Que dice Ayuso que para qué queremos la bandera LGTB si ya tenemos la bandera española, que nos representa a todos.
24 junio 2022
HOMOFOBIA = FASCISMO
04 junio 2022
Pedro Zerolo, in memoriam
Pedro Zerolo, a quien yo admiraba profundamente por su valentía y humanismo, ha fallecido hoy, 6 de septiembre de 2015, en Madrid víctima de un cáncer de páncreas. Nuestro país está hoy de luto y huérfano por haber perdido a un compatriota honesto y luchador. Siempre estarás con nosotros y con nuestra democracia. Gracias por todo, compañero de luchas y de pancartas. Descansa en paz, Pedro.
01 junio 2022
La Neue Wache de Berlín. (A propósito de Ucrania)
30 mayo 2022
El poder sanador de la ficción (dedicado a mi amigo JG)
¿Quién no se ha sentido alguna vez superado por la realidad? Suceden tantas cosas terribles a nuestro alrededor, que a menudo nos sentimos abrumados, sin fuerzas para enfrentarnos a la complejidad de los problemas que nos rodean. Contra este sentimiento , la humanidad ha disfrutado desde los inicios de la cultura de un medio infalible para evadirse de cualquier panorama desolador y nutrirse de energía inspiradora: la ficción. Homero alentaba a los suyos de viva voz con las heroicas aventuras de Ulises. Los cuentacuentos chinos han llenado los salones de té desde hace milenios con historias que hacían reír, temblar o reflexionar. Contra la tiranía de lo prosaico y lo negativo, elegir una buena novela, alquilar una película con capacidad de entusiasmarnos o escuchar un disco son remedios siempre eficaces que despiertan nuestras mejores emociones y son antídotos seguros contra el fatalismo y la ansiedad. (Francesc Miralles, psicólogo)
25 mayo 2022
La ternura del reencuentro, 42 años después
28 abril 2022
¿Que qué fue de los cantautores?
¿Que qué fue de los cantautores? El gran Luis Pastor nos lo recuerda con este bendito recitado, que merece la pena volver a escuchar de cuando en cuando.
27 abril 2022
El móvil_microrrelato
Por JUAN JOSÉ MILLÁS
El tipo que desayunaba a mi lado en el bar olvidó un teléfono móvil debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el autobús. A la altura de Cartagena comenzó a sonar. Por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí la llamada. Una voz de mujer, al otro lado, preguntó: "¿Dónde estás?". "En el autobús", dije. "¿En el autobús? ¿Y qué haces en el autobús?". "Voy a la oficina". La mujer se echó a llorar como si le hubiera dicho algo horrible, y colgó.
Guardé el aparato en el bolsillo de la chaqueta y perdí la mirada en el vacío. A la altura de María de Molina con Velázquez volvió a sonar. Era de nuevo la mujer. Aún lloraba. "Seguirás en el autobús, ¿no?, dijo con voz incrédula. "Sí", respondí. Imaginé que me hablaba desde una cama con las sábanas negras, de seda, y que ella vestía un camisón blanco con encajes. Al enjugarse las lágrimas, se deslizó el tirante del hombro derecho y yo me excité mucho sin que nadie se diera cuenta. Una mujer tosió a mi lado. "¿Con quién estás?", preguntó angustiada. "Con nadie", dije. "¿Y esa tos?". "Es de una pasajera del autobús". Tras unos segundos, añadió con voz firme: "Me voy a suicidar; si no me das alguna esperanza me mato ahora mismo". Miré a mi alrededor; todo el mundo estaba pendiente de mí, así que no sabía qué hacer. "Te quiero", dije y colgué.
Dos calles más allá sonó otra vez. "¿Eres tú el imbécil que anda jugando con mi móvil?", preguntó una voz masculina. "Sí", dije tragando saliva."¿Y piensas devolvérmelo?". "No", respondí. Al poco nos dejaron sin línea, pero yo lo llevo siempre en el bolsillo por si ella volviera a telefonear.
El País, 13 de octubre de 1995
18 abril 2022
INFOCRACIA. La digitalización y la crisis de la democracia
Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es un filósofo con doble nacionalidad coreana y alemana, que imparte su docencia en la Universidad de las Artes de Berlín. Se trata de uno de los pensadores más influyentes y penetrantes de las últimas décadas, y sus ideas han alcanzado una difusión fuera de lo común en la filosofía contemporánea. Su obra realiza un amplio análisis de la sociedad del siglo XXI, a la que ha definido como una “sociedad del cansancio”, una “sociedad de la transparencia”, hiperactiva, obsesionada con los logros, en la que se han desterrado las nociones del secreto, la privacidad y la confianza; en la que el sentido del amor está en decadencia frente al exacerbado narcisismo general; y en la que la democracia se encuentra en crisis ante el uso masivo de las redes digitales para influir a los ciudadanos.
28 marzo 2022
Will Smith, otro hombre que no deberíamos ser
OCTAVIO SALAZAR
A quienes con frecuencia nos dedicamos a tratar de explicarles a los más jóvenes la urgencia de desmontar la masculinidad patriarcal nos cuesta mucho trabajo encontrar referencias alternativas que les sirvan de ejemplo. Nos sigue resultando mucho más fácil explicarlo en negativo, es decir, poniendo ejemplos de hombres cuyos comportamientos no deberíamos imitar porque representan toda la toxicidad que emana de una subjetividad construida para dominar y sentirse importante. La ceremonia de los Oscar nos ha ofrecido otro flagrante caso que resume a la perfección todo aquello que los hombres no deberíamos ser. La reacción de Will Smith frente a la broma nada afortunada de Chris Rock encierra todos los elementos que nos permiten identificar un modelo de masculinidad que hoy por hoy sigue siendo el principal obstáculo para construir un mundo sin desigualdad de género y en el que la violencia deje de estar legitimada. Una violencia que está vinculada a la idea de poder, a la omnipotencia en la que los varones hemos sido socializados y a la asunción de que no hay mejor manera de gestionar los conflictos que recurriendo a la fuerza. De esta manera, la violencia se convierte todavía hoy para muchos en un mecanismo de reafirmación de la virilidad y hasta de restauración del honor supuestamente perdido.
En la reacción de Will Smith no solo late esa legitimación de la violencia que, insisto, emana de una masculinidad concebida en términos de control y conquista, sino también la justificación de nuestro eterno papel de patriarcas, restauradores del orden, vigilantes de las virtudes y de la honra de las mujeres, defensores como si fuéramos superhéroes de las que muchos siguen considerando menores de edad. A las que, por tanto, de la misma manera que nos vemos obligados a defender a capa y espada, podemos en otro momento someter a las más viles prácticas de explotación y servidumbre. La suma de esos dos extremos es la evidencia más dramática del horror que implica la cultura machista encarnada en individuos como Smith. Ese tipo que, al estilo de lo que suelen hacer muchos maltratadores, luego tratan de justificarse, pedir perdón y hasta pedir clemencia. De la mano que abofetea a los ojos húmedos. Entre medias, el superhéroe desnudo.
Y, en tercer lugar, aunque no menos importante, también ha sido llamativa la reacción en gran medida cómplice, por supuesto, de la Academia, pero también de un público que no debería haber dado ni un aplauso al actor. Ante situaciones como esta, no podemos ser cómplices por omisión, ni mucho menos situarnos en la equidistancia. Un ejercicio en el que nos solemos refugiar los hombres para no sentirnos traidores frente a la fratría que nos respalda y nos reafirma en nuestra virilidad.
Ojalá, en el mejor de los casos, el ejemplo de Will Smith tenga efectos pedagógicos y genere una corriente de malestar y crítica entre los hombres. Una especie de Me Too a la inversa, en el que dejemos claro que no estamos dispuestos a tolerar dichos comportamientos y que además asumimos el compromiso de denunciarlos cuando sucedan a nuestro alrededor. Solo cuando este compromiso masculino sea efectivo empezaremos a habitar un mundo en el que, al fin, dejen de existir individuos como el actor que ha ganado el Oscar por su rutinaria interpretación de un hombre explotador del talento de sus hijas. El círculo perverso se cierra. Nada pues que aplaudir. (El País, 28.03.22)
27 marzo 2022
El hombre que encontró la felicidad_microrrelato
Por CLARA SÁNCHEZ
A César S., propietario de la mayor cadena de hoteles del país, mientras se dirige a su casa, serio y apesadumbrado como siempre, una gran blancura le inunda por un instante la mente, y de repente tiene la certeza de cómo debería ser su vida en adelante. Baja la ventanilla del coche y respira con nuevos pulmones y contempla el esplendor del campo con nuevos ojos.
Al dejar atrás la verja y avanzar hacia los macizos de flores que bordean la entrada, ya ha decidido deshacerse de todas sus riquezas. Así que le regala al chófer la flota de coches y le comunica a su mujer que pasa a ser la dueña absoluta de toda la fortuna, a la que él acaba de renunciar. Su mujer le exige que recapacite, pero él contesta que solo necesita una casita con un pequeño huerto en el que plantar lo que vaya a comerse.
César S. tiene una casa con huerto y pozo, y es feliz durante casi un año, hasta que un día, al sacar el cubo del pozo, encuentra un líquido negro, que enseguida comprende que es petróleo. Antes de que pueda ocultarlo, el hallazgo es visto y propagado. Considera que lo mejor es donar el yacimiento al municipio y retirarse al desierto, donde ni siquiera vivirá en una casita, sino bajo una tienda de lona. Pero sus vecinos, en señal de gratitud, construyen para él un fabuloso palacio. Cuando se lo muestran, y ve los grifos de oro y las estatuas de mármol y los jardines diseñados por jardineros franceses y japoneses, se le caen las lágrimas, y la gente del pueblo se pone muy contenta porque cree que llora de alegría. "Estoy condenado a ser rico", piensa tristemente. Entonces ocurre algo inesperado: recibe la noticia de que su mujer se ha arruinado y se halla sumida en la pobreza. César S. de nuevo siente la sonrisa de la vida. Hace un fardo con sus harapos y se presenta ante su mujer: "Ahora podremos ser verdaderamente felices porque ya somos libres los dos", le dice. Ella ve a este hombre miserable y envejecido con quien no se siente capaz de compartir la cama, y se le caen las lágrimas. Y él se pone muy contento al pensar que son de felicidad.
El País Semanal, 20 de julio de 2000
31 enero 2022
Henri Peña-Ruiz. “La bandera actual de España es anticonstitucional. Tiene una cruz”
Este catedrático de filosofía francés, hijo de inmigrantes españoles y gran teórico de la laicidad, argumenta que la Constitución dice que ninguna religión debe tener carácter estatal
Por Marc Bassets
El País, 25.03.22
Henri Peña-Ruiz (Le Pré-Saint-Gervais, 72 años), hijo de inmigrantes españoles en Francia, es catedrático de filosofía y republicano. Lo es en un sentido amplio del término: apegado a la República francesa y a la española, cuya bandera ondea en su casa. Es de izquierdas, muy de izquierdas y, de acuerdo con esta tradición, también muy laico. Pero en la izquierda algunos le miran con desconfianza, porque el profesor Peña-Ruiz, autor entre otros libros de Dios y Marianne. Filosofía de la laicidad, cree que hay que aplicar a todos, también al islam, los principios de la laicidad.
PREGUNTA. ¿Qué es la laicidad?
RESPUESTA. Hay que quitarse de la cabeza el prejuicio que dice que la laicidad es antirreligiosa. Es sencillo: las leyes que organizan la coexistencia de los ciudadanos no han de depender de una cosmovisión particular. La Unión Soviética era antilaica: un Estado laico no es antirreligioso ni antiateo, sino neutral desde el punto de vista de la opción espiritual. No da privilegios a la religión ni con un reconocimiento oficial ni con dinero. La laicidad reposa sobre tres elementos. Primero, la libertad de conciencia, que no es solo la libertad religiosa. Se trata de la libertad de elegir una opción espiritual, sea la del creyente, el ateo o el agnóstico. Segundo, la igualdad de trato de todas las personas sea cual sea su opción espiritual, lo que debe impedir los privilegios para la Iglesia y para los ateos. Y tercero, la orientación del poder público únicamente por el interés común: no corresponde a un Estado laico financiar lugares de culto, sino lo público, hospitales, por ejemplo.
P. ¿Es España un Estado laico?
R. Es un híbrido. Hay rasgos evidentes de laicidad. La Constitución de 1978 dice: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Y está muy bien. Pero esto entra en contradicción con las atenciones particulares, reconocidas por la misma Constitución, a la Iglesia católica, diciendo que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”. ¿Por qué no mencionar a los ateos o agnósticos? Además, la bandera actual de España es anticonstitucional. Si el artículo 16 dice que ninguna religión tendrá carácter estatal, ¿por qué la cruz está encima de la corona? Esta bandera pone de relieve el cristianismo. Cuando la Constitución dice que todos los españoles serán reconocidos en igualdad de derechos, lo siento, pero el ateo no tiene los mismos derechos que el cristiano porque no se le reconoce un símbolo particular en la bandera. También se podría hablar de las escuelas concertadas, aunque en esto Francia no puede dar lecciones a España: la ley Debré de 1959 instala la financiación pública de las escuelas religiosas, y esto es antilaico.
P. ¿Qué amenaza hoy a la laicidad en Francia?
R. No me gusta hablar de laicidad francesa. La laicidad es universal, buena para todos los pueblos. El ideal-tipo puro, por hablar como Max Weber, no existe en ninguna parte, pero cada paso hacia este ideal es bueno. La laicidad en Francia tiene dos enemigos. Por una parte, la derecha identitaria, que quisiera restablecer a Francia como “hija mayor de la Iglesia”. Esas personas son laicas solamente contra los musulmanes. Por otra parte, está la transformación del islam en identidad colectiva, que, por ejemplo, impone el velo a la mujer. Hoy incluso hay una parte de la izquierda que no es tan laica como debería. Nadie admite los atentados terroristas, pero hay personas que les ven circunstancias atenuantes, que sienten compasión por estos musulmanes, que serían víctimas del racismo. Yo defiendo que hay racismo cuando se rechaza a las personas, pero no cuando se rechaza a una religión, porque ninguna persona se reduce a su opción espiritual. Si no, significa que solo la versión fanática de la religión es auténtica. Como decía Montaigne, “no hay que confundir la piel con la camisa”.
P. ¿Se siente incomprendido en la izquierda actual en su defensa de la laicidad ante el islamismo?
R. Hasta una época reciente la izquierda estaba de acuerdo con mi punto de vista. Pero ha surgido algo nuevo. Una parte de la extrema izquierda es indulgente con el islamismo. Considera que los inmigrantes y especialmente los inmigrantes de origen musulmán están más explotados, perseguidos y discriminados que los demás. Quizá sea verdad. Pero de esto yo no saco la misma conclusión que ellos, según la cual la laicidad participa de esta persecución. Primero, porque la laicidad impone reglas iguales para todas las religiones. Insisto mucho en recordar lo que hicieron los católicos con la Inquisición, no para relativizar, sino para mostrar que las exigencias que se impusieron a los católicos con la ley de la separación de las iglesias y el Estado deben imponerse a todas las religiones.
P. ¿Usted es creyente? ¿Ateo? ¿Agnóstico?
R. Por convicción laica, me incomoda responder. Le contaré una anécdota. Yo di clases de Filosofía durante 42 años. A veces los alumnos me preguntaban: “Señor Peña-Ruiz, ¿usted cree en Dios o no?”. Yo les contestaba: “No les voy a responder. Pero filosóficamente les explicaré por qué. Primero, es asunto mío, de la misma manera que nunca les preguntaré a ustedes si creen en Dios. El respeto de la esfera privada es un principio de la laicidad. Segundo, mi República francesa no me paga un salario para que exponga mi convicción personal. Estoy aquí para enseñarles a pensar. Un día leeré una página de san Agustín, otro de Marx, pero no significará que soy cristiano ni marxista, sino que quiero darles a conocer pensamientos importantes en la historia humana. Debo ser neutral. Y tercero, no responderé a la pregunta sobre si soy creyente o no, pero estoy muy contento de que me la hagan”. Y los alumnos me decían: “¿Por qué?”. Y les respondía: “Porque significa que nada en mi enseñanza les permite saber si soy creyente o ateo y que, por tanto, he respetado la neutralidad que supone la laicidad”.
La política del nacionalismo español
Por IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA
El País, 25 de enero de 2022
Ignacio Sánchez-Cuenca es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid.




