Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
El País, 29 de junio de 1996
Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
El País, 29 de junio de 1996
De la colonia penitenciaria de Tefía a las terapias aversivas de los setenta, nuevos ensayos, novelas, cómics, películas y series investigan la brutal persecución y represión del colectivo LGTBI durante la dictadura.
Por ALEX VICENTE, El País, 20/12/25
Durante décadas, el franquismo convirtió el deseo homosexual en delito, la intimidad en expediente psiquiátrico y la diferencia sexual en sinónimo de peligrosidad pública. Hubo redadas, centros de clasificación como el de Carabanchel y cárceles como la de Badajoz, donde se separaba a activos y pasivos, tras examinar la anatomía más íntima de los detenidos, para impedir cualquier posibilidad de penetración. Existieron colonias penitenciarias como la de Tefía, donde se encerraba a los invertidos que se atrevían a salirse de la norma. Y, ya casi en los setenta, algunos médicos se empeñaron en corregir la desviación a golpe de electroshock. Cuando el régimen empezó a resquebrajarse, esa violencia no se evaporó. Cambió de forma, se desplazó a nuevas instituciones y, pese a los avances legislativos, dejó una estela de miedo y silencio que se alargó hasta no hace tanto, si es que ya ha terminado.
Desde que el debate sobre la memoria histórica entró en la conversación pública hace un par de décadas, ese mutismo se ha ido reduciendo. En los últimos tiempos, hemos visto llegar una ola de novelas, ensayos, cómics, películas y series que narran e investigan la persecución y la represión de la población LGTBI durante la dictadura, así como su prolongación en el periodo democrático. No son solo testimonios, sino también gestos de restitución, que devuelven la dignidad a quienes el régimen redujo a la categoría de “vagos y maleantes” y obligan a observar el engranaje que hizo posible esa brutal cacería. El fenómeno dialoga con las políticas contemporáneas de memoria y con el nuevo interés social por los relatos de reparación. Pero también funciona como advertencia: si ya ocurrió una vez, puede regresar de formas menos ostentosas, pero igual de eficaces.
En el reciente ensayo Sexo en el franquismo (Almuzara), que recorre las costumbres eróticas de los españoles durante cuatro décadas de dictadura, el sociólogo Manuel Espín accede al asunto por un umbral original: el escaparate de la camaradería viril, esos espacios exclusivos para hombres, del cuartel al gimnasio, donde el culto a la hombría dejaba entrever un evidente homoerotismo.
“Los regímenes fascistas exaltan el cuerpo masculino y la disciplina física, pero ese mismo ideal de virilidad termina generando una tensión que se niega a sí misma”, explica Espín. Mientras tanto, el régimen perseguía con ferocidad a los homosexuales, tildados de “viciosos y pervertidos”, que se exponían a detenciones, fichas policiales, encarcelamientos e incluso al internamiento en correccionales. Aunque, más que la sanción administrativa, pesaba el estigma social que la acompañaba. “En el Reino Unido la homosexualidad estuvo prohibida hasta los años cincuenta, pero existían niveles de tolerancia. En Francia, también hubo cierta permisividad. En España eso no se da, porque la represión social es mayor. La gente no temía tanto la multa o la noche en la cárcel como la vergüenza. Que una persona fuera señalada en una de estas situaciones suponía la muerte social en vida”.
La condena moral, con la Iglesia católica como sostén doctrinal del régimen, acabó convertida en texto legislativo. En 1954, Franco firmó una reforma de la Ley de Vagos y Maleantes que incorporaba a los homosexuales en la lista de individuos peligrosos para la sociedad, junto a mendigos, proxenetas o rufianes. El texto permitía su reclusión en cárceles o colonias “de trabajo” por un periodo de hasta cinco años prorrogables y la imposición de oscuras medidas de “vigilancia especial”. Ya en el tardofranquismo, las descargas eléctricas y otros tratamientos que prometían erradicar la homosexualidad fueron avalados por Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos del Ejército franquista, o Juan José López Ibor, referente de la psiquiatría nacionalcatólica, convencidos de que se trataba de un trastorno corregible.
El historiador Javier Fernández Galeano, profesor de la Universidad de Valencia, lleva casi dos décadas investigando la represión del colectivo. En 2025, ha publicado dos ensayos sobre la cuestión: Obscenidad queer (Bellaterra), donde sigue el rastro de lo que el régimen consideraba indecente en expedientes judiciales e informes de censura, y Gestos en la noche (PUV), a partir de los expedientes de peligrosidad social en la Comunidad Valenciana. “Al principio costó tratarlo como un tema de investigación, porque se consideraba una experiencia muy minoritaria y no se veía como un asunto legítimo”, afirma el profesor, que hizo su doctorado en la Universidad de Brown, uno de los centros de la prestigiosa Ivy League, porque nadie en España se interesaba por el asunto. Por eso, los primeros estudios llegaron desde el periodismo y no desde la academia: ahí está El látigo y la pluma, de Fernando Olmeda, ensayo ya clásico de comienzos de los dos mil, que Dos Bigotes, sello especializado en temas queer, reeditó en 2023.
Para Fernández Galeano, el punto de inflexión llegó con la apertura de los archivos, medio siglo después de los delitos. El historiador descubrió en ellos un catálogo de represión, pero también una huella involuntaria de la existencia de una profusa subcultura homosexual y transgénero. “Por un lado, es esencial conservarlos para denunciar una política sistemática de penalización de la disidencia sexual, que imponía una imagen distorsionada del colectivo”, dice Fernández Galeano. “Y, al mismo tiempo, aunque la burocracia actuara con violencia y humillación, esa tenacidad al documentar sus vidas recogió trazos materiales que de otra forma se habrían perdido: cartas, fotos, testimonios… Hay que aprender a leer entre líneas, a escuchar los susurros de lo que se dice sin decir. Como decía Foucault, la represión saca a la superficie relaciones que de otra manera permanecerían invisibles”. De esos documentos en archivos municipales y regionales emerge una cartografía de lugares de encuentro, rituales de identificación e iconos culturales y eróticos.
En España, el control de la población LGTBI tuvo una rigidez particular, porque la persecución se manifestaba también en el día a día. “Existía un entramado institucional dirigido a asegurar la conformidad social. Cuando se detenía a un homosexual, testificaban el párroco, el alcalde, la Guardia Civil, la policía, el empleador y los vecinos”, subraya Fernández Galeano. La vigilancia se ensañó con transexuales y travestis, que se empezaron a identificar con ese nombre a finales de los sesenta. “La pluma era la alerta que llamaba la atención de la policía, sobre todo en ciudades como Barcelona o Madrid, en conexión con el mundo del espectáculo y el trabajo sexual”, explica el historiador. Ahí se concentraban las detenciones, cortando las redes de solidaridad que empezaban a tejerse: “El objetivo era claro: evitar que se consolidara una cultura propia, basada en el apoyo mutuo y la aceptación social”.
En los últimos años, el estudio de esa represión se ha ido filtrando en la ficción, convirtiendo en más accesible un material áspero por definición. Sin ser el tema principal del libro, dos de los personajes de La península de las casas vacías (Siruela), José y Jacobo, primos y soldados en el bando republicano, vivían una historia de amor clandestina. Mientras tanto, Nando López relata en Los elegidos (Destino) la historia de Santos, un joven bibliotecario y director de un grupo de teatro universitario, y Asun, una cantante de copla que renuncia a los escenarios para casarse con él. Tras esa fachada de matrimonio convencional se esconde una verdad clandestina: Santos es homosexual y ese matrimonio, en pleno franquismo, es su manera de sobrevivir justo cuando la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes convierte a los hombres de su condición en delincuentes.
Para el autor, la proliferación de relatos sobre el colectivo LGTBI en tiempos de dictadura también habla de las ansiedades del presente. “Antes de escribirlo, sentí que había derechos conquistados que volvían a peligrar, con el auge de la extrema derecha, y comprendí que parte de esa vulnerabilidad venía del desconocimiento de la historia”, afirma López, escritor y dramaturgo nacido en 1977. Por eso, más que recrearse en el aparato represivo, la novela habla de los mecanismos cotidianos de control. “Para algunos fue peor el estigma que la represión física”, dice el escritor, que quiso sacar su relato de un nicho de mercado para llegar a un público muy amplio. “Si solo nos contamos nuestras historias entre nosotros, caemos en la endogamia. Igual que durante años el colectivo tuvo que reflejarse en historias heterosexuales, ahora me gustaría que los lectores heterosexuales se reflejaran en las nuestras”. La novela ya va por su quinta edición y se prepara una adaptación al cine.
En Una luz tímida (Seix Barral), Àfrica Alonso rescata del silencio la historia de Isabel y Carmen, dos maestras que vivieron su amor en la clandestinidad durante el franquismo. La novela, inspirada en su propia obra teatral de 2020, surge de una necesidad. “No encontraba este tipo de historias en la cartelera. Sentí la urgencia de dar voz a quienes murieron sin que nadie conociera su historia”, sostiene Alonso, que se basó en una historia real que tuvo lugar en Catarroja, cerca de Valencia.
Las mujeres lesbianas padecieron un tipo específico de represión. Apenas aparecían citadas en las leyes, sobrevivían camufladas en la amistad y el sigilo, se reconocían con claves mínimas (“¿eres librera?”), y solo asomaban con más nitidez en los márgenes de ciertos círculos culturales. Si la homosexualidad masculina se interceptaba en el espacio público y se castigaba con palizas y penas de cárcel, la represión de las mujeres llegaba a través del aparato doméstico. Ahí se sitúa Una luz tímida, que describe una violencia de puertas adentro que lleva al entorno de una de las protagonistas a internarla en un hospital. Cuando logra salir, deberá convivir toda la vida con una herida profunda: tener que renunciar a su familia por su sexualidad. Alonso, nacida en 1995, cree que el mutismo respecto a este trauma colectivo ha tenido efectos nefastos. “Hemos creído que el silencio reparaba, cuando solo repara la palabra”, opina. “No lo hemos transmitido a las generaciones jóvenes, y mientras tanto la extrema derecha ha tenido un acceso directo a sus cabezas”, dice.
Otras disciplinas se han sumado a esta ola. En 2018, el cómic El Violeta (Drakul) fue de los primeros en convertir en relato gráfico los métodos de castigo contra la disidencia sexual. Más recientemente, Que no se olvide (Salamandra) ha retomado esa memoria a partir del testimonio de represaliados. El documental Un hombre libre recupera la figura del escritor Agustín Gómez Arcos, víctima de una doble condena por ser homosexual y crítico con el régimen. Y la película Els mals noms, premiada en el pasado festival de Sevilla pero aún pendiente de distribución, desmonta la leyenda negra de La Pastora, nombre con el que fue conocido Florencio Pla Meseguer, persona intersexual y uno de los últimos maquis valencianos, que sufrió un acoso continuo. “Hay más casos que el de Lorca o el Grupo Cántico, muchas historias que aún no se han contado”, dice su director, Marc Ortiz Prades. “Es importante ver cómo esa represión llegaba al pueblo más pequeño, al sitio más recóndito. Entender esto nos ayuda a entender cómo somos como sociedad”.
Ese impulso lo comparte también la serie Las noches de Tefía (Atresplayer), que en 2023 puso en primer plano un episodio todavía desconocido para muchos: la colonia penitenciaria de Fuerteventura donde el franquismo confinó a centenares de homosexuales. “Es esa ley del silencio que impuso el franquismo. Y esa ignorancia no es inocente: a algunos les interesa que siga existiendo”, dice su creador, el dramaturgo Miguel del Arco, que se inspiró en Viaje al centro de la infamia, de Miguel Ángel Sosa Machín, novela de 2006 sobre un grupo de jóvenes reclusos.
En la serie, que alterna los años sesenta y la actualidad, el pasado no aparece conservado en formol, sino reflejado en el presente. “Me dio miedo que lo quisieran convertir en un Élite ambientado en un campo de concentración”, ironiza Del Arco. “Al final, no tuve una sola línea roja. En el capítulo seis, me cargué a Franco en una ucronía asumida: necesitaba incorporar una brizna de luz”. Ese gesto conecta con el contexto actual. “Nos encontramos en medio de un viraje ideológico en el que muchos ya no saben ver al otro o lo miran con una absoluta falta de empatía”. Por eso estas obras importan: no solo cuentan lo que pasó, sino que aspiran a educar la mirada para que no vuelva a pasar.
Este miércoles el Gobierno pone en marcha el programa de actos destinado a conmemorar los 50 años de la muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975 y el reestreno de las libertades en nuestro país. Acertarán los organizadores si las actividades conmemorativas ponen en valor la trascendencia de nuestra democracia y la desgraciada condición histórica previa: la desaparición de un general del Ejército que ejerció el poder dictatorial hasta el final, incluidas cinco penas de muerte firmadas dos meses antes de morir. Errarán si los actos del aniversario se utilizan para la lucha partidista o para acrecentar la polarización.
Desde la victoria en la Guerra Civil, en 1939, Franco mantuvo bajo sus manos la dirección del poder ejecutivo, legislativo y judicial ajeno a cualquier forma de control político o democrático de las instituciones del Estado: una dictadura unipersonal con la existencia de un único partido tolerado, el de los vencedores de la guerra: primero Falange, después renombrado como Movimiento Nacional. Esa fue toda la libertad política de la que disfrutaron los españoles durante las cuatro décadas del franquismo. Un régimen que aprendió a adaptarse a las circunstancias históricas cambiantes y apenas se vio dañado por las actividades clandestinas de los distintos grupos de la oposición política y el exilio, pese a la perseverancia en la lucha de muchos de ellos a lo largo de décadas, sin rendirse ante la persecución sufrida con el ensañamiento propio de dictaduras militares y con una prensa literalmente amordazada.
Recordar medio siglo después de la muerte del dictador cosas tan obvias no es una redundancia ni debería provocar división alguna entre los españoles, que son hoy, muy mayoritaria y felizmente, conscientes de su ciudadanía democrática. Recordarlo constituye un deber democrático en particular hacia aquellas generaciones que ni conocieron ni tienen por qué conocer el origen complejísimo de la democracia que hoy habitan. Los inquietantes datos de las últimas encuestas, tanto del CIS como la de 40dB., muestran una creciente tolerancia de los jóvenes a regímenes autoritarios —como lo fue la dictadura aquí— y una cierta banalización de lo que significó el franquismo.
Entre los jóvenes, más del 20% tiene como opción preferible a Vox, un partido político que definió en las Cortes al franquismo como una etapa de progreso y reconciliación. El régimen que impuso Franco a partir 1939 y hasta su muerte en 1975 extinguió la libertad de prensa y la libertad de expresión —prohibidas por ley—, situó a la mujer en un lugar subsidiario en la sociedad, asfixió cultural y lingüísticamente a las comunidades con una lengua distinta del español, persiguió con ferocidad cualquier alternativa a la heterosexualidad, canceló la vida civil y profesional de los derrotados que sobrevivieron a la victoria franquista en el interior y mantuvo en el exilio a decenas de miles de españoles bajo la acusación de ser antiespañoles, mientras la enseñanza estuvo monopolizada por el catolicismo más preilustrado de la Europa contemporánea.
Ante la corriente autoritaria que vuelve a recorrer el mundo occidental usando las reglas de la democracia para dinamitarla desde dentro, es una obligación propiamente democrática la explicación veraz de las condiciones de existencia bajo la dictadura franquista. La añoranza que expresan los líderes de Vox o el blanqueamiento tentativo que otras derechas operan sobre el franquismo constituye una carcoma civil que desdibuja a un régimen que puso por encima de cualquier cosa su perpetuación a través de la persecución, el encarcelamiento y el asesinato de quienes aspiraban a restituir en España unas libertades homologables con la Europa que surgió de la posguerra mundial y como las que hoy disfrutamos.
Las críticas iracundas a una conmemoración tan redonda en cifra, y tan desgraciadamente necesaria dado el contexto global, son puro oportunismo partidista. Recordar el franquismo les viene mal ahora a los aspirantes a La Moncloa y a sus sherpas mediáticos porque los resultados electorales y todas las encuestas anticipan que el PP necesitará de Vox para gobernar, y Vox no condena el franquismo. Editorial de El País, miércoles 8 de enero de 2024
Ilustración de Pedro Vera en el libro “Francofacts” (Pasado & Presente, 2025)
Para no olvidar lo que ocurrió el 18 de julio de 1936 y evitar que se repita la barbarie que desencadenó, el cine recuerda aquellos tiempos negros con magníficas películas.
Por BEGOÑA PIÑA
Público, 15 de julio de 2025
La derecha se desgañita indignada cada vez que en este país se anuncia el estreno de una película sobre la Guerra Civil. "Otra de la Guerra Civil" es la aburrida coletilla que se escucha sin descanso. Y, sin embargo, siempre que el cine dedica una historia a esta guerra, que fue salvaje y sangrienta y que abrió la puerta a décadas de una feroz dictadura, el público responde y la recibe con los brazos abiertos. Estos días no hay un nuevo título sobre el tema que llegue a las salas, pero los que aterrizan en ellas lo hacen el 18 de julio. Así que aprovechamos el aniversario de esta fecha nefasta, para disgusto y rabieta de los ultras que quedan en España, para recordar las mejores películas que se han hecho sobre la Guerra Civil.
Probablemente, estos reaccionarios sigan pensando que los hombres y mujeres que combatieron contra las tropas franquistas y lucharon [por la democracia] contra la dictadura fueron unos monstruos. Engendros como el Frankenstein que servía de extraordinaria metáfora a Víctor Erice en su inmensa El espíritu de la colmena (1973), que reflejaba el miedo de una sociedad empobrecida y desgarrada por la guerra. Fascinante y hermosa, es una de las más grandes películas del cine español, que se mereció la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián y que encumbró a su creador para siempre.
Fernando, el padre apicultor que pasaba las noches escribiendo un pasaje de La vida de las abejas, de Maurice Maeterlinck -que describía "ese espíritu todopoderoso, enigmático y paradójico al que las abejas parecen obedecer, y que la razón de los hombres jamás ha llegado a comprender"-, estaba en manos del portentoso Fernando Fernán-Gómez, que volvería a enriquecer con su trabajo otras películas sobre la guerra y la dictadura.
Fernando Fernán-Gómez
"Si conseguimos que una generación crezca libre en España, nadie les podrá arrancar nunca la libertad, nadie les podrá robar ese tesoro", decía el maestro Don Gregorio (Fernán-Gómez) en La lengua de las mariposas, una película hermosa, ambientada en un pueblo de Galicia en el invierno del 36, y en la que se reunieron unos cuantos nombres ilustres. Adaptación de un cuento del libro ¿Qué me quieres amor? de Manuel Rivas, el guionista fue Rafael Azcona (ganador del Goya por este trabajo), José Luis Cuerda dirigía, Javier Salmones hizo la fotografía y Alejandro Amenábar firmó la banda sonora.
"He hecho una película sobre la libertad, la dignidad y la supervivencia", dijo Cuerda en una presentación de la película, una historia que rendía homenaje a las maestras y maestros de la II República, represaliados brutalmente por el franquismo, y con la que denunciaba el rencor, el miedo y el enfrentamiento que la guerra había instalado en España.
Era también Fernando Fernán-Gómez el protagonista de Vida en sombras (1948), película de Llorenç Llobet-Gràcia, que fue censurada y que se recuperó y restauró en 2012, y en la que el actor daba vida a un fotógrafo y operador de cámara que, al estallar el conflicto, se convertía en reportero de guerra. Una película extraordinaria, olvidada durante demasiados años. Y, por supuesto, Fernán-Gómez era en Mambrú se fue a la guerra (1986), dirigida por él mismo, Emiliano, el ‘topo’ que, tras 40 años escondido en el sótano de su casa, a la muerte de Franco seguía oculto para que su mujer siguiera cobrando la pensión.
Escrita por él también, aunque para el teatro, Las bicicletas son para el verano es otro título a recordar. Dirigida por Jaime Chávarri, esta adaptación estaba protagonizada por Amparo Soler Leal, Agustín González, Victoria Abril y Gabino Diego, y en ella se contaba una historia que arrancaba al mismo tiempo que la guerra y que mostraba las miserias de ésta a través de lo cotidiano en la vida de una familia, de la criada y de los vecinos del edificio.
Fantástico y comedia
El mexicano Guillermo del Toro conquistó nada menos que tres Oscar con El laberinto del fauno (2006), una película de género fantástico, ambientada en 1944, en plena posguerra, que exhibía la aberración del franquismo y que, además del reconocimiento en Hollywood, ganó siete Goyas, tres premios de la Academia de Cine Británica, nueve premios Ariel y unos cuantos reconocimientos más. Para muchos, es la mejor película del director.
Geniales Carmela y Paulino (Carmen Maura y Andrés Pajares), los cómicos de ¡Ay, Carmela! (1990), de Carlos Saura, con guion escrito junto a Azcona sobre una obra de Sanchís Sinisterra. Cargada también de galardones (13 premios Goya), es una conmovedora, aunque amarga, comedia. Y unas risas menos ásperas eran las que despertaba Luis García Berlanga con La vaquilla (1985), también con guion de Azcona, y protagonizada por Alfredo Landa, y en la que unos soldados republicanos decidían robar la vaquilla a un pueblo vecino y fastidiarles la corrida de la fiesta. Agustí Villaronga exploró, esta vez muy lejos de la comedia, la conciencia moral de la España de la posguerra en la estupenda Pa negre (2010), adaptación de la novela de Emili Teixidor.
Brigadas internacionales
No han sido solo los creadores españoles los que han acudido al cine para contar la Guerra Civil. Algunos importantes títulos sobre estos años oscuros de la historia de España los han firmado cineastas extranjeros. El maestro Ken Loach es uno de ellos, que en 1995 estrenó Tierra y libertad, una historia protagonizada por un voluntario en las Brigadas Internacionales y una anarquista española, que compitió en Cannes, donde ganó el premio de la prensa internacional y el del Jurado Ecuménico. Preciosa y emotiva, es una celebración de la resistencia.
"Ocupando cada callejuela llena de escombros como si ella misma hubiera hecho la guerra, el humo invadía metro por metro las posiciones republicanas. Los sitiadores estaban ahora alejados unos de otros: la mina había hecho saltar las posiciones más avanzadas de los fascistas, pero no los subterráneos", escribió André Malraux en la novela La esperanza. El escritor, que combatió en la Guerra Civil como aviador del ejército republicano, quiso también llevar al cine esta historia y lo hizo en Sierra de Teruel (1949).
Codirigida junto a Boris Peskine, con guion de Antonio del Amo, Denis Marion, Peskine y Max Aub (que fue ayudante de dirección y traductor del guion al español), la película contaba un episodio de los inicios del conflicto, cuando uno de los aviones de una escuadrilla aérea de las Brigadas Internacionales fue derribado y cayó sobre Valdelinares (Teruel). El rodaje se terminó en Francia, por la llegada de las tropas franquistas, y se estrenó en París. Franco la prohibió en España, donde no se pudo ver hasta 1978.
Tal vez estas películas estén hoy en la lista negra de algunos herederos del franquismo, probablemente porque saben, como sabía David Carr (Ian Hart), el protagonista de la película de Loach, que "las revoluciones son contagiosas".
Begoña Piña es redactora-crítica de cine en Público. Escribe en Librújula, Archiletras, Best Movie y La Gran Ilusión. Periodista, ha publicado en Diario 16, La Vanguardia, Fotogramas, Caimán. Cuadernos de cine... Premio Comunicación Alfonso Sánchez 2018 de la Academia de Cine y Mención a la Labor Periodística en el Zinemaldia/Festival de Cine de San Sebastián de 2024.
La canción L'estaca, del cantautor catalán Lluís Llach, es un himno de resistencia y esperanza que ha trascendido su contexto original. Escrita en 1968, durante la dictadura de Franco en España, la letra utiliza la metáfora de una estaca a la que todos están atados para representar la opresión y la lucha por la libertad. El abuelo Siset, personaje central de la canción, dialoga con el narrador, instándole a unirse al esfuerzo colectivo para derribar la estaca, símbolo de la represión. La repetición del estribillo 'Si estirem tots, ella caurà' ('Si tiramos todos, ella caerá') refuerza la idea de que la unión hace la fuerza y que la persistencia es clave para superar la adversidad.
A pesar del paso del tiempo y del desgaste físico que representa el esfuerzo constante, la canción transmite un mensaje de resistencia inquebrantable. La estaca, aunque podrida y a punto de caer, sigue en pie debido al peso de la opresión, simbolizada en la dificultad de Siset para mantener la lucha. La canción termina con una nota de continuidad generacional, donde el narrador, a pesar de la ausencia del abuelo Siset, sigue cantando y transmitiendo el mensaje de resistencia a las nuevas generaciones que pasan por el portal.
L'estaca se ha convertido en un símbolo de lucha y esperanza en diversos contextos, no solo en Cataluña o en España, sino en todo el mundo, y forma ya parte de nuestra memoria democrática. La canción ha sido adaptada y cantada en múltiples idiomas y situaciones, convirtiéndose en un himno universal de la lucha contra la opresión y la búsqueda de la libertad. La obra de Llach, con su estilo musical que combina elementos del folk, la canción de autor y la música mediterránea, sigue inspirando a quienes buscan un mundo más justo y libre.