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25 marzo 2026

Machistas y orgullosos de serlo.

Jóvenes machistas a cara descubierta, cantando a gritos, a la puerta de una iglesia, tras haber votado mayoritariamente en contra de admitir a mujeres en su procesión de penitencia porque "la tradición es la tradición". España 2026. El fascismo se extiende como una mancha, como un tufo de aceite.

Tienen las de perder, pues ya hay jurisprudencia al respecto tras la denuncia de una mujer en Tenerife. En esta ocasión, el Estado actuará de oficio y los llevará a los Tribunales.

Desde un análisis semiótico, la foto es un filón: fíjense en las caras, las posturas, los uniformes, las varas con cruces que más bien parecen armas en forma de lanzas... Parecen célibes involuntarios (incels), de esos que follan poco, pero joden mucho. Esa misoginia...

Alguien debería explicarles cuántas tradiciones hubo que acabaron desapareciendo, como quemar mujeres, someterlas a la ablación, o tirar cabras desde un campanario.

En Sevilla y en otras ciudades, afortunadamente, las procesiones son inclusivas desde hace mucho tiempo. cmg2026

17 marzo 2026

El encapuchado abuso

Por Javier Marías, El País Semanal, 14 junio 2003

El pasado Jueves Santo, hacia las seis de la tarde, vi desde mis balcones en el Madrid de los Austrias, donde alquilo un estudio, como varias calles eran cortadas y empezaban a agolparse en ellas católicos impacientes. Había quedado a cenar a las nueve y media en un restaurante cercano, de la Cava Baja. Pensé que para entonces la procesión de turno habría acabado y que podría llegar allí a pie, en menos de diez minutos. Pero cuando salí a las nueve y cuarto, el aquelarre estaba aun en su apogeo. De hecho, abrí el portal y me encontré bloqueado por los desconsiderados devotos que se apoyaban en él y que no hicieron el menor ademán de apartarse un poco para permitirme el paso. A duras penas y semiasfixiado, alcancé un callejón por el que confié en acortar el trayecto (estos fervorosos son unos exhibicionistas y sólo desfilan por las principales vías). Pero la calle de Segovia, que debía cruzar, se hallaba también invadida por las hordas procesionales, así que hube de dar un rodeo para poder pasar a la acera adecuada por un punto menos abarrotado. Y entonces, hasta llegar a la bocacalle buscada (la misma Cava Baja), no me quedó más remedio que caminar un trecho en la misma dirección que los fieles, a su paso de tortuga y atrapado y aplastado por ellos. Es decir: durante unos cinco o siete minutos me tuve que insertar en la procesión, mientras miraba con ansia la bocacalle salvadora, tan cercana y tan lejana. "Hostia", pensé (quizá nunca tan adecuadamente), "cómo me vea ahora alguien conocido, me va a tomar por feligrés ferviente y seré el hazmerreír del gremio, y aun el del barrio."

De hecho había quedado con mi colega Pérez-Reverte, al que hacía siglos que no veía, y rogué al Purgatorio --la verdad, no iba a rogarle al Cielo en ese día-- que él estuviera ya en la mesa esperándome. "Como me vea el Capitán Alatriste procesionando a mis años, voy listo: no tendrá piedad de mí, creerá que desde que no nos vemos me he iluminado y me he convertido; yo, que hace sóło unos meses me largué de la publicación en la que colaboraba porque me prohibieron una columna sobre la Iglesia Católica precisamente. Creerá que he sufrido el síndrome de Estocolmo, y el de Oslo y el de Helsinki". Y cuando tres horas después ambos salimos del restaurante, los encapuchados seguían con la ciudad tomada.

A la noche siguiente tenía otra cena, en la lejana casa de unos amigos, sólo a tiro de taxi. Todo cortado de nuevo cuando salí, la calle más cercana otra vez rebosante de los ku-klux-klanes patrios y de su fanática e insaciable tropa. Preví que habría de caminar un buen trecho hasta dar con una zona libre de capirotes y por lo tanto con coches. Y como no estaba dispuesto a verme encajonado por la grey civil (en teoría: muchos se consideran legionarios), decidí avanzar rápido por la calzada antes de su llegada en masa, es decir, me metí entre las filas de siniestros embozados que aporreaban tambores como si fueran los almorávides que sitiaron al Cid en Valencia, y así adelanté junto a ellos, aterrado por su insistente coloración morada. Y aunque la cosa duró menos, padecí el atormentador pensamiento: "Hostia. Como me vea ahora alguien, mezclado con estos tíos disfrazados de verdugos". Para qué seguir, aún quedaban sábado y domingo, y en Madrid ha habido diecinueve procesiones --diecinueve-- durante esta Semana Santa. La mayoría por el centro, que ha quedado impracticable --prohibido-- para automóviles y peatones a lo largo de horas y horas.

Así, la capital de un Estado aconfesional y europeo ha sido demencial y abusivamente ocupada por una sola iglesia, con permiso y entusiasmo del Ayuntamiento y de la Delegación del Gobierno, que tanto denostaron las manifestaciones contra la guerra de Irak, y les pusieron impedimentos porque ocasionaban molestias a quienes no tomaban parte. Sólo que en ellas participaron cientos de miles, y en las procesiones una minoría tan sólo, una cuasi secta que además exhibe una iconografía de espanto. Hoy, en que
tanto se cuidan los católicos de lo que ven en televisión los niños, los obsequian durante varios días con un incesante espectáculo de terror en vivo: ejércitos de tenebrosos encapuchados; estruendosos trompeteos sórdidos; ominosas tamborradas; beatas ennegrecidas; masoquistas con cadenas en los tobillos; tétricas y lacrimosas estatuas bien paseadas; algún torso desnudo, flagelado y sanguinolento; pies descalzos y torturados. Imaginen que cualquier otra fe pretendiera tomar así nuestras calles, cuatro días enteros. Sólo confío en que tras las inminentes elecciones municipales, nuestros nuevos alcaldes o alcaldesas, del partido que sean, se sepan la Constitución algo mejor que los actuales y pongan freno a este increíble abuso y a la imposición desmedida de estas huestes encapirotadas.




05 junio 2024

Monstruos del Rocío

Por LUIS MIGUEL FUENTES

 El Mundo (Edición de Andalucía), 7 de mayo de 2001

Foto: Antonio Pérez

“Y a ti, ¿qué más te da?”, me dicen. Frustración intelectual. Sufrimiento humanista. Se me parte por dentro un tronco de positivismo, que cruje como una costilla. El positivismo, ya estamos. ¿Se puede seguir siendo positivista? ¿Es que existe el progreso, aparte de en la electrónica? Qué más me da a mí lo que hace esa gente. Pero hay una humanidad zumbadora y bosquimana que sigue adorando a las piedras y me deja una extrañeza de explorador y una decepción de especie. Paisanos como afganos, gente descalza con el ganado, vino sudado y la lágrima seca de una madre postiza colgando del cuello como un diente. El Rocío, ese africanismo de las multitudes. Van a adorar a una diosa, pero su religión y su emoción son ellos mismos, su multitud y su sincronía. No puedo comprenderlos y se me ahoga todo lo humano como un buey muy cansado.

Tengo que hacer mi artículo del Rocío, pasadas todas las crecidas de la gente y sus lloros, no por costumbre, como decía el otro día Umbral, sino por un campanazo triste de desencanto. El Rocío me desencanta con esa ternura que tienen los monstruos de uno. Hablo, ahora, de mis monstruos, congregados todos en el Rocío.

Primer monstruo: la religiosidad popular, peor que todas las teodiceas de la filosofía. Ya distinguía Hume entre esa religiosidad del pueblo, que viene de milenios de cosechas, muertos y menstruos de las mujeres, y el armazón metafísico que sostiene a todas las iglesias sobre su légamo de miedo y poder. Nada tiene que ver el Rocío con el cristianismo, pese a que la Iglesia Católica intente domar tanto gentío para adoptarlo en sus números. La religiosidad popular es anterior a toda forma de filosofía y episteme. Es la infancia mítica. La teología puede ser ingenua, equivocada, simple. Pero aún tiene a Aristóteles. La religiosidad popular es una antorcha en la cueva, una piel de bisonte para echarse por los hombros, rezarle a la luna. Virgen del Rocío. Artemisa. Isis. Diosa virgen, diosa madre, fertilidad, mitos de cultivadores y paridoras. Primitivismo, más la unión inconsciente de lo femenino con lo emotivo, el pathos del pueblo (Jung).

Segundo monstruo: tradición. Sacralización de la repetición. El peso de una opinión o de una conducta no viene de su bondad, de su razón o de su belleza, sino de la insistencia del tiempo y la periodicidad. Las cosas se hacen así porque se han hecho siempre, y basta. Nada existe si no se repite (eterno retorno nietzscheano). Corolario: es suficiente que algo se repita para declararlo verdad. Insulto a la inteligencia humana, automatismo que nos convierte en una biela.

Tercer monstruo: kitsch. Horterada. Vulgaridad de bestias y personas con florones, exaltación de musiquillas horrendas. Cuarto monstruo: etnocentrismo, chauvinismo. Toda la cultura humana muere en la plaza del pueblo. El ser humano se amadeja en su ombligo y en su barrio. No hay más arte ni más pensamiento que el de la vecina y el barbero. Se extirpa el resto del mundo como un ojo ciego y feo. Quinto monstruo: el grupo. La persona sólo toma sentido en cuanto a que pertenece al grupo. Individualidad anulada, aborregamiento, uniformidad. Más la creación de una falsa moral: eres mejor persona, y hasta mejor andaluz, si perteneces a este grupo. La disidencia es inmoralidad y traición. Sexto monstruo: hipocresía. Excusas vergonzantes para el placer y la fiesta, que no necesitan excusas. Mentirosa fraternidad de señoritos a caballo, escalafones de vanidad en todos sus grupúsculos, violencias y odios entre sectas.

Todos mis monstruos están ahí, en el Rocío. Tenía que sacarlos, orearlos de cielo y razón, hacer exorcismo de esta tristeza. Han regresado ya todos mis monstruos, fatigados y sucios con la gente. Pero no pierden, nunca, su horror.

+ Vídeo completo del documental Rocío, de Fernando Ruiz Vergara, 1980