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18 septiembre 2026

Bésale, bésale mucho / Keep on kissing

Por/By CARLOS MARTÍN GAEBLER

Dicen que los españoles nos besamos y tocamos tanto en público que es una alegría. Debe ser el lado tierno de la marca España. Recuerdo que, ya en el añorado 1992 del olímpico 
Amics per sempre, lo resaltaba la escritora Rosa Montero en un artículo titulado Besos y otras cosas. Hasta nuestros waterpolistas se besan en los morros cuando conquistan un título de relumbrón. Pero no todos los hombres se sienten libres para besar o acariciar a sus novios, maridos o amigos en público. Un original anuncio publicitario australiano anima a las parejas del mismo sexo a cogerse de la mano, estén donde estén.

La visibilidad es un derecho orgullosamente conquistado. Fruto de la lucha por la igualdad son las bodas entre personas del mismo sexo, cuya difusión mediática ha contribuido a normalizar la visión que los heteros tienen de nosotros. Sin embargo, cada uno de nosotros puede hacer más por esa normalización, porque la visibilidad sí que importa, como nos recuerda este exquisito vídeo noruego. ¿Te vas a perder la incomparable sensación de libertad que da ir cogido de la mano de tu amado/a por la calle? Échale valor, y disfruta de la vida ahí fuera (del armario). Si escondes la mano y sucumbes al miedo, les haces el juego a los homófobos, a los machistas, y ganan ellos. Que no nos dé miedo el amor. 

Para que los heteros aprendan a mirarnos con naturalidad debemos comportarnos con la naturalidad que proporciona la ternura, también en la vía pública, en las playas, en un restaurante, en el cine, en la universidad, en el metro. Muchos gays y lesbianas deben aún guardarse la mano en el bolsillo cuando pasean junto a su pareja por la calle. No nos reprimamos nunca cuando queramos acariciar o besar a nuestro chico o chica, o nos apetezca ir cogidos de la mano, por miedo a fascistas homófobos. Mostrando nuestro amor podemos parar su odio. Pásalo. cmg2019

They say that we Spaniards kiss and touch each other so much in public that it is a joy. It must be the tender side of the "Spain brand." I remember that back in the longed-for year of 1992—the Olympic year of the Amics per sempre slogan—the writer Rosa Montero highlighted this in an article titled Kisses and Other Things. Even our water polo players kiss each other on the lips when they win a prestigious title.But not all men feel free to kiss or caress their boyfriends, husbands, or friends in public. An original Australian commercial encourages same-sex couples to hold hands, wherever they are. Visibility is a proudly conquered right.A fruit of the struggle for equality is same-sex weddings, whose media coverage has helped normalize the view that heterosexuals have of us. However, each of us can do more for that normalization, because visibility really does matter, as this exquisite Norwegian video reminds us. Are you going to miss out on the incomparable feeling of freedom that comes from walking down the street holding your loved one's hand? Be brave, and enjoy life out there (outside of the closet). If you hide your hand and succumb to fear, you play into the hands of homophobes and machistas, and they win. Let us not be afraid of love. For straights to learn to look at us naturally, we must behave with the naturalness that tenderness provides—in public spaces, on beaches, in a restaurant, at the movies, at the university, on the subway. Many gays and lesbians still have to keep their hands in their pockets when walking down the street with their partners. Let us never repress ourselves when we want to caress or kiss our guy or girl, or when we feel like holding hands, out of fear of homophobic fascists. By showing our love, we can stop their hate. Pass it on. cmg2019

12 julio 2026

La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia

Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

Por Shoshana Zuboff 

El País, 12 de julio de 2026 

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La utopía tecnológica devino en distopía

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía.

El paradigma dominante: 1997

La mayoría de nosotros sabemos que las sociedades democráticas están siendo objeto de asedio en todo el mundo y que los regímenes autoritarios están en auge. Sabemos que las grandes empresas tecnológicas son más poderosas que nunca. El motor que impulsa la etapa más reciente del desarrollo tecnológico, la que suele denominarse “IA generativa”, pretende apoderarse de toda la información generada por los seres humanos, el capital y los recursos naturales. Esta es una realidad a la vista de todos, pero su explicación no está tan clara. ¿Por qué hay un retroceso de la democracia y una explosión del autoritarismo? No son hechos aleatorios ni meras coincidencias. Están unidos como dos caras de la misma moneda, son una distopía accidental creada por los líderes políticos democráticos en una hoguera de ignorancia, desorientación moral y confusión intelectual.

Volvamos por un instante al soleado 2 de julio de 1997, en los inicios de internet como red pública, cuando el presidente Bill Clinton subió a un estrado de la Casa Blanca para presentar el Libro Blanco Clinton-Gore sobre el comercio electrónico ante un gran salón en el que se apiñaban la flor y la nata del sector tecnológico estadounidense. Ese informe fue un punto de partida fundamental de la locura que iba a azotar las décadas siguientes. Clinton dijo que el comercio electrónico era “el Salvaje Oeste de la economía global”, y se comprometió a que siguiera siéndolo.

Internet, dijo, debía ser una zona de libre comercio mundial, un lugar en el que el Gobierno hiciera todo lo posible para no estorbar… Era la interpretación clásica del credo neoliberal, que da prioridad al libre mercado por encima de cualquier otra consideración social.

Clinton y Gore envolvían su ideología en la demencial mitología de Silicon Valley para la que internet es una zona ajena a la sociedad llamada “ciberespacio”, en la que no se aplican las normas, los derechos ni las leyes de las democracias del mundo real. La prioridad era hacer negocio, sin las restricciones de la gobernanza democrática. “Queremos que el sector privado se autorregule. Queremos animar a todos los países a que no intervengan con impuestos discriminatorios, aranceles, regulaciones innecesarias y burocracias engorrosas”.

El hecho de que EE UU cediera el nuevo espacio global de la información al capital privado, ya en esa etapa inicial de una inmensa transformación estructural hacia una civilización de la información, fue un trágico autogol que dejó vacío el lugar en el que debería haber habido una gobernanza democrática. EE UU y las demás democracias abandonaron a sociedades enteras, empezando por la suya propia, a merced de nuevas formas de violencia digital de los Estados y el mercado. Renunciaron a la oportunidad de sentar las bases de un siglo digital democrático en las primeras décadas, que son las fundamentales, y privaron al mundo de una alternativa clara al modelo chino de civilización de la información basada en la vigilancia autoritaria.

Si esto les suena a algo, es porque, en la actualidad, los líderes de todo el mundo elegidos democráticamente están reproduciendo el mismo conflicto, esta vez con el título de “inteligencia artificial”.

Los vacíos son efímeros, y el vacío de gobernanza democrática que se produjo en los inicios de internet como espacio público lo ocuparon a toda velocidad el capitalismo de vigilancia y los típicos depredadores siempre al acecho en cualquier fiebre del oro carente de leyes.

Un año después del regalo de Clinton, en una entrevista concedida a la BBC en 1998, Eric Schmidt anticipaba el vendaval antidemocrático que se avecinaba. Cuando se le preguntó por las ideas políticas de Silicon Valley, Schmidt —en aquel entonces director ejecutivo de la empresa de software Novell y que poco después sería el primer director ejecutivo de Google— respondió sin vacilar: “Estamos en contra de los gobiernos, las regulaciones y el Congreso”.

BBC. En realidad, lo que quieren es la jungla, ¿no? ¿Que sobrevivan los más poderosos y no haya red de seguridad para los que están por debajo?

Schmidt. ¡Exacto!

BBC. ¿Y se enorgullece de ello?

Schmidt. [con una amplia sonrisa] ¡Sí!

La exigencia de Schmidt de tener una autoridad absoluta y no tener que responder ante nadie era todavía más desvergonzada por su convicción de que era inevitable que, sin gobernanza democrática, un internet controlado y gestionado por Silicon Valley introdujera cambios inimaginables y peligrosos en la sociedad. “Nunca se ha hecho un experimento en el que se escuche verdaderamente a los 100 o 200 millones de personas que están conectadas a la Red… Nunca en la historia se ha hecho un experimento de anarquía de tales dimensiones. Van a pasar todo tipo de cosas”.

A pesar de los riesgos sin precedentes y, por tanto, imprevisibles que Schmidt auguraba, en la entrevista insistió en que sus colegas y él tenían derecho a dirigir todo sin injerencias y apeló a los mismos argumentos vacíos que utilizaban un siglo antes los oligarcas de la Edad Dorada y que hoy repiten los dueños del sector tecnológico: “Queremos que el Gobierno se mantenga apartado de nuestros asuntos”, declaró a la BBC. “Queremos libertad para perseguir nuestros propios intereses… y también queremos que el Gobierno nos deje en paz”.

Gracias a la doctrina de Clinton-Gore, la élite de Silicon Valley se salió con la suya porque se atribuyó una autoridad experimental sobre una transformación de trascendencia histórica en las condiciones globales de la comunicación humana, la integridad de la información, el destino de la verdad y la distribución del conocimiento en una civilización de la información.

Así comenzó un experimento que, después de varias décadas, continúa todavía hoy, lleno de las incertidumbres y tragedias de la anarquía informativa global basada en la propiedad privada y “autorregulada” del espacio de la información, sin restricciones ni rendición de cuentas. En este proyecto no habría derechos ni derecho a tener derechos, ni para los sujetos humanos ni para los ciudadanos; no había leyes por las que regirse, ni transparencia, ni gobernanza democrática… Serían las empresas las que determinaran las respuestas a todas las cuestiones relacionadas con el conocimiento, la autoridad y el poder. ¿Quién sabe? ¿Quién decide? ¿Quién decide quién decide?

¿Qué podía salir mal?

La nueva lógica económica nació en Google en 2002, solo un año después de nombrar a Eric Schmidt director ejecutivo de la nueva empresa. Estaban en la sombría situación de emergencia causada por el estallido de la burbuja de las puntocom y Silicon Valley todavía no había averiguado cómo convertir a los “usuarios” y sus datos en dinero.

En plena crisis, un pequeño grupo de ingenieros y científicos de datos que trabajaban en estrecha colaboración con los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, se toparon con un descubrimiento y una gran idea. Primero descubrieron que, cada vez que un “usuario” navegaba por internet, dejaba, sin saberlo, un rastro de señales de comportamiento que era posible captar, transformar en datos, agregar y analizar para revelar aspectos ocultos de información personal muy predictiva y después utilizarlos con el fin de predecir comportamientos futuros.

Entonces llegó la gran idea de Larry Page: buscar, conocer y aprovechar esas experiencias y esos comportamientos de todas las personas que utilizaban internet. Los enormes caudales de datos personales permitirían hacer predicciones de comportamiento que se podrían vender al por mayor como cualquier otra mercancía —barriles de petróleo, toneladas de trigo—, empezando por la famosa “tasa de clics”. Cada paso de la operación se diseñó para pasar inadvertido para el “usuario”.

Esos nuevos caudales de datos eran lo que yo llamo “excedente conductual”, porque la empresa no los necesitaba para prestar sus servicios a los “usuarios”. Desde el punto de vista de Google, el objetivo dejó de ser el usuario como ser humano real. A los “usuarios” los redefinieron como reservas pasivas y sin costes de datos generados por humanos para la extracción, la obtención de ingresos y el lucro, sin contar en absoluto para el proyecto comercial del capitalismo de vigilancia.

A partir de ese momento, los ordenadores de Google, a los que denominaban “nuestra IA”, empezaron a decir a los anunciantes dónde invertir y el dinero fluyó. Todo dependía de conseguir la máxima extracción de datos, preferiblemente la totalidad. Cada paso de la secuencia operativa estaba pensado para que el usuario no se diese cuenta. Cuantos más datos, más precisas serían las predicciones y más conocimientos, riqueza y poder tendría Google.

En la vida real, si una persona le quita algo a alguien a escondidas y lo vende para sacar provecho, eso se llama robar. En los primeros tiempos de Google, esas operaciones todavía exigían una reflexión moral. Page y Brin insistían en recopilar y guardar los datos sin pensárselo. Otros defendían la transparencia. Page temía que la transparencia provocara una gran revuelta de los “usuarios” y movilizara a los legisladores para que tomaran medidas contra la empresa. Al final, fue él quien hizo el pronunciamiento definitivo: “No pueden enterarse jamás”.

En lugar de limitarse a prestar servicio a los “usuarios”, Google proporcionaría a las máquinas su excedente conductual. El director ejecutivo, Eric Schmidt, se apresuró a instaurar una “estrategia de ocultación”. Puede que la democracia muera en la oscuridad, pero entonces se decidió que la oscuridad era la única forma de que sobrevivieran las operaciones del capitalismo de vigilancia. Esa posición condenó a Google —y, con el tiempo, a la oleada de capitalistas de la vigilancia que le siguió— a una lucha a muerte permanente contra la democracia. Tenían que eliminar la posibilidad de cualquier ley o derecho que acabase con su latrocinio.

Hoy, el capitalismo de vigilancia sirve de intermediario en casi todos los contactos humanos con las estructuras digitales, los flujos de información y los productos y servicios digitales, además de ser el terreno institucional por el que pasan casi todos los caminos hacia la participación económica, política y social. El Libro Blanco sentó el paradigma y el vocabulario para una nueva era en la que las empresas tecnológicas se regulan a sí mismas sin que la gente pueda hacer nada. Todos los presidentes estadounidenses posteriores a Clinton reforzaron su mensaje. Y, sobre todo, las sociedades democráticas pagaron un precio muy alto por el fracaso político de unos líderes que fomentaron una nueva economía depredadora sin tener en cuenta las consecuencias de que la materia prima que impulsa el crecimiento económico sea el comportamiento humano.

La red mundial de anarquía informativa sobrealimentada que Eric Schmidt previó con tanto entusiasmo ya está aquí. Resulta asombroso pensar que, en este desfile zombi hacia la distopía, nuestros espacios de información siguen disponibles para que los compre o alquile cualquier persona, empresa, político, grupo de financiación opaca, potencia extranjera, fábrica de desinformación, granja de bots, dictador, sociópata, narcisista, megalómano o multimillonario (o billonario) malintencionado cuyo propósito es conseguir unos fines personales, comerciales o políticos, todo ello envuelto en un grado de secretismo que solo los extraordinarios privilegios ocultos de las plataformas pueden proporcionar.

Es decir, la anarquía informativa, que incluye la desinformación, la polarización, la disfunción electoral y más cosas, favorece la autocracia y transforma la política y las formas de gobierno en todo el mundo. ¿Por qué? Porque, en el empeño de tener todos los datos humanos, la preferencia del algoritmo por la información corrupta atrae la participación, dispara los flujos de datos y, por consiguiente, es buena para el negocio. En esas condiciones, ninguna democracia puede sobrevivir.

Los espacios actuales de la información están a años luz del arquetipo democrático de la plaza pública, y eso hace que las democracias de todas las regiones sufran una presión implacable. Desde Brasil hasta Rumanía, pasando por Noruega, Polonia, España, Australia, India, Reino Unido y muchos otros países, vemos a líderes democráticos que se debaten en el vacío, obligados a improvisar soluciones para cada nueva crisis. En la mayoría de los casos, hay un deseo desesperado de proteger las elecciones, las instituciones o a la población del caos e incluso de la muerte por culpa de la anarquía informativa. En mayo de 2022, el comisario nombrado por Biden para presidir la Agencia de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), el doctor Robert Califf, apareció en la CNN para explicar la conclusión a la que había llegado la Agencia de que “la desinformación” se había convertido en la principal causa de muerte en EE UU y tenía un efecto “inquietante” en la esperanza de vida de los estadounidenses.

Nos han vuelto a engañar

En 2019, pensé que la tercera década que iba a comenzar enseguida sería probablemente el momento en el que las democracias, con la UE al frente, ocuparían el vacío creado y recuperarían la renovación y la reconstrucción democráticas. Pero en 2022 llegó Sam Altman con su empresa, OpenAI, y, para aprovechar la ventaja de ser el primero en llegar al mercado, sacó de repente, sin previo aviso ni preparación institucional, su IA ChatGPT directamente al mercado de consumo. Altman y su equipo no tenían ni idea de lo que pasaría; solo sabían que querían ser los primeros.

La periodista Karen Hao siguió atentamente aquellos primeros años de la aparición de OpenAI en la escena mundial, con su obsesivo afán por dominar absolutamente todos los recursos. Su IA generativa está “entrenada con el mayor volumen de datos y la mayor potencia de cálculo que se haya utilizado jamás…, la forma maximalista del aprendizaje profundo”, observa. “Se alimenta de las inmensas reservas de datos acumuladas mediante el capitalismo de vigilancia…, con la ayuda de una cultura de investigación en IA que considera que tiene la responsabilidad moral de consumir todos los datos que sean posibles”. Estábamos ante una nueva ola de latrocinio, tan despreciable y desvergonzada como la primera.

La carrera por recopilar todos los datos silenció todas las dudas morales o legales, mientras las empresas de IA se lanzaban en busca de todo —voces, rostros, material protegido por derechos de autor—, repasaban cada página de internet y, pese a ello, se quejaban de que no era suficiente. A los inversores de Meta se les aseguró que la empresa alimentaba su IA absorbiendo los “cientos de miles de millones de imágenes y vídeos de sus páginas, además de publicaciones, mensajes y comentarios”. El director ejecutivo, Mark Zuckerberg, confesó que Meta tenía planes para rastrear, capturar y convertir en datos los comportamientos de sus usuarios cuando interactuaban con sus servicios y productos de IA. Los artistas y los abogados, ya no tan ingenuos, acusaron a las empresas de “robar la propiedad intelectual del mundo”.

Totalitarios con ánimo de lucro

Para comprender bien a los grandes directivos del capitalismo de vigilancia no hay que fijarse solo en su papel económico como dueños de oligopolios y monopolios, ni en su posición social y política de oligarcas, sino, sobre todo, en la función sin precedentes que desempeñan desde el punto de vista de la civilización, como totalitarios con ánimo de lucro, unos totalitarios que se han atrincherado en los espacios vírgenes de un mercado inédito de predicción humana que ellos mismos han creado.

El totalitarismo con ánimo de lucro es un nuevo régimen de poder que se diferencia en varios aspectos fundamentales del totalitarismo político analizado tras la II Guerra Mundial por pensadores del siglo XX como Hannah Arendt, George Orwell y muchos otros. No obtiene el dominio total a través de la ideología y el terror, como hicieron en su día Hitler y Stalin.

El totalitarismo con ánimo de lucro presenta una visión del futuro en la que todos los ámbitos de la sociedad se remodelan como ciencia de la información que solo los líderes tecnológicos pueden gobernar. Y en ese futuro imaginado, no tienen cabida los ciudadanos. Después de varias décadas capturando, analizando y comercializando el excedente conductual, hace falta muy poca violencia para pasar a la siguiente etapa de la evolución totalizadora, en la que se redefine a la humanidad como mero “excedente humano”, los restos de la difícil era suboptimizada de los seres humanos.

Es justo decir que estos caciques corporativos no son, ni mucho menos, meros bros, “colegas”, sino los líderes más peligrosos de la historia del capitalismo moderno. En los últimos tiempos, la brusca introducción de la denominada “IA generativa” en el ámbito del consumo y el espíritu totalitario de su labor —patente en su pretensión absolutista de quedarse con todos los contenidos, el capital y los recursos energéticos del mundo— no han hecho más que reforzar lo peligrosos que nos deben parecer no solo sus máquinas sino ellos mismos. Este totalitarismo con ánimo de lucro que utiliza los datos indica un futuro que se aparta del ser humano y, en esencia, se postula como enemigo de la democracia. Ese no es el futuro que buscamos. No es el destino inevitable de nuestro pueblo ni de nuestra época.

La clave de este drama es la lección de que el capitalismo de la vigilancia lo inventó un grupo concreto de personas, en un momento y lugar concretos y por razones concretas. No encarna el destino de la tecnología digital, ni es una expresión ineludible del capitalismo de la información. Se construyó de forma intencionada en un momento histórico para resolver un problema de alguien y promover los intereses de alguien.

¿Qué significa perder la democracia?

¿Entenderán nuestros hijos el significado de la expresión “democracia liberal” y su compromiso moral? En 2024, el número de autocracias fue superior al de democracias por primera vez desde 2002, el año en el que se inventó el capitalismo de vigilancia. Entonces, había 91 autocracias que constituían el 72% de la población mundial. En 2024 había 88 democracias y, de ellas, el tipo de régimen menos común eran las democracias liberales, solo 29, que englobaban a menos del 12% de la población mundial de ese momento (900 millones); la cifra más baja en 50 años.

El año 2025 fue peor. En 2024, el grado de democracia para el ciudadano medio del mundo era el mismo que en 1985; en 2025 alcanzó los niveles de 1978. Había 92 autocracias, en las que vivían 6.000 millones de personas —es decir, el 74% de la población mundial—, y 87 democracias. Como EE UU dejó de ser una democracia liberal, esta categoría solo acogía ya al 7% de la población mundial. Según los investigadores de V-Dem, el instituto sueco que recopila estos datos cada año, la desinformación y la polarización son elementos fundamentales que contribuyen a este colapso democrático y al ascenso de las autocracias.

Si usted fuera un simple oligarca, o incluso algún tipo de tecnobro, y se enterase de todo esto, ¿su primera reacción no sería intentar remediarlo? Porque ellos pueden remediarlo. ¿Por qué no lo hacen? Porque estas condiciones son la expresión de su poder sobre la sociedad. Lo único que amenaza ese poder es la propia democracia: el Estado de derecho, la gestión de las instituciones democráticas, las leyes de privacidad que acaban con el excedente conductual, las leyes que acusan a los líderes tecnológicos de ser ladrones.

El mayor temor de los directivos de las grandes tecnológicas, esos totalitaristas con ánimo de lucro, es lo que representa la Unión Europea. Su inquietud es consecuencia de los importantes logros legislativos y judiciales de la UE: el RGPD [Reglamento General de Protección de Datos], la Directiva sobre privacidad electrónica, el derecho al olvido, la Ley de Servicios Digitales, la Ley de Mercados Digitales, la Ley de Inteligencia Artificial… Las empresas consideran que estos marcos normativos son amenazas para su existencia. La Ley de Inteligencia Artificial, el primer intento integral de regular la IA en todo el mundo —que inevitablemente desencadenará un efecto Bruselas multinacional—, empujó a los líderes del sector tecnológico a dedicar todos los esfuerzos de sus equipos de abogados y grupos de presión a desmontar las principales exigencias de la nueva legislación.

Europa, como el resto del mundo, ha sufrido los ataques constantes de las fuerzas de la desinformación y la polarización y ha tenido que luchar contra las facciones políticas autocráticas tanto dentro de sus propias instituciones como en muchos de los Estados miembros. Elon Musk intentó inclinar la balanza electoral en Alemania a favor de la extrema derecha. Mark Zuckerberg grabó un vídeo ridículo que irrumpió en el espacio informativo el 7 de enero de 2025, poco antes de que tomara posesión su nuevo mecenas, Donald Trump. En él incluía un mensaje especial para la presidenta Von der Leyen: “Vamos a colaborar con el presidente Trump para presentar resistencia a los gobiernos de todo el mundo que persiguen a las empresas estadounidenses y presionan para que haya más censura… Europa tiene un número cada vez mayor de leyes que institucionalizan la censura y hacen difícil crear allí ninguna cosa innovadora”. Luego llegó Trump con sus juegos de palabras orwellianos, pensados para menospreciar e insultar a aquellos interlocutores a los que más teme.

Regreso al futuro

De pronto pareció que muchos líderes de la UE estaban cambiando su discurso. Clinton volvió a estar presente y su discurso de 1997 reapareció sobre la mesa. Se hablaba todo el tiempo de “desregulaciones”, “simplificación”, “competitividad”, “pruebas de estrés”, “diálogos de aplicación” y “leyes ómnibus” y se decía que “el exceso de burocracia nos está frenando, pero necesitamos más estudios y largos aplazamientos para aplicar los cambios”. Volvieron a arrastrar al centro del debate el manido tópico de la “innovación”, siempre como supuesto objeto de ataques de las regulaciones. ¡Y de los derechos de los ciudadanos! Muchas organizaciones de la sociedad civil entre las más destacadas de Europa publicaron análisis detallados en los que se demostraba que los cambios legislativos propuestos debilitarían o eliminarían del todo los derechos y las protecciones que con tanto esfuerzo se habían logrado incluir en la Ley de IA y otras victorias legislativas fundamentales de las últimas décadas.

El discurso de la presidenta Von Der Leyen en la Cumbre de Competitividad de Copenhague, celebrada a finales de 2025, dejó claro cuál era el nuevo contexto: evocó a Clinton como si fuera el fantasma de las Navidades futuras, con expresiones como “acelerar”, “combinar capital público y privado”, “aumentar a escala más deprisa y más barato”, “simplificación”, “¡necesitamos la desregulación!”. El lenguaje de la presidenta constituye un retroceso hasta los primeros días de la era digital, cuando todavía no conocíamos los daños y la violencia que genera la mercantilización de la humanidad y su transformación en mero excedente humano. Cuando aún no podíamos imaginar el ansia de cambiar la democracia y los derechos de la mayoría por la riqueza y el poder de unos pocos. Las empresas tecnológicas son infinitamente ricas y no hay nada que les impida “innovar”, independientemente de a qué se refieran con eso. Estamos, además, ante una profunda ironía. Nos dicen que hay un conflicto entre innovación y regulación, cuando la verdad es que ninguna de las dos tiene nada que ver con los hechos actuales.

Pero los hechos dan a entender que no quieren innovar. El capitalismo de vigilancia ha sido increíblemente lucrativo para las empresas, los ejecutivos y los inversores. Ahora, al mismo tiempo que están entrando con fuerza en nuevas dimensiones de la inteligencia artificial, insisten en su obsesión por los objetivos y las actividades del capitalismo de vigilancia y el proyecto totalitario con ánimo de lucro.

En cuanto a la “regulación”, si pensamos en los daños que provocan estas operaciones comerciales —tan graves que están destruyendo la democracia en todo el mundo—, veremos que la ventana para poner en práctica una verdadera regulación se ha cerrado. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, la experiencia histórica nos dice que hay que reconocer la necesidad de abolirlas, no perder el tiempo en negociar unas normas. La regulación no resolvió la plaga del trabajo infantil. Tampoco era humanamente posible regular la esclavitud humana. Las sociedades no regatean con una catástrofe moral. Subrayan la necesidad de un cambio fundamental. Si la contribución culpable de los capitalistas de la vigilancia a la destrucción de la democracia no es una catástrofe moral a la misma altura, nada lo será jamás.

¿Nos está fallando la presidenta Von der Leyen, o le estamos fallando nosotros a ella? Europa se desplaza hacia la derecha, precisamente empujada por las mismas fuerzas y dinámicas que ella pretendía derrotar con sus soluciones de 2019. La derecha se ha organizado en torno a nuevas palancas de poder en todas las instituciones de la UE. Los algoritmos están de su parte.

Qué necesita el futuro de nosotros

Para que la democracia sobreviva una generación más, hay que desmantelar la violencia de los poderes totalitarios del mercado que no tienen precedentes y que ahora se concentran en las principales empresas tecnológicas, al tiempo que reestructuramos nuestras sociedades para que triunfe la democracia. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha comprendido esta emergencia democrática tal vez mejor que ningún otro líder político actual. En el elocuente discurso pronunciado en 2026 ante la Cumbre Mundial de Gobiernos en Dubái, llamó a crear un nuevo movimiento encabezado por una “Coalición de los Dispuestos Digitales” para “recuperar el control” del “Estado fallido” en el que se han convertido las plataformas de redes sociales que ignoran la ley. Sánchez anunció una serie de medidas con las que España pretende sentar ejemplo. Entre ellas se incluyen: 1) Exigir responsabilidades penales a los directivos de las empresas tecnológicas por los contenidos ilegales y nocivos que aparezcan en sus plataformas; 2) Calificar como delito la manipulación del algoritmo y la amplificación de contenidos ilegales; 3) Identificar una “huella” de odio y polarización que ponga al descubierto las actividades perjudiciales de las plataformas e imponer “costes legales, morales y económicos” a su despliegue; 4) Investigar y perseguir a Grok, Instagram, TikTok y otras plataformas cuya “injerencia” manipuladora, por ejemplo, en contenidos electorales, constituya una forma de “coacción extranjera”.

Es importante destacar que, en encuesta tras encuesta y sondeo tras sondeo, los ciudadanos de la UE, igual que los de otros países y continentes, en especial nuestros jóvenes de la generación Z, obligados a alcanzar la mayoría de edad en el intenso escaparate del internet salvaje que prometía Clinton, sueñan con el tipo de futuro que prometió la presidenta Von der Leyen en 2019. Están deseosos de acabar con la impotencia de los ciudadanos, la complicidad de los legisladores y el mito de la inevitabilidad que nos paraliza a tantos invadidos de una resignación casi sin remedio. Y seamos claros. La crisis actual no se resolverá cambiando el poder privado de los gigantes tecnológicos por el poder público del Estado. Volvamos al principio y llenemos el vacío con instituciones mediadoras concebidas para proteger a las personas y a la democracia de la ambición de poder total que es igualmente peligrosa si procede del mercado como del Estado. Esto es lo que el futuro necesita de nosotros ahora mismo si queremos que la democracia sobreviva otra generación.

La conciencia de la situación, la comprensión del momento histórico y el sentimiento de que se nos presenta una oportunidad inmensa para rescatar y ampliar nuestro legado democrático pueden contribuir a suscitar un nuevo debate y un nuevo movimiento que llegue a todas las sociedades y todos los continentes.

La adhesión a la democracia tiene su origen necesariamente en la adhesión al bienestar y las posibilidades de las personas. El concepto de “democracia” es la idea más revolucionaria de la larga historia de la humanidad que insiste en la dignidad de los seres humanos, nuestro derecho inalienable a gobernarnos nosotros mismos. Es, en esencia, una expresión de respeto y fe en nosotros mismos y en los demás.

Por consiguiente, en el fondo, la defensa de la democracia es un acto de amor que ofrecemos por adelantado a un futuro aún indeterminado. Para ello debemos armarnos de nuestra fe en la comunidad, el país y la sociedad global en cuyas manos ponemos a nuestros hijos y a las generaciones venideras. Pero no basta con eso. Si queremos que la democracia sobreviva en las próximas décadas, tiene que haber suficientes personas en suficientes sociedades que decidan amar lo humano y el tipo de futuro que solo nosotros podemos construir. Ya sabemos que el amor es siempre una apuesta, pero ¿alguien la ha rechazado alguna vez?

Von der Leyen lo dijo aquella noche en Berlín: Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde… El progreso no está garantizado. Tenemos que seguir trabajando. ¡Vamos a ello!


Shoshana Zuboff (Nueva Inglaterra, EE UU, 1951) es filósofa, psicóloga social y profesora emérita de la Harvard Business School. En 2019 publicó La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós), libro que destapó la recopilación y mercantilización casi sin freno de datos personales por parte de las empresas tecnológicas. En 2025 fue votada en un especial de Ideas como la pensadora tecnológica más influyente.

Este es un texto trabajado y ampliado por Shoshana Zuboff para Ideas al hilo del discurso que pronunció el pasado 23 de junio durante la cumbre Lucha por nosotros, no por ellos, organizada por European Digital Rights, la red más amplia de Europa en defensa de los derechos y las libertades digitales.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.


16 abril 2026

Ejército de troles

Por MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN


¿Qué hacer cuando la competición por la disrupción lo justifica todo? ¿Quién gana la batalla por la atención? Sin saber cómo, nos hemos encontrado con un espacio público repleto de resentidos lamentándose de lo mal que está todo y hablando de… ¿Lo adivinan? ¡Su resentimiento! Luego están los amantes de la transgresión gratuita que, sintiéndose oprimidos (¡pobres!), se dicen preocupados por la libertad de expresión. Y proliferan los diletantes excéntricos y altivos, los encargados de señalar la vía esnob ante la odiada cultura dominante. Salirse del rebaño, de la presión moral que la paralizante tiranía de la mayoría ejerce sobre sus libres almas nutre su encarnizada lucha cotidiana. Paradójicamente, el temor por la violencia intelectual que pueda ejercer el dogmatismo grupal ha terminado por configurar una tribu particular: los nuevos trolls o, en su versión ibérica, el “cuñadismo”.

Como casi siempre, el impulso llega de EE UU, donde una manada antaño silenciosa que compartía un intenso amor secreto por el odio a lo políticamente correcto estalló, finalmente, en los márgenes de las redes digitales. De manera aparentemente inocua, surgía en el espacio público un enjambre de odiadores guiados por un objetivo común: mofarse de todo lo que oliera a progresismo. Y sucedió así que un ejército de troles capitaneados por la rana Pepe inoculó con su frivolidad el modelo antipolítico a la conversación pública. Todo fue maniqueísmo y polarización: el bien y el mal perfectamente separados. Lo curioso es que, motivados por el temor a estrechar la conversación pública a los rancios consensos de lo políticamente correcto, terminaron atrofiando el espacio público, convirtiéndolo en una caricatura de sí mismos.

Trump fue la abeja madre que mejor encarnó el runrún de fondo de esa cultura irreverente que explotó contra el establishment: la asfixiante moral de la izquierda, los “blanditos” de la derecha. Surgió así uno de nuestros grandes dilemas: ¿qué hacer cuando no hay diferencias entre un troll y un representante político? ¿Cómo combatir la apabullante presencia de la pura banalidad opinológica en nuestro Congreso de los Diputados, cuando la función representativa se reduce a polarizar el mundo en lugar de explicar su complejidad? Lo vemos cada vez más en algunos de nuestros jóvenes líderes: guiados por el nuevo estilo ultra y su aparente modernidad, son capaces de negar la violencia de género ante la apremiante y ficticia urgencia nacional de reivindicar la prisión permanente revisable. La línea que separa el delirante fanatismo de la convicción de la pura idiotez improvisada es muy fina. No sé ustedes, pero yo ya no sé dónde estamos. (El País, 23.12.18)

20 diciembre 2025

Dentro del armario del franquismo

De la colonia penitenciaria de Tefía a las terapias aversivas de los setenta, nuevos ensayos, novelas, cómics, películas y series investigan la brutal persecución y represión del colectivo LGTBI durante la dictadura. 

Por ALEX VICENTE, El País, 20/12/25

Durante décadas, el franquismo convirtió el deseo homosexual en delito, la intimidad en expediente psiquiátrico y la diferencia sexual en sinónimo de peligrosidad pública. Hubo redadas, centros de clasificación como el de Carabanchel y cárceles como la de Badajoz, donde se separaba a activos y pasivos, tras examinar la anatomía más íntima de los detenidos, para impedir cualquier posibilidad de penetración. Existieron colonias penitenciarias como la de Tefía, donde se encerraba a los invertidos que se atrevían a salirse de la norma. Y, ya casi en los setenta, algunos médicos se empeñaron en corregir la desviación a golpe de electroshock. Cuando el régimen empezó a resquebrajarse, esa violencia no se evaporó. Cambió de forma, se desplazó a nuevas instituciones y, pese a los avances legislativos, dejó una estela de miedo y silencio que se alargó hasta no hace tanto, si es que ya ha terminado.

Desde que el debate sobre la memoria histórica entró en la conversación pública hace un par de décadas, ese mutismo se ha ido reduciendo. En los últimos tiempos, hemos visto llegar una ola de novelas, ensayos, cómics, películas y series que narran e investigan la persecución y la represión de la población LGTBI durante la dictadura, así como su prolongación en el periodo democrático. No son solo testimonios, sino también gestos de restitución, que devuelven la dignidad a quienes el régimen redujo a la categoría de “vagos y maleantes” y obligan a observar el engranaje que hizo posible esa brutal cacería. El fenómeno dialoga con las políticas contemporáneas de memoria y con el nuevo interés social por los relatos de reparación. Pero también funciona como advertencia: si ya ocurrió una vez, puede regresar de formas menos ostentosas, pero igual de eficaces.

En el reciente ensayo Sexo en el franquismo (Almuzara), que recorre las costumbres eróticas de los españoles durante cuatro décadas de dictadura, el sociólogo Manuel Espín accede al asunto por un umbral original: el escaparate de la camaradería viril, esos espacios exclusivos para hombres, del cuartel al gimnasio, donde el culto a la hombría dejaba entrever un evidente homoerotismo.

“Los regímenes fascistas exaltan el cuerpo masculino y la disciplina física, pero ese mismo ideal de virilidad termina generando una tensión que se niega a sí misma”, explica Espín. Mientras tanto, el régimen perseguía con ferocidad a los homosexuales, tildados de “viciosos y pervertidos”, que se exponían a detenciones, fichas policiales, encarcelamientos e incluso al internamiento en correccionales. Aunque, más que la sanción administrativa, pesaba el estigma social que la acompañaba. “En el Reino Unido la homosexualidad estuvo prohibida hasta los años cincuenta, pero existían niveles de tolerancia. En Francia, también hubo cierta permisividad. En España eso no se da, porque la represión social es mayor. La gente no temía tanto la multa o la noche en la cárcel como la vergüenza. Que una persona fuera señalada en una de estas situaciones suponía la muerte social en vida”.

La condena moral, con la Iglesia católica como sostén doctrinal del régimen, acabó convertida en texto legislativo. En 1954, Franco firmó una reforma de la Ley de Vagos y Maleantes que incorporaba a los homosexuales en la lista de individuos peligrosos para la sociedad, junto a mendigos, proxenetas o rufianes. El texto permitía su reclusión en cárceles o colonias “de trabajo” por un periodo de hasta cinco años prorrogables y la imposición de oscuras medidas de “vigilancia especial”. Ya en el tardofranquismo, las descargas eléctricas y otros tratamientos que prometían erradicar la homosexualidad fueron avalados por Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos del Ejército franquista, o Juan José López Ibor, referente de la psiquiatría nacionalcatólica, convencidos de que se trataba de un trastorno corregible.

El historiador Javier Fernández Galeano, profesor de la Universidad de Valencia, lleva casi dos décadas investigando la represión del colectivo. En 2025, ha publicado dos ensayos sobre la cuestión: Obscenidad queer (Bellaterra), donde sigue el rastro de lo que el régimen consideraba indecente en expedientes judiciales e informes de censura, y Gestos en la noche (PUV), a partir de los expedientes de peligrosidad social en la Comunidad Valenciana. “Al principio costó tratarlo como un tema de investigación, porque se consideraba una experiencia muy minoritaria y no se veía como un asunto legítimo”, afirma el profesor, que hizo su doctorado en la Universidad de Brown, uno de los centros de la prestigiosa Ivy League, porque nadie en España se interesaba por el asunto. Por eso, los primeros estudios llegaron desde el periodismo y no desde la academia: ahí está El látigo y la pluma, de Fernando Olmeda, ensayo ya clásico de comienzos de los dos mil, que Dos Bigotes, sello especializado en temas queer, reeditó en 2023.

Para Fernández Galeano, el punto de inflexión llegó con la apertura de los archivos, medio siglo después de los delitos. El historiador descubrió en ellos un catálogo de represión, pero también una huella involuntaria de la existencia de una profusa subcultura homosexual y transgénero. “Por un lado, es esencial conservarlos para denunciar una política sistemática de penalización de la disidencia sexual, que imponía una imagen distorsionada del colectivo”, dice Fernández Galeano. “Y, al mismo tiempo, aunque la burocracia actuara con violencia y humillación, esa tenacidad al documentar sus vidas recogió trazos materiales que de otra forma se habrían perdido: cartas, fotos, testimonios… Hay que aprender a leer entre líneas, a escuchar los susurros de lo que se dice sin decir. Como decía Foucault, la represión saca a la superficie relaciones que de otra manera permanecerían invisibles”. De esos documentos en archivos municipales y regionales emerge una cartografía de lugares de encuentro, rituales de identificación e iconos culturales y eróticos.

En España, el control de la población LGTBI tuvo una rigidez particular, porque la persecución se manifestaba también en el día a día. “Existía un entramado institucional dirigido a asegurar la conformidad social. Cuando se detenía a un homosexual, testificaban el párroco, el alcalde, la Guardia Civil, la policía, el empleador y los vecinos”, subraya Fernández Galeano. La vigilancia se ensañó con transexuales y travestis, que se empezaron a identificar con ese nombre a finales de los sesenta. “La pluma era la alerta que llamaba la atención de la policía, sobre todo en ciudades como Barcelona o Madrid, en conexión con el mundo del espectáculo y el trabajo sexual”, explica el historiador. Ahí se concentraban las detenciones, cortando las redes de solidaridad que empezaban a tejerse: “El objetivo era claro: evitar que se consolidara una cultura propia, basada en el apoyo mutuo y la aceptación social”.

En los últimos años, el estudio de esa represión se ha ido filtrando en la ficción, convirtiendo en más accesible un material áspero por definición. Sin ser el tema principal del libro, dos de los personajes de La península de las casas vacías (Siruela), José y Jacobo, primos y soldados en el bando republicano, vivían una historia de amor clandestina. Mientras tanto, Nando López relata en Los elegidos (Destino) la historia de Santos, un joven bibliotecario y director de un grupo de teatro universitario, y Asun, una cantante de copla que renuncia a los escenarios para casarse con él. Tras esa fachada de matrimonio convencional se esconde una verdad clandestina: Santos es homosexual y ese matrimonio, en pleno franquismo, es su manera de sobrevivir justo cuando la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes convierte a los hombres de su condición en delincuentes.

Para el autor, la proliferación de relatos sobre el colectivo LGTBI en tiempos de dictadura también habla de las ansiedades del presente. “Antes de escribirlo, sentí que había derechos conquistados que volvían a peligrar, con el auge de la extrema derecha, y comprendí que parte de esa vulnerabilidad venía del desconocimiento de la historia”, afirma López, escritor y dramaturgo nacido en 1977. Por eso, más que recrearse en el aparato represivo, la novela habla de los mecanismos cotidianos de control. “Para algunos fue peor el estigma que la represión física”, dice el escritor, que quiso sacar su relato de un nicho de mercado para llegar a un público muy amplio. “Si solo nos contamos nuestras historias entre nosotros, caemos en la endogamia. Igual que durante años el colectivo tuvo que reflejarse en historias heterosexuales, ahora me gustaría que los lectores heterosexuales se reflejaran en las nuestras”. La novela ya va por su quinta edición y se prepara una adaptación al cine.

En Una luz tímida (Seix Barral), Àfrica Alonso rescata del silencio la historia de Isabel y Carmen, dos maestras que vivieron su amor en la clandestinidad durante el franquismo. La novela, inspirada en su propia obra teatral de 2020, surge de una necesidad. “No encontraba este tipo de historias en la cartelera. Sentí la urgencia de dar voz a quienes murieron sin que nadie conociera su historia”, sostiene Alonso, que se basó en una historia ­real que tuvo lugar en Catarroja, cerca de Valencia.

Las mujeres lesbianas padecieron un tipo específico de represión. Apenas aparecían citadas en las leyes, sobrevivían camufladas en la amistad y el sigilo, se reconocían con claves mínimas (“¿eres librera?”), y solo asomaban con más nitidez en los márgenes de ciertos círculos culturales. Si la homosexualidad masculina se interceptaba en el espacio público y se castigaba con palizas y penas de cárcel, la represión de las mujeres llegaba a través del aparato doméstico. Ahí se sitúa Una luz tímida, que describe una violencia de puertas adentro que lleva al entorno de una de las protagonistas a internarla en un hospital. Cuando logra salir, deberá convivir toda la vida con una herida profunda: tener que renunciar a su familia por su sexualidad. Alonso, nacida en 1995, cree que el mutismo respecto a este trauma colectivo ha tenido efectos nefastos. “Hemos creído que el silencio reparaba, cuando solo repara la palabra”, opina. “No lo hemos transmitido a las generaciones jóvenes, y mientras tanto la extrema derecha ha tenido un acceso directo a sus cabezas”, dice.

Otras disciplinas se han sumado a esta ola. En 2018, el cómic El Violeta (Drakul) fue de los primeros en convertir en relato gráfico los métodos de castigo contra la disidencia sexual. Más recientemente, Que no se olvide (Salamandra) ha retomado esa memoria a partir del testimonio de represaliados. El documental Un hombre libre recupera la figura del escritor Agustín Gómez Arcos, víctima de una doble condena por ser homosexual y crítico con el régimen. Y la película Els mals noms, premiada en el pasado festival de Sevilla pero aún pendiente de distribución, desmonta la leyenda negra de La Pastora, nombre con el que fue conocido Florencio Pla Meseguer, persona intersexual y uno de los últimos maquis valencianos, que sufrió un acoso continuo. “Hay más casos que el de Lorca o el Grupo Cántico, muchas historias que aún no se han contado”, dice su director, Marc Ortiz Prades. “Es importante ver cómo esa represión llegaba al pueblo más pequeño, al sitio más recóndito. Entender esto nos ayuda a entender cómo somos como sociedad”.

Ese impulso lo comparte también la serie Las noches de Tefía (Atresplayer), que en 2023 puso en primer plano un episodio todavía desconocido para muchos: la colonia penitenciaria de Fuerteventura donde el franquismo confinó a centenares de homosexuales. “Es esa ley del silencio que impuso el franquismo. Y esa ignorancia no es inocente: a algunos les interesa que siga existiendo”, dice su creador, el dramaturgo Miguel del Arco, que se inspiró en Viaje al centro de la infamia, de Miguel Ángel Sosa Machín, novela de 2006 sobre un grupo de jóvenes reclusos.

En la serie, que alterna los años sesenta y la actualidad, el pasado no aparece conservado en formol, sino reflejado en el presente. “Me dio miedo que lo quisieran convertir en un Élite ambientado en un campo de concentración”, ironiza Del Arco. “Al final, no tuve una sola línea roja. En el capítulo seis, me cargué a Franco en una ucronía asumida: necesitaba incorporar una brizna de luz”. Ese gesto conecta con el contexto actual. “Nos encontramos en medio de un viraje ideológico en el que muchos ya no saben ver al otro o lo miran con una absoluta falta de empatía”. Por eso estas obras importan: no solo cuentan lo que pasó, sino que aspiran a educar la mirada para que no vuelva a pasar.

28 noviembre 2025

¿Futuros machistas? ¿futuros maltratadores? ¿futuros fascistas?

Niños de 12 años de un equipo de fútbol cántabro mandan “a fregar” a sus rivales femeninas tras golearlas en un partido


La Asociación Española para la Paridad y la Igualdad en el Deporte (ASESPAI) ha denunciado a través de sus redes sociales que unos niños de 12 años, jugadores de Tercera infantil del Velarde F.C. de Muriedas (Cantabria) han mandado “a fregar” a sus rivales femeninas del equipo de Monte Soccer Féminas después de meterles 8 goles en el partido que jugaron el sábado 22 de noviembre.

En el contenido difundido en las redes personales de algún jugador se difunde una foto en el vestuario de los nueve integrantes del equipo de fútbol con la equipación del Velarde tras el final del encuentro, que se jugó en el campo del Monte en Santander. La imagen incluye el resultado 0-8 y un hashtag: #afregar exaltando la victoria del equipo masculino.

Los denunciantes de la imagen explican, también a través de su red social de Instagram, que en Cantabria los equipos de niñas juegan contra los niños en estas categorías. “Los chicos no solo no respetaron al rival al margen de su sexo, algo de por sí reprobable” -critica públicamente la asociación- “lo más grave es que las denostaron, vejaron y humillaron mandándolas a fregar”.

Al hilo de esta circunstancia, desde ASESPAI se preguntan quién tiene la culpa de que ese comentario “siga impune”, si el Club, las familias, los educadores “o la herencia cultural y la sociedad en su conjunto”. “no somos jueces, ni pretendemos serlos”, advierte el mensaje al tiempo que espera que sea un hecho “puntual”.

Por último, explican que por su parte lo han puesto en conocimiento público “con la esperanza de que cada uno asuma su parte de responsabilidad”.

Por su parte, tras conocer el asunto, la directiva del Velarde Club de Fútbol ha asegurado a elDiario.es que ha reaccionado con rapidez activando el protocolo interno. Así, las consecuencias disciplinarias que puede tener una conducta de este tipo suelen derivar en sanciones como dejar en el banquillo al jugador durante algunos partidos. El Club, en el que actualmente juegan 470 niños, va a llevar todo el proceso internamente sin publicidad alguna dado que el caso afecta a un menor de edad.

En paralelo, se está preparando una charla informativa dirigida a todos los futbolistas del Club -con asistencia obligatoria- sobre igualdad y respeto en el deporte y el impacto de las redes sociales “para un uso responsable y consciente en una etapa clave de crecimiento”, explican.

19 noviembre 2025

¿50 años no es nada?


Por MARTA NEBOT

Diario Público, 12 de enero de 2025