28 junio 2008

El equipo de España


JOSÉ SÁMANO
El grupo de Luis Aragonés ha espantado todos los fantasmas y afronta el éxito con una normalidad absoluta. Está al margen de otras disidencias y despierta admiración en todos los rincones. Un paseo por la Gran Vía madrileña, las ramblas de Cataluña, el casco viejo de Bilbao o la Triana sevillana no delataría a chicos de aspecto tan convencional como Casillas, Capdevila, Cesc, Xavi, Alonso o Iniesta. Unos de los nuestros. Al fin y al cabo, son el prototipo de español medio por estatura, físico y camerino. A su lado desfilan Cazorla y Villa, dos asturianos profundos; Senna, un brasileño adoptivo; Marchena, Güiza y Ramos, andaluces con raíces, y Silva, un canario peninsular afincado en Valencia. Han conseguido extrapolar el debate Madrid-Barcelona, con lo que eso significa

Todos juntos, con el resto, han despojado a España de sus fantasmas y mañana se enfrentarán al éxito total, ante Alemania, con una normalidad absoluta, la principal seña de identidad de esta selección triunfante.

Un grupo que ha conseguido extrapolar el debate Madrid-Barcelona, con lo que eso significa deportiva y sociológicamente en este país. La tradicional bipolaridad de ambos clubes había marcado siempre a una selección tan identitaria. Ahora, la España de los clubes ya no tiene tanto acento. El Real Madrid cuenta con dos jugadores -el mostoleño Casillas y el sevillano Sergio Ramos-, el mismo número que en 1964, cuando en la victoria ante la antigua Unión Soviética sólo se alistaban Zoco y Amancio. El Barça, mejor representado, tiene el sello de Puyol, Xavi, Iniesta y Cesc, ahora en el Arsenal, no todos catalanes ni los únicos catalanes.

Por una vez, ésta es la España de merengues, culés, asturianos, jerezanos, canarios, sevillanos, manchegos, valencianos, vascos... El equipo de España en el que se impone la normalidad, el equipo de todos, tan patriótico como global.

Cuesta creer que Casillas sea un demonio en Cataluña o Xavi el lucifer de Madrid. Estos chicos no entienden de esas cuestiones cavernarias. Se identifican por múltiples nexos, tienen los mismos gustos, no son demagogos y no hiperbolizan con cuestiones tan sensibles para generaciones anteriores como la letra del himno, la bandera, el toro y el tricornio. El fútbol les une y están al margen de otras disidencias. Conscientes de que en este tipo de campeonatos la transferencia de sentimientos nacionalistas, centrales o periféricos es inevitable, son jóvenes futbolistas ajenos a las manipulaciones, los excesos y los oportunismos de aquéllos que aprovechan cualquier rendija para agitar de forma torticera el debate del que se alimentan. No se sienten en deuda con el pasado futbolístico español, no se dan por aludidos ante aquéllos que de forma machacona les intentan atormentar con viejas cicatrices. Nada que ver. Ellos sólo son parte de un concilio, el fútbol, su cordón umbilical, sin otras aristas, sin claves geográficas ni rancias simbologías.

Ése es su éxito. Despiertan la misma admiración en todos los rincones porque no excluyen a nadie. No son sectarios ni ventajistas, e interpretan el deporte como un cauce más para alcanzar la gloria. La misma que encumbra a Rafa Nadal, Alberto Contador, Pau Gasol o Fernando Alonso. No hacen lecturas torcidas de sus victorias, en las que se identifican con todos y a todos hacen sentirse partícipes.

El deporte ha sido capaz de motorizar a una España moderna y el fútbol, por su gran altavoz siempre sometido a posibles tentaciones manipuladoras, se ha quitado la caspa. Lo ha conseguido esta generación de futbolistas. Ésa es su mayor victoria, su gran contribución.
El País, 28/06/2008

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