Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es un filósofo con doble nacionalidad coreana y alemana, que imparte su docencia en la Universidad de las Artes de Berlín. Se trata de uno de los pensadores más influyentes y penetrantes de las últimas décadas, y sus ideas han alcanzado una difusión fuera de lo común en la filosofía contemporánea. Su obra realiza un amplio análisis de la sociedad del siglo XXI, a la que ha definido como una “sociedad del cansancio”, una “sociedad de la transparencia”, hiperactiva, obsesionada con los logros, en la que se han desterrado las nociones del secreto, la privacidad y la confianza; en la que el sentido del amor está en decadencia frente al exacerbado narcisismo general; y en la que la democracia se encuentra en crisis ante el uso masivo de las redes digitales para influir a los ciudadanos.
18 abril 2022
INFOCRACIA. La digitalización y la crisis de la democracia
28 marzo 2022
Will Smith, otro hombre que no deberíamos ser
OCTAVIO SALAZAR
A quienes con frecuencia nos dedicamos a tratar de explicarles a los más jóvenes la urgencia de desmontar la masculinidad patriarcal nos cuesta mucho trabajo encontrar referencias alternativas que les sirvan de ejemplo. Nos sigue resultando mucho más fácil explicarlo en negativo, es decir, poniendo ejemplos de hombres cuyos comportamientos no deberíamos imitar porque representan toda la toxicidad que emana de una subjetividad construida para dominar y sentirse importante. La ceremonia de los Oscar nos ha ofrecido otro flagrante caso que resume a la perfección todo aquello que los hombres no deberíamos ser. La reacción de Will Smith frente a la broma nada afortunada de Chris Rock encierra todos los elementos que nos permiten identificar un modelo de masculinidad que hoy por hoy sigue siendo el principal obstáculo para construir un mundo sin desigualdad de género y en el que la violencia deje de estar legitimada. Una violencia que está vinculada a la idea de poder, a la omnipotencia en la que los varones hemos sido socializados y a la asunción de que no hay mejor manera de gestionar los conflictos que recurriendo a la fuerza. De esta manera, la violencia se convierte todavía hoy para muchos en un mecanismo de reafirmación de la virilidad y hasta de restauración del honor supuestamente perdido.
En la reacción de Will Smith no solo late esa legitimación de la violencia que, insisto, emana de una masculinidad concebida en términos de control y conquista, sino también la justificación de nuestro eterno papel de patriarcas, restauradores del orden, vigilantes de las virtudes y de la honra de las mujeres, defensores como si fuéramos superhéroes de las que muchos siguen considerando menores de edad. A las que, por tanto, de la misma manera que nos vemos obligados a defender a capa y espada, podemos en otro momento someter a las más viles prácticas de explotación y servidumbre. La suma de esos dos extremos es la evidencia más dramática del horror que implica la cultura machista encarnada en individuos como Smith. Ese tipo que, al estilo de lo que suelen hacer muchos maltratadores, luego tratan de justificarse, pedir perdón y hasta pedir clemencia. De la mano que abofetea a los ojos húmedos. Entre medias, el superhéroe desnudo.
Y, en tercer lugar, aunque no menos importante, también ha sido llamativa la reacción en gran medida cómplice, por supuesto, de la Academia, pero también de un público que no debería haber dado ni un aplauso al actor. Ante situaciones como esta, no podemos ser cómplices por omisión, ni mucho menos situarnos en la equidistancia. Un ejercicio en el que nos solemos refugiar los hombres para no sentirnos traidores frente a la fratría que nos respalda y nos reafirma en nuestra virilidad.
Ojalá, en el mejor de los casos, el ejemplo de Will Smith tenga efectos pedagógicos y genere una corriente de malestar y crítica entre los hombres. Una especie de Me Too a la inversa, en el que dejemos claro que no estamos dispuestos a tolerar dichos comportamientos y que además asumimos el compromiso de denunciarlos cuando sucedan a nuestro alrededor. Solo cuando este compromiso masculino sea efectivo empezaremos a habitar un mundo en el que, al fin, dejen de existir individuos como el actor que ha ganado el Oscar por su rutinaria interpretación de un hombre explotador del talento de sus hijas. El círculo perverso se cierra. Nada pues que aplaudir. (El País, 28.03.22)
27 marzo 2022
El hombre que encontró la felicidad_microrrelato
Por CLARA SÁNCHEZ
A César S., propietario de la mayor cadena de hoteles del país, mientras se dirige a su casa, serio y apesadumbrado como siempre, una gran blancura le inunda por un instante la mente, y de repente tiene la certeza de cómo debería ser su vida en adelante. Baja la ventanilla del coche y respira con nuevos pulmones y contempla el esplendor del campo con nuevos ojos.
Al dejar atrás la verja y avanzar hacia los macizos de flores que bordean la entrada, ya ha decidido deshacerse de todas sus riquezas. Así que le regala al chófer la flota de coches y le comunica a su mujer que pasa a ser la dueña absoluta de toda la fortuna, a la que él acaba de renunciar. Su mujer le exige que recapacite, pero él contesta que solo necesita una casita con un pequeño huerto en el que plantar lo que vaya a comerse.
César S. tiene una casa con huerto y pozo, y es feliz durante casi un año, hasta que un día, al sacar el cubo del pozo, encuentra un líquido negro, que enseguida comprende que es petróleo. Antes de que pueda ocultarlo, el hallazgo es visto y propagado. Considera que lo mejor es donar el yacimiento al municipio y retirarse al desierto, donde ni siquiera vivirá en una casita, sino bajo una tienda de lona. Pero sus vecinos, en señal de gratitud, construyen para él un fabuloso palacio. Cuando se lo muestran, y ve los grifos de oro y las estatuas de mármol y los jardines diseñados por jardineros franceses y japoneses, se le caen las lágrimas, y la gente del pueblo se pone muy contenta porque cree que llora de alegría. "Estoy condenado a ser rico", piensa tristemente. Entonces ocurre algo inesperado: recibe la noticia de que su mujer se ha arruinado y se halla sumida en la pobreza. César S. de nuevo siente la sonrisa de la vida. Hace un fardo con sus harapos y se presenta ante su mujer: "Ahora podremos ser verdaderamente felices porque ya somos libres los dos", le dice. Ella ve a este hombre miserable y envejecido con quien no se siente capaz de compartir la cama, y se le caen las lágrimas. Y él se pone muy contento al pensar que son de felicidad.
El País Semanal, 20 de julio de 2000
31 enero 2022
Henri Peña-Ruiz. “La bandera actual de España es anticonstitucional. Tiene una cruz”
Este catedrático de filosofía francés, hijo de inmigrantes españoles y gran teórico de la laicidad, argumenta que la Constitución dice que ninguna religión debe tener carácter estatal
Por Marc Bassets
El País, 25.03.22
Henri Peña-Ruiz (Le Pré-Saint-Gervais, 72 años), hijo de inmigrantes españoles en Francia, es catedrático de filosofía y republicano. Lo es en un sentido amplio del término: apegado a la República francesa y a la española, cuya bandera ondea en su casa. Es de izquierdas, muy de izquierdas y, de acuerdo con esta tradición, también muy laico. Pero en la izquierda algunos le miran con desconfianza, porque el profesor Peña-Ruiz, autor entre otros libros de Dios y Marianne. Filosofía de la laicidad, cree que hay que aplicar a todos, también al islam, los principios de la laicidad.
PREGUNTA. ¿Qué es la laicidad?
RESPUESTA. Hay que quitarse de la cabeza el prejuicio que dice que la laicidad es antirreligiosa. Es sencillo: las leyes que organizan la coexistencia de los ciudadanos no han de depender de una cosmovisión particular. La Unión Soviética era antilaica: un Estado laico no es antirreligioso ni antiateo, sino neutral desde el punto de vista de la opción espiritual. No da privilegios a la religión ni con un reconocimiento oficial ni con dinero. La laicidad reposa sobre tres elementos. Primero, la libertad de conciencia, que no es solo la libertad religiosa. Se trata de la libertad de elegir una opción espiritual, sea la del creyente, el ateo o el agnóstico. Segundo, la igualdad de trato de todas las personas sea cual sea su opción espiritual, lo que debe impedir los privilegios para la Iglesia y para los ateos. Y tercero, la orientación del poder público únicamente por el interés común: no corresponde a un Estado laico financiar lugares de culto, sino lo público, hospitales, por ejemplo.
P. ¿Es España un Estado laico?
R. Es un híbrido. Hay rasgos evidentes de laicidad. La Constitución de 1978 dice: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Y está muy bien. Pero esto entra en contradicción con las atenciones particulares, reconocidas por la misma Constitución, a la Iglesia católica, diciendo que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”. ¿Por qué no mencionar a los ateos o agnósticos? Además, la bandera actual de España es anticonstitucional. Si el artículo 16 dice que ninguna religión tendrá carácter estatal, ¿por qué la cruz está encima de la corona? Esta bandera pone de relieve el cristianismo. Cuando la Constitución dice que todos los españoles serán reconocidos en igualdad de derechos, lo siento, pero el ateo no tiene los mismos derechos que el cristiano porque no se le reconoce un símbolo particular en la bandera. También se podría hablar de las escuelas concertadas, aunque en esto Francia no puede dar lecciones a España: la ley Debré de 1959 instala la financiación pública de las escuelas religiosas, y esto es antilaico.
P. ¿Qué amenaza hoy a la laicidad en Francia?
R. No me gusta hablar de laicidad francesa. La laicidad es universal, buena para todos los pueblos. El ideal-tipo puro, por hablar como Max Weber, no existe en ninguna parte, pero cada paso hacia este ideal es bueno. La laicidad en Francia tiene dos enemigos. Por una parte, la derecha identitaria, que quisiera restablecer a Francia como “hija mayor de la Iglesia”. Esas personas son laicas solamente contra los musulmanes. Por otra parte, está la transformación del islam en identidad colectiva, que, por ejemplo, impone el velo a la mujer. Hoy incluso hay una parte de la izquierda que no es tan laica como debería. Nadie admite los atentados terroristas, pero hay personas que les ven circunstancias atenuantes, que sienten compasión por estos musulmanes, que serían víctimas del racismo. Yo defiendo que hay racismo cuando se rechaza a las personas, pero no cuando se rechaza a una religión, porque ninguna persona se reduce a su opción espiritual. Si no, significa que solo la versión fanática de la religión es auténtica. Como decía Montaigne, “no hay que confundir la piel con la camisa”.
P. ¿Se siente incomprendido en la izquierda actual en su defensa de la laicidad ante el islamismo?
R. Hasta una época reciente la izquierda estaba de acuerdo con mi punto de vista. Pero ha surgido algo nuevo. Una parte de la extrema izquierda es indulgente con el islamismo. Considera que los inmigrantes y especialmente los inmigrantes de origen musulmán están más explotados, perseguidos y discriminados que los demás. Quizá sea verdad. Pero de esto yo no saco la misma conclusión que ellos, según la cual la laicidad participa de esta persecución. Primero, porque la laicidad impone reglas iguales para todas las religiones. Insisto mucho en recordar lo que hicieron los católicos con la Inquisición, no para relativizar, sino para mostrar que las exigencias que se impusieron a los católicos con la ley de la separación de las iglesias y el Estado deben imponerse a todas las religiones.
P. ¿Usted es creyente? ¿Ateo? ¿Agnóstico?
R. Por convicción laica, me incomoda responder. Le contaré una anécdota. Yo di clases de Filosofía durante 42 años. A veces los alumnos me preguntaban: “Señor Peña-Ruiz, ¿usted cree en Dios o no?”. Yo les contestaba: “No les voy a responder. Pero filosóficamente les explicaré por qué. Primero, es asunto mío, de la misma manera que nunca les preguntaré a ustedes si creen en Dios. El respeto de la esfera privada es un principio de la laicidad. Segundo, mi República francesa no me paga un salario para que exponga mi convicción personal. Estoy aquí para enseñarles a pensar. Un día leeré una página de san Agustín, otro de Marx, pero no significará que soy cristiano ni marxista, sino que quiero darles a conocer pensamientos importantes en la historia humana. Debo ser neutral. Y tercero, no responderé a la pregunta sobre si soy creyente o no, pero estoy muy contento de que me la hagan”. Y los alumnos me decían: “¿Por qué?”. Y les respondía: “Porque significa que nada en mi enseñanza les permite saber si soy creyente o ateo y que, por tanto, he respetado la neutralidad que supone la laicidad”.
La política del nacionalismo español
Por IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA
El País, 25 de enero de 2022
Ignacio Sánchez-Cuenca es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid.
17 enero 2022
La memoria mejorada: Colorear nuestro pasado para no olvidarlo
"Sin memoria no hay identidad, ni justicia y en España la memoria, al igual que el amor, duele”, dice la artista e ilustradora madrileña Tina Paterson (pseudónimo de David Rodríguez), que bucea en archivos y colecciones para rescatar fotos que colorea y lanza en las redes como dardos que viajan desde el pasado reciente. Aterrizan hoy y devuelven destellos de una historia que no ha querido contarse.
El proyecto Enhanced Memory (Memoria mejorada), de Tina Paterson, muestra retratos de víctimas de la represión franquista como imágenes congeladas que son claramente antiguas y al mismo tiempo vibran con los colores. Paterson recupera fotografías dañadas, las trata y colorea para dignificar a personas asesinadas, encarceladas y obligadas al exilio. El resultado conmueve y obliga a pensar en todas las vidas que no pudieron ser, en el olvido en que se quiso sepultarlas."Es un proyecto de recuperación de la memoria de la libertad republicana democrática. Al igual que otros proyectos similares sobre el genocidio, se intenta volver a poner rostro, nombre y relato a las víctimas. En mi caso, mi trabajo se basa en la inmensa labor de organizaciones y voluntarios que llevan años buscando información, cavando fosas y escaneando rostros de los asesinados por el franquismo. Mi agradecimiento a ellas y ellos", dice Paterson, que ha trabajado en proyectos de creación colectiva y activismo vecinal como La Fiambrera Obrera, YOMANGO, ComidaBasura, o el baile vecinal La Flor de Lavapiés en el espacio autogestionado La Tabacalera, de Madrid. En los últimos años trabaja en proyectos sobre memoria histórica y construcción de la identidad como sociedad contemporánea a través de imágenes de archivos y fototecas.
"De este proyecto, que a veces llevo a cabo con lágrimas en los ojos tras conocer las terribles historias, lo más valioso son las reacciones de muchos afectados, familiares, ante estas imágenes, su agradecimiento no solo ante el hecho de compartir su pasado, sino por visibilizarlo o descubrirles detalles escondidos incluso para ellos. Me produce una reflexión y es que es necesario trabajar en pos de unas leyes que traten la memoria como un patrimonio más", apunta.
Colorear imágenes para traerlas al presente
El artista hace un trabajo de recuperación y colorización de las fotografías a través de software que usa inteligencia artificial. Recuerda que "las técnicas de coloreado de imágenes surgen desde el inicio mismo de la fotografía o del cine". "Aunque uso la inteligencia artificial creo que da igual que el coloreado se haga de esa forma o a mano, como se hacía a finales del siglo XIX y principios del XX, lo importante es traerlas de vuelta a la vida. Para mi el coloreado y la restauración de imágenes reales o documentos históricos es un modo más de narrar, pero sobre todo de pensarse. Un proceso que parte de una clara necesidad de mediar entre el pasado y la mirada de hoy", añade.
Tina Paterson investiga en los archivos visuales "para explorar su capacidad de instruirnos, conmovernos, es decir, de poder mirar el pasado a la cara". No le interesa tanto reivindicar el coloreado de imágenes como "ponderar el archivo como ese fondo infinito de material en el que puedes introducirte y escoger, rescatar y remezclar entre sus capas y formatos. Esa es la verdadera mina de oro".
Con cada foto realiza una investigación paralela para saber de qué colores exactos eran los uniformes, los objetos o los carteles de las imágenes, pero no le interesa tanto reconstruir los detalles sino recrear la atmósfera del momento pensando cómo sería la película a color que hubiesen utilizado en ese momento los fotógrafos si la hubiesen tenido. Porque, aunque hubo fotografía en color desde el inicio de la fotografía misma, "su técnica, su alto precio, y sobre todo los medios de reproducción gráfica que trabajaban en blanco y negro no la hicieron muy popular hasta después de la segunda mitad del siglo XX".
La red como espacio de memoria
Paterson dedica otro buen tiempo a investigar sobre los metadatos (fecha, lugar, personajes que aparecen en cada imagen) e intenta que todas las fotos estén datadas y firmadas. "Casi paso más tiempo leyendo la prensa de la primera mitad del siglo XX que la actual", cuenta.
Se planteó desde el principio que la mejor vía para contar la Historia a partir de archivos eran las redes sociales. Sus hilos de Twitter derraman imágenes a menudo poco conocidas, y le devuelven mensajes agradecidos de reconocimiento. "Me hace feliz el trabajo en la red para visibilizar, datar, catalogar de un modo colectivo, de la mano de mucha gente entusiasta, tantas y tantas imágenes, o el brillante trabajo de recuperación de gente muy joven como la artista madrileña Luda Merino".
Las fotos elegidas retratan historias que están por contar. Como la serie realizada por el fotógrafo de origen alemán Juan Guzmán de un bombardeo en la Gran Vía, con las que se le puede imaginar dentro de la escena, corriendo por la calle, retratando los cadáveres y los heridos que va encontrando. O el hilo de Twitter "viajeros por España antes de las bombas", que muestra a turistas extranjeros en los años antes de la guerra, en albergues y estaciones y construye un relato de una historia truncada de golpe.
"Hay un reto frente a una posible institucionalización de la memoria que es pasar página. Yo creo en la memoria viva, activa, una que juega a querer inundar con imágenes de la otra historia que fue posible. Teñir el pasado de otro color libertario para reconocer la falta, lo que duele, lo que fue y también lo que podría haber sido una gran nación republicana que fue exterminada, y el de sus rostros, para que vuelven con color a la vida", afirma Paterson, para quien denunciar la desmemoria es un acto de justicia: "Al final no hay más que un reconocimiento, una vuelta al presente en color. Las víctimas reviven, los sentimos más cerca y también sentimos su pérdida. Nos hace pensar en aquella República robada, y un tiempo cuando aún era posible construir una historia más justa, y en la posibilidad de una libertad y dignidad futuras", reflexiona.
Tina Paterson interpela con su trabajo a una generación que, afirma, ha de posicionarse ante la represión franquista y la democracia que se ha construido sobre su legado. "Aquí ha habido una gran fosa donde se enterró no solo la democracia y la libertad, sino a toda visión distinta de España que no fuera la de la derecha y su líder. Y allí dentro te metían cadáver, o te dejaban vivo, pero mudo de por vida. Y ese drama es hasta normal que, con el paso del tiempo, no se pueda ocultar más. Por supuesto, los que llenaban las fosas siguen dispuestos a que todo eso siga ahí enterrado y la gente siga bien calladita. Normal, ¿no? Por eso sigue publicándose toda esa plaga de pseudohistoriografía y literatura de la equidistancia, del 'Ambos bandos eran malos' y 'En la dictadura no se vivía tan mal', y de la 'campechanía de la familia Borbón'... En realidad, es la eterna pataleta, la sobreactuación habitual de la derecha española, de la que nadie espera que de repente vaya a ponerse a confesar que aniquiló a la democracia y que cometió un genocidio en su propio país, y pida perdón. Pero todo se andará".

15 enero 2022
Cutrespaña
12 enero 2022
Casas con muchas cosas
Por IRENE VALLEJO
El País Semanal, 9 de enero de 2022
Esta es una historia de hogares conquistados por acumulación, día a día, sin tregua: espacios invadidos despacio. Un habitante de un país rico puede poseer hoy miles de objetos a lo largo de su vida, desde móviles hasta pañales, ropa de todos los colores y grosores, botecitos de champú birlados en hoteles de varios continentes, regalos arrinconados, deportivas supervivientes de buenos propósitos pretéritos, souvenirs de guardia en estantes abarrotados o ubicuos envases de comida. Cuando nos mudamos, tomamos conciencia de la apabullante cantidad de cosas que amontonamos. Como escribió Baudrillard, los objetos cotidianos proliferan, las necesidades se multiplican, la producción acelera su nacimiento y su muerte. Un tranvía de deseos con fin de trayecto en la basura.
Nuestros ancestros tenían —y tiraban— pocas posesiones. Los pobres vivían hacinados y los poderosos hacían patente su riqueza con otros códigos: tejidos suntuosos, colores caros, perfumes, tiempo libre. Exhibían el precio y la rareza de sus propiedades, no su abundancia. Sin embargo, a los antiguos romanos —la primera sociedad de consumo de la historia— ya se les hizo una montaña el problema de los desechos. Literalmente. El monte Testaccio, con 49 metros de altura, es un cerro artificial situado en la urbe formado por más de 30 millones de vasijas rotas que, durante siglos, fueron abandonadas allí. La mayoría eran grandes ánforas de aceite de oliva elaborado en la Bética, en Hispania; el contenido se trasvasaba a otros recipientes más pequeños y, como no era rentable lavarlas y reutilizarlas, las rompían en pedazos y las cubrían con cal para evitar malos olores. Aquella colina romana que vino de España fue una temprana advertencia de la peligrosa escalada de lo sobrante.
En nuestros tiempos, cuando cada europeo se deshace de un promedio de 500 kilos al año y cada estadounidense tres veces más, estamos cambiando la orografía del mundo con auténticas cordilleras de desperdicios: aquí unos Urales de basurales, allá un Everest de vertederos. El consumismo ha creado sorprendentes consignas. Vida desechable fue el título de un artículo publicado en la revista Time en 1955, donde una familia sonriente atiborraba el cubo de su cocina con platos de papel y cubiertos de plástico que “nos robarían más de 40 horas para limpiarlos”. Por aquel entonces las grandes potencias empezaron a enviar sus desechos a países suficientemente pobres como para aceptar un desembarco de despojos. En Los Soprano la mafia se reciclaba en el tráfico ilegal de residuos, la droga que producimos pero no queremos ver. Y, en las sucesivas crisis, nos colonizó la metáfora: trabajo basura, bonos basura, comida basura, televisión basura.
Hace dos décadas, Agnès Varda partió en busca de los disidentes de la vida desechable, y los retrató en su documental Los espigadores y la espigadora. Siguió las huellas de la antiquísima tradición del espigueo, el derecho de niños y mujeres humildes a recoger las espigas de trigo caídas al suelo tras la cosecha. Con su cámara de vídeo, acompañó a quienes recolectan patatas abandonadas en los campos porque son demasiado pequeñas para comercializarlas, o quienes rebuscan entre las sobras caducadas de los supermercados de las ciudades. Gentes que escarban por pobreza, pero también por resistencia a derrochar o por amor al arte. La propia cineasta se revela como una espigadora poética que colecciona retazos de experiencias humanas. Una y otra vez nos muestra tomas de sus manos arrugadas, amarillentas y nudosas como tubérculos rechazados. Quizá crear siempre consistió en hurgar entre los desperdicios, es decir, habitar y recuperar lo antiguo: una historia de segundas vidas.
En este mundo que dilapida en nombre del tanto tienes —y tiras—, tanto vales, nada sale más caro que lo barato desechable. De la Montaña Basura de Fraggle Rock a las montañas de basura de la distópica Wall-E, los cuentos contemporáneos han profetizado las temibles consecuencias de nuestra espiral del despilfarro. Aún es posible frenar la alocada carrera desde el escaparate al vertedero: un sinsentido consentido.
26 diciembre 2021
Merlí y la convivencia
No sé si será predicar en el desierto, o si ya llegamos tarde, pero estimo que ver y escuchar en catalán subtitulado en castellano la formidable serie televisiva Merlí por parte de espectadores castellano-parlantes contribuiría a asentar en todos los territorios del Estado español el respeto a nuestro rico plurilingüismo, y ayudaría a construir una España mejor y en concordia consigo misma.
La ficción creada por Héctor Lozano para TV3 en torno a un heterodoxo profesor de filosofía y sus alumnos en un instituto de Barcelona (una Barcelona que luce ufana sin caer en el postalismo) atesora valores democráticos, hace pensar a nuestros jóvenes alejándoles del ruido tóxico de las redes, y siembra la empatía donde tantos hoy se empeñan en sembrar el odio. Atrévanse a verla. cmg2021
Disponible gratis en rtve.es hasta junio de 2022.
Artículo relacionado: Merlí: el descubrimiento de la vida, el amor y la muerte, por Juanjo Roldán
25 diciembre 2021
Zurbarán, el tiempo detenido
Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Babelia, El País, 25 de diciembre de 2021
Entré en una sala del Museo de Bellas Artes de Sevilla y el tiempo se detuvo. Se detuvo de golpe, sin aviso, cancelando el estado de ánimo que había tenido hasta ese momento, la distracción de una mañana de trabajo, hasta el propósito que me había llevado al museo, que era el de ver la exposición de Valdés Leal. Traía conmigo la modesta felicidad de encontrarme esa mañana soleada de diciembre en Sevilla, y de haberme recreado en la plaza que hay delante del museo, con la fantástica feracidad de una vegetación que parece de Lisboa, de un clima así de templado, con el grado ligero de humedad que da ese esplendor a los árboles, los ficus de tronco de paquidermo, las palmeras vertiginosas en lo alto del aire, el verde reluciente de las hojas diminutas de las jacarandas, los naranjos que parecen árboles del paraíso terrenal pintados por Fra Angelico. Era pronto y quedaba un frío de primera hora de la mañana en el aire. El frío era más intenso y más húmedo en los patios del antiguo convento, que aún no empezaba a caldear el sol, los patios de arrayán y de arcos de columnas esbeltas que están entre Florencia y la Granada nazarí. El museo fue durante siglos un convento de frailes mercedarios, y en los patios y en algunos corredores se intuye todavía un frío de baldosas desnudas y penitencia monacal. Las órdenes religiosas formaban la clientela principal de los pintores en el siglo XVII en Sevilla y en cualquier ciudad española, todas ellas sombríamente ocupadas por bloques de conventos, por iglesias con retablos barrocos, cuadros ennegrecidos de vírgenes y martirios, escalinatas pobladas por pedigüeños y tullidos.
En Holanda, en esa misma época, los pintores retrataban interiores burgueses tranquilos y aseados y caras joviales encendidas por la buena comida y la prosperidad del comercio. El repertorio de los pintores de Sevilla incluía milagros, martirios, mortificaciones, calaveras, ropajes de esparto, ásperas telas de hábitos de frailes. También la casquería espiritual de las dos postrimerías que Valdés Leal pintó para la entrada de la iglesia en el Hospital de la Caridad, “el horrendo / dictamen de que todo es del gusano”, según los versos de Borges. Una de ellas, Finis gloriae mundi, está ahora en el Bellas Artes, y es de lo mejor de la exposición. En ese género tan específico de las “vanidades” del Barroco, las facultades de Valdés Leal, a mi juicio limitadas, encuentran su mejor expresión: los negros de hollín, la truculencia de la pincelada, la complejidad compositiva.
Valme Muñoz Rubio, la directora del museo, se quejaba tristemente, y sin duda con justicia, de la resonancia escasa que tienen muchas veces en España grandes exposiciones que no se hacen en Madrid: “Es muy difícil traspasar Despeñaperros”. Valdés Leal es un pintor desigual, con frecuencia apresurado, con una propensión a las rutinas formales que serían favorecidas por el trabajo de taller y la monotonía temática de los encargos. Alguna vez tiene aciertos fulgurantes: un Sacrificio de Isaac de composición dislocada, en el que el cuerpo del joven recuerda el dramatismo de los desnudos masculinos de Caravaggio; y sobre todo algunos dibujos, de extraordinaria libertad expresiva, un Cristo con la cruz visto de frente y resuelto con unos pocos trazos ondulados, un retrato de hombre joven que mira con un estupor y una naturalidad como de fotomatón. Pintar cuadros no es ni mucho menos el trabajo único de un pintor en esa época: Valdés Leal era un especialista en escenografías de retablos, en arquitecturas efímeras, en policromía de tallas, con algo de productor teatral y empresario de un taller capacitado para cumplir encargos diversos. Las expresiones y los gestos de sus figuras pocas veces dejan de ser formularias. La pintura tiene ese empasto sombrío del que se libró Velázquez nada más irse de Sevilla, y más aún cuando vio la luz de Italia. Valdés Leal es ese artista que promete y que se queda empantanado en el espesor de su provincia.
Zurbarán también trabajó sobre todo para una desoladora clientela clerical, y también tuvo un taller que producía casi en serie dignas mediocridades destinadas al polvo de los retablos y a las estancias lóbregas de los conventos. Pero era mucho mejor pintor que Valdés Leal, y cuando ponía en un encargo los cinco sentidos podía lograr ese efecto supremo de la pintura que es el del tiempo detenido en un instante eterno: detenido en el interior del cuadro, pero también en la mirada y en la conciencia del espectador, en su presencia física.
He dejado atrás la obra extensa de Valdés Leal, que tiene más de aprendizaje histórico que de emoción estética, y cuando ya me disponía a marcharme, porque se me acababa este par de horas de respiro en la jornada de trabajo, he mirado de soslayo a una sala y he sido atraído de inmediato hacia ella. Es entonces cuando el tiempo se ha detenido, abriendo un paréntesis en el curso del día, en la secuencia de las tareas y las distracciones. El impacto es mayor porque no recordaba que este cuadro, San Hugo en el refectorio de los cartujos, estuviera aquí. Ahora que lo pienso, es probable que sea la primera vez que estoy viéndolo en mi vida: viéndolo en la realidad, no en las reproducciones, que nos dan una familiaridad útil, y también engañosa.
Las figuras inmóviles de Zurbarán tienen esa solemnidad maciza y sin embargo sin peso de Piero della Francesca. Es la inmovilidad del tiempo en el milagro que se cuenta en el cuadro: san Bruno y sus primeros seis cartujos están despertando de un sueño que ha durado 45 días, y que les sobrevino en el refectorio cuando debatían si sería lícito para ellos comer carne. Abren los ojos 45 días después y la respuesta es evidente a sus ojos porque la carne se ha convertido en ceniza. San Hugo, su criado, los siete monjes, observan maravillados y sobrecogidos la evidencia del milagro, pero da la impresión de que lo que de verdad los maravilla, lo milagroso de verdad, es la epifanía de los hábitos y los manteles blancos, del gris delicadísimo del muro del fondo, de las jarras de cerámica de Talavera, de los panes de corteza morena, cada pan tan austero y tan expresivo como la cara de un monje, cada monje igual a los otros en la monotonía de los hábitos y retratado en su plena singularidad humana. No hay muchos cuadros así: el tiempo se detiene en ellos porque no se terminan nunca de mirar.


