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27 abril 2026

La magia vivificante de las novelas

 Por MARTA REBÓN, El País Semanal, 20.08.2017

Al abrir un libro nos sumergimos en diferentes historias hasta olvidarnos de la nuestra. Otras veces llegamos a descubrir cosas de nosotros mismos a través de sus personajes. Una buena lectura puede ser el mejor refugio donde aliviar nuestra alma y un antídoto contra las adversidades.

Le han dejado, el mundo ya no es maravilloso. Como en un permanente jet lag, no atina a conectar con la realidad que le envuelve. Decía Freud que las palabras y la magia fueron al principio una misma cosa. ¿Es por eso que seguimos buscando refugio en los libros cuando la vida se nos antoja una broma estúpida? Usted, pasajero en horas bajas, abre una novela y en sus páginas encuentra algo parecido a un bote salvavidas, un alivio balsámico al desasosiego.

Los lectores voraces saben bien que las bibliotecas y las librerías son un botiquín eficaz para el alma, como ya se afirmaba en la Antigüedad. La ficción y la poesía, sostiene la novelista Jeanette Winterson, son medicinas que curan la ruptura que la realidad provoca en nuestra imaginación. Conforme al tópico horaciano dulce et utile, nos enseñan deleitando. El eco de las palabras, su ritmo, y las imágenes con una gran carga emocional inundan y activan los recovecos de nuestra conciencia. Cuando leemos un texto literario inteligente y seductor, el mundo se vuelve más habitable. 

Entre las bondades de leer ficción, la primera, por obvia que parezca, es llegar a conocernos mejor. Proust, a quien hoy pocos negarán sus aptitudes para la ciencia cognitiva, afirmaba que cada lector, cuando lee, es el propio lector de sí mismo. Añadía que la obra del escritor no es más que una suerte de instrumento óptico que este ofrece al otro para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no habría podido ver por sí mismo. Adentrarse en el universo de las novelas es vivir múltiples vidas. Con un libro entre las manos se abre ante nosotros un terreno para experimentar un sinfín de circunstancias. La biblioterapia es posible gracias al choque de identificación que se produce en el lector cuando se ve reflejado en la historia. Empatizamos con otra gente, otras maneras de pensar. La lectura, además, es una aventura intelectual trepidante. Para el Nobel de Literatura André Gide, leer a un escritor no era solo hacerse una idea de lo que decía, sino irse de viaje con él.

Leer nos sitúa en un espacio intermedio: a la vez que dejamos en suspenso nuestro yo, nos vincula con nuestra esencia más íntima, un bien valioso para mantener cierto equilibrio en estos tiempos de distracción. La lectura, decía María Zambrano, nos brinda un silencio que es un antídoto para el ruido que nos rodea. Nos procura un estado placentero similar al de la meditación y nos aporta los mismos beneficios que la relajación profunda. Al abrir un libro conquistamos nuevas perspectivas, pues la ficción comparte con la vida su esencia ambigua y polifacética. Dado que solo podemos leer un número limitado de títulos, ¿qué es lo que buscamos?, ¿obras que reafirmen nuestras creencias, o bien que hagan que estas se tambaleen? Kafka lo tenía muy claro, solo deberíamos adentrarnos en las obras que muerdan y pinchen: “Un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior”.

RESEÑAS DE BIBLIOTERAPIA:

Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con libros, de Ella Berthoud y Susan Elderkin (editorial Siruela). Un original y divertido libro sobre biblioterapia que habla del poder curativo de la palabra escrita.

La lectura como plegaria, de Joan-Carles Mèlich (Fragmenta). Una reflexión sobre la lectura y la escritura en 262 fragmentos filosóficos.

Por qué leer los clásicos, de Italo Calvino (Siruela). El escritor nos recuerda que los clásicos nunca terminan de sorprender y resistir al tiempo.

Poema, de Rafael Argullol (Acantilado). Un breviario contemporáneo erudito y sensible de reflexiones sobre la condición humana y el discurrir del mundo.

El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri (Salamandra). La escritora indaga sobre las barreras que deben salvar personajes de diferentes culturas en su búsqueda de la felicidad.

La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstói (Nórdica). Una luminosa novela que en realidad es un poema capaz de reconciliarnos con nuestra condición mortal.

Pequeño fracaso, de Gary Shteyngart (Libros del Asteroide). Después de mudarse con su familia a Nueva York, el niño judío ruso Ígor se transforma en Gary, un personaje que narra la experiencia de vivir a caballo entre dos países que son enemigos.

Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire). Disecciona las circunstancias de un crimen y arroja luz sobre las contradicciones de la sociedad actual.

06 diciembre 2024

Ética de la ficción

Por Najat El Hachmi

Las obras “basadas en hechos reales” tiene hoy una dimensión industrial. Tanto en literatura como en el entorno audiovisual parece que tal etiqueta constituya un sello de autenticidad y, sin embargo, resulta poco verosímil que los autores del presente podamos tener un conocimiento omnipotente sobre hechos que no hemos vivido directamente. Diría que incluso la propia experiencia pasa por un proceso de elaboración a través de los elementos de la narración y el lenguaje que hacen arriesgada la consideración de que un texto sea pura autobiografía. La transformación a la que sometemos los hechos cuando nos ponemos delante de la página en blanco con intención literaria es por fuerza una manipulación al servicio de nuestros propios objetivos creadores más que de la copia fidedigna de “la realidad”. Desconfíen del escritor que no albergue duda alguna sobre la veracidad de lo que cuenta, una veracidad que además es secundaria cuando de lo que se trata es de contar una historia y que el lector se la crea. A menudo, hay que mentir mucho para llegar a alguna certeza, y ese tipo de mentiras son buenas y deseables, porque la ordenación narrativa puede ser más útil que la simple observación del mundo.


A pesar de que haya sido desterrada a la inutilidad del puro entretenimiento espectacular, la ficción sigue vertebrando nuestro imaginario colectivo, y el proceso de reelaboración del pasado mediante novelas históricas o biografías que encajan en el molde de lo comercial tiene muchos peligros. Uno de ellos es leer todo lo que nos precede con la sensibilidad del presente, empañando así la posibilidad de conocer nuestras raíces reales, sumiéndonos en una especie de nebulosa llena de engaños y distorsiones. Como autora, puedo hacer suposiciones, imaginar, añadir y quitar elementos, pero no puedo decir que no estoy mintiendo en nada. No es ético hacer pasar por verdadero lo que es ficción solo para conseguir esa validación del “basado en hechos reales”, que está más al servicio de las ventas que de la creación en sí misma. Hay disciplinas que indagan con rigor en el pasado siguiendo unas directrices claras basadas en datos demostrables. Los escritores y los guionistas no somos historiadores, y si viajamos en el tiempo debería ser para desplegar las alas de la imaginación. Para mí, defender a ultranza que un texto es solamente real es renunciar a la ficción, hoy más necesaria que nunca por tratarse de una forma de comprensión del mundo compleja y matizada, mucho más reconfortante, quizás más auténtica, que la realidad pura y dura.

El País, 6 de diciembre de 2024

28 enero 2024

Hoy 28 de enero celebramos el Día del Bibliobús

Desde hace varios años, el 28 de enero se viene celebrando en nuestro país el Día del Bibliobús. Esta conmemoración es una iniciativa de la Asociación profesional española independiente para la defensa y la difusión de los servicios bibliotecarios móviles (ACLEBIM), junto con la Federación Española de Sociedades de Archivística, Biblioteconomía, Documentación y Museística (FESABID).

El bibliobús, tal y como su nombre indica, es un autobús o furgoneta, en general de grandes dimensiones, reacondicionado como biblioteca pública. Su objetivo es acercar la lectura de libros y revistas, materiales audiovisuales (las baldas de las furgonetas están divididas en público infantil, novelas, biografías, fondo local, cómic, poesía y teatro, además de películas y series), incluso puntos de acceso a internet a zonas rurales o de difícil acceso que no cuentan entre sus instalaciones locales con un edificio permanente de biblioteca pública.

El lema elegido para el Día del Bibliobús es: “Los bibliobuses facilitan la vida de nuestros pueblos”. Este lema destaca la relevancia de las bibliotecas móviles como agentes dinamizadores de la cultura, el conocimiento, la cooperación y la animación a la lectura en las zonas rurales más pequeñas y alejadas de los núcleos urbanos.

Además, este servicio de biblioteca pública, al proveer a los niños y adultos de estas zonas de productos culturales de forma continuada, es un gran aliado en la actual lucha contra la despoblación rural y permite contrarrestar la creciente adicción a las pantallas.


La Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, a través de la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria, se suma a esta iniciativa un año más para visibilizar, apoyar y destacar la imprescindible labor llevada a cabo por todos los profesionales de los bibliobuses españoles, una actividad que sin duda entronca con la que desarrollaron los maestros y maestras de las Misiones Pedagógicas llevadas a cabo por la República Española para llevar la cultura a las zonas más aisladas del país.

Según los últimos datos extraídos del informe Bibliotecas públicas españolas en cifras, en España circulan un total de 75 bibliobuses que recorren diferentes puntos de la geografía española. (En las fotografías, el bibliobús que recorre los pueblos apartados de Cantabria.)

Los 75 bibliobuses activos en 2019 recorrieron 2.008 municipios, con 3.167 paradas, y dieron servicio a una población de 11.327.019 habitantes, que representan el 24% del total de la población, cifra que pone de manifiesto lo imprescindible de este servicio público.

En el portal de Bibliotecas públicas españolas en cifras se pueden consultar todos los datos detallados por Comunidades Autónomas o Bibliobuses.


Artículo relacionado: 
De ruta con el Bibliobús: “Hay gente que viene y te dice que la lectura le ha salvado la vida”

28 junio 2023

Vida sin cultura

Por RAFAEL ARGULLOL
El País, 6 de marzo de 2015

Casi han desaparecido el acto de leer y la mirada reflexiva sobre el arte producido durante milenios. Síntoma de este deterioro es la abrupta sustitución de la lógica filosófica por la del emprendedor en la reforma educativa.

Quizá lleguemos a ver cómo será la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que está siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer índices de alfabetización escolar sin precedentes. Hace poco un editor me comentaba que el problema —o, más bien, el síntoma— no eran los bajos niveles de venta de libros sino la drástica disminución del hábito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, decía, con esperar a la recuperación económica sería suficiente; sin embargo, la caída de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fenómeno epocal que necesariamente marcará el futuro. El preocupado editor —un buen editor, de buena literatura— añadía que, además, la inmensa mayoría de los libros que se leen son de pésima calidad, desde best sellers prefabricados que avergonzarían a los grandes autores de best sellers tradicionales hasta panfletos de autoayuda que sacarían los colores a los curanderos espirituales de antaño.

De querer preocupar todavía más al editor, y a los que piensan como él, se podría analizar detenidamente la última encuesta sobre la lectura que hace unas semanas apareció en los medios de comunicación. No sólo un tanto por ciento muy elevado de la población jamás leía un libro sino que se vanagloriaba de tal circunstancia. Para muchos de nuestros contemporáneos la lectura se ha hecho agresivamente superflua e incluso experimentan una cierta incomodidad al ser preguntados al respecto. Dicen no tener tiempo para leer, o que prefieren dedicar su tiempo a otras cosas más útiles y divertidas. Nos encontramos, por tanto, ante una bastante generalizada falta de prestigio social de la lectura que probablemente oculte una incapacidad real para leer. Dicho de otro modo: el acto de leer se ha transformado en un acto altamente dificultoso y, para muchos, imposible. Me refiero, claro está, a leer un texto que vaya más allá de la instrucción de manual, del mensaje breve o del titular de noticia. Me refiero a leer un texto de una cierta complejidad mental que requiera un cierto uso de la memoria y que exija una cierta duración temporal para ir eligiendo en libertad, y en soledad, los distintos caminos ofrecidos por las sucesivas encrucijadas argumentales.

El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Él abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. En definitiva, nuestro pseudolector actual ha sido alfabetizado en la escuela y, en muchos casos, ha acudido a la universidad, pero no está en condiciones de confrontarse con el legado histórico de la cultura humanista e ilustrada construido a lo largo de más de dos milenios. Este pseudolector —en el que se identifica a la mayoría de nuestros contemporáneos— no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, “cultura”.

Quien escuche una opinión semejante rápidamente alegará que hemos sustituido la cultura de la palabra por la cultura de la imagen, el argumento favorito cuando se conversa de estas cuestiones. De ser así, habríamos sustituido la centralidad del acto de leer por la del acto de mirar. Surgen, como es lógico, las nuevas tecnologías, extraordinarias productoras de imágenes, e incluso las vastas muchedumbres que el turismo masivo ha dirigido hacia las salas de los museos de todo el mundo. Esto probaría que el hombre actual, reacio al valor de la palabra, confía su conocimiento al poder de la imagen. Esto es indudable, pero, ¿cuál es la calidad de su mirada? ¿Mira auténticamente? A este respecto, puede hacerse un experimento interesante en los museos a los que se accede con móviles y cámaras fotográficas, que son casi todos por la presión del denominado turismo cultural.

Les propongo tres ejemplos de obras maestras sometidas al asedio de dicho turismo: La Gioconda en el Museo del Louvre, El nacimiento de Venus en los Uffizi y La Pietà en la Basílica de San Pedro. No intenten acercarse a las obras con detenimiento porque eso es imposible; apóstense, más bien, a un lado y miren a los que tendrían que mirar. La conclusión es fácil: en su mayoría no miran porque únicamente tienen tiempo de observar, unos segundos, a través de su cámara: de posar para hacerse un selfie. Capturadas las imágenes, los ajetreados cazadores vuelven en tropel a la comitiva que desfila por las galerías. ¿Alguien tiene tiempo de pensar en la ambigua ironía de Leonardo, o en la sensualidad de Botticelli, o en el sereno dramatismo de Miguel Ángel? Es más: ¿alguien piensa que tiene que pensar en tales cosas?

Paradójicamente, nuestra célebre cultura de la imagen alberga una mirada de baja calidad en la que la velocidad del consumo parece proporcionalmente inverso a la captación del sentido. El experimento en los museos, aun con su componente paródico, ilustra bien la orientación presente del acto de mirar: un acto masivo, permanente, que atraviesa fronteras e intimidades, pero, simultáneamente, un acto superficial, amnésico, que apenas proporciona significado al que mira, si este niega las propiedades que exigiría una mirada profunda y que, de alguna manera, se identifican con los que requiere el acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libre elección desde la libertad. Frente a estas propiedades la mirada idolátrica es un vertiginoso consumo de imágenes que se devoran entre sí. Al adicto a esta mirada, al ciego mirón, le ocurre lo que al pseudolector: tampoco está en condiciones de confrontarse con las imágenes creadas a lo largo de milenios, desde una pintura renacentista a una secuencia de Orson Welles: las mira pero no las ve.

De ser cierto esto, la cultura de la imagen no ha sustituido a la cultura de la palabra sino que ambas culturas han quedado aparentemente invalidadas, a los ojos y oídos de muchos, al mismo tiempo. El pseudolector, que ha aceptado que a su alrededor se desvanezcan las palabras, marcha al unísono con el pseudoespectador, que naufraga, satisfecho, en el océano de las imágenes. La casi desaparición del acto de leer y, pese a la abundante materia prima visual, el empobrecimiento del acto de mirar llevan consigo una creciente dificultad para la interrogación. En nuestro escenario actual el espectáculo tiene una apariencia impactante pero las voces que escuchamos son escasamente interrogativas. Y con bastante justificación puede identificarse el oscurecimiento actual de la cultura humanista e ilustrada con nuestra triple incapacidad para leer, mirar e interrogar. Cuando en la última reforma educativa se defiende enfáticamente que la lógica filosófica va a ser sustituida, en la enseñanza escolar, por la “lógica del emprendedor” no hace sino sancionarse el fin de una determinada manera de entender el acceso al conocimiento. Aunque ni siquiera quien ha acuñado esta frase sabe qué diablos significa la “lógica del emprendedor”, aquella sustitución es perfectamente representativa del modo de pensar dominante en la actualidad.

El mundo político se ha adaptado sin titubeos al nuevo decorado, expulsando de su retórica cualquier conexión cultural. Esto habría sido imposible en los últimos tres siglos. Pero el mundo político, el que más crudamente expresa las oscilaciones de la oferta y la demanda, no es sino la superficie especular en la que se contemplan los otros mundos, más o menos distorsionadamente. La expulsión de la cultura —o de una determinada cultura: la de la palabra, la de la mirada, la de la interrogación— es un proceso colectivo que afecta a todos los ámbitos, desde los medios de comunicación hasta, paradójicamente, las mismas universidades. No obstante, en ninguno de ellos es tan determinante como en el de los propios ciudadanos, que han dejado de relacionar su libertad con aquella búsqueda de la verdad, el bien y la belleza que caracterizaba la libertad humanista e ilustrada. La utilidad, la apariencia y la posesión parecen, hoy, valores más sólidos en la supuesta conquista de la felicidad.

Y puede que sea cierto. Igual la vida sin cultura es mucho más feliz. O puede que no: puede que la vida sin cultura no sea ni siquiera vida sino un pobre simulacro, un juego que sea aburrido jugar.

24 abril 2023

La crisis de lectura entre los jóvenes explicada

Por IGNACIO ZAFRA

El País, 13 de marzo de 2022



“Tenemos que leer muchos libros de época medieval, y que sean siempre tan antiguos echa para atrás”, dice Rubén, de 16 años, sentado en la biblioteca del instituto público Serpis, en Valencia. “Y como son obligatorios, hay compañeros que llegan a odiar la lectura. Dicen: ‘No me gustan los libros”.


Los datos muestran que la afición por la lectura sufre una grave crisis entre los 15 y los 18 años. El porcentaje de lectores frecuentes cae 24 puntos en esa franja de edad respecto a la población de 10 a 14 años, pasando del 77% al 53%, según el promedio de los barómetros publicados por la Federación de Gremios de Editores de España en el último lustro. Y pocos de los que dejan de leer en esa etapa vuelven a hacerlo después. 


El abandono se atribuye normalmente a la dinámica vital de la adolescencia, a la competencia que de un tiempo a esta parte representan los móviles, y a la exigencia académica de la secundaria, que les deja menos tiempo libre. El estudio Jóvenes y Lectura 2022, elaborado por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, basado en la opinión de adolescentes, profesores y bibliotecarios, añade una hipótesis inquietante: que la educación que reciben en los institutos no solo no mitiga el proceso, sino que lo acelera por la forma en que se enseña la literatura.


Así lo creen Rubén y su compañero de instituto Álex, de 14. Y es una de las conclusiones principales de las entrevistas con 88 adolescentes que plantea el informe de la fundación: “Los participantes han repetido, una y otra vez, manifestaciones sobre su distancia ‘sideral’ respecto a las propuestas curriculares en cuanto a la literatura de ficción”. Y agrega: “En lo que respecta a la lectura propuesta desde la escuela, es decir, el catálogo de lecturas pertenecientes a la escritura clásica y, por lo tanto, al canon literario establecido por nuestro sistema educativo, la visión es hipercrítica: se le atribuye la capacidad de disuadir de la práctica de la lectura." 


Es una preocupación compartida por Guadalupe Jover y Rosa Linares tras trabajar décadas en las aulas como profesoras de lengua: “Tememos que, cuando menos, la escuela no ayuda. En primer lugar, porque la selección de los textos con que se pretende enseñar a leer literatura, aquellos prescritos en los currículos, no suelen ser adecuados a la experiencia vital, lectora y cultural de los adolescentes. Seguimos siendo rehenes del índice de la historia literaria nacional, en vez de abrirnos a los clásicos universales y a la literatura juvenil actual de calidad”, afirman.


Jover y Linares son coautoras del nuevo currículo de Lengua Castellana y Literatura, es decir, de la norma que regula cómo se aprende y se evalúa la asignatura, que empezará a implantarse en los institutos en septiembre. Ambas publicaron el jueves una tribuna en EL PAÍS en la que explicaban el giro que ha dado Francia en este terreno en la última década. La enseñanza de la literatura para el alumnado de 12 a 15 años se plantea en el país vecino mediante itinerarios temáticos, que suelen estar compuestos por obras de distintas épocas, géneros y contextos culturales, combinadas con otras expresiones artísticas. Los estudiantes tienen varios de estos itinerarios a lo largo de la etapa. Y los profesores tienen un amplio margen para diseñarlos en función de su alumnado. Uno de estos itinerarios franceses, señalaban Jover y Linares, podría titularse “Al otro lado del espejo” e incluir obras como Alicia en el País de las maravillasPeter PanCoraline, la saga de Harry Potter, la película El viaje de Chihiro y pinturas de El Bosco o Dalí.


En España, el currículo de secundaria aún vigente, aprobado tras la ley Wert, está centrado, en cambio, en “las obras más representativas de la literatura española de la Edad Media al Siglo de Oro”. Y, aunque muchos profesores subvierten desde hace tiempo el catálogo oficial, no es raro que un docente elija como lecturas obligatorias para la etapa el Cantar de mío Cid, el Libro de buen amorLa CelestinaEl Quijote y La Dama boba. O, como también permite la normativa, fragmentos de los mismos.


El nuevo currículo español dará mayor libertad a los profesores españoles. Y acabará con el enfoque “historicista” con el que recuerda haber estudiado Ángela García, que acabó hace cinco años el Bachillerato y hace ahora las prácticas del máster para ser profesora de secundaria. “Estudiábamos movimientos literarios, características básicas, nombres de obras y nombres de autores... Y hoy no recuerdo casi nada de aquello”, comenta. Las lecturas se realizaban casi siempre en casa y se evaluaban con un examen, prosigue García, describiendo con su experiencia lo que sigue pasando en muchas aulas.


“Lo que no es normal”, opina Noelia Isidoro, profesora de Lengua castellana y literatura en un instituto en Fuenlabrada (Madrid), “es que siendo una de las asignaturas que más horas tiene, no se lea más en clase”. Ella dedica los 10 primeros minutos de las suyas en primero de la ESO a leerles una novela en voz alta; “nos puede durar un mes o mes y medio”. Y los alumnos pasan otra hora semanal leyendo el mismo libro, que luego comentan como en un club de lectura. “El problema es que muchas veces”, añade, “se les plantea la lectura como un ejercicio de gramática, no como lo que es leer. Unas veces placer, otras dolor o contradicción; y otras, ver la luz y pensar: esto es justo lo que me está pasando a mí.”


Los chavales piensan que leer los aísla


El obstáculo más grave a la hora de conseguir que los adolescentes no dejen de leer es, probablemente, que tienden a asociar la lectura con el aislamiento, en una etapa vital en que las relaciones sociales tienen una importancia capital, señala el informe Jóvenes y lectura 2022. Y el principal rasgo positivo que, según el mismo estudio, los chavales atribuyen a la lectura está en parte relacionado con dicha flaqueza, y es la idea de que leer los relaja (al menos, a los que se declaran lectores) y les proporciona un refugio frente al “agobio” que les produce el “estado de conexión” digital permanente.


La identificación de la lectura y el aislamiento puede contrarrestarse en parte desde el aula convirtiéndola en una actividad “colectiva” y participativa, señala Pilar García, que es profesora en el instituto Serpis y en la Universidad de Valencia, en la que los alumnos opinen y debatan sobre lo que leen. Para ello hace falta disponer de un tiempo, prosigue, que el actual currículo, sobrecargado de contenidos, hacía complicado tener y que la nueva normativa puede facilitar.


García cree que también a los alumnos les falta tiempo porque están “cargados de trabajo”. “No solo del instituto, sino de las actividades complementarias. Hacen deporte, van a clase de inglés, de música… Les ofrecemos muchas cosas porque queremos que sean mejores y aprendan más, pero están muy saturados. Y cuando tienen tiempo libre, puestos a elegir, se quedan con las redes sociales y los videojuegos”.


Dos de los problemas que los adolescentes suelen atribuir a los libros que les mandan en el instituto son la complejidad del vocabulario y las “descripciones prolijas”, señala el estudio de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Unas opiniones que comparten Rubén y Álex. “Yo creo que es normal”, dice la profesora Noelia Isidoro, “que las descripciones largas les aburran, porque a la mayoría de la sociedad lo largo le aburre. No conectamos con ello. No creo que sea un problema de la adolescencia”.

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Cuando leer un libro entero es “como una imposición fascista”: ¿hay un problema con los jóvenes y la lectura?

10 septiembre 2022

SEMIÓTICA DE UNA IMAGEN: Los buenos libros

Dedicado a Irene Vallejo

SE LEE EN 1 MINUTO

Aunque pudiera parecer lo contrario, esta calle no fue rotulada a propuesta de la Asociación de Abogados Cristianos, guardianes de la ortodoxia reaccionaria. El rótulo en cuestión está colocado, desde tiempo inmemorial, a escasos metros de la salida de un colegio religioso, en el centro de una ciudad muy santa y muy beata de este Estado, supuestamente aconfesional, llamado España. Pero, ya se sabe, quienes adoctrinan son siempre los otros.

Me pregunto si esos buenos libros se refieren a libros de texto edificantes contra el machismo o la homofobia en las escuelas; o a manuales divulgativos de la diversidad afectivo-sexual y los tipos de familia; o a folletos pedagógicos sobre cómo evitar embarazos no deseados o cómo promover una sexualidad sana y segura. Póntelo. Pónselo. Buenos libros para la buena educación cívica. Quiero pensar que sí, pero no las tengo todas conmigo. cmg2022

19 agosto 2022

El infinito en un junco, por IRENE VALLEJO


Leer es escuchar música hecha palabra. Es cercanía y extrañeza. Es a veces hablar con los muertos para sentirnos más vivos. Es viaje inmóvil. Es una maravilla cotidiana. En tiempos de reclusión, hemos comprobado que los libros amansan la ansiedad y nos regalan lejanías. Hoy valoramos -quizá más que nunca- el papel que desempeñan en nuestras vidas zarandeadas por la tormenta y el desconcierto. A lo largo de los siglos, estos cofres de palabras han sobrevivido a guerras, dictaduras, sequías, crisis y catástrofes. En ellos, las utopías esperan días más propicios. Una y otra vez, nos ofrecen en sus páginas -como brazos abiertos- las ideas, las historias y los cuentos que necesitaremos para escribir el mañana... Este es un libro salvado por la bondad de los desconocidos. (Irene Vallejo)

30 mayo 2022

El poder sanador de la ficción (dedicado a mi amigo JG)

¿Quién no se ha sentido alguna vez superado por la realidad? Suceden tantas cosas terribles a nuestro alrededor, que a menudo nos sentimos abrumados, sin fuerzas para enfrentarnos a la complejidad de los problemas que nos rodean. Contra este sentimiento , la humanidad ha disfrutado desde los inicios de la cultura de un medio infalible para evadirse de cualquier panorama desolador y nutrirse de energía inspiradora: la ficción. Homero alentaba a los suyos de viva voz con las heroicas aventuras de Ulises. Los cuentacuentos chinos han llenado los salones de té desde hace milenios con historias que hacían reír, temblar o reflexionar. Contra la tiranía de lo prosaico y lo negativo, elegir una buena novela, alquilar una película con capacidad de entusiasmarnos o escuchar un disco son remedios siempre eficaces que despiertan nuestras mejores emociones y son antídotos seguros contra el fatalismo y la ansiedad. (Francesc Miralles, psicólogo)

18 abril 2022

INFOCRACIA. La digitalización y la crisis de la democracia


Un análisis sagaz del régimen de la información, el nuevo gobierno al que estamos sometidos, por el filósofo más leído del siglo XXI. La digitalización avanza inexorablemente. Aturdidos por el frenesí de la comunicación y la información, nos sentimos impotentes ante el tsunami de datos que despliega fuerzas destructivas y deformantes. Hoy la digitalización también afecta a la esfera política y provoca graves trastornos en el proceso democrático. Las campañas electorales son guerras de información que se libran con todos los medios técnicos y psicológicos imaginables. Los bots #las cuentas falsas automatizadas en las redes sociales# difunden noticias falsas y discursos de odio e influyen en la formación de la opinión pública. Los ejércitos de troles intervienen en las campañas apuntalando la desinformación. Las teorías de la conspiración y la propaganda dominan el debate político. Por medio de la psicometría y la psicopolítica digital, se intenta influir en el comportamiento electoral y evitar las decisiones conscientes. Este nuevo ensayo de Byung-Chul Han describe la crisis de la democracia y la atribuye al cambio estructural de la esfera pública en el mundo digital. También le da un nombre a este fenómeno: infocracia.

Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es un filósofo con doble nacionalidad coreana y alemana, que imparte su docencia en la Universidad de las Artes de Berlín. Se trata de uno de los pensadores más influyentes y penetrantes de las últimas décadas, y sus ideas han alcanzado una difusión fuera de lo común en la filosofía contemporánea. Su obra realiza un amplio análisis de la sociedad del siglo XXI, a la que ha definido como una “sociedad del cansancio”, una “sociedad de la transparencia”, hiperactiva, obsesionada con los logros, en la que se han desterrado las nociones del secreto, la privacidad y la confianza; en la que el sentido del amor está en decadencia frente al exacerbado narcisismo general; y en la que la democracia se encuentra en crisis ante el uso masivo de las redes digitales para influir a los ciudadanos.

20 diciembre 2021

Las bibliotecas

Las bibliotecas: un viaje interminable

En el evocador ambiente de las bibliotecas comienzan aventuras inimaginables, tantas como libros reposan en sus estantes. Por YOLANDA CARDO

Para nuestra mente el confinamiento es como “poner puertas al campo”. Nada hay que nos impida viajar a cualquier lugar gracias a la literatura.

Mucho antes de que la tecnología se convirtiera en algo tan cotidiano en nuestras vidas, hasta el punto de no concebir nuestro día a día sin las luminosas pantallas, los libros nos transportaban alrededor del mundo sin levantarnos del sofá. Viajes épicos por todo el planeta. Es tanta la libertad que incluso podemos viajar a lugares inventados, abstractos, mágicos, explorar el futuro o trasladarnos al pasado.

No hay mejor plataforma de embarque que las bibliotecas. Maravillosas estancias, algunas con mucha historia, repletas de destinos. Son por sí solas un codiciado reclamo para bibliófilos empedernidos. Largas hileras de tentadoras estanterías sobre las que descansan millones de historias.

Biblioteca clementina en Praga

La ciudad de Praga, omnipresente en la literatura checa / DAGMAR VESELKOVA
La ciudad de Praga, omnipresente en la literatura checa / DAGMAR VESELKOVA

En el corazón de Praga, a escasos metros del Puente de Carlos, se encuentra un complejo de edificios conocido como el Klementinum. Un histórico y espectacular conjunto que posee varias estancias atractivas como son la Torre Astronómica y la Capilla de los Espejos, pero la más hermosa es la biblioteca barroca. Una bella sala abarrotada de libros cuya cubierta está decorada con frescos de motivos alegóricos de Jan Hiebl y el centro de la habitación luce una hilera de antiguos globos terráqueos. Sus muros albergan más de seis millones de libros entre los que se encuentran valiosas colecciones y manuscritos. Un sinfín de lomos con sugerentes títulos que, a veces sin pretenderlo, nos guían por la historia y los paisajes de República Checa.

La biblioteca Clementina en la capital de la República Checa
La biblioteca Clementina en la capital de la República Checa

La capital es el telón de fondo de muchos de ellos y en cada obra descubrimos una cara diferente de esta polifacética ciudad. La compleja en La metamorfosis o El proceso de Kafka, la misteriosa en El Gólem de Gustav Meyrink, El cementerio de Praga de Umberto Eco, El molino de las momias de Petr Stancík o El Violinista de Praga de Michael Crane. Su tumultuosa historia está en el trasfondo de muchas otras como La insoportable levedad del ser de Milan KunderaEl dinero de Hitler de Radka Denemarková, Misiones nocturnas de Jáchym Topol o El espíritu de Praga de Ivan Klíma. O la costumbrista, vieja y poética de la mano de Jan Neruda en Cuentos de Malá Strana.

Trinity college en Dublín

Detalle de la Long Room Library, Trinity College
Detalle de la Long Room Library, Trinity College

Viajamos hasta Dublín, concretamente a la biblioteca del Trinity College. Visita casi obligada para todo viajero a la capital irlandesa. Un impresionante edificio construido entre 1712 y 1732 que alberga más de tres millones de libros e innumerables manuscritos, de todos ellos, los más antiguos reposan en la llamada “Long Room”,  la sala principal con 65 metros de longitud. Entre tanto tesoro destaca uno en particular: el Libro de Kells, un bello manuscrito del siglo IX atribuido a los monjes de la isla de Iona. Por sus regias estancias han paseado algunos de sus grandes escritores: Samuel Beckett, Oscar Wilde o Bram Stoker.

Long Room, Trinity College, Dublin
Long Room, Trinity College, Dublin

Irlanda es tierra de escritores. Gracias a ellos nos adentramos en su historia, sus costumbres y sus paisajes, leyendo obras como DublinesesUlises o Retrato del artista adolescente de James Joyce. Otro de los grandes de las letras irlandesas, William Butler Yeats en El Crepúsculo celta y El niño robado nos trasladan hasta el condado de Sligo. No puede faltar todo un clásico llevado al cine por el director Alan Parker en 1999: Las cenizas de Ángela de Frank McCourt.

Biblioteca pública de Évora

Portugal es uno de los destinos más cercanos y queridos por los españoles. Situada en la región del Alentejo se encuentra la ciudad de Évora. Su biblioteca es una auténtica joya. Inaugurada en 1666 como sede del Colegio de Mozos de la Catedral, guarda en sus estantes hasta 664 incunables, multitud de manuscritos y documentos además de numerosos libros impresos durante el siglo XVI. Está considerada como una de las más antiguas y notables del país. Un lugar que invita a sumergirse entre las páginas escritas por alguno de sus más ilustres escritores: António Lobo Antunes, José Saramago, Fernando Pessoa, Eça de Queirós, José Luís Peixoto, Ana Luisa Amaral, João de Melo…

Existen muchos más templos consagrados a la literatura. La Biblioteca Pública de Nueva York, la Bodleiana en la universidad de Oxford, la de Alejandría, la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. También en España encontramos muy bellos ejemplos: La Biblioteca Nacional en Madrid, la Biblioteca General Histórica de la universidad de Salamanca, la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la del Monasterio de Yuso en La Rioja, el Archivo General de Simancas en Valladolid o la Biblioteca Arús en Barcelona.

Mágicos espacios en los que habitan millones de universos esperando ser descubiertos. Hermosos ecosistemas de conocimiento en estado puro.

(EL ESPAÑOL,26.04.2020)

17 mayo 2020

A mi librería que cierra, a mis libreros que se jubilan

Por RAÚL SOLÍS

Mari Ángeles y Vicente se jubilan. Se jubilan mis libreros, los libreros de mi pueblo, quienes me recomendaron los primeros libros cuando tenía 13 o 14 años y era un adolescente perdido en busca de referentes, un homosexual autonegado que pensaba que nunca sería digno de ser amado y que miraba los libros de autores y temática LGTB de reojo por miedo a que sólo tocarlos o mirarlos me sacara del armario.
Se jubila la librería, mi librería, el proyecto romántico de dos madrileños víctimas de la destrucción industrial de los 90, no reconversión, que se tuvieron que reinventar con 40 años, arrastrando a sus dos hijos adolescentes, el dinero escaso de la indemnización, a 400 kilómetros y en Mérida, una ciudad mucho más pequeña y menos valiente que Madrid donde, por entonces, una presentación de un libro era una excentricidad.
Se jubila Mari Ángeles, la primera persona que supo decirme que era homosexual sin decírmelo, sólo recomendándome libros. Se jubila Vicente, quien me hizo saber que se podía ser de izquierdas, cristiano y tener una librería progresista y vender la Biblia.
Se jubila mi infancia y mi adolescencia, después de años de esfuerzo por sacar adelante un negocio poco lucrativo que se convirtió en un espacio cultural, que es lo que son todas las librerías, con el que Mérida, la pequeña ciudad donde nací y crecí, se hizo más grande, más culta y menos provinciana.
Todavía recuerdo los escaparates de película francesa que montaba Mari Ángeles con todo su cariño y delicadeza, el olor de las estanterías de madera, ‘El guardián entre el centeno’‘Réquiem por un campesino español’‘La voz dormida’ de nuestra querida y paisana Dulce Chacón, a la que tanto lloramos cuando murió y con la que gritamos ‘No a la guerra’, o las tertulias sobre política, lo divino y lo humano que montábamos alrededor del mostrador, callándonos educadamente cuando sospechábamos que el lector que entraba no era de nuestra cuerda ideológica. Y aquella biografía de La Pasionaria.
Me acuerdo como si fuera ayer cuando volví la primera vez a Mérida, después de irme fuera a vivir, y lo primero que hice fue acercarme a visitarlos. Era, junto a mi madre, lo que más había echado de menos. Luego me tiré años sin verlos y, cuando fui nuevamente, me temblaban las piernas mientras cruzaba el umbral hacia el reencuentro. Allí estaban, a pesar de los años, seguían siendo los mismos, con más arrugas, más cansados de luchar, hartos de la precariedad y aburridos de que se lea tan poco. Nos dimos un abrazo de esos largos por los que te pasa toda la vida que el coronavirus nos ha prohibido. Pareció que nos habíamos visto el día anterior, que yo volvía a tener 15 años y era otra vez aquel adolescente temeroso que entraba en la librería a buscar seguridades y esconderme del mundo de afuera que tanto me dolía.
También recuerdo el día que presenté mi libro en la librería, el año pasado, delante de mi padre y de mi madre, mis tíos, mis hermanos y mis amigos de toda la vida, y nos marcamos un discurso sobre la libertad sexual que me sirvió para salir del armario delante de todo mi pueblo y de mi madre, que nunca pudo leer un libro porque la sacaron de la escuela para ponerla a trabajar cuando tenía edad de jugar.
Mari Ángeles y Vicente se jubilan, cierran la librería después de casi 30 años años de esfuerzo por sacar adelante un negocio con poco margen de beneficio para los libreros, los autores y los editores y en el que las grandes distribuidoras se apropian del 50% del libro sólo por ponerlo encima de una estantería. Se jubilan sin que haya una Ley del Libro que proteja el trabajo de los libreros ante la amenaza de una ciudad sin librerías, llena de repartidores esclavos de una gran multinacional.
La próxima vez que vuelva a Mérida me sentiré más forastero, más extraño, más lejano y ajeno. Pasaré por la librería, me pararé en el escaparate vacío, veré un cartel de ‘Se alquila’ y el local vacío, sin libros ni estanterías, sin Mari Ángeles, sin Vicente  y notaré de golpe la orfandad.
Necesito despedirme del espacio pero, sobre todo, lo que me hace mucha falta es que Mari Ángeles y Vicente sepan que han sido importantísimos en mi vida, que me hicieron libre antes de que yo gritase al mundo que quería serlo, que sus recomendaciones me dieron calor durante una adolescencia en la que sentí mucho frío, que me salvaron de muchos demonios, que le agradeceré de por vida que me permitieran sacar libros fiados que pagaba en cuanto podía, que siempre serán mis libreros y mi librería, que aún guardo como oro en paño ‘El guardián entre el centeno’, que los echaré de menos, que parte de lo que he vivido, de lo que soy y de lo que he amado se lo debo, que los quiero como se quiere a quienes nos han hecho libres. 
(LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS, 17 de mayo de 2020)

27 enero 2017

Una profesora harta de aguantar estalla

Este es el texto íntegro de la intervención de la profesora Eva María Romero Valderas en el claustro de profesores del IES Isidro de Arcenegui de Marchena, Sevilla, y que recoge La Voz de Marchena:

"Vayan por delante dos premisas:

1ª: No tengo nada en contra del Equipo directivo. Esto que voy a decir a continuación no es producto de una situación puntual que deba resolverse con una modificación del Plan de Centro ni nada parecido. Sí quiero que conste en acta.

2ª: Esto que voy a hacer ahora se llama arenga: discurso militar para enardecer a las tropas antes de entrar a la batalla.

¡Ya estoy harta!

Ya está bien, señores, de seguir aguantando.

Yo no estoy aquí para aguantar, y utilizo las palabras textuales que un padre me dijo por teléfono cuando lo llamé para que corrigiera la actitud de su hija, que no me dejaba hacer mi trabajo.

A mí, que yo sepa, me pagan para enseñar, no por aguantar.

Harta de la sociedad, que encumbra a seres que presumen de su ignorancia, que valora a un futbolista o a un ‘nini’ más que a una persona con estudios, respetuosa y educada. De los programas de televisión, que presentan como modélicos a aquellos que, sin estudios y sin sacrificio alguno, se han colocado ganando un sueldazo por criticar, acostarse con, comprar en…

Estoy harta de aguantar la mala educación con la que llegan, cada vez en mayor porcentaje, los niños al Instituto. La falta de consideración, no digo ya de respeto, hacia mi persona cuando entro en las clases, que parece como si entrara el viento por la ventana.

Harta del proteccionismo de los padres, que quieren que sus hijos aprueben sin esfuerzo y sin sufrir, sin traumas… De la falta de valoración del esfuerzo que sí hacemos nosotros.

Harta de la Administración, que cambia las leyes y la normativa que rige en mi trabajo sin preguntarme qué opino y sin darme formación para hacer bien mi nuevo trabajo. Que me coloca dos horas más en el horario lectivo y me explota laboralmente, porque yo, en los últimos años, lo único que hago es trabajar, trabajar como una posesa. Ya, hasta mis hijos me lo dicen.

Ahora dicen que nos van a devolver esas horas, ¿sabéis donde nos la van a devolver? En el horario irregular que dedicamos en casa, el que nadie ve. Yo tardo cinco horas en corregir 30 exámenes de 1º de Bachillerato, entonces ¿ya esa semana no doy ni una hora más en casa, no? Ya no programo, no preparo mis exámenes, no me actualizo para utilizar la tableta (que me he comprado de mi bolsillo para trabajar mejor), ni para saber utilizar la plataforma digital del Centro, no relleno informes de faltas, no redacto actas… y un largo etcétera de tareas invisibles.

El colmo es que algunos de nosotros nos hemos planteado pedir reducción de jornada, cobrando menos, para hacer bien nuestro trabajo. Pero, ¿adónde vamos a llegar? ¿En qué trabajo se hace eso? ¿Dónde se ha visto renunciar a tu salario para dormir con la conciencia tranquila? Esto no pasa en ningún lado.

Y encima de todo hay que aguantar “¡Qué bien viven los maestros!” Porque para la sociedad somos unos privilegiados que “no damos un palo al agua”.

Las 67 propuestas de mejora de la Educación famosas no vienen sino a machacarnos todavía más. ¿Qué vamos a hacer cuando a un alumno no lo podamos expulsar unos días por mal comportamiento? Además, tampoco está bien visto que lo pongamos a barrer o hacer tareas para la comunidad… el padre no quiere que humillemos a su hijo. Pues yo creo que debemos imbuirnos de la gracia del juez Calatayud. Autoridad somos igual que él. Ejerzamos nuestra autoridad, es lo único que la ley nos reconoce, hagámosla efectiva.

Tenemos que hacernos oír, actuar como colectivo, no irnos quejando por los rincones, a escondidas, que parece que nos da vergüenza. Así no se nos oye fuera. Gritemos nuestro inconformismo, no podemos seguir así, exijamos nuestros derechos como trabajadores, que parece que todo el mundo tiene derechos menos nosotros.

Enseñamos a nuestros alumnos a ser críticos, mentes libre pensadoras que puedan elegir y discriminar lo que les conviene de lo que no, y nosotros somos los primeros aborregados, no hacemos nada, seguimos agachando la testuz para que el yugo nos caiga con más fuerza.

Yo así no aguanto más, vosotros haced lo que queráis. Llevo 19 años en la docencia, tengo 45, a lo mejor es mi crisis de la mediana edad… pero, si algo me han dado los años es valor, no tengo miedo, y, como me aprieten más el tornillo, saltaré como un resorte. Solo quiero avisar: de aquí en adelante no pienso quedarme callada ‘por educación’. Contestaré en el mismo tono y con la misma contundencia que se me trate.

A mí me gusta enseñar y transmitir. Me gusta el trato con los alumnos, los quiero y animo. Me considero un motor social de cambio, una fuerza generatriz. No soy un burro de carga dispuesto a aguantar hasta que reviente."