19 octubre 2026

Odiar Madrid

La Gran Vía de Madrid. Foto: Alexander Spatari (Getty Images)

Por Diego S. Garrocho, El País, 19 de octubre de 2026

Odiar Madrid se ha convertido en un género literario. No uno cualquiera, sino uno de esos que aspiran a conferir prestigio y distinción a quien lo ejerce. Como el haiku o las novelas gordas. Renegar de la capital de España, despreciar su atmósfera o denunciar la hostilidad de sus gentes (así, en plural, como harían Yolanda Díaz o Julio Iglesias) ha pasado a ser una pose pretendidamente chic y cultivada. Odiar Madrid es salirse de la masa ejerciendo de masa, es reivindicarse viajero contra los turistas o defender la civilización frente a la barbarie. Odiar Madrid es elegir lubina cuando crees que todos piden chuletón.

Odiar Madrid requiere además cierta condescendencia histórica. Quien desprecia la capital reniega de la ciudad de ahora, añorando una urbe que nunca existió. Hablar mal del Madrid presente exige recordar aquella otra ciudad de cuando entonces. Pero abominar de Madrid es, sobre todo, declararles la guerra a las matemáticas, porque los datos muestran que cuanta más gente dice odiar Madrid, más personas quieren vivir en ella.

Lo único a lo que aspiran quienes hablan mal de la capital, como cualquiera, por otra parte, es a no ser como los demás. Etiam si omnes, ego non. Sin embargo, repudiar Madrid es algo tan obvio y manido como criticar El Padrino III o el Premio Planeta. Es una apuesta sin riesgo ni originalidad. Una coqueta impostura con la que ya hay quien cree que se sitúa, como en cualquier gesto menor, en el lado correcto de la historia.

Odiar Madrid se ha convertido en un reflejo, en una frase hecha, en una fórmula de cortesía con la que uno abre conversación en una cena. Es, además, una oferta de complicidad y una contraseña. Un signo de corte. Si te ofrecen repudiar tu ciudad, no puedes no aceptar. Sería como despreciar un brindis o no corresponder al saludo de un vecino. Si escuchas a alguien despotricar de Madrid, toca decir que sí: que está inhabitable, que no se puede respirar, que las calles están sucias y que hay fascistas, anarcocapitalistas y millonarios extractivistas por todas las esquinas.

Lo peor es que todo eso es cierto. Madrid es un agujero negro donde convergen casi todos los adjetivos y sus contrarios: es cara y cateta, sucia y artificial, provinciana y cosmopolita; Madrid es rancia y moderna, insomne y perezosa, desastrosa y presumida. Y ahora que todos los cursis suspiran por Lisboa y se han lanzado a criticarla, dan ganas de decirlo en todas las reuniones, aunque sea mentira: Madrid es la mejor ciudad del mundo.

16 octubre 2026

La verdad de las mentiras

 Por JUAN CRUZ

El País Babelia, 24.05.08

Ahora escribe una novela sobre Roger Casement, el irlandés del siglo XIX que luchó contra el colonialismo en el Congo y en Perú; tiene la mesa llena de libros que luego serán deglutidos para convertirse en materia de ficción o de verdad, no se sabe, la novela será lo que él mismo llama la verdad de las mentiras. Esos libros que Mario Vargas Llosa apila en una mesa limpia, la mesa de una biblioteca pública, constituyen ya una bibliografía completa, pero serán luego una línea; los necesita devorar, siempre fue así, desde cadete, y ahora además que se ha cortado el pelo casi como para la mili, parece un cadete, y un opositor.

Mario Vargas Llosa sigue siendo un alumno que a sus 72 años (que cumplió el 28 de marzo) se prepara como si fuera a clase. Obsesivamente. Ha trabajado en bibliotecas de todas las ciudades donde ha vivido, desde Lima a Madrid, pasando por aquella de la que sido más asiduo, la del Museo Británico, en Londres. Ésta en la que su hija Morgana le ha cazado (y le ha cazado: ahí no se tolera mucho que se hagan fotos) es la New York Public Library, la biblioteca de Nueva York, a la que va todos los días, de lunes a viernes, de once a cinco de la tarde. Juan Carlos Onetti (sobre el que acaba de escribir un libro: de nuevo, en una biblioteca) le dijo un día: "Vos estás casado con la literatura, yo la tengo de amante". Y es así, él está casado con Patricia, pero además con la literatura, es su obligación obsesiva, y se la sigue tomando como cuando escribía en el Jute, el bar en el que hizo en Madrid parte de La ciudad y los perros, mientras estudiaba. Con libros, con cuadernos chiquitos y con su letra ascendente, y con su bolígrafo, que durante años siempre ha sido el mismo. Este que tiene en la mano se le extravió un día, a principios del año 2000; lo dejó en manos de un arquitecto tinerfeño, Carlos A. Schwartz, que le había dedicado un libro suyo de fotos sobre Santa Cruz junto a una escultura de Henry Moore. En el avión hacia París, Vargas Llosa se dispuso a tomar notas y advirtió que ese bolígrafo estaba extraviado. No paró hasta que deshizo el rastro y Schwartz le mandó, por courier, el bolígrafo con el que aparece aquí, con la camisa abierta, pelado casi como un recluta, con sus gafas cortadas, sentado de lado como si le fueran a llamar para tomarle la lección. La gente lo ve como si estuviera escribiendo la enésima novela, pero él la aborda con el mismo espíritu con que se sentó a escribir la primera.●

03 octubre 2026

Sin postureo / zeroposting

Irse de vacaciones y no subirlo a las redes: “El viaje vuelve a valer por sí mismo”

Hartos del postureo, algunos viajeros optan por vivir la experiencia sin editarla mentalmente para una audiencia. Es lo que se conoce como ‘zeroposting’

Pablo Suárez, en Santiago de Compostela, el 3 de septiembre. Foto: ROCÍO CIBES

Raúl Novoa
El País, 3 de octubre de 2026
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“Hoy fue un día extremo. Subida a tope con más caña de lo que nunca imaginé. Hubo algún coche que hasta me daba ánimos. La sensación salvaje de estar en la naturaleza es increíble. Es la mayor aventura de mi vida. Mañana me levantaré hecho una mierda”. Es la primera vez que se publica este audio grabado en Balcón del Pissis, en la frontera entre Chile y Argentina. Se trata de una de las notas de voz que Pablo Suárez registraba a modo de diario personal, para consumo propio, mientras estaba de viaje recorriendo, de punta a punta, todo el continente latinoamericano. Al igual que este joven compostelano, cada vez más gente se ha hartado de compartir todo en las redes sociales. La privacidad empieza a verse como un pequeño lujo cotidiano.

“Son las ocho de la tarde. Estoy cansado y casi sin agua en medio de la cuesta de Zapala. Hace un calor increíble y la sensación es pesadísima. Me advirtieron en una ferretería que tenga cuidado con los pumas. Espero que no haya problemas. Hay una tranquilidad absoluta y, en el fondo, se está a gusto”. Al escuchar estas notas de voz de Suárez, parece que reencarna a Christopher McCandless, el protagonista de la película Into The Wild. El joven gallego pidió una excedencia en su trabajo de físico cuántico en Irlanda y llegó a Ushuaia con su bici, el punto más al sur de Argentina. Pedaleó por la cordillera de los Andes hasta llegar a Ecuador. En total viajó durante un año y medio y recorrió gran parte del continente. Durante todo ese tiempo no subió nada a redes sociales. Solo compartía alguna foto con sus amigos y familiares y grababa cosas para sí mismo. “Hace años que me borré Instagram y detesto esa necesidad de que si no compartes algo significa que no sucede. No me gusta eso de sacar fotos y pensar en la aprobación”, explica.

El turismo sigue siendo uno de los ámbitos más activos en redes, pero el caso de Suárez responde a una tendencia social. Hay quien la llama zeroposting, por el hecho de dejar de subir contenido. Cada vez gusta menos decir a dónde se va. Un 38% de los viajeros oculta deliberadamente sus ubicaciones, según un estudio de Booking. No etiquetan destinos poco conocidos para protegerlos de la masificación.

Igual que Suárez, Rocío Belén Lasserre, decidió hacer un viaje largo e introspectivo para conocerse más a sí misma durante dos años. “Con la tecnología, durante el viaje solo mensajeaba a mi familia cada tanto para avisarles que estaba bien y por dónde andaba, nada más. No quería que nada me sacase de ese momento”, relata esta argentina que dejó su trabajo de entonces para emprender su viaje. Ella viajaba haciendo autoestop y no todo era idílico: “Siendo joven, sola, tuve varias malas experiencias de acoso y misoginia: hombres que piensan que hacer dedo en la ruta te predispone a acostarte con ellos”. “Hubo comentarios fuera de lugar y algún intento de beso. Por suerte ninguna situación llegó a mayores ni hubo traumas que lamentar, pero me quedó un sabor amargo”, lamenta.

Pablo Jiménez atiende a EL PAÍS en medio de un tren de Laos hasta Bangkok. Lleva tres meses de viaje. Empezó en Vietnam, en Ho Chi Minh. Allí se compró una motocicleta y condujo de punta a punta hasta el norte. Él sí usaba mucho las redes sociales antes de su aventura. “Sentía la necesidad de desconectar de este mundo tan raro que vivimos. He recuperado la espontaneidad de conocer gente sin el miedo al rechazo”, reflexiona. Tiene claro su discurso: “Vivimos en una época de sobresaturación, de excesiva información y de dopamina rápida sin control que la mayoría de las veces no somos capaces de gestionar. Ese ha sido mi caso”.

Este artista musical quiere cambiar eso y por ello intenta usar las redes solo para comunicarse con sus amigos. “He estado instalando y desinstalando y solo he subido cada ciertas semanas algo de contenido a mejores amigos para tener actualizada a mi gente cercana, pero no he subido nada para que el mundo vea que estoy viajando. Eso, de hecho, me aterra”. Su desconexión es parcial: “La necesidad de sobreexponerse uno mismo sigue ahí, pero la voy domando. Quiero sentir emociones sin tener que compartirlas”.

Cansados de la falsedad

Vivir las cosas para uno mismo debería ser lo natural. La validación externa, la conexión social y la construcción de nuestra propia identidad están ahí. Pero durante la última década, cualquier momento de la vida se ha podido convertir en contenido consumible por otros. Hoy, cuando se viaja para compartir se viven dos experiencias. Una la real y otra la de la imaginación mental de cómo se va a exponer. Esa doble tarea tiene un coste cognitivo real. “Resta atención al momento presente y genera una forma de ansiedad anticipatoria, la de “cómo van a ver esto los demás”, que puede acompañar todo el viaje”, apunta Ricardo Fandiño, psicólogo clínico y coordinador general de la Asociación para la Salud Emocional en la Infancia y Adolescencia (ASEIA) en Galicia.

En viajes del estilo de los de Suárez, Lasserre o Jiménez, hay gente que sí aprovecha para crear contenido y, si pueden, monetizarlo. “A veces hay cierta falsedad o melodramatismo o fingir que todo va bien o mal según intereses”, recuerda Pablo Suárez. “Juegan un poco con la realidad en función de lo que quieras contar. Eso modifica el recuerdo personal”. “El problema no es tanto compartir en sí, sino que la validación externa se convierta en la vara de medir si el viaje mereció la pena”, indica Fandiño.

Como Suárez, cada vez más gente deja las redes sociales. El Estudio de Redes Sociales 2026 de IAB Spain de hace un par de meses indica que el 42% de los usuarios ha abandonado o dejado de visitar alguna plataforma en el último año, en contraste con el 33% registrado en 2025. Las plataformas con mayor tasa de abandono son X (Twitter), con un 11%, y Facebook, con un 10%. “La gente empieza a darse cuenta de que las cosas no son como en las redes. Los influencers te meten cada vez más publicidad y los algoritmos te lo replican. Creo que no somos tan idiotas. El contenido que consumimos es cada vez peor y visceral”, opina Suárez.

Existe cierto agotamiento digital. “La gente ya está un poco harta de tanto contenido falso y de tanto postureo”, asegura Cristóbal Fernández, profesor de Comunicación Digital en la Universidad Complutense. “El contenido digital se percibe como excesivamente editado, ‘curado’ y desconectado de la realidad. Los usuarios prefieren priorizar las experiencias reales en lugar de consumir o publicar historias de forma constante”, explica.

¿Es mejor viajar sin compartirlo todo constantemente? “Cuando la presión desaparece, la experiencia se vive de forma más directa y con menos ruido cognitivo. Eso ayuda a tener un recuerdo más nítido”, responde Fandiño. Y, ¿de qué sirve un viaje así de inmersivo y largo? “Te abre la mente y expandes límites físicos. Al pasar tanto tiempo solo hay mucho diálogo interno. Mi conciencia me llevó a sitios que no me esperaba: dilemas que tienes personales, cuando estás viajando solo en bicicleta y tienes que meterte en la tienda a las 6 de la tarde. Llegas a conclusiones que no llegarías antes”, responde Suárez.

“Necesitaba apartarme de lo artificial. Me da mucha tristeza pensar en la fiesta de disfraces constante en la que estamos. Jugamos a ver la vida de los demás, a juzgarla, a decorarla e incluso a veces a imitarla”, confiesa Jiménez. “¿A qué punto nos está llevando la voluntad de aprobación externa? ¿Hacemos las cosas por que las sentimos o las hacemos porque nos las han metido a golpe de martillo con un algoritmo?”, se cuestiona. Muchos de quienes crecieron usando las redes sintieron cierta fascinación hacia ellas y basaron gran parte de su propia construcción de la identidad. Ahora la han cambiado. “La usan con humor, ironía o el vínculo horizontal. Dejan de usarlas para autodefinirse”, explica Fandiño.

¿Qué puede aprender quien deje de viajar pensando en compartirlo todo en redes sociales? “El criterio externo desaparece y el viaje vuelve a valer por sí mismo, no por su repercusión. Detrás nos encontramos con la recuperación de tres espacios que las redes sociales tendieron a fusionar en uno solo: lo íntimo, lo privado y lo público”, concluye Fandiño. “Los mejores momentos de mi viaje ni siquiera era instagrameables. Algunos de los viajeros más interesantes que conocí era gente que estaba muy callada. Hay algo especial en quedarte las historias para ti”, responde Suárez. “No soy ningún juez moral, pero recomiendo a todo el mundo que prueben a quitarse las redes. Al principio frustra, pero luego es una liberación. No hace falta recorrer Latinoamérica para descubrirlo. El tesoro del viaje se queda en ti”.