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31 agosto 2026
Paris, j'adore.
20 agosto 2026
No ser un chivato
Por Delia Rodríguez
Revista elDiario.es #52, junio 2026
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| UN PISO TURÍSTICO MÁS, UNA FAMILIA EN EL BARRIO MENOS. Vivienda gentrificada dos años después y vecino expulsado del centro de Sevilla. Foto_cmg, 2024 |
Una amiga me preguntó hace poco por algún lugar bonito de una provincia que conozco bien. Un sitio que no te importa que se gentrifique, dijo. Estaba escribiendo una guía de viaje para un medio lo suficientemente importante como para provocar un impacto notable en una región diminuta, así que en realidad ella estaba planteando, medio en serio, medio en broma, el dilema entre hacer bien su trabajo y causar daño con él. En los últimos años, muchas personas, y no solo las dedicadas al periodismo, hemos empezado a tomar conciencia de que popularizar un lugar no siempre es positivo. El giro ético es notable, porque pasamos de compartir con entusiasmo nuestras pasiones en internet a callárnoslas. Si durante la mayor parte de la historia de la red valoramos la transparencia, ahora lo más generoso consiste en no ser un chivato. Mientras la esencia de internet fue el hipertexto (es decir, enlazar una cosa y no otra de entre todo el mar de contenidos generados por la humanidad), nos ayudamos a descubrir lo valioso: una artista, un libro, un bar, un paisaje. Cuando la viralidad comenzó a concentrar millones de miradas en un solo punto, la cosa cambió.
Para bien y para mal, internet masificó y globalizó el deseo. La turistificación de hoy comenzó hace una década como una moda inofensiva: acercarse a los campos de lavanda de Brihuega para sacarse una foto para Instagram, viajar hasta París para colocar un candado de amor en alguno de sus puentes. Ahora los portugueses no pueden vivir en la bella Lisboa, las islas mediterráneas han establecido tasas y limitaciones para acceder a sus calas, y Málaga, Alicante, Valencia, Barcelona o Madrid desearían no haber aparecido nunca en las listas de mejores sitios del mundo. Si alguien habla en TikTok sobre una joya escondida, el vídeo es celebrado, pero también hay comentarios que dicen "podrías haberte callado". Yo misma, que antes compartía con alegría en público mis lugares favoritos, ahora me los callo. Cuanto más me importa un sitio, menos hablo de él.
Somos alrededor de 500 millones los chivatos que, en todo el mundo, hemos compartido alguna vez reseñas, fotos o puntuaciones en Google Maps sobre 300 millones de lugares. Toda esa información, junto a la de Tripadvisor, Booking, las redes, los foros o las páginas web, es absorbida por la inteligencia artificial. Al igual que los algoritmos de las redes sociales, Claude, Gemini, o ChatGPT también tienden a recomendarnos a todos la misma escapada o el mismo restaurante, matando a unos de éxito y asfixiando al resto.
Afortunadamente, además de no chivarse, existen otras técnicas útiles para la resistencia digital que provienen de tiempos analógicos, como ejercer el noble arte del sabotaje. Envenenar las IAs con recomendaciones falsas. Retirar información de internet. Comunicarnos en clave o en entornos físicos. Cuando Barcelona descolgó de Google Maps la información sobre una línea de autobús urbano masificada por el turismo, se vació y pudo volver a ser usada por los vecinos. ☺
19 agosto 2026
John John Forever
Por Amaia Odriozola
El País, 18 de agosto de 2026
Hubo un tiempo en el que el verano parecía empezar cuando un Kennedy se subía a un barco. Antes fue John F. Kennedy a bordo del 'Victura'; después, su hijo convirtió las aguas entre Hyannis Port y Martha's Vineyard en el escenario de un verano que parecía eterno. El Atlántico, una lancha y John John: esa era la postal. Sus imágenes navegando, descalzo y en bañador siguen despertando algo en el imaginario popular.
Mientras otros personajes públicos reservaban las vacaciones para la intimidad, John Kennedy Jr. seguía dejándose ver como un veraneante más. Al timón, con el pelo revuelto por el viento, y unas gafas de sol, parecía ajeno a la construcción de un icono que, sin embargo, estaba ocurriendo delante de todas las cámaras.
Las fotografías de aquellos veranos hablan de un tiempo anterior a las redes sociales, cuando todavía era posible ver a una celebridad cargando una nevera portátil o preparando una jornada en el agua sin que pareciera una estrategia de comunicación. Estas imágenes conservan intacta su capacidad para despertar nostalgia. No solo recuerdan a un hombre; evocan un verano.
Su físico también terminó convirtiéndose en un símbolo de su época. Practicaba deporte con regularidad, corría por Central Park y disfrutaba del esquí acuático, pero su imagen estaba lejos de la musculatura extrema que dominaría Hollywood pocos años después.
Las imágenes navegando junto a Carolyn captan algo extraordinariamente raro entre las celebridades de los noventa: la sensación de que nadie estaba actuando para la cámara. Esa espontaneidad terminó convirtiéndose en una forma de elegancia.
Resulta difícil separar hoy estas escenas del desenlace que tendría su historia apenas unos años después. Sin embargo, precisamente por eso conservan una ligereza especial: pertenecen a un verano que todavía parecía no tener final.
Quizá por eso estas fotografías siguen funcionando como una postal de otra época. No hablan solo de un Kennedy ni de una tragedia, sino del último momento en que la fama todavía podía parecer compatible con una vida sorprendentemente normal.
17 agosto 2026
Retrato de un joven gay valiente
| Foto: Arthur Tress, 1969. Central Park, NYC |
14 agosto 2026
Tontocracia. En busca de la sensatez perdida
Santiago Ávila, escritor: "Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales." El economista, profesor universitario y autor del ensayo ‘Tontocracia. En busca de la sensatez perdida’ advierte de que la sociedad ha dejado de premiar el conocimiento y reclama una educación que forme ciudadanos con criterio.
Por NACHO MENESES, El País, 13 de agosto de 2026
¿Y si el verdadero problema de nuestro tiempo no fuera la desinformación, sino la pérdida del criterio? ¿Y si la sociedad hubiera empezado a premiar más la apariencia que el conocimiento, más el ruido que la reflexión y más la mediocridad que la excelencia? Esa es la tesis que defiende Santiago Ávila en Tontocracia. En busca de la sensatez perdida (Vergara, 2026), un ensayo en el que analiza cómo esa lógica se ha ido instalando en la política, la empresa, la educación o los medios de comunicación.
Doctor en Economía, militar de carrera, profesor universitario y antiguo directivo de grandes empresas, Ávila sostiene que el problema no reside únicamente en quienes ocupan posiciones de poder. A su juicio, la responsabilidad también recae sobre una sociedad que ha dejado de valorar el conocimiento, el esfuerzo y el pensamiento crítico para abrazar la comodidad de las respuestas fáciles. En esta entrevista reflexiona sobre el papel de la educación, el liderazgo, las redes sociales o la inteligencia artificial, pero también sobre la necesidad de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Pregunta. El libro parte de una afirmación contundente: vivimos en una sociedad que premia la banalidad, castiga la excelencia y ha normalizado la mediocridad. Es una tesis deliberadamente provocadora. Para empezar por el principio, ¿qué es exactamente la tontocracia y por qué cree que vivimos en una?
Respuesta. Bueno, el concepto de tontocracia no lo invento yo. Me refiero al ambiente en el que estamos viviendo, pero hay muchos autores que ya habían hablado de ello. Stephen Covey, por ejemplo, decía que hasta la Segunda Guerra Mundial predominaba la ética del ser y que, después, fue imponiéndose la ética del parecer. Antes un apretón de manos valía más que un contrato; ahora importa mucho más la apariencia que lo que uno realmente es. Vivimos en una apariencia constante.
Y, además, vivimos de forma sobreactuada. En el mundo laboral se habla de felicidad laboral; en la educación, de que los alumnos tienen que ser felices... ¿Pero qué me estáis contando? Se están banalizando conceptos muy importantes. Lo que intento con el libro es pelear contra eso y recuperar un poco el sentido común que, a mi juicio, hemos perdido.
Hoy cualquiera, amparándose en la tecnología, puede decir la mayor barbaridad y, con tal de que la diga con seguridad, tiene una trascendencia enorme. Solo hay que mirar la política: vivimos en la apariencia de la apariencia. Decir la verdad, ser honesto, parece que ya no está de moda. Ahora lo importante es ser un espabilado. Si alguien tiene mucho dinero, aunque lo haya conseguido de forma poco ética, hay quien dice: “Fíjate qué listo”. Y yo creo que contra eso hay que pelear, porque es una miseria moral.
P. Habrá quien lea el libro y piense que siempre ha habido mediocres, oportunistas o charlatanes. ¿Qué hace que este momento sea diferente?
R. Porque ahora la mediocridad está estandarizada. Antes un mediocre era alguien de quien procurabas alejarte. Ahora, muchas veces, es el que triunfa. Lo vemos en la política: en lugar de intentar elevar a la sociedad, muchos dirigentes se limitan a mirar por dónde va la corriente y se suman a ella para captar votos. No tratan de conducirla hacia un lugar mejor, sino de simular que lo hacen. Y eso acaba siendo una gran mentira.
Pero no es un problema exclusivo de la política. Ocurre también en la empresa, en la educación o en la propia sociedad. En cualquier sitio donde hay poder hay luchas por el poder y, muchas veces, acaba promocionándose al mediocre porque resulta menos incómodo que alguien brillante. Lo vi muy pronto. Recuerdo mi primer comité de empresa: cada vez que hacía un comentario para mejorar algo se montaba un revuelo. En un descanso pregunté qué estaba pasando y me dijeron: “Cada vez que dices algo con sentido, quienes no quieren que la empresa cambie utilizan tus palabras para bloquearlo”. Ahí entendí que no todo el mundo estaba trabajando por el bien de la organización; muchos estaban pensando únicamente en cómo salir beneficiados ellos.
Hay una anécdota del libro que resume muy bien esa lógica. Cuando tenía 14 años, en el colegio organizaban un concurso de belenes. Mi grupo no tenía ninguna intención de esforzarse y acabamos haciendo un belén bastante malo. Estábamos convencidos de que quedaríamos los últimos, pero terminamos en mitad de la clasificación. ¿Por qué? Porque quienes habían hecho los mejores belenes votaban al mediocre para no dar votos a un rival fuerte. Con el tiempo he visto esa misma actitud en la política y en las empresas: a veces no se elige al mejor, sino al que menos amenaza representa.
P. En el libro dedica un capítulo entero a la educación. ¿Por qué cree que es uno de los lugares donde mejor se observa esa deriva?
R. Porque es donde antes se ve. Todo empieza en la familia, pero donde adquiere una presencia mucho más clara es en la educación. Hoy dar clase es prácticamente un imposible. Ya no hablo de la veneración que antes podía existir hacia un buen profesor, sino de algo mucho más básico: se ha perdido el respeto por su autoridad. Muchas familias no aceptan un suspenso porque les complica la vida, y eso acaba trasladándose a las aulas.
En la universidad he tenido alumnos entrando y saliendo de clase constantemente o peinando a una compañera en mitad de la explicación. Y cuando intentas poner límites, pasas a ser un autoritario. Al final muchos profesores ceden porque enfrentarse a esa situación solo les trae problemas.
Pero el perjudicado no es solo el profesor; también lo es el alumno. Si acostumbras a una persona a que nunca tenga un desencuentro académico, cuando llega la vida de verdad no sabe afrontar un fracaso, un problema laboral, una enfermedad o una decepción. Hemos transmitido la idea de que uno viene al mundo a ser feliz, y a mí me parece una falacia terrible. Precisamente por eso mi próximo libro irá contra esa felicidad obligada.
P. Vivimos rodeados de información y, sin embargo, usted sostiene que cada vez hay menos pensamiento crítico. ¿Qué está fallando?
R. El problema no es la información, sino qué hacemos con ella. Hoy tenemos una cantidad enorme de información, pero eso no significa que tengamos más conocimiento. Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales. Hay universitarios que terminan una carrera y no saben interpretar un texto o resolver una regla de tres. Y eso es muy serio.
Ahora parece que el conocimiento funciona como un supermercado: necesito algo, voy a la inteligencia artificial, lo cojo y sigo adelante. Pero si no tienes una base previa, tampoco puedes saber si esa respuesta es correcta. A mí me ha ocurrido que algún alumno me ha entregado como suyo un artículo que había escrito yo. Si no tienes conocimiento, no puedes discernir. Primero está la información; después, el conocimiento, que consiste en estructurarla; y solo entonces puedes aplicar inteligencia sobre ese conocimiento.
La IA es muy útil para el conocimiento operativo, para resolver tareas, pero no tiene conocimiento afectivo ni especulativo. No anticipa las consecuencias humanas de una decisión ni tiene una ética. Y por eso me preocupa que muchos jóvenes le estén confiando incluso cuestiones psicológicas. En términos antropológicos, una inteligencia artificial es un psicópata: sabe operar, pero le da igual lo que ocurra desde un punto de vista emocional o ético.
P. ¿Las redes sociales y la inteligencia artificial son la causa del problema o simplemente amplifican algo que ya existía?
R. Son una herramienta. Si el ser está bien construido, pueden ser extraordinarias; si está mal construido, lo único que hacen es amplificar el problema. Antes una tontería se quedaba en la barra de un bar o en una conversación entre amigos, pero ahora cualquiera puede coger un móvil, decir la mayor barbaridad y encontrar miles de personas dispuestas a compartirla. La tecnología no cambia la naturaleza humana; simplemente le da más alcance. Por eso no creo que las redes sociales sean la causa de esta deriva, sino el altavoz de un problema que ya existía.
P. Además de profesor universitario, ha pasado más de dos décadas dirigiendo equipos y ocupando puestos de responsabilidad en grandes empresas. Desde esa experiencia, ¿cómo se manifiesta la tontocracia dentro de las organizaciones?
R. Se manifiesta cuando el liderazgo deja de buscar a los mejores y empieza a rodearse de personas que no cuestionan nada. Hay directivos que prefieren tener alrededor a aduladores antes que a gente brillante, porque alguien competente siempre resulta más incómodo. Eso acaba empobreciendo a toda la organización.
Un buen líder no necesita que le den siempre la razón; necesita personas que le aporten puntos de vista distintos. Si todos piensan igual, la empresa deja de aprender. Lo he visto muchas veces: se promociona a quien genera menos problemas, no necesariamente a quien más valor aporta. Y así se termina construyendo una cultura donde el servilismo pesa más que el talento.
P. En el libro cuestiona una idea muy instalada en los últimos años: que el objetivo de la educación, del trabajo o incluso de la vida debe ser la felicidad. ¿Qué le preocupa de ese discurso?
R. Me preocupa que se convierta en un eslogan vacío. Yo no voy a trabajar para ser feliz; voy a trabajar para hacer bien mi trabajo. Si además encuentro un buen ambiente, estupendo, pero convertir la felicidad en una obligación genera frustración, porque nadie puede ser feliz permanentemente.
Creo que hemos confundido bienestar con felicidad. Hay trabajos muy duros que merecen la pena y momentos difíciles que también forman parte de una vida plena. Si transmitimos que cualquier incomodidad es un fracaso, estamos educando personas incapaces de afrontar la realidad. La felicidad no puede ser el objetivo de una organización; debería ser, en todo caso, una consecuencia.
P. Después de todo lo que hemos hablado, uno podría concluir que la responsabilidad es de quienes ocupan posiciones de poder. Sin embargo, usted sostiene que también recae sobre el resto de la sociedad. ¿Hasta qué punto somos corresponsables de la tontocracia que denuncia?
R. Somos mucho más corresponsables de lo que nos gusta admitir. Tendemos a pensar que el problema siempre está en quienes ocupan posiciones de poder, pero una sociedad también decide qué comportamientos premia y cuáles tolera. Si dejamos de valorar el conocimiento, el esfuerzo o la honestidad, no podemos sorprendernos cuando quienes llegan arriba representan justamente esos valores que hemos normalizado.
Por eso creo que la solución pasa por formar ciudadanos adultos, con criterio y capaces de pensar por sí mismos. La educación tiene mucho que ver con eso. Una sociedad mejora cuando sus ciudadanos son exigentes consigo mismos y también con quienes aspiran a dirigirla.
01 agosto 2026
La lectura como rebelión
| Ilustración: Nicolás Aznárez |
Me pregunto si no habrá una relación entre la expulsión de la literatura y el deterioro de nuestras democracias
El País, 1 de agosto de 2026
30 julio 2026
¿Quiere vivir mejor? Póngase a bailar
Por NAZARETH CASTELLANOS
El País, 30 de julio de 2026
| Photo: Martin Parr |
29 julio 2026
La tercera estrella
Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Vayamos por partes. La portada, aunque bien intencionada, es ficticia. Sin embargo, las fotografías y los textos de la misma no lo son en absoluto. Son reales como la vida misma. Como lo son unas merecidas vacaciones juntos en Ibiza de dos deportistas profesionales, recientes campeones del mundo.
Que estos deportistas puedan ser gays o bisexuales es lo de menos y a nadie debería importarle; lo realmente relevante son sus muestras de afecto, sus caricias públicas, su naturalidad, su reivindicación de una nueva masculinidad, teniendo en cuenta que viven y trabajan en uno de los medios más machistas, homófobos y racistas de nuestro tiempo: el negocio corrupto y podrido del fútbol.
25 julio 2026
El mar ya no es el mismo de todos los veranos
Por NURIA LABARI
El País, 25 de julio de 2026
A todas las personas que no quieren subirse en ningún tren de actividad estos días. A todas las que han pagado una fortuna por los billetes de avión a un paraíso muy lejano y se dan cuenta, ya en el aeropuerto, de que hay demasiadas maletas, demasiada gente, demasiada comida desperdiciada en las bandejas. A quienes sienten que nos organizamos cada vez mejor para dar una patada al planeta cada vez más fuerte. A quienes les duele el golpe. A los que llegan al destino todavía ilusionados y se encuentran en un rincón del Mediterráneo rodeados de cientos de tiendas idénticas cargadas de los mismos souvenirs de aeropuerto que acaban de dejar atrás. A los que no se rinden y buscan esa foto que justifique todo el esfuerzo y el gasto y las depilaciones y la crema solar protectora que nos recuerda que todo da cáncer, hasta el mismo sol, hasta respirar da cáncer. A quienes suben esa foto que confirma lo que más temían, que las vacaciones ya no sirven para descansar sino para demostrar que has descansado. También a quienes anuncian en Instagram que se cogen unos días, a quienes aseguran que la desconexión es el nuevo lujo e informan de sus escasos días libres de redes como si fueran trabajadores del escrol infinito, tal vez esclavos si es que nadie paga por su trabajo. A todas las poblaciones locales que no pueden alquilar una casa en su tierra porque algún veraneante pagará más por estar menos. A todos los que decidieron salir corriendo de sus ciudades y están parados en medio de no sé qué restaurante o no sé qué parking o no sé qué carretera porque el descanso en 2026 se choca con el muro de la logística. A todos los refugiados climáticos que ya no buscan dónde ir de vacaciones sino dónde queda una esquina para respirar. A mi amigo Rafa, que va a pasarse todo agosto esperando unos pulmones compatibles con una segunda oportunidad para vivir. A todas las personas a quienes la enfermedad les interrumpió la vida este verano. A quienes se enfrentan a un vacío difícil de llenar porque tienen un agujero que solo se puede tapar con un sentido que ya no encuentran. A quienes saben que el sentido a veces coge vacaciones. A todas las parejas que tuvieron la última discusión con este calor y a quienes aún no la han tenido pero la tendrán, a todos los que van a cumplir con la estadística del desamor estival. A aquellos que regresan al mismo mar de todos sus veranos para encontrarse con los niños que fueron en la orilla. Y a quienes se han dado cuenta de que el mar ya no es el mismo de aquellos veranos porque la temperatura ha subido como dos grados y el niño está febril y el mundo enfermo. A todos los que saben que cuando se interrumpe el sentido es obligatorio inventarse uno nuevo, una vida nueva, un verano nuevo. A los valientes que siguen intentándolo. A quienes se animan a tener una buena conversación debajo de un árbol o de una estrella porque saben que nada es tan fascinante ni da tanto miedo ni tanto placer ni nos lleva tan lejos como acercarse a otro ser humano. A los que se atrevieron a hacerlo un verano que aún recuerdan y volverán a hacerlo un verano más. A todos los que leyeron hasta aquí. Vuelvo en septiembre.
19 julio 2026
Fire Island: Cien años de memoria gay




| l pintor Bernard Perlin y el fotógrafo Wilbur Pippin, retratados por Fred Melton en Fire Island, en 1948.Fred Melton (Cortesía de Phaidon y Estate of Fred Melton) |
