12 diciembre 2007

Hombres contra el machismo

Los estereotipos perduran, pero muchos varones lideran en silencio la lucha contra su propio lastre - Ellos también quieren igualdad 
Un reportaje de CARMEN MORÁN
El País, 12/12/07
Los estereotipos machistas perduran en España, pero numerosos hombres están ahora luchando contra un modelo que también supone un lastre para ellos. La revolución por la igualdad de la mujer ha cambiado la realidad social a su alrededor, pero no la ideológica, o no del todo. Muchos luchan por ser hombres, no machos. Están desorientados. Rechazan el modelo de sus padres, pero no tienen otro. Muchos ya están hartos del papel que les ha tocado desempeñar
"Ha sido varón. Viene con un pan debajo del brazo". Así se recibía a los niños antiguamente. Ellos traerían el bienestar a la familia, porque para ellos serían el trabajo y el salario, la responsabilidad y el éxito. Eran privilegios y así se han conservado. La sociedad entera se encargaba de que no se defraudaran esas expectativas.
Ha pasado el tiempo y se ha avanzado en igualdad entre hombres y mujeres, pero un sencillo ejercicio entre adolescentes revela que todavía hoy perduran estereotipos de género que se perpetúan generación a generación, colándose sutilmente desde que se agita el sonajero.
Pero los especialistas hablan también de avances hacia la igualdad por parte de los hombres. La cuestión es: el estereotipo del macho, tal cual se entendía, ¿está en declive? Algunos de los expertos opinan que sí. Que muchos ya están hartos del papel que les ha tocado jugar por nacer varones y otros salen de ese traje cuando ven que a las mujeres cada vez les gusta menos. Pero también saben que hay mucho por hacer, desde que nacen hasta la adolescencia, porque los roles, tanto masculinos como femeninos, se adquieren muy pronto, dicen.
"Ya antes de nacer, el comportamiento de los que esperan al bebé es diferente, por mentira que parezca", dice el sociólogo, experto en sexología y en estudios de género y masculinidades, Erick Pescador. Y revela algo asombroso: "Llevo algunos años participando en clases de preparación al parto con madres y padres y, cuando lo que viene es un niño, las madres se dan golpecitos suaves en la tripa; sin embargo, si es una niña, se hacen caricias circulares", dice.
Cuando ya estén jugando en el parque, al niño que se cae le levantarán corriendo y le darán un par de palmaditas: "¡Hale, campeón, que no ha sido nada!". La niña recibirá, sin embargo, consuelos más melosos.
En algunos institutos ya se imparten talleres de igualdad entre los adolescentes. Se trata, también, de prevenir la violencia de género, que puede desencadenarse desde la más temprana juventud.
"Si a los estudiantes se les pregunta cómo se ven de mayores, los chicos se dibujan siempre como jefes, con un gran sueldazo, y ellas, sin embargo, se imaginan muy por debajo de lo que indican sus perfiles", cuenta Erick Pescador, casi una década dedicado a impartir programas de igualdad en las escuelas. Pero, a pesar de que una sociedad patriarcal y muchas veces machista se ha encargado de que los varones ocupen los puestos que soñaban, la realidad a veces es terca y cambiante, y algunos tienen ahora que conformarse con que no acabaron los estudios con tanto éxito como su compañera y no pueden ver su Mercedes aparcado en la puerta. "Eso les genera frustración, una sensación a la que no estaban acostumbrados y que, en ocasiones, puede degenerar en violencia", explica Pescador. Por la consulta de este sociólogo especializado en sexología pasan algunos varones que se quejan de depresión. "¿Quién gana más, usted o su mujer?", les pregunta. Y podría adivinar la respuesta casi siempre.
Y a algunos ya les ahoga el traje de superhéroe que les calzaron por nacer varones. Son los que están alzando su voz contra la violencia machista, los que no quieren que el silencio les haga cómplices de los apuñalamientos, ni siquiera de las muchas situaciones de desigualdad que se dan en casa y en el trabajo. "Algunos hemos percibido que en nuestro triunfo de siglos está nuestra pérdida. Hemos ascendido en el trabajo, pero nos perdemos la crianza de los hijos, por ejemplo. Alguno me decía que ganaba mucho dinero, pero apenas se enteró de que su padre se iba día a día hasta que murió".
Ritxar Bacete pone estos pequeños ejemplos que saca de su contacto con los grupos de hombres con los que trabaja la igualdad en talleres por varios pueblos de Álava. Son adultos que están aprendiendo a soltar el lastre impuesto.
"Las mujeres han andado ya ese camino. Ellas han ido conquistando derechos que se les negaban, aunque todavía estén pagando muy caro algunas de esas conquistas; para ellos es lo contrario, su camino no es obtener, sino más bien renunciar a algunas de esas imposiciones de género" que ya les reciben cuando nacen, dice Bacete.
"Los chicos no lloran, tienen que pelear", decía la canción de Miguel Bosé. ¿Qué tienen que hacer? ¿Cuál es el modelo? Cuando se trata de adolescentes, la mirada de los maestros percibe con claridad que ellos están perdidos. Rechazan el modelo de sus padres, que ya no se ajusta con los mensajes igualitarios que han aprendido, pero no saben qué referente seguir.
Los hombres saben desde hace tiempo que pueden y deben llorar. La frase encierra la esencia del cambio. "Una masculinidad libre tiene que ver con la democracia, con la libertad individual, con sentirse seguros sin tener que interpretar el papel de hombre exitoso e infalible; está relacionada con un hombre que se acerca a los afectos y a los cuidados. Pero ese camino a la igualdad quedó pendiente al final del franquismo, cuando se luchaba por la solidaridad", sigue Bacete.
Erick Pescador concluye esta última parte de nuestra historia: "En los años ochenta, el movimiento feminista y de igualdad fue más fuerte, a la generación que crecía entonces le quedó el discurso, pero los cambios dejan de producirse cuando se piensa que se han alcanzado". Eso, según Pescador, es lo que ha sucedido. Las primeras frases que oye cuando inicia sus talleres de igualdad son: "Otra vez con ese tema. Pero ¿qué quieren las mujeres? Y, desgraciadamente, vuelven a ver el feminismo como lo opuesto al machismo". Pescador pronuncia entonces en una sola frase la primera gran lección: "El feminismo es la lucha por la igualdad".
Uno de sus talleres se convierte en un pequeño teatro en el que se abre el telón y aparece un marido colérico que llega a casa después de que su jefe le haya despedido. Cuando se sienta a la mesa, hace saltar los platos de un puñetazo: "¡Esta sopa está fría!". Y la aparta de un manotazo.
Ahí se para la escena. "¿Dónde hay que cortar esta violencia? ¿En qué momento se debe frenar? ¿Qué se puede hacer?", pregunta a sus alumnos.
-Poner la sopa caliente -dice uno de ellos.
-Pues que tire la sopa pero pida perdón -se le ocurre a otro.
-Que no le despidan -suelta un tercero.
"No, no y no", les responde Pescador. "Los problemas del trabajo hay que dejarlos detrás de la puerta, porque nadie en casa tiene la culpa", les explica.
Pescador cree que el feminismo entre los más jóvenes, por un lado, "está en retroceso", pero cree, por otro, que hoy se parte con la ventaja de que tienen aprendido el discurso, aunque todavía no asumido. También es optimista Ritxar Bacete, del grupo de Hombres por la Igualdad de Álava. "Aunque en ellos sigue vigente el modelo madelman, también son chicos que en casa ya ven a padres jóvenes que les han cuidado de pequeños, no creo que estemos peor".
Efectivamente, han aprendido a llorar, pero ¿han dejado de pelear? La violencia persiste en las parejas, y no sólo la que sale en la televisión cuando hay que enterrar a alguna mujer. La hay, por así decirlo, de baja intensidad, con la que se convive a diario, año tras año. Nace y se va desarrollando entre estereotipos tempranos que marcan líneas rígidas y erróneas para definir al varón y a la mujer.
Cariño, ¿dónde has escondido mis zapatillas? Si me quisieras, no saldrías tanto, cariño. "A los hombres nos enseñan de pequeños a usar la violencia y el amor de forma conjunta", explica Pescador. "Nos enseñan a querer poniendo cuidado en que los afectos no nos hagan parecer un maricón", añade.
La homofobia, el miedo a lo que hasta ahora ha tenido difícil encaje social, late en la educación que reciben los críos, y eso desprovee sus gestos de la amabilidad y el cariño supuestamente femeninos. "Los niños, desde pequeños, nos pegamos, pero de buen rollo; los puñetazos leves son a veces el saludo entre dos colegas. Un día reproché a un chaval en el instituto que iba dando empujoncitos e incordiando a una chica. Le pregunté por qué lo hacía y me dijo: 'Es que me gusta, profe".
A la larga, en según qué condiciones y qué personas, eso puede traducirse en la violencia de baja intensidad, querer pero sin parecer afeminado: cariño y palo, palo y cariño. También empieza en la más tierna infancia, porque, aunque no se enseñe formalmente, los niños lo aprenden imitando los roles de su madre y su padre, viendo la televisión, observando la sociedad. Todo va calando como una lluvia fina.
Y no hay que olvidar que los cuentos y los cómics perpetúan el modelo de hombre libre con el horizonte despejado, mientras que cuando la protagonista es femenina, el final siempre es casada con el príncipe azul y pensando en criar niños. "Sólo hay que ver la viñeta final de Lucky Luke o el de la Bella Durmiente", dice Pescador.
A juicio de este sociólogo, los cambios operados en igualdad han ido a remolque de las demandas de las mujeres, ellos se adaptaban a lo que ellas iban reclamando. Pero cree que el cambio total no parte sólo de la demanda. "Hay que incorporarlo, hacerles sentir la injusticia mediante un procedimiento empático, que se pongan en el papel del otro".
Para empezar, en el papel higiénico, valga el ejemplo. No basta con reponer el rollo que se ha acabado cuando alguien lo ordena, hay que pensar que se ha acabado y ponerlo. Es lo que los expertos llaman la tercera jornada. "La mujer tiene una jornada en la casa, otra en el trabajo fuera y la tercera es la ocupación mental: saber si hay que ir al médico, qué hay que comprar en el supermercado, hablar con el colegio. Hay padres que llevan a sus hijos al médico y, cuando les preguntan qué le pasa al crío, dicen que no lo saben", explica Pescador.
A pesar de todo, Hilario Sáez, que pertenece a uno de estos grupos de hombres por la igualdad en Sevilla, es optimista. Cree que "hay que desarrollar la mirada para ver que hay cosas que están cambiando para bien. Desde luego, el macho a la antigua ha desaparecido, ya no encuentra a nadie, o a muy pocos, presumiendo de ser machista. Quizá no han entendido todavía el discurso de la discriminación positiva hacia la mujer, pero tampoco se atreven ya a hacer el chistecito. Lo que sí están los hombres es desorientados: dicen que no son feministas, pero a veces ejercen como tal. Eso indica que hay más cambio social que ideológico. Los asesinatos de mujeres han abierto mucho los ojos", dice. Pero hace falta, añade, generar un "discurso sólido". "La red feminista está ahogada, no tiene dinero. La educación afectivo-sexual en los colegios vivió tiempos mejores. A ver ahora con Educación para la Ciudadanía".
La necesidad de igualdad encuentra en estos grupos de hombres, aún dispersos y escasos, la refutación de que este asunto es una cuestión de justicia social que no debe sostenerse sólo con las demandas femeninas.
Ellos han aprendido que sin igualdad pierden todos. "Las mujeres mueren, ésa es la cara más amarga; pero los hombres deben preguntarse también cuánto están perdiendo con sus supuestos triunfos, cuánto está afectando el modelo de masculinidad tradicional a la falta de bienestar, a la calidad de vida", dice Ritxar Bacete.
"Hay violencia de género y violencia y género, porque los hombres también desarrollan violencia contra sí mismos".
Antes, la gente moría más joven; ahora, la esperanza de vida es mayor, pero lo que se mantiene inmutable es que las mujeres son más longevas. ¿Por qué? Algunos demógrafos lo tienen claro. Ellos se tratan peor: más muertos por accidentes de tráfico, más muertos por drogadicción, por problemas cardiovasculares a causa del estrés laboral. Y para qué hablar de las guerras, de los homicidios, de las peleas... Las cárceles están llenas de hombres. ¿De dónde sale toda esa imprudencia, esa temeridad? ¿Por qué presumen ante la novia de velocidad al volante, de aguante con el alcohol? Ritxar Bacete contesta: "Los roles de género están siendo también fatales para los hombres. El debate del siglo XXI debe cambiar el foco".
Mi papá me mima
Manda la ley que se combata la violencia de género desde la educación, que se enseñe a los niños en la igualdad. Y algunos han puesto manos a la obra. El Ayuntamiento de Jerez de la Frontera (Cádiz) auspicia un ambicioso proyecto educativo para trabajar en escuelas e institutos desde donde se educa en la nueva masculinidad. Los talleres, para diferentes edades, transmiten la necesidad de expresar los sentimientos, de pedir ayuda cuando algo va mal, sentimientos, inquietudes, sueños, dudas. “Los chicos no suelen pedir ayuda, actúan más bien como llaneros solitarios”, dice Daniel Leal, coordinador del Programa de Hombres bajo la Concejalía de Igualdad, que dirige Margarita Ledo.Allí, los más pequeños juegan a superhéroes, pero con estos nombres: supercariñosoman, supersensibleman. Resuelven sus problemas con cariño, con poderes de hombre sensible. Y dibujan al padre haciendo tareas domésticas. Escriben: mi papá me mima, mi papá me cuida.Los juegos aumentan su complejidad cuando los chicos son más mayores. Se les leen sentencias y ellos tienen que posicionarse. “Un hombre es más atractivo si es fuerte y peleón”. Las chicas salieron corriendo hacia el no y los chicos corrieron hacia el sí. En estos talleres todavía se oyen cosas como esta: “Yo no soy machista, pero mi novia no va de excursión si no tiene mi permiso”, dice Leal.“Son programas para varones sensibles y machistas recuperables”.También Erick Pescador imparte talleres en los institutos (ahora en Valencia). Le pregunta a sus alumnos si amar es entregarse por completo al otro, darlo todo por el otro: ellas contestan que sí. Y ellos dicen: “hombre, profe, todo, todo...”.Quizá por eso el taller para las alumnas en Jerez se llama No seáis tan buenas.

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