23 septiembre 2024

Por qué merece la pena seguir viajando

Por GUILLERMO ALTARES,  El País, 26 de junio de 2021

La pandemia llegó en un momento en el que se estaba produciendo un debate sobre el sentido del turismo, tanto por la necesidad de ser más sostenible como de proteger entornos únicos. Lentamente, las fronteras se abren de nuevo, lo que es una buena noticia porque sin los viajes la humanidad sería peor.


Annie Hall culmina con uno de los finales más emocionantes de la historia del cine. Alvy Singer, el personaje que interpreta Woody Allen, trata de explicar sus sentimientos tras reencontrarse con su antiguo amor. “Recordé aquel viejo chiste del tipo que va al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina’. El doctor contesta: ‘¿Por qué no lo interna?’. Y el tipo le dice: ‘Lo haría, pero necesito los huevos’. Pues eso, más o menos, es lo que pienso sobre las relaciones humanas: son irracionales y locas, y absurdas, pero… supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos”. De alguna forma, esta misma frase podría aplicarse a los viajes de placer: pueden ser inseguros, hace calor (o frío), la comida es rara, incluso mala, los aviones son un martirio y contaminan, los retrasos exasperantes, la habitación no es la que esperábamos, no hay forma de encontrar un hueco en la playa, ni una mesa para comer… Pero todos necesitamos los huevos y, además, sin ellos la humanidad sería mucho peor.

Vista de la ciudad de Menton, en la Costa Azul.
Vista de la ciudad de Menton, en la Costa Azul.  GETTY IMAGES

Después de un año y medio de pandemia, las vacunas y los pasaportes sanitarios vuelven a abrir la posibilidad de desplazarse. Lentamente, las fronteras se abren y el mundo vuelve a hacerse grande. Los viajes son de nuevo una esperanza y un desafío. Pocos textos literarios expresan con tanta certeza nuestra relación con el turismo como La vuelta al mundo de un novelista, de Vicente Blasco Ibáñez. Publicado por primera vez en 1924, se trata de un gran clásico de la literatura de viajes en castellano —el reportero Manu Leguineche estaba entre sus fans— en el que el escritor valenciano, que entonces era seguramente el novelista más famoso y mejor pagado del mundo, relata su periplo alrededor de la Tierra en el lujoso crucero Franconia. El autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis explica que se encontraba en el jardín de su villa de la Costa Azul, en Menton, y, cuando se acerca el momento de emprender la larga aventura, una voz interior comienza a poner pegas. “Quédate —dice la orquesta murmurante del jardín—; vas a perder nuestras flores y nuestros frutos, los dulces atardeceres del otoño, la compañía serena y luminosa de los libros”, escribe. “Perderás también las fiestas invernales de la Costa Azul, que atraen a los felices de la tierra: el Carnaval de Niza, las óperas y conciertos de Montecarlo, las regatas, los bailes en hoteles enormes como alcázares de leyenda, las batallas de flores. Vas a renunciar a las dulces horas vespertinas en tu biblioteca…”. Sin embargo, Blasco Ibáñez elige el viaje, como lleva haciendo la humanidad desde la noche de los tiempos.

“El turismo es una clarísima señal de progreso”, explica José María Faraldo, profesor de la Universidad Complutense y coautor, junto a Carolina Rodríguez-López, de Introducción a la historia del turismo (Alianza Editorial). “La turismofobia siempre me ha parecido un sentimiento bastante absurdo. Al principio viajaban los que podían hacerlo, los que tenían dinero y, sobre todo, tiempo. Mucha gente no tenía tiempo. Cuando la mayoría de la población trabajaba en el campo de sol a sol, no se podía ir más allá de la verbena del pueblo de al lado. Todo el mundo tiene derecho a viajar. Poner trabas a que la gente lo haga es siempre negativo”.

Máscaras venecianas en el Carnaval de Venecia.
Máscaras venecianas en el Carnaval de Venecia. GETTY IMAGES

La pandemia llegó en un momento en el que se estaba produciendo un debate mundial sobre el sentido de los viajes y cuando la turismofobia se estaba convirtiendo en una palabra de moda en algunas ciudades, como Barcelona o Venecia, que habían sido tomadas al asalto por masas de visitantes, desplazando a sus vecinos. La llamada gentrificación, la pesadilla de los pisos turísticos, que disparan los alquileres y convierten los barrios en parques temáticos, se sumó a un concepto que popularizó la joven activista climática Greta Thunbergflygskam: tener vergüenza de volar por la huella de carbono que produce la aviación comercial. “El futuro del turismo será ecológico o no será”, explica Faraldo, quien cree que el porvenir de los viajes pasa por establecer una relación “menos agresiva con el medio ambiente”. Eso no significa renunciar a ellos, sino que los desplazamientos se organicen y racionalicen de forma que las exigencias ecológicas sean mucho más elevadas.

Se trata de algo en lo que ya está trabajando la Organización Mundial del Turismo, un organismo dependiente de Naciones Unidas, para evitar que se cumplan sus propias previsiones: si no se hace nada, calcula que para 2030 las emisiones relacionadas con los viajes de placer aumentarán un 30%. La idea no es parar el mundo y bajarse, sino buscar fórmulas para que la huella de carbono se reduzca drásticamente, desde evitar el uso de plásticos desechables hasta cambiar los medios de transporte para desplazamientos cortos. Y lo mismo ocurre con los problemas derivados de la alta concentración de turistas en algunos lugares del mundo. Ciudades como Ámsterdam o Berlín están llevando a cabo políticas muy activas contra los pisos turísticos y para proteger el comercio local.

Visitantes ante 'La Gioconda', en el Louvre (París)
Visitantes ante 'La Gioconda', en el Louvre (París)  GETTY IMAGES

Lugares que enriquecen

Sin embargo, hay ciudades en las que la presencia masiva de viajeros tiene difícil arreglo. Resultará inevitable que barrios de París, Barcelona, Madrid, Venecia, Berlín, Nueva York, Ámsterdam, Marraquech, Túnez, Buenos Aires, Cartagena de Indias o Londres vuelvan con los meses a llenarse de turistas por un motivo insoslayable: son únicos, han enriquecido a millones de personas desde los tiempos del Gran Tour, de los siglos XVII y XVIII, o incluso antes. Son ciudades globales y maravillosas que han mejorado el mundo.

El centro de Roma es incómodo, deslavazado, lleno de centuriones de cartón piedra, de palos de selfi y de pizzerías dudosas. Da igual: visitarlo es una experiencia tan intensa que hasta puede provocar el llamado síndrome de Stendhal, desatado por el exceso de belleza. Los museos del Prado, Orsay, Van Gogh, Metropolitan, El Cairo o el Louvre pueden llenarse de visitantes que se apelotonan para contemplar Las meninas, La Gioconda o los impresionistas del siglo XIX. Pero son espacios que albergan la memoria de la humanidad, que atesoran toda la belleza del mundo.

Las ruinas de la antigua ciudad inca de Machu Picchu, en Perú.
Las ruinas de la antigua ciudad inca de Machu Picchu, en Perú. GETTY IMAGES

Algunos sitios, en cambio, resultan especialmente frágiles y su conservación para el futuro plantea dudas y debates. Que siga aumentando de forma exponencial el número de turistas en ruinas como Pompeya o las tumbas del Valle de los Reyes no resulta sostenible. De alguna manera será necesario establecer cupos, como ocurre, por ejemplo, en las cuevas con arte parietal: la mayoría de las grutas con dibujos prehistóricos que pueden visitarse los tienen. Machu Picchu también, aunque desde el pasado diciembre se incrementó su capacidad de admisión de 675 a 1.116 visitantes diarios (que deben realizar una reserva previa). Eso sí, tampoco tiene sentido hurtar a las generaciones del futuro (y del presente) yacimientos que nos permiten entender mejor nuestro pasado y que, por encima de todo, proporcionan una experiencia estética y humana enriquecedora y única.

La profesora de Cambrid­ge y clasicista Mary Beard, siempre divertida, polémica y acertada, provocó un cierto escándalo cuando declaró a la prensa británica que tal vez la destrucción de Pompeya sea inevitable, pero que sería mucho peor privar al mundo de la posibilidad de poder visitar la ciudad romana. “Tengo una opinión bastante sólida sobre el daño que el turismo ha hecho a Pompeya y sobre cómo deberíamos gestionarlo”, escribió en su blog. “Hacemos lo que podemos razonablemente para preservar el sitio (y no, no apruebo —como algunos pensaron que estaba diciendo— que cualquier visitante saque lo que le apetece). Pero tenemos que aceptar que las ruinas son ruinas, y la regla es que se arruinarán más, especialmente cuando fueron destruidas por un volcán en el año 79 de la era cristiana y, no lo olvidemos, bombardeadas seriamente por los aliados en la II Guerra Mundial”. “Lo bueno de Pompeya es que un tercio de la ciudad está sin excavar, a salvo bajo tierra; y todo el mundo, hasta donde yo sé, se ha comprometido a dejarla allí para que las generaciones futuras la exploren y analicen”, proseguía Mary Beard. “El resto es inevitablemente frágil y podemos retrasar su eventual colapso, pero no evitarlo. Mientras tanto, creo que debemos decir que nos corresponde estudiarlo, explorarlo, disfrutarlo y compartirlo. Si tenemos una responsabilidad con el pasado, esa es”.

Una curtiduría en Fez (Marruecos).
Una curtiduría en Fez (Marruecos).  GETTY IMAGES

El turismo seguirá aumentando en un mundo global con más conexiones áreas que nunca, en el que cada vez más personas tienen la posibilidad de viajar, con el surgimiento de clases medias en los dos países más poblados del mundo, China y la India, y en el que la tecnología limita el impacto de barreras que antes resultaban disuasorias (como orientarse en una ciudad desconocida o incluso poder comunicarse sin hablar un idioma). Además, parar ese movimiento universal es insostenible desde un punto de vista económico. Basta con constatar el daño que la ausencia de turistas por la pandemia ha hecho a la economía española: el sector pasó de representar el 14,1% del PIB en 2019 al 5,9% en 2020, de acuerdo con el informe anual de impacto económico del Consejo Mundial de Viajes y Turismo, un organismo internacional que aglutina a 200 compañías.

Según un informe de la Organización Mundial de Turismo, entre enero y marzo de 2021, los destinos del mundo recibieron 180 millones menos de llegadas de turistas internacionales en comparación con el primer trimestre del pasado año. Asia y el Pacífico siguieron mostrando los niveles más bajos de actividad, con una caída del 94%. Europa registró la segunda mayor caída (-83%), seguida de África (-81%), Oriente Próximo (-78%) y América (-71%). Esos datos se traducen en pérdidas de empleos, en personas que no pueden ganarse la vida, pero, sobre todo, describen un mundo mucho más pequeño y pobre.

The Edge, un mirador en Nueva York.
The Edge, un mirador en Nueva York.  GETTY IMAGES

Viajar no es solo una cuestión económica, es una cuestión vital. “Mi vida ha sido un cruzar constante de fronteras, tanto físicas como metafísicas. Ese es para mí el verdadero sentido de la vida”, explicó el gran reportero y viajero polaco Ryszard Kapuscinski en una entrevista con Ramón Lobo en este diario cuando se publicó su libro Viajes con Heródoto (Anagrama), una reflexión sobre su existencia como trotamundos. “Hay que aventurarse en lo desconocido, dejarse guiar por la magia de viajar que actúa como una droga y en la que el camino es el tesoro”, escribió el reportero polaco.

Antes de que se inventase la palabra turismo —a principios del siglo XIX en el Reino Unido y Francia, aunque no llegó al Diccionario de la Real Academia Española hasta 1925 para definir la “afición a viajar por gusto de recorrer un país”—, los viajes de placer ya eran muy intensos. José María Faraldo y Carolina Rodríguez-López explican en su Introducción a la historia del turismo que “la palabra usada en el castellano clásico para viajero era la de peregrino, que tenía un sentido mucho más amplio que el que le damos hoy. Esta palabra provenía del término latino peregrare, que significaba simplemente ‘viajar por el mundo’. San Agustín de Hipona escribía en el siglo IV después de Cristo que todos somos peregrinos, gente de paso en el mundo, y su metáfora del mundo como viaje ha llegado hasta nuestros días”.

Jeroglíficos en una tumba del Valle de los Reyes (Egipto).
Jeroglíficos en una tumba del Valle de los Reyes (Egipto). GETTY IMAGES

‘Wanderschaft’, una palabra clave

En su último libro, El hilo de oro (Ariel), el profesor de Clásicas de la Complutense y escritor David Hernández de la Fuente describe la larga época, antes de la Primera Guerra Mundial, en la que Europa vivía sin fronteras a través de una palabra, Wanderschaft: “de origen medieval, fervor romántico y aún vigente: son años errantes que los aprendices de un oficio deben pasar sin residencia fija, con una vestimenta especial de su gremio y un pasaporte que les abre las casas, las ciudades y los saberes de su especialidad”. Sin esta institución que permitió viajar a los artesanos no hubiesen existido ni las catedrales, ni las universidades, ni los saberes comunes que hacen de Europa lo que es.

Mucho antes, Heródoto pudo realizar sus viajes porque los antiguos griegos, cuenta Kapuscinski, crearon la figura del proxenos, “el amigo del huésped, una institución al uso en aquellos tiempos, una especie de cónsul que, por voluntad propia o por encargo remunerado, se ocupaba de los viajeros llegados a la polis de la que él era originario”. Es una figura más profunda que la de nuestros guías turísticos porque, como explica Hernández de la Fuente, “hay que recordar aquel viejo proverbio entre los griegos que decía que ‘de Zeus vienen los extranjeros’ (Homero, la Odisea). Bajo el calificativo de xenios, el ‘protector de los extranjeros’, gobernaba el próvido dios del Olimpo las relaciones humanas cuidando de la fidelidad entre huésped y anfitrión como sagrada ley”.

La historia humana solo se puede explicar como un largo viaje, que empieza hace millones de años en África, de donde salió en diferentes oleadas un homínido que acabó poblando el planeta: el Homo sapiens, nosotros. De todas las hazañas de la prehistoria, la más extraña y desafiante es la llegada del hombre moderno a Australia, un continente que siempre fue una isla. En algún momento, hace unos 60.000 años, un grupo de Homo sapiens llegó a una playa, miró hacia el mar inmenso y desconocido y, de algún modo que ignoramos porque no sabemos cómo se navegaba entonces y mucho menos cómo se orientaba alguien en mar abierto, decidió seguir adelante y continuó viajando para poblar un continente hasta entonces deshabitado. Es sorprendente que llegase a Australia 20.000 años antes que a Europa, mucho más cercana a África. Solo una pandemia ha logrado parar durante unos meses ese viaje interminable que nos convierte en humanos. Ahora toca volver a empezar.

17 septiembre 2024

Coreografía en torno a una pelota

 


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

En los últimos años, quien esto firma se ha convertido en una pelotazale, un apasionado aficionado a la pelota vasca, un activo fundamental de la cultura de Euskadi, que es tanto una disciplina deportiva como, si se quiere, una coreografía atlética. 

El golpeo de la pelota genera espectaculares posturas aerodinámicas que semejan a las adoptadas por bailarines de danza contemporánea o del llamado teatro físico. El contacto violento de la mano con la bola tras armar el brazo les hace a veces gravitar unos segundos sobre la cancha, cual danzarín dando una pirueta sobre el escenario. Parte de esta coreografía sobrevenida es también el movimiento reflejo de desplazarse ligeramente sobre la cancha para evitar obstaculizar la pegada del rival. En general, los jugadores se conducen con elegancia y ligereza, haciendo parecer fáciles golpes que demandan fuerza y concentración, como cuando un gran tenista golpea un derechazo ganador, o como hacen los bailarines de una compañía para crear belleza aerodinámica.

Desde pequeños, muchos niños vascos se crían observando este deporte en sus pueblos, practicándolo con pasión, socializando con sus compañeros de generación en euskera, adquiriendo valores, y haciendo país desde la adolescencia. A presenciar una partida de pelota vasca acude un público respetuoso y entendido que me recuerda al de otro templo, verde también, del deporte mundial, la pista central de Wimbledon. Este jamás menciona a la madre de alguno de los contendientes, ni se oye nunca un insulto desde la grada.

Este deporte, unique in the World, como reza el eslogan internacional del Athletic Club, se nutre de pelotaris profesionales venidos principalmente de Vizcaya, Guipúzcoa, Alava, Navarra y La Rioja, que juegan en distintos frontones norteños. [Eskerrik asko, youtuberos, por subir vídeos de partidos completos a la red, lo que nos permite disfrutar de la pelota vasca desde cualquier lugar del Estado.]

Ajenos por completo al postureo y a la coquetería que caracteriza a tantos futbolistas, los pelotaris son sobrios y elegantes en su equipamiento, que recuerda (pantalones largos blancos) al de los primeros tenistas, ocasionalmente un aro en la oreja como único adorno. Igualmente se conducen con nobleza ante el adversario, al que saludan y abrazan tras alcanzar los soñados 22 puntos. ¿Podría ser la pelota vasca un deporte de la nueva masculinidad? cmg2024

Publicado en elDiario.es el 11 de septiembre de 2024

12 agosto 2024

Naturaleza por pantallas, ¡y a cargar pilas!

Por PILAR JERICÓ
El País Semanal #2497, 4 de agosto de 2024

Muchos anhelamos el verano porque es sinónimo de descanso. Necesitamos ese tiempo para recargar pilas, nos llenamos de planes y de objetivos, pero no siempre es fácil cumplirlos. Incluso, si nos lo montamos mal, tenemos el riesgo de regresar aún más cansados. Para hacer frente a dicha amenaza, existe una alternativa que nos permite que nuestra mente descanse de verdad: el “efecto de los tres días”, como lo ha bautizado el psicólogo cognitivo David Strayer, profesor de la Universidad de Utah. Es una opción sencilla, económica y está al alcance de cualquiera; ya se intuía hace más de 2.500 años y la neurociencia lo ha demostrado recientemente. Veamos en qué consiste.

“Descansar proviene de la posibilidad de hacer exactamente lo contrario de lo que solemos hacer diariamente”, explica Joaquín Araújo, escritor y uno de los grandes naturalistas reconocidos en España. Nuestro cuerpo descansa física y mentalmente cuando dormimos, es decir, cuando hacemos lo opuesto de aquello que nos ocupa cuando estamos despiertos. Si lo tomamos como punto de referencia, descansar significaría recuperarnos del agotamiento no solo físico sino mental. Y qué mejor manera que regresar a nuestros orígenes que entrar en contacto con la naturaleza.

A lo largo de los millones de años de evolución hemos desarrollado la biofilia o conexión y amor con los seres vivos, pero no estamos diseñados biológicamente para que nuestra atención esté constantemente atrapada en la tecnología. Podemos recuperar dicho sentimiento a través de múltiples maneras, y una de ellas es el “efecto de los tres días”. Según el doctor Strayer, necesitamos disfrutar de la naturaleza sin ningún tipo de distracción de pantallas durante al menos tres días seguidos, sea en un bosque, en el campo o en el mar. Dicho efecto sería la situación ideal para recargar pilas en verano, pero los beneficios de estar en contacto con la naturaleza se pueden plasmar en rutinas incluso más accesibles. En una reciente investigación publicada, se comprueba el efecto positivo en nuestro cuerpo después de una caminata de 40 minutos por la naturaleza, en comparación con un paseo por entornos urbanos. A través del ECC, un dispositivo que registra las ondas cerebrales, aquellos que pasearon por entornos verdes mostraron un descenso de las ondas theta frontales. En otras palabras, estar en contacto con la naturaleza disminuye nuestra rumiación mental, además del estrés, y nos ayuda a tener una atención más sostenida. Equivaldría a pasar un limpiaparabrisas en nuestra mente para restaurarnos del cansancio acumulado.

Cuando disfrutamos de la naturaleza, aunque sea viendo verde desde nuestra casa, también algo nos sucede. Así lo atestiguan diversas investigaciones. Las personas que viven en las ciudades cerca de zonas ajardinadas tienen mayor esperanza de vida y menor incidencia en 15 enfermedades físicas y mentales, según estudios realizados en universidades de Canadá, Holanda e Inglaterra. Si no tenemos ese privilegio, podemos intentar sustituirlo por el contacto frecuente con la naturaleza a través de caminatas. La profesora Liisa Tyrväinen y su equipo del Instituto de Recursos Naturales de Finlandia recomiendan una dosis mínima de naturaleza de cinco horas al mes para sentir los efectos positivos en nuestro estado de ánimo. Todo ello, lógicamente, evitando que los dispositivos nos atrapen.

Además, el contacto con la naturaleza transforma nuestras emociones y nos hace ser más generosos, según otros hallazgos. Gregory Bratman, de la Universidad de Stanford, comprobó que, tras una caminata de 50 minutos en entornos naturales en comparación con un paseo en ambientes urbanos, quienes la practicaban registraban menor ansiedad, menor nostalgia y más emociones positivas. Es más, en la Universidad de Berkeley se observó que estar expuestos a entornos naturales, aunque fuera a través de pantallas que mostraran paisajes o rodeados de plantas de interior, tenía un efecto positivo en la generosidad de nuestras decisiones económicas.

Podríamos decir que descansar significa regresar también a nuestra esencia. Somos seres vivos, y aunque hayamos creado grandes estructuras de hormigón e inmensas ciudades parece que algo en nosotros anhela nuestros orígenes. Así parece que se intentó evocar hace más de 2.500 años con los primeros jardines en las ciudades. Un buen propósito para recargar pilas en el verano es lo que propone Joaquín Araújo: “Aprender a sentarnos frente a un panorama inmenso para que se despierten nuestros sentidos”. Y añade: “Aunque el primer día haya que aguantar la ansiedad de no tener wifi”. Si estas vacaciones nos lo proponemos, es posible que nos recuperemos internamente. Y no tanto por lo que la ciencia nos diga, sino por lo que nos hace sentir la naturaleza cuando entramos en contacto con ella.

Laura Jericó es autora del blog Laboratorio de felicidad.

04 agosto 2024

Animales líquidos: por qué meternos en el agua nos sienta tan bien

Por MAR PADILLA, El País, 4 de agosto de 2024

Una mujer nada durante un chubasco el día de su cumpleaños, en la Costa de Bohuslän, en Suecia, en 2023.Jonas Bendiksen (Magnum Photos /Contacto)

Hace milenios que los humanos intuíamos los beneficios del líquido elemento, pero hasta hace muy poco la ciencia no lo había estudiado detenidamente.


No sabemos por qué, pero nos gusta sentirnos inundados por la idea del agua y su extraña —casi mágica— compañía. A veces no hace falta ni tocarla, con recordarla nos basta. “Quiero volver a tierras niñas, llévenme a un blando país de aguas”, escribió Gabriela Mistral.


Todos tenemos recuerdos acuáticos. Una investigación de la Universidad de Sussex pidió a 20.000 personas que registraran sus sentimientos en diferentes momentos a lo largo de su vida, y el resultado fue que una inmensa mayoría relacionaba sus momentos más felices con el agua. El asombro infantil ante la playa amarilla y azul, aquellas risas sazonadas con miedo ante los devaneos de una barca en alta mar, esos besos acuáticos, al punto de sal, o aquel camino ante un mar oscuro como nuestro pesar. “Di un paseo por el océano, comencé a nadar y perdí de vista la tierra; mi tiempo se acaba”, canta la banda de punk australiano Radio Birdman en Descent into the Maesltrom, basada en el cuento casi homónimo de Edgar Allan Poe.


Son retazos en carne viva que rememoramos ante viejas costas o en nuevos paisajes marítimos, al contemplar la playa de Agua Amarga, en Almería, junto al malecón habanero, paseando en los arenales daneses frente al Báltico de Nykobing o sumergiéndonos en la dulce ría de Arousa. Frente al mar, somos ya otros.


Dicen que nuestra vieja historia de amor con el agua tiene mucho que ver con el recuerdo del refugio amniótico, en el útero de nuestra madre. Y también por la indeleble huella del primer organismo unicelular de hace millones de años. Nos lo advirtió el filósofo británico Alan Watts: “No viniste a este mundo. Saliste de él, como una ola del océano. No eres un extraño aquí”. Entre el cielo y la tierra somos criaturas fronterizas que, de asombro en asombro, se sienten hermanadas en las infinitas transmutaciones “del mar vivo del gran mundo”, leemos en El libro del agua y el fuego: El enigma de Louis Cattiaux, de Raimon Arola (Herder, 2022).

Nos creemos criaturas de campo, montaña o ciudad, pero el agua es también nuestro territorio. En el agua “te sumerges en otra dimensión donde rigen otros valores más elementales. Y mientras nos esforzamos por mantenernos a flote, recuperamos nuestra olvidada condición de animales”, explica por teléfono María Belmonte, autora de El murmullo del agua (Acantilado, 2024).

Sangre y sodio

Somos una de las muchas formas del agua, y asumirlo es una purificante bendición. “Cada uno de nosotros llevamos en nuestras venas la corriente salina de nuestra sangre, en la cual el sodio, el potasio y el calcio se hallan en proporciones muy semejantes a las que existen en el agua del mar”, explicó la bióloga marina estadounidense Rachel Carson en El mar que nos rodea, publicado en 1951.


De los océanos venimos y “por eso sumergirnos nos restaura”, afirma por videollamada Easkey Britton, doctora en Medio Ambiente y Sociedad por la Universidad Nacional de Irlanda. “Al meternos en el agua, especialmente si es fría, nos sentimos muy bien. Nos ayuda a conectar con otros y con nosotros mismos”, añade. Después de un baño de mar estamos más presentes, menos distraídos. “Vivimos una especie de reset del sistema nervioso”, según Britton, autora de Ebb and Flow (Flujo y reflujo, sin edición en español; Watkins, 2023).


Nuestra salud, tanto física como mental, está intrínsecamente ligada a la naturaleza. Hace milenios que el humano conoce el poder curativo del agua, pero hasta hace poco la ciencia occidental no lo había estudiado detenidamente. Ahora, la pérdida de interacción entre el ser humano y los espacios abiertos se relaciona con los trastornos mentales. Y nuevas investigaciones demuestran que pasar tiempo cerca del agua —dentro, frente o sobre ella, en alta mar, en la costa, en un río, un lago o un estanque— es un gran reconstituyente. El simple hecho de contemplar el agua reduce la presión arterial, la frecuencia cardiaca, y provoca rápidos cambios psicológicos y fisiológicos beneficiosos en el cortisol salival, el flujo sanguíneo y la actividad cerebral.


Esos estudios desarrollados por Britton y otros investigadores confirman que ante la presencia del agua disminuye el estrés, la ansiedad y la depresión. “El agua nos ayuda a mejorar nuestro estado físico y mental. De alguna manera nos devuelve a la conciencia de nuestro cuerpo”, explica Easkey, que también es una de las mejores surfistas de Europa —su padre le regaló su primera tabla con cuatro años—, cuyo nombre significa algo así como “pescado abundante” en gaélico.

El agua nos calma. En contacto con ella, nuestras conexiones neuronales reaccionan llevándonos a un estado de sedación que el biólogo marino Wallace J. Nichols denomina “azul”, según detalla en su libro Blue Mind (Mente azul, sin edición en español; Back Bay Books, 2015). Ante el agua, nuestros neurotransmisores para sentirnos bien se disparan: las endorfinas nos dan sentimiento de euforia; la dopamina nos ofrece sensación de novedad y recompensa; la oxitocina nos aporta la sensación de confianza y calidez, y la serotonina nos da un chute de relajación y satisfacción. Es el concepto de la terapia azul, la idea de sumergirnos en espacios azules. Pasar tiempo en ese tipo de espacios también nos beneficia porque incita a la actividad física, a socializar, a mejorar nuestra creatividad y nuestra autoconciencia.

Por eso después de un buen chapuzón sentimos paz y una maravillosa sensación de unidad con el entorno. Y, a la vez, nos sentimos tonificados, con una renovada energía.

Es como si hubiéramos restaurado nuestro cuerpo y nuestra mente, como si viviéramos un nuevo comienzo, como si estrenaras una nueva piel. “El mar ahoga el rastro”, escribe Herman Melville en Moby Dick.

Dinosaurios bajo la lluvia

No es fácil desentrañar el misterio acuático. Por la ciencia sabemos que desde hace cuatro millones de años hay la misma cantidad de agua en el planeta Tierra. Y esa “misma” agua se refiere también a que es exactamente el mismo elemento que ya llovió sobre los lomos de los dinosaurios.


Lo que no sabemos es cómo el agua llegó a nuestro planeta. Quizás fue un meteorito, o tal vez porque hace miles de millones de años el planeta se enfrió tanto que el vapor acabó condenándose en forma de agua. Lo que sí se sabe es que a lo largo de siete octavas partes de la historia de la vida en nuestro planeta ha existido y se ha desarrollado exclusivamente en el mar, donde surgieron esponjas, gusanos, medusas, corales y artrópodos. Y que no fue hasta hace menos de 600 millones de años cuando los primeros organismos, por alguna razón, dejaron el agua y empezaron a poblar la tierra.


“Los ancestros de las ballenas estuvieron viviendo en la tierra y otros animales también. Pero después de un tiempo, muchos acabaron volviendo al océano. Es algo científico. Pero también es una imagen muy poética, ¿verdad? Demuestra la extraordinaria atracción del mar”, comenta por teléfono Patrik Svensson, escritor sueco y autor de Un inmenso azul (Libros del Asteroide, 2024).


El mar y la vida en la Tierra tienen una historia de 4.000 millones de años, mientras el ser humano racional nació hace aproximadamente 200.000 años. Para hacernos una idea, “si el globo terrestre tuviera un solo día de vida, el Homo sapiens habría existido 4 segundos”, detalla Svensson. Por eso la influencia del agua en nosotros es totémica. Porque venimos de ella y vivimos rodeados de ese elemento. Queda claro en la famosísima foto de la NASA publicada en la Navidad de 1972. La primera imagen del planeta visto desde el exterior —la fotografía más reproducida del mundo— es una pequeña canica azul, cálida, iridiscente y viva, flotando en un manto de oscuridad y frío espacial. “El nuestro es un planeta llamado de forma inapropiada Tierra, porque es claramente un océano”, observó el escritor Arthur C. Clarke.


Lo cierto es que vivimos en un gran contenedor de H₂O, repleto de vegetales y animales mutantes que son a la vez —en multitud de formas y tamaños— contenedores de agua. Como nosotros mismos. En un porcentaje muy alto, estamos hechos de ese material que tanta calma nos da. Al nacer, el 80% de nuestro cuerpo contiene agua, hasta disminuir al 60% en la edad adulta; nuestra agua corporal está distribuida en un 60% en las células, un 20% alrededor de ellas, un 10% en la sangre y otro 10% en los órganos. Y están hechos de agua el 95% de nuestros ojos, entre el 80% y el 90% de nuestra sangre, entre el 70% y un 85% de nuestro corazón, pulmones, riñones e hígado, el 75% de nuestra piel y el 22% de nuestros huesos. Tal vez por eso, al nadar y sumergirnos en la costa, cerca de una playa, nos sentimos completos.


“Investigando sobre el mar me he dado cuenta de lo vulnerable que es el océano. Yo también pensaba que el mar era un recurso infinito, tan poderoso y grande que nada lo puede afectar. Pero eso no es cierto. Hay que cuidarlo”, reflexiona Svensson desde las costas de Mälmo, en Suecia.


Se calcula que anualmente se matan entre dos y tres billones de peces, de los que solo una pequeña proporción llega a la mesa, porque la inmensa mayoría se pesca para transformarlos en pienso para alimentar otros animales. Hay que prestar atención a lo que queremos y preservar de la explotación salvaje lo que nos aporta tantos beneficios físicos y mentales.

Hay que proteger costas, playas y océanos, y no solo por el ecosistema en sí, sino por todo lo que nos ofrece y aporta en el terreno personal y social. Estos días de descanso, sumergidos en el agua, entre baño y baño, contemplando playas, ríos y lagos, quizás entendamos un poco mejor al poeta inglés Philip Larkin cuando dijo que si tuviera que crear una religión, sería una que idolatraría el agua.