01 enero 2006

Las dos Cataluñas


Por TERENCI MOIX


Una de las características que ni siquiera los más acérrimos detractores de los catalanes han podido negarnos [es] una capacidad para recoger influencias externas y en muchos casos asimilarlas para bien de todos. La historia de estas asimilaciones es tan larga como estimulante: desde la poesía trovadoresca al románico lombardo que da lugar a las prodigiosas iglesias del valle de Bohí; desde los autores franceses de la Ilustración que fomentan el espíritu afrancesado de muchos catalanes hasta la tradición wagneriana o el diseño milanés, el espíritu de este pequeño país se nutre de savia ajena para proclamar en última instancia un saludable mestizaje. 



Es esta una actitud típica de país situado en la encrucijada; un país "de paso" como sugería Vicens i Vives al definir el lanzamiento histórico de Cataluña bajo las características y peculiaridades de la Marca Hispánica: "Contrariamente a lo que muchos suponen, la Marca no es una fortaleza montañosa. Es un pasadizo defendido por montañas en su entrada y salida, lo cual es muy distinto. A nuestro entender, y huyendo de todo tipo de determinismos geográficos, esta situación ha hecho surgir una serie de caracteres específicos en la mentalidad catalana... Un pasadizo geohistórico es un lugar de paso entre dos mundos geográficos y culturales diversos... El ir y venir de gente extraña en nuestro territorio nos ha hecho a veces incongruentes y paradójicos. Somos el fruto de distintas levaduras y por tanto una buena parte del país pertenece a una biología y a una cultura de mestizaje...". 

Los que vivimos con un pie en Madrid y otro en Barcelona estamos seguramente capacitados para observar a cada una de estas ciudades con una distancia que favorezca la objetividad; y aunque la distancia nunca fue mi estilo sí debo adoptarlo cuando en Madrid hablo de Barcelona y en Barcelona hablo de Madrid. Después de tantos años intentando explicar a los catalanes cómo son los madrileños en absoluto terribles y a los madrileños cómo son los catalanes ni tacaños, ni desabridos ni, desde luego, polacos uno empieza a pensar que el pleito no tiene solución. 

Llevamos tantos años intentando contar Cataluña a los no catalanes que me maravilla cuántas cosas siguen ignorando. No fue así en un corto momento de los años sesenta, en aquella época que se dio en llamar "los puentes del diálogo", cuando la relación de los intelectuales Barcelona-Madrid era mucho más fecunda que ahora. Hay que reconocer que, después, ese interés, se enfrió y hoy en día la realidad catalana y desde luego su acervo cultural vuelve a ser una sucesión de tópicos para el lector que tiene prisa. 

Observo a menudo que esos tópicos continúan intranquilizando a los castellanos, pese a que hoy estamos en condiciones de demostrar que no todas las mujeres catalanas son tan pesadas como Pilar Rahola ni en las iglesias se venera la imagen de Jordi Pujol al lado de la Moreneta. El reciente y genial bombazo teatral dado por Boadella a cuenta del president demuestra incluso que los catalanes sabemos reírnos de nosotros mismos. No todos, naturalmente, pero me pregunto cuánto sentido del humor habrá en Valladolid o Salamanca. ¿Cuántos hay capaces de reconocer de una vez que Santa Teresa de Jesús es un coñazo, que el Quijote está para que le internen en un frenopático y que los ponderados autos sacramentales de Calderón son una propaganda de la Inquisición? 

Mi sueño de una Cataluña permanentemente mestiza -catalana y, ¿por qué no andaluza y mora?- será sin duda poco vendible para los actuales jerifaltes de la Generalitat, empecinados en la propaganda de una Cataluña única representada por el president y sus compinches. Este buen hombre nos ha mostrado en una interminable serie de spots televisivos los logros del primer quinquenio de administración autonómica; logros que nadie puede negar, pero que levantan sospechas y hasta lonchas cuando son presentados como elección única, éxito personal, imperial casi. A Pujol le dio el avenate de ser a la vez Augusto y Julio César. Tanto cesarismo es el símbolo de una Cataluña limpia, aseada, homologada, higienizada, pasteurizada, donde todos parecemos responder a un patrón único y sin duda patentado. Según este patrón, el basurero y la marquesa son exactamente iguales; es decir, sofisticados. Y uno sigue teniendo la impresión de que, para salir en la foto, se exige la limpieza de sangre. Es pues una Cataluña uniforme, que tiene por capital una ciudad a la que, hace años, di en llamar Pujolandia... acaso porque el sucesor de Augusto todavía no se la había repartido con Maragall, autor de una Barcelona de diseño que muchos no hemos tenido tiempo de digerir. 

La pugna entre estos prohombres cuyos despachos respectivos ocupan ambos lados de la Plaza de San Jaime ha sido a la larga muy provechosa ... De sus tensiones -incomprensible, para entendimientos cortos como el mío- ha salido esa Barcelona post-olímpica que la prensa extranjera califica a menudo como una de las ciudades más excitantes de Europa. Cuando menos una Barcelona que, habiendo sido en los primeros tiempos del pujolismo refugio de eremitas, recupera hoy sus características cosmopolitas, las mejores que siempre tuvo, y se convierte en refugio de artistas jóvenes de todo el mundo. (Hay, en efecto, un movimiento que ve en Barcelona un equivalente de lo que fue Grecia para los hippies de los sesenta o París para los miembros de la "generación perdida".) 

Esta recuperación de Barcelona ha sido tan fantástica como rauda. Recuerdo, hacia 1986 d. de C., una consigna de la que inicialmente nos burlamos algunos: "Barcelona, posa't guapa" ("Barcelona, ponte guapa"). La idea de una nueva Barcelona no se limitó a un lavado de fachadas, ni siquiera al desarrollo de unas reformas urbanísticas por otro lado fabulosas: esa idea tiene su arranque fundamental en el nacimiento de una noción de agrado por el propio espacio urbano y, poco a poco, el convencimiento de su unicidad. 

Esta impresión resulta más importante al hablar de los jóvenes, que han recuperado la idea de barcelonismo en un sentido que excede al tema de su educación en una escuela catalana o no. Se plantea, por el contrario, en un marco sorprendentemente hedonista, y se basa en la sensación de que están ocurriendo muchas cosas ideales en los lugares adecuados. Esa nueva generación de barceloneses, llámesela equis o llámesela hache, ha creado una serie de espacios de vitalidad impensable hace pocos años, y lo más estimulante es que responden a la idea de modernidad inseparable del eterno conflicto entre una Cataluña abierta y una Cataluña conservadora. (...)

No es casual que en gran parte del folklore y el arte catalán asistamos a la pugna entre una cultura montañesa -robusta, áspera, masculina- y la escapatoria marina, sensual, encaminada hacia la búsqueda de paraísos delicuescentes, pero sobre todo la Cataluña más emprendedora, la de gran expansión mediterránea; la más propensa al mestizaje, también. 

(...) es bien conocida la idea de que todo catalán tiene como aspiración máxima poseer la caseta i l'hortet (la casa y el huerto). La adaptación moderna del refrán es el urbanita que se compra una finca rústica preferentemente en el Ampurdán y la arregla con su gusto exquisito, aunque esto sólo sería una visión parcial del fenómeno para uso de revistas sofisticadas y suplementos de decoración en los dominicales que se precian de estar up to date. En realidad las aspiraciones del catalán son más modestas: se limitan a la casa como estructura social. El origen de todo, con o sin decorar. 

Es difícil explicar a los no catalanes la dualidad esencial de nuestro carácter: el seny (cordura, ponderación, juicio) y la rauxa (arrebato, exaltación, locura), así como el choque dramático que se produce cuando esta dualidad se convierte en escisión. 

El seny ha sido el más promocionado de los rasgos catalanes y sin su popularidad no se explicaría el éxito de los mensajes de Pujol así como su absoluta identificación con la parte bienpensante de la sociedad catalana; o, en otro aspecto, la fulminante aceptación de la obra de Josep Pla quien, además de uno de los mayores prosistas en cualquier lengua, es uno de los conservadores más desaconsejables de cualquier cultura. 

Josep Pla, al hablar del paisaje mallorquín aconsejaba a los artistas que rehuyesen la tentación de plasmarlo, so riesgo de verse anulados. El temor a una naturaleza no ordenada implica naturalmente una resistencia atroz a la actitud romántica, a la par que una desconfianza contra sus excesos. 

Es la misma desconfianza que asalta al más conocido de los comerciantes catalanes, el senyor Esteve, protagonista de la obra de Rusiñol. Este descendiente de una estirpe de comerciantes ve derrumbarse todo su mundo cuando su hijo Ramonet decide romper con la tradición familiar y, en vez de ponerse al frente del negocio La Puntual, decide dedicarse al arte. Es la amenaza de lo imprevisto contra la idea burguesa de continuidad y tranquilidad, tema que Stendhal había tocado y que, anteriormente, aparece en multitud de refranes populares. Un mito que el refranero recoge de manera diáfana: "A cada bugada es perd un llencol" ("En cada colada se pierde una sábana") y "Si vols estar ben servit, fes-te tu mateix el llit" ("Si quieres estar bien servido, hazte la cama tú mismo"). No es difícil encontrar en ambas frases características reafirmantes del conservadurismo catalán. 

En este sentido reaparece el mito del señor Esteve y su emblemático negocio. No olvidemos que La Puntual se halla enclavada en el barrio de Ribera, ese barrio que se desarrolla a la sombra de Santa María del Mar, en el interior de la segunda muralla que fue derribada precisamente para construir la Ciudadela, símbolo de la represión borbónica. Su recuperación para la vida juvenil y bohemia en la década pasada, así como las continuas restauraciones en la presente -las más avanzadas galerías de arte contemporáneo alternando con los palacios góticos, o en el interior de los mismos como la Maeght- , esa interferencia del ultimísimo diseño, puede engañar sobre el antiguo significado del barrio, feudo de la Barcelona de los pequeños comerciantes y nacimiento de la burguesía. 

Esta es, en cualquier caso, la esencia que mejor define el carácter de la Barcelona finisecular, una ciudad que arranca de una larga tradición de mercaderes y comerciantes, de menestrales y marineros y, por tanto, abierta a todas las aportaciones. 

Es lógico que en este cafarnaum de influencias -ese ir y venir constante- el seny no tenga siempre las de ganar. Mientras el señor Esteve lo impone con su actitud sedentaria, su hijo bohemio se lo juega a diario en su contacto con esa multitud mestiza, propia de las ciudades "de paso". De un lado el espíritu de un Cambó: del otro, un Salvador Dalí haciendo de las suyas. 

Este otro extremo del carácter catalán, la rauxa, es imprevisible: en las fuerzas naturales es la tramontana; en las artes plásticas es el maravilloso disparate del Modernismo. La amenaza de la rauxa contra el orden burgués explica que un urbanismo tan prodigiosamente racionalista como es el del Ensanche pueda adornar de pronto sus fachadas con las floras fantasmagóricas de Gaudí o Puig i Cadafalch. (...)

La luminosidad mediterránea se encuentra con las brumas nórdicas, la placidez con la tormenta; el medievalismo romántico con el neoclasicismo más riguroso... El seny y la rauxa presiden el paisaje catalán y, de su pugna constante, nace un carácter peculiar, nunca bien comprendido por el resto de los españoles; una cultura riquísima, nunca bien conocida; y, en última instancia, un universo de apasionante diversidad. Por todo ello Cataluña es, a la postre, un estado de ánimo por el que a nosotros, los mestizos vocacionales, nos apasiona dejarnos arrastrar. 

Versión reducida del texto publicado por La Revista de El Mundo el 12 de noviembre de 1995.

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