Por NAZARETH CASTELLANOS
El País, 30 de julio de 2026
| Photo: Martin Parr |
Por NAZARETH CASTELLANOS
El País, 30 de julio de 2026
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Por OLGA FERNÁNDEZ CASTRO, Revista CLUB + RENFE nº 25, Febrero 2018
La ciencia ha observado que el silencio ejerce estímulos beneficiosos en el cerebro, además de calmar el estrés.
El sonido del claxon y del motor de los coches, el señor que habla a gritos por el móvil, los niños que juegan... ¿Cómo evitar este exceso de ruido? No es fácil. Si viaja en tren (y mejor en el Coche en Silencio), puede poner en práctica dos consejos para reducir los estímulos sonoros: bajar el volumen de sus dispositivos electrónicos y hablar en voz baja. Con estas actitudes se consiguen menos decibelios y se invita a los acompañantes a hablar más bajo.
El ruido forma parte de nuestra vida, tanto, que nos hemos acostumbrado a coexistir con él. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo considera una "amenaza infravalorada": no somos conscientes de que una exposición prolongada afecta a la salud provocando alteraciones en el sueño, enfermedades cardiovasculares o trastornos de la audición. Por ejemplo, la OMS recomienda que en las habitaciones de los hospitales no se pase de los 30 o 40 decibelios, un nivel que equivale al de una biblioteca o al de una conversación en voz baja. Esto quiere decir que ese nivel de susurro es el más adecuado para que la persona descanse y se recupere.
En España cerca de nueve millones de personas soportan niveles de ruido superiores a los 65 decibelios (nivel recomendado por la OMS durante el día), según el informe Ruido y Salud DKV-Gaes. Un estudio reciente del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente pone nombre a los lugares más ruidoso: Vigo encabeza la lista, seguida de las comarcas del Gironés y Barcelona, Logroño, Castellón de la Plana, A Coruña y Getafe.
Generar ruido es un mal hábito; lo saludable se encuentra en el polo opuesto: un vínculo positivo entre el silencio y la actividad cerebral. Un trabajo de la neuróloga Imke Kirste, ¿El silencio es oro?, publicado en la revista Brain Structure and Function, ha comprobado, mediante un experimento con ratones a los que se les suprimió todo tipo de ruidos durante dos horas diarias, que en la región del cerebro relacionada con la memoria, el aprendizaje y las emociones, crecían nuevas células, Es decir, que el silencio favorecía el nacimiento de nuevas neuronas. La ausencia de ruido también ha demostrado ser eficaz para relajar a personas con mucho estrés. Una investigación llevada a cabo por el doctor Luciano Bernardi de la Universidad de Pavía, Italia, para medir el efecto de la música en la frecuencia cardiaca y respiratoria, observó que cuando había pausas se conseguía una mayor reducción de la presión sanguínea y del estrés que cuando se escuchaba cualquier tipo de música relajante.
Si usted parte de un nivel alto de ruido, al llegar a un lugar con menos estridencias, como el vagón del tren, notará alivio. Esfuércese por mantener este nivel o incluso reducirlo más durante el trayecto. Puede practicar la relajación como terapia de silencio:
Desconecte el móvil. No necesita ver el correo, atender llamadas o redes sociales. Esto lo puede hacer cuando llegue a su destino.
Colóquese unos tapones en los oídos. Conseguirá aislarse durante el trayecto e incluso conseguirá dormir. Si no dispone de tapones, utilice unos auriculares.
Respire para relajarse. Inspire lentamente llevando el aire hacia la parte baja del los pulmones (como si respirara con el abdomen) y sienta cómo se eleva la mano que tiene puesta sobre el abdomen.
Disfrute del paisaje desde la ventanilla. Esto le ayudará a desconectar.●
Tarea: lee este texto de nivel B1 en voz alta, prestando atención a la pronunciación de las palabras subrayadas.
Por DANIEL GOLEMAN, El País, 18.09.89
El cuerpo humano está predispuesto para la siesta a media tarde, según afirman algunos investigadores que han estudiado los ritmos biológicos del sueño y la vigilia. El prudente disfrute de siestas podría ser la clave para mantener despiertas a personas como conductores de camión o médicos, profesiones que requieren mantenerse en estado de vigilia. Al parecer, la siesta también podría ayudar a conseguir un mejor estado de ánimo.
El interés científico por la siesta surgió casi por casualidad, al intentar varios investigadores distinguir los diferentes ciclos de somnolencia y vigilia que se producen a lo largo del día. Un número considerable de estudios, con métodos que van desde el registro de ondas cerebrales hasta el apunte minucioso de periodos de somnolencia, han conducido a la sorprendente conclusión de que hay una fuerte predisposición biológica al sueño durante la primera parte de la tarde, incluso en personas que han dormido una noche completa. Las siestas que tienen efectos saludables para la salud son las que duran entre 30 y 90 minutos.
Aunque mucha gente piensa que la somnolencia de primera hora de la tarde es producida por comidas copiosas, las investigaciones indican que no es así. Según Roger Broughton, profesor de neurología de la universidad de Ottawa, la disminución que se detecta en el estado de vigilia y en la viveza intelectual se produce con o sin comida. Según este neurólogo, este estado depende únicamente de la hora del día.
“Parece como si la naturaleza obligase a los adultos a echar una cabezadita a mitad de la jornada, probablemente para evitar el sol más fuerte de esas horas”, opina William Dement, director del Centro Clínico de Investigación y Desórdenes del Sueño de la universidad de Stamford. Hasta 1986 no se hizo pública la primera prueba concreta de que el cuerpo tiene la necesidad interna de la siesta. Para la realización de estos estudios, los investigadores situaban a varios voluntarios a una misma hora en una habitación situada en un sótano, sin relojes ni ningún dispositivo que les permitiera saber si era de día o de noche. Siguiendo sus propios ritmos, los voluntarios solían dormir en dos periodos: un sueño largo durante la noche, y un periodo de dos o tres horas durante la tarde.
Como promedio, la siesta comenzaba horas después de la mitad del periodo principal de sueño. Por ejemplo, alguien que durmiese desde las doce de la noche hasta las seis de la mañana, estaría altamente predispuesto a dar una cabezada alrededor de las tres de la tarde.
Según Broughton, “este estudio ofrece la primera conclusión evidente de que la siesta es un proceso generado internamente por el cerebro, como una parte más del reloj biológico que regula los ciclos de sueño y vigilia”. Igualmente, señala que, en culturas en las que la siesta es una costumbre, ésta siempre tiene lugar a primera hora de la tarde. Por otra parte, existe una extensa documentación que demuestra la caída del rendimiento en el trabajo que se produce a primeras horas de la tarde, junto con un incremento del número de accidentes laborales atribuibles a la somnolencia.
En una investigación más reciente, Peretz Lavie, investigador del sueño en el Instituto de Tecnología de Haifa, ha señalado nuevas pruebas que evidencian la necesidad de la siesta. Para la realización de esta investigación, los voluntarios controlados por Lavie eran sometidos a ciclos de sueño/vigilia de 20 minutos, en los que dormían siete minutos y permanecían despiertos durante otros trece durante varios días. Mediante este experimento, Lavie pudo determinar la rapidez con que una persona se cae dormida a diferentes horas del día.
Según Lavie además de la predisposición normal a dormir durante la noche, se observa también un pico a primera hora de la tarde en cuanto a la necesidad de sueño se refiere. Este pico se produce entre dos picos del periodo de vigilia; a saber, durante la mañana y al anochecer. Es en estos dos momentos cuando resulta más difícil conciliar el sueño, incluso en el caso de aquellas personas que no han podido dormir la noche anterior.
Mientras que la siesta es común a muchas culturas, especialmente en aquellas que se han desarrollado en climas tropicales, parece ser que su práctica está disminuyendo como consecuencia de los procesos de industrialización. En un estudio sobre hábitos del sueño en diferentes países, Wilse Webb, psicólogo de la universidad de Florida, y David Dinges, investigador de la universidad de Pennsylvania, establecieron que, a medida que los países se industrializan, los Gobiernos intentan acabar con la siesta mediante una redistribución de los horarios de trabajo de la tarde. Si la conclusión de Dinges es cierta, esa opción puede ser errónea. Y añade: “Si alguien no ha dormido bastante por la noche, una siesta mejorará el nivel de atención durante la vigilia y dará la sensación de una mayor energía para emprender varias tareas”.
Entre las capacidades mentales que se ven alertadas gracias a la siesta hay que citar la de mantener una atención sostenida al realizar una tarea, así como la que permite adoptar decisiones complejas. Esta mejora en las capacidades es notable en el caso de aquellas personas que no han dormido lo suficiente la noche anterior. En quienes han descansado lo suficiente, el principal beneficio que se deriva de la siesta es, sobre todo, una mejoría del humor y del estado de ánimo.●
Tarea: lee este texto de nivel B1 en voz alta, prestando atención a la pronunciación de las palabras subrayadas.
Estamos intentando dejar el móvil en casa: a veces da ansiedad, pero otras veces paz. Dentro de unas décadas no quedará nadie que recuerde que se puede vivir sin el dichoso artefacto colonizando el cerebro.
Por Sergio C. Fanjul
EL PAÍS, 1 de diciembre de 2025
Algunos domingos Liliana y yo salimos sin el móvil, porque nos vendieron el móvil como la libertad pero en realidad es una cadena más larga. Ojo: en nombre de la libertad se cercena muchas veces la propia libertad, como sabemos muy bien los habitantes de Madrid, víctimas voluntarias y frecuentes de este engaño.
Entonces Liliana y yo, tratando de librarnos de la red mundial, al menos por un rato, tenemos que romper la inercia de la dependencia, salir de la lógica perversa del scroll infinito y afrontar la infinidad de la vida, unas horas de desconexión con lo que pasa muy lejos y de conexión con el aquí y ahora de la ciudad. Todo lo que sucede, sucede ahora a solo unos metros: el paso de cebra, el perrito simpático, la señora sin hogar, la nueva bakery clónica (está de moda merendar), el aroma fugaz que nos trae recuerdos de hace 15 años. A veces la desconexión genera un fondo de ansiedad, otras veces una profunda sensación de paz.
Somos adictos al smartphone y tratamos de ocultárselo a nuestra hija: queremos que nos vea más tiempo leyendo a Michel de Montaigne (el inventor del sentido común moderno, que tanta falta hace) que mirando Instagram, para que ella haga lo mismo, como mostraba esta viñeta genial de Flavita Banana. Pero ese empeño hace más evidente nuestra adicción, cuando sentimos nervios por no poder mirar el puto móvil o cuando nos descubrimos chequeando la pantalla en el baño o tras la puerta, ocultos en la penumbra, como toxicómanos furtivos.
A nosotros la Revolución Tecnológica en curso nos cogió en buen momento, la adolescencia, de modo que recordamos cómo era el mundo sin smartphones y nos damos cuenta del delirio contemporáneo. Aún recuerdo con asombro la primera vez que me comuniqué en tiempo real con mi amigo Álvaro mediante el Yahoo! Messenger, después de tomar unas cañas: parecía un milagro.
Vinieron poco a poco otros milagros: los blogs, las redes, YouTube, Spotify, estos teléfonos (¿por qué los seguimos llamando teléfonos?) que son más inteligentes que nosotros. Pero los que nacen ahora, como nuestra hija, no tienen con qué comparar, y dentro de unas décadas no quedará nadie que recuerde que se puede vivir sin el cerebro colonizado por el dichoso artefacto. Por eso a la pequeña Candela tratamos de mostrarle que móviles hay, pero no tanto.
La primera experiencia de desintoxicación digital que intentamos fue un viaje a Ávila, en 2019 (escribí una crónica). La elección del destino era impecable porque la Ávila hermosamente amurallada es la ciudad de la mística, donde vivieron Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Moisés de León, eminencia de la Cábala, y dejar el móvil en casa tenía que ayudar necesariamente a conectar con la divinidad: nadie habla con Dios por WhatsApp (sea Dios lo que sea).
Fue curioso comprobar cómo nos echábamos la mano al bolsillo sistemáticamente en busca del aparato ausente o sentir vibraciones imaginarias como si nos estuvieran telefoneando desde otra dimensión (¿Sería esa la llamada de la divinidad?) Nos vimos obligados a preguntar las direcciones a los transeúntes y a mirar la hora en los campanarios. Nos concentramos como nunca en la ingesta de patatas revolconas con torreznos. Toda la información del mundo no estaba a golpe de clic: qué alivio.
En vez de peli de Netflix, consultábamos la prensa en papel cada mañana en el lobby del hotel y a las 22 horas en punto estábamos frente a la tele para ver una película en un canal lineal, aprovechando las pausas publicitarias para ir al baño como en los good old times. Lo cierto es que la cosa tenía su gracia. Nos dijimos de repetir aquella experiencia en otros viajes, pero nunca lo hicimos. “¿Y si pasa algo?”, nos fuimos convenciendo, como si antes del smartphone nunca hubiera pasado nada.
Hubo un momento en que la vida era esto (el aquí y ahora, etcétera) e internet estaba presa en los ordenadores, una red domesticada: uno tenía que acudir a un terminal para conectarse y navegar un rato y después de ese rato la vida real seguía su curso. Ahora es más real la vida que sucede entre pantallas, vivimos en internet e internet nos atraviesa y descuartiza: mi capacidad de atención ha disminuido tanto que, cuando intento leer (y mi trabajo consiste en gran parte en leer), cada tres frases mi cerebro exige con desesperación un estímulo nuevo, como los que dan las redes a cada instante. La pequeña inyección de dopamina: un like, un reel cachondo, una irresistible receta de smash burger, Amadeo Lladós haciendo burpees.
Pero venceremos.
Por GUILLERMO LAHERA
El País, 8 de noviembre de 2024
La cocaína desata los instintos primarios, de la mano de la verborrea, la grandiosidad y el deseo de dominancia. Prevenir su consumo reduciría la exposición a experiencias traumáticas que son un factor de riesgo de graves trastornos mentales.
Es un clásico de las guardias hospitalarias de fin de semana: el paciente es llevado de madrugada por sus compañeros de farra, algunos asustados y otros infantilmente risueños. El chico presenta unas pupilas como dos agujeros negros, está sudoroso, taquicárdico y no para de moverse. Conductualmente, se muestra retador, desafiante, buscando pelea. En un momento dado, ante una mínima frustración —una leve espera en ser atendido, una petición de análisis de tóxicos en orina, por ejemplo—, eleva el tono de voz, insulta, denigra a todos los presentes y pega una brutal patada a un monitor de constantes vitales. Ni sabe su coste, ni le importa. Se le acerca algún enfermero para calmarle y entra en escalada, a veces haciéndose el ofendido: “¡Que no me toques!”, repite. Uno que recuerdo se fijó en la joven residente que me acompañaba y le dedicó varios comentarios soeces y machistas. A mí me dijo: “Te voy a arrancar la cabeza”.
Estas escenas nocturnas no son agradables y requieren del personal sanitario mucha paciencia, dedicación y templanza de espíritu. Pero lo más chocante es visitar al enfermo a la mañana siguiente y encontrar a un desvalido corderito. Envuelto en sábanas, aturdido por haber dormido poco, sollozante y arrepentido.
La cocaína es, de lejos, el psicoestimulante ilegal más usado en el mundo, con aproximadamente 23 millones de consumidores, cifra que va ascendiendo. Esta sustancia dispara en el cerebro las concentraciones extracelulares de dopamina, noradrenalina y serotonina, actuando especialmente sobre las vías de la recompensa. Por eso, inicialmente, produce aumento de la energía, las emociones positivas y la confianza. Es altamente adictiva y puede tener graves consecuencias médicas, psicosociales y psiquiátricas. Nada menos que la mitad de los consumidores desarrolla síntomas psicóticos a lo largo de su vida, incluyendo reacciones paranoides, delirios o aterradoras alucinaciones visuales o táctiles.
Se asocia también a crisis de pánico, depresión y desregulación emocional. Pero otro efecto de la cocaína es especialmente relevante para la convivencia y la salud de las víctimas: se asocia robustamente a irritabilidad, agresividad, conductas de dominación y delitos. En estado de intoxicación se desatan los instintos primarios, de la mano de la verborrea, la grandiosidad y el deseo de dominancia, y se pueden aplicar ferozmente contra la persona que está más cerca.
La violencia en el ámbito doméstico es aterradoramente frecuente: una de cada cinco mujeres estadounidenses la ha sufrido. Y algunos estudios indican que el 92% de los hombres que agredieron a su pareja femenina había consumido sustancias el día de la agresión, de los cuales el 67% había consumido la explosiva mezcla de cocaína y alcohol. Una deriva son las agresiones facilitadas por drogas administradas a la víctima, normalmente altas cantidades de alcohol.
En un estudio español entre 1.600 mujeres jóvenes, la mitad reportó haber sido víctimas de actos, comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, que van desde el acoso verbal hasta la penetración forzada, con sustancias tóxicas de por medio. El riesgo aumenta en mujeres extranjeras, de bajo nivel educativo y no heterosexuales. La foto del estudio nos muestra que el consumo de alcohol en la víctima y de alcohol y cocaína en el agresor suponen un caldo de cultivo propicio para la violencia sexual. Por supuesto, no se trata exclusivamente de un efecto químico. Los contextos asociados al tráfico de drogas, la pobreza, la exclusión social y la falta de oportunidades aumentan la probabilidad de violencia. Piensen en el estremecedor cóctel de cocaína y prostitución, donde las mujeres son consideradas objetos sexuales y donde la violencia contra ellas está normalizada.
El uso de alcohol, cannabis y cocaína está dramáticamente arraigado en nuestra sociedad. Alguien me tiene que dar muchos argumentos para aceptar que tolerar o fomentar las drogas es de izquierdas: arruina la vida de los más vulnerables. En los años ochenta el viejo profesor Tierno Galván —admirable, por lo que dicen, en todo lo demás— alentó a las masas con su “el que no esté colocado, que se coloque”. La devastadora epidemia de heroína y delincuencia ya había estallado en los barrios populares, para desgracia de las sufridoras madres. El boom de la cocaína iba a seguir a continuación, con el ilusorio marchamo de droga de ganadores, y porque generaba esa hiperactivación tan propicia para el ritmo frenético de nuestros días. Con el cannabis, aún tenemos partidos políticos que minimizan sus daños, contra la evidencia científica disponible, y es consumido por el 28% de los adolescentes españoles; todos ellos, con cerebros en desarrollo. Socialmente, tomar sustancias tóxicas parece un signo de ser enrollado, saber divertirse y sentirse parte de un grupo.
El discurso antidrogas, en cambio, suena puritano, retrógrado y punitivo. Pues que siga la fiesta, ¿no? Depende de lo que nos importen, por ejemplo, los problemas de salud mental, el fenómeno de la violencia machista o el maltrato infantil, en los que el alcohol y la cocaína parecen ser relevantes. Prevenir el consumo de estas sustancias reduciría la exposición a experiencias traumáticas, que son un factor de riesgo de desarrollar graves trastornos mentales. Si como sociedad apostamos realmente por la prevención, uno de los objetivos tiene que ser tratar de revertir esta distorsionada percepción social de las drogas, informar abiertamente a los ciudadanos sobre sus efectos neurobiológicos o las consecuencias a largo plazo de su consumo y ofrecer tratamiento y ayuda a las personas adictas.


Las piezas del puzzle de una buena relación sexual son siempre las caricias, porque son las que desatan o aumentan el deseo, al mismo tiempo que crean complicidad y un vínculo. Son una danza silenciosa de pasión, ternura, erotismo, sexualidad, afecto y conexión que trasciende las limitaciones del lenguaje hablado. Cada caricia es un mensaje codificado de intimidad más allá de las palabras, que no siempre son suficientes para transmitir la profundidad de los sentimientos. Estos gestos hablan por sí solos y no solo estimulan el cuerpo, sino también el alma.
No hay que creer que las caricias son cosa menor, simples muestras de afecto. Hay todo un vasto territorio por descubrir respecto a la relación entre la piel, que nos aísla del mundo y nos conecta con él, y el sistema nervioso, las sensaciones, las emociones y, en definitiva, la manera personal de percibir e interpretar las señales que llegan del exterior.
Investigadores de las universidades de Gotemburgo (Suecia) y Carolina del Norte (EE UU), junto a personal de la empresa Unilever, realizaron un estudio que tenía como objetivo descubrir los mecanismos del placer en el ser humano y que publicó la revista Nature Neuroscience en 2002. Para ello examinaron cómo las personas respondían a caricias sobre la piel del antebrazo a diferentes velocidades e identificaron a las fibras nerviosas, llamadas C-táctiles, que las registran y que solo están presentes en la piel con vellosidades.
En el estudio se descubrió que estas fibras nerviosas solo se activan cuando la caricia se produce a una velocidad y en un espacio determinados. Concretamente, entre cuatro y cinco centímetros por segundo. Si la caricia se hace más deprisa o más despacio, el tejido no la registra. Esto parece estar “diseñado a propósito”, explicaba el profesor Francis McGlone, que representaba a la empresa en el estudio. “Creemos que puede ser la manera en que la madre naturaleza se asegura que no se envíen mensajes cruzados al cerebro como cuando la mano se utiliza como una herramienta funcional”, expresó. También recalcó que la velocidad con la que las caricias del antebrazo son placenteras es la misma que utiliza una madre para consolar a su bebé o la que las parejas usan para demostrar afecto.
“Si el órgano sexual, por excelencia, es el cerebro; el sensual y más extenso es la piel”, cuenta Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga clínica y terapeuta del centro Máxima, en Barcelona. “El estudio anterior es la demostración empírica de que lo más importante en una caricia es la intención con la que se hace y que esa intención que tiene el emisor llega siempre al receptor. Eso es patente en los masajes eróticos, en la focalización sensorial que los sexólogos prescribimos a nuestros pacientes y en todo lo relacionado con el sentido del tacto”, explica la también directora del Instituto Iberoamericano de Sexología, miembro de la Academia Internacional de Sexología Médica (AISM) y presidenta de honor de la Federación Española de Sociedades de Sexología (FESS).

Las caricias no se quedan solo en meras señales, son una terapia que libera oxitocina (conocida popularmente como la “hormona del amor”), refuerza los vínculos de confianza, reduce el estrés, hace que respiremos más despacio, baja las pulsaciones y la presión sanguínea, y libera endorfinas, que reducen el dolor y el malestar. Visto así parece algo a lo que nadie podría resistirse, pero las caricias no siempre abundan en las relaciones sexuales (como el porno se encarga de mostrar), y no todos son capaces de aceptarlas porque, en ocasiones, la mente censura lo que el cuerpo más necesita.
Como explica Bárbara Montes Saiz, especialista en sexología clínica y terapia de pareja: “Algunas personas pueden reprimir las ganas de acariciar o tocar al otro porque todavía existe la idea de que si empiezas este juego tienes que llegar hasta el final [el coito] y, si se ha decidido por cualquier razón que hoy no toca, creen que es mejor no echar leña al fuego”. La también directora de marketing y comunicación de la tienda de erótica online Diversual añade: “En mi consulta, muchas veces propongo el ejercicio de acariciar el cuerpo de la pareja sin llegar más lejos. Simplemente por el placer de tocar y ser tocado. Erotizar sin expectativas de ningún tipo, porque el deseo surge cuando no estás esperando nada”.
Las caricias sin ánimo de lucro, sin perseguir la rentabilidad, son, según Gloria Arancibia Clavel, psicóloga y sexóloga con consulta en Madrid, “una excelente manera de erotizar el día a día, de trabajar el deseo y la sensualidad, que son la base de la sexualidad. Porque si no trabajamos la erótica, luego es más difícil pasar de cero a cien. Si estamos abiertos a la sensualidad, la práctica sexual será más intensa y placentera. Por eso no debemos renunciar a los besos, a los gestos de cariño, a las caricias porque son preliminares (aunque no me gusta mucho usar esa palabra) que podemos hacer durante el día y en público”.

Otro ejemplo de caricias desinteresadas son las que se hacen justo después de la relación sexual: “Son fundamentales para consolidar la relación, afianzar la confianza, crear intimidad y abrirse al otro. En este punto hay que aclarar que la tendencia al sueño, generalmente en los hombres, es algo fisiológico, producto de la relajación, que no hay que interpretar necesariamente como falta de interés”, apunta Molero.
Para algunas personas abandonarse al placer de las caricias puede ser algo cursi, y si se está en una relación ni definida ni estable, como puede ser una situationship o follamigos (nótese que se llaman ‘amigos con derecho a roce’, no con derecho a caricias), profundizar o tomarse la libertad de ser más cariñoso puede llegar a ser inconveniente o malinterpretado por el otro.
Las caricias son, como cuenta Montes, uno de los cinco lenguajes del amor. “Es la forma de comunicación más sencilla y directa para decirle a alguien que lo queremos”. Pero la experiencia piel con piel también desencadena cambios en la manera en que nuestro cuerpo segrega hormonas, especialmente aquellas ligadas a la satisfacción, la relajación y la confianza en el otro.

Desgraciadamente, no siempre hay tiempo para el tacto con intención. En muchos casos, la aceleración de la vida ha robotizado no solo las relaciones, sino también las manos, que se han convertido en pinzas o interruptores con el único objetivo de accionar las teclas indicadas para llegar más rápido al éxtasis. Las caricias pueden haber quedado en la nostalgia, pueden incluso suponer un reto o algo intimidante, porque verdaderamente conectan con la intimidad y vulnerabilidad, y no todo el mundo está dispuesto a desnudarse emocionalmente. Ni siquiera con uno mismo. ¿Cuántos se recrean con las caricias durante la masturbación y cuántos van directos al grano?
No hay que olvidar que el cuerpo es muy agradecido y cualquier cosa que hagamos a su favor la aprovechará al máximo en nuestro beneficio. Las caricias mejoran la consciencia corporal, propia y ajena, lo que es muy útil para vivir el placer de manera más presente y precisa, recreándose en las sensaciones, sintiéndose más seguro en la propia piel y, por lo tanto, abandonándose durante el encuentro con el otro. En el caso de los hombres, son bastante eróticas las caricias en el cuello, tórax, estómago y zona lumbar porque se despierta en estos lugares una sensualidad que magnetiza el cuerpo entero. Para ellas lo más indicado son las caricias de la periferia hacia dentro.

La tendencia sexual conocida como cuddlegasm —la experiencia de placer y bienestar a través de abrazos y caricias, especialmente al inicio de una relación o encuentro íntimo— puede ser interpretada como una necesidad de reivindicar la importancia del contacto físico en las relaciones íntimas, para fortalecer la conexión emocional y la intimidad. Como subraya Montes: “En este momento de relaciones tan rápidas y líquidas, las caricias son una forma de resistencia, un ancla a nuestra dimensión corporal y una manera de estar presentes y volver a reconectarnos”.