31 julio 2016

José Ortega Díaz, fotógrafo del campo

José Ortega Díaz (Calañas, Huelva, 1987) es un joven aficionado a la fotografía, natural de la Sierra del Andévalo onubense. Mientras realiza labores campestres, se vale de la cámara de su teléfono móvil para captar, con inteligencia poética, encuadres sugerentes. Al fotografiar su hábitat natural, logra transmitir la quietud de un entorno en armonía consigo mismo. Campero de pocas palabras, sabe, sin embargo, expresarse con imágenes rebosantes de lirismo. Entre faena y faena, consigue aliviar la monótona soledad del hombre de campo echando mano de la cámara y plasmando paisajes de una belleza inaudita, sobrecogedora.




















27 junio 2016

Desintoxicación Digital / Digital Detox

Aparque su móvil y recójalo al salir

Un campamento de verano para adultos, con actividades, talleres, baile… y sin ningún dispositivo a mano. Cada vez surgen más propuestas para desintoxicarnos de lo digital. Al menos por un rato.

Por EVA CATALÁN

Nada más llegar a Camp Grounded (algo así como Campamento para castigados), un conjunto de cabañas en el bosque de Mendocino, a 250 kilómetros al norte de San Francisco, un puesto de desintoxicación tecnológica recibe a los visitantes. Allí, dos personas vestidas con un mono blanco "confiscan" móviles y dispositivos varios. Desprovistos de aparatos electrónicos, sin poder decir su nombre real o hablar de sus profesiones, los campistas se encuentran con una increíble variedad de actividades analógicas con las que pasar los cuatro días de estancia, por los que han pagado 600 dólares. Talleres de origami, tiro con arco, fabricación de velas, bordado, lecciones de hip-hop o baile de salón, cuerda floja, ukelele… Camp Grounded es una especie de paraíso hippy en el que olvidarse del continuo ruido de las redes sociales, los correos electrónicos y los mensajes instantáneos, donde desconectarse para reconectar, como reza su lema. O una pesadilla para los aquejados de mapa, individuos con miedo a perderse algo en las redes (FOMO en inglés, Fear Of Missing Out). 

 
Zona libre de dispositivos

"La idea no es sólo dejar la tecnología por unos días, sino aprender a estar en el momento. No puedes usar el móvil para rellenar un silencio incómodo, o hablar de tu trabajo, o dar tu nombre, porque no queremos que el campamento se use para relacionarse o trabajar en la red. Tampoco se puede beber alcohol ni consumir drogas," explica Kelsey Freeman, de Digital Detox, la organización que pone estos campamentos en marcha. "Puedes estar hablando con el presidente de una compañía, o con un artista… y no lo sabes. Puedes ser tú mismo, sin muletas de ningún tipo."

Mark Koberg, productor televisivo de Los Angeles en la treintena, descubrió su dependencia de esas muletas hace siete años. Atravesaba un momento tan intenso en su trabajo que perdió la vista en un ojo. Para rebajar el estrés, acudió a un retiro de meditación que exigía prescindir de todo dispositivo. "Me ayudó a percibir ese impulso, totalmente involuntario, de mirar a mi pantalla, a reflexionar sobre por qué lo hacía y por qué me sentía tan mal sin poder hacerlo. La mayoría de la gente no es consciente de lo que nos hace la tecnología hasta que no se da cuenta de cómo la echa de menos." Gracias a la meditación, Mark se recuperó del ojo. Hoy da clases de Medios Digitales en la Universidad del Sur de California, y a sus alumnos les propone todos los años un "ayuno" de dispositivos de cinco horas. "Muchos no son capaces de cumplir el plazo," asegura.

"Yo ya había hecho mi propio proceso de desintoxicación, eliminando todas las aplicaciones de redes sociales por un tiempo," explica Katie Scoggins, terapeuta de San Diego de 25 años. Acudió a Camp Grounded con ganas de unas vacaciones divertidas y se encontró con "la experiencia curativa más intensa de mi vida." Lo de no poder usar el móvil fue lo de menos. "Había tanta actividades y gente por conocer que casi ni me acordé del teléfono." Solo en un par de ocasiones sintió el impulso de buscar algo en Google. "estamos tan acostumbrados a tenerlo en la palma de la mano que es realmente extraño tener que acortarte de algo por ti mismo," coincide Christopher Williamson, un profesor de informática de 46 años que participó en Camp Grounded el otoño pasado. "Como no hay relojes ni horarios, a veces es complicado organizarte", explica. Aunque no se considera adicto ("soy una de esas personas que tarda un día en contestar un mensaje de texto"), le apetecía estar rodeado de personas que estuvieran totalmente presentes. "No soporto la gente que es incapaz de tener una conversación sin mirar el móvil. Tengo una hija de 15 años y a veces es muy frustrante competir con el aparato por su atención."
Tanto ha aumentado la demanda de desconexión, de una vida más lenta, y tan difícil es poder hacerlo durante el día a día, que cada vez más, nuestros destinos vacacionales usan como reclamo no tener cobertura. Existen buscadores específicos de lugares sin internet, como digitaldetoxholidays.com. La oferta es amplia: desde aventuras en velero por la costa de Maine hasta cabañas en el desierto de Arizona, desde establecimientos de cuidada arquitectura y oferta gastronómica hasta refugios más rústicos y espirituales.

La compañía Digital Detox, que que empezó con grupos de 10 personas, organiza ya campamentos en cuatro estados norteamericanos, California, Tejas, Carolina del Norte y Nueva York, que reúnen a unos 300 participantes de media. Mark está a punto de marcharse a uno de ellos; todos los años dedica unos días a desintoxicarse. Christopher piensa repetir. Ninguno pretende deshacerse definitivamente de sus teléfonos, pero estas curas intermitentes les ayudan a llevarse mejor con ellos. "Realmente te animan a ser más humano", reflexiona Katie, que ya va por su tercer campamento. Desconectarse para reconectar: la gran paradoja de nuestro tiempo.
El País Tentaciones, nº 14, julio 2016
Artículo relacionado➔ Si quieres ser feliz, deja Facebook.


16 junio 2016

Peligro: Homofobia

El atentado de Orlando es la expresión de un odio al que muchos contribuyen

El terrible asesinato de 49 personas en un club gay en Orlando (Estados Unidos) ha puesto de manifiesto hasta qué punto el colectivo homosexual se encuentra amenazado incluso en sociedades que se consideran avanzadas en materia de libertades y derechos civiles. Aunque en los últimos años se han producido progresos importantes, con el reconocimiento del matrimonio homosexual en varios países y la aprobación de leyes que castigan las conductas discriminatorias, el colectivo formado por gais, lesbianas, transexuales y bisexuales vive todavía en muchos lugares bajo la amenaza de la homofobia, que lejos de retroceder cobra ahora nuevos bríos con el impulso del radicalismo islamista.

Cualquiera que fuera la motivación íntima que llevó a Omar Mateen a disparar, no hay ninguna duda de que la salvaje matanza, reivindicada por el Estado Islámico, forma parte de la batalla que el islamismo radical mantiene por imponer su retrógrada visión del mundo. Esta manifestación extrema de odio y homofobia forma parte de una realidad en la que aún hay 74 países en el mundo que castigan las relaciones homosexuales con penas de prisión y 13 con la pena de muerte por imposición de la sharía o ley islámica.

El Estado Islámico se ha mostrado especialmente cruel y ha convertido la homofobia en arma propagandística. Pero conviene no olvidar la responsabilidad que en este estado de cosas tiene un país como Arabia Saudí, con el que Occidente mantiene excelentes relaciones, como financiador y difusor de la corriente más rigorista del islam que promueve este tipo de persecuciones. Hay también otros países, como Rusia, en los que no se llega a ese extremo, pero donde los homosexuales viven aterrorizados bajo un régimen de desprecio y rechazo alentado por las propias instituciones. El conjunto dibuja un panorama desolador.

Tampoco las sociedades occidentales avanzadas están libres de culpa. En ellas aparecen comportamientos y mensajes que alimentan la homofobia y contribuyen a expandirla como una conducta normalizada y hasta legítima. Cuando el Vaticano, a pesar del discurso aperturista del Papa, rechaza al embajador que había propuesto Francia por ser homosexual, contribuye a la homofobia. Y también lo hace el Gobierno de François Hollande cuando acepta este veto sin oponer resistencia. El cardenal Cañizares es libre de defender cuanto quiera a la familia tradicional católica, pero cuando culpa del asedio que en su opinión sufre a “la acción del imperio gay”, está alimentando sentimientos homofóbicos. Este tipo de manifestaciones forma el sustrato que más tarde se manifiesta en forma de agresiones a homosexuales como las que se han vivido recientemente en Madrid.

No es cuestión de tradiciones culturales o mentalidades retrógradas. Tampoco de tolerancia: se tolera lo que no se acaba de aceptar. Es cuestión de derechos individuales. Si un ciudadano se siente perseguido, no puede decirse que sea libre. Algunos parlamentos autonómicos han aprobado leyes de diferente alcance contra la homofobia. Sería bueno que el próximo Gobierno promoviera una legislación estatal que proteja a este colectivo.
El País, jueves 16 de junio de 2016
Artículo relacionado: Cuidado con las crisis: engordan a las bestias

05 junio 2016

La publicidad española, en español.

La RAE alerta sobre la rendición de la publicidad en España a los anglicismos con una magnífica campaña

La experiencia es un grado. Y eso todo el mundo lo sabe. Por eso la campaña que ha lanzado la Real Academia Española de la Lengua en colaboración con la Academia de la Publicidad debería calar muy hondo. Por varias razones: porque, como bien bien recuerda en el vídeo, la RAE, no es una start-up y tiene más de 3 siglos de experiencia, y de grados; porque el argumentario de la campaña, que sostiene la tesis de que el uso del inglés en la publicidad esta ahogando al español, es sólido como las aspas de un molino de Castilla-La Mancha; y sobre todo porque el español no tiene nada que envidiarle al inglés.

Eco-friendly, light o cleaning power. Son solo algunos de los anglicismos más utilizados en la publicidad como reclamo para los consumidores. La RAE y la Academia de la Publicidad se han propuesto luchar contra su uso excesivo mediante un anuncio propio, que evidencia la profusión del léxico procedente del inglés en los anuncios publicitarios. Un coche con direct-assist no se desliza mejor que uno con dirección asistida. Entregar un report en el trabajo no es más productivo que entregar un informe. O una crema anti-age no rejuvenece más que una antiedad. Bueno, quizás en este caso tanto uno como otro no cumplen su enunciado a rajatabla. Una lavadora con detergente new formula no lavará mejor que uno con nueva fórmula. Pero sobre todo, unas gafas de sol blind effect, por muy bonito y elegante que suene el apodo, no sirven para nada. Sí, la permeabilidad de las lenguas siempre ha existido de forma natural en cualquier idioma, pero hace falta darse cuenta de que el español es nuestro patrimonio y nuestra lengua materna. Y “lengua madre no hay más que una”.
PD: Y a una tableta no hay que llamarla table.

18 abril 2016

Estampas universitarias en la era digital

11.35h. Un día lectivo. A través del pequeño ventanal circular de la puerta del aula se podía contemplar la siguiente escena: unos quince o veinte  alumnos están sentados en las filas traseras mientras la profesora imparte su docencia. Dos parejas de chicas charlan animadamente entre risitas; unos seis o siete alumnos, con el cuello inclinado hacia abajo, wasapean compulsivamente; otro estudiante se divierte con un videojuego de fútbol que tiene abierto en la pantalla de su portátil. Evasión en el aula. El tiempo de ocio se superpone al tiempo de formación sin solución de continuidad. El espacio académico es ahora, para algunos estudiantes universitarios, la prolongación del espacio de diversión. Las omnipresentes pantallas actúan como elementos de distracción. Parece que la predicción de Einstein ha terminado por cumplirse.

En la actualidad, si entra usted en una biblioteca universitaria, comprobará que aproximadamente la mitad de los estudiantes allí sentados están mirando la pantalla de su teléfono. Unos leen prensa deportiva, otros se entretienen con un juego online, algunos arrastran las actualizaciones de su facebook con el dedo, y la mayoría wasapea animadamente con amigos y familiares. La distracción es una tentación irresistible en estos tiempos en los que tanto cuesta mantener la concentración ante tanto estímulo exterior. ¿Salones recreativos 2.0? Muchos estudiantes se ven incapaces de desconectarse del mundo virtual y aplicarse a una tarea intelectual única. (Esta dificultad para la concentración también la observo en las salas de cine donde algunos espectadores ya no pueden mantener la atención para seguir una historia visual durante 90 minutos y chequean su móvil luminoso cada dos por tres.) cmg2016

11 abril 2016

Educación electrónica

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER


Hoy en día, cualquiera que tenga en sus manos un dispositivo electrónico de telecomunicación sabe cómo usarlo, tan intuitivos son, pero no existe manual de instrucciones alguno que le enseñe cuándo usarlo y cuándo no. En esta columna reflexiono sobre nuestra forma actual de comunicarnos y relacionarnos socialmente.

Si bien es comprensible el uso simultáneo de sistemas de telecomunicación en momentos de ocio al aire libre, mientras cocinamos o hacemos alguna tarea del hogar, hay otros momentos en los que nuestro interlocutor requiere de nuestra atención en exclusiva, como cuando almorzamos con un amigo o familiar al que hace tiempo que no vemos, cuando ejercemos un trabajo de vigilancia o supervisión, cuando asistimos a una obra de teatro, escuchamos una orquesta de música clásica o prestamos atención a un profesor en el aula. Es una cuestión de respeto. Ultimamente he comprobado que, además de por el lógico y progresivo envejecimiento neuronal, otro de los motivos por los que en la actualidad algunos adultos tienen tanta dificultad para aprender un idioma extranjero es por el déficit atencional que les provoca el estar pendientes de recibir una llamada o un mensaje de texto durante una clase. Esta ansiedad hace que su cerebro esté distraído, falto de la necesaria concentración para asimilar lo que oye o que ve.

Familia empantallada
También está desapareciendo entre muchos jóvenes la capacidad de concentrarse en algo durante un tiempo, y esto los docentes lo percibimos a diario. Muchos usuarios de la red, en su dispersión, no pueden fijar la atención. Algunas nuevas tecnologías producen, de hecho, una pérdida de tiempo pues nos hacen excesivamente dependientes de lo inmediato. Los psicólogos hablan ya de la ansiedad producida por el miedo a perderse algo (MAPA) en el whatsapp o en las redes. ¡Qué difícil nos resulta prescindir del control de nuestro entorno y zafarnos del yugo de la conectividad permanente! Algunos viven enchufados, o empantallados, como diría Elvira Lindo, sin prestar atención a lo que ocurre a su alrededor ni a las personas que les rodean cuando comen o viajan, por ejemplo. Las compañías de telefonía móvil han conseguido finalmente que hayamos aprendido a vivir sin saber esperar y nos han creado la necesidad de consumir productos con los que se lucran.

No prestamos atención a la realidad circundante cuando vamos en el autobús o en el metro, y así no nos vemos impelimos a pensar en la sociedad injusta y defectuosa que nos rodea. Pensar es necesario para construir un mundo mejor. Y cuanto menos pensemos mejor para el poder establecido. Caminamos por la calle distraídos, sin alzar la vista, cual autómatas, absorta nuestra mirada en una minúscula pantallita centelleante de letras animadas en continuo movimiento. Nos sentimos frustrados porque nuestro interlocutor no nos preste la atención que merecemos. Vivimos en la era de la distracción.

Vivimos hipercomunicados a distancia con otras personas, pero desconectados de nosotros mismos. Nos conformamos con una interacción de bajo coste, tanto emocional como lingüística. Predomina la telecomunicación frente a lo que me gusta llamar cercacomunicación. Se chatea o teclea para evitar hablar por teléfono o ver cara a cara mediante videoconferencia.

¡PARE DE TECLEAR!
A su vez, esta sobreutilización de las tecnologías de la telecomunicación ha producido una evidente degradación de muchos oficios. A diario vemos cómo, por ejemplo, socorristas, vigilantes, conductores de autobuses, ambulancias o taxis, policías de patrulla, obreros de la construcción, dependientes de tiendas, cuidadores de ancianos, enfermeros, médicos, etc. no tienen reparo en mantener teleconversaciones textuales privadas con amigos o familiares durante su horario laboral o mientras conducen un vehículo. Parece haberse perdido también la paciencia contemplativa, fenómeno este que se observa sobre todo en museos, en exposiciones o en cines.

Quienes me conocen saben que no soy ningún tecnólogo, pues me sirvo a diario de las tecnologías de la telecomunicación, tanto en mi vida personal como profesional. Pero no me considero un esclavo de las mismas. Afortunadamente, vivo el día a día desenchufado y con la mirada atenta a lo que ocurre a mi alrededor y a las personas que me rodean. No considero la tecnología como la panacea para resolverlo todo, como ocurría en la pesadilla orwelliana.

Precisamos buenos modales tecnológicos para hacer frente a esta nomofobia (pánico a quedarse sin móvil). Un ejemplo ha sido la reciente conversión de algunos vagones del AVE en espacios silenciosos o la prohibición de conducir hablando o tecleando por el móvil. Estos días se publican libros sobre la dieta digital para no caer en excesos tecnológicos o vídeos que nos animan a levantar la mirada del teléfono móvil para apreciar la realidad circundante. 

Luis Aragonés le espetó un día al jugador Sergio Ramos en un entrenamiento de La Roja:“¡Haga usted el favor de dejar el móvil de los cojones y hable con sus compañeros!” La telecomunicación ha llegado para quedarse, de acuerdo, pero, ¿le estamos dando el mejor de los usos? ¿Tendrá algo que ver la desaparición de la asignatura Educación para la Ciudadanía con este no saber estar de algunos? ¿Quién nos educa para no abusar de la tecnología? cmg2014

Artículos relacionados➔
Infelicidad digital, por Francesc Miralles
¿Nos dominarán las máquinas?, por Pepa Martínez Nieto
Si escribes, no conduzcas, por Javier Rodríguez Marcos
¿Por qué hay personas más enganchas al móvil que otras?, por Beatriz Guillén
Pequeños yonquis, por Íñigo Domínguez

10 abril 2016

De aquellos barros, estos lodos

Sostengo la teoría de que la prevalencia de las prácticas corruptas entre los españoles es (también) atribuible a la impunidad que gozaba cualquier arbitrariedad cometida durante la dictadura franquista. Durante cuatro décadas muchos, sabiéndose impunes, interiorizaron que el que la hace NO la paga, y esta premisa se fue incorporando sutilmente al subconsciente colectivo hasta llegar a nuestros días. Evidentemente, esta conducta, ya endémica, no es privativa de las personas de derechas o de los herederos sociológicos del franquismo, sino que afecta también a personas que se califican de progresistas, para las que el fin justifica los medios. Y, si no, remitámonos a la realidad circundante de nuestro país, salpicada de casos de corrupción por doquier. Ahora se demuestra que fue un error olvidar, mirar para otro lado y no depurar responsabilidades cuando se inició la Transición a esta democracia frágil y endeble. De aquellos barros, estos lodos. • cmg2015

03 abril 2016

Clasicismo y radicalidad en Mapplethorpe

La obra de Mapplethorpe no ha envejecido en absoluto; sus fotos mantienen ese control clásico sobre el medio y una radicalidad en los temas

Ultrasexo, por ESTRELLA DE DIEGO

Con frecuencia captaba la propia imagen de chico sexy y guapo, de látigos y braguetas, de rompimientos y suturas; de fotos brutales y bellísimas; de cuerpos escultura afroamericanos y contracultura leather… Miraba desafiante a la cámara —lo había hecho su amigo Warhol— maquillado o con pajarita, listo para una gala benéfica; en poses sadomasoquistas, con chaqueta de cuero y puñal en la mano; guerrillero, travestido, manteniendo a la muerte a raya… Formas rigurosas y poses calculadas —un autorretrato de Durero—; imágenes paradójicas e intensas, sexuales en cada gesto, con esa ultrasexualidad de la década de los ochenta en que todo valía, o valía al menos un rato: lo que durara la canción o la raya.

Quién sabe si esa paradoja que salpica la obra de Robert Mapplethorpe es precisamente lo que hace de su trabajo uno de los más especiales de aquella época tan llena de fotografías —el que mejor ha envejecido—. Es más, ante su obra —presentada en el Lacma (Los Angeles County Museum) y el Museo Paul Getty de la misma ciudad hasta el verano— el espectador tiene la sensación nítida de estar frente a una propuesta artística que no ha envejecido en absoluto: las instantáneas del artista estadounidense, fallecido de sida en 1989, con poco más de 40 años —en plena crisis de la enfermedad—, siguen manteniendo esa mezcla inesperada de control clásico sobre el medio —a ratos casi conservador en el modo de iluminar, la sintaxis fotográfica, el uso del blanco y negro…— y una poderosa radicalidad en los temas tratados.

De hecho, sus imágenes, a menudo muy explícitas, hablan de un deseo poco convencional donde el sadomasoquismo se mezcla con el homoerotismo —a ratos dulce como el famoso abrazo de los dos jóvenes vestidos con una corona y a ratos brutal como el cuerpo afroamericano sin rostro, elegantemente trajeado, de cuyos pantalones emerge indiscreto el pene—; la sexualidad alternativa y desgarrada de su amiga Patty Smith; andrógina en el caso de la body builder Lisa Lyon; o descarada en el delicioso retrato de la ancianita Louise Bourgeois, quien lleva uno de sus falos bajo el brazo a modo de inocente barra de pan.

La contradicción prodigiosa de Mapplerthorpe es la que las dos exposiciones de Los Ángeles han sido capaces de recuperar —desvelar, se diría—, junto a otros materiales extraordinarios de su abultado archivo — más de 3.000 polaroyds, 120.000 negativos, correspondencia…—, adquirido a medias por ambos museos en 2011. Quién sabe si fue su paradoja entre clasicismo y radicalidad lo que hizo del artista uno de los más controvertidos del momento, más allá del miedo colectivo al sida en una época en la cual se asociaba de forma directa a la comunidad gay que él explicitaba sin tapujos.

Visto el conjunto de las deslumbrantes imágenes años después se admira la elegancia del fotógrafo casi tanto como su desenvoltura a la hora de tratar los juegos en los márgenes. Asombran, sobre todo, esas formas desimplicadas, convertido el deseo alternativo de látigos y cueros en un ejercicio de estilo también, cargado no obstante de un eficaz mensaje político que, pienso ahora, quizás hubiera sido menos firme caso de haber presentado las imágenes una menor perfección estética. ¿Puede acaso el arte político ser bello? Mirando la obra de Mapplerthorpe, la respuesta afirmativa está clara. A lo mejor por eso clausuraron la muestra póstuma en la Corcoran Gallery y no por la supuesta ofensa a la moral pública: las fotos insolentes eran demasiado perfectas. Para los censores el chico guapo y su estética refinada y clásica no deberían haberse convertido jamás en los narradores del ultrasexo en los ochenta. Y, sin embargo, nadie lo relató como él. •
Babelia, 1 de abril de 2016.

28 marzo 2016

Una educación

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Cuatro mutaciones de las que he sido testigo a lo largo de mi vida han determinado mi conciencia política. La primera, el cambio de una dictadura aislada internacionalmente a una democracia integrada en la Unión Europea; la segunda, el salto generacional de la clase trabajadora campesina a una clase media profesional e ilustrada; la tercera, el paso de las mujeres de la subordinación a la plena visibilidad; y la cuarta, el contraste de las seguridades del Estado de bienestar europeo con el espectáculo del crudo capitalismo americano. Una quinta mutación acentúa los aprendizajes de las anteriores: igual que viví, con plena conciencia, el paso de la tiranía a la libertad, la irrupción de las mujeres en todas las esferas de la vida pública, la mejora de mis condiciones y mis expectativas personales, también he asistido en los últimos años a la amenaza del derrumbe de todo aquello que daba por supuesto, no ya el Estado de bienestar, sino todo el sistema económico sobre el que se sostiene. La incredulidad hacia las predicciones de los expertos de cualquier signo espero no perderla ya nunca. Es saludable no olvidar que, a juzgar por el porcentaje de éxito de sus vaticinios, los economistas, politólogos y sociólogos tienen una capacidad predictiva semejante a la de los sacerdotes romanos que escrutaban vuelos de pájaros o entrañas de animales recién sacrificados.

Crecer en una zafia dictadura, que fue sanguinaria hasta sus últimos días, me curó de cualquier tentación de desdeñar la democracia o de aceptar la supresión de cualquiera de sus valores esenciales —la libertad de expresión, la igualdad ante la ley, el respeto a las minorías— en nombre de una supuesta causa superior, por muy sonora o muy noble que se la presente. La dictadura, donde todo tenía que callarse, me enseñó el derecho y la responsabilidad cívica de no callarse nunca. Y no callarse significa unas veces llevar la contraria al poder establecido y otras enfrentarse con naturalidad y gallardía a las grandes unanimidades colectivas, a lo que parece respetable, a la opinión de aquellos con los que sería de esperar que uno estuviera de acuerdo. La ortodoxia antifranquista fue muchas veces tan irrespirable como la ortodoxia franquista, y dejó una herencia duradera de dogmatismos y reflejos defensivos y un déficit de disposición para el debate y la disidencia que han marcado profundamente nuestro clima político. A la hora de la verdad, el cierre de filas parece más meritorio que la búsqueda de un acuerdo, aun al precio del sentido común y del bien común.

Habiendo deseado la democracia cuando no existía y vivido luego muchos años en ella, he aprendido su valor, pero también su fragilidad, y sus límites, que son en parte los de la misma condición humana. La democracia pierde una gran parte de su brillo, como casi todo, cuando se vuelve un hábito, de modo que en su mismo éxito está contenido su peligro, porque la estabilidad, tan deseada cuando se carece de ella, conduce pronto al tedio. El romanticismo de la democracia relumbra sobre todo cuando se carece de ella, cuando se anhela su llegada o se sufre su pérdida. En la democracia —al menos mientras no tiene calificativos ni aditivos—, la soberanía popular se ejerce a través de un sistema de contrapesos y controles, de separación de poderes y vigilancias administrativas e informativas que rara vez dejan sitio a los grandes ímpetus salvadores, a las confortadoras simplicidades de la épica. En las democracias, decía Raymond Aron, rara vez se elige entre el Bien y el Mal, y casi siempre entre lo preferible y lo detestable. A diferencia de cualquier otro régimen, la democracia solo ofrece promesas limitadas: no el paraíso terrenal, ni la gloria del Pueblo por fin liberado de sus enemigos, sino cambios graduales que pueden mejorar las vidas del mayor número de personas posible, pero que son difíciles de mantener y muy fáciles de descuidar. Modestamente, paso a paso, sin grandes énfasis, la democracia, en Europa, a partir del abismo de sangre, horror y desorden de 1945, ha logrado algo que en aquel "Año Cero" parecía imposible: un acuerdo duradero entre aquellos mismos que llevaban medio siglo matándose entre sí; una ciudadanía común por encima de las fronteras; un equilibrio entre la iniciativa privada y las libertades personales sostenidas en políticas de educación pública y sanidad universal.

Que ese modelo esté ahora averiado y en peligro no rebaja el valor de todo lo que se ha logrado: más bien es un motivo para defenderlo y mejorarlo. Al menos tres generaciones llevan beneficiándose de él: la nuestra, desde el principio de la juventud; la de nuestros padres, en la edad madura y la vejez; la de nuestros hijos, que por primera vez se ven en un doble peligro: el de perder ese modelo de libertad política y progreso social, y el de desdeñarlo.

El desdén puede ser comprensible, ante tanta corrupción, insuficiencia, injusticia. Pero apreciar lo bueno que a pesar de todo se sigue teniendo no implica conformidad, sino plena conciencia del valor de las cosas y exigencia de sostenerlas y mejorarlas. La democracia, la socialdemocracia, carecen del romanticismo de lo claro y tajante y, a diferencia de los sistemas autoritarios o mesiánicos, no hacen grandes inversiones en propaganda. La democracia y la socialdemocracia suelen tener muchos beneficiarios, pero muy pocos defensores, y algunos de sus más eficaces enemigos son los que más provecho han sabido sacar de ellas, al amparo de sus libertades y sus garantías. Sus banderas solo despiertan entusiasmo cuando son banderas derrotadas. Sus héroes siempre son retrospectivos. Si la República de Weimar o la II República española hubieran contado con la gratitud y el apoyo de tan solo una parte de quienes más motivos tenían para defenderlas, el triunfo de Hitler y luego el de Franco habrían sido mucho más difíciles. En un raro momento de sinceridad política, Jean-Paul Sartre, que tan poca simpatía manifestó siempre por el sistema democrático que garantizaba y amparaba su libertad intelectual, escribió que solo cuando se encontraron bajo la ocupación nazi descubrieron él y sus amigos los muchos méritos de la III República.

La democracia es más fuerte de lo que parece contra sus enemigos exteriores —el terrorismo, la agresión militar—. Las democracias no pierden guerras, a diferencia de las dictaduras, y no hay organización terrorista que las ponga de verdad en peligro. Si se destruye es desde dentro: cuando en nombre de la seguridad recortan las libertades y se infaman con la tortura; cuando la desigualdad extremada hace imposible el ejercicio de la ciudadanía y la riqueza despótica compra las elecciones y corrompe la Administración y la política; y cuando el origen y el dinero determinan de manera absoluta la calidad de la educación y la salud cerrando a la mayoría la perspectiva del progreso y, por tanto, cualquier esperanza efectiva de igualdad. Que no haya formas imparciales de reconocimiento del mérito es una desgracia, pero mayor desgracia aún es que el mérito ni siquiera tenga la oportunidad de revelarse.

Decía Karl Marx, cosa que sorprenderá a los expertos en teoría educativa, que la ignorancia nunca ha liberado a nadie. Si he aprendido algo a lo largo de todos estos años es que la mezcla de la injusticia y de la ignorancia favorece la infelicidad de las personas y la ruina de la democracia.
Babelia, sábado 19 de marzo de 2016

24 marzo 2016

¡Porompompón!

Por JULIO LLAMAZARES

Me lo dijo el poeta Antonio Gamoneda volviendo en avión de Israel, a donde habíamos acudido para participar en unas lecturas de poesía en Jerusalén. Hablábamos de León, la ciudad que nos une y nos separa a la vez (él vive en ella y yo fuera, pero los dos la amamos y la sufrimos) y le preguntaba yo la razón de que nuestros paisanos sean tan conservadores y si, en su opinión, eso cambiará algún día. “Pero Julio… —me contestó Gamoneda con condescendencia, casi con compasión por mi ingenuidad—, ¿tú qué puedes esperar de una ciudad en la que la mitad de la población se pasa el año esperando a que llegue la Semana Santa para tocar el tambor y marcar el paso?”.

El descorazonador diagnóstico de Gamoneda era para León, pero vale también para España entera ¿Qué se puede, en efecto, esperar de un país que, pese a su despresurización religiosa de estos años últimos, se lanza a las calles en masa cuando llegan las fiestas de Semana Santa para portar crucificados y vírgenes a cuestas, tocar tambores hasta sangrar y procesionar día y noche durante días como si el fin del mundo fuera a llegar en cualquier momento? Porque una cosa es que lo hagan las personas religiosas, esas que creen que Cristo resucita en estos días cada año, y otra distinta las que, sin creer en Dios, ni en la Virgen, ni en la resurrección de nadie que no sea su equipo de fútbol o la economía, como el Gobierno, desfilan por su ciudad llevando a hombros pasos de seis toneladas con un fervor sorprendente en personas a las que si su mujer les demanda luego que bajen del desván una mesita montan en cólera. Uno respeta las aficiones de los demás, pero también valora la coherencia en el comportamiento de sus semejantes.

Y es que, por lo que parece, desde hace tiempo el número de procesiones y de españoles procesionantes está aumentando en la misma proporción en la que la Iglesia católica pierde adeptos, como demuestran todas las estadísticas. Incluso el ¡porompompón! que acompaña a las procesiones suena más ensordecedor cuantos menos católicos practicantes hay entre los nazarenos. Como uno no cree en la casualidad e intuye que alguna explicación hay para que eso ocurra, con perdón de la Iglesia católica y de Íker Jiménez, he comenzado a pensar que Gamoneda tenía razón y que lo que de verdad les gusta a los españoles de la Semana Santa es echarse a la calle a marcar el paso, más allá de devociones, tradiciones, pasión por lo popular o lo pintoresco, sobrecogimientos artísticos y musicales y demás explicaciones simbolistas.

¡Qué miedo!

El País, 24 de marzo de 2016

16 febrero 2016

Curas pederastas


Por XAVIER VIDAL-FOLCH

Si queréis seguir la invitación evangélica de que los niños se acerquen a Él, impedid que los niños se acerquen a “ellos”


El escándalo de pederastia en un colegio barcelonés de los Hermanos Maristas es singular. Porque involucra a profesores seglares, ya no solo curas. Porque evidencia un fallo administrativo múltiple —del Departamento de Enseñaza, los Mossos, la Justicia...— pues había sido denunciado, sin éxito, hace tiempo. Por sus ramificaciones, pues uno de los abusadores fue luego protegido por el Obispado de Girona. Por el alcance del síndrome de Estocolmo —el que que afecta a los secuestrados, que se entregan sentimentalmente al secuestrador—, pues algunos padres se han manifestado en la calle, en defensa del colegio.

Para explicar tanto desmán, conviene a veces mirar lejos. Miremos los casos descubiertos por The Boston Globe en 2002, magníficamente relatados en Spotlight, un filme de bandera.

No eran casos aislados, sino hasta 87, un 6% del clero local. No se trata pues de alguna excepción aislada, sino de un problema sistémico. Que se ceba sobre las familias más débiles, desestructuradas, necesitadas de apoyo para sobrevivir, de un clavo ardiente para ascender. Que se basa en la confianza que inspiran los representantes de la divinidad (“no vas a negar algo a Dios...”). Que se propaga favoreciendo una indebida presunción de inocencia, en favor de los culpables reconocidos, desde la sociedad (“o sea, que esto funciona así: uno presiona otro y este a otro hasta que toda la ciudad mira hacia otro lado...”).

Esa complacencia llegó hasta el Vaticano, cuando el Papa polaco, conocedor de tanto delito, buscó un retiro dorado en Roma al cardenal Law, sabedor de tanto delito en su diócesis. Delito, prescrito o no: eso que ellos llaman pecado.

Algunos expertos sostienen que la epidemia de pederastia florece gracias al celibato. Al ser la castidad obligatoria, la naturaleza inclinaría a muchos a conculcarla (con adultos/as), y ese clima de transgresión clandestina favorecería también abusar de niños. En favor de esa tesis milita el hecho de que en la escuela francesa (pública, laica) o la ortodoxa (donde los popes no se obligan al celibato) no se ha detectado esta plaga.

De modo que si queréis seguir la invitación evangélica de que los niños se acerquen a Él, impedid que los niños se acerquen a “ellos”. O lo evita la Iglesia (católica). O lo imponemos por ley.
El País, 16.02.2016

05 febrero 2016

Armonía fractal de las marismas de Doñana



Exposición fotográfica ‘Fractales, las marismas y Doñana’

La exposición muestra las estructuras fractales de las marismas andaluzas, entre ellas las del Parque Nacional de Doñana. Su fin es dar a conocer estos espacios desde una nueva perspectiva con el objeto de concienciar a los visitantes sobre la importancia de su conservación. La muestra recoge una selección de las mejores imágenes de la obra ‘Fractales. Anatomía íntima de la marisma’, del fotógrafo Héctor Garrido, con más de 200 imágenes aéreas sobre este enclave.

Durante todo el año 2016 la exposición estará abierta al público en la sede de la Fundación Biodiversidad en Sevilla (Plaza Patio de Banderas, 16) de lunes a viernes de 9 a 14 horas.