15 mayo 2015

Julián Iñesta Mena, in memoriam

Carta a la madre del amigo amado (y perdido)

Estas líneas pretenden ser un homenaje a Julián, a su trayectoria como hombre y como amigo durante estos últimos ocho años en los que fue erigiéndose en mi compañero del alma. Julián y yo éramos como hermanos en esa nuestra particular familia, aquella que los hombres como nosotros vamos construyendo con el paso de los años y cuyos miembros elegimos para que nos acompañen para siempre.



Mi dolor por su ausencia es tal que no encuentro palabras para describirlo… Y, además, ¿quién soy yo para hablarte a ti, precisamente a ti, de pena y desolación? No, estas líneas ansían ser la glosa de un hombre singular. Su padre y tu me lo criasteis e hicisteis de él un hombre de bien; luego yo tuve la inmensa fortuna de encontrármelo en mi camino una noche de la primavera de 1984 y de formar parte de su vida desde entonces. Doy gracias a la vida por ello y me siento tan afortunado como el que más. Hoy puedo entonar con orgullo un castizo ¡que me quiten lo bailao!


Aunque su presencia física me falte, mi amor hacia él no puede extinguirse porque es eterno y durará hasta que yo me vaya. Julián y yo hemos compartido muchos momentos bellos y a ambos nos gustaba rodearnos de las cosas hermosas de la vida. Ahora nos corresponde a todos nosotros, los que aún quedamos aquí, seguir disfrutando vicariamente de esos mismos momentos porque a él le gustaría que así fuera. Él desea vernos alegres cuando, por ejemplo, escuchemos un concierto de Mozart, veamos danzar a Michael Clark, nos descojonemos de risa con Martes y 13, admiremos un cuadro de Barceló o una fotografía de Mapplethorpe, bailemos al son de los Pet Shop Boys, o sintamos los rayos del sol en la piel. A él le gustaba disfrutar intensamente de la vida y nosotros debemos seguir haciéndolo por él.


Todo lo que yo os puedo decir de vuestro hijo es grande y hermoso porque, como escribió el poeta, "No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada, ni corazón tan de veras." Por eso, Sevilla, que acude estos días a su cita ritual con la primavera luciendo una belleza casi obscena, se siente, sin embargo, sola y vacía sin su príncipe predilecto, pues Julián la habitaba con la esbeltez de su talle de nardo y la alegría de su sonrisa omnipresente. ¡Qué goce urbano era toparse con Julián, con el valiente Julián, en cualquier esquina! En este escenario del Sur, tu hijo, Claudia, ha sembrado una familia de amigos que nunca podrán olvidar la hondura, la ternura y la grandeza de un extremeño de bien que supo hacer felices y dichosos a los que le eligieron como amigo...


En la ciudad de Sevilla, el 19 de marzo de 1992.


Mi amigo Julián Iñesta Mena murió en Sevilla el 4 de marzo de 1992, a los 27 años de edad. 

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