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08 enero 2026

Beatería y maldad

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

En cierta ocasión escuché al escritor Juanjo Millás afirmar que la beatería y la maldad son las dos caras de una misma moneda. Preguntado por qué les atormenta más a las personas que acuden a su confesionario, el joven sacerdote misionero Damián Montes (Granada, 1987) responde que quienes más le sorprenden son quienes confiesan pecados de tipo afectivo y sexual: “Es increíble escuchar a tanto adulto arrastrando ese peso. Es una crítica que me hago a mí y a la institución: ¿qué conciencia hemos creado para que a la gente le genere malestar eso, y no robar, mentir o abusar?” “Algo habrán hecho ustedes,” le sugiere la entrevistadora. Entonces el cura le responde con una honestidad inaudita: “Creo que unir sexo y pecado ha sido el pecado de la Iglesia.” El puritanismo sexual ha tarado a generaciones de hombres y mujeres en España, quienes han vivido su sexualidad con vergüenza y culpa. La obsesión con la virginidad (celebrada incluso con fiesta oficial en el calendario) es lo que tiene.

Al igual que otras religiones, como el judaísmo ultraortodoxo, el islam, o el cristianismo evangelista, la Iglesia católica ha sido siempre profundamente homófoba. Nunca fue esto más evidente como cuando la epidemia de vih/sida mató a millones de hombres en todo el mundo en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Estos enfermos terminales fueron considerados por muchos religiosos víctimas de un castigo divino, y llegaron a tildar de cáncer rosa lo que era una infección vírica letal, desconocida por aquel entonces, que se contraía por contacto sexual. Sumaron la estigmatización social al dolor inenarrable de las víctimas desamparadas, indefensas tras la pérdida de su sistema inmunológico. ¿Dónde estaba la caridad cristiana entonces? ¿Cuándo van a pedir perdón por aquel dolor añadido, por tanta maldad para con los necesitados de comprensión y alivio ante la muerte inminente? ¿Por qué a las religiones en general les cuesta tanto convivir con la diversidad afectivo-sexual? Deberían meditarlo, y, de paso, pedir perdón público por sus pecados (los niños esclavos del franquismo por ser hijos de rojos, los robos de bebés cometidos por monjas enfermeras en hospitales de maternidad durante la dictadura, los abusos sexuales a menores en sus instituciones, o las inmatriculaciones ilegales de inmuebles de dominio público), para de este modo contribuir a la convivencia entre diferentes. Tal vez así encuentren explicación a la falta de vocaciones.

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. 

La sociedad española asiste estos días horrorizada al escándalo por la publicación en cadena de casos de niños que fueron víctimas de abusos sexuales en colegios religiosos, sobre todo durante la dictadura. Lo que sabemos hasta ahora no es más que la punta del iceberg, a la espera de lo que está por venir tras la creación y puesta en funcionamiento por fin de la anunciada Comisión Estatal para la Investigación de Abusos en la Infancia que garantice que se haga justicia, se depuren las responsabilidades y se repare a las víctimas.

En uno de sus Episodios de una Guerra Interminable, Almudena Grandes escribe que la dictadura de Franco convertía en mierda todo lo que tocaba. A mí me tocó vivir parte de mi adolescencia entre sus garras. En aquel internado de religiosos que se ensañó conmigo se respiraba una devoción fanática. El poder que los curas ejercían sobre nosotros se sustentaba en adoctrinarnos para no pensar, para aceptar dogmas sin dudar, sin hacernos preguntas, en definitiva, para soportar lo que nos tocara y a quien nos tocara. Debíamos renegar de la duda, no osar hacer preguntas y, por tanto, abstenernos de poner en duda la moralidad de lo que nos pasara; debíamos dejarnos hacer. La impunidad de aquellos crímenes contra menores en colegios religiosos era prueba del poder omnipotente que la Iglesia católica y el Estado franquista extraían de su íntima unión. 

Ya de mayor, y tras haber sobrevivido a aquellos depredadores, comprobé que aquella obsesiva/rancia enseñanza religiosa, aquella mala educación de los colegios católicos me vacunó contra la superstición y contra el adoctrinamiento en mi trabajo como educador. Galileo llevaba razón cuando señaló que la ignorancia es la madre de la maldad y de todos los demás vicios. Amén. cmg2022 

27 octubre 2023

Solo prescribe lo que no se describe

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

 

Lugar de los hechosColegio San Estanislao de Kostka, de la Orden de los Jesuitas/Compañía de Jesús, sito en el barrio de Miraflores del Palo, Málaga

Fecha: primavera de 1972

Edad de la víctima: 13 años


1. El traje. Don José Luis Alés Barrero, el monitor de comedor y de recreo durante los dos cursos (1970-71 y 1971-72) en los que estuve internado en el Colegio de los Jesuitas San Estanislao de Kostka de Málaga, era un maestro seglar que se ocupaba de los chavales internos durante y después del almuerzo. Era bajito, rechoncho, de ojos claros, repeinado e iba ridícula e impecablemente demasiado "bien trajeado" como para ocuparse del recreo de unos chavales de 12-13 años en un gigantesco patio polvoriento. Su nombre y apellidos figuraban, como profesor externo, en la página 7 del Anuario que el colegio imprimía cada año [un exhaustivo banco de datos personales de la época], y un ejemplar del curso 70/71 ha perdurado hasta nuestros días. Don José Luis, (que es como lo conocíamos los niños a su cargo y que nunca se dejaba fotografiar), tendría unos treinta y pocos años, y recuerdo que fumaba impasible delante de los críos. Años después, el escritor Juan Martínez de las Rivas, que por aquel entonces era uno de mis compañeros de clase, lo recuerda con memoria casi fotográfica: “Edad de unos treinta, cuerpo algo mantecoso, aspecto y rostro aniñados (un Tintín con sobrepeso), pelo rubio peinado crencha a un lado, estilo foto exterior de peluquería de la época, versión moderna, y ojos azules o verdes, y con cierto aire de indiferencia hacia las pequeñas cosas que nos agitaban. Más que atildado, salvo en su vestuario, yo lo percibía indiferente y narcisista. Poseía varios trajes cruzados (siempre vestido -armado- de botonadura cruzada, en mi recuerdo) que alternaba, y cuyos colores se salían de los grises habituales del profesorado: estoy creyendo ver un traje verde con brillos y un traje granate, lo mismo sus corbatas de seda. Además de vigilante, hacía las veces de profesor suplente de inglés.”

 

Efectivamente, de cuando en cuando, este individuo sustituía a la profesora de inglés, la señorita Yvonne, cuando ésta se ausentaba, y nos daba clase a las 4 de la tarde en un aula que estaba en la esquina del mismo patio de recreo que aparece en la foto anexa (tomada en torno a aquella época), situado en el ala noroeste del colegio. Aquel monitor de recreo, de corta estatura tanto física como moral, tenía, sin embargo, las manos muy largas.

 

Una tarde de la primavera de 1972, tras el almuerzo, sobre las 15 horas, don José Luis, vestido con uno de esos trajes-tapadera que él pensaba le aportaban respetabilidad, me invitó a ver televisión (o eso me dijo) a una hora en la que la sala de televisión permanecía cerrada para los internos. Ni recuerdo qué programa emitía la pantalla, seguramente un Telediario. Al poco de hacerme sentar junto a él en la estancia en penumbra, el profesor don José Luis Alés Barrero extendió su mano derecha hacia mi entrepierna y comenzó a sobarme. Yo estaba completamente aturdido y paralizado por su comportamiento. Pero no quedó ahí la cosa, pues a los pocos minutos agarró mi mano con su mano izquierda y me forzó a meterla en el interior de su bragueta, que él ya había abierto previamente, para que le agarrara su sexo erecto. Sentí un enorme asco por lo que estaba sucediendo, pero tras unos minutos, retiré mi mano de su bragueta, di un respingo y salí corriendo despavorido de la sala oscura. Me encaminé a paso ligero hacia el exterior del edificio (la salida del edificio está muy próxima a dicha sala) para respirar aire fresco e intentar recuperarme del shock. Era la mayor agresión contra mi persona que había sufrido nunca, y me ha perseguido durante 50 años. Hoy, cuando escribo esto aún experimento repulsión al tener que hacer retrospección para narrarlo.

 

Por aquel entonces (cursaba cuarto curso de enseñanza secundaria, grupo 4C), yo había comenzado la lectura del El Quijote, en una edición que la buena de mi tía Genoveva me había regalado unos meses antes por Navidad. Solía apostarme contra la base de una de las palmeras que había plantadas en el jardín situado delante del edificio del colegio, un lugar al aire libre orientado al sur y con vistas al mar al que sí nos dejaban acceder. Cada tarde después de comer, acudía con mi libro en mano a dicho lugar. Esto me permitía desconectar por un rato de aquel infierno e interponer una barrera física imaginaria con el edificio-cárcel para sumergirme en la maravillosa ficción de Cervantes. Solo tenía 13 años, pero la magia de aquella lectura me salvó literalmente. Leer sobre las aventuras de don Quijote y Sancho fue como un bálsamo para mi mente atormentada. Desde entonces, los libros me han ayudado a sobrellevar los peores tragos de mi vida. Verdaderamente la lectura nos hace mejores personas.

 

2. Impunidad. Por otro lado, me sentía tan agobiado por el continuo acoso de algunos de mis compañeros de internado, tan harto de sus insultos y humillaciones, que me armé de valor para acudir a denunciar la situación a quien pensaba (inocente de mí) que podría ayudarme, el llamado Padre Prefecto, don José Ruiz Vázquez. Este religioso aparece como Director Espiritual de los cursos 3º y 4º, en la página 5 del Anuario 70/71. Sentado en su despacho, situado en la primera planta del ala sureste del edificio, mirándome con una sonrisa curil, casi beatífica, a través de sus gafas grises, hizo oídos sordos a mis quejas y se limitó a sonreír aún más, sin casi mediar palabra. A continuación, se levantó de su escritorio y me hizo sentarme encima de él en una silla que había en la esquina de su amplio despacho. Mientras me agarraba por detrás empezó a mover acompasadamente las piernas y la cadera y a gemir cada vez con más intensidad en un jadeo que no se molestaba en disimular. Oía cómo iba alterándose el ritmo de su respiración, mientras iba manoseándome y restregándose el bulto de su entrepierna con movimientos acompasados contra mi culo hasta correrse dentro de sus pantalones, aprovechándose de mi vulnerabilidad para satisfacerse. El muy beato don José Ruiz Vázquez, sacerdote jesuita, se había corrido imaginándose follando por el culo a un niño indefenso. Yo estaba en estado de shock y tardé en darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Cuando dejó de agarrarme por la cintura, salí despavorido de la sala, corriendo escaleras abajo. No volvió a dirigirme la palabra, pero yo nunca olvidé su nombre, sus dos apellidos y el cargo que ostentaba en el colegio.

 

3. Contarlo. La Compañía de Jesús siempre ha despuntado por la formación de sus miembros, que deben conocer bien preceptos como: la rendición de cuentas y hacer justicia, fomentar la verdad y la memoria, y ofrecer reparación a las víctimas. Aquel colegio no enseñaba a respetar al diferente ni me garantizó un entorno seguro donde desarrollarme como persona en ciernes. Ningún responsable ponía orden ni protegía a los niños que fuimos víctimas de acoso (bullying) y de abusos sexuales.


Por tantoexijo una disculpa por escrito de la Compañía de Jesús como reparación moral (similar a la recibida por víctimas de los Salesianos) y una indemnización a dicha institución por el daño psicológico que estos abusos me causaron, que me privó de haber vivido una adolescencia feliz, pues me traumatizaron profundamente. Tan culpable y avergonzado me sentía por lo que me había ocurrido en aquel colegio que fui incapaz de contarle a mis padres lo sucedido. Tardé muchos años en perdonarle a mi padre que me internara durante dos años en aquel infierno, con el consiguiente desarraigo familiar, pero lo hice en su momento y me quedé muy aliviado.


Nadie ha descrito mejor mi sufrimiento de entonces que la escritora Elvira Lindo en un reciente artículo titulado “Predicar, pero no con el ejemplo”: Cuando un niño es manoseado por un adulto con el fin de procurarse placer sexual, sabe que algo extraño, inusual, prohibido, algo que vulnera como un hachazo su inocencia le está sucediendo. El niño no va a saber cómo llamarlo, está tan alarmado que lo mantendrá en silencio. Un niño con un secreto es un ser muy desgraciado. El depredador de niños conoce instintivamente la psicología infantil, pero, además, tras años de experiencia, se va a convertir en un verdadero experto. Tiene olfato de sabueso para identificar a la víctima adecuada. Sabe cómo hacer para que esa inmundicia que él genera avergüence a la criatura, sabe cómo cargar al pequeño con el peso de la culpa para que calle. El daño que se le hace a un niño no prescribe. La vida cicatriza muchas heridas, pero las consecuencias de un abuso son rocosas y persisten si el secreto se enquista, si no se encuentra una sociedad que escuche y comprenda. Cuando los abusadores pertenecen a una institución con el poder social que ha ostentado la Iglesia católica, las víctimas tienen derecho a una reparación pública por el daño recibido.” Durante toda mi adolescencia me hicieron creer que lo que me había pasado había sido por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.


La Compañía de Jesús reconoció públicamente, el 21 de enero de 2021, que al menos 81 menores y 37 adultos han sufrido abusos sexuales a manos de 96 miembros de su orden desde 1927, en la primera investigación interna de una institución católica en España. Sin embargo, la congregación no ha querido revelar los nombres de los acusados, como reivindicamos las víctimas, lo que me indigna profundamente porque nos revictimiza a quienes ya fuimos víctimas una vez, ni otro dato decisivo, las parroquias, colegios, o seminarios donde tuvieron lugar los hechos (solo señala que 14 casos se cometieron en Andalucía). Un gran paso para los Jesuitas pero un pequeño paso para la humanidad, rezaba un titular. 

 

He tenido que esperar 50 largos años en silencio y en soledad, hasta la creación en nuestro país de una Comisión Estatal de Investigación de Abusos a Menores en la Iglesia Católica dependiente de la Oficina del Defensor del Pueblo, para interponer estas dos denuncias con nombres y apellidos de modo que éstos no queden ocultos en el olvido y para que otras posibles víctimas puedan reconocerlos y dar un paso adelante. Luis Cernuda escribió el siguiente verso "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros." No creo haber sido la única víctima de abusos en aquel colegio. La investigación de la Comisión Estatal dictaminará si la pederastia era una práctica sistémica en dicho colegio de Jesuitas.

 

La jerarquía eclesiástica española haría bien en mirarse en el espejo de Irlanda, un país mayoritariamente católico como España, pero que, con una población cuatro veces menor, creó una Comisión para Investigar el Abuso Infantil y que publicó un demoledor informe - más de 800 abusadores conocidos en más de 200 instituciones católicas durante un período de 35 años -, comúnmente conocido como el Informe Ryan, el 20 de mayo de 2009. 

 

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. Y, aunque hayan prescrito y sus perpetradores fallecido, la Compañía de Jesús es responsable civil subsidiaria de lo ocurrido. Porque solo prescribe lo que no se describe.

 

La mujer que fue víctima de la Manada comunicó, a través de su abogado, una frase que me ha animado a relatar lo ocurrido y a hacer públicos estos abusos, con nombres y apellidos, 50 años después, por mucho que hayan prescrito, y sus perpetradores fallecido: Cuéntalo, que, si no, ganan ellos. Al publicarlas en la red, deseo que estas dos denuncias trasciendan para que estos crímenes no queden silenciados ni impunes, y porque, al igual que ha manifestado el escritor Alejandro Palomas, no quiero morirme sucio, con esta mierda dentro de mí.


Firmado: Carlos Martín Gaebler, PhD


Lo que precede es la doble denuncia que remití por escrito, el 3 de septiembre de 2022, a la Oficina del Defensor del Pueblo contra el Colegio San Estanislao de Kostka, de la Orden de los Jesuitas/Compañía de Jesús, sito en el barrio de Miraflores del Palo, Málaga, como responsable civil subsidiaria de los abusos sexuales que sufrí en dicho colegio, en la primavera de 1972, a la edad de 13 años, a manos del profesor seglar don José Luis Alés Barrero (fallecido) y del religioso José Ruiz Vázquez, S.J. (igualmente fallecido).

La Oficina del Defensor del Pueblo tiene abiertos diversos canales de contacto que pueden usar las víctimas de pederastia para trasladar sus testimonios: el correo electrónico atencionvictimas@defensordelpueblo.es, el teléfono gratuito 900 111 025, y la dirección postal del Defensor del Pueblo (Calle Zurbano, 42, 28010, Madrid).   




01 enero 2023

My First Gay Bar

By CARLOS MARTÍN GAEBLER

Dedicated to Efrain, with brotherly love

42nd Street membership card
For generations of gays and lesbians, walking into a gay bar for the first time has long held a significant place in our personal histories. This was never more apparent than in the days following the homophobic mass shootings at Pulse, the gay nightclub in Orlando, Florida, in which 49 people lost their lives, and which prompted many to recall the nights they had spent in similar venues, and the sense of community they found there. Every gay person remembers the first time they went to a gay bar and how they felt.

Prior to the internet era, gay bars were integral to our social development. They were an escape from the often unfriendly outside world, packed every night of the week, and everyone inside was a friend, a brother. In those analogical times, we were awfully lucky, when you entered the place, that the guys weren’t focused on their iPhones but on each other. Also, fortunately, in 1980 AIDS hadn’t yet started its devastating advance.

At the time, I was a Spanish graduate student and Teaching Assistant at UNC-Chapel Hill ready to set the world on fire. 42nd Street (later on renamed as Power Company) opened in 1979. It was a converted department store (Rayless) located in downtown Durham, North Carolina, on 156 West Ramseur Street, next to the Corcoran multi-storey parking lot, with bars encircling the dance floor, which hosted the biggest disco ball in the Carolinas. The ground floor led to a mezzanine balcony at one end and to a basement full of pinball machines and pool tables at the other. The DJ booth sat above a stairwell overlooking the dance floor near the back bar. The large dancing area was like a hedonistic shrine, and Kool and the Gang’s Celebration was its anthem. Conversations would stop the second it came on and everybody would rush to the dance floor to join in this celebratory ritual.

This iconic disco was a non-segregated space where gay men and lesbians, black and white patrons, old and young, homos and straights, even Dukies and Tar Heels, haha, shared a good time together in brotherly spirit. It was a club for equality like I have never seen since. I was a gay kid in my early twenties who had just come out of the closet after years of unbearable loneliness. I had been a victim of humiliation and bullying during my adolescence. At 42nd Street I had no need to fight off bullies because I was among boys like me, and I felt protected. That place was like family to us.

42nd Street 1980 New Year's Party ticket
I was first taken to 42nd Street by my friends Tony Adinolfi and Tony Habit, a gay couple I had met upon arriving in Chapel Hill. My jaws dropped when I walked through the door. I couldn’t believe my eyes, gorgeous guys everywhere. I remember asking my friend Tony “But are all these boys gay?” He simply answered “Yep!” My life was never the same after that day in the fall of 1980. I went back countless times during my 3-year stay in Chapel Hill. I would get a lift from school friends or from my housemate Ritchie Bennett. I would drink liters of orange juice and water to stay hydrated and dance the night away.  I recall the 80s disco music, the liturgy of the awesome drag shows, the cute guys milling about, the club kids dancing bare-chested on the speakers: It was gay heaven! I could be myself. I didn’t have to pretend anymore. I was finally home. cmg2016

Original 42nd St advert with no physical address

31 agosto 2022

"Venus": The Fighting and the Dancing


The year is 1969. The year of Man's landing on the Moon, Senator Robert Kennedy's assassination and the Stonewall riots. A song written by Robbie van Leeuwen and played by the Dutch pop band The Shocking Blue tops the charts worldwide. "Venus" became a global success since the moment it was released. Today, half a century later, "Venus" is a timeless classic, recently incorporated to quality series like The Handmaid's Tale or The Queen's Gambit. It also features in the 2015 film "Stonewall", a riveting account of the historical events leading to the riots in NYC on June 28th of that same year, which brought about the gay liberation movement and, eventually, gay rights, as we know them today.

It is only fair to remember the members of this legendary, though short-lived, band, one of those "one-hit wonder bands" who had a groovy hit single and their 15 minutes of fame: lead singer Mariska Veres (yeah, she's got it!), Robbie van Leeuwen (voice, guitar and sitar), Klaasje van der Wal (bass guitar), and Cornelius van der Beek (drums). Released in 1969, "Venus" still has the power and effect of a dynamite song. Many of us are still dancing to this gem because this song is timeless.

Right before the Xmas season of that year, my beloved aunt Isabel asked me what present I wanted for "Reyes" (the Hispanic version of Santa), which is celebrated on January 6th. At 11, I had already been listening to pop music in English on a local pop music station, LVG (La Voz del Guadalquivir), and was blown away by this song. So I told her what my choice was, wrote down the name of the record for her, and when I went with my family to visit her on Reyes Day 1970, there she was handing me the single with that shocking blue background and Mariska's sensuous cleavage. It was one of the best Xmas gifts I have ever been given. In the early 70s, I would play it over and over again on our portable record player. (Sadly, I lost my vinyl copy.)

Little did I know that the hit "Venus" had, a few months earlier, presided over the dancing at the Stonewall bar in Greenwich Village, as shown in the aforementioned film "Stonewall", when one of the gay patrons (a brave fighting queen) picks up the song on the juke box and everyone joins in the liberating dancing. Now, at 64, I keep fighting for gay rights, trying to convince today's barbarians that LGTB rights are indeed human rights and facing up to the spreading tide of homophobia and bigotry all over the world. I miss the dancing, though! cmg2022

Lyrics and song:

A goddess on a mountain top

Was burning like a silver flame

The summit of beauty and love

And Venus was her name

She's got it

Yeah, baby, she's got it

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

Her weapons were her crystal eyes

Making every man mad

Black as the dark night she was

Got what no one else had, whoa!

She's got it

Yeah, baby, she's got it

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

She's got it

Yeah, baby, she's got it

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire.

25 mayo 2022

La ternura del reencuentro, 42 años después

Acto de conmemoración del 42 aniversario de la promoción 1975 -1980 de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, celebrado el viernes 20 de mayo de 2022

De izquierda a derecha, Elena Santiago Muñoz, coordinadora del encuentro, Amparo Feria Toribio, en representación de CLÁSICAS;  Javier Martos Ramos, decano de la Facultad de Filología; Manuel Ángel Vázquez Medel, por HISPÁNICAS; Virgina Cobos Yuste, en representación de ANGLOGERMÁNICAS; y Alicia Llabona Pérez, autora del vídeo conmemorativo, por ROMÁNICAS.

Con el permiso de nuestro compañero Manuel Ángel Vázquez Medel, publico aquí sus entrañables palabras a todos los asistentes, una alocución bien trabada, repleta de referencias históricas y emocionante de principio a fin. Gracias, compañero, por compartirla en la red con quienes queremos volver a leerla, pues nos servirá a muchos y a muchas para rememorar siete intensas horas que fueron un chute de felicidad, una celebración de la vida. Carpe Diem.


Querido Decano, queridos profesores (Pedro Carbonero, Rafael Portillo, Paco Garrudo, y también los que no han podido acompañarnos hoy, Emilia Alonso, Jean Paul Goujon, Rogelio Reyes, Miguel Rodríguez Pantoja), queridas compañeras, queridos compañeros:

Ante todo, he de agradecer este honor de poder tomar la palabra en nombre de mi promoción de Filología Hispánica (con el recuerdo entrañable de las otras especialidades -clásicas, románicas, anglogermánicas- con las que compartimos asignaturas en los años comunes). Algunos de nuestros compañeros ya no están con nosotros; tampoco memorables profesores. A todos ellos queremos dedicar nuestro primer recuerdo. En mi caso, especialmente a Alfonso López Castilleja, que se nos fue en 2007, y generosamente me ayudó para que pudiera incorporarme al curso 1975/76.

Quiero también tener aquí el más cariñoso recuerdo con quienes, por una u otra razón, no nos han podido acompañar el día de hoy, especialmente por causas de salud, sean familiares, como en el caso de Manuel Ramírez Cepeda o personales, como Marian Pantoja, intervenida el pasado martes y, afortunadamente con una muy buena evolución. Os traslado, en nombre de ellos, un cordial abrazo. Ambos son todo un ejemplo de dedicación y esfuerzo, de vocación universitaria. Manuel, de amor a su ciudad, La Palma del Condado. Marian, desde su formación en Filología Hispánica ha sido todo un referente en el mundo de la educación en francés, siendo reconocida como “Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres” por el Ministerio de Cultura de Francia. Junto a ellos quiero ofrecer mi reconocimiento a vuestras importantes trayectorias como profesores de instituto o universidad, magníficos docentes e investigadores, escritores, creadores y gestores culturales, humanistas comprometidos con la construcción de un mundo mejor gracias a la educación y la cultura. 

Es para mí un orgullo haber sido y ser compañero vuestro.

* * *

Por estos días de mayo, en 1976, hace 46 años, unos jóvenes llenos de entusiasmo nos preparábamos para la realización de nuestros primeros exámenes finales de filología en el viejo caserón de Gonzalo Bilbao. Fue aquel momento en el que me pude unir a vosotros, en los exámenes como alumno libre: con Fernando Rodríguez Izquierdo en Lengua Española I, José Mª Capote en Literatura Contemporánea (teníamos aquel curioso orden invertido de la literatura que luego volvería a la secuencia cronológica), Vicente García de Diego en latín, Enrique Ramos Jurado en griego (en mi caso; creo que Clara Thomas dio clases a los de árabe) y Jean Paul Goujon en francés.

Habíamos iniciado, en el otoño de 1975 [por cierto, primer Año Internacional de la Mujer e inicio del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985), signo de los nuevos tiempos que estábamos viviendo (Carmen Conde fue la primera mujer en entrar en la Academia en 1979)], un recorrido que nos llevaría, en 1980, a ser una de las primeras promociones de Filología, ya separada (para bien y para mal) del viejo tronco de Filosofía y Letras.

Habían ocurrido muchas e importantes cosas desde el comienzo del curso. Muy especialmente, el inicio de un proceso de transición democrática y de derechos y libertades, que marcaría a nuestra promoción: la primera de estudiantes universitarios que podía ejercer el derecho al voto, sea en las primeras elecciones constituyentes del 77 (al menos, los de mayor edad, porque entonces se votaba a partir de los 21 años), sea en el referéndum de la Constitución en 1978 o en las primeras elecciones municipales y luego constitucionales de 1979.

Nosotros no sabíamos hasta qué punto éramos no solo testigos, sino sujetos activos de años decisivos para la Humanidad, en los que -por ejemplo- conocimos tres papas el mismo año 1978, tras la muerte de Pablo VI y Juan Pablo I. O, sin que entonces tuviéramos conciencia de ello y de lo que luego significaría, se creara Microsoft en 1975 y Apple en 1976, mientras nosotros escribíamos a mano o máquina con copias de papel carbón (especialmente nuestra compañera Chari Pérez Campanario, en su ejemplar generosidad y servicialidad), o hacíamos costosas fotocopias en papel fotográfico que acababa borrándose. Entonces lo normal era sacar los libros o consultarlos en la biblioteca con los folios al lado para anotar todo lo que necesitábamos.

Estábamos pasando de un mundo en blanco y negro a un mundo en color, como también ocurriría con la TVE, que culmina ese proceso en 1978.

Durante nuestros años de estudios de Filología, en los que Vidal Lamíquiz fue el Decano y Justina estuvo al frente de la Secretaría (recordamos con afecto al PAS), tuvimos de Director de la Real Academia Española a Dámaso Alonso, a quien pudimos ver en alguna conferencia, aunque se prodigaba más por nuestra Facultad quien habría de ser Director años después, Fernando Lázaro Carreter.

Un año central en nuestros estudios, pero también en nuestra historia literaria fue 1977, cincuentenario de la Generación del 27, en cuyos actos del Ateneo participamos varios compañeros de curso, en el Homenaje de la Juventud Creadora al 27, impulsados por nuestro profesor de Literatura Hispanoamericana Juan Collantes de Terán, del que aún recuerdo su pasión por César Vallejo. Pudimos también asistir a conferencias que se me han quedado grabadas, como las de Ernesto Sábato o Juan Goytisolo.

1977 fue también el año del Premio Nobel de Literatura para Vicente Aleixandre, al que llegué a conocer en una visita a su casa en Velintonia y con el que hablé en varias ocasiones por teléfono cuando preparaba en 1978, ya como Coordinador de la Enciclopedia de Andalucía, el artículo que se le dedicó. También en 1977 muchos de nosotros nos echamos a la calle un 4 de diciembre para exigir un estatuto de autonomía para Andalucía por la misma vía del 151 de Cataluña, País Vasco y Galicia, con la consigna “Libertad, amnistía y estatuto de autonomía".

Fuimos una promoción con un especial compañerismo, cordialidad y respeto a las diferencias que nos enriquecen que seguimos, afortunadamente, constatando en los casi tres años de amistad recuperada desde los preparativos de 2019. Fuimos, también, de las primeras promociones con una muy diversa extracción no solo geográfica (de Huelva, Córdoba y Cádiz, de Sevilla y Extremadura), sino económica y social, gracias a ese principio irrenunciable de la igualdad de oportunidades. Para algunos resultó más duro seguir los estudios, teniendo que trabajar al mismo tiempo, o incluso teniendo ya una familia bajo nuestra responsabilidad. Pero lo conseguimos. Quiero ofrecer mi personal homenaje a las varias compañeras y compañeros que fueron madres o padres antes de finalizar los estudios, como también fue mi caso (mi hija Leticia nació en el verano de 1979). Por ello yo nos os pude acompañar a esas hermosas experiencias de viajes de paso del Ecuador a Canarias, o fin de Curso a Madeira (“a Funchal, pero también a conocer la isla”), de los que me habéis trasladado recuerdos tan hermosos (y tan atrevidos, Tete Mari), de los que con seguridad hablaremos en la cena. Nuestros compañeros de románicas y anglogermánicas fueron más cosmopolitas y viajaron a Italia y luego, ya solos los de románicas, a Sofía, Estambul y Viena, como me ha recordado Ángeles Manzano.

De algunas entrañables experiencias de pareja nos llega el testimonio hasta ahora, nueve lustros después. Permítanme que lo singularice en nuestros compañeros María Dolores Ojeda y Juan Montero, ya felices abuelos de dos preciosas criaturas (yo también me siento muy feliz, como muchos de vosotros, con mis nietas y nietos). Otras compañeras y otros compañeros han llevado con integridad y dignidad procesos de pérdida o de separación de sus parejas, que también forman parte de la vida.

La memoria es esencial, porque es el fundamento de nuestras identidades personales y colectivas. Aquí y ahora desde nuestra pequeña intrahistoria recordamos: revivimos en nuestro corazón experiencias que cambiaron nuestras vidas. 

Los de Hispánicas recordamos, además de los ya mencionados, las clases de los profesores del Departamento de Lengua, Lingüística y Teoría de la Literatura (Pedro Carbonero y Miguel Ropero; José Antonio Pascual; Manolo Álvarez y Pepa Mendoza; Fernando Millán Chivite, Teresa Palet, Ángel Yanguas, Esteban Torre o Antonio Aranda…) las de Literatura (Begoña López Bueno, Rafael de Cózar, Pedro Piñero, Mercedes de los Reyes, Rogelio Reyes Cano o Jorge Urrutia); las de francés con Emilia Alonso, las de latín con Miguel Rodríguez Pantoja y Bartolomé Segura o las de griego de Antonio Sancho Royo, con Alberto Díaz Tejera como referente. Y no olvido la riqueza que nos regaló el estudio de la Historia Contemporánea con Manuel Vilaplana Montes o la filosofía del lenguaje con Mariano Peñalver y Diego Romero de Solís. Algunos de ellos, pasado el tiempo, han sido también compañeros en mi vida universitaria. 

Fuimos la promoción que más profesores dejó en la Universidad (especialmente, en esta Facultad de Filología): Rocío Carande y Leonor Molero en Clásicas; María Muñoz y Manuel Bruña en Francés; Juan Antonio Prieto Pablos y Manuel Gómez Lara en Inglés; Carlos Martín Gaebler en el Instituto de Idiomas; Juan Montero y yo en Literatura Española… O Mª Dolores Pérez Rolán, que pasaría como Titular de Filología Inglesa de nuestra Universidad a la de Huelva.

En aquellos años de encrucijada se forjó lo mejor de nuestras vidas. Pero no somos nostálgicos y pensamos que lo mejor está aún por llegar. Por ello nos sentimos profundamente agradecidos, y proclamamos con Juan Ramón Jiménez, sabiendo que la belleza es culminación del camino que conduce a la verdad y a la bondad: 

“Gracias, te las doy siempre. ¿A quién las doy?

A la belleza inmensa se las doy”

(Juan Ramón Jiménez: “Como tú, mi amor, miras”, de Animal de fondo)

Muchas gracias.

Manuel Ángel Vázquez Medel

28 enero 2020

La casa de los años felices


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

Todo debió comenzar una mañana de primavera de 1965, tras un paseo que dieron mis padres por los jardines primigenios del Hotel Marbella Club, en la ladera de la Sierra Blanca malagueña, entre la montaña y el mar. Esta primera fotografía en blanco y negro, tomada por mi tío Fernando, plasma la fascinación que, ya por entonces, debieron experimentar ante un entorno tan idílico.


En abril de 1965, mis padres habían hecho un primer viaje a la zona de Artola, una zona a medio camino entre Marbella y Fuengirola, junto con mi tío Fernando, mi hermana Marta y yo, y nos habíamos hospedado todos en el Hotel Artola. De aquella fecha es la preciosa foto sobre el césped de Los Patios que imagino nos haría Manuel, el jardinero. Al fondo se aprecian las lomas aún vírgenes de la costa. Aquella foto de familia presagiaba la felicidad que estaba por venir, pues fue entonces cuando mis padres decidieron adquirir uno de los entonces 18 adosados (llamados Patios) de dicho conjunto, del que se conservan espléndidas fotos promocionales de 1965
Constaba el búngalo (así los llamaban) de 113 metros cuadrados repartidos en dos plantas: salón, dormitorio, baño, cocina, trastero bajo la escalera y patio a cielo abierto en la planta baja; y dos dormitorios, baño, balcón y terraza en la planta alta. Con este grupo de viviendas el arquitecto Julián Manzano Monis logró hacer una revisión de la idea de la casa-patio mediterránea desde la modernidad arquitectónica.

Los niños y niñas de Los Patios aguardábamos con impaciencia la llegada diaria a mediodía, siempre antes de la hora del almuerzo, de la furgoneta-tienda, con sus chucherías varias. Paraba junto al aparcamiento central, y nuestras madres o las sirvientas de algunas familias compraban alimentos de primera necesidad, en tiempos en los que apenas había supermercados a lo largo de la costa.

La fiesta de disfraces que se organizaba al final de las vacaciones era el punto álgido del veraneo para niños y niñas. Nuestros padres nos fotografiaban a todos puestos en fila, como muestra la foto. Luego jugábamos al escondite hasta la hora de cenar. Allí los niños y niñas teníamos mayor libertad de movimientos que en la ciudad. En aquella época analógica nos divertíamos físicamente, corriendo y revolcándonos sobre la tupida y mullida alfombra verde de césped que, con mimo y dedicación, cuidaban nuestros hacendosos jardineros, Manuel Benítez primero, y Juan Carlos Orellana después, que ejercían de hombres para todo, siempre dispuestos a arreglar cualquier avería con pericia y oficio. El jardín era el escenario de nuestras correrías. Sobre él jugábamos al backgammon, al parchís, al escondite, incluso al croquet. Interactuábamos sin artilugios electrónicos. Dentro de la casa jugábamos al dominó, al Monopoly o a las cartas. Mi madre nos enseñó, con mimo y paciencia, a jugar a la canasta y al continental, sofisticados juegos de naipes que encontré fascinantes desde la primera partida, y que seguí jugando de mayor. Aún conservo esas dos barajas de naipes. ¡Cómo añoro aquellas partidas de cartas!

¡Qué tiempos aquellos sin móviles cuando vivíamos la vida con intensidad sin estar empantallados ni enfrascados en dispositivos electrónicos, como les ocurre a los niños de la era digital! Nuestras madres nos criaron de cerca, sin distracciones electrónicas que llevarse a las manos, pendientes de nosotros con alegría y naturalidad. ¡Qué infancia tan afortunada tuvimos!
Mis padres, Manolo y María Luisa, nuestros vecinos Curro y Amelia Esteban, Juan Luis y Pilar Ruiz-Acal, y más tarde mis tíos Aurora Romera Ojeda y Carlos García Simeón, acostumbraban a sentarse a la sombra de un árbol que había junto a la alberca para tomar el aperitivo tras regresar de la playa. Era un precioso ritual colaborativo que daba pie a animadas charlas. Cada familia aportaba algo y, al finalizar, no quedaba ni un papel ni una colilla sobre la yerba. 

Mi recuerdo más imborrable de aquellos años felices gira en torno a la cabaña que, durante varios veranos, construíamos mi vecino Curro, su primo Carlos y yo sobre la ladera de la duna natural de Artola. Ya por entonces Currito apuntaba maneras de ingeniero, pues la cabaña nos quedaba estupenda. Nos íbamos a merendar allí, y (según me dicen) las chicas tenían terminantemente vetado acercarse a ella (no me pregunten por qué, porque ni yo lo recuerdo). Una tarde mi padre tuvo la feliz ocurrencia de hacernos una visita cámara en mano, y nos retrató a los tres posando orgullosos junto a nuestra obra constructiva.

Durante los años de mi adolescencia, los momentos más dolorosos eran los guateques, cuando los chicos bailaban con las chicas. Solían organizarse en nuestra casa o en casa de los Esteban, cuando nuestros padres salían a cenar. Bailábamos al ritmo lento de Samba pa ti de Carlos Santana, de Let it be de los Beatles, o de Morning has broken de Cat Stevens, canciones para bailar agarrao que la peña aguardaba con anticipación, menos yo, que no podía bailar con los chicos que me gustaban. Por aquel entonces, poco podía imaginarme que aquel sentimiento de aislamiento desaparecería un día de 1980 y se transformaría en gozosa liberación. Poníamos elepés y sencillos,
que nos traíamos de la ciudad, en mi radio-tocadiscos Philips, en el que también empecé a aficionarme a escuchar la radio en la sintonía de LVG (La Voz del Guadalquivir), mi particular escuela de música anglosajona, precursora local de Radio 3.

Durante los años 60 y 70 existía una alberca sobre el promontorio que describía el jardín. En aquellos tiempos no había sistemas de mantenimiento del agua en dichas albercas, por lo que el entrañable y tosco Manuel no paraba de vaciarla, encalarla, volverla a llenar, y, cuando el agua se ponía verde unos días después, vuelta a empezar. Como ya por entonces los propietarios comprendieron que este derroche no era sostenible, se optó por cegar la alberca y cubrirla de césped. Todos salimos ganando, pues se redujo considerablemente el consumo de agua del pozo comunitario y, por supuesto también, el nivel de ruido en el jardín.


La última foto familiar junto a la palmera
La palmera que había frente a nuestra casa (el patio número 11) fue testigo de nuestros mejores momentos en el microclima suave de aquel paraíso verde. Ya aparecía diminuta y recién plantada en las fotos promocionales de 1965. La vimos crecer durante cuatro décadas. Recuerdo a mi madre haciendo crucigramas o leyendo a Carlos Castilla del Pino o a Henry Miller bajo su sombra, a mi padre estudiando diligente sus revistas médicas o leyendo su ABC, las partidas de backgammon en el maletín que ha llegado hasta nuestros días, las siestas bajo su sombra sobre una tumbona, jugar con mis dos sobrinas, Paula y Sandra, cuando eran pequeñas sobre la alfombra vegetal que la rodeaba. Dos años antes de vernos obligados a vender la casa para hacer frente a los cuidados que mi madre enferma y dependiente requería, la palmera se infectó con el escarabajo rojo picudo, que acabó con ella en pocos meses. Fue un golpe penoso y una premonición de que nuestro tiempo allí estaba próximo a concluir. No obstante, el capital obtenido por la venta nos permitió tratar a mi madre como a una reina hasta su fallecimiento.

Tanto mi madre como mi padre eran personas ilustradas y, como tales, ávidos lectores. Nuestras primeras lecturas veraniegas de niños fueron las novelas de aventuras de Los cinco secretos, de Enid Blyton. Años después, hacia 1970, mis padres empezaron a comprar cada semana un volumen de la colección divulgativa de bolsillo RTV de Salvat, que, entre otros, publicaba clásicos españoles del siglo de oro: Fuenteovejuna, El Caballero de Olmedo, El Lazarillo de Tormes o El Buscón. Mi padre me animaba una y otra vez a leerlos. Terminarlos me costaba lo indecible; sin embargo, hoy me alegro de mi esfuerzo y de su insistencia, pues me despertaron la pasión por la lectura durante mi adolescencia, un hábito que me ha reportado grandes dosis de felicidad a lo largo de mi vida. También recuerdo devorar, recostado a la hora de la siesta en el dormitorio de arriba de la casa, las páginas de ¡Viven!, el emocionante relato (que aún conservo) de los supervivientes del equipo de rugby uruguayo cuyo avión se había estrellado contra una cumbre nevada de los Andes en 1972.

Entre tantas reminiscencias gloriosas, aún albergo algún recuerdo doloroso de aquel ambiente idílico, como los berrinches que cogía mi padre cuando jugaba al tenis conmigo. Las dotes pedagógicas de mi padre, de por sí autoritario por naturaleza, dejaban, a veces, mucho que desear. Cuando yo no acertaba a darle bien a la pelota, se irritaba tanto que hasta tiraba la raqueta al suelo y me recriminaba mis fallos con furia. Ver a mi padre perder los nervios con tanta frecuencia me dejaba bloqueado. Me sometía a un nivel de exigencia que nunca le demandaba a mis hermanas.
El jardín pintado por mi madre, visto desde el salón.

Los niños madrileños llegaban cada verano a la par que nosotros, los sevillanos. Aquellos aterrizaban con sus ruidosas motos, sus palabrotas y su indisimulada pijería capitalina. Nosotros éramos felices con nuestras bicis compartidas, nuestros libros y nuestros juegos. Había como un muro invisible que impedía nuestra convivencia con aquellas familias ostentosas y franquistas hasta la médula. Por aquel entonces, poco hacía presagiar que, décadas después, Madrid, la cosmopolita y acogedora Madrid de todos, se convertiría en mi ciudad adoptiva durante el resto de mi vida, la urbe que añoro cada día desde la cotidianeidad de una ciudad de provincias que se vanagloria catetamente de su pasado.

Entre los veraneantes que acudían cada año a Artola estaban los Antequera Soria, una familia madrileña, a cual más guapo. Venían de Madrid con sus motos Bultaco, y su presencia por la urbanización suponía un remolino de excitación y frenesí. Juan Carlos, el mayor de los cuatro hermanos varones, era un muchacho simpático de mi edad, un seductor nato, alto, bronceado, de melena rubia, que le daba el aspecto de un surfista adolescente. Acostumbraba a colgarse hermosas cadenas de plata al cuello y a lucir pulseras.


En la única fotografía que conservo de él, aparece rodeado de su cohorte de admiradoras en el jardín comunitario. Su belleza me dolía. En aquellos años de angustiosa represión personal, yo envidiaba su fama de precoz donjuán. Una vez, tras una mañana de playa, me llevó de paquete en su moto de vuelta a mi casa... Años más tarde, cuando, emocionado, vi por vez primera la imagen de Joe D’Allesandro (actor norteamericano de películas de culto dirigidas por Andy Warhol, e icono erótico de toda una generación de hombres gays en los 70 y 80), flipé al comprobar su semejanza física con quien fue, durante toda mi adolescencia, el rubio objeto de mi deseo.

Tras la separación de mis padres, la propiedad de la casa de la playa le había correspondido a mi madre. Recuerdo una vez que ella y yo pasábamos unos días en la casa, cuando muy de mañana sufrí un terrible cólico nefrítico. Yo le señalaba y me apretaba una zona de mi espalda con el dedo. Mi madre no se lo pensó dos veces, se puso algo de ropa sobre el camisón, me metió en su Renault 5 amarillo y me trasladó a toda prisa a Urgencias del Hospital de la Costa del Sol entre los chillidos que me causaba el intenso dolor en el riñón. El médico de turno que me atendió resultó ser un atractivo treintañero, varonil y peludo, y con buen ojo clínico. Creo que su sola presencia me alivió el dolor, jajaja. Cuando al poco rato, y tras hacer efecto la medicación, me repuse y me dio el alta, casi abrazo a la criatura. 

A mis padres les gustaba compartir aquella preciosa vivienda con familiares y amigos, y a menudo invitaban a recién casados a pasar allí su luna de miel. Muchos años después, Felipe y Teresa aún recuerdan la magia de aquel lugar tan singular. En la primavera de 1978 invité a mis compis de universidad (Curro, Isabel, Antonio, Carolina y Linda) a pasar juntos un puente en Los Patios y lo pasamos en grande. En la década de los 90, la casa de la playa también nos proporcionó alojamiento a mi rockera amiga del alma Alicia Martínez y a servidor para asistir al concierto de Dire Straits en Marbella o al mítico espectáculo de los Rolling Stones en el Puerto de Málaga.

Durante mis años de juventud, y ya libre y feliz, tuve la fortuna de compartir aquella casa mágica con los hombres más importantes de mi vida: Curro Bono, Dan Moseley, Julián Iñesta, Anselmo Ávila, Ángel de Quinta, José Manuel Garrido, Nick Drake, James McGinlay, Juanjo Roldán y Luis Ramos. En muchas ocasiones junto a mi madre, que los trataba como lo que eran, chicos que, de una forma o de otra, me amaban y a los que yo amé. Cuarenta y dos primaveras y cuarenta y dos veranos años dan mucho de sí.

Mi relación con la casa de la playa no fue meramente emocional, sino, sobre todo, física. Con el paso del tiempo y el deterioro consiguiente de la vivienda, me había convertido en el hombre-para-todo. Menos encalar paredes y hacer obras de reforma (qué alegría nos daba llegar muchas primaveras y encontrarnos con alguna mejora arquitectónica en la vivienda), me encargaba de fregar con amoniaco la verdina acumulada sobre el pavimento exterior del patio tras cada invierno, cuidar las plantas cuando ya mi madre no pudo hacerlo, reparar grifos y empalmes eléctricos, guardar calefactores, airear armarios y habitaciones, limpiar el hueco bajo la escalera, desoxidar y pintar maceteros, colgar cuadros y platos, colocar la cuerda del tendedero cada temporada, guardar mantas en plástico, fregar cuartos de baño y cocina, desapolillar y encerar muebles, y hasta retirar las colillas incrustadas en las macetas de gitanillas de la escalera. 

Dos personas maravillosas que residían de forma permanente en la zona se convirtieron, con el paso de los años, en grandes amigos de mis padres, y por extensión de nosotros: Brit Harder y Rafael Osorio. A los pocos años de llegar a Artola, mi madre trabó amistad con un matrimonio jubilado que vivía en una preciosa casa de traza vanguardista en Artola Alta, Oskar y Brit Harder, él alemán y ella noruega. Ambos gustaban de dar largos paseos desde su casa hasta la playa, y su caminata les llevaba inexorablemente a pasar por delante de Los Patios. El marido falleció a los pocos años.
María Luisa y Brit congeniaron porque ambas eran mujeres cosmopolitas, políglotas que rebosaban bondad. Brit solía visitarnos en Los Patios, pero cuando mi madre enfermó y perdió su autonomía motriz, Marta o yo la trasladábamos a su Casa Mariposa para merendar o cenar juntos las exquisiteces noruegas que nos había preparado con esmero. Era ávida lectora de El País y gran amante de la naturaleza. Una tarde conseguí retratarlas sentadas en el hermoso sofá antiguo de su salón. La imagen habla por sí sola.

Por su parte, otro de los recuerdos más vivos que atesoro son las partidas de petanca que mi padre jugaba con su amigo Rafael Osorio, un marbellí de inmenso corazón que, junto a su esposa María, regentaba con dedicación y pasión el chiringuito RA-MA en la urbanización de Marbesa. Ambos fueron muy amigos de mi familia. Mi padre fue el pediatra de sus hijos, y en un par de ocasiones Rafael me recogió en su Seiscientos del abominable internado religioso, a donde mi padre me había enviado dos cursos completos, para pasar unos días junto a su cariñosa familia en la costa. Una fotografía que conservo da fe de la sintonía entre ambos. A su lado aprendí a aficionarme yo también a la petanca de playa, una actividad que permite ejercitar el cuerpo y broncearse a la vez.

Por aquella época, tendría yo unos 13 años y estaba internado en aquel colegio religioso de Málaga de infausta reputación (algún día relataré aquel infierno), mis padres me dejaron una copia de la llave para que cogiera un autobús desde la ciudad y me dirigiera a la casa de la playa para reunirme con ellos un fin de semana invernal. Mi misión era airear los dormitorios, sacar los radiadores eléctricos de los armarios y encenderlos todos antes de su llegada para combatir la enorme humedad que acumulaba la casa. Me sentí muy responsable esa tarde en la que pude huir de aquella cárcel… Eso fue un día de 1972, y aquella llave me acompañó siempre hasta que la tuve que entregar con mucha pena de mi corazón al nuevo propietario el 31 de julio de 2009. 

Siete años antes, el 12 de septiembre de 2002 mi madre sufrió un terrible ictus cerebral que la dejó semipléjica y sin la capacidad de hablar ni de expresarse, ni siquiera de pintar o leer, actividades que la hacían inmensamente feliz. Entonces mi hermana Marta y yo tuvimos que hacernos cargo del mantenimiento y de las gestiones burocráticas de la casa de la playa, así como del alquiler de la misma durante los meses de agosto hasta el día de su venta. Tras tantas vivencias acumuladas, me resultó particularmente traumático tener que desprendernos de la casa de los años felices. cmg2020