Saudí donde perviven aquellos horrores, y otros no menos atroces, como los llamados crímenes de honor: el padre o los hermanos que asesinan a la mujer violada pues esta violación “deshonró” a la familia de la víctima.

Nada me gustaría más que creer, como dice Hirsi Ali, que esta reforma ya ha comenzado y que, en todos los países musulmanes, esa espesa tiniebla religiosa que envuelve en ellos la vida ha empezado a disiparse. Lo que me hace dudar son los ejemplos contrarios —la agravación del fanatismo y el atractivo irresistible que para tantos adolescentes y hasta niños ejercen las organizaciones terroristas— de los que da cuenta su libro. Son tan numerosos y están descritos con tanta precisión que la impresión que uno saca de esas páginas es más bien la opuesta. Es decir, que en vez de un proceso de liberación muchos de esos países, como demuestra el fracaso de la llamada primavera árabe, en vez de acercarse a la modernidad sacudiéndose de anacrónicas y sangrientas creencias, son éstas más bien las que parecen renacer, robustecerse e infectar a buena parte de la sociedad. Ella misma cuenta cómo, con la excepción de Túnez —donde el proceso de laicización parece haber prendido de veras—, en ciudades como Bagdad, donde hace 20 y 30 años retrocedía el velo y muchas mujeres mostraban los cabellos y se vestían a la manera occidental, ahora es muy raro ver a alguna que no lleve el hiyab.

El caso de la propia Hirsi Ali es también muy elocuente. Cuando en Ámsterdam el cineasta Theo van Gogh fue asesinado en 2004, el asesino, Mohammed Bouyeri, clavó en el pecho de su víctima una carta a Hirsi Ali advirtiéndole que ella sería la próxima asesinada por traicionar al islam. En vez de solidaridad, ella se vio amenazada por la ministra de Inmigración de Holanda, una señora de mandíbula cuadrada llamada Rita Verdonk, de perder la nacionalidad holandesa y sus vecinos le pidieron que abandonara el piso donde vivía, pues los ponía en peligro de padecer un atentado. Ahora mismo, en Estados Unidos, donde vive, es objeto de críticas muy duras de supuestos “liberales” que la acusan de “islamófoba” y, en el seminario que dicta en la Universidad de Harvard, no es raro que se inscriban alumnos y alumnas que lo hacen sólo para poder insultarla. Debe, por eso, vivir permanentemente protegida.

Lo extraordinario es que nada de eso parece hacerle mella. Ayaan Hirsi Ali, a juzgar por este cuarto libro, prosigue, vacunada contra el desaliento, ejerciendo lo que llama “el poder de la blasfemia”, su campaña contra el fanatismo y la estupidez que envilecen nuestro tiempo y lo llenan de cadáveres, convencida de que la sensatez y la razón terminarán por imponerse a la irracionalidad y el espíritu de la tribu. Dos veces en mi vida he tenido ocasión de oírla hablar. La primera en Holanda y, la segunda, varios años después, en Washington. En ambos casos la oí exponer sus tesis con una solvencia intelectual de gran empaque y, a la vez, con una suavidad y una elegancia que daban todavía más fuerza persuasiva a aquello que decía. Y, en ambos, pensé lo mismo: qué extraordinario que sea una somalí, educada en Arabia Saudí y en Kenia, capaz de romper con el oscurantismo y la barbarie que quisieron imponerle, quien defienda con tanta convicción y tanto fuego la cultura de la libertad, la mejor contribución de Occidente al mundo, ante unos auditorios de occidentales apáticos y escépticos, que ignoran lo privilegiados que son y el tesoro que poseen, y que tenga que ser Ayaan Hirsi Ali, después de pasar por el infierno, quien venga a recordárselo.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2015. © Mario Vargas Llosa, 2015 (El País, 19 de abril de 2015)