14 mayo 2018

Apocalipsis, I_microrrelato

Por MARCO DENEVI 

La extinción de la raza de los hombres se sitúa aproximadamente a fines del siglo XXXII. La cosa ocurrió así: las máquinas habían alcanzado tal perfección que los hombres ya no necesitaban comer, ni dormir, ni leer, ni hablar, ni escribir, ni hacer el amor, ni siquiera pensar. Les bastaba apretar botones y las máquinas lo hacían todo por ellos. Gradualmente fueron desapareciendo las biblias, los Leonardo da Vinci, las mesas y los sillones, las rosas, los discos con las nueve sinfonías de Beethoven, las tiendas de antigüedades, el vino de Burdeos, las oropéndolas, los tapices flamencos, todo Verdi, las azaleas, el palacio de Versalles. Sólo había máquinas. Después los hombres empezaron a notar que ellos mismos iban desapareciendo gradualmente, y que en cambio las máquinas se multiplicaban. Bastó poco tiempo para que el número de los hombres quedase reducido a la mitad y el de las máquinas aumentase al doble. Las máquinas terminaron por ocupar todo el espacio disponible. Nadie podía moverse sin tropezar con una de ellas. Finalmente los hombres desaparecieron. Como el último se olvidó de desconectar las máquinas, desde entonces seguimos funcionando.

Marco Denevi (1922-1998) fue un escritor argentino de novelas y relatos breves, además de abogado y periodista. Su obra narrativa se caracteriza por su originalidad y profundidad, además de por ser una crítica de la incompetencia humana.

04 mayo 2018

The most beautiful part of a man’s body

   
The most beautiful part of a man’s body
    I think it must be there,
    where the torso sits on, and into the hips,
    those twin delineating curves,
    feminine in grace, girdling the trunk,
    guiding the eyes downwards
    to their intersection,
    the point of pleasure. 
(Duane Michels, 1986)

29 abril 2018

Santiago del Campo según Manuel Ferrand

Por MANUEL FERRAND
ABC, 25 de enero de 1985

Artistas hay, y de justo renombre, que se aferran a un esquema plástico, instalados definitivamente en una fórmula encontrada y elogiada como impronta de su identidad, para los que no queda otro recurso dentro de la reiteración que el perfeccionismo. Santiago del Campo pertenece a la raza de los pintores abiertos a plurales incitaciones, sólo que asumidas con reposada cautela; cerebral y sensitivo (conjunción afortunada para un artista), su obra viene marcada por unos ciclos concretos y distintos. Es posible que en cada uno de ellos, en los que fue dejando piezas importantes, algunas magistrales, encontraría suficiente motivo de complacencia, pero no hasta el punto de afincarse en ninguno de por vida. Se lo impide un afán exploratorio no sé si de Pintura, de sí mismo o de ambas cosas.

Pienso que su aventura consiste en ir al encuentro de sus propias posibilidades, explorar y expresar reflexivamente y amorosamente su manera de entender la vida. Con la dedicación sin prisas de ir transfigurando su entorno y su propio yo de acuerdo con unas constantes: ordenación rigurosa, pulcritud y dominio del procedimiento y, como hálito embalsamador y vivificador, un contenido poético que se manifiesta a pesar de estar pudorosamente domeñado.

Santiago del Campo es un pintor intelectual... Pertenece a la raza de artistas que no sólo tuvieron una visión del mundo, sino una noción y que se adentraban con todo derecho y capacidad en otras parcelas que la de su habitual oficio. De esa actividad intelectual viene su curiosidad por cuanto concierne al mundo del espíritu y al mundo de la materia, su mesura, su capacidad de comunicar plásticamente sus convicciones y escepticismo, y, sobre todo, la diversidad de su trabajo. Se acerca a lo egregio y a lo humilde, lleva a cabo pinturas religiosas y lienzos de cerámica, carteles, retratos, perfiles de rejas, diseños de muebles o de lámparas en volumétricas y sugestivas abstracciones, paisajes o peculiares naturalezas muertas, en una obra total de la que no cabe hablar de dispersión, sino de entrega a las posibilidades de comunicación que se le ofrece a un artista.

Desde hace algún tiempo, el ciclo en que se afana está centrado preferentemente en un motivo que se va convirtiendo casi en su santo y seña: la tela y el bordado como soporte de un recipiente de metal o de cerámica que le sirve de entonado complemento. La habilidad composititiva, el logro de una atmósfera poco menos que mágica y la precisión de unas calidades, sustentan el atractivo de unos cuadros que no aparentan otras complicaciones. Es una etapa más que refleja la serena poética del autor y su dominio, y que ha sido posible gracias a la ardua y cambiante sucesión de experiencias. Significa, de momento, su plenitud, pero, dicho sea con las debidas licencias, a mí me gustaría que el pintor no pensara que lo pasado pasó. El retratista que es Santiago del Campo, de cuya alta calidad hay muestras sobradas en esta exposición [Antológica 1955-1984, Fundación El Monte]; el imaginativo recreador de ambientes urbanos ceñidos a la gracia de una musical geometría tienen mucho que hacer y que enseñar ahora y de aquí en adelante.

22 abril 2018

SEMIÓTICA DE UNA IMAGEN: Jóvenes uniformes


Jóvenes sevillanos uniformados con su traje multiocasión, camino de la Feria de Abril. Apenas adolescentes o veinteañeros, ya parecen rancios banqueros o políticos conservadores. Imagen anacrónica y cansina de una sociedad muy clásica, obsesionada con la uniformidad y el pensamiento único (y antiguo). • cmg2018

09 marzo 2018

La consulta del doctor Manuel Martín Parra

Mi padre tenía su consulta en el antiguo número 40 (hoy 56) de la calle Montecarmelo, en el barrio de Los Remedios de Sevilla. Médico de la infancia, como poéticamente figuraba en sus documentos, durante décadas procuró remedios certeros a niños y niñas aquejados de enfermedades. Tenía un gran ojo clínico para diagnosticar las dolencias más ocultas. A su consulta privada acudían tanto familias acomodadas de barrios burgueses como humildes de barriadas periféricas. A todos los recibía elegantemente uniformado de blanco y negro, como da fe la última foto con la que ilustro este homenaje. Mi padre, al que se le conocía como el pediatra de Los Remedios, tenía auténtica vocación por su profesión, y era enormemente reconocido y querido por sus pacientes y sus familias.


A la entrada del bloque donde se hallaba la consulta estaba colocado este hermoso mosaico con su nombre, que mi hermana Marta aún conserva, y que recuerda a la bandera de Andalucía. Fue un regalo del pintor Miguel Pérez Aguilera, catedrático de de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, que él mismo hizo y cuyos hijos eran pacientes suyos.


Mantuvo su consulta de pediatra abierta desde 1964 hasta 1988, cuando pasó a trabajar como médico del Sistema Nacional de Salud. En su última época, el doctor Alberto González de la Peña, quien se decantó por la pediatría tras conocer a mi padre, fue colaborador suyo en su consulta, que estaba atendida por dos magníficas enfermeras, Melli y Charito Chaparro, a quienes recuerdo como muy profesionales y eficientes (además de muy cariñosas conmigo). 

Mi padre tuvo el acierto de encargar la decoración integral de su consulta al pintor y diseñador Santiago del Campo, muy amigo de nuestra familia, quien pintó un enorme mural en la pared del fondo de la sala de espera, instaló dos filas verticales de bellísimos azulejos de tema geométrico que pintó in situ, eligió el mobiliario de las distintas estancias, hizo forrar con chapa de madera las paredes del despacho de mi padre y 
diseñó su escritorio.


Solía repetir el gran pintor sevillano que el retrato que le hizo a mi padre en los años 60 era uno de los mejores que había realizado nunca. Este retrato estaba colgado en la entrada de la consulta, junto a dos bodegones obra también de Santiago del Campo, el Bodegón de los limones y el Bodegón del violín negro 

El doctor Martín Parra también era muy suyo. La siguiente anécdota es buen ejemplo de su proverbial retranca: a una mujer que se quejaba de que su bebé no le mamaba la teta le espetó: "¡Señora, eso será porque tiene usted muy mala leche!" Como celebre era su expeditiva costumbre de tirar por la ventana los chupes con los que venían los niños y niñas a su consulta, ante la atónita mirada de la madre o el padre de turno.

Mi padre, hombre de espíritu campechano y con un innato don de gentes, tuvo un papel muy activo en la Sociedad de Pediatría Extrahospitalaria de Andalucía Occidental y Badajoz, fundada por una generación de brillantes médicos y compañeros suyos (como los doctores José del Pozo Machuca, Antonio Díaz Romero, Manuel Vidal Jiménez, o el catedrático de pediatría Alberto Valls) y que llegó a presidir durante ocho años. A menudo organizaban viajes para asistir a congresos internacionales de pediatría, como el celebrado en la ciudad mexicana de Mérida en diciembre de 1968. 



Tras su muerte en trágicas circunstancias, el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, reconoció la trayectoria profesional de mi padre, cuyo trabajo, dijo, contribuyó a prestigiar la pediatría en Andalucía, palabras que a mi familia y a mí nos llenaron de orgullo. Yo no seguí sus pasos en la medicina, lo que siempre encajó con deportividad, pero sí tuve la suerte, como él, de dar con mi verdadera vocación.  • cmg2018

Junto a mi padre, abril 1965

El doctor Martín Parra junto a sus dos enfermeras, 1965

Mi padre leyendo en su casa, enero 1971


26 febrero 2018

Dibujante de los cualquiera

Por IÑIGO ERREJÓN

Un país es un conjunto de memorias e historias compartidas, una narración contada mil veces, adaptada a cada uno. Forges, en ese sentido, es un narrador y hacedor indispensable de la España que venimos siendo y, yo añadiría, de sus mejores potencias.

Sería injusto y metálico escribir un análisis generalista sobre alguien que está en tantas mañanas, en tantas expresiones, en tantas risas compartidas. Yo escribiré sólo sobre mi Forges. Los grandes son aquellos que conectan nuestra vida cotidiana con el rumbo de nuestro país.

Le pregunto a mi madre qué es para ella Forges. Me cuenta que mientras mi padre estaba haciendo la mili en Ceuta, en un batallón de castigo por su militancia contra la dictadura, ella le escribía una carta diaria. Y en todas metía la última viñeta de Forges para recordarle, entre toda la brutalidad, que seguían siendo parte de algo. Una comunidad de sentido que Forges ilustraba con un humor inteligente, tierno, esperanzado, que conjuraba el dolor y les reconciliaba con un país que se negaban a dar por perdido.

Ese Forges, el del sentido de pertenencia y la sonrisa cómplice entre la generación que luchó por la libertad en España, me llega a mí primero como un cariñoso referente de la familia, uno de los nuestros. Pero pronto habla también de mi generación. Con más olfato y rapidez que la mayoría de analistas o ensayistas, Forges dio cuenta de la precariedad laboral, el machismo, el cambio climático o la corrupción como burla de los privilegiados. En un país desmemoriado, en el que se va perdiendo la capacidad del intercambio y la deliberación, supo ser un puente entre generaciones, un regalo que ha pasado de madres a hijos, un referente compartido. Y no andamos sobrados de ellos.

La mayor parte del humor político tradicional retrata a los protagonistas de la actualidad mediática. Es la actualidad vista “desde arriba”. Forges ilustró toda una historia política “desde abajo”: la política vista desde los ojos de los cualquiera, que es para Jacques Rancière la tensión democrática. Por eso su gran capacidad de dibujar personajes con los que identificarse, por contribuir a un lenguaje de época, por ser un narrador de la vida cotidiana. Los personajes de Forges son finitos, llenos de límites, agobiados por problemas inmediatos, a veces impotentes frente al poder y el despotismo de los demasiado poderosos. Y aun así, graciosos, tozudamente irónicos, conscientes de lo que los cualquiera tienen en común, como anunciando que algún día las cosas estarán en su sitio. Por eso hay en sus viñetas un amor por la gente corriente y trabajadora, sin estridencias ni insultos, que apunta a un patriotismo sencillo y humilde, que nos recuerda lo que podemos ser, lo que tenemos por delante si comenzamos a creer en ello y a cuidarnos. Hay muchos Forges. Este es, al menos, el mío.
El País, 24.02.18

18 febrero 2018

12 febrero 2018

Hollywood's Skeleton in the Closet


By CARLOS MARTÍN GAEBLER
March 8th, 2006

The Academy’s refusal to award Brokeback Mountain the Oscar for Best Picture has triggered an understandable controversy worldwide. From the moment the final vote was cast, the decision has taken many in the Western world by surprise and some of us are still in a state of shock three days after the ceremony.

First of all, it goes without saying that I do not question the excellence of a film as honest as Paul Haggis’ Crash, which I loved when I had the chance to see it in English not long ago, and which I have recommended ever since. But having said that, a number of considerations seem pertinent.

Let me get straight to the point. There is sufficient evidence to maintain that this has been a biased vote from a majority of members of the American Film Academy. Many of these members have publicly said in the last few weeks that they hadn’t seen Ang Lee’s film and they had no intention to do so, an attitude which speaks for itself. It is also common knowledge that some high-profile Hollywood actors, namely Matt Damon and Ben Affleck, refused the roles of the two gay cowboys in the film for fear it might “blemish” their careers. Another prominent Hollywood male star, Colin Farrell, has unashamedly stated that he felt disgusted when he had had to “kiss” other male actors in films in which he had taken part. Also, Will Smith refused to kiss another man on the set before signing on for a film.

In light of these data, which bring into perspective the hidden homophobia among many conservative American actors, it shouldn’t come as a surprise that many found it too progressive a move to award a love story between two men, and cowboys at that, the Oscar for best American Picture of the year. Never before had Hollywood gone that far (there was no love story in The Kiss of the Spider Woman, for which William Hurt was awarded Best Actor) and this year was no different.

Hollywood’s shunning of such a powerful, taboo-breaking, necessary film as Brokeback Mountain, is particularly surprising in a year when America has produced some of its most committed, politically-daring films on record. Other equally discomforting American films in this year’s amazing crop have dealt with state terrorism (Munich), press censorship (Good Night, and Good Luck), corporate corruption (The Constant Gardener), transgender lifestyle (Transamerica) and racial and social tensions in LA and elsewhere (Crash). But many in the Academy felt that awarding two all-American cowboys making out in the mountains of Wyoming with Best Film was a bit too much for their petty liberal minds. They failed to see that Brokeback Mountain is a universal tale of timeless homophobia that had never been filmed before! Unlike Crash, which owes its conception and inner structure to other celebrated films such as Magnolia, Short Cuts or Traffic, Brokeback Mountain represents a true major achievement in the world of cinema and will remain etched on people’s memory. Heath Ledger’s chilling portrayal of tormented Ennis del Mar hidden behind his cowboy hat will be remembered for generations to come. The New York Times has compared his performance to that of young Marlon Brando. In short, Crash gave conservative America the alibi to outvote Brokeback Mountain in the privacy of the voting booth. As a Spanish newspaper put it, “Oscar stays in the closet”.

From what we have been reading in the press and on the internet these days, many feel that, along with Brokeback Mountain, gay visibility on the big screen has been punished. And the message that voters have sent the entertainment industry is this: We don’t want to be asked to play openly-gay characters in American films. That’s for European actors in European films. After all, Brokeback Mountain was awarded the Golden Lion for Best Film in Venice only last October. Well, if mainstream America feel that Hollywood films are too liberal, too out of touch with reality (to quote George Clooney), I believe it is quite the opposite, and, if I were American, I wouldn’t be proud of that. Take that skeleton out of the closet. cmg2006

28 enero 2018

Franco, Franco, Franco

Por JAVIER CERCAS
El País Semanal, 28 de enero de 2018

Yo debería haber contado aquí mucho antes esta historia. Si no lo hice fue, supongo, por pudor, por un sentido quizá equivocado de la gratitud, por vergüenza ajena, por una serie de razones que ni yo mismo sería capaz de precisar. No la cuento ahora porque crea que vaya a servir de nada, porque lo cierto es que yo no creo que, hoy por hoy, en Cataluña ya nada vaya a servir de nada, y muchísimo menos contar una nimiedad como esta; la cuento sólo para no seguir reprochándome que no la he contado.

Ocurrió en septiembre de 2012, justo después de la gran manifestación que supuso el inicio oficial del llamado proceso independentista. Por entonces publiqué una novela que transcurría en Gerona, mi ciudad, y mi editorial tuvo la idea de organizar una rueda de prensa en el Ayuntamiento, así que se puso en contacto con la alcaldía; por entonces el alcalde de Gerona era Carles Puigdemont, quien no sólo nos ofreció una sala para celebrar el acto, sino que se ofreció él mismo para presentarlo. Yo no conocía personalmente a Puigdemont, o apenas lo conocía de vista, y cuando me lo presentaron, el mismo día de la rueda de prensa, le di las gracias de todo corazón por su generosa hospitalidad. Ya en el acto, el alcalde estuvo muy cordial, lo que tal vez explica que en determinado momento, medio en serio y medio en broma, se me ocurriese proponerle una campaña institucional de la alcaldía en favor de que la gente, cuando habla castellano, vuelva a decir “Gerona”, que es como se dice Gerona en castellano, igual que, cuando hablamos en catalán, decimos “Nova York” o “Milà” o “Saragossa” y no “New York” o “Milano” o Zaragoza. Es muy probable que, en el actual clima político catalán, coseche una cerrada salva de aplausos alguien que afirme que quien dice en castellano Gerona lo hace por motivos políticos, para reivindicar la pertenencia de Gerona a España (lo que equivale a afirmar que quien dice en catalán “Nova York” lo hace para reivindicar la pertenencia a Cataluña de Nueva York); pero entonces aún no vivíamos en este clima. O eso creía yo. Porque en aquel momento Puigdemont, que hasta entonces se había comportado con normalidad, inundó la sala con una densísima polvareda de palabras a través de la cual apenas pude vislumbrar con claridad tres cosas. La primera es que se había tomado absolutamente en serio mi propuesta, y que no le había gustado absolutamente nada. La segunda es que en su brevísima contestación había usado la palabra “Franco” cuatro o cinco veces por lo bajo. La tercera es que parecía haber esgrimido el siguiente razonamiento, dicho sea con el máximo respeto por esa palabra: dado que la dictadura había perseguido el catalán y había impedido hacer un uso oficial del topónimo “Girona”, ahora, para compensar ese atropello, había que decir “Girona” también en castellano, fuese o no fuese correcto.

Eso fue todo: esa es la mínima anécdota. La verdad es que, cuando ocurrió, no me inquietó en absoluto, es posible incluso que el argumento de mi anfitrión me pareciera una simpática excentricidad; pero ahora, cuando todo ha cambiado tanto en Cataluña y Puigdemont es quien es y su forma de ver el mundo y de razonar parece haberse generalizado, ya no puedo pensar de la misma manera. En Qué está pasando en Cataluña escribe Eduardo Mendoza que en los últimos tiempos, “especialmente en Cataluña, la figura de Franco y su dictadura se sacan en procesión para justificar actuaciones o invalidar las del contrario” y que “Franco se ha convertido en un referente al que se puede atribuir todo o casi todo cuanto sucede y cuya invocación justifica ideas, sentimientos y acciones”. Es decir, Franco es una excusa perfecta para no pensar, o, si se prefiere, para pensar sin la más mínima lógica: para pensar, por ejemplo, que una injusticia histórica se puede corregir fomentando un disparate lingüístico. La pregunta es qué ocurre en una sociedad en que se vuelve común y corriente un tipo de pensamiento que prescinde del vínculo con lo racional, o en el que tal vínculo se vuelve secundario o anecdótico. Y la respuesta es, me temo, que en ese lugar no existe el menor motivo para el optimismo.

25 enero 2018

El cuarto mono

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
20minutos, 25 de enero de 2018

Circula por la red esta sugerente viñeta que plantea una reinterpretación, a la inversa, de los tres monos sabios (y analógicos) de Gandhi. En nuestra era digital, el primer mono ya no ve, porque no mira, el paisaje a través de la ventanilla del tren, ni ve con atención una película en el cine, ni observa atento la carretera cuando va al volante, distraído como está mirando alguna pantalla o tecleando algún mensaje en su regazo. Por su parte, el segundo mono no escucha a quien le saluda con un buenos días cada mañana, ni oye el ritmo susurrante de las olas junto a la orilla del mar, atento solamente al sonido electrónico que sale de sus auriculares. El tercer mono, o la tercera mona, ya no habla con nadie, ni felicita a sus amigos por teléfono el día de su cumpleaños, ni apenas sabe expresarse oralmente en su propio idioma, simplemente se limita a teclear, de la forma más concisa posible, letras y dibujos prediseñados y enviarlos telemáticamente a su destinatario. ¿Es usted el cuarto mono, la suma de los tres anteriores? cmg2018

29 noviembre 2017

Españolazo


24 noviembre 2017

Daniel Canogar, el artista tecnológico

Del 29 de noviembre 2017 al 28 de febrero 2018 la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid presenta la exposición Fluctuaciones de Daniel Canogar, una reflexión sobre los paradigmas de la sociedad de datos y las transiciones entre el mundo virtual y el mundo real.
La exposición, comisariada por Sabine Himmelsbach, se articula en torno al cambio tecnológico, presentando gráficamente la complejidad del mundo digital de hoy. Canogar (Madrid, 1964) utiliza medios tecnológicos, poniéndolos al servicio de una experiencia artística novedosa y entablando, al mismo tiempo, un diálogo estético con los entornos digitales.

En las grandes instalaciones y vídeo-animaciones generativas de la exposición, el artista aborda el impacto de las tecnologías en la sociedad, visibilizando el paso de los sistemas electromecánicos a los digitales e indagando en la posición que ocupa el individuo en una era interconectada tecnológicamente. Entre estas piezas destaca Sikka Ingentium, la culminación hasta la fecha de las reflexiones de Canogar sobre el cambio tecnológico y las bibliotecas rotas de nuestra memoria cultural.


Fluctuaciones” muestra un mundo en tránsito, de memorias pasajeras y fugaces, de cambios tecnológicos y de flujo de datos en constante crecimiento, evidenciando las inevitables transformaciones que las tecnologías continúan aportándonos.

"Fluctuations" explores the paradigm of our data society and reflects a world of changing media. Technological artist Canogar creates large-scale installations and generative video animations to investigate the interfaces and transitions between virtual and real worlds. Fluctuations stands for a world in flux -a world of transient, fleeting memories, shifting media and continuously increasing data streams- and searches for the individual person's impact and position in this hyperconnectivity.