05 junio 2016

La publicidad española, en español.

La RAE alerta sobre la rendición de la publicidad en España a los anglicismos con una magnífica campaña

La experiencia es un grado. Y eso todo el mundo lo sabe. Por eso la campaña que ha lanzado la Real Academia Española de la Lengua en colaboración con la Academia de la Publicidad debería calar muy hondo. Por varias razones: porque, como bien bien recuerda en el vídeo, la RAE, no es una start-up y tiene más de 3 siglos de experiencia, y de grados; porque el argumentario de la campaña, que sostiene la tesis de que el uso del inglés en la publicidad esta ahogando al español, es sólido como las aspas de un molino de Castilla-La Mancha; y sobre todo porque el español no tiene nada que envidiarle al inglés.

Eco-friendly, light o cleaning power. Son solo algunos de los anglicismos más utilizados en la publicidad como reclamo para los consumidores. La RAE y la Academia de la Publicidad se han propuesto luchar contra su uso excesivo mediante un anuncio propio, que evidencia la profusión del léxico procedente del inglés en los anuncios publicitarios. Un coche con direct-assist no se desliza mejor que uno con dirección asistida. Entregar un report en el trabajo no es más productivo que entregar un informe. O una crema anti-age no rejuvenece más que una antiedad. Bueno, quizás en este caso tanto uno como otro no cumplen su enunciado a rajatabla. Una lavadora con detergente new formula no lavará mejor que uno con nueva fórmula. Pero sobre todo, unas gafas de sol blind effect, por muy bonito y elegante que suene el apodo, no sirven para nada. Sí, la permeabilidad de las lenguas siempre ha existido de forma natural en cualquier idioma, pero hace falta darse cuenta de que el español es nuestro patrimonio y nuestra lengua materna. Y “lengua madre no hay más que una”.
PD: Y a una tableta no hay que llamarla table.

18 abril 2016

Estampas universitarias en la era digital

11.35h. Un día lectivo. A través del pequeño ventanal circular de la puerta del aula se podía contemplar la siguiente escena: unos quince o veinte  alumnos están sentados en las filas traseras mientras la profesora imparte su docencia. Dos parejas de chicas charlan animadamente entre risitas; unos seis o siete alumnos, con el cuello inclinado hacia abajo, wasapean compulsivamente; otro estudiante se divierte con un videojuego de fútbol que tiene abierto en la pantalla de su portátil. Evasión en el aula. El tiempo de ocio se superpone al tiempo de formación sin solución de continuidad. El espacio académico es ahora, para algunos estudiantes universitarios, la prolongación del espacio de diversión. Las omnipresentes pantallas actúan como elementos de distracción. Parece que la predicción de Einstein ha terminado por cumplirse.

En la actualidad, si entra usted en una biblioteca universitaria, comprobará que aproximadamente la mitad de los estudiantes allí sentados están mirando la pantalla de su teléfono. Unos leen prensa deportiva, otros se entretienen con un juego online, algunos arrastran las actualizaciones de su facebook con el dedo, y la mayoría wasapea animadamente con amigos y familiares. La distracción es una tentación irresistible en estos tiempos en los que tanto cuesta mantener la concentración ante tanto estímulo exterior. ¿Salones recreativos 2.0? Muchos estudiantes se ven incapaces de desconectarse del mundo virtual y aplicarse a una tarea intelectual única. (Esta dificultad para la concentración también la observo en las salas de cine donde algunos espectadores ya no pueden mantener la atención para seguir una historia visual durante 90 minutos y chequean su móvil luminoso cada dos por tres.) cmg2016

11 abril 2016

Educación electrónica

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER


Hoy en día, cualquiera que tenga en sus manos un dispositivo electrónico de telecomunicación sabe cómo usarlo, tan intuitivos son, pero no existe manual de instrucciones alguno que le enseñe cuándo usarlo y cuándo no. En esta columna reflexiono sobre nuestra forma actual de comunicarnos y relacionarnos socialmente.

Si bien es comprensible el uso simultáneo de sistemas de telecomunicación en momentos de ocio al aire libre, mientras cocinamos o hacemos alguna tarea del hogar, hay otros momentos en los que nuestro interlocutor requiere de nuestra atención en exclusiva, como cuando almorzamos con un amigo o familiar al que hace tiempo que no vemos, cuando ejercemos un trabajo de vigilancia o supervisión, cuando asistimos a una obra de teatro, escuchamos una orquesta de música clásica o prestamos atención a un profesor en el aula. Es una cuestión de respeto. Ultimamente he comprobado que, además de por el lógico y progresivo envejecimiento neuronal, otro de los motivos por los que en la actualidad algunos adultos tienen tanta dificultad para aprender un idioma extranjero es por el déficit atencional que les provoca el estar pendientes de recibir una llamada o un mensaje de texto durante una clase. Esta ansiedad hace que su cerebro esté distraído, falto de la necesaria concentración para asimilar lo que oye o que ve.

Familia empantallada
También está desapareciendo entre muchos jóvenes la capacidad de concentrarse en algo durante un tiempo, y esto los docentes lo percibimos a diario. Muchos usuarios de la red, en su dispersión, no pueden fijar la atención. Algunas nuevas tecnologías producen, de hecho, una pérdida de tiempo pues nos hacen excesivamente dependientes de lo inmediato. Los psicólogos hablan ya de la ansiedad producida por el miedo a perderse algo (MAPA) en el whatsapp o en las redes. ¡Qué difícil nos resulta prescindir del control de nuestro entorno y zafarnos del yugo de la conectividad permanente! Algunos viven enchufados, o empantallados, como diría Elvira Lindo, sin prestar atención a lo que ocurre a su alrededor ni a las personas que les rodean cuando comen o viajan, por ejemplo. Las compañías de telefonía móvil han conseguido finalmente que hayamos aprendido a vivir sin saber esperar y nos han creado la necesidad de consumir productos con los que se lucran.

No prestamos atención a la realidad circundante cuando vamos en el autobús o en el metro, y así no nos vemos impelimos a pensar en la sociedad injusta y defectuosa que nos rodea. Pensar es necesario para construir un mundo mejor. Y cuanto menos pensemos mejor para el poder establecido. Caminamos por la calle distraídos, sin alzar la vista, cual autómatas, absorta nuestra mirada en una minúscula pantallita centelleante de letras animadas en continuo movimiento. Nos sentimos frustrados porque nuestro interlocutor no nos preste la atención que merecemos. Vivimos en la era de la distracción.

Vivimos hipercomunicados a distancia con otras personas, pero desconectados de nosotros mismos. Nos conformamos con una interacción de bajo coste, tanto emocional como lingüística. Predomina la telecomunicación frente a lo que me gusta llamar cercacomunicación. Se chatea o teclea para evitar hablar por teléfono o ver cara a cara mediante videoconferencia.

¡PARE DE TECLEAR!
A su vez, esta sobreutilización de las tecnologías de la telecomunicación ha producido una evidente degradación de muchos oficios. A diario vemos cómo, por ejemplo, socorristas, vigilantes, conductores de autobuses, ambulancias o taxis, policías de patrulla, obreros de la construcción, dependientes de tiendas, cuidadores de ancianos, enfermeros, médicos, etc. no tienen reparo en mantener teleconversaciones textuales privadas con amigos o familiares durante su horario laboral o mientras conducen un vehículo. Parece haberse perdido también la paciencia contemplativa, fenómeno este que se observa sobre todo en museos, en exposiciones o en cines.

Quienes me conocen saben que no soy ningún tecnólogo, pues me sirvo a diario de las tecnologías de la telecomunicación, tanto en mi vida personal como profesional. Pero no me considero un esclavo de las mismas. Afortunadamente, vivo el día a día desenchufado y con la mirada atenta a lo que ocurre a mi alrededor y a las personas que me rodean. No considero la tecnología como la panacea para resolverlo todo, como ocurría en la pesadilla orwelliana.

Precisamos buenos modales tecnológicos para hacer frente a esta nomofobia (pánico a quedarse sin móvil). Un ejemplo ha sido la reciente conversión de algunos vagones del AVE en espacios silenciosos o la prohibición de conducir hablando o tecleando por el móvil. Estos días se publican libros sobre la dieta digital para no caer en excesos tecnológicos o vídeos que nos animan a levantar la mirada del teléfono móvil para apreciar la realidad circundante. 

Luis Aragonés le espetó un día al jugador Sergio Ramos en un entrenamiento de La Roja:“¡Haga usted el favor de dejar el móvil de los cojones y hable con sus compañeros!” La telecomunicación ha llegado para quedarse, de acuerdo, pero, ¿le estamos dando el mejor de los usos? ¿Tendrá algo que ver la desaparición de la asignatura Educación para la Ciudadanía con este no saber estar de algunos? ¿Quién nos educa para no abusar de la tecnología? cmg2014

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10 abril 2016

De aquellos barros, estos lodos

Sostengo la teoría de que la prevalencia de las prácticas corruptas entre los españoles es (también) atribuible a la impunidad que gozaba cualquier arbitrariedad cometida durante la dictadura franquista. Durante cuatro décadas muchos, sabiéndose impunes, interiorizaron que el que la hace NO la paga, y esta premisa se fue incorporando sutilmente al subconsciente colectivo hasta llegar a nuestros días. Evidentemente, esta conducta, ya endémica, no es privativa de las personas de derechas o de los herederos sociológicos del franquismo, sino que afecta también a personas que se califican de progresistas, para las que el fin justifica los medios. Y, si no, remitámonos a la realidad circundante de nuestro país, salpicada de casos de corrupción por doquier. Ahora se demuestra que fue un error olvidar, mirar para otro lado y no depurar responsabilidades cuando se inició la Transición a esta democracia frágil y endeble. De aquellos barros, estos lodos. • cmg2015

03 abril 2016

Clasicismo y radicalidad en Mapplethorpe

La obra de Mapplethorpe no ha envejecido en absoluto; sus fotos mantienen ese control clásico sobre el medio y una radicalidad en los temas

Ultrasexo, por ESTRELLA DE DIEGO

Con frecuencia captaba la propia imagen de chico sexy y guapo, de látigos y braguetas, de rompimientos y suturas; de fotos brutales y bellísimas; de cuerpos escultura afroamericanos y contracultura leather… Miraba desafiante a la cámara —lo había hecho su amigo Warhol— maquillado o con pajarita, listo para una gala benéfica; en poses sadomasoquistas, con chaqueta de cuero y puñal en la mano; guerrillero, travestido, manteniendo a la muerte a raya… Formas rigurosas y poses calculadas —un autorretrato de Durero—; imágenes paradójicas e intensas, sexuales en cada gesto, con esa ultrasexualidad de la década de los ochenta en que todo valía, o valía al menos un rato: lo que durara la canción o la raya.

Quién sabe si esa paradoja que salpica la obra de Robert Mapplethorpe es precisamente lo que hace de su trabajo uno de los más especiales de aquella época tan llena de fotografías —el que mejor ha envejecido—. Es más, ante su obra —presentada en el Lacma (Los Angeles County Museum) y el Museo Paul Getty de la misma ciudad hasta el verano— el espectador tiene la sensación nítida de estar frente a una propuesta artística que no ha envejecido en absoluto: las instantáneas del artista estadounidense, fallecido de sida en 1989, con poco más de 40 años —en plena crisis de la enfermedad—, siguen manteniendo esa mezcla inesperada de control clásico sobre el medio —a ratos casi conservador en el modo de iluminar, la sintaxis fotográfica, el uso del blanco y negro…— y una poderosa radicalidad en los temas tratados.

De hecho, sus imágenes, a menudo muy explícitas, hablan de un deseo poco convencional donde el sadomasoquismo se mezcla con el homoerotismo —a ratos dulce como el famoso abrazo de los dos jóvenes vestidos con una corona y a ratos brutal como el cuerpo afroamericano sin rostro, elegantemente trajeado, de cuyos pantalones emerge indiscreto el pene—; la sexualidad alternativa y desgarrada de su amiga Patty Smith; andrógina en el caso de la body builder Lisa Lyon; o descarada en el delicioso retrato de la ancianita Louise Bourgeois, quien lleva uno de sus falos bajo el brazo a modo de inocente barra de pan.

La contradicción prodigiosa de Mapplerthorpe es la que las dos exposiciones de Los Ángeles han sido capaces de recuperar —desvelar, se diría—, junto a otros materiales extraordinarios de su abultado archivo — más de 3.000 polaroyds, 120.000 negativos, correspondencia…—, adquirido a medias por ambos museos en 2011. Quién sabe si fue su paradoja entre clasicismo y radicalidad lo que hizo del artista uno de los más controvertidos del momento, más allá del miedo colectivo al sida en una época en la cual se asociaba de forma directa a la comunidad gay que él explicitaba sin tapujos.

Visto el conjunto de las deslumbrantes imágenes años después se admira la elegancia del fotógrafo casi tanto como su desenvoltura a la hora de tratar los juegos en los márgenes. Asombran, sobre todo, esas formas desimplicadas, convertido el deseo alternativo de látigos y cueros en un ejercicio de estilo también, cargado no obstante de un eficaz mensaje político que, pienso ahora, quizás hubiera sido menos firme caso de haber presentado las imágenes una menor perfección estética. ¿Puede acaso el arte político ser bello? Mirando la obra de Mapplerthorpe, la respuesta afirmativa está clara. A lo mejor por eso clausuraron la muestra póstuma en la Corcoran Gallery y no por la supuesta ofensa a la moral pública: las fotos insolentes eran demasiado perfectas. Para los censores el chico guapo y su estética refinada y clásica no deberían haberse convertido jamás en los narradores del ultrasexo en los ochenta. Y, sin embargo, nadie lo relató como él. •
Babelia, 1 de abril de 2016.

28 marzo 2016

Una educación

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Cuatro mutaciones de las que he sido testigo a lo largo de mi vida han determinado mi conciencia política. La primera, el cambio de una dictadura aislada internacionalmente a una democracia integrada en la Unión Europea; la segunda, el salto generacional de la clase trabajadora campesina a una clase media profesional e ilustrada; la tercera, el paso de las mujeres de la subordinación a la plena visibilidad; y la cuarta, el contraste de las seguridades del Estado de bienestar europeo con el espectáculo del crudo capitalismo americano. Una quinta mutación acentúa los aprendizajes de las anteriores: igual que viví, con plena conciencia, el paso de la tiranía a la libertad, la irrupción de las mujeres en todas las esferas de la vida pública, la mejora de mis condiciones y mis expectativas personales, también he asistido en los últimos años a la amenaza del derrumbe de todo aquello que daba por supuesto, no ya el Estado de bienestar, sino todo el sistema económico sobre el que se sostiene. La incredulidad hacia las predicciones de los expertos de cualquier signo espero no perderla ya nunca. Es saludable no olvidar que, a juzgar por el porcentaje de éxito de sus vaticinios, los economistas, politólogos y sociólogos tienen una capacidad predictiva semejante a la de los sacerdotes romanos que escrutaban vuelos de pájaros o entrañas de animales recién sacrificados.

Crecer en una zafia dictadura, que fue sanguinaria hasta sus últimos días, me curó de cualquier tentación de desdeñar la democracia o de aceptar la supresión de cualquiera de sus valores esenciales —la libertad de expresión, la igualdad ante la ley, el respeto a las minorías— en nombre de una supuesta causa superior, por muy sonora o muy noble que se la presente. La dictadura, donde todo tenía que callarse, me enseñó el derecho y la responsabilidad cívica de no callarse nunca. Y no callarse significa unas veces llevar la contraria al poder establecido y otras enfrentarse con naturalidad y gallardía a las grandes unanimidades colectivas, a lo que parece respetable, a la opinión de aquellos con los que sería de esperar que uno estuviera de acuerdo. La ortodoxia antifranquista fue muchas veces tan irrespirable como la ortodoxia franquista, y dejó una herencia duradera de dogmatismos y reflejos defensivos y un déficit de disposición para el debate y la disidencia que han marcado profundamente nuestro clima político. A la hora de la verdad, el cierre de filas parece más meritorio que la búsqueda de un acuerdo, aun al precio del sentido común y del bien común.

Habiendo deseado la democracia cuando no existía y vivido luego muchos años en ella, he aprendido su valor, pero también su fragilidad, y sus límites, que son en parte los de la misma condición humana. La democracia pierde una gran parte de su brillo, como casi todo, cuando se vuelve un hábito, de modo que en su mismo éxito está contenido su peligro, porque la estabilidad, tan deseada cuando se carece de ella, conduce pronto al tedio. El romanticismo de la democracia relumbra sobre todo cuando se carece de ella, cuando se anhela su llegada o se sufre su pérdida. En la democracia —al menos mientras no tiene calificativos ni aditivos—, la soberanía popular se ejerce a través de un sistema de contrapesos y controles, de separación de poderes y vigilancias administrativas e informativas que rara vez dejan sitio a los grandes ímpetus salvadores, a las confortadoras simplicidades de la épica. En las democracias, decía Raymond Aron, rara vez se elige entre el Bien y el Mal, y casi siempre entre lo preferible y lo detestable. A diferencia de cualquier otro régimen, la democracia solo ofrece promesas limitadas: no el paraíso terrenal, ni la gloria del Pueblo por fin liberado de sus enemigos, sino cambios graduales que pueden mejorar las vidas del mayor número de personas posible, pero que son difíciles de mantener y muy fáciles de descuidar. Modestamente, paso a paso, sin grandes énfasis, la democracia, en Europa, a partir del abismo de sangre, horror y desorden de 1945, ha logrado algo que en aquel "Año Cero" parecía imposible: un acuerdo duradero entre aquellos mismos que llevaban medio siglo matándose entre sí; una ciudadanía común por encima de las fronteras; un equilibrio entre la iniciativa privada y las libertades personales sostenidas en políticas de educación pública y sanidad universal.

Que ese modelo esté ahora averiado y en peligro no rebaja el valor de todo lo que se ha logrado: más bien es un motivo para defenderlo y mejorarlo. Al menos tres generaciones llevan beneficiándose de él: la nuestra, desde el principio de la juventud; la de nuestros padres, en la edad madura y la vejez; la de nuestros hijos, que por primera vez se ven en un doble peligro: el de perder ese modelo de libertad política y progreso social, y el de desdeñarlo.

El desdén puede ser comprensible, ante tanta corrupción, insuficiencia, injusticia. Pero apreciar lo bueno que a pesar de todo se sigue teniendo no implica conformidad, sino plena conciencia del valor de las cosas y exigencia de sostenerlas y mejorarlas. La democracia, la socialdemocracia, carecen del romanticismo de lo claro y tajante y, a diferencia de los sistemas autoritarios o mesiánicos, no hacen grandes inversiones en propaganda. La democracia y la socialdemocracia suelen tener muchos beneficiarios, pero muy pocos defensores, y algunos de sus más eficaces enemigos son los que más provecho han sabido sacar de ellas, al amparo de sus libertades y sus garantías. Sus banderas solo despiertan entusiasmo cuando son banderas derrotadas. Sus héroes siempre son retrospectivos. Si la República de Weimar o la II República española hubieran contado con la gratitud y el apoyo de tan solo una parte de quienes más motivos tenían para defenderlas, el triunfo de Hitler y luego el de Franco habrían sido mucho más difíciles. En un raro momento de sinceridad política, Jean-Paul Sartre, que tan poca simpatía manifestó siempre por el sistema democrático que garantizaba y amparaba su libertad intelectual, escribió que solo cuando se encontraron bajo la ocupación nazi descubrieron él y sus amigos los muchos méritos de la III República.

La democracia es más fuerte de lo que parece contra sus enemigos exteriores —el terrorismo, la agresión militar—. Las democracias no pierden guerras, a diferencia de las dictaduras, y no hay organización terrorista que las ponga de verdad en peligro. Si se destruye es desde dentro: cuando en nombre de la seguridad recortan las libertades y se infaman con la tortura; cuando la desigualdad extremada hace imposible el ejercicio de la ciudadanía y la riqueza despótica compra las elecciones y corrompe la Administración y la política; y cuando el origen y el dinero determinan de manera absoluta la calidad de la educación y la salud cerrando a la mayoría la perspectiva del progreso y, por tanto, cualquier esperanza efectiva de igualdad. Que no haya formas imparciales de reconocimiento del mérito es una desgracia, pero mayor desgracia aún es que el mérito ni siquiera tenga la oportunidad de revelarse.

Decía Karl Marx, cosa que sorprenderá a los expertos en teoría educativa, que la ignorancia nunca ha liberado a nadie. Si he aprendido algo a lo largo de todos estos años es que la mezcla de la injusticia y de la ignorancia favorece la infelicidad de las personas y la ruina de la democracia.
Babelia, sábado 19 de marzo de 2016

24 marzo 2016

¡Porompompón!

Por JULIO LLAMAZARES

Me lo dijo el poeta Antonio Gamoneda volviendo en avión de Israel, a donde habíamos acudido para participar en unas lecturas de poesía en Jerusalén. Hablábamos de León, la ciudad que nos une y nos separa a la vez (él vive en ella y yo fuera, pero los dos la amamos y la sufrimos) y le preguntaba yo la razón de que nuestros paisanos sean tan conservadores y si, en su opinión, eso cambiará algún día. “Pero Julio… —me contestó Gamoneda con condescendencia, casi con compasión por mi ingenuidad—, ¿tú qué puedes esperar de una ciudad en la que la mitad de la población se pasa el año esperando a que llegue la Semana Santa para tocar el tambor y marcar el paso?”.

El descorazonador diagnóstico de Gamoneda era para León, pero vale también para España entera ¿Qué se puede, en efecto, esperar de un país que, pese a su despresurización religiosa de estos años últimos, se lanza a las calles en masa cuando llegan las fiestas de Semana Santa para portar crucificados y vírgenes a cuestas, tocar tambores hasta sangrar y procesionar día y noche durante días como si el fin del mundo fuera a llegar en cualquier momento? Porque una cosa es que lo hagan las personas religiosas, esas que creen que Cristo resucita en estos días cada año, y otra distinta las que, sin creer en Dios, ni en la Virgen, ni en la resurrección de nadie que no sea su equipo de fútbol o la economía, como el Gobierno, desfilan por su ciudad llevando a hombros pasos de seis toneladas con un fervor sorprendente en personas a las que si su mujer les demanda luego que bajen del desván una mesita montan en cólera. Uno respeta las aficiones de los demás, pero también valora la coherencia en el comportamiento de sus semejantes.

Y es que, por lo que parece, desde hace tiempo el número de procesiones y de españoles procesionantes está aumentando en la misma proporción en la que la Iglesia católica pierde adeptos, como demuestran todas las estadísticas. Incluso el ¡porompompón! que acompaña a las procesiones suena más ensordecedor cuantos menos católicos practicantes hay entre los nazarenos. Como uno no cree en la casualidad e intuye que alguna explicación hay para que eso ocurra, con perdón de la Iglesia católica y de Íker Jiménez, he comenzado a pensar que Gamoneda tenía razón y que lo que de verdad les gusta a los españoles de la Semana Santa es echarse a la calle a marcar el paso, más allá de devociones, tradiciones, pasión por lo popular o lo pintoresco, sobrecogimientos artísticos y musicales y demás explicaciones simbolistas.

¡Qué miedo!

El País, 24 de marzo de 2016

16 febrero 2016

Curas pederastas


Por XAVIER VIDAL-FOLCH

Si queréis seguir la invitación evangélica de que los niños se acerquen a Él, impedid que los niños se acerquen a “ellos”


El escándalo de pederastia en un colegio barcelonés de los Hermanos Maristas es singular. Porque involucra a profesores seglares, ya no solo curas. Porque evidencia un fallo administrativo múltiple —del Departamento de Enseñaza, los Mossos, la Justicia...— pues había sido denunciado, sin éxito, hace tiempo. Por sus ramificaciones, pues uno de los abusadores fue luego protegido por el Obispado de Girona. Por el alcance del síndrome de Estocolmo —el que que afecta a los secuestrados, que se entregan sentimentalmente al secuestrador—, pues algunos padres se han manifestado en la calle, en defensa del colegio.

Para explicar tanto desmán, conviene a veces mirar lejos. Miremos los casos descubiertos por The Boston Globe en 2002, magníficamente relatados en Spotlight, un filme de bandera.

No eran casos aislados, sino hasta 87, un 6% del clero local. No se trata pues de alguna excepción aislada, sino de un problema sistémico. Que se ceba sobre las familias más débiles, desestructuradas, necesitadas de apoyo para sobrevivir, de un clavo ardiente para ascender. Que se basa en la confianza que inspiran los representantes de la divinidad (“no vas a negar algo a Dios...”). Que se propaga favoreciendo una indebida presunción de inocencia, en favor de los culpables reconocidos, desde la sociedad (“o sea, que esto funciona así: uno presiona otro y este a otro hasta que toda la ciudad mira hacia otro lado...”).

Esa complacencia llegó hasta el Vaticano, cuando el Papa polaco, conocedor de tanto delito, buscó un retiro dorado en Roma al cardenal Law, sabedor de tanto delito en su diócesis. Delito, prescrito o no: eso que ellos llaman pecado.

Algunos expertos sostienen que la epidemia de pederastia florece gracias al celibato. Al ser la castidad obligatoria, la naturaleza inclinaría a muchos a conculcarla (con adultos/as), y ese clima de transgresión clandestina favorecería también abusar de niños. En favor de esa tesis milita el hecho de que en la escuela francesa (pública, laica) o la ortodoxa (donde los popes no se obligan al celibato) no se ha detectado esta plaga.

De modo que si queréis seguir la invitación evangélica de que los niños se acerquen a Él, impedid que los niños se acerquen a “ellos”. O lo evita la Iglesia (católica). O lo imponemos por ley.
El País, 16.02.2016

05 febrero 2016

Armonía fractal de las marismas de Doñana



Exposición fotográfica ‘Fractales, las marismas y Doñana’

La exposición muestra las estructuras fractales de las marismas andaluzas, entre ellas las del Parque Nacional de Doñana. Su fin es dar a conocer estos espacios desde una nueva perspectiva con el objeto de concienciar a los visitantes sobre la importancia de su conservación. La muestra recoge una selección de las mejores imágenes de la obra ‘Fractales. Anatomía íntima de la marisma’, del fotógrafo Héctor Garrido, con más de 200 imágenes aéreas sobre este enclave.

Durante todo el año 2016 la exposición estará abierta al público en la sede de la Fundación Biodiversidad en Sevilla (Plaza Patio de Banderas, 16) de lunes a viernes de 9 a 14 horas.

01 febrero 2016

Chulería

JULIO LLAMAZARES

La chulería, el chulo, el sobrao, que dicen ahora los jóvenes, siempre ha tenido predicamento en este país forjado en la prepotencia del señorito, el arabesco barroco, el andar flamenco, el clavel reventón entre los pechos de la chulapa o la bailaora y los desplantes taurinos mirando a la galería del literato o del actor de éxito o del politiquillo de tres al cuarto. Ya en el siglo pasado, Fernando Díaz-Plaja señaló que el pecado capital del español no es, contra lo que comúnmente se cree, la pereza, ni la lujuria representada por aquellos cómicos que perseguían a las turistas por las playas del desarrollismo hispano, sino la soberbia. Díaz-Plaja lo deducía del estudio pormenorizado de nuestro idioma, que está trufado de frases hechas forjadas en las barras de los bares y definitorias de nuestra concepción moral: “Te lo digo yo y punto”, “a mí me vas a decir…”, “pa cojones, yo”, “tú no sabes con quién estás hablando”…

Y eso que no reparó en la propia esencia del idioma, esa que sorprende tanto a los extranjeros, pues descubre a su luz que el español es soberbio por definición: un español no recibe clases de nadie, se las da él mismo (“estoy dando clases de inglés”), no necesita del dentista (“ayer me saqué una muela”) ni del peluquero (“vengo de cortarme el pelo”) y, ya en el colmo de la autosuficiencia, se opera él mismo: “El lunes me opero a corazón abierto”. Nada de “me sacó una muela el dentista”, “me cortó el pelo el peluquero” o “me operó un cirujano buenísimo”, que es como dicen en sus idiomas los extranjeros, tan educados y tan respetuosos.

¿A quién le puede extrañar, a la vista de esa concepción del mundo, que la arrogancia y la prepotencia no solo sean comunes entre nosotros, sino que despierten admiración entre mucha gente, que valora en los demás como virtud lo que a todas luces es un defecto? La psicología está llena de tratados sobre esa patología que afecta a muchas personas, incluso a países enteros, como es el caso del nuestro. Lo que me sorprende a mí es que esa patología infantil se dé entre gente mayor y presuntamente preparada y, sobre todo, que, siendo un sentimiento reaccionario como es (solo quien se cree más listo, más fuerte o más poderoso que los demás los desprecia), se dé lo mismo en la izquierda que en la derecha, incluso entre los indignados que han llegado a la política española con la regeneración moral y el cambio como banderas. Ver a su líder hablar en público hace dudar de que de verdad lo piense.
El País, jueves 28 de enero de 2016

28 diciembre 2015

¿Cómo afectan las nuevas tecnologías a nuestro cerebro?

Por FACUNDO MANES

Como una ráfaga, el mundo ha cambiado en las últimas décadas de manera impactante. Las nuevas tecnologías nos permiten la comunicación instantánea, un acceso inusitado a la información, la simplificación de muchas tareas que antes nos llevaban muchísimo esfuerzo, la posibilidad de vivir más y mejor. Sobre esta realidad y estos favores no existen reparos sino más bien elogios y aprovechamientos. Lo que debemos decir también es que esta posibilidad de vida nos puede generar, a su vez, cierto impacto disfuncional, impulsado por la exigencia a realizar diversas acciones al mismo tiempo. Es habitual, hoy, estar trabajando en la computadora mientras miramos televisión o escuchamos música, y estamos pendientes de las redes sociales, los mensajes de texto, correos electrónicos o alertas de noticia en el celular. ¿Hasta qué punto nuestro cerebro está capacitado para sostener las tareas múltiples que las nuevas tecnologías promueven?

El cerebro es, como cualquier sistema de procesamiento de información, un dispositivo con capacidades limitadas, sobre todo en la de procesar una cantidad de información por unidad de tiempo en el presente. Así, nuestro cerebro tiene dos cuellos de botella: uno es la atención (cuando tenemos dos fuentes de información suficientemente complejas, la eficiencia de una decae como consecuencia de la otra); y la otra, la llamada “memoria de trabajo” (el espacio mental en que retenemos la información hasta hacer algo con ella). Esta memoria tiene una capacidad finita en los seres humanos y es extremadamente susceptible a las interferencias. Cuando se intenta llevar a cabo dos tareas demandantes al mismo tiempo, la información se cruza y se producen muchos errores.

Muchas veces se plantea que la multitarea (multitasking) podría ser beneficiosa para entrenar nuestra capacidad para el paso rápido y eficiente entre actividades. Sin embargo, existe evidencia científica de que las personas que funcionan con esa modalidad se dispersan más cuando pasan de una a otra. Contrariamente a lo que uno podría imaginar, son más propensos a quedarse pegados a estímulos irrelevantes y, por lo tanto, a distraerse fácilmente. Por otra parte, suelen sobrevalorar su capacidad para hacer multitasking, lo que impacta en una menor concentración sobre cada elemento y en el pasaje. Participantes de una investigación que refirieron hacer muchas cosas a la vez fueron los que, paradójicamente, peor rindieron en pruebas de multitarea.

En un estudio realizado en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), se les mostraron a estudiantes unas tarjetas con símbolos y se les pidió que hicieran predicciones basándose en patrones que habían reconocido previamente. La mitad tenían que realizar esto en un ambiente de multitarea, mientras escuchaban altos y bajos tonos y tenían que contar las señales acústicas elevadas. Sorprendentemente, ambos grupos fueron igual de competentes. Pero cuando empezaron a hacer preguntas más abstractas sobre esos patrones, el costo cognitivo de las multitareas fue evidente. Cuando estamos en una reunión, en una conferencia o viendo una película en casa y, al mismo tiempo, mandamos emails y mensajes de texto desde nuestro teléfono, creemos que podemos seguir en profundidad lo que se dice y sucede en el entorno, pero esto, la mayoría de las veces, es solo una ilusión. Por el contrario, nos estamos perdiendo mucho. Desde el punto de vista del funcionamiento cerebral, estamos capacitados para realizar muchas tareas, por supuesto, pero debemos focalizarnos en hacer una de estas por vez. Tener muchas cosas para hacer y hacerlas una por vez (que es lo recomendable) no es lo mismo que intentar hacer varias cosas al mismo tiempo. La multitarea tiene un costo cognitivo.

La mala administración de la atención no solo genera improductividad, ansiedad y estrés, sino que puede traer también riesgos letales. En un estudio de la Universidad de Utah, los psicólogos David Strayer y Jason Watson señalaron que la posibilidad de un accidente automovilístico puede ser tan alto para aquellos que, mientras conducen, hablan por teléfono o mandan mensajes de texto como para conductores que habían tomado más alcohol del permitido por la ley.

Los conductores que usan celular tienen reacciones más lentas, respetan menos su carril, mantienen menor distancia entre los autos y pasan más semáforos en rojo. Estas personas, en comparación con los que no usan el teléfono cuando manejan, detectan menos de la mitad de los detalles y situaciones que se les presentan, lo que produce ceguera atencional. La distracción se da también cuando se habla con “manos libres” o en alta voz. En otros estudios en los que usaron un mecanismo para realizar el seguimiento ocular, revelaron la existencia de una ceguera parcial a estímulos importantes en los conductores que hablaban por teléfono: estos solo detectaban la mitad de los estímulos que estaban justo delante de ellos y tenían un tiempo de reacción más lento a las luces de freno del auto de adelante.
Chequear correos electrónicos o notificaciones de redes sociales puede provocar entusiasmo, pero también cierta dependencia. Existe un consenso entre especialistas en el que la eficacia del manejo del tiempo obedece a cierta organización y rutina. La clave está en poner un filtro entre tareas importantes y ociosas. Para descansar, es mejor salir a caminar, respirar profundo, cambiar de actividad o hacer una tarea menos demandante. Además de volvernos eficientes en lo inmediato, estas actividades alternativas pueden, al retomar la tarea inicial, traer ideas o aproximaciones novedosas que mejoren el largo plazo.

El estudio del impacto de las nuevas tecnologías especialmente en niños y adolescentes es un desafío que las neurociencias están abordando. Como sabemos, el cerebro sigue desarrollándose hasta la segunda década de vida. El lóbulo frontal, que contiene circuitos claves para habilidades cognitivas de alto orden como el juicio, el control ejecutivo y la regulación emocional, es de las últimas áreas en desarrollarse de forma completa. Durante este período, el cerebro es sumamente adaptativo e influenciable por el ambiente. Decimos entonces que la tecnología suele ser buena para los procesos cognitivos de los niños si se usa con buen juicio, pero que el problema es que el buen juicio y el autocontrol se encuentran entre las habilidades en desarrollo, por lo cual son los adultos quienes deben ejercerlo cuando estos usos se transforman en excesivos. Como padres, es necesario detenerse a pensar qué sucede con el estímulo de habilidades sociales como la empatía, la compasión y la inteligencia emocional en nuestros hijos (y en nosotros también) cuando la mayor parte de las interacciones se dan de manera virtual, en detrimento de la comunicación cara a cara.


A diferencia de otras revoluciones tecnológicas, la de la “tecnología social” implica nunca estar solos y nunca estar aburridos. La socióloga Sherry Turkle del MIT describe esto como “la intolerancia a la soledad”. Esto implica estar desatentos a las personas que tenemos alrededor para conectarnos con el mundo virtual. Turkle considera que esto quita la oportunidad de aprender a mantener conversaciones, a poder tener un momento de introspección sin un artefacto electrónico y sin que eso genere ansiedad. Según la socióloga, esta tecnología, que nos ofrece la posibilidad de no aburrirnos nunca, puede hacernos menos tolerantes a establecer relaciones duraderas.

Una última reflexión sobre todo esto, pero fundamentalmente sobre cierta valoración positiva de la tarea focalizada y la capacidad de introspección: son famosas las anécdotas de escritores como Franz Kafka que produjeron algunas de sus obras más célebres de corrido y en un puñado intenso de tiempo. De ese deseo de momentos imperturbables le hablaba en una de sus cartas a su amada Felice: “Escribir significa abrirse por completo… Por eso nunca puede uno estar lo suficientemente solo cuando escribe; por eso nunca puede uno estar rodeado del suficiente silencio cuando escribe, y hasta la noche resulta poco nocturna.” ¿A alguien se le ocurre mayor plenitud personal y favor a los demás que la sola tarea de estar escribiendo esas maravillas? El País, 28 de diciembre de 2015.


Facundo Manes es neurólogo y neurocientífico (PhD in Sciences, Cambridge University). Es presidente de la World Federation of Neurology Research Group on Aphasia, Dementia and Cognitive Disorders y Profesor de Neurología y Neurociencias Cognitivas en la Universidad Favaloro (Argentina), University of California, San Francisco, University of South Carolina (USA), Macquarie University (Australia).

18 diciembre 2015

El país de Galdós


Antonio Muñoz Molina
El País, 10 de septiembre de 2011

Sin darme mucha cuenta me he visto de nuevo sumergido en Galdós. Abrí la segunda serie de los Episodios llevado por el recuerdo de un tono moral, esa música que dejan los libros mucho tiempo después de haberlos leído, cuando uno ha olvidado la trama, que es lo primero en borrarse, y la mayor parte de los personajes. Me acordaba del nombre de un protagonista, Salvador Monsalud, y de ese tono no disipado por el tiempo, una pesadumbre moral y política que yo asociaba a las tenebrosidades de Goya, a la negrura de tinta de Los desastres de la guerra y de las pinturas negras, donde está la crónica macabra de la España de Fernando VII. En esos años finales y prodigiosos de su vida de pintor Goya era un anciano aislado del mundo por la sordera y por el peligro de la persecución política. Dibujó y pintó casi siempre en secreto lo que veía, y también las deformaciones monstruosas que el fanatismo, el miedo y la ignorancia suscitaban en los seres humanos. Había visto con sus propios ojos el heroísmo popular y la barbaridad universal de la guerra. Porque había compartido los sueños razonables de la Ilustración lo espantó más todavía la escala de los crímenes que en nombre de ella cometían en España los ejércitos napoleónicos. Y quizás antes de que los franceses fueran derrotados y expulsados intuyó tristemente que la victoria española traería consigo el regreso siniestro del absolutismo.

Cuando empezó a escribir la segunda serie de los Episodios -el primero de ellos está fechado entre junio y julio de 1875- Galdós era un novelista joven dedicado a la tarea de imaginar apasionadamente un tiempo muy anterior a su propia vida. Lo que para Goya había sido experiencia inmediata, para Galdós exigía un esfuerzo no solo de documentación, sino de una empatía que saltara por encima de las fronteras del tiempo. No quería reconstruir un pasado lejano a la manera de la novela histórica, en la tradición todavía cercana de Walter Scott o de Victor Hugo. El pasado que le importaba era aquel que se extendía hasta los orígenes inmediatos del presente: el que aún estaba dentro de los límites de la memoria viva, aunque ya en el filo de su disolución. Y le importaba por razones muy prácticas, de una extrema urgencia vital y política. Quería comprender su tiempo. Quería intervenir en él como ciudadano. Quería indagar el modo en que las circunstancias históricas se entrecruzan con los destinos personales, cómo son los hilos entre lo privado y lo público: comprender no solo las cosas que sucedieron, sino las que estuvieron a punto de suceder; resistirse al fatalismo de lo inevitable. En el espejo de la ficción la historia se volvía presente, igual que en los cuadros y en los grabados de Goya los horrores de 1808 no son la crónica de hechos lejanos sino el drama de seres que están muriendo o matando delante entre nosotros: ahora mismo, como en los tiempos de la juventud de Galdós, una descarga cerrada está a punto de abatir a los patriotas de Los fusilamientos, a la luz cruel de unos fanales encendidos, sobre la tierra ya cubierta de cadáveres. El gran Stephen Gillman lo resumió mejor que nadie en su libro sobre Galdós y la novela europea: "Se necesitaba tan solo la magia de la novela para convertir lo conocido en una experiencia formativa".

En 1875, la guerra de la Independencia y el reinado despótico de Fernando VII estaban más cerca de lo que está para nosotros la Guerra Civil. Galdós había entrado en la primera juventud al mismo tiempo que estallaba la revolución jubilosa de 1868, La Gloriosa, que había traído la primera esperanza sólida de libertad y progreso a España. El pasado formaba parte del presente porque la reina expulsada, Isabel II, era la hija de quien en 1814 había abolido la Constitución de 1812 y restaurado con crueldad inaudita el absolutismo, convirtiendo al país en una especie de lóbrega Corea del Norte vigilada por la Santa Inquisición. En Galdós el fervor político y vital de los veintitantos años se confunde con el aprendizaje del oficio de escritor. Su curiosidad por los hechos presentes y sus intuiciones entre ilusionadas y angustiadas sobre el incierto porvenir lo llevaban instintivamente a buscar en el pasado claves o lecciones para entender el curso caótico de la vida pública española, la dificultad cada vez mayor de ponerse de acuerdo en un sistema viable de convivencia política. Cuando escribió la primera serie de los Episodios aún tenía esperanzas. La segunda serie la empezó cuando ya era inevitable el regreso de los Borbones, después del asesinato de Prim, de la abdicación de Amadeo I, del desastre de la I República, del renacer sangriento de la guerra carlista. Para nosotros las guerras carlistas suenan casi tan lejanas como las guerras púnicas, pero Galdós escribía bajo el impacto de su crueldad sanguinaria agravada por el fanatismo religioso y político. En ese tiempo, y en sus novelas, el término guerra civil designa a las guerras carlistas, y Galdós busca el origen de esa interminable barbarie en la que se da cuenta de que fue la primera de todas las guerras civiles españolas, la que estuvo enmascarada bajo la guerra de la Independencia, la guerra sin cuartel entre liberales y absolutistas, entre patriotas y serviles.

En la segunda serie de los Episodios, como en Los desastres de Goya, hay muchas víctimas y muchos bárbaros, pero muy pocos héroes. Los valerosos guerrilleros de la leyenda patriótica pueden ser también bandidos sin compasión y ejecutores a sangre fría del enemigo vencido. Quienes se sublevan contra el invasor no lo hacen en nombre de la libertad sino de la tiranía y el oscurantismo religioso, y a quien más odian no es a los franceses, sino a los españoles que han colaborado con ellos o que simplemente tienen ideas liberales. Y el pueblo noble y abstracto de las proclamas políticas y de los cuadros oficiales de historia puede ser una chusma zafia y beata que arranca las placas de las calles dedicadas a la Constitución y jalea a los esbirros de la policía secreta cuando van a detener a un liberal fugitivo. La disidencia política es inapelablemente calificada de herejía: "Hereje, francés, judío, liberal", grita una madre al repudiar a su hijo. "La templanza es un crimen", dice otro personaje.

Con su memoria de novelista, transgresora del tiempo, Galdós se acuerda de 1814 pero está escribiendo en 1875. Yo leí por primera vez los Episodios a mitad de los años ochenta, y cuando vuelvo a ellos ahora los leo sin remedio a la luz del presente. Uno abre de nuevo los libros que le importaron mucho con miedo a que ahora lo defrauden. Pero Galdós siempre sorprende porque es mejor todavía de lo que uno recordaba. Y quizás ahora estoy más en condiciones de comprender su pesadumbre por la áspera intransigencia española, por la terrible facilidad para eliminar los matices entre el blanco y el negro, para dividirlo todo entre ortodoxia y herejía y llamar traición a la templanza.