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Solo prescribe lo que no se describe
Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Lugar de los hechos: Colegio San Estanislao de Kostka, de la Orden de los Jesuitas/Compañía de Jesús, sito en el barrio de Miraflores del Palo, Málaga
Fecha: primavera de 1972
Edad de la víctima: 13 años
1. El traje. Don José Luis Alés Barrero, el monitor de comedor y de recreo durante los dos cursos (1970-71 y 1971-72) en los que estuve internado en el Colegio de los Jesuitas San Estanislao de Kostka de Málaga, era un maestro seglar que se ocupaba de los chavales internos durante y después del almuerzo. Era bajito, rechoncho, de ojos claros, repeinado e iba ridícula e impecablemente demasiado "bien trajeado" como para ocuparse del recreo de unos chavales de 12-13 años en un gigantesco patio polvoriento. Su nombre y apellidos figuraban, como profesor externo, en la página 7 del Anuario que el colegio imprimía cada año [un exhaustivo banco de datos personales de la época], y un ejemplar del curso 70/71 ha perdurado hasta nuestros días. Don José Luis, (que es como lo conocíamos los niños a su cargo y que nunca se dejaba fotografiar), tendría unos treinta y pocos años, y recuerdo que fumaba impasible delante de los críos. Años después, el escritor Juan Martínez de las Rivas, que por aquel entonces era uno de mis compañeros de clase, lo recuerda con memoria casi fotográfica: “Edad de unos treinta, cuerpo algo mantecoso, aspecto y rostro aniñados (un Tintín con sobrepeso), pelo rubio peinado crencha a un lado, estilo foto exterior de peluquería de la época, versión moderna, y ojos azules o verdes, y con cierto aire de indiferencia hacia las pequeñas cosas que nos agitaban. Más que atildado, salvo en su vestuario, yo lo percibía indiferente y narcisista. Poseía varios trajes cruzados (siempre vestido -armado- de botonadura cruzada, en mi recuerdo) que alternaba, y cuyos colores se salían de los grises habituales del profesorado: estoy creyendo ver un traje verde con brillos y un traje granate, lo mismo sus corbatas de seda. Además de vigilante, hacía las veces de profesor suplente de inglés.”
Efectivamente, de cuando en cuando, este individuo sustituía a la profesora de inglés, la señorita Yvonne, cuando ésta se ausentaba, y nos daba clase a las 4 de la tarde en un aula que estaba en la esquina del mismo patio de recreo que aparece en la foto anexa (tomada en torno a aquella época), situado en el ala noroeste del colegio. Aquel monitor de recreo, de corta estatura tanto física como moral, tenía, sin embargo, las manos muy largas.
Una tarde de la primavera de 1972, tras el almuerzo, sobre las 15 horas, don José Luis, vestido con uno de esos trajes-tapadera que él pensaba le aportaban respetabilidad, me invitó a ver televisión (o eso me dijo) a una hora en la que la sala de televisión permanecía cerrada para los internos. Ni recuerdo qué programa emitía la pantalla, seguramente un Telediario. Al poco de hacerme sentar junto a él en la estancia en penumbra, el profesor don José Luis Alés Barrero extendió su mano derecha hacia mi entrepierna y comenzó a sobarme. Yo estaba completamente aturdido y paralizado por su comportamiento. Pero no quedó ahí la cosa, pues a los pocos minutos agarró mi mano con su mano izquierda y me forzó a meterla en el interior de su bragueta, que él ya había abierto previamente, para que le agarrara su sexo erecto. Sentí un enorme asco por lo que estaba sucediendo, pero tras unos minutos, retiré mi mano de su bragueta, di un respingo y salí corriendo despavorido de la sala oscura. Me encaminé a paso ligero hacia el exterior del edificio (la salida del edificio está muy próxima a dicha sala) para respirar aire fresco e intentar recuperarme del shock. Era la mayor agresión contra mi persona que había sufrido nunca, y me ha perseguido durante 50 años. Hoy, cuando escribo esto aún experimento repulsión al tener que hacer retrospección para narrarlo.
Por aquel entonces (cursaba cuarto curso de enseñanza secundaria, grupo 4C), yo había comenzado la lectura del El Quijote, en una edición que la buena de mi tía Genoveva me había regalado unos meses antes por Navidad. Solía apostarme contra la base de una de las palmeras que había plantadas en el jardín situado delante del edificio del colegio, un lugar al aire libre orientado al sur y con vistas al mar al que sí nos dejaban acceder. Cada tarde después de comer, acudía con mi libro en mano a dicho lugar. Esto me permitía desconectar por un rato de aquel infierno e interponer una barrera física imaginaria con el edificio-cárcel para sumergirme en la maravillosa ficción de Cervantes. Solo tenía 13 años, pero la magia de aquella lectura me salvó literalmente. Leer sobre las aventuras de don Quijote y Sancho fue como un bálsamo para mi mente atormentada. Desde entonces, los libros me han ayudado a sobrellevar los peores tragos de mi vida. Verdaderamente la lectura nos hace mejores personas.
2. Impunidad. Por otro lado, me sentía tan agobiado por el continuo acoso de algunos de mis compañeros de internado, tan harto de sus insultos y humillaciones, que me armé de valor para acudir a denunciar la situación a quien pensaba (inocente de mí) que podría ayudarme, el llamado Padre Prefecto, don José Ruiz Vázquez. Este religioso aparece como Director Espiritual de los cursos 3º y 4º, en la página 5 del Anuario 70/71. Sentado en su despacho, situado en la primera planta del ala sureste del edificio, mirándome con una sonrisa curil, casi beatífica, a través de sus gafas grises, hizo oídos sordos a mis quejas y se limitó a sonreír aún más, sin casi mediar palabra. A continuación, se levantó de su escritorio y me hizo sentarme encima de él en una silla que había en la esquina de su amplio despacho. Mientras me agarraba por detrás empezó a mover acompasadamente las piernas y la cadera y a gemir cada vez con más intensidad en un jadeo que no se molestaba en disimular. Oía cómo iba alterándose el ritmo de su respiración, mientras iba manoseándome y restregándose el bulto de su entrepierna con movimientos acompasados contra mi culo hasta correrse dentro de sus pantalones, aprovechándose de mi vulnerabilidad para satisfacerse. El muy beato don José Ruiz Vázquez, sacerdote jesuita, se había corrido imaginándose follando por el culo a un niño indefenso. Yo estaba en estado de shock y tardé en darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Cuando dejó de agarrarme por la cintura, salí despavorido de la sala, corriendo escaleras abajo. No volvió a dirigirme la palabra, pero yo nunca olvidé su nombre, sus dos apellidos y el cargo que ostentaba en el colegio.
3. Contarlo. La Compañía de Jesús siempre ha despuntado por la formación de sus miembros, que deben conocer bien preceptos como: la rendición de cuentas y hacer justicia, fomentar la verdad y la memoria, y ofrecer reparación a las víctimas. Aquel colegio no enseñaba a respetar al diferente ni me garantizó un entorno seguro donde desarrollarme como persona en ciernes. Ningún responsable ponía orden ni protegía a los niños que fuimos víctimas de acoso (bullying) y de abusos sexuales.
Por tanto, exijo una disculpa por escrito de la Compañía de Jesús como reparación moral (similar a la recibida por víctimas de los Salesianos) y una indemnización a dicha institución por el daño psicológico que estos abusos me causaron, que me privó de haber vivido una adolescencia feliz, pues me traumatizaron profundamente. Tan culpable y avergonzado me sentía por lo que me había ocurrido en aquel colegio que fui incapaz de contarle a mis padres lo sucedido. Tardé muchos años en perdonarle a mi padre que me internara durante dos años en aquel infierno, con el consiguiente desarraigo familiar, pero lo hice en su momento y me quedé muy aliviado.
Nadie ha descrito mejor mi sufrimiento de entonces que la escritora Elvira Lindo en un reciente artículo titulado “Predicar, pero no con el ejemplo”: Cuando un niño es manoseado por un adulto con el fin de procurarse placer sexual, sabe que algo extraño, inusual, prohibido, algo que vulnera como un hachazo su inocencia le está sucediendo. El niño no va a saber cómo llamarlo, está tan alarmado que lo mantendrá en silencio. Un niño con un secreto es un ser muy desgraciado. El depredador de niños conoce instintivamente la psicología infantil, pero, además, tras años de experiencia, se va a convertir en un verdadero experto. Tiene olfato de sabueso para identificar a la víctima adecuada. Sabe cómo hacer para que esa inmundicia que él genera avergüence a la criatura, sabe cómo cargar al pequeño con el peso de la culpa para que calle. El daño que se le hace a un niño no prescribe. La vida cicatriza muchas heridas, pero las consecuencias de un abuso son rocosas y persisten si el secreto se enquista, si no se encuentra una sociedad que escuche y comprenda. Cuando los abusadores pertenecen a una institución con el poder social que ha ostentado la Iglesia católica, las víctimas tienen derecho a una reparación pública por el daño recibido.” Durante toda mi adolescencia me hicieron creer que lo que me había pasado había sido por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
La Compañía de Jesús reconoció públicamente, el 21 de enero de 2021, que al menos 81 menores y 37 adultos han sufrido abusos sexuales a manos de 96 miembros de su orden desde 1927, en la primera investigación interna de una institución católica en España. Sin embargo, la congregación no ha querido revelar los nombres de los acusados, como reivindicamos las víctimas, lo que me indigna profundamente porque nos revictimiza a quienes ya fuimos víctimas una vez, ni otro dato decisivo, las parroquias, colegios, o seminarios donde tuvieron lugar los hechos (solo señala que 14 casos se cometieron en Andalucía). Un gran paso para los Jesuitas pero un pequeño paso para la humanidad, rezaba un titular.
He tenido que esperar 50 largos años en silencio y en soledad, hasta la creación en nuestro país de una Comisión Estatal de Investigación de Abusos a Menores en la Iglesia Católica dependiente de la Oficina del Defensor del Pueblo, para interponer estas dos denuncias con nombres y apellidos de modo que éstos no queden ocultos en el olvido y para que otras posibles víctimas puedan reconocerlos y dar un paso adelante. Luis Cernuda escribió el siguiente verso "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros." No creo haber sido la única víctima de abusos en aquel colegio. La investigación de la Comisión Estatal dictaminará si la pederastia era una práctica sistémica en dicho colegio de Jesuitas.
La jerarquía eclesiástica española haría bien en mirarse en el espejo de Irlanda, un país mayoritariamente católico como España, pero que, con una población cuatro veces menor, creó una Comisión para Investigar el Abuso Infantil y que publicó un demoledor informe - más de 800 abusadores conocidos en más de 200 instituciones católicas durante un período de 35 años -, comúnmente conocido como el Informe Ryan, el 20 de mayo de 2009.
Como plantea la periodista Lydia Cacho, yo también me pregunto, ¿en qué momento los miembros de la Iglesia católica lograron alcanzar una excepcionalidad jurídica similar a la de los militares que cometen crímenes de guerra? A estos delitos debe aplicárseles la legislación vigente, no la ley divina, porque, en un Estado de derecho, el que la hace la paga. Y, aunque hayan prescrito y sus perpetradores fallecido, la Compañía de Jesús es responsable civil subsidiaria de lo ocurrido. Porque solo prescribe lo que no se describe.
La mujer que fue víctima de la Manada comunicó, a través de su abogado, una frase que me ha animado a relatar lo ocurrido y a hacer públicos estos abusos, con nombres y apellidos, 50 años después, por mucho que hayan prescrito, y sus perpetradores fallecido: Cuéntalo, que, si no, ganan ellos. Al publicarlas en la red, deseo que estas dos denuncias trasciendan para que estos crímenes no queden silenciados ni impunes, y porque, al igual que ha manifestado el escritor Alejandro Palomas, no quiero morirme sucio, con esta mierda dentro de mí.
Firmado: Carlos Martín Gaebler, PhD
20 septiembre 2023
12 septiembre 2023
Por qué odio los aeropuertos
Me pregunto cómo lo hacen esas personas que van con el tiempo justo a la terminal y no sufren un ataque de ansiedad. Yo nunca corro porque siempre voy con margen más que suficiente para realizar un vuelo transoceánico, aunque vuele a Santander.
A pesar de volar con asiduidad, hasta que no me encajono en el asiento del avión, mi estado de ánimo no deja de ser el de El grito de Edvard Munch. Estado que empiezo a adoptar cuando compro el billete, no sin esfuerzo y sin estar seguro del todo si no me habré equivocado en la fecha de mi nacimiento o en la de la ida y la vuelta o en algún número del DNI y/o pasaporte, y que, en realidad, ahora que lo pienso bien, no desaparece hasta que regreso. El aeropuerto es el peaje que se paga por volar a ciertos destinos. Destinos que no siempre merecen la pena. El aeropuerto es una trampa. Cambias el título de la inquietante película Cubo por el de Aeropuerto y no pasa nada.
Ya solo el primer paso de llegar al aeropuerto supone elegir cómo ir al mismo; en taxi, en metro o en autobús —no siempre te puede acercar un familiar o un amigo en coche—. En mi caso, escojo un medio de transporte u otro en función de la hora de despegue y si viajo solo o acompañado. Cada opción tiene sus riesgos y costes, económicos y personales. Una vez en la terminal de salidas, trato de localizar en las pantallas informativas el mostrador de facturación y me aseguro que mi vuelo ni va con retraso ni se ha cancelado. Llegar con tiempo y confirmar que todo va según lo previsto equivale a dos resoplidos de alivio. Y todavía no se ha hecho nada.
Son muchos los que dicen que ya no facturan maleta, sin embargo, sigue habiendo colas largas en los mostradores de facturación. Las aerolíneas compiten por ver cuál de ellas se lo pone más difícil a los pasajeros. Nos quieren al borde de un ataque de nervios y que la maleta que no hemos facturado (por el coste económico y de tiempo que supone) viaje en la bodega del avión. Mientras la fila avanza me aseguro de llevar conmigo toda la documentación en regla, en vigor e impresa; DNI o pasaporte y tarjeta de embarque, y cruzo los dedos para que mi maleta siga midiendo y pesando lo mismo que medía y pesaba la última vez que la medí y pesé. Diez kilos, con unas medidas que se han convertido en un estribillo pegadizo, 55 x 40 x 20 cm. Exceder el peso máximo permitido de equipaje supone pagar una cantidad de dinero muchísimo mayor de lo que cuesta todo lo que contiene la maleta o ponerse a reorganizar en plena terminal y sacrificar algo de nuestro excesivo equipaje a la vista del resto de pasajeros. No pasar vergüenza en un aeropuerto está al alcance de muy poca gente.
Con dos tarjetas de embarque, una de papel y otra digital, y con una mochila como equipaje de mano, toca pasar el control de seguridad. Toca hacer otra fila más. Una fila en la que a cada paso aprovecho para sacar el ordenador portátil, quitarme el cinturón, la sudadera y el reloj, meter en una bolsa transparente los botes con líquidos, y guardar el teléfono móvil y la cartera en la mochila. Parece mentira que haya muchos más olvidos que robos en esas cintas por las que no dejan de pasar las pertenencias más valiosas de los pasajeros. Una vez estoy listo para cruzar ese marco sin puerta sin pitar, disfruto de ese placer culpable de ver y escuchar a las personas de seguridad dirigiéndose a unos pasajeros que o no les entienden o no les quieren entender. Pasajeros a quienes les da pereza descalzarse, reacios a desprenderse de su recién comprada botella de aceite de oliva virgen extra o que prefieren beberse un litro de lo que sea que contenga la botella que llevan consigo antes que verterlo. Cuando me toca pasar el control de seguridad, si pito me lo tomo como una derrota. Puede darse el caso de que no pite, pero que tenga que abrir la maleta para mostrar a la persona de seguridad que eran infundadas las sospechas que había con el objeto que el escáner no reconocía. Tampoco le culpo, todavía no sé cómo puede identificar nada en esa pantalla en la que hay más colores que formas.
Después, es el momento de transitar por la terminal. Un espacio comercial que funciona como Ikea. Tiene atajos, pero hay que pasar por tiendas en las que todo lo que se vende es caro, aunque no lo parezca por la cantidad de gente que compra. Corbatas, auriculares inalámbricos, alcohol, almohadas, chocolatinas, camisas, etcétera. Ni siquiera comprando o mirando, el estrés, la angustia y la ansiedad desaparecen. En un aeropuerto siempre hay que estar alerta. La puerta de embarque puede cambiar sin avisar. Lo único que se avisa por megafonía en todos los aeropuertos del mundo es que no se avisa del cambio de puerta de embarque. Hay que consultar las pantallas informativas. Algo que suelo hacer cada dos o tres minutos. Estaría bien que las pantallas indicasen los destinos en vez de por su nombre por pinturas. De esta manera, los cuadros de Antonio López se identificarían con Madrid, los de Joaquín Sorolla con Valencia, los de Paul Gauguin con la Polinesia Francesa, los de Katsushika Hokusai con alguna ciudad japonesa, los de Fernando Botero con Medellín o Bogotá, los de Henri de Toulouse-Lautrec con París, los de David Hockney con Los Ángeles y los de Edward Hopper con Nueva York, por citar varios ejemplos. Seguiríamos siendo pasajeros estresados, pero ilustradosCuando lo tengo todo controlado y, si tengo tiempo antes de embarcar, me suelo regalar un café del McDonald´s. El único sitio en el que no tengo que hacer una tabla Excel para saber si me lo puedo permitir o no. Mientras me lo tomo me pregunto cómo lo hacen esas personas que van con el tiempo justo al aeropuerto y no sufren un ataque de ansiedad. Yo nunca corro por una terminal porque siempre voy con margen más que suficiente para realizar un vuelo transoceánico, aunque vuele a Santander. Cuando embarco, vuelvo a resoplar de alivio.
La relajación me dura hasta que el avión aterriza y me dirijo a recoger mi maleta. Mientras espero a que aparezca en la cinta transportadora, busco con la mirada dónde se encuentra el mostrador del equipaje extraviado. Pienso en mi maleta y me la imagino abandonada y sola en el hangar de algún triste aeropuerto de un país al que no creo que viaje nunca. También pienso qué haré en caso de que me digan que han encontrado en su interior droga o dinero sin declarar. Cosas que seguro alguien me ha metido, a pesar de haber candado mi maleta, con un candado que se abre con cualquier llave y/o con un palillo. Sin recurrir ni a la fuerza, ni a la maña. Hasta ahora nunca me ha pasado, pero estoy casi seguro que me pasará. Es mi fatal destino, pienso.
Al ver aparecer mi maleta siento alivio y ganas de llorar. Lágrimas que pronto se convierten en algo de resquemor por no ser el motivo de la algarabía que hay al otro lado de la puerta en la terminal de llegadas. Ni soy el motivo de la alegría que suele haber en ese espacio, ni nadie me espera sosteniendo y mostrando una tableta con mi nombre y apellidos. A partir de ese momento somos mi maleta golpeada, en el mejor de los casos, o con una rueda que no gira, y yo. Tras el viaje, será momento de pasar de nuevo por todo este tránsito que, al final, siempre merece la pena, ya sea para descubrir un lugar o para regresar a casa.







































