08 febrero 2014

Presenting the Canadian Institute of Diversity and Inclusion



As the Sochi Olympics kick off, Russia’s anti-gay legislation has drawn high-profile protests from athletes, heads of state and the court of public opinion, but perhaps none is as imaginative as "Luge," by the Canadian Institute of Diversity and Inclusion.
The video, above, was created to send "a really strong message about the need for equality and the treatment of LGBT people and their allies, particularly at the Olympics,” institute founder Michael Bach said in an interview Thursday with the Los Angeles Times.
The video’s YouTube description simply reads, “The two-man luge, in all its glory.” The video shows the athletes kicking off from the luge starting block and ends with this text: “The Games have always been a little gay. Let’s fight to keep them that way.”

27 enero 2014

El campo de mi abuela

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

El acto de escribir alarga la vida de la memoria e impide que el pasado se disuelva para siempre. (Irene Vallejo)

Contaba el poeta Antonio Machado que su infancia eran recuerdos de un patio de Sevilla donde maduraba el limonero, patio que su padre, jardinero del palacio de las Dueñas, cuidaba con esmero y dedicación. Hoy esos mismos limoneros rodeados de albero resplandecen cada día bajo el cielo sevillano para todo aquel que desee contemplarlos a través de la eterna reja negra que delimita la entrada del palacio. 

Quien esto escribe atesora parecidos recuerdos de la casa de campo que mi abuela María Ojeda Díaz poseía en la localidad sevillana de Alcalá de Guadaíra. Se trataba de una finca centenaria construida sobre una roca de albero fósil milenario a la que se accedía por una escalinata que a mis ojos de niño se le antojaban interminable (hoy parecería una moderna obra minimalista con sus arriates cúbicos laterales encalados).


Subir por ella era como escalar una pirámide para mis tiernas piernecitas, pero sabía que, al coronar la cima, me esperaba un paraíso de plantas, árboles y olores, pero sobre todo me aguardaba el abrazo largo de mi abuela María, que se deshacía en cariños y besos conmigo y no paraba de darme la bienvenida con todo su salero de mujer del sur. Ante mí aparecía un espacio alargado sembrado de albero reluciente y flanqueado a la derecha por un jardín escalonado y a la izquierda por una fila de almenas encaladas junto a las cuales había crecido una morera robusta que por las tardes bañaba con su sombra el sofá-columpio instalado frente a ella. Desde esta atalaya se divisaba el meandro del río Guadaíra pasando por el molino de Realaje y la curva descrita por la antigua carretera entre Alcalá y Sevilla, con el hermoso edificio regionalista de la estación de bombeo de Adufe y su bellísima chimenea.


Al fondo, una pequeña fuentecilla redonda rematada por un pato de cerámica verde y rodeada de macetas de geranios daba paso al toldo verde de entrada a la gran casona. Esparcidas por este vergel se hallaban diversas tinajas de barro o cerámica vidriada que albergaban en su interior otras tantas macetas de geranios. Adoraba tocar sus hojas aterciopeladas y absorber el olor que dejaban impregnado en mis diminutos dedillos. En una ocasión, mi padre, que no desaprovechaba la menor ocasión para fotografiarnos en aquel escenario idílico, me retrató de perfil y por sorpresa mientras observaba una mata de geranios rojos portando una minúscula margarita entre mis dedos.

La carretilla americana con la que jugaba.

En aquella ocasión corría el año 1961 y mi padre, que era un gran aficionado a la fotografía, había colocado en su cámara un carrete de color Kodachrome de alta resolución. Las fotos que nos hizo a mi hermana Marta y a mí quedaron inmortalizadas en una serie de diapositivas que se mantuvieron preservadas en plástico durante décadas y que, cuando las mandé escanear en la era digital, parecían haber sido hechas con tecnología actual, tal era la calidad técnica de las mismas. Sin duda, de mi padre debí heredar la afición por la fotografía y de mi abuela María la pasión por la jardinería (ya de mayor, mi madre me enseñaría a nombrar las plantas que conforman la vegetación de Andalucía).

Pepa Díaz, hija de Isidoro Díaz y Cos, era la madre de mi abuela, mi bisabuela.

Forman parte de la memoria gustativa de aquellos años el sabor de las primeras Cocacolas que nos dejaban degustar en los almuerzos servidos sobre la rueda de molino (que aún se conserva) que hacía de mesa, de los caramelos toffee de Solano envueltos en celofán rojo o azul, y de las chocolatinas Crunch que habían comprado para darnos a los niños tras el postre. Algunas tardes alguna visita venía desde Alcalá con una caja de bizcotelas o de dulces de la pastelería San Joaquín bajo el brazo, que hacían las delicias de todos los presentes. Inventadas hacia 1860 por mi tatarabuelo alcalareño, Isidoro Díaz y Cos (Los Corrales de Buelna, Cantabria, 4 de octubre de 1831), fundador de la confitería La Centenaria, son, aún hoy día, el mayor manjar que conozco, y no hay día que no visite Alcalá de Guadaíra que no me zampe una con un placer indescriptible. Aquellos fueron los sabores que endulzaron mi arcadia infantil.

Tras esas almenas duermen los recuerdos de mi infancia.

Desde joven y en mi edad adulta estuve indagando sobre las circunstancias que rodearon aquel tiempo y aquella casa. De hecho, tardé muchos años en recabar datos del hombre que nos compraba las chocolatinas y que amó a mi abuela tras enfermar mi abuelo, quien pasó sus últimos años impedido pero bien cuidado, pues mis familiares se mostraban reacios a hablarme de él. Pero mi tozudez por saber la verdad dio sus frutos muchos años después. Se llamaba Filomeno de Aspe Aparicio, trabajaba en una agencia consignataria de buques (Naviera Aparicio tenía su oficina en Paseo de Colón, 24) y vivía en una de las cuatro suites del lujoso Hotel Cristina, en Sevilla, a donde invitaba por las tardes a mi abuela para dormir juntos la siesta. Me viene a la memoria una tarde de primavera en la que me invitó a merendar en la Terraza del Cristina, ubicada en la azotea de tan singular edificio, pues fue la primera vez que contemplaba la ciudad desde las alturas.
Enormemente espléndido con todos, corpulento, afable y sibarita, fue una especie de abuelastro conmigo (aún evoco el catamarán de madera que me obsequió y con el que jugaba en la alberca de la finca). Debía adorar a mi abuela, pues le regaló la finca en cuestión, Las Almenas, un lugar que transpiraba amor por todos sus poros porque todo él estaba impregnado del afecto que se tenían mi abuela y su amado. Nunca salía en las fotos, o solo sus enormes piernas, pero paradójicamente fue el gran benefactor de la familia en los felices años 60, pues en el campo de mi abuela en Alcalá (como lo llamábamos con nuestro vocabulario infantil) pasamos mi tío Fernando, mis padres, mis hermanas y yo los mejores años en familia, en compañía de Filomeno y de mi yaya María.  (Un día su galantería le llevó a intentar coger unas flores para Philomena Eichmann, una amiga alemana de la familia, pero con tan mala fortuna que cayó por las almenas pendiente abajo de forma tan aparatosa que nunca llegó a recuperarse de las heridas. Al poco tiempo del accidente, murió dejando a mi abuela sumida en una tristeza profunda.) Aquel campo de mi abuela fue para mí el lugar más feliz del mundo, un lugar que parece pertenecer más a lo soñado que a lo real.

Entre mi abuela y mi madre sobre aquel banco de hierro y madera.

Por otro lado, siempre he admirado el comportamiento audaz de mi abuela, quien, rompiendo con los convencionalismos sociales de aquella España negra (negra con ene de No) de los años 50, decidió seguir disfrutando de la vida a sus cincuenta y tantos años, ponerse trajes de lunares y echarse un amante, con todas las letras. Su amor por Filomeno era más fuerte y sólido que todas las restricciones morales e impedimentos legales de aquellos tiempos. Este desafío amoroso de mi abuela en plena dictadura fascista es el único gesto heterodoxo que he hallado (y mucho he buscado) entre mis antepasados, gentes, por lo general, muy conservadoras, cuando no directamente reaccionarias. Mi jovial abuela materna prolongó su particular carpe diem durante casi dos décadas y, de alguna forma, presiento que anticipó mi carácter hedonista. Hoy me enorgullezco de haber heredado ese disfrute por la vida que siempre percibí en ella. 

Al lector no se le escapará la vergüenza social esgrimida por mis padres y tíos contra aquella relación otoñal de mi abuela, que desaprobaban, pero, como decía el refrán, pudieron más dos tetas que dos carretas. Según me contaron, mi padre, hombre de profundas convicciones religiosas y de moral rigurosa, fue especialmente beligerante contra la relación entre María y Filomeno. Sin embargo, cuando las leyes de la democracia se lo permitieron, él se llegó a divorciar hasta tres veces.


Instantánea que inmortalizó a María y Filomeno juntos.

Además de mi abuela, mi tío Fernando y Filomeno, siempre se hallaba en la casa otra persona que, desde tiempo inmemorial, era ya un miembro más de la familia: la tata Amelia. Había entrado al servicio de mis abuelos en la casa de Rioja 17 tras la guerra entre españoles (su hermano Manuel Sánchez Librero había sido asesinado por los sublevados por defender la democracia) para trabajar como niñera tras el nacimiento de mi tío Fernando, y, a base cuidados amorosos, suculentas albóndigas, exquisitas croquetas, y mucho buen hacer, había criado a varias generaciones de miembros de mi familia: a mi tío, a mis hermanas y a mí, y finalmente a mis primos. Arribar cada domingo a la casa de Alcalá me garantizaba un montón de besos y apretujones de bienvenida de la maravillosa Amelia. Natural de la barriada sevillana de La Pañoleta, Amelia Sánchez Librero vivió 104 años y con su muerte se nos fue una de las personas más leales y tiernas de nuestro entorno familiar. ¡Cómo te añoramos, tata que estás en los cielos!

Fernando, María, Marta, Amelia, Carlos y María Luisa.

María y Filomeno fueron dos espíritus libres que sobrevivieron a una España oscurantista, beata e intolerante. Pasearon su amor a la luz del día para escándalo de pacatos e ignorantes. Quede aquí, en la cibermemoria de la red, más de medio siglo después, el reconocimiento a su valentía y visibilidad. Su heterodoxia ha sido un ejemplo de vida para este nieto diferente y libre. Del testimonio de testigos privilegiados de la época se deduce que mi abuela María tenía sobradas razones íntimas para sentirse de facto separada de su marido, mi abuelo Walter. Intuyo que María Ojeda era mucha mujer para mi abuelo. No se prestó a disimular ningún paripé y vivió su amor sin ocultación. Un amor de copla. Quiero celebrarla porque fue una mujer adelantada a su tiempo que ejerció su legítimo derecho a amar y a ser amada en el seno de una sociedad sombría, arcaica e intransigente. Esta es la historia de lo que aconteció, reconstruida con honestidad y transparencia para restituir la grandeza de dos personas que se amaron durante dos décadas por encima de hipócritas habladurías, porque, como dijo el poeta, se canta lo que se pierde. cmg2014


Gracias por todo, Yaya. Gracias por todo, Filomeno. Yo también os quiero.

Mi abuela María Ojeda Díaz, hija de Antonio Ojeda y Pepa Díaz, nació en Alcalá de Guadaíra en 1903 y falleció en Sevilla el 13 de enero de 1968, cuando yo aún no había cumplido 10 años.

ANEXO
Años después de publicar esta glosa de mi abuela María Ojeda Díaz, averigüé un dato que revela su calidad humana. Mi tía Aurora Romera Ojeda, me reveló que, durante la posguerra, mi abuela “daba de comer en su casa de Alcalá de Guadaíra a dos huérfanos, hijos de rojos muertos, apodados el Culebra y el Botella.” Esta extraordinaria revelación la corroboró posteriormente Manola Palomo Sánchez, sobrina de Amelia Sánchez Librero, la “tata” que mi abuela María tuvo de por vida: “efectivamente, una gitanilla venía a menudo a la finca de tu abuela para recoger guisos que Amelia había preparado para dos familias de represaliados en Alcalá de Guadaíra. Un día trajo la chiquilla la olla vacía tan sucia que tu abuela misma se la fregó y la dejó como los chorros del oro.” Todo ello a escondidas de mi intransigente abuelo alemán, simpatizante de la Falange, que nunca supo de la ayuda humanitaria que mi abuela prestaba clandestinamente a los perdedores de la guerra. Esta es la constatación de que mi abuela María, que los tenía bien puestos, osó desafiar la prohibición del régimen fascista de alimentar a los descendientes de los represaliados y asesinados por ser leales al Estado de derecho y a la legalidad republicana. Por fin encontré, entre tanto antepasado fascista, el eslabón familiar perdido con nuestros compatriotas demócratas, a los que los fascistas les arrebataron hasta la vida, pero no consiguieron destruir sus ideales de libertad, que siguen vivos en mi generación. Descansen en paz.


Camino de acceso a Alcalá pintado por Manuel Barrón en 1849


Mi tatarabuelo alcalareño Isidoro Díaz y Cos


25 enero 2014

¿Fútbol?

Me gusta tanto el buen fútbol que siendo socio del Real Madrid me desplazaba con frecuencia al Camp Nou para ver jugar al Barcelona. Aclaro, para disfrutar en el campo con el impresionante juego de aquel equipo que entrenaba Guardiola. Ya no iría, no es lo mismo. Esa admiración y esa fe también me ofrecieron recompensas prácticas. Aposté una cantidad importante a que el Barcelona ganaría la Champions en el año 2009. Me pagaron tres veces y media lo apostado. Y, por supuesto, no he cambiado de equipo. Supongo que te mueres militando en lo que te inscribiste en la infancia, aunque a veces no lo soportes. Pero siempre me he llevado bien con la paradoja y con el fervor hacia el talento ajeno.
Admitiendo mi ancestral deleite hacia esa cosa llamada fútbol (solo los habitantes del limbo siguen creyendo que es un juego y entiendes que los que dirigen ese negocio salvaje se partan de risa con la angelical definición de juego o deporte), desde hace bastante tiempo la sobredosis que ha implantado el mercado empieza a provocarme náuseas, vértigo, hastío, vergüenza. No existe un solo día en el fútbol español sin partidos, es imposible encender la televisión o la radio sin que te lleguen machacantes e ininterrumpidas noticias de él.
El estratégico y planificado enloquecimiento es universal. La noticia de que el principal informativo de la televisión colombiana ha dedicado 45 minutos de su metraje a la lamentable pero no apocalíptica lesión de Falcao, bastante más tiempo del que dedicaron a la firma de la paz entre el Gobierno y las FARC, puede provocar el escalofrío y el estupor en cualquier persona mínimamente racional, en posesión de más de dos neuronas, ligeramente civilizada.
También resulta entre escandaloso y vomitivo, aunque muy consecuente si te molestas en buscar la coherencia, la petición de indulto para José María del Nido que han formulado una treintena de presidentes de clubes de fútbol españoles, a partir de la solidaria y conmovedora iniciativa de Villar y Javier Tebas, los peces gordos del gran tinglado, esos hombres épicos que pierden el sueño por engrandecer la marca España gracias al fútbol. Tiene sentido. Los hombres de honor nunca dejan tirado al colega en apuros, aunque le hayan condenado por delitos ajenos al fútbol.
CARLOS BOYERO, El País, 25 de enero de 2014

22 enero 2014

Abismo_El Roto


10 enero 2014

Free Fall


It’s been called the German Brokeback Mountain for its portrayal of forbidden love between two police cadets — previously heterosexual Marc (Max Reimelt, Before The Fall) and fellow male cop Kay (Hanno Koffler, Summer Storm). With a promising law enforcement career and a child on the way, Marc’s life is all going according to plan until he meets the free spirited Kay. They start jogging together, bringing a breath of fresh air into Marc’s life — and, for the first time, he develops feelings for a man. Torn between the life he knows so well and the exhilaration of this new adventure, his life rapidly spins out of control. In this state of free fall, it seems Marc cannot make anyone happy anymore. Least of all himself.
Free Fall is part of a new wave of powerful German cinema. As director Stephan Lacant’s first feature film, Free Fall tells the dramatic tale of a man who finds himself outside the clear-cut boundaries of his world. Exceptional performances from Hanno Koffler, Max Riemelt and Katharina Schüttler provide a moving portrayal of what happens when life plans crumble and there is no way left to fulfil the needs of the people you love.

26 diciembre 2013

Malos tiempos para la lírica

Por DIEGO A. MANRIQUE

Resulta cruel enterarse de la muerte fulminante de Germán Coppini en la mañana de Navidad, cuando la ciudad luce extrañamente silenciosa. Pero, de alguna perversa manera, también tiene sentido. La carrera de Germán sirve como paradigma de algunas peculiaridades del mundillo musical español: vivió breves años de vino y rosas antes de invisibilizarse, víctima del desinterés de una industria y unos medios que no cuidan el talento.

Los datos son escuetos: Germán Coppini López-Tornos (Santander, 1961) murió en Nochebuena en Madrid, derribado por un cáncer de hígado detectado días antes. Su nombre ha quedado unido a dos de los más potentes grupos surgidos en los años ochenta: la primera versión de Siniestro Total, apoteosis del punk gamberro, y los hondos Golpes Bajos.

Sí, estamos hablando de la denostada Movida. En los últimos tiempos, imperan las opiniones críticas con ese movimiento, reducido por rencorosos revisionistas a una aberración madrileña, supuestamente subvencionada por el PSOE en el poder. Se ha olvidado que la eclosión de los grupos capitalinos provocó inmediatamente la aparición de epígonos en toda la periferia, incluyendo Vigo. Un bendito efecto llamada. Fue un fenómeno nacional y generacional, no una boutade de Alaska y los Pegamoides o un maquiavelismo de Tierno Galván. Y pasó dos o tres años a la intemperie, demostrando voluntad de permanencia y un creciente poder de convocatoria. Como miembro fundador del nocturno Diario Pop de Radio 3, conservo el recuerdo de un precavido Jesús Ordovás que iba racionando las primeras barbaridades de Siniestro Total, que le llegaron en estado de maqueta: sí emitía Ayatola y no pasaba nada, seguía con otro tema aún más crudo. Y hacía bien: como demostraría el caso de las Vulpes, el gobierno de turno podía alardear de “tolerante” pero era muy capaz de dar zarpazos mortales.

Ya en disco de vinilo, Siniestro Total fue un éxito inmediato. Inevitablemente, se topó con el salvajismo nacional: algunos punkis cubrían a los músicos de escupitajos; en Barcelona, un botellazo certero dejó a Coppini con una pierna rota. Eso aceleró la marcha del cantante, que se quejaba de no poder desarrollarse artísticamente en el cuarteto, limitado por su imagen colectiva.

Con Golpes Bajos, Germán demostró la profundidad de su cultura musical y literaria. Le acompañaban unos instrumentistas polivalentes -Teo Cardalda, Luis García, Pablo Novoa- que tejían unos fondos techno-funky entonces inéditos en España. La riqueza emocional y sonora de Golpes Bajos demostró que la llamada movida había permitido la infiltración de talentos inclasificables; también, que había un público que aceptaba música sobria y madura.

En lo que iba a ser una constante, Golpes Bajos apenas duró tres años (1983-1985) y tres discos. Cierto que en 1998 hubo un retorno infeliz: Coppini y Cardalda estuvieron acompañados por músicos ultraprofesionales pero no volvió a surgir la chispa. Grabado a todo lujo, en audio y vídeo, con realización de Juanma Bajo Ulloa, Vivo iba a ser lanzado por una multinacional. No fue así y estuvo a punto de hundir a la discográfica original del grupo, Nuevos Medios.

Se reconocía en Germán a una de las mejores voces de su quinta, aparte de un investigador inteligente, que integraba desde la canción melódica italiana a los ritmos caribeños; también exploró el hip-hop y el dancehall. Pero esa no era una combinación necesariamente vencedora en los años de las vacas gordas, cuando se simplificó la oferta. Coppini fue saltando de proyecto en proyecto, con diferentes socios y compañías. Al lado de Nacho Cano sacó Edición limitada, un EP de tres canciones en Ariola (1986). Ya como solista, editó dos elepés en Hispavox, El ladrón de Bagdad (1987) y Flechas negras (1989). No pasó nada. Aunque tampoco Germán era artista fácil de vender: agonizaba en el proceso creativo.

Ya en los noventa, se vio empujado al underground de las grabaciones poco promocionadas, a veces hechas con escasez de medios. Aparecieron discos bajo su nombre, un proyecto con veteranos (Anónimos) y, ya en el presente siglo, colaboraciones con músicos jóvenes, que habían crecido con su voz cálida y su atormentado universo poético, como Álex Brujas, su cómplice en el dúo Lemuripop, o el grupo sevillano Maga. Un recopilatorio de rarezas como Las canciones del limbo da una idea de la amplitud de sus intereses y su audacia musical.

Tuvo la fortuna de conectar con un fan entusiasta, Pablo Lacárcel, que puso el sello Lemuria Music a su servicio. Allí salió recientemente un álbum del que Coppini se sentía particularmente satisfecho, América herida, con recreaciones rockeras del cancionero hispanoamericano, de Victor Jara a Carlos Puebla. También tenía en marcha un disco con los malagueños de Néctar y ya estaba en fábrica ¿Se enterarán en casa?, con docenas de maquetas pertenecientes a sus grupos vigueses: Coco y los del 1.500, Mari Cruz Soriano y los que Afinan su Piano y, naturalmente, Siniestro Total.

Comprometido políticamente, era frecuente que actuara en actos derivados de causas como los despidos de Telemadrid o las sucesivas mareas en defensa de la educación y la sanidad públicas. Orgullosamente republicano, celebraba cada 14 de abril e incluso se presentó en una lista al Congreso en 2011, como candidato de una coalición de agrupaciones republicanas.

No se mostraba particularmente nostálgico respecto a la movida. Podía defender las canciones de aquella época pero, por ejemplo, se negó a fotografiarse con Julián Hernández o Teo Cardalda para un especial de la revista Rolling Stone. Reconocía que su éxito en los ochenta le permitió terminar con una existencia trashumante, dictada por los traslados profesionales de su padre. Retrataba el Vigo que conoció como una ciudad desoladora, al menos hasta que sucedió aquella eclosión de grupos provocadores que le catapultó a Madrid. Comentaba, eso sí, lo que definía como “liquidaciones grotescas” que le llegaban de la SGAE, a pesar de firmar piezas tan inoxidables como Malos tiempos para la lírica, No mires a los ojos de la gente, Cena recalentada o Fiesta de los maniquíes.

Con todo, nunca se rindió. Cuando no estaba cuidando de su padre enfermo, dedicaba sus nerviosas energías a sus labores artísticas o políticas. Unas molestias le obligaron a internarse en el madrileño hospital Gómez Ulla, donde trabajaba su esposa, Elvira Reig. Allí seguía preocupándose por una próxima actuación en Málaga o los detalles gráficos del siguiente lanzamiento. No llegó a enterarse de que sufría una dolencia mortal. Germán Coppini deja tres hijos y un modelo de compromiso ético y estético. El País

22 diciembre 2013

Valores, asignatura pendiente

En la sala de espera de una clínica madrileña está sentado un hombre discreto y sencillo, aguardando paciente su turno. Nadie se apercibe de que quien tiene enfrente es toda una eminencia en la lucha contra el cáncer, nadie se da cuenta de que se trata de la primera persona que consiguió aislar una mutación de un gen capaz de causar cáncer, paso de vital importancia para lograr la curación de esta terrible enfermedad. Resulta irónico pensar que la mayoría de los allí presentes ni siquiera habían oído hablar de él, y que, tal vez, se hubieran dado codazos por conseguir el autógrafo de cualquier famosete que pulula diariamente por las sobremesas televisivas. Prueba de ello es el récord de ventas del libro de Belén Esteban.

¿Qué se valora en esta sociedad? Personas que sin hacer nada especial obtienen el reconocimiento de muchos y son objeto de veneración, mientras que el trabajo callado, el sacrificio, el afán de superación y la constancia son valores en declive. ¿Tiene alguna lógica que personalidades de esta talla no tengan ningún reconocimiento social? ¿Pretende esta sociedad que los jóvenes, a la vista de esto, tengamos motivación para sacrificarnos, formarnos y superarnos? Y lo que es más importante, con estos valores, ¿puede crecer y prosperar un país?

Me considero una adolescente con multitud de objetivos por alcanzar entre los que se encuentra poder estudiar e investigar en el campo de la genética. Sueño con formarme y trabajar en mi país y, aunque sé que este trabajo no se valora socialmente ni se apoya desde instancias gubernamentales (como ejemplo, el raquítico importe presupuestario destinado a investigación), no me rindo.

Don Mariano Barbacid, un honor haber podido tenerle a mi lado y mi más sincera admiración hacia usted.— Alicia Rubio García, Alcorcón, Madrid.

02 diciembre 2013

¿Todo por la patria?

"¡Pero si soy uno de los vuestros!", parecía decir el acusado.

30 noviembre 2013

A qué llamamos franquismo

IGNACIO SOTELO

La anulación de la doctrina Parot por el Tribunal europeo de Derechos Humanos —si se hubiera remozado a tiempo el Código Penal de 1973, no habría habido ni doctrina ni condena— y la reciente demanda del PSOE (¡38 años desde la muerte del dictador!) de que se suprima por fin del Valle de los Caídos la función de símbolo vivo del franquismo, han puesto de manifiesto que el viejo régimen sigue marcando la actualidad.

El tránsito de la dictadura a la democracia, “de la legalidad a la legalidad”, llegó con la Ley para la Reforma Política, la última “ley fundamental” del régimen y la primera del reformado. Sin participación de la débil oposición, entonces simplemente tolerada, las Cortes franquistas sentaron las bases de la nueva etapa que abría la “monarquía parlamentaria”, con dos cámaras, Congreso y Senado, elegidas por sufragio universal.

Para las primeras elecciones en junio de 1977, el último presidente del Gobierno del régimen fallecido y el primero del que estaba por nacer dictó una ley electoral, que todavía se mantiene en sus aspectos básicos, especialmente pensada para facilitar una mayoría amplia a los dos partidos de ámbito nacional más votados, restableciendo así, conscientemente o no, la alternancia que caracterizó a la restauración de 1874.

Con los resultados de las primeras elecciones en las que el pueblo español tuvo algo que decir, el modelo franquista de transición empezó a resquebrajarse, al imponer una Constitución por consenso. Pero, mientras gobernase la fracción reformista del franquismo bajo la estrecha vigilancia de un Ejército propenso a defender las viejas esencias, se comprende que no cupiese, no ya romper, es que ni siquiera distanciarse del pasado.

Pese a que se actuó con la mayor cautela, la actitud antidemocrática de una buena parte del Ejército desencadenó el 23-F; su derrota supuso también el fin del franquismo más acérrimo. El apabullante triunfo socialista de 1982, inconcebible sin la intentona, parecía garantizar el fin definitivo del franquismo, pero lamentablemente tampoco entonces se llevó a cabo la ruptura esperada.
Un libro reciente de José Ángel Sánchez Asiaín, con un gran acopio de datos, fundamenta algo básico, de lo que hasta ahora no se era consciente con la claridad necesaria: fue la élite económica —terratenientes, industriales, financieros— la que desde el mismo 14 de abril promueve y financia el golpe militar, recabando la ayuda de Salazar, Mussolini y Hitler, que endeuda a España por decenios.

A la conspiración del dinero la Iglesia católica da cobertura ideológica, constituyéndose en un apoyo determinante de la rebelión. Ni los partidos de derechas, ni las minúsculas organizaciones fascistas hubieran podido subvertir el orden republicano. Los dos agentes principales de la conspiración fueron también los mayores beneficiarios de los 40 años de dictadura.
Si franquismo significa la conjunción del poder económico y el de la Iglesia, es obvio que se remonta a etapas anteriores a la República, que habría más bien que entender como el primer intento de poner coto a ambos. En esta nueva acepción el franquismo ha existido antes de la república, y desprendido de la tramoya —partido-movimiento, sindicatos  verticales, nacional sindicalismo— persiste a la muerte del dictador. El poder del dinero, lejos de declinar, ha aumentado, y a pesar de una pérdida enorme de influencia social, la Iglesia mantiene sus privilegios.

Los logros de los primeros Gobiernos socialistas —haber arrancado de raíz el viejo militarismo, desenganchándonos de una losa que arrastrábamos desde hace siglo y medio, acudiendo tanto a los fondos de reptiles, como a una política militar consecuente; sentar los rudimentos del Estado social; conseguir integrarnos en Europa— no debe acallar el hecho de que los socialistas, a la cabeza los que venían de un marxismo harto confuso, reforzaron las dos columnas del llamado franquismo, el dinero y la Iglesia.
Sin la menor querencia por una socialdemocracia, que ya habían criticado al inicio de la transición, apelando a modelos harto vagos de socialismo, al llegar al poder los socialistas de repente descubren que la única política eficiente para crear riqueza sería la neoliberal que predican Reagan y Thatcher. El keynesianismo, con su doble objetivo de combatir, mediante la intervención del Estado, el desempleo y la desigualdad —justamente las dos metas con las que la socialdemocracia se había identificado— sería agua pasada.

Como sucedáneo cobija el dogma simplón de que, primero, habría que crear riqueza, algo de lo que solo sería capaz un capitalismo sin trabas —cualquier otra opción nos condenaría a repartir miseria— que luego los Gobiernos de izquierda ya se encargarían de distribuir con equidad, ignorando lo más elemental, que el reparto viene ya implícito en el modo de producir. 

El poder económico que se consolidó en la restauración, que financió la aniquilación de la república, que durante la dictadura dominó con la clase obrera encadenada, logrando salir incólume en una transición hecha a la medida, alcanza su mejor momento al llegar los socialistas al Gobierno. La prioridad socialista de crear riqueza, dejando actuar a un capitalismo sin cortapisas, expande sobre todas las clases sociales el afán de enriquecerse.

En cuanto a la relación con la Iglesia, la pauta es evitar cualquier tipo de fricción. A nadie se le pasa por la cabeza, no ya cancelar el Concordato, expresión máxima del franquismo, es que ni siquiera restringir uno solo de sus privilegios. Incluso se nombra embajador en el Vaticano al antiguo alcalde de A Coruña Francisco Vázquez, que más bien ejerció como representante de los intereses de la Santa Sede ante el Gobierno de España.

La reciente conferencia socialista propone, como única novedad, abolir el Concordato. Si se hubiera llevado a cabo dentro de un proceso de ruptura con el franquismo, que ni siquiera se planteó, hubiera resultado factible; reclamarlo tan lejos del poder para poder cumplir, es regalar munición a la derecha a cambio de nada.

Tan grave como la continuidad con el franquismo, conservando intactos sus dos pilares, el poder económico y el eclesiástico, fue reforzar la actitud recelosa ante la democracia que había teñido la Transición.

La refundación del PSOE, a gran velocidad y partiendo prácticamente de la nada, facilitó un fuerte control del partido desde la cúspide, que se hizo omnímodo con el reparto de cargos al llegar al Gobierno. No solo no quedó rastro de democracia interna, sino que la menor crítica que se hiciera desde sus filas, los militantes la interpretaban como un ataque personal que ponía en cuestión la posición adquirida, o la expectativa de conseguirla. Y con las cosas de comer no se juega.
Pero tanto o más que cuidar de que en casa “no se alborote el gallinero”, había que ser diligente a la hora de desmontar los movimientos sociales, que de suyo propenden a desmadrarse con iniciativas o reclamos que no encajan en la política realista y moderada que se quería poner en marcha.

La llegada del PSOE al poder, en vez de ampliar, refuerza el tipo de democracia harto restrictiva de la Transición. Así como en lo económico se aparta de los principios básicos de la socialdemocracia (papel del Estado en las políticas de empleo y de igualdad) y rompe con la unidad de acción de partido y sindicato (movimiento obrero); en lo político, repudia cualquier forma de participación social, empeñado en desmontar los movimientos vecinales y asociaciones de base, con lo que la democracia queda constreñida en su forma más escuálida de votar en los plazos previstos, aplicando sin cambio sustantivo, para mayor inri, la impresentable ley electoral heredada. Los resultados están a la vista.

Ignacio Sotelo es catedrático de Sociología.

El País, sábado 30 de noviembre de 2013
Artículo relacionado: Franquismo residual

21 noviembre 2013

El machismo que no cesa

Se creía que el machismo era cosa de un pasado patriarcal y los estereotipos de género, una rémora en fase de superación. Pero un estudio realizado por investigadores de la Universidad Complutense ha puesto de relieve que están muy vivos entre los adolescentes y, lo que es peor, creciendo.

El 10,5% de las chicas de 14 a 19 años reconocen que han sido maltratadas por sus novios, frente al 9,6% registrado por el mismo estudio en 2010. Pero la encuesta revela también que muchas chicas no identifican como maltrato conductas que evidentemente lo son. Así, un 6,2% de las chicas dicen haberse visto obligadas a prácticas sexuales que no deseaban, un 14,6% han sido amenazadas por sus parejas hasta sentir miedo y un 23,2% han sido insultadas y ridiculizadas.

Los estereotipos siguen también ahí, con una prevalencia que sorprende y que debería llevarnos a preguntarnos qué se está haciendo mal en la educación de los valores en España. Por ejemplo, un preocupante 36,3% de los adolescentes piensa que los celos son una expresión de amor, y el 11,7% de los chicos creen que está bien que los hombres salgan con muchas chicas, pero no al revés. En casi todos los apartados se observa un aumento respecto a 2010. Luego retrocedemos.

Y en ese retroceso, los nuevos machistas han encontrado en las nuevas tecnologías, que tanto nos facilitan la vida y la comunicación, una herramienta para ejercer su dominio. Una de cada cuatro chicas afirma que su novio la controla a través del móvil. Hay muchas formas de hacerlo, desde la sutil “envíame un WhatsApp cuando llegues”, a la muy intrusiva “hazme una videollamada” o “pon el localizador”, signo inequívoco de una obsesión por controlarla que puede pagar cara.


El estudio revela hasta qué punto las chicas siguen siendo víctimas de una idea romántica del amor que las lleva a confiar en su pareja hasta el punto de darle sus claves de acceso a las redes o enviarle fotos que, cuando la relación se tuerce, son utilizadas para martirizarlas.

Está claro que la prevención de la violencia de género debe empezar por la educación, pero no parece que la LOMCE la tenga como prioridad. Una asignatura que podría ser idónea para tratar esta cuestión, como Educación para la Ciudadanía, ha desaparecido.


10 noviembre 2013

¡Un papa cristiano!_El Roto


09 noviembre 2013

Consenso alemán, incomunicación española (o lo que realmente diferencia a España de Alemania)

Por NICOLÁS REDONDO TERREROS
El País, 8 de noviembre de 2013

... En Alemania, la crisis económica no parece tan grave como en España, no tienen una crisis de deslegitimación de las instituciones y parece que su compleja ordenación territorial no soporta un cuestionamiento radical y quebrantador como el que se soporta en España; sin embargo, los dos grandes partidos alemanes, en un empeño común, abren la posibilidad de unirse desdeñando los socialdemócratas sus intereses partidistas y dominando los conservadores la euforia de una victoria histórica, que casi les lleva al umbral de la mayoría absoluta.

No creo que las sociedades sean prisioneras de un carácter uniformador, impreso en un ADN colectivo, que igual sirve para disculpar la responsabilidad individual como para evitar enfrentarse al desconocido futuro; sí creo en las tendencias nacidas de la costumbre y la educación. En España es excepcional el espíritu de consenso, la cultura de la negociación en la vida pública; predispuestos siempre a satisfacer a los más cercanos y a considerar el acuerdo como una derrota imposible de encubrir. Tal vez por esa sempiterna victoria del sectarismo miramos con triste languidez la Transición española, significada por todo lo contrario.

Aquí, la crisis económica, que ha venido con un empobrecimiento general, un ejército de seis millones de parados y un desconcierto considerable sobre las bases de recuperación, no ha sido capaz de convocarnos a un esfuerzo nacional y equilibrado para superarla, y el debilitamiento del crédito institucional sirve de marco para la política más sectaria y menos encumbrada. Ni siquiera el reto independentista de los políticos nacionalistas catalanes ha tenido la fuerza suficiente para obligar a los dos grandes partidos a concretar un discurso nacional en el que puedan desenvolverse sin prevenciones, contentándose con citas oscurecidas por el secreto y el desdén por la inteligencia de sus representados. Embarcado uno en un viaje sin destino, si no es el de buscar las diferencias con el otro gran partido nacional, y dedicado, el que tiene hoy la responsabilidad de Gobierno, con afán de usurero, a contar los beneficios del desencuentro, que sin duda los tendrá.

No me extraña, por tanto, que nos sorprenda el hábito del pacto en Alemania y que pronto procuremos olvidar que la base del éxito germano se basa en el acuerdo social, sin impedir el fragor del conflicto propio de una sociedad con variados y múltiples intereses, pero capaz de encauzarlos. Desde una dura y traumática experiencia histórica, los alemanes han llevado la política del acuerdo a todas las esferas de la vida pública: al ámbito partidario, al institucional y aún al ámbito socioeconómico. Han demostrado que las tendencias sociales se pueden doblegar.

Mientras tanto, en una nueva vuelta al pasado, se nos presentan en España dos realidades incomunicadas, incapaces de encontrar bases mínimas, no solo para una convivencia pacífica, sino también esperanzadora. Sin darnos cuenta de que Alemania, con todos los reparos que pongamos, no basa su buena fama en la productividad de trabajadores y empresarios, ni siquiera en los avances tecnológicos; es la capacidad de renuncia, de acuerdo, de sacrificio, de esfuerzo individual y colectivo, la verdadera razón de su fortaleza.

Nicolás Redondo Terreros es presidente de la Fundación para la Libertad.