17 enero 2022

La memoria mejorada: Colorear nuestro pasado para no olvidarlo

Por ÁNGELES OLIVA, eldiario.es 14/01/22
1930, veraneanes en la barra de Perico Chicote en el Bar la Perla de San Sebastián Foto Ricardo Martín /Foto Car Ricardo Martín / Foto Car

15 enero 2022

Cutrespaña


Por CARLOS MARTÍN GAEBLER
Diario de Sevilla, 28 de agosto de 2017

No escribo esta columna para glosar la calidad de vida en España, nuestra alegría vital, nuestro altruismo donante para salvar vidas, nuestra bendita propensión a besarnos y tocarnos; tampoco para reivindicar la riqueza multinacional y plurilingüe del Reino, o para constatar la satisfacción que sentimos cuando, tras una larga estancia en un destino lejano, aterrizamos en Barajas y volvemos a nuestra zona de confort. Hoy, quiero reflexionar, desde el civismo ilustrado, sobre la podredumbre social y ética de nuestro país, y desentrañar los modos y pensamientos del español rancio, del español/español.

Somos un país que no ha sido capaz de mirarse en el espejo de su pasado. Los españoles padecemos una amnesia histórica colectiva. Hay una España a la que las películas sobre la guerra civil le parecen todas tendenciosas, una España que nunca ha condenado el golpe de estado de 1936 (y otra España inmadura que no condena la dictadura venezolana), una España nacionalista que hace alarde de su idea patrimonialista de la patria de todos. Ante este escenario se hace necesaria una nueva transición, una que transite hacia una regeneración de nuestra democracia. Necesitamos reiniciar España.

Señala Manuel Rivas que los españoles tenemos la sensación de vivir empantanados en esa posdictadura que es la corrupción sistémica. Vivimos en un país de corruptos y chorizas impunes que siempre se salen con la suya. Un país que convierte la actividad futbolístico-comercial en Marca España. Luis García Montero suele afirmar que vivimos en un país de chiste, pero sin ninguna gracia.

Nuestra ancestral chulería/picardía va desde el aparco y fumo donde me da la gana hasta preguntar a un cliente si quiere pagar la factura “con IVA o sin IVA” para seguir engordando la economía sumergida. El españolazo gusta de decir coño y cojones (cuando no maricón) cada dos por tres. Durante demasiado tiempo, en lugar de educar en el respeto entre iguales, hemos insistido en educar solo en la tolerancia (se tolera desde una posición de superioridad moral). Y así nos ha ido. Por otro lado, siempre me ha llamado la atención que el castellano no tenga un término propio para el adjetivo inglés “law-abiding” (que cumple las leyes), aunque sí hay innumerables sinónimos de pícaro.

La telebasura que consumen a diario muchos conciudadanos es también responsable de la conformación de esta sociedad maleducada. Ante el tsunami audiovisual, leer hoy en día en España se ha convertido en una heroicidad de minorías. Parece que vivamos en un país compuesto por una clase televidente y otra leyente, a modo de una nueva versión de las dos Españas. A partir de ahora, nuestros adolescentes podrán obtener el título de la ESO con dos asignaturas suspendidas. El listón cultural cada vez más bajo. ¿Les suena de algo?

Este año se cumplen 40 años desde la restauración de la democracia y seguimos sin entendernos. España es un país ingobernable porque es autodestructivo. Un ejemplo de nuestra proverbial aversión al consenso es la incapacidad para reformar la tauromaquia de modo que no sea necesario matar a un toro ante una multitud que ha pasado antes por caja. Se requiere imaginación para dar con la fórmula de torear sin torturar. No creo que ser español sea aplaudir por ver asesinar a un animal después de haber pagado por ello.

Por otra parte, el español/español es poco autocrítico. Un ejemplo: hace unos años, en Irlanda —un país mayoritariamente católico como España— se constituyó una comisión nacional para sacar a la luz los 30.000 casos documentados de abusos a menores. Si en una población de 12 millones se habían llegado a contabilizar tal número de casos, ¿cuántos abusos sexuales habrá habido en España, un país que casi cuadruplica la población de Irlanda? ¿Ha creado el Estado español una comisión para desenmascarar y condenar a los culpables (aunque muchos de esos crímenes hayan prescrito) y reparar el daño a las víctimas? No. Somos cutres de verdad porque no sabemos limpiar las heridas infectadas de pus de nuestro pasado. Pobre España.

Recientemente el Instituto Elcano ha atribuido la ausencia actual de un partido fascista en España (eufemísticamente lo llaman populismo de derecha) al estilo de los surgidos en varios países occidentales a la debilidad de nuestra identidad nacional, factor este que, a mi entender, nos lastra para vertebrar nuestro país. Mariano Barroso, vicepresidente de la Academia de Cine, sostiene que la ausencia clamorosa de un concepto de “lo colectivo” y del “bien común” nos limita y nos impide crecer como colectividad. Además, el proceso secesionista catalán está impidiendo el ineludible proceso reformista español. Los árboles de un territorio no nos están dejando ver el bosque del resto del Estado. A propósito, ¿no se le ha ocurrido a nadie preguntarse si este dolorosísimo desgarramiento territorial que estamos sufriendo se habría producido de ser España un país cívico, sensato y vertebrado? ¿Es acaso la negativa a contribuir económicamente a la solidaridad interterritorial la única razón que mueve a los secesionistas? Nos convendría formularnos estas preguntas y respondérnoslas.

Si alguien acusa a este heterodoxo de antipatriota por escribir esta amarga columna, entonces no se ha enterado de nada. Escribir es una forma de hacer país. Otra España es posible. cmg2017

12 enero 2022

Casas con muchas cosas

Por IRENE VALLEJO

El País Semanal, 9 de enero de 2022


Esta es una historia de hogares conquistados por acumulación, día a día, sin tregua: espacios invadidos despacio. Un habitante de un país rico puede poseer hoy miles de objetos a lo largo de su vida, desde móviles hasta pañales, ropa de todos los colores y grosores, botecitos de champú birlados en hoteles de varios continentes, regalos arrinconados, deportivas supervivientes de buenos propósitos pretéritos, souvenirs de guardia en estantes abarrotados o ubicuos envases de comida. Cuando nos mudamos, tomamos conciencia de la apabullante cantidad de cosas que amontonamos. Como escribió Baudrillard, los objetos cotidianos proliferan, las necesidades se multiplican, la producción acelera su nacimiento y su muerte. Un tranvía de deseos con fin de trayecto en la basura.


Nuestros ancestros tenían —y tiraban— pocas posesiones. Los pobres vivían hacinados y los poderosos hacían patente su riqueza con otros códigos: tejidos suntuosos, colores caros, perfumes, tiempo libre. Exhi­bían el precio y la rareza de sus propiedades, no su abundancia. Sin embargo, a los antiguos romanos —la primera sociedad de consumo de la historia— ya se les hizo una montaña el problema de los desechos. Literalmente. El monte Testaccio, con 49 metros de altura, es un cerro artificial situado en la urbe formado por más de 30 millones de vasijas rotas que, durante siglos, fueron abandonadas allí. La mayoría eran grandes ánforas de aceite de oliva elaborado en la Bética, en Hispania; el contenido se trasvasaba a otros recipientes más pequeños y, como no era rentable lavarlas y reutilizarlas, las rompían en pedazos y las cubrían con cal para evitar malos olores. Aquella colina romana que vino de España fue una temprana advertencia de la peligrosa escalada de lo sobrante.


En nuestros tiempos, cuando cada europeo se deshace de un promedio de 500 kilos al año y cada estadounidense tres veces más, estamos cambiando la orografía del mundo con auténticas cordilleras de desperdicios: aquí unos Urales de basurales, allá un Everest de vertederos. El consumismo ha creado sorprendentes consignas. Vida desechable fue el título de un artículo publicado en la revista Time en 1955, donde una familia sonriente atiborraba el cubo de su cocina con platos de papel y cubiertos de plástico que “nos robarían más de 40 horas para limpiarlos”. Por aquel entonces las grandes potencias empezaron a enviar sus desechos a países suficientemente pobres como para aceptar un desembarco de despojos. En Los Soprano la mafia se reciclaba en el tráfico ilegal de residuos, la droga que producimos pero no queremos ver. Y, en las sucesivas crisis, nos colonizó la metáfora: trabajo basura, bonos basura, comida basura, televisión basura.


Hace dos décadas, Agnès Varda partió en busca de los disidentes de la vida desechable, y los retrató en su documental Los espigadores y la espigadora. Siguió las huellas de la antiquísima tradición del espigueo, el derecho de niños y mujeres humildes a recoger las espigas de trigo caídas al suelo tras la cosecha. Con su cámara de vídeo, acompañó a quienes recolectan patatas abandonadas en los campos porque son demasiado pequeñas para comercializarlas, o quienes rebuscan entre las sobras caducadas de los supermercados de las ciudades. Gentes que escarban por pobreza, pero también por resistencia a derrochar o por amor al arte. La propia cineasta se revela como una espigadora poética que colecciona retazos de experiencias humanas. Una y otra vez nos muestra tomas de sus manos arrugadas, amarillentas y nudosas como tubérculos rechazados. Quizá crear siempre consistió en hurgar entre los desperdicios, es decir, habitar y recuperar lo antiguo: una historia de segundas vidas.


En este mundo que dilapida en nombre del tanto tienes —y tiras—, tanto vales, nada sale más caro que lo barato desechable. De la Montaña Basura de Fraggle Rock a las montañas de basura de la distópica Wall-E, los cuentos contemporáneos han profetizado las temibles consecuencias de nuestra espiral del despilfarro. Aún es posible frenar la alocada carrera desde el escaparate al vertedero: un sinsentido consentido.

26 diciembre 2021

Merlí y la convivencia

No sé si será predicar en el desierto, o si ya llegamos tarde, pero estimo que ver y escuchar en catalán subtitulado en castellano la formidable serie televisiva Merlí por parte de espectadores castellano-parlantes contribuiría a asentar en todos los territorios del Estado español el respeto a nuestro rico plurilingüismo, y ayudaría a construir una España mejor y en concordia consigo misma. 

La ficción creada por Héctor Lozano para TV3 en torno a un heterodoxo profesor de filosofía y sus alumnos en un instituto de Barcelona (una Barcelona que luce ufana sin caer en el postalismo) atesora valores democráticos, hace pensar a nuestros jóvenes alejándoles del ruido tóxico de las redes, y siembra la empatía donde tantos hoy se empeñan en sembrar el odio. Atrévanse a verla. cmg2021

Disponible gratis en rtve.es hasta junio de 2022.

Artículo relacionado: Merlí: el descubrimiento de la vida, el amor y la muerte, por Juanjo Roldán

25 diciembre 2021

La revolución sexual (La Casa Azul)

 


Zurbarán, el tiempo detenido

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Babelia, El País, 25 de diciembre de 2021

Entré en una sala del Museo de Bellas Artes de Sevilla y el tiempo se detuvo. Se detuvo de golpe, sin aviso, cancelando el estado de ánimo que había tenido hasta ese momento, la distracción de una mañana de trabajo, hasta el propósito que me había llevado al museo, que era el de ver la exposición de Valdés Leal. Traía conmigo la modesta felicidad de encontrarme esa mañana soleada de diciembre en Sevilla, y de haberme recreado en la plaza que hay delante del museo, con la fantástica feracidad de una vegetación que parece de Lisboa, de un clima así de templado, con el grado ligero de humedad que da ese esplendor a los árboles, los ficus de tronco de paquidermo, las palmeras vertiginosas en lo alto del aire, el verde reluciente de las hojas diminutas de las jacarandas, los naranjos que parecen árboles del paraíso terrenal pintados por Fra Angelico. Era pronto y quedaba un frío de primera hora de la mañana en el aire. El frío era más intenso y más húmedo en los patios del antiguo convento, que aún no empezaba a caldear el sol, los patios de arrayán y de arcos de columnas esbeltas que están entre Florencia y la Granada nazarí. El museo fue durante siglos un convento de frailes mercedarios, y en los patios y en algunos corredores se intuye todavía un frío de baldosas desnudas y penitencia monacal. Las órdenes religiosas formaban la clientela principal de los pintores en el siglo XVII en Sevilla y en cualquier ciudad española, todas ellas sombríamente ocupadas por bloques de conventos, por iglesias con retablos barrocos, cuadros ennegrecidos de vírgenes y martirios, escalinatas pobladas por pedigüeños y tullidos.

En Holanda, en esa misma época, los pintores retrataban interiores burgueses tranquilos y aseados y caras joviales encendidas por la buena comida y la prosperidad del comercio. El repertorio de los pintores de Sevilla incluía milagros, martirios, mortificaciones, calaveras, ropajes de esparto, ásperas telas de hábitos de frailes. También la casquería espiritual de las dos postrimerías que Valdés Leal pintó para la entrada de la iglesia en el Hospital de la Caridad, “el horrendo / dictamen de que todo es del gusano”, según los versos de Borges. Una de ellas, Finis gloriae mundi, está ahora en el Bellas Artes, y es de lo mejor de la exposición. En ese género tan específico de las “vanidades” del Barroco, las facultades de Valdés Leal, a mi juicio limitadas, encuentran su mejor expresión: los negros de hollín, la truculencia de la pincelada, la complejidad compositiva.

Valme Muñoz Rubio, la directora del museo, se quejaba tristemente, y sin duda con justicia, de la resonancia escasa que tienen muchas veces en España grandes exposiciones que no se hacen en Madrid: “Es muy difícil traspasar Despeñaperros”. Valdés Leal es un pintor desigual, con frecuencia apresurado, con una propensión a las rutinas formales que serían favorecidas por el trabajo de taller y la monotonía temática de los encargos. Alguna vez tiene aciertos fulgurantes: un Sacrificio de Isaac de composición dislocada, en el que el cuerpo del joven recuerda el dramatismo de los desnudos masculinos de Caravaggio; y sobre todo algunos dibujos, de extraordinaria libertad expresiva, un Cristo con la cruz visto de frente y resuelto con unos pocos trazos ondulados, un retrato de hombre joven que mira con un estupor y una naturalidad como de fotomatón. Pintar cuadros no es ni mucho menos el trabajo único de un pintor en esa época: Valdés Leal era un especialista en escenografías de retablos, en arquitecturas efímeras, en policromía de tallas, con algo de productor teatral y empresario de un taller capacitado para cumplir encargos diversos. Las expresiones y los gestos de sus figuras pocas veces dejan de ser formularias. La pintura tiene ese empasto sombrío del que se libró Velázquez nada más irse de Sevilla, y más aún cuando vio la luz de Italia. Valdés Leal es ese artista que promete y que se queda empantanado en el espesor de su provincia.

Zurbarán también trabajó sobre todo para una desoladora clientela clerical, y también tuvo un taller que producía casi en serie dignas mediocridades destinadas al polvo de los retablos y a las estancias lóbregas de los conventos. Pero era mucho mejor pintor que Valdés Leal, y cuando ponía en un encargo los cinco sentidos podía lograr ese efecto supremo de la pintura que es el del tiempo detenido en un instante eterno: detenido en el interior del cuadro, pero también en la mirada y en la conciencia del espectador, en su presencia física.

He dejado atrás la obra extensa de Valdés Leal, que tiene más de aprendizaje histórico que de emoción estética, y cuando ya me disponía a marcharme, porque se me acababa este par de horas de respiro en la jornada de trabajo, he mirado de soslayo a una sala y he sido atraído de inmediato hacia ella. Es entonces cuando el tiempo se ha detenido, abriendo un paréntesis en el curso del día, en la secuencia de las tareas y las distracciones. El impacto es mayor porque no recordaba que este cuadro, San Hugo en el refectorio de los cartujos, estuviera aquí. Ahora que lo pienso, es probable que sea la primera vez que estoy viéndolo en mi vida: viéndolo en la realidad, no en las reproducciones, que nos dan una familiaridad útil, y también engañosa.

Las figuras inmóviles de Zurbarán tienen esa solemnidad maciza y sin embargo sin peso de Piero della Francesca. Es la inmovilidad del tiempo en el milagro que se cuenta en el cuadro: san Bruno y sus primeros seis cartujos están despertando de un sueño que ha durado 45 días, y que les sobrevino en el refectorio cuando debatían si sería lícito para ellos comer carne. Abren los ojos 45 días después y la respuesta es evidente a sus ojos porque la carne se ha convertido en ceniza. San Hugo, su criado, los siete monjes, observan maravillados y sobrecogidos la evidencia del milagro, pero da la impresión de que lo que de verdad los maravilla, lo milagroso de verdad, es la epifanía de los hábitos y los manteles blancos, del gris delicadísimo del muro del fondo, de las jarras de cerámica de Talavera, de los panes de corteza morena, cada pan tan austero y tan expresivo como la cara de un monje, cada monje igual a los otros en la monotonía de los hábitos y retratado en su plena singularidad humana. No hay muchos cuadros así: el tiempo se detiene en ellos porque no se terminan nunca de mirar.

20 diciembre 2021

Las bibliotecas

Las bibliotecas: un viaje interminable

En el evocador ambiente de las bibliotecas comienzan aventuras inimaginables, tantas como libros reposan en sus estantes. Por YOLANDA CARDO

Para nuestra mente el confinamiento es como “poner puertas al campo”. Nada hay que nos impida viajar a cualquier lugar gracias a la literatura.

Mucho antes de que la tecnología se convirtiera en algo tan cotidiano en nuestras vidas, hasta el punto de no concebir nuestro día a día sin las luminosas pantallas, los libros nos transportaban alrededor del mundo sin levantarnos del sofá. Viajes épicos por todo el planeta. Es tanta la libertad que incluso podemos viajar a lugares inventados, abstractos, mágicos, explorar el futuro o trasladarnos al pasado.

No hay mejor plataforma de embarque que las bibliotecas. Maravillosas estancias, algunas con mucha historia, repletas de destinos. Son por sí solas un codiciado reclamo para bibliófilos empedernidos. Largas hileras de tentadoras estanterías sobre las que descansan millones de historias.

Biblioteca clementina en Praga

La ciudad de Praga, omnipresente en la literatura checa / DAGMAR VESELKOVA
La ciudad de Praga, omnipresente en la literatura checa / DAGMAR VESELKOVA

En el corazón de Praga, a escasos metros del Puente de Carlos, se encuentra un complejo de edificios conocido como el Klementinum. Un histórico y espectacular conjunto que posee varias estancias atractivas como son la Torre Astronómica y la Capilla de los Espejos, pero la más hermosa es la biblioteca barroca. Una bella sala abarrotada de libros cuya cubierta está decorada con frescos de motivos alegóricos de Jan Hiebl y el centro de la habitación luce una hilera de antiguos globos terráqueos. Sus muros albergan más de seis millones de libros entre los que se encuentran valiosas colecciones y manuscritos. Un sinfín de lomos con sugerentes títulos que, a veces sin pretenderlo, nos guían por la historia y los paisajes de República Checa.

La biblioteca Clementina en la capital de la República Checa
La biblioteca Clementina en la capital de la República Checa

La capital es el telón de fondo de muchos de ellos y en cada obra descubrimos una cara diferente de esta polifacética ciudad. La compleja en La metamorfosis o El proceso de Kafka, la misteriosa en El Gólem de Gustav Meyrink, El cementerio de Praga de Umberto Eco, El molino de las momias de Petr Stancík o El Violinista de Praga de Michael Crane. Su tumultuosa historia está en el trasfondo de muchas otras como La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, El dinero de Hitler de Radka Denemarková, Misiones nocturnas de Jáchym Topol o El espíritu de Praga de Ivan Klíma. O la costumbrista, vieja y poética de la mano de Jan Neruda en Cuentos de Malá Strana.

Trinity college en Dublín

Detalle de la Long Room Library, Trinity College
Detalle de la Long Room Library, Trinity College

Viajamos hasta Dublín, concretamente a la biblioteca del Trinity College. Visita casi obligada para todo viajero a la capital irlandesa. Un impresionante edificio construido entre 1712 y 1732 que alberga más de tres millones de libros e innumerables manuscritos, de todos ellos, los más antiguos reposan en la llamada “Long Room”,  la sala principal con 65 metros de longitud. Entre tanto tesoro destaca uno en particular: el Libro de Kells, un bello manuscrito del siglo IX atribuido a los monjes de la isla de Iona. Por sus regias estancias han paseado algunos de sus grandes escritores: Samuel Beckett, Oscar Wilde o Bram Stoker.

Long Room, Trinity College, Dublin
Long Room, Trinity College, Dublin

Irlanda es tierra de escritores. Gracias a ellos nos adentramos en su historia, sus costumbres y sus paisajes, leyendo obras como Dublineses, Ulises o Retrato del artista adolescente de James Joyce. Otro de los grandes de las letras irlandesas, William Butler Yeats en El Crepúsculo celta y El niño robado nos trasladan hasta el condado de Sligo. No puede faltar todo un clásico llevado al cine por el director Alan Parker en 1999: Las cenizas de Ángela de Frank McCourt.

Biblioteca pública de Évora

Portugal es uno de los destinos más cercanos y queridos por los españoles. Situada en la región del Alentejo se encuentra la ciudad de Évora. Su biblioteca es una auténtica joya. Inaugurada en 1666 como sede del Colegio de Mozos de la Catedral, guarda en sus estantes hasta 664 incunables, multitud de manuscritos y documentos además de numerosos libros impresos durante el siglo XVI. Está considerada como una de las más antiguas y notables del país. Un lugar que invita a sumergirse entre las páginas escritas por alguno de sus más ilustres escritores: António Lobo Antunes, José Saramago, Fernando Pessoa, Eça de Queirós, José Luís Peixoto, Ana Luisa Amaral, João de Melo…

Existen muchos más templos consagrados a la literatura. La Biblioteca Pública de Nueva York, la Bodleiana en la universidad de Oxford, la de Alejandría, la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. También en España encontramos muy bellos ejemplos: La Biblioteca Nacional en Madrid, la Biblioteca General Histórica de la universidad de Salamanca, la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la del Monasterio de Yuso en La Rioja, el Archivo General de Simancas en Valladolid o la Biblioteca Arús en Barcelona.

Mágicos espacios en los que habitan millones de universos esperando ser descubiertos. Hermosos ecosistemas de conocimiento en estado puro.

(EL ESPAÑOL,26.04.2020)

03 diciembre 2021

Joan Manuel Serrat: el lado correcto de la historia

Por ÁLEX GRIJELMO

Aparte de su valor como músico, el cantautor esparció la conciencia sobre las lenguas de España, pero sin sucumbir a las trampas del independentismo.

Joan Manuel Serrat siempre estuvo en el lado correcto de la historia. Esto del lado correcto es una opinión, claro. Pero la historia ya viene hablando sobre lo que ha ocurrido en el mundo desde que Serrat canta.


Con 24 años, fue seleccionado en 1968 para representar a España en Eurovisión. Él quiso hacerlo en catalán y el régimen decidió sustituirle por Massiel, que acabaría ganando el concurso. Ese gesto de oposición al franquismo le valió ser vetado en la televisión única de entonces. Y también para esparcir la conciencia sobre las lenguas de España.


Respondió a aquel veto con discos imprescindibles que reivindicaban el republicanismo español víctima del golpe de Estado de Franco, a la vez que defendían a los grandes poetas del castellano: Antonio Machado (1969), Miguel Hernández (1972).


Apoyó después sin reservas la Constitución y el cambio que representó el PSOE, con su participación (junto a Miguel Ríos y Georges Moustaki) en el gran mitin de cierre de la campaña socialista de 1982 en una explanada de la Ciudad Universitaria de Madrid. Era una opción partidista, sí; pero también una forma de entender Cataluña en España.


Se opuso rotundamente luego a las dictaduras latinoamericanas de los años setenta y ochenta, desde dentro de la boca del lobo; algo que allá jamás se ha olvidado.


Y en los tiempos convulsos supo defender sus dos lenguas propias como vehículos de entendimiento entre culturas hermanas. Hizo que cientos de miles de castellanohablantes cantaran en catalán Paraules d’amor y que todos los catalanes hicieran suya la letra de Mediterráneo.


Esa unión entre los dos idiomas quedó plasmada en uno de los momentos más emocionantes de la gira El gusto es nuestro (1996), cuando Ana Belén y él interpretaron juntos precisamente las Paraules, pero ella con una estrofa en catalán y él con la otra en castellano.


No sucumbió Serrat a las trampas del independentismo, y hasta paró el comienzo de una canción, en medio de un recital en la capital catalana, para reprender a un espectador que le voceó: “¡Canta en catalán, que estamos en Barcelona!”. Serrat respondió, enfadado: “Siempre hay alguien que viene despistado. Sé perfectamente que estoy en Barcelona, seguramente lo sepa antes que usted. Y desde antes que usted, estoy trabajando por hacer cosas en esta ciudad, así que le pido que me deje hacer mi espectáculo”. En aquella oportunidad, en diciembre de 2018, había dedicado la actuación a recorrer el disco Mediterráneo.


Si se hubieran de elegir democráticamente las 100 mejores canciones compuestas en España, Serrat colocaría en esa lista no menos de 30. Todas muy distintas entre sí, lo que da idea de un talento y una creatividad sin parangón. Pero no se debe olvidar tampoco que, si hubiera que decidir democráticamente cuál es el lado correcto de la historia, quizás se acordaría que durante sus 65 años de carrera, que ya es tiempo, Serrat siempre ha tomado las decisiones acertadas. (El País, 3 de diciembre de 2021)

29 noviembre 2021

Almudena y la alegría

Por PEDRO SÁNCHEZ CASTEJÓN

Hemos perdido muy temprano a una de nuestras mejores escritoras. Almudena Grandes ha sido una autora fundamental para nuestras letras, pero también para comprendernos como país y para atender a su cicatriz más compleja. Una narradora tenaz y muy valiente, una lectora insaciable y una ciudadana comprometida.


Comprometida con la historia. Su empeño por no olvidar a los caídos, a los que resistieron, a todas aquellas y aquellos a los que el relato dejó atrás. Almudena, con el rigor de la historiadora y la libertad de la creadora, escribió sobre quiénes fuimos para contarnos quiénes somos ahora. Un esfuerzo literario titánico, titulado Episodios de una guerra interminable, por recordarnos que la memoria no tiene que ver únicamente con el pasado, sino con nuestro presente y, más aún, con nuestro futuro. La literatura de Almudena Grandes ha hecho la memoria de España más digna.


Comprometida con la izquierda. Desde unos ideales con los que se enfrentó al mundo y desde los que siempre tuvo una mirada crítica, valiosa y combativa. Una mirada, muchas veces, incómoda, que atravesaba nuestra vida cotidiana buscando siempre la justicia y desvelando lo falso, lo inservible. Comprometida, sobre todo, con la vida. Y con la alegría.


Porque Almudena hizo de la literatura algo más que un oficio, algo más que una pasión, algo más que un compromiso. Escribió sus libros junto a los pucheros de la cocina, escribió junto a los atardeceres de Rota, escribió desde el corazón de su ciudad, Madrid. Escribió a través de las hemerotecas, de los libros de historia, escribió nuestro país a través de los corazones de los desaparecidos, de sus vidas invisibles y únicas. Escribió a través de los ojos de varias generaciones de mujeres. Descifró las derrotas de nuestros vivos y las de nuestros muertos. Escribió con alegría y con belleza, puso en pie una guerra, una posguerra, un país herido y levantado.


Una voz que nunca podremos olvidar, leyéndonos de mañana sus columnas en la Cadena Ser, retratando a la gente de la calle, a la gente de verdad, a las mujeres y a los hombres que habitan nuestro país, retratándonos a todos, en su empeño por hacer de lo cotidiano la gran batalla de la vida. Almudena Grandes le va a faltar a España. Nos va a faltar a todos y a todas en las páginas de este periódico, en su Escalera interior y en sus columnas de los lunes. Y nos va a faltar a los lectores de sus novelas.


Pero en todas las librerías y en nuestras casas sus libros seguirán vivos. Nuestras hijas e hijos y las siguientes generaciones sabrán cómo fue la historia de los vencidos y de las vencidas, las pequeñas historias que sucedieron en los márgenes, las grandes preguntas que sostienen todavía esos nombres anónimos derrotados por una historia implacable.


Decía Almudena en una de sus últimas columnas que los lectores y lectoras éramos su libertad. Y que la escritura era su vida. Tenemos la suerte de que sus palabras nos seguirán hablando. Igual que sigue narrando España su admirado Galdós. Igual que volvemos una y otra vez, como ella volvía, a la Odisea para encontrar el camino. Y todos tendremos que aprender a recordarla, como escribía Luis García Montero en aquel libro que el poeta tituló con su nombre: Almudena. (El País, 29 de noviembre de 2021)


Lectores de Almudena Grandes despidiéndola en el Cementerio Civil de Madrid con un libro suyo en la mano.


27 noviembre 2021

Almudena Grandes, la escritora que noveló la épica de los perdedores

Por TEREIXA CONSTENLA

Nadie como Almudena Grandes, la escritora madrileña fallecida este sábado a los 61 años por un cáncer, ha tenido la fuerza y la constancia para darle a los derrotados del siglo XX español la épica literaria que les faltaba. A partir de 2007, cuando publicó El corazón helado, la carrera de Grandes encontró un sentido que trascendía lo literario. Ella ya era una autora de éxito y de prosa sólida (algunas de sus novelas anteriores como Los aires difíciles o Atlas de geografía humana fueron celebradas por la crítica especialmente), pero cuando acabó El corazón helado, donde por primera vez se detenía en las vidas de aquellos exiliados republicanos y sus generaciones de inadaptados posteriores, vio el agujero negro por el que se perdían una buena parte de los españoles del siglo XX.

Sensibilizada y conectada con el movimiento de memoria histórica, Grandes comenzó en 2010 uno de los proyectos literarios de más largo alcance de la narrativa en español contemporánea: los Episodios de una guerra interminable, una saga de seis novelas que atravesaban lo peor de la historia del siglo XX. Antes de sacar el primer título a la calle, Inés y la alegría, Grandes ya sabía qué iba a contar en los cinco siguientes. Era ese tipo de escritores que monta los andamios y delinea planos antes de empezar el edificio. Su objetivo era lograr un fresco histórico, al estilo de Galdós con el XIX, que permitiese retratar lo micro y lo macro, la atmósfera de un país cuarteado por una guerra y las historias reales que habían sido ocultadas. Si gracias al primer título los lectores descubrieron aquella tentativa fracasada de los comunistas exiliados en Francia, que invadieron el Valle de Arán en el Pirineo de Lérida en octubre de 1944, en el que le valió el premio Nacional de Narrativa, Los pacientes del doctor García (2017), saca a la luz la red montada por Clara Stauffer en Madrid para refugiar a nazis en una dictadura que tanta simpatía había mostrado hacia Hitler.En el último publicado hasta ahora, La madre de Frankenstein, indagó en la biografía de Aurora Rodríguez Carballeira, acaso la parricida más famosa del siglo XX español, que tiroteó a su hija Hildegart Rodríguez Carballeira para evitar perder su control sobre ella, a la que había moldeado para convertirla en un modelo de mujer ideal. Aurora, que acabaría ingresada en el manicomio de Ciempozuelos, atrapó a la escritora, que la eligió para novelar de su mano los crudos años cincuenta. “Yo comprendo que hay que odiarla, que es fácil que a la gente le parezca odiosa, pero a mí me parece más fascinante que odiosa”, explicaba la novelista a EL PAÍS en enero de 2020, durante una visita por las instalaciones de Ciempozuelos donde transcurría la obra.

Grandes tenía la curiosidad de la historiadora y la potencia de la novelista. Ambas cualidades le permitían construir unos artefactos redondos, donde el rigor científico y la documentación estaban al servicio de una trama pensada para emocionar y remover. La literatura nació para eso, para vivir otras vidas y llorar otras penas. La historia lo hizo para acreditar que otras vidas y otras penas existieron. Almudena Grandes, desde luego, no inventó la novela histórica, pero sí una manera de hacer novela histórica singular, marcada por su propia formación como historiadora, que la empujaba a acreditar cada detalle real (no hay más que ver las notas finales de libros, donde expone cuáles fueron los hechos y cuáles las elucubraciones literarias), sin que nada de esto empañase su pulso narrativo.

El pulso estaba ahí desde siempre, desde que protagonizó uno de los estrenos más exitosos de la joven literatura de la joven democracia. Con Las edades de Lulú (1990), su primer libro, se convirtió en un fenómeno. El erotismo, narrado desde una óptica femenina, arrasó en ventas. Pero fue uno de esos libros que no solo medían su impacto en cifras, de alguna manera conectó y retrató el espíritu de una época, donde el deseo y la sexualidad de las mujeres estaban en plena transformación. (El País, 27 de noviembre de 2021)

El poder y la alegría de Almudena Grandes

Un cáncer se lleva a los 61 años a una novelista fundamental de la literatura de la democracia

Las conmociones son egoístas pero este periódico quiere contar a sus lectores por qué Almudena Grandes ha sido una pieza esencial de su arquitectura íntima desde hace más de 20 años. Tanto en el pequeño espacio que ocupaba físicamente su columna en la contraportada como en su artículo en El País Semanal, la escritora y novelista ha proyectado una visión del mundo incapaz de ser neutral, esquiva o cobarde. Su concepción de la literatura ha crecido en el arraigo social y la sensibilidad hacia el sufrimiento de los más débiles, los derrotados por las guerras o por la vida misma. No solo por la envergadura es relevante su último ciclo de seis novelas en torno a la posguerra española, titulado Episodios de una guerra interminable (la quinta entrega aparecida en 2020, La madre de Frankenstein). Lo es también por la voluntad de rescatar entre la ficción y la realidad la peripecia íntima de un país plagado de derrotados en silencio. Ese compromiso estuvo de forma todavía muy leve en Los aires difíciles, donde exploraba los vericuetos emocionales del pasado enredados en una pareja que los vive en el presente y en Cádiz. Pero con El corazón helado sancionaba un nuevo horizonte literario que la emparentaba con la alta tradición de Pérez Galdós y un realismo omniabarcador. Nada escapaba del empuje hacia la exploración de una historia de España vivida por dentro y desde dentro, con emociones recreadas con la delicadeza del médico experto, y adelanto de la aventura que tantos lectores han disfrutado desde entonces con su ciclo más reciente.

Pero sería un error sucumbir a la tristeza y dejar de ver a Almudena Grandes como la mujer expansiva, alegre, hedonista, solidaria y combativa con aquellas causas que la sublevaban como persona y también como mujer. Fue valiente en la discrepancia y nunca se refugió en la arrogancia de un éxito de lectores que disfrutó desde muy joven. Su primera novela en 1989, Las edades de Lulú, se publicó ya en la editorial del resto de su obra, Tusquets, y le ofreció las condiciones para seguir haciendo lo que nunca creyó que podría hacer: dedicar la vida a los demás a través de la ficción y antes que sobre nadie, sobre sí misma, como en Malena es un nombre de tango. Sus artículos fueron muchas veces pequeños relatos o ficciones de proximidad con un lector que sabía de la interlocución directa que Almudena Grandes ofrecía y buscaba. Lo que más echará de menos la cultura española es el empuje moral de una narradora dispuesta a sumergirse en la pluralidad ingobernable de las peripecias de una sociedad compleja. Hoy quedan un puñado de poderosas novelas donde la virtud de la emoción y la inmersión irresistible en las vidas ajenas, inventadas o reales, acaba hablando de la vida posible de cada uno de nosotros.