04 marzo 1995

Homofobia en el diccionario

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Jornadas de cultura gay y lesbiana
Universidad de Sevilla
3 de marzo de 1995
Publicado en el número 4 de la revista Stylistica, páginas 43-47

I

Antes que nada querría mostrar mi agradecimiento al comité organizador por haber sido invitado a participar en este encuentro y felicitarles por la celebración de estas primeras jornadas multidisciplinares sobre la comunidad gay y lesbiana, pioneras en la universidad española,  y que eran muy necesarias en esta ciudad. Y llegan precisamente cuando, por fin, está empezando a vertebrarse la sociedad homosexual sevillana gracias a un asociacionismo creciente y comprometido que está consiguiendo abrir cauces de comunicación para gays y lesbianas en nuestra ciudad.

Quienes trabajamos en esta casa a menudo solemos quejarnos de las precarias condiciones en las que tenemos que desempeñar nuestra labor docente; hoy, sin embargo, me siento orgulloso de pertenecer a una comunidad universitaria que, al convocar estas jornadas, ha dado ejemplo de modernidad y universalidad y ha dado también muestras de sintonía con la sociedad a la que debe servir y de ir con los tiempos que corren y no a remolque de ellos, como parece ser el caso de otra institución estatal de la que les hablaré en los próximos minutos.

En 1987 se reunieron en Madrid un grupo de lingüístas, lexicólogos, traductores y pedagogos de los principales países hispanohablantes para estudiar de qué forma el español actual hace frente a la necesidad de denominar los nuevos artilugios que a diario se inventan en todo el mundo y a las nuevas situaciones o circunstancias derivadas de la propia condición humana. Publicaron el llamado Manifiesto de Madrid y llegaron a la conclusión de que nuestra lengua sufre un altísimo déficit de neologismos y de que es necesario generar unos 3.000 nuevos vocablos cada año para mantener la vitalidad del idioma y evitar la sordomudez del español ante las nuevas realidades tecnológicas y sociales que van apareciendo en el transcurso del tiempo. Por aquel entonces el escritor Juan Cueto, haciéndose eco de dicha reunión, escribió lo siguiente en el diario El País:

          La culpa no es del idioma. Este viejo y estruendoso castellano está preparado para integrar lo que le echen, como demuestra el Corominas. La culpa es de los sabuesos de la lengua, que le tienen más pánico al neologismo que al sida. Entre la lentitud del diccionario, el purismo inquisitorial de algunos académicos, la tiranía de los libros de estilo y esa tropa de censores de a pie que ponen el grito en el periódico cada vez que en sus páginas irrumpen vocablos inéditos, no hay manera de atrapar ese retraso terminológico.

Preocupados por este enorme déficit léxico, desde la sección de Español del Instituto de Idiomas de esta universidad nos propusimos hacer una modesta aportación para contribuir a enjugar dicho desfase y enriquecer el patrimonio lingüístico común. Así, en febrero de 1992 nos pusimos en contacto con la Real Academia Española de la Lengua y les propusimos la incorporación, a la siguiente edición informatizada de su diccionario, de dos neologismos que creemos imprescindibles y necesarios en el español moderno de finales del siglo XX. Se trata de los vocablos homofobia y homófobo u homofóbico, cuyas propuestas de entrada tienen ustedes fotocopiada en sus carpetas y que les leo a continuación:

   homofobia: (del griego homo, igual, semejante y fobos, horror, aversión) odio o antipatía hacia las personas homosexuales o rechazo de su estilo de vida. 

homófobo u homofóbico: dícese de quien  siente o manifiesta odio o miedo irracional hacia personas homosexuales; afectado de homofobia. SIN. antihomosexual.
  
En nuestra argumentación aducíamos que estos dos neologismos, generados a partir de raíces griegas, son términos ya normativos en el inglés moderno, sobre todo en campos como la sociología, la sicología o la crítica literaria. 

El término "homofobia" fue originalmente acuñado en 1972 por el sicólogo George Weinberg en su obra La homosexualidad sin prejuicios. Y aunque el historiador norteamericano James Boswell, en su obra Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad, (obra cuya lectura recomiendo a quien desee profundizar en el conocimiento de la sociedad homosexual europea en la antigüedad) propuso en su día la adopción del neologismo "homosexofobia" (un término de mayor precisión semántica), pues aducía que "homofobia" sólo significaba, in strictu sensu, "miedo de lo que es similar", aunque él mismo no dejaba de reconocer que "homofobia" se había convertido ya en término de uso común en sociedades anglófonas y, por ello, era difícilmente erradicable. Además, la aceptación de este nuevo término radica en su simpleza compositiva y en su similitud morfológica con la palabra "homosexual".

Creemos que la inclusión de "homofobia" y "homófobo" en los nuevos diccionarios que se publiquen en España sería de gran utilidad, por ejemplo, en el mundo jurídico, pues desenmascara lo que en la realidad cotidiana es la situación de indefensión y discriminación en la que, a menudo, se encuentran muchos gays y lesbianas en los países de habla hispana. Además, conseguiríamos que dicho término apareciese usado con más frecuencia en los medios de comunicación.

Entendemos, además, que la incorporación de estos neologismos a una obra de consulta obligada en los años 90, como es el Diccionario de la Real Academia Española, redundará indirectamente en un fortalecimiento de las libertades individuales en España y en otras sociedades hispanohablantes, sociedades, por lo demás, mayoritariamente homófobas e intolerantes hacia las personas homosexuales.

La respuesta de la Real Academia, en carta fechada el 25 de febrero de 1992 y firmada por el Secretario accidental don Rafael Alvarado Ballester, fue la siguiente:

          Hemos recibido su carta de 8 de febrero sobre los términos homofobia y homófobo. Se estudió en la Comisión de Diccionarios de esta Real Academia Española, y la opinión general fue de que esos términos están todavía poco documentados en nuestra lengua. Agradecemos su interés y sus observaciones pasan al fichero de la Academia.

En vista de dicha contestación, desde entonces comenzamos a localizar y recopilar documentación textual con la que apoyar nuestra propuesta lexicográfica. Se trataba de ir localizando textos donde apareciera cualquiera de los 2 vocablos, fotocopiarlos, marcar el término en cuestión con un círculo y, según íbamos acumulando material, enviarlos en forma de dosier a la Academia.

A su vez, hicimos llegar nuestra propuesta a otras 2 publicaciones que, a nuestro juicio, habían demostrado una especial preocupación por ensanchar los límites del español moderno con la generación de nuevo lenguaje, como son el Libro de estilo del diario El País y el Diccionario Esencial Santillana de la Lengua Española. De ambos consejos de redacción recibimos pronta y receptiva respuesta, anunciándonos la inclusión de dichos vocablos (y según la definición propuesta desde esta universidad) en sucesivas reediciones de sus respectivos textos.
En concreto, la reedición revisada del Libro de estilo de El País de noviembre de 1993 ya incluyó en su página 265 dichos neologismos, convirtiéndose así en la primera publicación en el mundo hispanohablante en hacerlo.

Mientras obteníamos estos pequeños éxitos, continuamos dirigiéndonos a distintos miembros de la Real Academia, pero nunca obtuvimos respuesta de ninguno de ellos. Y así andábamos hasta que un día, y en el transcurso de un conversación con el periodista Iñaki Gabilondo sobre esta iniciativa, éste nos puso en la pista del académico que, en su opinión, era la persona idónea, por su talante progresista, para abogar por nuestra propuesta en el seno de la Academia: el escritor José Luis Sampedro. Y efectivamente así fue: Sampedro se mostró de acuerdo y se comprometió a abogar por dicha propuesta lexicográfica en cuestión en el seno de la Comisión de Diccionarios.
  
El pasado mes de octubre enviamos un último dosier de documentación textual y hace sólo unas semanas, esto es, 3 años después de presentarles nuestra propuesta lexicográfica, recibimos de la Academia esta escueta misiva (fechada en febrero de 1995 y firmada por don Víctor García de la Concha) que paso a leerles a continuación:

          El Secretario Perpetuo de la Real Academia Española saluda a Dr. D. Carlos Martín Gaebler y le comunica, en contestación a su atenta nueva consulta, que los términos "homofobia", "homófobo, ba" y "homofóbico, ca" figuran en el fichero de vocablos estudiados, pero son palabras que de momento no están aprobadas para ser incluidas en los Diccionarios académicos.

Entendemos que, por lo que el secretario perpetuo nos comunica, parece que la vetusta Academia pretende perpetuarse en una postura que, en nuestra opinión, da la espalda a la realidad social del país y empobrece nuestra lengua. Y nos preguntamos, ¿no es, acaso, misión de la Academia de la Lengua fijar y dar esplendor? ¿Y por qué cuando ya en 1994 los diccionarios de Oxford y Collins, en su versión español-inglés, han incluido "homofobia" y "homófobo" en sus páginas, por qué, me pregunto, la Academia Española es siempre la última para tantas cosas? ¿Por qué si en la última revisión del diccionario efectuada en 1992 se añadieron y fijaron términos como JIPIO, QUAZAR o TASQUEAR, no se le da el visto bueno a HOMOFOBIA, un vocablo de evidente utilidad social?

II


Esta última reflexión me lleva a la segunda parte de mi ponencia en la que pretendo ilustrar distintos casos de homofobia en sus diferentes vertientes.

En primer lugar existe homofobia por omisión, por omisión,   por ejemplo, de HOMOFOBIA en el diccionario, como los hechos parecen demostrar. Otro ejemplo de ello lo encontramos en las mismísimas Naciones Unidas que, como ustedes saben, han declarado este año de 1995 como el Año Internacional de la Tolerancia, invocando para ello la necesidad de erradicar los comportamientos racistas y xenófobos. Y ahí acaba el alcance de la convocatoria. Desde luego, una buena oportunidad perdida para denunciar la homofobia en la aldea global. 

La homofobia puede adoptar formas harto sutiles y un ejemplo de ello nos lo proporcionan las declaraciones que Magic Johnson realizó poco después de anunciar que era seropositivo; Este deportista provocó grandes aplausos en un programa de televisión en EEUU cuando declaró: "I'm nowhwere near homosexual!" ("¡Yo no soy homosexual ni por asomo!") Los asistentes al programa aplaudieron a rabiar. Algo así como si alguien dijera "¡Gracias a Dios soy blanco!"

Se está abriendo paso en los últimos tiempos una línea de pensamiento homófoba entre grupos ciudadanos que se erigen en defensores exclusivos de unos valores familiares que ellos parecen monopolizar y cuyo discurso antihomosexual es el siguiente: "Ustedes, los gays y las lesbianas," vienen a decir, "son uno de los grupos con mayor nivel educativo, con un alto poder adquisitivo y un creciente poder político y, por tanto, ustedes no son un grupo desfavorecido ni necesitan una legislación especial que les proteja." Este tipo de argumentación simplista y reduccionista no sólo no se ajusta a la realidad sino que esconde la verdadera homofobia que hay detrás de dicho razonamiento, si es que así se le puede llamar. Dentro también de esta corriente de pensamiento antihomosexual hay que enmarcar el discurso homófobo de grupos religiosos ultraconservadores en EEUU que en los últimos meses se han organizado para iniciar una campaña en toda regla con el objetivo de derogar, en próximas citas electorales, la legislación antidiscriminatoria que protege a gays y lesbianas en algunos estados norteamericanos, invocando lo que ellos llaman valores familiares, unos valores que ellos sólo creen reconocer en la estructura familiar tradicional. Pero estos cruzados de fin de siglo no alcanzan a comprender que precisamente una de las contribuciones culturales más relevantes que los gays y las lesbianas han hecho a la civilización occidental ha sido la creación de nuevas formas de familia, contribuyendo así a la riqueza social desde la diversidad. Porque tan familia pueden considerarse dos mujeres o dos hombres, como un hombre y una mujer. 

Por otro lado, hablar de homofobia y hacerlo en Sevilla nos debe llevar a recordar las palabras con las que Luis Cernuda, uno de nuestros antepasados más íntegros y universales, se refería a la Sevilla profunda, pacata e intolerante que literalmente le expulsó de su seno: él hablaba de una Sevilla instalada en "torres de espanto", torres desde las cuales los sectores homófobos de la sociedad de su tiempo se escandalizaban de todo lo que oliese a heterodoxia. Hoy todavía esa Sevilla censura la colocación de un monumento en su memoria en la Plaza de Molviedro.

Volviendo al tiempo presente, un caso de homofobia cotidiana lo constituyen los comentarios de asco y repugnancia que todavía se oyen en algunas salas cinematográficas de Sevilla y de muchas otras ciudades de España, pronunciados a viva voz, cuando en la pantalla aparecen 2 personajes del mismo sexo en escenas íntimas; este tipo de reacciones homófobas se dan un día sí y otro también si uno va a ver películas como La ley del deseo, Eduardo II de Inglaterra, Entrevista con el vampiro, La verdadera naturaleza del amor o incluso Fresa y chocolate.

fn Homofobia es también, desde luego, lo que lleva a ciertos niñatos, algunos con poco pelo en la cabeza, y todos ellos con aún menos sustancia dentro de ella, a insultar, agredir  o asesinar a hombres homosexuales por el simple hecho de que su orientación sexual sea diferente de la suya. Un caso paradigmático de lo que estoy diciendo es el del joven ultra que asesinó hace 2 años a Mariano Gómez Higuera, un joven gay, en la Casa de Campo de Madrid. El tribunal que lo juzgó recientemente, instado por el Colectivo Gay de Madrid que ejerció la acción popular, dictaminó que el asesino actuó, y cito, "por aversión a los homosexuales", imponiéndole una condena ejemplar de 34 años. Cabe dejar claro, pues, que si el asesinato de Lucrecia Pérez tuvo un claro cariz racista, el asesinato de Mariano Gómez obedeció a un ataque de homofobia.

Y he querido dejar para el final el caso más flagrante de homofobia ocurrido  recientemente en nuestro país. Declarar, como acaba de hacer el señor Elías Yanes, actual presidente de la Conferencia Episcopal Española, que la homosexualidad "es una conducta que va contra la dignidad humana", es un acto tan grave que merece una respuesta clara e inequívoca. Pero antes de comentar dichas palabras, me gustaría citarles lo que 2 personalidades de la cultura española, con más luces de las que yo pueda tener, han dicho al respecto.  El escritor Juan Goytisolo le ha contestado de forma meridiana desde las páginas del diario El País:

          Dejémoslo bien claro: declaraciones de tal índoldescalifican tan sólo a quienes las emiten. Monseñor Elías Yanes carece, desde luego, de la dignidad divina que supuestamente le debería conferir el cargo.

Por su parte, otro de nuestros más lúcidos pensadores, Eduardo Haro Tecglén, acaba de señalar en este mismo diario que 

          ...monseñor Yanes sigue negando la dignidad del homosexual. Qué trasto de hombre. Lo malo de estas gentes así es que crean doctrina, inspiran a otros: y en esos otros hay desde las brutales gentes que muelen a palos a un homosexual en una esquina oscura hasta el respetable jefe de personal que le va a negar trabajo en su oficina. El homosexual llevaba tiempo acostumbrado a ir saliendo de la clandestinidad: las nuevas libertades le habían permitido llevar una vida normal aunque discreta, y hasta sus colegas le exaltaban a salir del ocultamiento para "dar ejemplo", incluso de orgullo... ese orgullo estaba sirviendo para sacar a muchos, a muchas, del pozo secreto, del miedo y la timidez, del sufrimiento clandestino. He aquí que, cuando apenas han levantado la cabeza, comienza a volver la Iglesia al lugar donde solía; y, con ella, todo el colectivo conservador que renace.

Yo, por mi parte, y desde el respeto que me merece el señor Yanes y, sobre todo, los creyentes a los que representa, también me siento obligado a salir al paso de unas palabras que, efectivamente, se descalifican a sí mismas por la enorme crueldad que encierran y porque, este tipo de manifestaciones generan auténtica alarma social. Y les voy a explicar por qué.

En primer lugar, este posicionamiento antihomosexual, tan recurrente en sectores integristas de la Iglesia católica contribuye a sembrar el terror en las mentes de quienes, por simple ignorancia, desconocen la realidad cotidiana de gays y lesbianas, de quienes no conocen a personas homosexuales y se limitan a comulgar con ruedas de molino.

En segundo lugar, la persistente homofobia emanada desde el Estado Vaticano supone una auténtica zancadilla moral contra los cristianos y las cristianas homosexuales que, hoy en día y cada vez más, luchan por su derecho a poder conciliar su fe con su sexualidad.

En tercer lugar, esta línea ideológica, que ya viene recogida en las páginas 514, 515 y 516 del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, deja perplejos a los padres y madres cristianos que tienen hijos o hijas homosexuales y que han logrado establecer con ellos una relación de amor y comunicación plenos.

Y, finalmente, estas diatribas homófobas, a las que tan habituados nos tienen algunos sumos sacerdotes últimamente justifican indirectamente la violencia verbal y física contra las personas homosexuales que, para algunos, adquieren así la calificación de personas indignas.

Jesús de Nazaret predicó que nos amáramos los unos a los otros, pero nunca especificó de qué sexo tenían que ser los unos ni los otros. Y es más, estoy seguro de que si Jesús de Nazaret hubiera escuchado las palabras del señor Yanes, lo habría apartado de su cargo. Porque, quiénes son ellos para pontificar sobre las prácticas amatorias de los mortales. Yo le recomendaría al señor Yanes y a los célibes que como él piensan que se dediquen al cuidado espiritual de las almas de sus fieles y dejen de inmiscuirse en asuntos que, a todas luces, escapan de su magisterio. Sinceramente, no creo que los cristianos bienpensantes se merezcan estar presididos por quienes han dado muestras de tal crueldad para con las personas homosexuales. Estoy plenamente convencido de que algún día la iglesia de Roma tendrá que pedir disculpas a la humanidad por tanta arrogancia y revisar su posición con respecto a la homosexualidad; y sería de desear que esta vez no tarden lo que han tardado con Galileo Galilei.

Antes de terminar, y desde la solemnidad de este Paraninfo de la Universidad de Sevilla, quisiera solicitar del ministerio de Justicia e Interior la inclusión del agravante por homofobia en el nuevo borrador del Código Penal que se está redactando en la actualidad. Quisiera, de esta forma, unir mi voz a quienes en las últimas semanas han exigido que se tipifique este tipo de discriminación como figura delictiva en el nuevo ordenamiento penal con el que nuestro país pretende entrar en el nuevo siglo.

Y les propondría a los asistentes y las asistentes a estas jornadas considerasen la conveniencia de incluir, tanto dicha solicitud como la propuesta léxica de la que antes les di cuenta, en las conclusiones que hayan de surgir de estas jornadas.  Con ello lograríamos que la sociedad mayoritaria tome conciencia de la existencia de una comunidad gay y lesbiana con una problemática específica y contribuiríamos a que nuestro país se instale, definitivamente, en la modernidad.

Muchas gracias.

Carlos Martín Gaebler, 3 de marzo de 1995


RESUMEN DE LA PONENCIA

Ante la necesidad social de dar nombre a los comportamientos o pronunciamientos que atentan contra de la dignidad de las personas homosexuales, procede la incorporación a la lengua española del neologismo homofobia y sus derivados homófobo u homofóbico. Esta ponencia expone los pasos dados por la Sección de Español del Instituto de Idiomas de la Universidad de Sevilla ante la Real Academia Española con el fin de incluir dichos términos en la próxima edición de su diccionario. (Estos vocablos ya forman parte del corpus léxico de la lengua inglesa y aparecen recogidos en la nueva edición de los diccionarios Oxford.)

El autor explica el proceso de creación del nuevo término, aporta  diversos casos de homofobia extraídos de la realidad cotidiana y concluye que la universalización del uso de este vocablo servirá para fortalecer las libertades en España brindando a los jueces un instrumento léxico fundamental para combatir la muy enraizada aversión hacia las personas homosexuales que va desde los chistes de mariquitas hasta la caza de brujas de los cabezas rapadas. Cree el autor que la utilización habitual de este neologismo ayudará a desenmascarar la situación de indefensión que gays y lesbianas sufren en los países hispanohablantes y contribuirá a la normalización del hecho diferencial homosexual en la sociedad española.

2 comentarios:

Carlos Martín Gaebler, PhD dijo...

Al cabo de los años, La RAE acabó incorporando el término a su diccionario:

homofobia
Del ingl. homophobia.
1. f. Aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Álex Grijelmo dijo...

EL PAÍS decidió editar el 5 de mayo de 1996, con motivo de su vigésimo aniversario, un cuadernillo titulado Diccionario de nuevos términos, encartado en El País Semanal. Su redactor jefe, Àlex Martínez Roig, me encargó elaborarlo con la idea de que incluyese palabras que no se usaban aún cuando nació este periódico. Y entre los 166 vocablos que incluí figuraba “homofobia”, término que había conocido meses antes gracias a que Carlos Martín Gaebler, profesor del Instituto de Idiomas de la Universidad de Sevilla, me escribió para sugerirme que lo incorporase al Libro de estilo de EL PAÍS y se escribiera en el periódico. Él alegaba que si existía la palabra existiría el delito.

Le hice caso, y quiero imaginar que eso significó un gran impulso para dar nombre a las actitudes de aversión, odio, rechazo, discriminación o agresión contra los homosexuales.

Desde una mirada purista, la palabra mostraba defectillos. Si analizamos sus cromosomas, no hallaremos ahí el significado “aversión a los homosexuales” sino “aversión a lo igual” (homo-fobia). Pero la alternativa homosexualesfobia no parecía muy periodística; y también jugaba a favor de la propuesta que contásemos con antecedentes como “telenovela” (y no televisionnovela) o “cinéfilo” (en vez de cinematográfilo). Es decir, palabras cuyo primer segmento no se toma como elemento compositivo sino como abreviación: tele no significa aquí “lejos”, sino “televisión”; y cine no equivale a “movimiento”, sino a “cinematógrafo”.

Hoy en día, “homofobia” y “homófobo” circulan sin problemas (exceptuados los problemas que estas actitudes causan). Y con esos precedentes nos llega ahora el término “transfobia”.

Esta reciente aparición me ha recordado a su vocablo antecesor porque aquí se produce el mismo proceso reductivo: desde “transexual” se toma el prefijo trans como equivalente de toda la idea de la palabra original, y se le une fobia para conseguir el efecto ya señalado (en vez de transexualesfobia).

Bienvenida sea, pues, la voz “transfobia” para reflejar del mismo modo esa intolerante aversión.

Esto nos conduce a un tercer vocablo en la serie: “LGTBfobia”, un híbrido de siglas y elemento compositivo que empieza a prosperar con el fin de referirse a la aversión contra lesbianas, gais, transexuales y bisexuales. Pero ¿es necesario ese revoltijo de letras grandes y pequeñas? Creemos que no.

Los bisexuales sufren rechazo por su faceta homosexual, no por su parte heterosexual; y tanto las lesbianas como los gais son homosexuales, así que todos ellos entrarían en “homofobia”. Y como la aversión a los transexuales se designa con la mencionada “transfobia”, eso nos permitiría adoptar un término que puede reunir a todas esas colectividades y superar al citado engendro de mayúsculas y minúsculas gracias a su mejor morfología y fonología: “homotransfobia”: sólo cinco sílabas, frente a los siete golpes de voz en “LGTBfobia”.

Así, “homotransfobia” designaría el rechazo a los homosexuales (gais y lesbianas, y bisexuales en su parte homosexual) y a los transexuales.

Ahora bien, esta propuesta no debe implicar una guerra de términos que, por otra parte, pueden convivir. Debemos combatir el odio a homosexuales y transexuales con palabras que se dirijan contra los intolerantes, pero sin que éstas produzcan a su vez ninguna aversión que las debilite para la denuncia. (El País, 26.03.17)