12 octubre 2015
19 septiembre 2015
Yonquis del móvil
Por ANDRÉS AGUAYO
El País, 24 de junio de 2015
“Durante
los próximos cuatro días solo estaremos nosotros y los árboles”. Este cartel,
en medio de un bosque en Mendocino, California (EE UU), delimita la frontera de
Camp Grounded, un campamento para adultos adictos a la tecnología. Nada más
llegar los participantes depositan sus móviles, tabletas y ordenadores en una
cabaña. Sólo se permiten cámaras analógicas o Polaroids. Para entretenerse
practican yoga, tiro con arco, hacen pan o participan en un taller de
escritura… con máquinas de escribir. Desde 2013 han celebrado 17 que atraen a
unas 300 personas por edición. Su lema: “Desconectar para reconectar”.
Tras
la aparición de los teléfonos inteligentes, en 2007, se acuñó el término phubbing (al
juntar phone y snubbing), ignorar a alguien por mirar el móvil. Otra palabra de
nuevo cuño es nomofobia, el miedo a estar sin el móvil. En promedio, revisamos
el smartphone unas 150 veces al día. El 87% de los españoles lo tiene al lado
las 24 horas y un 80% confiesa que lo primero que hace al despertar es mirar el
teléfono, según el informe de la Sociedad de la Información en España de
Telefónica. “Los norteamericanos ya han descrito un síndrome de abstinencia para el
móvil”, explica Sergi Vilardell, director terapéutico de la Clínica Cita. “La
reacción fisiológica del cuerpo de un adicto cuando no tiene el móvil es
similar a la de quien necesita droga o ir al casino: Nervios, taquicardia,
sudor”, añade Viladrell, quien considera que iniciativas como Camp Grounded
“sirven para descansar un poco, pero no resuelve el problema de fondo”.
“Si
tienes necesidad de subir una foto a Instagram, haz un dibujo. Si quieres
tuitear, compártelo con quienes están a tu alrededor”, son algunos de los
consejos que brinda Camp Grounded a los participantes que duermen en tiendas de
campaña o en cabañas separados por sexos, como en un campamento infantil. El
fundador de Camp Grounded, Levi Felix, era vicepresidente de una startup
californiana hasta que terminó en el hospital por extenuación. Se tomó un año sabático, sin portátiles ni móviles, para recorrer el mundo con su pareja.
Durante dos años y medio visitaron 15 países y montaron casas de huéspedes en
una isla de Camboya donde les quitaba el móvil a los visitantes. De vuelta a
California, montaron Digital Detox. Actualmente asisten unas 300 que pagan
entre 500 y 650 dólares.
España
está a la cabeza de la Unión Europea en número de smartphones (23 millones).
Solo el 24% de los españoles prefiere comunicarse en persona; el 35% opta por
la mensajería instantánea; y el 33,5% llama por teléfono. A pesar de ello, el
movimiento de desintoxicación digital ha encontrado poco eco. En Mallorca,
Melissa del Cerro y Miguel Lluis Mestre pusieron en marcha
desintoxicación-digital.com en 2014. “Hoy en día, cuando llega el fin de semana
o las vacaciones, muchos de nosotros seguimos hiperconectados. La
desintoxicación implica apagar unos días, recargar las pilas y hacer más
productiva la vuelta al mundo digital,” explican.
Dos
cadenas de hoteles españolas ofrecen packs de desintoxicación digital en los
que se deja el teléfono móvil bajo llave en recepción. En el Barceló Santi
Petri de Chiclana (Cádiz) proponen una estancia de 7 noches. “El 90% culmina su
estancia sin revisar el móvil, pero un 10% no aguanta y termina pidiendo la
llave que resguarda sus gadgets,” explica María Casado, empleada del hotel.
Mientras que la cadena Vincci, tiene dos opciones de desintoxicación digital en
Marbella (tres noches, 359 euros) y Tenerife (120 euros por noche).
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14 septiembre 2015
PAREN EL TORO DE LA VEGA
Las tradiciones forman parte del patrimonio, pero algunas resultan claramente incompatibles con los valores que deben presidir una sociedad civilizada. Afortunadamente ha aumentado la conciencia de que hay que respetar el entorno en el que viven los seres humanos, lo cual excluye la violencia contra los animales con el único propósito de divertir.
El maltrato a los animales estaba ampliamente aceptado hasta hace apenas unas décadas. Ahora resulta cada vez más insoportable y la sociedad ha ido estableciendo normas de protección. Al mismo tiempo, muchas tradiciones crueles han sido abolidas o abandonadas, como la costumbre de arrojar a una cabra desde un campanario para que los espectadores contemplaran cómo se estrellaba contra el suelo. Ahora hay que superar también comportamientos como el de acosar a un animal hasta matarlo a lanzadas, como se pretende con el Toro de la Vega, un acto de inhumanidad que coloca a esta fiesta fuera de los valores de una sociedad avanzada. Y por supuesto, eliminar cualquier ayuda pública a ese tipo de festejos.
Cada vez resulta más inaceptable no solo la inhibición de las autoridades, sino su apoyo para que se mantenga una tradición bárbara con el pretexto de la presión vecinal y alegando que no está prohibido, como hace el alcalde de Tordesillas, un socialista indiferente a la opinión del líder de su propio partido y que ignora las 120.000 firmas contrarias al acto aportadas por el Partido contra el Maltrato Animal (Pacma). Enrocado en esa posición, el Ayuntamiento de la ciudad castellana da curso, año tras año, a una exhibición de sadismo en la que se persigue y alancea a un toro hasta matarlo. No es el único lugar de España donde se maltrata por diversión. Ocurre también en los correbous de Tarragona —en los que no se persigue la muerte del animal pero este sufre igualmente— y otros festejos de ese porte.
Contra lo que sus defensores pretenden, el Toro de la Vega no es un asunto meramente local. Se ha convertido en el símbolo de una brutalidad repugnante y en el residuo de un pasado en trance de superación. Los organizadores del acto previsto para mañana en Tordesillas deberían suspenderlo, porque el maltrato por diversión de un animal hasta provocarle la muerte no es una tradición digna de mantenerse y ofrece una imagen deplorable de España.
El País, 14 de septiembre de 2015
03 septiembre 2015
La tradición
Por JULIO LLAMAZARES
Si en apenas dos meses, los que van del verano, que continúa, en España hubieran muerto 12 boxeadores, 12 ciclistas corriendo competiciones, 12 policías dirigiendo el tráfico o 12 bomberos apagando fuegos habría habido ya un gran debate nacional sobre la conveniencia o no de la práctica de tales deportes o sobre la seguridad de esas profesiones y el país entero estaría alarmado por la tragedia. Pero, como los 12 muertos (y los que aún pueden producirse: el verano continúa con sus fiestas) han tenido lugar en el cumplimiento de una tradición, la de los juegos de toros, se dan por bien empleados, puesto que la tradición, que es sagrada, está por encima de cualquier cosa y lo justifica todo.
En el nombre de la tradición, en este país se han hecho y siguen haciéndose barbaridades sin fin, la mayoría utilizando al toro para ellas, pero también a otros animales, aunque también las hay presuntamente más inocentes por la ausencia de sangre, que no de violencia y mal gusto: tirarse toneladas de tomates unos a otros hasta acabar irreconocibles y rodando por el suelo, llevar a hombros imágenes religiosas a pleno sol durante kilómetros después de un año de no entrar en la iglesia ni de visita, pegarse con los del pueblo vecino por un quítame allá esa Virgen, competir entre los del propio a ver quién come el mayor número de butifarras o huevos duros sin beber agua o demostrar la hombría explotando pólvora y la testosterona saltando o emborrachándose hasta caer al suelo. Si, como dice la antropología, la tradición es la cultura de un pueblo, a uno le da hasta miedo saberse parte de un pueblo capaz de hacer todas estas cosas y, además, enorgullecerse de ellas.
Se acerca el toro de Tordesillas, que llenará las páginas de los periódicos de comentarios un año más, pero ya que los animales no alcanzan a despertar la compasión de esos españoles aficionados a torturarlos y a asesinarlos por diversión ni consiguen que reaccionen unas autoridades que en numerosos casos tienen miedo a sus vecinos (los alcaldes de los pueblos) o a las consecuencias electorales de su decisión, por lo que no se atreven a coger el toro de la tradición por los cuernos, nunca mejor dicho, detengan por los menos esa sangría de vidas humanas que, como si se tratara de sacrificios a un dios impío, se producen cada año en un país en el que la tradición y la barbarie se confunden muchas veces, lo que muestra su retraso cultural evolutivo. Viendo y oyendo manifestarse a algunos participantes en esas fiestas, uno se afirma en su convicción de que no sólo el hombre desciende del mono sino que muchos no han descendido aún. (El País, 3 de septiembre de 2015)
Si en apenas dos meses, los que van del verano, que continúa, en España hubieran muerto 12 boxeadores, 12 ciclistas corriendo competiciones, 12 policías dirigiendo el tráfico o 12 bomberos apagando fuegos habría habido ya un gran debate nacional sobre la conveniencia o no de la práctica de tales deportes o sobre la seguridad de esas profesiones y el país entero estaría alarmado por la tragedia. Pero, como los 12 muertos (y los que aún pueden producirse: el verano continúa con sus fiestas) han tenido lugar en el cumplimiento de una tradición, la de los juegos de toros, se dan por bien empleados, puesto que la tradición, que es sagrada, está por encima de cualquier cosa y lo justifica todo.
En el nombre de la tradición, en este país se han hecho y siguen haciéndose barbaridades sin fin, la mayoría utilizando al toro para ellas, pero también a otros animales, aunque también las hay presuntamente más inocentes por la ausencia de sangre, que no de violencia y mal gusto: tirarse toneladas de tomates unos a otros hasta acabar irreconocibles y rodando por el suelo, llevar a hombros imágenes religiosas a pleno sol durante kilómetros después de un año de no entrar en la iglesia ni de visita, pegarse con los del pueblo vecino por un quítame allá esa Virgen, competir entre los del propio a ver quién come el mayor número de butifarras o huevos duros sin beber agua o demostrar la hombría explotando pólvora y la testosterona saltando o emborrachándose hasta caer al suelo. Si, como dice la antropología, la tradición es la cultura de un pueblo, a uno le da hasta miedo saberse parte de un pueblo capaz de hacer todas estas cosas y, además, enorgullecerse de ellas.
Se acerca el toro de Tordesillas, que llenará las páginas de los periódicos de comentarios un año más, pero ya que los animales no alcanzan a despertar la compasión de esos españoles aficionados a torturarlos y a asesinarlos por diversión ni consiguen que reaccionen unas autoridades que en numerosos casos tienen miedo a sus vecinos (los alcaldes de los pueblos) o a las consecuencias electorales de su decisión, por lo que no se atreven a coger el toro de la tradición por los cuernos, nunca mejor dicho, detengan por los menos esa sangría de vidas humanas que, como si se tratara de sacrificios a un dios impío, se producen cada año en un país en el que la tradición y la barbarie se confunden muchas veces, lo que muestra su retraso cultural evolutivo. Viendo y oyendo manifestarse a algunos participantes en esas fiestas, uno se afirma en su convicción de que no sólo el hombre desciende del mono sino que muchos no han descendido aún. (El País, 3 de septiembre de 2015)
17 julio 2015
06 julio 2015
La venganza del travesti
Desde tiempo inmemorial, a muchos heterosexuales que van de machitos les ha dado por reírse de las maneras y formas afeminadas de los travestis. Pero, de un tiempo a esta parte, muchos de esos mismos machitos adoptan algunas de las características que definen la apariencia de aquellos. Se depilan las cejas, el vello de las piernas y de las axilas, se colocan brillantes en las orejas, se hiperbroncean (CR7 hasta se pinta las uñas de los pies), en fin, que acaban pareciéndose a aquellos mismos travestis de los que ellos se mofaban desde su ignorancia heterosexista, una ignorancia que, además, les lleva a equiparar heterosexualidad con masculinidad y homosexualidad con afeminamiento. Un joven ilustrado y progresista, opositor a maestro de Primaria, que me presentaron en una marcha del Orgullo Gay en Sevilla, ha bautizado este fenómeno como la venganza del travesti. Cuando me lo explicó, me pareció un caso felicísimo de justicia poética. cmg2015
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25 junio 2015
Por un país más decente
Hoy se cumplen 10 años de la aprobación de la ley que permite el matrimonio igualitario en España.
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18 junio 2015
Las Musarañas_ficción
JUAN BONILLA
Sonó el teléfono a las tres de la madrugada. Una voz grave me preguntó si me despertaba. Quién es, le pregunté. Hace tres noches de esto y no he podido volver a dormir desde entonces. Estoy esperando que vuelva a sonar el teléfono de madrugada y sea aquel hombre. Llamaba porque no podía dormir, me dijo. Hacía seis meses que no podía dormir. Tampoco lo procuraba: dormir no es indispensable, pero sí lo es no aburrirse, y uno acaba aburriéndose por las noches sin hablar con nadie. Eso me dijo. Así que se le había ocurrido llamar a cualquiera, llevaba unas semanas haciéndolo, se pasaba las noches hablando con desconocidos, despertándolos. Muchos reaccionaban mal, le colgaban después de insultarle. Otros le atendían generosamente como si fueran presentadores de un programa nocturno de radio. Para elegir a quién llamaba abría la guía por una página y el número que señalaba su dedo, ése marcaba. Luego, cuando había hablado con el desconocido, lo tachaba si éste había sido amable para impedir que la suerte le obligase a volver a molestarlo. Había ido al médico al principio, para saber por qué no conseguía dormir, hasta que se dio cuenta de que el médico trataba de derivar el asunto y convertir la terapia en psicoanálisis. Lo dejó. Además, ya no se preocupaba. Disponía de mucho tiempo. Más del que podía ocupar. Leía, oía música, veía televisión, y aún le sobraban horas que necesitaba ocupar con llamadas nocturnas. Me hizo la cuenta de cuántas horas perdemos durmiendo en nuestra vida. Ocho cada día por trescientos sesenta y cinco días al año por unos cincuenta años de vida, por ejemplo. Supuse que ésa era su edad. También me refirió no sé qué idea de formar una banda de insomnes que se encargara de mantener despierta constantemente la ciudad con llamadas telefónicas. Dormir es reaccionario, me dijo. El mundo sigue girando y es de los que no duermen. Hay que combatirlos con sus mismas armas. El nombre de la banda sería Las Musarañas. Pregunté por qué, y me dijo que porque las musarañas son los únicos animales que no dormían nunca. Dormir no estaba entre sus capacidades. Luego suplió la palabra capacidades por defectos. Además, la única manera de descansar que tenían los insomnes como él era precisamente la de mirar las musarañas: perderse, trasponerse en un punto indeterminado en que la percepción personal del tiempo queda anulada, en la que el tiempo muere, y sólo cobramos conciencia de que lo hemos matado cuando resucita, cuando volvemos a ser esclavos de su transcurrir. Se había aficionado tanto a hablar con desconocidos por teléfono, que quizá se atreviera a experimentar con los países en los que es de noche cuando aquí es de día, porque no sólo se trataba de hablar por teléfono: era el hecho de despertar a alguien lo que ansiaba, de librar de la cadena del sueño a un desconocido. Me dijo que una moto a escape libre que cruzara la ciudad sin detenerse despertaría a ciento cincuenta mil personas. Era otro de los proyectos para la banda de insomnes Las Musarañas. Le dije que me parecía una buena idea. No sé cuánto tiempo estuvimos hablando. Al final le pedí que no tachara mi nombre de la guía: concedámosle a la suerte la decisión de ser elegido de nuevo por su dedo, convine. Él aceptó con agradecimiento. Cuando colgó ya no pude dormirme. Cogí la guía, la abrí y señalé un número. Lo marqué y comunicaba. Pensé que tal vez era el del hombre que me había llamado. Luego repetí el ejercicio. Esta vez sí desperté a alguien: una mujer. No me atrevía a decirle nada y colgué cuando insistió preguntando quién era. No sé qué me pasa que no puedo dormir desde entonces. Tampoco me preocupo porque aún no acuso cansancio. Sólo se cierne sobre mí la sombra del aburrimiento. Leo, oigo música y veo televisión, pero aún restan varias horas hasta que el sol limpie de sombras por completo el cielo. Sé que en cualquier momento volverá a sonar el teléfono y será ese hombre al que yo le diré: sí, quiero formar parte de Las Musarañas, comenzaré a despertar a desconocidos para decirles: el mundo sigue girando, despiértate, no vuelvas a dormirte.
Del libro El que apaga la luz ©Editorial Pretextos 1994
18 mayo 2015
15 mayo 2015
Julián Iñesta Mena, in memóriam
Carta a la madre del amigo amado (y perdido)
Estas líneas pretenden ser un homenaje a Julián, a su trayectoria como hombre y como amigo durante estos últimos ocho años en los que fue erigiéndose en mi compañero del alma. Julián y yo éramos como hermanos en esa nuestra particular familia, aquella que los hombres como nosotros vamos construyendo con el paso de los años y cuyos miembros elegimos para que nos acompañen para siempre.
Mi dolor por su ausencia es tal que no encuentro palabras para describirlo… Y, además, ¿quién soy yo para hablarte a ti, precisamente a ti, de pena y desolación? No, estas líneas ansían ser la glosa de un hombre singular. Su padre y tu me lo criasteis e hicisteis de él un hombre de bien; luego yo tuve la inmensa fortuna de encontrármelo en mi camino una noche de la primavera de 1984 y de formar parte de su vida desde entonces. Doy gracias a la vida por ello y me siento tan afortunado como el que más. Hoy puedo entonar con orgullo un castizo ¡que me quiten lo bailao!
Aunque su presencia física me falte, mi amor hacia él no puede extinguirse porque es eterno y durará hasta que yo me vaya. Julián y yo hemos compartido muchos momentos bellos y a ambos nos gustaba rodearnos de las cosas hermosas de la vida. Ahora nos corresponde a todos nosotros, los que aún quedamos aquí, seguir disfrutando vicariamente de esos mismos momentos, porque a él le gustaría que así fuera. Él desea vernos alegres cuando, por ejemplo, escuchemos un concierto de Mozart, veamos danzar a Michael Clark, nos descojonemos de risa con Martes y 13, admiremos un cuadro de Barceló o una fotografía de Mapplethorpe, bailemos al son de los Pet Shop Boys, o sintamos los rayos del sol en la piel. A él le gustaba disfrutar intensamente de la vida y nosotros debemos seguir haciéndolo por él.
Todo lo que yo os puedo decir de vuestro hijo es grande y hermoso porque, como escribió el poeta, "No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada, ni corazón tan de veras." Por eso, Sevilla, que acude estos días a su cita ritual con la primavera luciendo una belleza casi obscena, se siente, sin embargo, sola y vacía sin su príncipe predilecto, pues Julián la habitaba con la esbeltez de su talle de nardo y la alegría de su sonrisa omnipresente. ¡Qué goce urbano era toparse con Julián, con el valiente Julián, en cualquier esquina! En este escenario del Sur, tu hijo, Claudia, ha sembrado una familia de amigos que nunca podrán olvidar la hondura, la ternura y la grandeza de un extremeño de bien que supo hacer felices y dichosos a los que le eligieron como amigo...
En la ciudad de Sevilla, el 19 de marzo de 1992.
Mi amigo Julián Iñesta Mena murió en Sevilla el 4 de marzo de 1992, a los 27 años de edad.
Estas líneas pretenden ser un homenaje a Julián, a su trayectoria como hombre y como amigo durante estos últimos ocho años en los que fue erigiéndose en mi compañero del alma. Julián y yo éramos como hermanos en esa nuestra particular familia, aquella que los hombres como nosotros vamos construyendo con el paso de los años y cuyos miembros elegimos para que nos acompañen para siempre.
Mi dolor por su ausencia es tal que no encuentro palabras para describirlo… Y, además, ¿quién soy yo para hablarte a ti, precisamente a ti, de pena y desolación? No, estas líneas ansían ser la glosa de un hombre singular. Su padre y tu me lo criasteis e hicisteis de él un hombre de bien; luego yo tuve la inmensa fortuna de encontrármelo en mi camino una noche de la primavera de 1984 y de formar parte de su vida desde entonces. Doy gracias a la vida por ello y me siento tan afortunado como el que más. Hoy puedo entonar con orgullo un castizo ¡que me quiten lo bailao!
Aunque su presencia física me falte, mi amor hacia él no puede extinguirse porque es eterno y durará hasta que yo me vaya. Julián y yo hemos compartido muchos momentos bellos y a ambos nos gustaba rodearnos de las cosas hermosas de la vida. Ahora nos corresponde a todos nosotros, los que aún quedamos aquí, seguir disfrutando vicariamente de esos mismos momentos, porque a él le gustaría que así fuera. Él desea vernos alegres cuando, por ejemplo, escuchemos un concierto de Mozart, veamos danzar a Michael Clark, nos descojonemos de risa con Martes y 13, admiremos un cuadro de Barceló o una fotografía de Mapplethorpe, bailemos al son de los Pet Shop Boys, o sintamos los rayos del sol en la piel. A él le gustaba disfrutar intensamente de la vida y nosotros debemos seguir haciéndolo por él.
Todo lo que yo os puedo decir de vuestro hijo es grande y hermoso porque, como escribió el poeta, "No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada, ni corazón tan de veras." Por eso, Sevilla, que acude estos días a su cita ritual con la primavera luciendo una belleza casi obscena, se siente, sin embargo, sola y vacía sin su príncipe predilecto, pues Julián la habitaba con la esbeltez de su talle de nardo y la alegría de su sonrisa omnipresente. ¡Qué goce urbano era toparse con Julián, con el valiente Julián, en cualquier esquina! En este escenario del Sur, tu hijo, Claudia, ha sembrado una familia de amigos que nunca podrán olvidar la hondura, la ternura y la grandeza de un extremeño de bien que supo hacer felices y dichosos a los que le eligieron como amigo...
En la ciudad de Sevilla, el 19 de marzo de 1992.
Mi amigo Julián Iñesta Mena murió en Sevilla el 4 de marzo de 1992, a los 27 años de edad.
13 mayo 2015
SOMOS. Manifiesto fundacional
Plataforma Gay y Lesbiana de
Sevilla
Quienes SOMOS y por qué estamos cabreados/cabreadas
Somos SOMOS, la Plataforma Gay y Lesbiana de Sevilla. Somos hombres y
mujeres homosexuales que vivimos, amamos y sufrimos en Sevilla. SOMOS españolitos/as
de todas las Españas, creyentes y no creyentes, empresarios/empresarias y
personas desempleadas, docentes y estudiantes, deportistas y fumadores. SOMOS
de baja estatura y de alta estatura. SOMOS gente corriente y variopinta cuya
particularidad es que nos relacionamos emocional y eróticamente con personas de
nuestro propio sexo. Nada más que eso y nada menos. Es nuestra circunstancia
natural y aquí estamos para pregonarlo a los cuatro vientos desde esta atalaya
plural que hemos fundado a la vera de la Giralda.
Nos proponemos fomentar un asociacionismo altruista entre gays y
lesbianas para contribuir a vertebrar la Sociedad hOMOsexual
Sevillana de finales de siglo
con la esperanza de que, en lo venidero, todos y todas lo tengamos más fácil.
Porque el gueto se nos ha quedado pequeño, SOMOS ambiciosos y queremos
ser lo que SOMOS en cualquier lugar y circunstancia. SOMOS una generación de
gays y lesbianas que queremos modernizar la inmovilista sociedad sevillana,
nuestro habitat natural. Reivindicamos nuestro derecho a ser como SOMOS en las
calles de esta Híspalis milenaria, unas calles que, como nuestra Constitución,
son de todos y de todas.
Y estamos aquí para luchar contra la secular homofobia de nuestra
sociedad, contra los roles machistas, contra la caverna periódica de esta
ciudad, contra las iglesias que hieren nuestra dignidad y contra cualquier tipo
de integrismo, contra los chistes de mariquitas y contra la imagen
estereotipada que algunos medios todavía ofrecen de nosotras y de nosotros,
contra tanta ignorancia acumulada y tanta desinformación interesada. Si tú
también estás cabreado o cabreada porque te pisan tu dignidad y te niegan
igualdad de derechos con las personas heterosexuales, arrima el hombro y únete
a nuestro proyecto. Así SOMOS más.
CMG
Manifiesto fundacional de la Asociación SomoS publicado en el
primer número de la revista X TI en enero de 1995.
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