Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas

18 septiembre 2026

Bésale, bésale mucho / Keep on kissing

Por/By CARLOS MARTÍN GAEBLER

Dicen que los españoles nos besamos y tocamos tanto en público que es una alegría. Debe ser el lado tierno de la marca España. Recuerdo que, ya en el añorado 1992 del olímpico 
Amics per sempre, lo resaltaba la escritora Rosa Montero en un artículo titulado Besos y otras cosas. Hasta nuestros waterpolistas se besan en los morros cuando conquistan un título de relumbrón. Pero no todos los hombres se sienten libres para besar o acariciar a sus novios, maridos o amigos en público. Un original anuncio publicitario australiano anima a las parejas del mismo sexo a cogerse de la mano, estén donde estén.

La visibilidad es un derecho orgullosamente conquistado. Fruto de la lucha por la igualdad son las bodas entre personas del mismo sexo, cuya difusión mediática ha contribuido a normalizar la visión que los heteros tienen de nosotros. Sin embargo, cada uno de nosotros puede hacer más por esa normalización, porque la visibilidad sí que importa, como nos recuerda este exquisito vídeo noruego. ¿Te vas a perder la incomparable sensación de libertad que da ir cogido de la mano de tu amado/a por la calle? Échale valor, y disfruta de la vida ahí fuera (del armario). Si escondes la mano y sucumbes al miedo, les haces el juego a los homófobos, a los machistas, y ganan ellos. Que no nos dé miedo el amor. 

Para que los heteros aprendan a mirarnos con naturalidad debemos comportarnos con la naturalidad que proporciona la ternura, también en la vía pública, en las playas, en un restaurante, en el cine, en la universidad, en el metro. Muchos gays y lesbianas deben aún guardarse la mano en el bolsillo cuando pasean junto a su pareja por la calle. No nos reprimamos nunca cuando queramos acariciar o besar a nuestro chico o chica, o nos apetezca ir cogidos de la mano, por miedo a fascistas homófobos. Mostrando nuestro amor podemos parar su odio. Pásalo. cmg2019

They say that we Spaniards kiss and touch each other so much in public that it is a joy. It must be the tender side of the "Spain brand." I remember that back in the longed-for year of 1992—the Olympic year of the Amics per sempre slogan—the writer Rosa Montero highlighted this in an article titled Kisses and Other Things. Even our water polo players kiss each other on the lips when they win a prestigious title.But not all men feel free to kiss or caress their boyfriends, husbands, or friends in public. An original Australian commercial encourages same-sex couples to hold hands, wherever they are. Visibility is a proudly conquered right.A fruit of the struggle for equality is same-sex weddings, whose media coverage has helped normalize the view that heterosexuals have of us. However, each of us can do more for that normalization, because visibility really does matter, as this exquisite Norwegian video reminds us. Are you going to miss out on the incomparable feeling of freedom that comes from walking down the street holding your loved one's hand? Be brave, and enjoy life out there (outside of the closet). If you hide your hand and succumb to fear, you play into the hands of homophobes and machistas, and they win. Let us not be afraid of love. For straights to learn to look at us naturally, we must behave with the naturalness that tenderness provides—in public spaces, on beaches, in a restaurant, at the movies, at the university, on the subway. Many gays and lesbians still have to keep their hands in their pockets when walking down the street with their partners. Let us never repress ourselves when we want to caress or kiss our guy or girl, or when we feel like holding hands, out of fear of homophobic fascists. By showing our love, we can stop their hate. Pass it on. cmg2019

12 julio 2026

La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia

Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

Por Shoshana Zuboff 

El País, 12 de julio de 2026 

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La utopía tecnológica devino en distopía

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía.

El paradigma dominante: 1997

La mayoría de nosotros sabemos que las sociedades democráticas están siendo objeto de asedio en todo el mundo y que los regímenes autoritarios están en auge. Sabemos que las grandes empresas tecnológicas son más poderosas que nunca. El motor que impulsa la etapa más reciente del desarrollo tecnológico, la que suele denominarse “IA generativa”, pretende apoderarse de toda la información generada por los seres humanos, el capital y los recursos naturales. Esta es una realidad a la vista de todos, pero su explicación no está tan clara. ¿Por qué hay un retroceso de la democracia y una explosión del autoritarismo? No son hechos aleatorios ni meras coincidencias. Están unidos como dos caras de la misma moneda, son una distopía accidental creada por los líderes políticos democráticos en una hoguera de ignorancia, desorientación moral y confusión intelectual.

Volvamos por un instante al soleado 2 de julio de 1997, en los inicios de internet como red pública, cuando el presidente Bill Clinton subió a un estrado de la Casa Blanca para presentar el Libro Blanco Clinton-Gore sobre el comercio electrónico ante un gran salón en el que se apiñaban la flor y la nata del sector tecnológico estadounidense. Ese informe fue un punto de partida fundamental de la locura que iba a azotar las décadas siguientes. Clinton dijo que el comercio electrónico era “el Salvaje Oeste de la economía global”, y se comprometió a que siguiera siéndolo.

Internet, dijo, debía ser una zona de libre comercio mundial, un lugar en el que el Gobierno hiciera todo lo posible para no estorbar… Era la interpretación clásica del credo neoliberal, que da prioridad al libre mercado por encima de cualquier otra consideración social.

Clinton y Gore envolvían su ideología en la demencial mitología de Silicon Valley para la que internet es una zona ajena a la sociedad llamada “ciberespacio”, en la que no se aplican las normas, los derechos ni las leyes de las democracias del mundo real. La prioridad era hacer negocio, sin las restricciones de la gobernanza democrática. “Queremos que el sector privado se autorregule. Queremos animar a todos los países a que no intervengan con impuestos discriminatorios, aranceles, regulaciones innecesarias y burocracias engorrosas”.

El hecho de que EE UU cediera el nuevo espacio global de la información al capital privado, ya en esa etapa inicial de una inmensa transformación estructural hacia una civilización de la información, fue un trágico autogol que dejó vacío el lugar en el que debería haber habido una gobernanza democrática. EE UU y las demás democracias abandonaron a sociedades enteras, empezando por la suya propia, a merced de nuevas formas de violencia digital de los Estados y el mercado. Renunciaron a la oportunidad de sentar las bases de un siglo digital democrático en las primeras décadas, que son las fundamentales, y privaron al mundo de una alternativa clara al modelo chino de civilización de la información basada en la vigilancia autoritaria.

Si esto les suena a algo, es porque, en la actualidad, los líderes de todo el mundo elegidos democráticamente están reproduciendo el mismo conflicto, esta vez con el título de “inteligencia artificial”.

Los vacíos son efímeros, y el vacío de gobernanza democrática que se produjo en los inicios de internet como espacio público lo ocuparon a toda velocidad el capitalismo de vigilancia y los típicos depredadores siempre al acecho en cualquier fiebre del oro carente de leyes.

Un año después del regalo de Clinton, en una entrevista concedida a la BBC en 1998, Eric Schmidt anticipaba el vendaval antidemocrático que se avecinaba. Cuando se le preguntó por las ideas políticas de Silicon Valley, Schmidt —en aquel entonces director ejecutivo de la empresa de software Novell y que poco después sería el primer director ejecutivo de Google— respondió sin vacilar: “Estamos en contra de los gobiernos, las regulaciones y el Congreso”.

BBC. En realidad, lo que quieren es la jungla, ¿no? ¿Que sobrevivan los más poderosos y no haya red de seguridad para los que están por debajo?

Schmidt. ¡Exacto!

BBC. ¿Y se enorgullece de ello?

Schmidt. [con una amplia sonrisa] ¡Sí!

La exigencia de Schmidt de tener una autoridad absoluta y no tener que responder ante nadie era todavía más desvergonzada por su convicción de que era inevitable que, sin gobernanza democrática, un internet controlado y gestionado por Silicon Valley introdujera cambios inimaginables y peligrosos en la sociedad. “Nunca se ha hecho un experimento en el que se escuche verdaderamente a los 100 o 200 millones de personas que están conectadas a la Red… Nunca en la historia se ha hecho un experimento de anarquía de tales dimensiones. Van a pasar todo tipo de cosas”.

A pesar de los riesgos sin precedentes y, por tanto, imprevisibles que Schmidt auguraba, en la entrevista insistió en que sus colegas y él tenían derecho a dirigir todo sin injerencias y apeló a los mismos argumentos vacíos que utilizaban un siglo antes los oligarcas de la Edad Dorada y que hoy repiten los dueños del sector tecnológico: “Queremos que el Gobierno se mantenga apartado de nuestros asuntos”, declaró a la BBC. “Queremos libertad para perseguir nuestros propios intereses… y también queremos que el Gobierno nos deje en paz”.

Gracias a la doctrina de Clinton-Gore, la élite de Silicon Valley se salió con la suya porque se atribuyó una autoridad experimental sobre una transformación de trascendencia histórica en las condiciones globales de la comunicación humana, la integridad de la información, el destino de la verdad y la distribución del conocimiento en una civilización de la información.

Así comenzó un experimento que, después de varias décadas, continúa todavía hoy, lleno de las incertidumbres y tragedias de la anarquía informativa global basada en la propiedad privada y “autorregulada” del espacio de la información, sin restricciones ni rendición de cuentas. En este proyecto no habría derechos ni derecho a tener derechos, ni para los sujetos humanos ni para los ciudadanos; no había leyes por las que regirse, ni transparencia, ni gobernanza democrática… Serían las empresas las que determinaran las respuestas a todas las cuestiones relacionadas con el conocimiento, la autoridad y el poder. ¿Quién sabe? ¿Quién decide? ¿Quién decide quién decide?

¿Qué podía salir mal?

La nueva lógica económica nació en Google en 2002, solo un año después de nombrar a Eric Schmidt director ejecutivo de la nueva empresa. Estaban en la sombría situación de emergencia causada por el estallido de la burbuja de las puntocom y Silicon Valley todavía no había averiguado cómo convertir a los “usuarios” y sus datos en dinero.

En plena crisis, un pequeño grupo de ingenieros y científicos de datos que trabajaban en estrecha colaboración con los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, se toparon con un descubrimiento y una gran idea. Primero descubrieron que, cada vez que un “usuario” navegaba por internet, dejaba, sin saberlo, un rastro de señales de comportamiento que era posible captar, transformar en datos, agregar y analizar para revelar aspectos ocultos de información personal muy predictiva y después utilizarlos con el fin de predecir comportamientos futuros.

Entonces llegó la gran idea de Larry Page: buscar, conocer y aprovechar esas experiencias y esos comportamientos de todas las personas que utilizaban internet. Los enormes caudales de datos personales permitirían hacer predicciones de comportamiento que se podrían vender al por mayor como cualquier otra mercancía —barriles de petróleo, toneladas de trigo—, empezando por la famosa “tasa de clics”. Cada paso de la operación se diseñó para pasar inadvertido para el “usuario”.

Esos nuevos caudales de datos eran lo que yo llamo “excedente conductual”, porque la empresa no los necesitaba para prestar sus servicios a los “usuarios”. Desde el punto de vista de Google, el objetivo dejó de ser el usuario como ser humano real. A los “usuarios” los redefinieron como reservas pasivas y sin costes de datos generados por humanos para la extracción, la obtención de ingresos y el lucro, sin contar en absoluto para el proyecto comercial del capitalismo de vigilancia.

A partir de ese momento, los ordenadores de Google, a los que denominaban “nuestra IA”, empezaron a decir a los anunciantes dónde invertir y el dinero fluyó. Todo dependía de conseguir la máxima extracción de datos, preferiblemente la totalidad. Cada paso de la secuencia operativa estaba pensado para que el usuario no se diese cuenta. Cuantos más datos, más precisas serían las predicciones y más conocimientos, riqueza y poder tendría Google.

En la vida real, si una persona le quita algo a alguien a escondidas y lo vende para sacar provecho, eso se llama robar. En los primeros tiempos de Google, esas operaciones todavía exigían una reflexión moral. Page y Brin insistían en recopilar y guardar los datos sin pensárselo. Otros defendían la transparencia. Page temía que la transparencia provocara una gran revuelta de los “usuarios” y movilizara a los legisladores para que tomaran medidas contra la empresa. Al final, fue él quien hizo el pronunciamiento definitivo: “No pueden enterarse jamás”.

En lugar de limitarse a prestar servicio a los “usuarios”, Google proporcionaría a las máquinas su excedente conductual. El director ejecutivo, Eric Schmidt, se apresuró a instaurar una “estrategia de ocultación”. Puede que la democracia muera en la oscuridad, pero entonces se decidió que la oscuridad era la única forma de que sobrevivieran las operaciones del capitalismo de vigilancia. Esa posición condenó a Google —y, con el tiempo, a la oleada de capitalistas de la vigilancia que le siguió— a una lucha a muerte permanente contra la democracia. Tenían que eliminar la posibilidad de cualquier ley o derecho que acabase con su latrocinio.

Hoy, el capitalismo de vigilancia sirve de intermediario en casi todos los contactos humanos con las estructuras digitales, los flujos de información y los productos y servicios digitales, además de ser el terreno institucional por el que pasan casi todos los caminos hacia la participación económica, política y social. El Libro Blanco sentó el paradigma y el vocabulario para una nueva era en la que las empresas tecnológicas se regulan a sí mismas sin que la gente pueda hacer nada. Todos los presidentes estadounidenses posteriores a Clinton reforzaron su mensaje. Y, sobre todo, las sociedades democráticas pagaron un precio muy alto por el fracaso político de unos líderes que fomentaron una nueva economía depredadora sin tener en cuenta las consecuencias de que la materia prima que impulsa el crecimiento económico sea el comportamiento humano.

La red mundial de anarquía informativa sobrealimentada que Eric Schmidt previó con tanto entusiasmo ya está aquí. Resulta asombroso pensar que, en este desfile zombi hacia la distopía, nuestros espacios de información siguen disponibles para que los compre o alquile cualquier persona, empresa, político, grupo de financiación opaca, potencia extranjera, fábrica de desinformación, granja de bots, dictador, sociópata, narcisista, megalómano o multimillonario (o billonario) malintencionado cuyo propósito es conseguir unos fines personales, comerciales o políticos, todo ello envuelto en un grado de secretismo que solo los extraordinarios privilegios ocultos de las plataformas pueden proporcionar.

Es decir, la anarquía informativa, que incluye la desinformación, la polarización, la disfunción electoral y más cosas, favorece la autocracia y transforma la política y las formas de gobierno en todo el mundo. ¿Por qué? Porque, en el empeño de tener todos los datos humanos, la preferencia del algoritmo por la información corrupta atrae la participación, dispara los flujos de datos y, por consiguiente, es buena para el negocio. En esas condiciones, ninguna democracia puede sobrevivir.

Los espacios actuales de la información están a años luz del arquetipo democrático de la plaza pública, y eso hace que las democracias de todas las regiones sufran una presión implacable. Desde Brasil hasta Rumanía, pasando por Noruega, Polonia, España, Australia, India, Reino Unido y muchos otros países, vemos a líderes democráticos que se debaten en el vacío, obligados a improvisar soluciones para cada nueva crisis. En la mayoría de los casos, hay un deseo desesperado de proteger las elecciones, las instituciones o a la población del caos e incluso de la muerte por culpa de la anarquía informativa. En mayo de 2022, el comisario nombrado por Biden para presidir la Agencia de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), el doctor Robert Califf, apareció en la CNN para explicar la conclusión a la que había llegado la Agencia de que “la desinformación” se había convertido en la principal causa de muerte en EE UU y tenía un efecto “inquietante” en la esperanza de vida de los estadounidenses.

Nos han vuelto a engañar

En 2019, pensé que la tercera década que iba a comenzar enseguida sería probablemente el momento en el que las democracias, con la UE al frente, ocuparían el vacío creado y recuperarían la renovación y la reconstrucción democráticas. Pero en 2022 llegó Sam Altman con su empresa, OpenAI, y, para aprovechar la ventaja de ser el primero en llegar al mercado, sacó de repente, sin previo aviso ni preparación institucional, su IA ChatGPT directamente al mercado de consumo. Altman y su equipo no tenían ni idea de lo que pasaría; solo sabían que querían ser los primeros.

La periodista Karen Hao siguió atentamente aquellos primeros años de la aparición de OpenAI en la escena mundial, con su obsesivo afán por dominar absolutamente todos los recursos. Su IA generativa está “entrenada con el mayor volumen de datos y la mayor potencia de cálculo que se haya utilizado jamás…, la forma maximalista del aprendizaje profundo”, observa. “Se alimenta de las inmensas reservas de datos acumuladas mediante el capitalismo de vigilancia…, con la ayuda de una cultura de investigación en IA que considera que tiene la responsabilidad moral de consumir todos los datos que sean posibles”. Estábamos ante una nueva ola de latrocinio, tan despreciable y desvergonzada como la primera.

La carrera por recopilar todos los datos silenció todas las dudas morales o legales, mientras las empresas de IA se lanzaban en busca de todo —voces, rostros, material protegido por derechos de autor—, repasaban cada página de internet y, pese a ello, se quejaban de que no era suficiente. A los inversores de Meta se les aseguró que la empresa alimentaba su IA absorbiendo los “cientos de miles de millones de imágenes y vídeos de sus páginas, además de publicaciones, mensajes y comentarios”. El director ejecutivo, Mark Zuckerberg, confesó que Meta tenía planes para rastrear, capturar y convertir en datos los comportamientos de sus usuarios cuando interactuaban con sus servicios y productos de IA. Los artistas y los abogados, ya no tan ingenuos, acusaron a las empresas de “robar la propiedad intelectual del mundo”.

Totalitarios con ánimo de lucro

Para comprender bien a los grandes directivos del capitalismo de vigilancia no hay que fijarse solo en su papel económico como dueños de oligopolios y monopolios, ni en su posición social y política de oligarcas, sino, sobre todo, en la función sin precedentes que desempeñan desde el punto de vista de la civilización, como totalitarios con ánimo de lucro, unos totalitarios que se han atrincherado en los espacios vírgenes de un mercado inédito de predicción humana que ellos mismos han creado.

El totalitarismo con ánimo de lucro es un nuevo régimen de poder que se diferencia en varios aspectos fundamentales del totalitarismo político analizado tras la II Guerra Mundial por pensadores del siglo XX como Hannah Arendt, George Orwell y muchos otros. No obtiene el dominio total a través de la ideología y el terror, como hicieron en su día Hitler y Stalin.

El totalitarismo con ánimo de lucro presenta una visión del futuro en la que todos los ámbitos de la sociedad se remodelan como ciencia de la información que solo los líderes tecnológicos pueden gobernar. Y en ese futuro imaginado, no tienen cabida los ciudadanos. Después de varias décadas capturando, analizando y comercializando el excedente conductual, hace falta muy poca violencia para pasar a la siguiente etapa de la evolución totalizadora, en la que se redefine a la humanidad como mero “excedente humano”, los restos de la difícil era suboptimizada de los seres humanos.

Es justo decir que estos caciques corporativos no son, ni mucho menos, meros bros, “colegas”, sino los líderes más peligrosos de la historia del capitalismo moderno. En los últimos tiempos, la brusca introducción de la denominada “IA generativa” en el ámbito del consumo y el espíritu totalitario de su labor —patente en su pretensión absolutista de quedarse con todos los contenidos, el capital y los recursos energéticos del mundo— no han hecho más que reforzar lo peligrosos que nos deben parecer no solo sus máquinas sino ellos mismos. Este totalitarismo con ánimo de lucro que utiliza los datos indica un futuro que se aparta del ser humano y, en esencia, se postula como enemigo de la democracia. Ese no es el futuro que buscamos. No es el destino inevitable de nuestro pueblo ni de nuestra época.

La clave de este drama es la lección de que el capitalismo de la vigilancia lo inventó un grupo concreto de personas, en un momento y lugar concretos y por razones concretas. No encarna el destino de la tecnología digital, ni es una expresión ineludible del capitalismo de la información. Se construyó de forma intencionada en un momento histórico para resolver un problema de alguien y promover los intereses de alguien.

¿Qué significa perder la democracia?

¿Entenderán nuestros hijos el significado de la expresión “democracia liberal” y su compromiso moral? En 2024, el número de autocracias fue superior al de democracias por primera vez desde 2002, el año en el que se inventó el capitalismo de vigilancia. Entonces, había 91 autocracias que constituían el 72% de la población mundial. En 2024 había 88 democracias y, de ellas, el tipo de régimen menos común eran las democracias liberales, solo 29, que englobaban a menos del 12% de la población mundial de ese momento (900 millones); la cifra más baja en 50 años.

El año 2025 fue peor. En 2024, el grado de democracia para el ciudadano medio del mundo era el mismo que en 1985; en 2025 alcanzó los niveles de 1978. Había 92 autocracias, en las que vivían 6.000 millones de personas —es decir, el 74% de la población mundial—, y 87 democracias. Como EE UU dejó de ser una democracia liberal, esta categoría solo acogía ya al 7% de la población mundial. Según los investigadores de V-Dem, el instituto sueco que recopila estos datos cada año, la desinformación y la polarización son elementos fundamentales que contribuyen a este colapso democrático y al ascenso de las autocracias.

Si usted fuera un simple oligarca, o incluso algún tipo de tecnobro, y se enterase de todo esto, ¿su primera reacción no sería intentar remediarlo? Porque ellos pueden remediarlo. ¿Por qué no lo hacen? Porque estas condiciones son la expresión de su poder sobre la sociedad. Lo único que amenaza ese poder es la propia democracia: el Estado de derecho, la gestión de las instituciones democráticas, las leyes de privacidad que acaban con el excedente conductual, las leyes que acusan a los líderes tecnológicos de ser ladrones.

El mayor temor de los directivos de las grandes tecnológicas, esos totalitaristas con ánimo de lucro, es lo que representa la Unión Europea. Su inquietud es consecuencia de los importantes logros legislativos y judiciales de la UE: el RGPD [Reglamento General de Protección de Datos], la Directiva sobre privacidad electrónica, el derecho al olvido, la Ley de Servicios Digitales, la Ley de Mercados Digitales, la Ley de Inteligencia Artificial… Las empresas consideran que estos marcos normativos son amenazas para su existencia. La Ley de Inteligencia Artificial, el primer intento integral de regular la IA en todo el mundo —que inevitablemente desencadenará un efecto Bruselas multinacional—, empujó a los líderes del sector tecnológico a dedicar todos los esfuerzos de sus equipos de abogados y grupos de presión a desmontar las principales exigencias de la nueva legislación.

Europa, como el resto del mundo, ha sufrido los ataques constantes de las fuerzas de la desinformación y la polarización y ha tenido que luchar contra las facciones políticas autocráticas tanto dentro de sus propias instituciones como en muchos de los Estados miembros. Elon Musk intentó inclinar la balanza electoral en Alemania a favor de la extrema derecha. Mark Zuckerberg grabó un vídeo ridículo que irrumpió en el espacio informativo el 7 de enero de 2025, poco antes de que tomara posesión su nuevo mecenas, Donald Trump. En él incluía un mensaje especial para la presidenta Von der Leyen: “Vamos a colaborar con el presidente Trump para presentar resistencia a los gobiernos de todo el mundo que persiguen a las empresas estadounidenses y presionan para que haya más censura… Europa tiene un número cada vez mayor de leyes que institucionalizan la censura y hacen difícil crear allí ninguna cosa innovadora”. Luego llegó Trump con sus juegos de palabras orwellianos, pensados para menospreciar e insultar a aquellos interlocutores a los que más teme.

Regreso al futuro

De pronto pareció que muchos líderes de la UE estaban cambiando su discurso. Clinton volvió a estar presente y su discurso de 1997 reapareció sobre la mesa. Se hablaba todo el tiempo de “desregulaciones”, “simplificación”, “competitividad”, “pruebas de estrés”, “diálogos de aplicación” y “leyes ómnibus” y se decía que “el exceso de burocracia nos está frenando, pero necesitamos más estudios y largos aplazamientos para aplicar los cambios”. Volvieron a arrastrar al centro del debate el manido tópico de la “innovación”, siempre como supuesto objeto de ataques de las regulaciones. ¡Y de los derechos de los ciudadanos! Muchas organizaciones de la sociedad civil entre las más destacadas de Europa publicaron análisis detallados en los que se demostraba que los cambios legislativos propuestos debilitarían o eliminarían del todo los derechos y las protecciones que con tanto esfuerzo se habían logrado incluir en la Ley de IA y otras victorias legislativas fundamentales de las últimas décadas.

El discurso de la presidenta Von Der Leyen en la Cumbre de Competitividad de Copenhague, celebrada a finales de 2025, dejó claro cuál era el nuevo contexto: evocó a Clinton como si fuera el fantasma de las Navidades futuras, con expresiones como “acelerar”, “combinar capital público y privado”, “aumentar a escala más deprisa y más barato”, “simplificación”, “¡necesitamos la desregulación!”. El lenguaje de la presidenta constituye un retroceso hasta los primeros días de la era digital, cuando todavía no conocíamos los daños y la violencia que genera la mercantilización de la humanidad y su transformación en mero excedente humano. Cuando aún no podíamos imaginar el ansia de cambiar la democracia y los derechos de la mayoría por la riqueza y el poder de unos pocos. Las empresas tecnológicas son infinitamente ricas y no hay nada que les impida “innovar”, independientemente de a qué se refieran con eso. Estamos, además, ante una profunda ironía. Nos dicen que hay un conflicto entre innovación y regulación, cuando la verdad es que ninguna de las dos tiene nada que ver con los hechos actuales.

Pero los hechos dan a entender que no quieren innovar. El capitalismo de vigilancia ha sido increíblemente lucrativo para las empresas, los ejecutivos y los inversores. Ahora, al mismo tiempo que están entrando con fuerza en nuevas dimensiones de la inteligencia artificial, insisten en su obsesión por los objetivos y las actividades del capitalismo de vigilancia y el proyecto totalitario con ánimo de lucro.

En cuanto a la “regulación”, si pensamos en los daños que provocan estas operaciones comerciales —tan graves que están destruyendo la democracia en todo el mundo—, veremos que la ventana para poner en práctica una verdadera regulación se ha cerrado. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, la experiencia histórica nos dice que hay que reconocer la necesidad de abolirlas, no perder el tiempo en negociar unas normas. La regulación no resolvió la plaga del trabajo infantil. Tampoco era humanamente posible regular la esclavitud humana. Las sociedades no regatean con una catástrofe moral. Subrayan la necesidad de un cambio fundamental. Si la contribución culpable de los capitalistas de la vigilancia a la destrucción de la democracia no es una catástrofe moral a la misma altura, nada lo será jamás.

¿Nos está fallando la presidenta Von der Leyen, o le estamos fallando nosotros a ella? Europa se desplaza hacia la derecha, precisamente empujada por las mismas fuerzas y dinámicas que ella pretendía derrotar con sus soluciones de 2019. La derecha se ha organizado en torno a nuevas palancas de poder en todas las instituciones de la UE. Los algoritmos están de su parte.

Qué necesita el futuro de nosotros

Para que la democracia sobreviva una generación más, hay que desmantelar la violencia de los poderes totalitarios del mercado que no tienen precedentes y que ahora se concentran en las principales empresas tecnológicas, al tiempo que reestructuramos nuestras sociedades para que triunfe la democracia. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha comprendido esta emergencia democrática tal vez mejor que ningún otro líder político actual. En el elocuente discurso pronunciado en 2026 ante la Cumbre Mundial de Gobiernos en Dubái, llamó a crear un nuevo movimiento encabezado por una “Coalición de los Dispuestos Digitales” para “recuperar el control” del “Estado fallido” en el que se han convertido las plataformas de redes sociales que ignoran la ley. Sánchez anunció una serie de medidas con las que España pretende sentar ejemplo. Entre ellas se incluyen: 1) Exigir responsabilidades penales a los directivos de las empresas tecnológicas por los contenidos ilegales y nocivos que aparezcan en sus plataformas; 2) Calificar como delito la manipulación del algoritmo y la amplificación de contenidos ilegales; 3) Identificar una “huella” de odio y polarización que ponga al descubierto las actividades perjudiciales de las plataformas e imponer “costes legales, morales y económicos” a su despliegue; 4) Investigar y perseguir a Grok, Instagram, TikTok y otras plataformas cuya “injerencia” manipuladora, por ejemplo, en contenidos electorales, constituya una forma de “coacción extranjera”.

Es importante destacar que, en encuesta tras encuesta y sondeo tras sondeo, los ciudadanos de la UE, igual que los de otros países y continentes, en especial nuestros jóvenes de la generación Z, obligados a alcanzar la mayoría de edad en el intenso escaparate del internet salvaje que prometía Clinton, sueñan con el tipo de futuro que prometió la presidenta Von der Leyen en 2019. Están deseosos de acabar con la impotencia de los ciudadanos, la complicidad de los legisladores y el mito de la inevitabilidad que nos paraliza a tantos invadidos de una resignación casi sin remedio. Y seamos claros. La crisis actual no se resolverá cambiando el poder privado de los gigantes tecnológicos por el poder público del Estado. Volvamos al principio y llenemos el vacío con instituciones mediadoras concebidas para proteger a las personas y a la democracia de la ambición de poder total que es igualmente peligrosa si procede del mercado como del Estado. Esto es lo que el futuro necesita de nosotros ahora mismo si queremos que la democracia sobreviva otra generación.

La conciencia de la situación, la comprensión del momento histórico y el sentimiento de que se nos presenta una oportunidad inmensa para rescatar y ampliar nuestro legado democrático pueden contribuir a suscitar un nuevo debate y un nuevo movimiento que llegue a todas las sociedades y todos los continentes.

La adhesión a la democracia tiene su origen necesariamente en la adhesión al bienestar y las posibilidades de las personas. El concepto de “democracia” es la idea más revolucionaria de la larga historia de la humanidad que insiste en la dignidad de los seres humanos, nuestro derecho inalienable a gobernarnos nosotros mismos. Es, en esencia, una expresión de respeto y fe en nosotros mismos y en los demás.

Por consiguiente, en el fondo, la defensa de la democracia es un acto de amor que ofrecemos por adelantado a un futuro aún indeterminado. Para ello debemos armarnos de nuestra fe en la comunidad, el país y la sociedad global en cuyas manos ponemos a nuestros hijos y a las generaciones venideras. Pero no basta con eso. Si queremos que la democracia sobreviva en las próximas décadas, tiene que haber suficientes personas en suficientes sociedades que decidan amar lo humano y el tipo de futuro que solo nosotros podemos construir. Ya sabemos que el amor es siempre una apuesta, pero ¿alguien la ha rechazado alguna vez?

Von der Leyen lo dijo aquella noche en Berlín: Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde… El progreso no está garantizado. Tenemos que seguir trabajando. ¡Vamos a ello!


Shoshana Zuboff (Nueva Inglaterra, EE UU, 1951) es filósofa, psicóloga social y profesora emérita de la Harvard Business School. En 2019 publicó La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós), libro que destapó la recopilación y mercantilización casi sin freno de datos personales por parte de las empresas tecnológicas. En 2025 fue votada en un especial de Ideas como la pensadora tecnológica más influyente.

Este es un texto trabajado y ampliado por Shoshana Zuboff para Ideas al hilo del discurso que pronunció el pasado 23 de junio durante la cumbre Lucha por nosotros, no por ellos, organizada por European Digital Rights, la red más amplia de Europa en defensa de los derechos y las libertades digitales.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.


14 abril 2026

Respetar a los creyentes, no las creencias.

Por TIMOTHY GARTON ASH

El País, 23.12.06

El fin de semana pasado estuve cantando un montón de cosas en las que no creo. ¿Creo que, hace unos 2.007 años, un ángel se apareció a una mujer llamada María y le anunció que iba a quedarse embarazada sin haberse acostado con José? No. ¿Creo que el buen rey Wenceslao anduvo por la nieve para llevar "a aquellos campesinos" comida y vino? Probablemente, no. Pero eran palabras hermosas y familiares, la iglesia medieval estaba iluminada por velas, tenía a mi familia conmigo, y me conmoví.

En estos días, cientos de millones de personas, como yo, cantan -a veces con deleite y entusiasmo- unas frases en las que no creen o, en el mejor de los casos, creen sólo a medias. Según un reciente sondeo de opinión de Harris para el Financial Times, en Gran Bretaña, sólo uno de cada tres ciudadanos dice ser "creyente". En Francia, menos de uno de cada tres; en Italia, menos de dos tercios; sólo en Estados Unidos supera esa cifra las tres cuartas partes. Y sería interesante saber qué proporción de esa minoría de verdaderos creyentes en Gran Bretaña y Francia son, en realidad, musulmanes.

Todo eso ha hecho que me pusiera a pensar -en esta época prolongada de fiestas, con el Día del Bodhi, Hanukkah, Navidades, Eid-ul-Adha, Oshogatsu, el aniversario de Guru Gobind Singh y Makar Sankranti- sobre qué significa decir que respetamos otras religiones en una sociedad multicultural. Me da la impresión de que el mayor problema que muchos europeos post-cristianos o teóricamente cristianos tienen con que haya musulmanes viviendo entre ellos no es que éstos crean en una religión distinta al cristianismo, sino que crean en una religión, punto.

Es algo que desconcierta a la minoría intelectualmente significativa de europeos que son ateos devotos, que creen en las verdades descubiertas por la ciencia y hacen proselitismo. Para ellos, el problema no es ninguna superstición religiosa concreta, sino la superstición en sí. Y también preocupa a ese número mucho mayor de europeos que son vagamente creyentes, de una forma tibia, o más o menos agnósticos, pero que tienen otras prioridades. ¡Ojalá los musulmanes no se tomaran su islam tan en serio! Y muchos europeos añadirían: ¡Ojalá los norteamericanos no se tomaran su cristianismo tan en serio!

No obstante, podemos discutir sobre si el mundo estaría mejor si todos se convencieran de las verdades ateas de la ciencia natural o, al menos, se tomara la religión tan a la ligera como la mayoría de los europeos semicristianos, creyentes a tiempo parcial (yo soy agnóstico sobre esta cuestión). Pero es evidente que sobre esa base no podemos construir una sociedad multicultural en un país libre. Esa postura sería tan intolerante como la de los países mayoritariamente musulmanes en los que no se permiten más confesiones que el islam.

Al contrario, en los países libres es preciso que se permitan todas las religiones; y cada religión debe dejarse cuestionar en sus fundamentos, categóricamente, incluso de manera desaforada y ofensiva, sin temor a represalias. El científico de Oxford Richard Dawkins debe tener la libertad de decir que Dios es un engaño y el teólogo Alistair McGrath, también de Oxford, debe tener la libertad de responder que es Dawkins el engañado; un periodista conservador debe poder escribir que el profeta Mahoma era un pedófilo y un erudito musulmán debe poder llamar a ese periodista islamófobo ignorante. Eso es un país libre: la libertad de culto y la libertad de expresión como dos caras de la misma moneda. Debemos vivir y dejar vivir, una exigencia que no es tan poca cosa como parece, cuando se piensa en las amenazas de muerte contra Salman Rushdie y los caricaturistas daneses. La valla que protege ese espacio son las leyes.

Lo interesante es saber si existe algún tipo de respeto que vaya más allá de este mínimo "vive y deja vivir" protegido por las leyes pero sin convertirse en una pretensión hipócrita de respeto intelectual por las creencias del otro ni en un relativismo sin límites. En mi opinión, sí lo hay. Es más, me atrevo a decir que sé que lo hay, y que casi todos nosotros lo practicamos sin darnos cuenta. Vivimos y trabajamos a diario con individuos que, en el fondo de sus corazones, creen en cosas que a nosotros nos parecen locuras. Si los consideramos buenos socios, amigos y colegas, les respetamos como tales, independientemente de sus convicciones privadas y profundas. Si tenemos una relación estrecha con ellos, quizá no sólo les respetamos sino que les queremos. Les queremos pese a que no dejamos de estar firmemente convencidos de que, en un rincón de su cerebro, se aferran a creer en un montón de tonterías.

Distinguimos de forma rutinaria, casi instintiva, entre la creencia y el creyente. Por supuesto, eso es más fácil de hacer con unas creencias que con otras. Si alguien está convencido de que 2 + 2 = 5 y de que la tierra está hecha de queso, vivir con él a diario será un poco más difícil. Pero resulta asombroso ver hasta qué punto, en la práctica, pueden coexistir alegremente creencias muy distintas e incluso excéntricas. (La fe popular en la astrología, tan extendida, es un buen ejemplo).

Ahora bien, el comportamiento de los creyentes puede influir en nuestra opinión sobre su fe, al margen de la veracidad científica de su contenido. Por ejemplo, yo no creo que exista Dios y, por tanto, pienso que hace alrededor de 2.007 años un hombre y una mujer que se llamaban José y María tuvieron un niño, nada más. ¡Pero en qué hombre se convirtió aquel niño! Coincido con el gran historiador suizo Jacob Burckhardt en que Cristo como Dios no me dice nada, pero, como ser humano, Jesucristo me parece una fuente de inspiración constante y maravillosa, tal vez incluso, como dijo Burckhardt, "la figura más bella de la historia del mundo". Y algunos de sus imitadores posteriores tampoco estuvieron mal.

En lo que discrepo de la corriente atea representada por Richard Dawkins no es en lo que dicen sobre la inexistencia de Dios, sino en lo que dicen sobre los cristianos y la historia del cristianismo, que en gran parte es verdad, pero que deja fuera la otra mitad de la historia, la parte positiva. Y, como dice el viejo proverbio yiddish, una media verdad es toda una mentira. A mi juicio, como historiador de la Europa moderna, la parte positiva es mayor que la negativa. Me parece evidente que no tendríamos la civilización europea que tenemos hoy sin la herencia del cristianismo, el judaísmo y (en menor medida, y sobre todo en la Edad Media) el islam, cuyo legado también preparó el camino -aunque sin saberlo y sin quererlo- para la Ilustración. Además, varios de los seres humanos más extraordinarios que he conocido en mi vida eran cristianos.

"Por sus frutos les conoceréis". Existe un respeto que nace del comportamiento de los creyentes, independientemente de la credibilidad científica de su fe original. Lo ideal es que una sociedad multicultural sea una competencia amistosa y abierta entre cristianos, sijs, musulmanes, judíos, ateos e incluso partidarios del "dos más dos cinco", por ver quién nos impresiona más con su carácter y sus buenas obras.

Mientras tanto, está el molesto problema del saludo de invierno multicultural y multiusos. "Felices fiestas" es increíblemente cursi y anodino. Me temo que yo he recurrido a "Felices Pascuas", pero también resulta pesado. Sería estupendo emplear saludos a medida para cada interlocutor: "Feliz Navidad", "Feliz Eid", "Feliz Oshogatsu", etcétera, pero no siempre es posible. Ayer recibí una tarjeta del embajador británico en Washington con una solución excelente. "Feliz Yuletide", el nombre que remite al solsticio de invierno de los paganos (el Yule nórdico y germánico se celebra 22 de diciembre) y que evoca, al mismo tiempo, las historias sentimentales y anticuadas de Navidad que tanto gustaban a Charles Dickens. Perfecto.

Feliz solsticio a todos.●

Timothy Garton Ash es historiador británico y profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford.

12 marzo 2026

Muertes, abusos y suicidios silenciados: la memoria más oscura de la ‘mili’

Los socios de investidura del presidente Sánchez demandan en el Congreso de los Diputados una investigación sobre los casos de maltratos, vejaciones y muertes no aclaradas en las décadas de los 80 y los 90 durante el servicio militar obligatorio, de cuya abolición se cumplen hoy 25 años.

Por Joseba Fonseca,  Diario Deia, Bilbao, 9 de marzo de 2026

Este lunes 9 de marzo se cumplen 25 años de la aprobación por el Consejo de Ministros del Gobierno que presidía José María Aznar del decreto que establecía el 31 de diciembre de 2001 como fecha para la suspensión definitiva del servicio militar obligatorio. Aquella iniciativa en realidad adelantaba en un año el plazo marcado anteriormente por la Ley 17/1999, de 18 de mayo, de Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas. Aquello supuso una enorme liberación para centenares de miles de jóvenes de todo el Estado que veían en la mili una absurda pérdida de tiempo y un paréntesis inoportuno en un momento clave ya fuera para sus estudios o para el desarrollo de su vida personal y profesional. Pero para muchos de ellos suponía bastante más. La adaptación a la paranoica disciplina castrense que imperaba en los cuarteles de un ejército español impregnado aún de franquismo por sus cuatro costados les resultaba una experiencia insoportable, que a menudo venía acompañada de vejaciones y malos tratos propiciados por oficiales y suboficiales superiores o por otros reclutas. Una tortura de la que buscaban evadirse de cualquier modo. Y no pocos eligieron el suicidio como vía de escape. La cuestión ha llegado al Congreso de los Diputados, donde varios grupos políticos socios del Gobierno, incluido el de Sumar, que cuenta con carteras en él, registraron recientemente una proposición no de ley para pedir que se abra una investigación sobre los abusos, vejaciones y casos de suicidio que afectaron a miles de jóvenes mientras prestaban el servicio militar en las décadas de los 80 y los 90. Es otra parte de esa memoria histórica que tantas lagunas continúa exhibiendo pese al paso de los años.

Existen investigaciones que cifran en unos 1.900 los reclutas que murieron haciendo la mili obligatoria en el período democrático -desde mediados de los 70 al inicio del nuevo milenio- en el que esta fórmula estuvo vigente. De ellas, el Ministerio de Defensa reconoce en base a sus datos oficiales que más de 300 son atribuibles a casos documentados de suicidio. Sin embargo, esta cifra podría quedarse pequeña. Como se recoge en la propuesta de creación de una Comisión de Investigación en el Congreso para abordar esta cuestión, ciertas “investigaciones periodísticas y testigos de los familiares apuntan que la cifra podría ser superior, especialmente si se tienen en cuenta las defunciones calificadas en su momento como accidentales”. Y es que, según sus promotores, “diversas familias han conocido años después que la muerte de sus hijos había sido un suicidio vinculado a los abusos y vejaciones sufridos” en los cuarteles.

Esta iniciativa, que también emplaza al Defensor del Pueblo a tomar cartas en el asunto y que cuenta con la firma del PNV y de Bildu, además de con las de Sumar, Junts, ERC, Podemos, Compromís y BNG, llega a Madrid un mes después de que este mismo asunto accediera a la agenda política en Catalunya. Allí, de nuevo Junts y ERC, en este caso con el respaldo de la CUP y los Comuns, instaron al Sindic de Greuges -el equivalente catalán al Ararteko- a actuar de oficio en estos casos. Una semana antes, a través de una declaración institucional, el Parlament expresó su apoyo a las familias afectadas por estos hechos, organizadas en el Grupo de Apoyo de Familias de Víctimas de la Mili (veu.victimesmili@gmail.com)  con el objetivo de buscar justicia y reparación.

Algunas de ellas son las protagonistas de un documental emitido por TV3 y 3Cat que ha sacudido muchas conciencias en Catalunya: Et faran un home. Morts silenciades (Te harán un hombre. Muertes silenciadas). Centrado en los centenares de jóvenes que perdieron la vida o se suicidaron haciendo la mili, es la continuación de Et faran un home, trabajo de 2024 también dirigido por Mireia Prats y Joan Torrents que denunció vejaciones, abusos y violaciones durante la mili en los primeros años de la democracia.  En la segunda parte se reúnen testimonios estremecedores como los de Francesc Robelló, cuyo hermano Narcís fue hallado en 1980 en un despacho del cuartel de Ceuta donde cumplía el servicio militar con un abrecartas clavado en el corazón. Nunca ha creído que se quitara la vida, como aseguraba la versión oficial ofrecida por el ejército. “A mi hermano le asesinaron”, dice convencido Francesc, recordando la carta que, pocos días antes de morir, les envió ilusionado por el permiso que le habían concedido para visitar a los suyos y pidiéndoles que le mandaran fuet. Una orden de capitanía prohibía hablar a los soldados de la muerte de Narcís bajo amenaza de arresto. Su hermano sospecha que, al estar destinado en la Comandancia General de Ceuta, pudo enterarse de alguna información relacionada con la trama golpista que, cuatro meses después, desembocaría en el asalto al Congreso de los Diputados liderado por el recién fallecido Antonio Tejero en 23 de febrero de 1981.

También se recogen las vivencias de personas que hicieron la mili y aseguran que los militares ocultaban casos de autolisis manipulando informes y certificados médicos. O de familiares de jóvenes a los que su paso forzado por el ejército les traumatizó de tal modo que acabarían suicidándose un tiempo después de licenciarse, como ocurrió con Martí Muntada. Su hermana Mónica tiene la convicción de que le maltrataron y le violaron en el cuartel de Berga (Barcelona) al que fue destinado en 1983. “Ya no volvió a ser el mismo. Se cerró en sí mismo, entró en enfermedad mental y en 1989, con 26 años, se suicidó en la cama de su habitación”, rememora.

Morts silenciades surge como respuesta al aluvión de denuncias recogidas por 3Cat tras la emisión en diciembre de 2024 de Et faran un home. Causaron conmoción episodios como los narrados en este documental por Àlex Gorina, reconocido periodista y crítico de cine catalán, quien confesó haber sido violado por tres sargentos en la sala de armas. El revuelo generado por este trabajo audiovisual llevó a ERC a presentar en noviembre del año pasado en el Congreso una primera proposición no de ley para reconocer, investigar y reparar los casos de malos tratos y vejaciones producidos en el ámbito del servicio militar. Su iniciativa fue rechazada con los votos en contra de PP, Vox y UPN y la abstención del PSOE.

Propuesta de ERC
Unos pocos meses después de aquello, el estreno en el pasado enero de Morts silenciades ha aportado más munición para la causa y, en esta ocasión, a ERC se le han sumado más grupos para abanderar esta cuestión.  En la nueva propuesta, fundamentada en unos “hechos que no responden a episodios aislados, sino que apuntan a una dinámica estructural de impunidad y negligencia institucional”, se considera “necesario activar formalmente los mecanismos institucionales para contribuir al esclarecimiento” de los mismos, así como “al reconocimiento de las víctimas y al impulso de medidas de reparación”. Para ello solicitan la puesta en marcha de una comisión de investigación que tiene como objeto “la recopilación sistemática de datos sobre suicidios, muertes en circunstancias no aclaradas y denuncia de avisos” ligados a la mili; el “análisis de posibles responsabilidades institucionales, políticas y militares”; el “reconocimiento público de las víctimas” y el “establecimiento de mecanismos de reparación moral, simbólica y económica”.

Descenso paulatino
En el artículo Suicidios en soldados de las Fuerzas Armadas de España en la última década del servicio militar obligatorio (1991-2001), los investigadores Fernando Miralles y Antonio Cano apuntaban a la “constante depresión de aquel que se siente solo en un ambiente que le parece hostil” como una de las causas desencadenantes de los “trastornos adaptativos” que podían llevar a un desenlace tan trágico como el de optar por quitarse la vida. Constataban también que, entre 1979 y 1986, la tasa de suicidios de soldados en el Ejército de Tierra era de 10,11 por cada 100.000 y que la de tentativas de autolisis en este colectivo aumentaba hasta el 20,2 por cada 100.000. Esos índices estaban muy por encima de las cifras entre la población civil, que rondaban los 6,5. Con el paso de los años, esa tendencia fue menguando. Así, desde los 19 suicidios consumados de 1990, según datos ofrecidos por el Ministerio de Defensa, el número fue descendiendo paulatinamente -salvo el pico sufrido en 1994 con 27 decesos por ese motivo- hasta no registrarse ninguno en 2000 y 2001, los dos últimos años en los que estuvo vigente la mili. En sus conclusiones, señalan como factores de esta disminución el “esfuerzo” realizado por Defensa para “poder adaptar al joven soldado a sus Fuerzas Armadas” en un contexto de creciente contestación al servicio militar; la existencia de “equipos de psicólogos y psiquiatras en los cuarteles y la propia posibilidad de poder declararse objetor de conciencia, lo que propiciaba una “autoselección” en la que se quedaban sin incorporar “jóvenes con predisposiciones negativas” hacia el ejército.

Un muro de silencio
Un cuarto de siglo después de que aquella inmensa marea de jóvenes objetores e insumisos obligara al Gobierno de José María Aznar a hincar la rodilla y acabar con el servicio militar obligatorio, se busca reparar las heridas más profundas que aquella absurda práctica dejó en muchas personas. Pero, como se acaba de comprobar con la decepcionante desclasificación de los papeles secretos del 23-F, sigue siendo muy complicado arrojar luz sobre hechos que implican a las altas esferas del poder en el Estado español. Montse Bailac, documentalista en TV3 desde 1986 y encargada de dicha labor en Morts Silenciades, aseguraba con motivo de su estreno que nunca en sus 40 años de experiencia se había encontrado con tantas trabas para recabar datos. Crítica con la “opacidad” a la que han tenido que hacer frente, que incluía “ilegalidades” como el no darles acceso a determinada documentación sin el visto bueno del coronel correspondiente, lamenta que nunca se podrá saber exactamente cuántos jóvenes murieron haciendo la mili ya en tiempos de democracia. Tras batallar contra unos registros cambiantes y realizados de forma aleatoria, sin poder discernir a ciencia cierta si se trataba de suicidios, accidentes u homicidios encubiertos, Bailac y su equipo solo han podido confirmar esas 1.900 muertes de reclutas tras la muerte de Franco. Narcís Robelló era uno de ellos y su hermano Francesc sigue con su lucha en busca de la verdad. Una dura contienda, porque como dice, “45 años después, el muro de silencio del Estado sigue existiendo”.

+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

El Grupo de Apoyo de Familiares y Víctimas de la Mili somos ahora la Plataforma Rompiendo el Silencio/Trencant el Silenci. Nuestro objetivo es conseguir que se forme una Comisión de Investigación en el Congreso de Diputados.

Danos tu apoyo cumplimentando el Formulario de Adhesión en este ENLACE.

Queremos ser un punto de contacto para acoger, escuchar y compartir casos de familias que perdimos a un familiar durante el servicio militar y también de hombres que sufrieron abusos y/o malos tratos durante el servicio militar. Muchos hemos vivido el silencio durante años. El silencio forma parte del crimen.

Nuestro objetivo inicial es recoger todos los casos, con la voluntad de que no nos sintamos solos y de dar voz a una realidad que durante demasiado tiempo ha quedado escondida.

Si con los documentales del Sense Ficció de 3Cat "Te harán un hombre" y "Te harán un hombre. Muertes Silenciadas" te has sentido interpelado/interpelada o si eres víctima y quieres explicarnos tu caso, rellena por favor este formulario. Gracias por participar y ofrecer tu voz. Más adelante contactaremos con todos los que registren su caso.