19 agosto 2026

John John Forever

Por Amaia Odriozola

El País, 18 de agosto de 2026


Hubo un tiempo en el que el verano parecía empezar cuando un Kennedy se subía a un barco. Antes fue John F. Kennedy a bordo del 'Victura'; después, su hijo convirtió las aguas entre Hyannis Port y Martha's Vineyard en el escenario de un verano que parecía eterno. El Atlántico, una lancha y John John: esa era la postal. Sus imágenes navegando, descalzo y en bañador siguen despertando algo en el imaginario popular.

Mientras otros personajes públicos reservaban las vacaciones para la intimidad, John Kennedy Jr. seguía dejándose ver como un veraneante más. Al timón, con el pelo revuelto por el viento, y unas gafas de sol, parecía ajeno a la construcción de un icono que, sin embargo, estaba ocurriendo delante de todas las cámaras.


En los noventa, las fotografías junto a Carolyn Bessette ayudaron a construir una imagen de pareja tan sofisticada como accesible. No había poses estudiadas ni gestos grandilocuentes: solo dos personas disfrutando del mar, como si el apellido Kennedy no pesara durante unas horas. 

Hyannis Port (en Massachusetts), el histórico refugio estival de los Kennedy, nunca fue únicamente una residencia familiar. Durante décadas funcionó como el decorado donde los Kennedy proyectaron una idea de América joven, deportiva y optimista.

Descalzo sobre un pantalán o caminando por el puerto, John John transmitía una naturalidad difícil de fabricar. En esas imágenes desaparecía el abogado, el editor de 'George' o el heredero de una de las familias más famosas del mundo. Quedaba simplemente un hombre de vacaciones.

Las fotografías de aquellos veranos hablan de un tiempo anterior a las redes sociales, cuando todavía era posible ver a una celebridad cargando una nevera portátil o preparando una jornada en el agua sin que pareciera una estrategia de comunicación. Estas imágenes conservan intacta su capacidad para despertar nostalgia. No solo recuerdan a un hombre; evocan un verano.

Su físico también terminó convirtiéndose en un símbolo de su época. Practicaba deporte con regularidad, corría por Central Park y disfrutaba del esquí acuático, pero su imagen estaba lejos de la musculatura extrema que dominaría Hollywood pocos años después.


Las imágenes navegando junto a Carolyn captan algo extraordinariamente raro entre las celebridades de los noventa: la sensación de que nadie estaba actuando para la cámara. Esa espontaneidad terminó convirtiéndose en una forma de elegancia.

Resulta difícil separar hoy estas escenas del desenlace que tendría su historia apenas unos años después. Sin embargo, precisamente por eso conservan una ligereza especial: pertenecen a un verano que todavía parecía no tener final.

Quizá por eso estas fotografías siguen funcionando como una postal de otra época. No hablan solo de un Kennedy ni de una tragedia, sino del último momento en que la fama todavía podía parecer compatible con una vida sorprendentemente normal.


En una familia acostumbrada a construir mitos, quizá el mayor logro de John John fue parecer completamente ajeno a ellos. Esa impresión de absoluta normalidad es, probablemente, lo que sigue haciendo tan magnéticas estas fotografías.

17 agosto 2026

Retrato de un joven gay valiente

 Foto: Arthur Tress, 1969. Central Park, NYC


Aquella tarde de marzo del histórico 1969 había empezado a remitir el frío en Manhattan. El muchacho, resuelto y vestido con sencillez, debió coger el metro hasta Columbus Circle, enfilar luego por Central Park West hasta adentrarse, entre árboles aún pelados por el largo invierno neoyorquino, en dirección a The Ramble, una conocida zona de ligoteo entre hombres gays. El fotógrafo lo abordó y logró su permiso para retratarle para la posteridad, así tal cual, mientras, con una mezcla de anticipación e incertidumbre, esperaba hacer contacto visual con otro de sus iguales, conectar, y disfrutar de un poco de calor humano, y si era posible, de algo de conversación previa o posterior.

Me pregunto qué habrá sido de este joven valiente, ahora seguramente septuagenario. ¿Cómo se llamaba? ¿Participaría en los disturbios de Stonewall, en el cercano Village, solo unos meses después? ¿Sobrevivió a la epidemia del sida, que se llevó por delante a tantos miles de gays residentes en Nueva York? ¿Seguirá viviendo en la Gran Manzana? ¿Encontró el amor en algún momento?  ¿Se casaría con su pareja? ¿Fue feliz? Sea como fuere, hoy celebramos su valentía por habernos dejado una imagen icónica, que nos permite a muchos hombres gays ponernos en su piel y mirarnos a nosotros mismos, como en un espejo. cmg2026

14 agosto 2026

Tontocracia. En busca de la sensatez perdida


Santiago Ávila, escritor: "Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales." El economista, profesor universitario y autor del ensayo ‘Tontocracia. En busca de la sensatez perdida’ advierte de que la sociedad ha dejado de premiar el conocimiento y reclama una educación que forme ciudadanos con criterio.

Por NACHO MENESES, El País, 13 de agosto de 2026

¿Y si el verdadero problema de nuestro tiempo no fuera la desinformación, sino la pérdida del criterio? ¿Y si la sociedad hubiera empezado a premiar más la apariencia que el conocimiento, más el ruido que la reflexión y más la mediocridad que la excelencia? Esa es la tesis que defiende Santiago Ávila en Tontocracia. En busca de la sensatez perdida (Vergara, 2026), un ensayo en el que analiza cómo esa lógica se ha ido instalando en la política, la empresa, la educación o los medios de comunicación.

Doctor en Economía, militar de carrera, profesor universitario y antiguo directivo de grandes empresas, Ávila sostiene que el problema no reside únicamente en quienes ocupan posiciones de poder. A su juicio, la responsabilidad también recae sobre una sociedad que ha dejado de valorar el conocimiento, el esfuerzo y el pensamiento crítico para abrazar la comodidad de las respuestas fáciles. En esta entrevista reflexiona sobre el papel de la educación, el liderazgo, las redes sociales o la inteligencia artificial, pero también sobre la necesidad de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Pregunta. El libro parte de una afirmación contundente: vivimos en una sociedad que premia la banalidad, castiga la excelencia y ha normalizado la mediocridad. Es una tesis deliberadamente provocadora. Para empezar por el principio, ¿qué es exactamente la tontocracia y por qué cree que vivimos en una?

Respuesta. Bueno, el concepto de tontocracia no lo invento yo. Me refiero al ambiente en el que estamos viviendo, pero hay muchos autores que ya habían hablado de ello. Stephen Covey, por ejemplo, decía que hasta la Segunda Guerra Mundial predominaba la ética del ser y que, después, fue imponiéndose la ética del parecer. Antes un apretón de manos valía más que un contrato; ahora importa mucho más la apariencia que lo que uno realmente es. Vivimos en una apariencia constante.

Y, además, vivimos de forma sobreactuada. En el mundo laboral se habla de felicidad laboral; en la educación, de que los alumnos tienen que ser felices... ¿Pero qué me estáis contando? Se están banalizando conceptos muy importantes. Lo que intento con el libro es pelear contra eso y recuperar un poco el sentido común que, a mi juicio, hemos perdido.

Hoy cualquiera, amparándose en la tecnología, puede decir la mayor barbaridad y, con tal de que la diga con seguridad, tiene una trascendencia enorme. Solo hay que mirar la política: vivimos en la apariencia de la apariencia. Decir la verdad, ser honesto, parece que ya no está de moda. Ahora lo importante es ser un espabilado. Si alguien tiene mucho dinero, aunque lo haya conseguido de forma poco ética, hay quien dice: “Fíjate qué listo”. Y yo creo que contra eso hay que pelear, porque es una miseria moral.

P. Habrá quien lea el libro y piense que siempre ha habido mediocres, oportunistas o charlatanes. ¿Qué hace que este momento sea diferente?

R. Porque ahora la mediocridad está estandarizada. Antes un mediocre era alguien de quien procurabas alejarte. Ahora, muchas veces, es el que triunfa. Lo vemos en la política: en lugar de intentar elevar a la sociedad, muchos dirigentes se limitan a mirar por dónde va la corriente y se suman a ella para captar votos. No tratan de conducirla hacia un lugar mejor, sino de simular que lo hacen. Y eso acaba siendo una gran mentira.

Pero no es un problema exclusivo de la política. Ocurre también en la empresa, en la educación o en la propia sociedad. En cualquier sitio donde hay poder hay luchas por el poder y, muchas veces, acaba promocionándose al mediocre porque resulta menos incómodo que alguien brillante. Lo vi muy pronto. Recuerdo mi primer comité de empresa: cada vez que hacía un comentario para mejorar algo se montaba un revuelo. En un descanso pregunté qué estaba pasando y me dijeron: “Cada vez que dices algo con sentido, quienes no quieren que la empresa cambie utilizan tus palabras para bloquearlo”. Ahí entendí que no todo el mundo estaba trabajando por el bien de la organización; muchos estaban pensando únicamente en cómo salir beneficiados ellos.

Hay una anécdota del libro que resume muy bien esa lógica. Cuando tenía 14 años, en el colegio organizaban un concurso de belenes. Mi grupo no tenía ninguna intención de esforzarse y acabamos haciendo un belén bastante malo. Estábamos convencidos de que quedaríamos los últimos, pero terminamos en mitad de la clasificación. ¿Por qué? Porque quienes habían hecho los mejores belenes votaban al mediocre para no dar votos a un rival fuerte. Con el tiempo he visto esa misma actitud en la política y en las empresas: a veces no se elige al mejor, sino al que menos amenaza representa.

P. En el libro dedica un capítulo entero a la educación. ¿Por qué cree que es uno de los lugares donde mejor se observa esa deriva?

R. Porque es donde antes se ve. Todo empieza en la familia, pero donde adquiere una presencia mucho más clara es en la educación. Hoy dar clase es prácticamente un imposible. Ya no hablo de la veneración que antes podía existir hacia un buen profesor, sino de algo mucho más básico: se ha perdido el respeto por su autoridad. Muchas familias no aceptan un suspenso porque les complica la vida, y eso acaba trasladándose a las aulas.

En la universidad he tenido alumnos entrando y saliendo de clase constantemente o peinando a una compañera en mitad de la explicación. Y cuando intentas poner límites, pasas a ser un autoritario. Al final muchos profesores ceden porque enfrentarse a esa situación solo les trae problemas.

Pero el perjudicado no es solo el profesor; también lo es el alumno. Si acostumbras a una persona a que nunca tenga un desencuentro académico, cuando llega la vida de verdad no sabe afrontar un fracaso, un problema laboral, una enfermedad o una decepción. Hemos transmitido la idea de que uno viene al mundo a ser feliz, y a mí me parece una falacia terrible. Precisamente por eso mi próximo libro irá contra esa felicidad obligada.

P. Vivimos rodeados de información y, sin embargo, usted sostiene que cada vez hay menos pensamiento crítico. ¿Qué está fallando?

R. El problema no es la información, sino qué hacemos con ella. Hoy tenemos una cantidad enorme de información, pero eso no significa que tengamos más conocimiento. Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales. Hay universitarios que terminan una carrera y no saben interpretar un texto o resolver una regla de tres. Y eso es muy serio.

Ahora parece que el conocimiento funciona como un supermercado: necesito algo, voy a la inteligencia artificial, lo cojo y sigo adelante. Pero si no tienes una base previa, tampoco puedes saber si esa respuesta es correcta. A mí me ha ocurrido que algún alumno me ha entregado como suyo un artículo que había escrito yo. Si no tienes conocimiento, no puedes discernir. Primero está la información; después, el conocimiento, que consiste en estructurarla; y solo entonces puedes aplicar inteligencia sobre ese conocimiento.

La IA es muy útil para el conocimiento operativo, para resolver tareas, pero no tiene conocimiento afectivo ni especulativo. No anticipa las consecuencias humanas de una decisión ni tiene una ética. Y por eso me preocupa que muchos jóvenes le estén confiando incluso cuestiones psicológicas. En términos antropológicos, una inteligencia artificial es un psicópata: sabe operar, pero le da igual lo que ocurra desde un punto de vista emocional o ético.

P. ¿Las redes sociales y la inteligencia artificial son la causa del problema o simplemente amplifican algo que ya existía?

R. Son una herramienta. Si el ser está bien construido, pueden ser extraordinarias; si está mal construido, lo único que hacen es amplificar el problema. Antes una tontería se quedaba en la barra de un bar o en una conversación entre amigos, pero ahora cualquiera puede coger un móvil, decir la mayor barbaridad y encontrar miles de personas dispuestas a compartirla. La tecnología no cambia la naturaleza humana; simplemente le da más alcance. Por eso no creo que las redes sociales sean la causa de esta deriva, sino el altavoz de un problema que ya existía.

P. Además de profesor universitario, ha pasado más de dos décadas dirigiendo equipos y ocupando puestos de responsabilidad en grandes empresas. Desde esa experiencia, ¿cómo se manifiesta la tontocracia dentro de las organizaciones?

R. Se manifiesta cuando el liderazgo deja de buscar a los mejores y empieza a rodearse de personas que no cuestionan nada. Hay directivos que prefieren tener alrededor a aduladores antes que a gente brillante, porque alguien competente siempre resulta más incómodo. Eso acaba empobreciendo a toda la organización.

Un buen líder no necesita que le den siempre la razón; necesita personas que le aporten puntos de vista distintos. Si todos piensan igual, la empresa deja de aprender. Lo he visto muchas veces: se promociona a quien genera menos problemas, no necesariamente a quien más valor aporta. Y así se termina construyendo una cultura donde el servilismo pesa más que el talento.

P. En el libro cuestiona una idea muy instalada en los últimos años: que el objetivo de la educación, del trabajo o incluso de la vida debe ser la felicidad. ¿Qué le preocupa de ese discurso?

R. Me preocupa que se convierta en un eslogan vacío. Yo no voy a trabajar para ser feliz; voy a trabajar para hacer bien mi trabajo. Si además encuentro un buen ambiente, estupendo, pero convertir la felicidad en una obligación genera frustración, porque nadie puede ser feliz permanentemente.

Creo que hemos confundido bienestar con felicidad. Hay trabajos muy duros que merecen la pena y momentos difíciles que también forman parte de una vida plena. Si transmitimos que cualquier incomodidad es un fracaso, estamos educando personas incapaces de afrontar la realidad. La felicidad no puede ser el objetivo de una organización; debería ser, en todo caso, una consecuencia.

P. Después de todo lo que hemos hablado, uno podría concluir que la responsabilidad es de quienes ocupan posiciones de poder. Sin embargo, usted sostiene que también recae sobre el resto de la sociedad. ¿Hasta qué punto somos corresponsables de la tontocracia que denuncia?

R. Somos mucho más corresponsables de lo que nos gusta admitir. Tendemos a pensar que el problema siempre está en quienes ocupan posiciones de poder, pero una sociedad también decide qué comportamientos premia y cuáles tolera. Si dejamos de valorar el conocimiento, el esfuerzo o la honestidad, no podemos sorprendernos cuando quienes llegan arriba representan justamente esos valores que hemos normalizado.

Por eso creo que la solución pasa por formar ciudadanos adultos, con criterio y capaces de pensar por sí mismos. La educación tiene mucho que ver con eso. Una sociedad mejora cuando sus ciudadanos son exigentes consigo mismos y también con quienes aspiran a dirigirla.

01 agosto 2026

La lectura como rebelión

Ilustración: Nicolás Aznárez

Me pregunto si no habrá una relación entre la expulsión de la literatura y el deterioro de nuestras democracias

Por Juan Gabriel Vásquez

El País, 1 de agosto de 2026

Durante dos meses con algunos días, de finales de febrero a comienzos de mayo, di dos cursos de literatura latinoamericana en la Universidad de Sciences Po, en París. Terminadas las clases, la universidad me pidió que hiciera una breve reflexión pública sobre esa actividad que me sigue pareciendo todo menos normal: la de asistir, a través de las palabras de los otros, al misterio de vidas inventadas.
La petición no me sorprendió, pues recientemente me he dado cuenta de que la misma pregunta que llevo décadas haciéndome —¿por qué leemos ficción?— agobia a muchos por estos días: profesores, gestores culturales, políticos buenos y no tan buenos. En el mundo en que me muevo, la única pregunta más frecuente es la que nos estamos haciendo sobre la salud de nuestras democracias. Y, como yo creo a veces que el lugar de la lectura en nuestras sociedades está cambiando drásticamente, como creo a veces que la lectura de ficción exige de nosotros cosas que ya no estamos dispuestos a darle, como creo a veces que asistimos hoy al cierre de toda una forma de entender el mundo que nació hace cuatro o cinco siglos con cuatro o cinco libros que hoy llamamos novelas, también me pregunto si no habrá una relación entre la lenta expulsión de la literatura a los márgenes de nuestra conciencia y el deterioro de nuestras democracias: de nuestra conversación ciudadana, nuestra vida política y todo aquello de lo que hablamos cuando hablamos de libertad.
Me explico. El lector de ficciones, tal como yo lo entiendo, es un constante insatisfecho. Esta insatisfacción es íntima, pero es también profundamente política. Es íntima porque detrás del vicio de la lectura hay una razón que todo lector serio reconoce desde sus comienzos: la frustración que nos causa tener una sola vida, en el sentido de que la vida se acabe —salvo que uno tenga las consolaciones de la fe, que no es mi caso— con la muerte biológica; pero también por tener una sola vida en el sentido de estar fatalmente encerrados en una sola identidad. Para bien o para mal, algunos no nos resignamos a esta camisa de fuerza; nuestra sed de experiencia, nuestra curiosidad inagotable por lo que son los otros, no se apaga en el curso tacaño de una sola vida: queremos tener más vidas, ser otras personas, y la ficción es, como decía George Eliot, the nearest thing to life, lo más cercano a la vida. No asesinamos como Raskolnikov ni tenemos que lidiar después con la culpa; pero casi. No morimos con el gusto del arsénico en la lengua, como Madame Bovary; pero casi. Y en ese casi se juega todo. Lo que tiene lugar en ese casi es un ensanchamiento de nuestra noción de lo humano, un descubrimiento persistente de todo lo que el ser humano puede contener, de la diversidad vertiginosa y a veces aterradora de lo que somos: lo que somos capaces de pensar y lo que somos capaces de hacer. Los lectores de ficción nos asomamos a los recodos más siniestros de los otros; y, si no nos llenamos de espanto, es porque la lectura nos ha enseñado que en nosotros existen también esos recodos siniestros.
Y la insatisfacción es política porque el lector de ficciones es un rebelde y un disidente, siempre consciente —a veces de maneras dolorosas— de que los ciudadanos vivimos a merced de potentes fuerzas narrativas: fuerzas que son políticas, sí, pero también religiosas o tecnológicas o una mezcla de las tres, y que intentan siempre imponernos su versión de nuestro pasado y nuestro presente de manera que nos puedan conducir hacia su versión preferida de futuro. La literatura es incómoda porque crea disonancias en las verdades oficiales, rompe la unanimidad y provoca grietas en el conformismo, y eso resulta con frecuencia intolerable para los poderes que controlan nuestras sociedades. En otras palabras: si el poder político es la capacidad de imponer un relato a una sociedad en un momento dado, la ficción, que es amoral y revoltosa, que tiene la mala costumbre de proponer otro relato o de cuestionar los valores del relato ortodoxo, acaba siempre por abrir espacios que sólo puedo llamar de resistencia. Y esto es en nuestros días más importante que nunca, pues asistimos, de unos años para acá, a nuevo tipo de autoritarismo que amenaza nuestras libertades de maneras imprevisibles, un autoritarismo difícil de ver y por lo tanto de combatir, pero extremadamente peligroso.
Ustedes imaginan ya a qué me refiero. El éxito económico de las plataformas tecnológicas se basa en su capacidad para secuestrar la atención del usuario y no soltarla, y para ello mienten, manipulan, explotan el odio y el resentimiento y el miedo, todo mediante mecanismos que se inspiran deliberadamente de la ludopatía o la adicción a las drogas. Pues bien, la atención que requiere la lectura de una novela y las condiciones en las que leemos (silencio, lentitud, concentración, la terca voluntad de imaginar al otro) encajan mal con las características dominantes de las nuevas tecnologías: el ruido, la rapidez, la atención fragmentada, la desconfianza narcisista en lo que el otro representa. En el mundo de las nuevas tecnologías, los valores de la lectura de ficción no son sólo rebeldes: son subversivos. En este mundo que nos pide reducir al otro a su identidad fabricada por algoritmos, es subversivo dedicar 20 horas a penetrar hasta los pliegues más profundos de su conciencia; en este mundo que juzga y condena con tanto entusiasmo en los tribunales digitales, es subversivo el intento por comprender las acciones de otro hasta sus últimas ambigüedades, hasta sus últimas contradicciones. A propósito de esto recuerdo a menudo a Milan Kundera cuando habla de la novela como “territorio donde se suspende el juicio moral”. La moral de la novela, dice Kundera, se opone a “la indestructible práctica humana de juzgar de inmediato, sin cesar y a todo al mundo”. El ensayo se escribió en 1993, pero no he encontrado en estos 20 años una mejor definición de lo que son las redes sociales.
Decía Theodor Adorno que el fascismo surge cuando hay una falta de introspección. Dicho de otro modo: es mucho más difícil para un movimiento autoritario seducir a una persona que mira hacia adentro. Pues bien, las nuevas plataformas pretenden privarnos incluso de nuestra vida interior, colonizar nuestra conciencia las 24 horas del día y, por esa vía, avanzar en el proyecto político más pernicioso de nuestro tiempo: el control total del ciudadano, su vigilancia constante y su reducción a una media-voluntad crédula, dependiente, engañada y desorientada, incapaz de distinguir la verdad de la mentira e infinitamente vulnerable a las manipulaciones más grotescas. Contra este proyecto, que tiene el apoyo sin resquicios de fuerzas políticas muy poderosas, ¿qué podemos hacer los individuos?
Como mínimo, conservar la soberanía sobre nuestra atención, que es el patrimonio más precioso del que disponemos: tan precioso, que todos los días se invierten millones de dólares en el intento por dominarla. Leer un libro sin que el libro nos lea a nosotros: he aquí un pequeño —y enorme— acto de resistencia. En esta guerra que se libra por dominar la conciencia de los ciudadanos, en esta guerra invisible que tantos menosprecian o desdeñan porque no ocurre en ninguna parte y no parece tener víctimas, un lector de novelas de papel ejerce un mínimo acto de libertad que también es un acto de insumisión y aun de rebeldía: es, como quería Camus, un hombre que dice no. Y yo creo que nuestras democracias lo necesitan más que nunca.

30 julio 2026

¿Quiere vivir mejor? Póngase a bailar

Por NAZARETH CASTELLANOS

El País, 30 de julio de 2026

Photo: Martin Parr

“Alzo una rosa y todo se ilumina. Como no hace la luna ni el sol puede: serpiente de luz ardiente y enroscada. O viento de cabellos que se mueve”. Así comienza el poema Ergo uma rosa, del escritor José Saramago. Con sus palabras canta una oda a la creatividad, la belleza frente al dolor. El movimiento frente a lo efímero de la vida. Alza una rosa extendiendo los brazos, inundando el espacio con el cuerpo, permitiendo que las piernas actúen de eje de rotación. Mientras Saramago lee su poema, la bailaora María Pagés crea con su cuerpo un poema visual. Ambos son poetas, uno del verbo y la otra del espacio. María, una sevillana que ha recorrido el mundo bailando, ha ganado los más prestigiosos premios como coreógrafa y bailarina. Es, sobre todo, una bailaora flamenca. Verla bailar, verla moverse, verla expresarse y verla sentir es una experiencia que te acerca a aquello que llaman perfección, y que va de la mano de la hermosura. Hoy María dirige el Centro de Danza Matadero. Un teatro para la danza en Madrid. Allí, hace unos meses, esta bailaora organizó un congreso pionero, bajo el título La danza, ¿el arte olvidado de la medicina? En ese congreso, bailarines, médicos, neurocientíficas y psicólogos dialogamos sobre la necesidad de un mayor cuidado físico y psíquico de los bailarines, un campo que se debate entre el deporte y el arte, quedando un tanto huérfano en ambos lados. Pero también debatimos sobre el papel que podría desempeñar la danza en la medicina.
Bailar es innato al ser humano. En el año 2009, el investigador Winkler, de la Academia Húngara de las Ciencias, mostró con sus experimentos que las personas nacemos con un sentido rítmico que nos incita a sincronizarnos con la música. Eso ya lo conocía la antropología que lleva tantos años estudiando las danzas tradicionales, presentes en todas las culturas, como vehículo para construir la identidad étnica, para cohesionar a los pueblos y para transmitir conocimiento que va desde lo religioso o iniciático hasta lo más mundano como la higiene. Pero solo recientemente comenzamos a comprender la danza desde lo científico, y lo clínico en particular.
Acudir a un espectáculo de danza va mucho más allá de lo cultural. Ver bailar supone un aprendizaje para el cerebro. Según un estudio de la Universidad de Colorado, observar a otras personas bailar activa las regiones cerebrales de aprendizaje motor. Esta observación no es solo valiosa para aquellos que ejercen el baile como profesión y quieren mejorar. Diversos estudios apuntan a la observación del baile como soporte para poblaciones de pacientes con problemas de movimiento. Pero aún es mejor, cuando se pueda, bailar. La danza sirve como complemento a la medicina en trastornos neurológicos, como en las primeras fases de la enfermedad de Alzheimer o en la de Parkinson, y también como escudero en la medicina preventiva para un envejecimiento sano.
En el año 2019, diversas universidades de Canadá estudiaron el impacto de la práctica del baile en la población madura. Su evaluación concluyó que bailar de forma regular se asociaba a un mantenimiento y mejora cognitiva, suponiendo un impacto positivo en la salud mental general. Pero la danza es beneficiosa a cualquier edad. Bailar es uno de los mejores regalos que podemos hacer a un niño o niña, así lo aseguran estudios sobre danza y neurodesarrollo. En el año 2010, el Centro de Antropología del Instituto Max Planck reclutó a un grupo de niños de cuatro años para que bailaran un rato juntos. Al acabar, el equipo se mostró significativamente más altruista y cooperativo.
Bailar coordina una amplia y compleja red de áreas cerebrales. Por una parte, la vermis coordina los pasos, el putamen controla la secuencia de movimientos y el precúneo diseña un mapa de nuestro cuerpo. Esa parte motora, espacial, se fusiona con lo que sentimos, con la consciencia de nuestro cuerpo y del otro. Bailar nos enseña a habitar el cuerpo y el espacio. Y sí, no es algo que sepamos por defecto. Es algo que se nos va olvidando y que conviene recordar. La relación con nuestro propio cuerpo es una de las bases para una salud mental sólida. Pero también es la base para la salud social. Un estudio realizado en personas mayores observó que la danza, bailar juntos, disminuye la sensación de soledad y mejora la calidad de vida. El movimiento sincronizado con otras personas favorece la comunicación entre los cuerpos, la coordinación entre cerebros y corazones, y ello se relaciona hasta con una atenuación del dolor.
Aquel congreso que organizó María Pagés fue innovador e inspirador porque todavía se infravalora la danza, el baile, como medicina. Bailar reduce el estrés, mejora la flexibilidad cognitiva y el estado de ánimo, aminora la ansiedad y favorece las conexiones sociales. Estos beneficios se observan cuando bailamos de forma regular, es decir, con una razonable frecuencia. Pero también se observan cuando bailamos de forma ocasional, es decir, que no hace falta llegar a ser María Pagés. No hay que bailar porque sea una medicina, pero también podría ser este un motivo para comenzar a hacerlo. Eso sí, el ingrediente fundamental es sentirlo, estar presente y disfrutar. El poema de Saramago finaliza así: “Alzo una rosa, y dejo, y abandono cuanto me duele de penas y de asombros. Alzo una rosa, sí, y oigo la vida. En este cantar de las aves en mis hombros”.

29 julio 2026

La tercera estrella

Vayamos por partes. La portada, aunque bien intencionada, es ficticia. Sin embargo, las fotografías y los textos de la misma no lo son en absoluto. Son reales como la vida misma. Como lo son unas merecidas vacaciones juntos en Ibiza de dos deportistas profesionales, recientes campeones del mundo.

Que estos deportistas puedan ser gays o bisexuales es lo de menos y a nadie debería importarle; lo realmente relevante son sus muestras de afecto, sus caricias públicas, su naturalidad, su reivindicación de una nueva masculinidad, teniendo en cuenta que viven y trabajan en uno de los medios más machistas, homófobos y racistas de nuestro tiempo: el negocio corrupto/podrido del fútbol.

No querría pecar de ingenuo, pero ojalá muestras amorosas de camaradería masculina como estas sirvan para erradicar de una vez los insultos homófobos y racistas en los estadios españoles, una lacra insoportable de nuestra democracia. Que el próximo grito de ¡maricón! desde la grada o la próxima vez que un energúmeno imite los sonidos de un mono al paso de un jugador negro supongan la suspensión del partido y la identificación y expulsión del agresor. Los comportamientos fascistas no tienen cabida en una sociedad libre y diversa. El amor siempre triunfará sobre el odio.

La masculinidad tóxica, la represión de las muestras de afecto hacia otros hombres (hijos, hermanos, primos, novios, etc) ha causado mucho sufrimiento a millones de hombres (independientemente de su orientación sexual) a lo largo de los siglos. Por contraste, nuestros chicos de La Roja y su modélico entrenador han demostrado ser también campeones de la nueva masculinidad. Jugando bonito, sin agresividad, con humildad han proporcionado un ejemplo de valores humanistas a millones de niños y niñas en todo el mundo. 

De alguna forma, pareciera que juntos el goleador Ferran Torres y el suplente Marcos Llorente hubieran ganado para nuestro país una tercera estrella, la estrella de la ternura y la nueva masculinidad. Ya la llaman la España Delafuente. 
Carlos Martín Gaebler

25 julio 2026

El mar ya no es el mismo de todos los veranos


Por NURIA LABARI

El País, 25 de julio de 2026

A todas las personas que no quieren subirse en ningún tren de actividad estos días. A todas las que han pagado una fortuna por los billetes de avión a un paraíso muy lejano y se dan cuenta, ya en el aeropuerto, de que hay demasiadas maletas, demasiada gente, demasiada comida desperdiciada en las bandejas. A quienes sienten que nos organizamos cada vez mejor para dar una patada al planeta cada vez más fuerte. A quienes les duele el golpe. A los que llegan al destino todavía ilusionados y se encuentran en un rincón del Mediterráneo rodeados de cientos de tiendas idénticas cargadas de los mismos souvenirs de aeropuerto que acaban de dejar atrás. A los que no se rinden y buscan esa foto que justifique todo el esfuerzo y el gasto y las depilaciones y la crema solar protectora que nos recuerda que todo da cáncer, hasta el mismo sol, hasta respirar da cáncer. A quienes suben esa foto que confirma lo que más temían, que las vacaciones ya no sirven para descansar sino para demostrar que has descansado. También a quienes anuncian en Instagram que se cogen unos días, a quienes aseguran que la desconexión es el nuevo lujo e informan de sus escasos días libres de redes como si fueran trabajadores del escrol infinito, tal vez esclavos si es que nadie paga por su trabajo. A todas las poblaciones locales que no pueden alquilar una casa en su tierra porque algún veraneante pagará más por estar menos. A todos los que decidieron salir corriendo de sus ciudades y están parados en medio de no sé qué restaurante o no sé qué parking o no sé qué carretera porque el descanso en 2026 se choca con el muro de la logística. A todos los refugiados climáticos que ya no buscan dónde ir de vacaciones sino dónde queda una esquina para respirar. A mi amigo Rafa, que va a pasarse todo agosto esperando unos pulmones compatibles con una segunda oportunidad para vivir. A todas las personas a quienes la enfermedad les interrumpió la vida este verano. A quienes se enfrentan a un vacío difícil de llenar porque tienen un agujero que solo se puede tapar con un sentido que ya no encuentran. A quienes saben que el sentido a veces coge vacaciones. A todas las parejas que tuvieron la última discusión con este calor y a quienes aún no la han tenido pero la tendrán, a todos los que van a cumplir con la estadística del desamor estival. A aquellos que regresan al mismo mar de todos sus veranos para encontrarse con los niños que fueron en la orilla. Y a quienes se han dado cuenta de que el mar ya no es el mismo de aquellos veranos porque la temperatura ha subido como dos grados y el niño está febril y el mundo enfermo. A todos los que saben que cuando se interrumpe el sentido es obligatorio inventarse uno nuevo, una vida nueva, un verano nuevo. A los valientes que siguen intentándolo. A quienes se animan a tener una buena conversación debajo de un árbol o de una estrella porque saben que nada es tan fascinante ni da tanto miedo ni tanto placer ni nos lleva tan lejos como acercarse a otro ser humano. A los que se atrevieron a hacerlo un verano que aún recuerdan y volverán a hacerlo un verano más. A todos los que leyeron hasta aquí. Vuelvo en septiembre.

19 julio 2026

Fire Island: Cien años de memoria gay

Por Martín Bianchi, El País, 19 de julio de 2026



Fire Island, la playa más “caliente” del mundo: 100 años de arte, fiestas y sexo sin freno. La isla, a una hora y media de Nueva York, lleva un siglo siendo refugio creativo y patio de juegos para el colectivo LGTB. Un nuevo libro explora su historia y su influencia en artistas como Andy Warhol, David Hockney y Robert Mapplethorpe.

Hace unos 12.000 años, la naturaleza concibió Fire Island como una barrera para proteger la costa de Long Island de los huracanes y los ciclones que azotan la zona después del verano. Hace un siglo, un grupo de artistas convirtió esta pequeña isla de Estados Unidos en un refugio para el colectivo LGTB. Fire Island, una fina lengua de arena a hora y media de Nueva York —“tan fina como un paréntesis”, la describió Andrew Holleran en su novela The Dancer and the Dance (El danzarín y la danza)—, es una tierra salvaje desde tiempos inmemoriales. Fue hogar de los pueblos Unquachog y Secatogue, escondite de piratas y contrabandistas y, desde los años veinte del siglo pasado, el Monte Olimpo de la cultura y la identidad queer.


Para celebrar su centenario, la editorial The Monacelli Press acaba de publicar Fire Island Art: 100 Years, el primer libro que explora la rica historia artística y estética de la isla y su influencia en artistas como Andy Warhol, David Hockney, Richard Avedon, Robert Mapplethorpe, Tom Bianchi y Wolfgang Tillmans. Su autor, John Dempsey, ejecutivo de una tecnológica, historiador y presidente de la Sociedad Histórica de Fire Island Pines, recorre un siglo de arte, drogas y sexo sin freno en la playa más “caliente” del mundo: desde sus orígenes como colonia de nudistas en la era del jazz hasta la actualidad, pasando por su apogeo en los años 50, 60 y 70 y su ocaso en los 80, con el estallido de la pandemia de VIH/sida.
A mediados de la década de 1920, al filo de la caída de Wall Street, Nueva York ya se perfilaba como la capital de los rascacielos. El Empire State y el Edificio Chrysler empezaban a asomar en la silueta de la ciudad. Pero Fire Island, a menos de 100 kilómetros de la ciudad, todavía no tenía electricidad, ni agua corriente, ni carreteras o coches. La falta de comodidades ahuyentaba al turismo familiar, pero atrajo a los gais. Como explica Dempsey en su libro, al colectivo LGTB siempre le han gustado los espacios aislados y de difícil acceso porque “permiten practicar públicamente comportamientos íntimos que la sociedad heteronormativa rechaza”. Las inmensas dunas y los oscuros pinares de Fire Island eran perfectos para practicar esos comportamientos prohibidos.
En 1938, la naturaleza quiso que la isla se volviera todavía más inhóspita y, por lo tanto, más atractiva para la comunidad gay. El gran huracán de Nueva Inglaterra de ese año arrasó con las pocas infraestructuras que había. El desastre natural sirvió como catalizador del estallido marica. Muchos propietarios malvendieron sus casas derruidas a artistas homosexuales de Nueva York: actores, diseñadores de moda, músicos, bailarines, arquitectos, interioristas y escritores.
El único hotel de la isla, Duffy’s, en el pueblo de Cherry Grove, se convirtió en uno de los primeros espacios públicos gais de Estados Unidos. En Duffy’s, las parejas del mismo sexo podían beber, bailar y besarse sin miedo. Las lesbianas también estaban invitadas a la fiesta. La escritora Patricia Highsmith solía llevar a sus amantes a Cherry Grove, donde coincidía con otras mujeres poderosas del colectivo, como la mundana Kay Guinness o Ruth Peter Worth. Una vez, le preguntaron a Worth qué tenía Fire Island de maravilloso y respondió: “La homosexualidad. Ahí yo era mayoría. Ese era mi mundo y el otro mundo no era real.”
En los años cincuenta, “el otro mundo”, el real, sucumbió a la homofobia institucionalizada del macartismo. Azuzadas por el senador Joseph McCarthy, las autoridades estadounidenses iniciaron una caza de gais. La clase ilustrada neoyorquina se refugió en Fire Island. W. H. Auden, Stephen Spender, Christopher Isherwood y James Baldwin recalaron en sus playas y ayudaron a construir una comunidad creativa alejada de los prejuicios y las convenciones de la época.
Truman Capote escribió Desayuno con diamantes (1958) en la casa de veraneo que tenía el director de teatro y mecenas Frank Carrington entre los pueblos de Fire Island Pines y Cherry Grove. Capote se inspiró en su amiga la actriz Joan McCracken, otra veraneante habitual de la isla, para crear el personaje de Holly Golightly. El escritor también empezó a salir con el marido de McCracken, el exbailarín y novelista Jack Dunphy, que sería su compañero de vida y amigo hasta su muerte en 1984.
La isla también sirvió de inspiración para Edward Albee, que escribió ¿Quién le teme a Virginia Woolf? en la casa de veraneo del empresario y filántropo Morris Golde. La obra, que explora la tormentosa relación de un matrimonio de mediana edad, se estrenó en 1962 y fue un éxito en Broadway. Cuatro años después, Mike Nichols la llevó al cine con la pareja más famosa de Hollywood: Elizabeth Taylor y Richard Burton. Taylor ganó un Oscar por su impresionante interpretación de Martha, la esposa desesperada, aunque era sabido que su matrimonio con Burton era más tempestuoso detrás que delante de la cámara.
Paul Cadmus, Jared French y Margaret French vivieron su propia historia de amor cinematográfica en la isla. Jared y Margaret eran marido y mujer y Paul y Jared eran amantes. Juntos y revueltos formaron el trío artístico PaJaMa. Cadmus y los French aprovechaban los veranos en Fire para explorar su tensión sexual y retratar a amigos ilustres como el fotógrafo George Platt Lynes, el bailarín José “Pete” Martínez o Lincoln Kirstein, cofundador del Ballet de Nueva York.
En esa misma época, Richard Avedon y su mujer, Doe, desembarcaron de la mano de Lillian Bassman, fotógrafa de moda y directora de arte en Harper’s Bazaar, y su marido, Paul Himmel. Los primeros trabajos de Avedon para Harper’s estuvieron fuertemente influenciados por la estética de Fire Island. El fotógrafo solía coincidir allí con Leonard Gershe, famoso por haber compuesto la letra de Born in a Trunk, canción que interpretaron Judy Garland y James Mason en el musical Ha nacido una estrella (1954). Gershe se inspiró en Avedon para escribir el guion de Funny Face (Una cara con ángel).
Peter Hujar y Paul Thek también se aficionaron a los veranos en la isla de fuego. La pareja de artistas se instaló en una casa de pescadores en Oakleyville, el pueblito donde también veraneaba Greta Garbo. Mientras Hujar se dedicaba a retratar a sus amigos (casi siempre vestidos) y a sus amantes (casi siempre desnudos), Thek se enfrascaba en pintar sus acuarelas, paisajes que evocaban la fragilidad y resistencia del entorno.
La comunidad de Fire Island sobrevivió a las redadas y persecuciones del macartismo y pudo ver y vivir el nacimiento de una nueva era. En los años 60, arquitectos como Richard Meier, Charles Gwathmey y Horace Gifford sustituyeron las viejas casas de playa por modernos templos del hedonismo, escenarios minimalistas concebidos para el placer.
La detención de Gifford en 1965 por “comportamiento ilegal” arruinó su carrera en Nueva York, pero catapultó su ascenso en Fire. El arquitecto diseñó más de 60 casas en la isla, dándole a la zona su estilo distintivo: casas de madera de líneas sencillas y grandes ventanales, perfectamente integradas en la naturaleza. Gifford se convirtió en un icono en sí mismo. Era muy popular por recibir a sus clientes en la playa vestido solo un speedo y por dibujar los planos de sus proyectos con un palo sobre la arena. Según Christopher Rawlins, autor del libro Fire Island Modernist: Horace Gifford and the Architecture of Seduction, el arquitecto le dijo una vez a un cliente gay adinerado, para quien había diseñado una casa: “Ahora tendrás 20 armarios de los que podrás salir”.
Pero la mayoría de los residentes de Fire Island ya habían salido del armario, tanto como era posible en los años 70, tras los disturbios de Stonewall. El diseñador Calvin Klein compró una casa de Horace Gifford en 1977 y lo contrató para ampliarla. El arquitecto forró la piscina de negro y colocó un espejo en un extremo para que la piscina pareciera más grande. El espejo también servía para que los huéspedes del diseñador —Andy Warhol, Bianca Jagger, Perry Ellis, David Geffen, Barry Diller, el príncipe Egon von Fürstenberg y un sinfín de hombres en bañadores turbo— pudieran verse reflejados mientras nadaban.
Como señala John Dempsey en su libro, las líneas simples de la arquitectura de Fire Island y los colores pastel de la playa, la arena y el cielo inspiraron a Calvin Klein a diseñar sus colecciones de ropa minimalista. En 1982, Klein lanzó su línea de ropa interior con una enorme valla publicitaria en Times Square en la que el modelo Tom Hintnaus enseñaba sus atributos con un slip blanco. El mundo nunca había visto tan públicamente a un hombre tan desnudo. Los visitantes de Fire Island, en cambio, llevaban décadas viendo a “adonises” como Hintnaus paseando por las calles de Cherry Grove.

En plena era de la música disco, discotecas como The Ice Palace o Pines Pavilion se transformaron en grandes templos de la diversión. El exmodelo John Whyte abrió el bar Blue Whale en Fire Island Pines, donde cada noche se celebraba el Tea Dance, el baile del té, una de las primeras fiestas abiertamente gais. No había teteras ni se ofrecían scones, pero la cocaína, el popper y el LSD se servían en bandeja de plata.
Ahí también nacieron los primeros afters. Los más osados luego se perdían entre las dunas y los pinares de Meat Rack, una zona entre Pines y Cherry Gove donde se practicaba el ligoteo. “Era un lugar realmente increíble... Era una diversión loca, un lugar muy, muy vívidamente sexy”, recordaría David Hockney.
Artistas como Robert Mapplethorpe, Larry Stanton o el ilustrador Antonio Lopez fueron rostros habituales en estas fiestas sin fin. Las fotos vitalistas que realizó Mapplethorpe en la isla y en Nueva York ayudaron a introducir el desnudo masculino erotizado en el canon fotográfico, pero nadie supo ver que esas instantáneas vaticinaban la llegada de un huracán.
En junio de 1981 aparecieron las primeras noticias sobre el VIH/sida en los medios. “Raro cáncer visto en 41 homosexuales“, tituló The New York Times el 3 de julio de ese año. John Dempsey rescata el testimonio de la aclamada fotógrafa Nan Goldin, que oyó hablar por primera vez sobre el mal llamado “cáncer gay” ese mismo verano mientras estaba de vacaciones en Fire Island: “Todos nos reímos. No sabíamos la magnitud del asunto”.
La enfermedad arrasó con la población homosexual de la isla. Dempsey recuerda en su libro cómo muchos lugareños heterosexuales y lesbianas se hicieron cargo y cuidaron hasta el final a los enfermos abandonados por sus familias.
El VIH/sida acabó con la vida de muchos miembros destacados de la comunidad artística neoyorquina que veraneaba en Fire: Robert Mapplethorpe, Peter Hujar, Horace Gifford… Pero la tempestad no consiguió apagar el fuego de la isla. Hoy, todo sigue igual que cuando empezó: los coches están prohibidos y llevar ropa es opcional. Muchos artistas siguen llegando cada verano a bordo de los ferris para descansar, crear, divertirse y amar sin límites.
“Nada se pierde mientras sea recordado”, decía el banquero Arthur Lambert, un asiduo de Fire Island. Las redes sociales recuerdan todo el tiempo la mística y la estética de la isla. Su imaginario está más vivo que nunca en Instagram, donde cientos de miles de hombres publican cada verano millones de fotos suyas posando en speedo, presumiendo de músculos bien definidos, amigos guapos y fiestas interminables. Antes, los “semidioses” solo habitaban en esa fina lengua de arena que se extiende frente a la costa de Long Island. Ahora están en todas partes, en cualquier piscina de un azul imposible, en cualquier playa de belleza inalcanzable.
l pintor Bernard Perlin y el fotógrafo Wilbur Pippin, retratados por Fred Melton en Fire Island, en 1948.Fred Melton (Cortesía de Phaidon y Estate of Fred Melton)