17 febrero 2026

“No latinos, no asiáticos, no gordos, no pluma... hay gente en Grindr que hace mucho daño”: cómo una ‘app’ moldeó la vida sexual de una generación.

Diversos artículos, ensayos y usuarios se quejan de que la popular aplicación de citas para gente ‘queer’ ha cambiado, para mal, las relaciones sexuales. Pero otras voces señalan que la tecnología solo refleja la sociedad.

Por MARITA ALONSO

ICON, 17 de febrero de 2026

Grindr

Mientras que la caída de suscriptores, descargas y valor de Tinder o Bumble indica que las aplicaciones de citas se encuentran en un momento delicado, Grindr, la aplicación basada en geolocalización creada en 2009 por el empresario Joel Simkhai para conectar a la comunidad LGTB, vive un gran momento, aunque sus usuarios lleven meses quejándose de que su versión gratuita es un infierno de usabilidad. Así lo indica un análisis de GfK DAM, medidor oficial del consumo digital en España, que señala que Grindr congrega a 635.600 visitantes mensuales, un 30% más que el año anterior. “Aunque no lidere en usuarios únicos, el uso de Grindr es muy intensivo, siendo el sitio donde más tiempo pasan los usuarios: 10 horas y 12 minutos mensuales por persona”, apostillan.

Toda una generación de hombres queer ha comenzado a explorar su vida emocional y sexual a través de la aplicación, y son muchos los famosos que han hablado acerca de sus experiencias con ella. (...) Precisamente en Le Monde Alice Raybaud escribió recientemente un reportaje sobre cómo Grindr moldea la sexualidad de los jóvenes homosexuales y cómo cuestionan la influencia que la plataforma y sus normas machistas tuvieron en su desarrollo emocional.

“En el mundo gay, el cuerpo es una moneda. Todo gira en torno a la carne: torsos, filtros, roles. La validación se mide en miradas, matches y metros de distancia. Nos educaron para competir por deseo, no por ternura. En el mercado del cuerpo, pedir afecto suena a fallo del sistema”, señalan desde Untoxic Mag. “Como si la necesidad emocional fuera una grieta que hay que ocultar. Pero el cuerpo también tiene memoria, y lo que pide no siempre es placer: a veces es calor, cuidado, presencia. No hay algoritmo que sustituya esto”, dicen.

Matías C, cirujano, comenta a ICON que Grindr es una aplicación en la que se ha normalizado la violencia. “Te preguntan sin decir ‘hola’ cuál es tu nacionalidad, cuánto te mide el pene y si eres activo o pasivo. Recibir vídeos de gente follando o fotos pornográficas de primeras, sin haberte siquiera saludado, es violento”. Las normas de Grindr, eso sí, piden a sus usuarios que solo envíen este tipo de material cuando hay consentimiento y la otra persona las ha pedido o ha aceptado verlas. Otra cosa, claro, es que las normas se cumplan.

“Me considero muy sexual, pero esto no tiene nada que ver con la libertad”, continúa Matías C. “Este no es un mensaje moralista: me encanta el sexo y me gusta disfrutar de él activamente. Pero para follar, necesito unos mínimos. Me interesa saber el nombre de esa persona y asegurarme de que me voy a sentir cómodo y de que voy a un espacio seguro”.

Añade que, como todas las aplicaciones, Grindr es una factoría de crear necesidades. “Todo el mundo habla de morbo y de fetiches pero en realidad, son cadenas y necesidades creadas por el patriarcado. Por descontado, los cuerpos que abundan en la aplicación son normativos y se hace apología de ellos. ¿Qué maricón no tiene un entrenador o está apuntado al gimnasio hoy por hoy?”, se pregunta.

17 años después de su lanzamiento, la aplicación se ha convertido en un fenómeno tan cotidiano como polémico. Grindr ha cambiado la manera de encontrarse y de desear en la era digital, pero junto al éxito está presente el debate: muchos le atribuyen haber impulsado una cultura de lo inmediato, donde los encuentros casuales se volvieron norma y las reglas del juego cambiaron para siempre. Publicaciones como Dazed se llegaron a preguntar, en 2024, si más que cambiar el sexo entre hombres, lo había arruinado para siempre. Al mismo tiempo, las críticas señalan que la plataforma no ha escapado a las tensiones del mundo real: dinámicas de poder, estereotipos y desigualdades —ya sean patriarcales, raciales o de clase— también encontraron allí su reflejo. En ese cruce entre libertad, tecnología y controversia, la aplicación sigue marcando el pulso de una generación.

“Hemos sido educados con la idea de que podemos escoger lo que queramos cuándo queramos y cómo queramos”, explica otro usuario llamado Javier, que se dedica al periodismo. “Y por eso al final el uso que se hace mayoritariamente de Grindr es el de una hookup application [aplicación para un polvo], pero no nació en principio para eso, sino porque vivíamos en una situación de estigma. Se ha convertido en una aplicación en la que los hombres nos olvidamos de que estamos hablando con un ser humano que tiene sentimientos, que puede buscar cosas diferentes o que tiene necesidades mucho más amplias que el sexo rápido y superficial”. Alude también a los mensajes que muchos usuarios escriben en sus biografías. “Ponen textos que pueden hacer sentir mal a la gente. Yo estoy seguro de mí mismo: sé lo que tengo y lo que no tengo, pero hay perfiles en los que ponen mensajes como ‘no latinos’, ‘no asiáticos’... Pueden estar haciendo daño a mucha gente que puede estar viviendo un drama o tener complejos”, asegura.

Manuel J. Romero, periodista, añade entonces que quien no tenga un cuerpo normativo, ha de estar “muy preparado mentalmente para entrar en Grindr”. “Estás dando el paso adelante de intentar conocer a alguien cuando ya de por sí, con tu físico, es complicado en la vida real. Abres Grindr y te encuentras un sitio hostil. Pero no solo hostil ante tu ejecución: ocurre que le escribes a alguien y te responde ‘no, gordo’; sino que incluso te atacan sin venir a cuento”, comenta a ICON. “He recibido muchos mensajes peyorativos de gente que sin decir ni hola, te envía mensajes desagradables. Desde el pasivo agresivo ‘qué lástima; si perdieras unos kilos, serías guapísimo’, hasta de forma muy directa: ‘no sé qué haces aquí, estás ocupando espacio para que me salga otro que no esté gordo’ o directamente, cosas como ‘qué asco de gordo’. Aprendes a no darle importancia con los años, pero te mina la moral. Yo hace años que no me atrevo a quedar con nadie sin decirle antes y de forma muy concreta mi tipo de cuerpo”, confiesa.

Jordi S., informático, señala que que aunque la aplicación promueve ciertos estereotipos, es algo que se ha convertido en una dinámica del colectivo más allá de las pantallas. “Los comentarios no han sido mi problema particularmente. En Grindr suele reinar la ley del silencio si no entras dentro del gusto de otra persona. Pero es cuestión de tiempo darte cuenta de que te conviertes en un kink [un fetiche]. Si alguien te habla es porque tu condición es el fetiche de esa persona, no por la persona que eres. Y la sensación acaba siendo de conformidad. Si no eres normativo, tienes que conformarte con quien te decida hablar. No hablemos ya de que al convertirte en fetiche, es raro que alguien decida mantener contacto después de que pase algo. Satisfecho el fetiche, no aportas más a esa persona”, explica.

Javier alude también a los perfiles en los que se especifica que no se buscan hombres con pluma. “Nos han inculcado tanto que tenemos que ser machos alfa, que se castiga la feminidad. También es habitual que te pregunten cuánto te mide el pene antes de quedar. Pues cariño, no lo sé, no tengo 15 años, no me lo mido…”, asegura.

El escritor Nando López indica que la plumofobia no es más que una forma lamentablemente extendida de machismo y de homofobia. “Por desgracia, está presente también dentro del colectivo. Lo único que sucede en Grindr es que, con la falsa coartada de los gustos sexuales, hay quien expresa de manera explícita esos prejuicios que, en su discurso habitual, no verbalizaría. Pero no creo que la plataforma fuerce una mentalidad, solo la transcribe. Es a nosotros a quienes nos corresponde cambiarla”, dice.

Thibault Lambert, autor de Ce que Grindr a fait de nous (JC Lattès, 2025) (Lo que Grindr nos ha hecho), asegura que al escribir el ensayo y hablar con profesionales de la salud, médicos, psicólogos y sexólogos sobre la aplicación, todos le comentaron que Grindr era un asunto omnipresente en sus consultas. “Tanto, que parecía que fuera un paciente más”, dice.

Nando López quiere remarcar que las plataformas no son más que un vehículo cuyo funcionamiento depende del uso que les damos y, en la actualidad, la cosificación y la hipersexualización son dos problemas que afectan a nuestra manera de generar vínculos dentro y fuera de Grindr. “No basta con atribuir a una app el problema de la deshumanización en nuestras relaciones, algo que no solo afecta al colectivo, sino que está presente en todas las orientaciones sexo-afectivas. Debemos hacer un análisis mucho más profundo, pues esas apps nacen de una sociedad en la que hasta el afecto y el sexo se viven desde una perspectiva ultracapitalista, en la que consumimos cuerpos como si fueran otro objeto más. Y eso responde a una dinámica y a un modelo de pensamiento mucho más complejo y profundo en el que apps como Grindr o Tinder no dejan de ser un engranaje de ese sistema”, añade.

Lambert comenta que el objetivo no es que los hombres se desinstalen en masa Grindr, sino intentar emplear la aplicación de forma razonable, sin sufrir por ello. “No debemos olvidar que Grindr puede ser una gran herramienta para conocer gente, especialmente cuando eres joven en un entorno donde la homosexualidad no es habitual o donde conocer gente no es fácil”, asegura. “Es cierto que muchas veces se nos olvida que no todo el mundo dentro del colectivo vive en espacios visibles y seguros, de modo que la existencia de este tipo de aplicaciones les permite conocer gente en entornos donde esa visibilidad no es una realidad absoluta”, matiza López.

Lambert considera que lo interesante sería intentar comprender por qué esta aplicación, esencial para muchos hombres, causa al mismo tiempo tanto sufrimiento. “Me parece un poco utópico esperar un Grindr mejor en un futuro próximo. Grindr tiene todo el interés en no moderar excesivamente el contenido, porque eso es precisamente lo que hace atractiva a la plataforma. Hay cierta libertad de tono y existe la posibilidad de mostrar búsquedas muy precisas e incluso casi intransigentes. Sigue siendo responsabilidad de los propios usuarios denunciar comentarios ofensivos o hasta ilegales”, explica. “No habrá un Grindr mejor hasta que haya un cuestionamiento comunitario e individual de nuestra concepción de la masculinidad, de lo que es un cuerpo deseable y de la fetichización que opera en nuestras dinámicas deseadas. Necesitamos cuestionar nuestros deseos y cómo afectan a nuestros encuentros”.

01 febrero 2026

‘Más que rivales’ o el fenómeno que cambia las reglas: ¿por qué tantas mujeres disfrutan con los romances gais?

El éxito, en papel y pantalla, de la ficción sobre dos jugadores de hockey que son amantes secretos crea un nuevo paradigma que se extiende hasta el porno: muchas mujeres se sienten más cómodas ante la intimidad de dos hombres.

Connor Storrie y Hudson Williams en 'Más que rivales'.

Por Silvia López

El País, 31 de enero de 2026

Las de mediana edad, las adolescentes, las lesbianas, las heterosexuales, las europeas y las americanas. Todas parecen haberse puesto de acuerdo en una compartida obsesión por Heated Rivalry, la serie sobre una acalorada y prohibida relación entre dos jugadores de hockey que llegará a España el 5 de febrero a Movistar Plus+ bajo el título Más que rivales.

Llegamos dos meses tarde a un fenómeno global, ya que la ficción audiovisual canadiense se estrenó simultáneamente en varios países el pasado 28 de noviembre. Parte de la crítica ha reaccionado entusiasmada por la masculinidad no tóxica de la serie. The New York Times la ha llamado “la próxima frontera de la cultura gay” y en la web de Roger Ebert, Kaiya Shunyata ha escrito “la química de [Hudson] Williams y [Connor] Storrie es tan intensa que rivaliza con la de Bogart y Bacall”. Los usuarios de IMDb han llegado a proporcionar un histórico 10 sobre 10 a un episodio de la serie -concretamente el quinto, I’ll Believe in Anything, que en el momento de publicación de este artículo está en un 9,9-. Ha sido el único en la historia de la televisión capaz de​ empatar en esa perfección con Ozymandias, de Breaking Bad. En Estados Unidos y Australia ha sido la segunda serie más vista en HBO Max cada semana desde su estreno.

Para ellas, es posible que las relaciones entre hombres representen vínculos mucho más igualitarios e intensos. No es tanto una fantasía sexual como una fantasía relacional, porque el deseo femenino hoy se ha convertido en algo menos posesivo y más libre.”

Pero lo llamativo del culto a Heated Rivalry es el altísimo porcentaje de mujeres que lo profesan. De hecho, desde que se estrenó la serie, uno de los grandes trends globales en Instagram y TikTok consiste en mujeres de diferentes edades grabadas mientras reaccionan a las tórridas escenas protagonizadas por Shane Hollander e Ilya Rozanov, interpretados respectivamente por los actores Hudson Williams y Connor Storrie.

Connor Storrie y Hudson Williams también aparecen
de vez en cuando vestidos en 'Más que rivales'.

Más que una rareza, la adicción de las mujeres a Heated Rivalry es la confirmación de una tendencia: ellas consumen gay romance tanto o más que ellos. Y con más pasión. Lejos de penalizar este tipo de contenidos, el femenino del plural adora las escenas eróticas y las tribulaciones románticas entre varones, ya sea en plataformas televisivas, ya sea en libros. E incluso si hablamos de pornografía.

Estos protagonistas expresan deseo, miedos y conflictos internos, conectando mucho con el anhelo de vínculos más intensos, emocionales y pasionales que muchas quisieran poder establecer con sus propias parejas.”

Según una investigación realizada en la Universidad de Middlesex, Male gays in the female gaze: women who watch m/m pornography (Hombres gays ante la mirada femenina: mujeres que ven pornografía entre chicos), el 82% de las mujeres que consumen porno aseguran que las escenas entre hombres son sus preferidas. La investigadora que condujo la encuesta, Lucy Neville, explicó en las conclusiones a su estudio que el fenómeno se debía a “la forma en que las mujeres percibían el trato y/o la explotación de las mujeres en el porno heterosexual, la invisibilidad del placer femenino, el hecho de que identificarse con la actriz femenina les hacía menos capaces de disfrutar del erotismo de mirar, y el hecho de que la mayor parte del porno heterosexual les invitaba a ver los actos sexuales desde una perspectiva masculina, destacando la forma en que la cámara tendía a detenerse en la anatomía femenina y que los hombres en el porno heterosexual eran feos y desenfocados en el mejor de los casos, y solo un pene incorpóreo en el peor”.

George R.R. Martin ha asegurado que le llega cierta petición insistente para la saga Canción de hielo y fuego, en la que se basa la serie Juego de Tronos: “He recibido cartas de personas que me piden que escriba, particularmente, escenas de sexo explícito entre hombres. Y la mayoría de las cartas son de mujeres”. Rachel Reid, autora de las novelas en las que se basa Heated Rivalry (que aún no se han publicado en España), explicó a The Hollywood Reporter que “muchas de mis lectoras prefieren que no haya una mujer en el libro debido a su propio pasado, generalmente oscuro, relacionado con el sexo con hombres. Prefieren sumergirse en una fantasía donde no hay nadie con quien puedan identificarse directamente. No quieren involucrarse en estas escenas de sexo. Simplemente se sienten más seguras”.

Kit Conner y Joe Locke en un episodio de la primera temporada de 'Heartstopper'.

A la espera de si en España se repite o no el fenómeno de los libros y la serie canadiense, sí que podemos constatar un éxito con similares mimbres (autora, lectoras y espectadoras femeninas). Se llama Heartstopper, parte de una novela gráfica firmada por Alice Oseman y en 2022 se convirtió en una de las series más vistas de Netflix. Sus protagonistas eran Charlie y Nick, dos adolescentes británicos. Cristian Escudero, editor de Crossbooks, sello que la publicó en España, explica a ICON: “Siempre hemos notado este interés de las lectoras femeninas por el gay romance. Con Heartstopper vimos algo único en esta obra, una sensibilidad que podía atrapar a todo tipo de público, y es lo mismo que ahora ha podido replicarse con otra ficción. Nuestro público objetivo son adolescentes y mujeres jóvenes, abiertas a este tipo de narrativas”.

Animados por ese éxito, el sello ha traducido otros fenómenos como La casa en el mar más azul de TJ Klune o la Los desamores de un drama king, de Harry Trevaldwyn. “Esta atracción puede darse no solo por la calidad de estas obras, que las convierte en universales, sino también por la posibilidad de ver una introspección sentimental que les gustaría ver también en los hombres de su vida”, reflexiona Escudero.

Coincide con él la psicóloga y sexóloga Silvia Sanz: “Estas historias muestran a hombres sexualmente accesibles, contrario a lo que solemos encontrar en las ficciones heterosexuales. Estos protagonistas expresan deseo, miedos y conflictos internos, conectando mucho con el anhelo de vínculos más intensos, emocionales y pasionales que muchas quisieran poder establecer con sus propias parejas. No es tanto la orientación sexual, sino ese modelo de amor igualitario y emocionalmente más rico”.

Joe Locke y Kit Connor en un episodio de la segunda temporada de 'Heartstopper'.

Sanz no considera una paradoja que las mujeres disfruten del romance y las escenas sensuales entre hombres, sino que es el resultado de la confluencia de varios factores psicológicos, sociales y culturales. “En primer lugar, muchas conectan más con estas historias porque eliminan esa desigualdad de genero que normalmente suele aparecer en la narrativa romántica heterosexual, esas dinámicas de poder que a menudo están asociadas al rol femenino de sumisión, dependencia… Esto permite a la lectora o espectadora vivir esa ficción desde un lugar más libre, mucho más seguro a nivel emocional”, señala Sanz.

Y hay más, según la experta: “Esas historias en general suelen centrarse mucho en esa intimidad más emocional, en la comunicación afectiva, en la vulnerabilidad… Y todos estos aspectos las mujeres los valoran mucho y se sienten identificadas, valores que a menudo no están tan bien representados en contenidos heterorrománticos”.

Por último hay un factor no menos importante: el sexo en sí. Aparte de las riqueza de las dinámicas románticas del gay romance, las mujeres también disfrutan de su tono erótico: las escenas de sexo o las miradas en las duchas de Heated Rivalry se han convertido ya en gifs que calientan el invierno en redes sociales y grupos de WhatsApp. “Al eliminar de la escena el cuerpo femenino, se elimina el factor de autoexigencia y comparación que muchas mujeres no pueden evitar sentir ante otras mujeres. Esto permite que dejemos volar más la imaginación y las fantasías. Nos podemos centrar simplemente en el placer sin que salte el resorte que nos lleva a autoevaluarnos”, explica la sexóloga.

Quizá sean todos estos motivos los que explican otro singular fenómeno que va más allá del consumo de contenido gay: en sus relaciones parasociales, las mujeres ya no penalizan con falta de interés romántico que sus ídolos sean homosexuales. Esto fue algo que durante décadas hizo que muchas estrellas, especialmente del cine y la música, no revelasen su homosexualidad: los grandes ejecutivos consideraban que si la ilusión de un romance con su ídolo moría al saber que su ídolo prefería a los hombres, sus seguidoras dejarían a su ídolo de lado. Hoy, sin embargo, una estrella puede seguir siendo una estrella a pesar de haber salido del armario. Desde Ricky Martin a otros que jamás han estado en él, como Troye Sivan, Lil Nas X o Frank Ocean, que se identifica como bisexual.

Lo que no era habitual hasta hace no tanto es que actores como Matt Bomer, Luke Evans o Jonathan Bailey, quienes han reconocido abiertamente su homosexualidad, sigan desarrollando con éxito unas carreras plagadas de personajes heterosexuales con numerosas escenas muy subidas de tono (véase Los Bridgerton) con sus coprotagonistas femeninas, algo con lo que Anthony Perkins, Montgomery Clift o Rock Hudson no pudieron ni soñar.

”Estamos viviendo un cambio en la forma en la que las fans experimentan su deseo. Algunas ya no necesitan experimentar proyección y la fantasía del podría ser para mí. El deseo ahora ya no depende de esa posibilidad, y un ídolo nos puede resultar atractivo aunque sepamos que es gay porque premiamos más la autenticidad y otra forma de expresar emociones, sin necesidad de esa fantasía de disponibilidad sexual. Algunos, al salir del armario, aumentan su atractivo porque es un gesto que conecta con valores muy eróticos, como el reconocimiento de la valentía, la honestidad o la coherencia, valores muy atractivos para las mujeres”, asegura la psicóloga y sexóloga.

Esta conexión ente fandom femenino e ídolos gays alcanza su cima en el caso de ciertos artistas que han declarado ser heterosexuales, pero que tienen un importante sector de seguidoras a las que les encantaría que se declarasen gais. Como si eso los fuese a convertir en personajes más interesantes para ellas. Entre los casos más paradigmáticos están Shawn Mendes o Harry Styles, del que existe todo un universo de relatos románticos que lo une a su excompañero de One Direction Louis Tomlinson. Tanto que el propio Tomlinson ha hablado, con cierto humor, de ello.

Para ellas, es posible que las relaciones entre hombres representen vínculos mucho más igualitarios e intensos. No es tanto una fantasía sexual como una fantasía relacional, porque el deseo femenino hoy se ha convertido en algo menos posesivo y más libre. Hoy se desea la conexión, la emoción y la autenticidad”, concluye Silvia Sanz.

20 enero 2026

Más que rivales, más que una serie


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

Desde Canadá nos llega Más que rivales (Heated Rivalry, 2025), la primera serie de ficción en torno a jugadores de un deporte de equipo profesional tradicionalmente vinculado a una heterosexualidad hipermasculinizada como es el hockey sobre hielo, pero, con la diferencia, en este caso, de que varios de los protagonistas son bisexuales o directamente gays. 

En la miniserie confluyen varias tramas que se complementan. Por un lado, a los protagonistas se les presenta el dilema de no poder salir del armario siendo jugadores de élite de un deporte de equipo, un contexto en el que fácilmente la vida privada puede convertirse en un asunto público, objeto de la conversación social (en redes o en la vida real). Por otro lado, la tensión constante por no bajar la guardia para evitar ser descubiertos en público atenaza 24/7 a los amantes, algunos de los cuales sienten la necesidad de hacer pública su relación amorosa (sin tener que verse impelidos a disimular lo que no son) y vivir un amor normal, a la luz del día.

La ficción creada por el canadiense Jacob Tierney, que logra mostrar al gran público el enorme sufrimiento de vivir una vida en el armario, ha propiciado un debate social entre aficionados al hockey en Canadá, y está llamada a derrumbar muchas barreras, echar abajo el mito ignorante de que un hombre es menos hombre si se deja follar y abrir muchas mentes en el machista mundo del deporte.

La trama de esta ficción audiovisual es extrapolable a cualquier otro deporte de equipo, y aquí radica su relevancia. Pocas ficciones han versado sobre este asunto hasta ahora con tal verosimilitud. Aparte de algún cortometraje, sólo conozco el espléndido mediometraje Wonderkid (2016), comisionado por la Premier League para luchar contra la homofobia en los estadios, la película germana Mario (2018), cuyo protagonista es un futbolista gay, y una estupenda serie noruega, Home Ground (2018), en la que el joven guardameta de un equipo de categoría regional sale del armario con total naturalidad mientras es entrevistado a pie de cancha por un periodista de televisión.

Más que rivales muestra sin reparos un homoerotismo voluptuoso que seduce desde el primer fotograma. Confío en que cuando muchos deportistas, independientemente de su orientación sexual o del deporte que practiquen, vean esta miniserie (por lo demás, espectacular, trepidante y glamurosa), van a aprender mucho sobre el amor, el sexo y la ternura entre hombres. cmg2026

PD: Olé por Manu García, guardameta del Marbella FC, primer futbolista español abiertamente gay. Y no se ha hundido la Tierra.

Más que rivales está disponible en M+ y HBO Max.

11 enero 2026

El narco también contamina la costa salvaje andaluza

Las narcolanchas abandonadas y los bidones de gasolina se convierten en un problema “grave” y creciente en los paisajes protegidos de Huelva, Cádiz o Almería.


Por Jesús A. Cañas, El País, 11 de enero de 2025

Petacas aparecidas el pasado mes de noviembre en una de las marismas
del Parque Natural de la Bahía de Cádiz. 
Javier Benavente

Después de los días de buena mar y cielos despejados, Javier Benavente, presidente del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, sabe qué pasará justo después: “Que decenas o cientos de bidones de gasolina aparecen flotando en la playa de la Punta del Boquerón”. Ese arenal salvaje, protegido y de difícil acceso —ubicado en San Fernando— dista mucho de ser una excepción. Desde el Parque Nacional de Doñana, en Huelva, al Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, en Almería, los desechos del narco en forma de petacas de combustible o narcolanchas abandonadas se han convertido en un problema “que cada vez va a peor”, como confirma la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente de la Junta de Andalucía.

“Es grave”, reconoce sin rodeos Benavente. El también profesor y decano de la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad de Cádiz asegura que, aunque los primeros bidones de gasolina comenzaron a aparecer en el Parque Natural de la Bahía de Cádiz hace dos años, “ya se ha convertido en un problema recurrente desde hace un año”. Y la gravedad radica en que esas petacas con restos de gasolina o vacías llegan flotando a la deriva a zonas intermareales de marismas o salinas de difícil acceso, donde no existen servicios de recogida de basuras o limpieza de playas. “En un día, pueden llegar centenares de golpe. Eso genera una contaminación progresiva en lugares donde no es viable recogerla por que el parque natural no tiene dinero para ello”, añade Benavente.

Narcolancha abandonada en una playa de la bahía de Cádiz.

El presidente del parque hace ya tiempo que transmitió la situación a la Consejería de Medio Ambiente andaluza, donde ya estaban al tanto porque no es el único parque natural costero donde está ocurriendo lo mismo, confirman fuentes de la institución a EL PAÍS. El departamento ya tiene contrastado que esos mismos materiales a la deriva también están llegando a puntos sensibles como el Parque Natural almeriense Cabo de Gata y al Parque Nacional de Doñana, entre Cádiz y Huelva. Allí, la Consejería sí tiene una cuadrilla donde no llegan los servicios municipales que “puede recoger a la semana unos 100 bidones. “Cuando terminan el recorrido y vuelven al principio, hay de nuevo residuos”, añaden desde la Junta de Andalucía.

Las zonas de contaminación del narco coinciden especialmente con los puntos calientes del narco del Estrecho y, espacialmente, con sus proveedores logísticos, los petaqueros. “Esta zona de la bahía Cádiz se ha dedicado a la logística del narcotráfico y ha sido de las zonas donde más se ha abusado. Se está dando en todo el litoral andaluz, pero aquí se centralizó bastante, desde hace un par de años, por las facilidades de uso que dan las marismas. Lo mismo ocurre en el Guadalquivir”, resume Agustín Domínguez, guardia civil de la asociación Jucil. El agente señala además otro agente contaminador que llega a estas zonas naturales: las narcolanchas que los traficantes desechan cuando llegan al fin de su vida útil y que, como lleguen a zonas salvajes sin servicios de recogida, sufren el mismo destino de quedarse abandonadas durante meses.

El auge de todos estos desechos devueltos por el mar tiene relación directa con el modus operandi que adoptó el narco del Estrecho a partir de que el Gobierno prohibiese en 2018 el uso privado de las embarcaciones neumáticas y semirrígidas de alta velocidad usadas como narcolanchas. Desde entonces, los capos no se arriesgan a traer sus semirrígidas a tierra para esconderlas, como hacían hasta ese momento. Les es más rentable y seguro dejarlas siempre en el mar, abarloadas unas a las otras en alta mar, esperando el mejor momento para alijar. Y eso tuvo dos consecuencias directas: las embarcaciones duran menos y se abandonan a su suerte cuando se destrozan y surgió un nuevo eslabón en la cadena narco, el petaquero.


Estos suministradores captan a chavales de escasos recursos para llenar bidones de hasta 25 litros en gasolineras en tierra —habitualmente low cost—, luego los embarcan en pequeñas lanchas que aprovechan caños y marismas como las de Sancti Petri (entre Chiclana y San Fernando) o el Guadalquivir (en Sanlúcar) para surtir de gasolina a las potentes narcolanchas, en unos precios que llegan a los 250 euros por bidón. “La embarcación se aproxima a la costa porque las de los petaqueros, al ir tan cargadas, no pueden salir al mar. Allí hacen el transbordo, a veces a 30 metros de la orilla. Y necesitan mucha gasolina porque las narcolanchas suelen llevar cuatro motores de 300 caballos cada uno, eso es un consumo bestial”, resume Domínguez.

El fruto de ese repostaje es el que llega en forma de bidones vacíos o semivacíos a las inmediaciones de esos parajes naturales y apartados donde se producen los transbordos. En el caso del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, Benavente suele pedir ayuda a los ayuntamientos cercanos como el de San Fernando para que colaboren en la recogida, en caso de que llegue a playas salvajes, como la punta del Boquerón. El Consistorio isleño asegura que solo en los últimos seis meses ya ha recogido 500 garrafas de combustible de la cercana playa de Camposoto, “pese a no tratarse de una zona habitual de entrada de drogas”.

Ante esa realidad, no son pocos los voluntarios que se están animando a hacer recogidas de bidones, a la par que lo denuncian en redes sociales. Los hermanos Ruiz González, pescadores aficionados en la zona de Vejer, ya avisaron el pasado mes de diciembre que “muchos días son más bidones que peces” lo que capturan. Quique Bolsitas recuperó 210 bidones en las playas de las inmediaciones de Doñana, en Almonte, en un solo día de recogida en la que participaron 16 personas. Y en la última junta rectora del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, los salineros que trabajan en la zona ya han transmitido que, cuando recogen las petacas que se encuentran en el recorrido de salinas y marismas, “las cantidades son tan grandes que no tienen dónde tirarlos, necesitan que los ayuntamientos les habiliten puntos para poderlos depositar”, explica Benavente.
Playa de Matalascañas, Huelva. Ales Dvorak

En este panorama, el director del Parque Natural de la Bahía de Cádiz reconoce que el problema, en su caso, es difícil de atajar, ya que la zona no cuenta ni con cuadrillas de limpieza, ni presupuesto para ello. La Consejería de Medio Ambiente aclara que la recogida de residuos en las playas suele ser “cuestión municipal”. Aunque otra cosa es cuando esos plásticos acaban en zonas de difícil acceso, donde los servicios de limpieza no llegan tan fácilmente. Así que aseguran haber hecho peticiones reiteradas al Ministerio del Interior para que “intensifique la vigilancia en estas zonas”. Domínguez, de Jucil, también tiene claro que la única forma de acabar con la contaminación de los bidones es ir a la raíz y acabar con la red de petaqueros con una modificación legislativa que persiga la actividad. “Si no existe el petaqueo, además de menos contaminación, el narcotráfico lo tendría mucho más difícil”, asegura el agente.

08 enero 2026

Beatería y maldad

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

En cierta ocasión escuché al escritor Juanjo Millás afirmar que la beatería y la maldad son las dos caras de una misma moneda. Preguntado por qué les atormenta más a las personas que acuden a su confesionario, el joven sacerdote misionero Damián Montes (Granada, 1987) responde que quienes más le sorprenden son quienes confiesan pecados de tipo afectivo y sexual: “Es increíble escuchar a tanto adulto arrastrando ese peso. Es una crítica que me hago a mí y a la institución: ¿qué conciencia hemos creado para que a la gente le genere malestar eso, y no robar, mentir o abusar?” “Algo habrán hecho ustedes,” le sugiere la entrevistadora. Entonces el cura le responde con una honestidad inaudita: “Creo que unir sexo y pecado ha sido el pecado de la Iglesia.” El puritanismo sexual ha tarado a generaciones de hombres y mujeres en España, quienes han vivido su sexualidad con vergüenza y culpa. La obsesión con la virginidad (celebrada incluso con fiesta oficial en el calendario) es lo que tiene.

Al igual que otras religiones, como el judaísmo ultraortodoxo, el islam, o el cristianismo evangelista, la Iglesia católica ha sido siempre profundamente homófoba. Nunca fue esto más evidente como cuando la epidemia de vih/sida mató a millones de hombres en todo el mundo en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Estos enfermos terminales fueron considerados por muchos religiosos víctimas de un castigo divino, y llegaron a tildar de cáncer rosa lo que era una infección vírica letal, desconocida por aquel entonces, que se contraía por contacto sexual. Sumaron la estigmatización social al dolor inenarrable de las víctimas desamparadas, indefensas tras la pérdida de su sistema inmunológico. ¿Dónde estaba la caridad cristiana entonces? ¿Cuándo van a pedir perdón por aquel dolor añadido, por tanta maldad para con los necesitados de comprensión y alivio ante la muerte inminente? ¿Por qué a las religiones en general les cuesta tanto convivir con la diversidad afectivo-sexual? Deberían meditarlo, y, de paso, pedir perdón público por sus pecados (los niños esclavos del franquismo por ser hijos de rojos, los robos de bebés cometidos por monjas enfermeras en hospitales de maternidad durante la dictadura, los abusos sexuales a menores en sus instituciones, o las inmatriculaciones ilegales de inmuebles de dominio público), para de este modo contribuir a la convivencia entre diferentes. Tal vez así encuentren explicación a la falta de vocaciones.

Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. 

La sociedad española asiste estos días horrorizada al escándalo por la publicación en cadena de casos de niños que fueron víctimas de abusos sexuales en colegios religiosos, sobre todo durante la dictadura. Lo que sabemos hasta ahora no es más que la punta del iceberg, a la espera de lo que está por venir tras la creación y puesta en funcionamiento por fin de la anunciada Comisión Estatal para la Investigación de Abusos en la Infancia que garantice que se haga justicia, se depuren las responsabilidades y se repare a las víctimas.

En uno de sus Episodios de una Guerra Interminable, Almudena Grandes escribe que la dictadura de Franco convertía en mierda todo lo que tocaba. A mí me tocó vivir parte de mi adolescencia entre sus garras. En aquel internado de religiosos que se ensañó conmigo se respiraba una devoción fanática. El poder que los curas ejercían sobre nosotros se sustentaba en adoctrinarnos para no pensar, para aceptar dogmas sin dudar, sin hacernos preguntas, en definitiva, para soportar lo que nos tocara y a quien nos tocara. Debíamos renegar de la duda, no osar hacer preguntas y, por tanto, abstenernos de poner en duda la moralidad de lo que nos pasara; debíamos dejarnos hacer. La impunidad de aquellos crímenes contra menores en colegios religiosos era prueba del poder omnipotente que la Iglesia católica y el Estado franquista extraían de su íntima unión. 

Ya de mayor, y tras haber sobrevivido a aquellos depredadores, comprobé que aquella obsesiva/rancia enseñanza religiosa, aquella mala educación de los colegios católicos me vacunó contra la superstición y contra el adoctrinamiento en mi trabajo como educador. Galileo llevaba razón cuando señaló que la ignorancia es la madre de la maldad y de todos los demás vicios. Amén. cmg2022 

26 diciembre 2025

Quedarse en casa como forma de resistencia

Byung-Chul Han, filósofo: "Quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia. El silencio de tu casa es el único lugar donde todavía puedes escucharte." No se trata de aislarnos del mundo, sino de convertir nuestra casa en un bastión de libertad donde no tenemos que rendir cuentas a nadie.

    Por María del Mar Jiménez Redal

    Revista CUERPO MENTE, 12 de noviembre de 2025

Cuando alguien piensa en planteamientos “antisistema”, los relaciona con conflicto, ruido, contenedores quemados y mucho caos. Sin embargo, varios de los discursos más políticamente incorrectos de los últimos tiempos nos invitan a quedarnos en casa, no consumir e incluso aburrirnos o sumergirnos en el silencio.

Byung-Chul Han –galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, filósofo y autor de libros como La sociedad del cansancio o Vida contemplativa. Elogio de la inactividad– nos invita a rebelarnos contra la sociedad actual quedándonos en casa.

Su discurso habla de abandonar la vida hiperactiva para recuperar más equilibrio y sentido, no caer en la autoexplotación en nuestro tiempo libre, no exponernos continuamente en redes sociales, apostar por el descanso, el silencio y la vida contemplativa, y escaparnos de la rueda que provoca nuestra extenuación.

TU CASA, TU REFUGIO

Entre sus críticas a la sociedad del rendimiento en todas las áreas, sorprende su defensa del hogar y de la pasividad. En sus palabras, “quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia” porque te rebelas ante el mandato de ser productivo a cualquier hora y haces “huelga” de imperativos sociales.

El autor explica que el capitalismo actual odia el vacío y el silencio y nos ha inculcado temor a pasar horas muertas en nuestras casas sin prueba digital de lo que hacemos, pero, según él, es en ese tiempo “improductivo”, anónimo y silencioso cuando más soberanos somos.

No se trata de romantizar el aislamiento o la soledad ni atrincherarse en casa y no salir al mundo, sino una defensa del derecho al “silencio sin culpa” y la casa como bastión de libertad donde vivir sin rendir cuentas a nadie, sin testigos y sin sucumbir a las exigencias del mercado.

CÓMO TRASLADAR ESTA FILOSOFÍA AL DÍA A DÍA

El mensaje de Byung-Chul Hal puede hacerse realidad a través de la hogarterapia que se define como la creación de un hogar sano, equilibrado y feliz que nos facilite una vida más plena y con sentido.

Nuestras casas no son solo las cuatro paredes donde dormimos, comemos o pasamos los fines de semana, sino que son mucho más. Representan un exoesqueleto, como el caracol, y podemos transformarlas en un “templo", en un refugio de regeneración y paz que nos aporte bienestar en el día a día y que nos ayude a impulsar cualquier área de nuestra vida que queramos.

Cuando convertimos nuestra casa en un Hogar Consciente y volvemos a encender el “Fuego” del hogar, podemos recuperar todo el potencial y la magia ancestral escondida en los hogares.

Desde un hogar consciente podemos potenciar nuestra salud, descubrir nuestro propósito vital, encontrar la calma frente al estrés, inspirarnos, cuidarnos y cuidar de otros amorosamente, mantener relaciones sanas, aumentar nuestra productividad profesional o personal, controlar las finanzas y aumentar los ingresos, e incluso alcanzar un gran bienestar holístico.

HOGAR Y BIENESTAR

Aunque Byung-Chul Han se centre en el recogimiento como ataque contra tanto ruido e imposiciones externas, la realidad es que bajo la protección que representa nuestra casa podemos realizar muchas actividades.

Kankyo Tannier, autora de La magia del silencio defiende que “quedarse en casa no significa quedarse quieta” y que “cuanto mejor te conoces, menos miedo te da quedarte a solas contigo misma”. 

Aunque Byung-Chul Han se centre en el recogimiento como ataque contra tanto ruido e imposiciones externas, la realidad es que bajo la protección que representa nuestra casa podemos realizar muchas actividades.

Kankyo Tannier, autora de La magia del silencio defiende que “quedarse en casa no significa quedarse quieta” y que “cuanto mejor te conoces, menos miedo te da quedarte a solas contigo misma”. 

CONSEJOS PRÁCTICOS PARA DISFRUTAR QUEDÁNDOTE EN CASA

Estas son algunas sugerencias de autocuidado y disfrute en la intimidad de nuestras casas:

  • Despertar sin reloj y sin prisas y rodearnos de un ambiente de mimos. Ten en cuenta que despertarse sin reloj no es sinónimo de no madrugar. Si tienes que madrugar, acuéstate pronto y verás como tu cuerpo se acostumbra a despertarse temprano, descansado, y prácticamente sin necesidad de despertador.
  • Tomarnos varios oasis de silencio a lo largo del día.
  • Disfrutar de un café o té con presencia.
  • Practicar el journaling o diario terapéutico
  • Pintar un mándala, cuadros con números o las nuevas manualidades artísticas
  • Tejer o bordar sumergiéndote en el craftfulness, un término que se refiere a la idea de hacer manualidades para mejorar nuestro bienestar ya que conectamos con nosotros mismos a través de la creatividad.
  • Jugar con tus hijos o seres queridos, sin límite de tiempo. Byung-Chul Han dice: "nos matamos por ser productivos pero el hombre ha nacido para jugar, no para trabajar".
  • Seguir un ritual atrapasueños gozoso.
  • Planificar tu agenda y las próximas semanas con amabilidad y premiando los avances.
  • Leer o estudiar solo por placer.
  • Cocinar una buena receta lentamente.
  • Disfrutar de un spa casero.

Tal vez no llamaríamos a estas actividades “resistencia” como Byung-Chul Han, pero son una forma de reconciliarnos con nuestro hogar e ir alquimizando nuestra vida cotidiana.

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23 diciembre 2025

Las playas de Doñana amanecen cubiertas con cientos de garrafas usadas en el narcotráfico

Por Santiago González Sarrión, Radio Huelva, 22/12/25

Además, el mar ha arrastrado hasta la costa botellas de plástico, latas y todo tipo de envases, conformando una imagen desoladora.

Basura en las playas de Doñana. Foto: Enrique Herrero (Quique Bolsitas)

Las playas del Parque Nacional de Doñana han aparecido este fin de semana completamente cubiertas de garrafas vacías utilizadas para transportar combustible en operaciones de narcotráfico. El hallazgo ha sido denunciado por el conocido activista ambiental Enrique Herrero, más conocido como Quique Bolsitas, que dedica su tiempo a limpiar la naturaleza practicando plogging (recoger basura mientras se hace deporte).

En varios vídeos difundidos en redes sociales y publicados por la Cadena SER, se observa cómo el activista va encontrando, junto a la orilla, cientos de bidones vacíos esparcidos por la arena. Además, el mar ha arrastrado hasta la costa botellas de plástico, latas y todo tipo de envases, conformando una imagen desoladora.


“Es un auténtico drama”, lamenta Quique Bolsitas, que reclama la colaboración de todas las administraciones para afrontar este problema. Según explica, estas garrafas son empleadas habitualmente por redes de narcotráfico para repostar las embarcaciones que cruzan el Estrecho, y acaban en el mar tras ser vaciadas.

El activista advierte que la acumulación de estos residuos no solo supone un grave impacto ambiental en uno de los espacios naturales más valiosos de Europa, sino que también refleja la magnitud del tráfico ilícito en la zona. “No podemos permitir que Doñana se convierta en un vertedero”, insiste.

Por el momento, no se ha informado de operativos específicos para retirar los residuos, aunque la denuncia ha generado una fuerte reacción en redes sociales, donde numerosos usuarios piden medidas urgentes para proteger el litoral.


20 diciembre 2025

Dentro del armario del franquismo

De la colonia penitenciaria de Tefía a las terapias aversivas de los setenta, nuevos ensayos, novelas, cómics, películas y series investigan la brutal persecución y represión del colectivo LGTBI durante la dictadura. 

Por ALEX VICENTE, El País, 20/12/25

Durante décadas, el franquismo convirtió el deseo homosexual en delito, la intimidad en expediente psiquiátrico y la diferencia sexual en sinónimo de peligrosidad pública. Hubo redadas, centros de clasificación como el de Carabanchel y cárceles como la de Badajoz, donde se separaba a activos y pasivos, tras examinar la anatomía más íntima de los detenidos, para impedir cualquier posibilidad de penetración. Existieron colonias penitenciarias como la de Tefía, donde se encerraba a los invertidos que se atrevían a salirse de la norma. Y, ya casi en los setenta, algunos médicos se empeñaron en corregir la desviación a golpe de electroshock. Cuando el régimen empezó a resquebrajarse, esa violencia no se evaporó. Cambió de forma, se desplazó a nuevas instituciones y, pese a los avances legislativos, dejó una estela de miedo y silencio que se alargó hasta no hace tanto, si es que ya ha terminado.

Desde que el debate sobre la memoria histórica entró en la conversación pública hace un par de décadas, ese mutismo se ha ido reduciendo. En los últimos tiempos, hemos visto llegar una ola de novelas, ensayos, cómics, películas y series que narran e investigan la persecución y la represión de la población LGTBI durante la dictadura, así como su prolongación en el periodo democrático. No son solo testimonios, sino también gestos de restitución, que devuelven la dignidad a quienes el régimen redujo a la categoría de “vagos y maleantes” y obligan a observar el engranaje que hizo posible esa brutal cacería. El fenómeno dialoga con las políticas contemporáneas de memoria y con el nuevo interés social por los relatos de reparación. Pero también funciona como advertencia: si ya ocurrió una vez, puede regresar de formas menos ostentosas, pero igual de eficaces.

En el reciente ensayo Sexo en el franquismo (Almuzara), que recorre las costumbres eróticas de los españoles durante cuatro décadas de dictadura, el sociólogo Manuel Espín accede al asunto por un umbral original: el escaparate de la camaradería viril, esos espacios exclusivos para hombres, del cuartel al gimnasio, donde el culto a la hombría dejaba entrever un evidente homoerotismo.

“Los regímenes fascistas exaltan el cuerpo masculino y la disciplina física, pero ese mismo ideal de virilidad termina generando una tensión que se niega a sí misma”, explica Espín. Mientras tanto, el régimen perseguía con ferocidad a los homosexuales, tildados de “viciosos y pervertidos”, que se exponían a detenciones, fichas policiales, encarcelamientos e incluso al internamiento en correccionales. Aunque, más que la sanción administrativa, pesaba el estigma social que la acompañaba. “En el Reino Unido la homosexualidad estuvo prohibida hasta los años cincuenta, pero existían niveles de tolerancia. En Francia, también hubo cierta permisividad. En España eso no se da, porque la represión social es mayor. La gente no temía tanto la multa o la noche en la cárcel como la vergüenza. Que una persona fuera señalada en una de estas situaciones suponía la muerte social en vida”.

La condena moral, con la Iglesia católica como sostén doctrinal del régimen, acabó convertida en texto legislativo. En 1954, Franco firmó una reforma de la Ley de Vagos y Maleantes que incorporaba a los homosexuales en la lista de individuos peligrosos para la sociedad, junto a mendigos, proxenetas o rufianes. El texto permitía su reclusión en cárceles o colonias “de trabajo” por un periodo de hasta cinco años prorrogables y la imposición de oscuras medidas de “vigilancia especial”. Ya en el tardofranquismo, las descargas eléctricas y otros tratamientos que prometían erradicar la homosexualidad fueron avalados por Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos del Ejército franquista, o Juan José López Ibor, referente de la psiquiatría nacionalcatólica, convencidos de que se trataba de un trastorno corregible.

El historiador Javier Fernández Galeano, profesor de la Universidad de Valencia, lleva casi dos décadas investigando la represión del colectivo. En 2025, ha publicado dos ensayos sobre la cuestión: Obscenidad queer (Bellaterra), donde sigue el rastro de lo que el régimen consideraba indecente en expedientes judiciales e informes de censura, y Gestos en la noche (PUV), a partir de los expedientes de peligrosidad social en la Comunidad Valenciana. “Al principio costó tratarlo como un tema de investigación, porque se consideraba una experiencia muy minoritaria y no se veía como un asunto legítimo”, afirma el profesor, que hizo su doctorado en la Universidad de Brown, uno de los centros de la prestigiosa Ivy League, porque nadie en España se interesaba por el asunto. Por eso, los primeros estudios llegaron desde el periodismo y no desde la academia: ahí está El látigo y la pluma, de Fernando Olmeda, ensayo ya clásico de comienzos de los dos mil, que Dos Bigotes, sello especializado en temas queer, reeditó en 2023.

Para Fernández Galeano, el punto de inflexión llegó con la apertura de los archivos, medio siglo después de los delitos. El historiador descubrió en ellos un catálogo de represión, pero también una huella involuntaria de la existencia de una profusa subcultura homosexual y transgénero. “Por un lado, es esencial conservarlos para denunciar una política sistemática de penalización de la disidencia sexual, que imponía una imagen distorsionada del colectivo”, dice Fernández Galeano. “Y, al mismo tiempo, aunque la burocracia actuara con violencia y humillación, esa tenacidad al documentar sus vidas recogió trazos materiales que de otra forma se habrían perdido: cartas, fotos, testimonios… Hay que aprender a leer entre líneas, a escuchar los susurros de lo que se dice sin decir. Como decía Foucault, la represión saca a la superficie relaciones que de otra manera permanecerían invisibles”. De esos documentos en archivos municipales y regionales emerge una cartografía de lugares de encuentro, rituales de identificación e iconos culturales y eróticos.

En España, el control de la población LGTBI tuvo una rigidez particular, porque la persecución se manifestaba también en el día a día. “Existía un entramado institucional dirigido a asegurar la conformidad social. Cuando se detenía a un homosexual, testificaban el párroco, el alcalde, la Guardia Civil, la policía, el empleador y los vecinos”, subraya Fernández Galeano. La vigilancia se ensañó con transexuales y travestis, que se empezaron a identificar con ese nombre a finales de los sesenta. “La pluma era la alerta que llamaba la atención de la policía, sobre todo en ciudades como Barcelona o Madrid, en conexión con el mundo del espectáculo y el trabajo sexual”, explica el historiador. Ahí se concentraban las detenciones, cortando las redes de solidaridad que empezaban a tejerse: “El objetivo era claro: evitar que se consolidara una cultura propia, basada en el apoyo mutuo y la aceptación social”.

En los últimos años, el estudio de esa represión se ha ido filtrando en la ficción, convirtiendo en más accesible un material áspero por definición. Sin ser el tema principal del libro, dos de los personajes de La península de las casas vacías (Siruela), José y Jacobo, primos y soldados en el bando republicano, vivían una historia de amor clandestina. Mientras tanto, Nando López relata en Los elegidos (Destino) la historia de Santos, un joven bibliotecario y director de un grupo de teatro universitario, y Asun, una cantante de copla que renuncia a los escenarios para casarse con él. Tras esa fachada de matrimonio convencional se esconde una verdad clandestina: Santos es homosexual y ese matrimonio, en pleno franquismo, es su manera de sobrevivir justo cuando la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes convierte a los hombres de su condición en delincuentes.

Para el autor, la proliferación de relatos sobre el colectivo LGTBI en tiempos de dictadura también habla de las ansiedades del presente. “Antes de escribirlo, sentí que había derechos conquistados que volvían a peligrar, con el auge de la extrema derecha, y comprendí que parte de esa vulnerabilidad venía del desconocimiento de la historia”, afirma López, escritor y dramaturgo nacido en 1977. Por eso, más que recrearse en el aparato represivo, la novela habla de los mecanismos cotidianos de control. “Para algunos fue peor el estigma que la represión física”, dice el escritor, que quiso sacar su relato de un nicho de mercado para llegar a un público muy amplio. “Si solo nos contamos nuestras historias entre nosotros, caemos en la endogamia. Igual que durante años el colectivo tuvo que reflejarse en historias heterosexuales, ahora me gustaría que los lectores heterosexuales se reflejaran en las nuestras”. La novela ya va por su quinta edición y se prepara una adaptación al cine.

En Una luz tímida (Seix Barral), Àfrica Alonso rescata del silencio la historia de Isabel y Carmen, dos maestras que vivieron su amor en la clandestinidad durante el franquismo. La novela, inspirada en su propia obra teatral de 2020, surge de una necesidad. “No encontraba este tipo de historias en la cartelera. Sentí la urgencia de dar voz a quienes murieron sin que nadie conociera su historia”, sostiene Alonso, que se basó en una historia ­real que tuvo lugar en Catarroja, cerca de Valencia.

Las mujeres lesbianas padecieron un tipo específico de represión. Apenas aparecían citadas en las leyes, sobrevivían camufladas en la amistad y el sigilo, se reconocían con claves mínimas (“¿eres librera?”), y solo asomaban con más nitidez en los márgenes de ciertos círculos culturales. Si la homosexualidad masculina se interceptaba en el espacio público y se castigaba con palizas y penas de cárcel, la represión de las mujeres llegaba a través del aparato doméstico. Ahí se sitúa Una luz tímida, que describe una violencia de puertas adentro que lleva al entorno de una de las protagonistas a internarla en un hospital. Cuando logra salir, deberá convivir toda la vida con una herida profunda: tener que renunciar a su familia por su sexualidad. Alonso, nacida en 1995, cree que el mutismo respecto a este trauma colectivo ha tenido efectos nefastos. “Hemos creído que el silencio reparaba, cuando solo repara la palabra”, opina. “No lo hemos transmitido a las generaciones jóvenes, y mientras tanto la extrema derecha ha tenido un acceso directo a sus cabezas”, dice.

Otras disciplinas se han sumado a esta ola. En 2018, el cómic El Violeta (Drakul) fue de los primeros en convertir en relato gráfico los métodos de castigo contra la disidencia sexual. Más recientemente, Que no se olvide (Salamandra) ha retomado esa memoria a partir del testimonio de represaliados. El documental Un hombre libre recupera la figura del escritor Agustín Gómez Arcos, víctima de una doble condena por ser homosexual y crítico con el régimen. Y la película Els mals noms, premiada en el pasado festival de Sevilla pero aún pendiente de distribución, desmonta la leyenda negra de La Pastora, nombre con el que fue conocido Florencio Pla Meseguer, persona intersexual y uno de los últimos maquis valencianos, que sufrió un acoso continuo. “Hay más casos que el de Lorca o el Grupo Cántico, muchas historias que aún no se han contado”, dice su director, Marc Ortiz Prades. “Es importante ver cómo esa represión llegaba al pueblo más pequeño, al sitio más recóndito. Entender esto nos ayuda a entender cómo somos como sociedad”.

Ese impulso lo comparte también la serie Las noches de Tefía (Atresplayer), que en 2023 puso en primer plano un episodio todavía desconocido para muchos: la colonia penitenciaria de Fuerteventura donde el franquismo confinó a centenares de homosexuales. “Es esa ley del silencio que impuso el franquismo. Y esa ignorancia no es inocente: a algunos les interesa que siga existiendo”, dice su creador, el dramaturgo Miguel del Arco, que se inspiró en Viaje al centro de la infamia, de Miguel Ángel Sosa Machín, novela de 2006 sobre un grupo de jóvenes reclusos.

En la serie, que alterna los años sesenta y la actualidad, el pasado no aparece conservado en formol, sino reflejado en el presente. “Me dio miedo que lo quisieran convertir en un Élite ambientado en un campo de concentración”, ironiza Del Arco. “Al final, no tuve una sola línea roja. En el capítulo seis, me cargué a Franco en una ucronía asumida: necesitaba incorporar una brizna de luz”. Ese gesto conecta con el contexto actual. “Nos encontramos en medio de un viraje ideológico en el que muchos ya no saben ver al otro o lo miran con una absoluta falta de empatía”. Por eso estas obras importan: no solo cuentan lo que pasó, sino que aspiran a educar la mirada para que no vuelva a pasar.