16 abril 2026
Ejército de troles
04 septiembre 2025
Desespectacularizar la vida
Por REMEDIOS ZAFRA
Bajo el espejismo de un espacio público ‘online’, proporcionamos a los más jóvenes un mundo boicoteado que expulsa de antemano la reflexión y la justicia. Su contrapeso está en la escuela pública.
La duda es la grieta que permite poner las cosas bajo interrogación, preguntarnos por las razones, conocer más y mejor. El paso que permite pasar de la afirmación “yo soy” a “yo creo” requiere de algo tan esencial como la duda. La duda siempre está cuando el propósito que nos mueve es saber más de un asunto, comprenderlo. No sorprende que el vestido de la creciente ola de extrema derecha sea justamente lo opuesto a la duda. La arrogancia con que muchos afirman y sentencian hoy parece propia de quien no se hace preguntas, porque asume directamente las respuestas que otros le lanzan, como herramientas o como armas.
Diría que hay un contexto propicio para todo ello en las pantallas. Llevamos tiempo viendo cómo la apariencia de sentido amenaza con comerse el sentido, empujando a la espectacularización de la vida en ellas. Me refiero al espectáculo como una forma de organización de la vida social basada en la apariencia, que de manera preocupante no busca diálogo ni pregunta, aval científico ni información contrastada. Que sí busca audiencia y monetización de números. Ese valor tan fácilmente hackeable como poderoso que lleva tiempo ocultando los valores que más importan como humanos y como sociedad y que precisan duda, ética y educación.
Recientemente conocí a un joven que afirmaba no dudar. También era un joven enfadado. Me pregunto si una y otra cosa no tenían que ver. Sin apenas conocernos, el joven comenzó a insultar al presidente del Gobierno con un odio llamativo para un casi-adolescente. Le pregunté de dónde sacaba la información que le hacía pensar así y me hablaba de vídeos y podcasts que, según él, demostraban sus afirmaciones. Decía querer pasarme los enlaces, convencido de que al verlos también yo cambiaría de opinión. Insistía en que los números que avalaban a los streamers que protagonizaban esos vídeos eran muy altos y tanta gente no podía estar equivocada. Que estaba claro. Vaya, la claridad y los números altos.
Me pregunto por qué los medios de comunicación plurales no llegan a este joven o este joven no llega a ellos; de qué maneras muchos han dejado de usar sus conocimientos y dudas, lo que estudian, para valorar el mundo, en qué momento han quedado fuera de los medios donde no te dicen qué pensar arropándote al abrigo de una comunidad descaradamente homogénea. Qué importante sería que se incentivara ese encuentro. Porque asusta observar que las fuentes de las que muchos beben ahora tienen como único valor la audiencia a costa de la verdad.
En algún momento cercano perdimos de vista que en el mundo conectado el valor de “lo muy visto” se posicionó como máximo valor, paradójicamente desprovisto de los valores humanísticos que nos sostienen como sociedad y dificultando una democracia sana. Porque en el valor de la mayor audiencia, ¿acaso no se congrega lo más morboso con lo más frívolo cuando “lo más” solo empuja a la competición y al espectáculo?
Al preguntar cómo llegamos a esto, cabe mirar la más reciente historia de internet y la cesión de grandísimo poder a las empresas digitales. En estas décadas se ha ido dificultando algo importante: el contexto y tiempo necesarios para pensar y poner las cosas en duda. Ante la tentación y la inercia de lograr respuestas inmediatas a golpe de botón, el proceso reflexivo se simplifica o anula, llevando a posicionamientos rápidos y más emocionales, retroalimentando lo muy visto, arropándose con ello.
Las redes sociales llevan tiempo nutriendo estilos que refuerzan primero, homogeneidad interna, y después, polarización en el señalamiento del otro. Como efecto triunfan dos extremos: la impostura propia de quien rentabiliza apariencia y escaparate, y el exabrupto propio del hartazgo de la pose, valiéndose del discurso espectacularizado que hoy define a los más reaccionarios.
A todas luces diría que estamos proporcionado, especialmente a los más jóvenes, un mundo previamente boicoteado. Un mundo donde se pasó por alto la premeditación adictiva escondida bajo el espejismo de espacio público online. Porque las plataformas y redes regidas por el capital han sido y siguen siendo ante todo campo de acción mercantil, instrumentalizadas por las fuerzas del “más”, acogiendo a la multitud de solos conectados que hoy derivan, a menudo con resentimiento engordado, buscando arropo comunitario y luz entre las sombras de la precariedad y la confusión de muchos.
Ante la tentación de deshumanizar al joven del que les hablo, de la misma manera que ese joven deshumaniza a los que insulta, no puede perderse de vista este contexto saboteado para espectacularizar la vida. Porque se rige por valores que expulsan la reflexión, la justicia y el sentido, proyectando al mundo material las lógicas que dominan internet, como un espejo invertido donde internet ya no refleja, sino que proyecta. Valores que se apoyan en visiones antiintelectuales y que desprecian y maltratan el conocimiento.
Como riesgo añadido en la conversión del mundo en espectáculo, es fácil legitimar que el más payaso sea el rey, porque la dinámica se distorsiona buscando no ya un buen gobierno, sino seguir el juego competitivo del espectáculo, apoyar determinada audiencia en contra de otra. Es fácil que en la búsqueda de más fama, audiencia y dinero se devalúe el conocimiento y se frivolicen nuestras vidas, porque estos sujetos espectacularizados han convertido toda comunicación en publicidad de sí mismos. La oscilación de la época anuncia cómo, frente a la importancia que el estudio y el pensamiento han tenido para argumentar la diversidad y las políticas de igualdad que tantos logros sociales han culminado, el contrapeso del espectáculo de ahora encumbra la audiencia desde la contundencia de fuerzas emocionales y antiintelectuales que primero te arropan y después te convierten en soldado.
Desespectacularizar precisaría salir de las poses y rabias de las pantallas que jalean el insulto y la guerra, restaurar una renovada confianza en el conocimiento para comprender y comprendernos; recuperar emociones positivas, la potencia y la esperanza en la educación y en las personas que educan para ayudar a manejar nuestras dudas, para respetar nuestras diferencias.
Ahora que comienzan las clases, recuperar la ilusión en lo que la educación puede se hace imprescindible para una vida desespectacularizada. No se supera la lógica bélica y simplificadora que hoy aprieta ni con la aterradora claridad con que se deshumaniza al otro, ni delegando en que las personas se eduquen solas en las redes. No imagino mayor cuidado como humanos que cuidar la educación pública y fortalecerla. Como profesores, recuperar la verdadera pasión por construir valor y sentido desde ella. Aquí habita la íntima sensación de que lo que hacemos vale la pena, que es bueno no solo para el aquí y ahora, sino para comprometernos con quienes estarán mañana.
El País, 4 de septiembre de 2025
21 abril 2025
Zygmunt Bauman dijo
Antes de fallecer, el maestro Bauman ("Somos solitarios en contacto permanente") fue entrevistado por Jordi Évole para la parte final del episodio "Conectados" de Salvados, emitido por La Sexta el domingo 19 de febrero de 2017.
01 abril 2025
Las humanidades lo petan
El desprestigio de las Humanidades ha calado en una sociedad digital que ha sentido robustecido con las nuevas tecnologías su menosprecio por ellas como materias prescindibles. Ese desdén no afecta paradójicamente a las Humanidades mismas sino que aleja del conocimiento —histórico, filosófico, estético, filológico— a quienes lo asocian a tostones casposos, incapaces de disfrutar del valor emancipador de saberes que cuestionan y transforman el mundo. Ningún cambio relevante en ninguna esfera de la era moderna y contemporánea —el fin de la esclavitud, la conquista del Estado de derecho, la execración de la tortura, la consagración de los derechos de la infancia y de las mujeres, el respeto a las minorías— ha sucedido sin que alguien haya armado una idea y la haya difundido por todos los medios, incluido internet. Las Humanidades parecen barridas por la revolución tecnológica pero ahí siguen, fomentando la independencia crítica y la virtud del saber heredado y compartido. Los estudiantes de estas materias se habrán sentido hermanados con Gabriel Plaza: se saben de segunda categoría en un mundo hipertecnológico. Lo peor sería que escogieran el camino de muchos en los últimos 15 años: buscar trabajo fuera de España. Frente a la prepotencia y la defensa a ultranza de una rentabilidad del saber instrumental y miope, solo cabe respirar hondo y darle la enhorabuena a Gabriel.
Editorial del diario El País, domingo 3 de julio de 2022
26 marzo 2025
"Adolescencia", un prodigio técnico, interpretativo y narrativo de la ficción televisiva
Por Laura Pérez,
eldiario.es 21 de marzo de 2025
En los últimos días no ha habido conversación seriéfila que no haya girado en torno a Adolescencia (Adolescence), la nueva miniserie fenómeno de Netflix. Otro éxito del 'boca a oreja' en la era de las plataformas que ha provocado una fascinación generalizada y que, apenas transcurridos tres meses de 2025, ya se ha convertido en una de las grandes ficciones del año con total merecimiento.
Frente a otros proyectos ultracomerciales repletos de elementos 'taquilleros' para triunfar, lo de esta producción británica es del todo excepcional: está compuesta por únicamente cuatro capítulos de entre 50 y 65 minutos, todos ellos rodados en plano secuencia. Es decir, en una única toma, sin cortes ni edición. Un reto audiovisual e interpretativo que, más allá de la habilidad técnica, ayuda a elevar a esta serie a la categoría de inolvidable. O, al menos, a la de esas que dejan una huella especial por un tiempo.
Para comprender a qué viene tanto elogio basta con echar un vistazo a su primer capítulo. O en su defecto, con leer alguna de las muchas críticas que desde su estreno el pasado 13 de marzo han analizado por qué parece que en los últimos días todo el mundo habla de esta nueva serie de Netflix. Una conversación social que se ha traducido en un top-1 en la plataforma que, con total probabilidad, seguirá viendo disparados sus números en próximas semanas.
Creada por Jack Thorne y Stephen Graham, y dirigida por Philip Barantini, Adolescencia cuenta la historia de Jamie Miller, un adolescente de 13 años que es detenido y acusado de asesinar a una compañera de clase. Una sinopsis tan breve como impactante, casi tanto como la impresión que genera en el espectador ver por primera vez al joven Owen Cooper en la piel del protagonista mientras un grupo de agentes de policía entran en su habitación infantil para arrestarle.
En ese momento comienzan dos viajes. El de la ficción, con el presunto asesino y especialmente su familia ajenos a lo que la investigación va a depararles. Y el real que experimenta todo aquel que decide darle al play y 'subirse' a una de esas series que remueven e incomodan, haciéndote transitar por todo tipo de sentimientos en apenas cuatro horas.
Como comentábamos, gran parte de la excepcionalidad de esta ficción es consecuencia de la técnica cinematográfica elegida para la totalidad de su metraje: cuatro planos secuencia, uno por capítulo. Una técnica que habitualmente se introduce de manera puntual o limitada en obras audiovisuales (buenos ejemplos de ello son el episodio 5 de Monstruos: La historia de Lyle y Erik Menendez o el 10 de Los años nuevos, ambas series de 2024), pero que en este caso marca la totalidad del relato.
Así las cosas, la serie en su conjunto es un reto audiovisual e interpretativo de los que no abundan, pues toda la acción sucede ante la cámara de manera milimetrada, como si de una representación teatral se tratase. En lo que al equipo técnico se refiere, el desafío al que se han enfrentado lo ha desglosado recientemente Netflix al revelar secretos y curiosidades de rodaje, como recogimos aquí. Y en lo que respecta al elenco, asistimos a una masterclass de interpretación de unos actores que pasan del pánico a la ira o al dolor en apenas segundos, sin cortes y sin que un montaje pueda 'salvar' a nadie.
En ese sentido, conviene subrayar tres nombres propios. El primero es el de Owen Cooper, un joven de 15 años sin experiencia previa como actor que firma un debut sobresaliente en el papel protagonista. Los matices de su Jamie Miller en el primer y tercer capítulo bien merecen todos los premios que probablemente le lloverán el próximo año. El segundo es el de Stephen Graham, que si bien no es un descubrimiento para nadie, se marca una de sus interpretaciones más brillantes como el padre del acusado. Y el tercero es el de Erin Doherty, conocida por su paso por The Crown, que sobrecoge en la piel de la psicóloga Briony Ariston.
A estos retos se suma el narrativo, ya que resulta de lo más complicado retener la atención del espectador en un plano que dura casi una hora, y que tampoco puede servirse de la labor de montaje para acelerar su ritmo. Algo que Adolescencia sortea sin problemas, pues logra transmitir la tensión de cada momento y hacer partícipe de toda situación a aquel que está viendo la serie desde su sofá.
Especial mención merece el primer capítulo, la mejor puerta de entrada posible a esta historia, y principalmente un tercer episodio que se desmarca como una pieza televisiva memorable. En su escenario, una sala común de un centro de menores, se genera de pronto un torbellino incontrolable de emociones y reflexiones sobre la educación y la masculinidad, provocado por lo que parecen “simples” preguntas de una profesional a un adolescente con graves problemas de conducta.
Sin entrar en spoilers, y más allá de lo arriba analizado, si por algo Adolescencia debería ser una serie de visionado obligatorio para padres e hijos no es por su estilo, sino por su temática. Y no precisamente porque esta situación de extrema gravedad sea común en toda familia, sino por las enseñanzas de calado que deja en sus cuatro entregas.
A lo largo de sus capítulos, esta serie se adentra en 'la mente' de las generaciones Z y alfa para desenmarañar y traducir los que son ya códigos propios que los adultos difícilmente son capaces de interpretar. Términos y comportamientos intrínsecos a los adolescentes de hoy en día, nacidos y criados en Internet y las redes sociales, que pueden tener consecuencias impredecibles.
Así las cosas, y bajo la visión de los adultos que educan dentro y fuera del hogar, Adolescencia retrata el clima en el que se 'cultivan' las nuevas generaciones. En sus propias casas, con los roles que sus padres muchas veces reproducen de manera inocente o inconsciente. Y en los colegios e institutos, donde los perfiles que adquiere cada uno en esa época de formación acaba marcando. Además, la serie pone de relevancia el caldo de cultivo de las redes sociales y cómo pueden ser una herramienta feroz de bullying entre los menores que acceden a ellas sin control ni supervisión.
Llegados a este punto, y siendo indiscutibles los muchos aciertos de esta serie en su retrato de la adolescencia inspirándose en un caso real, cabe señalar una 'falta' que sus propios guiones verbalizan. En su capítulo 2, uno de los personajes reflexiona sobre cómo en todo crimen la víctima acaba siendo olvidada mientras la figura de su verdugo está en el centro de todo: en la investigación, la acusación, el juicio, la sentencia y su futura reinserción, si se da el caso.
Y esa es precisamente la piedra en la que tropieza -voluntariamente o no- Adolescencia, en que ni la víctima ni su entorno tienen un mínimo protagonismo en el relato. Porque aunque el foco de esta narración se sitúe en otro lado, las víctimas no pueden ni deben ser la parte olvidada de la historia.
24 febrero 2025
Está demostrado: las redes favorecen a los partidos radicales
Seguir pensando que los partidos políticos compiten en igualdad de condiciones en las redes sociales durante una campaña electoral resulta una ingenuidad
Por CARMELA RÍOS, El País, 24 de febrero de 2025
En marzo de 2024, por necesidades del servicio, tomé prestada durante tres meses una nueva personalidad digital. Abrí una cuenta de TikTok y construí en ella el perfil ficticio de un adolescente. Así nació Manu, un chaval sevillano de 15 años optimista, amante de la música y con un corazón dividido entre los colores del club de sus amores, el Betis, y la devoción por la Semana Santa de su ciudad, que esperaba con ganas durante todo el año. A Manu no le interesaba la política, por lo que en su cuenta de TikTok no seguía ni a partidos ni a políticos, sino a músicos, influencers, cuentas de humor, algún medio regional, perfiles deportivos, así como algunas cuentas dedicadas a la Semana Santa sevillana.
La Unión Europea calentaba entonces motores para la campaña de los comicios al Parlamento Europeo de junio. En ese contexto político, y como parte de un trabajo de campo y observación de las redes sociales, nació el perfil del pequeño Manu. El objetivo era comprender qué tipo de publicaciones recomendaría el algoritmo de TikTok durante el periodo electoral a un menor de edad sin interés por la política.
En menos de una semana empezaron a aterrizar en el menú de contenidos sugeridos para Manu publicaciones de corte político como el extracto de un discurso de Santiago Abascal desde la cuenta oficial de Vox y más tarde el fragmento de una entrevista al mismo dirigente desde la cuenta @yoconsantiagoabascal. Entre los contenidos recomendados sobre la Semana Santa y la Feria de Abril se coló también la publicación de @bygarcia en la que unos amigos regalaban a su “amigo rojo” una tarta con el mensaje “Sánchez, vete ya”. Durante la recta final de la campaña llegó al TikTok de Manu un aluvión de memes de Pedro Sánchez generados con aplicaciones de inteligencia artificial e insistentes mensajes en torno al candidato de Alvise Pérez procedentes de perfiles @tiki_tube. Ni rastro de ningún otro partido político o candidato. Para TikTok parecían no existir.
El exceso de representación del que gozan las formaciones ultras en TikTok en detrimento de los partidos moderados ya empieza a estar bien documentada. A las investigaciones sobre las campañas de Suecia en 2022 y Finlandia en 2023 se une ahora la que han llevado a cabo conjuntamente, el pasado mes de julio, los expertos de la organización sin ánimo de lucro AI Forensics y de Interface, un think tank europeo especializado en tecnologías de la información. Su trabajo ha constatado que, cuando los jóvenes alemanes buscaban información sobre partidos políticos o políticos concretos en TikTok, el algoritmo les presentaba en el 25% de los casos otras sugerencias, que en la mayoría de los casos estaban relacionados con AfD, el partido de la extrema derecha alemana.
Los hallazgos de este estudio concuerdan con otras investigaciones en redes sociales que organizaciones como Global Witness han llevado a cabo recientemente en Alemania y, antes, en otros procesos electorales celebrados en Estados Unidos, Irlanda y Rumania. A pesar de la dificultad que para este tipo de trabajos supone la opacidad de las redes sociales, en todos los casos se refuerzan las evidencias de que los algoritmos favorecen y amplifican el discurso político más radical. Ni qué decir tiene que la irrupción de Elon Musk como adalid de los ultras del mundo ha consolidado a su plataforma como un foco propulsor privilegiado de esta tendencia. En estas circunstancias, seguir pensando que los partidos políticos de un país compiten en igualdad de condiciones durante una campaña electoral resulta una ingenuidad.
Así las cosas, Europa tiene ante sí el dilema de seguir mirando hacia otro lado mientras los partidos más extremistas avanzan impulsados por los algoritmos de redes sociales desbocadas y poderosas. O puede mostrar una mayor firmeza a la hora aplicar leyes, que ya existen, en materia de transparencia tecnológica y lucha contra la desinformación. Nos va la democracia en ello.
11 octubre 2024
¿Por qué los jóvenes españoles son de derechas?
Por JOSÉ NICOLÁS
El País, 11 de octubre de 2024
La encuesta monográfica sobre inmigración de 40dB., publicada este martes en EL PAÍS y la Cadena SER, sacó a la luz unos datos demoledores sobre la percepción de la inmigración. Si bien este sondeo no la mostraba como primer problema —lo hacía el barómetro de septiembre del CIS—, evidenciaba que es una de las principales preocupaciones de los españoles, pues el 41% de los encuestados afirmaba tener “mucha inquietud” por este asunto. El dato que más impactaba era el de la brecha sobre la percepción de la inmigración entre hombres y mujeres de la generación Z, entre 18 y 27 años. Frente al 44% de las mujeres, el 61% de los hombres dice que los inmigrantes hacen aumentar la delincuencia, y frente al 56% de las mujeres, el 75% de los hombres menores de 27 años cree que los inmigrantes reciben “demasiadas ayudas públicas”. “De nuevo, la brecha generacional entre los jóvenes Z y el resto de grupos. De nuevo, las mujeres Z más progresistas que cualquier otra generación”, tuiteó @X_Calafat.
Según los datos de 40dB., los jóvenes españoles son más conservadores que las mujeres de su misma edad —más de la mitad de ellos votaría a partidos de derecha o extrema derecha (el 26,7% a Vox, el 18,1% al PP y el 8% a Se Acabó la Fiesta) frente al 32% de ellas—. No solo ocurre en España: la brecha entre los miembros de la generación Z también se da en países como EE UU, Alemania o el Reino Unido, según datos recogidos por el Financial Times. De la encuesta se extrae también que el 52,7% de la generación Z recibe noticias sobre la inmigración a través de las redes sociales y un 10,3% consume este tipo de información de influencers o youtubers. ¿Y qué está pasando en estas plataformas?
Desde que Elon Musk manda en X, la verificación en la plataforma no se consigue por prestigio, sino pagando, y las publicaciones de los usuarios verificados tienen más alcance. A su vez, pueden obtener réditos económicos si sus tuits tienen muchas interacciones. El resultado es que buscan alcanzar gran impacto soltando la mayor burrada que se les ocurre: “Celebran crueldades, aplauden delitos, recomiendan tratamientos pseudocientíficos, insultan a las minorías, se ríen de los desfavorecidos... procederes que, por un lado, recibirán aplausos del nuevo sector malista que se considera rebelde por ser malote, pero, por otro, también conseguirán reprobaciones de personas indignadas que, quizás con buena voluntad, señalen los abusos”, como resume bien Mauro Entrialgo en su libro Malismo (Capitán Swing). “Ahora mismo, un gran porcentaje de las cuentas con simbolito azul de X se dedican a idear meadas fuera de tiesto que puedan indignar al mayor número de personas para poder recolectar la mayor cantidad de dinero mensual”, añade.
La consecuencia de esto es que muchos usuarios progresistas estén abandonando las redes cansados del escaso freno o moderación a los contenidos extremos e insultantes y, por tanto, que los jóvenes solo tengan acceso a publicaciones racistas, machistas y cargadas de odio. Esto desemboca en el inicio de esta columna: los menores de 27 años —sobre todo los varones— tienen una percepción atrofiada de la inmigración, pues solamente reciben la información negativa que se vierte en X, en canales racistas de Telegram como el de Alvise Pérez o en los de falsos gurús de internet con pódcast difundidos a cachos en TikTok.
En asuntos tan sensibles como la inmigración es importante saber valorar si la información que nos llega es verídica o no, y a esto ayuda tener acceso a diferentes puntos de vista. Algo aparentemente escaso entre los jóvenes.
26 septiembre 2024
12 agosto 2024
Naturaleza por pantallas, ¡y a cargar pilas!
25 julio 2024
Bárbaros digitales: Lo que está pasando, muy bien explicado
Por JOSÉ MARÍA LASSALLE
El País, 25 de julio de 2024
Las elecciones europeas expusieron a la democracia ante una forma ultimísima de bárbaro digitalizado, que combina autoritarismo y libertarismo y campa a sus anchas a lomos de la desinformación de los jóvenes y el malestar de las clases medias. Un fenómeno que no es exclusivamente europeo, sino que se extiende al conjunto de las democracias liberales. Empezó en Estados Unidos, cuando la “derecha alternativa” aupó a Donald Trump a la presidencia. Desde entonces, ha cosechado éxitos en todas partes. Para ello propone una democracia híbrida que balancea dosis de libertad extrema con un autoritarismo selectivo que invisibiliza las críticas, hace impermeables las fronteras y aplica mano dura con los delincuentes.
Aquí radica la fuerza atractiva de su mensaje. En que no cuestiona directamente la democracia, sino sus fundamentos humanistas y liberales. Los considera desfasados por las circunstancias de un siglo que no se piensa desde lo razonable, sino desde la intensidad de la agonía de saber que el futuro no existe ni permite aplazar las cosas. Por eso, la barbarie híbrida que nos sacude con sus triunfos reclama respuestas que atajen los problemas que proliferan en una época asediada por infinidad de urgencias inmediatas. Una forma de acción política que desecha los partidos y los intermediarios porque conecta en tiempo real sucesos analógicos y activismo digital.
Esta circunstancia produce una confusión de planos deliberada que desarrolla una performatividad de experiencias colectivas a través de las redes sociales que desestabiliza la psicología política de la gente más vulnerable emocionalmente en estos momentos: los jóvenes y las clases medias. Esta es la razón por la que el nuevo extremismo alternativo adapta sus mensajes a ellos. Lo hace para atraerlos a su redil. Una estrategia habilidosa que entremezcla realidad y simulacro dentro de una excepcionalidad que justifica el autoritarismo de los liderazgos que propugna como solución práctica. De este modo, se generaliza irresistiblemente un fenómeno extremista de masas que funciona como espectáculo digital. Su objetivo es absorber emociones para proyectarlas con furia sobre la política. Algo que a la larga convierte a la democracia en una cámara de eco de sí misma.
Esta extraordinaria capacidad de impacto mediático que tiene nuestro “ultimi barbarorum”, explica por qué está siendo capaz de debilitar tan rápida y definitivamente la democracia liberal. Al someterla a su presión todos los días, ha conseguido que renuncie a la pedagogía y que funcione en la práctica como un reality show. Este es el motivo por el que ha perdido el respeto de la gente. Hasta el punto de que es víctima del ruido ensordecedor de una guerra cultural que, además de hacer imposible la deliberación tolerante y la racionalidad de los consensos, frustra la negociación que legitima las decisiones de la democracia liberal. Sin acuerdos, la democracia se escurre por el desagüe de la necesidad de liderazgos personalistas que combatan los problemas resolutivamente. De este modo, muere el liberalismo al prevalecer la audacia sobre la reflexión; la sorpresa sobre la previsibilidad; la táctica sobre la estrategia y el oportunismo sobre la responsabilidad.
Se vio durante el asalto al Capitolio estadounidense el 6 de enero de 2021 y se verá en el futuro. Entre otras cosas, porque irá de la mano de un uso de la inteligencia artificial (IA) que hará más eficaz la capacidad desestabilizadora de nuestro último bárbaro. No en balde, podrá atentar impunemente contra la veracidad que sustenta la gestión representativa del conocimiento político que, todavía, define la praxis de la democracia liberal como un sistema de gobierno que afirma verdades contrastables argumentativamente y que las urnas refrendan con los votos.
Esta es la razón que explica por qué la derecha alternativa global hibrida autoritarismo y tecno-libertarismo. Un fenómeno que explica que Donald Trump y Elon Musk se alíen y que el primero anuncie que el segundo será su consejero tecnológico si llega a la Casa Blanca. O que el primer viaje oficial de Javier Milei fuese a Silicon Valley, donde tuvo una calurosa acogida de los líderes del ecosistema de emprendimiento tecnológico vinculado a la IA. Quizá porque ofreció Argentina como laboratorio de entrenamiento para las IA fronterizas. Aquellas que pueden acarrear consecuencias maléficas que pongan en grave riesgo el respeto de los derechos humanos.
La convergencia de intereses entre el libertarismo de Silicon Valley y perfiles populistas como Trump o Milei no es nueva. Revela un denominador común que, además de reverenciar a autores como Ayn Rand o Nick Land, defiende una forma de despotismo tecnoilustrado que cree que ha de corresponder a las elites emprendedoras impulsar la aceleración del cambio digital de la sociedad, sin importar el coste social. El avance técnico lo compensará con la extraordinaria prosperidad que creará en el futuro. Para lograr ambas cosas es necesario orden y liderazgo incontestables. Algo que teoriza Peter Thiel, fundador de PayPal y asesor de Trump, cuando mantiene en La educación de un libertario que la libertad y la democracia son potencialmente incompatibles si no hay un líder que las garantice con su carisma. Reflexión que traduce en defender que Estados Unidos sea gobernado por un consejero delegado tecnológico de éxito, pues, si quiere mantener su hegemonía planetaria frente a China, tendrá que convertirse en una plataforma que acelere la revolución tecnológica del país a hombros de monopolios corporativos. Y es que, según el autor de De cero a uno: cómo inventar el futuro, son la forma natural de favorecer el progreso de la humanidad al premiar el genio de los ganadores, mientras que la competencia y la democracia, con su exceso de reglas y principios éticos, son las limosnas que compensan el fracaso de los mediocres.
Con estos mimbres ideológicos no extraña que la Argentina de Milei quiera convertirse, de la mano de Demian Reidel, su gurú libertario en economía y digitalización, en un laboratorio global de experiencias fronterizas de IA. Empezando por la generativa. Si así fuera, la derecha alternativa global tendrá, también, su espacio de ensayo para llevar la IA hasta donde quiera. Quizá convertirla en el arma letal autónoma con la que el “ultimi barbarorum” acabe con la democracia liberal al sustituirla por otra completamente “fake” que sea indistinguible de la primera.
José María Lassalle fue secretario de Estado de Cultura y de Agenda Digital entre 2016 y 2018, en gobiernos de Mariano Rajoy. Autor de títulos como Contra el populismo o El liberalismo herido, su último libro es el ensayo Civilización artificial (Arpa).
12 julio 2024
Las bicicletas, la salud y el capitalismo feroz
Un ciclista es un desastre para la economía de cualquier país. No compra automóviles y, por consiguiente, no solicita créditos al banco para comprarlo. No paga pólizas de seguro. No compra ni consume combustible, no debe hacer frente al mantenimiento del coche ni a las reparaciones que surjan. No paga por estacionar ni por una plaza de aparcamiento. No causa accidentes graves ni costosos. No requiere carreteras de varios carriles.
Las personas que utilizan la bicicleta como medio de transporte son sanas y están en buen estado físico. Esas personas no compran medicinas. No van a hospitales ni a médicos con tanta frecuencia. No necesitan acudir a nutricionistas ni someterse a costosas dietas.
En resumen, los ciclistas no aportan nada al PIB de un país. Por el contrario, cada nuevo restaurante McDonald’s crea al menos 30 puestos de trabajo, además de dar trabajo indirectamente a 10 cardiólogos, 10 dentistas, 10 expertos en nutrición y, obviamente, los puestos de trabajo para las personas que trabajan en el restaurante.
PD: Caminar es aún peor. Ni siquiera compran bicicleta.
Félix Talego Vázquez, profesor de Antropología de la Universidad de Sevilla
11 julio 2024
La gran recesión sexual
Por MIQUEL ECHARRI
El País, 02.06.2023
Es sorprendente que esta edad de oro de la sexualidad “intensa” o fetichista que vivimos coincide en el tiempo con lo que algunos expertos describen como “la gran recesión sexual”. Kate Julian, redactora de The Atlantic, lo resume de manera descarnada: “El porcentaje de menores de 30 años que tiene una vida sexual activa no deja de descender en Estados Unidos desde 1991″. Los alumnos de instituto (entre 14 y 18 años) que ya habían tenido relaciones sexuales completas suponían por entonces el 54% del total hace 30 años y hoy son apenas el 40%.
Julian se pregunta por qué esta pérdida de precocidad y de actividad sexual asidua se está produciendo precisamente ahora, en un periodo en que las sociedades occidentales “disponen de medidas anticonceptivas gratuitas y más eficaces que nunca, toleran con naturalidad creciente el sexo informal y recreativo, han reducido la incidencia de las enfermedades de transmisión sexual (empezando por la más dramática, el VIH/SIDA), consumen cantidades crecientes de pornografía, disponen de plataformas online y redes en las que el contenido sexual es hegemónico…”. En otras palabras, que el sexo ha colonizado múltiples espacios y derribado la mayoría de las barreras tradicionales que obstaculizaban su práctica. Y, pese a todo, cada vez se practica menos, o se limita a telepajas anónimas. ¿Analfabetismo sexual?
Jean M. Twenge, psicóloga de la Universidad de San Diego, atribuye esta paradoja a múltiples razones, pero una muy en particular: “Las relaciones entre seres humanos se están virtualizando a marchas forzadas”. Ya en 2016, argumenta Twenge, “se constató que la de los nacidos entre 1980 y 1990 se estaba convirtiendo en una de las generaciones más célibes de la historia, con cifras de abstinencia sexual pasados los 18 años mucho más altas que las que presentaban los llamados baby boomers a su edad”.
La tendencia ha seguido aumentando desde entonces, a medida que los nativos digitales empezaban a acceder a la vida adulta. Un estudio publicado en 2020 por la Universidad de Albany afirma que “las sucesivas promociones de jóvenes adultos llevan décadas practicando menos sexo que las generaciones que les precedieron”, por motivos que no se han identificado con exactitud, pero que cabría atribuir a “una menor tendencia a establecer relaciones sentimentales desde edades tempranas, la caída en el consumo de alcohol entre los jóvenes y la sustitución gradual del ocio presencial por alternativas online”. Es decir, un siniestro cóctel de virtualidad, sobriedad e inhibición emocional estaría conspirando contra el sexo real.
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