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17 agosto 2026

Retrato de un joven gay valiente

 Foto: Arthur Tress, 1969. Central Park, NYC


Aquella tarde de marzo del histórico 1969 había empezado a remitir el frío en Manhattan. El muchacho, resuelto y vestido con sencillez, debió coger el metro hasta Columbus Circle, enfilar luego por Central Park West hasta adentrarse, entre árboles aún pelados por el largo invierno neoyorquino, en dirección a The Ramble, una conocida zona de ligoteo entre hombres gays. El fotógrafo lo abordó y logró su permiso para retratarle para la posteridad, así tal cual, mientras, con una mezcla de anticipación e incertidumbre, esperaba hacer contacto visual con otro de sus iguales, conectar, y disfrutar de un poco de calor humano, y si era posible, de algo de conversación previa o posterior.

Me pregunto qué habrá sido de este joven valiente, ahora seguramente septuagenario. ¿Cómo se llamaba? ¿Participaría en los disturbios de Stonewall, en el cercano Village, solo unos meses después? ¿Sobrevivió a la epidemia del sida, que se llevó por delante a tantos miles de gays residentes en Nueva York? ¿Seguirá viviendo en la Gran Manzana? ¿Encontró el amor en algún momento?  ¿Se casaría con su pareja? ¿Fue feliz? Sea como fuere, hoy celebramos su valentía por habernos dejado una imagen icónica, que nos permite a muchos hombres gays ponernos en su piel y mirarnos a nosotros mismos, como en un espejo.• cmg2026

19 julio 2026

Fire Island: Cien años de memoria gay

Por Martín Bianchi, El País, 19 de julio de 2026



Fire Island, la playa más “caliente” del mundo: 100 años de arte, fiestas y sexo sin freno. La isla, a una hora y media de Nueva York, lleva un siglo siendo refugio creativo y patio de juegos para el colectivo LGTB. Un nuevo libro explora su historia y su influencia en artistas como Andy Warhol, David Hockney y Robert Mapplethorpe.

Hace unos 12.000 años, la naturaleza concibió Fire Island como una barrera para proteger la costa de Long Island de los huracanes y los ciclones que azotan la zona después del verano. Hace un siglo, un grupo de artistas convirtió esta pequeña isla de Estados Unidos en un refugio para el colectivo LGTB. Fire Island, una fina lengua de arena a hora y media de Nueva York —“tan fina como un paréntesis”, la describió Andrew Holleran en su novela The Dancer and the Dance (El danzarín y la danza)—, es una tierra salvaje desde tiempos inmemoriales. Fue hogar de los pueblos Unquachog y Secatogue, escondite de piratas y contrabandistas y, desde los años veinte del siglo pasado, el Monte Olimpo de la cultura y la identidad queer.


Para celebrar su centenario, la editorial The Monacelli Press acaba de publicar Fire Island Art: 100 Years, el primer libro que explora la rica historia artística y estética de la isla y su influencia en artistas como Andy Warhol, David Hockney, Richard Avedon, Robert Mapplethorpe, Tom Bianchi y Wolfgang Tillmans. Su autor, John Dempsey, ejecutivo de una tecnológica, historiador y presidente de la Sociedad Histórica de Fire Island Pines, recorre un siglo de arte, drogas y sexo sin freno en la playa más “caliente” del mundo: desde sus orígenes como colonia de nudistas en la era del jazz hasta la actualidad, pasando por su apogeo en los años 50, 60 y 70 y su ocaso en los 80, con el estallido de la pandemia de VIH/sida.
A mediados de la década de 1920, al filo de la caída de Wall Street, Nueva York ya se perfilaba como la capital de los rascacielos. El Empire State y el Edificio Chrysler empezaban a asomar en la silueta de la ciudad. Pero Fire Island, a menos de 100 kilómetros de la ciudad, todavía no tenía electricidad, ni agua corriente, ni carreteras o coches. La falta de comodidades ahuyentaba al turismo familiar, pero atrajo a los gais. Como explica Dempsey en su libro, al colectivo LGTB siempre le han gustado los espacios aislados y de difícil acceso porque “permiten practicar públicamente comportamientos íntimos que la sociedad heteronormativa rechaza”. Las inmensas dunas y los oscuros pinares de Fire Island eran perfectos para practicar esos comportamientos prohibidos.
En 1938, la naturaleza quiso que la isla se volviera todavía más inhóspita y, por lo tanto, más atractiva para la comunidad gay. El gran huracán de Nueva Inglaterra de ese año arrasó con las pocas infraestructuras que había. El desastre natural sirvió como catalizador del estallido marica. Muchos propietarios malvendieron sus casas derruidas a artistas homosexuales de Nueva York: actores, diseñadores de moda, músicos, bailarines, arquitectos, interioristas y escritores.
El único hotel de la isla, Duffy’s, en el pueblo de Cherry Grove, se convirtió en uno de los primeros espacios públicos gais de Estados Unidos. En Duffy’s, las parejas del mismo sexo podían beber, bailar y besarse sin miedo. Las lesbianas también estaban invitadas a la fiesta. La escritora Patricia Highsmith solía llevar a sus amantes a Cherry Grove, donde coincidía con otras mujeres poderosas del colectivo, como la mundana Kay Guinness o Ruth Peter Worth. Una vez, le preguntaron a Worth qué tenía Fire Island de maravilloso y respondió: “La homosexualidad. Ahí yo era mayoría. Ese era mi mundo y el otro mundo no era real.”
En los años cincuenta, “el otro mundo”, el real, sucumbió a la homofobia institucionalizada del macartismo. Azuzadas por el senador Joseph McCarthy, las autoridades estadounidenses iniciaron una caza de gais. La clase ilustrada neoyorquina se refugió en Fire Island. W. H. Auden, Stephen Spender, Christopher Isherwood y James Baldwin recalaron en sus playas y ayudaron a construir una comunidad creativa alejada de los prejuicios y las convenciones de la época.
Truman Capote escribió Desayuno con diamantes (1958) en la casa de veraneo que tenía el director de teatro y mecenas Frank Carrington entre los pueblos de Fire Island Pines y Cherry Grove. Capote se inspiró en su amiga la actriz Joan McCracken, otra veraneante habitual de la isla, para crear el personaje de Holly Golightly. El escritor también empezó a salir con el marido de McCracken, el exbailarín y novelista Jack Dunphy, que sería su compañero de vida y amigo hasta su muerte en 1984.
La isla también sirvió de inspiración para Edward Albee, que escribió ¿Quién le teme a Virginia Woolf? en la casa de veraneo del empresario y filántropo Morris Golde. La obra, que explora la tormentosa relación de un matrimonio de mediana edad, se estrenó en 1962 y fue un éxito en Broadway. Cuatro años después, Mike Nichols la llevó al cine con la pareja más famosa de Hollywood: Elizabeth Taylor y Richard Burton. Taylor ganó un Oscar por su impresionante interpretación de Martha, la esposa desesperada, aunque era sabido que su matrimonio con Burton era más tempestuoso detrás que delante de la cámara.
Paul Cadmus, Jared French y Margaret French vivieron su propia historia de amor cinematográfica en la isla. Jared y Margaret eran marido y mujer y Paul y Jared eran amantes. Juntos y revueltos formaron el trío artístico PaJaMa. Cadmus y los French aprovechaban los veranos en Fire para explorar su tensión sexual y retratar a amigos ilustres como el fotógrafo George Platt Lynes, el bailarín José “Pete” Martínez o Lincoln Kirstein, cofundador del Ballet de Nueva York.
En esa misma época, Richard Avedon y su mujer, Doe, desembarcaron de la mano de Lillian Bassman, fotógrafa de moda y directora de arte en Harper’s Bazaar, y su marido, Paul Himmel. Los primeros trabajos de Avedon para Harper’s estuvieron fuertemente influenciados por la estética de Fire Island. El fotógrafo solía coincidir allí con Leonard Gershe, famoso por haber compuesto la letra de Born in a Trunk, canción que interpretaron Judy Garland y James Mason en el musical Ha nacido una estrella (1954). Gershe se inspiró en Avedon para escribir el guion de Funny Face (Una cara con ángel).
Peter Hujar y Paul Thek también se aficionaron a los veranos en la isla de fuego. La pareja de artistas se instaló en una casa de pescadores en Oakleyville, el pueblito donde también veraneaba Greta Garbo. Mientras Hujar se dedicaba a retratar a sus amigos (casi siempre vestidos) y a sus amantes (casi siempre desnudos), Thek se enfrascaba en pintar sus acuarelas, paisajes que evocaban la fragilidad y resistencia del entorno.
La comunidad de Fire Island sobrevivió a las redadas y persecuciones del macartismo y pudo ver y vivir el nacimiento de una nueva era. En los años 60, arquitectos como Richard Meier, Charles Gwathmey y Horace Gifford sustituyeron las viejas casas de playa por modernos templos del hedonismo, escenarios minimalistas concebidos para el placer.
La detención de Gifford en 1965 por “comportamiento ilegal” arruinó su carrera en Nueva York, pero catapultó su ascenso en Fire. El arquitecto diseñó más de 60 casas en la isla, dándole a la zona su estilo distintivo: casas de madera de líneas sencillas y grandes ventanales, perfectamente integradas en la naturaleza. Gifford se convirtió en un icono en sí mismo. Era muy popular por recibir a sus clientes en la playa vestido solo un speedo y por dibujar los planos de sus proyectos con un palo sobre la arena. Según Christopher Rawlins, autor del libro Fire Island Modernist: Horace Gifford and the Architecture of Seduction, el arquitecto le dijo una vez a un cliente gay adinerado, para quien había diseñado una casa: “Ahora tendrás 20 armarios de los que podrás salir”.
Pero la mayoría de los residentes de Fire Island ya habían salido del armario, tanto como era posible en los años 70, tras los disturbios de Stonewall. El diseñador Calvin Klein compró una casa de Horace Gifford en 1977 y lo contrató para ampliarla. El arquitecto forró la piscina de negro y colocó un espejo en un extremo para que la piscina pareciera más grande. El espejo también servía para que los huéspedes del diseñador —Andy Warhol, Bianca Jagger, Perry Ellis, David Geffen, Barry Diller, el príncipe Egon von Fürstenberg y un sinfín de hombres en bañadores turbo— pudieran verse reflejados mientras nadaban.
Como señala John Dempsey en su libro, las líneas simples de la arquitectura de Fire Island y los colores pastel de la playa, la arena y el cielo inspiraron a Calvin Klein a diseñar sus colecciones de ropa minimalista. En 1982, Klein lanzó su línea de ropa interior con una enorme valla publicitaria en Times Square en la que el modelo Tom Hintnaus enseñaba sus atributos con un slip blanco. El mundo nunca había visto tan públicamente a un hombre tan desnudo. Los visitantes de Fire Island, en cambio, llevaban décadas viendo a “adonises” como Hintnaus paseando por las calles de Cherry Grove.

En plena era de la música disco, discotecas como The Ice Palace o Pines Pavilion se transformaron en grandes templos de la diversión. El exmodelo John Whyte abrió el bar Blue Whale en Fire Island Pines, donde cada noche se celebraba el Tea Dance, el baile del té, una de las primeras fiestas abiertamente gais. No había teteras ni se ofrecían scones, pero la cocaína, el popper y el LSD se servían en bandeja de plata.
Ahí también nacieron los primeros afters. Los más osados luego se perdían entre las dunas y los pinares de Meat Rack, una zona entre Pines y Cherry Gove donde se practicaba el ligoteo. “Era un lugar realmente increíble... Era una diversión loca, un lugar muy, muy vívidamente sexy”, recordaría David Hockney.
Artistas como Robert Mapplethorpe, Larry Stanton o el ilustrador Antonio Lopez fueron rostros habituales en estas fiestas sin fin. Las fotos vitalistas que realizó Mapplethorpe en la isla y en Nueva York ayudaron a introducir el desnudo masculino erotizado en el canon fotográfico, pero nadie supo ver que esas instantáneas vaticinaban la llegada de un huracán.
En junio de 1981 aparecieron las primeras noticias sobre el VIH/sida en los medios. “Raro cáncer visto en 41 homosexuales“, tituló The New York Times el 3 de julio de ese año. John Dempsey rescata el testimonio de la aclamada fotógrafa Nan Goldin, que oyó hablar por primera vez sobre el mal llamado “cáncer gay” ese mismo verano mientras estaba de vacaciones en Fire Island: “Todos nos reímos. No sabíamos la magnitud del asunto”.
La enfermedad arrasó con la población homosexual de la isla. Dempsey recuerda en su libro cómo muchos lugareños heterosexuales y lesbianas se hicieron cargo y cuidaron hasta el final a los enfermos abandonados por sus familias.
El VIH/sida acabó con la vida de muchos miembros destacados de la comunidad artística neoyorquina que veraneaba en Fire: Robert Mapplethorpe, Peter Hujar, Horace Gifford… Pero la tempestad no consiguió apagar el fuego de la isla. Hoy, todo sigue igual que cuando empezó: los coches están prohibidos y llevar ropa es opcional. Muchos artistas siguen llegando cada verano a bordo de los ferris para descansar, crear, divertirse y amar sin límites.
“Nada se pierde mientras sea recordado”, decía el banquero Arthur Lambert, un asiduo de Fire Island. Las redes sociales recuerdan todo el tiempo la mística y la estética de la isla. Su imaginario está más vivo que nunca en Instagram, donde cientos de miles de hombres publican cada verano millones de fotos suyas posando en speedo, presumiendo de músculos bien definidos, amigos guapos y fiestas interminables. Antes, los “semidioses” solo habitaban en esa fina lengua de arena que se extiende frente a la costa de Long Island. Ahora están en todas partes, en cualquier piscina de un azul imposible, en cualquier playa de belleza inalcanzable.
l pintor Bernard Perlin y el fotógrafo Wilbur Pippin, retratados por Fred Melton en Fire Island, en 1948.Fred Melton (Cortesía de Phaidon y Estate of Fred Melton)

12 julio 2026

Grindr, ¿privilegio o condena?

Por LUISGÉ MARTÍN
SE LEE EN 3 MINUTOS


Hace unos días, un amigo gay veinteañero volvió a manifestarme su desasosiego por el modo de vida Grindr. Mi amigo usa la aplicación con el propósito –sincero– de encontrar un novio, pero solo encuentra sexo libertino y abundante.

No se queja solo de los demás, sino de sí mismo. “Es tan fácil y tan fantástico follar”, dice con gesto melancólico, “que uno no tiene fuerzas para dejar de hacerlo. Luego sientes arrepentimiento y dices que a partir de mañana vas a sentar cabeza, pero al día siguiente se ha esfumando el arrepentimiento y Grindr en cambio sigue allí, en el teléfono móvil”.

Mi amigo es resultón, pero no es un modelo de pasarela. Tampoco es un chico fácil: es exigente con sus amantes, los selecciona. Es decir, su ritmo frenético no tiene que ver con la belleza ni con la docilidad, sino con el sistema mismo. Este amigo ya me había contado antes sus penalidades sentimentales, pero no ha sido ni mucho menos el único.

A varios gays de entre veinte y cuarenta años les he escuchado reiteradamente contar lo mucho que necesitan el amor y lo complicado que les resulta conseguirlo en tiempos de Grindr por su propia incontinencia. Yo, que estoy ya cómodo en mi papel de anciano precoz, reacciono primero con una cierta indignación y luego, ya calmado, me pongo a filosofar.

La indignación tiene que ver con la historia de mi generación. Me pasa cuando me cuentan esto como le pasaba a mi abuelo cuando yo dejaba en el plato las verduras o el pescado que no me gustaba. “Con el hambre que pasé yo en la guerra”, me decía. Y eso les digo yo a mis amigos: “Con el hambre que pasé yo en la adolescencia, ¿cómo os podéis quejar de follar mucho?”.

Internet –y sus chats– empezaron a funcionar, de forma muy rudimentaria, cuando yo tenía treinta años. En aquellos tiempos, si chateabas se cortaba la línea telefónica: o usabas datos o usabas voz. Antes de eso, solo estaba el desierto: anuncios por palabras en revistas, a los que había que contestar por correo postal, o bares de ambiente. Los teléfonos inteligentes y las aplicaciones nacieron mucho después.

Grindr cumple en este mes de marzo [de 2019] diez años, y su función consistió en hacerlo todo mucho más fácil. Rápido, inmediato, cercano. En tu barrio o en la ciudad más remota del mundo, si viajas. A las tres de la tarde o a las cinco de la madrugada. A mí me daba rabia no haber tenido Grindr en mis noches juveniles de soledad. Sentía envidia de esa simplicidad con la que se puede llegar al sexo feliz, pero también a la compañía, a la aventura, a la tentación.

Cuando me pongo a filosofar, las confesiones de mis amigos me hacen dudar de si Grindr –o Scruff, o Wapo, o Hornet, o Tinder– son un privilegio o una condena. El arquitecto Mies van der Rohe acuñó una sentencia muy sabia que a veces es difícil de aceptar: “Menos es más”. Él hablaba de edificios, de minimalismo, de sencillez estética, pero vale para casi cualquier orden de la vida. Cuando las cosas son exuberantes, cuando son extremadamente fáciles, se pierde el placer de conseguirlas y hasta el goce jubiloso que proporcionan. Y esa es la penalidad mayor del ser humano: lo que es fácil, lo disfrutamos menos; lo que es difícil, en cambio, nos parece una delicia. Somos seres enfermos, no cabe duda.

Mi amigo veinteañero y yo estuvimos buscando soluciones a este desafío. Y encontramos una solución casi estalinista, pero seguramente eficaz. Los gobiernos, a nuestro juicio, deberían legislar para que las aplicaciones tuvieran un único mes de validez y luego un año entero de barbecho. Es decir, durante un mes puedes usarla libremente, pero al final de ese plazo empieza una cuarentena larga.

De ese modo, los que buscan promiscuidad perderían derechos civiles, sin duda, pero los que buscan amor tendrían por fin la oportunidad de encontrarlo. Yo, por si las dudas, y por si la reencarnación existe, prefiero tener Grindr a los veinte años. Es probable que la felicidad no mejore todo lo que uno es capaz de imaginar, pero el funcionamiento hormonal será sin duda mucho más saludable.

Publicado en la revista Shangay nº 507, el 22 de febrero de 2019

Lecturas relacionadas:
Foto por privado, Simon Chevrier
Analog (Cruising), Leo Herrera

03 julio 2026

Por qué los maricas necesitamos amigos maricas

La homofobia y las normas de género nos dificultan tejer amistades estrechas entre nosotros, pero cuando lo logramos mejora nuestra salud y nuestro bienestar

Por Jaime Sevilla Lorenzo

eldiario.es 2 de julio de 2026

Podemos acabar creyéndonos parte de esa imagen estereotipada que la homofobia genera sobre nuestro propio colectivo. Y eso nos aleja de él. Fotograma de la serie 'Looking' (HBO)

Cuando empecé a salir del armario en mi adolescencia, las primeras personas con las que me abrí a manifestar quién soy se llamaban Míriam y Ángela. Las primeras amistades que hice al llegar a la universidad, Virginia y Sandra. ¿La primera persona con la que cogí confianza en el trabajo que tuve durante más de ocho años? Cristina. Si todos estos nombres son femeninos, no es casualidad.

A lo largo de mi vida, he tenido mucha más facilidad para hacer amigas que para hacer amigos. No me pasa solo a mí: diría que es un patrón bastante habitual entre los maricas. ¿Por qué ocurre? Cuando se lo pregunto a Carlos Soto, experto en psicología afirmativa LGTBIQ+, hace lo que hacen a menudo los psicólogos: llevarnos a nuestra infancia. “Imagínate a tu niño del colegio o del instituto. Los primeros insultos que recibimos, el primer insulto de ‘maricón’, no suelen venir de las niñas. Suelen venir de los chicos heterosexuales”, analiza. “Tiene todo el sentido del mundo que nos sintamos más cómodos con las chicas, que es donde nos terminamos refugiando porque suelen aceptarnos mejor desde que somos pequeñitos”, añade.

Así que desde la infancia nos rodeamos de chicas para protegernos del rechazo y de la violencia. Y cuando nos hacemos mayores, supongo, aún tenemos interiorizado que ellas en general van a ser un espacio seguro, mientras que a ellos los podemos percibir como una amenaza.

Reconozco que a mí me ha costado un poco aprender a relacionarme con hombres heterosexuales, y no sé hasta qué punto lo he conseguido. A menudo, cuando conocía a uno, inconscientemente partía de cierto miedo a que fuera homófobo y me ponía a la defensiva hasta que me demostrase que no lo era. Lo que yo llamo presunción de homofobia. E incluso ahora, cuando los conozco más y rebajo esas barreras al constatar que no hay ese rechazo, no me resulta fácil desarrollar amistades profundas. Quizá no termino de sentir que los hombres heteros y yo hablemos el mismo idioma.

¿Y con los que no son heteros? Hasta pasados los treinta, tampoco tuve apenas amigos maricas. Hay quienes sí, desde muy jóvenes, forman grupos con otros chicos del colectivo con los que comparten sus vidas y salen por sitios de ambiente, pero no fue mi caso. Pregunto a Gabriele, uno de los amigos que sí tengo ahora, y me responde que le ha pasado lo mismo: siempre se ha relacionado más con mujeres. Me cuenta que en el pueblo pequeño del norte de Italia en el que se crió “no había otros maricas, que se supiera”. Después, en la universidad, sí conoció a otras personas LGTBIQ+, pero con ninguna de ellas desarrolló una amistad estrecha. En torno a los 25 años, se acercó a un grupo de gente del colectivo, pero no terminó de encajar con ellos: “Solo se juntaban para salir de fiesta. No eran mi rollo, no me aportaban mucho, así que me alejé un poco. Nunca les consideré de verdad como amigos”.

Por la consulta de Carlos Soto pasan a menudo chicos maricas que no tienen amigos como ellos. El psicólogo lo relaciona con los prejuicios que existen sobre el colectivo, que a veces calan en nosotros mismos: “Desde pequeño no tienes referentes, no conoces a muchos chicos gays. Entonces vas desarrollando las creencias falsas y negativas que te mete la sociedad, como que son todos unos guarros, que solo buscan sexo, que no pueden formar familias…”. Nos podemos acabar creyendo parte de esa imagen estereotipada que la homofobia genera sobre nuestro propio colectivo. Y eso nos aleja de él.

También ocurre a veces que, aunque hagamos amigos maricas con los que salir y hacer planes, nos cuesta desarrollar con ellos vínculos más profundos. Pese a que no seamos heteros, los problemas que implica la masculinidad nos atraviesan. Hemos crecido en un contexto social en el que, mientras a las mujeres se les exige que sean empáticas y cuiden a los demás, a los hombres se nos dice que nos mostremos fuertes o que no lloremos. Se nos educa más en la agresividad que en el cariño. Y aunque al aceptar nuestra orientación sexual y construir nuestra identidad podemos romper poco a poco con buena parte de las normas de género que nos han impuesto, seguramente hay cosas que están grabadas en lo más profundo de nuestra mente y aún nos queda trabajo para deconstruirlas. Quizá ese es uno de los motivos por los que nos resulta más difícil construir amistades estrechas entre nosotros: se nos ha preparado para ser menos cuidadores.

Mi sensación es que a las mujeres lesbianas no les ocurre tanto esto. Tienen otros problemas: la lesbofobia combina machismo y homofobia en un cóctel explosivo que no suma estas discriminaciones, sino que las multiplica. Pero creo que, al menos, haber recibido una educación que les empuja más hacia los cuidados y hacia la inteligencia emocional les puede ayudar a desarrollar redes de sororidad más fuertes.

Otro obstáculo para establecer vínculos profundos es la propia homofobia, que a veces nos lleva a construirnos un caparazón que luego nos cuesta romper. Carlos Soto me explica que, al sentirnos diferentes a los demás y sufrir rechazo o incluso acoso, tendemos a desarrollar “una baja autoestima y un miedo muy intenso a mostrarnos vulnerables”. “Y claro, ¿cómo voy a generar una intimidad si me da miedo mostrarme vulnerable? La base de la intimidad es la vulnerabilidad. Si he aprendido desde pequeño que al mostrarme vulnerable y ser quien soy me agreden, me pongo una capa de protección para evitar todo eso”, analiza.

Esa barrera que nos hemos construido dificulta que, cuando ya somos adultos, desarrollemos vínculos sanos: “No soy capaz de mostrarme como soy y empiezo a hacer un montón de estrategias para que no me dejen, para mostrarme superseguro... Entonces no se termina de generar esa intimidad real y las relaciones son más superficiales”, valora el psicólogo. Imagino que esto sí nos puede ocurrir a toda la comunidad LGTBIQ+ y no solo a los maricas.

Eso no quiere decir que estemos condenados a no tener amigos cercanos. “Que arrastremos esas heridas desde la infancia no significa que no se pueda trabajar ni que esto sea para toda la vida”, defiende el especialista. Pone en valor que “dentro del colectivo hay mucha resiliencia y mucha introspección”. Y destaca que “haber vivido todo lo que hemos vivido nos lleva a no ir por la vida sin cuestionarnos las cosas” y a “una introspección a la que a lo mejor alguien heterosexual a quien le han dado todo en la vida no llega”.

En mi caso, mi falta de amigos maricas ha cambiado en los últimos dos años. Tras una crisis de los 30 bastante significativa, empecé a quedar mucho con un amigo de una amiga. Comenzamos a ir juntos a shows drags, a compartir viajes… pero también a escucharnos, a apoyarnos, a acompañarnos en los bajones. Ahora es una de las personas más importantes para mí. También en esa época decidí apuntarme a una escuela de bachata y salsa sin roles de género, orientada a la comunidad LGTBIQ+. Unos meses después, ya había hecho ahí un grupo de amigos maricas que compartimos el disfrute de bailar y que, a la vez, nos cuidamos.

Para Gabriele, que es parte de ese grupo, también es la primera vez que desarrolla amistades estrechas con otros chicos gays, y es algo que necesitaba: “En los últimos años, empecé a pensar que hay muchas cosas de mi vida que, al compartirlas con otras personas, no las pueden entender de verdad porque no las viven. Si las comparto con mis amigas chicas, me van a dar apoyo, pero no conocen las dinámicas”, me explica. 

Y me recuerda un momento que vivimos hace poco algunos de esos amigos, en un largo viaje en coche en el que volvíamos de pasar un fin de semana bailando juntos en un festival de bachata y salsa. Ahí tuvimos una conversación profunda sobre problemas que vivimos específicamente los maricas. A todos nos reconfortó poder hablar de eso con gente a la que le pasan cosas parecidas. Gabriele lo agradece así: “Al encontrar a gente como vosotros me di cuenta de que es posible tener amistades verdaderas y compartir aficiones que no sean tóxicas con gente del colectivo. Es algo nuevo que descubrí y que no sé si veía posible, pero no lo daba por hecho o lo veía como algo difícil”.

Que estas amistades son importantes no solo lo pensamos Gabriele y yo: también lo dice la ciencia. “En la psicología, tener amigos del colectivo se define como un factor protector: algo que es beneficioso para nuestra salud, como hacer deporte o comer saludable”, me explica Carlos Soto. Señala que “hay estudios que demuestran que favorece nuestra salud de muchas formas”. Una de ellas es que “reducimos la homofobia interiorizada”, ya que conocer de cerca la realidad de otras personas ayuda a desmontar los prejuicios que nos crearon sobre las personas LGTBIQ+. Otra es que esas amistades contribuyen a proteger nuestra salud sexual: “Cuantos más amigos del colectivo, más acceso a información sexual”.

El psicólogo también destaca que esas otras personas “han vivido lo mismo que tú”, en referencia a procesos como la salida del armario, el miedo a contarle a tu familia quién eres o a perder amistades, el rechazo o el bullying. Apunta que compartir esas vivencias “genera una sensación de validación muy potente que no te puede generar alguien que no pertenece al colectivo y no lo ha vivido”. Y añade más beneficios psicológicos de tener amigos del colectivo: la existencia de referentes diversos que te abren la mente a imaginar diferentes maneras de vivir, que es “importante para la autoestima”; el sentimiento de pertenencia a una comunidad, algo que “todos los seres humanos necesitamos”; y la sensación de “poder ser tú mismo y expresarte como quieras sin ser juzgado ni seguir arrastrando esa fachada desde la adolescencia, lo cual se traduce en un mejor autoconcepto”.

Yo no conocía esos estudios científicos, pero sí he descubierto con mi propia experiencia que la llegada de estos amigos maricas a mi vida la ha mejorado sin duda. No sustituyen a mis amigas mujeres, esas mariliendres a las que intento cuidar tanto como me cuidan a mí y que siguen siendo una parte esencial de mi círculo. Más bien las complementan. Me permiten compartir risas, dramas y vivencias con quienes son como yo, hacen lo que yo y les pasa lo que a mí.

01 junio 2026

Para nunca volver

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El País, 29 de junio de 1996

Hace unos años participé lateralmente en una tentativa de traer de vuelta a España al gran Miguel de Molina, que llevaba medio siglo viviendo en Buenos Aires, en una casa del barrio de San Telmo de la que cuentan quienes la visitaron que era un museo y un mausoleo barroco a la memoria de su dueño, un delirio kitsch de recuerdos de la canción española. Había un proyecto de traer de vuelta a aquel exiliado que no quiso volver cuando volvieron casi todos, de rendirle un gran homenaje y de publicar sus memorias, pero al final todo aquello quedó en nada, y no sólo por el motivo irreparable de que Miguel de Molina se murió, sino porque se notaba mucho que no estaba nada seguro de volver, que seguía sin fiarse del país del que había tenido que irse después de que unos violentos señoritos fascistas lo apalearan hasta casi matarlo por el doble delito de ser republicano y homosexual.

España, según su historia, es una madrastra cruel que de vez en cuando expulsa a sus hijos, pero que también sabe maltratarlos y renegar de ellos cuando sus hijos sobreviven y vuelven. A principios de los años sesenta, la actriz Margarita Xirgu, que había sido el alma de la renovación del teatro español durante la República y había estrenado a García Lorca, a los Machado y a Manuel Azaña, quiso volver del Uruguay, donde había recibido durante mucho tiempo la hospitalidad incondicional y generosa de los montevideanos, y cuando estaba a punto de conseguir el pasaporte español, César González-Ruano, con toda su bilis vengativa de gángster fascista, escribió un artículo infame en el que la llamaba "La Roja", y en el que pedía que no se le permitiera volver a España. Tuvo éxito, y Margarita Xirgu no volvió, y murió y fue enterrada en Montevideo, que es una de las ciudades más hospitalarias y habitables que uno puede visitar, y al morir allí cumplió exactamente lo que dice un verso de guerra de Antonio Machado: "Sólo la tierra en que se muere es nuestra".

Parece que hay una mala leche netamente española, una voluntad de hacer daño que se ceba en los que han perdido o en los que no pueden defenderse o en los que simplemente tienen demasiada educación como para enredarse en las diatribas tabernarias que aquí pasan por polémicas intelectuales. Miguel de Molina, que es uno de los grandes maestros de la cultura popular española, que cantaba con una modernidad a la que jamás se aproximaron ni Concha Piquer ni Antonio Molina (por no hablar de ciertas momias franquistas que todavía aparecen dando tumbos, embalsamadas y operadas, en los programas más impresentables de la televisión), había sufrido demasiado en España como para fiarse de las buenas palabras, así que prefirió quedarse a morir majestuosamente en Buenos Aires, solitario en su mausoleo magnífico del barrio de San Telmo, con sus sortijas de oro, sus camisas bordadas y sus programas ajados de glorias antiguas, inaccesible a la mala leche de sus peores paisanos. Uno puede pensar que exageraba en su desconfianza, que España ha cambiado mucho en los últimos años, pero a veces se leen o se escuchan cosas que me hacen darle amargamente la razón: un conocido premio Nobel gustaba de hacer bromas en público sobre la enfermedad que llevó a la muerte a Jaime Gil de Biedma, y el otro día, un columnista señorito y sevillano de la escuela de la gracia venenosa de González-Ruano, escribía en un periódico, con su conocido gracejo, que en estos tiempos, para ser poeta ya no hacía falta ganar el premio Adonáis, que ahora lo que se necesita es "coger un sidazo" (sic).

Esta claro que a un país así no se puede volver, y desde luego es muy dudoso que en él se pueda vivir. Si alguien puede reírse groseramente en público de los enfermos, o de los homosexuales, o de quienes padecen una minusvalía física --hay columnistas cuya máxima gracia es llamar jorobado a Ludolfo Paramio, por ejemplo--, entonces hay que darles la razón a los que se fueron y nunca quisieron volver. Hace unos años, cuando unas cuantas personas bienintencionadas se empeñaron en traerlo de vuelta a España, Miguel de Molina les dijo tenaz y educadamente que no, y poco tiempo después confirmó su negativa con el gesto soberano de morirse. Ahora, en su barrio natal, se está intentando erigirle un monumento a Miguel de Molina, y según se cuenta en estas páginas la suscripción popular para costearlo asciende por ahora nada menos que a 2.000 pesetas. Llevaba razón Machado: sólo la tierra en que se muere es nuestra. La otra tierra, aquella que nos ha expulsado, sólo acaba de admitir el regreso cuando se vuelve callado y a ser posible muerto. Si para su gloria póstuma sólo se han recaudado 2.000 pesetas, Miguel de Molina hizo muy bien en querer morirse en Buenos Aires. ●

Vídeo relacionado: 
Exposición Vestuario de Miguel de Molina, Bienal de Flamenco de Sevilla, 2012

17 febrero 2026

“No latinos, no asiáticos, no gordos, no pluma... hay gente en Grindr que hace mucho daño”: cómo una ‘app’ moldeó la vida sexual de una generación.

Diversos artículos, ensayos y usuarios se quejan de que la popular aplicación de citas para gente ‘queer’ ha cambiado, para mal, las relaciones sexuales. Pero otras voces señalan que la tecnología solo refleja la sociedad.

Por MARITA ALONSO

ICON, 17 de febrero de 2026

Grindr

Mientras que la caída de suscriptores, descargas y valor de Tinder o Bumble indica que las aplicaciones de citas se encuentran en un momento delicado, Grindr, la aplicación basada en geolocalización creada en 2009 por el empresario Joel Simkhai para conectar a la comunidad LGTB, vive un gran momento, aunque sus usuarios lleven meses quejándose de que su versión gratuita es un infierno de usabilidad. Así lo indica un análisis de GfK DAM, medidor oficial del consumo digital en España, que señala que Grindr congrega a 635.600 visitantes mensuales, un 30% más que el año anterior. “Aunque no lidere en usuarios únicos, el uso de Grindr es muy intensivo, siendo el sitio donde más tiempo pasan los usuarios: 10 horas y 12 minutos mensuales por persona”, apostillan.

Toda una generación de hombres queer ha comenzado a explorar su vida emocional y sexual a través de la aplicación, y son muchos los famosos que han hablado acerca de sus experiencias con ella. (...) Precisamente en Le Monde Alice Raybaud escribió recientemente un reportaje sobre cómo Grindr moldea la sexualidad de los jóvenes homosexuales y cómo cuestionan la influencia que la plataforma y sus normas machistas tuvieron en su desarrollo emocional.

“En el mundo gay, el cuerpo es una moneda. Todo gira en torno a la carne: torsos, filtros, roles. La validación se mide en miradas, matches y metros de distancia. Nos educaron para competir por deseo, no por ternura. En el mercado del cuerpo, pedir afecto suena a fallo del sistema”, señalan desde Untoxic Mag. “Como si la necesidad emocional fuera una grieta que hay que ocultar. Pero el cuerpo también tiene memoria, y lo que pide no siempre es placer: a veces es calor, cuidado, presencia. No hay algoritmo que sustituya esto”, dicen.

Matías C, cirujano, comenta a ICON que Grindr es una aplicación en la que se ha normalizado la violencia. “Te preguntan sin decir ‘hola’ cuál es tu nacionalidad, cuánto te mide el pene y si eres activo o pasivo. Recibir vídeos de gente follando o fotos pornográficas de primeras, sin haberte siquiera saludado, es violento”. Las normas de Grindr, eso sí, piden a sus usuarios que solo envíen este tipo de material cuando hay consentimiento y la otra persona las ha pedido o ha aceptado verlas. Otra cosa, claro, es que las normas se cumplan.

“Me considero muy sexual, pero esto no tiene nada que ver con la libertad”, continúa Matías C. “Este no es un mensaje moralista: me encanta el sexo y me gusta disfrutar de él activamente. Pero para follar, necesito unos mínimos. Me interesa saber el nombre de esa persona y asegurarme de que me voy a sentir cómodo y de que voy a un espacio seguro”.

Añade que, como todas las aplicaciones, Grindr es una factoría de crear necesidades. “Todo el mundo habla de morbo y de fetiches pero en realidad, son cadenas y necesidades creadas por el patriarcado. Por descontado, los cuerpos que abundan en la aplicación son normativos y se hace apología de ellos. ¿Qué maricón no tiene un entrenador o está apuntado al gimnasio hoy por hoy?”, se pregunta.

17 años después de su lanzamiento, la aplicación se ha convertido en un fenómeno tan cotidiano como polémico. Grindr ha cambiado la manera de encontrarse y de desear en la era digital, pero junto al éxito está presente el debate: muchos le atribuyen haber impulsado una cultura de lo inmediato, donde los encuentros casuales se volvieron norma y las reglas del juego cambiaron para siempre. Publicaciones como Dazed se llegaron a preguntar, en 2024, si más que cambiar el sexo entre hombres, lo había arruinado para siempre. Al mismo tiempo, las críticas señalan que la plataforma no ha escapado a las tensiones del mundo real: dinámicas de poder, estereotipos y desigualdades —ya sean patriarcales, raciales o de clase— también encontraron allí su reflejo. En ese cruce entre libertad, tecnología y controversia, la aplicación sigue marcando el pulso de una generación.

“Hemos sido educados con la idea de que podemos escoger lo que queramos cuándo queramos y cómo queramos”, explica otro usuario llamado Javier, que se dedica al periodismo. “Y por eso al final el uso que se hace mayoritariamente de Grindr es el de una hookup application [aplicación para un polvo], pero no nació en principio para eso, sino porque vivíamos en una situación de estigma. Se ha convertido en una aplicación en la que los hombres nos olvidamos de que estamos hablando con un ser humano que tiene sentimientos, que puede buscar cosas diferentes o que tiene necesidades mucho más amplias que el sexo rápido y superficial”. Alude también a los mensajes que muchos usuarios escriben en sus biografías. “Ponen textos que pueden hacer sentir mal a la gente. Yo estoy seguro de mí mismo: sé lo que tengo y lo que no tengo, pero hay perfiles en los que ponen mensajes como ‘no latinos’, ‘no asiáticos’... Pueden estar haciendo daño a mucha gente que puede estar viviendo un drama o tener complejos”, asegura.

Manuel J. Romero, periodista, añade entonces que quien no tenga un cuerpo normativo, ha de estar “muy preparado mentalmente para entrar en Grindr”. “Estás dando el paso adelante de intentar conocer a alguien cuando ya de por sí, con tu físico, es complicado en la vida real. Abres Grindr y te encuentras un sitio hostil. Pero no solo hostil ante tu ejecución: ocurre que le escribes a alguien y te responde ‘no, gordo’; sino que incluso te atacan sin venir a cuento”, comenta a ICON. “He recibido muchos mensajes peyorativos de gente que sin decir ni hola, te envía mensajes desagradables. Desde el pasivo agresivo ‘qué lástima; si perdieras unos kilos, serías guapísimo’, hasta de forma muy directa: ‘no sé qué haces aquí, estás ocupando espacio para que me salga otro que no esté gordo’ o directamente, cosas como ‘qué asco de gordo’. Aprendes a no darle importancia con los años, pero te mina la moral. Yo hace años que no me atrevo a quedar con nadie sin decirle antes y de forma muy concreta mi tipo de cuerpo”, confiesa.

Jordi S., informático, señala que que aunque la aplicación promueve ciertos estereotipos, es algo que se ha convertido en una dinámica del colectivo más allá de las pantallas. “Los comentarios no han sido mi problema particularmente. En Grindr suele reinar la ley del silencio si no entras dentro del gusto de otra persona. Pero es cuestión de tiempo darte cuenta de que te conviertes en un kink [un fetiche]. Si alguien te habla es porque tu condición es el fetiche de esa persona, no por la persona que eres. Y la sensación acaba siendo de conformidad. Si no eres normativo, tienes que conformarte con quien te decida hablar. No hablemos ya de que al convertirte en fetiche, es raro que alguien decida mantener contacto después de que pase algo. Satisfecho el fetiche, no aportas más a esa persona”, explica.

Javier alude también a los perfiles en los que se especifica que no se buscan hombres con pluma. “Nos han inculcado tanto que tenemos que ser machos alfa, que se castiga la feminidad. También es habitual que te pregunten cuánto te mide el pene antes de quedar. Pues cariño, no lo sé, no tengo 15 años, no me lo mido…”, asegura.

El escritor Nando López indica que la plumofobia no es más que una forma lamentablemente extendida de machismo y de homofobia. “Por desgracia, está presente también dentro del colectivo. Lo único que sucede en Grindr es que, con la falsa coartada de los gustos sexuales, hay quien expresa de manera explícita esos prejuicios que, en su discurso habitual, no verbalizaría. Pero no creo que la plataforma fuerce una mentalidad, solo la transcribe. Es a nosotros a quienes nos corresponde cambiarla”, dice.

Thibault Lambert, autor de Ce que Grindr a fait de nous (JC Lattès, 2025) (Lo que Grindr nos ha hecho), asegura que al escribir el ensayo y hablar con profesionales de la salud, médicos, psicólogos y sexólogos sobre la aplicación, todos le comentaron que Grindr era un asunto omnipresente en sus consultas. “Tanto, que parecía que fuera un paciente más”, dice.

Nando López quiere remarcar que las plataformas no son más que un vehículo cuyo funcionamiento depende del uso que les damos y, en la actualidad, la cosificación y la hipersexualización son dos problemas que afectan a nuestra manera de generar vínculos dentro y fuera de Grindr. “No basta con atribuir a una app el problema de la deshumanización en nuestras relaciones, algo que no solo afecta al colectivo, sino que está presente en todas las orientaciones sexo-afectivas. Debemos hacer un análisis mucho más profundo, pues esas apps nacen de una sociedad en la que hasta el afecto y el sexo se viven desde una perspectiva ultracapitalista, en la que consumimos cuerpos como si fueran otro objeto más. Y eso responde a una dinámica y a un modelo de pensamiento mucho más complejo y profundo en el que apps como Grindr o Tinder no dejan de ser un engranaje de ese sistema”, añade.

Lambert comenta que el objetivo no es que los hombres se desinstalen en masa Grindr, sino intentar emplear la aplicación de forma razonable, sin sufrir por ello. “No debemos olvidar que Grindr puede ser una gran herramienta para conocer gente, especialmente cuando eres joven en un entorno donde la homosexualidad no es habitual o donde conocer gente no es fácil”, asegura. “Es cierto que muchas veces se nos olvida que no todo el mundo dentro del colectivo vive en espacios visibles y seguros, de modo que la existencia de este tipo de aplicaciones les permite conocer gente en entornos donde esa visibilidad no es una realidad absoluta”, matiza López.

Lambert considera que lo interesante sería intentar comprender por qué esta aplicación, esencial para muchos hombres, causa al mismo tiempo tanto sufrimiento. “Me parece un poco utópico esperar un Grindr mejor en un futuro próximo. Grindr tiene todo el interés en no moderar excesivamente el contenido, porque eso es precisamente lo que hace atractiva a la plataforma. Hay cierta libertad de tono y existe la posibilidad de mostrar búsquedas muy precisas e incluso casi intransigentes. Sigue siendo responsabilidad de los propios usuarios denunciar comentarios ofensivos o hasta ilegales”, explica. “No habrá un Grindr mejor hasta que haya un cuestionamiento comunitario e individual de nuestra concepción de la masculinidad, de lo que es un cuerpo deseable y de la fetichización que opera en nuestras dinámicas deseadas. Necesitamos cuestionar nuestros deseos y cómo afectan a nuestros encuentros”.

01 febrero 2026

‘Más que rivales’ o el fenómeno que cambia las reglas: ¿por qué tantas mujeres disfrutan con los romances gais?

El éxito, en papel y pantalla, de la ficción sobre dos jugadores de hockey que son amantes secretos crea un nuevo paradigma que se extiende hasta el porno: muchas mujeres se sienten más cómodas ante la intimidad de dos hombres.

Connor Storrie y Hudson Williams en 'Más que rivales'.

Por Silvia López

El País, 31 de enero de 2026

Las de mediana edad, las adolescentes, las lesbianas, las heterosexuales, las europeas y las americanas. Todas parecen haberse puesto de acuerdo en una compartida obsesión por Heated Rivalry, la serie sobre una acalorada y prohibida relación entre dos jugadores de hockey que llegará a España el 5 de febrero a Movistar Plus+ bajo el título Más que rivales.

Llegamos dos meses tarde a un fenómeno global, ya que la ficción audiovisual canadiense se estrenó simultáneamente en varios países el pasado 28 de noviembre. Parte de la crítica ha reaccionado entusiasmada por la masculinidad no tóxica de la serie. The New York Times la ha llamado “la próxima frontera de la cultura gay” y en la web de Roger Ebert, Kaiya Shunyata ha escrito “la química de [Hudson] Williams y [Connor] Storrie es tan intensa que rivaliza con la de Bogart y Bacall”. Los usuarios de IMDb han llegado a proporcionar un histórico 10 sobre 10 a un episodio de la serie -concretamente el quinto, I’ll Believe in Anything, que en el momento de publicación de este artículo está en un 9,9-. Ha sido el único en la historia de la televisión capaz de​ empatar en esa perfección con Ozymandias, de Breaking Bad. En Estados Unidos y Australia ha sido la segunda serie más vista en HBO Max cada semana desde su estreno.

“Para ellas, es posible que las relaciones entre hombres representen vínculos mucho más igualitarios e intensos. No es tanto una fantasía sexual como una fantasía relacional, porque el deseo femenino hoy se ha convertido en algo menos posesivo y más libre.”

Pero lo llamativo del culto a Heated Rivalry es el altísimo porcentaje de mujeres que lo profesan. De hecho, desde que se estrenó la serie, uno de los grandes trends globales en Instagram y TikTok consiste en mujeres de diferentes edades grabadas mientras reaccionan a las tórridas escenas protagonizadas por Shane Hollander e Ilya Rozanov, interpretados respectivamente por los actores Hudson Williams y Connor Storrie.

Connor Storrie y Hudson Williams también aparecen
de vez en cuando vestidos en 'Más que rivales'.

Más que una rareza, la adicción de las mujeres a Heated Rivalry es la confirmación de una tendencia: ellas consumen gay romance tanto o más que ellos. Y con más pasión. Lejos de penalizar este tipo de contenidos, el femenino del plural adora las escenas eróticas y las tribulaciones románticas entre varones, ya sea en plataformas televisivas, ya sea en libros. E incluso si hablamos de pornografía.

“Estos protagonistas expresan deseo, miedos y conflictos internos, conectando mucho con el anhelo de vínculos más intensos, emocionales y pasionales que muchas quisieran poder establecer con sus propias parejas.”

Según una investigación realizada en la Universidad de Middlesex, Male gays in the female gaze: women who watch m/m pornography (Hombres gays ante la mirada femenina: mujeres que ven pornografía entre chicos), el 82% de las mujeres que consumen porno aseguran que las escenas entre hombres son sus preferidas. La investigadora que condujo la encuesta, Lucy Neville, explicó en las conclusiones a su estudio que el fenómeno se debía a “la forma en que las mujeres percibían el trato y/o la explotación de las mujeres en el porno heterosexual, la invisibilidad del placer femenino, el hecho de que identificarse con la actriz femenina les hacía menos capaces de disfrutar del erotismo de mirar, y el hecho de que la mayor parte del porno heterosexual les invitaba a ver los actos sexuales desde una perspectiva masculina, destacando la forma en que la cámara tendía a detenerse en la anatomía femenina y que los hombres en el porno heterosexual eran feos y desenfocados en el mejor de los casos, y solo un pene incorpóreo en el peor”.

George R.R. Martin ha asegurado que le llega cierta petición insistente para la saga Canción de hielo y fuego, en la que se basa la serie Juego de Tronos: “He recibido cartas de personas que me piden que escriba, particularmente, escenas de sexo explícito entre hombres. Y la mayoría de las cartas son de mujeres”. Rachel Reid, autora de las novelas en las que se basa Heated Rivalry (que aún no se han publicado en España), explicó a The Hollywood Reporter que “muchas de mis lectoras prefieren que no haya una mujer en el libro debido a su propio pasado, generalmente oscuro, relacionado con el sexo con hombres. Prefieren sumergirse en una fantasía donde no hay nadie con quien puedan identificarse directamente. No quieren involucrarse en estas escenas de sexo. Simplemente se sienten más seguras”.

Kit Conner y Joe Locke en un episodio de la primera temporada de 'Heartstopper'.

A la espera de si en España se repite o no el fenómeno de los libros y la serie canadiense, sí que podemos constatar un éxito con similares mimbres (autora, lectoras y espectadoras femeninas). Se llama Heartstopper, parte de una novela gráfica firmada por Alice Oseman y en 2022 se convirtió en una de las series más vistas de Netflix. Sus protagonistas eran Charlie y Nick, dos adolescentes británicos. Cristian Escudero, editor de Crossbooks, sello que la publicó en España, explica a ICON: “Siempre hemos notado este interés de las lectoras femeninas por el gay romance. Con Heartstopper vimos algo único en esta obra, una sensibilidad que podía atrapar a todo tipo de público, y es lo mismo que ahora ha podido replicarse con otra ficción. Nuestro público objetivo son adolescentes y mujeres jóvenes, abiertas a este tipo de narrativas”.

Animados por ese éxito, el sello ha traducido otros fenómenos como La casa en el mar más azul de TJ Klune o la Los desamores de un drama king, de Harry Trevaldwyn. “Esta atracción puede darse no solo por la calidad de estas obras, que las convierte en universales, sino también por la posibilidad de ver una introspección sentimental que les gustaría ver también en los hombres de su vida”, reflexiona Escudero.

Coincide con él la psicóloga y sexóloga Silvia Sanz: “Estas historias muestran a hombres sexualmente accesibles, contrario a lo que solemos encontrar en las ficciones heterosexuales. Estos protagonistas expresan deseo, miedos y conflictos internos, conectando mucho con el anhelo de vínculos más intensos, emocionales y pasionales que muchas quisieran poder establecer con sus propias parejas. No es tanto la orientación sexual, sino ese modelo de amor igualitario y emocionalmente más rico”.

Joe Locke y Kit Connor en un episodio de la segunda temporada de 'Heartstopper'.

Sanz no considera una paradoja que las mujeres disfruten del romance y las escenas sensuales entre hombres, sino que es el resultado de la confluencia de varios factores psicológicos, sociales y culturales. “En primer lugar, muchas conectan más con estas historias porque eliminan esa desigualdad de genero que normalmente suele aparecer en la narrativa romántica heterosexual, esas dinámicas de poder que a menudo están asociadas al rol femenino de sumisión, dependencia… Esto permite a la lectora o espectadora vivir esa ficción desde un lugar más libre, mucho más seguro a nivel emocional”, señala Sanz.

Y hay más, según la experta: “Esas historias en general suelen centrarse mucho en esa intimidad más emocional, en la comunicación afectiva, en la vulnerabilidad… Y todos estos aspectos las mujeres los valoran mucho y se sienten identificadas, valores que a menudo no están tan bien representados en contenidos heterorrománticos”.

Por último hay un factor no menos importante: el sexo en sí. Aparte de las riqueza de las dinámicas románticas del gay romance, las mujeres también disfrutan de su tono erótico: las escenas de sexo o las miradas en las duchas de Heated Rivalry se han convertido ya en gifs que calientan el invierno en redes sociales y grupos de WhatsApp. “Al eliminar de la escena el cuerpo femenino, se elimina el factor de autoexigencia y comparación que muchas mujeres no pueden evitar sentir ante otras mujeres. Esto permite que dejemos volar más la imaginación y las fantasías. Nos podemos centrar simplemente en el placer sin que salte el resorte que nos lleva a autoevaluarnos”, explica la sexóloga.

Quizá sean todos estos motivos los que explican otro singular fenómeno que va más allá del consumo de contenido gay: en sus relaciones parasociales, las mujeres ya no penalizan con falta de interés romántico que sus ídolos sean homosexuales. Esto fue algo que durante décadas hizo que muchas estrellas, especialmente del cine y la música, no revelasen su homosexualidad: los grandes ejecutivos consideraban que si la ilusión de un romance con su ídolo moría al saber que su ídolo prefería a los hombres, sus seguidoras dejarían a su ídolo de lado. Hoy, sin embargo, una estrella puede seguir siendo una estrella a pesar de haber salido del armario. Desde Ricky Martin a otros que jamás han estado en él, como Troye Sivan, Lil Nas X o Frank Ocean, que se identifica como bisexual.

Lo que no era habitual hasta hace no tanto es que actores como Matt Bomer, Luke Evans o Jonathan Bailey, quienes han reconocido abiertamente su homosexualidad, sigan desarrollando con éxito unas carreras plagadas de personajes heterosexuales con numerosas escenas muy subidas de tono (véase Los Bridgerton) con sus coprotagonistas femeninas, algo con lo que Anthony Perkins, Montgomery Clift o Rock Hudson no pudieron ni soñar.

”Estamos viviendo un cambio en la forma en la que las fans experimentan su deseo. Algunas ya no necesitan experimentar proyección y la fantasía del podría ser para mí. El deseo ahora ya no depende de esa posibilidad, y un ídolo nos puede resultar atractivo aunque sepamos que es gay porque premiamos más la autenticidad y otra forma de expresar emociones, sin necesidad de esa fantasía de disponibilidad sexual. Algunos, al salir del armario, aumentan su atractivo porque es un gesto que conecta con valores muy eróticos, como el reconocimiento de la valentía, la honestidad o la coherencia, valores muy atractivos para las mujeres”, asegura la psicóloga y sexóloga.

Esta conexión ente fandom femenino e ídolos gays alcanza su cima en el caso de ciertos artistas que han declarado ser heterosexuales, pero que tienen un importante sector de seguidoras a las que les encantaría que se declarasen gais. Como si eso los fuese a convertir en personajes más interesantes para ellas. Entre los casos más paradigmáticos están Shawn Mendes o Harry Styles, del que existe todo un universo de relatos románticos que lo une a su excompañero de One Direction Louis Tomlinson. Tanto que el propio Tomlinson ha hablado, con cierto humor, de ello.

“Para ellas, es posible que las relaciones entre hombres representen vínculos mucho más igualitarios e intensos. No es tanto una fantasía sexual como una fantasía relacional, porque el deseo femenino hoy se ha convertido en algo menos posesivo y más libre. Hoy se desea la conexión, la emoción y la autenticidad”, concluye Silvia Sanz.