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31 agosto 2026

Paris, j'adore.

En el verano de 2006 realicé uno de mis muchos viajes a París, y redacté mis impresiones para compartirlas por correo con mis amigos. Veinte años después, la capital de Francia me sigue fascinando:

Un recuerdo de mi infancia me ha venido a la memoria estos días. Cuando, de niño, el nombre de esta ciudad surgía en alguna conversación, mi madre, esbozando una nostálgica sonrisa, solía decirme en su dulce alemán: "Paris, du bist die schönste Stadt der Welt." Creo que fue aquella concisa pero solemne referencia a la ciudad más bella del mundo lo que provocó mi eterna fascinación por París y propició mis muchas estancias en la capital de Francia. Ahora me faltan adjetivos para describirte lo que veo y siento estos días en París, pero soy muy feliz aquí y te mando estas reflexiones para compartir este viaje contigo.

Definitivamente, París es el corazón de Europa. Aquí se percibe el modelo social europeo en su plenitud: una sociedad multirracial, integrada, cosmopolita, civilizada, educada y laica. La revolución francesa no se hizo en vano y los frutos aún perduran, a pesar de las justas revueltas en los barrios degradados de la periferia (banlieues).

He aprovechado estos cuatro días para ver algunas novedades, como el recién inaugurado Museo du Quai Branly y la Grand Arche de la Defense. El primero es un museo soberbio sobre todas las artes no europeas, cuya visión nos ayuda a reducir nuestro complaciente eurocentrismo y a maravillarnos con la destreza y el ingenio de unos pueblos que hasta hace dos días llamábamos primitivos. Cuánto debió aprender Picasso de esas máscaras precubistas y cómo se intuye el minimalismo en muchos de los diseños. Además, el edificio de Jean Nouvel, a la sombra de la Torre Eiffel, aporta una buena dosis de espectacularidad.

Después de muchos años, por fin pude volver a visitar los rascacielos de La Defense; la impresionante Grand Arche levantada por Mitterrand parece una catedral sin dios. Subir sus escaleras blancas es como ascender por una pirámide egipcia. Sus dimensiones sobrecogen y nos recuerdan nuestra insignificancia (aunque la subida al mirador exterior no merece la pena).  Mejor vista hay desde el restaurante de la sexta planta del Centro Pompidou (no te lo pierdas).

Y, por último, déjame contarte sobre uno de los mayores encantos de París: la negritud. Por todos lados, negros y negras bellísimos; mezclados tras generaciones, son europeos africanos o africanos europeizados, tanto monta, que pasean su sofisticada belleza por toda París. Se comprende que a Lorca le llamaran tanto la atención los negros de Cuba y de Manhattan. Aquí ellas lucen unos tocados espectaculares, unos andares sensuales y ellos unas maneras exquisitas cuando te hablan. Son franceses, bien sure.

En fin, me voy maravillado de este país culto y educado. Estos días me han sabido a poco y seguro que volveré pronto para seguir mejorando mi francés (he descubierto la joya hedonista de la revista TÊTU). Sueño con una semana de primavera en la Provenza con un grupo de amigos, ¿te apuntas? Cuando estoy en Francia entiendo por qué siempre me he considerado un español afrancesado. Y a mucha honra. Joder, ¡cuánto juego da una revolución bien hecha!

I wish u were here (avec moi).
Je t'embrasse,
Carlos
05.08.2006

08 enero 2026

Beatería y maldad

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

En cierta ocasión escuché al escritor Juanjo Millás afirmar que la beatería y la maldad son las dos caras de una misma moneda. Preguntado por qué les atormenta más a las personas que acuden a su confesionario, el joven sacerdote misionero Damián Montes (Granada, 1987) responde que quienes más le sorprenden son quienes confiesan pecados de tipo afectivo y sexual: “Es increíble escuchar a tanto adulto arrastrando ese peso. Es una crítica que me hago a mí y a la institución: ¿qué conciencia hemos creado para que a la gente le genere malestar eso, y no robar, mentir o abusar?” “Algo habrán hecho ustedes,” le sugiere la entrevistadora. Entonces el cura le responde con una honestidad inaudita: “Creo que unir sexo y pecado ha sido el pecado de la Iglesia.” El puritanismo sexual ha tarado a generaciones de hombres y mujeres en España, quienes han vivido su sexualidad con vergüenza y culpa. La obsesión con la virginidad (celebrada incluso con fiesta oficial en el calendario) es lo que tiene.

Al igual que otras religiones, como el judaísmo ultraortodoxo, el islam, o el cristianismo evangelista, la Iglesia católica ha sido siempre profundamente homófoba. Nunca fue esto más evidente como cuando la epidemia de vih/sida mató a millones de hombres en todo el mundo en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Estos enfermos terminales fueron considerados por muchos religiosos víctimas de un castigo divino, y llegaron a tildar de cáncer rosa lo que era una infección vírica letal, desconocida por aquel entonces, que se contraía por contacto sexual. Sumaron la estigmatización social al dolor inenarrable de las víctimas desamparadas, indefensas tras la pérdida de su sistema inmunológico. ¿Dónde estaba la caridad cristiana entonces? ¿Cuándo van a pedir perdón por aquel dolor añadido, por tanta maldad para con los necesitados de comprensión y alivio ante la muerte inminente? ¿Por qué a las religiones en general les cuesta tanto convivir con la diversidad afectivo-sexual? Deberían meditarlo, y, de paso, pedir perdón público por sus pecados (los niños esclavos del franquismo por ser hijos de rojos, los robos de bebés cometidos por monjas enfermeras en hospitales de maternidad durante la dictadura, los abusos sexuales a menores en sus instituciones, o las inmatriculaciones ilegales de inmuebles de dominio público), para de este modo contribuir a la convivencia entre diferentes. Tal vez así encuentren explicación a la falta de vocaciones.

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. 

La sociedad española asiste estos días horrorizada al escándalo por la publicación en cadena de casos de niños que fueron víctimas de abusos sexuales en colegios religiosos, sobre todo durante la dictadura. Lo que sabemos hasta ahora no es más que la punta del iceberg, a la espera de lo que está por venir tras la creación y puesta en funcionamiento por fin de la anunciada Comisión Estatal para la Investigación de Abusos en la Infancia que garantice que se haga justicia, se depuren las responsabilidades y se repare a las víctimas.

En uno de sus Episodios de una Guerra Interminable, Almudena Grandes escribe que la dictadura de Franco convertía en mierda todo lo que tocaba. A mí me tocó vivir parte de mi adolescencia entre sus garras. En aquel internado de religiosos que se ensañó conmigo se respiraba una devoción fanática. El poder que los curas ejercían sobre nosotros se sustentaba en adoctrinarnos para no pensar, para aceptar dogmas sin dudar, sin hacernos preguntas, en definitiva, para soportar lo que nos tocara y a quien nos tocara. Debíamos renegar de la duda, no osar hacer preguntas y, por tanto, abstenernos de poner en duda la moralidad de lo que nos pasara; debíamos dejarnos hacer. La impunidad de aquellos crímenes contra menores en colegios religiosos era prueba del poder omnipotente que la Iglesia católica y el Estado franquista extraían de su íntima unión. 

Ya de mayor, y tras haber sobrevivido a aquellos depredadores, comprobé que aquella obsesiva/rancia enseñanza religiosa, aquella mala educación de los colegios católicos me vacunó contra la superstición y contra el adoctrinamiento en mi trabajo como educador. Galileo llevaba razón cuando señaló que la ignorancia es la madre de la maldad y de todos los demás vicios. Amén. cmg2022 

27 octubre 2023

Solo prescribe lo que no se describe

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

 

Lugar de los hechos: Colegio San Estanislao de Kostka, de la Orden de los Jesuitas/Compañía de Jesús, sito en el barrio de Miraflores del Palo, Málaga

Fecha: primavera de 1972

Edad de la víctima: 13 años


1. El traje. Don José Luis Alés Barrero, el monitor de comedor y de recreo durante los dos cursos (1970-71 y 1971-72) en los que estuve internado en el Colegio de los Jesuitas San Estanislao de Kostka de Málaga, era un maestro seglar que se ocupaba de los chavales internos durante y después del almuerzo. Era bajito, rechoncho, de ojos claros, repeinado e iba ridícula e impecablemente demasiado "bien trajeado" como para ocuparse del recreo de unos chavales de 12-13 años en un gigantesco patio polvoriento. Su nombre y apellidos figuraban, como profesor externo, en la página 7 del Anuario que el colegio imprimía cada año [un exhaustivo banco de datos personales de la época], y un ejemplar del curso 70/71 ha perdurado hasta nuestros días. Don José Luis, (que es como lo conocíamos los niños a su cargo y que nunca se dejaba fotografiar), tendría unos treinta y pocos años, y recuerdo que fumaba impasible delante de los críos. Años después, el escritor Juan Martínez de las Rivas, que por aquel entonces era uno de mis compañeros de clase, lo recuerda con memoria casi fotográfica: “Edad de unos treinta, cuerpo algo mantecoso, aspecto y rostro aniñados (un Tintín con sobrepeso), pelo rubio peinado crencha a un lado, estilo foto exterior de peluquería de la época, versión moderna, y ojos azules o verdes, y con cierto aire de indiferencia hacia las pequeñas cosas que nos agitaban. Más que atildado, salvo en su vestuario, yo lo percibía indiferente y narcisista. Poseía varios trajes cruzados (siempre vestido -armado- de botonadura cruzada, en mi recuerdo) que alternaba, y cuyos colores se salían de los grises habituales del profesorado: estoy creyendo ver un traje verde con brillos y un traje granate, lo mismo sus corbatas de seda. Además de vigilante, hacía las veces de profesor suplente de inglés.”

 

Efectivamente, de cuando en cuando, este individuo sustituía a la profesora de inglés, la señorita Yvonne, cuando ésta se ausentaba, y nos daba clase a las 4 de la tarde en un aula que estaba en la esquina del mismo patio de recreo que aparece en la foto anexa (tomada en torno a aquella época), situado en el ala noroeste del colegio. Aquel monitor de recreo, de corta estatura tanto física como moral, tenía, sin embargo, las manos muy largas.

 

Una tarde de la primavera de 1972, tras el almuerzo, sobre las 15 horas, don José Luis, vestido con uno de esos trajes-tapadera que él pensaba le aportaban respetabilidad, me invitó a ver televisión (o eso me dijo) a una hora en la que la sala de televisión permanecía cerrada para los internos. Ni recuerdo qué programa emitía la pantalla, seguramente un Telediario. Al poco de hacerme sentar junto a él en la estancia en penumbra, el profesor don José Luis Alés Barrero extendió su mano derecha hacia mi entrepierna y comenzó a sobarme. Yo estaba completamente aturdido y paralizado por su comportamiento. Pero no quedó ahí la cosa, pues a los pocos minutos agarró mi mano con su mano izquierda y me forzó a meterla en el interior de su bragueta, que él ya había abierto previamente, para que le agarrara su sexo erecto. Sentí un enorme asco por lo que estaba sucediendo, pero tras unos minutos, retiré mi mano de su bragueta, di un respingo y salí corriendo despavorido de la sala oscura. Me encaminé a paso ligero hacia el exterior del edificio (la salida del edificio está muy próxima a dicha sala) para respirar aire fresco e intentar recuperarme del shock. Era la mayor agresión contra mi persona que había sufrido nunca, y me ha perseguido durante 50 años. Hoy, cuando escribo esto aún experimento repulsión al tener que hacer retrospección para narrarlo.

 

Por aquel entonces (cursaba cuarto curso de enseñanza secundaria, grupo 4C), yo había comenzado la lectura del El Quijote, en una edición que la buena de mi tía Genoveva me había regalado unos meses antes por Navidad. Solía apostarme contra la base de una de las palmeras que había plantadas en el jardín situado delante del edificio del colegio, un lugar al aire libre orientado al sur y con vistas al mar al que sí nos dejaban acceder. Cada tarde después de comer, acudía con mi libro en mano a dicho lugar. Esto me permitía desconectar por un rato de aquel infierno e interponer una barrera física imaginaria con el edificio-cárcel para sumergirme en la maravillosa ficción de Cervantes. Solo tenía 13 años, pero la magia de aquella lectura me salvó literalmente. Leer sobre las aventuras de don Quijote y Sancho fue como un bálsamo para mi mente atormentada. Desde entonces, los libros me han ayudado a sobrellevar los peores tragos de mi vida. Verdaderamente la lectura nos hace mejores personas.

 

2. Impunidad. Por otro lado, me sentía tan agobiado por el continuo acoso de algunos de mis compañeros de internado, tan harto de sus insultos y humillaciones, que me armé de valor para acudir a denunciar la situación a quien pensaba (inocente de mí) que podría ayudarme, el llamado Padre Prefecto, don José Ruiz Vázquez. Este religioso aparece como Director Espiritual de los cursos 3º y 4º, en la página 5 del Anuario 70/71. Sentado en su despacho, situado en la primera planta del ala sureste del edificio, mirándome con una sonrisa curil, casi beatífica, a través de sus gafas grises, hizo oídos sordos a mis quejas y se limitó a sonreír aún más, sin casi mediar palabra. A continuación, se levantó de su escritorio y me hizo sentarme encima de él en una silla que había en la esquina de su amplio despacho. Mientras me agarraba por detrás empezó a mover acompasadamente las piernas y la cadera y a gemir cada vez con más intensidad en un jadeo que no se molestaba en disimular. Oía cómo iba alterándose el ritmo de su respiración, mientras iba manoseándome y restregándose el bulto de su entrepierna con movimientos acompasados contra mi culo hasta correrse dentro de sus pantalones, aprovechándose de mi vulnerabilidad para satisfacerse. El muy beato don José Ruiz Vázquez, sacerdote jesuita, se había corrido imaginándose follando por el culo a un niño indefenso. Yo estaba en estado de shock y tardé en darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Cuando dejó de agarrarme por la cintura, salí despavorido de la sala, corriendo escaleras abajo. No volvió a dirigirme la palabra, pero yo nunca olvidé su nombre, sus dos apellidos y el cargo que ostentaba en el colegio.

 

3. Contarlo. La Compañía de Jesús siempre ha despuntado por la formación de sus miembros, que deben conocer bien preceptos como: la rendición de cuentas y hacer justicia, fomentar la verdad y la memoria, y ofrecer reparación a las víctimas. Aquel colegio no enseñaba a respetar al diferente ni me garantizó un entorno seguro donde desarrollarme como persona en ciernes. Ningún responsable ponía orden ni protegía a los niños que fuimos víctimas de acoso (bullying) y de abusos sexuales.


Por tanto, exijo una disculpa por escrito de la Compañía de Jesús como reparación moral (similar a la recibida por víctimas de los Salesianos) y una indemnización a dicha institución por el daño psicológico que estos abusos me causaron, que me privó de haber vivido una adolescencia feliz, pues me traumatizaron profundamente. Tan culpable y avergonzado me sentía por lo que me había ocurrido en aquel colegio que fui incapaz de contarle a mis padres lo sucedido. Tardé muchos años en perdonarle a mi padre que me internara durante dos años en aquel infierno, con el consiguiente desarraigo familiar, pero lo hice en su momento y me quedé muy aliviado.


Nadie ha descrito mejor mi sufrimiento de entonces que la escritora Elvira Lindo en un reciente artículo titulado “Predicar, pero no con el ejemplo”: Cuando un niño es manoseado por un adulto con el fin de procurarse placer sexual, sabe que algo extraño, inusual, prohibido, algo que vulnera como un hachazo su inocencia le está sucediendo. El niño no va a saber cómo llamarlo, está tan alarmado que lo mantendrá en silencio. Un niño con un secreto es un ser muy desgraciado. El depredador de niños conoce instintivamente la psicología infantil, pero, además, tras años de experiencia, se va a convertir en un verdadero experto. Tiene olfato de sabueso para identificar a la víctima adecuada. Sabe cómo hacer para que esa inmundicia que él genera avergüence a la criatura, sabe cómo cargar al pequeño con el peso de la culpa para que calle. El daño que se le hace a un niño no prescribe. La vida cicatriza muchas heridas, pero las consecuencias de un abuso son rocosas y persisten si el secreto se enquista, si no se encuentra una sociedad que escuche y comprenda. Cuando los abusadores pertenecen a una institución con el poder social que ha ostentado la Iglesia católica, las víctimas tienen derecho a una reparación pública por el daño recibido.” Durante toda mi adolescencia me hicieron creer que lo que me había pasado había sido por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.


La Compañía de Jesús reconoció públicamente, el 21 de enero de 2021, que al menos 81 menores y 37 adultos han sufrido abusos sexuales a manos de 96 miembros de su orden desde 1927, en la primera investigación interna de una institución católica en España. Sin embargo, la congregación no ha querido revelar los nombres de los acusados, como reivindicamos las víctimas, lo que me indigna profundamente porque nos revictimiza a quienes ya fuimos víctimas una vez, ni otro dato decisivo, las parroquias, colegios, o seminarios donde tuvieron lugar los hechos (solo señala que 14 casos se cometieron en Andalucía). Un gran paso para los Jesuitas pero un pequeño paso para la humanidad, rezaba un titular. 

 

He tenido que esperar 50 largos años en silencio y en soledad, hasta la creación en nuestro país de una Comisión Estatal de Investigación de Abusos a Menores en la Iglesia Católica dependiente de la Oficina del Defensor del Pueblo, para interponer estas dos denuncias con nombres y apellidos de modo que éstos no queden ocultos en el olvido y para que otras posibles víctimas puedan reconocerlos y dar un paso adelante. Luis Cernuda escribió el siguiente verso "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros." No creo haber sido la única víctima de abusos en aquel colegio. La investigación de la Comisión Estatal dictaminará si la pederastia era una práctica sistémica en dicho colegio de Jesuitas.

 

La jerarquía eclesiástica española haría bien en mirarse en el espejo de Irlanda, un país mayoritariamente católico como España, pero que, con una población cuatro veces menor, creó una Comisión para Investigar el Abuso Infantil y que publicó un demoledor informe - más de 800 abusadores conocidos en más de 200 instituciones católicas durante un período de 35 años -, comúnmente conocido como el Informe Ryan, el 20 de mayo de 2009. 

 

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. Y, aunque hayan prescrito y sus perpetradores fallecido, la Compañía de Jesús es responsable civil subsidiaria de lo ocurrido. Porque solo prescribe lo que no se describe.

 

La mujer que fue víctima de la Manada comunicó, a través de su abogado, una frase que me ha animado a relatar lo ocurrido y a hacer públicos estos abusos, con nombres y apellidos, 50 años después, por mucho que hayan prescrito, y sus perpetradores fallecido: Cuéntalo, que, si no, ganan ellos. Al publicarlas en la red, deseo que estas dos denuncias trasciendan para que estos crímenes no queden silenciados ni impunes, y porque, al igual que ha manifestado el escritor Alejandro Palomas, no quiero morirme sucio, con esta mierda dentro de mí.


Firmado: Carlos Martín Gaebler, PhD


Lo que precede es la doble denuncia que remití por escrito, el 3 de septiembre de 2022, a la Oficina del Defensor del Pueblo contra el Colegio San Estanislao de Kostka, de la Orden de los Jesuitas/Compañía de Jesús, sito en el barrio de Miraflores del Palo, Málaga, como responsable civil subsidiaria de los abusos sexuales que sufrí en dicho colegio, en la primavera de 1972, a la edad de 13 años, a manos del profesor seglar don José Luis Alés Barrero (fallecido) y del religioso José Ruiz Vázquez, S.J. (igualmente fallecido).

La Oficina del Defensor del Pueblo tiene abiertos diversos canales de contacto que pueden usar las víctimas de pederastia para trasladar sus testimonios: el correo electrónico atencionvictimas@defensordelpueblo.es, el teléfono gratuito 900 111 025, y la dirección postal del Defensor del Pueblo (Calle Zurbano, 42, 28010, Madrid).   




01 enero 2023

My First Gay Bar

By CARLOS MARTÍN GAEBLER

Dedicated to Efrain, with brotherly love

42nd Street membership card
For generations of gays and lesbians, walking into a gay bar for the first time has long held a significant place in our personal histories. This was never more apparent than in the days following the homophobic mass shootings at Pulse, the gay nightclub in Orlando, Florida, in which 49 people lost their lives, and which prompted many to recall the nights they had spent in similar venues, and the sense of community they found there. Every gay person remembers the first time they went to a gay bar and how they felt.

Prior to the internet era, gay bars were integral to our social development. They were an escape from the often unfriendly outside world, packed every night of the week, and everyone inside was a friend, a brother. In those analogical times, we were awfully lucky, when you entered the place, that the guys weren’t focused on their iPhones but on each other. Also, fortunately, in 1980 AIDS hadn’t yet started its devastating advance.

At the time, I was a Spanish graduate student and Teaching Assistant at UNC-Chapel Hill ready to set the world on fire. 42nd Street (later on renamed as Power Company) opened in 1979. It was a converted department store (Rayless) located in downtown Durham, North Carolina, on 156 West Ramseur Street, next to the Corcoran multi-storey parking lot, with bars encircling the dance floor, which hosted the biggest disco ball in the Carolinas. The ground floor led to a mezzanine balcony at one end and to a basement full of pinball machines and pool tables at the other. The DJ booth sat above a stairwell overlooking the dance floor near the back bar. The large dancing area was like a hedonistic shrine, and Kool and the Gang’s Celebration was its anthem. Conversations would stop the second it came on and everybody would rush to the dance floor to join in this celebratory ritual.

This iconic disco was a non-segregated space where gay men and lesbians, black and white patrons, old and young, homos and straights, even Dukies and Tar Heels, haha, shared a good time together in brotherly spirit. It was a club for equality like I have never seen since. I was a gay kid in my early twenties who had just come out of the closet after years of unbearable loneliness. I had been a victim of humiliation and bullying during my adolescence. At 42nd Street I had no need to fight off bullies because I was among boys like me, and I felt protected. That place was like family to us.

42nd Street 1980 New Year's Party ticket
I was first taken to 42nd Street by my friends Tony Adinolfi and Tony Habit, a gay couple I had met upon arriving in Chapel Hill. My jaws dropped when I walked through the door. I couldn’t believe my eyes, gorgeous guys everywhere. I remember asking my friend Tony “But are all these boys gay?” He simply answered “Yep!” My life was never the same after that day in the fall of 1980. I went back countless times during my 3-year stay in Chapel Hill. I would get a lift from school friends or from my housemate Ritchie Bennett. I would drink liters of orange juice and water to stay hydrated and dance the night away.  I recall the 80s disco music, the liturgy of the awesome drag shows, the cute guys milling about, the club kids dancing bare-chested on the speakers: It was gay heaven! I could be myself. I didn’t have to pretend anymore. I was finally home. cmg2016

Original 42nd St advert with no physical address

31 agosto 2022

"Venus": The Fighting and the Dancing


The year is 1969. The year of Man's landing on the Moon, Senator Robert Kennedy's assassination and the Stonewall riots. A song written by Robbie van Leeuwen and played by the Dutch pop band The Shocking Blue tops the charts worldwide. "Venus" became a global success since the moment it was released. Today, half a century later, "Venus" is a timeless classic, recently incorporated to quality series like The Handmaid's Tale or The Queen's Gambit. It also features in the 2015 film "Stonewall", a riveting account of the historical events leading to the riots in NYC on June 28th of that same year, which brought about the gay liberation movement and, eventually, gay rights, as we know them today.

It is only fair to remember the members of this legendary, though short-lived, band, one of those "one-hit wonder bands" who had a groovy hit single and their 15 minutes of fame: lead singer Mariska Veres (yeah, she's got it!), Robbie van Leeuwen (voice, guitar and sitar), Klaasje van der Wal (bass guitar), and Cornelius van der Beek (drums). Released in 1969, "Venus" still has the power and effect of a dynamite song. Many of us are still dancing to this gem because this song is timeless.

Right before the Xmas season of that year, my beloved aunt Isabel asked me what present I wanted for "Reyes" (the Hispanic version of Santa), which is celebrated on January 6th. At 11, I had already been listening to pop music in English on a local pop music station, LVG (La Voz del Guadalquivir), and was blown away by this song. So I told her what my choice was, wrote down the name of the record for her, and when I went with my family to visit her on Reyes Day 1970, there she was handing me the single with that shocking blue background and Mariska's sensuous cleavage. It was one of the best Xmas gifts I have ever been given. In the early 70s, I would play it over and over again on our portable record player. (Sadly, I lost my vinyl copy.)

Little did I know that the hit "Venus" had, a few months earlier, presided over the dancing at the Stonewall bar in Greenwich Village, as shown in the aforementioned film "Stonewall", when one of the gay patrons (a brave fighting queen) picks up the song on the juke box and everyone joins in the liberating dancing. Now, at 64, I keep fighting for gay rights, trying to convince today's barbarians that LGTB rights are indeed human rights and facing up to the spreading tide of homophobia and bigotry all over the world. I miss the dancing, though! cmg2022

Lyrics and song:

A goddess on a mountain top

Was burning like a silver flame

The summit of beauty and love

And Venus was her name

She's got it

Yeah, baby, she's got it

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

Her weapons were her crystal eyes

Making every man mad

Black as the dark night she was

Got what no one else had, whoa!

She's got it

Yeah, baby, she's got it

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

She's got it

Yeah, baby, she's got it

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire

Well, I'm your Venus

I'm your fire, at your desire.

25 mayo 2022

La ternura del reencuentro, 42 años después

Acto de conmemoración del 42 aniversario de la promoción 1975 -1980 de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, celebrado el viernes 20 de mayo de 2022

De izquierda a derecha, Elena Santiago Muñoz, coordinadora del encuentro, Amparo Feria Toribio, en representación de CLÁSICAS;  Javier Martos Ramos, decano de la Facultad de Filología; Manuel Ángel Vázquez Medel, por HISPÁNICAS; Virgina Cobos Yuste, en representación de ANGLOGERMÁNICAS; y Alicia Llabona Pérez, autora del vídeo conmemorativo, por ROMÁNICAS.

Con el permiso de nuestro compañero Manuel Ángel Vázquez Medel, publico aquí sus entrañables palabras a todos los asistentes, una alocución bien trabada, repleta de referencias históricas y emocionante de principio a fin. Gracias, compañero, por compartirla en la red con quienes queremos volver a leerla, pues nos servirá a muchos y a muchas para rememorar siete intensas horas que fueron un chute de felicidad, una celebración de la vida. Carpe Diem.


Querido Decano, queridos profesores (Pedro Carbonero, Rafael Portillo, Paco Garrudo, y también los que no han podido acompañarnos hoy, Emilia Alonso, Jean Paul Goujon, Rogelio Reyes, Miguel Rodríguez Pantoja), queridas compañeras, queridos compañeros:

Ante todo, he de agradecer este honor de poder tomar la palabra en nombre de mi promoción de Filología Hispánica (con el recuerdo entrañable de las otras especialidades -clásicas, románicas, anglogermánicas- con las que compartimos asignaturas en los años comunes). Algunos de nuestros compañeros ya no están con nosotros; tampoco memorables profesores. A todos ellos queremos dedicar nuestro primer recuerdo. En mi caso, especialmente a Alfonso López Castilleja, que se nos fue en 2007, y generosamente me ayudó para que pudiera incorporarme al curso 1975/76.

Quiero también tener aquí el más cariñoso recuerdo con quienes, por una u otra razón, no nos han podido acompañar el día de hoy, especialmente por causas de salud, sean familiares, como en el caso de Manuel Ramírez Cepeda o personales, como Marian Pantoja, intervenida el pasado martes y, afortunadamente con una muy buena evolución. Os traslado, en nombre de ellos, un cordial abrazo. Ambos son todo un ejemplo de dedicación y esfuerzo, de vocación universitaria. Manuel, de amor a su ciudad, La Palma del Condado. Marian, desde su formación en Filología Hispánica ha sido todo un referente en el mundo de la educación en francés, siendo reconocida como “Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres” por el Ministerio de Cultura de Francia. Junto a ellos quiero ofrecer mi reconocimiento a vuestras importantes trayectorias como profesores de instituto o universidad, magníficos docentes e investigadores, escritores, creadores y gestores culturales, humanistas comprometidos con la construcción de un mundo mejor gracias a la educación y la cultura. 

Es para mí un orgullo haber sido y ser compañero vuestro.

* * *

Por estos días de mayo, en 1976, hace 46 años, unos jóvenes llenos de entusiasmo nos preparábamos para la realización de nuestros primeros exámenes finales de filología en el viejo caserón de Gonzalo Bilbao. Fue aquel momento en el que me pude unir a vosotros, en los exámenes como alumno libre: con Fernando Rodríguez Izquierdo en Lengua Española I, José Mª Capote en Literatura Contemporánea (teníamos aquel curioso orden invertido de la literatura que luego volvería a la secuencia cronológica), Vicente García de Diego en latín, Enrique Ramos Jurado en griego (en mi caso; creo que Clara Thomas dio clases a los de árabe) y Jean Paul Goujon en francés.

Habíamos iniciado, en el otoño de 1975 [por cierto, primer Año Internacional de la Mujer e inicio del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985), signo de los nuevos tiempos que estábamos viviendo (Carmen Conde fue la primera mujer en entrar en la Academia en 1979)], un recorrido que nos llevaría, en 1980, a ser una de las primeras promociones de Filología, ya separada (para bien y para mal) del viejo tronco de Filosofía y Letras.

Habían ocurrido muchas e importantes cosas desde el comienzo del curso. Muy especialmente, el inicio de un proceso de transición democrática y de derechos y libertades, que marcaría a nuestra promoción: la primera de estudiantes universitarios que podía ejercer el derecho al voto, sea en las primeras elecciones constituyentes del 77 (al menos, los de mayor edad, porque entonces se votaba a partir de los 21 años), sea en el referéndum de la Constitución en 1978 o en las primeras elecciones municipales y luego constitucionales de 1979.

Nosotros no sabíamos hasta qué punto éramos no solo testigos, sino sujetos activos de años decisivos para la Humanidad, en los que -por ejemplo- conocimos tres papas el mismo año 1978, tras la muerte de Pablo VI y Juan Pablo I. O, sin que entonces tuviéramos conciencia de ello y de lo que luego significaría, se creara Microsoft en 1975 y Apple en 1976, mientras nosotros escribíamos a mano o máquina con copias de papel carbón (especialmente nuestra compañera Chari Pérez Campanario, en su ejemplar generosidad y servicialidad), o hacíamos costosas fotocopias en papel fotográfico que acababa borrándose. Entonces lo normal era sacar los libros o consultarlos en la biblioteca con los folios al lado para anotar todo lo que necesitábamos.

Estábamos pasando de un mundo en blanco y negro a un mundo en color, como también ocurriría con la TVE, que culmina ese proceso en 1978.

Durante nuestros años de estudios de Filología, en los que Vidal Lamíquiz fue el Decano y Justina estuvo al frente de la Secretaría (recordamos con afecto al PAS), tuvimos de Director de la Real Academia Española a Dámaso Alonso, a quien pudimos ver en alguna conferencia, aunque se prodigaba más por nuestra Facultad quien habría de ser Director años después, Fernando Lázaro Carreter.

Un año central en nuestros estudios, pero también en nuestra historia literaria fue 1977, cincuentenario de la Generación del 27, en cuyos actos del Ateneo participamos varios compañeros de curso, en el Homenaje de la Juventud Creadora al 27, impulsados por nuestro profesor de Literatura Hispanoamericana Juan Collantes de Terán, del que aún recuerdo su pasión por César Vallejo. Pudimos también asistir a conferencias que se me han quedado grabadas, como las de Ernesto Sábato o Juan Goytisolo.

1977 fue también el año del Premio Nobel de Literatura para Vicente Aleixandre, al que llegué a conocer en una visita a su casa en Velintonia y con el que hablé en varias ocasiones por teléfono cuando preparaba en 1978, ya como Coordinador de la Enciclopedia de Andalucía, el artículo que se le dedicó. También en 1977 muchos de nosotros nos echamos a la calle un 4 de diciembre para exigir un estatuto de autonomía para Andalucía por la misma vía del 151 de Cataluña, País Vasco y Galicia, con la consigna “Libertad, amnistía y estatuto de autonomía".

Fuimos una promoción con un especial compañerismo, cordialidad y respeto a las diferencias que nos enriquecen que seguimos, afortunadamente, constatando en los casi tres años de amistad recuperada desde los preparativos de 2019. Fuimos, también, de las primeras promociones con una muy diversa extracción no solo geográfica (de Huelva, Córdoba y Cádiz, de Sevilla y Extremadura), sino económica y social, gracias a ese principio irrenunciable de la igualdad de oportunidades. Para algunos resultó más duro seguir los estudios, teniendo que trabajar al mismo tiempo, o incluso teniendo ya una familia bajo nuestra responsabilidad. Pero lo conseguimos. Quiero ofrecer mi personal homenaje a las varias compañeras y compañeros que fueron madres o padres antes de finalizar los estudios, como también fue mi caso (mi hija Leticia nació en el verano de 1979). Por ello yo nos os pude acompañar a esas hermosas experiencias de viajes de paso del Ecuador a Canarias, o fin de Curso a Madeira (“a Funchal, pero también a conocer la isla”), de los que me habéis trasladado recuerdos tan hermosos (y tan atrevidos, Tete Mari), de los que con seguridad hablaremos en la cena. Nuestros compañeros de románicas y anglogermánicas fueron más cosmopolitas y viajaron a Italia y luego, ya solos los de románicas, a Sofía, Estambul y Viena, como me ha recordado Ángeles Manzano.

De algunas entrañables experiencias de pareja nos llega el testimonio hasta ahora, nueve lustros después. Permítanme que lo singularice en nuestros compañeros María Dolores Ojeda y Juan Montero, ya felices abuelos de dos preciosas criaturas (yo también me siento muy feliz, como muchos de vosotros, con mis nietas y nietos). Otras compañeras y otros compañeros han llevado con integridad y dignidad procesos de pérdida o de separación de sus parejas, que también forman parte de la vida.

La memoria es esencial, porque es el fundamento de nuestras identidades personales y colectivas. Aquí y ahora desde nuestra pequeña intrahistoria recordamos: revivimos en nuestro corazón experiencias que cambiaron nuestras vidas. 

Los de Hispánicas recordamos, además de los ya mencionados, las clases de los profesores del Departamento de Lengua, Lingüística y Teoría de la Literatura (Pedro Carbonero y Miguel Ropero; José Antonio Pascual; Manolo Álvarez y Pepa Mendoza; Fernando Millán Chivite, Teresa Palet, Ángel Yanguas, Esteban Torre o Antonio Aranda…) las de Literatura (Begoña López Bueno, Rafael de Cózar, Pedro Piñero, Mercedes de los Reyes, Rogelio Reyes Cano o Jorge Urrutia); las de francés con Emilia Alonso, las de latín con Miguel Rodríguez Pantoja y Bartolomé Segura o las de griego de Antonio Sancho Royo, con Alberto Díaz Tejera como referente. Y no olvido la riqueza que nos regaló el estudio de la Historia Contemporánea con Manuel Vilaplana Montes o la filosofía del lenguaje con Mariano Peñalver y Diego Romero de Solís. Algunos de ellos, pasado el tiempo, han sido también compañeros en mi vida universitaria. 

Fuimos la promoción que más profesores dejó en la Universidad (especialmente, en esta Facultad de Filología): Rocío Carande y Leonor Molero en Clásicas; María Muñoz y Manuel Bruña en Francés; Juan Antonio Prieto Pablos y Manuel Gómez Lara en Inglés; Carlos Martín Gaebler en el Instituto de Idiomas; Juan Montero y yo en Literatura Española… O Mª Dolores Pérez Rolán, que pasaría como Titular de Filología Inglesa de nuestra Universidad a la de Huelva.

En aquellos años de encrucijada se forjó lo mejor de nuestras vidas. Pero no somos nostálgicos y pensamos que lo mejor está aún por llegar. Por ello nos sentimos profundamente agradecidos, y proclamamos con Juan Ramón Jiménez, sabiendo que la belleza es culminación del camino que conduce a la verdad y a la bondad: 

“Gracias, te las doy siempre. ¿A quién las doy?

A la belleza inmensa se las doy”

(Juan Ramón Jiménez: “Como tú, mi amor, miras”, de Animal de fondo)

Muchas gracias.

Manuel Ángel Vázquez Medel