16 enero 2019

Otro mundo es posible

06 enero 2019

Libertad de prensa para quien la valora

Por GABRIELA CAÑAS

Del cambio climático no se puede culpar solo a dirigentes como Donald Trump. Tampoco las dificultades que sufre la prensa libre son solo responsabilidad de tiranos y gobernantes. Los ciudadanos y su perdido espíritu crítico son parte sustancial del problema.

Según el informe anual de Reporteros Sin Fronteras, 2018 ha sido particularmente dañino para los periodistas. La organización contabilizó 80 asesinados, 348 encarcelados y 60 secuestrados. México, Nicaragua, China, Arabia Saudí, Hungría, Siria, Turquía o Venezuela son algunos de los agujeros negros de este mapa siniestro, que a veces puede ocultarnos el bosque en su totalidad. Porque también hay una permanente amenaza sobre las sociedades del siglo XXI que se creen libres de censura y manipulación. Se producen presiones sibilinas y silenciosas que deterioran el derecho de la gente a estar bien informada. Gobiernos, poderes económicos o anunciantes saben bien cómo ejercerlas.

La gran depresión de 2008 y los cambios tecnológicos dejaron sin trabajo a miles de periodistas y obligaron a cerrar cientos de medios de comunicación. Desde entonces, la debilidad de los supervivientes y la precariedad laboral de los profesionales han dejado en situación más vulnerable a casi todos los medios frente a los detractores de la información veraz y molesta para el poder.

Cada día conocemos nuevos detalles sobre cómo se manipulan las redes para empujar a los electores a votar por el Brexit o por Marine Le Pen. Comprobamos también la laxitud con la que manejan los datos personales las empresas tecnológicas; una laxitud muy rentable para ellas. Este pasado mes de diciembre se ha publicado un informe del Senado de Estados Unidos en el que se alerta contra las tecnológicas. Ocultaron, dice, la gravedad de la injerencia rusa en las presidenciales ganadas por Donald Trump.

Sabemos que las redes, en manos de un oligopolio global, se han hecho con el pastel publicitario de los medios tradicionales y que en Internet circulan muchas informaciones y opiniones gratuitas tan falsas como tendenciosas. Responden a oscuros objetivos —al menos, diferentes de los que busca la prensa libre—. Se rigen también por los designios de agregadores y algoritmos.

A pesar de todo ello, una mayoría alarmante de ciudadanos deserta de los medios que verifican la información y confrontan al poder con espíritu crítico; una mayoría que confía más en ese laberinto de sobreinformación que no contrasta un solo dato en el que los poderosos, por fin, pueden intoxicar a sus anchas.

Hay muchas maneras de acabar con la libertad de prensa. Sin duda, los errores propios de los medios es una de ellas. Pero otra, muy importante, es que la sociedad ni la valore ni la apoye. (El País, 02.01.19)

26 diciembre 2018

Andalucía obligatoria

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Ahora que los días van siendo más largos y que la primavera ya parece indudable, en Andalucía empieza a arreciar una creciente vocación pública y privada de caricatura y parodia de sí misma. Desde hace meses, en las emisoras y en los periódicos locales bulle la inquietud cofradiera. Las tiendas de trajes de gitana empiezan a desplegar sus lunares y volantes en los escaparates. Terminado el carnaval, que ahora se ha prolongado hasta después del Miércoles de Ceniza, se aproximan la Semana Santa y la Feria de Sevilla, y después el Rocío, los días de la Cruz, el Corpus de Granada. En las oficinas de la Junta de Andalucía en Sevilla supongo que los cargos públicos y los funcionarios se van preparando para una larga vacación que desembocará, sin que nadie se dé mucha cuenta, en los calores tremendos de julio y agosto. En agosto, por cierto, vendrá la Feria de Málaga, ciudad cuyas autoridades, no queriendo conformarse con tener una simple feria menos famosa que la de Sevilla, la llaman la Feria del Sur de Europa. Incluso en mi austera ciudad natal proliferan los trajes de volantes, los sombreros cordobeses y los zahones, y en la Feria de San Miguel, que es a finales de septiembre y tiene siempre una cierta melancolía de principio otoñal, se ha impuesto el modelo sevillano de las casetas con fino y sevillanas. Pero sucede que las casetas de feria de Úbeda pertenecen cada una a una cofradía de Semana Santa, de modo que a la entrada, sobre los toldos, exhiben, para desconcierto de los forasteros, nombres más penitenciales que festivos: La expiración, La buena muerte, El santo entierro... No cabe duda que en el norte andaluz, tan cerca ya de los barrancos de pizarras de Sierra Morena y de las llanuras de La Mancha, no estamos aún muy dotados para el gracejo de la fiesta. ¿Quién va a correrse una juerga digna de ese nombre, con borrachera (el fino de garrafa), mareo de palmas y sevillanas eternas, en una caseta que se llama El santo entierro?Cuando yo era pequeño y me pasaba las tardes escuchando en la radio las novelas de Sautier Casaseca y los programas de discos dedicados oía mucho una canción que me causaba cierta inquietud, aunque no acababa de entenderla: "Hay quien dice de Jaén que no es mi tierra andaluza". En aquellos tiempos oscuros, mucho antes de la fundación de la Junta de Andalucía y de su órgano oficial de andalucización, el llamado Canal Sur, casi ningún andaluz sabía que lo era, y si lo sabía o lo pensaba no importaba mucho, porque la única Andalucía indudable, los únicos andaluces sobre los que no cabía ninguna íncertidumbre, eran la Andalucía de los decorados de películas andaluzas y los andaluces de guardarropía que actuaban en ellas, unos andaluces en general proyectos, con caracolillo y sombrero terciado, con una cosa grasienta, tétrica y antigua, como los cuadros de toros y flamenco que se ven en los restaurantes españoles de países escandinavos o asiáticos. Sin duda, eran tiempos oscuros, edades primitivas en las que las culturas vernáculas sólo tenían una manifestación plena en las zarzuelas de ambiente regional, o en aquellas películas en blanco y negro, de baturros y de bailaoras flamencas, que ponían a veces en la televisión.

Así que muchos crecimos sin saber si nuestra tierra, aparte de pobre y tan lejos de todo, era una tierra andaluza. La Andalucía más nítida de la que teníamos noticia era la de los decorados de aquellas españoladas que rodaron Imperio Argentina y Florián Rey en el Berlín siniestro del nazismo. A medida que nos hicimos mayores y fuimos cobrando conciencia política, nuestra rebelión contra el oscurantismo de la dictadura incluía el dolor por el atraso de la tierra en la que habíamos nacido y el asco por la pringue beata y folclórica con que nos la embadurnaban para convertirla en una parodia a la altura de las expectativas más gregarias y más ignorantes del turismo.

No creo que muchas personas progresistas hubieran podido vaticinar lo que ocurrió después: que con la democracia y los gobiernos de izquierdas no llegó para Andalucía la liberación de la ignorancia, ni del atraso, ni de la superstición, ni del folclorismo. Lo que vino, lo que ya nos inunda, es exactamente lo contrario, la fiebre irracional e intimidatoria por todas las fiestas y tradiciones posibles, la vanagloria inepta en los localismos más agresivos y cerrados, la feria eterna, la romería y la procesión eternas, programadas por la autoridad, alentadas por la radio y la televisión públicas, convertidas en una especie de narcótico brutal o en un inmerso decorado que oculta la triste obstinación de las cosas reales: la epidemia invencible del paro, por ejemplo, el desmantelamiento del ferrocarril en las comarcas más pobres, el abandono o la venta o la simple pérdida por incompetencia y desidia de las pocas fuentes de riqueza verdadera que aún nos quedaban, como el aceite de oliva.

En catorce años de gobierno autónomo, de primacía de la izquierda,  los dos vicios capitales del señoritismo han sido prácticamente lo único que se ha socializado en Andalucía: el fanatismo folclórico-religioso y el desdén por el trabajo. Si uno viaja un poco por España se da cuenta, con un dolor muy intenso, pero también inútil, que Andalucía se va quedando cada vez más atrás, cada vez más aturdida y perdida en el engaño de su alegría obligatoria, de una monstruosa mixtificación de su realidad de la que son culpables principales las fuerzas políticas y las instituciones andaluzas. Han desbaratado hasta la escuela, han corrompido la antigua palanca progresista de la educación: todo este largo exabrupto viene a cuento de que ayer, cuando volvía de Granada a Madrid, supe que en las escuelas públicas de Huelva, de cara a la primavera, y a instancias de la Junta, han empezado a impartirse a los alumnos y a los profesores cursillos de espíritu rociero. Pero ya no le quedan a uno ánimos ni para ejercer el sarcasmo, y en cualquier caso nada es tan disparatado como la realidad. Las maestras de Huelva pueden ir a clase con trajes de volantes, como Elvira Quintillá en Bienvenido Mr. Marshall, y Manuel Chaves, ahora que ha vuelto a ganar las elecciones, debería vestirse de andaluz para asomarse a su recobrado balcón presidencial, igual que Manolo Morán en aquella película profética.
El País, 13 de marzo de 1996

23 diciembre 2018

Ejército de troles

Por MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN


¿Qué hacer cuando la competición por la disrupción lo justifica todo? ¿Quién gana la batalla por la atención? Sin saber cómo, nos hemos encontrado con un espacio público repleto de resentidos lamentándose de lo mal que está todo y hablando de… ¿Lo adivinan? ¡Su resentimiento! Luego están los amantes de la transgresión gratuita que, sintiéndose oprimidos (¡pobres!), se dicen preocupados por la libertad de expresión. Y proliferan los diletantes excéntricos y altivos, los encargados de señalar la vía esnob ante la odiada cultura dominante. Salirse del rebaño, de la presión moral que la paralizante tiranía de la mayoría ejerce sobre sus libres almas nutre su encarnizada lucha cotidiana. Paradójicamente, el temor por la violencia intelectual que pueda ejercer el dogmatismo grupal ha terminado por configurar una tribu particular: los nuevos trolls o, en su versión ibérica, el “cuñadismo”.

Como casi siempre, el impulso llega de EE UU, donde una manada antaño silenciosa que compartía un intenso amor secreto por el odio a lo políticamente correcto estalló, finalmente, en los márgenes de las redes digitales. De manera aparentemente inocua, surgía en el espacio público un enjambre de odiadores guiados por un objetivo común: mofarse de todo lo que oliera a progresismo. Y sucedió así que un ejército de troles capitaneados por la rana Pepe inoculó con su frivolidad el modelo antipolítico a la conversación pública. Todo fue maniqueísmo y polarización: el bien y el mal perfectamente separados. Lo curioso es que, motivados por el temor a estrechar la conversación pública a los rancios consensos de lo políticamente correcto, terminaron atrofiando el espacio público, convirtiéndolo en una caricatura de sí mismos.

Trump fue la abeja madre que mejor encarnó el runrún de fondo de esa cultura irreverente que explotó contra el establishment: la asfixiante moral de la izquierda, los “blanditos” de la derecha. Surgió así uno de nuestros grandes dilemas: ¿qué hacer cuando no hay diferencias entre un troll y un representante político? ¿Cómo combatir la apabullante presencia de la pura banalidad opinológica en nuestro Congreso de los Diputados, cuando la función representativa se reduce a polarizar el mundo en lugar de explicar su complejidad? Lo vemos cada vez más en algunos de nuestros jóvenes líderes: guiados por el nuevo estilo ultra y su aparente modernidad, son capaces de negar la violencia de género ante la apremiante y ficticia urgencia nacional de reivindicar la prisión permanente revisable. La línea que separa el delirante fanatismo de la convicción de la pura idiotez improvisada es muy fina. No sé ustedes, pero yo ya no sé dónde estamos. (El País, 23.12.18)

21 diciembre 2018

Plataforma Salva Tus Árboles


Soy muy aficionado a la jardinería urbana. Paseaba un día por la Glorieta de la Barqueta en Sevilla, intentando observar si había algún naranjo o jacaranda con chupones o burracos que arrancar, cuando me topé con un alcorque cementado y resquebrajado del que asomaba una minúscula palmerita washingtona. Tras fotografiarlo tal como me lo encontré, piqué como pude el cemento, retiré la mayor parte del mismo, y le corté los brotes laterales a la planta. La regué durante dos veranos, podándola asiduamente, y fotografiando el proceso en tres tiempos, como muestra el tríptico. Hoy es toda un palmera sana y hermosa que he bautizado como la plamerita María Luisa, en honor a mi madre, que adoraba las palmeras. cmg



"María Luisa", la palmera salvada


11 diciembre 2018

Obsolescencia programada

Por EDURNE PORTELA

Mi ordenador portátil me sorprendió con un cambio radical el día de las elecciones andaluzas. Su batería, que aguantaba operativa seis horas seguidas, ese día me dejó tirada después de apenas tres. Pronto tendré que reemplazarla o comprar un ordenador nuevo. La obsolescencia programada es la estratagema tecnológica por la cual las empresas obligan a los consumidores a deshacerse de sus cacharros después del tiempo que a esas empresas les da la gana, con lo que el consumidor pierde la libertad de elegir cuándo cambiar de modelo. Tras conocerse los resultados fatídicos de las elecciones andaluzas, me dio por pensar que la ultraderecha es el chip corruptor que se insertó en ese nuevo producto que era la democracia española hace 40 años.

¿No es irónico que ahora que se celebran los 40 años de la Constitución se active a todo trapo el partido de ultraderecha que pretende dinamitar esa misma Constitución y esa misma democracia? Hace cuatro décadas se creaban las condiciones para que en España no se investigaran los crímenes del franquismo, para que no hubiera ni verdad ni justicia ni reparación; se permitió la continuidad en las Fuerzas de Seguridad del Estado de represores bien conocidos; se hicieron oídos sordos a los testimonios de hombres y mujeres que habían sufrido injustamente en las cárceles franquistas; se despreció a las familias que quisieron recuperar los cuerpos de sus seres queridos represaliados por el franquismo. Y tal vez fue entonces, con tanta impunidad y tanta desmemoria, cuando el chip de la ultraderecha se instaló cómodamente en ese naciente producto que era la democracia española. Dirán, con razón, que el auge de la extrema derecha no es exclusivo de España: ahí están Francia, Italia, Estados Unidos, Brasil. Es posible que en el momento de formación de una democracia se instale en ella el germen nocivo, su chip destructor. ¿No hay acaso en la fundación de cada democracia la herencia de una violencia anterior? ¿No hay acaso en todos estos países una relación entre la ultraderecha de hoy y un fascismo, una dictadura, una persecución política del pasado?

La ultraderecha ha estado presente pero aletargada durante 40 años para ahora irrumpir con violencia, pareciendo que, de un día para otro, España se nos ha repoblado de fachas. Algunos dicen que siempre han estado ahí pero que no se atrevían a salir. ¿En cuántos programas de televisión se ha hablado estos días de la sorpresa de que Vox haya conseguido casi 400.000 votos sólo en Andalucía? ¿Cuántas nos hemos revuelto inquietas al pensar que esos votantes están entre nosotras? La ultraderecha se ha activado para dinamitar la democracia, para hacernos creer que los principios de justicia y solidaridad, de igualdad de género, de responsabilidad colectiva ante los menos favorecidos, de diálogo y convivencia están obsoletos. Y que ellos están aquí para enseñarnos el camino hacia una nueva España que suena mucho a la de hace 60 años, pero que ellos proponen como el futuro a desear. Un futuro xenófobo, antifeminista, homófobo, en que la libertad de expresión y de prensa, las libertades políticas y los más básicos derechos civiles no sólo no estarán garantizados, sino que serán destruidos. Esa es la nueva España que promete la obsolescencia programada de la ultraderecha española. (El País, 11.12.18)

07 diciembre 2018

Esa España feudal

SE LEE EN 1 MINUTO
Siempre me ha parecido que la revista ¡Hola! pregona aún el enaltecimiento de una cierta España antigua y casposa. Sus portadas exhiben la vida (soñada por algunos) de personajes de la realeza, matadores de toros, folclóricas eternas, cantantes melódicos, tertulianos de programas de telebasura, aristócratas de privilegios ancestrales, y, cómo no, de los descendientes del dictador. En nuestra vida, el Hola ha ejercido gratis la función de órgano de propaganda justificador de instituciones obsoletas como la monarquía y la aristocracia. El estilo de vida idealizado que muestran sus reportajes (el glamour de mansiones obscenamente exhibidas, la ropa a la última o el maquillaje retocado digitalmente) actúa como somnífero social en las consultas de dentistas o en peluquerías varias. Hola retrata a una nación anclada en privilegios clasistas, y perpetuadora de patrones sociales ya superados por la mayoría de españoles. El Hola es como la vox, perdón, la voz de esa España feudal que reclama su vasallaje de banalidad. ¿Por qué será que no se publican revistas parecidas en las repúblicas europeas de nuestro entorno? cmg2018

29 noviembre 2018

Nürnberg Rock Festival 1977

El 3 de septiembre de 1977 asistí a mi primer concierto múltiple y multitudinario 
de rock en Nuremberg, Alemania. Mi bautizo de rock'n rol, a pesar de la lluvia.

24 noviembre 2018

Gran Gran Vía