10 diciembre 2012

Escuela de santidad

FELIPE BENÍTEZ REYES
EL PAÍS Andalucía, 25-11-2005
Todo el mundo tiene derecho a reclamar sus derechos, sobre todo cuando se trata de derechos torcidos. Torcidos por el curso de la realidad, por ejemplo. O de la historia. O de los azares pequeños de la vida. Pero hay derechos adquiridos que no sólo pueden perderse, sino que deben perderse para que gire la rueda de los derechos, que no siempre puede detenerse en el mismo sitio.
La iglesia católica exige su derecho a seguir en los programas educativos, en calidad de secta infiltrada, con todas sus prerrogativas. Es uno de sus derechos históricos, al margen de los cambios históricos. O eso creen. Y eso defienden. Si los curas fuesen apartados de los planes de enseñanza -cosa que no va a ocurrir-, España acabaría convirtiéndose en una sucursal babilónica de ahí te espero, entre otras cosas porque ya no podrían infectar la conciencia de los menores con recursos de novela gótica: dioses ensangrentados, santos mártires, vírgenes milagrosas que lloran sangre por la legalización del aborto o del matrimonio mariquita, niños que prefieren morir antes que pecar, rosarios aurorales protagonizados por ancianas insomnes y enlutadas que parecen haberse fugado del sepulcro, y así.
Durante muchísimos años, la iglesia católica ha demostrado con creces la efectividad de sus métodos pedagógicos. Eso nadie puede negarlo, porque los resultados están a la vista: generaciones y generaciones que han tenido que masturbarse pensando en el infierno, novios y novias que se han metido mano con la aflicción de ser espiados por el ojo omnividente de Dios, matrimonios amargos que han tenido que tragarse su amargura hasta que la muerte optara por separarlos, madres infantiles por dejarse tentar por los diablos urgentes del deseo, homosexuales vergonzantes y atormentados... Todo llamas, todo castigo, todo amenaza, todo pecado. ¿Qué tienen esos tipos dentro de la cabeza, Dios suyo? Los altos jerarcas de la iglesia católica están que trinan. Ellos, que antes eran los grandes sacerdotes de los rituales políticos y sociales, verse así, mendigando impartir catequesis para poder salvar el alma de los españolitos, tan proclives a la feria y la jarana, tan expuestos a los peligros de la carne, del agnosticismo, del ateísmo, de la duda metódica y del mundo moderno en general. Qué tiempos aquellos en que podían quemar a la gente, porque el pasado de la empresa es fino. Qué tiempos aquellos en que una herejía podía costarle a uno la vida. Y qué tiempos estos en que la cúpula eclesiástica se ve obligada a dialogar con unos medio comunistas, hijos tal vez de antiguos quemacuras.
Llegaba uno al colegio y allí estaban, empeñados en meternos el miedo en el cuerpo para que le cogiésemos asco a nuestro cuerpo, obligándonos a confesar, a delatar nuestro pequeño mundo de prodigios y descubrimientos sensoriales, mientras nos magreaban la nuca al son del relato de nuestras abominaciones, empeñados en instruirnos sobre las penalidades infinitas de los pecadores, bajo un crucifijo flanqueado por una foto meliflua del Caudillo y otra de José Antonio Primo de Rivera, el siempre presente, el repeinado. ¿Y ahora qué más quieren ustedes, por favor?

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