Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
08 enero 2026
Beatería y maldad
27 octubre 2023
Solo prescribe lo que no se describe
Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Lugar de los hechos: Colegio San Estanislao de Kostka, de la Orden de los Jesuitas/Compañía de Jesús, sito en el barrio de Miraflores del Palo, Málaga
Fecha: primavera de 1972
Edad de la víctima: 13 años
1. El traje. Don José Luis Alés Barrero, el monitor de comedor y de recreo durante los dos cursos (1970-71 y 1971-72) en los que estuve internado en el Colegio de los Jesuitas San Estanislao de Kostka de Málaga, era un maestro seglar que se ocupaba de los chavales internos durante y después del almuerzo. Era bajito, rechoncho, de ojos claros, repeinado e iba ridícula e impecablemente demasiado "bien trajeado" como para ocuparse del recreo de unos chavales de 12-13 años en un gigantesco patio polvoriento. Su nombre y apellidos figuraban, como profesor externo, en la página 7 del Anuario que el colegio imprimía cada año [un exhaustivo banco de datos personales de la época], y un ejemplar del curso 70/71 ha perdurado hasta nuestros días. Don José Luis, (que es como lo conocíamos los niños a su cargo y que nunca se dejaba fotografiar), tendría unos treinta y pocos años, y recuerdo que fumaba impasible delante de los críos. Años después, el escritor Juan Martínez de las Rivas, que por aquel entonces era uno de mis compañeros de clase, lo recuerda con memoria casi fotográfica: “Edad de unos treinta, cuerpo algo mantecoso, aspecto y rostro aniñados (un Tintín con sobrepeso), pelo rubio peinado crencha a un lado, estilo foto exterior de peluquería de la época, versión moderna, y ojos azules o verdes, y con cierto aire de indiferencia hacia las pequeñas cosas que nos agitaban. Más que atildado, salvo en su vestuario, yo lo percibía indiferente y narcisista. Poseía varios trajes cruzados (siempre vestido -armado- de botonadura cruzada, en mi recuerdo) que alternaba, y cuyos colores se salían de los grises habituales del profesorado: estoy creyendo ver un traje verde con brillos y un traje granate, lo mismo sus corbatas de seda. Además de vigilante, hacía las veces de profesor suplente de inglés.”
Efectivamente, de cuando en cuando, este individuo sustituía a la profesora de inglés, la señorita Yvonne, cuando ésta se ausentaba, y nos daba clase a las 4 de la tarde en un aula que estaba en la esquina del mismo patio de recreo que aparece en la foto anexa (tomada en torno a aquella época), situado en el ala noroeste del colegio. Aquel monitor de recreo, de corta estatura tanto física como moral, tenía, sin embargo, las manos muy largas.
Una tarde de la primavera de 1972, tras el almuerzo, sobre las 15 horas, don José Luis, vestido con uno de esos trajes-tapadera que él pensaba le aportaban respetabilidad, me invitó a ver televisión (o eso me dijo) a una hora en la que la sala de televisión permanecía cerrada para los internos. Ni recuerdo qué programa emitía la pantalla, seguramente un Telediario. Al poco de hacerme sentar junto a él en la estancia en penumbra, el profesor don José Luis Alés Barrero extendió su mano derecha hacia mi entrepierna y comenzó a sobarme. Yo estaba completamente aturdido y paralizado por su comportamiento. Pero no quedó ahí la cosa, pues a los pocos minutos agarró mi mano con su mano izquierda y me forzó a meterla en el interior de su bragueta, que él ya había abierto previamente, para que le agarrara su sexo erecto. Sentí un enorme asco por lo que estaba sucediendo, pero tras unos minutos, retiré mi mano de su bragueta, di un respingo y salí corriendo despavorido de la sala oscura. Me encaminé a paso ligero hacia el exterior del edificio (la salida del edificio está muy próxima a dicha sala) para respirar aire fresco e intentar recuperarme del shock. Era la mayor agresión contra mi persona que había sufrido nunca, y me ha perseguido durante 50 años. Hoy, cuando escribo esto aún experimento repulsión al tener que hacer retrospección para narrarlo.
Por aquel entonces (cursaba cuarto curso de enseñanza secundaria, grupo 4C), yo había comenzado la lectura del El Quijote, en una edición que la buena de mi tía Genoveva me había regalado unos meses antes por Navidad. Solía apostarme contra la base de una de las palmeras que había plantadas en el jardín situado delante del edificio del colegio, un lugar al aire libre orientado al sur y con vistas al mar al que sí nos dejaban acceder. Cada tarde después de comer, acudía con mi libro en mano a dicho lugar. Esto me permitía desconectar por un rato de aquel infierno e interponer una barrera física imaginaria con el edificio-cárcel para sumergirme en la maravillosa ficción de Cervantes. Solo tenía 13 años, pero la magia de aquella lectura me salvó literalmente. Leer sobre las aventuras de don Quijote y Sancho fue como un bálsamo para mi mente atormentada. Desde entonces, los libros me han ayudado a sobrellevar los peores tragos de mi vida. Verdaderamente la lectura nos hace mejores personas.
2. Impunidad. Por otro lado, me sentía tan agobiado por el continuo acoso de algunos de mis compañeros de internado, tan harto de sus insultos y humillaciones, que me armé de valor para acudir a denunciar la situación a quien pensaba (inocente de mí) que podría ayudarme, el llamado Padre Prefecto, don José Ruiz Vázquez. Este religioso aparece como Director Espiritual de los cursos 3º y 4º, en la página 5 del Anuario 70/71. Sentado en su despacho, situado en la primera planta del ala sureste del edificio, mirándome con una sonrisa curil, casi beatífica, a través de sus gafas grises, hizo oídos sordos a mis quejas y se limitó a sonreír aún más, sin casi mediar palabra. A continuación, se levantó de su escritorio y me hizo sentarme encima de él en una silla que había en la esquina de su amplio despacho. Mientras me agarraba por detrás empezó a mover acompasadamente las piernas y la cadera y a gemir cada vez con más intensidad en un jadeo que no se molestaba en disimular. Oía cómo iba alterándose el ritmo de su respiración, mientras iba manoseándome y restregándose el bulto de su entrepierna con movimientos acompasados contra mi culo hasta correrse dentro de sus pantalones, aprovechándose de mi vulnerabilidad para satisfacerse. El muy beato don José Ruiz Vázquez, sacerdote jesuita, se había corrido imaginándose follando por el culo a un niño indefenso. Yo estaba en estado de shock y tardé en darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Cuando dejó de agarrarme por la cintura, salí despavorido de la sala, corriendo escaleras abajo. No volvió a dirigirme la palabra, pero yo nunca olvidé su nombre, sus dos apellidos y el cargo que ostentaba en el colegio.
3. Contarlo. La Compañía de Jesús siempre ha despuntado por la formación de sus miembros, que deben conocer bien preceptos como: la rendición de cuentas y hacer justicia, fomentar la verdad y la memoria, y ofrecer reparación a las víctimas. Aquel colegio no enseñaba a respetar al diferente ni me garantizó un entorno seguro donde desarrollarme como persona en ciernes. Ningún responsable ponía orden ni protegía a los niños que fuimos víctimas de acoso (bullying) y de abusos sexuales.
Por tanto, exijo una disculpa por escrito de la Compañía de Jesús como reparación moral (similar a la recibida por víctimas de los Salesianos) y una indemnización a dicha institución por el daño psicológico que estos abusos me causaron, que me privó de haber vivido una adolescencia feliz, pues me traumatizaron profundamente. Tan culpable y avergonzado me sentía por lo que me había ocurrido en aquel colegio que fui incapaz de contarle a mis padres lo sucedido. Tardé muchos años en perdonarle a mi padre que me internara durante dos años en aquel infierno, con el consiguiente desarraigo familiar, pero lo hice en su momento y me quedé muy aliviado.
Nadie ha descrito mejor mi sufrimiento de entonces que la escritora Elvira Lindo en un reciente artículo titulado “Predicar, pero no con el ejemplo”: Cuando un niño es manoseado por un adulto con el fin de procurarse placer sexual, sabe que algo extraño, inusual, prohibido, algo que vulnera como un hachazo su inocencia le está sucediendo. El niño no va a saber cómo llamarlo, está tan alarmado que lo mantendrá en silencio. Un niño con un secreto es un ser muy desgraciado. El depredador de niños conoce instintivamente la psicología infantil, pero, además, tras años de experiencia, se va a convertir en un verdadero experto. Tiene olfato de sabueso para identificar a la víctima adecuada. Sabe cómo hacer para que esa inmundicia que él genera avergüence a la criatura, sabe cómo cargar al pequeño con el peso de la culpa para que calle. El daño que se le hace a un niño no prescribe. La vida cicatriza muchas heridas, pero las consecuencias de un abuso son rocosas y persisten si el secreto se enquista, si no se encuentra una sociedad que escuche y comprenda. Cuando los abusadores pertenecen a una institución con el poder social que ha ostentado la Iglesia católica, las víctimas tienen derecho a una reparación pública por el daño recibido.” Durante toda mi adolescencia me hicieron creer que lo que me había pasado había sido por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
La Compañía de Jesús reconoció públicamente, el 21 de enero de 2021, que al menos 81 menores y 37 adultos han sufrido abusos sexuales a manos de 96 miembros de su orden desde 1927, en la primera investigación interna de una institución católica en España. Sin embargo, la congregación no ha querido revelar los nombres de los acusados, como reivindicamos las víctimas, lo que me indigna profundamente porque nos revictimiza a quienes ya fuimos víctimas una vez, ni otro dato decisivo, las parroquias, colegios, o seminarios donde tuvieron lugar los hechos (solo señala que 14 casos se cometieron en Andalucía). Un gran paso para los Jesuitas pero un pequeño paso para la humanidad, rezaba un titular.
He tenido que esperar 50 largos años en silencio y en soledad, hasta la creación en nuestro país de una Comisión Estatal de Investigación de Abusos a Menores en la Iglesia Católica dependiente de la Oficina del Defensor del Pueblo, para interponer estas dos denuncias con nombres y apellidos de modo que éstos no queden ocultos en el olvido y para que otras posibles víctimas puedan reconocerlos y dar un paso adelante. Luis Cernuda escribió el siguiente verso "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros." No creo haber sido la única víctima de abusos en aquel colegio. La investigación de la Comisión Estatal dictaminará si la pederastia era una práctica sistémica en dicho colegio de Jesuitas.
La jerarquía eclesiástica española haría bien en mirarse en el espejo de Irlanda, un país mayoritariamente católico como España, pero que, con una población cuatro veces menor, creó una Comisión para Investigar el Abuso Infantil y que publicó un demoledor informe - más de 800 abusadores conocidos en más de 200 instituciones católicas durante un período de 35 años -, comúnmente conocido como el Informe Ryan, el 20 de mayo de 2009.
Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. Y, aunque hayan prescrito y sus perpetradores fallecido, la Compañía de Jesús es responsable civil subsidiaria de lo ocurrido. Porque solo prescribe lo que no se describe.
La mujer que fue víctima de la Manada comunicó, a través de su abogado, una frase que me ha animado a relatar lo ocurrido y a hacer públicos estos abusos, con nombres y apellidos, 50 años después, por mucho que hayan prescrito, y sus perpetradores fallecido: Cuéntalo, que, si no, ganan ellos. Al publicarlas en la red, deseo que estas dos denuncias trasciendan para que estos crímenes no queden silenciados ni impunes, y porque, al igual que ha manifestado el escritor Alejandro Palomas, no quiero morirme sucio, con esta mierda dentro de mí.
Firmado: Carlos Martín Gaebler, PhD
01 enero 2023
My First Gay Bar
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31 agosto 2022
"Venus": The Fighting and the Dancing
It is only fair to remember the members of this legendary, though short-lived, band, one of those "one-hit wonder bands" who had a groovy hit single and their 15 minutes of fame: lead singer Mariska Veres (yeah, she's got it!), Robbie van Leeuwen (voice, guitar and sitar), Klaasje van der Wal (bass guitar), and Cornelius van der Beek (drums). Released in 1969, "Venus" still has the power and effect of a dynamite song. Many of us are still dancing to this gem because this song is timeless.
Right before the Xmas season of that year, my beloved aunt Isabel asked me what present I wanted for "Reyes" (the Hispanic version of Santa), which is celebrated on January 6th. At 11, I had already been listening to pop music in English on a local pop music station, LVG (La Voz del Guadalquivir), and was blown away by this song. So I told her what my choice was, wrote down the name of the record for her, and when I went with my family to visit her on Reyes Day 1970, there she was handing me the single with that shocking blue background and Mariska's sensuous cleavage. It was one of the best Xmas gifts I have ever been given. In the early 70s, I would play it over and over again on our portable record player. (Sadly, I lost my vinyl copy.)
Little did I know that the hit "Venus" had, a few months earlier, presided over the dancing at the Stonewall bar in Greenwich Village, as shown in the aforementioned film "Stonewall", when one of the gay patrons (a brave fighting queen) picks up the song on the juke box and everyone joins in the liberating dancing. Now, at 64, I keep fighting for gay rights, trying to convince today's barbarians that LGTB rights are indeed human rights and facing up to the spreading tide of homophobia and bigotry all over the world. I miss the dancing, though! cmg2022
25 mayo 2022
La ternura del reencuentro, 42 años después
28 enero 2020
La casa de los años felices
Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Todo debió comenzar una mañana de primavera de 1965, tras un paseo que dieron mis padres por los jardines primigenios del Hotel Marbella Club, en la ladera de la Sierra Blanca malagueña, entre la montaña y el mar. Esta primera fotografía en blanco y negro, tomada por mi tío Fernando, plasma la fascinación que, ya por entonces, debieron experimentar ante un entorno tan idílico.

En abril de 1965, mis padres habían hecho un primer viaje a la zona de Artola, una zona a medio camino entre Marbella y Fuengirola, junto con mi tío Fernando, mi hermana Marta y yo, y nos habíamos hospedado todos en el Hotel Artola. De aquella fecha es la preciosa foto sobre el césped de Los Patios que imagino nos haría Manuel, el jardinero. Al fondo se aprecian las lomas aún vírgenes de la costa. Aquella foto de familia presagiaba la felicidad que estaba por venir, pues fue entonces cuando mis padres decidieron adquirir uno de los entonces 18 adosados (llamados Patios) de dicho conjunto, del que se conservan espléndidas fotos promocionales de 1965.
Constaba el búngalo (así los llamaban) de 113 metros cuadrados repartidos en dos plantas: salón, dormitorio, baño, cocina, trastero bajo la escalera y patio a cielo abierto en la planta baja; y dos dormitorios, baño, balcón y terraza en la planta alta. Con este grupo de viviendas el arquitecto Julián Manzano Monis logró hacer una revisión de la idea de la casa-patio mediterránea desde la modernidad arquitectónica.
Los niños y niñas de Los Patios aguardábamos con impaciencia la llegada diaria a mediodía, siempre antes de la hora del almuerzo, de la furgoneta-tienda, con sus chucherías varias. Paraba junto al aparcamiento central, y nuestras madres o las sirvientas de algunas familias compraban alimentos de primera necesidad, en tiempos en los que apenas había supermercados a lo largo de la costa.
La fiesta de disfraces que se organizaba al final de las vacaciones era el punto álgido del veraneo para niños y niñas. Nuestros padres nos fotografiaban a todos puestos en fila, como muestra la foto. Luego jugábamos al escondite hasta la hora de cenar. Allí los niños y niñas teníamos mayor libertad de movimientos que en la ciudad. En aquella época analógica nos divertíamos físicamente, corriendo y revolcándonos sobre la tupida y mullida alfombra verde de césped que, con mimo y dedicación, cuidaban nuestros hacendosos jardineros, Manuel Benítez primero, y Juan Carlos Orellana después, que ejercían de hombres para todo, siempre dispuestos a arreglar cualquier avería con pericia y oficio. El jardín era el escenario de nuestras correrías. Sobre él jugábamos al backgammon, al parchís, al escondite, incluso al croquet. Interactuábamos sin artilugios electrónicos. Dentro de la casa jugábamos al dominó, al Monopoly o a las cartas. Mi madre nos enseñó, con mimo y paciencia, a jugar a la canasta y al continental, sofisticados juegos de naipes que encontré fascinantes desde la primera partida, y que seguí jugando de mayor. Aún conservo esas dos barajas de naipes. ¡Cómo añoro aquellas partidas de cartas!
¡Qué tiempos aquellos sin móviles cuando vivíamos la vida con intensidad sin estar empantallados ni enfrascados en dispositivos electrónicos, como les ocurre a los niños de la era digital! Nuestras madres nos criaron de cerca, sin distracciones electrónicas que llevarse a las manos, pendientes de nosotros con alegría y naturalidad. ¡Qué infancia tan afortunada tuvimos!
Mis padres, Manolo y María Luisa, nuestros vecinos Curro y Amelia Esteban, Juan Luis y Pilar Ruiz-Acal, y más tarde mis tíos Aurora Romera Ojeda y Carlos García Simeón, acostumbraban a sentarse a la sombra de un árbol que había junto a la alberca para tomar el aperitivo tras regresar de la playa. Era un precioso ritual colaborativo que daba pie a animadas charlas. Cada familia aportaba algo y, al finalizar, no quedaba ni un papel ni una colilla sobre la yerba.
Mi recuerdo más imborrable de aquellos años felices gira en torno a la cabaña que, durante varios veranos, construíamos mi vecino Curro, su primo Carlos y yo sobre la ladera de la duna natural de Artola. Ya por entonces Currito apuntaba maneras de ingeniero, pues la cabaña nos quedaba estupenda. Nos íbamos a merendar allí, y (según me dicen) las chicas tenían terminantemente vetado acercarse a ella (no me pregunten por qué, porque ni yo lo recuerdo). Una tarde mi padre tuvo la feliz ocurrencia de hacernos una visita cámara en mano, y nos retrató a los tres posando orgullosos junto a nuestra obra constructiva.Durante los años de mi adolescencia, los momentos más dolorosos eran los guateques, cuando los chicos bailaban con las chicas. Solían organizarse en nuestra casa o en casa de los Esteban, cuando nuestros padres salían a cenar. Bailábamos al ritmo lento de Samba pa ti de Carlos Santana, de Let it be de los Beatles, o de Morning has broken de Cat Stevens, canciones para bailar agarrao que la peña aguardaba con anticipación, menos yo, que no podía bailar con los chicos que me gustaban. Por aquel entonces, poco podía imaginarme que aquel sentimiento de aislamiento desaparecería un día de 1980 y se transformaría en gozosa liberación. Poníamos elepés y sencillos,
que nos traíamos de la ciudad, en mi radio-tocadiscos Philips, en el que también empecé a aficionarme a escuchar la radio en la sintonía de LVG (La Voz del Guadalquivir), mi particular escuela de música anglosajona, precursora local de Radio 3.
Durante los años 60 y 70 existía una alberca sobre el promontorio que describía el jardín. En aquellos tiempos no había sistemas de mantenimiento del agua en dichas albercas, por lo que el entrañable y tosco Manuel no paraba de vaciarla, encalarla, volverla a llenar, y, cuando el agua se ponía verde unos días después, vuelta a empezar. Como ya por entonces los propietarios comprendieron que este derroche no era sostenible, se optó por cegar la alberca y cubrirla de césped. Todos salimos ganando, pues se redujo considerablemente el consumo de agua del pozo comunitario y, por supuesto también, el nivel de ruido en el jardín.
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| La última foto familiar junto a la palmera |
Tanto mi madre como mi padre eran personas ilustradas y, como tales, ávidos lectores. Nuestras primeras lecturas veraniegas de niños fueron las novelas de aventuras de Los cinco secretos, de Enid Blyton. Años después, hacia 1970, mis padres empezaron a comprar cada semana un volumen de la colección divulgativa de bolsillo RTV de Salvat, que, entre otros, publicaba clásicos españoles del siglo de oro: Fuenteovejuna, El Caballero de Olmedo, El Lazarillo de Tormes o El Buscón. Mi padre me animaba una y otra vez a leerlos. Terminarlos me costaba lo indecible; sin embargo, hoy me alegro de mi esfuerzo y de su insistencia, pues me despertaron la pasión por la lectura durante mi adolescencia, un hábito que me ha reportado grandes dosis de felicidad a lo largo de mi vida. También recuerdo devorar, recostado a la hora de la siesta en el dormitorio de arriba de la casa, las páginas de ¡Viven!, el emocionante relato (que aún conservo) de los supervivientes del equipo de rugby uruguayo cuyo avión se había estrellado contra una cumbre nevada de los Andes en 1972.Entre tantas reminiscencias gloriosas, aún albergo algún recuerdo doloroso de aquel ambiente idílico, como los berrinches que cogía mi padre cuando jugaba al tenis conmigo. Las dotes pedagógicas de mi padre, de por sí autoritario por naturaleza, dejaban, a veces, mucho que desear. Cuando yo no acertaba a darle bien a la pelota, se irritaba tanto que hasta tiraba la raqueta al suelo y me recriminaba mis fallos con furia. Ver a mi padre perder los nervios con tanta frecuencia me dejaba bloqueado. Me sometía a un nivel de exigencia que nunca le demandaba a mis hermanas.
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| El jardín pintado por mi madre, visto desde el salón. |
Entre los veraneantes que acudían cada año a Artola estaban los Antequera Soria, una familia madrileña, a cual más guapo. Venían de Madrid con sus motos Bultaco, y su presencia por la urbanización suponía un remolino de excitación y frenesí. Juan Carlos, el mayor de los cuatro hermanos varones, era un muchacho simpático de mi edad, un seductor nato, alto, bronceado, de melena rubia, que le daba el aspecto de un surfista adolescente. Acostumbraba a colgarse hermosas cadenas de plata al cuello y a lucir pulseras.
Tras la separación de mis padres, la propiedad de la casa de la playa le había correspondido a mi madre. Recuerdo una vez que ella y yo pasábamos unos días en la casa, cuando muy de mañana sufrí un terrible cólico nefrítico. Yo le señalaba y me apretaba una zona de mi espalda con el dedo. Mi madre no se lo pensó dos veces, se puso algo de ropa sobre el camisón, me metió en su Renault 5 amarillo y me trasladó a toda prisa a Urgencias del Hospital de la Costa del Sol entre los chillidos que me causaba el intenso dolor en el riñón. El médico de turno que me atendió resultó ser un atractivo treintañero, varonil y peludo, y con buen ojo clínico. Creo que su sola presencia me alivió el dolor, jajaja. Cuando al poco rato, y tras hacer efecto la medicación, me repuse y me dio el alta, casi abrazo a la criatura.
A mis padres les gustaba compartir aquella preciosa vivienda con familiares y amigos, y a menudo invitaban a recién casados a pasar allí su luna de miel. Muchos años después, Felipe y Teresa aún recuerdan la magia de aquel lugar tan singular. En la primavera de 1978 invité a mis compis de universidad (Curro, Isabel, Antonio, Carolina y Linda) a pasar juntos un puente en Los Patios y lo pasamos en grande. En la década de los 90, la casa de la playa también nos proporcionó alojamiento a mi rockera amiga del alma Alicia Martínez y a servidor para asistir al concierto de Dire Straits en Marbella o al mítico espectáculo de los Rolling Stones en el Puerto de Málaga.
Durante mis años de juventud, y ya libre y feliz, tuve la fortuna de compartir aquella casa mágica con los hombres más importantes de mi vida: Curro Bono, Dan Moseley, Julián Iñesta, Anselmo Ávila, Ángel de Quinta, José Manuel Garrido, Nick Drake, James McGinlay, Juanjo Roldán y Luis Ramos. En muchas ocasiones junto a mi madre, que los trataba como lo que eran, chicos que, de una forma o de otra, me amaban y a los que yo amé. Cuarenta y dos primaveras y cuarenta y dos veranos años dan mucho de sí.
Mi relación con la casa de la playa no fue meramente emocional, sino, sobre todo, física. Con el paso del tiempo y el deterioro consiguiente de la vivienda, me había convertido en el hombre-para-todo. Menos encalar paredes y hacer obras de reforma (qué alegría nos daba llegar muchas primaveras y encontrarnos con alguna mejora arquitectónica en la vivienda), me encargaba de fregar con amoniaco la verdina acumulada sobre el pavimento exterior del patio tras cada invierno, cuidar las plantas cuando ya mi madre no pudo hacerlo, reparar grifos y empalmes eléctricos, guardar calefactores, airear armarios y habitaciones, limpiar el hueco bajo la escalera, desoxidar y pintar maceteros, colgar cuadros y platos, colocar la cuerda del tendedero cada temporada, guardar mantas en plástico, fregar cuartos de baño y cocina, desapolillar y encerar muebles, y hasta retirar las colillas incrustadas en las macetas de gitanillas de la escalera.
Dos personas maravillosas que residían de forma permanente en la zona se convirtieron, con el paso de los años, en grandes amigos de mis padres, y por extensión de nosotros: Brit Harder y Rafael Osorio. A los pocos años de llegar a Artola, mi madre trabó amistad con un matrimonio jubilado que vivía en una preciosa casa de traza vanguardista en Artola Alta, Oskar y Brit Harder, él alemán y ella noruega. Ambos gustaban de dar largos paseos desde su casa hasta la playa, y su caminata les llevaba inexorablemente a pasar por delante de Los Patios. El marido falleció a los pocos años.
María Luisa y Brit congeniaron porque ambas eran mujeres cosmopolitas, políglotas que rebosaban bondad. Brit solía visitarnos en Los Patios, pero cuando mi madre enfermó y perdió su autonomía motriz, Marta o yo la trasladábamos a su Casa Mariposa para merendar o cenar juntos las exquisiteces noruegas que nos había preparado con esmero. Era ávida lectora de El País y gran amante de la naturaleza. Una tarde conseguí retratarlas sentadas en el hermoso sofá antiguo de su salón. La imagen habla por sí sola.
Por su parte, otro de los recuerdos más vivos que atesoro son las partidas de petanca que mi padre jugaba con su amigo Rafael Osorio, un marbellí de inmenso corazón que, junto a su esposa María, regentaba con dedicación y pasión el chiringuito RA-MA en la urbanización de Marbesa. Ambos fueron muy amigos de mi familia. Mi padre fue el pediatra de sus hijos, y en un par de ocasiones Rafael me recogió en su Seiscientos del abominable internado religioso, a donde mi padre me había enviado dos cursos completos, para pasar unos días junto a su cariñosa familia en la costa. Una fotografía que conservo da fe de la sintonía entre ambos. A su lado aprendí a aficionarme yo también a la petanca de playa, una actividad que permite ejercitar el cuerpo y broncearse a la vez.Por aquella época, tendría yo unos 13 años y estaba internado en aquel colegio religioso de Málaga de infausta reputación (algún día relataré aquel infierno), mis padres me dejaron una copia de la llave para que cogiera un autobús desde la ciudad y me dirigiera a la casa de la playa para reunirme con ellos un fin de semana invernal. Mi misión era airear los dormitorios, sacar los radiadores eléctricos de los armarios y encenderlos todos antes de su llegada para combatir la enorme humedad que acumulaba la casa. Me sentí muy responsable esa tarde en la que pude huir de aquella cárcel… Eso fue un día de 1972, y aquella llave me acompañó siempre hasta que la tuve que entregar con mucha pena de mi corazón al nuevo propietario el 31 de julio de 2009.
Siete años antes, el 12 de septiembre de 2002 mi madre sufrió un terrible ictus cerebral que la dejó semipléjica y sin la capacidad de hablar ni de expresarse, ni siquiera de pintar o leer, actividades que la hacían inmensamente feliz. Entonces mi hermana Marta y yo tuvimos que hacernos cargo del mantenimiento y de las gestiones burocráticas de la casa de la playa, así como del alquiler de la misma durante los meses de agosto hasta el día de su venta. Tras tantas vivencias acumuladas, me resultó particularmente traumático tener que desprendernos de la casa de los años felices. cmg2020




















