03 mayo 2026

Ni a mujeres, ni a gais: ¿a quién le gustan exactamente los cuerpos musculados de ‘bro de gimnasio’?

Por KARELIA VÁZQUEZ, Revista ICON, 03.05.26

Los centros de ‘fitness’ están cada vez más llenos y los cuerpos musculados sin una gota de grasa triunfan en las redes sociales, ¿pero quién ha fetichizado ese tipo de figura y a quién le atrae sexualmente?

No es una pregunta retórica. Después de hablar con varias personas, hombres y mujeres, de diferentes tendencias sexuales, ninguno supo responder para quién trabajan exactamente aquellos que se musculan hasta la hipertrofia en el gimnasio, o los que cuentan por cientos los ejercicios abdominales para sacar un six pack (o tableta de chocolate) debajo de los mínimos gramos de grasa que aún conserven en el abdomen.

“Croissants”, los llama Miriam Riol. Los ve cada mañana en el gimnasio a las siete de la mañana, y comprueba que sus cuerpos trapezoidales y morenos no le resultan nada atractivos. A Irene Gonzáles los cuerpos “tan pulidos” la echan para atrás. “Me generan inseguridad, pienso que un chico así me va a juzgar porque yo nunca voy a estar tan buena como él. Desde el punto de vista estético me resulta más interesante cómo se viste que su cuerpo”. “A mí me gustan healthy (de aspecto saludable), pero no tan trabajaditos, medidos y obsesivos. Puestos a pedir prefiero que vaya al dentista una vez al año”, afirma Malintxi Lobete.

Tampoco es que ellos se esfuercen en gustar o en interactuar con alguien que no sea otro hombre o, en la jerga digital para definir a un hombre que esculpe su cuerpo en el gimnasio para mostrarlo y compararlo con el de otros hombres, un bro. Es una verdad establecida que los bros tienen el cuerpo que les resulta atractivo a otros como ellos, en un juego de espejos donde la condición sexual no parece tener relevancia alguna y la mirada fetichizadora es la de uno mismo ante el espejo. Dante G lo comprueba en Grindr. “Al principio te hace gracia, pero luego la sucesión de fotos sacando músculo frente al espejo aburre”.

El debate y los defensores de cada flanco quedaron muy bien resumidos en un tuit del psicólogo William Costello, que juntó dos imágenes del cantante británico Olly Murs. Una era el antes de que Murs se sometiese a una dieta espartana y un duro entrenamiento de gimnasio. Murs ya lucía entonces un cuerpo envidiable, normativo y fuerte, pero con algo de grasa en el abdomen. La otra era el después, con Murs mostrando su cuerpo musculado sin un ápice de grasa corporal y una tableta bien visible en el abdomen.

Preguntó a sus seguidores qué imagen encontraban más deseable. La respuesta fue sintomática: las mujeres, el antes. Los hombres, el después. O sea, el primer cuerpo respondía al deseo. El segundo, a la aspiración. Ocurre a menudo en anuncios de entrenadores en redes sociales: muestran a un hombre de aspecto sano y cuerpo fuerte y prometen convertirlo en un cuerpo aún más fuerte. Los comentarios que más abundan son del tipo: “¡Pero si estaba mejor antes!“.

Sergio López López, fisioterapeuta y preparador físico y director técnico en Elena Valiente Salud constata que sus clientes piensan que cuando la musculatura se pone “grande” los miran ellos más que ellas. “Para una mujer promedio el hombre atractivo no tiene muchísima masa muscular”, dice. Es lo que han comprobado también varios estudios que describen el cuerpo masculino atractivo con un 15% de grasa corporal. “Es un nivel bajo de grasa, un cuerpo que puede estar trabajado en el gimnasio pero con un aspecto natural, quizás sin mucho abdomen”, precisa López.

El doctor Rafael Navas, experto en hormonal en SHA Spain explica que para los hombres un rango orientativo saludable suele estar entre un 10% y un 20% de grasa corporal, pero con una buena masa muscular y sin acumulación central marcada. “En la práctica, una cintura contenida, buena energía y analíticas estables (glucosa, triglicéridos, inflamación) nos dan mucha más información sobre la salud que un físico extremadamente definido”, afirma.

En su consulta ve cada vez más a “hombres muy definidos, con buena imagen física, pero con cierto desgaste a nivel hormonal o metabólico”, y se explica: “Abunda el síndrome de Deficiencia Energética Relativa en el Deporte (RED-S). Son perfiles con un desequilibrio entre lo que el cuerpo gasta y lo que recibe, y eso acaba pasando factura en forma de fatiga, bajada de testosterona, un peor descanso y una menor capacidad de recuperación”.

Los resultados de la encuesta The Ideal Male Body Type According To Women realizada entre cientos de mujeres por Shane Duquette, coach certificado por la York University de Toronto y fundador de la plataforma Bony to Bombshell, mostraron que ellas preferían los cuerpos atléticos por encima de los extremadamente musculosos. Duquette esperaba que su encuesta replicara los resultados de un estudio de 2017 firmado por el Dr. Aaron Sell que había encontrado una relación lineal entre la fuerza masculina y el atractivo, así que le escribió varios correos electrónicos al doctor para intentar entender la discrepancia en los resultados.

Sell contestó varias cosas, la primera que las mujeres suelen asumir que “los hombres muy musculados son vanidosos”. Luego argumentó que la población de su estudio se componía de universitarios que por edad probablemente no hubieran alcanzado aún todo su potencial muscular genético y eso explicaría que fueran menos “grandes” que, por ejemplo, los influencers del fitness. Por último, añadió otra razón: “actualmente algunos hombres pueden alcanzar grados de musculatura que en la década del 40 no tenían ni los culturistas de élite, sobre todo los que consumen esteroides o testosterona”. En resumen, que los hombres musculosos de su estudio quizás no lo fueran tanto.

En cuanto al asunto del six pack en la encuesta las mujeres prefirieron a los hombres con un porcentaje de grasa corporal cercano al 13%, que suele ser saludable y, sobre todo, sostenible. Para tener los abdominales marcados todo el año, dice Duquette, hay mantener la grasa corporal entre un 8% y un 10%, algo que indica más predisposición genética a un vientre plano que esfuerzo descomunal de entrenamiento y dieta.

“Muchos cuerpos hipermusculados masculinos no se construyen tanto para resultar más atractivos a las mujeres como para responder a mandatos de estatus, competencia entre hombres y gestión de inseguridades”, apunta la sexóloga Ana Sierra. En su opinión, ese cuerpo funciona más como “armadura, credencial o símbolo de pertenencia que como herramienta de seducción”.

La atracción parece ser un asunto de proporciones. Según Duquette, cuando las mujeres imaginan brazos musculados piensan en los brazos de 35 centímetros de Cristiano Ronaldo y el hombre, en los de 38 centímetros de Brad Pitt en El club de la lucha. “A todos les gustan los brazos definidos y con músculos. Simplemente discrepan en el tamaño”. Su conclusión es que a las mujeres suelen gustarle más los cuerpos que no son “imposibles de conseguir”.

La plataforma Illicit Encounters, diseñada para juntar a gente casada que busca relaciones secretas, preguntó a más de 2000 personas, qué tipo de cuerpo masculino les resultaba más atractivo y les dio a elegir entre Seth Rogen, el actual Leonardo DiCaprio y Cristiano Ronaldo. El 58% de las mujeres prefirieron el “dad body” (cuerpo de papá) de Rogen y DiCaprio. Un 22% escogió a Cristiano Ronaldo y solo un 10% prefirió la silueta delgada de Mick Jagger y Jarvis Cocker. El cuerpo de Jack Black solo fue escogido por el 6% de las encuestadas. La conclusión de la coach de relaciones Jessica Leoni al respecto indica que las mujeres prefieren cuerpos imperfectos porque son “menos intimidantes”. Cuerpos similares fueron también los que más éxito tuvieron en otra encuesta de 2021 del sitio de citas Dating.com. Su vicepresidenta explicó que, aunque en teoría los cuerpos pulidos y perfectos parecían ideales para la mayoría de las personas, no los elegían cuando se trataba de buscar una pareja para la vida real.

“En muchos casos esos músculos no buscan despertar el deseo de mujeres o de los hombres, sino la validación social externa en otros ámbitos. Se podría decir que estamos ante un caso de masculinidad performativa”, opina Sierra, que también matiza que cada caso habría que estudiarlo por separado. “Hay chicos que sufrieron experiencias de bullying o acoso, ya no solo en primera persona sino vista en otros chicos por su aspecto enclenque, y eso puede desarrollar una ansiedad que puede ser un detonante para tomar decisiones sobre el cuerpo”.

Y, por supuesto hay también una cuestión hedonista. “Hay autoplacer, se gustan cuando se ven así. Existe un entramado cultural de presión estética que con determinado físico les devuelve un sentimiento muy agradable de pertenencia al grupo. El músculo aún está muy asociado a la potencia, al poder, a la disciplina y el autocontrol”, expone la sexóloga.

Ahora, además, los cuerpos pulidos y perfectos se asocian al éxito económico. En consecuencia, los cuerpos con exceso de grasa y sobrepeso pertenecen a personas sin fuerza de voluntad e ignorantes en temas de nutrición. En definitiva, perdedores y vagos. “El mundo está diseñado para que seas gordo, empleado y dependas del gobierno”, según la filosofía vital de Amadeo Llados, el gurú de los burpees al que siguen decenas de miles de personas.

Así que la respuesta a la pregunta ¿a quién le gustan los bro de gimnasio? es corta. A ellos mismos, en primer lugar; y a los que son como ellos, en segundo. Y lo que pensemos el resto les importa poquísimo. Como debe ser, por otra parte.

01 mayo 2026

Machitos resentidos

Por NAJAT EL HACHIMI, El País, 01.05.26

Compadecerse de los adolescentes por la pérdida de sus privilegios patriarcales les perjudica; hay que animarles a que se pongan las pilas.

Pobrecitos míos, esos chavales reaccionarios. Hay que entenderlos. Claro, ¿cómo no se van a sentir mal si están todas las chicas adelantándoles a derecha e izquierda, formándose más, sacando mejores notas, organizando mejor sus vidas? ¿Cómo no nos van a dar pena si resulta que ellas saben bien lo que quieren y ya no están para aguantar a niñatos posesivos, ni dispuestas a sufrir ni por amor ni por sexo ni por príncipes de ningún color? Ni un segundo hemos tardado en justificar su pataleta contra el cambio cultural de la igualdad y lo que les pide: que renuncien a los privilegios de género que vienen heredando desde hace siglos por simple razón biológica mediante esa sólida estructura llamada patriarcado. No, hay que entenderlos a ellos, tan frágiles, tan heridos por esa charla sobre violencia que les dieron un día en el instituto. No es el machismo lo que los hace machistas sino el feminismo, mira tú por dónde. ¿Cómo se explica que un niño que ha crecido en las mismas aulas que sus homólogas femeninas de repente llegue a la adolescencia y se declare partidario de un orden antiguo hegeliano en el que el esclavo siempre se flexiona en femenino? ¿Cómo unas criaturas con madres trabajadoras, fruto de parejas que se escogen y se vinculan libremente (para eso está el divorcio) puedan transformarse en aspirantes a machos dominantes? ¿Cómo, pero cómo puede ser que habiendo crecido en una sociedad en la que hay maestras, médicas, funcionarias, mujeres policía o soldado, cómo se puede tener por normal esa rebelión contra lo que no es más que una cuestión de equidad y justicia? Pobrecitos, repiten, no mojan porque ellas se han vuelto exigentes, desean y aman siendo fieles a sí mismas, sin someterse y claro, los que no las quieren así, emancipadas e independientes, no tienen opciones. Y por ellos debemos llorar, nos dicen. Como las madres de antes, que sentían pena por el niño al que todo le costaba mientras que a la niña le mandaba hacerle la cama, fregar los platos, recoger la ropa sucia del hombrecito de la casa. Y esa compasión por los machitos destronados los perjudica a ellos aunque no lo vean. En vez de acompañarlos en el lloriqueo alguien (a ser posible un hombre adulto) debería decirles que se pongan de una vez las pilas, que si quieren llegar a sus compañeras no les queda otra que cambiar de cultura y sumarse a la del feminismo. Y que esos que les susurran a través de las pantallas que volverán tiempos pasados de dominación masculina no son más que timadores embusteros que los están llevando a engaño. Y en masa.

Arriesgando la vida por otra mejor ● Risking their lives for a better life ● Sie riskieren ihr Leben für ein besseres Leben

Migrantes marroquíes arribando en grupo a la Playa del Cañuelo, Tarifa, Cádiz, fotografiados en secuencia desde una embarcación, por el fotoperiodista Jan Nazca, de la agencia Reuters, y publicadas por Die Welt el 28 de julio de 2018. Seis imágenes que dicen más que mil palabras.

Group of Marrocan migrants reaching El Cañuelo beach, near Tarifa, southern Spain safe and sound, captured in sequence by photojournalist Jan Nazca, from Reuters, and published by Die Welt on July 28th, 2018. Six images that speak louder than a thousand words.

Marokkanische Migranten, die in der Gruppe am Strand von El Cañuelo (Tarifa, Cádiz) sicher und gesund ankommen, in einer Sequenz fotografiert von einem Boot aus von dem Fotojournalisten Jan Nazca (Reuters) und veröffentlicht von „Die Welt“ am 28. Juli 2018. Sechs Bilder, die mehr sagen als tausend Worte.












28 abril 2026

El inglés impreso en el pecho

Por ÁLEX GRIJELMO, El País, 23.06.19

El buen tiempo atrae a las camisetas de manga corta y cuello redondo. Gente de todas las edades las compra en los mercadillos pero también en las tiendas de lujo, es de suponer que con distintos precios. Los días de sol constante arrojan a las calles españolas esas prendas desenfadadas a las que suele acompañar un atuendo más bien deportivo.

Rara vez se repiten en ellas el diseño o la combinación de colores, cuando se trata de tejidos policromados; ni las imágenes que llevan estampadas por delante o por detrás. Cada cual elige el modelo que más le gusta, así como el mensaje que desea transmitir a quienes se crucen en su camino y no circulen mirando al suelo o hablando por teléfono, o las dos cosas.

La disparidad estética de las camisetas alegra estos primeros días de calor. Pero esa variedad de tonos, dibujos, fotografías y frases que se ven sobre la prenda confluyen en una cierta homogeneidad cuando uno intenta leer lo que llevan escrito: casi todos los mensajes están expresados en inglés.

Solamente el 27,7% de los españoles sabe hablar, leer y escribir en esa lengua, si nos fiamos de las respuestas que los encuestados le dieron al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) a finales de 2016. Sin embargo, nos encanta simular que todos lo hacemos. La publicidad se llena de términos en inglés, las revistas de moda disfrutan con inundar sus páginas de anglicismos, los diarios se olvidan a menudo de traducir los suyos, los comercios de las ciudades eligen nombres y rótulos en aquella lengua. Y qué contentos nos quedamos.

Últimamente se han sumado las camisetas veraniegas a esa general fascinación que nos hace parecer políglotas. En ellas leemos: “All power to the people”, “Air needed”, “Better than yesterday”, “Keep calm and happy goat”, “Big smile, deep breathe”, “Good music, dark chocolate”, “Happy hour”, “Future important woman”, “Everythink I like is either expensive, illegal or won’t text me back”… La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, lució hace poco en público este lema, más deducible: “Yes, I’m a feminist”.

Ninguno de ustedes necesita la traducción de esa selección de frases, porque todos saben inglés, igual que quienes visten esas camisetas, pero el apartado 2.23 del Libro de estilo de este periódico obliga a aclarar las citas expresadas en otras lenguas. Así que ahí van unas equivalencias: “Todo el poder para la gente”, “Se necesita aire”, “Mejor que ayer”, “Mantén la calma y feliz cabra” (yo tampoco lo entiendo), “Gran sonrisa, respira hondo”, “Buena música, chocolate negro”, “Hora feliz”, “Futura mujer importante”, “Todo lo que me gusta es caro, ilegal o no me devolverá el mensaje de texto”... y “Sí, soy feminista”.

Están en su libertad quienes portan tales carteles ambulantes, claro. Ante ello, uno apenas puede preguntarse si en realidad desearán comunicar algo, o simplemente les gustará la estética de la tipografía estampada en la camiseta. Imagino que más bien lo segundo, pues en el primer caso se toparán con que gran parte de los transeúntes con quienes se cruzan no saben qué significan las palabras impresas. Y como generalmente transmiten buen humor, se perderán el chiste y seguirán en su tristeza.

Con todo eso, lo original ahora es el español. Una vez vi a una mujer con una camiseta cuya inscripción se leía en castellano (“No hay pan para tanto chorizo”), y me entraron ganas de darle un abrazo. Me corté, por si acaso se trataba de una inglesa.

27 abril 2026

La magia vivificante de las novelas

 Por MARTA REBÓN, El País Semanal, 20.08.2017

Al abrir un libro nos sumergimos en diferentes historias hasta olvidarnos de la nuestra. Otras veces llegamos a descubrir cosas de nosotros mismos a través de sus personajes. Una buena lectura puede ser el mejor refugio donde aliviar nuestra alma y un antídoto contra las adversidades.

Le han dejado, el mundo ya no es maravilloso. Como en un permanente jet lag, no atina a conectar con la realidad que le envuelve. Decía Freud que las palabras y la magia fueron al principio una misma cosa. ¿Es por eso que seguimos buscando refugio en los libros cuando la vida se nos antoja una broma estúpida? Usted, pasajero en horas bajas, abre una novela y en sus páginas encuentra algo parecido a un bote salvavidas, un alivio balsámico al desasosiego.

Los lectores voraces saben bien que las bibliotecas y las librerías son un botiquín eficaz para el alma, como ya se afirmaba en la Antigüedad. La ficción y la poesía, sostiene la novelista Jeanette Winterson, son medicinas que curan la ruptura que la realidad provoca en nuestra imaginación. Conforme al tópico horaciano dulce et utile, nos enseñan deleitando. El eco de las palabras, su ritmo, y las imágenes con una gran carga emocional inundan y activan los recovecos de nuestra conciencia. Cuando leemos un texto literario inteligente y seductor, el mundo se vuelve más habitable. 

Entre las bondades de leer ficción, la primera, por obvia que parezca, es llegar a conocernos mejor. Proust, a quien hoy pocos negarán sus aptitudes para la ciencia cognitiva, afirmaba que cada lector, cuando lee, es el propio lector de sí mismo. Añadía que la obra del escritor no es más que una suerte de instrumento óptico que este ofrece al otro para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no habría podido ver por sí mismo. Adentrarse en el universo de las novelas es vivir múltiples vidas. Con un libro entre las manos se abre ante nosotros un terreno para experimentar un sinfín de circunstancias. La biblioterapia es posible gracias al choque de identificación que se produce en el lector cuando se ve reflejado en la historia. Empatizamos con otra gente, otras maneras de pensar. La lectura, además, es una aventura intelectual trepidante. Para el Nobel de Literatura André Gide, leer a un escritor no era solo hacerse una idea de lo que decía, sino irse de viaje con él.

Leer nos sitúa en un espacio intermedio: a la vez que dejamos en suspenso nuestro yo, nos vincula con nuestra esencia más íntima, un bien valioso para mantener cierto equilibrio en estos tiempos de distracción. La lectura, decía María Zambrano, nos brinda un silencio que es un antídoto para el ruido que nos rodea. Nos procura un estado placentero similar al de la meditación y nos aporta los mismos beneficios que la relajación profunda. Al abrir un libro conquistamos nuevas perspectivas, pues la ficción comparte con la vida su esencia ambigua y polifacética. Dado que solo podemos leer un número limitado de títulos, ¿qué es lo que buscamos?, ¿obras que reafirmen nuestras creencias, o bien que hagan que estas se tambaleen? Kafka lo tenía muy claro, solo deberíamos adentrarnos en las obras que muerdan y pinchen: “Un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior”.

RESEÑAS DE BIBLIOTERAPIA:

Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con libros, de Ella Berthoud y Susan Elderkin (editorial Siruela). Un original y divertido libro sobre biblioterapia que habla del poder curativo de la palabra escrita.

La lectura como plegaria, de Joan-Carles Mèlich (Fragmenta). Una reflexión sobre la lectura y la escritura en 262 fragmentos filosóficos.

Por qué leer los clásicos, de Italo Calvino (Siruela). El escritor nos recuerda que los clásicos nunca terminan de sorprender y resistir al tiempo.

Poema, de Rafael Argullol (Acantilado). Un breviario contemporáneo erudito y sensible de reflexiones sobre la condición humana y el discurrir del mundo.

El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri (Salamandra). La escritora indaga sobre las barreras que deben salvar personajes de diferentes culturas en su búsqueda de la felicidad.

La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstói (Nórdica). Una luminosa novela que en realidad es un poema capaz de reconciliarnos con nuestra condición mortal.

Pequeño fracaso, de Gary Shteyngart (Libros del Asteroide). Después de mudarse con su familia a Nueva York, el niño judío ruso Ígor se transforma en Gary, un personaje que narra la experiencia de vivir a caballo entre dos países que son enemigos.

Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire). Disecciona las circunstancias de un crimen y arroja luz sobre las contradicciones de la sociedad actual.

20 abril 2026

Elogio del amante joven

Por ROSA MONTERO, El País SEMANAL, 14.09.14

La supuesta invisibilidad de las mujeres al alcanzar la madurez

Hay una novela del húngaro Stephen Vizinczey, Elogio de la mujer madura, que, publicada originalmente en 1965, tuvo un éxito extraordinario en todo el mundo. A mí me pareció un libro narrativamente bastante mediocre (aunque me encanta el Vizinczey ensayista) y creo que buena parte de su éxito se debió a que supo poner palabras a una realidad absolutamente normal, es decir, absolutamente habitual, pero que por entonces permanecía sepultada por una tonelada de prejuicios. Me refiero al hecho de que muchos, muchísimos jóvenes se sienten atraídos por mujeres mayores al menos durante una época de sus vidas, de la misma manera que muchas chicas se sienten alguna vez atraídas por los hombres de edad. En general, creo que el hecho suele darse durante ciertos periodos de la vida, periodos quizá formativos, psicológica y sexualmente. A lo mejor el viejo Freud atinó en esto y casi todos pasamos por una etapa de búsqueda del padre y de la madre.

Hasta aquí, todo perfecto. Lo malo, claro está, son los prejuicios, esos parásitos insidiosos del pensamiento que distorsionan nuestra mirada y nos impiden ver la realidad. Y así, siempre nos ha parecido tan normal que una chica joven quede prendada de un señor mayor, pero siempre hemos visto como anormal la fórmula contraria. Algo defectuoso tendrá esa mujer, algo defectuoso tendrá ese hombre, dice la voz de la convención, y la sociedad señala a la pareja con el dedo como si fuesen bichos únicos, como si ese tipo de comportamiento fuera algo rarísimo, tan inusual como ser capaz de aprenderse de memoria El Quijote, por ejemplo. Y es que padecemos un terrible malentendido con la palabra normal. Pensamos que normal equivale a abundante, a habitual, a mayoritario. Pero no; en realidad, nos remite a la norma, a la ley, al mandato social. Las relaciones de las jóvenes con los maduros están dentro de lo normal sólo porque han sido tradicionalmente permitidas; las de los jóvenes con las maduras se han visto como anormales porque no estaban socialmente aceptadas, pero como dije han existido siempre, absolutamente siempre, sólo que han sido manejadas con discreción, con clandestinidad y con cautela. Recordemos, por ejemplo, que tras la muerte de Pierre Curie, la gran Marie Curie se enamoró de un hombre siete años más joven que ella; o que la reina Victoria de Inglaterra, símbolo precisamente del puritanismo más represor, también se enamoró, tras quedar viuda, de su sirviente John Brown, ocho años menor, y después, dicen, tras la muerte de Brown, de un sirviente musulmán, Karim, cuarenta años más joven.

Por fortuna, en la última década han aparecido bastantes ejemplos de mujeres famosas con amantes jóvenes (Susan Sarandon, Demi Moore, Madonna) y la percepción social de este tipo de parejas está empezando a cambiar. Pero aún perduran poderosos prejuicios al respecto. Véase el insólito escandalazo que ha supuesto este verano la relación entre María Teresa Campos y Bigote Arrocet. ¿No les parece desmedido que llame tanto la atención una diferencia de apenas nueve o diez años de edad? Ni siquiera hubiera sido mencionada si el más viejo hubiera sido el varón. Claro que, en este caso, la aguerrida María Teresa ha transgredido no sólo el tabú del amante joven, sino también el del amor en las mujeres de más de setenta años. Todos mis aplausos para ella.

Total, que así estamos ahora, normalizando de verdad, es decir, haciendo visible y aceptable una realidad bastante habitual. Por ejemplo: me encanta que Emmanuel Macron, el nuevo superministro francés de Economía, ese chico prodigio de 36 años que antes fue socio de la banca Rothschild y que ha recibido un importante premio de piano, un personaje brillante, polivalente, seductor y curioso, en fin, esté casado con su profesora de francés, veinte años mayor que él, y que los fines de semana se vayan a ver a los nietos (de ella, naturalmente). Ah, sí, menos mal que ese pedacito de la vida subterránea empieza a emerger, para bien de todos. Para bien de tantos hombres jóvenes que ya no se sentirán raros o incómodos ante la incomprensión social cuando se enamoren de una mujer mayor y gocen de sus conocimientos, de su madurez vital y sexual, de su manera distinta, más comprensiva y más redonda de quererle; y para bien de tantas mujeres mayores, que podrán disfrutar de las ganas de vivir, de la pasión y la alegría, de la curiosidad y la audacia de los amantes jóvenes. Cuando escucho a una mujer madura quejarse de que ha alcanzado la edad de la invisibilidad, de que ya no la miran, siempre me siento tentada de decirle: te equivocas, cariño, quizá seas tú la que no ves. Siéntete segura de ti misma y mira a los más jóvenes.

16 abril 2026

Ejército de troles

Por MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN


¿Qué hacer cuando la competición por la disrupción lo justifica todo? ¿Quién gana la batalla por la atención? Sin saber cómo, nos hemos encontrado con un espacio público repleto de resentidos lamentándose de lo mal que está todo y hablando de… ¿Lo adivinan? ¡Su resentimiento! Luego están los amantes de la transgresión gratuita que, sintiéndose oprimidos (¡pobres!), se dicen preocupados por la libertad de expresión. Y proliferan los diletantes excéntricos y altivos, los encargados de señalar la vía esnob ante la odiada cultura dominante. Salirse del rebaño, de la presión moral que la paralizante tiranía de la mayoría ejerce sobre sus libres almas nutre su encarnizada lucha cotidiana. Paradójicamente, el temor por la violencia intelectual que pueda ejercer el dogmatismo grupal ha terminado por configurar una tribu particular: los nuevos trolls o, en su versión ibérica, el “cuñadismo”.

Como casi siempre, el impulso llega de EE UU, donde una manada antaño silenciosa que compartía un intenso amor secreto por el odio a lo políticamente correcto estalló, finalmente, en los márgenes de las redes digitales. De manera aparentemente inocua, surgía en el espacio público un enjambre de odiadores guiados por un objetivo común: mofarse de todo lo que oliera a progresismo. Y sucedió así que un ejército de troles capitaneados por la rana Pepe inoculó con su frivolidad el modelo antipolítico a la conversación pública. Todo fue maniqueísmo y polarización: el bien y el mal perfectamente separados. Lo curioso es que, motivados por el temor a estrechar la conversación pública a los rancios consensos de lo políticamente correcto, terminaron atrofiando el espacio público, convirtiéndolo en una caricatura de sí mismos.

Trump fue la abeja madre que mejor encarnó el runrún de fondo de esa cultura irreverente que explotó contra el establishment: la asfixiante moral de la izquierda, los “blanditos” de la derecha. Surgió así uno de nuestros grandes dilemas: ¿qué hacer cuando no hay diferencias entre un troll y un representante político? ¿Cómo combatir la apabullante presencia de la pura banalidad opinológica en nuestro Congreso de los Diputados, cuando la función representativa se reduce a polarizar el mundo en lugar de explicar su complejidad? Lo vemos cada vez más en algunos de nuestros jóvenes líderes: guiados por el nuevo estilo ultra y su aparente modernidad, son capaces de negar la violencia de género ante la apremiante y ficticia urgencia nacional de reivindicar la prisión permanente revisable. La línea que separa el delirante fanatismo de la convicción de la pura idiotez improvisada es muy fina. No sé ustedes, pero yo ya no sé dónde estamos. (El País, 23.12.18)

15 abril 2026

Europa en 25 líneas

Por Carlos Martín Gaebler
Diario de Sevilla, 4 de febrero de 2005

¿Qué es Europa?

Europa es ese lugar donde no existe la pena de muerte.
Europa es seguridad social universal y laicismo.
Europa no son razas ni culturas, sino valores.
Europa no es un club cristiano, y algún día los turcos cabrán en él.
Europa son doce estrellas doradas sobre un azul de Beethoven.

Europa está en el aire que respiramos.

Y en el "Liberté, Égalité, Fraternité" de nuestras monedas.
Y en los puentes de euros que nos acercan y nos igualan.
Europa es concienciación medioambiental.
Europa es una forma de hacer cine.
Es amar los subtítulos y las bicicletas.
Y saber ver amores desnudos en pantallas sin censurar.

Europa son las veinte lenguas (y+) del Parlamento de Estrasburgo.

Europe is all that we have in common.
Europe is what unites us when we live in North America.
It is a state of mind that binds us.
Europa ist auch das Erasmus Programm, natürlich.

Europa es viajar sin pasaportes ni visados.

Europa es solidarizarse con palestinos y cubanos, con saharauis e iraquíes.
Europa es ¡NO A LA GUERRA!, STOP THE WAR!

Europa es donde Pablo y Juan se pueden casar si lo desean.
En Europa no se invoca a los dioses para ganar unas elecciones.
Y aquí ningún homófobo ni ningún machista puede ser comisario europeo.
Europa somos todos porque no sobra nadie.
Estamos en construcción, mais l'Europe, j'adore!





14 abril 2026

La mujer más bella

Por AMELIA CASTILLA, El País, 24.08.13

El recuerdo de la fotógrafa Sylvia Polakov sucedió una madrugada a la salida de una discoteca. No conocía a Amparo Muñoz pero acabaron compartiendo taxi. Fue entonces cuando reparó en la mujer que se sentaba a su lado: "¡Qué belleza! ¡Eres la mujer más guapa que he visto en mi vida!" Amparo la escuchó con una sonrisa, ya se había acostumbrado a las lisonjas. El piropo quedó en el aire cuando la fotógrafa se bajó del vehículo, en la puerta de su casa. No fue hasta años después, cuando Madrid ya estaba inmersa en los años de desenfreno y libertad que precedieron a la movida, que volvieron a encontrarse, esta vez en un estudio de fotografía. Le prestó el cinturón, que oculta el pecho, y la pulsera de marfil. Hay complementos que resultan tremendamente atractivos en las fotos. Amparo no necesitó nada más, bastó el color de sus ojos ("semi-verdes"), el pelo lustroso, la perfección de sus facciones, la piel, la mirada… Todo en ella rezuma sensualidad. Ya poseía todos los títulos: Miss Costa del Sol, Miss España y Miss Universo. Fue una sesión fácil y rápida. Sin necesidad de muchas palabras. Polakov no acostumbra jalear a sus modelos. Sencillamente los coge y los hace posar. No necesita que funcione la química entre iguales, se mueve guiada por el oficio y la intuición. Estos días repasa los miles de negativos que guarda en su casa para enmarcarlos en un libro. La farándula se mezcla con la gauche divine, la noche, la moda, Ibiza o la alta política. No debe resultar sencillo resumir tres décadas de intenso trabajo, pero aún mantiene el requiebro de aquella madrugada. La última vez que se cruzó con ella ya era otra persona.

Respetar a los creyentes, no las creencias.

Por TIMOTHY GARTON ASH

El País, 23.12.06

El fin de semana pasado estuve cantando un montón de cosas en las que no creo. ¿Creo que, hace unos 2.007 años, un ángel se apareció a una mujer llamada María y le anunció que iba a quedarse embarazada sin haberse acostado con José? No. ¿Creo que el buen rey Wenceslao anduvo por la nieve para llevar "a aquellos campesinos" comida y vino? Probablemente, no. Pero eran palabras hermosas y familiares, la iglesia medieval estaba iluminada por velas, tenía a mi familia conmigo, y me conmoví.

En estos días, cientos de millones de personas, como yo, cantan -a veces con deleite y entusiasmo- unas frases en las que no creen o, en el mejor de los casos, creen sólo a medias. Según un reciente sondeo de opinión de Harris para el Financial Times, en Gran Bretaña, sólo uno de cada tres ciudadanos dice ser "creyente". En Francia, menos de uno de cada tres; en Italia, menos de dos tercios; sólo en Estados Unidos supera esa cifra las tres cuartas partes. Y sería interesante saber qué proporción de esa minoría de verdaderos creyentes en Gran Bretaña y Francia son, en realidad, musulmanes.

Todo eso ha hecho que me pusiera a pensar -en esta época prolongada de fiestas, con el Día del Bodhi, Hanukkah, Navidades, Eid-ul-Adha, Oshogatsu, el aniversario de Guru Gobind Singh y Makar Sankranti- sobre qué significa decir que respetamos otras religiones en una sociedad multicultural. Me da la impresión de que el mayor problema que muchos europeos post-cristianos o teóricamente cristianos tienen con que haya musulmanes viviendo entre ellos no es que éstos crean en una religión distinta al cristianismo, sino que crean en una religión, punto.

Es algo que desconcierta a la minoría intelectualmente significativa de europeos que son ateos devotos, que creen en las verdades descubiertas por la ciencia y hacen proselitismo. Para ellos, el problema no es ninguna superstición religiosa concreta, sino la superstición en sí. Y también preocupa a ese número mucho mayor de europeos que son vagamente creyentes, de una forma tibia, o más o menos agnósticos, pero que tienen otras prioridades. ¡Ojalá los musulmanes no se tomaran su islam tan en serio! Y muchos europeos añadirían: ¡Ojalá los norteamericanos no se tomaran su cristianismo tan en serio!

No obstante, podemos discutir sobre si el mundo estaría mejor si todos se convencieran de las verdades ateas de la ciencia natural o, al menos, se tomara la religión tan a la ligera como la mayoría de los europeos semicristianos, creyentes a tiempo parcial (yo soy agnóstico sobre esta cuestión). Pero es evidente que sobre esa base no podemos construir una sociedad multicultural en un país libre. Esa postura sería tan intolerante como la de los países mayoritariamente musulmanes en los que no se permiten más confesiones que el islam.

Al contrario, en los países libres es preciso que se permitan todas las religiones; y cada religión debe dejarse cuestionar en sus fundamentos, categóricamente, incluso de manera desaforada y ofensiva, sin temor a represalias. El científico de Oxford Richard Dawkins debe tener la libertad de decir que Dios es un engaño y el teólogo Alistair McGrath, también de Oxford, debe tener la libertad de responder que es Dawkins el engañado; un periodista conservador debe poder escribir que el profeta Mahoma era un pedófilo y un erudito musulmán debe poder llamar a ese periodista islamófobo ignorante. Eso es un país libre: la libertad de culto y la libertad de expresión como dos caras de la misma moneda. Debemos vivir y dejar vivir, una exigencia que no es tan poca cosa como parece, cuando se piensa en las amenazas de muerte contra Salman Rushdie y los caricaturistas daneses. La valla que protege ese espacio son las leyes.

Lo interesante es saber si existe algún tipo de respeto que vaya más allá de este mínimo "vive y deja vivir" protegido por las leyes pero sin convertirse en una pretensión hipócrita de respeto intelectual por las creencias del otro ni en un relativismo sin límites. En mi opinión, sí lo hay. Es más, me atrevo a decir que sé que lo hay, y que casi todos nosotros lo practicamos sin darnos cuenta. Vivimos y trabajamos a diario con individuos que, en el fondo de sus corazones, creen en cosas que a nosotros nos parecen locuras. Si los consideramos buenos socios, amigos y colegas, les respetamos como tales, independientemente de sus convicciones privadas y profundas. Si tenemos una relación estrecha con ellos, quizá no sólo les respetamos sino que les queremos. Les queremos pese a que no dejamos de estar firmemente convencidos de que, en un rincón de su cerebro, se aferran a creer en un montón de tonterías.

Distinguimos de forma rutinaria, casi instintiva, entre la creencia y el creyente. Por supuesto, eso es más fácil de hacer con unas creencias que con otras. Si alguien está convencido de que 2 + 2 = 5 y de que la tierra está hecha de queso, vivir con él a diario será un poco más difícil. Pero resulta asombroso ver hasta qué punto, en la práctica, pueden coexistir alegremente creencias muy distintas e incluso excéntricas. (La fe popular en la astrología, tan extendida, es un buen ejemplo).

Ahora bien, el comportamiento de los creyentes puede influir en nuestra opinión sobre su fe, al margen de la veracidad científica de su contenido. Por ejemplo, yo no creo que exista Dios y, por tanto, pienso que hace alrededor de 2.007 años un hombre y una mujer que se llamaban José y María tuvieron un niño, nada más. ¡Pero en qué hombre se convirtió aquel niño! Coincido con el gran historiador suizo Jacob Burckhardt en que Cristo como Dios no me dice nada, pero, como ser humano, Jesucristo me parece una fuente de inspiración constante y maravillosa, tal vez incluso, como dijo Burckhardt, "la figura más bella de la historia del mundo". Y algunos de sus imitadores posteriores tampoco estuvieron mal.

En lo que discrepo de la corriente atea representada por Richard Dawkins no es en lo que dicen sobre la inexistencia de Dios, sino en lo que dicen sobre los cristianos y la historia del cristianismo, que en gran parte es verdad, pero que deja fuera la otra mitad de la historia, la parte positiva. Y, como dice el viejo proverbio yiddish, una media verdad es toda una mentira. A mi juicio, como historiador de la Europa moderna, la parte positiva es mayor que la negativa. Me parece evidente que no tendríamos la civilización europea que tenemos hoy sin la herencia del cristianismo, el judaísmo y (en menor medida, y sobre todo en la Edad Media) el islam, cuyo legado también preparó el camino -aunque sin saberlo y sin quererlo- para la Ilustración. Además, varios de los seres humanos más extraordinarios que he conocido en mi vida eran cristianos.

"Por sus frutos les conoceréis". Existe un respeto que nace del comportamiento de los creyentes, independientemente de la credibilidad científica de su fe original. Lo ideal es que una sociedad multicultural sea una competencia amistosa y abierta entre cristianos, sijs, musulmanes, judíos, ateos e incluso partidarios del "dos más dos cinco", por ver quién nos impresiona más con su carácter y sus buenas obras.

Mientras tanto, está el molesto problema del saludo de invierno multicultural y multiusos. "Felices fiestas" es increíblemente cursi y anodino. Me temo que yo he recurrido a "Felices Pascuas", pero también resulta pesado. Sería estupendo emplear saludos a medida para cada interlocutor: "Feliz Navidad", "Feliz Eid", "Feliz Oshogatsu", etcétera, pero no siempre es posible. Ayer recibí una tarjeta del embajador británico en Washington con una solución excelente. "Feliz Yuletide", el nombre que remite al solsticio de invierno de los paganos (el Yule nórdico y germánico se celebra 22 de diciembre) y que evoca, al mismo tiempo, las historias sentimentales y anticuadas de Navidad que tanto gustaban a Charles Dickens. Perfecto.

Feliz solsticio a todos.

Timothy Garton Ash es historiador británico y profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford.

La verdad de las mentiras

 Por JUAN CRUZ

El País Babelia, 24.05.08

Ahora escribe una novela sobre Roger Casement, el irlandés del siglo XIX que luchó contra el colonialismo en el Congo y en Perú; tiene la mesa llena de libros que luego serán deglutidos para convertirse en materia de ficción o de verdad, no se sabe, la novela será lo que él mismo llama la verdad de las mentiras. Esos libros que Mario Vargas Llosa apila en una mesa limpia, la mesa de una biblioteca pública, constituyen ya una bibliografía completa, pero serán luego una línea; los necesita devorar, siempre fue así, desde cadete, y ahora además que se ha cortado el pelo casi como para la mili, parece un cadete, y un opositor.

Mario Vargas Llosa sigue siendo un alumno que a sus 72 años (que cumplió el 28 de marzo) se prepara como si fuera a clase. Obsesivamente. Ha trabajado en bibliotecas de todas las ciudades donde ha vivido, desde Lima a Madrid, pasando por aquella de la que sido más asiduo, la del Museo Británico, en Londres. Ésta en la que su hija Morgana le ha cazado (y le ha cazado: ahí no se tolera mucho que se hagan fotos) es la New York Public Library, la biblioteca de Nueva York, a la que va todos los días, de lunes a viernes, de once a cinco de la tarde. Juan Carlos Onetti (sobre el que acaba de escribir un libro: de nuevo, en una biblioteca) le dijo un día: "Vos estás casado con la literatura, yo la tengo de amante". Y es así, él está casado con Patricia, pero además con la literatura, es su obligación obsesiva, y se la sigue tomando como cuando escribía en el Jute, el bar en el que hizo en Madrid parte de La ciudad y los perros, mientras estudiaba. Con libros, con cuadernos chiquitos y con su letra ascendente, y con su bolígrafo, que durante años siempre ha sido el mismo. Este que tiene en la mano se le extravió un día, a principios del año 2000; lo dejó en manos de un arquitecto tinerfeño, Carlos A. Schwartz, que le había dedicado un libro suyo de fotos sobre Santa Cruz junto a una escultura de Henry Moore. En el avión hacia París, Vargas Llosa se dispuso a tomar notas y advirtió que ese bolígrafo estaba extraviado. No paró hasta que deshizo el rastro y Schwartz le mandó, por courier, el bolígrafo con el que aparece aquí, con la camisa abierta, pelado casi como un recluta, con sus gafas cortadas, sentado de lado como si le fueran a llamar para tomarle la lección. La gente lo ve como si estuviera escribiendo la enésima novela, pero él la aborda con el mismo espíritu con que se sentó a escribir la primera.

13 abril 2026

De una biblioteca a otra

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El País Babelia, 03.05.08

Sala de lectura de la biblioteca municipal de Úbeda (Jaén).

Una biblioteca pública no es sólo un lugar para el conocimiento y el disfrute de los libros: también es uno de los espacios cardinales de la ciudadanía. Es en la biblioteca pública donde el libro manifiesta con plenitud su capacidad de multiplicarse en tantas voces como lectores tengan sus páginas; donde se ve más claro que escribir y leer, dos actos solitarios, lo incluyen a uno sin embargo en una fraternidad que se basa en lo más verdadero y lo más íntimo que hay en cada uno de nosotros y que no tiene límites en el espacio ni en el tiempo. La lectura, los libros, empezaron siendo privilegio de unos pocos, herramientas de poder y de control de las conciencias. La imprenta, al permitir de pronto la multiplicación casi ilimitada de lo que antes era único y difícil de copiar, hizo estallar desde dentro la ciudadela hermética de las palabras escritas, alentando una revolución que empezó por reconocer en cada uno el derecho soberano a leer la Biblia en su propia lengua y en la intimidad de su casa, sin la mediación autoritaria de una jerarquía. Gentes que leían libros albergaron ideas inusitadas: que el mérito y el talento personal y no el origen distinguían a los seres humanos; que todos por igual tenían derecho a la instrucción, a la libertad y a la justicia.

Gentes que leían libros albergaron ideas inusitadas: que el mérito y el talento personal y no el origen distinguían a los seres humanos
Me acuerdo siempre de la primera que conocí, en la que empecé a educarme, la biblioteca de Úbeda. Sin aquella biblioteca hoy yo no estaría en ésta

La escuela pública, la biblioteca pública, son el resultado de esas ideas emancipadoras: también son su fundamento. Con egoísmo legítimo uno compra un libro, lo lee, lo lleva consigo, lo guarda en su casa, vuelve a leerlo al cabo de un tiempo o ya no lo abre nunca. En la biblioteca pública el mismo libro revive una y otra vez con cada uno de los lectores que lo han elegido, multiplicado tan milagrosamente como los panes y los peces del evangelio: un alimento que nutre y sin embargo no se consume; que forma parte de una vida y luego de otra y siendo el mismo palabra por palabra cambia en la imaginación de cada lector. En la librería no todos somos iguales; en la biblioteca universitaria el grado de educación y la tarjeta de identidad académica establecen graves limitaciones de acceso; sólo en la biblioteca pública la igualdad en el derecho a los libros se corresponde con la profunda democracia de la literatura, que sólo exige a quien se acerca a ella que sepa leer y sea capaz de prestar una atención intensa a las palabras escritas. En el reino de la literatura no hay privilegios de nacimiento ni acreditaciones oficiales, ni jerarquías de ninguna clase ante las que haya que bajar la cabeza: nadie tiene la obligación de leer una determinada obra maestra; y no hay libro tan difícil que pueda ser inaccesible para un lector con vocación y constancia. Pomposos catedráticos resultan ser lectores ineptos: cualquier persona con sentido común es capaz de degustar las más delgadas sutilezas de un libro. En el cuarto de trabajo o de estudio con frecuencia uno está demasiado solo: en la biblioteca pública se disfruta un equilibrio perfecto entre el ensimismamiento y la compañía, entre la quietud necesaria para la lectura y la grata conciencia de la vida real que sigue sucediendo a nuestro alrededor.

Los barrios de Nueva York están punteados de sucursales de la gran Biblioteca Pública de la Quinta Avenida. El edificio central tiene una escala imponente: los mármoles, la escalinata, las columnas, los dos grandes leones benévolos. Las bibliotecas de barrio son mucho más modestas en apariencia, pero no esconden menos tesoros, y son igual de acogedoras. La que yo visito casi cada mañana está en una zona de pequeños negocios puertorriqueños, de peluquerías rancias de caballeros, de puestos de frutas del Caribe, de casas de comidas baratas que tienen nombres como La Caridad o La Flor de Mayo. El trámite para hacerse socio dura unos cinco minutos y es gratis. Con su tarjeta uno puede solicitar cualquier libro, disco o película y en unos pocos días le avisarán de que puede ir a recogerlo. Pero para entrar en la biblioteca y pasarse en ella las horas no hace falta ni siquiera una acreditación, en una ciudad donde hay tantas barreras de seguridad que puede ser tan inhóspita para el que no tiene dinero. A mi alrededor, en las otras mesas de la biblioteca, hay universitarios obsesivos que han venido a estudiar y jubilados que leen tranquilamente el periódico, un chico que mueve la cabeza y los hombros al ritmo de la música que escucha en el iPod mientras sonríe para sí leyendo una novela gráfica, una muchacha asiática sumergida en una biografía de Virginia Woolf, una abuela a la que una empleada le enseña con ilimitada paciencia cómo acceder a su cuenta de correo electrónico en la fila de ordenadores de la sala, una mujer demente que se ha sentado cerca de mí dejando caer sobre la mesa, como si fuera una lápida, un diccionario enorme de psiquiatría.

Yo leo, trabajo, miro el correo, escribo alguna postal, gustosamente solo y a la vez acompañado, mecido por el rumor cauteloso de la gente. Vengo a trabajar en una biblioteca pública y me acuerdo siempre de la primera que conocí, en la que empecé a educarme, tan lejos ahora y tan presente en la memoria, la biblioteca municipal de Úbeda, que descubrí cuando tenía unos doce años. La mirada infantil, como la poesía épica, agranda los lugares, magnifica las cosas: yo nunca había visto salas tan grandes, estanterías llenas de libros que llegaban a los techos, sumergidas parcialmente en una penumbra en la que brillaban con intensidad misteriosa las lámparas bajas sobre las mesas de lectura. En cualquier otro lugar mis deseos y mis aficiones estaban limitados por la falta de dinero: en la biblioteca yo era un potentado. Fuera de allí las cosas pertenecían a alguien, casi siempre a otro: en la biblioteca eran mías y a la vez de todos. No existe mejor escuela de ciudadanía.

Sin aquella biblioteca hoy yo no estaría en ésta. Y como ahora las palabras pueden viajar tan instantáneamente como vuelven a la conciencia las imágenes del pasado remoto, cuando abro el portátil para mirar el correo encuentro un manifiesto en defensa de la biblioteca municipal de Úbeda, dañada por el abandono, por esa idea festera y despilfarradora que tiene cualquier política cultural en España, donde no hay límite para el gasto público a condición de que éste sea superfluo. Cualquier municipio español gasta millones en contratar artistas de moda o alentar paletadas vernáculas: pero en una pequeña biblioteca no hay dinero para comprar libros, y si lo hubiera no quedaría espacio donde mostrarlos; cada vez existirá menos la posibilidad de que alguien encuentre en ella el refugio y la iluminación de los libros; de que un niño fantasioso entre en la biblioteca pública como Simbad en la gruta del tesoro. Pongo mi firma al pie de ese manifiesto de ciudadanos ilustrados y por un momento la lejanía no existe y la mesa de lectura en la que estoy sentado pertenece a aquella biblioteca que no he pisado en tantos años.