24 octubre 2026

Sexo químico (chemsex): radiografía de un problema de salud pública

A las consecuencias clínicas de las fiestas que mezclan sexo y drogas (mayor riesgo de transmisión de VIH y otras ITS o graves efectos en la salud psíquica) se unen otras más invisibles enraizadas en un entramado de problemas emocionales, de aceptación y de autodestrucción.

MARÍA CORISCO
11 enero de 2021


Son muchas las capas que envuelven y conforman el fenómeno creciente de las fiestas con sexo químico (chemsex). La capa exterior, esa que nos habla de interminables sesiones de sexo y drogas, es tan estridente que eclipsa el fondo del problema y corremos el riesgo de quedarnos en la superficie. Pero, a no mucho que profundicemos, encontraremos un entramado de factores –desde el estigma del VIH a la homofobia interiorizada– que explican por qué esta práctica se ha convertido en un problema de salud pública.

El término, de origen anglosajón, es un acrónimo de las palabras chemical y sex, es decir, drogas químicas y sexo. Nada nuevo si se tiene en cuenta que, ya desde la Grecia clásica, se encuentran referencias a la utilización de sustancias psicoactivas en un contexto sexual. Pero el chemsex o sexo químico tiene un patrón de consumo característico, tanto en el tipo de sustancias como en el perfil de usuarios y en el desarrollo de los encuentros sexuales, que lo vincula a prácticas de riesgo que favorecen una mayor probabilidad de transmisión del VIH y otras infecciones de transmisión sexual (ITS), así como a diferentes problemas psicoemocionales y a complicaciones para la salud. Metanfetamina, mefedrona, pópers o GHB/GBL son de las más consumidas en el chemsex, pero también éxtasis, ketamina o cocaína, todas potenciadoras de la desinhibición y que disminuyen la percepción del riesgo.


El perfil de usuarios, principalmente el de hombres gays, bisexuales y otros hombres que tienen sexo con hombres (agrupados bajo las siglas GBO), es especialmente vulnerable a los riesgos y daños asociados a su práctica. Otro factor que se añade a la problemática es el de la proliferación de aplicaciones móviles que se utilizan tanto para buscar parejas sexuales como para la compraventa de las sustancias, lo que favorece que se viralice como conducta de ocio. Todo ello eclosiona en un tipo de fiestas sexuales –en grupo habitualmente, pero también en tríos, o en parejas– que se pueden prolongar durante días y en las que se desvanece fácilmente todo lo que tenga que ver con la prevención y el cuidado de la salud.

Profundizar más allá del cliché
Los expertos hablan de un desafío de proporciones aún desconocidas. “Se sabe que el sexo químico es predominantemente urbano, más frecuente en Madrid y Barcelona, así como en destinos turísticos populares entre los gays como Torremolinos, Sitges, Ibiza o Valencia”, explica Jorge Garrido, director de Apoyo Positivo, asociación dedicada a la asistencia y promoción de la salud y muy centrada en VIH y otras ITS. Pero es muy difícil conocer su verdadera magnitud porque se mueve en los circuitos clandestinos de las sustancias ilegales y en la opacidad de las aplicaciones con geolocalización. Para obtener una aproximación no queda otra que tirar de encuestas. La más reciente, la EMIS-2017 (encuesta europea online entre hombres que tienen sexo con hombres, y en la que participaron 10.652 residentes en España) revela que, de los que habían tenido relaciones sexuales en los doce meses anteriores, el 14,1% había practicado chemsex en ese periodo, y el 7,6% en las últimas cuatro semanas. La tasa se elevaba en algunos subgrupos, como el de hombres con VIH o el de quienes cobraron o pagaron a cambio de sexo.


Es la fotografía de un cliché. Pero la radiografía nos habla tanto de causas visibles como invisibles detrás del fenómeno. “Las aplicaciones proporcionan inmediatez, disponibilidad y accesibilidad a parejas y drogas, pero no son la causa”, puntualiza Garrido. Fueron las asociaciones, recuerda, las primeras en darse cuenta del viraje que estaban experimentando las juergas de sexo y drogas. “A medida que íbamos viendo cómo el consumo sexualizado de estas sustancias, que antes era puntual, terminaba convirtiéndose en una cultura del ocio, y cómo se iba permeabilizando dentro del colectivo gay, bisexual y de hombres que tienen sexo con hombres, quisimos entender por qué se estaba expandiendo”.

“Detectamos un número significativamente alto de pacientes con historial de abusos, de acoso por su orientación del deseo o por su identidad sexual”, explica Jorge Garrido desde Apoyo Positivo. Es entonces cuando ven que detrás hay un entramado de problemas emocionales y de salud mental. “Nos llamó la atención que no se trataba, en principio, de perfiles conflictivos: eran jóvenes de mediana edad, de entre 30 y 40 años, con un cierto nivel de estudios. No eran grupos en riesgo de exclusión social”, detalla Garrido. Se trataba de ver qué los llevaba a adentrarse en esa espiral de consumo autodestructivo: “Al hacer una intervención más en profundidad, detectamos una mala gestión emocional. Y aparecen también las fobias: “Vivimos una masculinidad tóxica, consecuencia de la cual encontramos en los propios GBO una homofobia interiorizada y, en los infectados por VIH, una serofobia latente. Hay traumas no gestionados, una no aceptación de la sexualidad. Se instaura la cultura del rechazo hacia lo que pueda parecer femenino, se condena la pluma”.

Ni prevención ni protección
Habla Garrido de autodestrucción. Como especialista en enfermedades infecciosas, el doctor Pablo Ryan, del Hospital Universitario Infanta Leonor (Madrid), ve a diario las consecuencias clínicas del chemsex. “Cada vez nos encontramos más ITS o ETS, sobre todo debido a la percepción disminuida del riesgo. Las drogas dan una sensación de euforia y de invulnerabilidad”. Al mismo tiempo, señala, se da la paradoja de que el control de la infección por VIH que proporcionan los tratamientos antirretrovirales ha propiciado una relajación de las precauciones: “Los tratamientos funcionan muy bien y los pacientes saben que no transmiten el virus; además, los practicantes de sexo químico que no tienen VIH tienen a su disposición la PrEP (profilaxis preexposición), por lo que saben que no van a infectarse. Así, disminuye la prevención y la protección, y el preservativo prácticamente no se utiliza”, expone Ryan. La consecuencia es un enorme incremento de otras enfermedades de transmisión sexual, como la gonorrea o la sífilis. “Tampoco ayuda que algunas de estas drogas se consuman por vía parenteral [es decir, no digestiva, como puede ser la intravenosa]. Es el llamado slamsex o slam, que favorece aún más la transmisión de infecciones”, añade.


Siguiendo en el contexto específico del VIH, existe en la comunidad médica una preocupación especial en torno al modo en el que algunos tratamientos antirretrovirales pueden interactuar con ciertas drogas utilizadas en el sexo químico. La información es limitada –lógicamente, no existen ensayos clínicos de pacientes que tomen  antirretrovirales y drogas–, pero se sabe que algunos antirretrovirales modifican la forma en la que se metabolizan las drogas, pudiendo provocar tanto un incremento de su toxicidad como una sobredosis. Asimismo, desde el GTT (ONG dedicada a elaborar información sobre tratamientos del VIH y el sida desde la perspectiva comunitaria) advierten: “Si una droga o sustancia disminuye las concentraciones de un medicamento antirretroviral, el tratamiento podría dejar de funcionar correctamente y, en consecuencia, perderse el control de la infección por VIH. Y, si una droga o sustancia aumenta las concentraciones de un medicamento del VIH, podría aumentar el riesgo de desarrollar efectos secundarios asociados al fármaco”.

Además, las drogas, en particular en el ámbito del sexo químico, pueden tener una influencia negativa en la adherencia al tratamiento antirretroviral. Esta pérdida de adherencia, según el estudio Impacto clínico del ‘chemsex’ en las personas con VIH, se puede producir por distintos motivos: por una percepción anormal de la importancia de la medicación; por una alteración del patrón del sueño; por la imposibilidad de ingerir al tener problemas con la masticación y la deglución, o porque algunos antirretrovirales se deben tomar con comida y estas drogas pueden reducir el apetito. El impacto más fuerte se prevé en quienes realizan consumos muy intensivos, que podrían llevar a la pérdida frecuente de tomas y, por tanto, comprometer la eficacia del tratamiento.


Pero las consecuencias clínicas, coinciden los expertos, van más allá y envuelven especialmente la esfera de la salud mental. “Muchas de estas personas parten de una vulnerabilidad previa que les hace estar más predispuestos a tener un consumo problemático con estas drogas”, explica el doctor Ryan, y Jorge Garrido lo corrobora: “El chemsex se ha asociado con sobredosis, suicidios, adicciones, problemas de salud mental, agresiones sexuales, etc. A lo que hay que sumar el impacto negativo en el rendimiento profesional y en la vida social y afectiva”. Volviendo a la EMIS-2017, el 5,9% de los participantes presentaba un grado severo de ansiedad y/o depresión y el 21,4% tuvo ideas suicidas en algún momento durante las dos últimas semanas previas a la encuesta.

Una estrategia de reducción de daños
El camino pasa por entender que se trata de un problema de salud pública. Así lo han entendido ciudades como Madrid y Barcelona, que han incluido el sexo químico dentro de sus planes municipales de adicciones. “Todos debemos involucrarnos”, advierte el doctor Ryan. “Los médicos debemos ser proactivos y preguntar a nuestros pacientes por su consumo de drogas. Y no podemos decirles que la droga es tóxica, que no la tomen, sino que hay que intentar una estrategia de reducción de daños; dentro de esta estrategia, en la que damos consejos para prevenir ITS o evitar la pérdida del control, procuramos que no utilicen la vía inyectada, porque hemos visto que se asocia a mayores síntomas psicopatológicos graves, como paranoias, conductas suicidas o psicosis”.

Jorge Garrido, desde Apoyo Positivo, concluye: “Hay que ir a ver qué está pasando con el consumo sexualizado de sustancias más allá del colectivo GBO. Ver cómo gestionamos nuestra sexualidad y nuestra vida erótica, cómo nos relacionamos emocionalmente. Es la asignatura pendiente”. (Fuente: VIHda positiva) 

Información y apoyo: 
chemsex.info es un sitio web de información de la ONG stop. sobre reducción de riesgos cuando se consumen drogas y otras sustancias durante el sexo.

El Servicio ChemSex Support es anónimo, gratuito, confidencial y, sobre todo, respetuoso con la vivencia de la sexualidad de cada cual y su consumo de drogas y otras sustancias. Está gestionado por profesionales de la comunidad gay. No es necesario dejar de consumir ni es necesariamente el objetivo. El objetivo lo marca cada cual. Ofrecen atención psico-sanitaria y asesoramiento en reducción de riesgos, tanto de forma presencial como por videoconferencia. 

¡PÁSALO!

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Machismo homosexual, el otro lado de la masculinidad tóxica



Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

El machismo, que no cesa, adopta múltiples formas en la vida cotidiana. Una de las que menos se escribe o habla es el machismo homosexual. El machista homosexual es aquel que se las ve y se las desea para mantener una apariencia de heterosexualidad. En la red se anuncian como presuntos heterosexuales (“tío hetero con novia buscando similar”), obsesionados por hacerse pasar por lo que no son. Así, en las aplicaciones de contactos o en los videochats, se presentan “decapitados”, sin dar la cara. Se autoengañan creyéndose libres cuando tienen que gestionar la clandestinidad de una doble vida que deben mantener secreta entre su círculo de familiares, amigos y colegas, por lo que no son libres para actuar con naturalidad, léase, por ejemplo, pasear junto a otro homosexual por la calle en la ciudad donde residen.

La visibilidad amenaza su tapadera. Urden mil estratagemas para autoengañarse y no verse expuestos. Las principales víctimas de este montaje de engaños y ocultación son, una vez más, las mujeres, esposas y novias que ignoran la doble vida de su pareja, pero también los gays normalizados que intentan interactuar con ellos. Entre los deportistas homosexuales abundan todavía quienes viven escondidos detrás de la careta machista de un apodo imposible: "HetSport37: Tío con vida hetero deportista busca similar", "Het-bi: fibrado, deportista, fútbol. Solo tíos que lleven vida hetero. Discreción!", "heterobasic", o "hetero y masc". Algunos deberían revisar la definición del sufijo griego "hetero" en el diccionario. Otros buscan a hombres "rollo hetero o casados". Muchos matrimonios y relaciones están basados en la mentira y el engaño porque algunos no tienen lo que hay que tener. El cine occidental ha reflejado este drama familiar en películas como Brokeback Mountain o Freier Fall (Caída libre). 

Como ya expliqué cuando abordé la diferencia entre gays y homosexuales, discreción es el eufemismo que estos últimos usan para referirse a su invisibilidad. Pululan por el ciberarmario que para ellos es internet exigiendo discreción para esconder su orientación sexual, no dan el teléfono (a veces ni siquiera el nombre), suelen proporcionar una dirección falsa o ninguna, habituados a engañar continuamente para mantener la ficción de su doble vida y por el miedo constante a verse expuestos y parecer maricones. Viven en tensión para no desvelar datos o fotografías comprometedoras. Esclavos de sí mismos, algunos no besan ni acarician con tal de mantener una pose de duros o machos que actúe como tapadera de su homosexualidad furtiva. Son individuos de una masculinidad tóxica y supremacista, ajenos a la nueva masculinidad sana e igualitaria que intenta abrirse paso en nuestro tiempo.

El machista homosexual es preso de su ignorancia. Alberga en su mente la idea de que, entre dos hombres, uno adopta el rol “de hombre” y el otro el “de mujer”, de que uno solo da y el otro solo recibe. Alguno incluso se cree más masculino que otros por ser cien por cien activo. Eso tal vez explique que algunos rechacen explorar otros aspectos de su sexualidad. Además, desde su mentalidad primitiva tienden a equiparar heterosexualidad con masculinidad, y homosexualidad con afeminamiento (“plumas no”). Vamos, un cacao mental.

El machismo es lo más opuesto a la ternura de ir cogidos de la mano o abrazados por la cintura. El homosexual machista (“yo no beso”) nunca es tierno, va de duro por la vida (y si, requerido con insistencia, proporciona una imagen de su rostro, esconde los ojos tras unas gafas de sol y cierra los labios para no esbozar una sonrisa). Cuando interactúan con otros hombres, tienden a mostrarse egoístas, inflexibles y mandones (“yo eso no lo hago”). Si la ternura es seña de identidad de la nueva masculinidad, estos tipos aún no se han enterado. Al igual que el machista heterosexual, el machista homosexual reproduce patrones de masculinidad obsoletos. Por su disfuncionalidad, el homosexual armarizado y/o machista sufre un trastorno psicosocial ya que no es, o no ha aprendido a ser, un gay normal.

Dicen las encuestas que el machismo ha prendido entre los jóvenes. En tiempos de crisis, no sólo arraigan el racismo, el nacionalismo o el fanatismo religioso. También se recrudecen las actitudes homófobas y machistas. Erradiquemos la ignorancia para acabar con cualquier forma de machismo. Pásalo. cmg2015

Artículo relacionado: Cómo se manifiesta el machismo en las relaciones homosexuales

19 octubre 2026

Odiar Madrid

La Gran Vía de Madrid. Foto: Alexander Spatari (Getty Images)

Por Diego S. Garrocho, El País, 19 de octubre de 2026

Odiar Madrid se ha convertido en un género literario. No uno cualquiera, sino uno de esos que aspiran a conferir prestigio y distinción a quien lo ejerce. Como el haiku o las novelas gordas. Renegar de la capital de España, despreciar su atmósfera o denunciar la hostilidad de sus gentes (así, en plural, como harían Yolanda Díaz o Julio Iglesias) ha pasado a ser una pose pretendidamente chic y cultivada. Odiar Madrid es salirse de la masa ejerciendo de masa, es reivindicarse viajero contra los turistas o defender la civilización frente a la barbarie. Odiar Madrid es elegir lubina cuando crees que todos piden chuletón.

Odiar Madrid requiere además cierta condescendencia histórica. Quien desprecia la capital reniega de la ciudad de ahora, añorando una urbe que nunca existió. Hablar mal del Madrid presente exige recordar aquella otra ciudad de cuando entonces. Pero abominar de Madrid es, sobre todo, declararles la guerra a las matemáticas, porque los datos muestran que cuanta más gente dice odiar Madrid, más personas quieren vivir en ella.

Lo único a lo que aspiran quienes hablan mal de la capital, como cualquiera, por otra parte, es a no ser como los demás. Etiam si omnes, ego non. Sin embargo, repudiar Madrid es algo tan obvio y manido como criticar El Padrino III o el Premio Planeta. Es una apuesta sin riesgo ni originalidad. Una coqueta impostura con la que ya hay quien cree que se sitúa, como en cualquier gesto menor, en el lado correcto de la historia.

Odiar Madrid se ha convertido en un reflejo, en una frase hecha, en una fórmula de cortesía con la que uno abre conversación en una cena. Es, además, una oferta de complicidad y una contraseña. Un signo de corte. Si te ofrecen repudiar tu ciudad, no puedes no aceptar. Sería como despreciar un brindis o no corresponder al saludo de un vecino. Si escuchas a alguien despotricar de Madrid, toca decir que sí: que está inhabitable, que no se puede respirar, que las calles están sucias y que hay fascistas, anarcocapitalistas y millonarios extractivistas por todas las esquinas.

Lo peor es que todo eso es cierto. Madrid es un agujero negro donde convergen casi todos los adjetivos y sus contrarios: es cara y cateta, sucia y artificial, provinciana y cosmopolita; Madrid es rancia y moderna, insomne y perezosa, desastrosa y presumida. Y ahora que todos los cursis suspiran por Lisboa y se han lanzado a criticarla, dan ganas de decirlo en todas las reuniones, aunque sea mentira: Madrid es la mejor ciudad del mundo.

16 octubre 2026

La verdad de las mentiras

 Por JUAN CRUZ

El País Babelia, 24.05.08

Ahora escribe una novela sobre Roger Casement, el irlandés del siglo XIX que luchó contra el colonialismo en el Congo y en Perú; tiene la mesa llena de libros que luego serán deglutidos para convertirse en materia de ficción o de verdad, no se sabe, la novela será lo que él mismo llama la verdad de las mentiras. Esos libros que Mario Vargas Llosa apila en una mesa limpia, la mesa de una biblioteca pública, constituyen ya una bibliografía completa, pero serán luego una línea; los necesita devorar, siempre fue así, desde cadete, y ahora además que se ha cortado el pelo casi como para la mili, parece un cadete, y un opositor.

Mario Vargas Llosa sigue siendo un alumno que a sus 72 años (que cumplió el 28 de marzo) se prepara como si fuera a clase. Obsesivamente. Ha trabajado en bibliotecas de todas las ciudades donde ha vivido, desde Lima a Madrid, pasando por aquella de la que sido más asiduo, la del Museo Británico, en Londres. Ésta en la que su hija Morgana le ha cazado (y le ha cazado: ahí no se tolera mucho que se hagan fotos) es la New York Public Library, la biblioteca de Nueva York, a la que va todos los días, de lunes a viernes, de once a cinco de la tarde. Juan Carlos Onetti (sobre el que acaba de escribir un libro: de nuevo, en una biblioteca) le dijo un día: "Vos estás casado con la literatura, yo la tengo de amante". Y es así, él está casado con Patricia, pero además con la literatura, es su obligación obsesiva, y se la sigue tomando como cuando escribía en el Jute, el bar en el que hizo en Madrid parte de La ciudad y los perros, mientras estudiaba. Con libros, con cuadernos chiquitos y con su letra ascendente, y con su bolígrafo, que durante años siempre ha sido el mismo. Este que tiene en la mano se le extravió un día, a principios del año 2000; lo dejó en manos de un arquitecto tinerfeño, Carlos A. Schwartz, que le había dedicado un libro suyo de fotos sobre Santa Cruz junto a una escultura de Henry Moore. En el avión hacia París, Vargas Llosa se dispuso a tomar notas y advirtió que ese bolígrafo estaba extraviado. No paró hasta que deshizo el rastro y Schwartz le mandó, por courier, el bolígrafo con el que aparece aquí, con la camisa abierta, pelado casi como un recluta, con sus gafas cortadas, sentado de lado como si le fueran a llamar para tomarle la lección. La gente lo ve como si estuviera escribiendo la enésima novela, pero él la aborda con el mismo espíritu con que se sentó a escribir la primera.●

03 octubre 2026

Sin postureo / zeroposting

Irse de vacaciones y no subirlo a las redes: “El viaje vuelve a valer por sí mismo”

Hartos del postureo, algunos viajeros optan por vivir la experiencia sin editarla mentalmente para una audiencia. Es lo que se conoce como ‘zeroposting’

Pablo Suárez, en Santiago de Compostela, el 3 de septiembre. Foto: ROCÍO CIBES

Raúl Novoa
El País, 3 de octubre de 2026
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“Hoy fue un día extremo. Subida a tope con más caña de lo que nunca imaginé. Hubo algún coche que hasta me daba ánimos. La sensación salvaje de estar en la naturaleza es increíble. Es la mayor aventura de mi vida. Mañana me levantaré hecho una mierda”. Es la primera vez que se publica este audio grabado en Balcón del Pissis, en la frontera entre Chile y Argentina. Se trata de una de las notas de voz que Pablo Suárez registraba a modo de diario personal, para consumo propio, mientras estaba de viaje recorriendo, de punta a punta, todo el continente latinoamericano. Al igual que este joven compostelano, cada vez más gente se ha hartado de compartir todo en las redes sociales. La privacidad empieza a verse como un pequeño lujo cotidiano.

“Son las ocho de la tarde. Estoy cansado y casi sin agua en medio de la cuesta de Zapala. Hace un calor increíble y la sensación es pesadísima. Me advirtieron en una ferretería que tenga cuidado con los pumas. Espero que no haya problemas. Hay una tranquilidad absoluta y, en el fondo, se está a gusto”. Al escuchar estas notas de voz de Suárez, parece que reencarna a Christopher McCandless, el protagonista de la película Into The Wild. El joven gallego pidió una excedencia en su trabajo de físico cuántico en Irlanda y llegó a Ushuaia con su bici, el punto más al sur de Argentina. Pedaleó por la cordillera de los Andes hasta llegar a Ecuador. En total viajó durante un año y medio y recorrió gran parte del continente. Durante todo ese tiempo no subió nada a redes sociales. Solo compartía alguna foto con sus amigos y familiares y grababa cosas para sí mismo. “Hace años que me borré Instagram y detesto esa necesidad de que si no compartes algo significa que no sucede. No me gusta eso de sacar fotos y pensar en la aprobación”, explica.

El turismo sigue siendo uno de los ámbitos más activos en redes, pero el caso de Suárez responde a una tendencia social. Hay quien la llama zeroposting, por el hecho de dejar de subir contenido. Cada vez gusta menos decir a dónde se va. Un 38% de los viajeros oculta deliberadamente sus ubicaciones, según un estudio de Booking. No etiquetan destinos poco conocidos para protegerlos de la masificación.

Igual que Suárez, Rocío Belén Lasserre, decidió hacer un viaje largo e introspectivo para conocerse más a sí misma durante dos años. “Con la tecnología, durante el viaje solo mensajeaba a mi familia cada tanto para avisarles que estaba bien y por dónde andaba, nada más. No quería que nada me sacase de ese momento”, relata esta argentina que dejó su trabajo de entonces para emprender su viaje. Ella viajaba haciendo autoestop y no todo era idílico: “Siendo joven, sola, tuve varias malas experiencias de acoso y misoginia: hombres que piensan que hacer dedo en la ruta te predispone a acostarte con ellos”. “Hubo comentarios fuera de lugar y algún intento de beso. Por suerte ninguna situación llegó a mayores ni hubo traumas que lamentar, pero me quedó un sabor amargo”, lamenta.

Pablo Jiménez atiende a EL PAÍS en medio de un tren de Laos hasta Bangkok. Lleva tres meses de viaje. Empezó en Vietnam, en Ho Chi Minh. Allí se compró una motocicleta y condujo de punta a punta hasta el norte. Él sí usaba mucho las redes sociales antes de su aventura. “Sentía la necesidad de desconectar de este mundo tan raro que vivimos. He recuperado la espontaneidad de conocer gente sin el miedo al rechazo”, reflexiona. Tiene claro su discurso: “Vivimos en una época de sobresaturación, de excesiva información y de dopamina rápida sin control que la mayoría de las veces no somos capaces de gestionar. Ese ha sido mi caso”.

Este artista musical quiere cambiar eso y por ello intenta usar las redes solo para comunicarse con sus amigos. “He estado instalando y desinstalando y solo he subido cada ciertas semanas algo de contenido a mejores amigos para tener actualizada a mi gente cercana, pero no he subido nada para que el mundo vea que estoy viajando. Eso, de hecho, me aterra”. Su desconexión es parcial: “La necesidad de sobreexponerse uno mismo sigue ahí, pero la voy domando. Quiero sentir emociones sin tener que compartirlas”.

Cansados de la falsedad

Vivir las cosas para uno mismo debería ser lo natural. La validación externa, la conexión social y la construcción de nuestra propia identidad están ahí. Pero durante la última década, cualquier momento de la vida se ha podido convertir en contenido consumible por otros. Hoy, cuando se viaja para compartir se viven dos experiencias. Una la real y otra la de la imaginación mental de cómo se va a exponer. Esa doble tarea tiene un coste cognitivo real. “Resta atención al momento presente y genera una forma de ansiedad anticipatoria, la de “cómo van a ver esto los demás”, que puede acompañar todo el viaje”, apunta Ricardo Fandiño, psicólogo clínico y coordinador general de la Asociación para la Salud Emocional en la Infancia y Adolescencia (ASEIA) en Galicia.

En viajes del estilo de los de Suárez, Lasserre o Jiménez, hay gente que sí aprovecha para crear contenido y, si pueden, monetizarlo. “A veces hay cierta falsedad o melodramatismo o fingir que todo va bien o mal según intereses”, recuerda Pablo Suárez. “Juegan un poco con la realidad en función de lo que quieras contar. Eso modifica el recuerdo personal”. “El problema no es tanto compartir en sí, sino que la validación externa se convierta en la vara de medir si el viaje mereció la pena”, indica Fandiño.

Como Suárez, cada vez más gente deja las redes sociales. El Estudio de Redes Sociales 2026 de IAB Spain de hace un par de meses indica que el 42% de los usuarios ha abandonado o dejado de visitar alguna plataforma en el último año, en contraste con el 33% registrado en 2025. Las plataformas con mayor tasa de abandono son X (Twitter), con un 11%, y Facebook, con un 10%. “La gente empieza a darse cuenta de que las cosas no son como en las redes. Los influencers te meten cada vez más publicidad y los algoritmos te lo replican. Creo que no somos tan idiotas. El contenido que consumimos es cada vez peor y visceral”, opina Suárez.

Existe cierto agotamiento digital. “La gente ya está un poco harta de tanto contenido falso y de tanto postureo”, asegura Cristóbal Fernández, profesor de Comunicación Digital en la Universidad Complutense. “El contenido digital se percibe como excesivamente editado, ‘curado’ y desconectado de la realidad. Los usuarios prefieren priorizar las experiencias reales en lugar de consumir o publicar historias de forma constante”, explica.

¿Es mejor viajar sin compartirlo todo constantemente? “Cuando la presión desaparece, la experiencia se vive de forma más directa y con menos ruido cognitivo. Eso ayuda a tener un recuerdo más nítido”, responde Fandiño. Y, ¿de qué sirve un viaje así de inmersivo y largo? “Te abre la mente y expandes límites físicos. Al pasar tanto tiempo solo hay mucho diálogo interno. Mi conciencia me llevó a sitios que no me esperaba: dilemas que tienes personales, cuando estás viajando solo en bicicleta y tienes que meterte en la tienda a las 6 de la tarde. Llegas a conclusiones que no llegarías antes”, responde Suárez.

“Necesitaba apartarme de lo artificial. Me da mucha tristeza pensar en la fiesta de disfraces constante en la que estamos. Jugamos a ver la vida de los demás, a juzgarla, a decorarla e incluso a veces a imitarla”, confiesa Jiménez. “¿A qué punto nos está llevando la voluntad de aprobación externa? ¿Hacemos las cosas por que las sentimos o las hacemos porque nos las han metido a golpe de martillo con un algoritmo?”, se cuestiona. Muchos de quienes crecieron usando las redes sintieron cierta fascinación hacia ellas y basaron gran parte de su propia construcción de la identidad. Ahora la han cambiado. “La usan con humor, ironía o el vínculo horizontal. Dejan de usarlas para autodefinirse”, explica Fandiño.

¿Qué puede aprender quien deje de viajar pensando en compartirlo todo en redes sociales? “El criterio externo desaparece y el viaje vuelve a valer por sí mismo, no por su repercusión. Detrás nos encontramos con la recuperación de tres espacios que las redes sociales tendieron a fusionar en uno solo: lo íntimo, lo privado y lo público”, concluye Fandiño. “Los mejores momentos de mi viaje ni siquiera era instagrameables. Algunos de los viajeros más interesantes que conocí era gente que estaba muy callada. Hay algo especial en quedarte las historias para ti”, responde Suárez. “No soy ningún juez moral, pero recomiendo a todo el mundo que prueben a quitarse las redes. Al principio frustra, pero luego es una liberación. No hace falta recorrer Latinoamérica para descubrirlo. El tesoro del viaje se queda en ti”.

30 septiembre 2026

Elogio de la conversación

Por MARTA REBÓN, El País Semanal, 09.06.19

Entre los muchos logros de Internet figura el cruce inmediato de mensajes entre personas distantes. Paradójicamente, eso ha herido la comunicación verbal, entendida como el intercambio directo de ideas.

¿Conversar es un arte en peligro de extinción? Decir que sí sería, cuando menos, controvertido, pues hoy todo a nuestro alrededor está montado de tal manera que nos llegan sin cesar oportunidades de interactuar tanto con amigos como con desconocidos. La conectividad digital permite intercambiar mensajes sin límite, de modo que vivimos en la ilusión de estar inmersos en una suerte de charla infinita. Puede que la pregunta inicial no parezca tan desatinada si nos paramos a pensar en qué se entiende por conversación y, en especial, qué se espera de sus participantes: la expresión de argumentos, por un lado, y la escucha atenta, por el otro. En nuestro actual entorno hipertecnificado, ambas acciones constituyen todo un reto. Lo primero exige ciertas dosis de soledad previa para que quien hable haya tenido la posibilidad de elaborar algo genuinamente propio; lo segundo, prestar atención. O, dicho de otro modo, remar a contracorriente en el caudaloso río de estímulos e interrupciones por el que navegamos a diario. Y, además, dialogar no es un intercambio de monólogos. Afirmaba Jean de La Bruyère que el talento de la conversación no consiste tanto en mostrar mucho como en hacer que los demás encuentren.

Nuestras vidas se basan en interacciones, y la comunicación verbal es la herramienta más a mano para producirlas. Nadie discutirá la máxima aristotélica de que el ser humano es un animal social inclinado a exteriorizar opiniones y sentimientos. Por lo tanto, el silencio impuesto conlleva pesadumbre y, cuando un ser querido deja de dirigirnos la palabra, experimentamos dolor. El escritor Henry Fielding, en su ensayo de 1743 dedicado a la conversación, la definió como el intercambio de ideas mediante el cual se examina la verdad y en el que cada cuestión se analiza desde distintos puntos de vista, de manera que el conocimiento se comparte. La historia ha conocido momentos estelares de este arte desde que Platón señalara que es la forma más elevada del conocimiento. Muchos siglos después se empezó a percibir la relación directa entre estabilidad política y el mundo conversacional, aquel que David Hume describió como el de la conversación respetuosa en la que se da y se recibe en aras de un goce mutuo. Para mantener un intercambio lingüístico auténtico se deben dejar a un lado la vanidad, la intransigencia y el orgullo; así pues, la antítesis de la charla es la polarización enconada.

La conversación, tal como se ha desarrollado tradicionalmente a lo largo de la historia, tiene un denominador común: el cara a cara, el aquí y el ahora. Y esa necesidad de comunicarnos mirándonos a los ojos es lo que la omnipresencia de las pantallas ha empezado a difuminar, hasta el punto de que hay quien ha llegado a creer que, con esos sucedáneos de coloquios mediados por un dispositivo, nada se pierde en el camino. La pantalla, cabe recordarlo, no solo es una superficie que transmite contenidos, sino también, en su segunda acepción, una separación, barrera o protección que se interpone entre los individuos. Por eso investigadores como Sherry Turkle, profesora de Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología del MIT, alertan de la crisis de empatía que fomentan los aparatos electrónicos, pues nos privan de ver las emociones que afloran cuando dos personas se explican frente a frente y en tiempo real. Conversar, además, es la manera más eficaz de crear vínculos afectivos. Turkle apunta en En defensa de la conversación (Ático Bolsillo) que cada vez esperamos más de la tecnología y menos de las personas que nos rodean, a las que hemos arrebatado buena parte de nuestra atención para desviarla a contenidos alojados en otra parte. “Hemos sacrificado la conversación por la mera conexión”, añade, y cita estudios científicos que demuestran que la mera presencia de un teléfono en la mesa, aun desconectado, desvirtúa la atención de todos los presentes. Otro dato preocupante: cuanto más tiempo pasan conectados los niños, menor es su capacidad para identificar sentimientos ajenos.

Tal es nuestra confianza depositada en la tecnología para llenar los silencios, combatir el aburrimiento y expresarnos sin el temor a sentirnos juzgados que la industria se afana en desarrollar inteligencia artificial a fin de que hablemos con objetos en lugar de con personas. Los robots conversacionales son ya una realidad. Hoy en día es posible reunir todos los mensajes y comentarios de un usuario en la Red para que, una vez muerto, se puedan recrear sus patrones de conversación, de modo que podamos seguir chateando con él. Aunque esto, como vaticinó Alan Turing, no dejará de ser un juego de imitación. La tecnología es un medio extraordinario, pero nada es capaz, avisa Turkle, de sustituir una comunicación en persona y los beneficios que reporta. El sociólogo Georg Simmel, ya a principios del siglo pasado, calificó la conversación de antídoto contra la presión y el estrés que causaba la vida moderna. En fecha reciente, un estudio de la Universidad de Chicago ha probado que la tertulia fortuita entre dos extraños en un tren o en una sala de espera hace de ese momento una experiencia más agradable. Tal vez, señalan sus autores, sobrevaloramos el deseo de intimidad en un planeta cada vez más poblado. No entender los beneficios de la interacción social deriva forzosamente en soledad, empobrecimiento y falta de empatía.

Marta Rebón es traductora, fotógrafa y crítica literaria.

25 septiembre 2026

Segunda sesión de cortos en Adriano Antinoo

Le Marais (Paris, je t'aime)

Al entrar en una imprenta, Gaspar (interpretado por un jovencísimo Gaspard Ulliel) se siente inmediatamente atraído por el aprendiz del negocio, Eli. La impetuosa confesión que Gaspar le participa, referida a la nueva y extraña sensación que le embarga, es inútil pues el aprendiz no entiende bien francés. Dirigida por Gus van Sant, 2006 [En francés e inglés con subtítulos en español] 6 min. 


Los tíos (o esta plaza está llena de trolos)

Marco Berger, 2019. Una hilarante historia bonaerense de boliches, minas y putos, que explora tensiones masculinas, jugando con el lenguaje. Real como la vida misma."Sí, hagamos cosas de amistad..." [Subtítulos en castellano] 5 min.
https://www.youtube.com/watch?v=-48zpzIPw-o

Eurofán

A veces, los prejuicios, van en sentido contrario: ¿es que un hombre hetero no puede ser fan de Eurovisión? Divertida pieza dirigida por Roberto Pérez Toledo en 2015, que derriba mitos y estereotipos con sentido del humor. No es un drama, es un eurodrama. 4 min. https://www.youtube.com/watch?v=zgoKDR_Dpgs&t=7s

Por un beso

Denunciar la homofobia a pie de calle. Dirigido por David Velduque, 2016, 5 min. https://www.youtube.com/watch?v=hqFGW2WPJWk

Pancarta

A las manis hay que ir con pancarta. Un cortometraje reivindicativo de Roberto Pérez Toledo, 2018, 5 min. https://youtu.be/HaOyoqUvoXg

Dena asmatuta dago (Todo está inventado)

Dos que se aman se hacen preguntas de mucho calado mientras comparten un porro en la bañera. Dirigido por Jone Arriola. (2023) [En vasco con subtítulos en castellano] 14 min.

+Mi reseña sobre Dena Asmatuta Gago 






una miniseries de Russell T Davies recomendada (M+):


(De puntillas)





18 septiembre 2026

Bésale, bésale mucho / Keep on kissing

Por/By CARLOS MARTÍN GAEBLER

Dicen que los españoles nos besamos y tocamos tanto en público que es una alegría. Debe ser el lado tierno de la marca España. Recuerdo que, ya en el añorado 1992 del olímpico 
Amics per sempre, lo resaltaba la escritora Rosa Montero en un artículo titulado Besos y otras cosas. Hasta nuestros waterpolistas se besan en los morros cuando conquistan un título de relumbrón. Pero no todos los hombres se sienten libres para besar o acariciar a sus novios, maridos o amigos en público. Un original anuncio publicitario australiano anima a las parejas del mismo sexo a cogerse de la mano, estén donde estén.

La visibilidad es un derecho orgullosamente conquistado. Fruto de la lucha por la igualdad son las bodas entre personas del mismo sexo, cuya difusión mediática ha contribuido a normalizar la visión que los heteros tienen de nosotros. Sin embargo, cada uno de nosotros puede hacer más por esa normalización, porque la visibilidad sí que importa, como nos recuerda este exquisito vídeo noruego. ¿Te vas a perder la incomparable sensación de libertad que da ir cogido de la mano de tu amado/a por la calle? Échale valor, y disfruta de la vida ahí fuera (del armario). Si escondes la mano y sucumbes al miedo, les haces el juego a los homófobos, a los machistas, y ganan ellos. Que no nos dé miedo el amor. 

Para que los heteros aprendan a mirarnos con naturalidad debemos comportarnos con la naturalidad que proporciona la ternura, también en la vía pública, en las playas, en un restaurante, en el cine, en la universidad, en el metro. Muchos gays y lesbianas deben aún guardarse la mano en el bolsillo cuando pasean junto a su pareja por la calle. No nos reprimamos nunca cuando queramos acariciar o besar a nuestro chico o chica, o nos apetezca ir cogidos de la mano, por miedo a fascistas homófobos. Mostrando nuestro amor podemos parar su odio. Pásalo. cmg2019

They say that we Spaniards kiss and touch each other so much in public that it is a joy. It must be the tender side of the "Spain brand." I remember that back in the longed-for year of 1992—the Olympic year of the Amics per sempre slogan—the writer Rosa Montero highlighted this in an article titled Kisses and Other Things. Even our water polo players kiss each other on the lips when they win a prestigious title.But not all men feel free to kiss or caress their boyfriends, husbands, or friends in public. An original Australian commercial encourages same-sex couples to hold hands, wherever they are. Visibility is a proudly conquered right.A fruit of the struggle for equality is same-sex weddings, whose media coverage has helped normalize the view that heterosexuals have of us. However, each of us can do more for that normalization, because visibility really does matter, as this exquisite Norwegian video reminds us. Are you going to miss out on the incomparable feeling of freedom that comes from walking down the street holding your loved one's hand? Be brave, and enjoy life out there (outside of the closet). If you hide your hand and succumb to fear, you play into the hands of homophobes and machistas, and they win. Let us not be afraid of love. For straights to learn to look at us naturally, we must behave with the naturalness that tenderness provides—in public spaces, on beaches, in a restaurant, at the movies, at the university, on the subway. Many gays and lesbians still have to keep their hands in their pockets when walking down the street with their partners. Let us never repress ourselves when we want to caress or kiss our guy or girl, or when we feel like holding hands, out of fear of homophobic fascists. By showing our love, we can stop their hate. Pass it on. cmg2019

04 septiembre 2026

Marruecos contra los marroquíes

Por NAJAT EL HACHMI, El País, 4 de septiembre de 2026

El régimen lleva décadas forzando la emigración para rebajar las tensiones de la pobreza y la tiranía.

Dos migrantes cocinan en la playa de El Trampolín. Foto: Javier Hernández

La entrada masiva de marroquíes a finales de julio en Ceuta no es una entrada masiva; es la plasmación más gráfica y fidedigna del trato que da el régimen alauí a su gente, en especial a sus menores. Estarán orgullosos los artífices de la iniciativa, quienes hayan decidido usar a la población para lo que es a todas luces un ataque a una ciudad que lleva cinco siglos siendo española. Estarán contentos por haber dado al mundo esa imagen precisa de lo que es en realidad un país que se presenta como el más moderno, que progresa económicamente, el que tiene una buena selección de fútbol (compuesta casi toda por hombres que ni nacieron ni crecieron en Marruecos y que le deben poco o nada a la bandera que llevan en la camiseta), que prohíbe las bolsas de plástico de forma radical lavando en verde el despotismo con que somete a su población.

Nada nuevo, en realidad: el mundo no lo ha visto, pero el país en el que nací lleva décadas haciendo exactamente lo que hizo este verano, vertiendo a los marroquíes en otros países como se vierte la mierda en las alcantarillas. Pregunten a cualquiera que proceda del magnífico reino dirigido por Mohamed VI y les contará lo que es no tener patria porque la que se supone tuya de nacimiento hace lo posible para que te vayas, para que huyas de su territorio. No es algo reciente: la emigración ya la usaba Hassan II como arma de represión contra sus “súbditos”. La historia de la zona de la que yo procedo, el Rif, no es más que una historia de destierros involuntarios. Nos contaron que era por razones económicas, para tener una vida mejor; pero lo que quedó enterrado por el silencio traumático de nuestros padres y abuelos es que hubo políticas deliberadas para que nos fuéramos. Éramos demasiados, queríamos comer, organizábamos manifestaciones cuando subía el precio del pan y no veíamos forma alguna de aplacar el hambre en esa tierra yerma y abandonada, arrasada por las élites extractivas —empezando por el propio Rey, que puede llevar una vida de lujo y regalar joyas carísimas a mandatarios extranjeros— mientras los niños que viven bajo su dictadura no ven otra salida que la de ir hacia el Norte, donde sus ídolos viven en paz y puede crecer la esperanza.
No, ese Marruecos que ha visto el mundo entero no es nada nuevo, es el plomo de antaño, es Betty Lachgar encarcelada por una camiseta, es Nasser Zafzafi cumpliendo 20 años a la sombra, es usar a seres humanos con finalidades geoestratégicas. Es arrojar a los niños al mar. Y que se ahoguen como se ahoga el resto del país bajo la bota dictatorial.
Un niño marroquí de 12 años, sin familiares en Ceuta, agarrándose a un militar español
suplicándole que no le devuelvan a su país al grito de: "¡No, Marruecos, no!" 


31 agosto 2026

Paris, j'adore.

En el verano de 2006 realicé uno de mis muchos viajes a París, y redacté mis impresiones para compartirlas por correo con mis amigos. Veinte años después, la capital de Francia me sigue fascinando:

Un recuerdo de mi infancia me ha venido a la memoria estos días. Cuando, de niño, el nombre de esta ciudad surgía en alguna conversación, mi madre, esbozando una nostálgica sonrisa, solía decirme en su dulce alemán: "Paris, du bist die schönste Stadt der Welt." Creo que fue aquella concisa pero solemne referencia a la ciudad más bella del mundo lo que provocó mi eterna fascinación por París y propició mis muchas estancias en la capital de Francia. Ahora me faltan adjetivos para describirte lo que veo y siento estos días en París, pero soy muy feliz aquí y te mando estas reflexiones para compartir este viaje contigo.

Definitivamente, París es el corazón de Europa. Aquí se percibe el modelo social europeo en su plenitud: una sociedad multirracial, integrada, cosmopolita, civilizada, educada y laica. La revolución francesa no se hizo en vano y los frutos aún perduran, a pesar de las justas revueltas en los barrios degradados de la periferia (banlieues).

He aprovechado estos cuatro días para ver algunas novedades, como el recién inaugurado Museo du Quai Branly y la Grand Arche de la Defense. El primero es un museo soberbio sobre todas las artes no europeas, cuya visión nos ayuda a reducir nuestro complaciente eurocentrismo y a maravillarnos con la destreza y el ingenio de unos pueblos que hasta hace dos días llamábamos primitivos. Cuánto debió aprender Picasso de esas máscaras precubistas y cómo se intuye el minimalismo en muchos de los diseños. Además, el edificio de Jean Nouvel, a la sombra de la Torre Eiffel, aporta una buena dosis de espectacularidad.

Después de muchos años, por fin pude volver a visitar los rascacielos de La Defense; la impresionante Grand Arche levantada por Mitterrand parece una catedral sin dios. Subir sus escaleras blancas es como ascender por una pirámide egipcia. Sus dimensiones sobrecogen y nos recuerdan nuestra insignificancia (aunque la subida al mirador exterior no merece la pena).  Mejor vista hay desde el restaurante de la sexta planta del Centro Pompidou (no te lo pierdas).

Y, por último, déjame contarte sobre uno de los mayores encantos de París: la negritud. Por todos lados, negros y negras bellísimos; mezclados tras generaciones, son europeos africanos o africanos europeizados, tanto monta, que pasean su sofisticada belleza por toda París. Se comprende que a Lorca le llamaran tanto la atención los negros de Cuba y de Manhattan. Aquí ellas lucen unos tocados espectaculares, unos andares sensuales y ellos unas maneras exquisitas cuando te hablan. Son franceses, bien sure.

En fin, me voy maravillado de este país culto y educado. Estos días me han sabido a poco y seguro que volveré pronto para seguir mejorando mi francés (he descubierto la joya hedonista de la revista TÊTU). Sueño con una semana de primavera en la Provenza con un grupo de amigos, ¿te apuntas? Cuando estoy en Francia entiendo por qué siempre me he considerado un español afrancesado. Y a mucha honra. Joder, ¡cuánto juego da una revolución bien hecha!

I wish u were here (avec moi).
Je t'embrasse,
Carlos
05.08.2006

20 agosto 2026

No ser un chivato

Por Delia Rodríguez

Revista elDiario.es #52, junio 2026

UN PISO TURÍSTICO MÁS, UNA FAMILIA EN EL BARRIO MENOS.
Vivienda gentrificada dos años después y vecino expulsado
del centro de Sevilla. Foto_cmg, 2024

Una amiga me preguntó hace poco por algún lugar bonito de una provincia que conozco bien. Un sitio que no te importa que se gentrifique, dijo. Estaba escribiendo una guía de viaje para un medio lo suficientemente importante como para provocar un impacto notable en una región diminuta, así que en realidad ella estaba planteando, medio en serio, medio en broma, el dilema entre hacer bien su trabajo y causar daño con él. En los últimos años, muchas personas, y no solo las dedicadas al periodismo, hemos empezado a tomar conciencia de que popularizar un lugar no siempre es positivo. El giro ético es notable, porque pasamos de compartir con entusiasmo nuestras pasiones en internet a callárnoslas. Si durante la mayor parte de la historia de la red valoramos la transparencia, ahora lo más generoso consiste en no ser un chivato. Mientras la esencia de internet fue el hipertexto (es decir, enlazar una cosa y no otra de entre todo el mar de contenidos generados por la humanidad), nos ayudamos a descubrir lo valioso: una artista, un libro, un bar, un paisaje. Cuando la viralidad comenzó a concentrar millones de miradas en un solo punto, la cosa cambió.

Para bien y para mal, internet masificó y globalizó el deseo. La turistificación de hoy comenzó hace una década como una moda inofensiva: acercarse a los campos de lavanda de Brihuega para sacarse una foto para Instagram, viajar hasta París para colocar un candado de amor en alguno de sus puentes. Ahora los portugueses no pueden vivir en la bella Lisboa, las islas mediterráneas han establecido tasas y limitaciones para acceder a sus calas, y Málaga, Alicante, Valencia, Barcelona o Madrid desearían no haber aparecido nunca en las listas de mejores sitios del mundo. Si alguien habla en TikTok sobre una joya escondida, el vídeo es celebrado, pero también hay comentarios que dicen "podrías haberte callado". Yo misma, que antes compartía con alegría en público mis lugares favoritos, ahora me los callo. Cuanto más me importa un sitio, menos hablo de él. 

Somos alrededor de 500 millones los chivatos que, en todo el mundo, hemos compartido alguna vez reseñas, fotos o puntuaciones en Google Maps sobre 300 millones de lugares. Toda esa información, junto a la de Tripadvisor, Booking, las redes, los foros o las páginas web, es absorbida por la inteligencia artificial. Al igual que los algoritmos de las redes sociales, Claude, Gemini, o ChatGPT también tienden a recomendarnos a todos la misma escapada o el mismo restaurante, matando a unos de éxito y asfixiando al resto.

Afortunadamente, además de no chivarse, existen otras técnicas útiles para la resistencia digital que provienen de tiempos analógicos, como ejercer el noble arte del sabotaje. Envenenar las IAs con recomendaciones falsas. Retirar información de internet. Comunicarnos en clave o en entornos físicos. Cuando Barcelona descolgó de Google Maps la información sobre una línea de autobús urbano masificada por el turismo, se vació y pudo volver a ser usada por los vecinos. ☺ 

19 agosto 2026

John John Forever

Por Amaia Odriozola

El País, 18 de agosto de 2026


Hubo un tiempo en el que el verano parecía empezar cuando un Kennedy se subía a un barco. Antes fue John F. Kennedy a bordo del 'Victura'; después, su hijo convirtió las aguas entre Hyannis Port y Martha's Vineyard en el escenario de un verano que parecía eterno. El Atlántico, una lancha y John John: esa era la postal. Sus imágenes navegando, descalzo y en bañador siguen despertando algo en el imaginario popular.

Mientras otros personajes públicos reservaban las vacaciones para la intimidad, John Kennedy Jr. seguía dejándose ver como un veraneante más. Al timón, con el pelo revuelto por el viento, y unas gafas de sol, parecía ajeno a la construcción de un icono que, sin embargo, estaba ocurriendo delante de todas las cámaras.


En los noventa, las fotografías junto a Carolyn Bessette ayudaron a construir una imagen de pareja tan sofisticada como accesible. No había poses estudiadas ni gestos grandilocuentes: solo dos personas disfrutando del mar, como si el apellido Kennedy no pesara durante unas horas. 

Hyannis Port (en Massachusetts), el histórico refugio estival de los Kennedy, nunca fue únicamente una residencia familiar. Durante décadas funcionó como el decorado donde los Kennedy proyectaron una idea de América joven, deportiva y optimista.

Descalzo sobre un pantalán o caminando por el puerto, John John transmitía una naturalidad difícil de fabricar. En esas imágenes desaparecía el abogado, el editor de 'George' o el heredero de una de las familias más famosas del mundo. Quedaba simplemente un hombre de vacaciones.

Las fotografías de aquellos veranos hablan de un tiempo anterior a las redes sociales, cuando todavía era posible ver a una celebridad cargando una nevera portátil o preparando una jornada en el agua sin que pareciera una estrategia de comunicación. Estas imágenes conservan intacta su capacidad para despertar nostalgia. No solo recuerdan a un hombre; evocan un verano.

Su físico también terminó convirtiéndose en un símbolo de su época. Practicaba deporte con regularidad, corría por Central Park y disfrutaba del esquí acuático, pero su imagen estaba lejos de la musculatura extrema que dominaría Hollywood pocos años después.


Las imágenes navegando junto a Carolyn captan algo extraordinariamente raro entre las celebridades de los noventa: la sensación de que nadie estaba actuando para la cámara. Esa espontaneidad terminó convirtiéndose en una forma de elegancia.

Resulta difícil separar hoy estas escenas del desenlace que tendría su historia apenas unos años después. Sin embargo, precisamente por eso conservan una ligereza especial: pertenecen a un verano que todavía parecía no tener final.

Quizá por eso estas fotografías siguen funcionando como una postal de otra época. No hablan solo de un Kennedy ni de una tragedia, sino del último momento en que la fama todavía podía parecer compatible con una vida sorprendentemente normal.


En una familia acostumbrada a construir mitos, quizá el mayor logro de John John fue parecer completamente ajeno a ellos. Esa impresión de absoluta normalidad es, probablemente, lo que sigue haciendo tan magnéticas estas fotografías.