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17 agosto 2026

Retrato de un joven gay valiente

 Foto: Arthur Tress, 1969. Central Park, NYC


Aquella tarde de marzo del histórico 1969 había empezado a remitir el frío en Manhattan. El muchacho, resuelto y vestido con sencillez, debió coger el metro hasta Columbus Circle, enfilar luego por Central Park West hasta adentrarse, entre árboles aún pelados por el largo invierno neoyorquino, en dirección a The Ramble, una conocida zona de ligoteo entre hombres gays. El fotógrafo lo abordó y logró su permiso para retratarle para la posteridad, así tal cual, mientras, con una mezcla de anticipación e incertidumbre, esperaba hacer contacto visual con otro de sus iguales, conectar, y disfrutar de un poco de calor humano, y si era posible, de algo de conversación previa o posterior.

Me pregunto qué habrá sido de este joven valiente, ahora seguramente septuagenario. ¿Cómo se llamaba? ¿Participaría en los disturbios de Stonewall, en el cercano Village, solo unos meses después? ¿Sobrevivió a la epidemia del sida, que se llevó por delante a tantos miles de gays residentes en Nueva York? ¿Seguirá viviendo en la Gran Manzana? ¿Encontró el amor en algún momento?  ¿Se casaría con su pareja? ¿Fue feliz? Sea como fuere, hoy celebramos su valentía por habernos dejado una imagen icónica, que nos permite a muchos hombres gays ponernos en su piel y mirarnos a nosotros mismos, como en un espejo.• cmg2026

19 julio 2026

Fire Island: Cien años de memoria gay

Por Martín Bianchi, El País, 19 de julio de 2026



Fire Island, la playa más “caliente” del mundo: 100 años de arte, fiestas y sexo sin freno. La isla, a una hora y media de Nueva York, lleva un siglo siendo refugio creativo y patio de juegos para el colectivo LGTB. Un nuevo libro explora su historia y su influencia en artistas como Andy Warhol, David Hockney y Robert Mapplethorpe.

Hace unos 12.000 años, la naturaleza concibió Fire Island como una barrera para proteger la costa de Long Island de los huracanes y los ciclones que azotan la zona después del verano. Hace un siglo, un grupo de artistas convirtió esta pequeña isla de Estados Unidos en un refugio para el colectivo LGTB. Fire Island, una fina lengua de arena a hora y media de Nueva York —“tan fina como un paréntesis”, la describió Andrew Holleran en su novela The Dancer and the Dance (El danzarín y la danza)—, es una tierra salvaje desde tiempos inmemoriales. Fue hogar de los pueblos Unquachog y Secatogue, escondite de piratas y contrabandistas y, desde los años veinte del siglo pasado, el Monte Olimpo de la cultura y la identidad queer.


Para celebrar su centenario, la editorial The Monacelli Press acaba de publicar Fire Island Art: 100 Years, el primer libro que explora la rica historia artística y estética de la isla y su influencia en artistas como Andy Warhol, David Hockney, Richard Avedon, Robert Mapplethorpe, Tom Bianchi y Wolfgang Tillmans. Su autor, John Dempsey, ejecutivo de una tecnológica, historiador y presidente de la Sociedad Histórica de Fire Island Pines, recorre un siglo de arte, drogas y sexo sin freno en la playa más “caliente” del mundo: desde sus orígenes como colonia de nudistas en la era del jazz hasta la actualidad, pasando por su apogeo en los años 50, 60 y 70 y su ocaso en los 80, con el estallido de la pandemia de VIH/sida.
A mediados de la década de 1920, al filo de la caída de Wall Street, Nueva York ya se perfilaba como la capital de los rascacielos. El Empire State y el Edificio Chrysler empezaban a asomar en la silueta de la ciudad. Pero Fire Island, a menos de 100 kilómetros de la ciudad, todavía no tenía electricidad, ni agua corriente, ni carreteras o coches. La falta de comodidades ahuyentaba al turismo familiar, pero atrajo a los gais. Como explica Dempsey en su libro, al colectivo LGTB siempre le han gustado los espacios aislados y de difícil acceso porque “permiten practicar públicamente comportamientos íntimos que la sociedad heteronormativa rechaza”. Las inmensas dunas y los oscuros pinares de Fire Island eran perfectos para practicar esos comportamientos prohibidos.
En 1938, la naturaleza quiso que la isla se volviera todavía más inhóspita y, por lo tanto, más atractiva para la comunidad gay. El gran huracán de Nueva Inglaterra de ese año arrasó con las pocas infraestructuras que había. El desastre natural sirvió como catalizador del estallido marica. Muchos propietarios malvendieron sus casas derruidas a artistas homosexuales de Nueva York: actores, diseñadores de moda, músicos, bailarines, arquitectos, interioristas y escritores.
El único hotel de la isla, Duffy’s, en el pueblo de Cherry Grove, se convirtió en uno de los primeros espacios públicos gais de Estados Unidos. En Duffy’s, las parejas del mismo sexo podían beber, bailar y besarse sin miedo. Las lesbianas también estaban invitadas a la fiesta. La escritora Patricia Highsmith solía llevar a sus amantes a Cherry Grove, donde coincidía con otras mujeres poderosas del colectivo, como la mundana Kay Guinness o Ruth Peter Worth. Una vez, le preguntaron a Worth qué tenía Fire Island de maravilloso y respondió: “La homosexualidad. Ahí yo era mayoría. Ese era mi mundo y el otro mundo no era real.”
En los años cincuenta, “el otro mundo”, el real, sucumbió a la homofobia institucionalizada del macartismo. Azuzadas por el senador Joseph McCarthy, las autoridades estadounidenses iniciaron una caza de gais. La clase ilustrada neoyorquina se refugió en Fire Island. W. H. Auden, Stephen Spender, Christopher Isherwood y James Baldwin recalaron en sus playas y ayudaron a construir una comunidad creativa alejada de los prejuicios y las convenciones de la época.
Truman Capote escribió Desayuno con diamantes (1958) en la casa de veraneo que tenía el director de teatro y mecenas Frank Carrington entre los pueblos de Fire Island Pines y Cherry Grove. Capote se inspiró en su amiga la actriz Joan McCracken, otra veraneante habitual de la isla, para crear el personaje de Holly Golightly. El escritor también empezó a salir con el marido de McCracken, el exbailarín y novelista Jack Dunphy, que sería su compañero de vida y amigo hasta su muerte en 1984.
La isla también sirvió de inspiración para Edward Albee, que escribió ¿Quién le teme a Virginia Woolf? en la casa de veraneo del empresario y filántropo Morris Golde. La obra, que explora la tormentosa relación de un matrimonio de mediana edad, se estrenó en 1962 y fue un éxito en Broadway. Cuatro años después, Mike Nichols la llevó al cine con la pareja más famosa de Hollywood: Elizabeth Taylor y Richard Burton. Taylor ganó un Oscar por su impresionante interpretación de Martha, la esposa desesperada, aunque era sabido que su matrimonio con Burton era más tempestuoso detrás que delante de la cámara.
Paul Cadmus, Jared French y Margaret French vivieron su propia historia de amor cinematográfica en la isla. Jared y Margaret eran marido y mujer y Paul y Jared eran amantes. Juntos y revueltos formaron el trío artístico PaJaMa. Cadmus y los French aprovechaban los veranos en Fire para explorar su tensión sexual y retratar a amigos ilustres como el fotógrafo George Platt Lynes, el bailarín José “Pete” Martínez o Lincoln Kirstein, cofundador del Ballet de Nueva York.
En esa misma época, Richard Avedon y su mujer, Doe, desembarcaron de la mano de Lillian Bassman, fotógrafa de moda y directora de arte en Harper’s Bazaar, y su marido, Paul Himmel. Los primeros trabajos de Avedon para Harper’s estuvieron fuertemente influenciados por la estética de Fire Island. El fotógrafo solía coincidir allí con Leonard Gershe, famoso por haber compuesto la letra de Born in a Trunk, canción que interpretaron Judy Garland y James Mason en el musical Ha nacido una estrella (1954). Gershe se inspiró en Avedon para escribir el guion de Funny Face (Una cara con ángel).
Peter Hujar y Paul Thek también se aficionaron a los veranos en la isla de fuego. La pareja de artistas se instaló en una casa de pescadores en Oakleyville, el pueblito donde también veraneaba Greta Garbo. Mientras Hujar se dedicaba a retratar a sus amigos (casi siempre vestidos) y a sus amantes (casi siempre desnudos), Thek se enfrascaba en pintar sus acuarelas, paisajes que evocaban la fragilidad y resistencia del entorno.
La comunidad de Fire Island sobrevivió a las redadas y persecuciones del macartismo y pudo ver y vivir el nacimiento de una nueva era. En los años 60, arquitectos como Richard Meier, Charles Gwathmey y Horace Gifford sustituyeron las viejas casas de playa por modernos templos del hedonismo, escenarios minimalistas concebidos para el placer.
La detención de Gifford en 1965 por “comportamiento ilegal” arruinó su carrera en Nueva York, pero catapultó su ascenso en Fire. El arquitecto diseñó más de 60 casas en la isla, dándole a la zona su estilo distintivo: casas de madera de líneas sencillas y grandes ventanales, perfectamente integradas en la naturaleza. Gifford se convirtió en un icono en sí mismo. Era muy popular por recibir a sus clientes en la playa vestido solo un speedo y por dibujar los planos de sus proyectos con un palo sobre la arena. Según Christopher Rawlins, autor del libro Fire Island Modernist: Horace Gifford and the Architecture of Seduction, el arquitecto le dijo una vez a un cliente gay adinerado, para quien había diseñado una casa: “Ahora tendrás 20 armarios de los que podrás salir”.
Pero la mayoría de los residentes de Fire Island ya habían salido del armario, tanto como era posible en los años 70, tras los disturbios de Stonewall. El diseñador Calvin Klein compró una casa de Horace Gifford en 1977 y lo contrató para ampliarla. El arquitecto forró la piscina de negro y colocó un espejo en un extremo para que la piscina pareciera más grande. El espejo también servía para que los huéspedes del diseñador —Andy Warhol, Bianca Jagger, Perry Ellis, David Geffen, Barry Diller, el príncipe Egon von Fürstenberg y un sinfín de hombres en bañadores turbo— pudieran verse reflejados mientras nadaban.
Como señala John Dempsey en su libro, las líneas simples de la arquitectura de Fire Island y los colores pastel de la playa, la arena y el cielo inspiraron a Calvin Klein a diseñar sus colecciones de ropa minimalista. En 1982, Klein lanzó su línea de ropa interior con una enorme valla publicitaria en Times Square en la que el modelo Tom Hintnaus enseñaba sus atributos con un slip blanco. El mundo nunca había visto tan públicamente a un hombre tan desnudo. Los visitantes de Fire Island, en cambio, llevaban décadas viendo a “adonises” como Hintnaus paseando por las calles de Cherry Grove.

En plena era de la música disco, discotecas como The Ice Palace o Pines Pavilion se transformaron en grandes templos de la diversión. El exmodelo John Whyte abrió el bar Blue Whale en Fire Island Pines, donde cada noche se celebraba el Tea Dance, el baile del té, una de las primeras fiestas abiertamente gais. No había teteras ni se ofrecían scones, pero la cocaína, el popper y el LSD se servían en bandeja de plata.
Ahí también nacieron los primeros afters. Los más osados luego se perdían entre las dunas y los pinares de Meat Rack, una zona entre Pines y Cherry Gove donde se practicaba el ligoteo. “Era un lugar realmente increíble... Era una diversión loca, un lugar muy, muy vívidamente sexy”, recordaría David Hockney.
Artistas como Robert Mapplethorpe, Larry Stanton o el ilustrador Antonio Lopez fueron rostros habituales en estas fiestas sin fin. Las fotos vitalistas que realizó Mapplethorpe en la isla y en Nueva York ayudaron a introducir el desnudo masculino erotizado en el canon fotográfico, pero nadie supo ver que esas instantáneas vaticinaban la llegada de un huracán.
En junio de 1981 aparecieron las primeras noticias sobre el VIH/sida en los medios. “Raro cáncer visto en 41 homosexuales“, tituló The New York Times el 3 de julio de ese año. John Dempsey rescata el testimonio de la aclamada fotógrafa Nan Goldin, que oyó hablar por primera vez sobre el mal llamado “cáncer gay” ese mismo verano mientras estaba de vacaciones en Fire Island: “Todos nos reímos. No sabíamos la magnitud del asunto”.
La enfermedad arrasó con la población homosexual de la isla. Dempsey recuerda en su libro cómo muchos lugareños heterosexuales y lesbianas se hicieron cargo y cuidaron hasta el final a los enfermos abandonados por sus familias.
El VIH/sida acabó con la vida de muchos miembros destacados de la comunidad artística neoyorquina que veraneaba en Fire: Robert Mapplethorpe, Peter Hujar, Horace Gifford… Pero la tempestad no consiguió apagar el fuego de la isla. Hoy, todo sigue igual que cuando empezó: los coches están prohibidos y llevar ropa es opcional. Muchos artistas siguen llegando cada verano a bordo de los ferris para descansar, crear, divertirse y amar sin límites.
“Nada se pierde mientras sea recordado”, decía el banquero Arthur Lambert, un asiduo de Fire Island. Las redes sociales recuerdan todo el tiempo la mística y la estética de la isla. Su imaginario está más vivo que nunca en Instagram, donde cientos de miles de hombres publican cada verano millones de fotos suyas posando en speedo, presumiendo de músculos bien definidos, amigos guapos y fiestas interminables. Antes, los “semidioses” solo habitaban en esa fina lengua de arena que se extiende frente a la costa de Long Island. Ahora están en todas partes, en cualquier piscina de un azul imposible, en cualquier playa de belleza inalcanzable.
l pintor Bernard Perlin y el fotógrafo Wilbur Pippin, retratados por Fred Melton en Fire Island, en 1948.Fred Melton (Cortesía de Phaidon y Estate of Fred Melton)

01 junio 2026

Para nunca volver

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El País, 29 de junio de 1996

Hace unos años participé lateralmente en una tentativa de traer de vuelta a España al gran Miguel de Molina, que llevaba medio siglo viviendo en Buenos Aires, en una casa del barrio de San Telmo de la que cuentan quienes la visitaron que era un museo y un mausoleo barroco a la memoria de su dueño, un delirio kitsch de recuerdos de la canción española. Había un proyecto de traer de vuelta a aquel exiliado que no quiso volver cuando volvieron casi todos, de rendirle un gran homenaje y de publicar sus memorias, pero al final todo aquello quedó en nada, y no sólo por el motivo irreparable de que Miguel de Molina se murió, sino porque se notaba mucho que no estaba nada seguro de volver, que seguía sin fiarse del país del que había tenido que irse después de que unos violentos señoritos fascistas lo apalearan hasta casi matarlo por el doble delito de ser republicano y homosexual.

España, según su historia, es una madrastra cruel que de vez en cuando expulsa a sus hijos, pero que también sabe maltratarlos y renegar de ellos cuando sus hijos sobreviven y vuelven. A principios de los años sesenta, la actriz Margarita Xirgu, que había sido el alma de la renovación del teatro español durante la República y había estrenado a García Lorca, a los Machado y a Manuel Azaña, quiso volver del Uruguay, donde había recibido durante mucho tiempo la hospitalidad incondicional y generosa de los montevideanos, y cuando estaba a punto de conseguir el pasaporte español, César González-Ruano, con toda su bilis vengativa de gángster fascista, escribió un artículo infame en el que la llamaba "La Roja", y en el que pedía que no se le permitiera volver a España. Tuvo éxito, y Margarita Xirgu no volvió, y murió y fue enterrada en Montevideo, que es una de las ciudades más hospitalarias y habitables que uno puede visitar, y al morir allí cumplió exactamente lo que dice un verso de guerra de Antonio Machado: "Sólo la tierra en que se muere es nuestra".

Parece que hay una mala leche netamente española, una voluntad de hacer daño que se ceba en los que han perdido o en los que no pueden defenderse o en los que simplemente tienen demasiada educación como para enredarse en las diatribas tabernarias que aquí pasan por polémicas intelectuales. Miguel de Molina, que es uno de los grandes maestros de la cultura popular española, que cantaba con una modernidad a la que jamás se aproximaron ni Concha Piquer ni Antonio Molina (por no hablar de ciertas momias franquistas que todavía aparecen dando tumbos, embalsamadas y operadas, en los programas más impresentables de la televisión), había sufrido demasiado en España como para fiarse de las buenas palabras, así que prefirió quedarse a morir majestuosamente en Buenos Aires, solitario en su mausoleo magnífico del barrio de San Telmo, con sus sortijas de oro, sus camisas bordadas y sus programas ajados de glorias antiguas, inaccesible a la mala leche de sus peores paisanos. Uno puede pensar que exageraba en su desconfianza, que España ha cambiado mucho en los últimos años, pero a veces se leen o se escuchan cosas que me hacen darle amargamente la razón: un conocido premio Nobel gustaba de hacer bromas en público sobre la enfermedad que llevó a la muerte a Jaime Gil de Biedma, y el otro día, un columnista señorito y sevillano de la escuela de la gracia venenosa de González-Ruano, escribía en un periódico, con su conocido gracejo, que en estos tiempos, para ser poeta ya no hacía falta ganar el premio Adonáis, que ahora lo que se necesita es "coger un sidazo" (sic).

Esta claro que a un país así no se puede volver, y desde luego es muy dudoso que en él se pueda vivir. Si alguien puede reírse groseramente en público de los enfermos, o de los homosexuales, o de quienes padecen una minusvalía física --hay columnistas cuya máxima gracia es llamar jorobado a Ludolfo Paramio, por ejemplo--, entonces hay que darles la razón a los que se fueron y nunca quisieron volver. Hace unos años, cuando unas cuantas personas bienintencionadas se empeñaron en traerlo de vuelta a España, Miguel de Molina les dijo tenaz y educadamente que no, y poco tiempo después confirmó su negativa con el gesto soberano de morirse. Ahora, en su barrio natal, se está intentando erigirle un monumento a Miguel de Molina, y según se cuenta en estas páginas la suscripción popular para costearlo asciende por ahora nada menos que a 2.000 pesetas. Llevaba razón Machado: sólo la tierra en que se muere es nuestra. La otra tierra, aquella que nos ha expulsado, sólo acaba de admitir el regreso cuando se vuelve callado y a ser posible muerto. Si para su gloria póstuma sólo se han recaudado 2.000 pesetas, Miguel de Molina hizo muy bien en querer morirse en Buenos Aires. ●

Vídeo relacionado: 
Exposición Vestuario de Miguel de Molina, Bienal de Flamenco de Sevilla, 2012

09 abril 2026

Memoria fotográfica del ligoteo gay en el Nueva York de 1969

El fotógrafo Arthur Tress recupera la memoria del cruising en el Nueva York de 1969: “Era una forma de socialización”

El neoyorquino publica ‘The Ramble, NYC 1969’, un libro que ha necesitado seis décadas para ver la luz y que rescata las imágenes en blanco y negro que tomó en sus visitas a una de las zonas más salvajes de Central Park. Por TONI GARCÍA, El País, 27 de febrero de 2026

Fotografía tomada por Arthur Tress en Central Park en 1969 y que está incluida en su nuevo libro.
arthur Tress (Ed. Stanley/Barker)
En 1969, Arthur Tress (Nueva York, 85 años) vivía en la calle 72 con Riverside Drive, a dos calles de Central Park. Tenía 29 años y trabajaba en un proyecto sobre la creación de pequeños parques en la ciudad de Nueva York, llamado Open Space in the Inner City, que se centraba en zonas de la periferia que habían sido descuidadas. “En la década de 1890, Frederick Law Olmsted construyó Central Park con todas sus lagunas y muros, pero dejó 32 hectáreas destinadas a una zona más salvaje: el Ramble, un lugar donde la gente podía ir y perderse. Era totalmente artificial, con rocas gigantescas y pequeños muros, pero parecía una zona selvática en medio de la ciudad”, cuenta Tress a EL PAÍS.

Nueva York atravesaba una crisis financiera en 1969, así que muchos parques fueron descuidados. Así fue como el Ramble, que ya era una zona salvaje, se deterioró aún más. “Desde la década de los veinte, los hombres gais lo utilizaban para ligar. Era como un pequeño islote gay. Yo iba allí para rodearme de un poco de naturaleza y silencio en medio de la ciudad, pero también para hacer cruising. Un día empecé a llevar mi cámara. Al principio fotografiaba a la gente desde lejos, entre los árboles. Luego comencé a acercarme a personas sentadas en rocas o bancos para hacer retratos. Por supuesto, muchos me dijeron que no. En ese momento ser gay era ilegal; podían estar casados o ser profesores. Nadie quería arriesgarse demasiado. Sin embargo, muchos otros se interesaron por el proyecto”, recuerda el fotógrafo durante la conversación.

Tress tenía muy claro que el uso del blanco y negro era clave para su trabajo, y el Ramble es uno de los mejores ejemplos de una de las señas de identidad de este artista con una carrera que abarca más de 60 años: “Me parecía más gráfico y captaba mejor la atmósfera que quería expresar. Además, en aquel momento, muchos trabajos que ejercían el rol de comentario social en el mundo de las artes gráficas eran en blanco y negro”, explica al respecto.

“Sumaba que cuando empecé con este proyecto era pleno invierno, los árboles estaban sin hojas y el lugar parecía un bosque gótico, casi como una película de Ingmar Bergman. Eso se convirtió en una metáfora de la alienación de las personas gais en ese momento y creo que no eran simples instantáneas: intentaba evocar una emoción”.
El neoyorquino sonríe cuando se le recuerda el tiempo que ha necesitado para ver publicadas esas fotografías en el libro The Ramble, NYC 1969, y la dificultad que conllevaba en su momento tratar de convencer a las grandes revistas. Tress recuerda perfectamente quién rompió el tabú: “Creo que el mérito es de Jim Gantz. Cuando fue nombrado conservador en el museo Getty, pensó que mi trabajo había sido un poco olvidado y se convirtió en una especie de defensor de mi obra. Hicimos un libro juntos titulado San Francisco 1964, sobre el verano que pasé allí fotografiando gente”. “Años más tarde”, recuerda, “mientras revisábamos las hojas de contacto del proyecto Open Space, él descubrió las fotos del Ramble. Me preguntó qué eran. Le expliqué que había fotografiado a hombres gais en 1969, pero que nunca pude publicarlas. Life y Time no iban a hacerlo. Así que habían permanecido en una caja. Él fue el primero que publicó esas fotos como parte del catálogo de Getty”.

La editorial británica Stanley/Barker ha completado la misión: “Les encantó la serie del Ramble y decidieron hacer este libro, que presentaron en Paris Photo. Resultó ser uno de los primeros documentos gráficos sobre el cruising gay que retrata, además, un momento muy particular en la evolución del movimiento, porque fue solo unos meses antes de los disturbios de Stonewall, que supusieron un cambio total. Los hombres que conocí en el Ramble, y yo mismo, vivíamos muy ocultos. Tenían miedo de ser descubiertos; podías perder tu trabajo”, dice Tress.

En casa tampoco fue fácil: “Mi hermana es activista, diez años mayor que yo. Cuando le dijo a mi madre que era gay, mi madre nunca volvió a hablarle. Venimos de una familia religiosa. Eso era muy típico, y sigue ocurriendo. Le dije a mi padre que era gay cuando tenía 17 años y pensó que debía ver a un psiquiatra. La Asociación Americana de Psiquiatría consideraba la homosexualidad una enfermedad mental. Todos los psiquiatras tenían ese manual en su mesa. Decían que era ilegal y antinatural: necesitamos 20 años de protestas para hacerles cambiar de opinión”, afirma mientras sonríe.

“Con The Ramble quería mostrar que el cruising también era una forma de socialización, casi como el instituto: había pequeños grupos. Parte de ello tenía que ver con la búsqueda de amantes de fantasía. Muchas personas atractivas participaban en ese juego; las cosas han cambiado y hoy mucha gente ha encontrado formas alternativas de relacionarse. Tengo muchos amigos gais casados o en pareja en San Francisco. Me parece maravilloso que esa situación exista, al menos por ahora”, dice el fotógrafo, que recuerda bien la época que ilustra su libro: “Si conocías a alguien en el Ramble, incluso si tenías sexo con él, no podías mirarlo a la cara ni darle tu nombre. Quizá podías intercambiar el teléfono, pero la mayoría de los encuentros eran de una sola noche, totalmente casuales. Eso tenía un coste emocional. La mayoría de las personas buscan amor y conexión, y esa dinámica creaba una atmósfera de tensión y frustración. Creo que eso se percibe en algunas partes del libro”.

La revuelta de Stonewall es otro de los referentes de Tress. El Stonewall Inn era un bar de Greenwich Village, un barrio de Nueva York, muy frecuentado por la comunidad gay de la Costa Este. Cansados del acoso de la policía y de sus frecuentes redadas por motivos puramente homófobos, la madrugada del 28 de junio de 1969, docenas de clientes atacaron a diversos agentes en una serie de incidentes que se alargaron durante seis días y que se consideran la génesis de un cambio radical en la autopercepción del colectivo. “Después de Stonewall, los hombres gais empezaron a buscar otras formas de conectarse. Antes solo podían encontrarse en bares llenos de humo, ruido y alcohol. Surgieron clubes de senderismo, teatro, cenas, equipos de béisbol, grupos de terapia. Yo asistí a algunos grupos donde se hablaba de cómo formar relaciones. No sabíamos cómo hacerlo”, confiesa.

El neoyorquino sigue usando la misma cámara, una Hasselblad, no trabaja en digital y continúa fotografiando en blanco y negro. Ha trabajado como editor educativo sobre pueblos indígenas: los mayas, los Toto en la India, los lapones en Suecia. “Escribía sobre sus ceremonias, tabúes y culturas. Siempre me han interesado los arquetipos de comportamiento que existen incluso en nuestro mundo contemporáneo. De eso va The Ramble. Al fotografiar a los homosexuales, a los maricones —como se les llamaba entonces— en Central Park, yo formaba parte de esa tribu. Tenía una comprensión profunda de lo que estaba ocurriendo precisamente por eso: los gais eran mi tribu”, concluye el fotógrafo.●


Related article: A Tour Through Central Park's Cruising Grounds (The New Yorker)