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24 octubre 2026
Sexo químico (chemsex): radiografía de un problema de salud pública
Machismo homosexual, el otro lado de la masculinidad tóxica
Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
El machismo, que no cesa, adopta múltiples formas en la vida cotidiana. Una de las que menos se escribe o habla es el machismo homosexual. El machista homosexual es aquel que se las ve y se las desea para mantener una apariencia de heterosexualidad. En la red se anuncian como presuntos heterosexuales (“tío hetero con novia buscando similar”), obsesionados por hacerse pasar por lo que no son. Así, en las aplicaciones de contactos o en los videochats, se presentan “decapitados”, sin dar la cara. Se autoengañan creyéndose libres cuando tienen que gestionar la clandestinidad de una doble vida que deben mantener secreta entre su círculo de familiares, amigos y colegas, por lo que no son libres para actuar con naturalidad, léase, por ejemplo, pasear junto a otro homosexual por la calle en la ciudad donde residen.
Artículo relacionado: Cómo se manifiesta el machismo en las relaciones homosexuales
19 octubre 2026
Odiar Madrid
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| La Gran Vía de Madrid. Foto: Alexander Spatari (Getty Images) |
Por Diego S. Garrocho, El País, 19 de octubre de 2026
Odiar Madrid se ha convertido en un género literario. No uno cualquiera, sino uno de esos que aspiran a conferir prestigio y distinción a quien lo ejerce. Como el haiku o las novelas gordas. Renegar de la capital de España, despreciar su atmósfera o denunciar la hostilidad de sus gentes (así, en plural, como harían Yolanda Díaz o Julio Iglesias) ha pasado a ser una pose pretendidamente chic y cultivada. Odiar Madrid es salirse de la masa ejerciendo de masa, es reivindicarse viajero contra los turistas o defender la civilización frente a la barbarie. Odiar Madrid es elegir lubina cuando crees que todos piden chuletón.
Odiar Madrid requiere además cierta condescendencia histórica. Quien desprecia la capital reniega de la ciudad de ahora, añorando una urbe que nunca existió. Hablar mal del Madrid presente exige recordar aquella otra ciudad de cuando entonces. Pero abominar de Madrid es, sobre todo, declararles la guerra a las matemáticas, porque los datos muestran que cuanta más gente dice odiar Madrid, más personas quieren vivir en ella.
Lo único a lo que aspiran quienes hablan mal de la capital, como cualquiera, por otra parte, es a no ser como los demás. Etiam si omnes, ego non. Sin embargo, repudiar Madrid es algo tan obvio y manido como criticar El Padrino III o el Premio Planeta. Es una apuesta sin riesgo ni originalidad. Una coqueta impostura con la que ya hay quien cree que se sitúa, como en cualquier gesto menor, en el lado correcto de la historia.
Odiar Madrid se ha convertido en un reflejo, en una frase hecha, en una fórmula de cortesía con la que uno abre conversación en una cena. Es, además, una oferta de complicidad y una contraseña. Un signo de corte. Si te ofrecen repudiar tu ciudad, no puedes no aceptar. Sería como despreciar un brindis o no corresponder al saludo de un vecino. Si escuchas a alguien despotricar de Madrid, toca decir que sí: que está inhabitable, que no se puede respirar, que las calles están sucias y que hay fascistas, anarcocapitalistas y millonarios extractivistas por todas las esquinas.
Lo peor es que todo eso es cierto. Madrid es un agujero negro donde convergen casi todos los adjetivos y sus contrarios: es cara y cateta, sucia y artificial, provinciana y cosmopolita; Madrid es rancia y moderna, insomne y perezosa, desastrosa y presumida. Y ahora que todos los cursis suspiran por Lisboa y se han lanzado a criticarla, dan ganas de decirlo en todas las reuniones, aunque sea mentira: Madrid es la mejor ciudad del mundo.
16 octubre 2026
La verdad de las mentiras
Por JUAN CRUZ
El País Babelia, 24.05.08
Ahora escribe una novela sobre Roger Casement, el irlandés del siglo XIX que luchó contra el colonialismo en el Congo y en Perú; tiene la mesa llena de libros que luego serán deglutidos para convertirse en materia de ficción o de verdad, no se sabe, la novela será lo que él mismo llama la verdad de las mentiras. Esos libros que Mario Vargas Llosa apila en una mesa limpia, la mesa de una biblioteca pública, constituyen ya una bibliografía completa, pero serán luego una línea; los necesita devorar, siempre fue así, desde cadete, y ahora además que se ha cortado el pelo casi como para la mili, parece un cadete, y un opositor.
Mario Vargas Llosa sigue siendo un alumno que a sus 72 años (que cumplió el 28 de marzo) se prepara como si fuera a clase. Obsesivamente. Ha trabajado en bibliotecas de todas las ciudades donde ha vivido, desde Lima a Madrid, pasando por aquella de la que sido más asiduo, la del Museo Británico, en Londres. Ésta en la que su hija Morgana le ha cazado (y le ha cazado: ahí no se tolera mucho que se hagan fotos) es la New York Public Library, la biblioteca de Nueva York, a la que va todos los días, de lunes a viernes, de once a cinco de la tarde. Juan Carlos Onetti (sobre el que acaba de escribir un libro: de nuevo, en una biblioteca) le dijo un día: "Vos estás casado con la literatura, yo la tengo de amante". Y es así, él está casado con Patricia, pero además con la literatura, es su obligación obsesiva, y se la sigue tomando como cuando escribía en el Jute, el bar en el que hizo en Madrid parte de La ciudad y los perros, mientras estudiaba. Con libros, con cuadernos chiquitos y con su letra ascendente, y con su bolígrafo, que durante años siempre ha sido el mismo. Este que tiene en la mano se le extravió un día, a principios del año 2000; lo dejó en manos de un arquitecto tinerfeño, Carlos A. Schwartz, que le había dedicado un libro suyo de fotos sobre Santa Cruz junto a una escultura de Henry Moore. En el avión hacia París, Vargas Llosa se dispuso a tomar notas y advirtió que ese bolígrafo estaba extraviado. No paró hasta que deshizo el rastro y Schwartz le mandó, por courier, el bolígrafo con el que aparece aquí, con la camisa abierta, pelado casi como un recluta, con sus gafas cortadas, sentado de lado como si le fueran a llamar para tomarle la lección. La gente lo ve como si estuviera escribiendo la enésima novela, pero él la aborda con el mismo espíritu con que se sentó a escribir la primera.●
03 octubre 2026
Sin postureo / zeroposting
Irse de vacaciones y no subirlo a las redes: “El viaje vuelve a valer por sí mismo”
Hartos del postureo, algunos viajeros optan por vivir la experiencia sin editarla mentalmente para una audiencia. Es lo que se conoce como ‘zeroposting’
Pablo Suárez, en Santiago de Compostela, el 3 de septiembre. Foto: ROCÍO CIBES

“Hoy fue un día extremo. Subida a tope con más caña de lo que nunca imaginé. Hubo algún coche que hasta me daba ánimos. La sensación salvaje de estar en la naturaleza es increíble. Es la mayor aventura de mi vida. Mañana me levantaré hecho una mierda”. Es la primera vez que se publica este audio grabado en Balcón del Pissis, en la frontera entre Chile y Argentina. Se trata de una de las notas de voz que Pablo Suárez registraba a modo de diario personal, para consumo propio, mientras estaba de viaje recorriendo, de punta a punta, todo el continente latinoamericano. Al igual que este joven compostelano, cada vez más gente se ha hartado de compartir todo en las redes sociales. La privacidad empieza a verse como un pequeño lujo cotidiano.
“Son las ocho de la tarde. Estoy cansado y casi sin agua en medio de la cuesta de Zapala. Hace un calor increíble y la sensación es pesadísima. Me advirtieron en una ferretería que tenga cuidado con los pumas. Espero que no haya problemas. Hay una tranquilidad absoluta y, en el fondo, se está a gusto”. Al escuchar estas notas de voz de Suárez, parece que reencarna a Christopher McCandless, el protagonista de la película Into The Wild. El joven gallego pidió una excedencia en su trabajo de físico cuántico en Irlanda y llegó a Ushuaia con su bici, el punto más al sur de Argentina. Pedaleó por la cordillera de los Andes hasta llegar a Ecuador. En total viajó durante un año y medio y recorrió gran parte del continente. Durante todo ese tiempo no subió nada a redes sociales. Solo compartía alguna foto con sus amigos y familiares y grababa cosas para sí mismo. “Hace años que me borré Instagram y detesto esa necesidad de que si no compartes algo significa que no sucede. No me gusta eso de sacar fotos y pensar en la aprobación”, explica.
El turismo sigue siendo uno de los ámbitos más activos en redes, pero el caso de Suárez responde a una tendencia social. Hay quien la llama zeroposting, por el hecho de dejar de subir contenido. Cada vez gusta menos decir a dónde se va. Un 38% de los viajeros oculta deliberadamente sus ubicaciones, según un estudio de Booking. No etiquetan destinos poco conocidos para protegerlos de la masificación.
Igual que Suárez, Rocío Belén Lasserre, decidió hacer un viaje largo e introspectivo para conocerse más a sí misma durante dos años. “Con la tecnología, durante el viaje solo mensajeaba a mi familia cada tanto para avisarles que estaba bien y por dónde andaba, nada más. No quería que nada me sacase de ese momento”, relata esta argentina que dejó su trabajo de entonces para emprender su viaje. Ella viajaba haciendo autoestop y no todo era idílico: “Siendo joven, sola, tuve varias malas experiencias de acoso y misoginia: hombres que piensan que hacer dedo en la ruta te predispone a acostarte con ellos”. “Hubo comentarios fuera de lugar y algún intento de beso. Por suerte ninguna situación llegó a mayores ni hubo traumas que lamentar, pero me quedó un sabor amargo”, lamenta.
Pablo Jiménez atiende a EL PAÍS en medio de un tren de Laos hasta Bangkok. Lleva tres meses de viaje. Empezó en Vietnam, en Ho Chi Minh. Allí se compró una motocicleta y condujo de punta a punta hasta el norte. Él sí usaba mucho las redes sociales antes de su aventura. “Sentía la necesidad de desconectar de este mundo tan raro que vivimos. He recuperado la espontaneidad de conocer gente sin el miedo al rechazo”, reflexiona. Tiene claro su discurso: “Vivimos en una época de sobresaturación, de excesiva información y de dopamina rápida sin control que la mayoría de las veces no somos capaces de gestionar. Ese ha sido mi caso”.
Este artista musical quiere cambiar eso y por ello intenta usar las redes solo para comunicarse con sus amigos. “He estado instalando y desinstalando y solo he subido cada ciertas semanas algo de contenido a mejores amigos para tener actualizada a mi gente cercana, pero no he subido nada para que el mundo vea que estoy viajando. Eso, de hecho, me aterra”. Su desconexión es parcial: “La necesidad de sobreexponerse uno mismo sigue ahí, pero la voy domando. Quiero sentir emociones sin tener que compartirlas”.
Cansados de la falsedad
Vivir las cosas para uno mismo debería ser lo natural. La validación externa, la conexión social y la construcción de nuestra propia identidad están ahí. Pero durante la última década, cualquier momento de la vida se ha podido convertir en contenido consumible por otros. Hoy, cuando se viaja para compartir se viven dos experiencias. Una la real y otra la de la imaginación mental de cómo se va a exponer. Esa doble tarea tiene un coste cognitivo real. “Resta atención al momento presente y genera una forma de ansiedad anticipatoria, la de “cómo van a ver esto los demás”, que puede acompañar todo el viaje”, apunta Ricardo Fandiño, psicólogo clínico y coordinador general de la Asociación para la Salud Emocional en la Infancia y Adolescencia (ASEIA) en Galicia.
En viajes del estilo de los de Suárez, Lasserre o Jiménez, hay gente que sí aprovecha para crear contenido y, si pueden, monetizarlo. “A veces hay cierta falsedad o melodramatismo o fingir que todo va bien o mal según intereses”, recuerda Pablo Suárez. “Juegan un poco con la realidad en función de lo que quieras contar. Eso modifica el recuerdo personal”. “El problema no es tanto compartir en sí, sino que la validación externa se convierta en la vara de medir si el viaje mereció la pena”, indica Fandiño.
Como Suárez, cada vez más gente deja las redes sociales. El Estudio de Redes Sociales 2026 de IAB Spain de hace un par de meses indica que el 42% de los usuarios ha abandonado o dejado de visitar alguna plataforma en el último año, en contraste con el 33% registrado en 2025. Las plataformas con mayor tasa de abandono son X (Twitter), con un 11%, y Facebook, con un 10%. “La gente empieza a darse cuenta de que las cosas no son como en las redes. Los influencers te meten cada vez más publicidad y los algoritmos te lo replican. Creo que no somos tan idiotas. El contenido que consumimos es cada vez peor y visceral”, opina Suárez.
Existe cierto agotamiento digital. “La gente ya está un poco harta de tanto contenido falso y de tanto postureo”, asegura Cristóbal Fernández, profesor de Comunicación Digital en la Universidad Complutense. “El contenido digital se percibe como excesivamente editado, ‘curado’ y desconectado de la realidad. Los usuarios prefieren priorizar las experiencias reales en lugar de consumir o publicar historias de forma constante”, explica.
¿Es mejor viajar sin compartirlo todo constantemente? “Cuando la presión desaparece, la experiencia se vive de forma más directa y con menos ruido cognitivo. Eso ayuda a tener un recuerdo más nítido”, responde Fandiño. Y, ¿de qué sirve un viaje así de inmersivo y largo? “Te abre la mente y expandes límites físicos. Al pasar tanto tiempo solo hay mucho diálogo interno. Mi conciencia me llevó a sitios que no me esperaba: dilemas que tienes personales, cuando estás viajando solo en bicicleta y tienes que meterte en la tienda a las 6 de la tarde. Llegas a conclusiones que no llegarías antes”, responde Suárez.
“Necesitaba apartarme de lo artificial. Me da mucha tristeza pensar en la fiesta de disfraces constante en la que estamos. Jugamos a ver la vida de los demás, a juzgarla, a decorarla e incluso a veces a imitarla”, confiesa Jiménez. “¿A qué punto nos está llevando la voluntad de aprobación externa? ¿Hacemos las cosas por que las sentimos o las hacemos porque nos las han metido a golpe de martillo con un algoritmo?”, se cuestiona. Muchos de quienes crecieron usando las redes sintieron cierta fascinación hacia ellas y basaron gran parte de su propia construcción de la identidad. Ahora la han cambiado. “La usan con humor, ironía o el vínculo horizontal. Dejan de usarlas para autodefinirse”, explica Fandiño.
¿Qué puede aprender quien deje de viajar pensando en compartirlo todo en redes sociales? “El criterio externo desaparece y el viaje vuelve a valer por sí mismo, no por su repercusión. Detrás nos encontramos con la recuperación de tres espacios que las redes sociales tendieron a fusionar en uno solo: lo íntimo, lo privado y lo público”, concluye Fandiño. “Los mejores momentos de mi viaje ni siquiera era instagrameables. Algunos de los viajeros más interesantes que conocí era gente que estaba muy callada. Hay algo especial en quedarte las historias para ti”, responde Suárez. “No soy ningún juez moral, pero recomiendo a todo el mundo que prueben a quitarse las redes. Al principio frustra, pero luego es una liberación. No hace falta recorrer Latinoamérica para descubrirlo. El tesoro del viaje se queda en ti”.
30 septiembre 2026
Elogio de la conversación
Por MARTA REBÓN, El País Semanal, 09.06.19
Entre los muchos logros de Internet figura el cruce inmediato de mensajes entre personas distantes. Paradójicamente, eso ha herido la comunicación verbal, entendida como el intercambio directo de ideas.
¿Conversar es un arte en peligro de extinción? Decir que sí sería, cuando menos, controvertido, pues hoy todo a nuestro alrededor está montado de tal manera que nos llegan sin cesar oportunidades de interactuar tanto con amigos como con desconocidos. La conectividad digital permite intercambiar mensajes sin límite, de modo que vivimos en la ilusión de estar inmersos en una suerte de charla infinita. Puede que la pregunta inicial no parezca tan desatinada si nos paramos a pensar en qué se entiende por conversación y, en especial, qué se espera de sus participantes: la expresión de argumentos, por un lado, y la escucha atenta, por el otro. En nuestro actual entorno hipertecnificado, ambas acciones constituyen todo un reto. Lo primero exige ciertas dosis de soledad previa para que quien hable haya tenido la posibilidad de elaborar algo genuinamente propio; lo segundo, prestar atención. O, dicho de otro modo, remar a contracorriente en el caudaloso río de estímulos e interrupciones por el que navegamos a diario. Y, además, dialogar no es un intercambio de monólogos. Afirmaba Jean de La Bruyère que el talento de la conversación no consiste tanto en mostrar mucho como en hacer que los demás encuentren.
Nuestras vidas se basan en interacciones, y la comunicación verbal es la herramienta más a mano para producirlas. Nadie discutirá la máxima aristotélica de que el ser humano es un animal social inclinado a exteriorizar opiniones y sentimientos. Por lo tanto, el silencio impuesto conlleva pesadumbre y, cuando un ser querido deja de dirigirnos la palabra, experimentamos dolor. El escritor Henry Fielding, en su ensayo de 1743 dedicado a la conversación, la definió como el intercambio de ideas mediante el cual se examina la verdad y en el que cada cuestión se analiza desde distintos puntos de vista, de manera que el conocimiento se comparte. La historia ha conocido momentos estelares de este arte desde que Platón señalara que es la forma más elevada del conocimiento. Muchos siglos después se empezó a percibir la relación directa entre estabilidad política y el mundo conversacional, aquel que David Hume describió como el de la conversación respetuosa en la que se da y se recibe en aras de un goce mutuo. Para mantener un intercambio lingüístico auténtico se deben dejar a un lado la vanidad, la intransigencia y el orgullo; así pues, la antítesis de la charla es la polarización enconada.
La conversación, tal como se ha desarrollado tradicionalmente a lo largo de la historia, tiene un denominador común: el cara a cara, el aquí y el ahora. Y esa necesidad de comunicarnos mirándonos a los ojos es lo que la omnipresencia de las pantallas ha empezado a difuminar, hasta el punto de que hay quien ha llegado a creer que, con esos sucedáneos de coloquios mediados por un dispositivo, nada se pierde en el camino. La pantalla, cabe recordarlo, no solo es una superficie que transmite contenidos, sino también, en su segunda acepción, una separación, barrera o protección que se interpone entre los individuos. Por eso investigadores como Sherry Turkle, profesora de Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología del MIT, alertan de la crisis de empatía que fomentan los aparatos electrónicos, pues nos privan de ver las emociones que afloran cuando dos personas se explican frente a frente y en tiempo real. Conversar, además, es la manera más eficaz de crear vínculos afectivos. Turkle apunta en En defensa de la conversación (Ático Bolsillo) que cada vez esperamos más de la tecnología y menos de las personas que nos rodean, a las que hemos arrebatado buena parte de nuestra atención para desviarla a contenidos alojados en otra parte. “Hemos sacrificado la conversación por la mera conexión”, añade, y cita estudios científicos que demuestran que la mera presencia de un teléfono en la mesa, aun desconectado, desvirtúa la atención de todos los presentes. Otro dato preocupante: cuanto más tiempo pasan conectados los niños, menor es su capacidad para identificar sentimientos ajenos.
Tal es nuestra confianza depositada en la tecnología para llenar los silencios, combatir el aburrimiento y expresarnos sin el temor a sentirnos juzgados que la industria se afana en desarrollar inteligencia artificial a fin de que hablemos con objetos en lugar de con personas. Los robots conversacionales son ya una realidad. Hoy en día es posible reunir todos los mensajes y comentarios de un usuario en la Red para que, una vez muerto, se puedan recrear sus patrones de conversación, de modo que podamos seguir chateando con él. Aunque esto, como vaticinó Alan Turing, no dejará de ser un juego de imitación. La tecnología es un medio extraordinario, pero nada es capaz, avisa Turkle, de sustituir una comunicación en persona y los beneficios que reporta. El sociólogo Georg Simmel, ya a principios del siglo pasado, calificó la conversación de antídoto contra la presión y el estrés que causaba la vida moderna. En fecha reciente, un estudio de la Universidad de Chicago ha probado que la tertulia fortuita entre dos extraños en un tren o en una sala de espera hace de ese momento una experiencia más agradable. Tal vez, señalan sus autores, sobrevaloramos el deseo de intimidad en un planeta cada vez más poblado. No entender los beneficios de la interacción social deriva forzosamente en soledad, empobrecimiento y falta de empatía.
Marta Rebón es traductora, fotógrafa y crítica literaria.
25 septiembre 2026
Segunda sesión de cortos en Adriano Antinoo
Eurofán
A veces, los prejuicios, van en sentido contrario: ¿es que un hombre hetero no puede ser fan de Eurovisión? Divertida pieza dirigida por Roberto Pérez Toledo en 2015, que derriba mitos y estereotipos con sentido del humor. No es un drama, es un eurodrama. 4 min. https://www.youtube.com/watch?v=zgoKDR_Dpgs&t=7s
Por un beso
Denunciar la homofobia a pie de calle. Dirigido por David Velduque, 2016, 5 min. https://www.youtube.com/watch?v=hqFGW2WPJWk
Pancarta
A las manis hay que ir con pancarta. Un cortometraje reivindicativo de Roberto Pérez Toledo, 2018, 5 min. https://youtu.be/HaOyoqUvoXg
Dena asmatuta dago (Todo está inventado)
Dos que se aman se hacen preguntas de mucho calado mientras comparten un porro en la bañera. Dirigido por Jone Arriola. (2023) [En vasco con subtítulos en castellano] 14 min.
+Mi reseña sobre Dena Asmatuta Gago
una miniseries de Russell T Davies recomendada (M+):
(De puntillas) |
18 septiembre 2026
Bésale, bésale mucho / Keep on kissing
Dicen que los españoles nos besamos y tocamos tanto en público que es una alegría. Debe ser el lado tierno de la marca España. Recuerdo que, ya en el añorado 1992 del olímpico Amics per sempre, lo resaltaba la escritora Rosa Montero en un artículo titulado Besos y otras cosas. Hasta nuestros waterpolistas se besan en los morros cuando conquistan un título de relumbrón. Pero no todos los hombres se sienten libres para besar o acariciar a sus novios, maridos o amigos en público. Un original anuncio publicitario australiano anima a las parejas del mismo sexo a cogerse de la mano, estén donde estén.
Para que los heteros aprendan a mirarnos con naturalidad debemos comportarnos con la naturalidad que proporciona la ternura, también en la vía pública, en las playas, en un restaurante, en el cine, en la universidad, en el metro. Muchos gays y lesbianas deben aún guardarse la mano en el bolsillo cuando pasean junto a su pareja por la calle. No nos reprimamos nunca cuando queramos acariciar o besar a nuestro chico o chica, o nos apetezca ir cogidos de la mano, por miedo a fascistas homófobos. Mostrando nuestro amor podemos parar su odio. Pásalo. cmg2019
04 septiembre 2026
Marruecos contra los marroquíes
Por NAJAT EL HACHMI, El País, 4 de septiembre de 2026
El régimen lleva décadas forzando la emigración para rebajar las tensiones de la pobreza y la tiranía.
| Dos migrantes cocinan en la playa de El Trampolín. Foto: Javier Hernández |
La entrada masiva de marroquíes a finales de julio en Ceuta no es una entrada masiva; es la plasmación más gráfica y fidedigna del trato que da el régimen alauí a su gente, en especial a sus menores. Estarán orgullosos los artífices de la iniciativa, quienes hayan decidido usar a la población para lo que es a todas luces un ataque a una ciudad que lleva cinco siglos siendo española. Estarán contentos por haber dado al mundo esa imagen precisa de lo que es en realidad un país que se presenta como el más moderno, que progresa económicamente, el que tiene una buena selección de fútbol (compuesta casi toda por hombres que ni nacieron ni crecieron en Marruecos y que le deben poco o nada a la bandera que llevan en la camiseta), que prohíbe las bolsas de plástico de forma radical lavando en verde el despotismo con que somete a su población.
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| Un niño marroquí de 12 años, sin familiares en Ceuta, agarrándose a un militar español suplicándole que no le devuelvan a su país al grito de: "¡No, Marruecos, no!" |
31 agosto 2026
Paris, j'adore.
20 agosto 2026
No ser un chivato
Por Delia Rodríguez
Revista elDiario.es #52, junio 2026
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| UN PISO TURÍSTICO MÁS, UNA FAMILIA EN EL BARRIO MENOS. Vivienda gentrificada dos años después y vecino expulsado del centro de Sevilla. Foto_cmg, 2024 |
Una amiga me preguntó hace poco por algún lugar bonito de una provincia que conozco bien. Un sitio que no te importa que se gentrifique, dijo. Estaba escribiendo una guía de viaje para un medio lo suficientemente importante como para provocar un impacto notable en una región diminuta, así que en realidad ella estaba planteando, medio en serio, medio en broma, el dilema entre hacer bien su trabajo y causar daño con él. En los últimos años, muchas personas, y no solo las dedicadas al periodismo, hemos empezado a tomar conciencia de que popularizar un lugar no siempre es positivo. El giro ético es notable, porque pasamos de compartir con entusiasmo nuestras pasiones en internet a callárnoslas. Si durante la mayor parte de la historia de la red valoramos la transparencia, ahora lo más generoso consiste en no ser un chivato. Mientras la esencia de internet fue el hipertexto (es decir, enlazar una cosa y no otra de entre todo el mar de contenidos generados por la humanidad), nos ayudamos a descubrir lo valioso: una artista, un libro, un bar, un paisaje. Cuando la viralidad comenzó a concentrar millones de miradas en un solo punto, la cosa cambió.
Para bien y para mal, internet masificó y globalizó el deseo. La turistificación de hoy comenzó hace una década como una moda inofensiva: acercarse a los campos de lavanda de Brihuega para sacarse una foto para Instagram, viajar hasta París para colocar un candado de amor en alguno de sus puentes. Ahora los portugueses no pueden vivir en la bella Lisboa, las islas mediterráneas han establecido tasas y limitaciones para acceder a sus calas, y Málaga, Alicante, Valencia, Barcelona o Madrid desearían no haber aparecido nunca en las listas de mejores sitios del mundo. Si alguien habla en TikTok sobre una joya escondida, el vídeo es celebrado, pero también hay comentarios que dicen "podrías haberte callado". Yo misma, que antes compartía con alegría en público mis lugares favoritos, ahora me los callo. Cuanto más me importa un sitio, menos hablo de él.
Somos alrededor de 500 millones los chivatos que, en todo el mundo, hemos compartido alguna vez reseñas, fotos o puntuaciones en Google Maps sobre 300 millones de lugares. Toda esa información, junto a la de Tripadvisor, Booking, las redes, los foros o las páginas web, es absorbida por la inteligencia artificial. Al igual que los algoritmos de las redes sociales, Claude, Gemini, o ChatGPT también tienden a recomendarnos a todos la misma escapada o el mismo restaurante, matando a unos de éxito y asfixiando al resto.
Afortunadamente, además de no chivarse, existen otras técnicas útiles para la resistencia digital que provienen de tiempos analógicos, como ejercer el noble arte del sabotaje. Envenenar las IAs con recomendaciones falsas. Retirar información de internet. Comunicarnos en clave o en entornos físicos. Cuando Barcelona descolgó de Google Maps la información sobre una línea de autobús urbano masificada por el turismo, se vació y pudo volver a ser usada por los vecinos. ☺
19 agosto 2026
John John Forever
Por Amaia Odriozola
El País, 18 de agosto de 2026
Hubo un tiempo en el que el verano parecía empezar cuando un Kennedy se subía a un barco. Antes fue John F. Kennedy a bordo del 'Victura'; después, su hijo convirtió las aguas entre Hyannis Port y Martha's Vineyard en el escenario de un verano que parecía eterno. El Atlántico, una lancha y John John: esa era la postal. Sus imágenes navegando, descalzo y en bañador siguen despertando algo en el imaginario popular.
Mientras otros personajes públicos reservaban las vacaciones para la intimidad, John Kennedy Jr. seguía dejándose ver como un veraneante más. Al timón, con el pelo revuelto por el viento, y unas gafas de sol, parecía ajeno a la construcción de un icono que, sin embargo, estaba ocurriendo delante de todas las cámaras.
Las fotografías de aquellos veranos hablan de un tiempo anterior a las redes sociales, cuando todavía era posible ver a una celebridad cargando una nevera portátil o preparando una jornada en el agua sin que pareciera una estrategia de comunicación. Estas imágenes conservan intacta su capacidad para despertar nostalgia. No solo recuerdan a un hombre; evocan un verano.
Su físico también terminó convirtiéndose en un símbolo de su época. Practicaba deporte con regularidad, corría por Central Park y disfrutaba del esquí acuático, pero su imagen estaba lejos de la musculatura extrema que dominaría Hollywood pocos años después.
Las imágenes navegando junto a Carolyn captan algo extraordinariamente raro entre las celebridades de los noventa: la sensación de que nadie estaba actuando para la cámara. Esa espontaneidad terminó convirtiéndose en una forma de elegancia.
Resulta difícil separar hoy estas escenas del desenlace que tendría su historia apenas unos años después. Sin embargo, precisamente por eso conservan una ligereza especial: pertenecen a un verano que todavía parecía no tener final.
Quizá por eso estas fotografías siguen funcionando como una postal de otra época. No hablan solo de un Kennedy ni de una tragedia, sino del último momento en que la fama todavía podía parecer compatible con una vida sorprendentemente normal.














