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25 septiembre 2026

Segunda sesión de cortos en Adriano Antinoo

Le Marais (Paris, je t'aime)

Al entrar en una imprenta, Gaspar (interpretado por un jovencísimo Gaspard Ulliel) se siente inmediatamente atraído por el aprendiz del negocio, Eli. La impetuosa confesión que Gaspar le participa, referida a la nueva y extraña sensación que le embarga, es inútil pues el aprendiz no entiende bien francés. Dirigida por Gus van Sant, 2006 [En francés e inglés con subtítulos en español] 6 min. 


Los tíos (o esta plaza está llena de trolos)

Marco Berger, 2019. Una hilarante historia bonaerense de boliches, minas y putos, que explora tensiones masculinas, jugando con el lenguaje. Real como la vida misma."Sí, hagamos cosas de amistad..." [Subtítulos en castellano] 5 min.
https://www.youtube.com/watch?v=-48zpzIPw-o

Eurofán

A veces, los prejuicios, van en sentido contrario: ¿es que un hombre hetero no puede ser fan de Eurovisión? Divertida pieza dirigida por Roberto Pérez Toledo en 2015, que derriba mitos y estereotipos con sentido del humor. No es un drama, es un eurodrama. 4 min. https://www.youtube.com/watch?v=zgoKDR_Dpgs&t=7s

Por un beso

Denunciar la homofobia a pie de calle. Dirigido por David Velduque, 2016, 5 min. https://www.youtube.com/watch?v=hqFGW2WPJWk

Pancarta

A las manis hay que ir con pancarta. Un cortometraje reivindicativo de Roberto Pérez Toledo, 2018, 5 min. https://youtu.be/HaOyoqUvoXg

Dena asmatuta dago (Todo está inventado)

Dos que se aman se hacen preguntas de mucho calado mientras comparten un porro en la bañera. Dirigido por Jone Arriola. (2023) [En vasco con subtítulos en castellano] 14 min.

+Mi reseña sobre Dena Asmatuta Gago 






una miniseries de Russell T Davies recomendada (M+):


(De puntillas)





18 septiembre 2026

Bésale, bésale mucho / Keep on kissing

Por/By CARLOS MARTÍN GAEBLER

Dicen que los españoles nos besamos y tocamos tanto en público que es una alegría. Debe ser el lado tierno de la marca España. Recuerdo que, ya en el añorado 1992 del olímpico 
Amics per sempre, lo resaltaba la escritora Rosa Montero en un artículo titulado Besos y otras cosas. Hasta nuestros waterpolistas se besan en los morros cuando conquistan un título de relumbrón. Pero no todos los hombres se sienten libres para besar o acariciar a sus novios, maridos o amigos en público. Un original anuncio publicitario australiano anima a las parejas del mismo sexo a cogerse de la mano, estén donde estén.

La visibilidad es un derecho orgullosamente conquistado. Fruto de la lucha por la igualdad son las bodas entre personas del mismo sexo, cuya difusión mediática ha contribuido a normalizar la visión que los heteros tienen de nosotros. Sin embargo, cada uno de nosotros puede hacer más por esa normalización, porque la visibilidad sí que importa, como nos recuerda este exquisito vídeo noruego. ¿Te vas a perder la incomparable sensación de libertad que da ir cogido de la mano de tu amado/a por la calle? Échale valor, y disfruta de la vida ahí fuera (del armario). Si escondes la mano y sucumbes al miedo, les haces el juego a los homófobos, a los machistas, y ganan ellos. Que no nos dé miedo el amor. 

Para que los heteros aprendan a mirarnos con naturalidad debemos comportarnos con la naturalidad que proporciona la ternura, también en la vía pública, en las playas, en un restaurante, en el cine, en la universidad, en el metro. Muchos gays y lesbianas deben aún guardarse la mano en el bolsillo cuando pasean junto a su pareja por la calle. No nos reprimamos nunca cuando queramos acariciar o besar a nuestro chico o chica, o nos apetezca ir cogidos de la mano, por miedo a fascistas homófobos. Mostrando nuestro amor podemos parar su odio. Pásalo. cmg2019

They say that we Spaniards kiss and touch each other so much in public that it is a joy. It must be the tender side of the "Spain brand." I remember that back in the longed-for year of 1992—the Olympic year of the Amics per sempre slogan—the writer Rosa Montero highlighted this in an article titled Kisses and Other Things. Even our water polo players kiss each other on the lips when they win a prestigious title.But not all men feel free to kiss or caress their boyfriends, husbands, or friends in public. An original Australian commercial encourages same-sex couples to hold hands, wherever they are. Visibility is a proudly conquered right.A fruit of the struggle for equality is same-sex weddings, whose media coverage has helped normalize the view that heterosexuals have of us. However, each of us can do more for that normalization, because visibility really does matter, as this exquisite Norwegian video reminds us. Are you going to miss out on the incomparable feeling of freedom that comes from walking down the street holding your loved one's hand? Be brave, and enjoy life out there (outside of the closet). If you hide your hand and succumb to fear, you play into the hands of homophobes and machistas, and they win. Let us not be afraid of love. For straights to learn to look at us naturally, we must behave with the naturalness that tenderness provides—in public spaces, on beaches, in a restaurant, at the movies, at the university, on the subway. Many gays and lesbians still have to keep their hands in their pockets when walking down the street with their partners. Let us never repress ourselves when we want to caress or kiss our guy or girl, or when we feel like holding hands, out of fear of homophobic fascists. By showing our love, we can stop their hate. Pass it on. cmg2019

19 julio 2026

Fire Island: Cien años de memoria gay

Por Martín Bianchi, El País, 19 de julio de 2026



Fire Island, la playa más “caliente” del mundo: 100 años de arte, fiestas y sexo sin freno. La isla, a una hora y media de Nueva York, lleva un siglo siendo refugio creativo y patio de juegos para el colectivo LGTB. Un nuevo libro explora su historia y su influencia en artistas como Andy Warhol, David Hockney y Robert Mapplethorpe.

Hace unos 12.000 años, la naturaleza concibió Fire Island como una barrera para proteger la costa de Long Island de los huracanes y los ciclones que azotan la zona después del verano. Hace un siglo, un grupo de artistas convirtió esta pequeña isla de Estados Unidos en un refugio para el colectivo LGTB. Fire Island, una fina lengua de arena a hora y media de Nueva York —“tan fina como un paréntesis”, la describió Andrew Holleran en su novela The Dancer and the Dance (El danzarín y la danza)—, es una tierra salvaje desde tiempos inmemoriales. Fue hogar de los pueblos Unquachog y Secatogue, escondite de piratas y contrabandistas y, desde los años veinte del siglo pasado, el Monte Olimpo de la cultura y la identidad queer.


Para celebrar su centenario, la editorial The Monacelli Press acaba de publicar Fire Island Art: 100 Years, el primer libro que explora la rica historia artística y estética de la isla y su influencia en artistas como Andy Warhol, David Hockney, Richard Avedon, Robert Mapplethorpe, Tom Bianchi y Wolfgang Tillmans. Su autor, John Dempsey, ejecutivo de una tecnológica, historiador y presidente de la Sociedad Histórica de Fire Island Pines, recorre un siglo de arte, drogas y sexo sin freno en la playa más “caliente” del mundo: desde sus orígenes como colonia de nudistas en la era del jazz hasta la actualidad, pasando por su apogeo en los años 50, 60 y 70 y su ocaso en los 80, con el estallido de la pandemia de VIH/sida.
A mediados de la década de 1920, al filo de la caída de Wall Street, Nueva York ya se perfilaba como la capital de los rascacielos. El Empire State y el Edificio Chrysler empezaban a asomar en la silueta de la ciudad. Pero Fire Island, a menos de 100 kilómetros de la ciudad, todavía no tenía electricidad, ni agua corriente, ni carreteras o coches. La falta de comodidades ahuyentaba al turismo familiar, pero atrajo a los gais. Como explica Dempsey en su libro, al colectivo LGTB siempre le han gustado los espacios aislados y de difícil acceso porque “permiten practicar públicamente comportamientos íntimos que la sociedad heteronormativa rechaza”. Las inmensas dunas y los oscuros pinares de Fire Island eran perfectos para practicar esos comportamientos prohibidos.
En 1938, la naturaleza quiso que la isla se volviera todavía más inhóspita y, por lo tanto, más atractiva para la comunidad gay. El gran huracán de Nueva Inglaterra de ese año arrasó con las pocas infraestructuras que había. El desastre natural sirvió como catalizador del estallido marica. Muchos propietarios malvendieron sus casas derruidas a artistas homosexuales de Nueva York: actores, diseñadores de moda, músicos, bailarines, arquitectos, interioristas y escritores.
El único hotel de la isla, Duffy’s, en el pueblo de Cherry Grove, se convirtió en uno de los primeros espacios públicos gais de Estados Unidos. En Duffy’s, las parejas del mismo sexo podían beber, bailar y besarse sin miedo. Las lesbianas también estaban invitadas a la fiesta. La escritora Patricia Highsmith solía llevar a sus amantes a Cherry Grove, donde coincidía con otras mujeres poderosas del colectivo, como la mundana Kay Guinness o Ruth Peter Worth. Una vez, le preguntaron a Worth qué tenía Fire Island de maravilloso y respondió: “La homosexualidad. Ahí yo era mayoría. Ese era mi mundo y el otro mundo no era real.”
En los años cincuenta, “el otro mundo”, el real, sucumbió a la homofobia institucionalizada del macartismo. Azuzadas por el senador Joseph McCarthy, las autoridades estadounidenses iniciaron una caza de gais. La clase ilustrada neoyorquina se refugió en Fire Island. W. H. Auden, Stephen Spender, Christopher Isherwood y James Baldwin recalaron en sus playas y ayudaron a construir una comunidad creativa alejada de los prejuicios y las convenciones de la época.
Truman Capote escribió Desayuno con diamantes (1958) en la casa de veraneo que tenía el director de teatro y mecenas Frank Carrington entre los pueblos de Fire Island Pines y Cherry Grove. Capote se inspiró en su amiga la actriz Joan McCracken, otra veraneante habitual de la isla, para crear el personaje de Holly Golightly. El escritor también empezó a salir con el marido de McCracken, el exbailarín y novelista Jack Dunphy, que sería su compañero de vida y amigo hasta su muerte en 1984.
La isla también sirvió de inspiración para Edward Albee, que escribió ¿Quién le teme a Virginia Woolf? en la casa de veraneo del empresario y filántropo Morris Golde. La obra, que explora la tormentosa relación de un matrimonio de mediana edad, se estrenó en 1962 y fue un éxito en Broadway. Cuatro años después, Mike Nichols la llevó al cine con la pareja más famosa de Hollywood: Elizabeth Taylor y Richard Burton. Taylor ganó un Oscar por su impresionante interpretación de Martha, la esposa desesperada, aunque era sabido que su matrimonio con Burton era más tempestuoso detrás que delante de la cámara.
Paul Cadmus, Jared French y Margaret French vivieron su propia historia de amor cinematográfica en la isla. Jared y Margaret eran marido y mujer y Paul y Jared eran amantes. Juntos y revueltos formaron el trío artístico PaJaMa. Cadmus y los French aprovechaban los veranos en Fire para explorar su tensión sexual y retratar a amigos ilustres como el fotógrafo George Platt Lynes, el bailarín José “Pete” Martínez o Lincoln Kirstein, cofundador del Ballet de Nueva York.
En esa misma época, Richard Avedon y su mujer, Doe, desembarcaron de la mano de Lillian Bassman, fotógrafa de moda y directora de arte en Harper’s Bazaar, y su marido, Paul Himmel. Los primeros trabajos de Avedon para Harper’s estuvieron fuertemente influenciados por la estética de Fire Island. El fotógrafo solía coincidir allí con Leonard Gershe, famoso por haber compuesto la letra de Born in a Trunk, canción que interpretaron Judy Garland y James Mason en el musical Ha nacido una estrella (1954). Gershe se inspiró en Avedon para escribir el guion de Funny Face (Una cara con ángel).
Peter Hujar y Paul Thek también se aficionaron a los veranos en la isla de fuego. La pareja de artistas se instaló en una casa de pescadores en Oakleyville, el pueblito donde también veraneaba Greta Garbo. Mientras Hujar se dedicaba a retratar a sus amigos (casi siempre vestidos) y a sus amantes (casi siempre desnudos), Thek se enfrascaba en pintar sus acuarelas, paisajes que evocaban la fragilidad y resistencia del entorno.
La comunidad de Fire Island sobrevivió a las redadas y persecuciones del macartismo y pudo ver y vivir el nacimiento de una nueva era. En los años 60, arquitectos como Richard Meier, Charles Gwathmey y Horace Gifford sustituyeron las viejas casas de playa por modernos templos del hedonismo, escenarios minimalistas concebidos para el placer.
La detención de Gifford en 1965 por “comportamiento ilegal” arruinó su carrera en Nueva York, pero catapultó su ascenso en Fire. El arquitecto diseñó más de 60 casas en la isla, dándole a la zona su estilo distintivo: casas de madera de líneas sencillas y grandes ventanales, perfectamente integradas en la naturaleza. Gifford se convirtió en un icono en sí mismo. Era muy popular por recibir a sus clientes en la playa vestido solo un speedo y por dibujar los planos de sus proyectos con un palo sobre la arena. Según Christopher Rawlins, autor del libro Fire Island Modernist: Horace Gifford and the Architecture of Seduction, el arquitecto le dijo una vez a un cliente gay adinerado, para quien había diseñado una casa: “Ahora tendrás 20 armarios de los que podrás salir”.
Pero la mayoría de los residentes de Fire Island ya habían salido del armario, tanto como era posible en los años 70, tras los disturbios de Stonewall. El diseñador Calvin Klein compró una casa de Horace Gifford en 1977 y lo contrató para ampliarla. El arquitecto forró la piscina de negro y colocó un espejo en un extremo para que la piscina pareciera más grande. El espejo también servía para que los huéspedes del diseñador —Andy Warhol, Bianca Jagger, Perry Ellis, David Geffen, Barry Diller, el príncipe Egon von Fürstenberg y un sinfín de hombres en bañadores turbo— pudieran verse reflejados mientras nadaban.
Como señala John Dempsey en su libro, las líneas simples de la arquitectura de Fire Island y los colores pastel de la playa, la arena y el cielo inspiraron a Calvin Klein a diseñar sus colecciones de ropa minimalista. En 1982, Klein lanzó su línea de ropa interior con una enorme valla publicitaria en Times Square en la que el modelo Tom Hintnaus enseñaba sus atributos con un slip blanco. El mundo nunca había visto tan públicamente a un hombre tan desnudo. Los visitantes de Fire Island, en cambio, llevaban décadas viendo a “adonises” como Hintnaus paseando por las calles de Cherry Grove.

En plena era de la música disco, discotecas como The Ice Palace o Pines Pavilion se transformaron en grandes templos de la diversión. El exmodelo John Whyte abrió el bar Blue Whale en Fire Island Pines, donde cada noche se celebraba el Tea Dance, el baile del té, una de las primeras fiestas abiertamente gais. No había teteras ni se ofrecían scones, pero la cocaína, el popper y el LSD se servían en bandeja de plata.
Ahí también nacieron los primeros afters. Los más osados luego se perdían entre las dunas y los pinares de Meat Rack, una zona entre Pines y Cherry Gove donde se practicaba el ligoteo. “Era un lugar realmente increíble... Era una diversión loca, un lugar muy, muy vívidamente sexy”, recordaría David Hockney.
Artistas como Robert Mapplethorpe, Larry Stanton o el ilustrador Antonio Lopez fueron rostros habituales en estas fiestas sin fin. Las fotos vitalistas que realizó Mapplethorpe en la isla y en Nueva York ayudaron a introducir el desnudo masculino erotizado en el canon fotográfico, pero nadie supo ver que esas instantáneas vaticinaban la llegada de un huracán.
En junio de 1981 aparecieron las primeras noticias sobre el VIH/sida en los medios. “Raro cáncer visto en 41 homosexuales“, tituló The New York Times el 3 de julio de ese año. John Dempsey rescata el testimonio de la aclamada fotógrafa Nan Goldin, que oyó hablar por primera vez sobre el mal llamado “cáncer gay” ese mismo verano mientras estaba de vacaciones en Fire Island: “Todos nos reímos. No sabíamos la magnitud del asunto”.
La enfermedad arrasó con la población homosexual de la isla. Dempsey recuerda en su libro cómo muchos lugareños heterosexuales y lesbianas se hicieron cargo y cuidaron hasta el final a los enfermos abandonados por sus familias.
El VIH/sida acabó con la vida de muchos miembros destacados de la comunidad artística neoyorquina que veraneaba en Fire: Robert Mapplethorpe, Peter Hujar, Horace Gifford… Pero la tempestad no consiguió apagar el fuego de la isla. Hoy, todo sigue igual que cuando empezó: los coches están prohibidos y llevar ropa es opcional. Muchos artistas siguen llegando cada verano a bordo de los ferris para descansar, crear, divertirse y amar sin límites.
“Nada se pierde mientras sea recordado”, decía el banquero Arthur Lambert, un asiduo de Fire Island. Las redes sociales recuerdan todo el tiempo la mística y la estética de la isla. Su imaginario está más vivo que nunca en Instagram, donde cientos de miles de hombres publican cada verano millones de fotos suyas posando en speedo, presumiendo de músculos bien definidos, amigos guapos y fiestas interminables. Antes, los “semidioses” solo habitaban en esa fina lengua de arena que se extiende frente a la costa de Long Island. Ahora están en todas partes, en cualquier piscina de un azul imposible, en cualquier playa de belleza inalcanzable.
l pintor Bernard Perlin y el fotógrafo Wilbur Pippin, retratados por Fred Melton en Fire Island, en 1948.Fred Melton (Cortesía de Phaidon y Estate of Fred Melton)

12 julio 2026

Grindr, ¿privilegio o condena?

Por LUISGÉ MARTÍN
SE LEE EN 3 MINUTOS


Hace unos días, un amigo gay veinteañero volvió a manifestarme su desasosiego por el modo de vida Grindr. Mi amigo usa la aplicación con el propósito –sincero– de encontrar un novio, pero solo encuentra sexo libertino y abundante.

No se queja solo de los demás, sino de sí mismo. “Es tan fácil y tan fantástico follar”, dice con gesto melancólico, “que uno no tiene fuerzas para dejar de hacerlo. Luego sientes arrepentimiento y dices que a partir de mañana vas a sentar cabeza, pero al día siguiente se ha esfumando el arrepentimiento y Grindr en cambio sigue allí, en el teléfono móvil”.

Mi amigo es resultón, pero no es un modelo de pasarela. Tampoco es un chico fácil: es exigente con sus amantes, los selecciona. Es decir, su ritmo frenético no tiene que ver con la belleza ni con la docilidad, sino con el sistema mismo. Este amigo ya me había contado antes sus penalidades sentimentales, pero no ha sido ni mucho menos el único.

A varios gays de entre veinte y cuarenta años les he escuchado reiteradamente contar lo mucho que necesitan el amor y lo complicado que les resulta conseguirlo en tiempos de Grindr por su propia incontinencia. Yo, que estoy ya cómodo en mi papel de anciano precoz, reacciono primero con una cierta indignación y luego, ya calmado, me pongo a filosofar.

La indignación tiene que ver con la historia de mi generación. Me pasa cuando me cuentan esto como le pasaba a mi abuelo cuando yo dejaba en el plato las verduras o el pescado que no me gustaba. “Con el hambre que pasé yo en la guerra”, me decía. Y eso les digo yo a mis amigos: “Con el hambre que pasé yo en la adolescencia, ¿cómo os podéis quejar de follar mucho?”.

Internet –y sus chats– empezaron a funcionar, de forma muy rudimentaria, cuando yo tenía treinta años. En aquellos tiempos, si chateabas se cortaba la línea telefónica: o usabas datos o usabas voz. Antes de eso, solo estaba el desierto: anuncios por palabras en revistas, a los que había que contestar por correo postal, o bares de ambiente. Los teléfonos inteligentes y las aplicaciones nacieron mucho después.

Grindr cumple en este mes de marzo [de 2019] diez años, y su función consistió en hacerlo todo mucho más fácil. Rápido, inmediato, cercano. En tu barrio o en la ciudad más remota del mundo, si viajas. A las tres de la tarde o a las cinco de la madrugada. A mí me daba rabia no haber tenido Grindr en mis noches juveniles de soledad. Sentía envidia de esa simplicidad con la que se puede llegar al sexo feliz, pero también a la compañía, a la aventura, a la tentación.

Cuando me pongo a filosofar, las confesiones de mis amigos me hacen dudar de si Grindr –o Scruff, o Wapo, o Hornet, o Tinder– son un privilegio o una condena. El arquitecto Mies van der Rohe acuñó una sentencia muy sabia que a veces es difícil de aceptar: “Menos es más”. Él hablaba de edificios, de minimalismo, de sencillez estética, pero vale para casi cualquier orden de la vida. Cuando las cosas son exuberantes, cuando son extremadamente fáciles, se pierde el placer de conseguirlas y hasta el goce jubiloso que proporcionan. Y esa es la penalidad mayor del ser humano: lo que es fácil, lo disfrutamos menos; lo que es difícil, en cambio, nos parece una delicia. Somos seres enfermos, no cabe duda.

Mi amigo veinteañero y yo estuvimos buscando soluciones a este desafío. Y encontramos una solución casi estalinista, pero seguramente eficaz. Los gobiernos, a nuestro juicio, deberían legislar para que las aplicaciones tuvieran un único mes de validez y luego un año entero de barbecho. Es decir, durante un mes puedes usarla libremente, pero al final de ese plazo empieza una cuarentena larga.

De ese modo, los que buscan promiscuidad perderían derechos civiles, sin duda, pero los que buscan amor tendrían por fin la oportunidad de encontrarlo. Yo, por si las dudas, y por si la reencarnación existe, prefiero tener Grindr a los veinte años. Es probable que la felicidad no mejore todo lo que uno es capaz de imaginar, pero el funcionamiento hormonal será sin duda mucho más saludable.

Publicado en la revista Shangay nº 507, el 22 de febrero de 2019

Lecturas relacionadas:
Foto por privado, Simon Chevrier
Analog (Cruising), Leo Herrera

04 julio 2026

Lo queer explicado

Por SATO DÍAZ

elpublico.es, 4 de julio de 2026

Las letras esperan cociéndose en la sopa de letras para ser elegidas y formar palabras. Y las palabras cuentan sueños, recuerdos, objetos, personas, sentimientos, revoluciones. Pocas veces las letras adquieren significado y derrumban muros por sí mismas. Esto acontece, sin embargo, con una fuerza sobrehumana en la coalición de iniciales LGTBIQ+. Cada letra es un símbolo, un colectivo de personas, un mar de opresiones, de rebeliones, sentimientos...

"Cada vez me inquieta más lo larga que se va haciendo la lista: LGTBI no sé qué y al final, como no cabe, plus". Estas palabras no las pronunciaba Santiago Abascal, ni siquiera Isabel Díaz Ayuso, ni Viktor Orbán, ni Donald Trump. Parece que Felipe González ya no entiende el mundo en el que vive, y ansía que la realidad se acomode a su nivel de comprensión y se simplifique. Las reivindicaciones de lesbianas, gays, trans, bisexuales e intersexuales le resultan inquietantes a un expresidente del Gobierno que incomprensiblemente sigue militando en un partido socialista y progresista. 

González evita citar la letra 'Q', que sería la siguiente en esa "larga lista". La 'Q' de queer. El PSOE también eliminó la letra 'Q' de sus documentos en el 41 Congreso Federal celebrado en Sevilla a finales de 2024. La corriente de las llamadas "feministas radicales" o "TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist) del partido, representadas por figuras como la ex vicepresidenta Carmen Calvo, impuso la orientación política oficial de esta formación. Los sectores LGTBIQ+ perdieron una contienda que se votó de noche y pilló a algunos por sorpresa. Lo relacionado con la teoría queer quedaba fuera de la nomenclatura y de la línea de acción política oficial. Así, Víctor Gutiérrez es secretario de Políticas LGTBI del PSOE, sin 'Q', ni queers, ni nada que se le parezca.

Lo queer es una corriente de pensamiento que rechaza las categorías fijas de género y sexualidad, defendiendo que tanto la identidad de género como la orientación sexual son fluidas y constructos sociales, nada predeterminado. Lo queer es, por tanto, un cuestionamiento constante de la norma, que nace de aquellos colectivos oprimidos que eran nombrados así como un insulto: raro, excéntrico, extraño, maricón... Lo queer es, sin lugar a dudas, revolución.  

El periodista, escritor, guionista y referente del movimiento LGTBIQ+ Paco Tomás, colaborador de Público, definía lo queer en el programa emitido por este periódico con motivo del Orgullo y se refería así: "La 'Q' de queer es pensamiento". Hay lesbianas que son lesbianas pero no son queer, hay gays que tampoco son queer, ni bisexuales... Ser queer o identificarse con esta corriente es una posición política que trasciende, como decimos, la identidad de género y la orientación sexual propia. Ser queer implica un posicionamiento político, situarse en un lugar en el mundo para convertir los márgenes y las periferias en el centro y derribar el poder establecido.  

Queer es, por tanto, criticar el orden mundial en el que vivimos y somete a pueblos enteros, condenar el genocidio en Palestina o la ocupación marroquí del Sáhara Occidental, disentir del militarismo rampante que solo tiene la guerra como horizonte, asumir la conciencia de clase, disputar siempre a los de arriba y nunca a los de abajo, llenar de agujeros las fronteras, integrar el antirracismo como práctica diaria, adoptar una posición transfeminista para afrontar la vida, visualizar un mundo en el que la diversidad de los cuerpos sea una riqueza y no un motivo de exclusión...  

El oprimido colectivo LGTB lleva décadas luchando por obtener los mismos derechos que las personas que han habitado plácidamente en la heternorma. Normalizar orientaciones sexuales e identidades de género y la transexualidad ha sido el leitmotiv de estas luchas de liberación, un objetivo justo y loable. Normalizar. Y en este sentido, logros como la consecución del matrimonio de personas del mismo sexo hace ya 21 años en España deben seguir siendo motivo de reivindicación y celebración. El fantasma reaccionario que sacude el mundo coloca a la comunidad LGTBIQ+, precisamente, como uno de sus principales  objetivos a batir. Pero, ¿es suficiente normalizar?   

En un mundo trastornado en el que la ultraderecha cada vez gana más poder e impone su mirada violenta, unificadora, clasista, racista, machista y opresora, la lucha por la normalización pierde sentido. Y entonces surge la necesidad de construir una alternativa, a todas luces, alejada de la realidad que se está imponiendo. En otras palabras hackear el sistema, hackear la norma que, pese a ser norma, va perdiendo el sentido común.      

En este contexto, la 'Q' adquiere una especial relevancia. Lo queer es pensamiento, lo queer es revolución. Lo queer es un lugar desde el cual boicotear el panorama que se va imponiendo e imaginar otros mundos posibles, otras relaciones posibles, otras familias posibles, otro sexo posible, otros trabajos posibles, otras ciudades posibles, otras personas posibles, otros hábitos posibles, otras lecturas posibles, otros amores posibles, otros Estados posibles, otras policías posibles, otra geopolítica posible, otro consumo posible...  

Feliz Orgullo 'Q'. Feliz revolución queer.

28 junio 2026

Por qué no existe el orgullo hetero


Por ARTURO GIL BORDÉS

Si es que no falla. Cuando llegan estas fechas, siempre hay alguien que hace la pregunta ¿Para cuándo el orgullo hetero? Y aquí va mi respuesta a todas esas personas. ¿A ti te han insultado o te han pegado por ser hetero? ¿te han hecho bullying en el colegio? ¿o te han echado de casa por ser hetero? ¿has tenido miedo a que tu familia descubriera que eres hetero? ¿has ocultado a tu pareja o te han dicho “es una fase”? ¿te han tratado como si fueses un enfermo? ¿te han llevado a terapia o te han negado derechos por ser hetero? ¿has sentido miedo al coger a tu pareja de la mano por la calle? ¿te han hecho sentir vergüenza por ser hetero? ¿te han obligado a vivir una doble vida o has crecido sin referentes porque no se mostraban como tú eres? Pues ahí tienes la diferencia. Por eso existe el Orgullo, no para celebrar que somos diferentes, sino para recordar que nadie debe ser castigado por serlo. No hay más preguntas, señoría. 

10 junio 2026

Primera sesión de cortos en la Asociación Adriano Antinoo (enlaces)

Cinco cortometrajes y una propina seleccionados 
por Carlos Martín Gaebler

1. El tren nocturno, SWE, Jerry Carlsson, 2020. 15 min. YouTube. Oskar viaja en un tren nocturno de regreso a casa tras una entrevista de trabajo en Estocolmo. Mientras le cuenta a su madre por teléfono cómo le fue…

2. Versátil, ESP, Carlos Ocho, 2017. 14 min. YouTube. A veces, el amor no es suficiente…

3. La teoría de la pluma, ESP, Roberto Pérez Toledo, 2021. 6 min. YouTube. La pluma explicada y aceptada (entre dos)…

4. Taras, ESP, Roberto Pérez Toledo, 2017. 3 min. YouTube. Todos tenemos, en mayor o en menor medida, nuestras propias taras…

5. Antes de la erupción, ESP, Roberto Pérez Toledo, 2021. 9 min. YouTube. Aunque una erupción volcánica puede ocurrir sin ninguna señal previa, lo más probable es que los volcanes emitan diferentes tipos de advertencias antes de que comience la erupción...

6. Striker es un espectacular y voluptuoso anuncio holandés de 1999. 3 min. Una pieza muy visual que apenas necesita subtítulos y se articula en torno a un temazo musical de Shirley Bassey de 1968, “This Is My Life.” [Subtitulado en inglés y publicado en www.culturepub.fr]

08 junio 2026

28 de junio

Por VICENTE MOLINA FOIX

El País, 25 de junio de 1994

El gran problema gay son los heterosexuales. "Problema homosexual" (que decían los psiquiatras antiguos) yo no veo. Veo un rebaño de cafres repartidos por el mundo, que en España son más y más obtusos, pues aún usan vocablos como "aberración contranatura".

Celebrar el día del orgullo gay, celebrar el ser gay, celebrar, sin más, poder ser gay en casa de tus padres o en el trabajo, podrá parecer a la gente educada ostentoso y hasta publicitario. A mí me lo parecería siempre que usted, querido lector heterosexual, fuese un ser sano. Y usted quizás lo sea, pero, ¿y usted, vecino del cuarto? Millones de personas que aman y fornican naturalmente con los de su sexo sufren silenciosos o salen a la calle a gritos porque muchísimos millones más a su lado tienen sin resolver un síndrome de intolerancia.

Un caso grave de ese síndrome es el de [la periodista de ABC] Pilar Urbano, cuyo gusto sexual no conozco (¡ni ganas!). En un debate de [la revista] Elle sobre la adopción por homosexuales, Urbano Sexto (que así la llamaré, por papista y por el mandamiento que más le turba) escribe: "Dos homosexuales podrían ser un par, por aquello de ser dos, como las alpargatas. Pero nunca serán una pareja", advirtiéndonos contra "el ambiente enrarecido, enfermizo, deformante, vicioso y tarado de un par de maricones o de lesbianas que fingen ser lo que no son, hacer lo que no hacen y dar lo que no tienen" (qué mal informada Urbano Sexto, ¿verdad?, que ignora lo mucho que dos lesbianas pueden hacer en la cama, lo mucho que los gays tienen ⎯de lo que hay que tener⎯ y lo muchísimo que dan). Esta delincuencia verbal queda impune en nuestro país, bendecida por los obispos, que mañana dirán en las iglesias que un instinto básico como el de los homosexuales es atracción fatal, que debería llevarles a todos a la cárcel como picapiedras.

09 abril 2026

Memoria fotográfica del ligoteo gay en el Nueva York de 1969

El fotógrafo Arthur Tress recupera la memoria del cruising en el Nueva York de 1969: “Era una forma de socialización”

El neoyorquino publica ‘The Ramble, NYC 1969’, un libro que ha necesitado seis décadas para ver la luz y que rescata las imágenes en blanco y negro que tomó en sus visitas a una de las zonas más salvajes de Central Park. Por TONI GARCÍA, El País, 27 de febrero de 2026

Fotografía tomada por Arthur Tress en Central Park en 1969 y que está incluida en su nuevo libro.
arthur Tress (Ed. Stanley/Barker)
En 1969, Arthur Tress (Nueva York, 85 años) vivía en la calle 72 con Riverside Drive, a dos calles de Central Park. Tenía 29 años y trabajaba en un proyecto sobre la creación de pequeños parques en la ciudad de Nueva York, llamado Open Space in the Inner City, que se centraba en zonas de la periferia que habían sido descuidadas. “En la década de 1890, Frederick Law Olmsted construyó Central Park con todas sus lagunas y muros, pero dejó 32 hectáreas destinadas a una zona más salvaje: el Ramble, un lugar donde la gente podía ir y perderse. Era totalmente artificial, con rocas gigantescas y pequeños muros, pero parecía una zona selvática en medio de la ciudad”, cuenta Tress a EL PAÍS.

Nueva York atravesaba una crisis financiera en 1969, así que muchos parques fueron descuidados. Así fue como el Ramble, que ya era una zona salvaje, se deterioró aún más. “Desde la década de los veinte, los hombres gais lo utilizaban para ligar. Era como un pequeño islote gay. Yo iba allí para rodearme de un poco de naturaleza y silencio en medio de la ciudad, pero también para hacer cruising. Un día empecé a llevar mi cámara. Al principio fotografiaba a la gente desde lejos, entre los árboles. Luego comencé a acercarme a personas sentadas en rocas o bancos para hacer retratos. Por supuesto, muchos me dijeron que no. En ese momento ser gay era ilegal; podían estar casados o ser profesores. Nadie quería arriesgarse demasiado. Sin embargo, muchos otros se interesaron por el proyecto”, recuerda el fotógrafo durante la conversación.

Tress tenía muy claro que el uso del blanco y negro era clave para su trabajo, y el Ramble es uno de los mejores ejemplos de una de las señas de identidad de este artista con una carrera que abarca más de 60 años: “Me parecía más gráfico y captaba mejor la atmósfera que quería expresar. Además, en aquel momento, muchos trabajos que ejercían el rol de comentario social en el mundo de las artes gráficas eran en blanco y negro”, explica al respecto.

“Sumaba que cuando empecé con este proyecto era pleno invierno, los árboles estaban sin hojas y el lugar parecía un bosque gótico, casi como una película de Ingmar Bergman. Eso se convirtió en una metáfora de la alienación de las personas gais en ese momento y creo que no eran simples instantáneas: intentaba evocar una emoción”.
El neoyorquino sonríe cuando se le recuerda el tiempo que ha necesitado para ver publicadas esas fotografías en el libro The Ramble, NYC 1969, y la dificultad que conllevaba en su momento tratar de convencer a las grandes revistas. Tress recuerda perfectamente quién rompió el tabú: “Creo que el mérito es de Jim Gantz. Cuando fue nombrado conservador en el museo Getty, pensó que mi trabajo había sido un poco olvidado y se convirtió en una especie de defensor de mi obra. Hicimos un libro juntos titulado San Francisco 1964, sobre el verano que pasé allí fotografiando gente”. “Años más tarde”, recuerda, “mientras revisábamos las hojas de contacto del proyecto Open Space, él descubrió las fotos del Ramble. Me preguntó qué eran. Le expliqué que había fotografiado a hombres gais en 1969, pero que nunca pude publicarlas. Life y Time no iban a hacerlo. Así que habían permanecido en una caja. Él fue el primero que publicó esas fotos como parte del catálogo de Getty”.

La editorial británica Stanley/Barker ha completado la misión: “Les encantó la serie del Ramble y decidieron hacer este libro, que presentaron en Paris Photo. Resultó ser uno de los primeros documentos gráficos sobre el cruising gay que retrata, además, un momento muy particular en la evolución del movimiento, porque fue solo unos meses antes de los disturbios de Stonewall, que supusieron un cambio total. Los hombres que conocí en el Ramble, y yo mismo, vivíamos muy ocultos. Tenían miedo de ser descubiertos; podías perder tu trabajo”, dice Tress.

En casa tampoco fue fácil: “Mi hermana es activista, diez años mayor que yo. Cuando le dijo a mi madre que era gay, mi madre nunca volvió a hablarle. Venimos de una familia religiosa. Eso era muy típico, y sigue ocurriendo. Le dije a mi padre que era gay cuando tenía 17 años y pensó que debía ver a un psiquiatra. La Asociación Americana de Psiquiatría consideraba la homosexualidad una enfermedad mental. Todos los psiquiatras tenían ese manual en su mesa. Decían que era ilegal y antinatural: necesitamos 20 años de protestas para hacerles cambiar de opinión”, afirma mientras sonríe.

“Con The Ramble quería mostrar que el cruising también era una forma de socialización, casi como el instituto: había pequeños grupos. Parte de ello tenía que ver con la búsqueda de amantes de fantasía. Muchas personas atractivas participaban en ese juego; las cosas han cambiado y hoy mucha gente ha encontrado formas alternativas de relacionarse. Tengo muchos amigos gais casados o en pareja en San Francisco. Me parece maravilloso que esa situación exista, al menos por ahora”, dice el fotógrafo, que recuerda bien la época que ilustra su libro: “Si conocías a alguien en el Ramble, incluso si tenías sexo con él, no podías mirarlo a la cara ni darle tu nombre. Quizá podías intercambiar el teléfono, pero la mayoría de los encuentros eran de una sola noche, totalmente casuales. Eso tenía un coste emocional. La mayoría de las personas buscan amor y conexión, y esa dinámica creaba una atmósfera de tensión y frustración. Creo que eso se percibe en algunas partes del libro”.

La revuelta de Stonewall es otro de los referentes de Tress. El Stonewall Inn era un bar de Greenwich Village, un barrio de Nueva York, muy frecuentado por la comunidad gay de la Costa Este. Cansados del acoso de la policía y de sus frecuentes redadas por motivos puramente homófobos, la madrugada del 28 de junio de 1969, docenas de clientes atacaron a diversos agentes en una serie de incidentes que se alargaron durante seis días y que se consideran la génesis de un cambio radical en la autopercepción del colectivo. “Después de Stonewall, los hombres gais empezaron a buscar otras formas de conectarse. Antes solo podían encontrarse en bares llenos de humo, ruido y alcohol. Surgieron clubes de senderismo, teatro, cenas, equipos de béisbol, grupos de terapia. Yo asistí a algunos grupos donde se hablaba de cómo formar relaciones. No sabíamos cómo hacerlo”, confiesa.

El neoyorquino sigue usando la misma cámara, una Hasselblad, no trabaja en digital y continúa fotografiando en blanco y negro. Ha trabajado como editor educativo sobre pueblos indígenas: los mayas, los Toto en la India, los lapones en Suecia. “Escribía sobre sus ceremonias, tabúes y culturas. Siempre me han interesado los arquetipos de comportamiento que existen incluso en nuestro mundo contemporáneo. De eso va The Ramble. Al fotografiar a los homosexuales, a los maricones —como se les llamaba entonces— en Central Park, yo formaba parte de esa tribu. Tenía una comprensión profunda de lo que estaba ocurriendo precisamente por eso: los gais eran mi tribu”, concluye el fotógrafo.●


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