17 marzo 2026

El encapuchado abuso

Por Javier Marías, El País Semanal, 14 junio 2003

El pasado Jueves Santo, hacia las seis de la tarde, vi desde mis balcones en el Madrid de los Austrias, donde alquilo un estudio, como varias calles eran cortadas y empezaban a agolparse en ellas católicos impacientes. Había quedado a cenar a las nueve y media en un restaurante cercano, de la Cava Baja. Pensé que para entonces la procesión de turno habría acabado y que podría llegar allí a pie, en menos de diez minutos. Pero cuando salí a las nueve y cuarto, el aquelarre estaba aun en su apogeo. De hecho, abrí el portal y me encontré bloqueado por los desconsiderados devotos que se apoyaban en él y que no hicieron el menor ademán de apartarse un poco para permitirme el paso. A duras penas y semiasfixiado, alcancé un callejón por el que confié en acortar el trayecto (estos fervorosos son unos exhibicionistas y sólo desfilan por las principales vías). Pero la calle de Segovia, que debía cruzar, se hallaba también invadida por las hordas procesionales, así que hube de dar un rodeo para poder pasar a la acera adecuada por un punto menos abarrotado. Y entonces, hasta llegar a la bocacalle buscada (la misma Cava Baja), no me quedó más remedio que caminar un trecho en la misma dirección que los fieles, a su paso de tortuga y atrapado y aplastado por ellos. Es decir: durante unos cinco o siete minutos me tuve que insertar en la procesión, mientras miraba con ansia la bocacalle salvadora, tan cercana y tan lejana. "Hostia", pensé (quizá nunca tan adecuadamente), "cómo me vea ahora alguien conocido, me va a tomar por feligrés ferviente y seré el hazmerreír del gremio, y aun el del barrio."

De hecho había quedado con mi colega Pérez-Reverte, al que hacía siglos que no veía, y rogué al Purgatorio --la verdad, no iba a rogarle al Cielo en ese día-- que él estuviera ya en la mesa esperándome. "Como me vea el Capitán Alatriste procesionando a mis años, voy listo: no tendrá piedad de mí, creerá que desde que no nos vemos me he iluminado y me he convertido; yo, que hace sóło unos meses me largué de la publicación en la que colaboraba porque me prohibieron una columna sobre la Iglesia Católica precisamente. Creerá que he sufrido el síndrome de Estocolmo, y el de Oslo y el de Helsinki". Y cuando tres horas después ambos salimos del restaurante, los encapuchados seguían con la ciudad tomada.

A la noche siguiente tenía otra cena, en la lejana casa de unos amigos, sólo a tiro de taxi. Todo cortado de nuevo cuando salí, la calle más cercana otra vez rebosante de los ku-klux-klanes patrios y de su fanática e insaciable tropa. Preví que habría de caminar un buen trecho hasta dar con una zona libre de capirotes y por lo tanto con coches. Y como no estaba dispuesto a verme encajonado por la grey civil (en teoría: muchos se consideran legionarios), decidí avanzar rápido por la calzada antes de su llegada en masa, es decir, me metí entre las filas de siniestros embozados que aporreaban tambores como si fueran los almorávides que sitiaron al Cid en Valencia, y así adelanté junto a ellos, aterrado por su insistente coloración morada. Y aunque la cosa duró menos, padecí el atormentador pensamiento: "Hostia. Como me vea ahora alguien, mezclado con estos tíos disfrazados de verdugos". Para qué seguir, aún quedaban sábado y domingo, y en Madrid ha habido diecinueve procesiones --diecinueve-- durante esta Semana Santa. La mayoría por el centro, que ha quedado impracticable --prohibido-- para automóviles y peatones a lo largo de horas y horas.

Así, la capital de un Estado aconfesional y europeo ha sido demencial y abusivamente ocupada por una sola iglesia, con permiso y entusiasmo del Ayuntamiento y de la Delegación del Gobierno, que tanto denostaron las manifestaciones contra la guerra de Irak, y les pusieron impedimentos porque ocasionaban molestias a quienes no tomaban parte. Sólo que en ellas participaron cientos de miles, y en las procesiones una minoría tan sólo, una cuasi secta que además exhibe una iconografía de espanto. Hoy, en que
tanto se cuidan los católicos de lo que ven en televisión los niños, los obsequian durante varios días con un incesante espectáculo de terror en vivo: ejércitos de tenebrosos encapuchados; estruendosos trompeteos sórdidos; ominosas tamborradas; beatas ennegrecidas; masoquistas con cadenas en los tobillos; tétricas y lacrimosas estatuas bien paseadas; algún torso desnudo, flagelado y sanguinolento; pies descalzos y torturados. Imaginen que cualquier otra fe pretendiera tomar así nuestras calles, cuatro días enteros. Sólo confío en que tras las inminentes elecciones municipales, nuestros nuevos alcaldes o alcaldesas, del partido que sean, se sepan la Constitución algo mejor que los actuales y pongan freno a este increíble abuso y a la imposición desmedida de estas huestes encapirotadas.

16 marzo 2026

Quieren tradición

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El letrero aparecía en un lugar prominente en cuanto se entraba en la página web del periódico, con esa pulsación de apetencia ansiosa que gusta tanto a los publicitarios: “Quiero tradición”, “Quiero Semana Santa”. Era un anuncio turístico de la Xunta de Galicia, pero cuando esas dos frases aparecían sin previo aviso era también una afirmación de visceralidad muy propia de estos tiempos: por una parte, la visceralidad de los deseos urgentes del consumo; por otra, la del apego a lo propio, a lo originario, y, en último extremo, a lo religioso, en su versión más exterior y contrarreformista, más enraizada en el predominio de tantos siglos de la Iglesia católica sobre la vida española, a costa siempre del pluralismo político y la soberanía de los poderes públicos.
Cuando yo era joven la palabra “tradición” tenía un sentido negativo para las personas progresistas, porque venía asociada a lo peor de nuestra historia. Tradición significaba dictadura, oscurantismo, conformidad con lo establecido, atraso. Tradición eran los coros y danzas y los tronos de Semana Santa custodiados por la Guardia Civil en uniforme de gala y los quelonios franquistas desfilando lentamente junto a los clérigos en las procesiones. Tradición era el reverso de todo lo que ansiábamos: era el apego a lo peor del pasado, y lo que nosotros queríamos era el porvenir; era el fanatismo de lo autóctono, cuando nosotros aspirábamos a que nuestro país se abriera al mundo y abrazara las libertades que eran comunes más allá de nuestra frontera; tradición era borrar la historia real y sustituirla por fábulas patrioteras de conquistas gloriosas y resistencia al enemigo exterior; tradición era identificar lo español con lo católico.
Queríamos, y algunos de nosotros lo queremos aún, romper con aquellas tradiciones escleróticas para adherirnos a la gran tradición ilustrada de la libertad de expresión, el pensamiento crítico, el debate abierto y libre, el gobierno de las mayorías, el imperio de la ley, el respeto y la protección a las minorías y a los derechos individuales. El laicismo y la educación pública estaban arraigados desde hacía al menos un siglo en otros lugares del mundo, pero para nosotros, en los años setenta del siglo pasado, eran reclamaciones urgentes, sueños que parecían más prácticos precisamente porque se correspondían con lo habitual en otros países.
Hace 40 años justos, en el gran clamor festivo de las primeras elecciones libres, todo esto parecía accesible. Ahora comprobamos, no sin desolación, que en gran parte seguimos en las mismas, con la diferencia de que ya no hay ninguna fuerza política ni medio de comunicación que reivindique abiertamente los ideales ilustrados y laicos, y de que defenderlos a cuerpo limpio se ha vuelto más difícil y más arriesgado que en cualquier otro momento de las últimas décadas.
Viajo por Andalucía y una lectora veterana me recuerda artículos que yo publicaba en la edición regional de este periódico hace más de 20 años, cuando la dirigía Soledad Gallego-Díaz. En esa época los socialistas llevaban gobernando en España y en Andalucía más de 10 años (en Andalucía eso no ha cambiado). Yo solía escribir aquellas columnas en un estado de estupor que con frecuencia se convertía en abierta indignación. Me causaba estupor y me provocaba cada vez más indignación que las tradiciones más decrépitas del folclorismo y el oscurantismo, en vez de disiparse poco a poco, cobraran más fuerza que nunca convertidas ahora en rasgos obligatorios de una identidad andaluza inventada a toda prisa, e impuesta por la televisión oficial con un gasto de dinero público que se escatimaba para tareas de verdad necesarias, como la dignidad de la enseñanza pública. Me parecía inaceptable que por beatería, conformismo o cinismo electoral las autoridades democráticas desfilaran en las procesiones de Semana Santa con la misma reverencia con que lo habían hecho los mandamases franquistas. Mi lectora se acuerda de un artículo que publiqué en 1996, Andalucía obligatoria. Lo escribí al enterarme de que entre los cursos de capacitación del profesorado que programaba la Consejería de Educación de la Junta había uno consagrado al “espíritu rociero”. Nunca he escrito nada que provocara reacciones más agresivas. Eran tiempos anteriores a las redes sociales, pero ya abundaban las unanimidades ultrajadas: el periódico publicó una carta furiosa firmada contra mí por sesenta y tantos usuarios de los cursos de espíritu rociero, entre ellos un obispo.
Han pasado 21 años desde entonces. Hay cosas que uno escribe y que aspira a que puedan durar, en la medida incierta en que duran las cosas humanas. Hay otras que preferiría que se quedaran obsoletas, que sirvieran si acaso para atestiguar rebeldías que lograron sus objetivos, causas dignas que ya no es preciso seguir defendiendo. Viajando por Andalucía y escuchando a personas razonables que me dicen en privado lo que ya no se atreven a decir en público y ni siquiera en voz muy alta, me doy cuenta de que lo más triste de todo no es que un artículo escrito hace más de 20 años siga teniendo actualidad: es que las cosas, en Andalucía y en cualquier otro sitio de España, probablemente han ido a peor. Lo que hace 20 años fueron unas cuantas cartas al director y algunos anónimos enviados por correo sería ahora un acoso asfixiante en las redes sociales. En 40 años de democracia no ha arraigado ninguna de las tradiciones democráticas que hubieran debido sembrarse desde del principio. Para lo que ha servido el paso del tiempo ha sido para fortalecer prejuicios, no para suavizarlos o borrarlos. En vez del pensamiento crítico, que por naturaleza es individual y tiende a la disidencia, se han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime. Cuanta menos historia se enseña y mayor es la ignorancia del pasado inmediato, más fuerza tienen los orgullos identitarios: cuanto más sagrada es una tradición, más innecesario y hasta peligroso se vuelve el conocimiento verdadero. Sociedades clientelares y estancadas que necesitarían el flujo vivificador de la crítica y el debate abierto se sumen en una conformidad paralizadora, muy adecuada para el mantenimiento de privilegios sociales y hegemonías políticas, en un miedo al arcaico “qué dirán” que es tan dañino para la conciencia como para el despliegue provechoso de las capacidades y las iniciativas que favorecen la prosperidad. No callar es más arriesgado ahora que en 1996, pero es igual de necesario; aunque uno sospeche que, visto lo visto, también es superfluo. EL PAIS, 29.04.2017

12 marzo 2026

Muertes, abusos y suicidios silenciados: la memoria más oscura de la ‘mili’

Los socios de investidura del presidente Sánchez demandan en el Congreso de los Diputados una investigación sobre los casos de maltratos, vejaciones y muertes no aclaradas en las décadas de los 80 y los 90 durante el servicio militar obligatorio, de cuya abolición se cumplen hoy 25 años.

Por Joseba Fonseca,  Diario Deia, Bilbao, 9 de marzo de 2026

Este lunes 9 de marzo se cumplen 25 años de la aprobación por el Consejo de Ministros del Gobierno que presidía José María Aznar del decreto que establecía el 31 de diciembre de 2001 como fecha para la suspensión definitiva del servicio militar obligatorio. Aquella iniciativa en realidad adelantaba en un año el plazo marcado anteriormente por la Ley 17/1999, de 18 de mayo, de Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas. Aquello supuso una enorme liberación para centenares de miles de jóvenes de todo el Estado que veían en la mili una absurda pérdida de tiempo y un paréntesis inoportuno en un momento clave ya fuera para sus estudios o para el desarrollo de su vida personal y profesional. Pero para muchos de ellos suponía bastante más. La adaptación a la paranoica disciplina castrense que imperaba en los cuarteles de un ejército español impregnado aún de franquismo por sus cuatro costados les resultaba una experiencia insoportable, que a menudo venía acompañada de vejaciones y malos tratos propiciados por oficiales y suboficiales superiores o por otros reclutas. Una tortura de la que buscaban evadirse de cualquier modo. Y no pocos eligieron el suicidio como vía de escape. La cuestión ha llegado al Congreso de los Diputados, donde varios grupos políticos socios del Gobierno, incluido el de Sumar, que cuenta con carteras en él, registraron recientemente una proposición no de ley para pedir que se abra una investigación sobre los abusos, vejaciones y casos de suicidio que afectaron a miles de jóvenes mientras prestaban el servicio militar en las décadas de los 80 y los 90. Es otra parte de esa memoria histórica que tantas lagunas continúa exhibiendo pese al paso de los años.

Existen investigaciones que cifran en unos 1.900 los reclutas que murieron haciendo la mili obligatoria en el período democrático -desde mediados de los 70 al inicio del nuevo milenio- en el que esta fórmula estuvo vigente. De ellas, el Ministerio de Defensa reconoce en base a sus datos oficiales que más de 300 son atribuibles a casos documentados de suicidio. Sin embargo, esta cifra podría quedarse pequeña. Como se recoge en la propuesta de creación de una Comisión de Investigación en el Congreso para abordar esta cuestión, ciertas “investigaciones periodísticas y testigos de los familiares apuntan que la cifra podría ser superior, especialmente si se tienen en cuenta las defunciones calificadas en su momento como accidentales”. Y es que, según sus promotores, “diversas familias han conocido años después que la muerte de sus hijos había sido un suicidio vinculado a los abusos y vejaciones sufridos” en los cuarteles.

Esta iniciativa, que también emplaza al Defensor del Pueblo a tomar cartas en el asunto y que cuenta con la firma del PNV y de Bildu, además de con las de Sumar, Junts, ERC, Podemos, Compromís y BNG, llega a Madrid un mes después de que este mismo asunto accediera a la agenda política en Catalunya. Allí, de nuevo Junts y ERC, en este caso con el respaldo de la CUP y los Comuns, instaron al Sindic de Greuges -el equivalente catalán al Ararteko- a actuar de oficio en estos casos. Una semana antes, a través de una declaración institucional, el Parlament expresó su apoyo a las familias afectadas por estos hechos, organizadas en el Grupo de Apoyo de Familias de Víctimas de la Mili (veu.victimesmili@gmail.com)  con el objetivo de buscar justicia y reparación.

Algunas de ellas son las protagonistas de un documental emitido por TV3 y 3Cat que ha sacudido muchas conciencias en Catalunya: Et faran un home. Morts silenciades (Te harán un hombre. Muertes silenciadas). Centrado en los centenares de jóvenes que perdieron la vida o se suicidaron haciendo la mili, es la continuación de Et faran un home, trabajo de 2024 también dirigido por Mireia Prats y Joan Torrents que denunció vejaciones, abusos y violaciones durante la mili en los primeros años de la democracia.  En la segunda parte se reúnen testimonios estremecedores como los de Francesc Robelló, cuyo hermano Narcís fue hallado en 1980 en un despacho del cuartel de Ceuta donde cumplía el servicio militar con un abrecartas clavado en el corazón. Nunca ha creído que se quitara la vida, como aseguraba la versión oficial ofrecida por el ejército. “A mi hermano le asesinaron”, dice convencido Francesc, recordando la carta que, pocos días antes de morir, les envió ilusionado por el permiso que le habían concedido para visitar a los suyos y pidiéndoles que le mandaran fuet. Una orden de capitanía prohibía hablar a los soldados de la muerte de Narcís bajo amenaza de arresto. Su hermano sospecha que, al estar destinado en la Comandancia General de Ceuta, pudo enterarse de alguna información relacionada con la trama golpista que, cuatro meses después, desembocaría en el asalto al Congreso de los Diputados liderado por el recién fallecido Antonio Tejero en 23 de febrero de 1981.

También se recogen las vivencias de personas que hicieron la mili y aseguran que los militares ocultaban casos de autolisis manipulando informes y certificados médicos. O de familiares de jóvenes a los que su paso forzado por el ejército les traumatizó de tal modo que acabarían suicidándose un tiempo después de licenciarse, como ocurrió con Martí Muntada. Su hermana Mónica tiene la convicción de que le maltrataron y le violaron en el cuartel de Berga (Barcelona) al que fue destinado en 1983. “Ya no volvió a ser el mismo. Se cerró en sí mismo, entró en enfermedad mental y en 1989, con 26 años, se suicidó en la cama de su habitación”, rememora.

Morts silenciades surge como respuesta al aluvión de denuncias recogidas por 3Cat tras la emisión en diciembre de 2024 de Et faran un homeCausaron conmoción episodios como los narrados en este documental por Àlex Gorina, reconocido periodista y crítico de cine catalán, quien confesó haber sido violado por tres sargentos en la sala de armas. El revuelo generado por este trabajo audiovisual llevó a ERC a presentar en noviembre del año pasado en el Congreso una primera proposición no de ley para reconocer, investigar y reparar los casos de malos tratos y vejaciones producidos en el ámbito del servicio militar. Su iniciativa fue rechazada con los votos en contra de PP, Vox y UPN y la abstención del PSOE.

Propuesta de ERC
Unos pocos meses después de aquello, el estreno en el pasado enero de Morts silenciades ha aportado más munición para la causa y, en esta ocasión, a ERC se le han sumado más grupos para abanderar esta cuestión.  En la nueva propuesta, fundamentada en unos “hechos que no responden a episodios aislados, sino que apuntan a una dinámica estructural de impunidad y negligencia institucional”, se considera “necesario activar formalmente los mecanismos institucionales para contribuir al esclarecimiento” de los mismos, así como “al reconocimiento de las víctimas y al impulso de medidas de reparación”. Para ello solicitan la puesta en marcha de una comisión de investigación que tiene como objeto “la recopilación sistemática de datos sobre suicidios, muertes en circunstancias no aclaradas y denuncia de avisos” ligados a la mili; el “análisis de posibles responsabilidades institucionales, políticas y militares”; el “reconocimiento público de las víctimas” y el “establecimiento de mecanismos de reparación moral, simbólica y económica”.

Descenso paulatino
En el artículo Suicidios en soldados de las Fuerzas Armadas de España en la última década del servicio militar obligatorio (1991-2001), los investigadores Fernando Miralles y Antonio Cano apuntaban a la “constante depresión de aquel que se siente solo en un ambiente que le parece hostil” como una de las causas desencadenantes de los “trastornos adaptativos” que podían llevar a un desenlace tan trágico como el de optar por quitarse la vida. Constataban también que, entre 1979 y 1986, la tasa de suicidios de soldados en el Ejército de Tierra era de 10,11 por cada 100.000 y que la de tentativas de autolisis en este colectivo aumentaba hasta el 20,2 por cada 100.000. Esos índices estaban muy por encima de las cifras entre la población civil, que rondaban los 6,5. Con el paso de los años, esa tendencia fue menguando. Así, desde los 19 suicidios consumados de 1990, según datos ofrecidos por el Ministerio de Defensa, el número fue descendiendo paulatinamente -salvo el pico sufrido en 1994 con 27 decesos por ese motivo- hasta no registrarse ninguno en 2000 y 2001, los dos últimos años en los que estuvo vigente la miliEn sus conclusiones, señalan como factores de esta disminución el “esfuerzo” realizado por Defensa para “poder adaptar al joven soldado a sus Fuerzas Armadas” en un contexto de creciente contestación al servicio militar; la existencia de “equipos de psicólogos y psiquiatras en los cuarteles y la propia posibilidad de poder declararse objetor de conciencia, lo que propiciaba una “autoselección” en la que se quedaban sin incorporar “jóvenes con predisposiciones negativas” hacia el ejército.

Un muro de silencio
Un cuarto de siglo después de que aquella inmensa marea de jóvenes objetores e insumisos obligara al Gobierno de José María Aznar a hincar la rodilla y acabar con el servicio militar obligatorio, se busca reparar las heridas más profundas que aquella absurda práctica dejó en muchas personas. Pero, como se acaba de comprobar con la decepcionante desclasificación de los papeles secretos del 23-F, sigue siendo muy complicado arrojar luz sobre hechos que implican a las altas esferas del poder en el Estado españolMontse Bailac, documentalista en TV3 desde 1986 y encargada de dicha labor en Morts Silenciades, aseguraba con motivo de su estreno que nunca en sus 40 años de experiencia se había encontrado con tantas trabas para recabar datos. Crítica con la “opacidad” a la que han tenido que hacer frente, que incluía “ilegalidades” como el no darles acceso a determinada documentación sin el visto bueno del coronel correspondiente, lamenta que nunca se podrá saber exactamente cuántos jóvenes murieron haciendo la mili ya en tiempos de democracia. Tras batallar contra unos registros cambiantes y realizados de forma aleatoria, sin poder discernir a ciencia cierta si se trataba de suicidios, accidentes u homicidios encubiertos, Bailac y su equipo solo han podido confirmar esas 1.900 muertes de reclutas tras la muerte de Franco. Narcís Robelló era uno de ellos y su hermano Francesc sigue con su lucha en busca de la verdad. Una dura contienda, porque como dice, “45 años después, el muro de silencio del Estado sigue existiendo”.

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El Grupo de Apoyo de Familiares y Víctimas de la Mili somos ahora la Plataforma Rompiendo el Silencio/Trencant el Silenci. Nuestro objetivo es conseguir que se forme una Comisión de Investigación en el Congreso de Diputados.

Danos tu apoyo cumplimentando el Formulario de Adhesión en este ENLACE.

Queremos ser un punto de contacto para acoger, escuchar y compartir casos de familias que perdimos a un familiar durante el servicio militar y también de hombres que sufrieron abusos y/o malos tratos durante el servicio militar. Muchos hemos vivido el silencio durante años. El silencio forma parte del crimen.

Nuestro objetivo inicial es recoger todos los casos, con la voluntad de que no nos sintamos solos y de dar voz a una realidad que durante demasiado tiempo ha quedado escondida.

Si con los documentales del Sense Ficció de 3Cat "Te harán un hombre" y "Te harán un hombre. Muertes Silenciadas" te has sentido interpelado/interpelada o si eres víctima y quieres explicarnos tu caso, rellena por favor este formulario. Gracias por participar y ofrecer tu voz. Más adelante contactaremos con todos los que registren su caso. 


11 marzo 2026

¿Conversar o la mera conexión?

Tiempo de lectura: 3 minutos
La reconocida experta en medios Sherry Turkle investiga cómo la huida de la conversación socava nuestras relaciones, creatividad y productividad, y por qué recuperar la conversación cara a cara puede ayudarnos a recuperar terreno perdido. Vivimos en un universo tecnológico en el que siempre estamos comunicándonos, pero hemos sacrificado la conversación por la mera conexión. 

Sherry Turkle, autora e investigadora de prestigio, ha estudiado la cultura digital durante más de treinta años. Aunque durante mucho tiempo fue una entusiasta de sus posibilidades, en este libro investiga una consecuencia preocupante: en el trabajo, en casa, en la política y en el amor, encontramos formas de evitar la conversación, tentados por la posibilidad de un mensaje de texto, un correo electrónico, o un emoji con el que no tenemos que mirar, escuchar ni revelarnos. Desarrollamos el gusto por lo que ofrece la mera conexión. 

La mesa del comedor se queda en silencio mientras los niños compiten con los teléfonos por la atención de sus padres. Los amigos aprenden estrategias para mantener las conversaciones a flote cuando solo unos pocos levantan la vista de sus teléfonos. En el trabajo, nos refugiamos en nuestras pantallas, a pesar de que es la conversación en la fuente de agua lo que aumenta no solo la productividad, sino también el compromiso con el trabajo. En línea, solo queremos compartir opiniones con las que nuestros seguidores estén de acuerdo: una política que rehúye los verdaderos conflictos y soluciones de la plaza pública. 

El caso de la conversación comienza con las necesarias conversaciones de soledad y autorreflexión. Están en peligro: hoy en día, siempre conectados, vemos la soledad como un problema que la tecnología debería resolver. Con miedo a estar solos, dependemos de otras personas para tener un sentido de nosotros mismos, y nuestra capacidad de empatía y relación sufre. Vemos los costes de la huida de la conversación en todas partes: la conversación es la piedra angular de la democracia y en los negocios es buena para el resultado final. En la esfera privada, construye empatía, amistad, amor, aprendizaje y productividad. Y en el transcurso de una ruta senderista en grupo nos alegra la vida.

Pero hay buenas noticias: somos resilientes. La conversación cura. Basándose en cinco años de investigación y entrevistas en hogares, escuelas y lugares de trabajo, Turkle argumenta que hemos llegado a una mejor comprensión de dónde nuestra tecnología puede y no puede llevarnos, y que es el momento adecuado para recuperar la conversación. Lo más humano —y humanizador— que hacemos. Las virtudes de la conversación persona a persona son atemporales, y nuestra tecnología más básica, la charla, responde a nuestros desafíos modernos. Tenemos todo lo que necesitamos para empezar, nos tenemos el uno al otro.

Desde Ray Bradbury hasta Black Mirror


Si podemos considerar a Ray Bradbury como el mejor escritor de ciencia ficción del siglo XX, deberemos reconocer a Charlie Brooker como el mejor creador de ciencia ficción televisiva en lo que llevamos de siglo por su serie Black Mirror, que se ha desarrollado durante 7 temporadas entre 2011 y 2025 con episodios autoconclusivos, muchos de ellos extraordinarios, algunos mediocres. Esta serie empezó a ser emitida por Channel 4 y luego pasó a Netflix.

Nuestro profesor Paco Bellido nos recordó hace poco que el pasado siglo Isaac Asimov definió la ciencia ficción como la rama de la literatura que trata sobre la reacción de los seres humanos a los cambios en la ciencia y en la tecnología. La colosal obra de Brooker desarrolla esa definición en nuestro tiempo, ofreciendo una exploración distópica, satírica y oscura de la sociedad moderna, particularmente sobre las consecuencias imprevistas de tecnologías aparentemente inofensivas que se utilizan para explotar las debilidades humanas, causando caos, enfermedad mental o devastación emocional. La similitud de objetivos es asombrosa.

Si sois aficionados a este género y tenéis curiosidad por ver alguno de los 33 episodios publicados hasta la fecha a lo largo de 14 años (se anuncia una octava temporada), aquí tenéis los seleccionados por IMDb, que coinciden bastante con los que yo también os recomendaría. cmg

08 marzo 2026

Los amantes astronautas: homoilustración y comedia


Por Carlos Martín Gaebler

En su nueva película, Los amantes astronautas, Marco Berger nos regala un amplio surtido de deliciosos y divertidos juegos de palabras, sobreentendidos, malentendidos y dobles sentidos entre ambos protagonistas, interpretados con solvencia por el argentino Lautaro Bettoni y el español Javier Orán, que escenifican la feliz convivencia del acento porteño con la pronunciación peninsular. Relinda riqueza del poliespañol de nuestros días. 

Los diálogos entre Maxi y Pedro, los "amantes astronautas", van escalando desde la broma a la ternura y finalmente hasta el amor. Surge química entre los protagonistas masculinos desde la primera escena.

Berger escribe un guion coherente, impecable, que pone en boca de sus actores para reflexionar lúdicamente sobre qué es lo gay, qué es lo hetero, la bisexualidad y los roles sexo-afectivos que fluyen. Homoilustración servida con mucha comicidad. 

Marco Berger es un maestro escribiendo diálogos ingeniosos (como el picante cara a cara en el videoclub, o el inteligente oxímoron a partir de la nariz de Pinocho). En esta ocasión, el director argentino logra sorprender de nuevo trazando un planteamiento argumental originalísimo, que prefiero no desvelar. Una película divertida, dialéctica y locuaz para ver una y otra vez. Ojalá se filmaran más películas conjuntas entre ambos lados del Atlántico. 

Me parece un milagro que esta cinta sea una realidad (se estrenó en BsAs en 2024, aunque aún no ha llegado a salas de cine en España) dado el oscuro panorama actual del cine argentino, amenazado por el monstruo de la motosierra. 

 (Esta versión youtubera está subtitulada en inglés, lo que el espectador internacional sin duda agradece.) 115 min.

Artículo relacionado: Marco Berger sobre su cine

NO A TRUMP!  NO A LA GUERRA!

27 febrero 2026

Memoria fotográfica del ligoteo gay en el Nueva York de 1969

El fotógrafo Arthur Tress recupera la memoria del ‘cruising’ en el Nueva York de 1969: “Era una forma de socialización”

El neoyorquino publica ‘The Ramble, NYC 1969’, un libro que ha necesitado seis décadas para ver la luz y que rescata las imágenes en blanco y negro que tomó en sus visitas a una de las zonas más salvajes de Central Park. Por TONI GARCÍA, El País, 27 de febrero de 2026

Fotografía tomada por Arthur Tress en Central Park en 1969 y que está incluida en su nuevo libro.(Arthur Tress (Ed. Stanley/Barker
En 1969, Arthur Tress (Nueva York, 85 años) vivía en la calle 72 con Riverside Drive, a dos calles de Central Park. Tenía 29 años y trabajaba en un proyecto sobre la creación de pequeños parques en la ciudad de Nueva York, llamado Open Space in the Inner City, que se centraba en zonas de la periferia que habían sido descuidadas. “En la década de 1890, Frederick Law Olmsted construyó Central Park con todas sus lagunas y muros, pero dejó 32 hectáreas destinadas a una zona más salvaje: el Ramble, un lugar donde la gente podía ir y perderse. Era totalmente artificial, con rocas gigantescas y pequeños muros, pero parecía una zona selvática en medio de la ciudad”, cuenta Tress a EL PAÍS.

Nueva York atravesaba una crisis financiera en 1969, así que muchos parques fueron descuidados. Así fue como el Ramble, que ya era una zona salvaje, se deterioró aún más. “Desde la década de los veinte, los hombres gais lo utilizaban para ligar. Era como un pequeño islote gay. Yo iba allí para rodearme de un poco de naturaleza y silencio en medio de la ciudad, pero también para hacer cruising. Un día empecé a llevar mi cámara. Al principio fotografiaba a la gente desde lejos, entre los árboles. Luego comencé a acercarme a personas sentadas en rocas o bancos para hacer retratos. Por supuesto, muchos me dijeron que no. En ese momento ser gay era ilegal; podían estar casados o ser profesores. Nadie quería arriesgarse demasiado. Sin embargo, muchos otros se interesaron por el proyecto”, recuerda el fotógrafo durante la conversación.

Tress tenía muy claro que el uso del blanco y negro era clave para su trabajo, y el Ramble es uno de los mejores ejemplos de una de las señas de identidad de este artista con una carrera que abarca más de 60 años: “Me parecía más gráfico y captaba mejor la atmósfera que quería expresar. Además, en aquel momento, muchos trabajos que ejercían el rol de comentario social en el mundo de las artes gráficas eran en blanco y negro”, explica al respecto.

“Sumaba que cuando empecé con este proyecto era pleno invierno, los árboles estaban sin hojas y el lugar parecía un bosque gótico, casi como una película de Ingmar Bergman. Eso se convirtió en una metáfora de la alienación de las personas gais en ese momento y creo que no eran simples instantáneas: intentaba evocar una emoción”.
El neoyorquino sonríe cuando se le recuerda el tiempo que ha necesitado para ver publicadas esas fotografías en el libro The Ramble, NYC 1969, y la dificultad que conllevaba en su momento tratar de convencer a las grandes revistas. Tress recuerda perfectamente quién rompió el tabú: “Creo que el mérito es de Jim Gantz. Cuando fue nombrado conservador en el museo Getty, pensó que mi trabajo había sido un poco olvidado y se convirtió en una especie de defensor de mi obra. Hicimos un libro juntos titulado San Francisco 1964, sobre el verano que pasé allí fotografiando gente”. “Años más tarde”, recuerda, “mientras revisábamos las hojas de contacto del proyecto Open Space, él descubrió las fotos del Ramble. Me preguntó qué eran. Le expliqué que había fotografiado a hombres gais en 1969, pero que nunca pude publicarlas. Life y Time no iban a hacerlo. Así que habían permanecido en una caja. Él fue el primero que publicó esas fotos como parte del catálogo de Getty”.

La editorial británica Stanley/Barker ha completado la misión: “Les encantó la serie del Ramble y decidieron hacer este libro, que presentaron en Paris Photo. Resultó ser uno de los primeros documentos gráficos sobre el cruising gay que retrata, además, un momento muy particular en la evolución del movimiento, porque fue solo unos meses antes de los disturbios de Stonewall, que supusieron un cambio total. Los hombres que conocí en el Ramble, y yo mismo, vivíamos muy ocultos. Tenían miedo de ser descubiertos; podías perder tu trabajo”, dice Tress.

En casa tampoco fue fácil: “Mi hermana es activista, diez años mayor que yo. Cuando le dijo a mi madre que era gay, mi madre nunca volvió a hablarle. Venimos de una familia religiosa. Eso era muy típico, y sigue ocurriendo. Le dije a mi padre que era gay cuando tenía 17 años y pensó que debía ver a un psiquiatra. La Asociación Americana de Psiquiatría consideraba la homosexualidad una enfermedad mental. Todos los psiquiatras tenían ese manual en su mesa. Decían que era ilegal y antinatural: necesitamos 20 años de protestas para hacerles cambiar de opinión”, afirma mientras sonríe.

“Con The Ramble quería mostrar que el cruising también era una forma de socialización, casi como el instituto: había pequeños grupos. Parte de ello tenía que ver con la búsqueda de amantes de fantasía. Muchas personas atractivas participaban en ese juego; las cosas han cambiado y hoy mucha gente ha encontrado formas alternativas de relacionarse. Tengo muchos amigos gais casados o en pareja en San Francisco. Me parece maravilloso que esa situación exista, al menos por ahora”, dice el fotógrafo, que recuerda bien la época que ilustra su libro: “Si conocías a alguien en el Ramble, incluso si tenías sexo con él, no podías mirarlo a la cara ni darle tu nombre. Quizá podías intercambiar el teléfono, pero la mayoría de los encuentros eran de una sola noche, totalmente casuales. Eso tenía un coste emocional. La mayoría de las personas buscan amor y conexión, y esa dinámica creaba una atmósfera de tensión y frustración. Creo que eso se percibe en algunas partes del libro”.
Retrato de un  joven gay valiente.  foto: ARTHUR TRESS, 1969 (ED. STANLEY/BARKER)
La revuelta de Stonewall es otro de los referentes de Tress. El Stonewall Inn era un bar de Greenwich Village, un barrio de Nueva York, muy frecuentado por la comunidad gay de la Costa Este. Cansados del acoso de la policía y de sus frecuentes redadas por motivos puramente homófobos, la madrugada del 28 de junio de 1969, docenas de clientes atacaron a diversos agentes en una serie de incidentes que se alargaron durante seis días y que se consideran la génesis de un cambio radical en la autopercepción del colectivo. “Después de Stonewall, los hombres gais empezaron a buscar otras formas de conectarse. Antes solo podían encontrarse en bares llenos de humo, ruido y alcohol. Surgieron clubes de senderismo, teatro, cenas, equipos de béisbol, grupos de terapia. Yo asistí a algunos grupos donde se hablaba de cómo formar relaciones. No sabíamos cómo hacerlo”, confiesa.

El neoyorquino sigue usando la misma cámara, una Hasselblad, no trabaja en digital y continúa fotografiando en blanco y negro. Ha trabajado como editor educativo sobre pueblos indígenas: los mayas, los Toto en la India, los lapones en Suecia. “Escribía sobre sus ceremonias, tabúes y culturas. Siempre me han interesado los arquetipos de comportamiento que existen incluso en nuestro mundo contemporáneo. De eso va The Ramble. Al fotografiar a los homosexuales, a los maricones —como se les llamaba entonces— en Central Park, yo formaba parte de esa tribu. Tenía una comprensión profunda de lo que estaba ocurriendo precisamente por eso: los gais eran mi tribu”, concluye el fotógrafo.


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