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20 enero 2026

Más que rivales, más que una serie


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

Desde Canadá nos llega Más que rivales (Heated Rivalry, 2025), la primera serie de ficción en torno a jugadores de un deporte de equipo profesional tradicionalmente vinculado a una heterosexualidad hipermasculinizada como es el hockey sobre hielo, pero, con la diferencia, en este caso, de que varios de los protagonistas son bisexuales o directamente gays. 

En la miniserie confluyen varias tramas que se complementan. Por un lado, a los protagonistas se les presenta el dilema de no poder salir del armario siendo jugadores de élite de un deporte de equipo, un contexto en el que fácilmente la vida privada puede convertirse en un asunto público, objeto de la conversación social (en redes o en la vida real). Por otro lado, la tensión constante por no bajar la guardia para evitar ser descubiertos en público atenaza 24/7 a las dos parejas de amantes, algunos de los cuales sienten la necesidad de hacer pública su relación amorosa (sin tener que verse impelidos a disimular lo que no son) y vivir un amor normal, a la luz del día.

La ficción creada por el canadiense Jacob Tierney, que logra mostrar al gran público el enorme sufrimiento de vivir una vida en el armario, ha propiciado un debate social entre aficionados al hockey en Canadá, y está llamada a derrumbar muchas barreras, echar abajo el mito ignorante de que un hombre es menos hombre si se deja follar y abrir muchas mentes en el machista mundo del deporte.

La trama de esta ficción audiovisual es extrapolable a cualquier otro deporte de equipo, y aquí radica su relevancia. Pocas ficciones han versado sobre este asunto hasta ahora con tal verosimilitud. Aparte de algún cortometraje, sólo conozco el espléndido mediometraje Wonderkid (2016), comisionado por la Premier League para luchar contra la homofobia en los estadios, la película germana Mario (2018), cuyo protagonista es un futbolista gay, y una estupenda serie noruega, Home Ground (2018), en la que el joven guardameta de un equipo de categoría regional sale del armario con total naturalidad mientras es entrevistado a pie de cancha por un periodista de televisión.

Más que rivales muestra sin reparos un homoerotismo voluptuoso que seduce desde el primer fotograma. Con diferencia, los mejores episodios son el tercero y el quinto, que contiene una escena para ver en bucle una y otra vez. Confío en que cuando muchos deportistas, independientemente de su orientación sexual o del deporte que practiquen, vean esta miniserie (por lo demás, espectacular, trepidante y glamurosa), van a aprender mucho sobre el amor, el sexo y la ternura entre hombres. cmg2026

PD: Olé por Manu García, guardameta del Marbella FC, primer futbolista español abiertamente gay.

Más que rivales está disponible en M+ y en HBO Max. Recomiendo escucharla en versión original subtitulada.

06 abril 2025

El cine de Roberto Pérez Toledo según Borja Terán

"Roberto Pérez Toledo es uno de los directores imprescindibles del cine independiente español de los últimos tiempos por su habilidad para plasmar las emociones cotidianas y explorar los vínculos, que no todos ven, pero que nos mueven en nuestro día a día. Su cine ha trascendido en todo el mundo porque ha sabido indagar en los sentimientos, en nuestras contradicciones, expectativas, prejuicios e ilusiones a través de su mirada única. Su legado es inspirador para entender mejor la sociedad de una manera más representativa, más real, más inclusiva en donde se muestran todas las diversidades con la realidad que merecen. Sin etiquetas, como él mismo decía: «basta con tratar la diferencia como parte esencial de la vida». Su cine seguirá abriendo mentes, seguirá inspirándonos desde su traviesa empatía.

Como director y guionista, sus más de 80 películas largas y cortas, han roto barreras tanto sobre las personas con discapacidad como sobre la diversidad LGTBI+. De hecho, desde la naturalidad sus historias dan herramientas prácticas al espectador [y al educador] a través de un entretenimiento sin complejos. Mientras te entretienes, su obra también está siendo útil para la vida cotidiana. Irónico y sensible, pocos se han fijado en los matices que conforman la realidad con el ingenio de Roberto. No se quedaba en la superficie, sabía que la vida es fruto de los matices y sus circunstancias e indagaba en las realidades cotidianas con una destreza única. Eso ha sido y es Roberto Pérez Toledo, una mirada abierta, inclusiva e inspiradora.

En mi recorrido profesional, ha sido vital crecer junto a la complicidad de este cineasta, quien fue mi gran compañero de aventuras. Hábil para descifrar emociones y romper prejuicios, me ha enseñado a tener una mirada más amplia, más culta, más abierta, más libre, pues su mirada ve más allá que el resto. La vida se co-construye con aquellas personas que te hacen sentir a salvo. Y soy lo que soy y seré muy especialmente gracias a las ilusiones y lealtades compartidas con Roberto. Escribir sobre las pantallas es una gran excusa para hablar de la vida e intentar reflexionar sobre cómo somos."

Borja Terán es periodista, escritor, creador y divulgador audiovisual y educador en valores.También fue productor ejecutivo de muchas de las ficciones filmadas por RPT.



26 marzo 2025

"Adolescencia", un prodigio técnico, interpretativo y narrativo de la ficción televisiva


Por Laura Pérez, 

eldiario.es 21 de marzo de 2025

En los últimos días no ha habido conversación seriéfila que no haya girado en torno a Adolescencia (Adolescence), la nueva miniserie fenómeno de Netflix. Otro éxito del 'boca a oreja' en la era de las plataformas que ha provocado una fascinación generalizada y que, apenas transcurridos tres meses de 2025, ya se ha convertido en una de las grandes ficciones del año con total merecimiento.

Frente a otros proyectos ultracomerciales repletos de elementos 'taquilleros' para triunfar, lo de esta producción británica es del todo excepcional: está compuesta por únicamente cuatro capítulos de entre 50 y 65 minutos, todos ellos rodados en plano secuencia. Es decir, en una única toma, sin cortes ni edición. Un reto audiovisual e interpretativo que, más allá de la habilidad técnica, ayuda a elevar a esta serie a la categoría de inolvidable. O, al menos, a la de esas que dejan una huella especial por un tiempo.

Para comprender a qué viene tanto elogio basta con echar un vistazo a su primer capítulo. O en su defecto, con leer alguna de las muchas críticas que desde su estreno el pasado 13 de marzo han analizado por qué parece que en los últimos días todo el mundo habla de esta nueva serie de Netflix. Una conversación social que se ha traducido en un top-1 en la plataforma que, con total probabilidad, seguirá viendo disparados sus números en próximas semanas.

Creada por Jack Thorne y Stephen Graham, y dirigida por Philip Barantini, Adolescencia cuenta la historia de Jamie Miller, un adolescente de 13 años que es detenido y acusado de asesinar a una compañera de clase. Una sinopsis tan breve como impactante, casi tanto como la impresión que genera en el espectador ver por primera vez al joven Owen Cooper en la piel del protagonista mientras un grupo de agentes de policía entran en su habitación infantil para arrestarle.

En ese momento comienzan dos viajes. El de la ficción, con el presunto asesino y especialmente su familia ajenos a lo que la investigación va a depararles. Y el real que experimenta todo aquel que decide darle al play y 'subirse' a una de esas series que remueven e incomodan, haciéndote transitar por todo tipo de sentimientos en apenas cuatro horas.

Como comentábamos, gran parte de la excepcionalidad de esta ficción es consecuencia de la técnica cinematográfica elegida para la totalidad de su metraje: cuatro planos secuencia, uno por capítulo. Una técnica que habitualmente se introduce de manera puntual o limitada en obras audiovisuales (buenos ejemplos de ello son el episodio 5 de Monstruos: La historia de Lyle y Erik Menendez o el 10 de Los años nuevos, ambas series de 2024), pero que en este caso marca la totalidad del relato.

Así las cosas, la serie en su conjunto es un reto audiovisual e interpretativo de los que no abundan, pues toda la acción sucede ante la cámara de manera milimetrada, como si de una representación teatral se tratase. En lo que al equipo técnico se refiere, el desafío al que se han enfrentado lo ha desglosado recientemente Netflix al revelar secretos y curiosidades de rodaje, como recogimos aquí. Y en lo que respecta al elenco, asistimos a una masterclass de interpretación de unos actores que pasan del pánico a la ira o al dolor en apenas segundos, sin cortes y sin que un montaje pueda 'salvar' a nadie.

En ese sentido, conviene subrayar tres nombres propios. El primero es el de Owen Cooper, un joven de 15 años sin experiencia previa como actor que firma un debut sobresaliente en el papel protagonista. Los matices de su Jamie Miller en el primer y tercer capítulo bien merecen todos los premios que probablemente le lloverán el próximo año. El segundo es el de Stephen Graham, que si bien no es un descubrimiento para nadie, se marca una de sus interpretaciones más brillantes como el padre del acusado. Y el tercero es el de Erin Doherty, conocida por su paso por The Crown, que sobrecoge en la piel de la psicóloga Briony Ariston.

A estos retos se suma el narrativo, ya que resulta de lo más complicado retener la atención del espectador en un plano que dura casi una hora, y que tampoco puede servirse de la labor de montaje para acelerar su ritmo. Algo que Adolescencia sortea sin problemas, pues logra transmitir la tensión de cada momento y hacer partícipe de toda situación a aquel que está viendo la serie desde su sofá.

Especial mención merece el primer capítulo, la mejor puerta de entrada posible a esta historia, y principalmente un tercer episodio que se desmarca como una pieza televisiva memorable. En su escenario, una sala común de un centro de menores, se genera de pronto un torbellino incontrolable de emociones y reflexiones sobre la educación y la masculinidad, provocado por lo que parecen “simples” preguntas de una profesional a un adolescente con graves problemas de conducta.

Sin entrar en spoilers, y más allá de lo arriba analizado, si por algo Adolescencia debería ser una serie de visionado obligatorio para padres e hijos no es por su estilo, sino por su temática. Y no precisamente porque esta situación de extrema gravedad sea común en toda familia, sino por las enseñanzas de calado que deja en sus cuatro entregas.

A lo largo de sus capítulos, esta serie se adentra en 'la mente' de las generaciones Z y alfa para desenmarañar y traducir los que son ya códigos propios que los adultos difícilmente son capaces de interpretar. Términos y comportamientos intrínsecos a los adolescentes de hoy en día, nacidos y criados en Internet y las redes sociales, que pueden tener consecuencias impredecibles.

Así las cosas, y bajo la visión de los adultos que educan dentro y fuera del hogar, Adolescencia retrata el clima en el que se 'cultivan' las nuevas generaciones. En sus propias casas, con los roles que sus padres muchas veces reproducen de manera inocente o inconsciente. Y en los colegios e institutos, donde los perfiles que adquiere cada uno en esa época de formación acaba marcando. Además, la serie pone de relevancia el caldo de cultivo de las redes sociales y cómo pueden ser una herramienta feroz de bullying entre los menores que acceden a ellas sin control ni supervisión.

Llegados a este punto, y siendo indiscutibles los muchos aciertos de esta serie en su retrato de la adolescencia inspirándose en un caso real, cabe señalar una 'falta' que sus propios guiones verbalizan. En su capítulo 2, uno de los personajes reflexiona sobre cómo en todo crimen la víctima acaba siendo olvidada mientras la figura de su verdugo está en el centro de todo: en la investigación, la acusación, el juicio, la sentencia y su futura reinserción, si se da el caso.

Y esa es precisamente la piedra en la que tropieza -voluntariamente o no- Adolescencia, en que ni la víctima ni su entorno tienen un mínimo protagonismo en el relato. Porque aunque el foco de esta narración se sitúe en otro lado, las víctimas no pueden ni deben ser la parte olvidada de la historia.

04 febrero 2025

arte.tv

El prestigioso canal franco-alemán ARTE, dedicado desde 1991 a promover y difundir cine de calidad, ha lanzado recientemente el sitio
arte.tv, una plataforma de streaming europea en abierto y sin necesidad de registrarse o suscribirse, que ofrece documentales excepcionales narrados en francés o en alemán, con subtítulos en diversos idiomas [cliquear en pestaña Versión] y cortometrajes, que hacen llegar la cultura, de forma gratuita, a todos los rincones del mundo. También es un recurso didáctico formidable para quienes quieren mejorar su francés o su alemán.
Entre el vasto catálogo de arte.tv, recomiendo el documental Breaking Social, un ambicioso proyecto del cineasta sueco Frederik Gretten, filmado en 2023 entre Chile, París, Malta, West Virginia, Países Bajos, Surrey, y Nueva York. Está producido entre Noruega, Suecia, Finlandia y los Países Bajos, y ha contado con el apoyo del programa Creative Media de la UE.  
Todas las sociedades se basan en la idea de un contrato social. Se nos dice que si trabajamos afanosamente, si tratamos a los demás con respeto, si jugamos conforme a las normas, seremos recompensados. Pero después están los rompedores de reglas. Aquellos que utilizan paraísos fiscales y obtienen beneficios sin devolver nada a la sociedad. ¿Podemos permitirnos a los ricos? Breaking Social analiza los patrones globales de cleptocracia y extractivismo. Un periodista de investigación asesinado en Malta. Un río sin agua en Chile. Cuando la gente llega a un punto de inflexión, empiezan a organizarse y a protestar. Vemos a aquellos que ya luchan en los frentes de las revueltas sociales en todo el mundo (como el estallido social chileno). La película explora las posibilidades de superar la injusticia y la corrupción que acechan en cualquier lugar del mundo. 92 min.


17 mayo 2020

Éxito de lo banal

Por VICENTE VERDÚ
El País, 2 de mayo de 2002

Pierre Bourdieu hablaba de nuestra época como el tiempo de 'sublimación de lo banal'. Sublimación, éxito de lo banal, lo mismo da. Cuando ahora se produce la victoria de Le Pen en las presidenciales francesas el resultado se tiene por un impronosticable horror. Más que eso: significativamente se le denomina seísmo u otra figura de las catástrofes que tienda a presentarlo como un hecho sin fundamento, proveniente de la locura o la lógica sin razón. Una catástrofe o un desenlace sin enlace con la realidad.

Sin embargo, el éxito lepenista es bien real. El voto otorgado a sus propuestas (desde la tolerancia cero a la pena de muerte, desde la negación de la nacionalidad a los extranjeros a la exultación de nuestra condición) traduce el deseo inmediato de su electorado. No un electorado supuestamente volcado a la derecha sino compuesto también por trabajadores y parados subversivos. Muchos de ellos mayores de 50 años pero otros no, ciertos ex comunistas, representativos en grupo de lo normal.

Una semana antes L'Express publicó un reportaje sobre la nueva sociedad francesa que tituló 'El triunfo de la mediocracia'. Pero esta mediocracia no era de derechas ni de izquierdas, no era medio rica ni medio pobre, no era muy crítica ni poco. Era la comunidad. Una comunidad que hoy se define por la mayor audiencia ante el televisor y que en España ha exaltado Operación Triunfo o Gran Hermano y que ha propiciado las secuelas de El bus, Supervivientes y la tan insufrible Confianza ciega.

Instruida la mediocracia entre María Teresa Campos y Crónicas marcianas, entre Sabor a ti y Grandiosas, ¿cómo pensar en la política, en la complejidad multicultural, en los trastornos étnicos, en cualquier elemento que perturbe la distracción? La mediocracia no sólo se alimenta de la mediocridad sino de un caldo tibio, ni caliente ni frío, que aspira a no ser alterada por la menor agitación y se complace en las olas de la banalidad.

Las mujeres españolas suelen quejarse de la desbordante oferta futbolística en nuestra televisión pero definitivamente la televisión se ha feminizado casi totalmente y lo ha hecho dentro de su nivel más mórbido. De la mañana a la noche, la televisión feminizada danza entre el cultivo de lo banal y el aderezo de las sobremesas que empiezan con Betty, la fea. Todas esas historias de amor y cotilleo instruyen día a día sobre lo que merece ser televisado y sobre lo que, en definitiva, la población asume sin parar. Su defecto no es la trivialidad sino, por el contrario, la trivialidad es su máxima golosina. En las tramas y subtramas de los personajes, desde Belén Esteban a Carmina Ordóñez, nada ocurre que no sea superficial y gracias a ello la satisfacción resbala y se reparte por los hogares. El pase de un argumento a otro opera, ante el espectador, como los hipnóticos pases de moda, donde el tránsito sin consecuencias se prolonga sin concluir jamás. Pasan las cosas una tras otra sin que pase nada profundo mientras la sensación deja a los cuerpos pulidos de inquietud, banalizados a imagen y semejanza de la imagen.

El voto a Le Pen o a cualquier opción que se le parezca podría parecer, a primera vista, una apuesta fuerte. Pero podría ser pronto la consecuencia de un dejar estar y de obrar siguiendo las pulsaciones más cómodas del corazón, del Corazón de invierno, del Corazón de primavera. Cada estación, día tras día, el corazón queda atendido por una feliz sucesión de bobadas que como médulas van reproduciéndose y poblando la memoria de historias y cuentos sin dimensiones. Nunca el hombre o la mujer sin atributos que se temía para los tiempos de bajo entusiasmo ha tenido una colaboración más eficiente que la mediocracia del televisor. La convicción se debilita confortablemente, la inteligencia se alabea y el sentido de la crítica pierde prestigio ante el impagable regalo del sinsentido, la mitología de lo más banal, la degustación de lo que no importa nada de nada como signo superior del bien y el mal.

05 febrero 2020

Lo que la escuela enseña la televisión lo destruye

En opinión del escritor Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), la televisión y las nuevas tecnologías están en la trinchera opuesta a la enseñanza: “Es un fenómeno que yo viví a pie de obra. Cuando empecé a dar clase, en 1978, había mucha paz en los institutos, pero la enseñanza se ha ido deteriorando. Ahora la lectura tiene tanta competencia... ¿cómo va a hacer nadie el esfuerzo de leer? No sabemos cómo serán de mayores los nativos digitales que crecen con Internet y al que dedican mucho tiempo, tiempo que no van a dedicar a la lectura. ¿Cómo le vas a decir a un niño que coma legumbres cuando puede comer chuches? Porque el WhatsApp y las redes sociales son chuches, juguetes, las chuches de la información. No cuestan ningún trabajo. Sin embargo, formarte culturalmente requiere un plan y un esfuerzo, lleva un tiempo”.

Todo cambió, dice, cuando se prodigaron los programas de telerrealidad o "reality shows": “A los niños los educan los colegios, pero también la sociedad. Yo recuerdo muy bien cuándo aparecieron los "reality shows". A partir de entonces empezaron a cambiar los referentes de los alumnos, que pasaron a ser el consumo, el dinero fácil, la fiesta continua, la fama. Hoy, lo que la escuela enseña la televisión lo niega, lo escarnece y lo destruye. Sociedad y escuela ya no forman un todo”.

02 junio 2017

El mérito ministérico

Por NATALIA MARCOS

Qué mérito tienen los ministéricos. Los que están detrás de la pantalla haciendo El Ministerio del Tiempo y los que están delante siguiendo la serie a pesar de todo. Pero antes de lamentarnos, celebremos su regreso, que es una gran noticia.

Y otra noticia todavía mejor: ha vuelto en muy buena forma. La serie de TVE nunca ha dudado en tirarse a la piscina y salirse del camino sencillo. Si hay que despedir a un personaje, se hace contando la Batalla de Teruel en primera persona. Si se quiere hacer un homenaje a Hitchcock, se hace una película de espías ex profeso. Y si incluyes como personaje al mítico director, pues lo conviertes en el macguffin de tu historia en una divertida vuelta de tuerca al elemento que él mismo acuñó, ese que en realidad solo sirve para que la trama avance.

El Ministerio del Tiempo ha arrancado su tercera temporada cambiando los guiños humorísticos (los hay, pero menos que en otros inicios) por referencias cinéfilas. Y la cosa funciona tanto para quien sea capaz de reconocerlas como para quien no lo haga. La dirección, el tono, el estilo... es El Ministerio y es Hitchcock. Y una gozada para el espectador. Un gustazo muy entretenido, por cierto. Que, al fin y al cabo, es a lo que hemos venido.


El reto que tiene ahora por delante no es sencillo. Sabe que contará con esa importante base de fans cuyo entusiasmo no decae aunque pase el tiempo, se vayan actores o caigan chuzos de punta. Pero la cadena pública ha decidido estrenar los nuevos capítulos cuando el verano está casi encima y tendrá un parón (que ya estaba previsto) en medio. Y, sobre todo, se ve condenada a arrancar a una hora cercana a las 11 de la noche por la todavía incomprensible presencia de Hora punta. Qué mérito el de aquellos que lo vemos religiosamente en directo para poder participar de su visionado como un evento televisivo compartiendo comentarios en redes sociales. Qué mérito el de los ministéricos. El País, 2.6.17

30 enero 2017

Paloma Chamorro, in memóriam

Con su pelo ingobernable y su rompedor estilo, fue el rostro más representativo de la Movida madrileña. Era Paloma Chamorro, la periodista que presentó La edad de oro, un programa que no estuvo en antena más de dos años pero que resumió de forma gloriosa el espíritu festivo y desenfadado del movimiento cultural más importante de la España democrática. Paloma Chamorro falleció este domingo a los 68 años, según han confirmado fuentes de su familia.
La presentadora comenzó a trabajar en Televisión Española a principios de los años setenta, en espacios de divulgación cultural, artística y literaria como Galería, Cultura 2 o Imágenes, que le permitieron entrevistar a Salvador Dalí o Joan Miró. Pero su carrera cambió cuando se puso al frente de La edad de oro, que entre 1983 y 1985 sirvió en TVE de escaparate de la movida madrileña y difundió las corrientes musicales y culturales emergentes.






Hoy cuesta imaginarlo, con una televisión pública que niega esta clase de programas musicales y entregada de forma vergonzante al espectáculo de Operación Triunfo y variedades similares: hubo un tiempo en el que Lou Reed, Tom Verlaine, Marc Almond o The Smiths tocaban en directo en TVE. Fue en La edad de oro, el programa más influyente y transgresor de los ochenta. En él lo imprevisible era la norma característica. Sin embargo, como contaba la propia Paloma Chamorro, su idea era reflejar lo que estaba ocurriendo musical y artísticamente en España y, sobre todo, hacer un programa de música con sonido directo. El anterior programa televisivo, Aplauso, no lo hacía. La presentadora recordaba cómo le indignó ver a Ramones, una de sus bandas de cabecera, hacer playback en un plató de televisión.
Con gran amor al arte, La edad de oro nació con la reunión de Kaka de Luxe y suspiró por última vez con la transmisión en directo del histórico concierto de The Smiths en el paseo de Camoens de Madrid. Si en la madrileña sala Rock-Ola se concentraba el ambiente cultural por las noches, La edad de oro fue concebido como la cita semanal con las cámaras de esa bohemia. En horario prime time, el programa se hizo rápidamente un referente de vanguardia generacional, aunque a la presentadora le cayeron algunas críticas por su falta de experiencia. Sin embargo, nadie podía haber dado tanto magnetismo en antena como ella, que, aparte de hacer buenas entrevistas y presentaciones muy certeras, simbolizaba ese éxtasis caótico y fresco de la escena musical de aquellos inocentes y libres ochenta.
Durante este tiempo, Paloma Chamorro fue procesada por ofensas a la religión católica después de que en un programa de 1984 apareció un crucifijo rematado por la cabeza de un cerdo. Con el cierre del programa, volvería a TVE con programas dedicado a las artes plásticas: La estación de Perpiñán (1987) y La realidad inventada (1988). Y, a partir de ahí, poco a poco, fue desapareciendo de la vida pública.


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