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28 febrero 2023

BOA MISTURA, poesía callejera para mejorar el mundo

Por Carlos Martín Gaebler

Boa Mistura (boamistura.com) es un equipo multidisciplinar de artistas urbanos que empezaron expresándose como grafiteros a finales de 2001 en Madrid. Su trabajo consiste principalmente en intervenciones artísticas en espacios públicos y zonas deprimidas de distintas zonas del mundo para humanizarlas aportando optimismo y felicidad al entorno mediante pintadas textuales en muros, fachadas, suelos o azoteas. Entienden su trabajo como una herramienta para transformar la ciudad y crear vínculos entre las personas porque sienten una responsabilidad para con la ciudad y el tiempo en el que viven. Han llevado a cabo proyectos en más de 30 países alrededor del mundo, colaborando con organizaciones como la ONU, Amnistía Internacional, PNUD, Greenpeace, Acción contra el Hambre o Cruz Roja. 

Los miembros de Boa Mistura son:

  • Javier Serrano Guerra: Arquitecto por la ETSAG, especializado en paisaje por la IUAV de Venecia.
  • Juan Jaume Fernández: Licenciado en Bellas Artes por la rama de Artes de la Imagen, en la Universität Der Künste de Berlín.
  • Pablo Ferreiro Mederos: Licenciado en Bellas Artes por la especialidad de Diseño Gráfico en la Aalto School of Design de Helsinki.
  • Pablo Purón Carrillo: Ilustrador y Licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas por la URJC de Madrid.
  • Rubén Martín de Lucas: Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos por la UPM de Madrid. Actualmente desarrolla su trabajo en solitario como Artista Plástico.
Me topé con la obra de Boa Mistura por primera vez en la galería madrileña Ponce+Robles (Alameda 5) en julio de 2016 (había acudido ese año al Orgullo con un amigo norteamericano). Tenían expuesto una versión del mural Mis raíces son profundas, que por entonces estaban pintando en La Habana. Quedé asombrado por la fuerza expresiva de aquellos latones oxidados de barriles de petróleo sobre los que aparecía pintado en rojo el enunciado inconcluso y minimalista Mi raíz es,  que ocupaban toda una pared de la galería. 


Desde un principio me pregunté por la razón de su nombre, una expresión tanto gallega como portuguesa que significa buena mezcla. Habían decidido no llamarse con un nombre anglosajón, sino echar mano de una lengua española y otra ibérica, ambas lenguas hermanas. Mestizaje global con todas las letras. Como filólogo y políglota, me sentí fascinado por el uso poético del lenguaje que hacen en sus palabras/enunciados minimalistas y multilingües. Acuerdan sus mensajes con el vecindario donde actúan con la intención de empoderarlo y reivindicar la felicidad humana. Digamos que usan la palabra donde Bansky usa la imagen gráfica para un mismo fin. Sus palabras o fragmentos, a veces en mayúsculas, otras veces en minúsculas, alcanzan la categoría de poesía impresa en muros o sobre el asfalto: JUNTOS SOMOS BARRIO; TE COMERÍA A VERSOS; IMAGINATION MAKES US INFINITE; SOMOS LUZ; THE FUTURE NEVER HAPPENS; MADRID, TE QUIERO EN COLORES; FELICIDAD; CALMA; BELEZA; DOÇURA; ORGULHO; HOPE; ALEGRÍA. También usan el formato de letras sobrepuestas todas a la vez formando una sola, como con las letras que componen el vocablo DESTINO, u optan por dos palabras superpuestas una sobre la otra, como REALIDAD y MAGIA. Las variantes son inmensas.


Pablo Purón, quien ejerce de portavoz entusiasta del grupo, en una entrevista en 2017, narra cómo se gestó el grupo y cuáles fueron sus primeras intervenciones urbanas: Los cinco chicos que pintábamos en principio lo hacíamos porque nos llevábamos muy bien y esa amistad, tan fortalecida con el intercambio de opiniones y formas de mirar, se convirtió en el germen de lo que hoy es Boa Mistura. Cuando llegaba el viernes nos reuníamos para pintar y disfrutar. Cada uno estudió una carrera distinta, nunca pensada para ser volcada luego en la creación de un colectivo de artistas urbanos, aunque sí que de alguna manera nuestros estudios estaban relacionados con el trabajo en la calle. Indudablemente, todos teníamos mucho que aportar. Digamos que nuestras especialidades profesionales se fueron volcando en nuestro trabajo en la calle y eso hizo que tomara una dimensión distinta. En 2010 terminamos nuestras respectivas carreras y fue entonces cuando nos encontramos con que teníamos que tomar una decisión: especializarnos por separado o intentar aunar nuestras fuerzas en eso en lo que éramos tan felices y que, además a esas alturas, ya tenía cierta “solidez”. Decidimos escuchar a nuestro corazón y profesionalizarnos.


Nuestra filosofía es “hacer ciudad”; humanizar la ciudad. A partir de ahí nos movemos a un lado o al otro de la frontera en función de los que nos pida el proyecto. Salir fuera es difícil y ahí está esa valentía que genera el grafiti y que ayuda muchísimo. No esperamos sentados en nuestro estudio a que nos llamaran. La primera ocasión fue en Berlín. En esa ciudad tan alucinante teníamos claro que queríamos hacer algo, así que encontramos un muro (la fachada del hotel East Side) y le pedimos permiso al dueño, que al principio no podía creer que lo quisiéramos hacer gratis, pero le encantó nuestro atrevimiento y nos ofreció alojamiento y comida a cambio del mural. Alquilamos las grúas y empezamos a pintar 20 horas al día haciendo turnos para poder terminar en el menor tiempo posible porque las grúas costaban “un huevo”.  Así fue nuestro bautismo en el extranjero: 30 metros en 5 días. Cuando terminamos el mural, la última mañana desayunando en el hotel, fue cuando decidimos convertirnos en Boa Mistura.


En 2012 hicimos un proyecto en las favelas de Río que tuvo posteriormente mucha repercusión y donde la palabra por fin se convertía en la protagonista absoluta del trabajo. Igual que en Ciudad del Cabo, en las favelas de Brasil tomamos conciencia del poder transformador que nuestra obra podía llegar a tener porque de pronto estos sitios se nos ofrecían en muchos sentidos como lugares vírgenes en los que los proyectos tenían un calado con una increíble capacidad de amplificación. También allí aprendimos que la manera de trabajar en la calle tenía que ser en comunidad;  dirigiéndonos a los líderes locales que son la primera frontera y los que nos validan ante la comunidad y después, con unas pautas más o menos claras y siempre respetando las reglas de convivencia, hablando con la gente, pero sobre todo escuchándolos; observando su medio de vida, viviendo un tiempo entre ellos para finalmente ser capaces de crear algo que de alguna manera transforme su paisaje aportando valor.

En una entrevista en 2016, Pablo Purón remacha: ¿La experiencia más satisfactoria de nuestro trabajo? Poder vivir de lo que más nos gusta hacer es un privilegio. Al final es un hobby. Le ponemos la etiqueta de trabajo porque es lo que nos da de comer, pero es lo mismo que haríamos en nuestro tiempo libre. De cara al público, lo que más nos apasiona es poder transformar comunidades y barrios. Cuando trabajas en la calle, el proyecto se va nutriendo a cada instante de las energías del entorno. Una obra al aire libre la puede contemplar todo el mundo. Se produce una gran agitación que puede servir de inspiración y ser susceptible de tener un poder transformador. Provocar un cambio positivo en el lugar es una experiencia verdaderamente gratificante.

Todos sus proyectos pueden verse y disfrutarse en este enlace al espectacular sitio web del colectivo. cmg2023

28 enero 2020

La casa de los años felices


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

Todo debió comenzar una mañana de primavera de 1965, tras un paseo que dieron mis padres por los jardines primigenios del Hotel Marbella Club, en la ladera de la Sierra Blanca malagueña, entre la montaña y el mar. Esta primera fotografía en blanco y negro, tomada por mi tío Fernando, plasma la fascinación que, ya por entonces, debieron experimentar ante un entorno tan idílico.


En abril de 1965, mis padres habían hecho un primer viaje a la zona de Artola, una zona a medio camino entre Marbella y Fuengirola, junto con mi tío Fernando, mi hermana Marta y yo, y nos habíamos hospedado todos en el Hotel Artola. De aquella fecha es la preciosa foto sobre el césped de Los Patios que imagino nos haría Manuel, el jardinero. Al fondo se aprecian las lomas aún vírgenes de la costa. Aquella foto de familia presagiaba la felicidad que estaba por venir, pues fue entonces cuando mis padres decidieron adquirir uno de los entonces 18 adosados (llamados Patios) de dicho conjunto, del que se conservan espléndidas fotos promocionales de 1965. 
Constaba el búngalo (así los llamaban) de 113 metros cuadrados repartidos en dos plantas: salón, dormitorio, baño, cocina, trastero bajo la escalera y patio a cielo abierto en la planta baja; y dos dormitorios, baño, balcón y terraza en la planta alta. Con este grupo de viviendas el arquitecto Julián Manzano Monis logró hacer una revisión de la idea de la casa-patio mediterránea desde la modernidad arquitectónica.

Los niños y niñas de Los Patios aguardábamos con impaciencia la llegada diaria a mediodía, siempre antes de la hora del almuerzo, de la furgoneta-tienda, con sus chucherías varias. Paraba junto al aparcamiento central, y nuestras madres o las sirvientas de algunas familias compraban alimentos de primera necesidad, en tiempos en los que apenas había supermercados a lo largo de la costa.

La fiesta de disfraces que se organizaba al final de las vacaciones era el punto álgido del veraneo para niños y niñas. Nuestros padres nos fotografiaban a todos puestos en fila, como muestra la foto. Luego jugábamos al escondite hasta la hora de cenar. Allí los niños y niñas teníamos mayor libertad de movimientos que en la ciudad. En aquella época analógica nos divertíamos físicamente, corriendo y revolcándonos sobre la tupida y mullida alfombra verde de césped que, con mimo y dedicación, cuidaban nuestros hacendosos jardineros, Manuel Benítez primero, y Juan Carlos Orellana después, que ejercían de hombres para todo, siempre dispuestos a arreglar cualquier avería con pericia y oficio. El jardín era el escenario de nuestras correrías. Sobre él jugábamos al backgammon, al parchís, al escondite, incluso al croquet. Interactuábamos sin artilugios electrónicos. Dentro de la casa jugábamos al dominó, al Monopoly o a las cartas. Mi madre nos enseñó, con mimo y paciencia, a jugar a la canasta y al continental, sofisticados juegos de naipes que encontré fascinantes desde la primera partida, y que seguí jugando de mayor. Aún conservo esas dos barajas de naipes. ¡Cómo añoro aquellas partidas de cartas!

¡Qué tiempos aquellos sin móviles cuando vivíamos la vida con intensidad sin estar empantallados ni enfrascados en dispositivos electrónicos, como les ocurre a los niños de la era digital! Nuestras madres nos criaron de cerca, sin distracciones electrónicas que llevarse a las manos, pendientes de nosotros con alegría y naturalidad. ¡Qué infancia tan afortunada tuvimos!
Mis padres, Manolo y María Luisa, nuestros vecinos Curro y Amelia Esteban, Juan Luis y Pilar Ruiz-Acal, y más tarde mis tíos Aurora Romera Ojeda y Carlos García Simeón, acostumbraban a sentarse a la sombra de un árbol que había junto a la alberca para tomar el aperitivo tras regresar de la playa. Era un precioso ritual colaborativo que daba pie a animadas charlas. Cada familia aportaba algo y, al finalizar, no quedaba ni un papel ni una colilla sobre la yerba. 

Mi recuerdo más imborrable de aquellos años felices gira en torno a la cabaña que, durante varios veranos, construíamos mi vecino Curro, su primo Carlos y yo sobre la ladera de la duna natural de Artola. Ya por entonces Currito apuntaba maneras de ingeniero, pues la cabaña nos quedaba estupenda. Nos íbamos a merendar allí, y (según me dicen) las chicas tenían terminantemente vetado acercarse a ella (no me pregunten por qué, porque ni yo lo recuerdo). Una tarde mi padre tuvo la feliz ocurrencia de hacernos una visita cámara en mano, y nos retrató a los tres posando orgullosos junto a nuestra obra constructiva.

Durante los años de mi adolescencia, los momentos más dolorosos eran los guateques, cuando los chicos bailaban con las chicas. Solían organizarse en nuestra casa o en casa de los Esteban, cuando nuestros padres salían a cenar. Bailábamos al ritmo lento de Samba pa ti de Carlos Santana, de Let it be de los Beatles, o de Morning has broken de Cat Stevens, canciones para bailar agarrao que la peña aguardaba con anticipación, menos yo, que no podía bailar con los chicos que me gustaban. Por aquel entonces, poco podía imaginarme que aquel sentimiento de aislamiento desaparecería un día de 1980 y se transformaría en gozosa liberación. Poníamos elepés y sencillos,
que nos traíamos de la ciudad, en mi radio-tocadiscos Philips, en el que también empecé a aficionarme a escuchar la radio en la sintonía de LVG (La Voz del Guadalquivir), mi particular escuela de música anglosajona, precursora local de Radio 3.

Durante los años 60 y 70 existía una alberca sobre el promontorio que describía el jardín. En aquellos tiempos no había sistemas de mantenimiento del agua en dichas albercas, por lo que el entrañable y tosco Manuel no paraba de vaciarla, encalarla, volverla a llenar, y, cuando el agua se ponía verde unos días después, vuelta a empezar. Como ya por entonces los propietarios comprendieron que este derroche no era sostenible, se optó por cegar la alberca y cubrirla de césped. Todos salimos ganando, pues se redujo considerablemente el consumo de agua del pozo comunitario y, por supuesto también, el nivel de ruido en el jardín.


La última foto familiar junto a la palmera
La palmera que había frente a nuestra casa (el patio número 11) fue testigo de nuestros mejores momentos en el microclima suave de aquel paraíso verde. Ya aparecía diminuta y recién plantada en las fotos promocionales de 1965. La vimos crecer durante cuatro décadas. Recuerdo a mi madre haciendo crucigramas o leyendo a Carlos Castilla del Pino o a Henry Miller bajo su sombra, a mi padre estudiando diligente sus revistas médicas o leyendo su ABC, las partidas de backgammon en el maletín que ha llegado hasta nuestros días, las siestas bajo su sombra sobre una tumbona, jugar con mis dos sobrinas, Paula y Sandra, cuando eran pequeñas sobre la alfombra vegetal que la rodeaba. Dos años antes de vernos obligados a vender la casa para hacer frente a los cuidados que mi madre enferma y dependiente requería, la palmera se infectó con el escarabajo rojo picudo, que acabó con ella en pocos meses. Fue un golpe penoso y una premonición de que nuestro tiempo allí estaba próximo a concluir. No obstante, el capital obtenido por la venta nos permitió tratar a mi madre como a una reina hasta su fallecimiento.

Tanto mi madre como mi padre eran personas ilustradas y, como tales, ávidos lectores. Nuestras primeras lecturas veraniegas de niños fueron las novelas de aventuras de Los cinco secretos, de Enid Blyton. Años después, hacia 1970, mis padres empezaron a comprar cada semana un volumen de la colección divulgativa de bolsillo RTV de Salvat, que, entre otros, publicaba clásicos españoles del siglo de oro: Fuenteovejuna, El Caballero de Olmedo, El Lazarillo de Tormes o El Buscón. Mi padre me animaba una y otra vez a leerlos. Terminarlos me costaba lo indecible; sin embargo, hoy me alegro de mi esfuerzo y de su insistencia, pues me despertaron la pasión por la lectura durante mi adolescencia, un hábito que me ha reportado grandes dosis de felicidad a lo largo de mi vida. También recuerdo devorar, recostado a la hora de la siesta en el dormitorio de arriba de la casa, las páginas de ¡Viven!, el emocionante relato (que aún conservo) de los supervivientes del equipo de rugby uruguayo cuyo avión se había estrellado contra una cumbre nevada de los Andes en 1972.

Entre tantas reminiscencias gloriosas, aún albergo algún recuerdo doloroso de aquel ambiente idílico, como los berrinches que cogía mi padre cuando jugaba al tenis conmigo. Las dotes pedagógicas de mi padre, de por sí autoritario por naturaleza, dejaban, a veces, mucho que desear. Cuando yo no acertaba a darle bien a la pelota, se irritaba tanto que hasta tiraba la raqueta al suelo y me recriminaba mis fallos con furia. Ver a mi padre perder los nervios con tanta frecuencia me dejaba bloqueado. Me sometía a un nivel de exigencia que nunca le demandaba a mis hermanas.
El jardín pintado por mi madre, visto desde el salón.

Los niños madrileños llegaban cada verano a la par que nosotros, los sevillanos. Aquellos aterrizaban con sus ruidosas motos, sus palabrotas y su indisimulada pijería capitalina. Nosotros éramos felices con nuestras bicis compartidas, nuestros libros y nuestros juegos. Había como un muro invisible que impedía nuestra convivencia con aquellas familias ostentosas y franquistas hasta la médula. Por aquel entonces, poco hacía presagiar que, décadas después, Madrid, la cosmopolita y acogedora Madrid de todos, se convertiría en mi ciudad adoptiva durante el resto de mi vida, la urbe que añoro cada día desde la cotidianeidad de una ciudad de provincias que se vanagloria catetamente de su pasado.

Entre los veraneantes que acudían cada año a Artola estaban los Antequera Soria, una familia madrileña, a cual más guapo. Venían de Madrid con sus motos Bultaco, y su presencia por la urbanización suponía un remolino de excitación y frenesí. Juan Carlos, el mayor de los cuatro hermanos varones, era un muchacho simpático de mi edad, un seductor nato, alto, bronceado, de melena rubia, que le daba el aspecto de un surfista adolescente. Acostumbraba a colgarse hermosas cadenas de plata al cuello y a lucir pulseras.


En la única fotografía que conservo de él, aparece rodeado de su cohorte de admiradoras en el jardín comunitario. Su belleza me dolía. En aquellos años de angustiosa represión personal, yo envidiaba su fama de precoz donjuán. Una vez, tras una mañana de playa, me llevó de paquete en su moto de vuelta a mi casa... Años más tarde, cuando, emocionado, vi por vez primera la imagen de Joe D’Allesandro (actor norteamericano de películas de culto dirigidas por Andy Warhol, e icono erótico de toda una generación de hombres gays en los 70 y 80), flipé al comprobar su semejanza física con quien fue, durante toda mi adolescencia, el rubio objeto de mi deseo.

Tras la separación de mis padres, la propiedad de la casa de la playa le había correspondido a mi madre. Recuerdo una vez que ella y yo pasábamos unos días en la casa, cuando muy de mañana sufrí un terrible cólico nefrítico. Yo le señalaba y me apretaba una zona de mi espalda con el dedo. Mi madre no se lo pensó dos veces, se puso algo de ropa sobre el camisón, me metió en su Renault 5 amarillo y me trasladó a toda prisa a Urgencias del Hospital de la Costa del Sol entre los chillidos que me causaba el intenso dolor en el riñón. El médico de turno que me atendió resultó ser un atractivo treintañero, varonil y peludo, y con buen ojo clínico. Creo que su sola presencia me alivió el dolor, jajaja. Cuando al poco rato, y tras hacer efecto la medicación, me repuse y me dio el alta, casi abrazo a la criatura. 

A mis padres les gustaba compartir aquella preciosa vivienda con familiares y amigos, y a menudo invitaban a recién casados a pasar allí su luna de miel. Muchos años después, Felipe y Teresa aún recuerdan la magia de aquel lugar tan singular. En la primavera de 1978 invité a mis compis de universidad (Curro, Isabel, Antonio, Carolina y Linda) a pasar juntos un puente en Los Patios y lo pasamos en grande. En la década de los 90, la casa de la playa también nos proporcionó alojamiento a mi rockera amiga del alma Alicia Martínez y a servidor para asistir al concierto de Dire Straits en Marbella o al mítico espectáculo de los Rolling Stones en el Puerto de Málaga.

Durante mis años de juventud, y ya libre y feliz, tuve la fortuna de compartir aquella casa mágica con los hombres más importantes de mi vida: Curro Bono, Dan Moseley, Julián Iñesta, Anselmo Ávila, Ángel de Quinta, José Manuel Garrido, Nick Drake, James McGinlay, Juanjo Roldán y Luis Ramos. En muchas ocasiones junto a mi madre, que los trataba como lo que eran, chicos que, de una forma o de otra, me amaban y a los que yo amé. Cuarenta y dos primaveras y cuarenta y dos veranos años dan mucho de sí.

Mi relación con la casa de la playa no fue meramente emocional, sino, sobre todo, física. Con el paso del tiempo y el deterioro consiguiente de la vivienda, me había convertido en el hombre-para-todo. Menos encalar paredes y hacer obras de reforma (qué alegría nos daba llegar muchas primaveras y encontrarnos con alguna mejora arquitectónica en la vivienda), me encargaba de fregar con amoniaco la verdina acumulada sobre el pavimento exterior del patio tras cada invierno, cuidar las plantas cuando ya mi madre no pudo hacerlo, reparar grifos y empalmes eléctricos, guardar calefactores, airear armarios y habitaciones, limpiar el hueco bajo la escalera, desoxidar y pintar maceteros, colgar cuadros y platos, colocar la cuerda del tendedero cada temporada, guardar mantas en plástico, fregar cuartos de baño y cocina, desapolillar y encerar muebles, y hasta retirar las colillas incrustadas en las macetas de gitanillas de la escalera. 

Dos personas maravillosas que residían de forma permanente en la zona se convirtieron, con el paso de los años, en grandes amigos de mis padres, y por extensión de nosotros: Brit Harder y Rafael Osorio. A los pocos años de llegar a Artola, mi madre trabó amistad con un matrimonio jubilado que vivía en una preciosa casa de traza vanguardista en Artola Alta, Oskar y Brit Harder, él alemán y ella noruega. Ambos gustaban de dar largos paseos desde su casa hasta la playa, y su caminata les llevaba inexorablemente a pasar por delante de Los Patios. El marido falleció a los pocos años.
María Luisa y Brit congeniaron porque ambas eran mujeres cosmopolitas, políglotas que rebosaban bondad. Brit solía visitarnos en Los Patios, pero cuando mi madre enfermó y perdió su autonomía motriz, Marta o yo la trasladábamos a su Casa Mariposa para merendar o cenar juntos las exquisiteces noruegas que nos había preparado con esmero. Era ávida lectora de El País y gran amante de la naturaleza. Una tarde conseguí retratarlas sentadas en el hermoso sofá antiguo de su salón. La imagen habla por sí sola.

Por su parte, otro de los recuerdos más vivos que atesoro son las partidas de petanca que mi padre jugaba con su amigo Rafael Osorio, un marbellí de inmenso corazón que, junto a su esposa María, regentaba con dedicación y pasión el chiringuito RA-MA en la urbanización de Marbesa. Ambos fueron muy amigos de mi familia. Mi padre fue el pediatra de sus hijos, y en un par de ocasiones Rafael me recogió en su Seiscientos del abominable internado religioso, a donde mi padre me había enviado dos cursos completos, para pasar unos días junto a su cariñosa familia en la costa. Una fotografía que conservo da fe de la sintonía entre ambos. A su lado aprendí a aficionarme yo también a la petanca de playa, una actividad que permite ejercitar el cuerpo y broncearse a la vez.

Por aquella época, tendría yo unos 13 años y estaba internado en aquel colegio religioso de Málaga de infausta reputación (algún día relataré aquel infierno), mis padres me dejaron una copia de la llave para que cogiera un autobús desde la ciudad y me dirigiera a la casa de la playa para reunirme con ellos un fin de semana invernal. Mi misión era airear los dormitorios, sacar los radiadores eléctricos de los armarios y encenderlos todos antes de su llegada para combatir la enorme humedad que acumulaba la casa. Me sentí muy responsable esa tarde en la que pude huir de aquella cárcel… Eso fue un día de 1972, y aquella llave me acompañó siempre hasta que la tuve que entregar con mucha pena de mi corazón al nuevo propietario el 31 de julio de 2009. 

Siete años antes, el 12 de septiembre de 2002 mi madre sufrió un terrible ictus cerebral que la dejó semipléjica y sin la capacidad de hablar ni de expresarse, ni siquiera de pintar o leer, actividades que la hacían inmensamente feliz. Entonces mi hermana Marta y yo tuvimos que hacernos cargo del mantenimiento y de las gestiones burocráticas de la casa de la playa, así como del alquiler de la misma durante los meses de agosto hasta el día de su venta. Tras tantas vivencias acumuladas, me resultó particularmente traumático tener que desprendernos de la casa de los años felices. cmg2020






12 marzo 2015

Sevilla se descubre arrugas en el espejo

Por MARGOT MOLINA

Sevilla, como Narciso, está acostumbrada a mirarse y gustarse, a hacer la vista gorda a las arrugas; pero el espejo que le ha servido durante los últimos cinco siglos se le ha quedado pequeño y para el XXI necesita uno de aumento. Un nuevo espejo que refleje la realidad de una capital que registra un 34% de paro, está perdiendo población —ha bajado de los 700.000 habitantes y ha perdido su condición de gran capital—; tiene 50.000 viviendas vacías de propiedad privada, de los bancos y del Ayuntamiento; un proyecto de tres líneas de Metro que algunos expertos consideran inviable económicamente —mantener abierta la línea que funciona actualmente cuesta 65 millones anuales, de los cuales 50 los aporta la Junta— y medio centro histórico convertido en un parque temático para turistas... Pero, a pesar de todo, Sevilla sigue ejerciendo una incuestionable atracción entre propios y extraños. En 2014 el número de turistas subió un 9% respecto al año anterior y alcanzó los 2,2 millones de visitantes que realizaron 4,5 millones de pernoctaciones en hoteles y apartamentos turísticos.

Entre sus atractivos destaca su enorme patrimonio, con uno de los cascos antiguos más extensos de Europa de casi cuatro kilómetros cuadrados, que gracias a la peatonalización de gran parte del centro histórico y a sus 170 kilómetros de carril bici consigue ofrecer una ciudad a escala humana.

“Sevilla no ha sabido sumarse a la modernidad. Aunque coquetea con ella y es una ciudad pretendidamente abierta, sus intentos de modernización han sido siempre fallidos. Es una ciudad maravillosa, pero también muy conservadora y es precisamente ese conservadurismo lo que le ha impedido entrar de lleno en la modernidad. Ha tenido intentos, pero han sido más formales, estéticos, que reales”, apunta Víctor Fernández Salinas, profesor de Geografía Humana de la Universidad de Sevilla y uno de los 20 miembros del Comité Ejecutivo Internacional de Icomos, el organismo que asesora a la Unesco en materia de Patrimonio Mundial.

El turismo, uno de los sectores económicos fundamentales para la ciudad, tiene también su parte negativa, en opinión de Fernández Salinas. “El sur de la ciudad está cada vez más tematizado, es como un parque de atracciones y ha perdido su autenticidad. Hasta hace 15 años este fenómeno se limitaba solo al barrio de Santa Cruz, pero en los últimos años ha habido una prolongación tentacular hacia las calles Hernando Colón, García de Vinuesa... La idea de generar un ámbito para el turista que ya ocupa casi la mitad del casco histórico es de encefalograma plano”, apunta Fernández Salinas, uno de los miembros de Icomos que lideró, y perdió, la batalla de la Unesco contra la Torre Pelli. El rascacielos que puso en jaque la declaración de Patrimonio Mundial de la Unesco de la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias.

“La cultura de Sevilla es arrolladora, potente, fascinante pero si la ciudad quiere ser competitiva no puede ser solo un destino turístico exótico; tiene que canalizar su capacidad creativa. Hay que crear un espacio de reflexión sobre qué es la modernidad, porque a una ciudad no la hace moderna sus edificios, industrias o universidades; sino algo más inmaterial como la participación de la sociedad civil en las decisiones, asociaciones como por ejemplo Iniciativa Sevilla Abierta (ISA) que van de abajo hacia arriba”, añade el miembro de Icomos. (…)

El carácter de los sevillanos es también responsable, en opinión de Vicente Flores, catedrático de la Escuela de Ingeniería de Edificación de la Universidad de Sevilla, del estancamiento económico que padece la capital andaluza. Flores está convencido de la necesidad de “lealtad entre las instituciones”. “No pueden estar poniéndose palos en las ruedas unas a otras y culpándose mutuamente de los males”.

“Sevilla tiene un enemigo tremendo en los propios sevillanos, puesto que somos muy dados a hacer frentes. En cuanto surge un proyecto, como por ejemplo el de la zona franca, empezamos a buscarle pegas. Cuando se desconoce la historia y el patrimonio de la ciudad, como le ocurre a muchos sevillanos, se produce un desafecto y, en consecuencia, una despersonalización de la ciudad. Los sevillanos tenemos que volver a sentirnos orgullosos de Sevilla”, sentencia Flores como receta para que la ciudad pueda volver a mirarse en el espejo y gustarse según los cánones del siglo XXI.
El País, sábado 28 de febrero de 2015

31 julio 2014

20 junio 2014

Los Patios. Promoción 1965

Fotografías promocionales inéditas del conjunto residencial Los Patios, dieciocho búngalos adosados (quince en la actualidad por diversas fusiones), construido cada uno en torno a un patio a cielo abierto, diseñados por el arquitecto madrileño Julián Luis Manzano Monis en 1965 y construidos sobre una parcela de 3.200 metros cuadrados en la zona costera de Artola Baja (kilómetro 195 de la Autovía 340), en el límite municipal de Marbella, Málaga. La belleza de la sencillez arquitectónica mediterránea.

Vista de los Patios 5 al 10, de derecha a izquierda, con la antigua alberca en primer plano.

Vista general de los Patios 5 al 14 desde el aparcamiento sur.

Vista trasera de los Patios 15 al 18 junto al acceso al aparcamiento norte.

Vista trasera de los Patios 5 al 14 desde el antiguo campo de golf del Hotel Artola, con la duna de Artola al fondo.