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05 abril 2026

Quieren tradición

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El letrero aparecía en un lugar prominente en cuanto se entraba en la página web del periódico, con esa pulsación de apetencia ansiosa que gusta tanto a los publicitarios: “Quiero tradición”, “Quiero Semana Santa”. Era un anuncio turístico de la Xunta de Galicia, pero cuando esas dos frases aparecían sin previo aviso era también una afirmación de visceralidad muy propia de estos tiempos: por una parte, la visceralidad de los deseos urgentes del consumo; por otra, la del apego a lo propio, a lo originario, y, en último extremo, a lo religioso, en su versión más exterior y contrarreformista, más enraizada en el predominio de tantos siglos de la Iglesia católica sobre la vida española, a costa siempre del pluralismo político y la soberanía de los poderes públicos.
Cuando yo era joven la palabra “tradición” tenía un sentido negativo para las personas progresistas, porque venía asociada a lo peor de nuestra historia. Tradición significaba dictadura, oscurantismo, conformidad con lo establecido, atraso. Tradición eran los coros y danzas y los tronos de Semana Santa custodiados por la Guardia Civil en uniforme de gala y los quelonios franquistas desfilando lentamente junto a los clérigos en las procesiones. Tradición era el reverso de todo lo que ansiábamos: era el apego a lo peor del pasado, y lo que nosotros queríamos era el porvenir; era el fanatismo de lo autóctono, cuando nosotros aspirábamos a que nuestro país se abriera al mundo y abrazara las libertades que eran comunes más allá de nuestra frontera; tradición era borrar la historia real y sustituirla por fábulas patrioteras de conquistas gloriosas y resistencia al enemigo exterior; tradición era identificar lo español con lo católico.
Queríamos, y algunos de nosotros lo queremos aún, romper con aquellas tradiciones escleróticas para adherirnos a la gran tradición ilustrada de la libertad de expresión, el pensamiento crítico, el debate abierto y libre, el gobierno de las mayorías, el imperio de la ley, el respeto y la protección a las minorías y a los derechos individuales. El laicismo y la educación pública estaban arraigados desde hacía al menos un siglo en otros lugares del mundo, pero para nosotros, en los años setenta del siglo pasado, eran reclamaciones urgentes, sueños que parecían más prácticos precisamente porque se correspondían con lo habitual en otros países.
Hace 40 años justos, en el gran clamor festivo de las primeras elecciones libres, todo esto parecía accesible. Ahora comprobamos, no sin desolación, que en gran parte seguimos en las mismas, con la diferencia de que ya no hay ninguna fuerza política ni medio de comunicación que reivindique abiertamente los ideales ilustrados y laicos, y de que defenderlos a cuerpo limpio se ha vuelto más difícil y más arriesgado que en cualquier otro momento de las últimas décadas.
Viajo por Andalucía y una lectora veterana me recuerda artículos que yo publicaba en la edición regional de este periódico hace más de 20 años, cuando la dirigía Soledad Gallego-Díaz. En esa época los socialistas llevaban gobernando en España y en Andalucía más de 10 años (en Andalucía eso no ha cambiado). Yo solía escribir aquellas columnas en un estado de estupor que con frecuencia se convertía en abierta indignación. Me causaba estupor y me provocaba cada vez más indignación que las tradiciones más decrépitas del folclorismo y el oscurantismo, en vez de disiparse poco a poco, cobraran más fuerza que nunca convertidas ahora en rasgos obligatorios de una identidad andaluza inventada a toda prisa, e impuesta por la televisión oficial con un gasto de dinero público que se escatimaba para tareas de verdad necesarias, como la dignidad de la enseñanza pública. Me parecía inaceptable que por beatería, conformismo o cinismo electoral las autoridades democráticas desfilaran en las procesiones de Semana Santa con la misma reverencia con que lo habían hecho los mandamases franquistas. Mi lectora se acuerda de un artículo que publiqué en 1996, Andalucía obligatoria. Lo escribí al enterarme de que entre los cursos de capacitación del profesorado que programaba la Consejería de Educación de la Junta había uno consagrado al “espíritu rociero”. Nunca he escrito nada que provocara reacciones más agresivas. Eran tiempos anteriores a las redes sociales, pero ya abundaban las unanimidades ultrajadas: el periódico publicó una carta furiosa firmada contra mí por sesenta y tantos usuarios de los cursos de espíritu rociero, entre ellos un obispo.
Han pasado 21 años desde entonces. Hay cosas que uno escribe y que aspira a que puedan durar, en la medida incierta en que duran las cosas humanas. Hay otras que preferiría que se quedaran obsoletas, que sirvieran si acaso para atestiguar rebeldías que lograron sus objetivos, causas dignas que ya no es preciso seguir defendiendo. Viajando por Andalucía y escuchando a personas razonables que me dicen en privado lo que ya no se atreven a decir en público y ni siquiera en voz muy alta, me doy cuenta de que lo más triste de todo no es que un artículo escrito hace más de 20 años siga teniendo actualidad: es que las cosas, en Andalucía y en cualquier otro sitio de España, probablemente han ido a peor. Lo que hace 20 años fueron unas cuantas cartas al director y algunos anónimos enviados por correo sería ahora un acoso asfixiante en las redes sociales. En 40 años de democracia no ha arraigado ninguna de las tradiciones democráticas que hubieran debido sembrarse desde del principio. Para lo que ha servido el paso del tiempo ha sido para fortalecer prejuicios, no para suavizarlos o borrarlos. En vez del pensamiento crítico, que por naturaleza es individual y tiende a la disidencia, se han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime. Cuanta menos historia se enseña y mayor es la ignorancia del pasado inmediato, más fuerza tienen los orgullos identitarios: cuanto más sagrada es una tradición, más innecesario y hasta peligroso se vuelve el conocimiento verdadero. Sociedades clientelares y estancadas que necesitarían el flujo vivificador de la crítica y el debate abierto se sumen en una conformidad paralizadora, muy adecuada para el mantenimiento de privilegios sociales y hegemonías políticas, en un miedo al arcaico “qué dirán” que es tan dañino para la conciencia como para el despliegue provechoso de las capacidades y las iniciativas que favorecen la prosperidad. No callar es más arriesgado ahora que en 1996, pero es igual de necesario; aunque uno sospeche que, visto lo visto, también es superfluo. EL PAIS, 29.04.2017

08 enero 2026

Beatería y maldad

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

En cierta ocasión escuché al escritor Juanjo Millás afirmar que la beatería y la maldad son las dos caras de una misma moneda. Preguntado por qué les atormenta más a las personas que acuden a su confesionario, el joven sacerdote misionero Damián Montes (Granada, 1987) responde que quienes más le sorprenden son quienes confiesan pecados de tipo afectivo y sexual: “Es increíble escuchar a tanto adulto arrastrando ese peso. Es una crítica que me hago a mí y a la institución: ¿qué conciencia hemos creado para que a la gente le genere malestar eso, y no robar, mentir o abusar?” “Algo habrán hecho ustedes,” le sugiere la entrevistadora. Entonces el cura le responde con una honestidad inaudita: “Creo que unir sexo y pecado ha sido el pecado de la Iglesia.” El puritanismo sexual ha tarado a generaciones de hombres y mujeres en España, quienes han vivido su sexualidad con vergüenza y culpa. La obsesión con la virginidad (celebrada incluso con fiesta oficial en el calendario) es lo que tiene.

Al igual que otras religiones, como el judaísmo ultraortodoxo, el islam, o el cristianismo evangelista, la Iglesia católica ha sido siempre profundamente homófoba. Nunca fue esto más evidente como cuando la epidemia de vih/sida mató a millones de hombres en todo el mundo en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Estos enfermos terminales fueron considerados por muchos religiosos víctimas de un castigo divino, y llegaron a tildar de cáncer rosa lo que era una infección vírica letal, desconocida por aquel entonces, que se contraía por contacto sexual. Sumaron la estigmatización social al dolor inenarrable de las víctimas desamparadas, indefensas tras la pérdida de su sistema inmunológico. ¿Dónde estaba la caridad cristiana entonces? ¿Cuándo van a pedir perdón por aquel dolor añadido, por tanta maldad para con los necesitados de comprensión y alivio ante la muerte inminente? ¿Por qué a las religiones en general les cuesta tanto convivir con la diversidad afectivo-sexual? Deberían meditarlo, y, de paso, pedir perdón público por sus pecados (los niños esclavos del franquismo por ser hijos de rojos, los robos de bebés cometidos por monjas enfermeras en hospitales de maternidad durante la dictadura, los abusos sexuales a menores en sus instituciones, o las inmatriculaciones ilegales de inmuebles de dominio público), para de este modo contribuir a la convivencia entre diferentes. Tal vez así encuentren explicación a la falta de vocaciones.

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. 

La sociedad española asiste estos días horrorizada al escándalo por la publicación en cadena de casos de niños que fueron víctimas de abusos sexuales en colegios religiosos, sobre todo durante la dictadura. Lo que sabemos hasta ahora no es más que la punta del iceberg, a la espera de lo que está por venir tras la creación y puesta en funcionamiento por fin de la anunciada Comisión Estatal para la Investigación de Abusos en la Infancia que garantice que se haga justicia, se depuren las responsabilidades y se repare a las víctimas.

En uno de sus Episodios de una Guerra Interminable, Almudena Grandes escribe que la dictadura de Franco convertía en mierda todo lo que tocaba. A mí me tocó vivir parte de mi adolescencia entre sus garras. En aquel internado de religiosos que se ensañó conmigo se respiraba una devoción fanática. El poder que los curas ejercían sobre nosotros se sustentaba en adoctrinarnos para no pensar, para aceptar dogmas sin dudar, sin hacernos preguntas, en definitiva, para soportar lo que nos tocara y a quien nos tocara. Debíamos renegar de la duda, no osar hacer preguntas y, por tanto, abstenernos de poner en duda la moralidad de lo que nos pasara; debíamos dejarnos hacer. La impunidad de aquellos crímenes contra menores en colegios religiosos era prueba del poder omnipotente que la Iglesia católica y el Estado franquista extraían de su íntima unión. 

Ya de mayor, y tras haber sobrevivido a aquellos depredadores, comprobé que aquella obsesiva/rancia enseñanza religiosa, aquella mala educación de los colegios católicos me vacunó contra la superstición y contra el adoctrinamiento en mi trabajo como educador. Galileo llevaba razón cuando señaló que la ignorancia es la madre de la maldad y de todos los demás vicios. Amén. cmg2022