Irse de vacaciones y no subirlo a las redes: “El viaje vuelve a valer por sí mismo”
Hartos del postureo, algunos viajeros optan por vivir la experiencia sin editarla mentalmente para una audiencia. Es lo que se conoce como ‘zeroposting’
Pablo Suárez, en Santiago de Compostela, el 3 de septiembre. Foto: ROCÍO CIBES

“Hoy fue un día extremo. Subida a tope con más caña de lo que nunca imaginé. Hubo algún coche que hasta me daba ánimos. La sensación salvaje de estar en la naturaleza es increíble. Es la mayor aventura de mi vida. Mañana me levantaré hecho una mierda”. Es la primera vez que se publica este audio grabado en Balcón del Pissis, en la frontera entre Chile y Argentina. Se trata de una de las notas de voz que Pablo Suárez registraba a modo de diario personal, para consumo propio, mientras estaba de viaje recorriendo, de punta a punta, todo el continente latinoamericano. Al igual que este joven compostelano, cada vez más gente se ha hartado de compartir todo en las redes sociales. La privacidad empieza a verse como un pequeño lujo cotidiano.
“Son las ocho de la tarde. Estoy cansado y casi sin agua en medio de la cuesta de Zapala. Hace un calor increíble y la sensación es pesadísima. Me advirtieron en una ferretería que tenga cuidado con los pumas. Espero que no haya problemas. Hay una tranquilidad absoluta y, en el fondo, se está a gusto”. Al escuchar estas notas de voz de Suárez, parece que reencarna a Christopher McCandless, el protagonista de la película Into The Wild. El joven gallego pidió una excedencia en su trabajo de físico cuántico en Irlanda y llegó a Ushuaia con su bici, el punto más al sur de Argentina. Pedaleó por la cordillera de los Andes hasta llegar a Ecuador. En total viajó durante un año y medio y recorrió gran parte del continente. Durante todo ese tiempo no subió nada a redes sociales. Solo compartía alguna foto con sus amigos y familiares y grababa cosas para sí mismo. “Hace años que me borré Instagram y detesto esa necesidad de que si no compartes algo significa que no sucede. No me gusta eso de sacar fotos y pensar en la aprobación”, explica.
El turismo sigue siendo uno de los ámbitos más activos en redes, pero el caso de Suárez responde a una tendencia social. Hay quien la llama zeroposting, por el hecho de dejar de subir contenido. Cada vez gusta menos decir a dónde se va. Un 38% de los viajeros oculta deliberadamente sus ubicaciones, según un estudio de Booking. No etiquetan destinos poco conocidos para protegerlos de la masificación.
Igual que Suárez, Rocío Belén Lasserre, decidió hacer un viaje largo e introspectivo para conocerse más a sí misma durante dos años. “Con la tecnología, durante el viaje solo mensajeaba a mi familia cada tanto para avisarles que estaba bien y por dónde andaba, nada más. No quería que nada me sacase de ese momento”, relata esta argentina que dejó su trabajo de entonces para emprender su viaje. Ella viajaba haciendo autoestop y no todo era idílico: “Siendo joven, sola, tuve varias malas experiencias de acoso y misoginia: hombres que piensan que hacer dedo en la ruta te predispone a acostarte con ellos”. “Hubo comentarios fuera de lugar y algún intento de beso. Por suerte ninguna situación llegó a mayores ni hubo traumas que lamentar, pero me quedó un sabor amargo”, lamenta.
Pablo Jiménez atiende a EL PAÍS en medio de un tren de Laos hasta Bangkok. Lleva tres meses de viaje. Empezó en Vietnam, en Ho Chi Minh. Allí se compró una motocicleta y condujo de punta a punta hasta el norte. Él sí usaba mucho las redes sociales antes de su aventura. “Sentía la necesidad de desconectar de este mundo tan raro que vivimos. He recuperado la espontaneidad de conocer gente sin el miedo al rechazo”, reflexiona. Tiene claro su discurso: “Vivimos en una época de sobresaturación, de excesiva información y de dopamina rápida sin control que la mayoría de las veces no somos capaces de gestionar. Ese ha sido mi caso”.
Este artista musical quiere cambiar eso y por ello intenta usar las redes solo para comunicarse con sus amigos. “He estado instalando y desinstalando y solo he subido cada ciertas semanas algo de contenido a mejores amigos para tener actualizada a mi gente cercana, pero no he subido nada para que el mundo vea que estoy viajando. Eso, de hecho, me aterra”. Su desconexión es parcial: “La necesidad de sobreexponerse uno mismo sigue ahí, pero la voy domando. Quiero sentir emociones sin tener que compartirlas”.
Cansados de la falsedad
Vivir las cosas para uno mismo debería ser lo natural. La validación externa, la conexión social y la construcción de nuestra propia identidad están ahí. Pero durante la última década, cualquier momento de la vida se ha podido convertir en contenido consumible por otros. Hoy, cuando se viaja para compartir se viven dos experiencias. Una la real y otra la de la imaginación mental de cómo se va a exponer. Esa doble tarea tiene un coste cognitivo real. “Resta atención al momento presente y genera una forma de ansiedad anticipatoria, la de “cómo van a ver esto los demás”, que puede acompañar todo el viaje”, apunta Ricardo Fandiño, psicólogo clínico y coordinador general de la Asociación para la Salud Emocional en la Infancia y Adolescencia (ASEIA) en Galicia.
En viajes del estilo de los de Suárez, Lasserre o Jiménez, hay gente que sí aprovecha para crear contenido y, si pueden, monetizarlo. “A veces hay cierta falsedad o melodramatismo o fingir que todo va bien o mal según intereses”, recuerda Pablo Suárez. “Juegan un poco con la realidad en función de lo que quieras contar. Eso modifica el recuerdo personal”. “El problema no es tanto compartir en sí, sino que la validación externa se convierta en la vara de medir si el viaje mereció la pena”, indica Fandiño.
Como Suárez, cada vez más gente deja las redes sociales. El Estudio de Redes Sociales 2026 de IAB Spain de hace un par de meses indica que el 42% de los usuarios ha abandonado o dejado de visitar alguna plataforma en el último año, en contraste con el 33% registrado en 2025. Las plataformas con mayor tasa de abandono son X (Twitter), con un 11%, y Facebook, con un 10%. “La gente empieza a darse cuenta de que las cosas no son como en las redes. Los influencers te meten cada vez más publicidad y los algoritmos te lo replican. Creo que no somos tan idiotas. El contenido que consumimos es cada vez peor y visceral”, opina Suárez.
Existe cierto agotamiento digital. “La gente ya está un poco harta de tanto contenido falso y de tanto postureo”, asegura Cristóbal Fernández, profesor de Comunicación Digital en la Universidad Complutense. “El contenido digital se percibe como excesivamente editado, ‘curado’ y desconectado de la realidad. Los usuarios prefieren priorizar las experiencias reales en lugar de consumir o publicar historias de forma constante”, explica.
¿Es mejor viajar sin compartirlo todo constantemente? “Cuando la presión desaparece, la experiencia se vive de forma más directa y con menos ruido cognitivo. Eso ayuda a tener un recuerdo más nítido”, responde Fandiño. Y, ¿de qué sirve un viaje así de inmersivo y largo? “Te abre la mente y expandes límites físicos. Al pasar tanto tiempo solo hay mucho diálogo interno. Mi conciencia me llevó a sitios que no me esperaba: dilemas que tienes personales, cuando estás viajando solo en bicicleta y tienes que meterte en la tienda a las 6 de la tarde. Llegas a conclusiones que no llegarías antes”, responde Suárez.
“Necesitaba apartarme de lo artificial. Me da mucha tristeza pensar en la fiesta de disfraces constante en la que estamos. Jugamos a ver la vida de los demás, a juzgarla, a decorarla e incluso a veces a imitarla”, confiesa Jiménez. “¿A qué punto nos está llevando la voluntad de aprobación externa? ¿Hacemos las cosas por que las sentimos o las hacemos porque nos las han metido a golpe de martillo con un algoritmo?”, se cuestiona. Muchos de quienes crecieron usando las redes sintieron cierta fascinación hacia ellas y basaron gran parte de su propia construcción de la identidad. Ahora la han cambiado. “La usan con humor, ironía o el vínculo horizontal. Dejan de usarlas para autodefinirse”, explica Fandiño.
¿Qué puede aprender quien deje de viajar pensando en compartirlo todo en redes sociales? “El criterio externo desaparece y el viaje vuelve a valer por sí mismo, no por su repercusión. Detrás nos encontramos con la recuperación de tres espacios que las redes sociales tendieron a fusionar en uno solo: lo íntimo, lo privado y lo público”, concluye Fandiño. “Los mejores momentos de mi viaje ni siquiera era instagrameables. Algunos de los viajeros más interesantes que conocí era gente que estaba muy callada. Hay algo especial en quedarte las historias para ti”, responde Suárez. “No soy ningún juez moral, pero recomiendo a todo el mundo que prueben a quitarse las redes. Al principio frustra, pero luego es una liberación. No hace falta recorrer Latinoamérica para descubrirlo. El tesoro del viaje se queda en ti”.






